Elogio de la Transición
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Fue, sin duda, un proceso complejo en el que confluyeron intereses y anhelos diversos. La vocación democrática de grupos que habían sido de oposición a la dictadura, el deseo de sectores más o menos neutros que se politizaron al atisbarse la llegada de las libertades, el instinto de supervivencia de elementos franquistas que vieron la posibilidad de adaptarse a la nueva realidad y de seguir medrando... se apiñaron en torno a una inercia ciudadana de convivencia pacífica, reconciliación y ambición de futuro que desembocó en un consenso fundacional que se plasmó en la Carta Magna. En todo esto, junto a algunas personalidades concretas, desempeñó un papel decisivo la potente presión social de fondo, sin la cual el surgimiento del nuevo régimen hubiera resultado mucho más difícil. Sobre aquellas bases, España ha recorrido un trayecto de casi cuatro décadas de importante desarrollo material e intelectual.
Hoy, nuestra Constitución, que requiere cambios con urgencia para resolver evidentes anacronismos causados por el paso del tiempo, sigue siendo el fundamento de un régimen político y de un sistema de convivencia eficaces. Y aunque se invoque con razón la puesta al día del gran marco institucional, ello no significa que la ley fundamental haya perdido vigencia, prestancia o legitimidad. La Constitución admite críticas, faltaría más, pero no hay que dejarse engañar por descalificaciones a veces en exceso globales.
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Elogio de la Transición - Antonio Papell Cervera
978-84-16842-04-9
CAPÍTULO I
La epopeya de la Transición
La Transición española es la única empresa colectiva que ha unido de forma racional y consciente a un sector abrumadoramente mayoritario de españoles en los últimos siglos. No se ha tratado de una gesta épica, de esas que jalonan el curso de la historia con raptos de heroísmo, sino de un afán patriótico racionalista –en el sentido que da Jürgen Habermas al patriotismo constitucional– que nos ha prestado la capacidad de superar las consecuencias de una cruenta confrontación civil, desenlace de una larga patología política que arranca a comienzos del xix, mediante un esfuerzo de razón y de voluntad basado en la reconciliación consciente entre facciones de españoles y en la edificación de un régimen democrático, capaz de acoger a todos y de conducirnos a un estadio convivencial avanzado y moderno, semejante a los que habían sido nuestros modelos en la oscura etapa autoritaria.
El relato de la Transición –no el desarrollo cronológico de sus hitos sino la descripción del espíritu subyacente que movía los hilos– permite una narración directa e ingenua: las distintas generaciones confluyentes en la muerte del dictador, conscientes del riesgo de que el fin del franquismo diera lugar a un cruento desquite de la Guerra Civil, pactaron la reconciliación y la paz, con la condición de erigir un régimen inclusivo que diera a todos en lo sucesivo las mismas oportunidades y que entregara a las generaciones siguientes el marco democrático que les permitiera crecer y desarrollarse sin sobresaltos en un Estado pluralista homologable con los de la Europa que siempre habíamos deseado emular.
Dicho relato narra un proceso que discurre gracias a la buena fe de los actores convocados a la ceremonia, aunque a nadie se le escapa que la realidad ha sido sin duda mucho más compleja. Los pactos políticos no pueden fiarse al imperativo ético, sino que este debe acomodarse en la medida de lo posible a los intereses en presencia. Resultaría absurdo negar que los partidos que llegaban del exilio con la intención de instalarse en el nuevo Estado aspiraban al poder, de la misma manera que no habría entendido nada de la Transición quien no advirtiese que el sector menos recalcitrante del régimen franquista deseaba también redimirse con su ejercicio de tolerancia para conseguir un acomodo en el sistema emanado de los tiempos nuevos. Pero tampoco resultaría justo negar que aquellas gentes que convergían en el afán de construir una España inclusiva y decente, democrática y acogedora, participaban de un afán sincero que colmaba unas inclinaciones éticas vinculadas a la dignidad de los actores, al deseo de extender unos valores solidarios de orígenes híbridos –la tradición laica se vinculaba a la religiosidad de los sectores más modernos de la Iglesia– y a una cierta magnanimidad de espíritu que, en determinados contextos culturales, interviene decisivamente en el progreso de los pueblos.
En cualquier caso, y pese a la improvisación con que hubo que hacer frente a los retos, existió indiscutible conciencia de que se estaba forjando una epopeya que habría de dar como resultado un régimen habitable, acogedor, generoso, capaz de ponernos al paso europeo, del que nos habíamos descolgado mucho tiempo atrás (era bien conocido que las ideologías que nutrían el franquismo habían sido derrotadas en la Segunda Guerra Mundial).
En un país como España, con una historia convulsa y cargada de anacronismos –la falta de una verdadera revolución burguesa a la manera de la británica o de la francesa nos ha otorgado una personalidad singular y nos ha desencajado de todas las sincronías europeas–, esta epopeya ha tenido un cierto carácter fundacional, como lo tuvo, por ejemplo, para nuestros vecinos galos la Revolución francesa o para los norteamericanos la tarea de la Convención de Filadelfia que dio a luz la Constitución de los Estados Unidos. En nuestro caso, con dos siglos de retraso.
La idea positiva que vinculó la Transición a la idea de una epopeya vinculante que nos abarcaba a todos bajo el paraguas constitucional ha durado, sin un gran aparato crítico que la cuestionase, hasta el arranque de la gran crisis económica que acabamos de padecer desde 2008 hasta 2014. A partir de esta grave contrariedad, surge potente un nuevo discurso que pone en cuestión los verdaderos móviles y la teleología de las generaciones que forjaron el consenso originario. Y que cuestiona la calidad misma del régimen emanado de aquella confluencia.
Esta corriente de pensamiento contemporáneo estructurada durante la crisis económica, combinada con la eclosión de los grandes escándalos de corrupción y vinculada al rescate de la memoria histórica, sostiene que el pacto democrático suscrito tras la muerte de Franco fue, ante todo, una traición a los republicanos derrotados de la Guerra Civil, que debieron ser vindicados por los demócratas una vez concluida la dictadura. En cambio, ni se reivindicó a las víctimas, ni mucho menos se depuraron las responsabilidades derivadas de la rebelión militar que originó dicho conflicto, ni los abusos y crímenes de la dictadura posterior; aquel deber, para algunos inexorable, fue sustituido por unas amnistías que hacían borrón y cuenta nueva y, en cierto modo, equiparaban injustamente todos los crímenes.
Semejante visión se completaba con la tesis de que aquella fórmula, que dio lugar a la Constitución de 1978, fue en realidad la hábil estratagema que permitió a los jerifaltes del antiguo régimen, con el rey a la cabeza, sobrevivir a la gran mudanza y mantener su hegemonía en el nuevo. «A la vez –ha escrito Javier Moreno Luzón sobre el particular– se construía un mito alternativo, que idealiza la Segunda República y transforma a los combatientes del bando republicano en la Guerra Civil –también a los más aguerridos anarquistas y estalinistas– en demócratas sin tacha»[1].
En definitiva, los críticos que han irrumpido en el panorama político e ideológico español al socaire de la crisis y de la corrupción han elaborado el relato de que el régimen actual es en realidad un artificio malogrado e ilegítimo que hay que derruir para dar paso a un nuevo aliento republicano que entroncaría con el que dejó de existir ¡hace 77 años!
Tal teoría tropieza con la realidad que se vivía en España a mediados de los setenta del pasado siglo. Por aquel entonces, existía una masiva y constatable presión popular a favor de la normalización del país, del término de la excepcionalidad pintoresca de aquella dictadura insostenible tanto en la práctica como en el terreno de la especulación intelectual. Pero todo ello se planteaba sobre el yermo de una colosal despolitización, sembrada por el régimen franquista durante casi cuarenta años. La Segunda República era, para la mayoría más joven de los españoles de entonces, un pretérito tan remoto como la Reconquista, y los únicos vectores significativos capaces de movilizar conciencias eran la propia democracia, entendida –o, mejor, intuida– como un régimen acogedor y participativo, y la reconciliación, concebida como superación del aterrador conflicto que garantizase su cancelación definitiva, a salvo de cualquier posibilidad de desquite. Para los ciudadanos más conscientes de aquella etapa, la democracia era un ideal que se materializaba, siguiendo a Georges Vedel, como un «sistema de diálogos». «La idea de diálogo –explicó el politólogo francés– expresa la filosofía profunda de la democracia.» Y aclara: «La filosofía democrática rechaza la creencia de que existe una armonía espontánea y automática entre los diversos interlocutores del mundo político. Pero esta filosofía no cree tampoco que las oposiciones sean de tal naturaleza que impidan encontrar una conciliación»[2].
Aquellas convicciones de la mayoría social que generaban ansias de fraternidad y consenso eran, por supuesto, incompatibles con la idea de una ruptura traumática de la legalidad para imponer drásticamente otra distinta; la revolución no hubiera encontrado adeptos, de ahí que los personajes que hubiesen podido invocarla –Santiago Carrillo, por ejemplo–, se guardaron mucho de ello. Salvo, claro está, los grupúsculos violentos, como el GRAPO, que crearon movimientos terroristas en la clandestinidad, sobre ideologías utópicas muy excéntricas y sin apoyo social alguno. ETA, por su parte, mantenía su propia guerra con la más inexplicable fiereza, sin dar importancia al hecho evidente de que su actuación dificultaba la democratización del sistema político español ya que daba alas a los partidarios de la línea dura, contrarios a cualquier apertura.
En aquel marco de exigencias inconexas, los autores materiales de la Transición –el rey, Adolfo Suárez, sus introductores y colaboradores– tuvieron el mérito de adaptar sus estrategias al pulso del país, que no hubiera aceptado ni más precipitación ni más audacia, ni siquiera una discontinuidad flagrante y peligrosa en la progresión entre el viejo régimen, por el que bien pocas lágrimas se derramaron, y el nuevo, que dio lugar a una generalizada ilusión, aunque tampoco adhesiones enfervorecidas ni entusiásticas. El de 1975 no era un país de héroes, y quienes realizaron la Transición se acomodaron al anhelo de las ya abundantes clases medias, ilusionadas sin duda pero con un alto grado de cautela y buenas dosis de pusilanimidad en las conciencias.
La crítica actual a la Transición tiene además otro elemento, suscitado por el conflicto catalán: los nacionalistas consideran inservible el orden constitucional vigente, que habría que abolir para permitir que las naciones sin Estado puedan autodeterminarse. A su juicio, el camino de la reforma ya se ha explorado sin éxito, por lo que no queda más remedio que la ruptura del statu quo.
Todas estas críticas, las que ponen en duda los valores éticos y políticos del proceso y la que niega que el sistema de organización territorial resuelva adecuadamente la demanda de diversidad de la periferia, son excéntricas y escapan al consenso intelectual predominante, que establece una gradación valorativa, desde la tibieza al entusiasmo, en la ponderación del proceso, pero que en todo caso arroja un juicio casi unánimemente positivo.
Ello no obstante, hay que reconocer que la crisis económica ha acentuado un fenómeno de marginalización de grandes capas de población, que han sido expulsadas del núcleo central de esta sociedad y que, como es lógico, no sienten adhesión alguna hacia el sistema establecido. Hoy, al término de la crisis, España ha alcanzado un grado insólito e insostenible de desigualdad interna. Así, el informe «Una economía al servicio del 1%», hecho público a mediados de enero de 2016 por la ONG Oxfam Intermon, informa de que
la pobreza y la exclusión en España han aumentado «de manera alarmante» en los últimos años, con 13,4 millones de personas en riesgo de exclusión en el año 2014, esto es, el 29,2% de la población española. […] España es el segundo país de la Unión Europea en el que más ha crecido la distancia entre rentas altas y bajas, sólo por detrás de Estonia, y entre 2007 y 2014 el salario medio español se desplomó un 22,2%. [...] Además, según los datos de la OCDE, los hogares más desfavorecidos son los que han sufrido una mayor caída de los ingresos durante la crisis, y el salario de los más ricos es 18 veces superior al del 10% más pobres[3].
Otro informe publicado por la UGT a primeros de febrero daba a conocer que 5,9 millones de trabajadores, el 35% de los asalariados, percibe una renta mensual inferior al salario mínimo, de 655,20 euros; existe, por lo tanto, en este país una pobreza estructural también en la población empleada.
Es muy comprensible que estos ciudadanos expulsados por el sistema a la inclemente periferia social salgan del consenso político e ideológico, abominen del statu quo, rechacen la «vieja política» y se desentiendan absolutamente del régimen que ha prescindido de ellos de manera brutal. La reconquista de niveles aceptables de igualdad es el gran reto que hoy tiene este país y al que deben dedicarse con el mayor énfasis los viejos y los nuevos partidos.
Este descentrado consciente de grandes sectores de población desintegrados por razones socioeconómicas no supone, sin embargo, un rechazo de la naturaleza del régimen político sino, más bien, de sus gestores, incapaces y corruptos, que han permitido su decadencia y que han ignorado sus valores esenciales. El 15M no fue una censura a las estructuras normativas del statu quo sino a la pasividad del establishment ante la desnaturalización y el deterioro progresivos del sistema. Los manifestantes exigían una democracia más participativa –«Democracia real, ¡ya!» era el grito de guerra y el nombre de uno de los movimientos espontáneos–, así como las reformas necesarias para salir del impasse que había quedado de manifiesto con la crisis, y sus secuelas de desempleo y proletarización. Se ha dicho con razón, desde los propios círculos de la movilización, que el 15M constituyó un proceso de politización o de repolitización de la sociedad, y así fue en efecto; pero en modo alguno fue un proceso prerrevolucionario, porque, salvo en grupos muy concretos, no hubo propuestas de cambio de modelo. La «nueva Transición» de que ha hablado Pablo Iglesias en un resonante artículo[4] no es más que un proceso reformista, como lo prueba la contraportada de su último libro, una compilación que incluye el artículo mencionado:
Esperaban parapetados en sus palacios el asalto de los bárbaros. Imaginaban a salvajes escoceses capitaneados por William Wallace cargando desordenadamente hacia ellos. Sin embargo, para cuando quisieron darse cuenta, los bárbaros ya habían entrado en los palacios. Y no tenían un aspecto tan aguerrido, eran apenas ciudadanos armados de escobas y fregonas (se trataba de limpiar, al fin y al cabo) que habían entrado por las puertas de las instituciones empujados por otros ciudadanos […] Cuando un país ha cambiado, los asaltos son un paseo de la gente[5].
Sería, sin embargo, irracional no admitir que estas tesis críticas con el naufragio político y socioeconómico del país a partir de 2009 –en muy poco tiempo, el paro se ha hecho insoportable, el Estado de bienestar se ha desmoronado y los grandes derechos sociales se han relativizado– son síntomas elocuentes de cierta obsolescencia del modelo, que requiere renovadores aportes de flexibilidad e inteligencia para producir una actualización que salve los anacronismos, resuelva las disfunciones –el modelo territorial, en primer lugar– y devuelva a la Carta Magna el sentido de anticipación y la lozanía perdidos.
Por el contrario, argumenta Moreno Luzón en el artículo antecitado, aquellas críticas y protestas
han obtenido, por parte del Partido Popular, fuera y dentro del Gobierno, una sola respuesta: considerar la Transición un icono sagrado y la Constitución un texto intocable. La vía intermedia de los socialistas, que trataron de hacer compatible la reivindicación de aquellos logros con el reconocimiento a