El Filósofo Autodidacta - Abentofail, Ibn Tufail
El Filósofo Autodidacta - Abentofail, Ibn Tufail
El Filósofo Autodidacta - Abentofail, Ibn Tufail
Publicado: 1150
Categoría(s): No Ficción, Humanidades, Filosofía, Religiosa
Fuente: docus historic
1
Acerca Abentofail:
Ibn Tufail, cuyo nombre completo es Abu Bakr Muhammad
ibn Abd al-Malik ibn Muhammad ibn Tufail al-Qaisi al-Andalusi
también transcrito como Abentofail, nacido en la actual provin-
cia de Almería en aproximadamente el año 1105/1110 y muerto
en Marrakech en 1185, fue un médico, filósofo, matemático y
poeta, contemporáneo de Averroes, y discípulo de Avempace.
Participó en la vida cultural, política y religiosa de la corte de
de los almohades en Granada. En el núcleo de sus ideas filosó-
ficas se encuentra el problema de la unión del entendimiento
humano con Dios.
2
Motivo ocasional de este libro: el éxtasis
¡En el nombre de Dios, clemente y misericordioso! Bendiga
Dios a nuestro Señor Mahoma y a su familia y compañeros, y
deles la paz.
3
Opinión de Avempace acerca del éxtasis
4
Opinión de Avicena acerca del éxtasis
5
Diferencia entre la percepción mística y la per-
cepción filosófica.
6
Y con la frase «percepción de los hombres que investigan la
verdad por las solas fuerzas de la razón», no entiendo yo lo que
ellos perciben del mundo de la naturaleza física, ni por «per-
cepción de los santos», lo que ellos entienden de lo metafísico,
pues estas dos percepciones se diferencian mucho entre sí y no
se confunde la una con la otra; lo que yo entiendo por «percep-
ción de los hombres que investigan la verdad por las fuerzas de
la razón», es aquello que ellos perciben de lo metafísico o su-
prasensible, como lo que percibió Abu Bakr [Avempace]. Es
condición precisa, en esta clase de percepción, que lo percibi-
do sea verdad positiva, y, por tanto, la diferencia entre la per-
cepción de los que emplean sólo las fuerzas de la razón y la
percepción de los santos, está en que éstos conocen lo supra-
sensible en sí mismo, penetrando su esencia íntima, aparte de
una mayor claridad y una gran delectación. Abu Bakr [Avempa-
ce] prostituyó este deleite, ofreciéndoselo al vulgo; lo atribuyó
a la facultad imaginativa y prometió describir de una manera
clara y precisa cómo debe producirse entonces el estado de los
bienaventurados. Convendría decirle a este propósito aquello
de «no digas que es dulce ningún alimento sin probarlo, ni pi-
sotees los cuellos de los hombres veraces». Pero nuestro hom-
bre no hizo nada de lo que dijo ni cumplió su promesa. Parece
que le dificultó su intento la falta de tiempo a que él mismo
alude y sus ocupaciones en el viaje a Orán; y acaso vio que, si
describía este estado, tendría necesidad de decir cosas que
afearan su manera de vivir y que desautorizaran todos los esf-
uerzos que él había hecho para adquirir y acumular grandes ri-
quezas, y todas las variadas artes con que se ingenió para
procurárselas.
Pero nos hemos apartado del propósito a que nos había con-
ducido tu pregunta, un poco más de lo que era necesario.
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Naturaleza de la visión extática
8
Estado de los conocimientos místicos en Al-
Andalus
9
Escritos de Avempace sobre filosofía
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Escritos de Al-Farabi, conocidos de los españoles
11
Obras de Avicena referentes a mística
12
Ideas de Al-Gazali en punto a mística
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Kitab al-nafj wa-l-taswiya y una colección de cuestiones, distin-
ta de los libros anteriores. Estos libros, aunque contienen algu-
nas alusiones, no añaden mucha mayor ilustración respecto de
lo que ya consta en sus libros conocidos. En el titulado al-
Maqsad al-asna se encuentran cosas más oscuras que las trata-
das en aquellos libros; él declara que el citado libro no es eso-
térico, de lo cual resulta necesariamente que los libros de este
autor que han llegado [a nosotros] no son los esotéricos. Un
autor moderno sospecha que el pasaje que se encuentra al fin
de su libro al-Miskat contiene un gravísimo problema, que hace
caer a al-Gazali en un precipicio sin salvación. Y es que, des-
pués de enumerar allí las clases de hombres ofuscados por los
velos de las luces [divinas], al pasar luego a mencionar los que
ya han llegado [a la unión con Dios], dice que éstos advierten
que este Ser está dotado de un atributo incompatible con la
unidad pura. Quieren inferir de aquí que [Algazel] creía que en
la esencia del Ser Primero, de la Verdad (¡glorificado sea!), hay
cierta multiplicidad. ¿Dios está muy por encima de lo que de Él
dicen los hombres injustos! A nosotros, sin embargo, no nos ca-
be duda alguna de que el maestro Abu Hamid [al-Gazali] fue de
los que alcanzaron la felicidad suprema y de que llegó a los
grados más sublimes de la unión [con Dios]; pero sus libros
esotéricos, los que tratan de la ciencia de la revelación extáti-
ca, no han llegado hasta nosotros.
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Ibn Tufayl se declara discípulo de Al-Gazali y de
Avicena, con cierto eclecticismo
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preocupaciones y aplicación de todos los esfuerzos a este géne-
ro de estudio. Si tomas sinceramente esta determinación y tie-
nes intención pura de trabajar activamente para lograr este
fin, alabarás al amanecer tu viaje nocturno, recibirás la bendi-
ción divina por tus esfuerzos y habrás satisfecho a tu Señor,
que también quedará satisfecho de ti.
Por mi parte, estoy a tu disposición para conducirte cuando
quieras por el camino más recto, más libre de obstáculos y ac-
cidentes; y aunque por ahora sólo se me aparece una pequeña
vislumbre, a modo de estímulo y acicate para entrar en el ca-
mino te contaré la historia de Hayy ibn Yaqzan y de Asal y Sa-
laman, a quienes puso nombre el maestro Abu Ali [Avicena]. Su
historia sirve de lección a los hombres dotados de penetración,
que, sin detenerse en la corteza de los problemas, profundizan
lo más abstruso de ellos, su médula y esencia, y «de aviso a to-
do hombre que tiene corazón, que escucha y que ve».
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Historia de Hayy Ibn Yaqzan
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diferentes estados de calefacción y de enfriamiento en estas
dos fases distintas. Tampoco se puede decir que el sol calienta
primero a la atmósfera y, por medio del calor atmosférico, cal-
ienta luego a la tierra. Si esto fuera así, ¿cómo explicar que ha-
llemos, en el tiempo del calor, las capas atmosféricas más cer-
canas a la tierra mucho más calientes que las superiores, más
lejanas? Resta, pues, que la calefacción del sol a la tierra se ha-
ga únicamente por medio de la luz. Porque el calor sigue siem-
pre a la luz, hasta el extremo de que si la luz se concentra en
espejos ustorios, enciende lo que se coloque frente a ella.
Además, consta en las ciencias matemáticas, por demostrac-
iones convincentes, que el sol es de figura esférica, lo mismo
que la tierra; que aquél es mucho más grande que ésta; que la
parte de la tierra alumbrada por el sol es siempre más de su
mitad; que de esta mitad alumbrada de la tierra, la parte que
en todo tiempo tiene más cantidad de luz es la central, porque
es el lugar más retirado de la oscuridad y porque presenta
frente al sol una superficie mayor; y que lo más cercano a la
periferia tiene menos luz, hasta llegar a la oscuridad en la peri-
feria del círculo que constituye la parte iluminada de la tierra.
Solamente un lugar es el centro del círculo de la luz, cuando
el sol está en el cenit de los que habitan en aquel lugar, en tal
caso, el calor será allí el más fuerte posible. Si el lugar es tal,
que el sol se aleja en él de su cenit, el frío será muy fuerte; si el
lugar es tal, que el sol gira en él hacia su cenit, el calor será
extremo. Mas la astronomía ha demostrado que en la superfic-
ie de la tierra situada sobre la línea ecuatorial, el sol no está en
el cenit sino dos veces en el año: cuando pasa por los signos de
Aries y Libra, respectivamente; en el resto del año está seis
meses al Norte y otros seis al Sur; no tienen, pues, en esta lí-
nea ni calor ni frío excesivos, y su clima es, por tanto, siempre
uniforme.
Esta doctrina exige una demostración más extensa que la ex-
puesta y que no cae dentro de nuestro propósito; solamente la
hemos hecho notar, por ser una de las cosas que confirman la
exactitud de la opinión que admite la posibilidad de que en es-
ta región el hombre nazca sin madre ni padre.
Algunos cortan la cuestión y resuelven diciendo que Hayy ibn
Yaqzan es uno de los que han nacido en esta región, sin madre
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ni padre. Otros lo niegan, y cuentan la historia de ese asunto
en la forma que te vamos a referir.
Opinión de los que creen a Hayy hijo de una princesa, que
para evitar el deshonor se ve obligada a abandonarlo, arroján-
dolo al mar
Dicen que enfrente de esta isla en la que Hayy vivió, había
otra, más grande, de playas extensas, de muchas riquezas y
muy populosa, en la cual reinaba un hombre de carácter alta-
nero y orgulloso. Este rey tenía una hermana, a quien impedía
contraer matrimonio. Rechazaba todos los pretendientes, por
no encontrar ninguno que le pareciera digno de ella. La joven
tenía un vecino, llamado Yaqzan, con quien casó secretamente,
según uso permitido por la religión dominante entonces en aq-
uel país. Ella concibió de él y parió un niño. Y temiendo que se
descubriese su deshonor y se revelase su secreto, colocó al ni-
ño (después de haberle dado el pecho) en una caja, cuya cerra-
dura aseguró; salió con su preciosa carga al principio de la no-
che, acompañada de sus esclavas y personas de confianza, hac-
ia la orilla del mar, llevando su corazón abrasado de amor hac-
ia el niño y lleno de temor por su causa. Luego, se despidió de
él diciendo:
«¡Oh, Dios! Tú eres quien ha creado este niño, que no era na-
da ; Tú lo has alimentado en lo profundo de mis entrañas y Tú
te has cuidado de él hasta que ha estado acabado y perfecto.
Temerosa de este rey violento, orgulloso y terco, yo lo confío a
tu bondad, y espero que le concederás tu favor. Está a su lado
y no lo abandones, ¡oh, el más piadoso de los piadosos!». Des-
pués arrojó la caja al agua. Una ola impetuosa la arrastró y la
llevó, durante la noche, a la playa de la vecina isla, anterior-
mente citada.
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Hayy, salvado en tierra, es recogido por una
gacela
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Explicación que dan los partidarios del nacimien-
to de Hayy por generación espontánea
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Emanación del espíritu
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Las potencias se someten al espíritu
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Formación del corazón y del resto del cuerpo
24
Hayy es criado por la gacela y vive los primeros
años entre estos animales
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Observa Hayy las diferencias que tiene respecto de los de-
más animales, viéndose inferior a ellos
A la vez que todo esto, él miraba a los demás animales y los
veía revestidos de pelo, de lana o de pluma; observaba su rapi-
dez para la carrera, su fuerza y las armas de que estaban dota-
dos para rechazar al que los persiguiese, como, por ejemplo,
los cuernos, los colmillos, los cascos, los espolones, las garras.
Luego, contemplándose a sí mismo, veía su desnudez, su fal-
ta de armas, su lentitud para la carrera, su poca fuerza respec-
to de los animales que le disputaban los frutos, que se los apro-
piaban en contra de su voluntad y le vencían en la lucha, sin
que pudiese repelerlos ni escapar de ninguno de ellos.
Veía también que a sus compañeros, los hijos de las gacelas,
les salían cuernos que primeramente no tenían; que se volvían
fuertes en la carrera, cuando antes eran débiles. Y en sí mismo
no veía nada de esto; reflexionaba acerca de ello y no encon-
traba la causa. Y al no hallar en sí mismo ningún parecido con
los animales, los juzgaba deformes o enfermos. Se puso a ob-
servar los esfínteres en los otros animales, y vio que estaban
resguardados: el anal por las colas; el urinario por pelos o cosa
parecida, además de que sus uretras estaban más ocultas que
la de él. Estas observaciones le afligían y atormentaban.
A los siete años de edad, Hayy se viste con hojas de los árbo-
les y emplea varas como armas en su lucha con los animales
Como su tristeza por tal causa se prolongase mucho tiempo
y, llegando a tener cerca de siete años, desesperase de alcan-
zar aquellas cosas cuya falta le producía dolor, cogió hojas
grandes de árboles, y unas se las puso por detrás y otras por
delante, e hizo con hojas de palmera y de esparto un cinturón
que rodeó a su cuerpo, con el cual sujetó las hojas. Pero éstas
tardaron poco tiempo en marchitarse, secarse y caer. Siguió
cogiendo otras y las colocaba en capas superpuestas; quizá du-
raban algo más, pero siempre poquísimo tiempo. Tomó ramas
de árboles como lanzones, las igualó en sus extremos, las unió
por las puntas y las empleaba contra los animales con quienes
peleaba, atacando a los más débiles y resistiendo a los más
fuertes. Entonces concibió cierta idea de su poder y vio que su
mano tenía una gran superioridad sobre las garras de los ani-
males, puesto que con ella le era posible cubrir sus vergüenzas
y coger bastones con los que se defendía de los seres que le
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rodeaban, lo cual le permitía pasarse sin cola y sin armas
naturales.
27
Se viste con las plumas y la piel de un águila
muerta
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Muerte de la gacela: Hayy trata de explicarse este
fenómeno
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obstáculo] que le había sobrevenido, volvería la gacela a su pri-
mer estado, habría de extenderse por todo el cuerpo el alivio y
recuperaría sus funciones como anteriormente las tenía.
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Este órgano debe radicar en el centro del cuerpo
31
Hayy hace la disección de la gacela y halla el
corazón
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Puso al descubierto el corazón y lo halló macizo por todos
sus lados. Miró para ver si encontraba en él algún daño apa-
rente, y nada vio. Lo apretó con la mano y notó que estaba hue-
co. «Tal vez lo que busco -pensó- sólo se halla dentro de este
órgano, y hasta ahora no he dado con ello». Abrió, pues, el co-
razón y encontró en él dos cavidades: una al lado derecho, otra
al izquierdo. La del derecho estaba llena de sangre coagulada;
la otra, vacía completamente. «Es preciso -reflexionó- que lo
que yo busco se encuentre en uno de estos dos compartimen-
tos. En el de la derecha no veo más que sangre cuajada; no hay
duda de que la coagulación no se ha verificado hasta que todo
el cuerpo ha venido a parar al estado [actual]» (porque Hayy
había observado que la sangre, cuando fluye y sale del cuerpo,
se coagula y espesa). «Esta sangre debe de ser como todas las
demás; noto que se halla en todos los órganos, y no exclusiva-
mente en uno. Ahora bien, lo que busco no es una cosa de esta
naturaleza; la que anhelo encontrar es algo que tenga a este
miembro como lugar propio suyo y sin la cual no puedo subsis-
tir ni siquiera un instante, y tras la que voy desde el principio.
Por lo que toca a la sangre, ¡cuántas veces me han herido los
animales en la lucha y he derramado gran cantidad, sin sentir
daño alguno, ni perder nada de mis facultades! En este com-
portamiento, pues, no está lo que yo busco. En cuanto al de la
izquierda lo veo absolutamente vacío; pero no puedo creer que
sea inútil. Yo he visto que cada órgano tiene su función propia.
¿Cómo ha de ser inútil ese compartimiento, cuya perfección he
comprobado? No puedo menos de creer que lo que busco esta-
ba en él, pero que se ha marchado y lo ha dejado vacío; y a
consecuencia de esto ha sobrevenido al cuerpo la paralización
actual, ha perdido las percepciones y se ha visto privado de los
movimientos». Y cuando vio que el ser, habitante de aquel com-
partimiento, se había marchado antes de su disgregación,
abandonándolo, intacto aún, juzgó más natural pensar que no
había de volver después del daño y destrucción que se le había
ocasionado.
Siente desprecio por el cuerpo y admiración por el ser que lo
gobernaba
Entonces el cuerpo entero le pareció vil y sin valor, en rela-
ción con aquel ser, de cuya residencia allí durante algún tiem-
po estaba firmemente convencido, y se apartó del cadáver en
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seguida. Concentró, pues, toda su reflexión sobre aquel algo,
[intentando averiguar] qué y cómo era, qué nexo tenía con el
cuerpo, adónde se había ido, por qué puertas salió al abando-
narlo, qué causa lo expulsó, y si su salida fue obligada, o qué
motivo le hizo odioso el cuerpo, hasta el extremo de abando-
narlo, si esto sucedió por propia voluntad. Reflexionó mucho
sobre estas cuestiones; perdió de vista el cuerpo y dejó de pen-
sar en él.
Comprendió que su madre, que tan buena fue siempre con él
y lo había amamantado, era sólo el algo que había desapareci-
do y del cual emanaban todos sus actos, y no aquel cuerpo
inerte, que realmente sólo era como un instrumento, a seme-
janza de las estacas que el cogía para pelear con los animales.
Apartó desde entonces todo su afecto del cuerpo, para ponerlo
en el dueño y motor de él, y sólo para éste tuvo cariño.
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A imitación de un cuervo, Hayy entierra a la gace-
la que lo había criado
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su llama, su irresistible acción, hasta el punto de que todo lo
que se le acercaba era atraído y convertido prestamente a su
propia naturaleza. La admiración que sentía por el fuego, acuc-
iada por el natural ingenio y audacia con que Dios le dotara,
lleváronle a extender las manos hacia la llama para cogerla;
pero cuando la tocó, quemóse los dedos sin lograr sujetarla.
Entonces pensó agarrar un tizón que el fuego no hubiese con-
sumido por completo; lo tomó por el extremo intacto, mientras
que el otro estaba ardiendo, y llevóle al lugar que le servía de
abrigo, una cueva profunda, escogida para habitación tiempos
atrás. No cesó desde entonces de alimentar la hoguera con
hierbas secas y trozas de ramas, permaneciendo a su lado día y
noche, alegre y admirado de verla. Aumentaba durante la no-
che el agrado de su compañía, puesto que reemplazaba al sol
en la luz y en el calor; y en la oscuridad nocturna, agrandándo-
se, lo iluminaba; llegó a creer que era la cosa más excelente
que había a su alrededor. Al notar que siempre se movía verti-
calmente, tendiendo hacia arriba, robustecíase su creencia de
que el fuego era una de las sustancias celestiales, que vaga-
mente percibía. Experimentaba la fuerza de acción del fuego
respecto de las demás cosas: si las arrojaba en él, veíalo adue-
ñarse de todo, rápida o lentamente, según que el cuerpo echa-
do a su seno fuera más o menos combustible.
Para experimentar la energía del fuego, le echó, entre otras
cosas, varias especies de animales marinos, que las olas habían
arrojado a la playa. Cuando se hubieron asado y Hayy aspiró su
olor, excitósele el apetito. Comiólos y le gustaron, con lo cual
fue acostumbrando su paladar a la carne. Desde entonces se
ingenió para la pesca y la caza, llegando a ser habilísimo en
ambas. Y aumentó cada vez más el afecto que tenía al fuego, ya
que mediante su acción había encontrado alimentos buenos
que antes desconocía.
Sospecha que el ser desaparecido del corazón de la gacela
fuera de la misma naturaleza del fuego
Habiendo crecido su pasión hacia este elemento, por la exce-
lencia de sus efectos y por la grandeza de su poder, que Hayy
observara, llegó a pensar si lo [94] que había desaparecido del
corazón de la gacela, su nodriza, sería una sustancia de la mis-
ma naturaleza o del propio género. Le confirmó en esta idea lo
que había visto en los animales: o sea, que tienen calor en vida
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y frío después de muertos; y esto siempre, sin excepción algu-
na; y también lo que en sí mismo había notado: a saber, la fuer-
za del calor en su pecho, en el lugar correspondiente a aquel
por el cual él abriera a la gacela. Imaginó que si cogía a un ani-
mal vivo, le abría el corazón y observaba el compartimento que
hallara vacío cuando abrió el de su nodriza, acaso lo encontra-
se lleno de aquel algo que en él reside, y podría comprobar si
efectivamente era de la misma sustancia del fuego y si tenía o
no luz y calor.
Después de hacer la disección de animales vivos, se conven-
ce de la existencia del alma animal, que gobierna al cuerpo
Cogió un animal, atóle por las paletillas y lo abrió, de la mis-
ma forma que había hecho con la gacela, hasta llegar al cora-
zón. Buscó primeramente el lado izquierdo y, al abrirlo, encon-
tró ese compartimiento lleno de un aire vaporoso, semejante a
una niebla blanquecina. Metió en él su dedo, notando tal calor,
que estuvo a punto de quemarse; el animal murió en seguida.
Entonces se convenció [de varias cosas]: de que este vapor
caliente era el que movía a aquel animal; de que los demás te-
nían otro semejante, y de que cuando se retiraba de ellos,
perecían.
Sintió, pues, el deseo de examinar los restantes miembros
del animal, su organización, sitios, número y modo de estar
unidos entre sí; cómo este vapor caliente se extiende por ellos
hasta darles la vida; cómo se conserva mientras el cuerpo sub-
siste; por dónde se expande; por qué no se pierde su calor. Sig-
uió [estudiando] todas estas cosas por la disección de los ani-
males vivos y muertos, y no dejó de observarlas atentamente y
de reflexionar sobre ellas, hasta llegar a saber de estos asuntos
tanto como los grandes físicos. Adquirió la certeza de que todo
animal, individualmente, a pesar de la multiplicidad de sus
miembros y de la variedad de su sensaciones y movimientos, es
uno por causa de esta alma, que desde un centro fijo se reparte
por todos los miembros, que no son, respecto de ella, otra cosa
sino sus servidores o instrumentos; y que el papel de ella en la
gobernación del cuerpo venía a ser igual que el del propio
Hayy, al manejar los instrumentos, que le servían, unos, para
luchar con los animales, otros para cazarlos, para descuartizar-
los alguno. Los primeros se dividían [en dos clases]:
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aquellos con que se evitan las heridas del contrario, y aque-
llos con que se les hiere [defensivos y ofensivos]. También los
de caza se dividían [en dos grupos]: según fuesen para los ani-
males acuáticos (marinos) o para los terrestres. Los instrumen-
tos cortantes tenían tres aplicaciones: unos para rajar, otros
para descuartizar, y perforadores otros. Pero el cuerpo era uno
solo y manejaba estos útiles de diversas maneras, según conve-
nía a cada uno de ellos y según los fines perseguidos. Del mis-
mo modo, esta alma animal es una, y si obra con el instrumento
ojo, su acción será la vista; sin con el oído, la audición; si con la
nariz, el olfato; si con la lengua, el gusto; si actúa por medio de
la piel y de la carne, ejercitará el tacto; si por medio de los
miembros, su acción será el movimiento, y, finalmente, si lo ha-
ce por medio del hígado, dará lugar a la nutrición y la diges-
tión. Cada una de estas funciones tiene, pues, un miembro pro-
pio que la ejecuta; pero ninguna de ellas se perfecciona, sino
mediante la parte que del alma les llega, por los conductos lla-
mados nervios. Cuando estos conductos se cortan u obstruyen,
paralízase la acción del miembro [correspondiente]. Los nerv-
ios reciben el alma exclusivamente de las cavidades del cere-
bro, el cual, a su vez, la adquiere del corazón. En el cerebro
hay muchas almas, porque es un lugar dividido en múltiples
compartimientos.
Cualquier miembro, privado del alma, sea por la causa que
fuere, deja de funcionar, y queda como un instrumento abando-
nado, al que nadie gobierna, y con el cual no se obtiene utili-
dad alguna. Si el alma sale por completo del cuerpo, o se aniq-
uila, o se disuelve por alguna razón, entonces todo el cuerpo se
paraliza y le sobreviene la muerte.
Al llegar al tercer septenario de su vida, Hayy se había hecho
vestidos, armas y choza y había domesticado ciertos animales
Llegó al término de tales consideraciones en el momento de
alcanzar el tercer septenario de su vida, o sea a los veintiún
años de edad. En este intervalo desarrollóse mucho su ingenio.
Se vestía y calzaba con las pieles de los animales por él caza-
dos; hacía hilos con pelos, y con corteza de malvavisco, malva,
cáñamo o cualquier otra planta filamentosa; alcanzó este resul-
tado, después de haber utilizado el esparto; preparaba leznas
con espinas fuertes y cañas afiladas con piedras. Había llegado
hasta la construcción, según lo que veía hacer a las
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golondrinas; fabricóse una choza y asimismo alacena para las
provisiones sobrantes, defendiéndola con una puerta, hecha de
cañas unidas, para que ningún animal entrase en ella mientras
él anduviese fuera, ocupado por otros quehaceres. Había do-
mesticado aves de rapiña, para emplearlas en la caza, y cogido
gallinas, para aprovechar sus huevos y sus pollos. Utilizaba los
cuernos de los bueyes salvajes como puntas de lanza, atándo-
las a cañas fuertes, en ramas de encina o de otros árboles, y,
ayudándose en esta operación con el fuego y con hachas de
piedra, llegó a fabricar rudimentarios lanzones. Se había arre-
glado un escudo con pieles superpuestas. Llegó a hacer todo
esto, cuando observó que carecía de armas naturales y com-
probó que su mano le podía procurar todas las que le faltasen.
No le hacía frente ningún animal, de cualquier especie que
fuere, sino que, por el contrario, lo evitaban y huían de él. Pen-
só en medio para [cogerlos] y no halló treta más afortunada
que amaestrar a algunos, rápidos en la carrera, y atraérselos,
dándoles una comida que les conviniese, hasta que le permitie-
ran montarlos y dar así caza a los animales de otras especies.
Había en esta isla caballos silvestres y asnos salvajes. Cogió al-
gunos y los domó, hasta conseguir su propósito. Con correas y
pieles, hízoles una especie de bocados y sillas, pudiendo de es-
ta forma, según esperaba, dar caza a aquellos animales, para
cuya captura no hallaba [antes] medio.
Solamente se había ocupado en estos asuntos, durante el
tiempo en que se dedicó a la disección de los animales y en que
tuvo pasión por conocer las particularidades y diferencias de
sus órganos, o sea, según dijimos, hasta los veintiún años.
Hayy observa las coincidencias y diferencias en las distintas
clases de seres del mundo
Interesóse luego por otros temas; examinó todos los cuerpos
que existen en el mundo de la generación y de la corrupción:
los animales en sus distintas especies, las plantas, los minera-
les y clases de piedras, la tierra, el agua, el vapor, el hielo, la
nieve, el frío, el humo, la llama, la brasa. Vio que tenían propie-
dades numerosas, acciones distintas y movimientos concordan-
tes y divergentes. Reflexionó con atención sobre todo ello du-
rante algún tiempo, y observó que en unas cualidades coinci-
den y en otras difieren, y que consideradas en cuanto que coin-
ciden, no son más que una cosa, y en cuanto que difieren,
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diversas y múltiples. Estudiaba las particularidades de los se-
res, aquello que diferencia a unos de otros, y los veía múltiples,
innumerables y extendiendo su existencia hasta lo infinito. In-
cluso su misma esencia le parecía múltiple, al ver Hayy la di-
versidad de sus miembros, cómo cada uno de ellos se distin-
guía por un acto o por una cualidad especial, y cómo admitía
una división en muchísimas partes. Por lo cual juzgaba que su
esencia era múltiple, y que también lo era la esencia de todo
ser. Luego, volviendo a otro aspecto por diferente camino, veía
que sus miembros, aunque múltiples, estaban todos juntos en-
tre sí, sin ninguna separación y bajo una sola ley [directiva];
que no se distinguían más que por las diferencias de sus actos,
y que éstas sólo tenían su origen en la [distinta] fuerza que ca-
da uno de los [miembros] recibía del alma animal, a cuya com-
prensión había llegado al principio; esta alma, una en su esenc-
ia, era además la realidad de la esencia, y todos los órganos ve-
nían a ser como instrumentos [suyos]. Su propia esencia pare-
ció entonces a Hayy una, en virtud de este método.
Encuentra la unidad de cada especie, a pesar de la multiplici-
dad de sus individuos, y comprende la unidad del reino animal
Paró mientes después en todas las especies de animales y vio
que cualquier individuo es uno, considerado desde el punto de
vista anterior. Los observó luego especie por especie, como ga-
celas, caballos, asnos y las distintas clases de pájaros una por
una, y encontró que los individuos de cada especie eran seme-
jantes entre sí en los miembros exteriores e interiores, en las
percepciones, en los movimientos, en los instintos; no encontró
diferencia entre ellos sino en pocas cosas en relación a las
otras en que convenían. Y juzgaba que el alma, que cada espec-
ie tiene, es sólo una, y que no se diversifica sino en cuanto se
divide entre muchos corazones; que si fuese posible reunir to-
do lo que está repartido entre estos corazones, y colocarlo en
uno solo, acaso sería una sola cosa, así como el agua o el vino,
que siendo uno, se reparte en muchos recipientes, y después
vuelve a reunirse: en cada estado, de dispersión o de reunión
es una sola cosa, y sólo le sobreviene la multiplicidad per
accidens.
Veía que toda la especie, bajo este aspecto, era una, y com-
paraba la multiplicidad de sus individuos a la de los miembros
de cada uno de ellos, que en realidad no es tal multiplicidad.
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Después reflexionaba, recorriendo mentalmente todas las espe-
cies de animales y observando que convenían en sentir, en nu-
trirse, en moverse voluntariamente en la dirección que quie-
ren; pero ya sabía Hayy que estos actos son característicos del
alma animal, y que las demás cosas que diferencian a las espe-
cie, fuera de estas comunes, ya citadas, no le son verdadera-
mente peculiares. Esta reflexión le hizo ver claramente que tal
alma, propia de todo el reino animal, es una en realidad, aunq-
ue tenga pequeñas diferencias de una especie a otra, así como
un agua repartida en varios recipientes, unos más fríos que
otros, en su origen es una; así todas las partes de agua que tie-
nen un mismo grado de frío representan lo que es peculiar del
alma animal en una especie; por consiguiente, de la misma ma-
nera que toda el agua es una, así también el alma animal es
una, aunque la multiplicidad le sobrevenga per accidens. Con-
siderándolo en tal manera, todo el reino animal le parecía uno.
41
Halla la misma unidad en el reino vegetal
42
Halla también la unidad del reino mineral
43
Hayy observa que todos los cuerpos tienen movi-
miento, o hacia arriba o hacia abajo
44
pesadez o ligereza. Reflexionó sobre si ambas pertenecerían
al cuerpo en cuanto cuerpo, o a título de propiedad sobreañadi-
da a la corporeidad. Le pareció que ello era por el último título,
porque si perteneciesen al cuerpo en cuanto cuerpo, no se ha-
llaría ninguno que no tuviese las dos: vemos que en lo pesado
no se encuentra la ligereza, ni en lo ligero se encuentra la pe-
sadez; realmente son dos cuerpos; cada uno, a más de corpor-
eidad, tiene un atributo con el que se diferencia del otro y que
sirve para individualizarlo, ya que de no ser así, resultarían
ambos una sola cosa desde todos sus aspectos.
Entonces tuvo la evidencia de que la realidad esencial de ca-
da uno de estos dos cuerpos, el pesado y el ligero, está comp-
uesta de dos propiedades: una, que les conviene a ambos en
común, y que es la corporeidad; la otra, que es la que diferenc-
ia sus realidades esenciales: en el uno, la pesadez; la ligereza,
en el otro; unidas están cada una de ellas con la corporeidad, y
son respectivamente la cualidad en cuya virtud el uno se mue-
ve hacia abajo y el otro hacia arriba.
Igualmente examinó los demás cuerpos, inanimados o vivien-
tes, y observó que la realidad esencial de cada una de las dos
clases está compuesta del atributo corporeidad y de otra cosa,
bien una, bien múltiple, añadida a la corporeidad.
Deduce la existencia del alma animal, del alma vegetativa y
de la naturaleza de los seres inanimados
Así le parecieron las formas de los cuerpos en su diversidad,
siendo esto lo primero que vislumbró del mundo espiritual,
puesto que tales formas no se alcanzan por medio de la sensibi-
lidad, sino por un cierto modo de especulación.
Y una de las cosas que comprobó entre todo esto fue que el
alma animal, cuya sede es el corazón, y de la que antes se ha
tratado, sin duda debe tener también un atributo añadido a la
corporeidad; con este atributo se pone en condiciones de eje-
cutar los actos extraordinarios, especiales suyos, que son las
distintas clases de sensaciones, las diferentes especies de per-
cepciones y los diversos modos de movimientos. Este atributo
es su forma y la diferencia que lo separa del resto de los cuer-
pos; es lo que los filósofos designan con el nombre de alma
animal.
De la misma manera, la cosa que en las plantas hace las ve-
ces del calor natural en los animales tiene algo peculiar suyo
45
que es su forma: lo que llaman los filósofos alma vegetativa.
Asimismo, a más de los animales y de las plantas, todos los
cuerpos inanimados del mundo dela generación y de la corrup-
ción tienen algo peculiar suyo, por medio de lo cual realiza ca-
da uno su operación propia, como las diversas clases de movi-
miento, los diferentes modos de cualidades sensibles; esto es,
la forma de cada uno de ellos y lo denominado por los filósofos
naturaleza.
46
Dedica su atención a conocer el alma
47
Llega a discernir las funciones del alma
vegetativa
48
propia, añadida al atributo forma, común a todos los animales.
Lo mismo sucede a cada especie vegetal.
49
Naturaleza de los cuatro elementos
50
La extensión, cualidad corpórea
51
La forma y la materia de los cuerpos
52
cuerpo actos que no eran de su naturaleza, en tanto que tenía
la primitiva forma. Entonces comprendió que necesariamente
todo lo que es producido necesita un productor; de tal modo se
manifestaron en su alma los vestigios generales y confusos de
la noción de un hacedor de la forma.
Luego siguió estudiando una por una todas las formas que ya
conocía, y vio que todas ellas son producidas y que necesitan
por tanto, un hacedor. Consideró también las esencias de las
formas, y notó que no eran más que una capacidad del cuerpo
para producir tal acto; así, por ejemplo, el agua, cuando se cal-
ienta mucho, se dispone y se acomoda para el movimiento hac-
ia arriba, y esta aptitud es su forma. En realidad aquí no hay
más que un cuerpo, cosas sensibles que antes no existían, pro-
cedentes de él (cualidades y movimientos), y un agente que las
crea; ahora bien, la adaptación del cuerpo a unos movimientos
con exclusión de otros es su disposición y su forma. Esto mis-
mo comprobó en todas las demás formas. De donde adquirió la
evidencia de que cuantos actos de ellas emanan, no existen re-
almente en las mismas y sólo son debidos a un agente que por
su intermedio obra los actos que con ellas se relacionan. Esta
idea que surgió en su mente es la misma contenida en el dicho
del Enviado de Dios (¡bendígalo Dios y lo salve!): «Yo soy el oí-
do por el cual oye, y la vista con la cual ve»; y en el libro claro
de la Revelación: «No los habéis matado vosotros, sino Dios los
mató; no has arrojado tú [Mahoma] la flecha cuando la has
arrojado, sino que Dios la arrojó».
Comprende Hayy que el «agente» productor de las formas no
puede ser cuerpo de este mundo sensible, y estudia los cuerpos
celestes
Una vez que hubo descubierto lo dicho, relativo a la idea de
agente, en general y de un modo confuso, sintió un vivo deseo
de conocerlo precisa y distintamente.
Como no se separaba del mundo sensible, púsose a buscar en
él este agente, del cual ignoraba si era uno o era múltiple. Exa-
minó todos los cuerpos que le rodeaban y sobre los que había
siempre reflexionado, y vio en todos que unas veces nacen,
otras veces perecen; aquellos a quienes no alcanza íntegra-
mente la descomposición, les alcanza del modo parcial, como el
agua y la tierra, cuyas partes veía corromperse por el fuego.
Asimismo observaba que todos los demás cuerpos del mundo
53
sensible no se eximían de ser producidos y de tener necesidad
de un agente. Por tanto, abandonó [la reflexión acerca de] to-
dos ellos, y puso su atención en los cuerpos celestes. Condensó
este pensamiento, al fin de los cuatro septenarios de su exis-
tencia, o sea a los veintiocho años de edad.
Comprendió que los cielos, y las estrellas que en ellos hay,
son cuerpos, ya que tienen extensión en las tres dimensiones:
longitud, latitud y profundidad; ninguno carece de esta cuali-
dad; pero como todo el que la ostenta es cuerpo, ellos lo son
también. Pensó luego si tales cuerpos serían extensos, sin lími-
te alguno, y se alejarían siempre, sin fin, en la longitud, latitud
y profundidad, o si serían finitos, encerrados en ciertos límites
en los cuales terminan, y más allá de los cuales no es posible
que exista la extensión.
54
Es imposible un cuerpo infinito: razonamientos de
Hayy
55
Llega a la conclusión de que el cosmos o reunión
de los cuerpos celestes es esférico
56
movimientos se desarrollan en muchas esferas, contenidas to-
das en una sola, que es la más alta y la que mueve todo, de or-
iente a occidente, en el período del día y de la noche. Exponer
sus progresos en esta ciencia sería largo y es asunto divulgado
en los libros; para nuestro propósito basta con lo que hemos
expuesto.
Semejanzas del mundo celeste con el mundo sublunar
Cuando llegó a este grado de conocimientos, diose cuenta de
que la esfera celeste y lo que gira a su alrededor, es a manera
de un todo, cuyas partes están unidas entre sí; de que los cuer-
pos, acerca de los cuales había reflexionado antes, como la tie-
rra, el agua, el aire, las plantas, los animales, etc, están conte-
nidos y permanecen en ella; de que en su totalidad la esfera
misma es algo semejante a un individuo de la especie animal:
sus estrellas brillantes hacen las veces de los sentidos; las di-
versas esferas unidas entre sí, son como los miembros; y todo
lo que, dentro de ella, pertenece al mundo de la generación y
de la corrupción, desempeña el papel que en el interior de los
animales realizan los diferentes residuos y humores, en los
cuales muchas veces se forman otros seres, como sucede en el
macrocosmos.
Piensa Hayy si el mundo sería producido o eterno.
57
Razones que halla en pro y en contra de cada
tesis
58
Si el mundo es producido, necesita un creador,
que no será cuerpo
59
cuando él se divide, doblándose cuando éste lo hace; v. gr., el
peso de la piedra, que la mueve hacia abajo: si la piedra se di-
vide en dos partes, su peso se divide en otras tantas; si se le
añade otra, su peso se aumenta en lo mismo; si fuera posible
que la piedra aumentase hasta lo infinito, su peso aumentaría
en igual proporción; y si llegase a una magnitud determinada y
en ella se detuviese, el peso llegaría también a un cierto punto,
en que se detendría. Pero ha quedado demostrado que todo
cuerpo es, indudablemente, finito; luego la fuerza que radique
en él lo será también; por tanto, si encontramos una fuerza que
produzca un acto infinito, seguramente no radica en un cuerpo.
Pero observamos que la esfera celeste se mueve siempre con
un movimiento sin fin y sin interrupción, puesto que la supone-
mos eterna a parte ante; luego necesariamente resulta que la
fuerza que la mueve no está en su mismo cuerpo, ni en otro sit-
uado fuera de ella, y que pertenece a algo extraño a los cuer-
pos, a lo cual no se le pueden atribuir cualidades corporales.
Ya había descubierto Hayy, en sus primeras reflexiones sobre
el mundo de la generación y de la corrupción, que la realidad
de la existencia de todo cuerpo sólo proviene de su forma, o
sea, su disposición para los distintos movimientos; y que la
existencia que el cuerpo tiene por parte de su materia es in-
consistente y casi imperceptible. Por tanto, la existencia del
mundo entero proviene sólo de su disposición para el movim-
iento dado por este motor, el cual está libre de materia y de
cualidades corpóreas, exento de todo lo que es perceptible por
los sentidos o accesible a la imaginación; y si este motor es el
autor de los distintos movimientos del cielo, por medio de un
acto permanente, continuo e ininterrumpido, indudablemente
ha de tener poder sobre ellos y los ha de conocer.
60
Se confirma Hayy en su idea de la existencia de
un autor incorpóreo
61
Este autor será causa de los demás seres, creador
de ellos
62
Huellas de este autor, que Hayy ve en todos los
seres
C uando vio que todos los seres son obra de este Autor, exa-
minólos de nuevo, buscando manifestaciones de su poder,
de su admirable y rara obra, de su amorosa providencia y de su
ciencia sutil. Y en los pequeños seres, y más aún en los gran-
des, se le aparecieron huellas tales de sabiduría y de arte ex-
traordinario, que lo llenaron de admiración, cerciorándose de
que esto no podía proceder sino de un Autor perfectísimo y su-
perior a la perfección, «a quien no se escapa el peso de un áto-
mo en los cielos o en la tierra, ni nada que sea más pequeño o
más grande».
Tiene este autor todas las cualidades de la perfección y está
libre de las de la imperfección
Examinó después atentamente todas las especies de anima-
les y vio cómo este Autor había dado a cada una su forma y en-
señándole después a emplearla; porque si Él no hubiese guiado
a los animales en el uso de los miembros de que los dotara,
mostrándoles las ventajas que con ellos podrían conseguir, no
los hubiesen utilizado, y hubieran sido una carga para ellos.
Por eso conoció que Él era generoso entre los generosos, mise-
ricordioso entre los que más. A partir de este momento, cada
vez que veía algún ser dotado de belleza, de esplendor, de per-
fección, de poder, o de una superioridad cualquiera, reflexiona-
ba y reconocía que era un efluvio de este Autor, de su existenc-
ia, de su acción. Comprendió, por tanto, que todo lo que a Él
pertenece por su esencia, es más grande que estas cualidades
[citadas], más perfecto, completo, bello, brillante, hermoso y
durable, sin relación con ellas. No dejó de rebuscar las cualida-
des de la perfección, y vio que todas las tiene emanan de Él, y
que es más digno de ellas que los demás seres que las poseen.
Consideró luego las cualidades de la imperfección, y vio que
Él estaba libre y exento de ellas. ¿Y cómo no lo había de estar?
¿No es la idea de imperfección la de la nada pura, o de lo relac-
ionado con la nada? ¿Cómo se ha de unir o mezclar la nada con
el ser puro, el que existe necesariamente por su esencia, el que
da la existencia a todos los demás seres, sin el cual no la hay,
puesto que Él es la existencia y Él es la perfección, la plenitud,
63
la belleza, el resplandor, la potencia, la ciencia y, en suma, Él?
«Todo perece si no es su faz».
Hayy se siente inclinado hacia este autor, cuya existencia co-
noció a los treinta y cinco años de edad
Alcanzó Hayy este grado de conocimiento a los cinco septe-
narios de su vida, o sea, a los treinta y cinco años de su edad.
Afirmábasele tanto en el corazón la idea de este Autor, que no
ocupaba su pensamiento sino en Él, olvidando el examen y la
investigación de los seres a que antes se había dedicado, hasta
el extremo de que no paraba mientes en cosa alguna, sin que le
reflejase vestigios de su arte; luego dirigía el pensamiento hac-
ia el Artista, dejando a un lado la obra; entonces se volvía ard-
ientemente hacia Él, y su corazón se desplazaba, con fuerza y
por completo, del mundo sensible para sumirse en el
inteligible.
Trata de saber con qué facultad había conocido a este ser: no
había sido por medio de los sentidos ni por la imaginación
Cuando consiguió el conocimiento de este Ser, cuya existenc-
ia no tiene causa, siendo Él la causa de la existencia de los de-
más, quiso saber por qué medio había conseguido él mismo tal
conocimiento y con qué facultad había conocido este Ser. Exa-
minó sus propios sentidos, a saber: el oído, la vista, el olfato, el
gusto y el tacto, viendo que a todos ellos sólo llegan los cuer-
pos o sus accidentes: el oído no percibe más que los sonidos
originados por las ondas del aire al tropezarse con los cuerpos;
la vista, únicamente los colores; el olfato, los olores; los sabo-
res, el gusto, y el tacto, las temperaturas, lo duro y lo blando,
la aspereza y la suavidad.
Del mismo modo, la imaginación no alcanza ninguna cosa, si-
no las dotadas de longitud, latitud y profundidad. Todas estas
percepciones son cualidades corpóreas, y a los sentidos no
puede llegar otra cosa, ya que son facultades extendidas por
los cuerpos y repartidas conforme a las divisiones de ellos, no
pudiendo afectarles, por tanto, más que lo que es divisible.
Pues si la imaginación está repartida, como se ha dicho, indu-
dablemente, al percibir un objeto cualquiera, éste se dividirá
conforme a la naturaleza de ella. Por consiguiente, toda facul-
tad que radica en un cuerpo no percibe más que los cuerpos o
sus accidentes. Pero ya queda demostrado que este Ser, de
existencia necesaria, está exento de toda clase de cualidades
64
corpóreas; por tanto, no se le puede percibir, sino mediante al-
go que no sea cuerpo, ni facultad que en él radique o tenga al-
guna relación con él, cualquiera que sea.
Lo había conocido por su propia esencia, por estar impreso
en su alma el conocimiento de él
Entonces se cercioró de que conocía a aquel Ser por medio
de su esencia misma, y que el conocimiento de Él estaba im-
preso en su alma. Vio también claro que su propia esencia, por
medio de la cual lo conocía, era algo incorpóreo, sin ninguna
cualidad de los cuerpos; que todo lo exterior y lo corporal, que
percibía en sí mismo, no era la realidad de su esencia, puesto
que ella sólo se encontraba en aquello por medio de lo cual co-
nocía al Ser de existencia necesaria.
65
El alma es incorpórea e incorruptible
66
ciego, después de haber tenido vista: que siempre deseará [vol-
ver a ver] los objetos visibles. Y cuanto más hermosa, espléndi-
da y perfecta sea la cosa percibida, tanto mayor será el deseo
hacia ella y más grande el dolor por su pérdida; ésta es la cau-
sa de que el dolor de quien pierde la vista después de haberla
disfrutado sea mayor que el de quien queda sin el olfato, porq-
ue las cosas visibles son más perfectas y más hermosas que las
relativas al olfato. Pues si entre las cosas hay una, cuya perfec-
ción es infinita, cuya hermosura, belleza y esplendor no tiene
límites, que está sobre estas cualidades hasta el extremo de
que ninguna puede existir sino procedente de ella y fluyendo
de su ser, es indudable que quien pierda la percepción de esta
cosa, después de haberla conocido, sentirá, mientras dure su
pérdida, dolores infinitos; así como quien logre poseerla eter-
namente tendrá un placer no interrumpido, una felicidad sin
fin, una alegría, un gozo y un contento sin límites.
Diversa situación del alma si, durante la vida del cuerpo, no
conoció al ser necesario, si lo conoció y se apartó de él, o si lo
conoció y no se separó de él.
Pero antes se había convencido Hayy de que el Ser necesario
está dotado de todos los atributos de la perfección, libre y
exento de todas las cualidades de la imperfección. También se
había cerciorado de que la esencia, mediante la cual el propio
Hayy llegaba a percibir este Ser, no es nada que se parezca al
cuerpo, ni corruptible como él. De lo cual dedujo que si el ser
que tiene una esencia de esta naturaleza, capaz de tan alta
percepción, abandona al cuerpo por la muerte, se dará uno de
estos tres casos:
Si antes de esto, en el período en que gobernó al cuerpo, no
conoció jamás al Ser necesario, ni se unió con Él, ni oyó nada
respecto de Él, la separación del cuerpo no le producirá deseo
de este Ser, ni dolor por su pérdida; porque todas las faculta-
des corpóreas desaparecen con la eliminación del cuerpo y no
desean tampoco sus objetos propios, ni tienden hacia ellos, ni
se duelen por su pérdida, siendo ésta la condición de los ani-
males irracionales, tengan o no la forma humana.
Si antes, en el tiempo que gobernó al cuerpo, conoció a este
Ser, sabiendo de sus perfecciones y de su hermosura, pero se
desvió de Él, arrastrado por sus pasiones, y la muerte le sor-
prendió en tal estado, privándole, por tanto, de la visión
67
intuitiva, entonces la deseará, pero permanecerá en un largo
castigo y en sufrimientos infinitos, y podrá librarse de ellos
después de una larga prueba y gozar luego de la visión intuiti-
va que anhela, o bien continuará sumido eternamente en sus
dolores, según que en la vida corpórea se haya dispuesto para
uno de estos dos destinos.
Y si conoció a este Ser necesario antes de separarse del cuer-
po, dedicándose a Él totalmente y pensando siempre en su her-
mosura, belleza y esplendor, sin separarse de Él hasta que la
muerte le sorprendió en estado de contemplación y visión intui-
tiva actual, al separarse del cuerpo permanecerá en un placer
infinito, en una alegría, gozo y contento perdurables, produci-
dos por la unión de su visión de este Ser necesario, visión
exenta de turbación y mezcla, y despojada de todas las cosas
sensibles que las facultades corpóreas exigen, las cuales, en re-
lación con este estado, son dolores, males y obstáculos.
Hayy trata de mantenerse siempre en el estado de visión int-
uitiva de Dios, que es la perfección y el placer de su propia
esencia
Una vez que Hayy se cercioró de que la perfección y el placer
de su propia esencia sólo consistían en la visión intuitiva, per-
petua y siempre en acto, de este Ser necesario, hasta el punto
de que no se debía apartar de Él ni un abrir y cerrar de ojos,
para que, sorprendiéndole la muerte en estado de visión en ac-
to, alcanzase un placer sin mezcla de mal alguno, se puso a re-
flexionar cómo podría conseguir la continuidad de esta visión
intuitiva, de modo que no le ocurriese interrumpirla. Aplicaba
un momento su reflexión a este Ser; y en seguida aparecía a su
vista cualquier objeto sensible, hería sus oídos el grito de un
animal, representábasele una imaginación, sentía dolor en al-
gún miembro, experimentaba hambre, sed, calor o frío, o había
de levantarse para hacer sus necesidades; y entonces se turba-
ba su reflexión, apartándose del estado obtenido, siéndole muy
difícil volver sin gran esfuerzo al estado anterior, y temía que
se le presentase la muerte hallándose en tal apartamiento y ca-
er en la eterna desgracia y en el dolor de la separación.
68
Ve que los animales y las plantas no conocen a es-
te ser
69
Sospecha que los cuerpos celestes, en cambio, lo
conocen
70
Los cuerpos celestes son incorruptibles
71
Los seres son más perfectos a medida que tienen
más formas
72
por tanto, es apto para la vida. Por ende, cuanto mayor, más
completa y más distante del desequilibrio es esta proporción,
tanto más alejado está el compuesto de tener un contrario y es
más perfecta su vida. Mas como el alma animal, que reside en
el corazón, es precisamente muy proporcionada, ya que es más
sutil que la tierra y el agua y más densa que el fuego y el aire,
viene a estar en el término medio y ningún elemento le es con-
trario de un modo manifiesto, por lo cual resulta capaz de la
forma de la animalidad.
73
Razonamientos que mostraron a Hayy el parecido
de su alma con los cuerpos celestes
74
Hayy se ve entonces distinto de los demás
animales
75
Juzga necesario asemejarse a los cuerpos celestes
y al ser necesario
76
él era la esencia por cuyo medio conocía al Ser necesario; y ya
sabía él que su felicidad y su salvación del mal sólo estribaban
en la continuidad de su visión intuitiva de este Ser necesario,
hasta el punto de no apartarse de ella ni un abrir y cerrar de
ojos.
77
Ventajas e inconvenientes de las tres asimilacio-
nes dichas
78
Limitaciones que puso Hayy a su vida material,
que era necesaria para su vida espiritual
79
Clases y cantidad de alimentos que debía tomar
80
bien frutos de los que no es comestible más que la semilla, co-
mo las nueces y las castañas, o bien legumbres que no han lle-
gado a su completo desarrollo, a condición, en estos dos casos,
de preferir aquellos vegetales que fueran más abundantes y
que tuvieran más fuerza reproductiva, de no arrancar sus raí-
ces y de no destruir sus simientes.
Faltándole esto, podría tomar los animales o sus huevos, a
condición de elegir entre los animales aquellos que fueran más
numerosos y no destruir completamente ninguna especie.
Esto es lo que juzgó prudente hacer, respecto de las clases
de alimentos que había de tomar. Por lo que toca a la cantidad,
decidió que debía ser la precisa para acallar el hambre y no
más. En cuanto al tiempo que había de mediar entre las comi-
das, determinó que, tomando el alimento suficiente, debía per-
sistir sin buscar más, hasta que experimentase una debilidad
tal que le impidiera algunos actos forzosos para la segunda asi-
milación, que en seguida se mencionarán.
En lo referente a las cosas necesarias para la subsistencia
del alma animal y con las que se le protege del exterior, poco
había de ocuparse de ellas, puesto que estaba vestido de pie-
les, y tenía una morada que le libraba de los agentes exterio-
res, y esto le era suficiente, sin preocuparse más de ello. En la
comida, cumplió las reglas que se había impuesto, ya descritas
por nosotros.
81
Busca Hayy la asimilación a los cuerpos celestes,
según sus tres clases de cualidades
82
beber. Al ver el agua, corriendo para regar las plantas o para
abrevar a los animales, detenida por un obstáculo, bien fuera
una piedra que cayese en ella, bien un dique, él desembaraza-
ba su camino.
Y no dejó de ocuparse en esta clase de asimilación, hasta que
alcanzó en ella la meta.
Hayy procura imitar con su limpieza el resplandor de los
cuerpos celestes, y hacer, como ellos, un movimiento circular
Por lo que toca a la segunda clase, trató de asemejarse a los
[cuerpos celestes], obligándose a un continuo aseo, a quitar la
suciedad y la inmundicia de su cuerpo, a lavarse con agua lo
más frecuentemente posible, a limpiar sus uñas, sus dientes y
las partes pudendas de su cuerpo, a perfumarse, en cuanto pu-
diera, con hierbas olorosas y con diversas pomadas aromáticas,
a preocuparse de hacer otro tanto con sus vestidos, hasta que
todo él resplandeciese de hermosura, de limpieza y de buen
olor. Junto con esto se impuso diversas maneras de movimiento
circular: unas veces daba la vuelta a la isla, recorriendo sus pl-
ayas y bordeando sus límites; otras, lo hacía alrededor de su
choza o de alguna roca, un número determinado de veces, bien
andando, bien saltando con paso gimnástico; y otras, daba
vueltas alrededor de sí mismo, hasta que se desvanecía.
Intenta asemejarse al ser necesario, abstrayéndose totalmen-
te de la vida material y recurriendo al movimiento de rotación
hasta desvanecerse
Por lo que toca a la tercera clase, se asemejaba [a los cuer-
pos celestes] obligándose a reflexionar sobre el Ser necesario
apartándose de las cosas sensibles, cerrando los ojos, tapándo-
se los oídos, luchando enérgicamente contra las seducciones
de la imaginación y deseando con toda su fuerza no pensar en
otra cosa que en Él, ni asociarle con el pensamiento ningún
otro objeto. Para esto recurría al movimiento de rotación sobre
sí mismo, excitándose en [acelerar] lo; cuando llegaba a ser
muy vertiginoso, se le desvanecían las cosas sensibles, debilitá-
basele la imaginación y las demás facultades que necesitan de
órganos corpóreos, fortaleciéndose, en cambio, la acción de su
esencia que está libre del cuerpo; y en algunos instantes su en-
tendimiento quedaba puro de toda mezcla y obtenía la visión
intuitiva del Ser necesario. Luego, actuaban sobre él de nuevo
las facultades corpóreas y le corrompían aquel estado
83
«conduciéndolo al grado más bajo» y volviéndolo a su situación
anterior. Si sentía debilidad, que le impidiese cumplir su deseo,
se procuraba algún alimento, en las condiciones ya citadas.
Luego tornaba a su ocupación de asimilarse a los cuerpos ce-
lestes, según las tres maneras arriba dichas, y se ocupaba en
esto durante algún tiempo; luchaba contra las facultades cor-
póreas y ellas contra él; oponíaseles y se le oponían; y en los
momentos en que lograba dominarlas y su pensamiento estaba
puro de mezcla alguna, se le aparecía el fulgor de un estado,
propio de los que alcanzan la tercera asimilación.
84
Reflexiones de Hayy acerca de los atributos positi-
vos y negativos del ser necesario
85
cosas son también atributos corpóreos, ya que de primera in-
tención no los veía sino por medio de una facultad corporal, y
después, por medio de una facultad también corporal, se ocu-
paba de ellos. Se dedicó a eliminar de su alma todos estos atri-
butos, puesto que ninguno de ellos convenía al estado a que as-
piraba: limitóse a reposar [inmóvil] en el fondo de su cueva,
con la cabeza baja, los ojos cerrados, abstraído de las cosas
sensibles y de las facultades corpóreas, concentradas todas sus
preocupaciones y pensamientos sólo en el Ser necesario, sin
asociarle nada. Y cuando a su imaginación se le representaba
la especie de cualquier objeto, con toda su fuerza la apartaba y
la rechazaba de sí.
A tal ejercicio se aplicó cuidadosamente durante largo tiem-
po. En algunas ocasiones pasó varios días sin comer y sin mo-
verse. Y a veces en los momentos más culminantes de esta lu-
cha, se borraban de su recuerdo y de su pensamiento todas las
cosas, excepto su misma esencia, pues ésta no escapaba a su
percepción en el momento en que se abismaba en la visión int-
uitiva del Ser, de la Verdad, del Necesario; ello le afligía, pues
que le daba a entender que aún conservaba una mezcla en la
visión intuitiva pura y una asociación en el acto de contemplar.
86
Hayy alcanza la visión intuitiva del ser necesario
87
El autor del libro anuncia una explicación alegóri-
ca del «estado» que Hayy alcanzó
88
Dios al despertar de aquel estado semejante a la embriaguez,
vínole a la mente la idea de que él no tenía esencia que le dis-
tinguiese de la Verdad; que la realidad de su esencia era la
esencia de la Verdad; que la cosa que él primeramente ser su
esencia, distinta de la de la Verdad, no era nada realmente,
pues nada existía fuera de la esencia de la Verdad. Sucedía con
esto lo que con la luz del sol, que cae sobre los cuerpos opacos
y se ve aparecer en ellos: aunque se atribuye al cuerpo en el
que aparece, no es en realidad nada distinto de la luz del sol; si
el cuerpo desaparece, su luz también, pero la del sol queda ín-
tegra, no se disminuye con la presencia de este cuerpo, ni se
aumenta con su ausencia; cuando aparece un cuerpo apto para
reflejar la luz, la refleja, y si tal cuerpo falta, falta esta refle-
xión y no tiene existencia.
Se afianzó Hayy en esta idea, considerando que antes se le
había evidenciado que la esencia de la Verdad (¡poderosa es y
grande!) no se multiplica por ningún respecto, y que el conoci-
miento que Dios tiene de su esencia es su esencia misma; de
aquí infería necesariamente que quien consigue poseer el co-
nocimiento de la esencia divina, posee la esencia divina; pero
él había logrado el conocimiento, luego él poseía la esencia.
Mas esta esencia divina se identifica con su misma posesión, y
su posesión misma es la esencia; luego él era la misma esencia
divina. Igual le sucedía con todas las esencias separadas de la
materia, que conocen esta esencia verdadera, las cuales antes
le parecían múltiples, y ahora, mediante esta opinión, le resul-
taban una sola cosa.
89
Naturaleza de las esencias separadas, que cono-
cen la verdad
90
sentido con preferencia a otro. Ahora bien, el mundo sensible
es el lugar de origen de la pluralidad y de la unicidad; en él se
comprende la realidad de estas dos ideas; en él se hallan la se-
paración y la unión, la agregación y la distinción, la coincidenc-
ia y la discrepancia; ¿qué había, pues, de pensar del mundo di-
vino, respecto del cual no se dice todo ni parte, ni se puede ha-
blar con palabras usuales, sin suponer ya en él algo contrario a
su realidad; que no lo conoce, sino aquel que lo ha visto intuiti-
vamente; que sólo tiene idea exacta de su realidad aquel que
ha conseguido alcanzarla? Respecto de su frase: «Hasta se
aparta de lo natural en los hombres dotados de razón y rechaza
la autoridad de ella», estamos conformes con él y le dejamos
con su razón y sus hombres razonadores. Porque la razón, a
que él y sus secuaces quieren aludir, no es más que la facultad
lógica que examina los seres sensibles individuales, para abs-
traer de ellos la idea universal; y los hombres razonadores, se-
gún ellos, son los que especulan siguiendo este método; mien-
tras que la manera de que nosotros hablamos está sobre todo
esto. Que cierre, pues, sus oídos aquel que sólo conoce las co-
sas sensibles y sus universales, y que vuelva a reunirse con sus
congéneres, los cuales «conocen las apariencias de la vida de
aquí abajo, y, en cambio, de la otra vida, no se preocupan».
91
Visión por Hayy de la esfera suprema
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cual la refleje a su vez de un [tercero] puesto frente al sol. Vio
que esta esencia tenía también un esplendor y un placer seme-
jantes a los de las anteriores.
Vio, sucesivamente, que cada esfera poseía una esencia sepa-
rada, exenta de materia, que no era ninguna de las esferas pre-
cedentes, ni tampoco algo distinto de ellas, sino como la ima-
gen del sol, reflejada de espejo en espejo, siguiendo el orden
mismo en que están ordenadas las esferas; y vio que cada una
de estas esencias tenía una belleza, un esplendor, un placer y
una alegría «que ningún ojo vio, ni ningún oído oyó, ni jamás se
han presentado al corazón de un mortal».
93
Visión por Hayy de la esfera de la Luna
94
Visión por Hayy de su propia esencia
D espués vio que él, el propio Hayy, tenía una esencia sepa-
rada. Si fuera posible dividir en partes la esencia de las
setenta mil caras [del alma universal], podría pensarse que es-
ta esencia [suya, separada] era una de aquellas partes; y si no
fuese porque ha sido producida después de no existir, también
podría decirse que era la misma [esencia de las setenta mil ca-
ras, o alma universal]; y si esta esencia [suya] no hubiese sido
individualizada por su cuerpo, al tiempo de su producción, ca-
bría suponer que no fue producida.
95
Las más excelsas visiones de Hayy
96
Hayy sale del éxtasis
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principio, la causa que las hace existir, que les da la duración y
les comunica la permanencia y la eternidad. No tienen estas
esencias necesidad de los cuerpos; son ellos quienes las preci-
san; si se aniquilaran, sucedería lo propio a los cuerpos, porq-
ue ellas son sus principios. Lo mismo ocurriría si fuera posible
que se aniquilase la esencia del Uno, de la Verdad (¡no hay más
Dios que Él!, ¡ensalzado y glorificado sea!):
dejarían de existir las esencias a que nos referimos, los cuer-
pos y el mundo sensible en su totalidad, no quedando ser algu-
no, porque todas las cosas están en relación unas con otras. Y
aunque el mundo sensible siga al divino como si fuera su som-
bra, y éste, por ser independiente, pueda pasarse sin aquél, no
es lícito, sin embargo, suponer su no-existencia, porque él sig-
ue al mundo divino, y su corrupción sólo indica un cambio, pe-
ro de ninguna manera la no-existencia en absoluto. De esto ha-
bla el Libro Santo en el lugar que dice que «las montañas se-
rán levantadas violentamente», «y vendrán a ser como vellones
de lana», «y los hombres como mariposas», que «el sol y la lu-
na serán envueltos en las tinieblas», «y que los mares se exten-
derán» «en el día que la tierra se cambie en otra cosa distinta
de la tierra y [lo mismo] los cielos».
Esto es todo lo que te puedo decir ahora, hermano, de lo que
vio Hayy ibn Yaqzan en esta estación noble. No pidas [que te
explique] más por medio de palabras, porque esto es casi
imposible.
98
Hayy se esfuerza en conseguir el éxtasis de modo
habitual
99
Historia de Asal y Salaman
100
Salaman, por el contrario, inclinándose a las máximas que
juzgan preferible el trato social, buscaba la compañía de los
hombres, por su natural apatía hacia la meditación y el libre
examen; según su opinión, la vida mundana permitía además
fácilmente apartar las tentaciones, alejar los malos pensamien-
tos y librarse de las sugestiones de los demonios. Tal divergen-
cia de criterio fue causa de que ambos se separasen.
101
Asal se retira a la isla donde Hayy vivía
102
Encuentro de Asal con Hayy Ibn Yaqzan
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que le cubrían gran parte del cuerpo, tan veloz en la carrera y
tan valiente, le tomó miedo; empezó a suplicarle y a rogarle,
con palabras que Hayy ibn Yaqzan no comprendía ni sabía lo
que eran, y en las cuales sólo distinguía señales de una violen-
ta emoción. Mostróse afable con él, mediante voces que había
aprendido de algunos animales; le pasó la mano por la cabeza y
por los costados, lo acarició y se le mostró con rostro alegre y
contento, hasta que Asal perdió el miedo, y vio que no intenta-
ba nada malo contra él.
Asal da a Hayy a comer provisiones de las que guardaba del
mundo, y esto le sirve de obstáculo para conseguir el éxtasis
Asal, de tiempo atrás, por su afición a la ciencia de la inter-
pretación, había aprendido muchas lenguas, y era experto en
ellas; se puso, pues, a hablar a Hayy ibn Yaqzan y a preguntar-
le por su condición, en todos los idiomas que sabía, tratando de
hacerse entender, sin lograrlo; Hayy en todo esto se admiraba
de las palabras, sin saber lo que eran y sin ver otra cosa en
ellas que alegría y afabilidad. Cada uno de ambos, pues, se ad-
miraba del otro.
Asal guardaba restos de las provisiones, traídas de la isla ha-
bitada, y se las ofreció a Hayy, el cual no supo lo que eran, por-
que nunca las había visto. Comió Asal y le indicó por señas que
comiera; pero Hayy pensó en las obligaciones que se había im-
puesto respecto de la comida, y como no conociese el origen de
aquello que se le presentaba, ni si le sería o no lícito el tomar-
lo, se abstuvo de comer. Asal siguió rogándole e invitándole, y
como Hayy le había tomado afición, temió afligirlo, si seguía
rehusando; tomó, pues, por fin de aquellas provisiones y comió.
Pero una vez que las hubo probado, encontrándolas buenas, le
pareció mal lo que había hecho, violando sus compromisos res-
pecto de las condiciones de la comida; arrepintióse de su acto y
quiso separarse de Asal, para dedicarse a su ocupación de bus-
car la vuelta al éxtasis sublime.
No alcanzó la visión intuitiva con celeridad, y entonces pensó
en seguir con Asal en el mundo sensible, hasta conocer la ver-
dadera condición de éste y perderle todo afecto, después de lo
cual volvería a su éxtasis sin que nadie ya le distrajera. Se im-
puso, pues, la compañía de Asal. A su vez éste, viendo que
Hayy no hablaba, se tranquilizó respecto de los peligros a que
su nuevo compañero podría exponer su devoción; confió en
104
hacerle aprender el lenguaje, la ciencia y la religión, con lo
cual obtendría una gran recompensa y una gran aproximación
a Dios.
105
Asal enseña a Hayy a hablar
106
afligidos». Se impuso la obligación de servirlo, de imitarlo y de
seguir sus indicaciones que se le ofreciesen, aprendidas ya por
él en su religión.
Hayy encuentra acorde lo que Asal le comunica de la religión
con lo que él mismo había aprendido por la razón
Hayy ibn Yaqzan, a su vez, le preguntó por él y por su condi-
ción. Asal le describió el estado de su isla y de la gente que en
ella había; su manera de vivir, antes de haber llegado a ella la
religión y después de haberla recibido. Le contó todo lo que
aparecía en la ley sobre la descripción del mundo divino, de la
gloria, del infierno, de la resurrección, de la reunión del género
humano resucitado, de la cuenta [que habrá de dar], de la ba-
lanza y del puente.
Comprendió Hayy todo esto y no halló nada contradictorio a
lo que él había visto en su éxtasis sublime; conoció que el autor
y portador de estas descripciones era veraz en sus relatos, ve-
rídico en sus palabras y Enviado de parte de Dios; creyó, por
tanto, en él, le dio crédito y rindió testimonio de su divina
misión.
Luego siguió preguntando a Asal respecto de los preceptos
que este Enviado de Dios había traído y sobre las prácticas re-
ligiosas que impusiera. Asal le habló de la oración, la limosna
legal, el ayuno, la peregrinación y otras prácticas exteriores se-
mejantes; Hayy las aceptó y se las impuso como obligación, de-
dicándose a cumplirlas, para obedecer el mandato de aquél cu-
ya veracidad le era evidente.
Causa a Hayy extrañeza que el Profeta empleara alegorías y
que los hombres se preocuparan de las riquezas y cosas
materiales
Sin embargo, había dos cosas que le produjeron admiración,
y respecto de las cuales no encontraba razón explicable. Una
era, por qué este Enviado empleaba alegorías al hablar a los
hombres, en la mayor parte de las cosas que les contaba res-
pecto del mundo divino, y se abstenía de descubrir claramente
la Verdad, hasta el extremo de hacer caer a la gente en el gra-
ve error de atribuir cuerpo [a Dios] y de suponer en la esencia
de la Verdad cosas de las que está exenta y libre; pudiéndose
decir lo mismo respecto de los premios y los castigos.
Otra era, por qué se limitaba a estos preceptos y a estas
prescripciones rituales, y permitía la adquisición de riquezas y
107
la laxitud respecto a las comidas, hasta el punto de que los
hombres se entregasen a ocupaciones inútiles, apartándose de
la Verdad. Porque la opinión de Hayy era que nadie debía co-
mer más cosas que las precisas para que subsista un soplo de
vida; y respecto de las riquezas, nada eran a sus ojos. Veía las
disposiciones de la ley, relativas a este punto, como la limosna
ritual en sus varias clases, las ventas, la usura, las penas dicta-
das por la ley o dejadas a la apreciación del juez, y todo esto le
parecía extraño, a la vez que lo hallaba inútil; y entre sí decía
que, si los hombres comprendiesen este asunto en su realidad,
se apartarían seguramente de las cosas inútiles, dirigiéndose
sólo a la Verdad y prescindiendo de todas las [leyes citadas];
nadie tendría propiedad privada por la que hubiera de pagar li-
mosna legal, o por cuyo hurto se hubieran de cortar las manos
[al ladrón], o cuyo robo público hubiera de castigarse con pena
capital.
Lo que le sugería tal creencia era su opinión de que todos los
hombres están dotados de un natural excelente, de una inteli-
gencia penetrante, de un ánimo resuelto. No sabía lo estúpi-
dos, imperfectos, faltos de juicio e inconstantes que son los
hombres; ignoraba que son «como las bestias y aún más extra-
viados que ellas del buen camino».
108
Desea Hayy comunicar a los hombres la verdad
109
Hayy y Asal se trasladan a la isla gobernada por
Salaman
110
categoría, contentos con lo que tienen delante, toman por dios
a sus pasiones» y por objeto de adoración a sus deseos; se ma-
tan por poseer las vanidades del mundo, «absorbidos por el
cuidado de atesorar, hasta que visitan la tumba»; no les apro-
vechan las advertencias, no les hacen ningún efecto las pala-
bras buenas, la discusión sólo les aumenta la pertinacia; no tie-
nen ningún camino para llegar a la sabiduría ni poseen una mí-
nima parte de ella. Están sumergidos en la ignorancia, «y los
bienes que persiguen han invadido sus almas como la sucie-
dad. Dios ha sellado sus corazones y sus oídos, y sobre sus ojos
se extiende un velo. Un gran castigo les espera».
Cuando vio que el velo del castigo los rodeaba, que las tinie-
blas de la separación los envolvían, y que todos, salvo muy po-
cos, tomaban de la religión sólo lo referente al mundo; que «se
echaban a la espalda las prácticas religiosas, por ligeras y fáci-
les que fuesen, y las vendían a bajo precio»; «que el comercio y
las transacciones les impedían acordarse de Dios Altísimo; que
no temían al día en que los corazones y los ojos quedarán con-
fundidos», adquirió la evidencia y se cercioró completamente
de que hablarles por el método de la verdad desnuda no era
posible; que imponerles, en su manera de obrar, algo superior
a la medida [suya] era irrealizable; que la mayor utilidad que el
vulgo podía sacar de la ley religiosa se refería sólo a su vida
mundana, para pasar tranquilamente la existencia, sin que na-
die se les oponga al disfrute de lo que ellos juzgan cosa propia;
que no alcanzarían la felicidad de la otra vida, salvo individuos
raros y aislados, a saber, «aquellos que quieren la vida futura,
que hacen esfuerzos serios por alcanzarla, y que son creyen-
tes». «Pero el que es impío y prefiere la vida de este mundo [a
la futura] tendrá el infierno por morada». ¿Qué mayor pena,
qué desgracia más honda que la de quien, examinadas sus
obras desde el momento en que se despierta hasta el instante
en que se duerme, no encuentra ninguna de ellas que no tenga
por objeto alguna de estas cosas sensibles y viles: amontonar
riquezas, procurarse un placer, satisfacer un deseo, dar rienda
suelta a la cólera, [lograr] un honor que le dé inmunidad, [cum-
plir] una práctica religiosa con la cual se envanezca o que pro-
teja su persona? «Todo esto no son más que tinieblas en un
mar profundo. Y no hay ninguno de vosotros que no entre en
él. Esto es, de parte de tu Señor, sentencia decretada».
111
Cuando comprendió la naturaleza de los hombres, que la ma-
yor parte de ellos son como bestias irracionales, conoció que la
sabiduría toda, la dirección y la confianza están en lo que los
profetas han hablado y la ley contiene, y nada es posible fuera
de esto, ni nada se le puede aumentar; pues para cada acción
hay hombres y cada cual es más apto para lo que fue creado.
«Tal ha sido la conducta de Dios respecto a aquéllos, que no
son muchos. Tú no podrías encontrar en la conducta de Dios
ningún cambio».
Encarga Hayy a Salaman y sus amigos que guarden los pre-
ceptos de la religión y desiste de instruirles en las ciencias
místicas
Se dirigió, pues, a Salaman y a sus compañeros y les dio ex-
cusas por las conversaciones que con ellos había tenido, y les
pidió perdón por ellas. Les hizo saber que pensaba igual que
ellos, que su regla de conducta era la suya.
Les recomendó observar rigurosamente los preceptos tradic-
ionales y las prácticas exteriores, mezclarse poco en las cosas
que no les importasen, creer con facilidad las [verdades] oscu-
ras, apartarse de las herejías y de las pasiones, imitar a los an-
tepasados virtuosos y huir de las novedades. Les encargó evi-
tar la negligencia del vulgo respecto a la ley religiosa y su afe-
rramiento a este mundo; los puso en guardia contra el peligro
que esto entrañaba. Porque tanto él como su amigo Asal reco-
nocían que esta clase de hombres rebeldes e incapaces no tení-
an salvación, sino por tal camino; que si se les apartaba de él,
llevándolos al plano elevado de la especulación, se turbarían
vehementísimamente, sin poder conseguir, no obstante, el gra-
do de los bienaventurados, se agitarían de un lado para otro,
estarían trastornados y tendrían un mal fin; mientras que, si
perseveraban en su estado actual hasta la muerte, alcanzarían
la salvación y serían de los colocados a la derecha. «En cuanto
a aquellos que hubieren tomado la delantera, serán colocados
los primeros y más próximos [a Dios]».
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Asal y Hayy vuelven a la isla desierta y continúan
su vida mística
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Razones que el autor ha tenido para divulgar este
libro
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* Fin *
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