La Felicidad en La Filosofia

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LA FELICIDAD EN LA FILOSOFÍA

Felicidad es una de las palabras más difíciles de definir. La felicidad del místico no
tiene nada que ver con la del hombre de poder, o con la de la persona común y
corriente.

Así como en la vida cotidiana encontramos diferentes definiciones de este sentimiento,


también en la filosofía hay diversos enfoques al respecto. Enseguida te mostramos
algunos de ellos.

“Todos los mortales andan en busca de la felicidad, señal de que ninguno la tiene”
(Baltasar Gracián)

1. Aristóteles y la felicidad metafísica


Aristóteles, filósofo que habló de la felicidad
Para Aristóteles, el más destacado de los filósofos metafísicos, la felicidad es la
aspiración máxima de todos los seres humanos. La forma de alcanzarla, desde su
punto de vista, es la virtud. Es decir que si se cultivan las virtudes más elevadas, se
conseguirá ser feliz.

Más que un estado concreto, Aristóteles indica que se trata de un estilo de vida. La
característica de ese estilo de vida es ejercitar constantemente lo mejor que tiene cada
ser humano. Se necesita también cultivar la prudencia del carácter y tener un buen
“daimon” (buen destino o buena suerte). Por eso sus tesis sobre este sentimiento se
conocen con el nombre de “eudaimonía”.

Aristóteles proporcionó la base filosófica sobre la que se edificó la iglesia cristiana. De


ahí que haya una gran similitud entre lo que este pensador propone y los principios de
las religiones judeo-cristianas.

2. Epicuro y la felicidad hedonista


Epicuro fue un filósofo griego que tuvo grandes contradicciones con los metafísicos. A
diferencia de estos, no creía que la felicidad proviniera solamente del mundo espiritual,
sino que también tenía que ver con dimensiones más terrenales. De hecho, fundó la
“Escuela de la felicidad”. A partir de esta, llegó a conclusiones interesantes.

Postuló el principio de que el equilibrio y la templanza era lo que daba lugar a la


felicidad. Ese enfoque quedó plasmado en una de sus grandes máximas:

“Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”.

Pensaba que el amor poco tenía que ver con la felicidad, en cambio la amistad sí.
También insistió en la idea de que no se debe trabajar para obtener bienes, sino por
amor a lo que se hace.

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3. Nietzsche y la crítica de la felicidad
Nietzsche piensa que vivir plácidamente y sin ninguna preocupación es un deseo
propio de las personas mediocres, que no le otorgan mayor valor a la vida. Nietzsche
opone el concepto de “dicha” al de “felicidad”. La dicha significa “estar bien”, gracias a
circunstancias favorables, o a la buena fortuna. Sin embargo, se trata de una condición
efímera.

La dicha sería una especie de “estado ideal de la pereza”, o sea, no tener ninguna
preocupación, ningún sobresalto. En cambio, la felicidad es fuerza vital, espíritu de
lucha contra todos los obstáculos que limiten la libertad y la autoafirmación.

Ser feliz, entonces, es ser capaz de probar la fuerza vital, mediante la superación de
adversidades y la creación de modos originales de vivir.

4. José Ortega y Gasset y la felicidad como confluencia


Para Ortega y Gasset la felicidad se configura cuando coinciden “la vida proyectada” y
“la vida efectiva”. Es decir, cuando confluye lo que deseamos ser con lo que somos en
realidad.

«Si nos preguntamos en qué consiste ese estado ideal de espíritu denominado
felicidad, hallamos fácilmente una primera respuesta: la felicidad consiste en encontrar
algo que nos satisfaga completamente.

Más, en rigor, esta respuesta no hace sino plantearnos en qué consiste ese estado
subjetivo de plena satisfacción. Por otra, qué condiciones objetivas habrá de tener algo
para conseguir satisfacernos.”

Así, todos los seres humanos tenemos la potencialidad y el deseo de ser felices. Esto
quiere decir que cada quien define cuáles son las realidades que pueden hacerlo feliz.
Si logra construir esas realidades verdaderamente, entonces será dichoso.

5. Slavoj Zizek y la felicidad como paradoja


Este filósofo indica que ser feliz es un asunto de opinión y no un asunto de verdad. La
considera un producto de los valores capitalistas, que implícitamente prometen la
satisfacción eterna a través del consumo.

Sin embargo, en el ser humano reina la insatisfacción porque en realidad no sabe qué
desea. Cada quien cree que si alcanzara algo (comprar una cosa, subir su estatus,
etc.) podría ser feliz. Pero, en realidad, inconscientemente, lo que quiere alcanzar es
otra cosa y por eso permanece insatisfecho.

FELICIDAD Y FILOSOFÍA

Queremos que la felicidad sea nuestra eterna compañera de viaje. Aquella que nos
ayude a sobrellevar mejor la vida del absurdo que describía Albert Camus. Cuando
intuimos que se aleja de nosotros, intentamos sujetarla pero se nos escapa como la

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arena entre los dedos. Cuando no la tenemos la buscamos y muchas veces ni siquiera
sabemos como encontrarla o qué forma tiene. ¿Qué es la felicidad? ¿Cómo ha ido
cambiando?

De acuerdo con Jorge Romero Gil, doctor en geografía por la universidad de


Barcelona, la filosofía ve a la felicidad como el bien supremo, aquello que se entiende
por “sumo bien”. La felicidad es algo que se siente, algo que vivimos en concordancia
con lo que aprendemos de nuestras sociedades y entornos. La felicidad no siempre
tendrá la misma forma para todas las culturas y épocas, algunos griegos clásicos como
Sócrates, vinculaban moral y felicidad. Aquel que era moral tenía felicidad y plenitud.
La persona debía controlar y alejarse de los placeres del cuerpo y centrarse en el
cultivo del alma, cuestión que le permitía llegar a un estado de quietud y tranquilidad.
Pero no todos los griegos concebían igual la felicidad. Para Epicuro, la felicidad era una
herramienta para alcanzar la ataraxia, que sería la ausencia de dolor tanto físico como
espiritual. La ataraxia la conseguimos más fácilmente satisfaciendo los placeres
sencillos de la vida como viendo una puesta de sol o teniendo una buena conversación.
Aquel que desea lo complejo, tendrá difícil alcanzar dicho estado.

En la Edad Media se impone la visión socrática de la felicidad. Esta se vincula al alma y


se aleja de los placeres corpóreos que proponían los hedonistas como herramienta
para alcanzarla. La religión intentará consolar al fiel por medio de la fe y la devoción a
Dios. Los caminos que nos marque Dios son los que nos llevarán por medio de la virtud
y moral a la vida plena. Pero no todas las religiones ven la felicidad de la misma forma,
los budistas por ejemplo, buscan entender el sufrimiento. El conocimiento es un
poderoso aliado para librarnos de ansiedades y llegar a un estado de paz y armonía.

Entrando en la Edad Contemporánea nos encontramos con Kant, quien no tiene una
buena opinión de la felicidad. Para el esta puede volverte arrogante, te induce una falsa
realidad que te impide ser objetivo y racional. Por su parte David Hume vuelve el tema
a lo material. Los pobres sufren demasiado para poder ser felices y los ricos viven en el
exceso absoluto que les impide disfrutar, por lo tanto la felicidad sería más fácil de
conseguir para aquellos que se encontraran en una posición intermedia. Siguiendo esta
esquela materialista encontramos a Marx, quien cree que la felicidad material se
consigue a través del socialismo, que a través del colectivismo, sería capaz de trasmitir
felicidad al pueblo. Finalmente nombraremos a Gandhi quien cree que para ser felices
debemos tener fe en nosotros, ser quienes somos y saber perdonar.

BUSCANDO LA FELICIDAD: LA TEORÍA EUDEMONISTA

Hoy toca hablar de algo que todos nos hemos planteado alguna vez: ¿cómo puedo ser
feliz? En esta época de incertidumbre y duda, de zozobra y malestar esta cuestión se
vuelve de más actualidad que nunca. Ser feliz parece hoy más difícil que nunca, con
todos estos problemas que tenemos (tanto sociales como personales).

Afortunadamente, aquí está la filosofía para ayudarnos en este proceso. Aristóteles


mantendrá que el fin último del hombre es alcanzar la felicidad. Todo lo que el hombre

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realiza en su vida lo hace para alcanzar la felicidad, pues es imposible que nadie se
desee el mal a sí mismo: siempre actuamos buscando nuestro propio bien. Algunos de
vosotros argumentaréis que esto no es siempre cierto, pues muchas veces actuamos
mal a sabiendas, e incluso en contra de nuestros intereses. Pongamos el ejemplo más
radical de todos: un suicida. Un suicida actúa de tal modo que se quita lo más preciado
(la vida). Sin embargo, actúa así porque vivir le resulta insoportable, porque la felicidad
es imposible en el estado de cosas que está sufriendo; por tanto, resuelve quitarse la
vida como una manera de evitarse mayor sufrimiento, es decir, mayor infelicidad.

Por supuesto, eso no quiere decir que TODO lo que hacemos sea bueno para nosotros
realmente sino que simplemente buscamos el bien que creemos conveniente en cada
momento, con la posibilidad de errar y equivocarnos y en realidad procurarnos un mal
sin querer (puede ser el caso de un drogadicto que busca drogarse para ser feliz, pero
en realidad eso le causa mayor infelicidad y frustración). Para encontrar la felicidad de
verdad el hombre ha de actuar conforme a su naturaleza y no saltarse las normas.

No voy a entrar en detalles acerca del camino que Aristóteles determina que hemos de
seguir como seres humanos, sino que me voy a quedar con el fondo de la cuestión.
Comportarse moralmente no es solamente una exigencia ética o incluso religiosa;
comportarse moralmente es una exigencia y una condición que hemos de seguir para
poder ser felices. Según los griegos (y en este punto no puedo más que estar de
acuerdo con ellos) el hombre virtuoso será feliz, y el hombre malvado no lo será. Así de
simple. Hacer el bien, según esta perspectiva, siempre tiene una recompensa en forma
de felicidad, mientras que hacer el mal produce infelicidad en el que se comporta así.
Es por esto que Sócrates prefiere recibir una injusticia a cometerla: al recibirla su valía
moral queda intacta, así como su capacidad de ser feliz, mientras que al cometerla ya
queda manchado con la acción y será un desgraciado toda su vida hasta que consiga
reparar su falta.

Cada día que pasa estoy más convencido de esto: las buenas acciones te llevan por la
senda de la felicidad mientras que las malas te hacen más desgraciado. Quizás esto se
deba a mi carácter poco conflictivo o a cobardía pura y dura, pero a mi alrededor todo
lo que veo no hace más que confirmar esto. Veo a gente excelente que es feliz, aunque
la vida le trate mal y a pesar de las adversidades de la fortuna. Pero también percibo la
soledad del hombre malvado, la tristeza inherente a esa soledad, la amargura de la
desconfianza y la infelicidad de las malas acciones, las mentiras y los engaños.

La búsqueda de la propia felicidad es inseparable de un comportamiento moral, en


definitiva, humano.

LA FELICIDAD DESDE UN PUNTO DE VISTA FILOSOFICO


“¿Qué podría yo hacer para ser feliz? Esta pregunta estuvo en el origen de la ética en
Grecia. Los filósofos encontraron distintas respuestas, lo cual demuestra que, como
decía Aristóteles, todos estamos de acuerdo en que queremos ser felices, pero en
cuanto intentamos aclarar cómo podemos serlo empiezan las discrepancias.

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Tres respuestas se perfilan en esta época, que permanecen hasta nuestros días:

*Ser feliz es autorrealizarse, alcanzar las metas propias de un ser humano


(eudemonismo).

*Ser feliz es ser autosuficiente, valerse por sí mismo sin depender de nada ni
de nadie.

*Ser feliz es experimentar placer y conseguir evitar el dolor (hedonismo).

Entre el eudemonismo y el hedonismo existe un desacuerdo de fondo, del que son


buen ejemplo Aristóteles y Epicuro. Aristóteles considera que ser feliz es ser hombre en
el más pleno sentido de la palabra. Por eso, si hay una actividad que nos distingue
como hombres, ser feliz consistirá en ejercerla. Epicuro se preguntará qué es lo que
mueve a los hombres a obrar, porque la felicidad consistirá en conseguirlo. El placer
(hedoné) es, según él, lo que los mueve.Los hedonistas creen que la felicidad consiste
en el placer, y los eudemonistas, que consiste en la autorrealización, que a veces
proporciona placer y a veces no, porque el placer consiste en una satisfacción sensible,
y las acciones que nos realizan no siempre proporcionan una satisfacción sensible.

1. Felicidad como autorrealización: eudemonismo.

1.1.La felicidad es el fin último natural.

El pensamiento griego no podía aceptar la idea de que una serie de elementos


subordinados entre si fuera infinita. Por eso, Aristóteles insistía en que si todas las
actividades humanas se realizan por un fin, que a su vez se supedita a otros, los fines
serán medios para un fin último, que da razón de los demás.

El fin último es la felicidad (eudaimonía), y todos lo llaman así, porque mientras tiene
sentido preguntar “construir casas ¿para qué?”, “dinero ¿para qué?”, “estudiar ¿para
qué?” y responder “para ser felices”, carece de sentido preguntar “felicidad ¿para
qué?”.

Sin embargo, unos la cifran en el dinero; otros, en recibir honores. Por eso es preciso
trazar los rasgos que ha de tener una actividad para que la identifiquemos con la
felicidad y después buscar cuál de nuestras actividades tiene esos rasgos. La felicidad
será, según lo que hemos dicho:

*un bien perfecto, que se busca por sí mismo y no por otro superior a él;

*un bien suficiente por sí mismo, de manera que quien lo posee ya no desea otra cosa;

*el bien que se consigue con el ejercicio de la actividad más propia del ser humano,
según la virtud más excelente;

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*el bien que se consigue con una actividad continua.Para aclarar estas dos últimas
características, Aristóteles intentará dilucidar cuál es la función más propia del ser
humano, y distinguir entre las acciones que tienen el fin en sí mismas y las que se
realizan por un fin externo a ellas.

1.2. Vida teorética y sabiduría práctica.

Cada persona ejerce una función en su sociedad (soldado, gobernante, madre) y para
desempeñarla bien ha de adquirir virtudes que le ayuden a hacerlo. Pero si hay una
función propia del ser humano como tal, la felicidad consistirá en ejercerla a lo largo de
la vida, y la virtud que ayude a ello será la más perfecta.Por otra parte, las acciones
que tienen el fin en sí mismas son más perfectas que aquellos cuyos fines son distintos
de ellas, porque en este caso los efectos son más importantes que las acciones. Por
ejemplo, pasear o charlar con los amigos son acciones que se realizan por sí mismas,
mientras que ir a un lugar determinado se hace por llegar a él. Si existe una actividad
propia del ser humano, que tiene que ser un bien perfecto y autosuficiente, será del tipo
de acciones que tienen el fin en sí mismas. Estos caracteres se encuentran en el
ejercicio de la actividad teórica, de la actividad contemplativa, y de ahí concluirá
Aristóteles que la felicidad consiste en el ejercicio de esa actividad.Pero es imposible
mantener siempre una vida contemplativa, es preciso encontrar otra forma de vida que
procure también la felicidad. Se realizará también moralmente quien viva según su
intelecto práctico, es decir, dominando sus pasiones para lograr la felicidad. En esta
tarea nos ayudarán dos tipos de virtudes: dianoéticas ( de la inteligencia) y éticas( del
carácter).La virtud dianoética es la prudencia, que constituye la “sabiduría práctica”
porque nos ayuda a deliberar bien, proponiéndonos lo que nos conviene en el conjunto
de nuestra vida. La prudencia nos ayuda a encontrar el término medio entre el defecto
y el exceso, y es la que orienta a las demás virtudes: el valor, por ejemplo, será el
término medio entre la cobardía y la temeridad. Un hombre que vive según las virtudes
es un hombre feliz, pero para serlo necesita vivir en una ciudad regida por leyes
buenas, porque el logos que nos capacita para la vida contemplativa y para tomar
decisiones individuales prudentes nos habilita también para vivir en sociedad. Por eso
la ética exige la política; el bien supremo individual, la felicidad, requiere una polis, una
ciudad con leyes justas.

2. La felicidad como autosuficiencia.

En la historia de la filosofía suelen distinguirse tres períodos:


1) el de los filósofos anteriores a Sócrates o presocráticos,
2) la época de Sócrates, Platón y Aristóteles, y
3) el período postaristotélico.e último es en Grecia un tiempo de desconcierto político, y
los filósofos tratan ante todo de averiguar qué hace a los hombres felices, cifrando en
eso la auténtica sabiduría.

Cínicos, estoicos y epicúreos intentaron responder a la pregunta, diseñando un ideal de


sabio: es sabio el que sabe ser feliz. Para cínicos y estoicos el sabio es autosuficiente,
porque la felicidad radica en la autosuficiencia, aunque la entiendan de distinto modo.

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2.1. Los cínicos.

La palabra “cínico” viene de kynikós, que significa “perruno”. Éste es el adjetivo que la
gente aplicaba a un grupo de filósofos que, más que una escuela, formaban una
corriente que se distinguía por una actitud: considerar que la felicidad consiste en la
libertad radical del individuo frente a todas las normas y las instituciones sociales.

El hombre es, según los cínicos, bueno por naturaleza y, por lo tanto, es sabio el que
vive según la naturaleza, el que desprecia las convenciones sociales, valora la libertad
de acción y de palabra, el esfuerzo, la austeridad, somete todo a crítica, rechaza los
placeres, tiene por patria el mundo entero y desprecia las instituciones políticas. Para
ser feliz es preciso bastarse a sí mismo, lo que se consigue mediante el ascetismo y el
autodominio.

El Fundador del movimiento cínico fue Antístenes(450 a.C.), pero la personalidad más
conocida de esta corriente es Diógenes (400 a.C.), de quien se cuenta que se paseaba
por Atenas de día buscando un hombre con un candil, porque decía que había mucha
gente, pero ninguna persona.

2.2.El estoicismo.

El término “estoicismo” viene de stoa poikile, que era el pórtico pintado del ágora, en el
que enseñaba Zenón de Citio (332 a.C.), fundador de esta escuela. También los
estoicos creen que es sabio el que vive según la naturaleza, pero para averiguar qué
significa esto les pareció indispensable descubrir cuál es el orden del cosmos, ya que
sólo así sabremos cómo hemos de comportarnos en él.

Para ello recurrieron a Heráclito de Éfeso (siglo VI a V a.C.). Heráclito explica el orden
del cosmos indicando que hay una razón común que gobierna las cosas y es para ellas
el destino y la providencia. De aquí concluyen los estoicos que, como los hombres
también participamos de esa razón mediante la nuestra, el sabio ideal será el que se
percata de que todo está en manos del destino y, por lo tanto, más vale asegurarse la
paz interior, haciéndose insensible al sufrimiento y a las opiniones ajenas. El sabio es
aquella persona que sabe dominar sus emociones y no hacerse ilusiones con respecto
al futuro. La serenidad, la imperturbabilidad es la única fuente de felicidad, por la que el
sabio es autosuficiente.

Junto a Zenón, los estoicos más conocidos fueron Crisipo de Soli(281-208 a.C.) y los
romanos Séneca (3 a.C-65 d. C.), Epicteto(50-138) y Marco Aurelio(121-180). El
estoicismo es, además de una doctrina, una actitud vital permanente, Su idea de
libertad interior es un anuncio de la autonomía kantiana.

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3. Felicidad como placer: hedonismo.

Los hedonistas consideran que hay moral porque los hombres buscan el placer y huyen
del dolor. Para descubrirlo basta con una investigación empírica sobre cuáles son los
móviles de la conducta humana, como la que proporciona la psicología. La ética,
entonces, está subordinada a la psicología.

Pero como no todos los placeres y dolores son iguales, piensan los hedonistas que la
inteligencia nos sirve para calcular los medios más adecuados para lograr el mayor
placer posible: es decir, que el intelecto moral es un intelecto calculador.

3.1.El epicureísmo.

El epicureísmo nace en Grecia en la época helenística y suele contraponerse al


estoicismo: mientras que los estoicos cifran el ideal de sabiduría en la
imperturbabilidad, el epicureísmo lo hará en un goce bien calculado. Es sabio quien
sabe organizar su vida calculando qué placeres son más intensos y duraderos, cuáles
tienen menos consecuencias dolorosas, y los distribuye a lo largo de su vida.

La sabiduría, así, tiene dos raíces: placer e intelecto calculador. Estas dos raíces son la
constante del hedonismo, que, si en el caso del epicureísmo es individualista, en la
Modernidad se convertirá en hedonismo social.

Epicuro de Samos (341 a. C.) es el fundador de esta escuela, que ha tenido una gran
influencia filosófica y que, como el estoicismo, es una actitud vital permanente.

3.2.El utilitarismo.

El utilitarismo nace en el mundo anglosajón en la época moderna y es un hedonismo


social, porque considera que los seres humanos tenemos unos sentimientos sociales,
cuya satisfacción es fuente de placer. Entre ellos se encuentra la simpatía, que es la
capacidad de ponerse en el lugar de cualquier otro, sufriendo con su sufrimiento,
disfrutando con su alegría. La simpatía nos lleva a extender a los demás nuestro deseo
de obtener la felicidad.

La meta de la moral consiste en alcanzar la mayor felicidad (el mayor placer) para el
mayor número posible de seres vivos.

Este principio de moralidad es a la vez un criterio para tomar decisiones racionales y,


aplicado a la vida social, ha dado lugar a la economía del bienestar y a un gran número
de reformas sociales.

Este principio aparece por vez primera en el libro de Cesare Beccaria “Sobre los delitos
y penas”(1764), pero los utilitaristas considerados clásicos son fundamentalmente J.
Bentham (1748-1832), J Stuart Mill(1806-1876) y H Sidgwick (1838-1900).

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J. Bentham introduce una aritmética de los placeres, que descansa en dos supuestos:

*El placer es susceptible de medida, porque todos los placeres son iguales en
cualidad. Con criterios de intensidad, duración, proximidad y seguridad se podrá
calcular la mayor cantidad de placer.

*Los placeres de las distintas personas pueden compararse entre sí para alcanzar un
máximo total de placer.

Sin embargo, Mill rechaza estos supuestos y afirma que los placeres no se diferencian
por la cantidad, sino por la cualidad, de suerte que hay placeres superiores y placeres
inferiores. Son las personas que han experimentado ambos quienes están legitimadas
para decidir cuáles son superiores y cuáles inferiores, y sucede que éstas prefieren
siempre los placeres intelectuales y morales.

El utilitarismo de Mill ha sido calificado de “idealista” porque hasta tal punto valora los
sentimientos sociales como fuente de placer, que asegura que en las condiciones
desgraciadas de nuestro mundo la doctrina utilitarista puede exigir a un hombre
sacrificar su felicidad por la felicidad común.

En los últimos tiempos ha prosperado una distinción importante en el utilitarismo.

*Utilitarismo del acto, que exige valorar la corrección de cada acción por sus
consecuencias.

*Utilitarismo de la regla, que exige considerar si la acción ante la que nos encontramos
se somete a alguna de las reglas que ya consideramos morales por la bondad de sus
consecuencias. Este modo de proceder ahorra energías y aprovecha la experiencia
adquirida.En la actualidad, el utilitarismo sigue patente en autores como Urmson,
Smart, Brandt, Lyons, en las teorías económicas de la democracia y ha tenido una gran
influencia en el llamado “Estado del bienestar”.

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