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Debido a un golpe del destino, Ezequiel se ve empujado a aceptar un trabajo en una cárcel. Pero nada es por casualidad, la búsqueda de Wormhole le atormenta, le llama, le obliga a escarbar en su propia psique y dejar que las decisiones se tomen solas. Aunque su mujer y su recién nacido son lo primero, un superyó crece poco a poco en su cerebro hasta convertirse en el propio narrador de la historia, para así enseñarnos cuál es su verdad: un poder que le permite ver cosas y acciones alejadas de su radio de acción. De esta extraña forma, ciertas historias, en un principio ajenas al hilo argumental, se entremezclan hasta unirse en una sola. Al unísono, las galerías de Wormhole desvelan un misterio que va más allá de una realidad asolada por el COVID-19.
A Daniel Aragonés no le tiembla el pulso a la hora de abordar las anomalías de nuestro tiempo. Al contrario, encajan a la perfección en su escritura directa e impactante, indistinguibles de su universo extraño y furibundo. Con Wormhole nos trae una novela incómoda. Weird en estado elemental. Surrealismo. Terror. Ficción extraña, pura y dura.
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Wormhole - Daniel Aragonés
PRIMERA PARTE
Flashes sin orden aparente
Primer flash
Cientos de agujeros convierten la pared de las galerías en una orgía de oscuridades latentes. De cada orificio, y de forma regular, emerge un gusano con una enorme boca en su apéndice externo. A su vez, de cada una de esas bocas emerge otro gusano más pequeño, provisto también de una enorme boca dentada. Los asquerosos bichos emiten sonidos. Frases inconexas dirigidas a mi persona. Forman parte del subconsciente y viven en la cárcel. Una de sus características es que solo puedo verlos yo, quizás debido a mi propia locura, o simplemente porque soy esquizofrénico, o porque tengo un don. Ni lo sé ni me hago preguntas.
De entre lo que dicen, rescato algunas frases aisladas:
«Ahora ya no dices nada, ¿eh?».
«¿Dónde está el viejo escritor? ¿Ha muerto? ¿Lo has enterrado?».
«La bestia ya no existe. La sombra se ha borrado. Tu senda es ahora de papel mojado».
«¿Tu viejo ya ha dejado de caminar a tu lado? Sí, ahora va por delante, y le puedes escuchar. No estás solo dentro de ti, y para averiguar qué sucede tendrás que adentrarte en el agujero del gran gusano. Sumergirte. Hundirte entre sus fauces».
«No estás loco, amigo, no lo estás».
«Solo tú puedes vernos. Solo tú puedes vernos. Solo tú puedes vernos».
«Estás loco, amigo, lo estás».
«Pronto conocerás la verdadera naturaleza del virus que te hará salir de forma definitiva. No se puede estar eternamente dentro de un agujero».
«Rata. Gusano. Rata. Gusano. Rata. Gusano».
Nada de esto tiene sentido, es un hecho. Tener que lidiar con varias realidades es bastante complejo, pero forma parte del camino, de nuestro camino. Y tú, como lector, tienes la obligación de aprender a separar una cosa de la otra.
Dosis de realidad paralela:
En estos instantes un compañero de trabajo me está enseñando las galerías de seguridad de los talleres de los módulos. Desde aquí se controlan las temperaturas y los consumos de agua de las celdas y los talleres. Forma parte de mi nuevo trabajo tomar nota de los contadores y revisar los depósitos térmicos y su temperatura.
—¿Estás bien? —me pregunta el compañero.
Aunque me encuentro un poco abstraído, me entero de todo, o eso creo, al menos.
—Eh, sí —contesto.
No es fácil atender a mi trabajo y ser testigo de las entidades que habitan las galerías del penal. Dos realidades, dos verdades, dos mundos ocupando un mismo espacio. Demasiado complejo para ser cierto, ¿no crees? Puede que me lo esté inventando, o puede que yo sea dos personas al mismo tiempo, incluso tres.
Segundo flash
Los miro a los ojos todas las mañanas. Sentados en sus maltrechas sillas de despacho, desechos de oficinas de funcionarios que se cansaron de su mobiliario y lo cambiaron por otro más nuevo y cómodo. Los miro a los ojos y finjo escucharlos, carcajeo falsamente con sus chistes de mierda y hago como si me importasen algo. Ellos no saben que vivo en una casa móvil, alejado de la civilización. Creen que soy un tipo casi normal que trabaja para dar de comer a su mujer y a su recién nacido. ¡Putos ignorantes!
Ellos también son desechos, igual que el mobiliario.
Piensan que soy un tipo callado.
No saben que de buena gana les prendería fuego y me sentaría a ver cómo arden, cómo gritan y se retuercen por el suelo como hormigas a la brasa. Creen conocerme, pero solo ven la punta del iceberg. Creen creer, pero en realidad son el agujero de su propia tumba. Son una creencia muerta y ancestral, la eyección de un enorme ano cósmico.
El jefe me llama indigente, bromea conmigo intentando confraternizar. Se cree el rey del mundo, y no le quito la idea. Mi paso por este lugar es insustancial. Solo me interesa Wormhole, y si tengo que ser sincero, aún no sé ni lo que es. No puede preocuparme un tipo que tiene una foto de Francisco Franco en su taquilla.
Así funciona el mundo. Así somos los seres humanos. Una manada de mentes que buscan el interés. Cada cual se arrima al árbol que mejor sombra le pueda proporcionar. El yomismismo se ha instalado en el subconsciente colectivo y avanza como un virus letal. Ya no existe el bien común. No existe nada, solo la parte material de un mundo sin espíritu, sin alma, sin poesía.
Mi mayor ventaja es que suelo dar miedo a la gente. Soy una especie de antihéroe con pinta de asesino en serie. Por suerte, todo esto es una auténtica gilipollez, pura fachada, una etiqueta del siglo actual. Los asesinos en serie suelen tener pinta de pringados, llevan gafas y pasan desapercibidos. Odio los estereotipos. Menos mal que aquí dentro todo se va a la mierda. Te das cuenta de que el más pringado de todos, el típico gafotas con cara de cráter, suele ser el más sádico y violento de toda la cárcel.
Pero nada de esto importa.
Ni siquiera tú importas.
Estoy aquí por un solo motivo: adentrarme en el agujero y sumergirme en mi propia y única verdad. ¿Y qué me ha traído hasta aquí? Todavía no lo sé. Soy mi propia trampa, la miel, el cebo y la jaula.
No te rías, tú también eres tu propia trampa, en la que no dejas de caer año tras año, mes tras mes. Ejerces de juez, eres víctima y verdugo.
Tercer flash
Sabes que soy tú, lo sabes perfectamente. Estás ahí sentado, en esa silla de escritorio con olor a culo ajeno, sumido en el odiado turno de tarde, mirando el ordenador, intentando pensar que yo no existo y que Wormhole no es más que un bulo fruto de tu propia locura. Pero sabes que estoy dentro de ti y que el dichoso padre de gusanos existe. Ambos lo sabemos. El problema es que reniegas de tu propio don, y si sigues así acabarás por borrarlo y te convertirás en un tipo normal y corriente, cosa por la que te odiarías para toda tu vida y acabará con todo por lo que tanto has luchado. Al final te darás a la bebida y tu tripa crecerá, y tu cara se volverá triste, y tu mirada se apagará mucho antes de que la muerte te haga la visita final.
Eres consciente de que podemos hablar a la vez dentro de tu cabeza, ¿verdad? No hace falta que me contestes. Tranquilo, no tienes doble personalidad. No estás enfermo del todo (jajajaja), al margen de lo de siempre, por supuesto. Tu puñado de fobias y tus mierdas siguen en el mismo sitio. Eres un enfermo mental, sí, pero no estás loco ni nada por el estilo, entiéndeme.
Respira, amigo.
No te pongas nervioso.
Sufres el efecto secundario del Wormhole.
Venga, sigue respirando.
Estás ahí sentado, delante del ordenador, como ya he dicho antes. Ese maldito walkie está encima de la mesa, delante de ti, al lado del libro que te estás leyendo y todo lo demás. No tienes visiones. Puede que tengas algún aviso y te hagan salir a trabajar. Pero no importa, tus pensamientos seguirán estando en el mismo lugar. Y tu don sigue inamovible, intacto, invencible.
Aunque pienses que me ignoras, no lo haces, todo lo contrario.
Nunca me has ignorado porque somos dos en uno.
Sí, amigo, somos la misma persona.
Pero tranquilo. Descansa. Tus ojos se cierran.
Existe un lapso de tiempo vacío, en blanco. Te has dormido.
Has cerrado los ojos, los has vuelto a abrir y has pasado de estar ahí sentado a ir caminando por la calle. Apenas recuerdas qué demonios ha ocurrido en el trabajo. Observas una cámara de seguridad sobre la valla exterior de un chalet. Te están vigilando, NOS VIGILAN. Cruzas un paso de cebra. Un coche frena y te cede el paso. Es un BMW. Dentro, varios tíos cantan mientras escuchan una música absolutamente asquerosa: reguetón. Vale, tienes razón, en realidad no es música.
¡Qué cojones está pasando! ¿Eres tú o soy yo? ¿Quién gobierna nuestro cuerpo? Tictac tictac (jajajaja).
Te