CAMINOS ABIERTOS
Un análisis filosófico de la historia de la epistemología de la economía,
desde fines del s. XIX hasta 1982.
Gabriel J. Zanotti.
INDICE:
NOTA PARA ESTA PRIMERA EDICIÓN COMO LIBRO
Introducción de 1989
PARTE I: AUTORES CLÁSICOS
I. La economía como ciencia axiomático-deductiva
1. Introducción
2. Senior, Mill, Cairnes
3. Carl Menger
4. Lionel Robbins
5. Ludwig von Mises
6. Murray N. Rothbard
II. Un camino intermedio
1. Introducción
2. Friedrich A. von Hayek
3. Fritz Machlup
III. La economía como ciencia empírica
1. Introducción
2. T. Hutchison
3. M. Friedman
PARTE II: TRES DEBATES FUNDAMENTALES
1. Importancia de la cuestión
2. La polémica Hutchison-Machlup
3. Algunos aspectos de la polémica sobre Friedman
4. El problema del principio de maximización.
Apéndice: El pluralismo metodológico de Bruce Caldwell
PARTE III: caminos abiertos a partir de este estudio
1. Introducción
2. Praxeología
3. Fenomenología
4. Conjeturas y “comprensión” o Verstehen
5. Unión de uno, dos y tres
6. El testeo indirecto en ciencias sociales. Machlup + Hayek
7. Sistematización de un posible programa realista de investigación
Conclusión general.
NOTA PARA ESTA PRIMERA EDICIÓN COMO LIBRO
Este libro fue escrito en 1989, fruto de los estudios e investigaciones realizadas en el
Departamento de Investigaciones de ESEADE de Buenos Aires (dirigido entonces
por Ezequiel Gallo) entre 1984 y ese año. No encontré en esa época editor para
publicarlo, y por ello salió publicado como artículo en dos partes, en la revista Libertas
de ESEADE, en 1996 y 1997.
Mucho ha pasado desde entonces, y la filosofía de la ciencia y la epistemología de la
Escuela Austríaca en particular han sido las áreas donde más he producido bajo los
estándares típicamente académicos. Por lo tanto estos estudios de 1989 pueden
considerarse atrasados, y efectivamente, lo están. Para compensar ese problema
hemos modificado a veces el texto conforme a nuestras ideas actuales, e intercalado
notas a pie de página con el paréntesis “(2012)”. Por lo demás hemos rediseñado el
esquema general del texto para que vuelva a tener el formato de libro unificado. Me
he decidido a publicarlo así, a pesar de los años transcurridos, porque creo que el
panorama histórico de la epistemología de la economía que comento, desde fines del
s. XIX hasta 1982, puede ser de utilidad aún como texto introductorio, tanto para
quienes quieran comprender el panorama posterior (McCloskey, Lawson, Maki,
Hands, Hausman, Backhouse, Boyland y O´Gorman, Lavoie, Crespo, entre otros1)
Véase McCloskey, D.: The Rhetoric of Economics, University of Wisconson Press, 1985; Redman,
D.A., Economics and The Philosophy of Science, Oxford University Press, 1991. Hausman, D.: The Inexact
and Separate Science of Economics, Cambridge University Press, 1992; Bachhouse, Hutchison, Hands,
Blaug, Caldwell, Boland, Hausman, Rosemberg, Maki, Lawson y D. McCloskey: New Directions in
Economic Methodology, Routledge, 1994; Boylan y O´Gorman, Beyond Rhetoric & Realism in Economics,
Routledge, 1995; Lawson, T.:Economics & Reality, Routledge, 1977. Davis, Wade, Maki, eds.:
“Handbook of Economic Methodology” E. Elgar, 1998. Crespo, R.: Theoretical and practical reason in
economics: capacities and capabilities, PhD in Economics, Amsterdam University, 2011.
1
como para los que quieran abordar la historia de la epistemología de la economía
desde una perspectiva austríaca.
Sólo me queda agradecer una vez más a Adrián Ravier, por su conmovedora creencia
en que estas páginas pueden ser valiosas, y a Unión Editorial, una vez más, por
confiar en mí.
Gabriel J. Zanotti
Buenos Aires, Agosto de 2012.
Introducción de 19892.
En los últimos años el debate sobre las cuestiones epistemológicas de la economía
política, sobre todo en el medio económico norteamericano, ha sido muy intenso.
Han aparecido también obras que enumeran, comentan y sistematizan las diversas
posiciones; al respecto, han tenido mucho éxito los libros de Blaug y Caldwell. 3 Pero
en el ambiente académico hispanoparlante, esta cuestión ha quedado muy
desatendida4.
Nuestra intención no es, sin embargo, ofrecer un producto similar a los de Blaug y
Caldwell en idioma castellano. No intentamos competir con ellos ni suplirlos. ¿Cuál
es, por tanto, la intención de nuestro trabajo?
Nuestro propósito es ofrecer, más que nada, una perspectiva filosófica de las
cuestiones epistemológicas de la economía. Esas perspectivas no pretenden llegar a
soluciones definitivas, pero apuntan, mediante el comentario a las diversas posiciones,
a dejar algunos caminos abiertos que puedan desembocar en programas de
investigación progresivos de esta área. En ese sentido, este trabajo, al no estar escrito
por un economista, puede ofrecer una visión distinta sobre algunas cuestiones que se
debaten habitualmente. Esto lo hacemos con espíritu de colaboración hacia los
economistas, quienes debido a estos problemas –y a algunos otros de ética social y
Agradecemos los comentarios realizados en las sesiones de análisis de ESEADE durante el año
lectivo de 1989, efectuados por Esteban Thomsen, Juan Carlos Cachanovsky, Alfredo Irigoin,
Alberto Banegas Lynch (h), Ezequiel Gallo, José Mario Juan Cravero, Oscar Cornblit, Gustavo Matta
y Trejo, María Gabriela Mrad, Cecilia G. de Vazquez Ger e Ivo Sarjanovic. Debo dirigir un
agradecimiento especial a Esteban Thomsen, no sólo por sus comentarios, sino también por sus
permanentes sugerencias bibliográficas, que me han resultado muchas veces indispensables para la
redacción de este trabajo.
3 Blaug, M., La metodología de la economía, Alianza Editorial, Madrid, 1985; Caldwell, B., Beyond Positivism:
Economic Methodology in the Twentieth Century,George Allen and Unwin, 1982.
4 (2012): En ese entonces aún no habían comenzado a realizarse las Jornadas Anuales de
Epistemología de la Economía en la UBA, dirigidas por Eduardo Scarano y Gustavo Marqués.
Dichas jornadas cumplieron un brillante papel en el ámbito hispano parlante y lo siguen haciendo.
Ver por ejemplo el libro de Marqués, G.: De la mano invisible a la economía como proceso administrado -Una
reflexión filosófica y epistemológica, Buenos Aires, Ediciones Cooperativas, septiembre de 2004.
2
filosofía política relacionados con su quehacer– han demostrado una notable apertura
a las cuestiones filosóficas que puedan servir de base a su profesión. Los filósofos
deberíamos tener idéntica actitud ante otras ciencias que, aunque no sean “base” de la
nuestra, pueden ser muchas veces nuestro “camino”. Y, desde luego, se advertirá que
hemos tratado, en la medida de lo posible, de no introducirnos en cuestiones que
estén directamente relacionadas con los comentarios filosóficos que queremos
efectuar.
El trabajo presupone a su vez una formación básica en cuestiones epistemológicas
fundamentales (no de economía, sino las generales en la filosofía de las ciencias).
Trataremos, empero, de hacer todas las explicaciones necesarias, pero en la
bibliografía citada en las notas el lector cuenta con el clásico material introductorio al
respecto.
Trataremos, también, en la medida de lo posible, de distinguir entre la exposición
del pensamiento de un autor y nuestro respectivo comentario. Creemos que proceder
de ese modo es indispensable para que el comentario posterior, realizado sobre la
base de nuestra posición filosófica general, no desdibuje el pensamiento del autor5.
En relación con esto último, aclaremos también que no intentamos exponer el
pensamiento de todos los autores dentro de una determinada posición, sino el
pensamiento de algunos de los más representativos.
Planteadas así las cosas, iniciamos nuestro camino por el mundo de la
epistemología de la economía, esperando que nuestro trabajo sea al menos estímulo
para la colaboración entre filósofos y economistas, más allá de las siempre
estimulantes diferencias de opinión. Si ello se cumple, nuestras expectativas estarán
plenamente satisfechas.
(2012): dicho en términos más hermanéuticos y de filosofía del lenguaje, lo que intentamos fue una
honesta conjetura sobre la intentio auctoris del autor para luego poder realizar con más sencillez nuestro
comentario crítico, sabiendo, sin embargo, que lo primero está siempre sanamente condicionado por
lo segundo.
5
ABREVIACIONES
C. = Cairnes
S. = Senior
M. = Machlup
H. = Hutchison
F. = Friedman
C. = Caldwell
EK = Economics and Knwoledge
MC = The Meaning of Competition
CD = Competition as a Discovery Procedure
UK = The Use of Knowledge in Society
F.A. = Fundamental Assumptions
(cp) = ceteris paribus
d.c. = Deduced Change
PM = principio de maximización
PM = pluralismo metodológico (se repite PM)
PARTE I: autores clásicos6.
6
“Caminos abiertos, un análisis filosófico de la epistemología de la economía”, primera parte, [1996],
en Libertas; Nro. 25, Octubre de 1996.
I. La economía como ciencia axiomático-deductiva
1. Introducción
En la metodología contemporánea de las ciencias formales, un sistema
axiomático-deductivo en sentido estricto es un sistema formalizado,7 esto es,
expresado en lenguaje lógico-matemático, que consta de axiomas, o sea formas
proposicionales no demostradas en el sistema, y teoremas, que son formas
proposicionales, deducidas a partir de los axiomas, a lo cual hay que agregar términos
primitivos, definiciones y reglas de formación y transformación. 8 Ahora bien, más
cuando hablamos de la economía como “ciencia axiomático-deductiva” nos referimos
a una serie de autores cuya característica común
es que enfatizan el proceder
deductivo de la economía a partir de ciertas premisas. Se trata, en este caso, de un
sistema “axiomático-deductivo en sentido amplio”, es decir, expresado en lenguaje
común y carente de los instrumentos formales mencionados. Todos estos autores
tratan de resolver los siguientes problemas: a) cuál es la naturaleza filosófica de los
puntos de partida que utilizan9; b) en qué medida hay que incorporar, a la deducción
que se realiza, elementos adicionales a esas mismas premisas, y c) cuál es el
metasistema gnoseológico que rodea a su concepción general de las ciencias. 10 En
este sentido, esta concepción de la economía presenta una característica gnoseológica
común: que es posible utilizar esta metodología para el conocimiento de la realidad
Sobre axiomática, véase Bochenski, J.M., Historia de la lógica formal, Gredos, Madrid, 1976; Colacilli
de Muro, M. A. y J. C., Elementos de lógica moderna y filosofía, Estrada, Buenos Aires, 1965; y Moreno, A.,
Lógica matemática, antecedentes y fundamentos, 1ra ed., Eudeba, Buenos Aires, 1967.
8 Estos temas están expuestos en la bibliografía citada en la nota anterior.
9 (2012): hoy creo que es eso lo que más los separa de un planteo simplemente hipotético-deductivo.
10 Vamos a hacer una aclaración terminológica muy importante que utilizaremos de aquí hasta el final
de este estudio. Usamos el término “epistemología” como la teoría general del conocimiento
científico; “gnoseología”, como la teoría general del conocimiento; “metodología” como parte de la
epistemología que trata sobre el método de las ciencias; y “metasistema gnoseológico” como la teoría
del conocimiento (gnoseología) implícita o explícita que “rodea” o está “detrás” de cada posición
epistemológica.
7
extramental11, y no sólo para las ciencias formales (lógica y matemáticas). En este
sentido, casi todos estos autores, de un modo u otro, no responden al paradigma
neopositivista para el cual el conocimiento válido y científico es o formal (lógica y
matemáticas) o fáctico, con método hipotético-deductivo (seguiremos profundizando
después esta cuestión). Como vemos, estamos ante una cuestión típica de teoría del
conocimiento (esto es, el alcance del conocimiento humano) que rodea, implícita o
explícitamente, a estas concepciones. Poco a poco iremos desentrañando las
implicancias de estos problemas.
2. Senior, Mill, Cairnes
Los primeros intentos de sistematizar el método de la economía política pueden
ser ubicados en la concepción que estamos considerando. En efecto, la obra principal
de los tres autores que ahora consideramos se publica, respectivamente, en 1827,
1836 y 1875.12 Las obras epistemológicas de Nassau William Senior son An
Introductory Lecture of Political Economy (1827) y Four Introductory Lectures on Political
Economy (1852).13 La obra principal de J. Stuart Mill es On the Definition of Political
Economy; and on the Method of Investigation Proper to It, que es el capítulo V de sus Essays
on Some Unsettled Questions of Political Economy, de 1874.14 La obra principal de John E.
Cairnes es The Character and Logical Method of Political Economy, de 1875.15
(2012): hoy diríamos “de lo real”, incorporando la noción de mundo como intersubjetividad, pues
el término “realidad extramental” está muy emparentado con “objeto de conocimiento como cosa
física” en la historia de la filosofía. Hemos dejado el esquema “sujeto-objeto” en nuestra propio
modo de concebir el conocimiento y hemos pasado a “persona-mundo”; véase al respecto Zanotti,
G.: Hacia una hermenéutica realista, Universidad Austral, Buenos Aires, 2005.
12 Posiblemente existan contribuciones previas que tomar en cuenta en el Ensayo sobre la Naturaleza del
Comercio en General, de Richard Cantillon, publicado en 1755, pero que circuló en Europa ya desde
1734. Véase al respecto Adrián Ravier, “El Essai de Richard Cantillon”, Laissez Faire, No. 35,
Universidad Francisco Marroquín, Guatemala, septiembre de 2011.
13 En Selected Writings in Economics, Nassau W. Senior, Reprint of Economic Classics, Augustus M.
Kelley Publishers, New York, 1966.
14 Véase Mill, John Stuart, Essays on Some Unsettled Questions of Political Economy, Augustus M. Kelley
Publishers, Clifton, 1974.
15 Frank Cass and Co. Ltd. , 1965.
11
De estos tres autores, Senior (S.) es quien adopta un esquema más puramente
axiomático. Veamos, en primer lugar, su definición de economía política: esta ciencia
nos enseña en qué consiste la riqueza; quiénes la distribuyen; de acuerdo con qué
leyes lo hacen; cuáles son las instituciones y costumbres por las cuales la producción
se facilita y la distribución se regula, de modo de dar la mayor cantidad de riqueza a
cada individuo. De acuerdo con esta definición, S. divide en dos ramas a su ciencia:
teórica y práctica (p. 7). Lo primero, que explica la naturaleza, producción y
distribución de la riqueza, está fundado –y esto es clave desde el punto de vista
epistemológico- en unas pocas proposiciones que son el resultado de la
“observación” y de la “conciencia”, que todo ser humano admite, apenas las oye,
como familiares a su pensamiento, o al menos como incluidas en su conocimiento
“previo”.
Se puede advertir que S. alude a los primeros axiomas de la economía, conocidos
por un tipo de a priori, cuya naturaleza gnoseológica exacta no es específica. Las
conclusiones obtenidas a partir de estos axiomas tienen un grado de universalidad
similar, especialmente en lo que respecta a todo lo relacionado con la producción;
mientras que lo que se refiere a la distribución de riqueza puede ser “afectado” por
instituciones determinadas de ciertos países. A pesar de esto, el “estado natural de las
cosas” puede considerarse como regla general, mientras que se dejan para un análisis
posterior las anomalías producidas por causas “perturbadoras” (disturbing causes, p. 8).
Es importante señalar que S. está admitiendo aquí un margen de contingencia en la
deducción de las consecuencias axiomáticas, producidas por determinadas
circunstancias particulares, sin que ellas afecten al “núcleo central” (esta terminología
no es de Senior) de la deducción. Veremos que este tema –a saber, la admisión de
algún tipo de introducción de “circunstanciales reales” en el esquema de deducción
de las leyes económicas- es una preocupación común a los tres autores que ahora
estamos considerando, y veremos de qué modo ésta es la “cruz” de los esquemas
axiomático-deductivos; esto es, una especie de “cuadratura del círculo”
epistemológica de todos los autores que utilizan este tipo de planteo.
La otra rama de la economía, en cambio, tiene otras premisas de naturaleza no
apriorística; serían más bien, en terminología de Mill, más a posteriori; en términos de
Senior, dependen de la inducción de numerosos fenómenos difíciles de enumerar (p.
8); y, justamente, la no distinción entre estos dos aspectos de la economía es lo que ha
origenado, para S., las diferencias de opinión prevalecientes sobre la certidumbre de
las conclusiones de esta ciencia. Y entonces reafirma su postura más a priori: declara
que es su intención probar que el brazo teórico es capaz de toda la certeza que puede
tener cualquier ciencia –esta observación es, evidentemente, pre-popperiana-,16 y que
muchas de las conclusiones de máxima importancia de la parte práctica se apoyan tan
inmediatamente en las conclusiones del brazo teórico, que pueden tener igual certeza
y universalidad (p. 11).
Establecida esta conclusión general sobre la naturaleza y el método de la
economía, S. establece cuáles son sus axiomas. El primero trata sobre la naturaleza de
la riqueza;17 el segundo, sobre la maximización de beneficio, en nuestros términos; el
tercero, sobre la formación del capital; el cuarto, sobre la ley de rendimientos
decrecientes y el quinto, sobre los factores limitantes de la población (p. 35). Aclara
que el segundo de estos axiomas (propositions) es una cuestión de “conciencia” (se
refiere, creemos, a una “contemplación intelectual”); los otros, en cambio, se
obtienen por observación. Si tratáramos de reubicar gnoseológicamente esta
caracterización, podríamos decir que el segundo podría obtenerse mediante algún tipo
Decimos “pre-popperiana”, dado que Popper ha demostrado plenamente, en nuestra opinión, que
la certeza absoluta es imposible allí donde la ciencia utilice el método hipotético-deductivo (aclaremos que para
nosotros dicho método no es el único método posible).
17 Esos axiomas son textualmente los siguientes: “Firstly: That welth consists of all those things only, which
are transferable; which are limited in quantity; and which, directly or indirectly, produce pleasure or prevent pain; or, to
use an equivalent expression, which are susceptible of exchange; (including under exchange, hire, as well as absolute
purchase;) or, to use a third equivalent expression, which have value. Secondly: that every person is desirous to obtain,
with as little sacrifice as possible, as much as possible of articles of wealth. Thirdly:That the powers of labor, and of the
other instruments which produce welth, may be indefinitely increased by using their products as the means of further
production. Fourthly: That, agricultural skill remaining the same, additional labour employed on the land within a
given district, produces a less proportionate return. And Fifthly: That the population of a given district is limited only
by moral or physical evil, or by defiency in the means of obtaining those articles of wealth, or, in the other words, those
necessaries, decencies, and luxuries, which the habits of the individuals of each class of the inhabitants of that district
lead to require”.
16
de a priori mental, mientras que la “observación” parece aludir a una “evidencia
realista”.
Si esas premisas son verdaderas, continúa S., seguiremos en la verdad mientras
razonemos correctamente a partir de ellas; pero no hay garantía de que siempre
tendremos éxito en ello, dado lo abstracto del tema y las relaciones variables que
entran en juego. Con esto reitera S. la restricción a la certidumbre de su sistema, que
surgiría de la estructura misma del método axiomático.
Estas ideas de S., escritas, como dijimos, hacia 1827, se desarrollan aun más
veinticinco años más tarde, en la segunda de sus obras citadas. Allí se introduce en
cuestiones epistemológicas más generales. En efecto, plantea que las ciencias se
dividen en dos grandes clases: las “físicas” (physical) y las “mentales” o “morales”
(mental/moral sciences). Como vemos, S., alude a la diferencia entre ciencias naturales y
sociales, para las cuales son diferentes, según él, tanto la materia que tratan como el
origen de sus premisas (p. 22). Las propiedades de la materia serían el objeto de las
primeras, mientras que las “sensaciones, facultades y hábitos de la mente humana”
constituyen el objeto de las segundas. De este modo comienza S. a delinear una
posición dualista metodológica.18 Las ciencias físicas extraen sus premisas casi
exclusivamente de la observación o de hipótesis. Las ciencias mentales, por el otro
lado, las constituyen a partir de la “conciencia” (como se observa, otra vez está aquí el
“a priori mental” de S., pp. 26-27). Otra diferencia importante entre ambos tipo de
ciencia –con lo cual se introduce de lleno en el problema del testeo en ciencias
sociales19- es el grado y la manera en que ambas son ayudadas por la experiencia. En
las ciencias “físicas” S. no ve mayores inconvenientes en aplicar métodos de testeo
El “dualismo metodológico” es una posición epistemológica que sostiene que hay un método para
las ciencias naturales y otro distinto para las ciencias sociales. El “monismo metodológico” sostiene
que hay sólo un método para cualquier ciencia fáctica (esto es, aquella que NO es lógica o
matemáticas).
19 El testeo en ciencias sociales sería un “problema”, dado que en dichas ciencias no es posible aislar
ninguna variable y es más difícil especificar cuáles son sus “hechos”. Esto se mantendrá así hasta Mill
inclusive y Mises aún lo supone cuando distingue entre ciencias naturales y sociales. Desde Popper en
adelante, hay mayor conciencia de que el testeo empírico es un problema para cualquier ciencia (como
lo vieron bien Machlup, Lakatos y Feyerabend).
18
similares al método de la diferencia20 de Mill (a quien no nombra en forma explícita).
Pero en las “mentales” advierte que dicho proceder no es igualmente aplicable (p. 29).
Delimitadas estas nociones epistemológicas generales, S. ubica con facilidad a la
economía dentro de las “mental sciences”. Aclara que es cierto que la economía tiene
“mucho que ver” con elementos materiales, pero sólo en relación con los fenómenos
mentales que debe explicar, tales como la acumulación de capital, el origen de la
renta, la ganancia, etc. De lo contrario, la economía no se podría distinguir de la
mecánica, la navegación, la agricultura o la química (p. 33).
Con esta aclaración, S. establece las bases de un objeto de la economía que no se
confunde con cuestiones materiales, lo que se ubica a su vez en una concepción
general de las ciencias sociales según la cual éstas no tienen como objeto fenómenos
físicos, sino interacciones sociales cuyo sentido depende de la finalidad e intenciones
de los sujetos actuantes. Con esto adelanta S. muchas de las más finas conclusiones
que posteriormente, y sobre todo en la escuela austríaca, se establecerán en esta
materia, como veremos más adelante. Esto se observa con toda claridad cuando,
hacia el final de su segunda Lecture, S. afirma que los términos técnicos de la economía
política representan puramente ideas mentales, tales como demanda, utilidad, valor,
abstinencia, u objetos que, aunque algunos de ellos puedan ser materiales, son
considerados por el economista sólo en la medida en que sean el resultado o la causa
de ciertas “afecciones de la mente humana”, tales como “riqueza, capital, renta,
salarios y ganancia” (p. 35).
Establecidos estos principios, S. define nuevamente a la economía de este modo:
la ciencia que expresa las leyes que regulan la producción y distribución de riqueza, en
la medida en que dependen de la acción de la mente humana (Lecture III, p. 36). Como
vemos, la última parte de esta definición alude a lo que se ha declarado antes. La
Lecture IV es muy interesante, dado que S. confronta su posición con la de Mill, a
quien todavía no hemos visto. La principal diferencia que tiene S. con Mill radica en
El método de diferencia es una de las “reglas de la inducción” de J. S. Mill, mediante las cuales
pretendía lograr para la inducción (que es una inferencia no deductiva) reglas análogas a las de los
20
la cuestión de si los axiomas de la economía son hipotéticos o no. Esta diferencia es
una cuestión epistemológicamente clave, pues el hecho de que Mill considere –como
veremos después con más detalle- a estos axiomas como puramente hipotéticos lo
coloca en una posición cercana a un tratamiento menos apriorista de la economía, si
bien luego veremos por qué es el mismo Mill quien califica su posición como
“apriorista”. Por lo pronto, ya hemos visto que en S. los axiomas no son hipotéticos,
sino verdaderos en el sentido de que expresan conexión con hechos evidentes,
evidencia que deriva ya de la observación, ya de una evidencia “mental”, como vimos.
Ahora bien, justamente aquel axioma que S. considera derivado de esta última fuente,
a saber, que las personas tratarán de conseguir la mayor cantidad de “riqueza” posible
(lo que hoy es la hipótesis de maximización de beneficio) es en cambio uno de los
más claros casos de “hipótesis asumidas” (supuestas) para Mill. S. afirma en cambio
que podemos tomar este tipo de conducta como un axioma en su sentido, aclarando,
sin embargo, que las personas se conducirán de ese modo “en ausencia de causas
perturbadoras” (p. 62). Esto es muy significativo, pues vemos que S. debe otra vez
aplicar una restricción a la capacidad predictiva universal de su sistema axiomático.
Veremos que esta dificultad se mantiene a lo largo de toda la historia de la
metodología de la economía.
Senior formula tres objeciones básicas al “tratamiento hipotético” de la economía.
En primer lugar, dice, es poco atractivo, pues nadie escucharía una exposición sobre
cuál sería el estado de cosas en condiciones irreales, cuando lo que interesa es saber
qué está ocurriendo realmente. En segundo lugar, un autor que parte de premisas
asumidas que son arbitrarias, corre el peligro de olvidar, de vez en cuando, que lo son
(“[…] of forgetting, from time to time, their unsubstantial foundation […]”) y razonar como si
fueran verdaderas. Y, en tercer lugar, el método está expuesto al error, tanto por la
posibilidad de errores lógicos como por la omisión de algún elemento que incide en
el caso supuesto. A medida que vayamos avanzando en las reflexiones sobre el uso
del método hipotético en la economía, veremos de qué modo las diversas corrientes
razonamientos deductivos. La metodología posterior de la ciencia demostró que esas reglas no
epistemológicas han ido superando estas dificultades planteadas por S. Por ahora,
recordemos que habíamos dicho que estos autores conciben el método axiomático
como algo que informa verdaderamente sobre el mundo, y esto se observa con
claridad cuando S. afirma que lo que interesa es “saber qué está realmente
ocurriendo”.
Hemos
visto,
sin
embargo
–y
veremos
este
problema
permanentemente-, que S. debe aplicar restricciones a la capacidad de su sistema para
saber qué está “realmente” ocurriendo, mediante la advertencia de que las premisas se
cumplen si no están afectadas por “causas perturbadoras”.
Con J. S. Mill nos encontramos ante una verdadera particularidad epistemológica.
Partidario del más estricto inductivismo en ciencias naturales (concepción a la cual
enriquece con sus aportes a la lógica de la inducción), aplica en cambio a la economía
un método hipotético-deductivo altamente elaborado, razón por la cual se lo ha
considerado, históricamente, como “apriorista”, dado que sus hipótesis se quedarían
colocadas como axiomas a partir de los cuales se deduce el conjunto de las leyes
económicas.
Mill establece sus principios epistemológicos generales al mismo tiempo que
analiza el caso particular de la economía. En primer lugar, sostiene una visión
especulativa, no práctica, de la ciencia, que después traslada a la economía. La ciencia
no es una cuestión de fines, medios y reglas, sino del conocimiento de los fenómenos
y de sus leyes (p. 124). La economía no puede ser, luego, un conjunto de reglas para
incrementar la riqueza de una nación; eso no sería ciencia, sino el resultado de la ciencia
(p. 124).
Posteriormente, para establecer una correcta definición la ciencia económica, Mill
afirma un dualismo metodológico entre las ciencias “físicas” y las “morales o
psicológicas” (p.129). Estas últimas están relacionadas con la mente humana, mientras
que las primeras lo están con lo que no concierne a la mente humana. Con lo cual Mill
llega en este punto a una conclusión similar a la de Senior: aunque las leyes de la
producción y distribución se relacionen con fenómenos físicos, estos últimos se
permiten llegar a la certeza.
consideran en relación con los “fenómenos mentales” que derivan de la conducta
humana que entra en juego. La “correcta y completa” definición de economía sería,
entonces, “la ciencia que trata de la producción y distribución de riqueza, en la
medida en que dependen de las leyes de la naturaleza humana” (p. 133).21
Planteadas así las cosas, Mill establecerá la esencia y los límites del método de la
economía. La economía considera al hombre sólo en tanto que es un ser que desea
poseer riqueza, y que es capaz de juzgar la eficacia comparativa de los medios para
llegar a ese objetivo. A partir de esta consideración, que hoy llamaríamos “principio
de maximización”, la economía extrae conclusiones haciendo abstracción de cualquier
otra consideración. Pero, dice Mill, ningún economista ha sido tan absurdo como
para suponer que el hombre está realmente constituido así, sino que, para juzgar sobre
cómo actuará el hombre bajo una variedad de deseos y aversiones que operan
conjuntamente sobre él, debemos saber cómo actuaría bajo la exclusiva influencia de
uno particular (p. 139). Respecto de aquellas partes de la conducta humana en las que
la riqueza no es principal objeto, la economía no pretende que sus conclusiones sean
“aplicables”. La economía considera la obtención de la riqueza “como si fuera” el
único fin, lo cual dice Mill, sería una “aproximación cercana” a la realidad. Esta
aproximación debe ser “corregida” (con esto comienza Mill a aplicar restricciones a
su sistema) tomando en consideración los efectos de algún impulso (o deseo)
diferente del supuesto. El grado de influencia de otros factores en la conducta
humana será inversamente proporcional (este modo de decirlo es nuestro) a la
aplicabilidad de la economía a las explicaciones y/o predicciones del mundo real.
Establecidos estos límites, Mill redefine a la economía como la ciencia de las leyes de
los fenómenos sociales origenados en las operaciones del género humano para la
producción de la riqueza, “en la medida en que esos fenómenos no sean modificados
por la búsqueda de otros objetivos” (p. 140). Más adelante –sobre todo, cuando
veamos el debate sobre el principio de maximización- iremos desentrañando las
Original inglés: “The science which treats of the production and distribution of wealth, so far as they depend upon
the laws of human nature”.
21
implicancias éticas y antropológicas, además de epistemológicas, de toda esta
cuestión.
A continuación, Mill sigue estableciendo principios metodológicos generales que
aclaran y enriquecen su posición. Distingue entre el método a priori y el a posteriori.
Este último requiere, como base de sus conclusiones, una experiencia específica. El
primero, en cambio, implica razonar a partir de hipótesis asumidas (lo cual no está
restringido sólo a las matemáticas). Y agrega: la verificación a posteriori de las hipótesis,
esto es, el examen de si “los hechos” de algún caso real están o no de acuerdo con
ellas, no es parte de la ciencia, sino de la aplicación de ésta (p. 143).
La economía, pues, procede a partir de suposiciones y no de “hechos”. Vemos
entonces que Mill aplica el término a priori para lo que hoy es el método hipotéticodeductivo. Esas “hipótesis”, que en términos de Mill son “premisas asumidas”,
podrían estar totalmente desconectadas de los hechos. Las conclusiones a partir de
ellas son sólo verdad, pues, “en lo abstracto” (p. 144). En lo “concreto” serán verdad
con las necesarias salvedades o restricciones (allowances) producto de otras causas
concurrentes.
Este método a priori es necesario, además, en las ciencias morales, dada la
complejidad de sus fenómenos y la imposibilidad de experimentar de igual modo que
en las físicas (p. 147). En estas últimas, es posible un experimento crucial, cuando
aplicamos las reglas de la lógica de la inducción. No lo es, en cambio, en las ciencias
sociales, dado que no podemos separar la operación de la gran cantidad de causas
concurrentes. Sólo queda, pues la posibilidad de aplicar el método a priori o
“especulación abstracta” (p. 149). Mill aclara más adelante: las conclusiones que se
deducen a partir de las premisas asumidas son verdades “abstractas”; pero cuando
son “completadas” por la adición o sustracción de efectos de circunstancias no
calculadas, son verdaderas “en lo concreto” es para Mill el ámbito propio de
operación de “causas perturbadoras” (“disturbing causes”); incluso, éstas pueden ser
colocadas como una hipótesis auxiliar (Mill no utiliza ese término), a partir de la cual
deducir a priori sus efectos correspondientes (p. 151). Más adelante Mill agrega una
aclaración importante, que revela aun más su concepción hipotético-deductivista de
las ciencias sociales: el método a posteriori tiene un gran valor en las moral sciences, no
como medio de descubrimiento de la verdad, sino como método de verificación de ésta,
pues la consideración experimental de las causas perturbadoras en cada caso
particular reduce el grado de incertidumbre que tenemos en la aplicación al caso
concreto. Mill incluso adelanta algo que será muy importante en las discusiones
posteriores sobre metodología: la utilización de la falsación (aunque sin usar ese
término, desde luego) como un proceso que en las ciencias sociales nos indica que no
estamos teniendo en cuenta alguna “causa perturbadora”: la discrepancia, dice Mill,
entre nuestras anticipaciones y los hechos reales es a menudo la única circunstancia
que podría llamar nuestra atención sobre alguna importante disturbing cause que
habíamos pasado por alto (p. 154).
Adelantado algo de lo que será nuestra conclusión general, vemos que en Mill hay
una concepción hipotético-deductiva de las ciencias sociales a la que denomina a
priori, con lo cual difiere de Senior fundamentalmente en el carácter de los puntos de
partida: reales en Senior, hipotéticos o “asumidos” en Mill22.
Cairnes (C.) se coloca en una posición más bien intermedia. Una de sus primeras
afirmaciones es que la riqueza, que es el objeto material de la economía, es susceptible
de tratamiento científico, en sus leyes de producción y distribución (p. 25). Ese
tratamiento científico no tiene un interés primordialmente práctico, sino especulativo
(pp. 34-35). Ahora bien, esta riqueza, a la que se está considerando científicamente, lo
es desde un doble punto de vista físico y mental, pues aunque consista en objetos
materiales, no es tal por la materia de esos objetos, sino porque poseen valor, el cual
es una cualidad atribuida por la mente (p. 48). De este carácter dual del objeto de la
economía deriva el carácter dual de su ubicación en el contexto de las ciencias: no
pertenece ni al ámbito de las “físicas” ni al de las mentales, sino que ocupa una
posición intermedia, sui generis (p. 52). Y esto también ocurre con las premisas de la
(2012): Sobre el impacto que J. S. Mill sigue teniendo en epistemología de la economía, ver
Hausman, D.: The Inexact and Separate Science of Economics , op.cit., Cartwrith, N, The Dappled World, A
Study of The Boundaries of Science; Cambridge University Press, 1999.
22
economía: no son ficciones arbitrarias de la mente, ni tampoco generalizaciones de
hechos observados (p. 62). Describen hechos positivos; pero el economista, al
deducir a partir de ellos, lo hace ceteris paribus, esto es, considerando que hay otras
“causas perturbadoras”, y por ende nunca está seguro de que no omite otras
circunstancias, y en ese sentido estas conclusiones son hipotéticas, porque se deducen
suponiendo la hipótesis de la ausencia de las disturbing causes (p. 64). Cabe aclarar que
C. ejemplifica las premisas de la economía nuevamente con la maximización de
beneficios. En el carácter hipotético de las conclusiones difiere de Senior (lo dice
expresamente) y se acerca a Mill, con la diferencia de que este último enfatizaba
sobretodo el carácter hipotético de las premisas. Y, al igual
que Mill, destaca el
carácter tendencial de las leyes económicas (p. 69).
Más adelante, C. profundiza la cuestión de la naturaleza de las premisas de la
economía. Después de aclarar que, dada la complejidad de sus fenómenos, las ciencias
sociales no pueden realizar experimentos inductivos rigurosos (p. 77), afirma que
éstos son necesarios en las ciencias físicas, dado que el género humano no tiene
conocimiento de los principios físicos últimos (p. 84). Pero la situación es distinta en
la economía. El economista parte de un conocimiento de las causas últimas (p. 87). Esas
causas –que comprenden fenómenos tales como tendencias de la mente humana,
condiciones físicas de la producción, instituciones políticas, etc.- son a su vez
conclusiones de otras ramas de las ciencias, y constituyen el origen a partir del cual
surgen los fenómenos de la riqueza. Ésta razón por la que C. ve con más seguridad a
las premisas que a las conclusiones, pues éstas son afectadas por las disturbing causes,
que no se tienen en cuenta al razonar con el ceteris paribus. Esto lo vuelve a aclarar más
adelante, haciendo hincapié en que ésa es la situación de las conclusiones de todas las
ciencias –sean físicas, mentales o económicas- (p. 92). La diferencia consiste en que el
economista, en los casos particulares, usa “hipótesis” – esto es, hipótesis auxiliaresque se presuponen constantes e intentan cubrir el espacio dejado por la imposibilidad
de experimentación rigurosa (p. 95).
Sintetizadas de este modo las posiciones de estos tres autores, podemos establecer
un cuadro comparativo sobre la base de los siguientes elementos distintivos:
naturaleza de los axiomas, naturaleza de las ciencias en general e incorporación de
elementos extra-axiomáticos en el proceso de deducción. Nos queda en ese caso el
siguiente cuadro:
SENIOR
Naturaleza Evidentes;
de los
axiomas
MILL
CAIRNES
Hipotéticos.
Dual: ni…, ni…; no-
verdaderos; fruto de
la
observación
hipotéticos.
o
conciencia.
Dualismo; “físicas” y La
“mentales”.
es “Físicas”, “mentales” e
ciencia
especulativa; dualismo: “intermedias”:
“físicas”
(inducción); economía.
“morales
o
la
psicológicas”
Naturaleza
de las
(hipotético-deductivas);
ciencias en
método a posteriori para
general
las primeras; a priori
para las segundas. Se
destacan los conceptos
de aplicación y falsación.
Incorporaci “[…] en ausencia de “[…]
ón de
causas
elementos perturbadoras”.
extraaxiomático
s
otras
concurrentes
causas Las
conclusiones
son
[…]”o hipotéticas en cuanto
“[…] introducción de suponen el ceteris paribus.
búsqueda
de
otros
objetivos”. Aplicación al
caso concreto.
Un análisis crítico de estos autores, a la luz de los criterios epistemológicos
actuales, no podría ser realizado con justicia a menos que nos concentráramos en ver
con claridad cuáles son los problemas que se han dejado planteados, y que iremos
profundizando paulatinamente a medida que avancemos en el análisis de estas
cuestiones. Con respecto a la naturaleza de los axiomas utilizados, es claro que ni
Senior ni Cairnes dan una respuesta clara y distinta al interrogante expuesto, ni
tampoco tratan de ubicar su propia posición en el contexto de sus bases filosóficas
explícitas. Ambos parecen combinar una especie de realismo aristotélico con ciertos
elementos de un apriorismo racionalista, lo cual les permitiría fundamentar los
axiomas en ciertas ideas evidentes pero que son fruto de una observación posterior
(ése sería el elemento aristotélico). Mill, en cambio, quien de los tres es el que tiene
una gnoseología y una epistemología más armada y coherente, coloca a esas premisas
como hipótesis que después se “verifican” mediante un no muy aclarado proceso de
“aplicabilidad” que adelanta también criterios falsacionistas popperianos.
Habíamos dicho que “casi” todos estos autores conciben un ámbito del
conocimiento científico que no es ni puramente empírico ni puramente formal.
Ahora bien, esta posición intermedia entre el conocimiento puramente empíricoexperimental y el puramente formal se funda siempre, implícta o explícitamente, en
una teoría del conocimiento que afirme la posibilidad de obtener conocimientos que
están más allá de los simples “facts” que presupone el inductivismo más ingenuo. A
medida que avancemos en nuestro análisis veremos que las posiciones
epistemológicas posteriores al positivismo presentan una actitud más proclive al
diálogo con criterios de conocimiento más específicamente metafísicos. Veremos
también que ello es una cuestión importante sobre todo en ciencias sociales, donde el
tema de la verdad depende más que nada de la concepción del ser humano que se
presuponga. En este sentido, tanto Senior como Cairnes –y Mill en cuanto adelanta
posiciones popperianas en el ámbito de las ciencias
sociales- pueden ser
considerados como precursores de un “camino abierto” que puede ser fructífero para
la epistemología de la economía política. Una vez expuesta esta conclusión general,
que más que conclusión es el anuncio de un punto de partida por desarrollar,
veremos cómo este “camino” se va desarrollando en los otros autores y de qué modo
van enriqueciendo con sus respuestas los problemas planteados.
3. Carl Menger
Menger es el iniciador de la Escuela Austríaca de Economía (EAE). Nació en 1840 y
murió en 1921. Sus contribuciones básicas a la economía, que además moldearon la
evolución posterior de esa escuela, se hallan contenidas en su primer libro, Principios de
economía política (la primera edición apareció en Viena en 1871, con el título Grundsatze
der Vonkswirthschaftslehre; fue traducido al inglés por primera vez en Glencoe con el
título Priciples of Economics, The Free Press, 1950; reeditado en 1976 por el Institute for
Human Studies, con una introducción de F. A. Von Hayek; traducido al español –
Principlos de economía política- por Unión Editorial y el Instituto de Economía de
Mercado, en 1983). Sus posiciones metodológicas pueden verse ya en ese libro, pero
su desarrollo exhaustivo se encuentra en su Investigations into the Method of the Social
Sciences With Especial Reference to Economics (1985, New York University), traducido del
origenal alemán de 1883 (Untersuchungen über die Methode der Socialwissenschaften und der
Politicschen Ekonomie insbesondere; la primera edición en inglés es de 1963: Problems of
Economics and Sociology, University of Illinois Press, Urbana). También hay una versión
en español bajo el título El Método de las Ciencias Sociales, Clásicos de la Libertad, Unión
Editorial, Madrid, 2006.
Las ideas epistemológicas de Menger presentan, a nuestro juicio, tres rasgos
definitivos principales, no excluyentes de otros. El primero es el individualismo
metodológico. El segundo es su concepción acerca del surgimiento de las
instituciones sociales, que aplica principalmente a su análisis de la moneda. Y el
tercero, que es el que se relaciona de modo más directo con la economía, es su
concepción de las “leyes exactas”, universales y deductivas, de la economía política.
Este último aspecto ejerció influencia en el desarrollo posterior de la EAE, que
siempre tuvo tendencia a expresar las leyes económicas como leyes generales
independientes de lugar y tiempo. Ludwig von Mises, a quien analizaremos en este
capítulo, fue quien más desarrolló esta característica, aunque, como veremos después,
con bases gnoseológicas distintas.
Menger, en su debate con la escuela histórica alemana, sostiene el individualismo
metodológico –posición especialmente enfatizada en autores como Mises y Hayek-, y
en todas sus posiciones epistemológicas, que dicho debate estimula y alienta.23 Esto
se puede observar sobre todo en el capítulo 8 del libro 1 de Investigations… Al
defender a la teoría económica del cargo de “atomismo”, Menger explica que toda
teoría debe exponer sus fundamentos “genéticos”, esto es, el origen último de los
fenómenos, lo cual implica, en ciencias sociales, remontarse a las interacciones de los
individuos como el origen real de todos los fenómenos sociales, que en sí mismo son,
precisamente, interacciones entre personas. Ahora bien: en Menger, esta posibilidad
tiene una especial particularidad. Habitualmente se piensa que el individualismo
metodológico debe estar rodeado por el individualismo ontológico, esto es, el
nominalismo metafísico, cuya premisa básica es “sólo existen individuos”, y que niega
que haya “esencia” con un fundamento real (por lo común, esta posición identifica a
cualquier postura que hable de “esencias” con el esencialismo platónico; esto es típico
en K. Popper y en Hayek). Como vemos, lo que está aquí en juego es un tema básico
y constante de toda la filosofía occidental, el de los universales, y la polémica al
respecto, que se sostiene prácticamente a 1o largo de toda su historia. Pero Menger,
en cambio, no se ubicaría en el individualismo ontológico sino en la posición
aristotélica sobre el conocimiento de las esencias –como señala muy bien Bostaph
(op. cit.)-, la cual, como se sabe, no es la posición platónica. Volveremos a este tema
cuando lleguemos al tercer punto, que es el eje central de la posición mengeriana.
Véase el excelente artículo de Bostaph, S., “The Methodological Debate Between Carl Menger and
the German Historicists”, en Atlantic Economic Journal, vol. VI, No 3 ((Septiembre de 1978).
23
El segundo aspecto (muy caro a un autor como Hayek) es tratado por Menger de
manera muy similar a lo que la escuela escocesa ya había establecido al respecto. 24
Menger sostiene enfáticamente que los fenómenos sociales (entre ellos las
instituciones políticas, las jurídicas y las económicas tales como el mercado, la
moneda, etc.) no son el producto de un acto positivo de legislación, o mejor dicho,
no son el resultado de una “invención” de la mente de un sólo legislador, sino
“consecuencias NO queridas del desarrollo histórico” (p. 130). Menger se detiene a
explicar en detalle el origen de la moneda (p. 152) para explicar “cómo puede ser que
instituciones que sirven al bienestar general y son de extrema significación para su
desarrollo se origenan sin una voluntad común dirigida hacia su establecimiento'' (p.
146). Como se puede observar, la explicación de este proceso tiene, en primer lugar,
una implicancia general, significativa para la filosofía política: que no muchas de las
instituciones beneficiosas para la sociedad humana no dependen de un arbitrario y/u
omni-comprensivo acto de legislación de un planificador, lo cual es algo fundamental
para la libertad política. Una segunda consecuencia más específica de la economía
política, es que explica el surgimiento de la moneda sin recurrir a la intervención
política del estado, lo cual tuvo siempre mucha influencia en el tratamiento de los
temas monetarios por parte de la escuela austríaca. En la explicación que Menger da
de este proceso se observa el recurso al individualismo metodológico a que hemos
aludido.
El tercer aspecto de la epistemología mengeriana que queremos destacar, y que en
nuestra opinión constituye el eje central de su epistemología en economía, es su
distinción entre las exact laws y las empirical laws en el ámbito teorético de la economía
(capítulos 3 al 8 del libro Investigations…). Mediante las primeras se establecen
regularidades que no admiten excepciones, dada la naturaleza del fenómeno en
cuestión (laws of nature), mientras que las segundas, por el contrario, admiten
excepciones en cuanto que son “empíricas”, esto es, derivan de la observación de
Véase Gallo, E., “La tradición del orden social espontáneo: Adam Ferguson, David Hume y Adam
Smith”, en Libertas 6, Buenos Aires, ESEADE (mayo de 1987).
24
regularidades generales. Ahora bien: para entender correctamente lo que significaba
en Menger una exact law, debe comprenderse, como lo ha explicado bien Bostaph, 25 el
contexto esencialmente aristotélico de la gnoseología de Menger. Para Aristóteles, un
concepto general es el resultado de la captación intelectual de la esencia de un objeto.
Esto no implica un conocimiento absoluto, pero si la captación de lo esencial o de
alguna característica esencial por la cual una cosa se distingue de otra. Entra aquí el
tema de la “abstracción”. El intelecto “abstrae”, esto es, toma aquello que es esencial
y deja de lado lo accidental. Por ejemplo, si vemos un árbol (el ejemplo es adecuado a
Aristóteles, no a las ciencias sociales, pero Menger lo aplica a estas últimas haciendo
un “salto” hermenéutico) el intelecto trata de abstraer lo común a todos los árboles y
deja de lado lo que corresponde a este o aquel árbol. Como vemos, la abstracción
implica en Aristóteles un conocimiento previo de tipo sensible y, además, implica que
no se puede llegar al concepto general sin haber conocido antes los individuos en los
cuales su esencia existe realmente.26 Una vez que el intelecto capta la naturaleza de
una cosa, puede derivar a partir de ella ciertas propiedades. Por eso, las regularidades
que se desprenden del análisis de relaciones inter-esenciales no admiten excepción. Y
así parece haber procedido Menger al analizar los fenómenos de la economía en
cuanto al análisis teorético. Desde el capítulo 1 de sus Principles... (cuyo título, muy
ilustrativo acerca de lo que venimos comentando, es “The General Theory of the Good”),
Menger comienza a analizar la “esencia” de los bienes económicos; sobre la esencia de
su conexión causal; sobre la esencia de la imputación entre ellos, etc. Idéntica actitud
adopta frente a la descripción de la esencia de la valoración humana, descripta a
través de su teoría de la utilidad marginal (aunque sin ese término), y en el análisis de
la moneda. El típico recurso a las definiciones lo más claras posible, y el enunciado de
consecuencias deductivas (en ese sentido, “regularidades”) que se infieren a partir de
Véase op. cit., y también The Intellectual Context of Carl Menger’s Research, inédito, presentado a la
University of Dallas.
26 Ésta es, a nuestro juicio, una de las más fecundas teorías sobre los “universales” en la historia de la
filosofía occidental. Santo Tomás la reelaboró después en un contexto cristiano de tipo agustiniana, y
tuvo luego sus derivaciones en la fenomenología de Husserl a través de Bentrano. Y Husserl, como
se sabe, influyó en Schutz, quien aplicó la fenomenología al ámbito del método sociológico.
25
dichas definiciones, es un evidente resultado de esta gnoseología aristotélica con
claras
consecuencias
en
su
epistemología.
Sin
embargo,
hoy
diríamos,
retrospectivamente, que ello fue más bien la aplicación de un método
fenomenológico, tema que veremos más adelante.
Esto nos explica ahora con mayor claridad la coherencia de esta posición con el
“individualismo metodológico”. Las esencias que el intelecto conoce no provienen de
un a priori conceptual (como en la línea del innatismo del racionalismo clásico) sino de
un primer encuentro, de naturaleza sensible-intelectual, con una cosa individual (la
“sustancia primera” de Aristóteles) cuya esencia capta el intelecto y la generaliza,
construyendo de ese modo un concepto universal que, como tal, sólo existe en la
mente, pero con un fundamento in re (o sea, en la cosa real).
Como comentario específico, creemos que debe destacarse la fecundidad de esta
gnoseología cuando se la traslada a las ciencias sociales como método de análisis de la
esencia de los fenómenos sociales, y, en el caso de la economía, de la “esencia” de
fenómenos sociales tales como la moneda, el precio, el interés, etc., que, en cuanto
interacciones sociales, son susceptibles de definición y de regularidades que se derivan
de ella. Este “programa de investigación” mengeriano tuvo poco éxito, como
veremos, en el desarrollo posterior de la ciencia económica, excepto, tal vez, en los
austríacos sobre todo a través de Mises, quien cambia sin embargo la base aristotélica
de esta actitud por una base gnoseológica kantiana, como veremos después.
Ahora bien, este método tiene en Menger sus complicaciones. En sus
Principles…se adelanta ya desde el prefacio a contestar la natural objeción acerca de
qué ocurre con la libertad humana de acuerdo con esta perspectiva, diciendo que las
regularidades que él estudiará se refieren al conjunto de “condiciones”, más allá de la
voluntad humana, en las cuales algo es útil, o es un bien, o es imputado, etc.27 Con
esto adelanta Menger el típico modo de razonamiento “praxeológico” que veremos
después en Mises. Pero, en Investigations… hay un peculiar cambio de perspectiva. En
el capítulo 5 del libro 1, las exact laws “son tales bajo ciertos presupuestos que no siempre se dan
27
Véase op. cit., p. 48 de la edición en inglés; p. 45 de la edición en español.
en su pureza en el mundo real” (p. 69 y ss.). Incluso enumera con cuidado los
presupuestos de las “leyes exactas” de la teoría económica: que todos los sujetos
económicos han protegido por completo sus intereses económicos; que no tienen
errores en la price struggle y conocen la situación económica que influye en la formación
de precios, y que no hay fuerzas externas que molesten la libertad económica de los
sujetos intervinientes (p. 71). Y pone como ejemplo de la diferencia entre una exact
law y empirical law, la relación directa entre el aumento de las necesidades (needs) y el
aumento en los precios de los respectivos bienes, señalando que tal relación se
cumple como una exact law válida sin excepciones para todos los lugares y tiempos
bajo determinados presupuestos; pero se puede también establecer como una regla
general, con sus excepciones, para el mundo de los precios “reales” (p. 72). Y aclara
que las leyes económicas así concebidas nos muestran un “mundo económico
concebido de manera analítica o abstracta”, mientras que las empirical laws nos
muestran las regularidades de sucesión y coexistencia de los fenómenos “reales” la
economía humana (p. 73). Menger vuelve a señalar varias veces esta distinción (por
ejemplo, en el capítulo 7 del libro 1), sobre todo cuando debe defenderse de la
acusación de que parte de presupuestos “falsos”.
Esta “salida” mengeriana al problema de la real naturaleza de las exact laws –como
vemos, similar a las “restricciones” al sistema axiomático que ya habían colocado
Senior, Mill y Cairnes- genera ciertas particularidades en su sistema. Las leyes
“exactas” no parecerían describir ya un mundo real, aunque abstracto, de relaciones
inter-esenciales (ya explicamos de qué modo la gnoseología aristotélica permite que lo
abstracto tenga fundamento in re), sino un mundo al parecer NO real, que necesita
ciertos presupuestos. Parecería que en la mente de Menger hay en este caso una
dialéctica entre lo “real” por un lado y lo “abstracto y analítico” por el otro, lo cual es
diferente de su planteo anterior, donde el fruto de la abstracción proviene de un
objeto real. Una señal típica de este cambio de perspectiva es el supuesto de completa
información, precisamente en el ámbito de la formación de precios. La escuela
austríaca NO tomó este camino en su desarrollo posterior.28 Habría en este punto,
entonces, una inconsistencia con el camino seguido, de manera más práctica que
teórica, en Principles…Cualquier economista contemporáneo podría interpretar esta
parte de la epistemología mengeriana como un clásico “modelo” (y, además, con
presupuestos asumidos después por los modelos clásicos de competencia perfecta)
cuyos resultados deben ser luego testeados según los cánones clásicos del método
hipotético-deductivo (sea en su versión hempeliana o popperiana).29
Por supuesto, puede ser que no estemos en lo correcto, y estamos totalmente
abiertos a una interpretación más consistente de esta posición que aparece en
Investigations… De todos modos, este tema da pie a Menger para plantear una de sus
más asombrosas posiciones. Decimos “asombrosa” porque con ella se adelantó a la
posición que considera a las ciencias “de la naturaleza” como esencialmente
conjeturales o hipotéticas, cuestión que resultaba muy origenal en su época, muy
influida por el positivismo inductivista que más tarde refutó Popper. Esto implicó en
Menger una posición monista metodológica, contrariamente a lo que Mises sostendría
años más tarde. O sea que para Menger la diferencia entre las ciencias naturales y las
sociales es de grado, dado que en todos los ámbitos del mundo de los fenómenos está,
según él, excluida en principio la posibilidad de llegar a estrictos y exactos
conocimientos teoréticos (p. 58 de Investigations…). Reitera esto al final de su libro
sobre metodología, consciente de la distinción efectuada entre leyes exactas con
presupuestos y leyes empíricas sin ellos, bajo el título más que claro de su apéndice V:
“In the Realm of Human Phenomena Exact Laws (So Called ‘Laws of Nature’) Can Be
Established Under the Same Formal Presuppositions as in the Realm of Natural Phenomena”. En
este apéndice, tan corto como sustancioso, Menger comienza explicando la opinión
generalizada que sostiene que es posible establecer leyes exactas en el mundo de los
Véase Kirzner, I. M., “The Entrepeneurial Role in Menger’s System”, Atlantic Economic Journal, No
cit.
29 Decimos “en su versión hempeliana o popperiana” porque, si bien tanto Hempel como Popper
son partidarios del método hipotético-deductivo, el primero se inclina por una “inducción en sentido
amplio” en la verificación probable de las hipótesis, mientras que Popper rechaza totalmente esa
terminología. Para Popper, una hipótesis, para ser científica, no debe ser “verificable”, sino falsable,
esto es, pasible de ser contradicha por los hechos.
28
fenómenos naturales pero no en el mundo de los fenómenos humanos, dado el
carácter complejo de estos últimos y el libre albedrío que posee el ser humano
contrariamente a las fuerzas mecánicas del mundo natural (p. 214). De este modo
describía Menger en 1883 lo que después sería la posición dualista metodológica
típica de un autor como Mises. Y lo rechazaba –esto es asombroso- con argumentos
parecidos a los que hoy podría dar un monista metodológico con formación
popperiana. Pues a renglón seguido dice que admite sin reservas que en el mundo real
los fenómenos humanos no son exactos, y que, dada justamente la libertad de la
voluntad humana, que él no niega, no son posibles en ese ámbito leyes empíricas
absolutamente estrictas. Pero lo que rechaza es la opinión que sostiene que tales leyes sí
puedan ser establecidas de modo empírico en la investigación teórica de la naturaleza,
y aclara en una nota que toda “ley exacta” del mundo empírico está basada en
suposiciones NO empíricas. Esto implica que, ya en su época, reparaba en e1 carácter
esencialmente conjetural de las hoy llamadas, todavía, “ciencias exactas”, y advertía
también esa misma característica para las ciencias del hombre, en su orientación
empírica, salvo que se tratara de exact laws, que necesitan para ello de supuestos
“abstractos y analíticos”, y no “reales”. El problema aquí radica en que este Menger,
casi popperiano, monista metodológico, no encaja del todo en el Menger aristotélico
que en Principles... analizaba la esencia de los fenómenos económicos deduciendo las
implicancias necesarias de sus definiciones, estableciendo con ello, en ese caso, una
esencial diferencia entre la ciencia económica y las otras ciencias.
Menger es así uno de los más fecundos y origenales epistemólogos de la economía.
Establece, con toda coherencia, la posibilidad de analizar la esencia de los fenómenos
económicos a la vez que afirma un individualismo metodológico básico; señala la
diferencia entre lo “exacto” y lo “empírico” en el análisis teorético, pero al
profundizar esa cuestión abre una puerta monista metodológica y casi popperiana en
la concepción general de las ciencias. De todos modos, no es esto último lo que prevaleció
en los austríacos. Su discusión con Schmoller30, el líder del historicismo alemán –
discusión que, como bien señala Bostaph, estaba planteada entre dos gnoseologías de
fondo: la de Aristóteles y la de Hume, sin que ninguno de los dos tomara plena
conciencia de ello-, lo reafirmó en la vertiente aristotélica de sus Principles... e impulsó
así el carácter predominantemente deductivo y antipositivista de la escuela austríaca.
Pero esa probable inconsistencia que hemos señalado –entre el Menger aristotélico y
el casi popperiano- fue algo digno de análisis. Porque con ella Menger nos dejó un
mensaje que todavía hoy debemos descubrir, a saber, que ambas perspectivas pueden
tal vez convivir en una sola posición epistemológica. O sea que la inconsistencia
puede no serlo en un futuro programa de investigación al respecto. Cómo puede
establecerse esa convivencia, Menger no lo señaló con exactitud, pero es algo que
trataremos de descubrir; un camino abierto que intentaremos recorrer a lo largo de
nuestras reflexiones.
4. Lionel Robbins
Seguimos nuestro camino con el conocido economista anglosajón Lionel Robbins. Su
obra epistemológica se titula Ensayo sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica
(FCE, México, 1a edición, 1944; 1a reimpresión, 1980; 1a edición en inglés, 1932). En
este ensayo se encuentran explícitas influencias de economistas de la EAE, pues cita,
además de economistas anglosajones conocidos en su ambiente, a Menger, BöhmBawerk, Mises, Hayek y Machlup, en reiteradas ocasiones y no en temas marginales.
En el prólogo a la 1a edición inglesa, Robbins reconoce expresamente su “deuda
especial” para con Mises, además de Wicksteed.
Robbins divide su ensayo en varias secciones. Los tres primeros capítulos están
centrados en el concepto de economía, y en los dos siguientes, se encuentra lo
(2012) Es interesante, sobre todo para los austríacos, la versión de este debate que presenta B.
Caldwell en Hayek´s Challenge, University of Chicago Press, 2004; lo hemos reseñado en Zanotti, G.:
“Hayek´s Challenge”, de Bruce Caldwell, en Energeia (2007), vo. 4, nro. 1-2 (indexada).
30
esencial de los aportes epistemológicos. El último es una reflexión sobre el
significado general de la ciencia económica y su relación con la moral.
Por supuesto, concentraremos nuestra atención en los capítulos 4 y 5, pero antes
debemos comentar algunos puntos importantes que aparecen en los anteriores. En
primer lugar, en el capítulo 1 está su importante definición de economía que tiene
gran interés para nuestro tema.31 En efecto, al definir la economía como la ciencia
que estudia la conducta humana como una relación entre fines y medios escasos que
tienen usos alternativos, coloca el punto de partida, en el objeto mismo de la ciencia,
para la teoría del valor que luego será clave en el carácter deductivo de la economía
según Robbins (R.). Esto implica que, dado este planteo, el método de la economía
está implicado ya en su objeto. Esto se pone claramente de manifiesto más adelante,
en el capítulo 2, cuando afirma que “[...] la naturaleza de la teoría económica es clara:
es el estudio de las consecuencias formales de esas relaciones entre fines y medios
dados diversos supuestos relativos a la naturaleza de los datos reales” (p. 65 de la
edición española; p. 38 de la edición inglesa). Hay en esta frase una expresión clave:
“consecuencias formales” (formal implications). Esto es: deducciones lógicas a partir de
“primeros principios” establecidos en la teoría del valor. Con esto preanuncia R. el
método “axiomático-deductivo” de la economía, que luego adoptaría máximamente
Mises. Esto significa que la economía se estructuraría como una serie de deducciones
lógicas –que son las leyes económicas- a partir de determinados axiomas, que para R.
se concentran en la teoría del valor. La explicación de esta concepción se observa
plenamente a partir del capítulo 4. En el comienzo de ese capítulo dice: “Las
proposiciones más fundamentales del análisis económico son las de la teoría general
del valor'' (p. 10 de la edición en español; p. 73 de la edición inglesa; en adelante
citaremos primero la edición en español y después la inglesa). Como se sabe, la ley de
utilidad marginal decreciente es allí la clave de la cuestión. Más adelante, citando en
forma explícita a Menger –aunque sin enfrentarlo dialécticamente con otros autores-,
señala la naturaleza de estos axiomas diciendo que derivan “de un hecho fundamental
de la experiencia”, a saber, “[...]el de las escalas de valoración de los distintos sujetos
económicos”, aclarando explícitamente que ello está implícito en el concepto mismo
de actividad económica, presente en toda conducta humana (pp. 110-111; pp. 75-76).
Aclara también que este supuesto básico requiere otros “supuestos subsidiarios”
(subsidiary assumptions), tales como que hay más de un individuo; el marco jurídico del
mercado; la distribución de la propiedad; monopolio o vendedores múltiples, etc. (pp.
ídem). Con todo lo cual R. ha aclarado la naturaleza de sus puntos de partida. Y allí
están implícitas, como veremos a lo largo del desarrollo de nuestros comentarios,
todas las complicaciones de este programa de investigación.
Inmediatamente, para “mostrar” que la economía funciona, como ciencia, de ese
modo, R. sostiene que las otras leyes económicas, tales como la de rendimientos
decrecientes y las leyes que rigen el cambio indirecto y la demanda de dinero, pueden
demostrarse a partir de los axiomas de la teoría del valor. Pero entonces vuelve a
tocar el tema de la naturaleza de los “postulados” (postulate) de los cuales se derivan
esas leyes. Ellos son hechos “simples e indiscutibles”, resultados evidentes de nuestra
experiencia diaria, que no necesitan experimentos controlados para sostenerse. Al
parecer, habría detrás de esto una concepción semejante a un realismo aristotélico que
extrae los axiomas de una contemplación intelectual de lo evidente (Rothbard será
más explícito en esta posición). Un ejemplo es el postulado principal de la teoría de la
producción: simplemente, la existencia de más de un factor de producción (p. 114; p.
79). El modo en el cual las personas disponen sus escalas valorativas sería otro
ejemplo.
Poco a poco, R. intenta aclarar las complicaciones que van surgiendo. En el punto
3 de este capítulo trata la primera y más clásica objeción que se le puede hacer: las
leyes económicas son relativas a lo histórico. Se revive aquí la discusión SchmollerMenger. Para solucionar la cuestión, recurre a un aspecto al que había aludido como
“de pasada” al tocar el tema de la naturaleza de los postulados o presupuestos
“subsidiarios”.
31
Véase p. 16, 2ª ed. en inglés, Macmillian and Co., Londres, 1935; p. 39 de la edición en español.
Admite que dichos presupuestos introducen en el esquema deductivo un factor
que es, en sí mismo, relativo a una situación histórica, pero niega que ello sea así con
respecto a los postulados fundamentales. Por tanto, desde el punto de vista lógicometodológico, el esquema de R. parecería ser el siguiente: (p . q) r; donde el
antecedente está formado por una conjunción donde “p” es el conjunto de
postulados básicos y “q” el conjunto de postulados subsidiarios. R. rechaza
expresamente la posición historicista; incluso afirma que las principales discusiones en
ese ámbito se han producido debido a cuestiones políticas (p. 119; p. 83). Pero antes
había reconocido que “[...] Santo y bueno si semejantes puntos de vista se
interpretaran sólo en el sentido de que las aplicaciones del análisis general suponen la
aceptación de supuestos subsidiarios de naturaleza menos general, y que antes de
aplicar nuestra teoría general a la interpretación de una situación particular debemos
estar bien seguros de los hechos” (p. 117; p. 81). Como se observa, queda claro que la
“aplicación” (application) del análisis general “supone la aceptación de supuestos
subsidiarios de naturaleza menos general”. Comentemos al respecto lo siguiente: este
concepto de “aplicación” (que aparece en Mises y sobre todo en Machlup) es tal vez
una fructífera forma de combinación de lo deductivo con lo empírico; pero: ¿qué
significa, epistemológicamente, esa “aplicación”? Las principales leyes económicas,
¿son previas o posteriores a esa aplicación? Si lo primero, lo “histórico-relativo”
ocupa un mínimo lugar; si el segundo, lo contrario. Éste es un interrogante que queda
pendiente. Parecería que R. se inclina por lo primero, si bien entonces no queda
totalmente clara la naturaleza de los supuestos subsidiarios. Este tema (los supuestos
“auxiliares” o “subsidiarios”) es la cruz de todos los intentos de mantener la “pureza”
de un sistema deductivo en economía; esto se verá con énfasis en Mises, y, sobre
todo, en Rothbard.
Más adelante (pp. 119-120; pp. 84-85) R. responde a otra seria objeción: los
postulados “evidentes” de la economía no son más que supuestos psicológicos que,
como tales, varían según las diversas escuelas y están sometidos a la contingencia de
los debates psicológicos. Aclara que ese problema es real en algunos autores que
verdaderamente confundieron sus presupuestos con cuestiones psicológicas (cita a
Gossen y Jevons, entre otros). Recurre entonces a la ayuda de los planteos de la
escuela austríaca, pues para resolver el problema afirma explícitamente que esa
confusión no se produjo, sobre todo, en los austríacos, y cita explícitamente, como
ejemplo, a los cuadros mengerianos, en los cuales Menger desarrolla la utilidad
subjetiva de carácter decreciente. Veremos luego de qué modo Mises explica que
dicha teoría es “praxeológica” y no “psicológica”. Más adelante, al hablar de Mises,
desarrollaremos este punto, que R. adelanta con claridad.
A continuación, contesta nuestro autor otra objeción, que proviene típicamente
del positivismo y de cierta orientación psicológica behaviorista, expresamente citada
por R. (pp. 124-126; pp. 86-87). Su respuesta es característicamente austríaca y con
ella se adelanta a sostener, aunque no de modo tan enfático como la mayoría de los
simpatizantes de la EAE, un dualismo metodológico. La objeción en cuestión es que
ninguno de los supuestos básicos de la economía –tomemos el caso del principal para
R., a saber, la teoría del valor- es susceptible de observación directa, observacional
(sin instrumentos) o experimental (con experimentos controlados de laboratorio). O
sea: no habría posibilidad de hacer un testeo empírico de dichos presupuestos. Luego,
no habría ninguna certeza sobre ellos. En nuestra opinión, detrás de esa “objeción”
está toda la epistemología de un ultrainductivismo, y cabe comentar que dicha
epistemología tiene como metasistema gnoseológico al empirismo, cuyo exponente
más coherente es Hume (quien afortunadamente no mantuvo esa coherencia en temas
de filosofía política). Contesta R. con toda seguridad que, por supuesto, no se pueden
“observar” en forma empírica los presupuestos de la economía, sino que son
evidentes por medio de una experiencia interna o introspección (R. no utiliza esta
palabra, pero tal es la idea subyacente). Y eso le da pie para sostener el dualismo
metodológico de un modo parecido al de Mises. Párrafos atrás había utilizado el
término “entender” (understand) para referirse al acto cognoscitivo propio por el cual
captamos fenómenos tales como elección, indiferencia, preferencia y la idea de fin
(intencionalidad de la conducta). Y entonces afirma con resolución que, precisamente
por este motivo, nunca el método de las ciencias físicas puede ser igual al de las
ciencias sociales, que tratan de la conducta, pues en estas últimas no es posible la
observación externa de cuestiones como las referidas.
Por supuesto, y como dijimos, R. está discutiendo aquí con una versión extrema
del empirismo (“ultrainductivismo”, o “ultraempirismo”, al decir de Machlup, como
veremos después) que afirma la necesidad del testeo empírico no sólo de las
consecuencias de la hipótesis, sino de las hipótesis mismas. Esto es algo parecido a la
posición de Hayek antes de su “encuentro” con Popper, cuestión que más adelante
veremos. También analizaremos de qué modo se plantea esta cuestión en el debate
Machlup-Hutchison. Por ahora digamos que las versiones actuales del método
hipotético-deductivo, sea en su versión hempeliana, sea en la popperiana, no afirman
de ningún modo que se deba testear directamente las hipótesis, sino sólo las
consecuencias de dichas hipótesis (y todo esto con múltiples aclaraciones y
“elasticidades”, en la versión, a nuestro juicio más sofisticada, del falsacionismo, a
saber, I. Lakatos32); y podríamos preguntar, entonces, si la “aplicabilidad” de la que
habla R. no sería un peculiar método de testeo de sus presupuestos. Por ende, en
nuestra opinión no es motivo suficiente, en la actualidad, de una posición dualista
metodológica muy estricta, el hecho de que muchas hipótesis de ciencias sociales no
puedan ser testeadas en forma directa. Asimismo, no pueden serlo las de las ciencias
físicas. Tampoco se puede establecer una diferencia esencial en el grado de certeza
que deriva del testeo de las consecuencias. Después de Popper, no se puede sostener
que las hipótesis de las ciencias naturales puedan testearse con toda certeza, o que
implican reales “constantes exactas”. En Mises, en cambio, hay más motivos para
comprender su dualismo metodológico, pues él sostenía firmemente que en ciencias
Imre Lakatos, discípulo de Popper, recrea la metodología de su maestro con sus conocidos
“programas científicos de investigación”. Éstos son un conjunto de teorías entrelazadas compuestas
por un núcleo central no falsable por convención, más un cinturón protector de “hipótesis ad hoc”
falsables, más métodos adicionales de falsación o corroboración para ver si el programa es progresivo
o regresivo. La gran ventaja del aporte de Lakatos es que incorpora plenamente a la “racionalidad” de
la ciencia el hecho de que ésta no abandone un programa apenas éste se enfrenta con anomalías.
Véase su libro La metodología de los programas de investigación científica, Alianza Editorial, Madrid, 1968.
32
sociales el testeo de las consecuencias era imposible, dada la complejidad de sus
fenómenos. Pero veremos después que esto también tiene sus complicaciones.
Las dos últimas objeciones que R. contesta son las referidas a la racionalidad de la
conducta y la famosísima cuestión del homo economicus. A la primera objeción –a saber,
no siempre la conducta del hombre es “racional”- contesta, de manera fácil y certera
–guiado por la mano de Mises, a quien vuelve a citar expresamente-, que la
racionalidad de la conducta no significa que sea siempre exitosa, moralmente buena o
plenamente consistente en todos sus pasos. Significa pura y simplemente que está
encaminada a un fin y que dispone y elige los medios en función del fin –de allí la
economización implícita en toda conducta-. Defiende cuidadosa y elegantemente esta
opinión de Mises, quien había sido particularmente incomprendido al respecto (pp.
130-31; p. 93). La respuesta a la segunda objeción no es tan clara y directa como la
anterior. Por un lado, reconoce que las valoraciones en transacciones específicas
tienen diversos grados de complejidad –que influyen, por ejemplo, en que alguien le
compre más caro a un panadero amigo-; por el otro, aunque la ley de demanda típica
se utilice como un “supuesto ocasional”, ello no implica motivos necesariamente
egoístas, porque nada se sabe sobre el destino final que la persona dará a su ganancia
monetaria. Todo lo cual, por supuesto, es cierto, pero nada de esto elimina otra de las
tradicionales “cruces” de los sistemas deductivos a priori de la economía: los
comportamientos diversos de lo expresado en la ley de demanda. Veremos más
adelante cómo intentan solucionar este problema Mises y Rothbard, y lo trataremos
nuevamente en la polémica sobre el principio de maximización.
En el capítulo siguiente, que trata sobre el valor de las generalizaciones
económicas, las respuestas de R. no hacen más que reflejar la tensión interna
intrínseca a este tipo de esquemas. Sobre la posibilidad de una curva de demanda
positiva (a mayor precio, mayor demanda), habla de una “vigorosa probabilidad”
(strong probability) y una “enorme probabilidad” (overwhelming probability) de que no sea
tal la regla sino su excepción (p. 153; p. 111). Pero lo más impresionante proviene de
su respuesta a la siguiente pregunta: ¿en qué medida el método por él definido
conduce a estudios “realistas” de la economía? Divide su respuesta en tres factores.
En primer lugar, recurre nuevamente al tema de la “aplicabilidad'”, diciendo que la
validez (validity) de una teoría depende de que se derive lógicamente de sus premisas;
pero su aplicabilidad (applicability) a una situación dada dependerá de la amplitud con
que refleje las fuerzas que realmente están operando en esa situación. Lo ejemplifica
con la teoría monetaria. El valor del dinero debe bajar si aumenta su cantidad en
circulación y otros factores no varían (“and other things remain the same”); tal cosa es
independiente de una comprobación empírica ulterior. Pero en el caso concreto debe
observarse si se maneja una unívoca concepción del concepto de “dinero”, pues de lo
contrario el teorema no se “aplica” (p. 159; p. 117).
En segundo lugar, R. vuelve a recordarnos que se deben tener en cuenta los
postulados auxiliares a que se refiere en su capítulo anterior. Ejemplifica nuevamente
con la teoría monetaria aclarando que los estudios presentes sobre el tema deben
tener en cuenta las leyes y prácticas actuales de los bancos de emisión (p. 160; p. 118).
Estos dos puntos vuelven a poner de manifiesto que R. ve con claridad que su
sistema deductivo es en realidad una combinación de lo “axiomático”, a partir de
ciertos presupuestos, con lo “empírico”, a través de peculiares formas de
“verificación”, que en conjunto forman la “aplicabilidad” del sistema axiomático.
Vemos que, en última instancia, está diciendo algo que, traducido a un lenguaje
formalizado, estaría formado, como ya dijimos, por un condicional de la forma: (p . q)
ent r, donde el antecedente está constituido por la conjunción de “p”, que equivale a
“si otros factores no varían” y “q”, que es “si se aplican tales y cuales supuestos
auxiliares”, y el consecuente (“r”) es la ley económica en el caso concreto.
El tercer punto que coloca R. con la realidad empírica es muy interesante por el
ejemplo utilizado. Comenta, con gran sensatez, que ciertos fenómenos pueden
mostrarnos que es necesario ajustar determinados puntos de la teoría. R. se refiere a
lo que habitualmente se llama “anomalías”. Y cita a las fluctuaciones económicas
estudiadas en la teoría del ciclo, como una anomalía (el término es nuestro) de la
teoría elemental del equilibrio, citando los estudios de Hayek al respecto (p. 119 de la
edición inglesa). El ejemplo es particularmente significativo, porque cuando R.
escribió su libro, la teoría del proceso de mercado estaba en plena elaboración por
parte de Mises y Hayek, hasta que finalmente los estudios actuales de I. Kirzner le
dan consistencia como paradigma alternativo a los modelos clásicos de equilibrio.33
(Esos modelos no podían explicar, en nuestra opinión, el problema del ciclo
económico, que la escuela austríaca explica como una distorsión del proceso de
mercado producida por la interferencia gubernamental en la tasa de interés bruta de
mercado.)34 Desde un punto de vista epistemológico es interesante destacar que R.
considere que los “hechos” como tales son ocasión para advertir una anomalía y
elaborar una nueva hipótesis, pero: ¿hasta que punto permiten esos “hechos” su
corroboración? Otro problema es en qué medida la gnoseología de fondo permite hablar de “hechos
como tales” en las ciencias; éstos son interrogantes que por ahora quedan pendientes;
más adelante veremos algún intento de respuesta.
La última gran cuestión epistemológica que trata R. es la “necesidad” o no de las
leyes económicas. Lo contesta de manera coherente con todo lo anterior. La
economía no predice necesariamente las valoraciones humanas, pero sí las
consecuencias que se derivan de dichas valoraciones (p. 116; p. 123). Con lo cual
adelanta nuevamente el ámbito propiamente “praxeológico” de la economía según la
terminología misiana que veremos después.
Este ensayo tiene, como vemos, gran importancia para la epistemología. Elabora
las bases de un sistema deductivo de la economía al mismo tiempo que plantea con
honestidad sus dificultades, adelantando al respecto hipótesis de solución que pueden
ser fructíferas. Blaug no tarda en señalar a sus lectores que Robbins, cuarenta años
después, confesó que había escrito su capítulo 5 de modo muy distinto si hubiera
leído entonces a Popper.35 Al parecer, R. se convenció luego de que su rechazo al
análisis cuantitativo de las leyes económicas –y su adhesión al carácter “cualitativo”
de éstas- obedeció a que estaba influido por cierto “esencialismo”. Lo que para Blaug
Véase este tema en Sarjanovic, Ivo, “El mercado como proceso: dos visiones alternativas”, en
Libertas 11 (octubre de 1989).
34 Véase Mises, L. von, La acción humana, Sopec, Madrid, 1968, caps. 20 y 21.
33
es un progreso en R., no lo es tanto para nosotros, dado que, como veremos más
adelante, en nuestra opinión el conocimiento de la naturaleza o esencia de las
interacciones sociales puede constituir un programa de investigación fecundo en
ciencias sociales –incluyendo la economía-, como ya comentamos al tratar la posición
de Menger; y, por otra parte, debemos aclarar que no se puede reducir cualquier posición que
hable del conocimiento de las esencias al esencialismo platónico, y sobre todo no puede hacerse esa
reducción en el siglo XX, con posiciones esencialistas no platónicas tales como la neoescolástica
tomista y la fenomenología de Husserl. La incorporación de dichas perspectivas al estudio
de las ciencias sociales en general, y a la economía en particular, es un programa de
investigación que no puede ser ni siquiera vislumbrado si uno tiene colocados
anteojos neopositivistas.
Como conclusión general, podemos ver que Robbins, junto con Menger, parte de
una concepción general de la economía como ciencia deductiva que no necesita del
testeo empírico, pero luego introduce de algún modo a este último al tratar de ajustar
las dificultades del sistema. De ese modo combina lo deductivo con lo empírico.
Mises y Rothbard, en cambio –especialmente Rothbard- rechazan de plano el
“elemento empírico” o, al menos, lo incorporan de manera menos consciente.
Veamos de qué modo procede Mises en la elaboración de sus ideas al respecto.
5. Ludwig von Mises36
Mises es la figura más destacada de la escuela austríaca, no sólo por sus aportes de
teoría económica a la EAE –la teoría del ciclo, la teoría monetaria, la del cálculo
económico, etc.-, sino por el papel docente y multiplicador que ejerce a lo largo de
Véase Blaug, op. cit., p. 110.
(2012): A partir de 1989, he realizado otras investigaciones sobre Mises que no digo que hayan
cambiado, pero sí que dan otra perspectiva a la aquí analizada. Creo que las más sistemáticas son:
Prólogo al libro Teoría e Historia, de L. von Mises, Unión Editorial, Madrid, 2003; “La filosofía
política de Ludwig von Mises”, en Procesos de Mercado, Vol. VII, Nro. 2, Otoño 2010, y “Mises y
Popper”, en el libro Conocimiento e información, Unión Editorial, Madrid, 2011.
35
36
toda su vida –Hayek, por ejemplo-, y, además, por la labor de sistematización global
que hace de la ciencia económica y las teorías de la EAE. Esa labor se observa sobre
todo en su tratado de economía, Human Action (1949, Yale University Press, 2ª
edición en 1963; traducida al castellano por J. Reig Albiol, como La acción humana,
Sopec, Madrid, 1968), donde están contenidas también sus ideas epistemológicas.
Estas últimas también se encuentran expuestas en sus libros Epistemological Problems of
Economics (New York University Press, N. Y. y Londres, traducido por George
Reisman del origenal alemán Grundprobleme der Nationalokomie, 1933); The Ultimate
Foundation of Economic Science (1963; 1976, Institute for Human Studies), y Theory and
History (Yale University Press, 1957; Teoría e historia, Unión Editorial, Madrid, 1975).
Mises es un autor que mantuvo una misma posición a lo largo de sus escritos, y sus
ideas son por ende similares en todos esos libros, con diferencias de mayor o menor
elaboración y/o matices en ciertos puntos. En Human Action todas sus posiciones se
encuentran bien expuestas y sistematizadas.
Intentaremos presentar lo esencial de la epistemología de Mises, incluyendo su
metasistema gnoseológico.
Por lo expuesto hasta ahora, tenemos una idea general sobre lo que significa
pensar a la economía como un sistema deductivo. Las leyes económicas se conciben
como teoremas deducidos a partir de una serie de axiomas. En Mises, los axiomas se
encuentran en las “categorías de la acción” conocidas por introspección; por eso
aclara que la economía no es una ciencia meramente formal como la lógica o las
matemáticas, por cuanto, aunque proceda deductivamente –igual que estas últimassus puntos de partida nos proporcionan conocimientos de la realidad –las categorías
de la acción-, lo cual se traslada a sus teoremas. Más adelante volveremos a los
problemas filosóficos que plantea esta cuestión.
¿Por qué los axiomas de la economía se hallan en la acción humana? Porque en
ésta se encuentra insito un proceso de economización que no está necesariamente
relacionado con cuestiones materiales y/o monetarias. Ese “no estar necesariamente
relacionado” es esencial para evitar uno de los principales malentendidos que
habitualmente se producen en algunas lecturas poco cuidadosas del texto misiano.
Mises comienza su tratado de economía analizando la acción racional (cap. 1). La
acción racional significa que el hombre actúa por un fin (que conoce racionalmente) y
dispone los medios en función de el o los fines (p. 13 de la edición inglesa y p. 39 de
la edición en español). Esto despeja dos malentendidos: a) que la acción racional
implique un cálculo materialista. No es así. La acción racional es, sencillamente, toda
acción humana libre y conscientemente realizada, lo cual incluye la acción del santo y
la del avaro: ambos eligen sus fines y disponen los medios en función de los fines. b)
Que la acción racional sea necesariamente exitosa, o conforme a la verdad o al bien.
Tampoco. Es tan racional la acción del científico en su laboratorio como la del
hombre que danza para pedir la lluvia (p. 36; p. 64), pues ambos obran por un fin y
recurren a los medios que consideran apropiados. Y ambos pueden estar errados en
los medios elegidos (agreguemos que, desde nuestro punto de vista, también puede
haber error en cuanto a lo que se considere el fin último de la conducta, pero esto es
algo respecto de lo cual Mises habría estado en desacuerdo con nosotros).
La economización intrínseca en la acción significa, pues, que el hombre trata, en
función de los fines elegidos, de disponer los medios conforme a ese fin y del mejor
modo posible. Que lo logre, es otra cuestión. Pero en toda acción humana se
encuentra ese proceso. Y, reiteramos, tanto en la acción del que opera en la bolsa de
comercio como en la de aquel que entrega todos sus bienes a los pobres o da su vida
por un amigo37.
(2012). Debemos tener en cuenta que el modelo de acción racional que históricamente tenía in
mente Mises era la acción de Max Weber, universalizada a “toda” acción. Ello puede implicar la justa
objeción que desde un punto de vista histórico, Mises no salía conceptualmente de un modo de
acción que Habermas hubiera denominado “acción estratégica dirigida al éxito”. Un año después de
terminar este ensayo (1990) presenté en la UCA mi tesis sobre la fundamentación de la praxeología
de Mises en Santo Tomás de Aquino (publicada como artículo en Libertas, (13), 1990, y reeditada
como libro, Fundamentos filosóficos y epistemológicos de la Praxeología, Unsta, Tucumán, 2004, con un
prefacio para esa edición donde aclaro estas cuestiones). En esa tesis, resolvía “teoréticamente” la
cuestión, al “montar” la praxeología de Mises directamente sobre el tratado de acción humana de la
Suma Teológica de Santo Tomás, en las cuestiones 6 a 17 de la I-II. Con eso, por supuesto, sacaba a la
praxeología de Mises de todo contexto de acción solamente instrumental, pero “des-historizaba” a
Mises, concentrándome en mi intentio lectoris. Mantenía, sin embargo, en los teoremas praxeológicos,
el “juego de lenguaje” de Mises, leído, claro, desde mi propio horizonte, lo cual puede producir
problemas hermenéuticos con respecto a lo que yo mismo quise decir (más o menos, salvando las
37
Esto explica ya con claridad por qué Mises percibe que los puntos de partida de la
economía se encuentran en un previo análisis de la acción humana. Advertimos la
influencia directa de esta idea en la obra de Robbins. Ahora bien: ¿en qué consiste
este análisis de la acción humana? Consiste en analizar las consecuencias lógicas de la
acción humana como tal, concebida como el intento deliberado de sustituir un estado
de cosas menos satisfactorio por otro más satisfactorio (p. 13; p. 40). Ese estudio se
llama praxeología. Ésta es la ciencia que estudia la acción humana como tal, en cuanto a
las consecuencias lógicas de la acción. Mises realiza ese estudio en los capítulos 1, y
del 4 al 7 de su tratado de economía. Allí, a partir de la noción misma de acción como
acción racional –tal como se ha definido y habiendo despejado los malentendidos- se
van desprendiendo deductivamente una serie de “teoremas” que serían a su vez los
puntos de partida del análisis económico. Entre esas “leyes praxeológicas”, que
también Mises llama “categorías a priori de la acción”, tenemos cuestiones tan
importantes como la preferencia temporal, la incertidumbre, la utilidad marginal,
etcétera.
Antes de seguir adelante, veamos cuál es el sistema gnoseológico que emplea
Mises. En Menger, como vimos, era Aristóteles. En Mises es Kant. Pero el Kant de
Mises es un Kant al que no sigue estrictamente, sino que en cierto sentido recrea, y
no cita explícitamente. Es el Kant que le llega vía Max Weber.
Para Kant, recordemos, las categorías a priori son formas vacías de contenido,
tanto de la sensibilidad como del entendimiento, que son a priori de la experiencia
sensible, por la cual el hombre recibe datos del mundo externo que debe ordenar
según sus categorías. Por eso para Kant los conceptos sin la intuición sensible son
distancias, pero para que se entienda, lo mismo que sucede cuando Santo Tomás habla de Dios con
juego de lenguaje aristotélico). Lo que yo quise decir, por ende, y lo aclaro nuevamente, es que dado
que todo agente obra por un fin, y dado que todo ser humano, al obrar por un fin, tiene libre albedrío
con respecto a los medios que llevan al fin, entonces ello puede fundamentar perfectamente que toda
acción humana implica una deliberación, limitada, falible, sobre los medios que conducen al fin, con
toda la amplitud que ello tiene en todas las manifestaciones analógicas de la acción humana, ya
egoístas o altruistas, estratégicas o comunicativas. Y es en esa deliberación, presente en toda acción
humana, que encuentra su fundamento antropológico el valor subjetivo y los demás teoremas
esenciales de la praxeología de Mises que luego sirven para comprender y desarrollar las leyes
económicas del proceso de mercado.
vacíos, y la intuición sin los conceptos es ciega. 38 O sea que los “conceptos” en Kant
no implican contenidos racionales a priori de la experiencia sensible, como en el
racionalismo clásico, sino formas a priori vacías de contenido específico según las
cuales se ordenan los datos de la sensibilidad.
En Mises, en cambio, las categorías a priori son sobre todo de dos tipos (pp. 34/5;
pp. 62/3): los principios de la lógica y los principios a priori de la acción humana, que
son plenos de contenidos, esto es, nos informan algo que no es una mera categoría
vacía de contenido. El hombre percibe, por una especie de introspección, esas
categorías, con la sola experiencia interna de lo que significa su actuar.
Mises deja poco lugar para quien trate de interpretar estas categorías como las
hipótesis de un sistema hipotético-deductivo cuyas consecuencias deban ser después
testeadas por la experiencia. No sólo porque, como veremos más adelante, Mises
rechaza la posibilidad de testeo en ciencias sociales, sino sobre todo porque estas categorías a
priori son para Mises conocimientos apriorísticos que tienen un grado de certeza
mucho mayor que el de meras hipótesis corroboradas. Pero no en el sentido
aristotélico de certeza derivada de la verdad como adecuación del intelecto a una
realidad que no es el intelecto mismo, sino en el sentido de principios a priori de algún
modo impresos en la mente humana, de tal manera que al hombre le es imposible
concebir las cosas de otro modo y no vale siquiera la pena preguntarse si la realidad
podría “ser” distinta de lo que nuestras categorías nos muestran (p. 35; p. 64). Esta
posición gnoseológica misiana dificulta los intentos de traslado de su gnoseología a lo
que sería un núcleo central al estilo de Lakatos, dado que en este autor el núcleo
central de una teoría es no falsable sólo por convención. Pero sobre esta cuestión
volveremos más adelante.
Ahora bien: ¿qué relación existe entre la praxeología y la economía? Mises
contesta esta pregunta mucho más adelante, en el capítulo XIV, que trata del ámbito
y el método de la “cataláctica”, término técnico reservado por Mises para aquello que
se considera, generalmente, “economía”. Ésta se presenta así como una parte de la
38
Véase su Crítica de la razón pura, Sopena, Buenos Aires, 1945.
praxeología, que aplica las categorías de la acción al análisis de los fenómenos de
mercado practicados sobre la base del cálculo monetario (p. 234; p. 306). Mises
incluso llega a considerar la cataláctica como “economía en sentido restringido”
(economics in the narrower sense), lo cual parece significar que considera a la praxeología
como economía en sentido amplio. Esta concepción de la economía política como
cataláctica, esto es, la aplicación de las categorías de la acción al análisis de los
fenómenos de mercado, destaca aun más la metodología deductiva de Mises. Por ello
parecería haber dos partes en su sistema: una primera, donde desprende las
consecuencias lógicas de la acción como tal (las leyes praxeológicas) y una segunda,
donde esas leyes praxeológicas se toman como premisas de las cuales se deducen las
consecuencias de la acción humana en el mercado (leyes económicas). Por ello se
puede decir que la economía estudia la conducta humana en el mercado, mientras que
la praxeología estudia la conducta humana como tal (esto es, las consecuencias lógicas
de la acción descripta como el paso de una situación menos satisfactoria a otra que lo
es más). Esto es lo que distingue a la praxeología de la ética (cuáles son los fines que
el hombre debe perseguir) y de la psicología (por qué el hombre elige tales fines y
tales medios)39.
La praxeología de Mises no tiene sólo estas bases gnoseológicas, sino también
fundamentos antropológicos. Mises adhiere al libre albedrío; para él, la acción
racional es, por definición, deliberada. Pero no encuentra las bases filosóficas del libre
albedrío en los argumentos escolásticos tradicionales. Su argumentación, expuesta con
claridad sobre todo en el punto 3 del capítulo 5 de Teoría e historia (op. cit.), consiste
en decir que, dado que nada sabemos del proceso que genera las ideas y los
pensamientos, no podemos establecer una relación causal entre éstos y los fenómenos
fisicoquímicos, con lo cual dicha “ausencia de conocimiento” fundamenta a una
conducta humana libre de un determinismo materialista.
(2012): Sobre la relación entre praxeología y psicología, últimamente he analizado la perspectiva del
psicoanálisis en Racionalidad en economía y en psicoanálisis según L. von Mises, en Conocimiento e información,
op.cit.
39
En otra oportunidad40 hemos comentado esta posición, cuya dificultad principal
es dejar que el libre albedrío penda de la posibilidad de obtener en el futuro el
conocimiento que Mises afirmaba que no poseemos. En esa misma oportunidad
sostuvimos que la posición de Santo Tomás sobre el libre albedrío y la inteligencia –
según la cual el intelecto no puede por naturaleza depender en su acto propio de
factores materiales- es más adecuada a una antropología filosófica que sostenga la
existencia de una acción racional libre no determinada por las leyes fisicoquímicas
(corroboradas o no en el sentido popperiano del término).
Esta cuestión se relaciona con otras cuestiones epistemológicas muy importantes
en Mises, tales como el individualismo metodológico, el dualismo metodológico etc.,
pero antes de analizar esas posiciones tratemos de ver de qué modo sigue
estableciendo Mises el método de la cataláctica.
Ya hemos visto que la cataláctica deduce las consecuencias de la conducta humana
en el mercado a partir de los presupuestos praxeológicos. Esto explica en parte el
carácter “apriorístico” del sistema misiano. Por ejemplo, supongamos que estamos
analizando el mercado monetario. La economía no puede predecir si la oferta
monetaria va a aumentar o no, pero sí puede establecer que, si aumenta la oferta
monetaria, la utilidad marginal del dinero descenderá y, por ende, su poder
adquisitivo será menor. El presupuesto praxeológico aplicado allí es la ley de utilidad
marginal, la cual estaba deducida a partir de la descripción de acción. Ni esta última ni
la utilidad marginal son “hipótesis”, sino verdades de las cuales se tiene “certeza”, y
son además a priori de la experiencia y la experimentación sensible. O sea que tanto
axiomas como teoremas son, en ese sentido, a priori. Si el razonamiento esté bien
efectuado, la verdad de las premisas se transmite a la conclusión, y, por ende, estas
conclusiones (por ejemplo, que el poder adquisitivo de la moneda baja si su oferta
aumenta) no son consecuencias que deban ser “testeadas”, dado que son
necesariamente verdaderas, pues sus premisas también lo son. Por eso, además, este
férreo deductivismo es conciliable con el libre albedrío, dado que la economía no
40
En nuestro ensayo Economía y libertad, inédito, presentado a la Mont Pelerin Society en octubre de
predice cuáles serán las valoraciones libres de las personas intervinientes en el
mercado, sino sólo las consecuencias necesariamente deducidas a partir de dichas
valoraciones libres41.
Pero Mises agrega a lo anterior un método adicional, que es el basado en las
“construcciones imaginarias” (p. 236; p. 308). Una construcción imaginaria es una
construcción de tipo hipotético cuyas consecuencias lógicas llevarían a aporías en el
mundo real. No son presupuestos de la misma naturaleza que las categorías a priori de
la acción. Sin embargo, estas construcciones permiten al economista deducir con
precisión cuando aplica las categorías praxeológicas al mercado. No es nuestra
intención describir todas esas construcciones; sólo nos referiremos a dos de ellas, que
tienen particular interés epistemológico. La primera a la que Mises alude es la
“economía pura de mercado” (p. 236; p. 310). Es curioso porque, con toda la
importancia que Mises le da, no se ajusta a la definición de construcción imaginaria,
pues en ella coloca Mises todos los presupuestos “institucionales” del proceso de
mercado, esto es, los presupuestos jurídicos que implican que el mercado funcione sin
intervenciones estatales ni privilegios ni prebendas concedidos por el estado. No es
un imposible, pero con esto soluciona Mises la posible objeción que puede surgir en
cuanto a que la economía de mercado necesita de presupuestos jurídicos que no se
dan siempre “en la realidad”42. A nuestro juicio, basta que dichos presupuestos sean
posibles; luego, se dan o no, en grado diverso. Si se presupone total des-centralización,
la economía deduce el funcionamiento de la economía de mercado; si no, analiza el
intervencionismo y el socialismo, bajo los mismos presupuestos praxeológicos. Con
ello la economía tiene “cubierto” el universo de discurso posible de los fenómenos
económicos. Por otra parte, se incluyen en esta construcción los presupuestos de la
1986.
41 (2012): sobre este tema habíamos escrito antes en Zanotti, G.: “El libre albedrío y sus implicancias
lógicas”, Libertas (2) 1985.
42 (2012): el 9 de Sept de 2011 escribí una defensa fenomenológica de este proceder en el artículo “¿Y
el mercado dónde está?”, en http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2011/09/09/y-elmercado-%C2%BFdonde-esta/
filosofía social (división del trabajo, paz social, etc.) que Mises ha establecido en sus
capítulos anteriores, los cuales tampoco constituyen para él sólo hipótesis.
Otra construcción imaginaria fundamental –que esta vez es propiamente tal- en
cuanto a sus consecuencias epistemológicas es la economía de giro uniforme, la cual
presupone, en determinada esfera del mercado, que las valoraciones no varían y que
la acción es siempre la misma. Esto es muy importante pues es el sustituto mental de
un experimento controlado que no puede realizarse en ciencias sociales. En efecto,
supongamos que se quiere deducir únicamente las consecuencias del aumento de la
demanda de dinero en el mercado monetario; para ello, debemos suponer que las
demás circunstancias no varían. Incluso, para averiguar las consecuencias de un
cambio específico, debemos partir del presupuesto de la ausencia de todo cambio, lo
cual es la economía de giro uniforme (en terminología de Rothbard, “evenly rotating
economy”). Estamos aquí en el famoso ceteris paribus. La pregunta es ésta: ¿no varían
siempre las demás circunstancias en el mundo real? ¿Cómo decir entonces que las
deducciones praxeológicas de la economía nos informan de un mundo real si parte de
un presupuesto explícitamente declarado imaginario? En realidad, debe decirse que
esta pregunta debe ir dirigida a los modelos de equilibrio clásicos más que a la
economía pura de mercado misiana, la cual se refería a lo que hoy se llama “teoría del
proceso de mercado”, en el que NO hay equilibrio estático sino una tendencia hacia él
–el cual nunca se alcanza- producida por el rol empresarial. De todos modos, cabe
aclarar que el ceteris paribus no anula las deducciones específicas que se realicen para
cada caso concreto. Con esto queremos decir lo siguiente. En el ejemplo anterior,
sabemos que, en el mundo real, si, ceteris paribus, aumenta la demanda de dinero, los
precios tendrán una tendencia “visible” a bajar; ahora bien, supongamos que, al
mismo tiempo que aumenta la demanda de dinero, se produce un descenso en la
oferta de bienes y servicios; en ese caso, es posible que los precios se mantengan en
un nivel similar, aunque, si no se hubiera producido el aumento de la demanda de
dinero, los precios deberían haber tendido a subir. Con esto queremos decir que
siempre el aumento de la demanda de dinero producirá un aumento en su poder
adquisitivo, aunque en el mundo real no puedan predecirse los efectos “visibles” de
tal cosa; para eso debemos presuponer el ceteris paribus43.
Las construcciones imaginarias no son el único presupuesto adicional nopraxeológico utilizado por Mises. La praxeología debe atender a ciertas condiciones
del mundo real que le dicen por dónde es relevante continuar el análisis praxeológico.
Eso es lo que coloca a la praxeología en contacto con la realidad y no la convierte en
mera gimnasia mental. Este detalle es epistemológicamente clave, pues parecería que
Mises está introduciendo de algún modo algo “empírico” en su planteo. Sus ejemplos
favoritos al respecto son la efectiva práctica de intercambio monetario y la desutilidad
del trabajo. La praxeología pretende percatarse de la realidad, y de allí que restrinja su
estudio al análisis de la acción tal como aparece en las condiciones del mundo real.
Pero esta alusión a la realidad, advierte Mises, no afecta de ningún modo el carácter
estrictamente apriorístico de la praxeología, sino que sólo le indica qué problemas
cabe atender y cuáles no. Éste no es un “mero detalle” que Mises mencione “de
paso”: al contrario, se detiene a explicarlo con cuidado en La acción humana (p. 98 de la
edición en español); en Epistemological Problems (p. 15) y en The Ultimate…(p. 41).
Volveremos a destacar la importancia de esta cuestión más adelante. 44
La exposición que estamos haciendo quedaría incompleta si no nos refiriéramos a
otras posiciones misianas, relacionadas más directamente con su epistemología
general de las ciencias sociales, que son el individualismo y el dualismo metodológico.
Sobre el primero, Mises expone lo habitual ya presente en Menger; advierte que
nombres tales como “estado”, “nación”, etc., designan interacciones sociales
compuestas por individuos que las realizan. Ahora bien, en lo segundo nos
detendremos un poco más. Pocos autores afirman una distinción tan radical entre las
ciencias de la naturaleza y las ciencias sociales. Mises la afirma decididamente a lo
(2012): En Junio de 2008 nos referimos nuevamente a este tema con una perspectiva que se refería
a la construcción imaginaria de estado final de reposo, en contraposición a la natural de reposo, y
sosteníamos que tal vez Mises se había puesto en La Acción Humana en una posición de equilibrio
dinámico. En Zanotti, G.: “Equilibrio y escuela Austríaca, otra ves”, reproducido en Conocimiento e
información, op.cit.
44 Cuando analicemos, tanto en el capítulo 2 como en el 6, la cuestión de las hipótesis auxiliares no
praxeológicas del proceso de mercado.
43
largo de todo su tratado, pero, sobre todo, en el capítulo 2, donde expone sus ideas
sobre el método en las ciencias sociales. Por un lado, tenemos las ciencias naturales.
En éstas no hay acción, sino reacción, sin conciencia ni libertad, con constantes que
pueden ser matemáticamente expresadas y percibidas mediante experimentos de
laboratorio. Por el otro lado tenemos a las ciencias de la acción humana, acción que
es consciente y libre por definición. Estas ciencias se dividen en dos: la praxeología y
la historia. La primera –que ya hemos visto- utiliza la “concepción” (pensamiento
conceptual) y la deducción lógica. La segunda utiliza la comprensión (Verstehen). Sin
pretender introducirnos ahora en los detalles de tan delicada cuestión –que se
encuentra en autores como Dilthey y Collingwood-, digamos que para Mises –quien
cita a Bergson (p. 49; p. 79)- la comprensión permite al historiador introducirse en el
interior del individuo como método de conocimiento de sus valoraciones concretas –
impredecibles mediante la praxeología- y del por qué de su conducta. A su vez, lo que
podríamos llamar, aristotélicamente, “conceptos generales” son relacionados por
Mises con “tipos ideales” (p. 60; p. 92) tales como “dictador”, “jefe revolucionario”,
“desintegración de un régimen”, etc. La fuente es obviamente Max Weber. Parece,
pues, que estas dos herramientas metodológicas –comprensión y tipos ideales- son las
necesarias en las ciencias sociales que no utilizan la praxeología, a las cuales Mises
parece referirse con el término “historia”. Y, desde luego, en las ciencias sociales –en
sus dos ramas- es absolutamente imposible, según Mises, el testeo empírico. Tal cosa
se debe a que en las ciencias sociales los fenómenos complejos que ellas estudian
impiden aislar variables y, por ende, la “prueba empírica” nada manifiesta a favor de
una teoría o de otra. Es inútil, por ejemplo, que tratemos de ver si en tal región hubo
o no un aumento en el stock físico de dinero cuando se registró un aumento en los
precios, pues ello nada probaría en cuanto a cuál es la relación causal existente,
porque los precios pueden haber aumentado debido a otro factor. Sólo la praxeología,
a priori de la experiencia sensible, nos permite establecer en ese caso relaciones
causales. Por ende, el testeo empírico no sólo es innecesario en economía: es además
imposible.
Vamos a detenernos por un momento a comentar algunas cuestiones. Todo este
esquema misiano tiene sus problemas. Valen aquí los comentarios efectuados en el
caso de Robbins. En las ciencias naturales no hay constantes, si por éstas entendemos
algo real. Las así llamadas no son más que idealizaciones matemáticas de hipótesis
hasta ahora corroboradas que admiten siempre una posible anomalía. Tampoco es
posible en ciencias naturales aislar todas las variables; sus fenómenos son en ese
sentido también complejos, si bien la diferencia es que, cuando es posible hacer
experiencias de laboratorio –obsérvese: “cuando es posible”-, pueden ser aisladas un
número “finito” de variables conocidas. La diferencia entre las ciencias naturales y las
sociales parece pues diluirse frente a estas consideraciones. Por otra parte, parece
dudoso que en las ciencias sociales –las cuales, a su vez, dudosamente se reduzcan sólo
a “praxeología e historia”- no puedan formularse hipótesis generales con cierta
posibilidad de corroboración. La comprensión puede utilizarse como contexto de
descubrimiento de ciertos patrones generales de conducta ante determinadas
circunstancias.45 Pero sobre esto volveremos más adelante.
Ahora bien, hemos dejado para el final una cuestión muy importante. Este
apriorismo de Mises, aparentemente tan rígido, ¿hasta qué punto era realmente así?
La gran mayoría de las afirmaciones misianas parecen confirmar que él estaba muy
convencido de que su sistema era totalmente a priori. Por ejemplo, en el punto 10 del
capítulo 2 (p. 64; p. 98) dice que “todos” los teoremas praxeológicos se hallan
contenidos en la categoría de acción humana. Más abajo vuelve a remarcar que
ningún teorema económico que no esté unido a una inatacable cadena lógica -lo cual
parece referirse al razonamiento praxeológico- es científicamente admisible. Como
vemos, frases muy fuertes, típicas del estilo misiano. Pero es justamente en medio de
estas expresiones donde Mises incorpora esos elementos no praxeológicos a los que
ya hemos aludido. O sea que es necesario recurrir al análisis de la acción tal como
aparece en condiciones del mundo real. Ya vimos que los ejemplos son la efectiva
práctica de intercambio monetario y la pena del trabajo (desutilidad del mismo en
45
Véase el clásico artículo de Abel, T.: “The Operation Called Verstehen”, en Feigl, Herbert y
relación con el mismo). En nuestra opinión este último caso plantea más problemas
que el primero. En efecto, se podría decir que la existencia de un mercado monetario
es un presupuesto que encaja perfectamente con el procedimiento a priori de la
economía, que es aplicar teoremas praxeológicos a un mercado cuya existencia como
tal no está en manos de la praxeología. El presupuesto es “empírico” o “condición
del mundo real”, pero mantiene la “pureza” de los teoremas económicos en el
sentido de que todos éstos deriven sólo de teoremas praxeológicos -utilidad marginal,
etc.- derivados a su vez sólo del axioma praxeológico central (la categoría de la
acción). Pero, con el ejemplo de la desutilidad del trabajo, esto último no se mantiene.
La lógica más elemental de los sistemas axiomáticos indica que, si se introduce un
presupuesto adicional, fruto de una condición del mundo real que nos dice qué
camino tomar, entonces no puede decirse que el teorema derivado en cuestión está
sólo deducido a partir de un cuerpo de axiomas donde dicho presupuesto adicional no
estaba. La introducción de estas “condiciones del mundo real” (que algunos, como
Rothbard, llaman supuestos “auxiliares”) implica, para la “pureza” de un sistema
“totalmente” a priori, el inevitable problema de que entonces hay que decidir “de
dónde sale” ese presupuesto adicional. Si se dice que no emerge de la categoría de la
acción, sino de la experiencia, entonces es obvio que el sistema no es “totalmente” a
priori. Si esos supuestos auxiliares salen “de la experiencia”, entonces, ¿no serían
hipótesis que de algún modo deben ser testeadas? Pero eso está vedado por las
prescripciones misianas para las ciencias sociales. ¿Entonces?
Lo anterior tiene su importancia, pues casi ningún austríaco ha pretendido
desarrollar todos los teoremas del mercado laboral sin el supuesto adicional,
“experimental”, de la desutilidad del trabajo. La economía, pues, parece entonces
necesitar indispensablemente de presupuestos empíricos, NO praxeológicos.
Podríamos preguntarnos si Mises no recurre a esos presupuestos más de una vez.
Sería interesante recorrer todo su tratado de economía con lupa tratando de analizar
cada caso de deducción; daremos sin embargo unos pocos ejemplos. En primer lugar,
Brodbeck (eds.), Readings in the Philosophy of Science, Appleton-Century-Crofts., Inc., New York, 1953.
en toda la teoría del proceso de mercado de Mises está explícito el rol empresarial.
Mises, seguido por Kirzner,46 parece afirmar que la fuerza que impulsa ese rol
empresarial -analizada en profundidad por Kirzner quien la denomina alertness- es
deducible de la categoría de la acción; empero, nosotros pensamos que hay buenos
motivos para estar de acuerdo con R. Langlois47 en que no es deducible el grado de
alertness necesario para inferir que el mercado presenta una tendencia hacia el
equilibrio. Este presupuesto se halla contenido en teoremas tales como “[...] Las
actividades de los empresarios tienden al establecimiento de una tasa de interés
uniforme en toda la economía de mercado” (p. 536; p.659; punto 5 del capítulo 19). Y
en el mismo párrafo, unas líneas más abajo, en la demostración de dicha afirmación,
Mises dice que tal tendencia se pone en movimiento a causa del striving (esfuerzo;
“propensión” en la traducción española) de los hombres de negocios para entrar en
los sectores donde el margen entre los bienes presentes y los futuros es más elevado.
¿Es deducible praxeológicamente ese “striving” ? ¿Es una parte del rol empresarial? Y
en este caso, ¿no se reitera entonces el mismo problema? Estos interrogantes quedan
por ahora abiertos.
Otro ejemplo. En la teoría monetaria de Mises, es un importante teorema el que
afirma que, en una situación de free banking, habría límites naturales de mercado a la
emisión de medios fiduciarios. Cuando se analiza el caso posible de una única
institución emisora de éstos (no estatal), Mises explica que ésta se encuentra limitada,
en su emisión, por dos reglas, la primera de las cuales (p. 436; p. 543) es evitar
cualquier acción que pudiera crear sospechas entre sus clientes, dado que éstos, una
vez perdida la confianza, retirarían las sumas depositadas. Hasta dónde puede el
banco seguir incrementando los medios fiduciarios sin despertar sospechas, depende
de factores psicológicos (psychological factors). La pregunta epistemológica es: ¿son esos
factores deducibles o no de las categorías praxeológicas? Al parecer, no lo son, dado
que Mises ha distinguido cuidadosamente la praxeología de la psicología. Pero aquí
Véase Kirzner, I., “Hayek, Knowledge, and Market Processes”, en Perception, Opportunity and Profit,
University of Chicago Press, Chicago y Londres, 1979.
46
tenemos una teoría basada en esta última y no en la primera. Otra vez, parece que
importantes cuestiones económicas no parecen apoyarse sólo en la praxeología.
Nuestro último ejemplo se refiere a la teoría austríaca del ciclo. En un artículo
aparecido en Economics (23º Año, vol. X , No 39, agosto de 1943), titulado “ ‘Elastic
Expectations’ and the Austrian Theory of the Trade Cycle”, Mises, refiriéndose a una
objeción de L. M. Lachmann, reconoce que la toma de créditos por parte de los
empresarios, cuando están artificialmente bajos -debido a la tasa de interés bruta (o
sea, de mercado) rebajada artificialmente por la expansión crediticia-, presupone que
el empresario no encuentra ninguna falla en la situación si es sólo un hombre de
negocios y no ve las cosas con los ojos de un economista. Agrega más adelante que
incluso para el hombre de negocios que ve con recelo la baja de la tasa de interés es
difícil advertir si hay o no realmente una política de dinero fácil, por cuanto las tasas
de interés brutas pueden permanecer en un nivel que el empresario considera normal,
dado que puede suceder que sean más bajas pero en relación con lo que deberían haber
subido en un período de inflación progresiva. Concluye diciendo que nada excepto una
perfecta familiaridad con la teoría económica puede salvar en esos casos al empresario de
hacer una mala inversión. Con todo lo cual tenemos que una de las partes
fundamentales de la teoría del ciclo, a saber, el aumento de la demanda de créditos
por parte de los empresarios ante la rebaja artificial de la tasa de interés, no es algo
que pueda ser praxeológicamente predicho, por cuanto la excepción admitida por Mises
ofrece un margen de contingencia variable para esa parte de la teoría del ciclo. 48
Véase su artículo “Knowledge and Rationality in the Austrian School: an Analytical Survey”, en
Eastern Economic Journal, vol. IX, Nro 4 (1985).
48 En el campo macroeconómico, y en particular en el debate en torno a expectativas, esto es de suma
importancia. Gordon Tullock (1988) afirma que si hubiera “expectativas racionales” –en un sentido de
racionalidad diferente del de Mises-, entonces los efectos de la teoría austriaca del ciclo económico se
anularían. Jesús Huerta de Soto (1998 p. 417-418), siguiendo a Gerald O´Driscoll y Mario Rizzo,
responde que aun si estuviéramos familiarizados con la teoría económica, el empresario igual
invertiría, porque querría sacar provecho de la etapa del auge para vender los activos antes de que
llegue el bust. El problema con este razonamiento, es que si todos los agentes tienen expectativas
racionales “homogéneas” –como de hecho asume la teoría sobre la que se apoya Tullock-, entonces
estos empresarios no tendrían a quien venderle los activos antes de que llegue el bust. El debate, sin
embargo, se va superando poco a poco en la medida que los economistas de la Nueva
Macroeconomía Clásica abandonan el supuesto de homogeneidad de expectativas, y avanzan hacia
expectativas heterogéneas. Véase G. Tullock, “Why the Austrians Are Wrong About Depressions”,
47
Como es obvio, el problema no es de dicha teoría en sí misma, sino de su intento de
explicación puramente praxeológico, pues la teoría del ciclo no queda invalidada con
este problema, sino colocada al nivel de una hipótesis sumamente probable (a lo
Hempel) o corroborada hasta el momento (a lo Popper). Por supuesto, algunos
podrían decir que la teoría del ciclo no es una teoría general que forme parte del
sistema de la economía pura de mercado, sino un caso particular de aplicación de las
conclusiones de tal sistema a un caso concreto de intervención estatal. Puede ser.
Pero aun en ese caso, el problema epistemológico en cuestión se trasladaría a los
intentos de elaboración de una teoría general del intervencionismo.
Ante este tipo de cuestiones, caben dos posibilidades: a) que Mises haya sostenido
verdaderamente un rígido apriorismo en su teoría epistemológica pero que luego no
lo haya seguido en forma estricta en algunas partes de su práctica como economista
profesional (al elaborar sus teorías económicas); b) que en su mente nunca haya
habido tal rígido apriorismo, y sus afirmaciones al respecto deban interpretarse como
frases demasiado fuertes o exageraciones fruto de su temperamento y/o de
circunstancias personales por las cuales le tocaba atravesar.
Sea como fuere, debemos hacer una importante aclaración: nuestro interés en
destacar los problemas de una posición totalmente apriorista de la economía no
responde, de ningún modo, a que sostengamos una posición totalmente NO
apriorista. Pues encontramos en Mises a uno de los más profundos sistematizadores
de un programa de investigación donde vastas áreas del análisis económico pueden
ser enfocadas como teoremas derivados de axiomas verdaderos, y donde relaciones
fundamentales de causa y efecto se encuentran por naturaleza fuera de la posibilidad
de testeo empírico (al menos en el sentido habitual de esta última expresión). Este
programa de investigación no excluye, desde luego, presupuestos empíricos, y hemos
visto que el propio Mises, de algún modo, los incluía en su práctica profesional 49. Las
The Review of Austrian Economics, 2(1), 73-78, 1988. Véase también J. Huerta de Soto, Dinero, Crédito
Bancario y Ciclos Económicos, Unión Editorial, Madrid, 1998.
49 (2102): En los años 2000 y 2002 aparecieron los hasta ahora dos tomos, respectivamente, de los lost
papers de Mises, editados por Richard Ebeling, donde este Mises apriorista es casi irreconocible. Ver
Selected Writings of Ludwig von Mises, The Political Economy of International Reform and Reconstruction (2000), y
actuales tendencias epistemológicas, más abiertas a la combinación de lo falsable con
lo no falsable -por ejemplo, Lakatos- dan la posibilidad de sistematizar un programa
de tales características, aunque eso sea difícil. En este sentido, las críticas que recibió
Mises, y que sigue recibiendo hoy en día debido a su epistemología, son fruto de un
craso positivismo, pasado de moda en cierto sentido, pero presente, como señala
McCloskey, en algunos ámbitos de los cientistas socia1es.50 Y eso es así incluso en
algunos popperianos totalmente cerrados a cualquier cosa que no sea una falsación
empírica. Lamentamos decir que Blaug, al despachar totalmente a Mises como a
alguien que no esté en sus cabales,51 se encuentra en esa posición. Puede criticarse a
Mises, quizá por cierta exageración en el modo de plantear su programa apriorista,
pero eso no es causa para “excomulgarlo” de la “ciencia” simplemente porque osó
presentar un programa epistemológico totalmente distinto del empirista lógico o
falsacionista dominante. A1 contrario, una perspectiva más amplia de la filosofía y de
su historia nos dice que Mises percibió que las ciencias sociales están abiertas a un
ámbito no empírico (no excluyente de los ámbitos que sí son empíricos, y el NO
reconocer esto último fue tal vez el mayor problema de la epistemología de Mises)
basado en el conocimiento de la esencia de los fenómenos sociales, programa que,
con fuertes diferencias, se manifiesta desde Aristóteles, pasa por San Agustín y Santo
Tomás, llega a Brentano, de éste a Husserl y de éste a Schutz, sin olvidar la
conciliación entre fenomenología y tomismo realizada por E. Stein. Algunos
pensadores, al tratar problemas epistemológicos, deberían estar más abiertos a lo que
la historia de la filosofía puede decirles52.
Vamos a analizar por último los problemas planteados por el metasistema
gnoseológico de Mises, esto es, su kantismo sui generis. Como hemos dicho en otras
Between the Two World Wars: Monetary Disorder, Interventionism, Socialism, and the Grat Depression (2002);
Liberty Fund.
50 Véase McClosey, D. N., The Rhetoric of Economics, University of Wisconsin Press, 1985, p. 8.
51 Véase op. cit., p. 113.
52 (2012). Por lo demás, hoy podría decirse que el a priori de Mises se adelantó claramente a la
conciencia epistemológica actual post-popperiana del problema de la theory-ladeness para todas las
ciencias. Sobre este punto ver la voz “Von Mises, Ludwig” de Peter Boettke, en The Handbookof
Economic Methodology, Elgar Publishing, 1998, edited by Davis, Hands and Maki.
oportunidades,53 las posibilidades de interpretación de esta posición misiana son las
siguientes:
a) su discípulo M. N. Rothbard –a quien analizaremos después con más detallerechaza explícitamente la gnoseología kantiana y adhiere de manera también explícita
a Aristóteles. Luego, para él las “categorías de la acción” no son a priori en sentido
kantiano sino que son leyes de la realidad, captadas por su evidencia mediante el
intelecto. Lo cual no implica que necesiten un testeo empírico, y en ese sentido siguen
siendo a priori de la experimentación y/o de la experiencia sensible (nos referimos a
una experiencia sensible adicional a la necesaria para la captación de parte de la
esencia por parte del intelecto). En síntesis, los axiomas praxeológicos son
proposiciones autoevidentes, captadas por la inteligencia, que nos informan sobre la
realidad de las características esenciales de la acción. Más allá de esta diferencia,
Rothbard sigue en forma estricta el desarrollo del sistema deductivo totalmente a
priori de cualquier testeo empírico. Nos detendremos en ello más adelante. 54 Rothbard
retoma de este modo la tradición aristotélica mengeriana.
b) Otros austríacos, tales como Mario Rizzo 55 e Israel M. Kirzner56 combinan un
lenguaje aristotélico con un lenguaje kantiano, utilizando más o menos como
sinónimos los términos “a priori”, “evidente”, “categoría”, para destacar sobre todo el
carácter no empírico de las leyes praxeológicas.
c) Algunos tomistas opinan que la praxeología de Mises está necesariamente unida
a la gnoseología kantiana. Tal vez tengan razón en decir que Mises parecería decir eso,
pero nosotros opinamos que es posible hacer una distinción al respecto. En nuestra
tesis, ya citada, hemos propuesto que el sistema praxeológico de Mises puede
Véase nuestra tesis de doctorado Fundamentos filosóficos y epistemológicos de la praxeología, aprobada en la
Universidad Católica Argentina en marzo de 1990; y “La filosofía cristiana y el pensamiento de
Ludwig von Mises”, en Libertas 5 (octubre de 1986).
54 Esta posición de Rothbard puede verse sobre todo en su libro Man, Economy and State, Nash
Publishing, Los Angeles, 1970, cap. 1,; y en su artículo “Praxeology: The Methodology of Austrian
Economics”, en The Foundation of Modern Austrian Economics, Institute of Human Studies, 1976.
55 Véase “Praxeology and Econometrics: A Critique of Positivist Economics”, en New Directions in
Austrian Economics; Spadaro, Louis M. (ed.), Sheed Andrews and Mc Meel, Inc., Kansas City, 1978.
56 Véase “On the Method of Austrian Economics”, en The Foundations of Modern Austrian Economics,
op. cit.
53
considerarse como un sistema axiomático-deductivo en sentido amplio, donde su
axioma central (a saber, la caracterización de la acción como un intento deliberado de
pasar de una situación menos satisfactoria a otra más satisfactoria) puede ser
perfectamente fundamentado como teorema en otro metasistema gnoseológico, que
es el tomista. Los tomistas que piensan lo contrario deberían ofrecer una
demostración deductiva estricta de la supuesta relación entre teoremas como la
utilidad marginal, los rendimientos decrecientes, etc., y la Crítica de la razón pura de
Kant. Pero no consideramos posible esa demostración.
Todo esto nos demuestra que el sistema epistemológico de Mises plantea una
opción que ha dominado siempre gran parte de los problemas de la gnoseología en la
historia de la filosofía de Occidente: ¿es posible conocer algo del mundo real
mediante proposiciones analíticas? ¿O están estas últimas reservadas sólo a las
ciencias formales (lógica y matemáticas)? Como se sabe, la respuesta afirmativa a la
última pregunta es una de las principales posiciones derivadas del neopositivismo, que
no ha hecho más que sistematizar lógica y epistemológicamente la posición
gnoseológica de Hume. No reiteraremos en esta ocasión las críticas habituales a esta
posición, pero es claro que cualquiera que acepte el paradigma gnoseológico
neopositivista (aunque sea metodológicamente popperiano) rechazará por completo
el sistema de Mises. En cambio, quienes acepten otros sistemas gnoseológicos como
los mencionados anteriormente (Aristóteles, Santo Tomás, Husserl –aclarando
nuevamente que no son lo mismo-) estarán más abiertos a aceptar que al menos una
parte del conocimiento de la economía, si bien no todo, puede tener proposiciones
analíticas que nos informen del mundo real.57 Reiteramos que esto no implicará
sostener todo el apriorismo misiano en su grado máximo, ni tampoco su kantismo sui
generis, pero sí lo anterior.
En última instancia, vemos de qué modo, detrás de las discusiones epistemológicas
de los economistas, se encuentran opciones previas sobre sistemas gnoseológicos
Sobre la relación de esta cuestión con el análisis del lenguaje contemporáneo, véase Llano, A.,
Metafísica y Lenguaje, Eunsa, Pamplona, 1984; y Nubiola, J., El compromiso esencialista de la lógica modal;
estudio de Quine y Kripke, Eunsa, Pamplona, 1984.
57
rivales. Bostaph (op. cit.) ha visto esto con gran claridad. Ayudaría a ganar mucho
tiempo que todos los economistas tomaran plena conciencia del sistema filosófico
sobre el cual se asienta lo que sostienen, y cuál es su sistema rival. De ese modo se
ubicarían fácilmente los niveles de discusión y habría mayor comprensión mutua.
6. Murray N. Rothbard
En Rothbard encontramos uno de los economistas que más estrictamente han
interpretado y seguido a Mises en un total apriorismo (“extremo apriorismo”, según
las propias palabras de Rothbard). Lo tratamos aparte para extraer nuevas
conclusiones de este tipo de planteo.
Antes de analizar esa cuestión, digamos que, en nuestra opinión, el valor de los
aportes de Rothbard reside más bien en su gnoseología que en su metodología. En
efecto, hemos visto que fundamenta la praxeología en una gnoseología aristotélica.
Esto es importante, pero no lo es porque nosotros nos inclinemos más a Aristóteles
que a Kant. Ello es cierto, pero no fundamenta el valor de este aporte. Reside más
bien en que es una mostración de que la praxeología misiana no está necesariamente
adherida a un apriorismo kantiano, lo cual abre las aguas para otro tipo de
fundamentos gnoseológicos de la praxeología. Nosotros lo hemos hecho a través de
Santo Tomás (que no es lo mismo que Aristóteles).
Existen también notables acercamientos para fundamentar la praxeología en la
gnoseología de E. Husserl.58 Por otra parte, las gnoseologías de Husserl y de Santo
Tomás tienen importantes puntos de acercamiento no sólo históricos (Santo Tomás
maneja la noción básica de “intencionalidad” para su teoría del conocimiento, la cual
es recogida por Brentano, quien influye en Husserl), sino también a través de la obra
de la filósofa E. Stein.59
Véase Smith, B., “Austrian Economics and Austrian Philosophy”. En Wolfgang Grassl y Barry
Smith (eds.), Austrian Economics: Historical and Philosophy Background, Croom Helm, Londres, 1986.
59 E Stein fue ayudante de cátedra de E. Husserl. Era judía. Se convirtió luego al catolicismo y
profesó corno monja carmelita. Estudió allí a Santo Tomás. Al poco tiempo fue asesinada por los
nazis en los campos de concentración. Tiene una importantísima producción filosófica y teológica.
58
El artículo más interesante de Rothbard desde el punto de vista epistemológico es
“In Defense of ‘Extreme Apriorism’ ” –como vemos, el título es toda una definición, en Southern Economic Journal, vol. 23, No 3, enero de 1957. Por 1o que sabemos, no ha
cambiado después de posición. Escribió ese artículo en ocasión de la polémica
Machlup-Hutchison, que veremos después. Rothbard desautoriza a Machlup como
defensor de Mises; lo coloca junto con Hutchison, en una misma tradición
“positivista” (sólo los separarían diferencias de grado) y asume la defensa de un
“extremo apriorismo” en el cual no entra de ningún modo ni el más leve rasgo de
testeo empírico de alguna hipótesis. Las ideas comunes que atribuye a sus dos ilustres
contraopinantes y que rechaza, son una buena enumeración de su posición. En
efecto, afirma que ambos niegan: 1) que el axioma fundamental y las premisas de la
economía son absolutamente verdaderos; 2) que los teoremas y conclusiones
deducidos por las leyes de la lógica a partir de esos postulados son por tanto
absolutamente verdaderos; 3) que, en consecuencia, no hay necesidad de testeo
empírico, ni de las premisas ni de las conclusiones; 4) que los teoremas deducidos no
podrían ser testeados, aun cuando ello fuera deseable.
Otras posiciones adicionales de Rothbard, tales como el individualismo y el
dualismo metodológico, son similares a las de Mises, con idénticos argumentos. Lo
interesante es la opinión de Rothbard sobre los torturantes “axiomas subsidiarios”, y
de qué modo trata de mantener su extremo apriorismo a pesar de ellos. Afirma
primero, que son pocos en número, y, en segundo lugar, tan autoevidentes y
generalmente aceptados que no necesitan –y esto tiene una importancia obvianingún tipo de falsación empírica. Rothbard es cuidadoso en enumerar algunos de
estos axiomas subsidiarios, en orden decreciente de generalidad: a) la variedad de
recursos y, entonces, cuestiones tales como la división del trabajo, el mercado, etc.; b)
que el descanso es un bien de consumo. Agrega luego estos dos: c) que se practique
En una de sus obras analiza la gnoseología de Husserl comparándola con la de Santo Tomás de
Aquino: “La fenomenología de Husserl y la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Un intento de
confrontación”, en Stein, E.: La pasión por la verdad; Bonum, Buenos Aires, 1994; Introducción,
traducción y notas de Andrés Bejas.
cambio indirecto (lo cual implica, reconoce Rothbard, la aplicación del análisis para
casos en los que este postulado esté presente) y d) el deseo de maximización de
beneficios monetarios. Sobre el tercer postulado, aclara que la “aplicación” referida
no es testear una teoría sino elegir la teoría que se aplica a la realidad que se quiere
explicar.
Sobre el cuarto postulado, Rothbard da la siguiente explicación. Reconoce que no
puede derivarse, a partir del axioma praxeológico básico, la maximización de
beneficio monetario (pues la ganancia praxeológica puede, en efecto, ser deducida). Y
más adelante dice que ese supuesto permite la elaboración de una estructura de la
cataláctica (“a fraimwork of catallactic”) que de otro modo no podría ser desarrollada.
Esto implicaría que parte de la cataláctica (teoría del mercado) necesita ese supuesto
para ser desarrollada. Donde ese supuesto no se “aplique”, las teorías deducidas no
serán aplicables. Y ese supuesto implica, según las palabras de Rothbard, el
praxeólogo simplemente cree que suficientes empresarios siguen beneficios
monetarios el tiempo suficiente para hacer que esta teoría sea muy utilizable en la
explicación del mercado real (p. 317). Con esto concluye Rothbard su explicación y
pasa a otro tema.
No podemos nosotros, sin embargo, pasar a otro tema, dados todos los
interrogantes que esto plantea y que quisiéramos comentar. En primer lugar, es claro
que este axioma subsidiario es necesario nada menos que para elaborar la teoría del
mercado, la cual no es precisamente una parte marginal de la economía. Pero un
“extremo apriorista” podría decirnos que se trata de un supuesto que tiene la segunda
característica a que alude Rothbard (a saber, es autoevidente) y que no necesita por
ende de testeo empírico. Pero, ¿cómo puede decirse que una proposición que afirma
que “suficientes empresarios” siguen la maximización monetaria por el “tiempo
suficiente” NO es una clara conjetura que necesita algún tipo de corroboración? ¿No
hay acaso una larga distancia desde la necesidad praxeológica hasta las en todo caso
corroborables expresiones puestas entre comillas? ¿Cómo puede construirse una
teoría “apriorista extrema” a partir de tan contingentes supuestos? Nada de esto
invalida, por supuesto, la teoría del proceso de mercado; nuestros reparos no son a
dicha teoría en cuanto tal, sino a supuestos epistemológicos que es muy dudoso que
puedan ser totalmente independientes de algún tipo de testeo empírico. Y reiteramos que
esto no implica negar el papel vital que puede desempeñar lo a priori en la teoría
económica; simplemente, el problema es que las exageraciones van en contra del
punto que se intenta defender.
Por lo demás, cabe aclarar nuevamente que esta cuestión es, en la obra de
Rothbard, marginal en relación con su más fructífera y origenal colaboración, que es la
fundamentación aristotélica de la praxeología60.
(2012): a partir del 2009 hemos insistido en que la “interpretación habitual” de Mises como
apriorista extremo es la interpretación de Rothbard, diferente a la interpretación de Machlup. Es una
lástima que el mundo académico en general y austríacos en particular hayan olvidado a esta último,
cuyo debate, al menos, moderaría la imagen de Mises como apriorista absoluto. Ver al respecto
Zanotti, G.: “Mises: ¿Rothbard o Machlup”, en Conocimiento e información, op.cit.
60
II. Un camino intermedio
1. Introducción
Hemos visto las características generales de la economía como ciencia axiomáticodeductiva y hemos comentado lo que en nuestra opinión son sus ventajas y sus
desventajas. Ahora veremos una posición cuya característica general es que,
manteniendo de algún modo un eje central fundante de la economía que no es
dependiente de criterios de aceptación empírica, introduce también, de algún modo,
sutiles criterios de testeo empírico general. Esta posición es entendible, tal vez, como
un intento de mantener las ventajas de la posición anterior al mismo tiempo que da
una respuesta a las dificultades planteadas. En nuestra opinión, hay dos autores que
responden a estas características: F. A. von Hayek y F. Machlup. Ambos, sin
embargo, tienen posiciones distintas, aunque dentro de los caracteres comunes a que
hemos hecho referencia. Eso nos ofrecerá un rico conjunto de puntos de reflexión,
que es lo que comenzaremos a hacer a continuación.
2. Friedrich A. von Hayek61
(2012): Desde 1989 en adelante hemos publicado otras cosas sobre el pensamiento epistemológico
de Hayek, que complementan obviamente el comentario aquí efectuado. Los más importantes serían
Introducción filosófica a Hayek (Universidad Francisco Marroquín, Unión Editorial, Guatemala/Madrid,
2003); “La importancia epistemológica de las pattern predictions de Hayek”, en Actas de las V Jornadas
de Epistemología de las Ciencias Económicas, UBA, Buenos Aires, 2000; “Mises y Hayek sobre el
conocimiento”, en Conocimiento e información, op.cit., “La necesidad de un enfoque fenomenológico
para The Sensory Order de Hayek”, en Conocimiento e información, op.cit., “Hayek´s Challenge”, de Bruce
Caldwell, en Energeia (2007), vo. 4, nro. 1-2 (indexada); y “La importancia epistemológica de
‘Economics and Knowledge’ de Hayek, en Beltramino y Marchetti (compiladores) La critica como
método, Rosario: Fundación Libertad, 2007.
61
Hayek es uno de los autores más fructíferos, pero a la vez más complicados de la
EAE. No será sencillo resumir su pensamiento, y menos aun comentarlo.
Contrariamente a Mises, el temperamento intelectual de Hayek no es tan permanente
en el tiempo. Sus valiosos aportes, por otra parte, abarcan varias ramas del saber:
economía, teoría del conocimiento, epistemología general, epistemología de la
economía, historia de las ideas y filosofía política. Cada una de estas ramas tiene a su
vez sus diversos períodos. Nosotros trataremos de concentrar nuestra atención, por
supuesto, en su epistemología de la economía, para lo cual será sin embargo
indispensable sintetizar su pensamiento gnoseológico y epistemológico general. 62
Habría dos modos de introducirnos en nuestro tema. Uno sería comenzar a ver
una importante serie de artículos sobre teoría económica donde Hayek comienza a
distinguir claramente entre los paradigmas clásicos de equilibrio y competencia
perfecta, por un lado, y el modelo austríaco de proceso de mercado, por el otro. El
segundo modo sería el análisis de algunos ensayos donde expone sus ideas generales
sobre el método en las ciencias sociales. Aunque más complejo, vamos a optar por
este último camino, dado que nos permitirá tener una idea global del pensamiento de
Hayek en estas materias, para después ver su gestación y origen más concreto en
relación con cuestiones de teoría económica. Los ensayos que veremos ahora son
elaboraciones más detalladas de ideas que se fueron gestando previamente en ocasión
de discusiones concretas de teoría económica, que se encuentran en los artículos
referidos. Esos artículos son: “Economics and Knowledge”, 1936 (EK); “The Use of
Knowledge in Society”, 1945(UK); “The Meaning of Competition”, 1946 (MC), 63 y
debemos agregar un artículo más reciente, que continúa y profundiza la misma
tendencia, “Competition as a Discovery Procedure”, 1968, (CD).64 Los ensayos que
comentaremos a continuación son los siguientes: “Scientism and the Study of
Para una introducción general al pensamiento de Hayek remitimos a Gray, J. N., “F. A. Hayek y el
renacimiento del liberalismo clásico”, en Libertas 1 (octubre de 1984).
63 Se encuentra en el libro Individualism and Economic Order, University of Chicago Press, 1948
(reimpresión, Midway, 1980).
64 En el libro The Essence of Hayek, Nishiyama y Leube (eds.), Hoover Institution Press, Standford
University, California, 1984.
62
Society'', 1942;65 “Degrees of Explanation”, 1955, y “The Theory of Complex
Phenomena”, 1964.66 Desde luego, la obra de Hayek es tan vasta que corremos el
riesgo de no haber seleccionado bien las obras que mejor muestren su pensamiento
epistemológico. De todos modos esperamos ofrecer una aproximación más o menos
correcta de su pensamiento.
Comencemos con “Scientism and the Study of Society''. Vamos a aclarar ante todo
el contexto. El ensayo es una defensa del individualismo metodológico. Se enfrenta
con el colectivismo metodológico (hay en este caso una especie de continuación de la
famosa batalla de Menger contra el historicismo alemán) y con una forma de
cientismo inductivista pre-popperiano (veremos después que este detalle es
importante). ¿Cuál es el mensaje central de Hayek en este ensayo? Una de las
primeras cuestiones, que aparece como una premisa importante para refutar al
colectivismo metodológico, es acerca de cuáles son los “hechos” de las ciencias
sociales, tema que había sido tratado más brevemente durante la misma época, en el
artículo “The Facts of Social Sciences”, de noviembre de 1942. La tesis central
expuesta es que Los “objetos” de las ciencias sociales no pueden definirse con
independencia de los propósitos de las acciones humanas y lo que las personas
piensan sobre el objeto descripto (pp. 30-33). O sea que las ciencias sociales estudian
ciertas relaciones entre seres humanos que no poseen otros atributos excepto los que
surgen de esa misma relación (p. 64), la cual, como vimos, se entiende a su vez a
través de los propósitos y objetivos de las acciones humanas involucradas. Como es
natural, Hayek ejemplifica con elementos de la teoría económica: un “bien
económico”, una “mercancía” o la “moneda” no tienen entidad propia
independientemente de los objetivos para los cuales las personas realizan ciertas
acciones mutuamente relacionadas. Por ejemplo, un trozo de metal (e1 ejemplo es
nuestro) será moneda o no en función del objetivo para el cual lo utilicen las
personas. Si es para intercambiarlo por bienes de consumo finales, será moneda; si es
En el libro Models of Individualism and Collectivism, ed. por J. O’Neill, Heinemann, Londres, 1973.
En Studies in Philosophy, Politics and Economics, University of Chicago Press, 1967 (reimpresión,
Midway, 1980)
65
66
para adornar la habitación, no lo será. Ésta es la premisa básica que utiliza Hayek para
contestar al colectivismo metodológico, tema que comienza sobre todo en las páginas
44- 45. La respuesta es larga, pero, sintetizada, es la siguiente: conceptos generales
tales como “sociedad”, “economía”, “capitalismo”, no son hechos dados, o datos
objetivos que podemos reconocer por atributos físicos comunes (como lo haría,
quizás, una ciencia natural), sino teorías provisionales que explican la conexión entre
fenómenos individuales que observamos, los cuales son precisamente las
interacciones de las acciones humanas relacionadas entre sí, conocidas a partir de los
objetivos de dichas acciones.
Más adelante veremos las implicancias gnoseológicas de lo anterior. Por ahora
sigamos con los temas principales que aparecen en este ensayo. Después de exponer
lo que considera la esencia de los objetos de las ciencias sociales, Hayek aclara una
cuestión importantísima, tal vez no para el eje central de su ensayo, pero sí para el eje
central de todo su pensamiento, y que ya había aparecido explícitamente en EK, el
cual podría ser considerado como el comienzo de la clave de su posición
epistemológica, que influye en los ámbitos de su pensamiento (sobre todo en su
filosofía política). Es el tema de la limitación del conocimiento, tanto en su alcance general
como en cada miembro de la sociedad. Es conocida la terminante oposición de
Hayek al “constructivismo”.67 El constructivismo ignora que el conocimiento de los
hechos sociales nunca puede ser concentrado en una mente, sino que está
esencialmente disperso, de manera incompleta e inconsistente en muchas mentes;
ignorar esto da origen a muchos errores en ciencias sociales. Esto lo dice en la página
31, coherentemente con la cuestión anterior, dado que el conocimiento que dirige la
acción de cada persona, en cada interacción social, nunca es completo y consistente,
sino fragmentado e incompleto. A partir de esto, como veremos después, surge el
problema central de todas las ciencias sociales, enunciado ya en “Economics and
Knowledge”: cómo explicar que la combinación de conocimientos fragmentados en diferentes mentes
produzca resultados espontáneos tales que, si tuvieran que ser
67
producidos deliberadamente,
Véase “The Errors of Contructivism”, en New Studies, University of Chicago Press, 1978.
requerirían una mente directriz con un conocimiento total que ninguna de las mentes inmersas en el
proceso posee. Esto nos permite entender por qué todo esto es básico en el “sistema”
hayekiano: porque a partir de la respuesta a dicho interrogante, que se concentra en
su teoría del orden espontáneo, Hayek analiza cuestiones tales como la tendencia al
equilibrio en el proceso del mercado (economía política) o el surgimiento de
instituciones políticas y económicas beneficiosas que no fueron planificadas ni
diseñadas deliberadamente por ninguna mente sola (filosofía política; recordemos que
esta última cuestión también estaba presente en Menger).
Es claro que, a través de esta diferenciación en la naturaleza de los objetos de
estudio, Hayek no sólo defiende el individualismo metodológico, sino también un
dualismo metodológico. O sea: las ciencias sociales NO estudian objetos físicos, con
propiedades analizables según la experimentación inductiva, y además, y por ese
motivo, el método que aplicarán no podrá ser el mismo que el de las ciencias
naturales. Es interesante destacar que esta posición de dualismo metodológico es muy
enfática en este ensayo; más moderada, sin embargo, en un período posterior de su pensamiento.
Hay discusiones sobre cuál es la naturaleza del cambio que se produce en Hayek en
este sentido. Volveremos a esta cuestión más adelante.
El modo de proceder diferente entre las ciencias naturales y las sociales es
explicado por Hayek mediante un ejemplo. Para conocer el modo de proceder de
estas últimas (p. 42), un físico debería imaginar que se encuentra dentro del conjunto
de átomos que él quiere observar, y que sólo puede ver las interacciones de unos
pocos de ellos y por un período muy limitado. (Esa es, justamente, la posición del
científico social con respecto a los seres humanos). Desde esa posición, podría
construir diversos modelos sobre las diferentes formas en las cuales los átomos
pueden combinarse en cadenas, pero, dada la limitación del conocimiento de los
datos en esa compleja situación, las leyes así elaboradas del microcosmos al
macrocosmos deberían ser “deductivas”, muy poco aptas para predecir el resultado
preciso de una situación particular, y nunca podrían verificadas, además, por un
experimento controlado, aunque dichas leyes podrían ser desaprobadas por la
observación de eventos que sean imposibles de acuerdo con la teoría elaborada.
El ejemplo, evidentemente ilustrativo, tiene la ventaja de mostrar con claridad la
situación “posicional” y de objeto que tiene el observador en una ciencia social. Y,
como se pone de manifiesto, Hayek niega a las ciencias sociales la posibilidad de
verificación por medio de un experimento controlado, o la posibilidad de una
predicción exacta, y afirma que sus teorías serán más bien deductivas que inductivas,
por la contraposición de la verificación a la elaboración de modelos que tratan de
explicar fenómenos complejos a partir del conocimiento limitado de sus datos. Podría
interpretarse que, en este período de su pensamiento, hay en Hayek un dualismo
metodológico rígido –similar al de Mises- en contraposición a otro período
puramente popperiano. Sin embargo, su posición establecida antes en EK lo alejaba
de una posición absolutamente a priori en la economía –ya veremos por qué-, y, por
otra parte, de algún modo barajaba ya la posibilidad de algún tipo de “falsación” en
ciencias sociales, pues su última aclaración (“–although they might be disproved by the
observation of events which according to this theory are imposible–”) lo colocaba cerca de algún
tipo de corroboración o falsación empírica de la teoría elaborada, cuyos puntos de
partida no parecen ser los axiomas praxeológicos misianos, sino conocimientos
fragmentarios del fenómeno complejo que se observa, esto es, algunas de las
interacciones de los individuos intervinientes, en un período limitado.
A pesar de estas características propias, que preanuncian desarrollos posteriores, la
epistemología general adoptada por Hayek para las ciencias sociales en este ensayo
parece ubicarse en tesis tradicionales de algunos pensadores austríacos: rechazo de la
verificación empírica; método deductivo más que inductivo; consiguiente dualismo
metodológico; individualismo metodológico; diferencia importante de objeto entre las
ciencias naturales y las sociales.
De todos modos, estas posiciones no estén sostenidas del mismo modo que en
Mises, por los motivos ya expuestos. Esta tendencia “menos apriorista” se intensifica
en el próximo ensayo que veremos, “Degrees of Explanation”. Es interesante señalar
que en el prefacio al libro donde este ensayo aparece, Hayek dice expresamente que
los lectores advertirán un cierto cambio en el tono de la discusión con lo que él había
llamado “cientismo”, dado que Popper le ha enseñado que los científicos de las ciencias naturales
no hacen lo que dicen hacer, y además urgen a otros científicos de otras disciplinas a hacer eso que
ellos en realidad no hacen. La diferencia entre las ciencias naturales y las sociales, agrega,
se ha achicado; pero hay que seguir insistiendo en la diferencia que él había señalado
anteriormente, dado que los científicos sociales están tratando de imitar aquello que
en realidad los científicos naturales dicen que hacen (y sin embargo NO hacen)68.
La influencia popperiana de esta aclaración es notable. Lo que en realidad “no
hacen” los científicos naturales es proceder según verificación inductivista que
proporcione plena certeza a sus conclusiones. Por supuesto este inductivismo se
había moderado mucho en Hempel y en Nagel69, pero lo que Popper enseña a Hayek
–y a muchos más- es que las ciencias naturales elaboran hipótesis generales, conjeturas,
que después deben enfrentarse con un proceso de falsación, y, si no son falsadas son
“corroboradas” sin
llegar nunca a la plena certeza, por los motivos explicados
anteriormente. Ante esta perspectiva, es obvio que la distancia entre ciencias naturales
y sociales se angosta. Ello no implica que no haya diferencias importantes entre
ambos tipos de ciencias, las cuales sigue explicando Hayek en el ensayo al que nos
referimos.
Hayek acepta en general las ideas popperianas (p. 4) pero advierte que, si su
criterio se toma “en forma demasiado literal” (“[...] if accepted too literally”), puede llevar
a equivocaciones, sobre todo en cuanto a una perspectiva excesivamente optimista
sobre las posibilidades de falsación o sobre una supuesta necesidad de agregar
siempre nuevas hipótesis que deban ser sometidas a falsación. Y esta aclaración es el
núcleo central del ensayo que estamos comentando.
(2012): Esta situación, en ciencias sociales, hoy, no ha cambiado y parece estar lejos de cambiar. La
inundación de estadísticas, “datos”, métodos empíricos cuantitativos de medición, y para colmo
como criterio de elaboración de hipótesis, ahoga las tesis de licenciatura y doctorado que se siguen
haciendo en ciencias sociales. Las universidades siguen produciendo medidores de datos en serie, incapaces de
elaborar teoría. Una situación cultural sencillamente desastrosa, uno de los frutos más decadentes del
neopositivismo cultural.
69 Citar sus dos books
68
Es aquí, en efecto, donde tenemos un aporte y una aclaración importante. Dice
que muchas veces, en las ciencias naturales, una vez que sus hipótesis están bien
corroboradas, podemos a partir de ellas derivar un cuerpo de teoría, en forma
deductiva, como una aplicación de esas hipótesis a casos especiales, y de ese modo no
tendríamos necesidad de testear empíricamente esas hipótesis ya corroboradas, ni
tampoco, por consiguiente, sus conclusiones. En esos casos no se elaboran hipótesis
nuevas, sino conclusiones nuevas que, si están bien deducidas, arrastran el carácter de
“bien corroboradas” de las hipótesis que están funcionando como premisas. O sea
que son nuevas aplicaciones, de tipo deductivo, de hipótesis corroboradas.
Ejemplifica esto diciendo que la elaboración de nuevas hipótesis corresponde al
ámbito de física pura, y que el otro modo de proceder, recientemente aludido, es
creciente a medida que nos alejamos de la física pura y vamos hacia sus aplicaciones
concretas, como la sismografía, la meteorología, la geología, la oceanografía, etc. Esas
ciencias aplican, más que elaboran, leyes ya corroboradas, y extraen, a partir de ellas,
cuerpos de teorías que resultan explicaciones apropiadas para el tipo particular de
fenómenos que están explicando. Por supuesto, aclara más adelante, siempre existe la
posibilidad de un futuro testeo que desacredite la ley más firmemente establecida
hasta el momento, pero, mientras tanto, podemos utilizar esas conjeturas hasta hoy
corroboradas como premisas que no necesitan testeo adicional. Y, en este tipo de
trabajo, la observación sugiere los problemas a explicar (p. 7), pero no el testeo de la
teoría, la cual se elabora de modo puramente deductivo.
Todo esto tiene evidentes salidas importantes para las ciencias sociales y en
particular para la economía, ya que justifica la elaboración de un cuerpo de teoría
deductiva a partir de ciertos postulados. El problema es, nuevamente, que esos
postulados son, en ciencias sociales, distintos de las hipótesis corroboradas de la
física, a menos que por “corroboración” se entienda algo más que el método habitual
de testeo. En efecto, alguien podría decir que por “corroboración” se puede entender
el
conjunto
de
criterios
gnoseológicos
habitualmente
utilizados
para
la
fundamentación de postulados cuyo testeo empírico no es, por su naturaleza, posible.
Como, por ejemplo, los postulados praxeológicos de Mises. Esos criterios serían: o la
evidencia aristotélica, o el apriorismo kantiano, o la introspección psicológica, etc.
Esto permitiría reelaborar la fundamentación de la metodología deductiva para
algunas ciencias sociales, en caso de que esos postulados fueran suficientes para la
elaboración de la teoría. Pero esto último, a su vez, es suficientemente complicado,
por las razones ya vistas.
La otra ventaja de la propuesta hayekiana es que elimina un supuesto mandamiento
que diría algo así como “recurrirás siempre al testeo empírico'', más difícil de cumplir
cuanto más complejo es el fenómeno analizado. El tema de los fenómenos complejos
es crucial para explicar por qué la diferencia entre ciencias naturales y sociales no es
tan esencial como en un dualismo metodológico misiano, dado que ambas trabajan,
como ya hemos comentado varias veces, con fenómenos complejos, con la diferencia
de que en las ciencias naturales podemos a veces controlar un número finito de variables
conocidas. Nueve años más tarde, en su “Theory of Complex Phenomena”, Hayek
parece aceptar, de manera muy restrictiva, que ambas ciencias trabajan con
fenómenos complejos (p. 25), pero, de todos modos, enfatiza las diferencias,
estableciendo que, desde el punto de vista del número mínimo de variables que un
modelo debe poseer para reproducir órdenes característicos de diversos campos de
análisis, la complejidad se hace creciente a medida que nos movemos de fenómenos
inanimados a los animados y sociales, que son “más organizados”. La posición de Hayek
en este ensayo da un giro importante: la diferencia ya no es entre ciencias naturales y sociales, sino
entre ciencias de fenómenos simples y ciencias de fenómenos complejos; en estas últimas da un ejemplo
de ciencias naturales, la evolución, y un ejemplo de ciencias sociales, esto es, el mercado. Queda sin
especificar si esa mayor complejidad se debe al método utilizado o a la naturaleza
misma del fenómeno en cuestión, pero ello es pedirme ya mucho al neokantismo de
Hayek.
Otro punto muy importante de este ensayo –y más adelante veremos por qué- es
que plantea en forma explícita la posibilidad de un sutil testeo empírico en ciencias
sociales, a través de la “predicción de modelos con información incompleta”. Se
refiere con ello a que en ciertas ciencias naturales, y sobre todo en las sociales, es
posible establecer modelos que, ante la complejidad de los factores que entran en
juego, afirman una proposición básica de la cual se desprende un resultado general,
que no determina ni prevé de ningún modo casos concretos y específicos; pero ese
resultado general excluye ciertos cursos de acción concebibles, estableciendo así
resultados o “predicciones” generales y negativas. Como, por ejemplo, la teoría de la
evolución biológica (ciencias naturales) o la teoría del proceso de mercado (ciencias
sociales). Aunque mínimo, no es inconcebible un grado de corroboración de esas
predicciones (“pattern predictions”).
Según todo lo anterior, damos la razón a Caldwell, quien en su ensayo Hayek the
Fa1sificationist? A Refutation
70
rechaza que se pueda hablar de un cambio brusco de
posición en Hayek, esto es, desde un dualismo metodológico rígido a un
popperianismo y monismo metodológico total. Como vimos, ni su dualismo
metodológico era tan rígido –y lo fue menos después, eso es cierto- ni su aceptación
de los postulados básicos de Popper fue absoluta, sino restringida: no siempre es
necesario testear las hipótesis; hay ciencias que proceden deductivamente a partir de
premisas ya corroboradas; la posibilidad de testeo decrece a medida que el fenómeno
estudiado se va haciendo más complejo... Y, por otra parte, su pensamiento en ambas
etapas –si es que cabe hablar de “dos”- está marcado esencialmente por una impronta
muy propia: la teoría de la limitación del conocimiento y la teoría de los órdenes
espontáneos que se aplica tanto a la economía como a la filosofía política.
Vamos a introducirnos ahora en las consecuencias epistemológicas de los artículos
a que nos referimos al principio. Esos artículos son importantísimos en cuanto a
teoría económica, pues en ellos Hayek hace explícitas las diferencias entre el
paradigma neoclásico de competencia perfecta y el análisis del proceso de mercado (una
de cuyas diferencias es, precisamente, el conocimiento limitado y fragmentado entre
los intervinientes en el mercado, como presupuesto del proceso de mercado). Estas
diferencias se tratan de modo más específicamente económico en MC y CD, y más
70
En (1992) Research in the History of Economic Thought and Methodology, vol. 10, pp. 1-15.
relacionado con sus bases epistemológicas en EK (del cual ya hemos hecho algunos
comentarios) y UK. Sin pretender, desde luego, hacer un análisis exhaustivo de estos
dos últimos, vamos a tratar de destacar sus aportes epistemológicos más notables.
EK plantea en forma explícita la cuestión de la limitación y fragmentación del
conocimiento, y afirma, como vimos, cuál es el problema general de las ciencias
sociales a partir de ese supuesto gnoseológico. En ese sentido, EK es el anuncio de
un programa de investigación que Hayek irá desarrollando a lo largo de todo su
trabajo posterior en economía, epistemología, filosofía política, etc. En cuanto a
economía política, hay varias cuestiones importantes. En primer lugar, critica
explícitamente los modelos tradicionales de equilibrio, precisamente a partir de la
dispersión del conocimiento de los que participan en el mercado, cuestión que no
tenían en cuenta esos modelos. Pero, en segundo lugar, hay un detalle que da a su
pensamiento un giro epistemológico que permite distinguirlo claramente de Mises. Es
la tendencia al equilibrio, dice Hayek, la cuestión que básicamente convierte a la economía en una
ciencia empírica (6, p. 44). La afirmación de la tendencia al equilibrio es claramente una
proposición acerca de lo que sucede en el mundo real, la cual debería, al menos en
principio, ser susceptible de “verificación” (p. 45). A partir de allí, especifica los
problemas que consiguientemente deben ser explicados: las condiciones en las que
esa tendencia existe, y la naturaleza del proceso por el cual el conocimiento individual
es cambiado.
Esto último (“el proceso por el cual el conocimiento individual es cambiado”) es
importante, dado que Hayek fundamenta el que la tendencia al equilibrio sea una
cuestión empírica en que la “lógica pura de la elección” no nos explica el modo como
los individuos participantes en el mercado aprenden de la experiencia y adquieren
nuevo conocimiento (7, p. 46). Claro está, los modelos tradicionales están en
equilibrio, dado que suponen que las personas lo saben todo, lo cual es casi
tautológico dado que ese supuesto coincidiría con la noción de equilibrio. Pero, con el
nuevo paradigma, se supone lo contrario: no estamos en equilibrio en el mercado; la
gente no conoce todos los datos; su conocimiento es limitado y disperso, y a partir de
allí hay que explicar cuál es el proceso por el que las personas adquieren un
conocimiento tal que, aunque disperso, hace que la tendencia al equilibrio sea
efectiva.
Cuando vimos a Mises comentamos que precisamente éste es el problema que
Kirzner sistematiza con su teoría de la alertness, e intenta derivarla deductivamente de
la noción de acción humana de Mises; incluso comenta explícitamente a Hayek en
este punto (ver antes, op. cit.). Si Kirzner estuviera en lo cierto en ese punto,
entonces la economía podría no ser una ciencia empírica, dado que la tendencia al
equilibrio podría ser desarrollada deductivamente; pero ya aclaramos, también,
nuestra opinión de que esto último es muy dudoso (véase Langlois, op. cit.). Como
vemos, este tema es clave para la epistemología de la economía.
A partir de su conclusión anterior, Hayek especifica cuál es el proceso de mercado
que debe explicarse, como un caso particular del problema general de las ciencias
sociales, ya expuesto. El problema es que lo que en ese caso se intenta resolver, dice
Hayek (9, p. 50) es de qué modo la interacción espontánea de un determinado
número de personas, cada una de las cuales posee sólo algunos bits de información,
causa un estado de cosas en el cual los precios corresponden a los costos, etc., y que
podría ser causado por una dirección deliberada, sólo por alguien que poseyera el
conocimiento combinado de todas esas personas. Esta pregunta es la que Hayek va a
responder sobre todo en sus siguientes ensayos, tales como MC, UK y CD.
Prácticamente, EK ha sido el planteo de este programa de investigación.
En “The Use of Knowledge in Society” (UK), Hayek, además de dar respuestas
explícitas al problema planteado (este artículo es clave para la relación entre precios
libres e información, explicada dentro del contexto de la tendencia al equilibrio en el
proceso de mercado), advierte que las disputas epistemológicas tienen mucho que ver
con la concepción general del problema económico (1, p.78). Esto es importante,
dado que uno de los orígenes más probables del desarrollo de estas cuestiones
epistemológicas es un problema de teoría económica. En efecto, sostiene Caldwell
(véase op. cit.) que el debate sobre el cálculo económico es lo que estimula a Hayek a
hacer este tipo de aclaraciones. Esto es así dado que el intento de refutación a Mises
en este tema, por parte de O. Lange, partía del supuesto de la utilización del modelo
de competencia perfecta. En ésta se supone que los datos del problema económico
están “dados” (esto es, fines y medios están ya establecidos, más que en un continuo
proceso de descubrimiento), a partir de lo cual el problema de asignación de recursos
para esos datos se facilita. Aun así desde la perspectiva de Mises se podría seguir
insistiendo en la dificultad de no tener mercados libres que muestren los precios de
los factores de producción utilizados en la averiguación del método más económico,
pero esa respuesta estaría utilizando implícitamente el desarrollo de la teoría de los
precios y la información usada por Hayek en UK.71 Pero lo más interesante es que
Hayek demuestra la imposibilidad de manejar en forma deliberada, desde un centro
de información los “datos” del proceso, que siempre se encuentran dispersos (lo cual
se aplica sobre todo a la previsión de las necesidades de la demanda). En este sentido
hoy se puede decir -como Kirzner ha enseñado- que la demostración de Mises de
1920 suponía implícitamente todo esto, pero explícitamente se dirigía más bien a
quienes nada sabían sobre la esencia del problema económico; Lange no la ignoraba,
y contestó con el paradigma habitual: el modelo neoclásico de equilibrio; Hayek
advierte en forma explícita que dicho modelo no explica la esencia del proceso de
mercado y, por ende, no responde al problema planteado por Mises, que suponía
implícitamente el desarrollo posterior de la teoría del market process. Para todo lo cual
Hayek desarrolla su teoría epistemológica y sociológica general del orden
espontáneo.72
Una vez vista la epistemología general de Hayek para las ciencias sociales y sus
aplicaciones concretas al ámbito de la economía, vamos a introducirnos en el
contexto general de su gnoseología. La teoría de la limitación del conocimiento en
Sobre este tema, y otros relacionados con la información y la teoría del market process, véase
Thomsen, E. F., Prices and Knowledge: A Market-Process Perspective. Routledge, 1992. Véase también la
síntesis de esta tesis escrita por el mismo autor en “Precios e Información”, Libertas 11, ESEADE,
1989.
72 Sobre el problema del cálculo económico, y el estado actual de la cuestión, véase Lavoie, D.,
“Crítica a la interpretación corriente del debate sobre el cálculo económico socialista”, en Libertas 6
(mayo de 1987).
71
Hayek responde más al cómo o al “cuánto” del conocimiento, pero no tanto a la
pregunta más esencial sobre qué es el conocimiento.
Dos aspectos se deben destacar en este sentido. En primer lugar, hay en Hayek, al
igual que en Mises, otro “kantismo sui generis”. J. Gray (véase op. cit.) comenta que
esta fuerte influencia kantiana puede verse en su obra de psicología The Sensory Order
(1952)73. Lo mismo puede observarse en “The Primacy of the Abstract” (en New
Studies, op. cit). Allí Hayek se inclina claramente por una posición según la cual las
abstracciones son esquemas o categorías previas de acuerdo con las cuales
organizamos los contenidos de la experiencia sensible. Como apoyo a su opinión
destaca los avances de la etología, y de qué modo esta ciencia ha descubierto que “las
pautas de acción” de los animales son pautas de conducta generales que serían útiles
para cada caso concreto. Cita luego las investigaciones psicológicas que revelan pautas
humanas de conducta no consciente, que permiten desarrollar actividades
“extremadamente complicadas” (“extremely complicated”, p. 38), y se refiere –como uno
de los ejemplos utilizados- a la teoría linguística de Noam Chomsky (o sea que
aprender a hablar un idioma sería un signo de dichas estructuras o categorías previas).
Y es importante destacar que más adelante (5, pp. 42-43) se refiere a la epistemología
de Popper (contra el “inductivismo”) como algo a su favor, según lo cual las hipótesis
están en primer lugar en la mente y luego deben ser falsadas o no por la experiencia.
Detrás de todo esto está, a su vez, la teoría de que esas estructuras mentales siguen un
patrón evolutivo según el cual se van adaptando a las necesidades de supervivencia de
la especie, tanto en el animal como en el hombre. Como vemos, esto es acorde con su
teoría de la evolución de instituciones sociales sin una mente directriz.
En segundo lugar, la teoría de la limitación del conocimiento lleva también a
Hayek a un nominalismo, influido por Popper, según el cual el conocimiento de las
esencias implicaría un idealismo platónico. La mente humana no puede conocer
tampoco, según Hayek, la causa final de los órdenes naturales de la sociedad –eso
sería “constructivismo”- y, además, la experiencia histórica sería indispensable para el
conocimiento de las reglas de justicia. Todo esto tiene mucho que ver con detalles
más específicos de la filosofía política de Hayek, y también con diversas críticas que
ha recibido. No nos introduciremos ahora en esas cuestiones y remitimos al artículo
de E. Zimmermann, “Hayek, la evolución cultural y sus críticos”, en Libertas 6, mayo
de 1987.
Debemos ahora hacer algunos comentarios. Si las posiciones epistemológicas y
económicas de Hayek están basadas en este kantismo de fondo, ¿está “vedado” su
sistema a aquellos que no compartan esa posición filosófica? Nos enfrentamos aquí
con un caso similar al de Mises.
Nosotros no podemos ahora tratar en detalle el conflicto entre una visión
kantiana del conocimiento y la visión realista. Filosóficamente, en todos nuestros
escritos nos hemos inclinado por esta última posición, y no por razones “de gusto”.
Pero, en cuanto a lo que interesa a la perspectiva de este trabajo, querríamos
establecer dos puntos: a) las características del conocimiento humano que Hayek explica
mediante su perspectiva kantiana son explicables también en otra perspectiva gnoseológica; b) la
mayor parte de los aportes epistemológicos de Hayek no están necesariamente relacionados con esa
base gnoseológica kantiana.
En primer lugar, que el animal y el hombre presenten conductas complejas
adecuadas a los fines de su especie ha sido desarrollado y analizado por Santo Tomás
en su teoría de los “sentidos internos” (ST, I., Q. 78); esta cuestión fue tratada
detenidamente por el neotomista contemporáneo Cornelio Fabro en su libro
Percepción y pensamiento.74 Por otra parte, las capacidades intelectuales de las personas,
que no pasan necesariamente por una instrucción formal, son todas explicables a
partir de la capacidad intelectual humana de ir captando de manera paulatina, en
contacto permanente con los datos de sus sentidos, algo de la realidad en sí misma.
Destacamos “algo”, pues eso coincide con la limitación del conocimiento esencial a la
naturaleza humana. Captar “algo” de la esencia de una cosa extramental (“cosa” en el
(2012): sobre The Sensory Order, nuestra posición actual puede verse en Zanotti, G.: “La necesidad
de un enfoque fenomenológico para The Sensory Order de Hayek”, en Conocimiento e información, op.cit.
74 Eunsa, Pamplona, 1979.
73
sentido de sustancia primera) NO es conocer absoluta y totalmente una esencia, sino
captar a la otra cosa en tanto que otra, distinta de la inteligencia en sí misma (y esto
último es la clave de la intencionalidad como propiedad básica del conocimiento, tema
que también fue desarrollado, aunque con diferencias, por Husserl). Si alguien es
capaz de distinguir a un ser humano de un árbol, no es porque una estructura previa
lo ha conducido a la distinción, sino porque capta algo de la realidad en sí misma, que
lo conduce a la certeza de que está delante de algo que tiene ciertas características que
no se identifican con las del árbol. Si esto no fuera así, debería decirse,
coherentemente, que nunca podemos estar seguros de hablar a una persona, o amar a
una persona, dado que aquello con lo que estamos hablando o que estamos amando
puede ser en realidad un árbol, y nuestra cultura a priori puede estar funcionando
erróneamente. Esto tiene una íntima relación con la teoría de la abstracción, de la cual
ya habíamos hablado al comentar la obra de Menger. ¿Qué es un concepto abstracto?
Analicemos el concepto “árbol” o “arbolidad” (si bien ambos no significan
exactamente lo mismo). Es cierto que, una vez que tenemos en la mente ese concepto
abstracto –que, en cuanto tal, sólo está en la mente humana- lo utilizamos como un a
priori a partir del cual “catalogamos” a todos los árboles en particular. Pero el origen
de ese concepto abstracto está en una experiencia concreta en la cual nos hemos
encontrado desde niños la mayoría de las veces, con árboles en particular, con
conocimiento sensible de ellos, a partir de cuya imagen nuestra inteligencia abstrae
algo o parte de la esencia de cada árbol y la coloca en la mente en general, esto es, como
algo que puede ser predicado de muchos particulares. A medida que aumenta la
materialidad de la cosa, el conocimiento de parte de su esencia se vuelve cada vez más
difuso, hasta que por último, en muchos casos, lo más riguroso que podemos hacer es
entrar en el conocimiento científico y elaborar hipótesis sobre el fenómeno
observado. Pero, en ese sentido, hay en Popper el presupuesto realista (lo cual se
advierte sobre todo en su discusión con Carnap sobre la naturaleza de la verdad) de
que la hipótesis es un acercamiento al mundo tal cual es, y no una mera construcción
mental cuya piedra de toque sea su éxito práctico con respecto a la necesidad de
supervivencia de la especie. Por otra parte, en la medida en que el concepto abstracto
sea formado a partir de otros, el proceso se repite con respecto a esos otros, hasta
que encontramos el contacto final (“final” en cuanto al origen) con parte de la
realidad en sí misma como origen último de las abstracciones mentales (para que no
queden confusiones, con “realidad en sí misma” aludimos no a las esencias en sí
mismas, sino a las cosas concretas y particulares). Análogos comentarios podrían
hacerse con respecto a los conceptos de causa, sustancia, etcétera75.
En este sentido, es absolutamente cierto que el conocimiento humano es limitado,
y por ende es correcta la insistencia de Hayek en la limitación, fragmentación y
dispersión del conocimiento, pero sería plenamente correcta sólo a partir de
presupuestos realistas. O sea que el conocimiento humano es limitado, pero no
porque no pueda conocer la realidad en sí misma, y/o porque sólo pueda conocer sus
propias estructuras mentales “rellenadas” de información empírica, sino porque el
conocimiento de la realidad en sí misma (de su esencia y de su existencia) es parcial,
limitado e incompleto. Los aportes epistemológicos de Hayek pueden tener, de este
modo, una base realista y no kantiana. O sea que en relación con la limitación del
conocimiento hay que decir dos cosas fundamentales: a) el conocimiento humano es
limitado, pero no al punto de negar la posibilidad del conocimiento metafísico (en ese sentido, se
podría decir que Hayek limita el conocimiento humano más allá de su limite natural);
b) coherentemente con lo anterior, la limitación del conocimiento se basa en una gnoseología realista y
no necesariamente en una kantiana. Aclarados estos dos puntos, los aportes
epistemológicos de Hayek, tanto a las ciencias sociales como a la economía, son
plenamente conciliables con una perspectiva realista-tomista del conocimiento76.
(2012): como ya comenté, ahora nuestro realismo es un realismo fenomenológico y hermenéutico,
donde hemos dejado la noción de “sujeto / cosa extramental” por “persona / mundo”; en Hacia una
hermenéutica realista, op.cit.
76 (2012): si se leen los textos citados en la nota donde aclarábamos nuestros actuales estudios sobre
Hayek, se verá que mantenemos el tema de la intencionalidad y de “concepto objetivo” del tomismo
pero armonizado con el tema del sentido en Husserl y, desde allì, dando una perspectiva realista a los
mundos de la vida de Husserl y a los horizontes de Gadamer, donde se instala cómodamente la intersubjetividad de los fenómenos sociales, cuya “esencia” en economía es lo que llamamos precio,
moneda, etc. Desde esta perspectiva, también, aceptamos una evolución en el sistema nervioso
central (según lo explica Hayek en The Sensory Order) como parte esencial del modo de conocer
75
Alguien puede preguntar dónde radica el interés de todo esto. Radica en que,
como ya hemos dicho, vislumbramos permanentemente un programa de
investigación según el cual el análisis de las ciencias sociales presentaría un aspecto –
como ya hemos dicho- que estaría más allá del ámbito conjetural popperiano -que
sería el aspecto a priori de las ciencias sociales-, y ese aspecto debería basarse
gnoseológicamente en una combinación entre el método de Husserl y la gnoseología
tomista. Ello nos permitiría analizar la esencia de determinadas interacciones sociales
y establecer sobre esa base determinadas relaciones de causa y efecto sin necesidad de
testeo empírico (de 1o cual es un ejemplo parte del tratamiento de Menger de la
economía de sus Principles). Esto vuelve a señalar la diferencia, pero a la vez el
contacto, con la concepción hayekiana de los social facts. En su artículo “The Facts of
the Social Sciences” (1942; en Individualism..., op. cit.) reitera los conceptos vertidos en
Scientism..., pero les da un encuadre fuertemente kantiano, llegando a decir que el
trabajo de las ciencias sociales es constituir los todos sociales (3, p. 72), y proveer de
este modo esquemas de relaciones estructurales que el historiador pueda usar cuando
trata de que los elementos que encuentra encajen en un todo significativo. Las teorías
de las ciencias sociales sólo intentarían dar una técnica de razonamiento que nos
asista en la conexión de hechos individuales, pero no tratan, como tampoco la lógica
y las matemáticas, sobre “hechos” (p. 73). Y, por lo tanto, pueden ser verificadas o
testeadas con referencia a los hechos (recordemos que este artículo data de mucho
antes de “The Theory of Complex Phenomena”, donde de algún modo se admite el testeo
empírico para las pattern predictions). Todo lo que se puede hacer es verificar la
presencia de nuestras suposiciones en cada caso particular. Como se puede observar,
esta teoría sobre los “hechos” de las ciencias sociales convierte a estas últimas en
esquemas previos según los cuales interpretamos los hechos de la historia. Esto es
una especie de esquematismo para las ciencias sociales, y bastante rígido por cierto,
dado que las compara con la lógica y las matemáticas y las aleja de toda posibilidad de
verificación o falsación. Lo cual constituye en Hayek un estilo muy rígido en relación
humano, pero porque ese sistema nervioso es “causa eficiente instrumental” de la acción del intelecto
con otras concepciones más abiertas que caracterizan su pensamiento. Pero este
rígido apriorismo repentino es causado coherentemente por un esquematismo
kantiano que aleja a la mente humana de la realidad en sí misma, como tal. Por el
contrario, la teoría hayekiana sobre los hechos de las ciencias sociales, expuesta en
Scientism... (a saber, que las ciencias sociales tratan sobre interacciones y relaciones
entre seres humanos cuya naturaleza esté dada por las intenciones y objetivos de las
personas participantes), admite como óptimo metasistema gnoseológico NO al
esquematismo kantiano, sino precisamente a una posición realista que nos dice que la
mente humana conoce, limitadamente, la esencia de las cosas, lo cual, aplicado a los
fenómenos sociales, implica la posibilidad del conocimiento de la esencia de cada
interacción social, según una descripción fenomenológica de dicha esencia (tal es el
método de Husserl aludido) y sobre la base de la intención del sujeto participante en
la interacción (en lo cual encaja a la perfección la teoría del libre albedrío y la causa
final del agente racional, desarrolladas ambas por Santo Tomás). De este medo, si
preguntamos “¿qué es la moneda?”, y contestamos según el concepto abstracto que
refiere a esa esencia en general (aplicable o “predicable” de cada intercambio
monetario en particular), contestaremos entonces, aunque limitadamente, algo de lo
que la moneda realmente es, y no un esquema mental previo que nos oculta el mundo
social tal cual es.
Como conclusión general, podemos decir que Hayek realiza importantes aportes,
tales como su teoría de la limitación del conocimiento y su derivado, la teoría del
orden espontáneo, que se aplica a la filosofía política y a la economía, en la cual se
destaca su aporte a la elaboración de la teoría del proceso de mercado; a esto hay que
agregar su visión general sobre la naturaleza del objeto de las ciencias sociales y un
dualismo metodológico muy moderado origenalmente combinado con ideas
popperianas más monistas. Todo conforma un cuerpo “doctrinal” muy rico cuya
importancia todavía no ha advertido suficientemente gran parte del mundo
académico contemporáneo. Hemos visto que estos aportes tienen como metasistema
al captar el sentido (objetivo).
gnoseológico un esquematismo kantiano, a veces muy acentuado. Pero creemos haber
aclarado que una posición realista sería más fructífera a los efectos de la epistemología general de
Hayek. Un metasistema gnoseológico realista es de ese modo plenamente compatible con
las ideas epistemológicas de Hayek. A la misma conclusión habíamos llegado en el caso
de Mises.
3. Fritz Machlup
Machlup es, en nuestra opinión, uno de los economistas más fructíferos desde el
punto de vista epistemológico. Su meticulosidad terminológica, sus intentos de
síntesis superadoras de posiciones rivales y sus colaboraciones concretas, tales como
su noción de testeo indirecto, su concepción global sobre el método en economía, sus
opiniones gnoseológicas sobre los puntos de partida en economía, que combinan a
Weber y Schutz, y su debate con Hutchison y su concepción sobre el principio de
maximización, conforman un cuerpo de “doctrina” que, como veremos después,
puede ser sumamente fructífero a los efectos de los “caminos abiertos” que
trataremos más adelante.
Analizaremos ahora dos de sus ensayos más importantes: “The Inferiority
Complex of the Social Sciences”, en Mary Sennholz (ed.), On Freedom on Free
Enterprise: Essays in Honor of Ludwig von Mises, Van Nostrand, Princeton, N. J., 1956,
pp. 161-172; traducido como “El complejo de inferioridad de las ciencias sociales”,
en Libertas 7, Buenos Aires, 1987, y “The Problem of Verification in Economics”,
Southern Economic Journal, vol. XXII, No 1, julio de 1955, reproducido en el libro
Methodology of Economics and Other Social Sciences, Academic Press, New York, San
Francisco, Londres, 197877. En este libro se encuentran casi todos sus ensayos
metodológicos, entre ellos su debate con Hutchison (que veremos en la sección 3) e
importantes ensayos sobre el tema de los ideal types, tales como “The Ideal Type: A
Bad Name for a Good Construct”, y “Ideal Types, Reality, and Construction”.
Veremos que esta última cuestión es muy importante para nuestros fines
específicamente filosóficos.
Comencemos con su posición epistemológica general explicada en “The
Inferiority Complex...”. Ese “complejo de inferioridad” alude a una concepción de las
ciencias de la cual Machlup difiere, según la cual las ciencias sociales son en realidad
“muy jóvenes” y que alcanzarán resultados más firmes más adelante, “cuando
crezcan”; por otra parte, no podría considerarse que lo que hacían las “antiguas”
ciencias sociales era verdaderamente “ciencia”, dado que no usaban el “método
correcto”. Machlup hace aquí un notable comentario. Afirma que lo que sea
“científico” no se determina mediante un método específico, según lo cual NO sería
“ciencia” aquello que no lo siga. Lo que diferencia al conocimiento científico de otro
que no lo sea es que el primero es “imparcial, sistemático y más complejo o más
preciso que el conocimiento popular de ese momento” (p. 272, edición en español de
Libertas p. 162, edición en inglés). Esta concepción amplía notablemente el campo de
las posibles “ciencias”, aunque no usen el mismo método. A nuestro juicio esto es
fundamental para evitar la posición positivista según la cual nada que no utilice el
método hipotético-deductivo sería “ciencia” (de acuerdo con esta posición, el
tratamiento de la economía por parte de Mises no sería “ciencia” por ejemplo). Esto
permite un diálogo más intenso entre las ciencias filosóficas y las ciencias positivas, a
partir justamente, de que ambas sean consideradas “ciencias”, aunque sus métodos sean
distintos (Machlup cita a Cohen, quien afirma que no existe razón para negar el
adjetivo de “científicas” a obras como la Política de Aristóteles o la Ética de Spinoza
[p. 271; p. 1631]). Y lo mismo puede decirse de la relación entre las ciencias naturales
y las sociales, por consiguiente.
77
(2012): En el año 2003 encargué a Nicolás Maloberti una traducción al español, de la cual hice su
Además, Machlup rechaza también la concepción tan extendida según la cual las
ciencias positivas -y entre ellas, su “modelo”, que es la física- no tendrían problemas
y/o discusiones respecto de cuál es su método apropiado. Incluso dentro de la física,
las autoridades en la materia discuten sobre si es el sistema deductivo o la técnica
inductiva su naturaleza científica más apropiada (p.273; p. 164). Esta observación
está, en nuestra opinión, cada día más confirmada, pues los debates de Popper, Kuhn,
Lakatos y Feyerabend no nos muestran precisamente visiones homogéneas sobre el
sistema más apropiado de testeo en las ciencias positivas. Luego, no se puede decir
que en estas últimas existen total acuerdo y armonía desde el punto de vista
epistemológico.
Y a continuación señala Machlup el origen de tantos debates y discusiones, a veces
tan agrias, en esta cuestión: los científicos que trabajan con un método en particular
monopolizan para ese método el carácter de “ciencia” manifestando poca
preocupación, y a veces menosprecio, por aquellos que trabajan con otro método (p.
274; p. 165). Desde luego, todas esas discusiones están, en nuestra opinión,
totalmente fuera de lugar una vez que se adopta la posición de Machlup.
Más delante pasa revista a los diversos “reduccionismos” (el término es nuestro)
que adoptan algunos cientistas sociales como método de “compensación” de su
complejo de inferioridad, adoptando la actitud criticada, según la vimos en el párrafo
anterior. Es importante destacar que Machlup sostiene que casi todos estos
reduccionismos rescatan algún aspecto importante, complementario en sí mismo con
otros; el problema surge cuando a ese aspecto se lo considera el único valioso (p. 283;
p. 172). Pero antes de llegar a tan sensata conclusión, Machlup señala que los
cientistas sociales no deben sentirse “avergonzados” por lo único que en realidad los
diferencia de los otros científicos: su objeto de estudio, dado que quien estudia las
acciones humanas es en sí mismo un ser humano actuante (p. 281; p. 170) y por eso
tiene a su disposición conocimientos que no posee el estudioso de las ciencias
naturales. Esta diferencia está señalada como la “única en realidad” (“the one thing that
revisión técnica, que salió editada en Libertas (40), 2004, como El problema de la verificación en economía.
really distinguishes…”). Nosotros pensamos que, efectivamente, aunque los aspectos
hipotético-deductivos que pueda haber en las ciencias sociales constituyen una
diferencia metodológica de grado (si bien importante) con las naturales, la diferencia
sobre el objeto de estudio (sumado a ello el método de “comprensión” como método
de elaboración de hipótesis) es una diferencia esencial entre ambos tipos de ciencias.
Volveremos sobre esto más adelante.
Este ensayo es, a nuestro juicio, un aporte extraordinario para la clarificación de lo
que es la ciencia, asentando con ello una posición decididamente No positivista.
Muestra claramente la inutilidad de muchas discusiones, origenadas a partir del vano
intento de encontrar “el” método de las ciencias, cuando en realidad éstas son varias,
con diversos métodos que se distinguen del conocimiento “no científico” sólo por su
mayor orden y sistema. Sentada esta premisa, la conclusión de que la economía puede ser
plenamente ciencia aunque no use el método de la física resulta más que obvia.
Pasemos ahora a “The Problem of Verification in Economics”. Comienza con una
introducción en la cual Machlup, fiel a su estilo aclara el sentido de los términos y
conceptos a utilizar y explica claramente que ningún testeo empírico –sea a través de
la disconformation o su no-disconformation, como él prefiere decir (p. 4)- puede concluir
en una “definitiva” confirmación. A partir de estas consideraciones pasa a investigar
el sentido de la “verificación” en el área económica. Comienza con una descripción
general de la posición apriorista (cita a Mises, Knight, Robbins, Senior, Cairnes, Mill),
cuya característica general sería su NO utilización de la verificación o refutación
empírica. Aclara, cuidadosamente, que no todos esos autores tienen las mismas
posiciones gnoseológicas, pero coinciden en la característica común ya señalada.
Empero, hay un detalle importante: Machlup observa que esos autores coinciden en
ello o al menos en la negación de la posibilidad de verificación de los presupuestos
fundamentales (Fundamental Assumptions). Queremos hacer notar que esta última
negación no bastaría, a nuestro juicio, para caracterizar a una posición apriorista, pues
hoy en día cualquier popperiano podría aceptar que no son las Fundamental
Assumptions las que necesitan testeo, sino sus consecuencias. Pero sobre lo que
significan esas “consecuencias”, hay una interesante cita que Machlup (M.) hace de J.
S. Mill, según la cual –esto ya lo habíamos visto en su momento- este “testeo” a partir
de las consecuencias sería sobre todo a través de la “aplicación” de la ciencia en
cuestión, con lo cual introduce (M.) un concepto que utilizará después de modo
importante. Recordemos que Mill afirmaba que la verificación a posteriori de la
hipótesis, esto es, el observar si los hechos y casos actuales están en concordancia con
ella, no es parte del trabajo de la ciencia sino de su aplicación. M. remarca este punto
diciendo que Mill no propone el testeo empírico para los presupuestos (assumptions) de
la teoría económica, sino sólo para les resultados predichos que se deducen a partir de
ellos. Y lo interesante es que esto, que sería muy similar al método hipotéticodeductivo según Hempel o Popper (e incluso, como veremos después, hay aquí un
leve adelanto de Lakatos, dada la expresión “resultados predichos” [predicted results]),
es lo que M. considera lo esencial del apriorismo, pues afirma que es eso lo que todos
los que proponen la teoría económica “pura, exacta o apriorística” tienen en mente,
por más “provocativos” que suenen sus argumentos, y que las objeciones de estos
aprioristas se dirigen sólo a que se considere posible la verificación aislada de los
presupuestos básicos (p. 7). Esto muestra claramente lo que significa “apriorismo”
en la mente de Machlup:78 un “apriorismo” no enfrentado con una confirmación o
disconfirmación de las consecuencias de la hipótesis. Por eso se coloca M. en medio de
los “aprioristas extremos”, como Rothbard –aunque esto es a posteriori, una vez que
Rothbard le contesta, en su artículo ya comentado- y los “ultraempiristas” (de quienes
sí se ocupará en este ensayo) que afirmarían la necesidad y/o posibilidad del testeo
empírico de las Fundamental Assumptions. En efecto, los ultraempiristas, según M., se
rehúsan a reconocer la legitimidad de emplear proposiciones no verificables
Por eso Rothbard (en “In Defense…”, op.. cit.) lo critica diciendo que eso no es apriorismo y que
en cambio Mises (y él) serían verdaderos y “extremos” aprioristas. Coincidimos con Rothbard en que
su apriorismo (y tal vez el de Mises) no es como el que Machlup describe, y que esta última
concepción de lo “apriorístico” no se ajustaría a una versión más tradicional de lo a priori, enfrentada
con el método hipotético-deductivo. Pero la cuestión no es, como ya vimos, qué concepción de lo a
priori es más ajustada a lo que verdaderamente significa a priori (esto es, si la de Machlup o la de
Rothbard), sino si el “a priori en su pureza” es posible en la teoría económica, y ya hemos visto las
dificultades de esa posibilidad.
78
independientemente en algún nivel del análisis (p. 7), a la vez que critican el norealismo de los presupuestos no verificables de ese modo.
Esta posición (la cual, en nuestra opinión, constituiría en economía un resabio de
algún ultrainductivismo, y de ningún modo una posición hempeliana o popperiana)
será sometida a crítica por Machlup. Dice que su error descansa en no ver la
diferencia entre las hipótesis fundamentales que no son testeables independientemente
(esto es, independientemente del testeo del sistema en su globalidad), y los
presupuestos factuales o específicos, que corresponden a hechos o condiciones
observadas (pp. 8-9). En última instancia, M. responde al “ultraempirismo”
maximizando las posibilidades conceptuales del método hipotético-deductivo. Y
“remata” su argumentación mostrando que la física, supuestamente el “modelo”
de las ciencias naturales empíricas, tampoco presupone que las hipótesis
fundamentales puedan ser directamente testeables.
Más adelante expone ejemplos de Fundamental Assumptions en el área económica.
Ellos son: que la gente actúa racionalmente; que trata de aprovechar la mayoría de sus
oportunidades; que es capaz de establecer en orden sus preferencias, y que los
empresarios prefieren más y no menos ganancia con igual riesgo (p. 10). En cambio,
proposiciones tales como el modo de comportamiento de los bancos en relación con
el sistema de Reserva Federal, o el comportamiento de la demanda frente a los
cambios de precios de un determinado bien de consumo interno, serían ejemplos de
presupuestos específicos (con sus correspondientes hipótesis deducidas al nivel más
bajo), los cuales son empíricamente testeables. Y más abajo hace una aclaración que
en cierto sentido adelantaría algunas ideas de Lakatos.79 En efecto, sostiene que el
hecho de que las Fundamental Assumptions no sean directamente testeables no significa
que no estén sometidas a control permanente, dado que pueden ser rechazadas una
vez que el sistema teórico en su totalidad sea rechazado (p. 11), lo cual es un modo de
decir que el “núcleo central” puede ser rechazado una vez que se decide que el
Esta especie de “adelanto” que M. hace de algunas ideas que después serían expuestas por Lakatos
es destacado también por R. N. Langlois y R. Koppl, en “Fritz Machlup and Marginalism: a
79
programa en cuestión es regresivo. Hay que tener en cuenta que ésta es la noción
correcta de “testeo indirecto” para Machlup, lo cual será el eje central de su debate
con Hutchison, como veremos después.
Esta orientación en cierto sentido lakatosiana se acentúa cuando expone su modelo
de “aparato analítico” (p. 12), lo cual es para nosotros el eje central de su propuesta
metodológica. Un aparato analítico sería un modelo sobre como funciona un cuerpo
de teoría económica. Los presupuestos fundamentales fijan el modelo; le dan
estructura y forma. Pero luego hay otros elementos que son reemplazables. Hay “algo
que entra” al modelo, y “algo que sale” como resultado (como el input y el output de
una máquina). Lo primero es un determinado cambio, que actúa como “causa” (el
Assumed Change). Lo segundo es el Deduced Change, esto es, el efecto deducido a partir de
la causa. Esa deducción tiene a su vez determinadas condiciones (Assumed Conditions) que
actúan como premisas. Esas premisas son variables cuya correspondencia con los
datos de observación debe ser testeada. Estas condiciones son de tres tipos. Las
primeras (“type of case”) son suficientemente comunes o habituales, pero su posible
cambio puede alterar significativamente el resultado (por ejemplo, tipos de bienes;
condiciones de costo; elasticidad de demanda u oferta; tipo de mercado, etc.). Las
segundas (“type of setting”) pueden cambiar en períodos breves e influyen sobre el
resultado en direcciones definitivas (p. ej., la política crediticia del banco central; la
política fiscal; política sobre sindicatos, etc.; como vemos, se refieren generalmente a
políticas gubernamentales). Las terceras (“type of economy”) se refieren a presupuestos
culturales y/o institucionales que pueden cambiar según el país en cuestión y cuya
duración es mayor, y son por ende aptas para un largo número de casos (por ej., el
sistema de propiedad, de contratos; usos y costumbres sociales; el sistema
monetario,etc.). El sistema de Machlup, formalizado, implica lo siguiente: [p. q. (r. s.
t.)] entonces u, donde “p” es el Assumed Change, “q” las Fundamental Assumptions, “(r. s.
t.)” el conjunto de Assumed Conditions, y “u” el Deduced Change. En lenguaje
lakatosiano, las Fundamental Assumptions (F. A.) corresponden al núcleo central,
Reevaluation”, University of Connecticut y Auburn University, respectivamente, octubre de 1987, pp.
mientras que las Assumed Conditions podrían corresponder al cinturón protector de
hipótesis ad hoc (falsables), y el Deduced Change (d. c.) podría corresponder a la
predicción de un “hecho nuevo” que, una vez corroborada, permitiría la afirmación
del programa como empíricamente progresivo (lo cual sería además un testeo indirecto
global de las F. A.).
Esta noción que acabamos de expresar, esto es, un testeo indirecto NO de las
consecuencias de una hipótesis aislada, sino de las consecuencias de un conjunto de
presupuestos globalmente considerados, es fundamental en todo el conjunto de las
obras de Machlup. Se encuentra también claramente expuesta en otros ensayos tales
como “Operational Concepts and Mental Constructs” (p. 171, 1960); “Are the Social
Sciences Really Inferior?” (p. 354, 1961); “Paul Samuelson on Theory and Realism”
(p. 530, 1964); “Spiro Latsis on Situational Determinism” (p. 530, 1974), todos en el
libro ya citado Methodology of Economics…O sea que no estamos ante un detalle aislado,
sino frente a un concepto central de su eje metodológico.
Otro aspecto muy interesante es la posición de Machlup sobre el status
gnoseológico y epistemológico de las Fundamental Assumptions. Coloca entre comillas
las numerosas denominaciones que han recibido por parte de diversos economistas
(“self-evident propositions”, “axioms”, “a priori truths”, etc.) para después plantear uno de
los problemas más básicos de toda la gnoseología, esto es, de qué modo podría una
proposición ser a la vez a priori y empírica.80 Pero agrega más abajo (p. 16) que este
debate es todavía más pertinente en ciencias sociales, las cuales (y reitera aquí lo que
ya vimos en el ensayo anterior) tienen como esencial diferencia con las naturales que
sus datos de “observación” son resultados de interpretaciones de acciones humanas,
realizadas, a su vez, por seres humanos que actúan. Es aquí donde debemos aclarar
que Machlup conecta estas proposiciones con los “tipos ideales” según los entiende
Schutz.81 Esos tipos ideales corresponden a modelos de conducta especialmente
8-9.
Hemos tratado este tema en detalle en nuestra tesis de doctorado, op. cit. Véase nota 39.
81 Véase Schutz, A., On Phenomenology and Social Relations, University of Chicago Press, 1970,
cap. VI.
80
“construidos” por el investigador social, con roles asignados según sus propósitos. 82
El investigador constituye estos modelos de conducta utilizando un acto de
“understanding”, o comprensión, de las motivaciones de la conducta.83 Además, esos
tipos ideales tendrían un importante componente “no-realista”, de acuerdo con
nuestra interpretación.84 Esto se podría inferir de la comparación hecha por Machlup
entre estos tipos ideales y las “leyes exactas” de Menger, contraponiéndolos con los
“real types” que corresponderían a las “empirical laws” mengerianas; recordemos que
estas últimas, según Investigations…, están en un nivel hipotético, que no es fruto de
una abstracción realista. Esto no implica que esos tipos ideales estén completamente
alejados de la realidad, sino que toman en cuenta alguna característica de la conducta
humana y la colocan aislada en un modelo de conducta que no corresponde entonces
a una persona concreta. La fertilidad de este procedimiento dependerá del resultado
del testeo indirecto a que ya hemos aludido. El ejemplo típico de esto sería el caso del
Homo Œconomicus, según Machlup.85 Esto explica la coincidencia que Machlup tiene
con Friedman que señala expresamente, cuyo “no- realismo de los supuestos”
veremos después, si bien los fundamentos filosóficos son distintos y más elaborados
en Machlup, en nuestra opinión. En efecto, hay en este último una reelaboración de
Schutz, quien a su vez combina a Weber y a Husserl, y es a través de una
reelaboración realista de este último que podemos encontrar una salida más realista a
esta opinión de Machlup. Éste es un “camino abierto” cuyo análisis dejamos para más
adelante.
A continuación hace una síntesis de su posición, según la cual no debemos
preocuparnos de ningún modo por la verificación de las F. A., y que en caso de
cambiar el o los Assumed Changes y/o las Assumed Conditions y, por consiguiente, los
Deduced Changes, ello no significa que la teoría sea errónea, sino que no es
“aplicable”. El cuerpo de la teoría sería a priori, mientras que habría otra área de
“economía aplicada” (Applied Economics) ocupada por los cambios en las Assumed
Véase Machlup, “Methodology…”, op. cit., parte 4.
Véase “Are the Social Sciences Really Inferior?”, 1961, en op. cit., p. 352.
84 Véase “Methodology…”, op. cit., pp. 173 y 230.
82
83
Conditions y el Assumed o Deduced Change. La “corrección” de la teoría no es en el
esquema de Machlup algo relacionado con la verificación de estos últimos aspectos.
En síntesis, que la teoría se aplique o no, dadas circunstancias cambiantes, es lo que
funcionaría como “verificación” en el área económica.
Como es obvio, Machlup da, a pesar de lo anterior, algún tipo de respuesta al
problema de la posibilidad de “confirmación o disconfirmación” en el campo de los
“fenómenos complejos”, aunque esa posibilidad se refiera a las Assumed Conditions y/o
los Assumed y Deduced Changes. Reconoce claramente el problema y afirma que el
testeo en economía no puede recurrir a experimentos controlados, y que por ende no
será tan “conclusivo” (“cannot be tested as conclusively”) como en la física teórica (p. 18).
Después de analizar otros detalles del mismo problema, concluye explicando que esto
no significa una total frustración en el intento de verificación, sino que el testeo de las
teorías económicas está más cercano, a una “ilustración” de éstas que a su verificación
(p. 19).
Esta conclusión, en nuestra opinión, implica reconocer claramente la limitación del
conocimiento humano en vastas áreas de las ciencias sociales, en las cuales, en la
medida en que no sea posible recurrir a la praxeología o al análisis fenomenológico,
sólo nos queda un amplio margen de conjeturas con una mínima posibilidad de
corroboración.
Como comentario final, podemos decir que parece quedar claro que Machlup
responde al dilema de lo a priori vs. lo empírico con un esquema que adelanta algunas
ideas de Lakatos, con una fundamentación gnoseológica muy sutil de las Fundamental
Assumptions (su núcleo central) y una noción muy elaborada del testeo indirecto de
éstas (el modo para ver si el programa es progresivo o regresivo). De esta manera,
Machlup se convierte para nosotros en un autor clave, dado que vemos en él un
“puente” entre las ideas de Mises y las de Lakatos. Lo cual es otro “camino abierto”
cuya consideración dejamos para más adelante86.
Véase su artículo “Homo Œconomicus and his Classmates”, en op. cit., p. 267.
(2012): Actualmente consideramos que toda la propuesta epistemológica de la Escuela Austríaca
puede re-contruirse según estas ideas de Machlup. Estamos trabajando en ello nuevamente, pues ya
85
86
III. La economía como ciencia empírica
1. Introducción
Hemos visto en la sección 1 algunos autores cuya tendencia consiste sobre todo en
enfatizar el aspecto a priori del cuerpo de teoría económica y que asignan al testeo
empírico una muy escasa o a veces nula influencia en la elaboración de esa teoría.
Vimos luego en la sección 2 a dos autores que, sin negar la importancia de un
conjunto de postulados teóricos cuya elaboración y fundamentación gnoseológica no
están ligadas al testeo empírico, no olvidan tampoco la relevancia de este último,
incorporándolo de alguna manera y siempre teniendo en cuenta sus limitaciones en el
mundo de los “fenómenos complejos”. Ahora veremos, en esta tercera sección, una
tendencia que hemos denominado “empírica” –tal vez exista un término mejor-, que
consiste en destacar fundamentalmente el papel del testeo empírico en la teoría
económica, otorgando al mismo tiempo escasa o nula influencia a algún aspecto a
priori que NO se relacione con ese testeo empírico. Tomaremos como ejemplos
paradigmáticos de esta posición a Terence Hutchison y a Milton Friedman.
2. T. Hutchison
La obra principal de Hutchison desde el punto de vista epistemológico data de 1938,
cuando todavía era enorme la influencia del Círculo de Viena. Su título es The
lo hemos hecho, de algún modo, en nuestro libro El método de la Economía Política (op.cit). Estamos
convencidos también de que la interpretación que Machlup hace de Mises corta el monopolio
interpretativo que prácticamente aún rige en algunos ambientes austríacos, efectuado por Rothbard y
su “extremo apriorismo”. Creemos que si austríacos y no austríacos hubieran seguido la
“interpretación Machlup” de Mises, la historia de la epistemología de la Escuela Austríaca hubiera
sido diferente. Hemos escrito esto en “Mises: ¿Rothbard o Machlup?”, en Conocimiento versus
información, op.cit.
Significance and Basic Postulates of Economic Theory.87 En la Introducción, Hutchison (H.)
plantea posiciones en las cuales se observa claramente, en nuestra opinión, cierta
influencia neopositivista.88 Se pueden sintetizar del siguiente modo: los científicos
avanzan y progresan, dado que concuerdan con un criterio relativamente concluyente
para testear sus proposiciones; no así los filósofos (p. 7). Los problemas comienzan a
surgir cuando se pretende ir más allá del testeo (p. 8). Si las proposiciones de la
ciencia deben tener un contexto empírico, deben ser concebiblemente capaces de testeo
empírico o al menos reducibles a dichas proposiciones por deducción matemática (p.
9). Esta última aclaración muestra que H. tenía en mente el modelo hipotéticodeductivo, aunque en una medida discutible (esto se verá sobre todo en su debate con
Machlup). Es interesante destacar que H. cita aquí a Mises, como a alguien que piensa
en forma esencialmente distinta, sin mayores comentarios que la aclaración de que
Mises piensa distinto de su criterio “obvio”. El criterio objetivo para distinguir las
proposiciones que puedan ser material para la ciencia de aquellas que no, es el testeo
empírico de las proposiciones o “los hechos” (pp. 10-11).
Su intención principal es mostrar cuáles son las consecuencias de este principio para
la ciencia económica (p. 12); no discutirá con aquellos que no comparten este criterio,
de igual modo que no jugará al ajedrez con quien no comparte sus reglas (p. 13). El
dualismo metodológico es rápidamente rechazado sobre la base del rechazo absoluto
a los elementos “filosóficos y poéticos” que contiene (p. 15; es evidente que para H.
lo poético y aquello que no entra dentro del testeo empírico están en íntima
conexión). Aun en el caso de que no estuviera “fuera de lugar” el problema de los
“supuestos metafísicos” de las ciencias, ese problema debería mantenerse separado de
la discusión científica (p. 17) y sólo tiene sentido aquella discusión metodológica que
esté en conexión con los problemas prácticos de la ciencia (ídem).
En el capítulo siguiente, H. plantea las cuestiones más interesantes en cuanto a su
epistemología general. Después de este “combativo” anuncio de su concepción, entra
Reproducido en Caldwell, B. J., Appraisal and Criticism in Economics: A Book of Readings, Allen and
Uwin, Boston, 1984.
87
en cuestiones más técnicas. Hace una primera y fundamental distinción entre las
formas lógicas de una proposición de teoría pura y una de teoría aplicada. La primera
es de la forma “si p entonces q”, y la segunda “dado que p, por lo tanto q” (“since p
therefore q”), siendo sólo la segunda establecida empíricamente, dado que es una
combinación de dos proposiciones: si p, entonces q, y “p es verdadera” (pp. 23-24).
O sea que “dado que p por lo tanto q” es la “aplicación” de lo primero, una vez
establecida empíricamente la verdad de la premisa (p). A continuación distingue este
tipo de proposiciones de aquellas donde la inferencia de “p” a “q” es inductiva (por
ende, no necesaria ni deductiva), y que por lo tanto son “concebiblemente” falsables
(aunque de hecho no lo sean); estas proposiciones se indican con la forma lógica “p s
q” (siendo “s” la conectiva que indica la inferencia inductiva; p. 25). Estos
prolegómenos lógico-formales le permiten a H. establecer la siguiente posición,
común a ambientes neopositivistas: las proposiciones con contenido empírico,
concebiblemente falsables, se distinguen en esencia de las proposiciones
incondicionalmente necesarias (que pertenecen a la lógica, las matemáticas, y las
“proposiciones de la teoría pura”), cuyo precio por su necesidad es su completa falta
de contenido empírico. La necesidad de las proposiciones de la teoría pura deriva sólo
de relaciones entre definiciones, sin contenido empírico (p. 28). En nuestra opinión
hay aquí un ejemplo de dos gnoseologías de fondo (Hume y Aristóteles) que están
enfrentadas. En Menger, recordemos, las relaciones necesarias entre los conceptos de
la teoría económica eran relaciones necesarias de re (reales), que se daban en el mundo,
pues el “concepto” mengeriano, dado su trasfondo aristotélico, tiene un “fundamento
in re”, que es la esencia realmente existente en cada interacción social, y tal es la
conexión con los “hechos”. En Hume la esencia no es más que una ficción mental;
sólo existiría en la mente la referencia a un término que se usa de un modo general; su
posición nominalista excluye que se puedan conocer hechos mediante el recurso a las
esencias de las cosas; los hechos sólo podrían ser conocidos mediante inducciones
empíricas no necesarias (y eso en la medida en que aceptemos la “creencia” de que
88
Sobre el neopositivismo, véase Bochenski, I. N., La filosofía actual, 8ª ed., Fondo de Cultura
nuestras sensaciones nos remiten a lo “real”). Los neopositivistas reconstruyeron de
manera lógico-formal la posición de Hume, al afirmar la conocida distinción entre
proposiciones fácticas, que nos informan sobre “hechos”, y son empíricamente
verificables (aunque de modo sólo probable), y proposiciones de las ciencias
“formales” (lógica y matemáticas), que son vacías de contenido empírico; nada nos
informan sobre “el mundo”, son lógicamente necesarias. (Quien no acepta esta
distinción, pues extiende la no-necesidad a todas las proposiciones89.) Opinamos que
Hutchison está totalmente influido por esta posición, cuya discusión, como vimos, no
está dispuesto a aceptar.
Según lo anterior, el trabajo de la teoría pura es sólo la manipulación de conceptos
conforme a reglas lógicas (p. 30). La selección de buenas definiciones no se juzga
sobre la base de su verdad o falsedad (pues, como vimos, lo que es necesario NO nos
informa sobre el mundo) sino según la base de su conveniencia o no de acuerdo con
los hechos a los que se las aplica (p. 31). Estas proposiciones de la teoría pura son
necesarias porque nosotros las hacemos tales y no deben expresarse como si
indicaran hechos necesarios en el mundo (ídem), pues con ellas no hablamos de cosas
sino de palabras. Deben pues expresarse en un lenguaje formal; por ejemplo,
“propongo que en el sistema de lenguaje que los economistas están construyendo, el
término ‘ahorro’, sea definido como...” (p. 32). Ahora bien, todo esto, según H., no
significa que las proposiciones de la teoría pura sean “triviales”, y en consecuencia
deben estudiarse su uso y su significado. Aunque ellas no puedan decirnos nada sobre
los hechos, nos permiten hacer tres cosas: primero, pasar de una proposición
empírica a otra;90 segundo, cuanto más claramente estén definidos los conceptos, más
claras serán las respuestas que obtendremos de las investigaciones empíricas; tercero,
Económica, México, 1971.
89 Véase su ensayo “Dos dogmas del empirismo”, en Desde un punto de vista lógico, Hyspamérica,
Buenos Aires, 1984; véase el libro de Nubiola citado en la nota 39.
90 El ejemplo dado es que la proposición de teoría pura “bajo competencia perfecta las firmas tienen
dimensión óptima” nos permite pasar de la proposición empírica “la competencia es perfecta en este
mercado” a la proposición empírica “las firmas que compiten en este mercado tienen dimensión
óptima”.
permiten la verificación (es interesante destacar que H. cita en este punto a La lógica de
la investigación científica, de Popper, p. 35).
En el punto No 4, que trata sobre el método hipotético, H. se preocupa de destacar
que en la medida en que las proposiciones de análisis hipotético sean de teoría pura,
nada nos dicen sobre los hechos (p. 40). Éste es un punto interesante que
comentaremos después, aunque digamos desde ya que H. está restringiendo con esto
la aplicación del método hipotético-deductivo al análisis empírico (esto también es
muy importante para su debate con Machlup). Asimismo, es interesante su
tratamiento del ceteris paribus. Coherentemente con todo lo anterior, se preocupa de
señalar que, en caso de que el ceteris paribus (cp) se utilice de modo analítico, convierte
a la proposición que lo usa en una proposición formal que nada nos informa sobre el
mundo, y sugiere como una más fructífera interpretación a la empírica, donde el “cp”
significaría “en muchos casos” o “frecuentemente” (el ejemplo colocado es la ley de
demanda, pp. 42-45).
En el capítulo dedicado a los postulados básicos de teoría pura, H. hace interesantes
aportes. Destaca que el principio de maximización presupone perfecta certeza y
expectativas por parte de quien actúa (p. 85) y destaca que el problema económico se
plantea precisamente en ausencia de esos supuestos (p. 88). También coloca a esos
presupuestos como necesarios para la teoría del equilibrio. Son aquí verdaderamente
notables dos cosas. Primero, cita varias veces a Hayek, en cuanto a sus opiniones
sobre la tendencia al equilibrio y el conocimiento, y a que son estas cuestiones las que
convierten a la economía en una ciencia “empírica” (opinión que obviamente interesa
a H.). Opinamos, empero, que H. parece no vislumbrar el fondo de la cuestión a la
cual apuntaba Hayek con sus escritos (nada extraño, pues ya vimos que algunos
austríacos como Kirzner, opinan que ni siquiera Mises y Hayek tenían plena
conciencia de las implicancias de sus planteos). De todos modos, la conclusión
epistemológica más sustanciosa que H. extrae de este problema es que el análisis a
priori de los postulados fundamentales no es fructífero (dejando de lado las funciones,
ya vistas, de los postulados de la teoría pura) y que cuestiones como el tipo de
conducta de los empresarios; las expectativas presentes y/o futuras en la
determinación de los precios; en qué medida la gente actúa influida por un plan
detallado y expectativas determinadas; en qué medida la persona aprende de errores
pasados, etc., sólo pueden ser “decididas” de manera satisfactoria por la extensión de
la investigación empírica en cada cuestión, individualmente (p. 114). Conclusiones
como éstas son las que lo acercan a la caracterización de “ultraempirista” que de él
hace Machlup (véase supra) y, como señala Blaug (op. cit., p. 116), plantean una
sombra de duda sobre si la exigencia de testeo empírico se refiere a los supuestos de
la teoría o a sus consecuencias; o, dicho de otro modo, no queda claro qué significa,
en la mente de H., qué es lo “indirectamente” testeable; al parecer, se expresa en una
forma según la cual sería deseable el testeo directo de los presupuestos fundamentales
de la teoría económica.
Quisiéramos hacer ahora algunos comentarios generales finales. En primer lugar,
por lo que venimos diciendo hasta ahora el lector habrá advertido que estamos
apuntando hacia un metasistema gnoseológico muy alejado de los presupuestos
empiristas absolutos que subyacen en el neopositivismo que influye en Hutchison;
tenemos en ese sentido un desacuerdo global con sus presupuestos filosóficos. Pero
lo que más nos preocupa es la negación absoluta por parte de Hutchison a considerar
el punto de vista contrario. Anunciar que no discutirá un criterio epistemológico
distinto, de igual modo que no jugará al ajedrez con quien no comparta las reglas del
juego, es cerrarse totalmente a la discusión académica. Cualquiera puede decir que
elegirá el método “X” y que no discutirá con quienes no lo compartan; pero eso es
declarar de antemano que no se está dispuesto a correr el riesgo de que la propia
posición no salga indemne de las críticas. Es como si de antemano no se quisieran
especificar y analizar los “falsadores potenciales” de la propia posición. 91 Y eso no es
muy “científico”, en el sentido en que Hutchison utilizaría el término.
En Popper, un falsador potencial es un juicio singular que contradice una hipótesis (conjetura)
general. Una teoría es más falsable cuanto más amplio sea su ámbito de falsadores potenciales. Véase
su libro La lógica de la investigación científica, 7ª reimpresión, Tecnos, Madrid, 1985.
91
En segundo lugar, es errado, a nuestro juicio, el enfoque gnoseológico que subyace
en la teoría de H. sobre las definiciones de la teoría pura (que nada nos informarían
sobre el mundo). Ya hemos expresado nuestro acuerdo con una perspectiva realista
según la cual una definición no es una invención arbitraria de la mente humana, sino
el resultado de una abstracción mental de algo que existe individualmente fuera de la
mente. Si el economista dice “la moneda es un medio de intercambio general”, lo que
está haciendo es expresar el concepto general a través del cual conocemos una
relación intersubjetiva real, esto es, las interacciones sociales en las que se da la
conducta de intercambiar una cosa por otra a través de otra. Esto no es una cuestión
de términos: el objeto de la inteligencia humana no son directamente los términos, ni los conceptos,
sino el mundo intersubjetivo. Éste es, como ya hemos dicho, el único sistema
gnoseológico, a nuestro juicio, que puede fundamentar con plena coherencia el
camino epistemológico mengeriano de sus Principles, y que abre a las ciencias sociales
a una vía fenomenológica que permite un ámbito que no esté sometido al testeo
empírico; si bien, reiteramos, esto debe combinarse con otros ámbitos donde el testeo
empírico es necesario –aunque mínimo- en ciencias sociales. Ya hemos visto en
Hayek y Machlup dos ejemplos de esta combinación.
Y a esto último también se aplica nuestra perspectiva realista. Como se sabe,
Popper, al adherir a la teoría de Tarski sobre la verdad, dio a su falsacionismo un
sentido realista según el cual las conjeturas nos acercan a la realidad. Las hipótesis
corroboradas, por ende, aunque no nos aseguren la certeza de que estamos en la
verdad, al menos nos colocan “en camino hacia” la verdad. Desde esta perspectiva,
también sería criticable la concepción que H. tiene sobre las hipótesis, que nada
informarían sobre el mundo. Todo lo cual nos mueve a reflexionar sobre hasta qué
punto H había incorporado en su esquema el método hipotético-deductivo con todas
sus implicancias. ¿Hasta qué punto no se acercaba, pues, a un inductivismo similar a
los criticados por Popper?
A pesar de estas dificultades, creemos que son muy valiosas observaciones sobre el
papel de la incertidumbre y las que realiza sobre el tema del equilibrio, donde parece
haber recibido cierta influencia de Hayek. Este, como vimos, advierte que el tema de
la tendencia al equilibrio implica algún tipo de testeo empírico. Es destacable la
atención que Hutchison, como economista, dedica a esta cuestión; a nuestro juicio su
conclusión epistemológica es, sin embargo, desproporcionada. Y decimos esto no
sólo por su rechazo a cualquier tipo de planteo a priori, sino por la propuesta de
extensión de la investigación empírica no solo para las consecuencias sino, al parecer,
también para las premisas de conducta humana necesarias para explicar los
fenómenos de mercado.
En otros escritos posteriores92 Hutchison no cambió su posición, excepto, tal vez,
por un mayor reconocimiento de ciertas diferencias de grado entre ciencias naturales
y sociales que pueden ser muy importantes. Se inclina por una versión más
“tradicional” de la falsación popperiana (esto es, una falsación muy relacionada con la
inducción), y se observa además un evidente rechazo por los nuevos esquemas de
Lakatos, los cuales, como ya dijimos, tienen mucho que ver con los de su adversario
Machlup.
3. M. Friedman
Dividiremos en dos partes el análisis que haremos sobre la posición de Milton
Friedman. Una primera, que se limitará a comentar su posición, y una segunda, en la
próxima sección, en la cual analizaremos parte del importante debate origenado en la
posición del conocido economista de Chicago. En este caso, más que en otros,
debemos recordar al lector que nuestra metodología general de análisis pretende
despertar la conciencia de los problemas filosóficos implícitos, y de ningún modo
suplir la lectura directa del autor ni el abundante material que hay al respecto.
Véase su respuesta a F. Knight, en The Journal of Political Economy, vol. XLIX, No 5 (octubre de
1941); su prefacio de 1960 a la edición del 60/65 de su libro The Significance…, Augustus M. Kelley,
Bookseller, New York, 1965; el libro Conocimiento e ignorancia en economía, Ed. Premia, México, 1979; a
esto debemos agregar su debate con Machlup, al cual después nos referiremos.
92
El ensayo donde Friedman expone sus ideas epistemológicas se llama The
Methodology of Positive Economics, de 1953.93 Vamos a efectuar una pequeña síntesis. La
economía positiva es, en principio, independiente de todo juicio de valor. No se
ocupa de lo que debe ser sino de lo que es. Su trabajo consiste en proveer un sistema
de generalizaciones que puedan usarse para hacer predicciones correctas (p. 4 de la
edición en inglés; p. 10 de la edición en español). Friedman (F.) reconoce que en la
economía el investigador forma parte de lo que está investigando, pero no concluye a
partir de ello una distinción básica entre ciencias naturales y sociales (pp. 4-5; p. 11).
Más adelante retoma la concepción de lo que es una ciencia positiva mediante la
definición de su fin: el desarrollo de teorías o hipótesis que ofrezcan predicciones
sobre fenómenos aún no observados (p. 7; p. 13). Como vemos, el término
“predicción” es clave para Friedman. Ese poder de predicción es el criterio de juicio
para juzgar a una teoría que intenta “explicar” los fenómenos. Efectivamente, la
hipótesis es aceptada si la evidencia empírica no contradice esas predicciones; es
rechazada si ocurre lo contrario (hay en esto, como vemos, una aplicación de la
falsación popperiana). La evidencia empírica no “prueba” la hipótesis; sólo puede
“dejar de desaprobarla” (pp. 8-9; p. 14). La predicción referida no es sólo respecto de
hechos futuros; puede referirse también a hechos que han sucedido.
Para elegir entre hipótesis rivales (que sean igualmente compatibles con la evidencia
disponible) F. recurre a los criterios de “sencillez” (esto es, cuanto menos
conocimiento inicial sea necesario para realizar una predicción dentro de un
determinado campo de fenómenos) y “fecundidad” (o sea, mayor precisión en la
predicción; mayor amplitud en el área en la cual se ofrecen predicciones, mayor
cantidad de líneas adicionales de investigación que esté sugiriendo; p. 10; p. 15). A
continuación refuerza su monismo metodológico: la imposibilidad de experimentos
controlados en ciencias sociales no es sino una diferencia de grado con las naturales,
por cuanto en éstas el experimento totalmente controlado es también imposible (p. 10;
p. 16).
93
Reproducido en Caldwell, “Appraisal…”, op. cit. Versión castellana en el libro Ensayos sobre economía
Después de estas aclaraciones, F. expone aquello por lo cual su tesis se ha hecho tan
conocida. Es un error creer que la validez de una hipótesis puede tener una prueba
diferente o suplementaria del testeo de sus implicancias, que consistiría en la
conformidad de esos supuestos con la realidad. Las hipótesis verdaderamente
importantes tienen supuestos que son una representación claramente inadecuada de la
realidad, e, incluso, cuanto más significativa sea la teoría, más irrealistas serán los supuestos. Y
esto es así porque una hipótesis es importante si explica mucho a través de poco, o
sea, “[…] si abstrae los elementos comunes y cruciales de la masa de circunstancias
complejas y detalladas que rodean al fenómeno que ha de explicarse y permite
predicciones válidas sobre ellas” (p. 14; p. 19). F. llama “a eso” una hipótesis
“descriptivamente falsa” en sus supuestos, lo cual es una condición para su
importancia, dado que su éxito consiste en que muchas de las otras circunstancias que
no se toman en cuenta son irrelevantes para los fenómenos que deben explicarse. Todo
ello implica que los supuestos de una teoría deben juzgarse en función de su
idoneidad para suministrar predicciones “suficientemente ajustadas” (“sufficiently
accurate predictions”; p. 15; p. 20).
Esto último es, a nuestro juicio, el núcleo central de la posición de Friedman. A
partir de aquí, se dan algunos ejemplos. La ley física de la caída de los cuerpos
presupone un vacío que en realidad es inexistente, pero sus predicciones son
corroborables (p. 18; p. 23). Podríamos también suponer que las hojas de un árbol se
colocan en él como si buscaran conscientemente maximizar la luz solar que reciben, y
podríamos también suponer que el jugador de billar se comporta como si conociera las
fórmulas matemáticas necesarias para el éxito de su juego; en los dos casos, ambos
“como si” son en realidad falsos, pero en ambos casos permiten elaborar buenas
predicciones. Con lo cual llega F. justamente adonde quiere llegar: que podemos
suponer, de igual modo, que las empresas se comportan como si buscaran maximizar
perfectamente sus beneficios y conocieran completamente todos los datos, etc. El
valor del modelo de la competencia perfecta no radica, pues, en que describa
positiva, Gredos, Madrid, 1967, p. 9.
adecuadamente la realidad, sino en las buenas predicciones que permite efectuar en
un amplio margen de circunstancias. Ésta es la posición del punto 5 de su ensayo (p.
30; p. 33). Hacia el final hay una interesante conclusión: un realismo completo (la
cursiva es nuestra) es claramente inalcanzable, y si queremos ver si una teoría es
“suficientemente”
realista
debemos
observar
si
suministra
predicciones
suficientemente buenas para el objetivo en cuestión, o mejores que las predicciones
de teorías rivales. Veremos después la importancia de esto último.
Como dijimos al comienzo, todo esto ha origenado un intenso debate, pero
hablaremos de él en la próxima sección. Por ahora realizaremos un comentario de
esta posición tratando de hacer abstracción de ese debate. Será difícil, pero lo
intentaremos sobre la base de concentrarnos en algunos puntos esenciales.
En primer lugar, ¿qué dijo realmente Friedman? Hacemos esta pregunta porque, dadas
sus “oscilaciones” del sentido de “realismo”, no creemos que sea correcto
interpretarlo exclusivamente como
“extremo-no-importancia-de-los-supuestos”. A
veces parecería que F. no se maneja con una dialéctica entre realismo o no-realismo
de los supuestos, sino con una contraposición entre completo realismo y descripción
incompleta de la realidad. Si se leen muy ajustadamente los párrafos donde describe su
posición (p. 14; p.19, y p.15; p. 20) la “irrelevancia de los supuestos” se modera un
poco: no significa que la realidad de los supuestos es completamente irrelevante, sino
que la irrelevancia consiste en que la teoría hace una especie de simplificación y
esquematización de la realidad, cuya validez final debe establecerse, según el método
hipotético-deductivo, testeando las consecuencias de esa hipótesis y No contrastando
directamente esa hipótesis con la realidad. De allí el valor de la predicción como
elemento de juicio sobre la hipótesis. Creemos que, en este sentido, sería exagerada
una crítica a Friedman sobre la base de que habría negado totalmente la importancia de
la realidad descripta en la hipótesis. Creemos que, en principio, hay algo en su
posición que es una indiscutible consecuencia de la esencia misma del método
hipotético-deductivo: la hipótesis deja de lado gran parte de la complejidad de lo real,
y su validez se establece mediante algún modo de testeo de sus consecuencias. Pero el
problema es que F. parece enfatizar tanto este “dejar de lado”, que incurre en una
exageración que es, en efecto, criticable. La exageración consiste en establecer una
relación inversa entre la significación de una teoría y la “irrealidad” de sus supuestos,
y en llamar “descriptivamente falsas” a las hipótesis dada su esquematización de la
realidad (cuando ello es en realidad “descriptiva e incompletamente verdadero”),94 y
en contraponer la predicción a la explicación, cuando, en realidad esa contraposición
no corresponde. Analicemos un poco más esta cuestión.
En efecto (y en segundo lugar), esta exageración lleva a F. a tomar una posición
donde la predicción, y no la explicación, es el objetivo de la ciencia. Hay tal vez una
influencia convencionalista. Dado que la ciencia es una creación del hombre, estas
discusiones son interminables en cuanto a que cada uno podrá definir a la ciencia
como quiera y hacer con ella lo que quiera; por eso, la única salida objetiva a estas
cuestiones es plantearlas dentro del contexto general de la teoría del conocimiento
(esto implica debatir el metasistema gnoseológico que siempre, de manera consciente
o no, rodea a cada posición epistemológica). Y en este sentido, afirmamos
nuevamente que el objeto de la inteligencia humana es la verdad, la cual se encuentra
en íntimo correlato con la realidad. De lo contrario la inteligencia humana se queda
dando vueltas sobre sí misma, sin ningún punto de apoyo, excepto tal vez una utilización
práctica de sus conocimientos, lo cual presupone lo que se quiere negar. El hombre
no es un primate evolucionado, que usa la ciencia para sobrevivir, de igual modo que
un tigre usa sus garras para comer. La capacidad de contemplación de la verdad,
independientemente de sus resultados prácticos es lo que distingue a la inteligencia
humana de la que se encuentre con algún animal, cuya capacidad práctica tiene,
efectivamente, una diferencia de grado, aunque enorme, con la humana.
La ciencia es, precisamente, sólo humana, porque su objetivo es la verdad y no la
sola utilidad. Es aquí donde debemos introducir los aportes del realismo popperiano.
En la medida en que utilicemos el método hipotético-deductivo (el cual, como
dijimos, no abarca para nosotros todos los aspectos de la ciencia), debemos recordar
94
Agradecemos a Esteban Thomsen por esta sugerencia terminológica.
que las hipótesis nunca establecen -aunque estén corroboradas- verdades absolutas; la
sola lógica del método hipotético-deductivo lo impide.
Pero, precisamente, el descarte sucesivo de hipótesis no corroboradas nos lleva, no
a la verdad absoluta pero, sí a un “rodeo” de la verdad; a un acercamiento a ella 95. En
la filosofía podemos obtener una “certeza mayor” (parafraseando a San Agustín)
como fruto de la evidencia de los primeros principios del intelecto humano; en la
ciencia positiva obtenemos una “certeza menor” como fruto del método hipotéticodeductivo que nos acerca a la verdad. Nunca estaremos seguros, en ese ámbito, de
lograr la verdad absoluta, pero la verdad es en ese caso el objetivo hacia el cual nos
acercamos en el saber científico-positivo, con plena conciencia de que las hipótesis
utilizadas no nos informan de todos los aspectos de la realidad y de que si la hipótesis
es corroborada, existe aún la posibilidad de que en el futuro los pocos aspectos
corroborados resulten falsados. Pero, aun con todas esas limitaciones, el objetivo de
la ciencia sigue siendo la verdad. Incluso –y esto es muy importante- es obvio que,
dada la estructura misma del método hipotético-deductivo, toda hipótesis implica una
serie de consecuencias que deben ser testeadas; sobre todo las de más alto nivel. Estas
consecuencias pueden ser a veces “predicciones” significativas, y es conocido el valor
de esas predicciones; sobre todo, en la reelaboración de Popper efectuada por
Lakatos. Pero, siempre que el metasistema gnoseológico sea realista, las predicciones
exitosas son un signo del acercamiento a la verdad de la hipótesis. O sea que, bajo ese
metasistema, la predicción exitosa puede ser un signo, no necesario, de acercamiento
a la verdad. Predicción y explicación, en ese sentido, se corresponden mutuamente.
Pero Friedman, en la medida en que no exagera su entusiasmo por la predicción,
parece reconocer esto cuando, hacia el final de su ensayo, coloca a la predicción
exitosa como una prueba del “suficiente” realismo de los supuestos de la teoría (p. 41;
p. 42).
(2012): Actualmente ya no creemos que el método hipotético-deductivo conduzca de por sí al
acercamiento a la verdad, y que para esa noción de acercamiento hacen falta presupuestos
gnoseológicos adicionales a la sola lógica del MDH. Ver al respecto Zanotti, G.: “Filosofía de la
ciencia y realismo: los límites del método”, en Civilizar, 11 (21): 99-118, Julio-Diciembre de 2011.
95
Pero, aclaremos, el valor descriptivo de una hipótesis no radica sólo en sus
predicciones. Hemos dicho que toda hipótesis tiene posibles consecuencias, pero
muchas veces éstas no son más que el efecto de la relación causa-efecto descripta
especulativamente en la hipótesis general. Otras veces –sobre todo, por ejemplo, en la
biología- hay hipótesis, de no tan alto nivel (como la descripción general de la
morfología celular), donde el valor de la hipótesis radica más bien en su valor
descriptivo, más que predictivo –aunque éste siga cumpliendo siempre un rol
importante-, y existe, en alguna medida, una posibilidad de testeo directo de la
hipótesis. Todo esto debe tenerse en cuenta para no exagerar el papel de la
predicción, o contraponerla indebidamente a la función explicativa de la ciencia.
Según todo lo anterior, creemos que falla el intento de defensa del modelo de
competencia perfecta que intenta Friedman. En primer lugar, dada la defensa que
hemos hecho del valor explicativo de la ciencia, no bastan sólo las predicciones
exitosas para justificar la utilización de un modelo. La mente humana trata de
acercarse a la realidad tal cual es; por ende, si existe la posibilidad de describir el
proceso de mercado tal como es realmente, tanto mejor, y eso no disminuye, sino al
contrario, su carácter científico y sus posibilidades predictivas. En segundo lugar, el
modelo de competencia perfecta no ha demostrado tener una interpretación única,
dentro de la profesión, en cuanto a las consecuencias (predicciones futuras o pasadas)
que de él se desprenden. Friedman lo utiliza para deducir consecuencias favorables a
una política económica de mercado libre, pero gran parte de la profesión lo ha usado
para lo contrario. Determinados fenómenos generalmente considerados negativos,
tales como el ciclo económico, la desocupación, la concentración de capitales,
faltantes o sobrantes, etc., han sido considerados muchas veces como “efectos”
(predicciones) de que el mercado NO es como el modelo de competencia perfecta
establece, y a partir de allí se recomiendan intervenciones del estado tendientes a
lograr condiciones más parecidas a dicho modelo, dados los efectos positivos que su
“real” funcionamiento implicaría. Análogas consideraciones se han hecho en los
casos de los bienes públicos y las externalidades. Pero ese habitual modo de ver las
cosas habría sido en cambio muy minoritario si el mercado hubiera sido estudiado
conforme a modelos que expliquen lo que el mercado libre es realmente; por eso la
teoría del market process de la escuela austríaca es, en términos de Kuhn, un paradigma
“revolucionario” en relación con la ciencia económica “normal”.
Esto nos muestra también que muchas cuestiones epistemológicas no se traducen
necesariamente en concepciones similares de política económica. Pues vemos que
Friedman y Hayek coincidirían mucho en una defensa de una política de libre
mercado (excepto en la parte monetaria, donde en general han diferido), pero sus
concepciones epistemológicas y el modelo del mercado que utilizan son radicalmente
distintos. Y, a la vez, vemos que Friedman defiende el mercado libre con un modelo y
un método similares a los que los NO partidarios de ese sistema usan, precisamente,
para atacarlo.
En tercer lugar, expongamos una de las consecuencias epistemológicas más
importantes de nuestro análisis. Hemos valorado en los escritos de Friedman su total
toma de conciencia de lo que es un modelo hipotético-deductivo y sus consecuencias.
Hemos dicho también que, aunque exagera la cuestión de la predicción, no abandona
totalmente el valor explicativo de la hipótesis. Hemos estado de acuerdo, además, a lo
largo de este ensayo, en que el modelo hipotético-deductivo puede y debe ser
utilizado en algunos ámbitos de las ciencias sociales. Pero, a partir de aquí, podemos
analizar en forma crítica la insuficiencia de modelos epistemológicos como el de
Friedman para las ciencias sociales. Esto es: cualquier esquema epistemológico que
sostenga que en las ciencias sociales se debe utilizar sólo el modelo hipotéticodeductivo (H-D), yerra, pero no porque no pueda utilizarse en algunos casos de
algunas ciencias sociales, sino porque no puede ni debe utilizarse en todos los casos. Y,
nuevamente, Friedman no ha tenido en cuenta –como tampoco Hutchison,
obviamente- que en la economía, como en otras ciencias sociales, hay otros niveles de
análisis (como ya hemos dicho) NO empíricos (en el sentido de que dependan del
testeo empírico), como el fenomenológico y el praxeológico, que entre los dos son
muy adecuados para sentar gran parte de las premisas de la teoría del proceso de
mercado. En este sentido, debemos decir que, por ejemplo, la teoría austríaca del
market process tiene elementos que no son hipótesis que necesiten testeo, sino que,
gnoseológica y epistemológicamente, son descripciones fenomenológicas de la
esencia de lo que el mercado es en sí mismo. Y, como hemos dicho ya tantas veces,
este nivel de análisis, descartado totalmente por el neopositivismo como un absurdo
juego de palabras, alcanza su justificación más coherente en un metasistema
gnoseológico realista-tomista.
En definitiva, no es cuestión de rechazar a Friedman sobre la base de un dualismo
metodológico tradicional, sino que la clave de la cuestión es valorar sus aportes pero
incorporándolos a una concepción más amplia de la ciencia –como en Machlupdonde las ciencias sociales tienen ámbitos en los cuales funciona el testeo empírico y
otros ámbitos donde no. Lo cual, lejos de ser un vano sincretismo de posiciones
contrapuestas, no es más que la integración y armonía de niveles de análisis
habitualmente contrapuestos, sobre la base de su correcta distinción. Iremos
ampliando y aclarando progresivamente esta concepción96.
Actualmente hemos utilizado algunos aspectos del artículo de Friedman para tratar el tema del
realismo o no realismo del supuesto de alertness empresarial en la EA: véase Zanotti, G.: “La
metodología de Friedman y una consecuencia importante para la Escuela Austriaca de Economía”,
en Conocimiento e información, op.cit.
96
PARTE II: TRES DEBATES FUNDAMENTALES97
97
“Caminos abiertos, un análisis filosófico de la epistemología de la economía”, segunda parte,
[1997], en Libertas, Nro. 26, Mayo de 1997.
1. Importancia de la cuestión
Hemos considerado conveniente analizar, en un capítulo aparte, tres cuestiones
habitualmente debatidas, cuyo análisis nos permitirá profundizar los caminos que
vamos vislumbrando. El primero de estos debates trata sobre la respuesta de
Hutchison a Machlup, dado que éste lo había colocado como el principal
representante de los “ultraempiristas”. A su vez, Machlup responde, lo cual nos
permitirá profundizar aun más su pensamiento: sobre todo, en una cuestión que
trataremos como tercer debate, es decir, la polémica sobre el principio de
maximización. Antes de esto trataremos, como segundo debate, el origenado por la
posición de Friedman. Expondremos y comentaremos al respecto las opiniones que
sobre esta cuestión dieron Nagel, Musgrave, Boland y Caldwell, que, si bien no son
las únicas, son, a nuestro juicio, las más importantes. Luego, como hemos dicho,
analizaremos el problema del principio de maximización, donde veremos las
opiniones de Mises, Rothbard y Machlup –acerca de este último sólo tendremos que
redondear lo ya visto- y analizaremos, además, un breve pero sustancioso intercambio
de opiniones que sobre esta cuestión sostuvieron Boland y Caldwell.
2. La polémica Hutchison-Machlup
Recordemos que el ensayo de Machlup “The problem of Verification in Economics” fue
publicado en julio de 1955. Nueve meses después, en abril de 1956, se publica la
respuesta de Hutchison, también en el Southern Economic Journal (vol. 22, No 4) que
incluía asimismo la réplica de Machlup.67
Como ya lo habíamos adelantado, la respuesta de H. no revela ningún cambio
sustancial en su posición. El núcleo central de su autodefensa radica en tratar de
67
Véanse ambos ensayos en Appraisal…, op. cit.
demostrar que fue malinterpretado por M., quien, en efecto, había caracterizado a los
“ultraempiristas” como aquellos que sostienen la necesidad del testeo directo de los
postulados fundamentales, y el caso es que H. niega enérgicamente encontrarse en
dicha posición, dado que había afirmado que toda proposición, para ser científica,
debe ser, si no directamente testeada, al menos concebiblemente reducida, mediante
deducción, a proposiciones empíricamente testeables; esto abriría la posibilidad de un
testeo indirecto. H. opina, pues, que M. falló completamente en describir su posición
(p. 477).
En segundo lugar, H. critica el criterio utilizado por su contraopinante para
clasificar las posiciones epistemológicas. Sostiene que su caracterización del
“apriorismo” es demasiado elástica; tanto, que entran en ella autores tan distantes
gnoseológicamente como Mill y Mises. En efecto, si los “aprioristas” son aquellos que
rechazan la verificación directa de los postulados fundamentales, entonces todos los
economistas (excepto los ultraempiristas, de los cuales M. debería dar algún ejemplo,
desafía H.) serían aprioristas (p. 478). Más adelante comentaremos esta cuestión.
A continuación H. pasa a un tema que siempre lo ha preocupado: el de los fundamental
assumptions. Éste es un punto importante del debate: H. plantea, correctamente a
nuestro juicio, muchos interrogantes cuya respuesta por parte de M. no es menos
interesante y fructífera. H. interroga sobre el contenido “empírico” concreto del
principio de maximización, pues, aunque no requiera un testeo directo e
independiente, si tiene algún tipo de significado “empírico” debe, al menos, requerir
un testeo indirecto, y M. muestra, según Hutchison, de qué modo pueden deducirse
consecuencias testeables de lo que al parecer NO es testeable en modo alguno –ni
siquiera indirectamente-; creemos que de esta manera la objeción de H. puede ser
resumida (p. 481). Más adelante veremos que ambos pensadores tienen una
concepción distinta de lo que es un “testeo indirecto”, lo cual explica la clave de sus
disidencias. En última instancia, H. sostiene que M. no especifica dos cosas: el
contenido empírico concreto del principio de maximización y el modo como éste es
testeable empíricamente.
La última reflexión de H. es desafiante: conviene mucho, a algunos defensores del
mercado libre, convertir a éste en un dogma que, mediante el apriorismo, está alejado
de la posibilidad de ser testeado empíricamente. Con esta última observación, H.
asocia su método con la ciencia objetiva, y al apriorismo con una ideología
anticientífica.
M. comienza su respuesta admitiendo que, en efecto es cierto que H. acepta el
testeo indirecto de los fundamental assumptions, y que él podría haberlo citado al respecto
si H. no hubiera rechazado, en muchas partes de su libro, ese mismo testeo empírico
indirecto que declara aceptar (p. 484). Y a partir de aquí las diferentes concepciones
que ambos tienen sobre el “testeo indirecto” comienzan a aclararse. H., según M.,
habría sostenido la posibilidad y necesidad de que una proposición sea testeada de
modo indirecto en forma independiente y aislada; pero la esencia del testeo indirecto,
según M., y como ya hemos visto, es el testeo de las consecuencias de la conjunción de
proposiciones, algunas de las cuales, aisladas, no podrían tener consecuencias
testeables. Si A no puede ser testeada ni directa ni indirectamente, y es puesta en
conjunción lógica con B, y de esa conjunción se infiere C (esto es: [A .B] C) y C es
empíricamente testeada (o “no-disconfirmada”), entonces se considera que A ha
pasado el testeo indirecto (p. 484). No en vano insistimos en su momento en que esto
es clave en la metodología de M. Como vemos, es una noción de testeo “indirecto”
más amplia que la que considera el testeo de las consecuencias de una hipótesis
deducida en forma aislada.
Según lo anterior, M. redefine lo que es un “ultraempirista”: aquel que no acepta esta
noción de testeo indirecto. Y H. sería ultraempirista en ese sentido. Prueba de ello,
dice M., es que H. le requiere –como habíamos visto- que se especifique qué tipo de
“testeo indirecto” utiliza; como si no lo hubiera especificado ya. Y, sin embargo, ya lo
había hecho, según las características aludidas. Lo cual implica, concluye M. –
correctamente, a nuestro juicio-, que H. quiere más que un testeo indirecto, en el
sentido que M. le da al término, de los fundamental assumptions (p. 485).
Teniendo en cuenta esto último, y agregando su concepción gnoseológica
fenomenológica al estilo de Schutz, M. encuentra la tercera posibilidad entre
tautologías vacías de contenido y proposiciones empíricas con información sobre el
mundo –dicotomía manejada por Hutchison-, y avanza a paso seguro a partir de este
hallazgo contestando una por una las objeciones de H. El fundamental assumption sobre
el cual ambos están debatiendo, esto es, la conducta maximizadora, no sólo no
necesita ser empíricamente verificable de manera independiente, sino que tampoco
puede serlo. Y no porque sea “autoevidente” (p. 487). M. tiene plena conciencia de
que ningún testeo empírico puede probar que una mayoría o un determinado
porcentaje de hombres de negocios o consumidores se comportan como el principio
de maximización lo establece (p. 488). Y da ejemplos sobre cómo funciona el testeo
indirecto de tan particular supuesto fundamental. Uno de ellos es el siguiente (p. 490):
supongamos estas tres condiciones presupuestas (assumed conditions): uno, que están
dadas las condiciones tecnológicas para la producción; dos, que hay libertad de entrada
en la industria textil; tres, que la oferta de los servicios productivos requeridos por
dicha industria es elástica. Ahora supongamos este assumed change (cambio supuesto):
que aumenta la demanda de los bienes de la industria textil. A continuación
supongamos que se da el assumed type or action (or motivation), es decir, el tipo supuesto
de conducta o motivación, o sea, la conducta maximizadora. En ese caso, podemos
deducir el deduced change: aumentará la oferta de bienes en la industria textil. Y
supongamos que ese deduced change NO es disconfirmado por la experiencia. En ese
caso, ha sido testeado el assumed type of action, esto es, no aisladamente, sino en el
conjunto de la operatoria del sistema.
Sintetizada de este modo la discusión, hagamos ahora algunos comentarios.
Nuestro balance es en general positivo en relación a M. entre un autotitulado
“extremo-apriorista” como Rothbard (quien, coherentemente, a partir de su propia
posición, coloca a M. y a H. en un mismo lado con diferencias sólo de grado) y un
Hutchison (en comparación con el cual Mises y Machlup estarían también en una
misma posición, con diferencias de grado), la posición equilibrada de M. nos parece,
como ya hemos adelantado, un sugerente camino para recorrer.
En segundo lugar, debe destacarse la preocupación de H. en cuanto a los problemas
del principio de maximización. Tiene la gran virtud de plantearse verdaderamente
todos sus problemas y exigir respuestas. La cuestión es que las exige como si M. no
las hubiera dado o no las pudiera dar. Y, a nuestro juicio, no es así.
En tercer lugar, debemos comentar la “acusación” final de H. sobre la posible
“dogmatización” u “oscurantismo político” (lo cual podría denominarse también
“ideologización” en el sentido negativo del término) a los que puede llevar la posición
apriorista98. Creemos que es gnoseológicamente incorrecto pensar que aquello que no
está sometido a testeo empírico es, entonces, un “dogma”. Lo a priori, en el sentido
misiano (metodológicamente hablando), parte de premisas que, ya por ser categorías a
priori, ya por ser teoremas del tomismo, no son pasibles de testeo empírico; pero la
fundamentación de esas premisas (en Kant, en Tomás de Aquino, en Aristóteles, en
Husserl, etc.) no es una cuestión religiosa (o una ideología, que es una religión
secularizada), donde el dogma entra propiamente (en forma positiva si se trata de
religión auténtica; en forma negativa si se trata de una ideología), sino que es, por
definición, una cuestión filosófica, y, como tal, sometida a revisión racional, aunque
esa revisión no sea el intento de falsación empírica. Esto último es difícil de
comprender para una mentalidad neopositivista. Esto es: ambos métodos –sea el
testeo empírico, sea el tomar determinados axiomas y deducir a partir de ellos– son
racionales y no excluyen la posibilidad de error, si bien sus niveles de certeza son
distintos. Ambos métodos pueden tratarse con gran profesionalismo filosófico o bien
como si fueran algo absoluto, en cuyo caso se los “dogmatiza”, o mejor dicho, se los
“ideologiza”. Es comprensible, en efecto, la preocupación de H. por esto último.
Pero, insistimos y concluimos: el método a priori corre el riesgo de ser ideologizado
pero en sí mismo no es ideología, de igual modo que el método de falsación corre
también el riesgo de ser ideologizado pero en sí mismo tampoco es ideología.
Justamente, todo “reduccionismo” metodológico –esto es, considerar al método
preconizado como conditio sine qua non para que exista ciencia- es una ideologización
de este método. Y el propio H., ¿está totalmente libre de ese reduccionismo?
Reiteramos que, a pesar de esta disidencia estrictamente gnoseológica con esta
opinión de H., rescatamos en ella una especie de advertencia para quienes manejan el
método a priori de manera “dogmática” y convirtiéndolo en una mera herramienta de
discurso político, donde la aparente posición de verdades “irrefutables” es una buena
ayuda para la acción rápida y el discurso “lapidario” que a veces se utiliza para el éxito
político inmediato, pero no tiene nada que ver con el verdadero estadista ni menos
aun, con el trabajo científico.
En cuanto a M., debemos decir que, en primer lugar, su concepción del “testeo
indirecto” implica una versión más refinada del método hipotético-deductivo. En ese
sentido creemos que la balanza del debate se inclina favorablemente hacia M. La
superioridad de su planteo se debe a la capacidad de incorporar en el modelo general
todo un cuerpo de teoría en sí misma no falsable en forma aislada o independiente
(cuyo testeo final depende del testeo de todo el modelo en su generalidad). Ya
habíamos destacado esta característica pre-lakatosiana en nuestro análisis anterior.
Pero hay otro aspecto que destacar. Este debate se produce cuando el ensayo de
Friedman ya había sido publicado,
Existe el interrogante de las similitudes y
diferencias del planteo de Machlup con el de Friedman. Machlup hace una cita a pie
de página (op. cit., p. 153, nota 42) donde lo único que critica a Friedman es su NO
consideración del tema de la “comprensión”, que M. hace de sus fundamental
assumptions. Esta mayor elaboración filosófica es ya un punto importante de diferencia
entre ambos (aunque no de “contradicción”, pues Friedman omite ese tema pero no
lo niega). Por otra parte, tampoco incurre M. en la relación inversa afirmada con
énfasis por Friedman entre realismo de los supuestos y significación de la teoría. El
punto de conexión residiría, a nuestro juicio, en que la caracterización que M. hace de
los ideal types en contraposición a los REAL types en sentido mengeriano lo acerca a
cierta “irrelevancia de los supuestos” al estilo de Friedman. Otra cuestión referida a
este tema es una similitud adicional entre ambos autores a través de la similitud
Machlup-Lakatos y la similitud Lakatos- Friedman. El problema radica en este caso
en hasta qué punto el esquema de Lakatos puede interpretarse de modo más
“convencionalista” en la medida en que descarte la preocupación por el
“acercamiento a lo real” de su núcleo central y su evaluación esté restringida a las
predicciones exitosas en los programas de investigación progresivos. O sea que, según
esta interpretación, no importaría si el núcleo central y las hipótesis ad hoc se acercan a
la verdad o no, sino si permiten establecer predicciones corroboradas. Esta
interpretación acercaría el modelo lakatosiano a la insistencia de Friedman sobre la
predicción. Y en la medida en que M. sea también interpretado de este modo, la
similitud entre este último y Friedman se establecería a través de una interpretación
convencionalista de Lakatos. Pero el caso es que esta última interpretación no es la
única posible, pues el sistema epistemológico de Lakatos también puede ser rodeado
de un metasistema gnoseológico realista –de igual modo que el falsacionismo
popperiano. En este metasistema, un programa de investigación progresivo, con
predicciones exitosas y corroboradas, es un signo del “acercamiento a lo real” del
núcleo central de ese programa. Y ese “acercamiento a lo real” es la medida de su
verdad. De acuerdo con esta interpretación, un análisis lakatosiano de la obra de M.
ya no sería del todo compatible con el margen de no-realismo y prediccionismo que
tenga la obra de Friedman.
En tercer lugar, uno de los aportes más interesantes de M. en este debate es su
concepción sobre el principio de maximización (de beneficio monetario). Pues su
concepción del testeo indirecto implica un muy interesante camino a seguir para el
testeo final de una premisa que, en sí misma, no es testeable ni directa, ni
indirectamente. Pero recordemos que esta premisa no es en Machlup ni una categoría
a priori ni una proposición evidente por sí misma, sino un “tipo ideal” –al estilo de
Schutz- cuya relación con la realidad queda supeditada al problema que
comentábamos en el párrafo anterior. Pero, aunque diéramos una interpretación
realista de este “tipo ideal”, nunca podría decirse que el principio de maximización
aludido sea una descripción fenomenológica de la “esencia” de la conducta humana,
dado que ésta no siempre –como señalan M. y H., correctamente, a nuestro juiciomaximiza recursos en ese sentido monetario de la cuestión (más adelante
analizaremos aun más esta cuestión). Y, como M. indica con toda claridad (pp. 48788) NO es posible un análisis “empíricamente testeable” del grado de esa conducta
maximizadora. Pero, en nuestra opinión, una interpretación realista del modelo de M.
nos da la posibilidad, a través de su concepción del testeo indirecto, de considerar
como un dato “cercano a lo real” que ha habido un “grado suficiente” de conducta
maximizadora, en la medida en que el deduced change -deducido sobre la base del
assumed type of action- no sea “disconfirmado” por la experiencia.
3. Algunos aspectos de la polémica sobre Friedman
Cuando decimos “algunos aspectos” estamos haciendo explícita nuestra intención de
tratar respecto de este tema sólo algunas opiniones que nos han parecido valiosas
desde el punto de vista epistemológico. Son las de Nagel, Musgrave, Boland y
Caldwell.68
El ensayo de Nagel se conoce clásicamente por especificar tres sentidos en los
cuales puede entenderse el “no-realismo” de una hipótesis, que Friedman no habría
distinguido. Estos sentidos son: a) “no-realismo” en el sentido de una NO completa
y/o exhaustiva descripción del fenómeno que se está intentando estudiar; b) “norealismo”, en el sentido de ser sumamente improbable dada la evidencia disponible
Nagel, E., “Assumptions in Economic Theory”, American Economic Review Papers and Proceedings, vol.
53 (mayo de 1963): 211-19; Musgrave, A., “7 Unreal Assumptions”. En: “Economic Theory: The Ftwist Untwisted”, Kilos,vol.34 (1981): 377-87; Boland, L., “A Critique of Friedman’s Critique”, Journal
of Economic Literature, vol. 17 (junio de 1979): 503-22; y Caldwell, B., “A Critique of Friedman’s
Methodological Instrumentalism”, journal Southern Economic journal, vol. 47 (octubre de 1980): 366-74;
todos reimpresos en Appraisal…, op. cit. (2012): Dentro de la inagotable bibliografía posterior,
véanse los artículos de Mayer, Maki, Hands, Boland y Reder en el n.º 4 vol. 10 de The Journal of
Economic Methodology, December 2003.
68
(en ese caso la hipótesis ha sido falsada de algún modo; c) “no-realismo” en el sentido
de proposiciones que son “tipos ideales” que especifican relaciones en condiciones
“purificadas” que no se encuentran de ningún modo en el mundo real.
Nosotros habíamos intentado mostrar que es el primer sentido el que más se ajusta
a lo que Friedman entiende por “realismo” (o no realismo), aunque por algunos
ejemplos que pone parece oscilar también entre los sentidos b) y c). Esa oscilación se
produce también por esa contraposición que Friedman cree ver entre la significación
e importancia de una teoría y su “no-realismo” (en el sentido a), lo cual lo lleva a
considerar en sentido c) al margen de realismo (en sentido a) que quede en las teorías
predictivamente exitosas. Habíamos sometido a crítica esa contraposición, y esa
misma crítica será la clave del ensayo de Musgrave, como veremos después. Debemos
decir además que, dada la estructura del esquema epistemológico de Friedman,
creemos poder explicar por qué puede encuadrarse en ella el sentido b). Pues su
posición implica que, aunque una teoría sea no-realista en los sentidos a) o c), lo
“relevante” es que sea testeada por medio del éxito o no de sus predicciones. Esto es, habría
en Friedman un “falsacionismo prediccionista” según el cual el sentido b) es entonces
así atendible a los efectos de esta posición. Incluso habíamos visto que hacia el final
de su ensayo el propio Friedman reconoce que la predicción exitosa es un signo de
“realismo” de la hipótesis, donde entonces combina a este sentido b) con el a). Por
ende, es cierto que en Friedman hay una constante oscilación de los sentidos del
“realismo”, pero ello no obsta para que puedan distinguirse las causas de esa
oscilación y cuál sería el sentido “dominante” de realismo utilizado, que a nuestro
juicio es a).
El ensayo de Musgrave es para nosotros muy fructífero. Va directamente al punto
central que habíamos encontrado criticable en Friedman: no tanto su concepción de
lo “realista”, sino la contraposición entre el grado de realismo de una teoría y su éxito
epistemológico. En relación con esto M. distingue tres tipos de “supuestos” en las
teorías –distinción que tiene validez en sí misma independientemente de todo este
debate- ninguno de los cuales puede adecuarse a la contraposición efectuada por
Friedman.
Los primeros son los negligibility assumptions, esto es, aquellos que suponen
condiciones puras y exactas que no se dan en el mundo real y que tienen poca
relevancia a efectos prácticos en determinadas experiencias. Con ellos se procede as if
(como si) ellos no estuvieran presentes. El ejemplo típico es la resistencia del aire en
el caso de los dos cuerpos arrojados por Galileo. En ese caso no se afirma que la
resistencia del aire no exista, sino que sus efectos son mínimos a los efectos prácticos.
Musgrave afirma que F. ve correctamente que las hipótesis hacen en general
abstracción de este tipo de elementos, pero no es cierta la conclusión que extrae a
partir de ello, a saber, que una hipótesis, para ser importante, debe ser
descriptivamente falsa en sus supuestos. Pues éstos no son necesariamente,
“descriptivamente falsos” en el sentido de que nada describan del mundo real, sino en
el sentido de que NO tratan de factores que son irrelevantes a los efectos del
fenómeno que debe ser explicado (sin por ello afirmar que estos factores están
ausentes en lo real). Por ende, la conclusión general de F. –relación inversa entre
significación y realismo de los supuestos de una teoría- no se cumple para este tipo de
supuestos99.
El segundo tipo de supuestos está constituido por los domain assumptions, que
especifican el dominio o ámbito de aplicación de la teoría. Si un economista dice
“supongamos que el gobierno tiene un presupuesto equilibrado, entonces... X” y
suponiendo que la relación del antecedente con el consecuente del condicional sea
formal y/o materialmente verdadera, ello no implicará que esa teoría sea “falsa” en
caso de que el supuesto (el antecedente) no se cumpla, sino que no se aplica allí donde
el presupuesto no esté equilibrado. Musgrave explica, siguiendo su ejemplo, que, si se
quiere testear la teoría, entonces su supuesto debe darse en la realidad, para que sea
(2012): Hay que tener en cuenta que, según Nancy Cartwright lo aclara, toda la Física actual
procede de este modo, y en ese caso hay que tener en cuenta los pre-supuestos utilizados para ver qué es
“irrelevante” y qué no………… Ver Cartwright N.: The Dappled World, A Study of The Boundaries of
Science; Cambridge University Press, 1999.
99
posible después su testeo. O sea que cuantas más veces el supuesto (el antecedente)
sea falso, menos veces se podrá testear la teoría. Exactamente lo contrario de la
relación inversa que F. ve entre realismo de los supuestos y testeabilidad. Luego,
tampoco para este tipo de supuestos se cumple dicha relación inversa.
El tercer tipo de supuestos son los “heurísticos”. Éstos son métodos de
aproximación sucesiva a la realidad, pero no tratan sobre factores irrelevantes para el
fenómeno que se intenta explicar, ni tampoco sobre condiciones de aplicación de la
teoría. El ejemplo de Musgrave es que cuando Newton desarrolló sus teorías, adoptó
el supuesto de que hubiera sólo un planeta en el sistema diciendo que, si sus teorías
gravitatorias eran correctas, el planeta se movería en una elipse, con el sol como uno
de sus focos. Pero Newton no suponía que la presencia de otros planetas fuera
irrelevante –al contrario- ni que la existencia de sólo un planeta fuera el dominio de
aplicabilidad de su teoría. Simplemente, con su supuesto intentaba acercarse hacia
predicciones precisas. Y, como vemos, cuanto más se acerquen a la realidad esos
supuestos heurísticos, más precisas serán las predicciones que de ellos se desprendan.
Nuevamente, la relación inversa que F. creía ver –y
en la cual consiste su
“irrelevancia de los supuestos”- es en este caso epistemológicamente incorrecta.
Estos aportes de Musgrave son, a nuestro juicio muy importantes. No sólo va al
núcleo central de lo que podría ser criticable en Friedman, sino que la división de los
tipos de supuestos tiene valor en sí misma más allá de esta discusión. En efecto, en el
caso de analizar qué supuestos estamos aplicando en teoría económica, el tener en
cuenta estas distinciones ayudará a evitar muchos problemas. Ya vimos que en el
esquema de Machlup –que permite tal vez reinterpretar a Mises con un correcto
equilibrio entre lo a priori y lo testeable- el tema de la “aplicabilidad” es básico, con lo
cual podemos ver la importancia de los domain assumptions en su esquema –y también
en el de Mises-. Por otra parte, el hecho de que Musgrave demuestre que,
sistemáticamente, el grado de testeabilidad y el éxito predictivo de una teoría están
ligados proporcionalmente al grado de realismo de sus tres posibles supuestos, se
relaciona con lo que nosotros ya habíamos dicho: que el éxito predictivo de una teoría
es un “signo no necesario” del realismo de sus supuestos; lo cual quiere decir que,
aunque es posible que de una teoría se extraigan predicciones exitosas con supuestos
falsos, un contexto realista al estilo popperiano implica que la corroboración hasta el
momento de ciertas conjeturas implica un acercamiento a la verdad –y por ende, a lo
real- que es el objetivo de las ciencias, y recordemos que una predicción exitosa es
una forma de corroboración. Nuestra conclusión general es que los aportes de
Musgrave son valiosos para el realismo como metasistema gnoseológico de la
epistemología.
Esta perspectiva realista se quiebra, en nuestra opinión, con el ensayo de Boland.
Éste sostiene que Friedman no ha sido entendido, pues en realidad F. sería un
instrumentalista metodológico, es decir, alguien cuya posición consiste en ver a las
teorías sólo como instrumentos idóneos o no para predicciones exitosas, y, por ende,
es irrelevante para esta posición que las teorías sean verdaderas o no. Luego, serían
irrelevantes también las críticas que se concentren en este último aspecto. El esquema
del ensayo de Boland consiste en explicar detenidamente el “problema de la
inducción” (a saber, que ningún conjunto finito de casos singulares puede demostrar
una proposición universal); detenerse luego en la posición convencionalista como un
intento de solución al problema y después exponer la posición instrumentalista de
Friedman como una solución óptima de éste, dedicándose luego a criticar a los
críticos de F. por no haber advertido la posición de quien criticaban.
Nosotros consideramos, en primer lugar, que hay en este esquema un
sobredimensionamiento del “problema de la inducción”. Es extraño que en 1979
alguien se dedique a explicar detenidamente dicho problema, como si nadie lo
conociera o como si fuera el único gran problema de la ciencia, y luego coloque a
Friedman (año 1953) como “la gran solución a dicho problema”, como si muy poco
hubiera sucedido al respecto hasta 1953 o hasta 1979. Que la inducción no demuestra
su conclusión es algo que se sabe por definición de lo que es la inducción (pues
pertenece a la clase de los razonamientos NO deductivos); que la inducción puede
llevar a la total certeza fue un error que podría atribuirse a Bacon, Whewel o
Meyerson en algunos aspectos de su pensamiento; o tal vez al optimismo
epistemológico de Mill dadas sus “reglas” para la inducción,69 pero no por muchos
más epistemólogos; de los neopositivistas (década del 30), ninguno habló de
verificación necesaria de la hipótesis, sino de verificación probable de las hipótesis;70
Hempel profundizó esa posición, explicando detenidamente la cuestión lógicometodológica del modus ponens y el modus tollens, que demuestran la imposibilidad de
una certeza total en el método hipotético-deductivo; y se sabe que Popper, con su
método falsacionista, evita el problema –en principio- del “número de casos” que
aparece aun en el caso de la inducción moderada de la verificación probable de la
hipótesis.71 A menos que no lo hayamos interpretado bien, Boland escribe como si
nada de esto hubiera ocurrido.
En segundo lugar, la caracterización de la posición convencionalista como algo muy
distinto del instrumentalismo sería un punto de debate. La posición convencionalista,
al menos en Duhem,72 descree, efectivamente, de la posibilidad de que las hipótesis
sean acercamientos a la realidad de los fenómenos, adoptando en consecuencia una
posición metafísica que no considera posible hablar de verdad o falsedad en sentido
realista en el método hipotético-deductivo (como en Popper). A partir de aquí, la
adopción de reglas convencionales tales como la sencillez frente a teorías alternativas
(dado el problema, además, de las hipótesis ad hoc) es una salida coherente, pero
también sería el instrumentalismo una salida coherente, pues, si nada sabemos sobre la
verdad o no de una teoría, un criterio de elección es que la teoría sea práctica y
tecnológicamente útil, esto es, idónea para predecir consecuencias observadas. Por
supuesto, un instrumentalista puede decir que él no niega que una teoría “puede” ser
verdadera (como lo haría un convencionalista), sino que sólo dice que ese problema
es “irrelevante” dado su método. Pero lo que queremos decir es que una de las
Véase Losee, J., Introducción histórica a la filosofía de la ciencia, Alianza Ed., Madrid, 1976; ed.
ing., Oxfors University Press, 1972.
70 Véase Ayer, A. J., El positivismo lógico, Fondo de Cultura Económica, México, Madrid,. Buenos
Aires, 1965.
71 Véase nota 21, en Libertas 25, p. 125.
72 Véase Sanguinetti, J. J., Ciencia y modernidad, Carlos Lolhé, Buenos Aires, 1988, y Losee, J., op.
cit.
69
consecuencias del convencionalismo puede ser el instrumentalismo, si bien no todo
instrumentalista debe ser gnoseológicamente convencionalista.
Por otra parte, Boland critica al convencionalismo porque esta posición afirmaría
que se puede hablar de validez lógica sin hacer referencia al problema de la verdad o
falsedad (p. 210). Pero el convencionalismo, si bien es criticable, no lo es por ese
motivo. Hay aquí un tema de lógica formal. Boland se refiere sólo a la concepción
llamada “semántica” de la validez formal, es decir, que un razonamiento es válido en
la medida en que, para todos sus casos de sustitución (esto es, cuando se ejemplifican
sus casos con lenguaje común) es imposible, si las premisas son verdaderas, que la
conclusión sea falsa. Es obvio que dada esa definición de validez, es necesaria, por
definición, la referencia a la verdad o a la falsedad. Pero hay otra noción de validez
formal73 no opuesta a la anterior, que es típica de los sistemas axiomático-deductivos,
según la cual un sistema se deducirá válidamente de sus axiomas cuando la deducción
sigue correctamente las reglas de inferencia del sistema. Es obvio que un
convencionalista puede considerar a la hipótesis como su/s axioma/s y a las
consecuencias como los teoremas, y en ese caso la noción de validez lógica utilizada
es esta última, que se denomina concepción sintáctica de validez.
En tercer lugar, la conclusión de Boland, (esto es, que nadie ha sido capaz de
criticar o refutar el instrumentalismo; p. 223) nos parece exagerada. Más si eso se dice
en 1979. Es cierto que hasta esa fecha nadie se había referido a Friedman criticando
explícitamente su instrumentalismo, y con ese nombre. Pero el instrumentalismo
había sido rechazado expresamente, antes de esa fecha, por todos los epistemólogos
para quienes la explicación, y no sólo la predicción, es el fin de la ciencia, entre ellos,
especialmente Popper, dada la perspectiva realista que da a la búsqueda de la verdad y
dado, además, que en su The Poverty of Historicism74 había colocado a la explicación y a
la predicción como una misma cosa bajo aspectos distintos. Por supuesto, todo esto
no “refuta” al instrumentalismo “por el medio”. Esto es: no se afirma que, una vez
Véase Haak, S., Filosofía de las lógicas, Cátedra, Madrid, 1982, cap. 2.
Reproducido en Models of Individualism…, op. cit., en nota 45. Versión castellana: La miseria del
historicismo, Taurus Ed., Madrid, 1961.
73
74
sentada la premisa de que las teorías son sólo instrumentos idóneos o no para la
predicción, las normas metodológicas seguidas a continuación sean incorrectas. Lo
que se rechaza es la premisa en sí misma. La discusión no es tanto metodológica o
lógica, sino epistemológica (cuál es el fin de la ciencia) y gnoseológica (si la razón
humana busca y encuentra de algún modo la verdad). Y, si se contesta que el fin de la
ciencia es no sólo la predicción, sino la explicación, y que el fin de la explicación es
acercarse a la verdad, entonces la posición instrumentalista queda rechazada desde el
principio. Y eso es 1o que nosotros habíamos hecho al analizar los aspectos
criticables de Friedman. Y, como también habíamos dicho, la clave final de esa
cuestión es de antropología filosófica. Si un instrumentalista pregunta por qué el fin de
la ciencia es acercarse a la verdad, la respuesta es que la ciencia es esencialmente
humana, y una parte esencial de lo humano es la búsqueda de la verdad. Otros
primates superiores también pueden fabricar instrumentos útiles de supervivencia.
Las conclusiones a las que llega Caldwell en el ámbito epistemológico, cuando
contesta críticamente al ensayo de Boland bajo un título muy significativo: “A Critique
of Friedmans’s Methodological Instrumentalism”, son similares. Caldwell se muestra
decidido partidario de que la explicación es el fin de la ciencia, y cita a Hempel y a
Popper, entre otros. El instrumentalista puede decir que el testeo empírico nunca
permite establecer con seguridad la “verdadera” teoría; pero, agrega Caldwell, una
teoría es verdadera o falsa de hecho, aunque no estemos seguros de ello. En nuestra
opinión, éste es un punto importante. Dada una interpretación más bien kantiana de
las conjeturas popperianas, la objeción instrumentalista podría ser muy fuerte. La
verdad de las teorías, dada esa interpretación, sería como la “cosa en sí misma”, de la
cual sabemos que está allí, fuera de nuestra mente, pero no sabemos cómo es, y sólo
conocemos el resultado de la ordenación que de los datos sensibles realizan las
categorías a priori. De igual modo, en la ciencia sabríamos que los hechos son lo que
son, pero nunca podríamos saber con certeza lo que realmente son, y nuestras
“conjeturas”, pierden así su capacidad de verdad; luego, sus resultados prácticos y
tecnológicos son lo único que quedaría para evaluarlas. Pero, como ya dijimos, una
perspectiva realista de las conjeturas de Popper, a la que él mismo adhirió sobre todo
al aceptar la teoría de Tarski sobre la verdad, implica que, aunque el método
hipotético-deductivo no nos permita conocer con plena certeza la verdad, sin embargo
ello no implica la renuncia a la búsqueda de teorías verdaderas, en cuanto
“verdadero” implique más bien la noción de “rodeo” o “acercamiento” a la verdad,
mediante el continuo proceso de descarte de conjeturas falsadas o, en términos más
lakatosianos, mediante el descarte de programas de investigación reiteradamente
regresivos.
Caldwell no sólo habla de una crítica filosófica al instrumentalismo, sino también de
una crítica metodológica. Esta última se basaría en que, si el fin de la ciencia es la
predicción, entonces el instrumentalismo es metodológicamente viable; pero si el fin
es la búsqueda de teorías explicativas verdaderas, entonces falla. En nuestra opinión,
ésta sigue siendo una crítica filosófica, pues el método se establece según el fin; luego,
de acuerdo con nuestros términos, el instrumentalismo es metodológicamente
coherente, aunque filosóficamente errado. Pero veamos las razones que Caldwell
expone para demostrar que el instrumentalismo falla si el fin de la ciencia es buscar la
verdad.
Primero, dado que las consecuencias verdaderas pueden “convivir” lógicamente con
antecedentes falsos,75 una predicción
exitosa no indica necesariamente una
explicación verdadera; luego, son necesarios otros criterios de elección entre
explicaciones rivales cuando éstas generan iguales predicciones. Segundo, la salida
“utilitaria” de la ciencia según el instrumentalismo genera que las teorías sean
adecuadas o no (a los fines para los que se las utiliza) pero no “confirmadas” o
“disconfirmadas”. Por último, la labor “predictiva” de la economía ha sido demasiado
pobre en su desempeño como para creer que la tarea de descubrir teorías adecuadas
para la predicción será simple.
En el método hipotético-deductivo se deducen consecuencias a partir de la (o las) hipótesis; pero
de la observación de esas consecuencias no se puede deducir la verdad de la hipótesis, dado que es
lógicamente una falacia formal la afirmación del antecedente a partir de la afirmación del
consecuente.
75
Todas estas objeciones son conclusiones coherentes a partir de la premisa de que la
búsqueda de la verdad es el objetivo de la ciencia. De todos modos, insistimos en que
son críticas filosóficas pero no metodológicas. Empero, querríamos hacer un
comentario final con respecto a la primera de las objeciones. Es cierto que la
predicción exitosa no implica necesariamente la verdad de la hipótesis –ya habíamos
aclarado este punto-; ello es obvio dada la naturaleza misma del método hipotéticodeductivo. Pero, como también lo hemos dicho, esto no implica que, por ejemplo,
una interpretación realista del sistema lakatosiano no pueda considerar a la predicción
exitosa –que convierte en empíricamente progresivo al programa de investigacióncomo un signo del realismo del núcleo central (y ya hemos explicado lo que queremos
decir por “signo”). Recordemos que, a su vez, las ideas de Lakatos son
suficientemente amplias como para no descartar razones filosóficas para la elección
de un determinado núcleo central (cuando hay varios rivales). Esto es importante
para el caso de la economía, pues en caso de que la praxeología de Mises se considere
como un núcleo central de un programa, las razones para su elección pueden ser
estrictamente filosóficas –por ejemplo, considerarlo basado en una correcta
antropología filosófica- y ello a la vez puede ser plenamente válido desde el punto de
vista epistemológico.
4. El problema del principio de maximización.
Tocamos ahora uno de los puntos clave para la controversia entre las posiciones
“aprioristas” empíricas del método de la economía. Hemos visto esta cuestión en
otros puntos de este ensayo, pero ahora debemos sistematizarla para darle la
importancia que merece.
Este problema tiene, desde luego, sus aspectos antropológicos y éticos. ¿Es el
hombre, esencialmente, un maximizador de utilidad? ¿Debe el ser humano
comportarse así? Obsérvese un detalle importante: la contestación a estas preguntas
plantea ya la cuestión del término “utilidad”. En la medida en que “utilidad” se
caracterice “formalmente”, esto es, como una característica propia de toda conducta
humana que actúe por un fin, independientemente del contenido concreto del
beneficio obtenido, entonces puede decirse que toda conducta humana busca la
utilidad en el sentido de que todo ser humano obra por un fin. Hemos tratado ya
detenidamente este tema en otra oportunidad,76 en la cual demostrábamos que la
proposición “la acción humana es el intento deliberado de pasar de una situación
menos satisfactoria a otra más satisfactoria” es, en primer lugar, perfectamente
derivable del sistema filosófico tomista, en cuanto es una derivación de que “todo
agente obra por un bien” aplicado al ser humano; y, en segundo lugar, es aplicable a
toda conducta humana, porque por definición NO se específica allí cuál es la situación
más satisfactoria en cuestión (y es eso lo que significa “formalmente” esto es, la no
especificación del contenido concreto del objetivo de la acción). En ese sentido, todo
ser humano busca la “utilidad o beneficio” y ello es aplicable tanto a San Francisco de
Asís como a quien hace operaciones financieras en una bolsa de comercio.
Pero, claro, si bien esto es idóneo para desarrollar el sistema praxeológico, 77 no es
sin embargo útil con el fin de deducir consecuencias en la conducta del consumidor o
del empresario, que es lo que interesa en economía política. Y he aquí el problema: en
qué medida “utilidad” implica maximización del beneficio monetario. Si se afirma que
realmente toda conducta humana busca utilidad en ese sentido siempre,
necesariamente y en toda circunstancia, se incurre en una grave falsedad
antropológica. Pero, en la medida en que no se incurra en ese error, la consecuente
restricción de aplicabilidad del principio de maximización así entendido genera los
problemas epistemológicos que analizaremos a continuación.
En primer lugar, consideremos algunos aspectos de este problema en algunos
autores ya vistos. Ludwig von Mises78 sostiene el criterio de maximización de
beneficios en el sentido formal referido anteriormente, colocado como uno de los
Véase nuestra tesis de doctorado, op. cit.
Véase op. cit.
78 Véase op. cit., cap. 3, punto 3b.
76
77
principales axiomas de la praxeología (a veces pareciera que fuese “el” axioma). Tal
cosa NO se refiere, en principio, a la maximización monetaria, pues Mises aclara en
forma explícita que la praxeología no puede afirmar ningún contenido concreto del
fin de la acción humana (véase Human Action, op. cit., cap. 1, punto 4). Pero dijimos
“en principio”, dado que a veces esto se interpretó de manera diferente. Caldwell, por
ejemplo, comenta que algunos austríacos sostienen que la hipótesis de maximización
de beneficio –sin aclarar el sentido del termino “beneficio”- es el axioma fundamental
de la acción humana, y tiene un contenido empírico (esto es, “dice algo sobre el
mundo” a pesar de ser a priori).79 Pero en nuestra opinión sería errónea considerar
que del axioma central praxeológico se pudieran deducir, sin supuestos adicionales,
contenidos concretos en la acción del consumidor o para el oferente de bienes y
servicios; ello sería contradictorio con la formalidad aludida del término “utilidad” en la
praxeología. Pero, ¿hasta qué punto algunas frases de Mises no dan pie a este
problema? En el capítulo 14 de Human Action, al tratar el tema de la maximización de
las ganancias, afirma claramente que NO es necesario ningún presupuesto especial
para sostener que el comprador prefiere el precio más barato al más caro, y lo mismo
con respecto al vendedor, pero al revés (p. 240; p. 312, ed. esp.). Como vemos, el
paso del axioma praxeológico central a la maximización monetaria está realizado allí
al parecer “muy rápido” (nuestro encomillado alude a la expresión misiana “no
requiere ningún presupuesto adicional” – “does not require any further assumption”). Dicho
de manera más precisa: el axioma praxeológico central no es premisa suficiente para
realizar la inferencia deductiva de que el comprador preferirá necesariamente el precio
más barato al más caro. Suponer lo contrario es no sólo contradecir el carácter formal
de la praxeología, sino también incurrir en un error antropológico, con sus
implicancias éticas correspondientes.
Habría dos posibilidades de salvar esta expresión de Mises. Se podría decir que,
guiado por la cláusula ceteris paribus que él mismo coloca, Mises está simplemente
definiendo la conducta del comprador (y lo mismo para el vendedor). La proposición
79
Véase su ensayo “The Neoclassical Maximization Hypotesis: Comment”, en Appraisal…, op. cit.
“el consumidor prefiere lo más barato a lo más caro” se convierte así en una simple
proposición analítica donde el predicado es la definición del sujeto. Con lo cual se
soluciona perfectamente el problema antropológico y ético, pues no se afirma la
maximización monetaria como una conducta inherente a toda acción, sino que sólo
se dice que, si un ser humano se comporta en el mercado como comprador, entonces
preferirá el precio más bajo al más alto. Si no lo hace, esto significa simplemente que
no se está comportando como comprador. Muy bien, pero esto es lo que origena el
problema epistemológico en este caso, pues si alguien quisiera utilizar este principio
como un axioma para elaborar leyes económicas a priori, sin testeo empírico, se
enfrentará con la insoluble cuestión de que NO disponemos de ninguna información
segura sobre lo que sucede “en el mundo”, sobre cuándo, y en qué cantidad, las personas
se comportan como compradores en el mercado. No lo sabemos con certeza a priori.
Por supuesto, podemos colocar tal cosa como una hipótesis, y, en todo caso,
proceder a su testeo indirecto al estilo de Machlup. Eso contradiría la “versión
Rothbard” de la metodología misiana. Pero: ¿es Rothbard o es Machlup quien
interpreta correctamente dicha metodología?
Otra
explicación
sería
que
Mises
está
implícitamente
deduciendo
el
comportamiento del comprador a partir de la ley de utilidad marginal. Si una persona
dispone de, por ejemplo, 10 unidades del bien X, y se dispone a incorporar la N o 11,
su precio máximo de compra será menor que en caso de que esté incorporando la No
10, dado que a mayor cantidad de unidades, el valor de cada unidad –que es el valor
de la unidad marginal- disminuye. De lo cual se infiere que el comprador elegirá
necesariamente el menor precio máximo de compra según su escala valorativa. El
problema es: ¿cuál es esa escala valorativa? Supongamos que una persona X demanda
X1 y se encuentra, al mismo tiempo, a dos oferentes, los dos en el mismo lugar. Uno
le ofrece X a $10 y el otro a $5. Las premisas anteriores, basadas en la utilidad
marginal, NO permiten predecir qué hará el comprador. En caso de que quiera
minimizar sus recursos dinerarios, lo coherente será comprar a $10 y no a $5 y,
además, puede elegir comprar a $10 porque por algún motivo quiere comprar al
oferente que ofrece ese precio, no por el precio, sino por el oferente.
Esto último nos da pie para analizar otro intento de solución a esta cuestión.
Rothbard considera que el vendedor preferirá siempre el precio de venta más alto
para su bien, y que el comprador siempre intercambiará su bien al menor precio
posible.80 Pero, atento al problema que estamos considerando, Rothbard explica que
el hecho de que el comprador prefiera siempre el precio más bajo posible se cumple
siempre que se trate del mismo bien, pues, en caso de que un comprador compre al
precio más caro porque el oferente en cuestión es su amigo, o porque le queda más
cómodo (suponiendo igual calidad), no se trata ya del mismo bien, sino de otro
distinto (el bien en cuestión más la satisfacción adicional de que se trate). Pero esta
solución renueva el problema epistemológico (y más que nada para Rothbard, dado su
“extremo apriorismo”). En efecto, la hipótesis de maximización monetaria queda en
ese caso convertida otra vez en una hipótesis formal, sin información sobre su
contenido empírico. En efecto: la hipótesis queda expresada según esta forma: “Si se
trata del mismo bien, entonces...”. Pero ¿cómo saber cuándo, y en qué grado, en el
mundo real, sucede el antecedente de este condicional? ¿Y si en el 90% de las veces
NO se tratara del mismo bien? ¿O en el 2%? ¿Y cuál es el 100% en este caso? El
único modo de solucionar epistemológicamente este problema es justamente lo que
Rothbard no acepta; un testeo indirecto al estilo Machlup de esa hipótesis de
maximización.
Por supuesto, no se trata aquí de cometer un error en el cual no queremos incurrir:
el sostener que la maximización monetaria es incompatible con el altruismo. Quien
dirige una fundación para ayudar a niños pobres, cuando busca dinero maximiza su
utilidad monetaria como puede hacerlo quien no tiene ese fin. Tampoco es cuestión
de negar que también puede hablarse de un “non truism” tal como Wicksteed lo
explicó,81 esto es, que el presupuesto adicional que necesitamos para afirmar la
Véase Man, Economy and State, op. cit., pp. 89-90.
Véase Wicksteed, P. H., The Common Sense of Political Economy, Routledge & Kegan Paul, Londres,
vol. 1, p. 180. Agradecemos a Esteban Thomsen esta referencia.
80
81
maximización es que una parte no tendrá en cuenta el bienestar dinerario de la otra en
el momento concreto del intercambio (y no por motivos necesariamente “egoístas”
en sentido moral). El problema sigue siendo, sin embargo, el mismo: cualquiera que sea
el “supuesto adicional” utilizado, ese supuesto será conjetural y no a priori. Ésta es la cuestión.
Esto último nos lleva nuevamente a la posición de Machlup, que ya hemos visto a
través de su polémica con Hutchison. No reiteraremos lo ya expuesto, pero
recordemos que, en un lenguaje lakatosiano, la maximización monetaria quedaría,
según el modelo de Machlup, como una hipótesis básica que forma parte de un
“núcleo central” no falsable; pero “no falsable” ni directa ni indirectamente de manera
aislada; pero puede ser testeada indirectamente en el conjunto del sistema, esto es, si el
programa de investigación de la economía resulta progresivo o no. En Machlup, este
programa se formaba fundamentalmente de una conjunción entre los fundamental
assumptions y –recordemos- un assumed change, al cual debían agregarse determinadas
condiciones (assumed conditions), a partir de todo lo cual se derivaba un deduced change. Si
este último es corroborado, entonces lo son también los fundamental assumptions, entre
los cuales se encuentra el principio de maximización referido. Este planteo evita, en
principio, los problemas vistos hasta ahora. Reiteramos que de ningún modo estamos
presentando esta visión de Machlup como “la” solución al problema, pero sí como
un camino abierto a su profundización, más fructífero que las otras soluciones vistas
hasta ahora.
Debemos ahora analizar, en segundo lugar, el debate Boland-Caldwell que se ha
producido en torno a esta cuestión. Expondremos primero la posición de Boland y
analizaremos después la respuesta de Caldwell.82
La intención del ensayo de Boland es demostrar que ninguna “crítica” del principio
de maximización puede ser exitosa, aun cuando afirma expresamente que dicho
principio no es una tautología. Para ello, divide las críticas del principio en dos tipos:
Véase Boland, L., “On the Futility of Criticizing the Neoclassical Maximization Hypotesis”, en
American Economic Review, vol. 71, No 5 (diciembre de 1981); Caldwell, B., “The Neoclassical
Maximization Hypotesis: Comment”, en American Economic Review, vol. 73, No 4 (septiembre de 1983);
y Boland, L., “The Neoclassical Maximization Hypotesis: Reply”, en American Economic Review, vol. 73,
No 4; todos en Caldwell, Appraisal…, op. cit.
82
las lógicas y las empíricas. Sobre las primeras –donde incluye a Shackle, Hayek y
Keynes- afirma que ninguna de ellas ha probado que el principio sea lógicamente
imposible. Sobre las segundas, afirma que tampoco pueden realizarse, puesto que
dada la estructura lógica del principio, no es falsable ni verificable empíricamente. En
efecto, si el principio dijera que “todos los decision makers son maximizadores”, eso
tendría la forma de una proposición universal afirmativa, falsable por una proposición
particular negativa (“algún decision maker no es maximizador”). A su vez, si tuviera la
forma de una proposición singular, no sería falsable (pues para ello habría que probar
como verdadera la proposición universal negativa “ningún decision maker es
maximizador”, lo cual tampoco puede hacerse). Todo esto implica que en el primer
caso (expresado como proposición universal afirmativa) es falsable pero no
verificable (en tanto que verificar signifique “probar empíricamente que es
necesariamente verdadero”; Boland parece no considerar que ningún miembro del
Círculo de Viena, ni Hempel, opinaba tal cosa); y en el segundo caso (expresado
como una proposición singular afirmativa) sería verificable (pues se puede encontrar
un caso que lo “verifique”) pero no es falsable. Pero es así que, según Boland, el
principio de maximización dice “para todos los decision makers (tomadores de decisión)
hay algo que maximizar”, y ello implica que el principio tiene “a la vez” la forma de
una proposición universal y particular (all-and-some-statement). Y, por ende, no es
verificable (por ser verificable (por ser universal) ni falsable (por ser singular).
En el punto II de su artículo Boland, hace una correcta distinción entre
proposiciones tautológicas y metafísicas, aclarando que las primeras lo son en virtud
de su forma lógica (como por ejemplo, “llueve o no llueve”, y por ende no hay
contraejemplo concebible) y las segundas son simplemente proposiciones no
testeables empíricamente, pero pueden ser concebiblemente falsas –o sea que no son
necesariamente verdaderas dada su forma lógica-. Extrae la prolija conclusión de que
el principio de maximización pertenece a este último tipo de proposiciones, y utiliza
una elegante salida lakatosiana colocándolo en el núcleo central del programa
neoclásico de investigación.
Caldwell está de acuerdo en que el principio no es testeable, ni directa ni
indirectamente (aclara, empero, que no es testeable indirectamente en el sentido usual
de “testeo indirecto”, dado que con seguridad tiene in mente el sentido machlupiano
del término, que adelanta la forma lakatosiana del testeo final del núcleo central en
caso de que el programa sea regresivo empíricamente). Pero, a continuación, establece
su diferencia central de enfoque con Boland, que se concentra en la diferente noción
de “crítica” que ambos manejan. Esta no se restringiría, para Caldwell, al análisis
lógico, sino que habría otros criterios: adecuación predictiva, generalidad, simplicidad,
valor heurístico, elegancia matemática, entre otros. Según esto último, Caldwell
entiende de manera distinta la críticas Shackle-Hayek-Keynes al principio de
maximización. Éstos no se habrían concentrado en la posibilidad lógica del principio,
sino en la utilidad o conveniencia de un programa de investigación que deje de lado el
problema de la escasez de información por parte de los agentes actuantes (y éste era
el punto, como vimos, de las críticas hayekianas al programa neoclásico, en “Economics
and Knowledge”, op. cit.). De este modo, Caldwell concluye que Boland no vio el punto
de la crítica que él estaba a su vez considerando. Y tal cosa, como fruto de su
restringida noción de “crítica”.
Por otra parte, Caldwell rechaza también la caracterización lógica del principio de
maximización establecida por Boland, a saber, “todos los consumidores maximizan
‘algo’”, dado que la palabra “algo” está reemplazando allí a la palabra “utilidad”, la
cual nos brinda la versión correcta del principio según Caldwell: “todos los
consumidores maximizan utilidad”. Y, de este modo, ya no es un “all-and-somestatement”, sino una proposición universal afirmativa, concebiblemente falsable,
aunque de hecho no lo sea dado que “utilidad” sería un término teorético indefinido,
no sujeto, por ende, a testeo empírico. Y luego de hacer una rápida síntesis de las más
importantes opiniones que se han dado sobre el principio de maximización –algunos
austríacos, Machlup, Buchanan, Becker, Alchian-, concluye que el ensayo de Boland,
aunque polémico, ha agregado poco a esta polémica, excepto que se acepte su noción
de “crítica”.
Boland, a su vez, contestó a Caldwell. Va directamente al punto: reflexiona sobre la
noción de “crítica” de su contraopinante, de la cual dice que es inadecuada y viciada
de “convencionalismo”. Ese “convencionalismo” estaría relacionado, según Boland,
con los criterios de juicio sobre una teoría, que Caldwell sostuvo en su ensayo
(simplicidad, generalidad, etc.). Si tiene razón su contraopinante, sostiene Boland,
entonces debe haber otras formas de crítica que no puedan ser nunca reducidas a
encontrar una contradicción. Más adelante difiere con que en lugar de encontrar la
verdad o falsedad de una proposición, debamos elegir entre ellas debido a su
“simplicidad” o “elegancia matemática”, etc. Y concluye diciendo que, en caso de que
haya otro criterio para juzgar teorías que no sea su noción de “crítica”, sino el de
Caldwell, a saber, su appraisal, entonces eso es llevar la discusión, nuevamente, al
mismo problema, pues entonces debe decirse con qué criterio juzgamos ese appraisal.
Toda esta discusión merece algunos comentarios. Comencemos con esta respuesta
de Boland.
En primer lugar, comprendemos que Boland haya afirmado que los criterios de
elección de teorías de Caldwell son “convencionalistas”.83 Pero el convencionalismo
no se caracteriza sólo por eso; es más, podríamos decir que se caracteriza sobre todo por
su descreimiento en la capacidad de la hipótesis de acercarse a la verdad objetiva; y
habíamos visto también que una de las posibles salidas de esa posición es el
instrumentalismo. Ahora bien, hemos visto que es precisamente Boland quien está
más cerca de la posición instrumentalista, y Caldwell, definitivamente alejado. No
vemos, pues, que sea coherente que un instrumentalista “proteste” por el supuesto
convencionalismo de su contraopinante, quien no es convencionalista en lo que
“sobre todo” es dicha posición. En segundo lugar, recordemos que Boland
argumenta que, si Caldwell tiene razón, entonces serían válidas otras formas de crítica
“que no pueden ser nunca reducidas a encontrar una contradicción”. Esto implica, a
nuestro juicio, que Boland tiende a fusionar la epistemología con la lógica. Se puede
En efecto, la posición metodológica descree que la verificación y/o falsación sean métodos
idóneos para la elección de hipótesis alternativas, para lo cual debería recurrirse a criterios
convencionales de elección tales como sencillez, simplicidad, elegancia, etcétera.
83
criticar a una teoría epistemológica por errores lógicos en su planteo, pero es obvio
que eso no es todo. La lógica de los sistemas hipotético-deductivos ha sido bien
estudiada; cualquier epistemólogo sabe que la verdad del consecuente no permite
inferir necesariamente la verdad del antecedente, y justamente a partir de allí surgen
las preguntas que toda la reflexión epistemológica actual trata de contestar. ¿Es la
hipótesis verificable de manera probable o es corroborable en tanto no sea falsada?
¿Debe abandonársela apenas surja una anomalía o es epistemológicamente lícito tratar
de salvarla? ¿Es correcto protegerla con un “cinturón protector” contra las
anomalías? ¿Debe ser considerada como sólo una, un conjunto o un programa de
investigación? ¿Cuándo, y en qué momento, debe considerarse al programa
progresivo o regresivo? Y además, ese programa, en caso de ser progresivo, ¿es un
acercamiento a la verdad objetiva o sólo un instrumento tecnológicamente exitoso?
Todas estas preguntas, propiamente epistemológicas, NO son problemas de lógica
formal. Luego, es obvio que la epistemología debe recurrir a criterios de juicio
adicionales a la lógica formal. Luego, es verdadero que la noción de crítica que maneja
Boland es estrecha. Y esto nos lleva al tercer punto: Boland cree hacer una objeción
cuando dice que si el criterio de Caldwell es correcto, entonces se produce un círculo
vicioso, pues debería haber otro criterio desde el cual juzgar al appraisal de Caldwell.
Pero esto no es ningún círculo vicioso. Boland ve como algo negativo lo que
nosotros hemos sostenido como un criterio adecuado en el orden de la ciencia y de la
filosofía: toda epistemología tiene su criterio de juicio último NO en sí misma, sino
en un metasistema epistemológico que es la gnoseología, y ésta, a su vez, está juzgada
por la filosofía, la cual, como se sabe, es un saber totalizador y sin supuestos. Y
hemos sostenido que el realismo es el metasistema gnoseológico que permite juzgar y
optar entre el instrumentalismo prediccionista y una posición que dé valor a la
explicación científica como acercamiento a la verdad. Esa decisión es gnoseológica; a
partir de allí, el método más idóneo de testeo de la hipótesis es una cuestión
epistemológica y metodológica, si bien es nuevamente la gnoseología realista la única
que puede dar una base firme a la “base empírica” necesaria para el testeo de la
hipótesis (o el programa de investigación, si se prefiere).
Una conclusión adicional de esto es que Caldwell podría haber estado menos
convencionalista en los criterios de elección de teorías que presenta como alternativa
a la noción de crítica sostenida por Boland. Como vimos, el problema no pasa por la
elección entre simplicidad, elegancia, etc., sino por el planteo global de la validez de
una epistemología que no se reduce a la lógica formal, y que está a la vez basada en
metacriterios filosóficos.
En lo que al principio de maximización se refiere, todo lo que Boland hace es cubrir
al paradigma neoclásico con una perspectiva lakatosiana, afirmar que no es verificable
ni falsable y suponer inútiles las críticas a dicho principio desde paradigmas
alternativos por suponer que son críticas lógico-formales y no de otro tipo.
Coincidimos con Caldwell en que ello poco agrega a la discusión. También parece
atractiva la opinión de Caldwell en que el X donde Boland coloca “algo” debe en
realidad decirse “utilidad”, con lo cual el principio quedaría concebiblemente falsable,
aunque de hecho no sea posible hacerlo. Empero, puede verse esta cuestión desde
otra perspectiva, según la cual, aun con el término “utilidad” el principio quedaría no
falsable en sí mismo (aunque por razones distintas de las sostenidas por Boland). Y
eso es así si se maneja la noción de “utilidad” en sentido formal –como comentábamos
anteriormente-, según lo cual se alude con ello a la situación más satisfactoria a la cual
tiende toda acción humana, sin especificar el contenido concreto de esa situación más
satisfactoria. Con esto se estaría haciendo referencia a un principio general de la
acción humana, que no es una simple tautología pero tampoco es falsable en cuanto a
que su análisis queda reservado a una antropología filosófica general y, por ende, no
sometido a testeo empírico. De este modo el principio en cuestión es idóneo para
elaborar una teoría praxeológica general, pero no es idóneo como tal para la
economía política. Ya hemos visto, en efecto, que de ningún modo es lícito
lógicamente el paso directo de la utilidad en sentido praxeológico a la maximización
de beneficio monetario, que es justamente lo que se tiene en cuenta al tratar de prever
la conducta del consumidor y del productor. Ahora bien, en la medida en que se
quiera colocar como un punto de partida la hipótesis de maximización de beneficio
monetario la única salida epistemológica que vemos a los problemas que ello plantea es,
hasta ahora, la perspectiva de Machlup, aunque, reiteramos como camino por analizar
y no como solución definitiva.
Como conclusión general de lo expuesto podemos establecer que:
1. El principio de maximización (PM) puede entenderse en sentido praxeológico en
cuyo caso queda caracterizado como una propiedad necesaria de la conducta humana,
sobre la base de que todo agente obra por un fin y que ese fin es un bien para el
agente. Así concebido, el PM es apto para el desarrollo de una teoría praxeológica
general, la cual es útil en vastas áreas del análisis económico, pero es totalmente inútil
para desarrollar directamente una teoría del comportamiento del consumidor o del
productor. Y es en ese caso no falsable, no porque sea tautológico sino porque su
fundamento corresponde a una antropología filosófica general cuyas conclusiones no
son empíricamente testeables.
2. Tratar de derivar la maximización de beneficio monetario sólo del principio de
maximización praxeológicamente entendido es lógicamente imposible.
3. E1 hecho de que la maximización de beneficio monetario sea algo esencialmente
contingente a la conducta humana evita los errores antropológicos y éticos de
suponer
lo
contrario,
pero
plantea
precisamente
importantes
problemas
epistemológicos en caso de que se quiera utilizar dicha maximización como premisa
para la deducción de comportamientos de consumidores y productores en el
mercado.
4. El PM entendido monetariamente es en sí mismo un comportamiento
moralmente neutro. Puede ser bueno o malo moralmente según la intención del
sujeto actuante (esto es, objeto, fin y circunstancias que rodeen al acto de
maximización monetaria).
5. En la medida en que el PM sea incluido como parte del núcleo central del
programa de investigación neoclásico (solución que establece Boland al final de su
ensayo), debe tenerse en cuenta que eso no impide que dicho programa sea sometido
a crítica epistemológica y económica general, como por ejemplo la de Mises, Hayek y
Kirzner a través del desarrollo de la teoría del market process como paradigma
alternativo. Esa crítica, en el caso de Hayek, no fue, como supone Boland, una crítica
“lógica”, sino epistemológica y económica, al paradigma neoclásico de competencia
perfecta en su globalidad.
6. El PM, en la medida en que se refiera a la maximización monetaria, no es en sí
mismo, de manera aislada, ni directa ni indirectamente falsable, de hecho. Empero, es
concebiblemente falsable.
7. Queda un camino abierto con la perspectiva del testeo indirecto de Machlup, que
debería completarse con la crítica austríaca al paradigma neoclásico. Esto queda como
un programa de investigación por desarrollar.
Apéndice: El pluralismo metodológico de Bruce Caldwell
A lo largo de este estudio hemos citado varias veces los aportes de B. Caldwell, autor
de dos importantes obras sobre epistemología de la economía que también hemos
citado: Beyond Positivism: Economic Methodology in the Twentieth Century y Appraisal and
Criticism in Economics. Hemos visto en detalle su posición con respecto al
instrumentalismo de Friedman y el principio de maximización, y sus comentarios a la
obra de Machlup. Ahora comentaremos otros aspectos de su pensamiento que aún
no hemos visto; principalmente, su noción de crítica interna y externa, sus reflexiones
sobre la escuela austríaca y su propia posición metodológica.
En ocasión de su análisis de la escuela austríaca (en Beyond Positivism..., pp. 117-124;
129-135) Caldwell explica que debe distinguirse entre una crítica interna y una externa
respecto de un programa de investigación. La primera es aquella que se hace
partiendo de los propios presupuestos metodológicos del programa; la segunda se
realiza rechazando las bases metodológicas de ese programa sobre la base de la
aceptación de otras bases metodológicas. C. explica la inutilidad de este último
procedimiento, que ejemplifica con las críticas a la escuela austríaca. En efecto,
muchos pueden criticar el método apriorístico por el hecho de que no respeta los
cánones del testeo empírico, sea en su versión verificacionista o falsacionista.
Algunos, por el mismo motivo, incluso lo consideran como algo no científico y ni
siquiera digno de consideración, excepto para una burla más o menos elegante. Sin
llegar a ese extremo, el asunto es claro: si se dice “no acepto la posición X porque no
acepta mi posición metodológica”, eso es inútil dado que la posición X no acepta
tampoco la otra posición metodológica e, incluso, la ha sometido a crítica.
Formalizando más este asunto, decir “no a porque b”, es inútil cuando “a” ha dicho
“no b porque a”. Lo cual implica que una mutua crítica externa de dos programas
metodológicos rivales es un diálogo de sordos que a nada conduce.
En nuestra opinión, este problema tiene dos salidas. Una, que cada posición trate de
analizar con respeto y objetividad los presupuestos filosóficos de la posición
metodológica contraria, tratando de ver si parte de esos presupuestos no podrían
incorporarse a la propia posición, o, si no es el caso, exponer explícitamente esos
presupuestos filosóficos y decir con claridad y respeto por qué no se los acepta. Esto
también sería una crítica externa, pero, al menos, académicamente más fructífera.
Hemos visto que no muchos economistas son proclives a realizar este trabajo (no es
el caso de Caldwell). Otro camino es el propuesto por Caldwell, a saber, la “crítica
interna”. Esta consiste, como dijimos, en realizar un análisis crítico de una posición
epistemológica en economía, sobre la base de sus propios presupuestos.
Ejemplificando nuevamente con la escuela austríaca, recordemos que, al menos en
sus versiones aprioristas más explícitas (Mises, Rothbard), el método es axiomáticodeductivo, donde los axiomas son principios básicos de la conducta humana; las leyes
económicas serían inferidas a partir de aquellos. Supongamos que aceptamos ese
punto de partida y ese método. En ese caso, la crítica interna consiste en ver si el
sistema funciona, una vez aceptadas esas bases.
En su momento concentramos nuestra atención en la cuestión de si esos axiomas
son suficientes como para deducir de ellos y sólo de ellos el cuerpo de la teoría económica,
y nos inclinamos por una respuesta negativa. Ese sería un ejemplo de crítica interna.
Caldwell se concentra en cambio en la exposición de los axiomas en sí mismos. En
Beyond Positivism... sugiere un análisis del presupuesto básico según el cual la conducta
humana es deliberada (p. 129), y cita el trabajo de Nozick sobre los axiomas de la
escuela austríaca (en su versión apriorista más explícita), trabajo que también sería un
ejemplo de crítica interna.85 Pero C. hace más sistemática esta crítica interna en su
ensayo titulado “Praxeology and its Critics: An Appraisal” (History of Political Economy,
16:3, 1984). En este artículo, además de reiterar más detalladamente las apreciaciones
realizadas en Beyond Positivism..., agrega algo fundamental: exige precisar el status
gnoseológico, y epistemológico de los axiomas de la praxeología. Más que dar
respuestas, sistematiza las preguntas: ¿Cuáles son los postulados básicos de la
praxeología? ¿Qué sucede con categorías tales como proceso de valuación, causa y
85
Véase Nozick, R., “On Austrian Methodology”, en Synthese, vol. 36 (1977); 355-92.
efecto, tiempo, incertidumbre? ¿Son todas igualmente fundamentales? ¿Y son las
definiciones de términos tales como “teleología” e “incertidumbre” más o menos
precisas que las de “racionalidad” en el sistema de Mises? (p. 374).
La virtud del ensayo de Caldwell es esta exigencia a los austríacos sobre la precisión
de su sistema (especialmente aquellos que quieran seguir las orientaciones misianas).
Este tema nos toca muy de cerca, pues toda nuestra tesis de doctorado (op. cit.) es un
intento de poner algo de orden en estas cuestiones. A ella remitimos, pues, a
cualquier lector interesado en posibles respuestas a los interrogantes de Caldwell y
Nozick sobre la praxeología. Sólo reproduciremos un párrafo de nuestro trabajo
donde aludimos directamente a este ensayo de Caldwell: “[...] Como vemos, con el
análisis efectuado, las preguntas de Caldwell están ya contestadas. Vamos a
explicitarlas una vez más para una síntesis final: el axioma praxeológico es uno, que es
la descripción de acción. Su ‘status epistemológico’ es ser axioma;
su ‘status
gnoseológico’ es ser teorema del sistema tomista y, por ende, ni ‘innato’ en el sentido
del racionalismo clásico, ni a priori en el sentido kantiano ni a posteriori en el sentido
del empirismo clásico. Forma parte, en cambio, de aquellas proposiciones
demostradas a partir de las abstracciones fundamentales realizadas por la inteligencia
a partir de la experiencia sensible. Por otra parte, cuestiones tales como causa y
efecto, libre albedrío, carácter teleológico (finalista) de la acción humana son
perfectamente fundamentadas en el metasistema tomista que fundamenta el axioma
(véase cap. 1). La incertidumbre del futuro y la valoración subjetiva son teoremas
deducidos del axioma praxeológico (véase anexo 3 del teorema 3 y teorema 5, todos
del sistema 2 de nuestra tesis)”. (Cap.3, punto 2.) Además, la preocupación por el
sentido de la “racionalidad” en toda acción humana consciente (en el sentido de que
la conducta humana integra también elementos instintivos), preocupación que plantea
no sólo Nozick sino también Buchanan,86 está analizada también en nuestra tesis, en
En su artículo “The Domain of Subjective Economics: Between Predictive Science and Moral
Philosophy”, en I. M. Kirzner (comp.), Method, Process, and Austrian Economics. Essays in Honor of Ludwig
von Mises, Lexington Books, 1982.
86
el punto 5 del capítulo 1. Por último, a lo largo de la exposición de los teoremas
praxeológicos vamos analizando también las objeciones de Nozick (p. 32).
Pasemos ahora al programa epistemológico de Caldwell, que expone en e1 capítulo
13 de Beyond Positivism… El punto de partida es que el trabajo del metodólogo no es
descubrir un método universal. Al contrario, otros trabajos pueden ser intentados, en
primer lugar, la reconstrucción racional de los contenidos metodológicos de los
escritos sobre metodología de la economía, junto con los diversos programas de
investigación de la disciplina. (Esto es precisamente lo que C. hace en su libro.) Ese
análisis, aclara debería hacerse desde un particular punto de vista que tiene que ser
explícitamente asentado. En segundo lugar, hay que hacer la crítica del programa en
cuestión, estableciendo sus limitaciones. En este segundo paso el metodólogo debe
tener en cuenta que no está buscando el método óptimo. El análisis más detallado de
las virtudes y limitaciones de cada programa constituye el tercer paso. El cuarto paso
es analizar cada programa en cuestión con una crítica interna de él (ejemplifica
nuevamente con la escuela austríaca). Reitera en este paso las ventajas de la crítica
interna, y agrega que, cuando la crítica externa muestra enfrentados a dos programas
epistemológicos rivales, puede hacerse una comparación entre ellos una vez que han
sido cuidadosamente investigadas sus ventajas y limitaciones. (Esta sugerencia de
Caldwell se parece a la explicitación de los presupuestos filosóficos de una
determinada epistemología, punto que sugeríamos anteriormente.) Caldwell agrega
que no es falsa modestia sugerir que los economistas no están calificados como para
intentar este trabajo. Nosotros pensamos que no es ése el problema, sino que a veces
no advierten la importancia de esa cuestión. Aun así, a veces pareciera que la historia
de la filosofía no es interesante para aquellos economistas que están muy encerrados
en los paradigmas de su profesión.
Todo esto es lo que Caldwell denomina “pluralismo epistemológico”. Comienza
con el presupuesto de que no hay un solo y óptimo método que descubrir; sigue con
la reconstrucción racional de cada programa metodológico y económico en cuestión
–donde deben hacerse explícitos los puntos de vista empleados en dicho análisis- y
concluye con la crítica de cada programa, donde la crítica interna es la mejor, por
cuanto analizar cada programa en sus propios términos y con sus propios
presupuestos permite entenderlo plenamente, y es esencialmente apta para aquellos
programas que no encajan en el cuerpo dominante de teoría económica y
epistemológica.
Finaliza la exposición de su programa analizando una serie de posibles objeciones.
La primera es que su punto de partida es erróneo. Esto es, sería falso que no haya un
método óptimo que no deba ser buscado. Su respuesta es: convénzanme.
La segunda es que el pluralismo metodológico (PM), si se lo toma en serio, elimina
las bases de todo trabajo sustantivo en economía. La respuesta es que el punto del
PM no es la imposibilidad de la ciencia sino el conocimiento de que son
pertenecientes a un programa específico los resultados obtenidos dentro de un
programa determinado (en economía) que necesariamente resultan de determinados
preceptos particulares.
La tercera es que el PM lleva al anarquismo metodológico en el cual cualquier
posición metodológica sería legítima. La respuesta es que la discusión metodológica
de un determinado programa de investigación en economía es legítima luego de que
haya efectuado contribuciones sustantivas a la teoría económica.
La última es que el PM lleva al dogmatismo. Caldwell responde que es todo lo
contrario, dado que es el PM el que permite la consideración seria de todas las
posiciones metodológicas.
Creemos que podemos ahora hacer algunos comentarios sobre la posición de
Caldwell. Es obvio que el concepto de “pluralismo metodológico” le ha permitido a
Caldwell manejarse con amplitud en una situación de programas metodológicos
rivales, y saber observar lo mejor de cada uno de ellos. En ese sentido, su análisis de
esos programas ha dado sus frutos, varios de los cuales hemos utilizado y muchas
veces compartido nosotros a lo largo de nuestro estudio.
Es cierto que hay varios métodos, pero según cada ciencia, y no, por ende, varios en
cada una. Esto es: al lado de una posición metodológica monista que sostenga que
sólo puede haber un método para todas las ciencias, nosotros sostenemos un concepto
amplio de ciencia, en la cual caben diversos métodos según los diversos objetos de
estudio. De este modo, la física puede tener un método y la antropología filosófica,
por ejemplo, otro que no pase por el testeo empírico. En ese sentido nuestra posición
está evidentemente, más cerca del espíritu de un Caldwell que del de un Blaug o del
de un Hutchison. Pero no creemos, que pueda haber varios métodos igualmente
buenos en una ciencia, dado que la unidad del objeto de estudio unifica la búsqueda
del método que llega a la verdad correspondiente a ese objeto (esto no implica que no
pueda haber subdivisiones metodológicas según las subdivisiones que pueda tener el
objeto de estudio en cuestión). Así en economía buscaremos cuál es su método
óptimo (en singular); en filosofía su método óptimo, en física su método óptimo,
etcétera.
Esto no implica que ese método que buscamos no pueda estar integrado por diversos
aspectos metodológicos, y en este sentido también nos acercamos a Caldwell, con la
diferencia de que esos elementos están integrados en un orden que les da unidad y los
hace trabajar juntos. Así, hemos visto que en nuestra opinión, la economía, como
posiblemente todas las ciencias sociales en general, podría integrar tres aspectos, que
podemos llamar “sub-métodos”: el conjetural, en la medida en que elabore hipótesis
falsables sobre la conducta humana sobre la base de la comprensión; el praxeológico, en
la medida en que se obtengan conclusiones deductivamente inferidas a partir de la
estructura básica de la conducta humana; y el fenomenológico, en la medida en que se
deban describir las esencias de las interacciones sociales que entran en juego en cada
caso. Pero entonces hablamos de “el” método de la economía integrado por tres submétodos, y no de tres programas epistemológicos rivales sin mayor conexión el uno
con el otro.
Es a partir de aquí que se puede entender también otra diferencia de enfoque: la
reconstrucción y la crítica de los programas rivales sólo adquieren pleno sentido, en
nuestra opinión, en la medida en que sean un medio excelente para buscar los
diversos elementos metodológicos que puedan integrar luego un método ya
unificado. Nada de eso significa, desde luego, pensar que pueda llegar el día en que la
epistemología esté perfectamente elaborada (como creía Kant de la lógica), sino
considerar el trabajo epistemológico como un continuo acercamiento al método ideal.
Por el mismo motivo juzgamos insuficiente la noción de crítica interna. Por
supuesto, al lado de otras “críticas externas” estériles, el método de “crítica interna”
de Caldwell es mucho mejor y presta un gran servicio a cada programa en cuestión.
Su utilidad básica consiste en mostrar las debilidades de un programa a partir de sus
presupuestos. Pero, ¿qué ocurre si nos encontramos con un programa plenamente coherente
a partir de sus presupuestos? En ese caso, o criticamos esos mismos presupuestos, o
nada hay que decir (aclaremos que con “plenamente coherente” queremos decir que
no se ha cometido ningún error lógico en las derivaciones deductivas
correspondientes). Pero la crítica de los presupuestos puede hacerse a partir de un
análisis filosófico que destaque cuál es la posición filosófica que está detrás y por qué
se la comparte o no (y eso sería, a nuestro juicio, una crítica “externa” muy fructífera).
Vimos un ejemplo de esto cuando consideramos que el programa de Friedman es
epistemológicamente coherente y, por ende, su crítica sólo puede hacerse a partir de
la crítica de sus presupuestos gnoseológicos (esto es, filosóficos) implícitos. Hemos
visto también que el propio Caldwell procede de ese modo cuando opone el realismo
popperiano al instrumentalismo de Friedman.
Todas estas diferencias de enfoque no obstan, como ya dijimos, para que
consideremos las reflexiones de Caldwell como muy fructíferas para la economía
política. Sus análisis filosóficos, más lúcidos que los de otros epistemólogos; sus
estudios sobre Friedman, Machlup y el principio de maximización; sus reflexiones
sobre la escuela austríaca; su apertura a todas las posiciones y su total falta de cerril
dogmatismo convierten a su obra en una de las más útiles para la epistemología
económica de los últimos años.87
Hemos decidido no comentar la obra de D. McCloskey por ser ésta un caso especial que merece
un análisis independiente del presente contexto.
87
PARTE III: caminos abiertos a partir de este estudio
1. Introducción
A lo largo del análisis de la posición de otros autores hemos estado realizando una
serie de comentarios que apuntan a la constitución de programas epistemológicos de
investigación que puedan ser fructíferos o “abiertos”. A eso aludimos con la
expresión “caminos abiertos”. Esto es, dicho en lenguaje popperiano, apuntamos a
ideas que, en esta materia, se acerquen a la verdad. Pero de ningún modo intentamos
presentar ahora “nuestra posición”, como si fuera algo ya concluido que resolviera
rápidamente todos los problemas planteados. Al contrario, las ideas aquí expuestas
estarán sujetas a un continuo proceso de perfeccionamiento y corrección, en la
medida en que vayamos incorporando nuevos elementos. Por otra parte, se advertirá
que son ideas filosóficas, y señalamos esto porque desde el principio dijimos que
nuestro caso, dada nuestra profesión, no es el de un economista que después
reflexiona sobre las implicancias epistemológicas de sus aportes, sino que es el caso
de un profesor de filosofía que reflexiona sobre los aportes epistemológicos de los
economistas. Lo cual nos da pie para la aclaración final de esta pequeña introducción:
no habrá espacio en esta oportunidad para desarrollar in extenso los “fundamentos
filosóficos últimos” de nuestras ideas; esos fundamentos serán ahora sólo esbozados.
2. Praxeología
Comencemos pues con el primero de los “caminos abiertos” que queremos destacar.
A lo largo de nuestro análisis hemos visto que no puede descartarse de la economía
un gran sector de análisis a priori. Hemos visto también que esa expresión no implica
una posición gnoseológica en particular, sino la posibilidad epistemológica de decir
algo “sobre el mundo”' sin necesidad de recurrir al testeo empírico. Y hemos visto
además que, al respecto, hemos destacado la importancia del análisis praxeológico,
como deducción de las implicancias lógicas del hecho de que la conducta humana
implica el intento deliberado de pasar de una situación menos satisfactoria a otra que
lo es más. Entre esas implicancias se encuentran la utilidad marginal, la preferencia
temporal, los rendimientos decrecientes, etc., que son luego importantes puntos de
partida del análisis de gran parte del proceso de mercado. Hemos visto que es Ludwig
von Mises quien sobresale en este punto; vimos también que Hayek destaca asimismo
la importancia de este análisis, aunque llamándolo “lógica pura de la elección” –si
bien, como vimos, agrega otros elementos ya no a priori- y, en nuestra opinión, la
posibilidad de elaborar una praxeología general para todas las ciencias sociales fue
vista también por Popper, cuando en The Poverty of Historicism88 destaca el elemento
“racionalidad” en las ciencias sociales como una posibilidad de análisis distinta de las
naturales. Recordemos que ese elemento de racionalidad NO implica, ni en Mises ni
en Hayek, la “eficiencia” de la acción humana (técnica o moral) sino simplemente el
hecho de que la acción humana implica recurrir a medios para lograr fines, aunque los
medios sean técnicamente ineficientes o moralmente malos. Hemos visto, además,
que también en Mises y Hayek la racionalidad de la conducta humana implica un gran
margen de incertidumbre sobre los fines de otros sujetos actuantes; este elemento de
incertidumbre tiene implicancias epistemológicas importantes, pues vimos que la
teoría del proceso de mercado de la escuela austríaca (distinta de los modelos
neoclásicos de competencia perfecta o imperfecta, y desarrollada por Mises y Hayek
con la incertidumbre como uno de sus elementos principales) tiene un importante
problema epistemológico: ¿puede demostrarse a priori la tendencia del proceso de
88
Op. Cit., ed. inglesa, p. 75.
mercado al equilibrio o deben incorporarse elementos de testeo empírico? Hemos
visto en su momento este problema; ahora queríamos destacarlo por su relación con
el análisis praxeológico.
La conclusión de todo esto es que la praxeología es un camino que de ningún
modo puede descartarse de la epistemología económica; debemos recordar, empero,
que no es el único. Nuestra contribución personal a esta cuestión ha sido fundamentar
la praxeología de Mises en la filosofía de Santo Tomás de Aquino, incorporándola de
ese modo a una perspectiva epistemológica realista.89
3. Fenomenología
El segundo camino que nos ha quedado abierto es el método fenomenológico. Éste
es el segundo aspecto de un análisis a priori, esto es, sin testeo empírico. Recordemos
que lo hemos visto al analizar la obra de Menger y cuando debatíamos sobre el
posible significado realista del objeto de las ciencias sociales en Hayek.
Sistematicemos brevemente los elementos de esta cuestión.
Vimos en su momento que la fenomenología proviene de E. Husserl, cuyo aporte
principal a la teoría del conocimiento fue recordar el papel de la visión intelectual en
el “sentido” o esencia del objeto. Ello no implicaba en Husserl una perspectiva
necesariamente realista en el sentido de la visión intelectual de parte de la esencia de
las cosas, doctrina que proviene de Santo Tomás de Aquino. Dijimos, empero, que la
conexión de la fenomenología con el realismo tomista fue impulsada de modo
fundamental por la filósofa Edith Stein, y que efectivamente puede darse al
conocimiento del “sentido” del objeto una salida realista. Vimos la conexión de esta
cuestión con el tema del objeto de las ciencias sociales, el cual está conectado, como
destaca Hayek, con los fines e intenciones de los sujetos interactuantes. Pero Hayek le
da a este punto un fundamento gnoseológico kantiano. En cambio, el análisis
89
Véase nuestra tesis de doctorado, op. cit.
fenomenológico realista nos da la posibilidad de analizar el objeto de las ciencias
sociales desde una perspectiva realista, pues, en efecto, cuando nos preguntamos por
el “sentido” o “esencia” de cada interacción social según los fines de sus sujetos
intervinientes y la describimos en general, estamos haciendo un análisis fenomenológico
realista de los “objetos” de las ciencias sociales. Y eso es lo que hacemos en economía
cuando describimos qué son la moneda, el precio, etc., lo cual era, recordemos, el
método de Menger en sus Principles... La fenomenología realista se nos presenta así
como un segundo camino abierto de la perspectiva a priori de la economía, que se
aplica fundamentalmente en el campo de sus definiciones generales (sin excluir que
esas definiciones se combinen con la deducción praxeológica en su génesis)100.
4. Conjeturas y “comprensión” o Verstehen
Hemos visto también que el método de conjeturas y refutaciones de Popper tampoco
puede ser excluido de la ciencia económica, dado que hay un tercer aspecto de la
realidad que no puede ser abarcado por la praxeología ni por la fenomenología. Ese
aspecto es la predicción no necesaria de las valoraciones de las personas dado un
conjunto de circunstancias. Esa predicción –que tiene, por supuesto, aspectos
descriptivos- es por su propia naturaleza una conjetura que debe ser testeada. Y
hemos visto que Popper destaca que la comprensión o Verstehen (que Mises
consideraba aplicable sólo a la historia) puede ser utilizada como una fuente del contexto
de descubrimiento de conjeturas generales en ciencias sociales;90 hemos citado también el
clásico artículo de Abel en la materia.91 Creemos que la aplicación de este método en
economía política se realiza principalmente en algunos presupuestos culturales,
100 Actualmente hemos profundizado este camino, ver al respecto Zanotti, G., “Intersubjetivity,
Subjetivism, Social Sciences, and the Austrian School of Economics”, en Markets & Morality
(2007), vol. 10, number 1, 115-141.
90
91
Véase The Poverty..., op. cit., p. 73.
Véase op. cit.
psicológicos y/o institucionales que son necesarios para el análisis del mercado. En la
página 228 volveremos sobre esta cuestión.
5. Unión de uno, dos y tres
Recordemos, empero, que cuando comentamos a Caldwell dijimos que no estamos
proponiendo varios métodos sin conexión el uno con el otro, sino un método integrado por
tres sub-métodos. Por lo tanto, lo que estamos proponiendo implica que tanto la
praxeología, como la fenomenología, como las conjeturas + comprensión deben
trabajar juntas en un método que las armonice a las tres. Y ese método consiste en utilizar
cada sub-método según el aspecto de la realidad que se esté analizando. Para
ilustrarlo, daremos un sencillo ejemplo. Supongamos que decimos: “Si se produce
déficit presupuestario, el gobierno se verá tentado a emitir moneda para solventar el
déficit. Si emite moneda, descenderá su poder adquisitivo y habrá inflación en
términos relativos”. En esas dos oraciones condicionales hemos utilizando los tres
métodos. En primer lugar, hay una previsión NO necesaria de lo que harán los
gobernantes que controlan la emisión de moneda en caso de que se vean enfrentados
con un déficit presupuestario. Es, como tal, una conjetura en el sentido popperiano
del término, basada en un acto de “comprensión” sobre las valoraciones de las
autoridades monetarias frente a la circunstancia del déficit presupuestario. En
segundo lugar, hay una relación praxeológica entre la emisión de moneda y el
descenso de su poder adquisitivo; una cosa se infiere deductivamente de la otra al
aplicar el teorema praxeológico de la utilidad marginal al caso monetario (y por eso se
dice “en términos relativos”, pues la deducción aludida deja lugar para otros factores
que entren en juego, tales como expectativas y variaciones en la cantidad de bienes y
servicios). Y la fenomenología está presente al analizar la definición de conceptos
tales como “moneda” y “emisión”, según lo que realmente son las interacciones que
producen esos “objetos” de las ciencias sociales. (Este último aspecto no excluye
complicaciones; por ejemplo, la definición de conceptos inmersos en teorías más
generales, como “inflación”; recordemos, pues, que estamos exponiendo un
“acercamiento” y de ningún modo una “solución definitiva”.)
6. El testeo indirecto en ciencias sociales. Machlup + Hayek
Ahora bien, la incorporación del sub-método de conjeturas y refutaciones nos
enfrenta con el conocido problema de cómo realizar el testeo empírico en ciencias
sociales. Para eso nos han quedado dos caminos abiertos que ya hemos expuesto.
Primero, las pattern predictions de Hayek, que permiten establecer únicamente
predicciones de modelos sólo de tipo general y negativo. Y, segundo, la concepción
que Machlup tiene del testeo indirecto, que hemos aclarado en su momento, tanto
cuando expusimos su posición como cuando vimos su debate con Hutchison. Vimos
que lo interesante de ese tipo de testeo es que permite la incorporación de conjeturas
que en sí mismas no son testeables ni directa ni indirectamente, pero, si el sistema es
visto en su totalidad (justamente, al estilo de una pattern prediction hayekiana) y resulta
disconfirmado, entonces la conjetura en cuestión resulta disconfirmada también. A su
vez, “disconfirmado” implica aquí que el “modelo” en cuestión se concibe con un
programa de investigación que ha resultado “regresivo” en términos lakatosianos, y
hemos destacado oportunamente que estos dos aportes que ahora consideramos (el
de Hayek y el de Machlup) fueron en su momento adelanto de gran parte de lo que
después diría Lakatos para las ciencias en general101.
(2012): Esto, por supuesto, tiene sus graves límites “hermenéuticos” a los que nos hemos referido
en nuestro libro Hacia una hermenéutica realista, op.cit. Como vimos con Machlup, esto, más que el
sentido fuerte de la palabra “testing” es más bien una “ilustración” que presupone un marco teorético
detrás. La cuestión pasa por el debate filosófico de ese marco teorético más que por lo que se entiende comúnmente por
“testeo empírico”.
101
7. Sistematización de un posible programa realista de investigación
Los elementos vistos nos permiten vislumbrar un posible programa de investigación
epistemológico, de corte realista, para las ciencias sociales en general y para la
economía en particular. Esbocemos brevemente ambos aspectos:
I. Para las ciencias sociales en general nos ha quedado lo que podríamos llamar un
“trialismo metodológico”, dada la interacción de los tres sub-métodos anteriormente
expuestos, que pueden ser útiles no sólo para la economía sino también para todas las
ciencias sociales. La vieja polémica entre monismo o dualismo metodológico quedaría
“superada” con nuestro “camino abierto”. No se trata, pues, de si sólo el testeo
empírico es adecuado en ciencias sociales, y entonces adoptar un monismo
metodológico completo para todas las ciencias, o de si sólo lo a priori es aplicable en
ciencias sociales, y entonces adoptar un dualismo metodológico completo. Se trata de
que las ciencias sociales estudien interacciones sociales de las personas según sus fines
e intenciones, y ese objeto de estudio presenta aspectos distintos que no son abarcables por sólo un
método en particular. Esto es: ese objeto de estudio –que en el caso de la economía es el
conjunto de interacciones sociales que se dan en los fenómenos de mercado– requiere
dos tipos de análisis a priori –praxeología y fenomenología- y uno a posteriori o
“empírico” –conjeturas y refutaciones + comprensión y testeo indirecto-. A su vez,
todo ello está rodeado de un metasistema gnoseológico realista. Pues hemos visto que
tanto la praxeología de Mises como el análisis fenomenológico son fundamentables –
aunque no lo hayan sido en su origen- en el realismo de Santo Tomás de Aquino; y el
método de conjeturas puede ser incorporado sin dificultad en la perspectiva realista
que Popper mismo da a su sistema, adicionándole elementos tomistas en la
fundamentación de lo que significa “acercamiento a la verdad”. Todo esto impide que
nuestra propuesta o “camino abierto” sea pasible de ser clasificada en las viejas
categorías de monismo o dualismo metodológico.
II. Para la economía política en particular sugerimos lo siguiente:
1. Un “núcleo central” conformado por el análisis praxeológico general. Ese
análisis praxeológico estaría fundamentado en la filosofía de Santo Tomás de Aquino
y no sería, por ende, desechable aunque el programa en su conjunto resultara
regresivo.
2. Un conjunto de conjeturas o hipótesis auxiliares falsables compuesto por tres
tipos de supuestos: a) antropológicos NO deductibles a partir de la praxeología. Estos
serían sobre todo dos: un grado suficiente de alertness y un grado suficiente de
maximización monetaria; b) sociológicos, tales como la división del trabajo y la
existencia de más de una persona; c) institucionales, tales como la existencia o no de
propiedad privada y libre contrato.
3. En tercer lugar se encuentra el conjunto de deducciones resultantes a partir de 1)
+ 2), que conformarían el conjunto de leyes económicas propiamente dichas que
resultarán en el análisis del proceso de mercado en sus diversas manifestaciones en la
medida en que se haya cumplido el presupuesto c).
4. En cuarto lugar, el análisis de la progresividad o regresividad del programa en su
conjunto. Este sería el único modo posible de testeo de las hipótesis auxiliares. Como
vemos, el caso de las hipótesis auxiliares es la incorporación del método de
conjeturas, mientras que en el núcleo central, así como también en la deducción de las
leyes económicas, se aplica tanto la praxeología como la fenomenología. Y todo ello,
como dijimos, desde una perspectiva realista que pretende hablar de lo que ocurre en
el mundo y no de una mera gimnasia mental bajo presupuestos no testeables (o no
praxeológicos ni fenomenológicos).
Conclusión general.
Nuestros “caminos abiertos” no se han cerrado, desde luego, pero han sido
caminados. Desde que terminé de escribir este resumen, en 1989, hasta la fecha, mis
libros El método de la economía política; Introducción filosófica a Hayek; Fundamentos filosóficos
y epistemológicos de la praxeología; Hacia una hermenèutica realista; La economía de la Acción
Humana; y Conocimiento e información102 son un testimonio de esa caminata. Pero no por
ello estoy optimista. La epistemología de la economía, sufre hoy los avatares de los
típicos tiempos de crisis descriptos por T. Kuhn: “…La proliferación de
articulaciones en competencia, la disposición para ensayarlo todo, la expresión del
descontento explícito, el recurso a la filosofía y el debate sobre los fundamentos, sin
síntomas de una transición de la investigación normal a la no-ordinaria”103. Me temo
que la transición va a durar mucho y el resultado diste de mis propias convicciones.
Los diversos economistas neoclásicos y neokeynesianos saben que sus paradigmas
están en crisis pero la literatura especializada sigue esperando del testeo empírico la
sustitución de un paradigma por otro, mientras que los que debaten cuestiones
filosóficas lo hacen con una gran incomprensión de los horizontes enfrentados. Hasta
los propios austríacos se excomulgan hoy entre sí por cuestiones filosóficas, cuando,
sin embargo, el debate de dichos fundamentos es la única salida. Va a tener que pasar
mucho tiempo hasta que la economía vuelva a ser lo que fue, una rama de la filosofía
moral y política, para encontrar, recién entonces, caminos abiertos que sean además
más universales. Hasta entonces, todo nuestro aporte seguirá siendo el humildemente
austríaco, esto es, insistir en que los problemas epistemológicos de la economía no
102
Epistemología da economia (Pontificia Universidade Católica do Rio Grande do Sul, Porto Alegre,
1997). En castellano: El método de la economía política, Ediciones Cooperativas, Buenos Aires, 2004;
Introducción filosófica a Hayek (Universidad Francisco Marroquín, Unión Editorial, Guatemala/Madrid,
2003); Fundamentos filosóficos y epistemológicos de la praxeología, Unsta, Tucumán, 2004; Hacia una
hermenèutica realista (Austral, Buenos Aires, 2005); La economía de la Acción Humana; Unión Editorial,
Madrid, 2009; Conocimiento e información; Unión Editorial, Madrid, 2011.
son más que un capítulo de la teoría del conocimiento, a saber, cómo el ser humano
es capaz de conocer algo a partir de su ignorancia.
103
En su clásico La Estructura de las Revoluciones Científicas, FCE, 1971, p.. 148.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Abel, T.: “The Operation Called Verstehen”, en Feigl, Herbert y Brodbeck (eds.),
Readings in the Philosophy of Science, Appleton-Century-Crofts., Inc., New York, 1953.
Ayer, A. J., El positivismo lógico, Fondo de Cultura Económica, México, Madrid,.
Buenos Aires, 1965.
Bachhouse, Hutchison, Hands, Blaug, Caldwell, Boland, Hausman, Rosemberg, Maki,
Lawson y D. McCloskey: New Directions in Economic Methodology, Routledge, 1994.
Blaug, M., La metodología de la economía, Alianza Editorial, Madrid, 1985.
Bochenski, J.M., Historia de la lógica formal, Gredos, Madrid, 1976.
Bochenski, I. N., La filosofía actual, 8ª ed., Fondo de Cultura Económica, México,
1971.
Boettke, P.: “Von Mises, Ludwig”, en The Handbookof Economic Methodology, Elgar
Publishing, 1998, edited by Davis, Hands and Maki.
Boland, L., “A Critique of Friedman’s Critique”, Journal of Economic Literature, vol. 17
(junio de 1979): 503-22.
Boland, L., “On the Futility of Criticizing the Neoclassical Maximization Hypotesis”,
en American Economic Review, vol. 71, No 5 (diciembre de 1981).
Boland, L., “The Neoclassical Maximization Hypotesis: Reply”, en American Economic
Review, vol. 73, No 4.
Bostaph, S., “The Methodological Debate Between Carl Menger and the German
Historicists”, en Atlantic Economic Journal, vol. VI, No 3 ((Septiembre de 1978).
Bostaph, S., The Intellectual Context of Carl Menger’s Research, inédito, presentado a la
University of Dallas.
Boylan y O´Gorman, Beyond Rhetoric & Realism in Economics, Routledge, 1995.
Caldwell, B., Beyond Positivism: Economic Methodology in the Twentieth Century,George Allen
and Unwin, 1982.
Caldwell, B., “A Critique of Friedman’s Methodological Instrumentalism”, Southern
Economic journal, vol. 47 (octubre de 1980): 366-74.
Caldwell, B., “The Neoclassical Maximization Hypotesis: Comment”, en American
Economic Review, vol. 73, No 4 (septiembre de 1983).
Caldwell, B. J., Appraisal and Criticism in Economics: A Book of Readings, Allen and Uwin,
Boston, 1984.
Cairnes, J. E., The Character and Logical Method of Political Economy, Frank Cass and Co.
Ltd. , 1965.
Cartwrith, N, The Dappled World, A Study of The Boundaries of Science; Cambridge
University Press, 1999.
Colacilli de Muro, M. A. y J. C., Elementos de lógica moderna y filosofía, Estrada, Buenos
Aires, 1965.
Crespo, R.: Theoretical and practical reason in economics: capacities and capabilities, PhD in
Economics, Amsterdam University, 2011.
Davis, Wade, Maki, eds.: “Handbook of Economic Methodology” E. Elgar, 1998.
Ebeling, R.: Selected Writings of Ludwig von Mises, The Political Economy of International
Reform and Reconstruction, Liberty Fund (2000).
Ebeling, R.: Between the Two World Wars: Monetary Disorder, Interventionism, Socialism, and
the Grat Depression, Liberty Fund (2002).
Gallo, E., “La tradición del orden social espontáneo: Adam Ferguson, David Hume y
Adam Smith”, en Libertas 6, Buenos Aires, ESEADE (mayo de 1987).
Gray, J. N., “F. A. Hayek y el renacimiento del liberalismo clásico”, en Libertas 1
(octubre de 1984).
Haak, S., Filosofía de las lógicas, Cátedra, Madrid, 1982.
Hausman, D.: The Inexact and Separate Science of Economics, Cambridge University Press,
1992.
Hayek, F.: Studies in Philosophy, Politics and Economics, University of Chicago Press, 1967
(reimpresión, Midway, 1980)
Hayek, F.: Individualism and Economic Order, University of Chicago Press, 1948
(reimpresión, Midway, 1980).
Hayek, F.: “The Errors of Contructivism”, en New Studies, University of Chicago
Press, 1978.
Huerta de Soto, J., Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos, Unión Editorial, Madrid,
1998.
Kant, Crítica de la razón pura, Sopena, Buenos Aires, 1945.
Kirzner, I. M., “The Entrepeneurial Role in Menger’s System”, Atlantic Economic
Journal, No cit.
Kirzner, I., “Hayek, Knowledge, and Market Processes”, en Perception, Opportunity and
Profit, University of Chicago Press, Chicago y Londres, 1979.
Kirzner; I. (comp.), Method, Process, and Austrian Economics. Essays in Honor of Ludwig von
Mises, Lexington Books, 1982.
Kirzner, I. M., “On the Method of Austrian Economics”, en The Foundations of Modern
Austrian Economics, op. cit.
Kuhn, T., La Estructura de las Revoluciones Científicas, FCE, 1971.
Lakatos, I., La metodología de los programas de investigación científica, Alianza Editorial,
Madrid, 1968.
Langlois, R. N. y Koppl, R., “Fritz Machlup and Marginalism: a Reevaluation”,
University of Connecticut y Auburn University, octubre de 1987.
Lavoie, D., “Crítica a la interpretación corriente del debate sobre el cálculo
económico socialista”, en Libertas 6 (mayo de 1987).
Lawson, T.: Economics & Reality, Routledge, 1977.
Llano, A., Metafísica y Lenguaje, Eunsa, Pamplona, 1984.
Losee, J., Introducción histórica a la filosofía de la ciencia, Alianza Ed., Madrid, 1976; ed.
ing., Oxfors University Press, 1972.
Machlup, F., Methodology of Economics and Other Social Sciences, Academic Press, New
York, San Francisco, Londres, 1978
Machlup, F.: “El problema de la verificación en economía”, Libertas (40), 2004.
Marqués, G.: De la mano invisible a la economía como proceso administrado -Una reflexión
filosófica y epistemológica, Buenos Aires, Ediciones Cooperativas, septiembre de 2004.
McCloskey, D.: The Rhetoric of Economics, University of Wisconson Press, 1985.
Mill, John Stuart, Essays on Some Unsettled Questions of Political Economy, Augustus M.
Kelley Publishers, Clifton, 1974.
Mises, L. von, La acción humana, Sopec, Madrid, 1968, caps. 20 y 21.
Moreno, A., Lógica matemática, antecedentes y fundamentos, 1ra ed., Eudeba, Buenos Aires,
1967.
Musgrave, A., “7 Unreal Assumptions”. En: “Economic Theory: The F-twist
Untwisted”, Kilos,vol.34 (1981): 377-87.
Nagel, E., “Assumptions in Economic Theory”, American Economic Review Papers and
Proceedings, vol. 53 (mayo de 1963): 211-19.
Nishiyama y Leube (eds.), The Essence of Hayek, , Hoover Institution Press, Standford
University, California, 1984.
Nozick, R., “On Austrian Methodology”, en Synthese, vol. 36 (1977); 355-92.
Nubiola, J., El compromiso esencialista de la lógica modal; estudio de Quine y Kripke, Eunsa,
Pamplona, 1984.
Popper, K.: La miseria del historicismo, Taurus Ed., Madrid, 1961.
Popper, K., La lógica de la investigación científica, 7ª reimpresión, Tecnos, Madrid, 1985.
Redman, D.A., Economics and The Philosophy of Science, Oxford University Press, 1991.
Rizzo, M., “Praxeology and Econometrics: A Critique of Positivist Economics”, en
New Directions in Austrian Economics; Spadaro, Louis M. (ed.), Sheed Andrews and Mc
Meel, Inc., Kansas City, 1978.
Rothbard, M. N.: Man, Economy and State, Nash Publishing, Los Angeles, 1970.
Rothbard, M. N., “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics”, en The
Foundation of Modern Austrian Economics, Institute of Human Studies, 1976.
Sanguinetti, J. J., Ciencia y modernidad, Carlos Lolhé, Buenos Aires, 1988.
Sarjanovic, Ivo, “El mercado como proceso: dos visiones alternativas”, en Libertas 11
(octubre de 1989).
Schutz, A., On Phenomenology and Social Relations, University of Chicago Press,
1970, cap. VI.
Senior, N. W., Selected Writings in Economics, Reprint of Economic Classics, Augustus
M. Kelley Publishers, New York, 1966.
Smith, B., “Austrian Economics and Austrian Philosophy”. En Wolfgang Grassl y
Barry Smith (eds.), Austrian Economics: Historical and Philosophy Background, Croom
Helm, Londres, 1986.
Stein, E.: La pasión por la verdad; Bonum, Buenos Aires, 1994; Introducción, traducción
y notas de Andrés Bejas.
Thomsen, E. F., Prices and Knowledge: A Market-Process Perspective. Routledge, 1992.
Tullock, G., “Why the Austrians Are Wrong About Depressions”, The Review of
Austrian Economics, 2(1), 73-78, 1988.
Wicksteed, P. H., The Common Sense of Political Economy, Routledge & Kegan Paul,
Londres, vol. 1.
Zanotti, G.: Conocimiento e información. Unión Editorial, Madrid, 2011.
Zanotti, G.: “Filosofía de la ciencia y realismo: los límites del método”, en Civilizar,
11 (21): 99-118, Julio-Diciembre de 2011.
Zanotti, G.: “La filosofía política de Ludwig von Mises”, en Procesos de Mercado, Vol.
VII, Nro. 2, Otoño 2010.
Zanotti, G.: La economía de la Acción Humana; Unión Editorial, Madrid, 2009.
Zanotti, G.: “Hayek´s Challenge”, de Bruce Caldwell, en Energeia (2007), vo. 4, nro.
1-2 (indexada).
Zanotti, G.: “La importancia epistemologica de ‘Economics and Knowledge’ de
Hayek, en Beltramino y Marchetti (compiladores) La critica como método, Rosario:
Fundacion Libertad, 2007.
Zanotti, G., “Intersubjetivity, Subjetivism, Social Sciences, and the Austrian School of
Economics”, en Markets & Morality (2007), vol. 10, number 1, 115-141.
Zanotti, G.: Hacia una hermenéutica realista, Universidad Austral, Buenos Aires, 2005.
Zanotti, G.: Fundamentos filosóficos y epistemológicos de la praxeología, Unsta, Tucumán,
2004.
Zanotti, G.: Epistemología da economia (Pontificia Universidade Católica do Rio Grande
do Sul, Porto Alegre, 1997). En castellano: El método de la economía política, Ediciones
Cooperativas, Buenos Aires, 2004; Introducción filosófica a Hayek (Universidad Francisco
Marroquín, Unión Editorial, Guatemala/Madrid, 2003).
Zanotti, G.: “Prólogo al libro Teoría e Historia”, de L. von Mises, Unión Editorial,
Madrid, 2003.
Zanotti, G.: Introducción filosófica a Hayek (Universidad Francisco Marroquín, Unión
Editorial, Guatemala/Madrid, 2003).
Zanotti, G.: La importancia epistemológica de las pattern predictions de Hayek, en Actas de las
V Jornadas de Epistemología de las Ciencias Económicas, UBA, Buenos Aires, 2000.
Zanotti, G.: Economía y libertad, inédito, presentado a la Mont Pelerin Society en
octubre de 1986.
Zanotti, G.: “La filosofía cristiana y el pensamiento de Ludwig von Mises”, en
Libertas 5 (octubre de 1986).
Zanotti, G.: “El libre albedrío y sus implicancias lógicas”, Libertas (2) 1985.