0% encontró este documento útil (0 votos)
37 vistas409 páginas

Pérez Galdós, Benito. La - Fontana - de - Oro

Descargar como pdf o txt
Descargar como pdf o txt
Descargar como pdf o txt
Está en la página 1/ 409

Acerca de este libro

Esta es una copia digital de un libro que, durante generaciones, se ha conservado en las estanterías de una biblioteca, hasta que Google ha decidido
escanearlo como parte de un proyecto que pretende que sea posible descubrir en línea libros de todo el mundo.
Ha sobrevivido tantos años como para que los derechos de autor hayan expirado y el libro pase a ser de dominio público. El que un libro sea de
dominio público significa que nunca ha estado protegido por derechos de autor, o bien que el período legal de estos derechos ya ha expirado. Es
posible que una misma obra sea de dominio público en unos países y, sin embargo, no lo sea en otros. Los libros de dominio público son nuestras
puertas hacia el pasado, suponen un patrimonio histórico, cultural y de conocimientos que, a menudo, resulta difícil de descubrir.
Todas las anotaciones, marcas y otras señales en los márgenes que estén presentes en el volumen original aparecerán también en este archivo como
testimonio del largo viaje que el libro ha recorrido desde el editor hasta la biblioteca y, finalmente, hasta usted.

Normas de uso

Google se enorgullece de poder colaborar con distintas bibliotecas para digitalizar los materiales de dominio público a fin de hacerlos accesibles
a todo el mundo. Los libros de dominio público son patrimonio de todos, nosotros somos sus humildes guardianes. No obstante, se trata de un
trabajo caro. Por este motivo, y para poder ofrecer este recurso, hemos tomado medidas para evitar que se produzca un abuso por parte de terceros
con fines comerciales, y hemos incluido restricciones técnicas sobre las solicitudes automatizadas.
Asimismo, le pedimos que:

+ Haga un uso exclusivamente no comercial de estos archivos Hemos diseñado la Búsqueda de libros de Google para el uso de particulares;
como tal, le pedimos que utilice estos archivos con fines personales, y no comerciales.
+ No envíe solicitudes automatizadas Por favor, no envíe solicitudes automatizadas de ningún tipo al sistema de Google. Si está llevando a
cabo una investigación sobre traducción automática, reconocimiento óptico de caracteres u otros campos para los que resulte útil disfrutar
de acceso a una gran cantidad de texto, por favor, envíenos un mensaje. Fomentamos el uso de materiales de dominio público con estos
propósitos y seguro que podremos ayudarle.
+ Conserve la atribución La filigrana de Google que verá en todos los archivos es fundamental para informar a los usuarios sobre este proyecto
y ayudarles a encontrar materiales adicionales en la Búsqueda de libros de Google. Por favor, no la elimine.
+ Manténgase siempre dentro de la legalidad Sea cual sea el uso que haga de estos materiales, recuerde que es responsable de asegurarse de
que todo lo que hace es legal. No dé por sentado que, por el hecho de que una obra se considere de dominio público para los usuarios de
los Estados Unidos, lo será también para los usuarios de otros países. La legislación sobre derechos de autor varía de un país a otro, y no
podemos facilitar información sobre si está permitido un uso específico de algún libro. Por favor, no suponga que la aparición de un libro en
nuestro programa significa que se puede utilizar de igual manera en todo el mundo. La responsabilidad ante la infracción de los derechos de
autor puede ser muy grave.

Acerca de la Búsqueda de libros de Google

El objetivo de Google consiste en organizar información procedente de todo el mundo y hacerla accesible y útil de forma universal. El programa de
Búsqueda de libros de Google ayuda a los lectores a descubrir los libros de todo el mundo a la vez que ayuda a autores y editores a llegar a nuevas
audiencias. Podrá realizar búsquedas en el texto completo de este libro en la web, en la página http://books.google.com
oro
de
Fontana
La

Galdós
Pérez
Benito
LA FONTANA DE ORO.
LA

FONTANA

DE ORO

novela hístóríca

POR DON BENITO PEREZ GALDOS.

MADRID: 1871.
IMPRENTA DE JOSÉ NOGUERA Y CASTELLANO
BORDADORES, 7.
Los. hechos históricos ó novelescos, contados en este
libro, se refieren á uno de los períodos de turbacion
política y social mas graves é interesantes en la gran
época de reorganizacion, que- principió en 1812 y no
parece próxima á terminar todavía. Mucho despues
de escrito el libro, pues solo sus últimas páginas son
posteriores á la Revolucion de Setiembre, me ha pa
recido de alguna oportunidad en los dias que atrave
samos, por la relacion que pudiera encontrarse entre
muchos sucesos aquí referidos, y algo de lo que hoy
pasa; relacion nacida sin duda' de la semejanza que
la crisis actual tiene con el memorable período de
1820-23. Esta es la principal de las razones que me
han inducido á publicarlo.

B. r». g.

Dícíembre de 1870.
«S PROPIEDAD DIL AUTOR.
LA FONTANA DE ORO

CAPÍTULO primero

La Carrera de San Jerónímo en 1821.

Durante los seis inolvidables años que mediaron entre


1814 y 1820, la villa de Madrid presenció muchos festejos
oficiales con motivo de ciertos sucesos declarados fatutos en
la Gaceta de entonces. Se alzaban arcos de triunfo, se ten
dian colgaduras de damasco; salian á la calle las comuni
dades y cofradías con sus pendones al frente; y en todas las
esquinas se ponian escudos y tarjetones, donde el poeta Ar-
riaza estampaba sus pobres versos de circunstancias. En
aquellas fiestas, el pueblo no se manifestaba sino como un
convidado mas añadido á la lista de alcaldes, funcionarios,
gentiles-hombres, frailes y generales; no era otra cosa que
un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y
señaladas en los artículos del programa, y desempeñaba como
tal el papel que la etiqueta le prescribia.
Las cosas pasaron de distinta manera en el período del 20
al 23, en que ocurrieron los sucesos que aquí referimos. En
tonces la ceremonia no existia; el pueblo se manifestaba dia-

J
8
ñamente sin prévia designacion de puestos impresa en la
Gaceta; y sin necesidad de arcos, ni oriflamas, ni banderas,
ni escudos, ponia en movimiento á la villa entera; hacia de
sus calles un gran teatro de inmenso regocijo ó inmensa lo
cura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se lla
mó el Deseado por una burla de la historia, y solia agruparse
con sordo rumor junto á las puertas del palacio, dela casa de
villa ó de la iglesia de Doña María de Aragon, donde las
Cortes desempeñaban tambien ruídosamente su saludable
tarea.
¡Años de muchos lances fueron aquellos para la villa! Ma
drid era entonces una poblacion destartalada, súcia, inco
moda, desapacible y oscura. Sin embargo, no era ya aquel
tugaron fastuoso del tiempo de los reyes tudescos; sus glorio
sas jornadas del 2 de Mayo y del 3 de Diciembre, su inicia
tiva en los asuntos políticos, la enaltecian sobremanera. Era,
además, el foro de la legislacion constituyente de aquella
época, y la cátedra en que la juventud mas brillante de Es
paña ejercia con elocuencia la enseñanza del nuevo derecho.
A pesar de todos estos honores, la villa y córte tenia un as
pecto muy desagradable. Mari-Blanca continuaba en la Puer
ta del Sol como la mas concreta espresion artística de la cul
tura matritense. Inmutable en su grosero pedestal, la estátua,
que en anteriores siglos habia asistido al tumulto de Orope-
sa y al motin de Esquilache, presidia ahora el espectáculo de
la actividad revolucionaria de este pueblo, que siempre con
vergia á aquel sitio en sus ovaciones y en sus trastornos.
Si fuera posible trasladar al lector á las gradas de San Fe
lipe, capitolio de la chismografía política y social, ó sentarle en
el húmedo escaño de la fuente de Mari-Blanca, punto de re
union de un público mas plebeyo, comprenderia cuán dis
tinto de lo que hoy vemos era lo que veian nuestros abuelos
hace medio siglo. De fijo llamaria su atencion que una gran
parte de los ociosos, que en aquel sitio se reunen desde que
existe, lo abandonaban á la caida de la tarde para dirigirse á
la Carrera de San Jerónimo ó á otra de las calles inmedia
9
tas. Aquel público va á los clubs, á las reuniones patrióticas,
á La Fontana de Oro, al Grande Oriente, á Lorencini, á
la Cruz de Malta. En los grupos sobresalen algunas personas
que, por su ademan solemne, su mirada protectora parecen
ser tenidos en grande estima por los demas. Aparentan
querer imponer silencio á la multitud; otra vez estienden los
brazos en cruz, volviéndose atrás como quien pide atencion;
y todo esto lo hacen con una oficiosa gravedad que indica un
influjo muy grande ó una presuncion no pequeña.
La mayor parte se dirigen á la Carrera. Es porque allí está
el club mas concurrido, el mas agitado, el mas popular de los
clubs, la Fontana de Oro. Ya entraremos tambien en el café
revolucionario. Antes crucemos desde el Buen Suceso á los
Italianos, esta alegre y animada Carrera de los padres Jeró
nimos, que era entonces lo que es hoy y lo que será siempre,
la calle mas concurrida de la capital.
Pero hoy, cuando veis que la mayor parte de la calle está
formada por viviendas particulares, no podeis comprender
lo que era entonces una via pública ocupada casi totalmen
te por los tristes paredones de tres ó cuatro conventos. Impo
sible es comprender hoy la oscuridad que proyectaban sobre
la entrada de la Carrera el ancho paredon del convento de la
Victoria por un lado, y la súcia y corroida tapia del Buen
Suceso por otro. Mas allá formaban en línea de batalla las
monjas de Pinto; por encima de la tapia que servia de pro
longacion al convento se veian las copas de los cipreses plan
tados junto á las tumbas. Enfrente campeaba la ermita delos
Italianos, no menos ridícula entonces que hoy; y mas abajo,
en lo mas rápido del declive, el Espíritu Santo, que despues
fué Congreso de los Diputados. Las paredes de estos conven
tos estaban construidas con la ingeniosa manipostería, que ha
hecho célebre la arquítectura madrileña: eran esas aglomera
ciones de ladrillos que el tiempo descarna, humedece y apo-
lilla, digámoslo así, cubriendo de una especie de lepra el
edificio.
Las casas de los grandes alternaban con los conventos. En
10
lo mas bajo de la calle se veia la vasta fachada del palacio de
Medinaceli con su ancho escudo, sus innumerables ventanas,
su jardin á un lado, y su fundacion piadosa á otro; enfrente
los Valmedianos, los Pignatellis y Gonzagas; mas acá los
Pandos y Macedas, y finalmente la casa de Hijar, que hasta
hace poco ostentaba en su puerta la cadena histórica, distin
tivo de la hospitalidad ofrecida á un monarca. Quedaba para
casas particulares, para tiendas y sitios públicos la tercera
parte de la calle; esto es lo que describiremos con mas deten
cion, porque es importante dar á conocer el gran escenario
donde tendrán lugar algunos importantes hechos de esta his
toria.
Entrando por la Puerta del Sol, y pasado el convento de la
Victoria, se hallaba un gran pórtico, entrada de una anti
quísima casa que, á pesar de su escudo decorativo, grabado
en la clave del balcon, era en aquel tiempo una casa de ve -
cindad en que vivian hasta media docena de honradas fami
lias. Su noble orígen era indudable; pero fué adquirida no
sabemos cómo por la comunidad vecina, que la alquiló para
atender á las necesidades del convento. En dicho portal, que
tenia el espacio suficiente para que entraran por él las enor
mes carrozas.de su primitivo señor, tenia su establecimiento
un memorialista, secretario de certificaciones y misivas; y
en el mismo portal, un poco mas adentro, tenia sus almace
nes de quincalla un hermano de dicho memorialista, que ha
bia venido de Ocafia á la Córte para hacer carrera en el co
mercio. Constaba su tienda de tres pequeños cajoncillos, en
que habia algunos paquetes de peines, unas cuantas cajas de
obleas,- juguetes de chicos y un gran manojo de rosarios con
cruces y medallones de estaño.
La parte de la izquierda, y especialmente el rincon contí
guo á la puerta, era un lugar en que el público ejercia un
incontestable derecho de seividumbre. Era un centro urina
rio: la secrecion pública habia trocado aquel rincon en foco de
inmundicia; y especialmente por las noches, la ofrenda liqui
da aumentaba de tal modo, que el escribiente y su hermano
11
hacian propósito firme de abandonar el local. En vano se
amonestaba al público con terribles pragmáticas de policía
urbana, promulgadas por la autorizada voz del memorialista-
El público no renunciaba por esto á su costumbre ; y de se
guro lo hubieran pasado mal los dos hermanos si hubieran
tratado de impedir por la fuerza la libertad mingitoria, au
torizada por un derecho consuetudinario que, segun la feliz
espresion de un parroquiano de aquel sitio, radicaba en la na
turaleza del hombre y en la hospitalidad forzosa del vecin
dario.
Enfrente de este portal clásico habia una pequeña puerta;
y por los dos yelmos de Mambrino, labrados en finísimo me
tal de Andújar, y colocados á un lado y otro, se venia en co
nocimiento de que aquello era una barbería. Por mucho de
notable que tuviera el esterior de este establecimiento, con
su puerta verde, sus cortinas blancas, su redoma de sangui
juelas, su cartel de letras rojas, adornado con dos viñetas
dignas de Maella, que representaban la una un individuo en
el momento de ser afeitado, y la otra' una dama á quien san
graban en un pié, mucho mas notable era su interior. Tres
mozos, capitaneados por el maestro Calleja, rapaban sema-
nalmente las barbas de un centenar de liberales de los mas
recalcitrantes. Allí se discutia, se hablaba del Eey, de las
C'órtes, del Congreso deVerona, de la Santa Alianza. Oiriais
allí la peroracion contundente del oficial primero y mas anti
guo, mozo que se decia pariente de Porlier, el mártir de la
libertad. Al compás de k- navaja se recitaban versos ameni
zados con agudezaf políticas; y las voces camarilla, coletilla,
trágala, Elío, la Bübal, Vinuesa formaban el fondo de la
conversacion. Pero lo mas notable de la barberia mas nota
ble de Madrid era su dueño Gaspar Calleja (se habia quitado
el Don despues de 1820), héroe de la revolucion, y uno de los
mayores enemigos que tuvo Fernando el año 14. Así lo
decia él.
Mas lejos estaba la tiendi, de géneros de unos irlandeses
establecidos aquí desde el siglo pasado. Vendian juntamente
12
con el raso y el organdí, encajes flamencos y catalanes, alepin
para chalecos, ante para pantalones, corbatas de color de las
lamadas guirindolas, y carrihes de cuatro cuellos, que esta
ban entonces en moda. El patron era un irlandés gordo y su
culento, de cara encendida, lustrosa y redonda como un que
so de Flandes. Tenia fama de ser un servilon de á fólio; pero,
si esto era cierto, las circunstancias constitucionales del paísj
y especialmente de la Carrera de San Jerónimo, le obligaban
á disimularlo. Fundábanse los que tan feo vicio imputaban
al irlandés, en que cuando pasaba por la calle la Magestad
de Fernando ó Amalia, la Alteza de mi tio el doctor ó de don
Cárlos, el buen comerciante dejaba apresuradamente su vara
y su escritorio para correr á la puerta, asomándose con ansie
dad y mirando la real comitiva con muestras de ternura y
adhesion. Pero esto pasaba, y el irlandés volvia á su habitual
tarea haciendo todas las protestas que sus amigos exigian.
Cerca de la tienda del irlandés se abriia la puerta de una
librería, en cuyo mezquino escaparate se mostraban abiertos
por su primera hoja.algunos libros, tales como la Historia de
jEsjiaña, por Duchesne, las novelas de Voltaire, traducidas
por autor anónimo, Las noches, de Young, el Viajador sen
sible y la novela de Arturo y Arabella, que gozaba de gran
popularidad en aquella época. Algunas obras de Montiano,
Porcell, Arriaza, Olavide, Feijóo, un tratado del lenguaje de
las flores y la Guia del comadron completaban el reper
torio.
Al lado, y como formando juego con este templo literario,
estaba una tienda de perfumería y de bisutería con algunos
' objetos de caza, de tocador y de cocina, que todo esto for
maba comercio comun en aquellos dias. Por entre los potes
de pomadas y cosméticos; por entre las cajas de alfileres y
juguetes se descubria el perfil arqueológico de una vieja que
era ama, dependiente, y aun fabricante de algunas drogas,
Mas allá habia otra tienda oscura, estrecha y casi subterrá
nea en que se vendian papel, tinta y cosas de escritorio, amen
de algun braguero ú otro aparato ortopédico de singular
13
forma. En la puerta pendia colgado de una espetera un ma
nojo de plumas de ganso, y en lo mas profundo y mas oscuro
de la tienda lucian como los ojos de un lechuzo en el recinto
de una caverna, los dos espejuelos resplandecientes de don
Anatalio Mas, gran jefe de aquel gran comercio.
Enfrente habia una tienda de comestibles, pero de comes
tibles aristocráticos. Existia allí un horno célebre, que asaba
por Navidades mas de cuatrocientos pavos de distintos cali
bres. Las empanadas de perdices y de liebres no tenian rival;
sus pasteles eran celebérrimos, y nada igualaba á los lechon-
cillos asados que salian de aquel gran laboratorio. En dias
de convite, de cumpleaños ó de boda, no encargar los princi
pales platos á casa de Perico el maltones (así le llamaban],
hubiera sido indisculpable desacato. Al por menor se ven
dian en la tienda rosquillas, vizcochos, galletas de Inglaterra
y mantecadas de Astorga.
No lejos de esta tienda se hallaban las sedas, los hilos, los
algodones, las lanas, las madejas y cintas de Doña Ambrosia
(antes de 1820 la llamaban la tia Ambrosia), respetable ma
trona, comerciante en hilado: el estertor de su tienda parecia
la boca escénica de un teatro de aldea. Por aquí colgaba á
guisa de pendon una pieza de lanilla encarnada; por allí un
ceñidor de chulo; mas allá ostentaba una madeja sus innu
merables hilos blancos, semejando los pistilos de una gigan
tesca flor; de lo alto pendia algun camisolin, algunos infanti
les trajes de mameluco, cenefas de percal, sartas de pañuelos,
refajos y colgaduras. Encima de todo esto una larga tabla en
figura de media, pintada de negro^ fija en la muralla y per
pendicular á ella, servia de muestra principal. En el interior
todo era armonía y buen gusto; en la trípode del centro te
nian poderoso cimiento las caderas de Doña Ambrosia, y
mas arriba se ostentaba el pecho ciclopeo y corpulento busto
de la misma. Era una española rancia, manchega y natural
de Quintanar de la Orden, por mas señas, señora de muy no
bles y cristianos sentimientos. Respecto á sus ideas políticas,
cosa esencial entonces, baste decir que quedó resuelto des
14
pues de grandes controversias en toda la calle, que era una
servilona de lo mas exagerado. ,
Estas tiendas con sus respectivos muestrarios y sus respec
tivos tenderos constituian la decoracion de la calle; habia,
además, una decoracion movible no menos pintoresca y va
riada que la primera, decoracion formada por el gentío que
en todas direcciones cruzaba como hoy por aquel sitio. En
tonces los trajes eran singularísimos. ¿Quién podria describir
hoy la oscilacion de aquellos puntiagudos faldones de casa
ca? Y aquellos sombreros de felpa con el ala retorcida y la
copa aguda como pilon de azúcar? ¿Se comprenden hoy los
tremendos sellos de reló, pesados como los badajos de una
campana, que iban marcando con impertinente retintin e^
paso del individuo? Pues ¿y las botas á la farole y las man
gas de jamon que serian el último grado de la ridiculez, si no
existieran los tupés hiperbólicos que asimilaban perfecta
mente la cabeza de un cristiano á la cabeza de un guaca
mayo?
El gremio cocheril exhibia alli tambien sus mas caracte
rísticos individuos; lo menos veinte veces al dia pasaban por
esta calle las carrozas de los grandes que en las inmediacio
nes vivian. Estas carrozas, que ya se han sumergido en los
oscuros abismos del no ser, se componian de una especie de
navío de línea colocado sobre una armazon de hierro; esta
armazon se movia merced á la pausada y solemne oscilacion
de cuatro ruedas, que no tenian velocidad mas que para re-
cojer el fango del piso y arrojarlo sobre la gente de á pié. El
vehículo era un inmenso cajon: los de los dias gordos estaban
adornados con placas de carey. Por lo comun las paredes de
los ordinarios eran de nogal bruñido, ó de caoba, con finísi
mas incrustaciones de marfil ó metal blanco. En lo profun
do de aquel antro se veia el nobilísimo perfil de algun
procer esclaracido, ó de alguna vieja esclarecidamente fea.
Detrás de esta máquina, clavados en pié sobre una tabla, y
asidos á unas pesadas bbrlas, se observaban dos grandes le
vitones que, en union de dos enormes sombreros, servian
15
para patentizar la presencia de dos graves lacayos, figuras
simbólicas de la etiqueta, sin alma, sin movimiento y sin vi
da. En la proa se elevaba el cochero, que en pesadez y gor- -
dura tenia por únicos rivales á las mulas, aunque estas so-
lian ser mas racionales que él.
Rodaba por otro lado el vehículo público, tartana, diligen
cia ó galera, el carromato tirado por una reata de bestias es
cuálidas; y entre todo esto el esportillero con su carga, el
mozo con sus cuerdas, el aguador con su cuba, el prendero
con su saco y una pila de seis ó siete sombreros en la cabeza,
el ciego con su guitarra y el chispero con su sarten.
Mientras nos detenemos en esta descripcion, los grupos
avanzan hácia la mitad de la calle y desaparecen por una
puerta estrecha, entrada á un local, que no debe ser pequeño,
pues tiene capacidad para tanta gente. Aquella es la célebre
Fontana de Oro, café y fonda, segun el cartel que hay sobre
la puerta; es el centro de reunion de la juventud ardiente,
bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiracion, an
siosa de estimular las pasiones del pueblo y de oir su aplau
so irreflexivo. Allí se habia constituido un club, el mas cé
lebre é influyente de aquella época. Sus oradores, entonces
neófitos exaltados de un nuevo culto, han dirigido en lo su
cesivo la política del país; muchos de ellos viven hoy, y no
son por cierto tan amantes del bello principio que entonces
predicaban.
Pero no tenemos que considerar lo que muchos de aque
llos jóvenes fueron en años posteriores. Nuestra historia no
pasa mas acá de 1821. Entonces una democracia nacida en
los trastornos de una gran revolucion y de un alzamiento na
cional, fundaba el moderno criterio político, que en cin
cuenta años se ha ido difícilmente elaborando. Grandes de
lirios bastardearon un tanto los nobles esfuerzos de aquella
juventud, que tomó sobre sí la gran tarea de formar y edu
car la opinion que hasta entonces no existia. Los clubs, que '
comenzaron siendo cátedras elocuentes y palestras de la dis
cusion científica, salieron del círculo de sus funciones propias
16
aspirando á dirigir los negocios públicos, á amonestar á los
gobiernos é imponerse á la nacion. En este terreno fué fácil
que las personalidades sucedieran á los principios, que se des
pertaran las ambiciones; y lo que es peor, que la venalidad,
cáncer dela política, penetrara allí. Los verdaderos patriotas
lucharon mucho tiempo contra esta invasion. El absolutismo,
disfrazado con la máscara de la mas abominable demagogia,
socavó los clubs, los corrompió, los vendió al fin. Es que
aquella juventud, llena de fé y de valor, fué demasiado cré
dula ó demasiado generosa. O no conoció la falacia de sus
supuestos amigos, ó conociéndola, creyó posible el vencerles
con armas nobles, con la persuasion y la propaganda.
En el curso de esta narracion veremos cómo se manifiesta-
ron estos elementos en las congregaciones políticas. El uno,
ardoroso y creyente, con demasiada confianza en sus princi
pios y poca esperiencia al practicarlos; el otro, hipócrita
mentiroso, con la libertad en los labios y el despotismo en e^
corazon, minando los cimientos aun no seguros de una socie .
dad nueva, combatiéndola en todas partes con seguridad y
con éxito, porque se fingia su amigo.
Una sociedad decrépita, pero conservando aun esa tenaci
dad incontrastable que distingue á algunos viejos, sostenia
encarnizada guerra con una sociedad lozana y vigorosa lia
mada á la posesion del porvenir. En este libro asistiremos á
algunos de sus encuentros.
Sigamos nuestra narracion. Los curiosos se paraban ante
la Fontana; salian los tenderos á las puertas; el barbero Ca
lleja, que se hacia llamar ciudadano Calleja, estaba en su
puerta tambien pasando una navaja, y contemplando el club
y sus parroquianos con una mirada presuntuosa, que queria
decir: nsi yo fuera allá
Algunas personas se acere aron á la barbería y formaron
corro alrededor del maestro. Uno llegó muy presuroso, ypre
guntó:
—¿Qué hay? ¿Ocurre algo?
Antes de consignar la respuesta que Calleja dió al recien
17
venido, vamos á descr¡birle, por ser algo importante en esta
historia.
Era uno de esos individuos de edad indefinible; de esos
que parecen viejos ó jóvenes, segun la fuerza de la luz ó la
espresion que dan al semblante. Su estatura era pequeña, y
tenia la cabeza casi inmediatamente adherida al tronco, sin
mas cuello que el necesario para no ser enteramente joroba
do. El abdomen le abultaba bastante, y generalmente cruza
ba las manos sobre él con un movimiento de cariñosa con
servacion. Sus ojos eran medio cerrados y pequeños, pero
muy vivos, formando armoniosa simetría con sus labios delga
dos largos y elásticos, que en los momentos mas calurosos de
la conversacion avanzaban formando un tubo acústico, que
daba á su voz una intensidad estraordinaria. A pesar de su
traje seglar, habia en este personaje no sé qué de frailuno.
Su cabeza parecia hecha para la redondez del cerquillo, y el
ancho gaban que envolvia su cuerpo, mas que gaban parecia
un hábito. Tenia la voz muy destemplada y acre; pero sus
movimientos eran sumamente espresivos y vehementes.
Para concluir diremos que este hombre se llamaba Gil de
nombre y Carrascosa de apellido; educáronle los frailes agus
tinos de Móstoles, y ya estaba dispuesto para profesar, cuan
do se marchó del convento, dejando á los padres con tres
palmos de boca abierta. A fines del siglo logró, por amista
des palaciegas, que lo hicieran abate; mas en 1812 perdió el
beneficio, y depuso el capisayo. Desde entonces fué ardiente
liberal hasta la vuelta de Fernando, en que sus relaciones
con el favorito Alagon le proporcionaron un destino de cova
chuelista con diez mil reales. Entonces era un absolutista
decidido; pero la jura de la Constitucion por Fernando en
1820 le hizo variar de opiniones, hasta el punto de llegar á
alistarse en la sociedad de los Comuneros y formar pandilla
con los mas exaltados. Cuando tengamos ocasion de pene
trar en la vida privada de Carrascosa, sabremos algunos de
talles de cierta aventura con una beldad quintañona de la
calle de la Gorguera, y sabremos tambien los malos ratos.
2
20
—Creo, Sr. D. Gaspar, que está Vd. muy equivocado; y
no se por qué se cree Vd. tan competente—dijo Carrascosa en
tono muy grave.
-—¿Pues no he de serlo? !Yo, que pxso las noches oyéndo
los á todos, no saber lo que son! Vamos, que algunos que se
tienen por muy buenos, no son mas que ingénios de racion y
quitacion.
—Es verdad tambien que Romero Alpuente no es ningun
rana— dijo otro de los presentes.
—¿Cómo rana? —esclamó animándose Calleja. — ¡Que le so
bra talento por los tejados!.. Y á Vd., Sr. Carrascosa, ¿quién
le ha dicho que yo no soy competente? ¿Quién es Vd. para
saberlo?
—¿Qué quién soy? ¿Y Vd. qué entiende de discursos, con
testó el otro?
—Vamos, Sr. D. Gil, no apure Vd. mi paciencia. Le digo
á Vd. que le tengo por un ignorante lleno de presuncion.
—Respete Vd., Sr. Calleja,—esclamó D. Gil un poco con
movido;—respete Vd. á los que por sus estudios están en el
caso de... Yo... yo soy graduado en cánones en la Complu
tense.
—Cánones, ya. Eso es cosa de latin. ¿Qué tiene que ver eso
con la política? No se meta Vd. en estas cuestiones que no
son para cabezas ramplonas y de cuatro suelas.
—Vd. es el que no debe meterse en ellas,—esclamó Carras
cosa sin poderse contener;—y el tiempo que le dejan libre
las barbas de sus parroquianos debe emplearlo en gobernar
su casa.
—Oiga Vd., señor pedante complutense, canonista, teati-
no, ó lo que sea. Váyase á mondar patatas al convento de
Móstoles, donde estará mas en su lugar que aquí.
—Caballero,—dijo Carrascosa, poniéndose del color de un
tomate, y mirando á todos lados para pedir auxilio; porque
aunque tenia al barbero por lo que era, por un solemne ga
llina, no se atrevia con aquel corpachon de ocho piés.
—Y ahora que recuerdo ,—contestó con desden el rapi
21
ta,—no me ha pagado Vcl. las sanguijuelas que llevó para esa
señora de la calle de la Gorgnera, hermana del tambor ma
yor de la guardia real.
—¿Tambien me llama Vd. estafador? Mejor haria el ciuda
dano Calleja en acordarse de los diez y nueve reales que le
prestó mi primo, el que tiene la pollería en la calle Mayor,
reales que le ha pagado como mi abuela.
—Vamos que tú y el pollero sois los dos del mismo es
tambre.
—Sí, y acuérdese de la guitarrilla que le robó á Perico
Sardina el dia de la merienda en Migas Calientes.
—La guitarrilla, iehl ¿Dice Vd. que yo le robé una guitar
rilla? Vamos; no me venga Vd. ámí con indirectas... —contos
tó el barbero queriendo aparecer sereno.
—Véngase Vd. aquí con pamplinas; si no le conoceremos,
señor Callejon angosto.
—Anda que te quedaste con la colecta el dia de San An
ton el año pasado. ¡Catorce pesos! Pero entonces eras realis
ta y andabas al rabo de Ostolaza para que te hiciera limpia-
polvos de alguna oficina. Entonces dabas vivas al rey abso
luto, y en la estudiantina del carnaval le ofreciste un rami
llete en el Prado. Anda; aprende conmigo que, aunque bar
bero, he sido siempre liberal, si señores. Liberal, aunque bar
bero: que yo no soy cualquier vendehumos, sino un ciudada
no honrado y liberal como cualquiera. Pero miren á estos
realistones; ahora han cambiado de casaca. Despues que con
sus delaciones tenianlas cárceles atarugadas de gente, se agar
ran á la Constitucion, y ya están en campaña como toro e n
plaza, dando vivas á la libertad.
—Sr. Calleja, ¡Vd. es un insolente! .
—¡Servilon!
Esta voz era el mayor de los insultos en aquella época.
Cuando se pronunciaba no habia remedio: era preciso reñir.
Ya el arma ingeniosa, que la industria ha creado para el
mejoramiento y cultivo de las barbas de la mitad del género
humano, se alzaba en la mano del iracundo barbero ; ya el
22
agudo filo resplandecia en lo alto, próximo á caer sobre el
indefenso cráneo del que fué lego, abate y> covachuelista,
cuando otra mano providencial atajó el golpe tremendo que
iba á partir en dos tajadas á todo un graduado en cánones de
la Complutense. Esta mano protectora era la mano robusta -'
de la mujer de Calleja, la cual, desconcertada y trémula al
ver desde el rincon de su tienda la actitud terriblemente
agresiva de su esposo, dejó con rapidez la labor, echó en
tierra al chicuelo, que en uno de sus monumentales pechos
se alimentaba, y arreglándose lo mejor que pudo el mal en
cubierto seno, corrió á la puerta y libró al pobre Carrascosa
de una muerte segura. ,
Las tres figuras permanecieron algunos segundos forman
do un bello grupo. Calleja con el brazo alzado y el rostro
encendido; su esposa, que era tan gigantesca como él, lesos-
tenia el brazo; el pobre Gil mudo y petrificado de espanto.
Doña Teresa Burguillos, que así se llamaba la dama, era de
formas colosales y bastas; pero tenia en aquellos momentos
cierta majestad en su actitud, que recordaba á Minerva en el
momento de detenerla mano de Aquiles, pronta á desnudar
el terrible acero clásico. El Agamenon de la Covachuela ofre
cia un aspecto poco académico en verdad.
—Ciudadano Calleja,—dijo aquella señora en tono muy
reposado. —No emplees tus armas contra ese pelon, que se
pudre á todo pudrir: guárdalas para lo? tiranos.
Calleja cerró la navaja y la guardó para los tiranos.
D. Gil se apartó de allí, llevado por algunos amigos, que
quisieron impedir una catástrofe; y poco despues el grupo
que allí se habia formado estaba disuelto.
La amazona cerró la puerta y dentro contínuo su perora
cion interrumpida. No queremos referir las muchas cosas
buenas que dijo, mientras el muchacho se apoderaba otra
vez kdel pecho, que tan bruscamente habia perdido. Basta
decir, para que se comprenda lo que valia D. Teresa Bur
guillos, que sabia leer, aunque con muchas dificultades, ha
llándose espuesta á entender las cosas al revés; que á fuerza
23
de mascullonos podia enterarse de algunos discursos escritos,
reteniéndolos en la memoria; que, alentada por la barberil
elocuencia y liberalesca conducta de su esposo, se habia
hecho una gran política; y que era muy entusiasta de Riego
y de Quiroga, aunque mas que los hombres de sable le gusta
ban los hombres de palabra, llegando hasta decir que no co
nocia caballero mas galantemente discreto que Paco (así
mismo) Martinez de la Rosa. Es casi seguro que manifestó
deseos de tener delante al bárbaro Elio para clavarle sus
tijeras en el corazon.
Penetremos ahora en la Fontana.

CAPITULO II

El club patríótíco.

En la Fontana es preciso demarcar dos recintos, dos he


niisferios; el correspondiente al café y el correspondiente á
la política . En el primer recinto habia unas cuantas mesas
destinadas al servicio. Más al fondo y formando un ángulo,
estaba el local en que se celebraban las sesiones. Al princi
pio el orador se ponia en pié sobre una mesa y hablaba:
despues el dueño del café se vió en la necesidad de construir
una tribuna. El gentío que allí concurriia era tan considera
ble, que fué preciso arreglar el local poniendo bancos ad-
lioc: despues á consecuencia de los altercados que este club
tuvo con el Grande Oriente, se demarcaron las filiaciones
políticas, los exaltados se encastillaron en la Fontana, y
espulsaron á los que no lo eran. Por último se determinó
que las sesiones fueran secretas, y entonces se trasladó el
-club al piso principal. Los que abajo hacian el gasto toman
24
do café ó chocolate, sentian en los momentos agitados de la
polémica un estruendo espantoso en las regiones superiores,
de tal modo que algunos, temiendo que se les viniera enci
ma el techo con toda la mole patriótica que sustentaba,
tomaron las de Villadiego, abandonando la costumbre inve
terada de concurrir al café.
Una de las cuestiones que mas preocupaban al dueño fué
la manera de armonizar lo mejor posible el patriotismo y el
negocio, las sesiones del club y las visitas de los parroquia
nos. Dirigió conciliadoras amonestaciones para que no hi
cieran ruido; pero esto parece que fué interpretado como un
primer conato de servilismo, y aumentó el ruido, y se fue
ron los parroquianos.
En la época á que nuestra historia se refiere, las sesiones
estaban todavía en la planta baja. Aquellos fueron los bue
nos dias de la Fontana. Cada bebedor de café formaba
parte del público.
Entre los numerosos defectos de aquel local, no se con
taba el de ser escesivamente espacioso: era por el contrario
estrecho, irregular, bajo, casi subterráneo. Las gruesas vigas
que sostenian el techo, no guardaban simetría: para formar
el café fué preciso derribar algunos tabiques, dejando en pié
aquellas vigas; y una vez obtenido el espacio suficiente se
pensó en decorarlo con arte.
Los artistas escogidos para esto eran los mas hábiles pin
tores de muestras de la Villa . Tendieron su mirada de águi
la por las estrechas paredes, las pesadas columnas y el
pesado techo del local, y unánimes convinieron en que lo
lo principal era poner unos capiteles á aquellas columnas.
Improvisaron unas volutas, que parecian tener por modelo
las morcillas estremefias, y las clavaron, pintándolas des
pues de amarillo. Se pensó despues en una cenefa que
hiciera el papel de friso en todo lo largo del salon; mas
como ninguno de los artistas sabia tallar bajos relieves,
ni se conocian las maravillas del carton-piedra, se con
vino en que lo mejor seria comprar un liston de papel
25
pintado en los almacenes de un marsellés recientemen
te establecido en la calle de Majaderitos. Así se hizo, y
un dia despues la cenefa, engrudada por los mozos del café,
fué puesta en su sitie. Representaba unos cráneos de macho
cabrio, de cuyos cuernos pendian unas cintas de flores, que
iban á enredarse simétricamente en unos tirsos adornados
con manojos de frutas, formando todo un conjunto ana-
creóntico-fúnebre de muy mal efecto. Las columnas fueron
pintadas de blanco con unas ráfagas de rosa y verde, desti
nadas á hacer creer que eran de jaspe. En los dos testeros
próximos á la entrada se colocaron dos espejos como de á
vara; pero no enterizos, sino formados por dos trozos de
cristal, unidos por una barra de hojalata. Estos espejos fue
ron cubiertos con un velo verde para impedir el uso de los
derechos de domicilio que allí pretendian tener todas las
moscas de la calle. A cada lado de estos espejos se colocó
un quinqué sostenido por una peana anacreóntico-Mnebre
tambien, donde se apoyaba el receptáculo; y este recibia dia
riamente de las entrañas de una alcuza, que detras del
mostrador habia, la sustancia necesaria para arder macilento
humeante, triste y hediondo hasta mas de media noche, hora
en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba á un lado y
otro como quien diceno, y se extinguia dejando que salvaran
la patria á oscuras los apóstoles de la libertad.
El humo de estos quinqués, el humo de los cigarros, el
humo del café- habian causado considerable deterioro en el
dorado de los espejos, en el amarillo de los capiteles, en los
jaspes pretenciosos, y en el friso clásico. Solo por tradicion
se sabia la figura y color de las pinturas del techo, debidas
al pincel del peor de los discípulos de Maella.
Los muebles eran muy modestos; reducíanse á unas mesas
de palo, pintadas de color castaño, simulando caoba en la
parte inferior, y embadurnadas de blanco, imitando mármol
en la parte superior, con unos banquillos do ajusticiado, cu
biertos con cogines do hule, cuyo crin, por innumerables-
agujeros, se salia con mucho gusto de su encierro.
26
El mostrador, colocado en un ángulo, adonde convergian
todas las evoluciones del techo y todas las irregularidades
-del local, era la única cosa monumental que allí existia. Era
ancho; estaba colocado sobre un escalon, y en la fachada, di
gámoslo así, tenia un medallon donde las iniciales del amo
se entrelazaban en confuso geroglífico. Detrás de este cata
falco asomaban la imperturbable imágen del cafetero; y á
un lado y á otro de este, dos estantes donde se encerraban
hasta cuatro docenas de botellas. Al través de la mitad de
estos cristales se veian tambien bollos, libras de chocolate y
algunas naranjas; y decimos la mitad de los cristales, porque
la otra mitad no existia, siendo sustituida por unos pedazos
de papel escrito, perfectamente pegados con obleas encarna
das en las roturas. Por encima de las botellas, por encima
del estante, por encima de los hombros del amo se veia saltar
un gato enorme, que pasaba la mayor parte del dia acurru
cado en un rincon, durmiendo el sueño de la felicidad y de
la hartura. Era un gato prudente, que jamás interrumpiala
discusion, ni se permitia mahullar ni derribar ninguna botella
en los.momentos críticos. Este gato se llamaba Robespierre.
En el local que hemos descrito se reunia aquella juventud
ardiente. ¿De dónde habian salido aquellos jóvenes'? Unos
salieron de las Constituyentes del año 12, esfuerzo de unos
pocos, que acabó iluminando á muchos. Otros se educaron
en los seis años de opresion posteriores á la vuelta de Fer
nando. Algunos brotaron en el trastorno del año 20, mas fe
cundo tal vez que el del 12. ¿Qué fué do ellos? Unos vagaron
proscritos en tierra estranjera durante los diez años de Ca
lomarde; otros perecieron en los aciagos dias que siguieron
á la triste victoria de los cien mil nietos de San Luis. Entre
los que existieron despues de la muerte del inícuo Fernando,
algunos siguieron sustentando el mismo principio con igual
entereza; otros, creyendo sustentarle, tropezaron con las exi
gencias de una generacion nueva. Encontráronse con que la
generacion posterior avanzaba mas que ellos, y no quisieron
seg uirla.
27
Pero no nos apartemos de nuestro período.
La juventud de 1820 tenia mucha fé y mucha confianza,
y si no fué muy fecunda, hay que atribuirlo á que entonces;
la esplanacion de los principios tropezaba con el inconve
niente de la ¡gnorancia del pueblo, qne no lo conocia, y los
bastardeaba. Entonces era nueva la teoría y la práctica de la
libertad ; y si los ardientes propagadores de aquellas nobles
ideas cometieron errores, deploremos su inesperiencia tan
solo; que esos errores eran motivados por la exageracion de
un generoso movimiento hácia el bien.
Al crearse el club no tuvo mas objeto que discutir en prin
cipio las cuestiones políticas; pero poco á poco aquel noble
palenque, abierto para esclarecer la inteligencia del pueblo,
se bastardeó. Comenzaron las personalidades, y de las teo-
rías'descendieron á los hombres: los discursos no fueron al
fin mas 1ue diatribas. Quisieron los fontanistas tener influjo
mas allá de la opinion; quisieron tener influencia directa en
e^ gobierno. Pedian solemnemente la destitucion de un m1-
nistro, el nombramiento de una autoridad. Demarcaron los
dos partidos moderado y exaltado, estableciendo una barre
ra entre ambos. ¡Ah! Pero aun descendieron mas. Como en
la Fontana se agitaban las pasiones del pueblo, el gobierno
permitia sus cscesos para amedrentar al rey, que era su ene
migo. El rey, entretanto, fomentaba secretamente el ardor de
la Fontana, porque veia en él un peligro para la libertad.
La tradicion nos ha enseñado que Fernando corrompió á' al
gunos de sus oradores é introdujo allí ciertos malvados que
fraguaban motines y disturbios con objeto de desacreditar
el sistema constitucional. Pero los ministros, que descubriian
esta astucia de Fernando, cerraban la Fontana; y entonces
esta se irritaba contra el gobierno y trataba de derribarlo.
Fomentaba el rey el escándalo por medio de agentes disfra
zados; ayudaba el club á los ministros; estos le herian; ven
gábase aquel, y giraban todos en un círculo de intrigas, sin
que los crédulos y generosos patriotas que allí formaban la
opinion conociesen la oculta trascendencia de sus disputas
28
Pero oigamos á Calleja, que pide á voz en cuello que co
mience la sesion. Dos elementos de desorden minaban la
Fontana: la ignorancia y la perfidia. En el primero ocupaba
un lugar de preferencia el barbero Calleja. Este patriota ca
pitaneaba una turba de aplaudidores semejantes á él, y esta
cuadrilla alborotaba de tal modo cuando subia á la tribuna
un orador que no era de su gusto, que se pensó sériamente
en prohibirle la entrada.
En la noche á que nos referimos, nuestro hombre daba
con sus pesadas manos unas palmadas, que sonaban como
golpes de batan; y los demas metian ruido dando porrazos
en el suelo con los bastones. En vano pedian silencio y mo
deracion los del interior; personas entre las cuales habia di
putados, militares de alta graduacion, oradores famosos. Los
alborotadores no callaron hasta que subió á la tribuna Alcalá
Galiano.
Era este un jóven de estatura mas que regular, erguido,
delgado, de cabeza grande y modales desenvueltos y francos.
Tenia el rostro bastante grosero y la cabeza poblada de en
crespados cabellos. Su boca era grande y muy toscos los la
bios; pero en el conjunto de la fisonomia habia una clara es-
presion de noble osadía, y en su mirada profunda la pene
tracion y el fuego de los ingenios de la antigua raza-
r Comenzó á hablar relatando un suceso de la sesion ante
rior, que habia dado ocasion á que salieran de la Fontana.
Garelli, Toreno y Martinez de la Rosa. Indicó las diferen
cias de principios que en lo sucesivo habian de separar á los
moderados de los exaltados, y pintó la situacion del gobier
no con exactitud y delicadeza. Pero cuando con mas robusta
voz y elocuencia mas vigorosa hacia un cuadro de las pasa
das desdichas de la nacion,- ocurrió un incidente que le obli
gó á interrumpir su discurso. Era que se oia en la calle un
gran ruido de voces, ruido que creció formando una gran al
gazara. La mayor parte se levantaron y salieron. El aiidito-
rio empezó á disminuir, y al fin disminuyó de tal modo,
que el orador no tuvo mas remedio que callarse.
29
Cortado y colérico estaba el andaluz, cuando bajó de la
tribuna (1). El tumulto aumentaba fuera; y por fin no que
daron en el café sino cinco ó seis personas. Estas tambien
querian satisfacer la curiosidad, y acompañadas del mismo
Galiano, salieron tambien.
En diez minutos la Fontana se quedó sin gente, y el ru
mor esterior pasaba, se oia cada vez mas lejano, porque an
daba á buen paso la oleada de pueblo que lo producia. To
das las señales eran de que habia comenzado una de aquellas
asonadas, tan frecuentes entonces.
Era ya tarde; los quinqués habian llegado al tercer perío
do de su reverberacion dificultosa, es decir, estaban en los
instantes precursores de su completo aniquilamiento, y las
mechas despedian un humo mas hediondo y abundante. Uno
de los mozos se habia marchado á dormir; otro dormia junto
á la puerta, y el tercero habia salido con los parroquianos. A
lo lejos se oia un eco de voces siniestras, las voces del tu
multo popular, que rodaba por la ciudad agitándola toda.
El cafetero continuaba inmóvil en su trípode; dos lumino
sos puntos de claridad verdosa brillaban detrás de él. Era
Robespierre que se acercaba á su amo; y saltando por en
cima de sus hombros, se ponia delante para recibir una ca
ricia. El hombre del café le pasó la mano cariñosamente por
el lomo; y el animal, agradecido, alzó el rabo, arqueó el es
pinazo, se lamió los bigotes, y habiéndose estirado muy á
sabor, se volvió á su rincon, donde se agazapó de nuevo.
Frente por frente al mostrador, y en el mas oscuro sitio
del café, principió á destacarse una figura humana, invisible
hasta entonces. Esta persona salia de la sombra, y avanzan
do lentamente hácia el mostrador, entraba en el foco de la
escasa luz que aclaraba el recinto, siendo posible observar las
formas de aquel silencioso y estraño personaje.

(1) El mísmo Alcalá Galíano refiere con mucha franqueza este


suceso en sus anotacíones á la Hístoría de España, por Dunham.
30
Era un hombre do edad avanzada; pero en vez de la decre
pitud propia de sus años, mostraba entereza, vigor y energía.
Su cara era huesosa, irregular, sumamente abultada en la
arte superior; la frente tenia una exagerada convexidad,
mientras la boca y los carrillos quedaban reducidos á muy
mezquinas proporciones. A esto contribuia la falta absoluta
de dientes que, habiendo hecho de la boca una concavidad
vacia, determinaba en sus labios y en sus mejillas depresio-
nes profundas que hacian resaltar mas la angulosa armazon
de sus quijadas- En su cuello, los tendones, los huesos y Iok
nervios tenian forma de una série de piezas articuladas, cuyo
movimiento mecánico se observaba muy bien, á pesar de la
piel que las cubria. Los ojos eran grandes y revelaban haber
sido muy hermosos: por un estraño fenómeno, mientras los
cabellos habian emblanquecido enteramente, las cejas con
servaban el color de la juventud y estaban formadas de pe.
los muy fuertes, rígidos y erizados. Su nariz era corva y fina,
nariz que debió tambien haber sido muy hermosa, aunque
al fin, por la fuerza do los años, se habia afilado y encorvado
mas, hasta el punto de ser enteramente igual al pico de un
ave de rapiña. Alrededor de su boca, qu e no era mas que una
hendidura, y encima de sus quijadas, que no eran otra cosa
que una armazon, crecia un vello tenaz, los fuertes retoños
blancos de su barba que, afeitada semanalme nte en cuarenta
años, despuntaban rígidos y brillantes, como alambres de
plata. Hacian mas singular el aspecto de esta cara dos enor
mes orejas estendidas, colgantes y trasparentes; la amplitud
de estos pabellones cartilaginosos correspondia á la estrema
delicadeza timpánica del indivíduo, la cual, en vez d e dismi
nuir, parecia aumentar con la edad. Su mirada era como la
mirada do los pájaros nocturnos; intonsa, luminosa y mas si
niestra por el contraste oscuro de sus grandes cejas, por la
elasticidad y sutileza de sus párpados sombríos, que en la
oscuridad se dilataban mostrando dos pupilas mny claras;
estas, ademas de ver mucho, parecia que iluminaban lo que
veian. Esta mirada anunciaba la vitalidad de un espíritu,
31
sostenido á pesar del deterioro del cuerpo, el cual era incli
nado hacia adelante, delgado y de poca talla. Sus manos eran
muy flacas, pudiéndose contar en ellas las venas y los nervios;
los dedos parecian por lo angulosos y puntiagudos garras de
pájaro rapaz. La piel de la frente era amarilla y arrugada
como las hojas de un libro incunable; y mientras hablaba,
esta piel se movia rápidamente y se replegaba sobre las cejas,
formando una série de círculos concéntricos alrededor delos
ojos, que acababan de establecer su completa semejanza con
un lechuzo. Vestia de negro, y en la cabeza llevaba una gor-
rilla de terciopelo.
Cuando este hombre se halló cerca del mostrador, levantó
se el cafetero con recelo, se acercó á la puerta de la calle y
escuchó atentamente algun tiempo, volvió, se asomó á un
ventanillo que daba al patio, y despues repitió la misma
operacion en una puerta que daba á la escalera. De los tres
mozos del café, uno solo estaba allí roncando sobre un banco;
el amo le despertó y le despidió; atrancó bien la puerta, vol
vió á su trípode, y estableciéndose en ella, miró al del gorro,
como si esperara de él una gran cosa.
—¡Buena la han armado!—dijo en voz alta, seguro de no
ser escuchado por voces estrauas. — ¡Otro alboroto esta no
che! Y dicen que la Guardia Real prepara un gran tumulto.
Usted, D. Elías, debe saberlo.
—Deje Vd. andar, amigo; deje Vd. andar que ya llega
rán,— dijo el flaco con voz sonora y profunda.
Y metiendo la mano en el bolsillo, sacó un pequeño envol
torio que, por el sonido que produjo al ser puesto sobre la
mesa, indicaba contener dinero. El cafetero miró con singu
lar espresion de cariño el envoltorio, mientras el viejo lo des
envolvió con mucha cachaza, y sacando unas onzas que den
tro habia, comenzó á contar.
Al ruido de las pionedas, Robespierre abrió los ojos; y
viendo que no era cosa que le interesaba, los volvió á cerrar,
quedándose otra vez dormido. El viejo contó diez medias
onzas, y se las dió al del café.
32
—Vamos, Sr. D. Elías^—dijo este descontento. ¿Qué hago
yo con cinco onzas?
—Por cinco onzas se vende la diosa misma de la liber
tad,—dijo Elías sin mirar al cafetero.
— Quite Vd. allá; aquí hay patriotas que no dirán nViva el
reyu por todo el oro del mundo.
—Sí; es mucha entereza la de esos señores,—esclamó Elías
«on un acento de ironía, que parecia ser el acento habitual
de su palabra .
—Vaya Vd. á ofrecer dinero á Alcalá Galiano y á Moreno
Guerra...
—Esos alborotan allá, en las Córtes; de esos no se trata.
Tratamos de los que alborotan aquí.
—Pues le aseguro á Vd., Sr. D. Elías de mi alma, que con
lo que me ha dado no tengo ni para la correa del zapato del
orador mas malo de este club.
—Le digo á Vd. que basta con eso. El rey no está para
gastos.
—¡Y qué tacaño se va volviendo el rey absoluto! Mala lan
dre le mate, si con estas miserias logra derribar la Constitu
cion.
—Deje Vd. andar, deje Vd. andar, que ya se arreglará es
to,—contestó el viejo dando un suspiro. Y al darle- cerró la
hoca de tal modo, que parecia que la mandíbula inferior se
le quedaba incrustrada dentro de la superior.
—Pero D. Elías de mis pecados, ¿qué quiere Vd. que haga
yo con cinco onzas?... ¿Qué le pareció aquel sargenton que
habló anoche? Dicen que es un bruto: pero lo cierto es que
hace ruido y nos sirve bien. Pues me cuesta un ojo de la ca
ra cada párrafo de aquellos que sublevan la multitud y ponen
al pueblo encendido... ¡Y hay otros tan reacios, D. Elías! An
teanoche subió á la tribuna uno que suele venir ahí con el
barbero Calleja; !qué voz de becerro tenia! Empezó á hablar
de la Convencion, y dijo que era preciso cortar las cabezas
de adormidera. Le aplaudieron mucho, y yo confieso que fué
una gran cosa, aunque, á decir verdad, no le entendí mas que
, 33
si hubiera hablado en judío. Guando acabó la sesion, quise
picarle para que hablara segunda vez, pero no se si caló mis
intenciones; lo cierto es que dijo queme iba á cortar el pes
cuezo, añadiendo que no me descuidara. ¡Qué susto me lle
vé! ¡Y esto se me paga tan mal! Aquel discurso que pronun
ció anoche á última hora i#l estudiantino valenciano, me cos
tó dos raciones de carne estofada y dos botellas de vino. ¡Ay!
Si llegaran á saber estos manejos Alcalá Galiano y Florez
Estrada... le digoá Vd. que me voy.áreir de gusto.
—Esas son las cabezas de adormidera que es preciso cor
tar,—esclamó el viejo, guiñando el ojo y haciendo con la
mano derecha, movida horizontalmente, la señal de quien
corta alguna cosa.
—Pues fuera una lástima, porque son buenos chicos. Yo,
francamente se lo digo á Vd. ; aunque soy en lo íntimo de
mi corazon partidario amantísimo de mi rey absoluto, cuan
do oigo á esos muchachos, y especialmente cuando veo á Al
calá Galiano subir á la tribuna, y empieza á echar flores por
aquella boca, y despues culebras, me da un escarabajeo tan
grande, que me baila el corazon y me dan ganas de abrazarle.
—Déjalos que griten: eso precisamente es lo que- se bus
ca. Mira el motin de esta noche: á ellos se les debe. Con
muohos así, pronto estallará la cuerda. Eso es lo que quiere
el rey. ¡Oh! Ya verás que pronto se despedazarán unos A
otros.
—¿Pero que hago yo con cinco onzas?—volvió á decir el
mo del café.
—Ya lo he dicho . El rey no está para despilfarras; y para
levantar de cascos á esta gente no es preciso mucho dinero.
—¿Que nó? Pregúnteselo Vd. á aquel lego exclaustrado que
escribe El Atóte: y& me tiene comidas tres onzas de las que
usted me trajo la semana pasada. ¿Pues y aquel oficialito que
pronunció hace dias aquel fuerte discurso, en que dijo: Ca
lendas Cartago-...í
—Delenda ex GartLago, querrá Vd. decir.
—Eso es: dilenda ó calenda, lo mismo da dijo el del café.
3
34
¡Pues ese oficialito tiene unas tragaderas! Me comió dos em"
panadas de conejo, como dos ruedas de molino. Y sobre to
do, con decirle á Vd. que para conseguir que Andresillo Cor¡
ho saliera por esas calles gritando, como Vd. vió muy bien
el domingo, tuve que pagarle todas sus deudas, que eran
ocho meses al casero, y qué sé yo cuantos piquillos sueltos á
los amigos. Y luego no gana uno para sustos, D. Elías.
Vuelvo á repetirle á Vd . que si los liberales de copete descu
bren estas socaliñas, no me dejarán un hueso en su lugar.
—Mucha cautela, ten mucha cautela: nada de papeles es
critos, no me dirijas cartas, no fies al papel ni una idea sobre
este punto,—le dijo Elías con severidad.
—Y dígame Vd.—continuó el del cáfé, bajando la voz como
si temiera ser oido por Kobespierre;—dígame Vd., ¿cuándo
se alza la guardia real?
—No sé—dijo Elías, encogiéndose de hombros.
—Dicen que la Santa Alianza ha escrito al rey.
Elias debia ser hombre prudentisimo, poique contestó "no
sén á secas como á la primera pregunta.
Entonces se oyó otra vez, aunque muy lejano, el mismo
ruido de voces que hizo salir del club á toda la concurrencia.
—Creo que piensan allanar la casa de Toreno.
—Bien: me alegro—dijo el viejo con siniestra satisfaccion.
—Veo que empiezan á devorarse unos á otros. No podia su1
ceder otra cosa. ¡Óh! Yo entiendo áesta canalla. ¿Y qué habia
de suceder? España podrá estar mucho tiempo en manos de
una gavilla de pensadores desesperados? Si esto durara, yo
dudaria de la Providencia, que arregla las naciones como da
alimento á los individuos. España está sin rey, que es estar
sin gloria, sin vida y sin honor. ¿Habia, por ventura, Consti
tucion cuando España fué el primer país del mundo? Eso de
hacer el pueblo las leyes es lo mas monstruoso que cabe.
¿Cuando se ha visto que el que ha de ser mandado haga las
leyes? ¿Seria justo que nuestros criados nos mandaran? Aquí
no hay rey ni Dios. Pero esto se acabará: yo te juro que se
acabará.
35
Al decir esto, el viejo abria los ojos y apretaba los puños
eon furor. El del café no pudo resistir al encanto de tanta
elocuencia, levantóse de su trípode y le abrazó. Al alargar sus
manos con entusiasmo, una botella cayó y fué rodando hasta
dar un golpe á Kobespierre, el cual, despertando súbitamen
te, dió un atroz mayido y fué á buscar regiones mas tranqui
las en lo alto del armario de los vizcochos.
Elías sacó de su bolsillo una pequeña faja negra que le ser
via de tapabocas, se la envolvió al cuello y se dispuso á salir.
El cafetero con su oficiosidad acostumbrada en presencia de
aquel personaje, se dirigió á abrirle la puerta. Ya principiaba
á despuntar el dia. El viejo" realista salió sin saludar á su
amigo, y tomó la direccion de su casa. »

CAPITULO III.

Un lance patríótíco y sus consecuencías.

TD. Elías cruzaba la Carrera de San Jerónimo, cuando vió


que hácia él venian unos cuantos hombres que reian y grita
ban dando vivas á la Constitucion y á Riego. Trató de evitar
el encuentro, y tomó la otra acera; pero ellos pasaron tambien,
y uno le detuvo.
Eran cinco individuos; y de ellos, tres por lo menos esta
ban completamente embriagados. Nuestro ya conocido Ca
lleja les mandaba. Componíase la cuadrilla de un chalan del
barrio de las Peñuelas y un matutero del Salitre, un caballe
ro particular conocido en Madrid por sus trampas y gran
prestigio en la plazuela de la Cebada, y finalmente, un moce-
ton alto, flaco y negro, que tenia fama de gran guerrillero, y
del .cual se contaban maravillas en las campañas de 1809 y
3
despues en los sucesos del 20. El sello de sus hazañas mar
caba siniestramente su rostro en un chirlo que le cogia desde
la frente hasta el carrillo, cegándole un ojo y abollándole me
dia nariz.
Los cinco detuvieron al anciano.
—¡Mátale, mátale!—dijo con aguardentosa voz el matutero,
pinchando con la varita que llevaba en la mano el pecho de
Elías.
—ÍÑTo, déjale, Perico: ¿de qué vale espachurrar á este
bicho?
—Si es Coletilla— esclamó el del chirlo, reconociéndole. —
Coletilla, el amigo de Vimiesa, el amigo de Vinuesa, el que
anda por los clubs,- para contarle al rey lo que pasa.
—¡Que cante el trágala}.—dijo el chalan, que estaba envuel
to desde el pescuezo á la rabadilla en un ceñidor encarnado,
por entre cuyos pliegues asomaba el puño de uno de aquellos
célebres alfileres de Albacete, que tanto dan que hacer á la
justicia.
—Tres Pesetas, coge por ese brazo al señorito.
El chalan del ceñidor se llamaba Tres Pesetas.
Tres Pesetas puso su mano sobre el gorro de Elías y se lo
tiró al suelo, dejando al aire la pelada calva del anciano. Una
carcajada sonora acogió este movimiento.
—¡Miren qué orejazas de mochuelo! - añadió el guerrillero
tirándole de la derecha hasta inclinarle la cabeza sobre el
hombro.
—Pos no tiene mala cabeza epelailla pa jugar á los trus-
cos— dijo el matutero dándole un papirotazo en mitad del
cráneo.
El realista estaba lívido de cólera: apretaba los puños en
una convulsion nerviosa, y en sus ojos brillaron lágrimas de
despecho. En esto Calleja, que parecia tener gran autoridad
entre aquella gente, se agarró al brazo de Elías, y esclamó
riendo con la desenfrenada hilaridad de la embriaguez:
—Ven, bravucon, ven con nosotros. Ciudadanos—añadió
volviéndose á los otros:—¡este es el gran Coletilla, el mismo
87
Coletilla. Seamos amigos. Nos va á presentar al rey constitu
cional, para que nos haga
—¡Memstros/—áijo el matutero, enarbolando su vara.
—¡Ciudadanos; viva el rey absoluto, viva Coletilla!
—Vamos á jaserle comunero de la gran comunía!—dijo el
matutero.—Primera prueba. ¡Que salte!
—¡Que salte!
—¡Que salte!
Y uno de ellos tomó de la mano á Elías, como para hacerle
saltar, mientras otro empinándole con violencia le hizo caer
al suelo.
—Zegunda prueba—dijo Tres Pesetas:—¡toma esta espada
pincha á uno de nosotros.
Y sacando un sable le dió de plano tan fuerte golpe que le
obligó á caer en opuesto sentido.
—Dí: "¡Viva la Constitucion!n
—¿Pues no lo ha é ezir? Y si no, yo tengo aquí unas esplicae-
ras —dijo el matutero sacando su navaja.
:—Este tunante fué el que delató al cojo de Málaga—dijo el
caballero particular.
—Y el amigo de Vinuesa.
—Señores: este no es mas que Coletilla, el gran Coletilla
—dijo Calleja con mucha gravedad.
La ferocidad se pintaba en los ojos del matutero y del cha
lan. El de la cicatriz cogió por el cuello á Elías y con su mano
vigorosa le apretó contra el suelo.
—Suéltalo, Chaleco, déjalo tendido.
Es de advertir que el matutero era conocido entre Ios de
su calaña por el extravagante nombre de Chaleco.
—Dejamele á mí,—esclamó el chalan —Tríncalo por el
pizcitezo: quio ver lo que tienen esos realistas en el buche.
Muy mal parado estaba el infeliz Elias; y ya se encomen
daba á Dios con toda su alma, cuando la inesperada llegada,
de un nuevo personaje puso tregua á la cólera de sus ene
migos, salvándole de una muerte segura.
Era un militar alto, jóven, bien parecido y persona de no
38
ble casa sin duda, porque á pesar de su edad llevaba los
galones de un alta graduacion. Traia un largo capote azul, y
uno de aquellos antiguos y pesados sables, capaces de cerce
nar de un tajo la cabeza de un enemigo. Al verle que se
interponia .en defensa del viejo, los otros se apartaron con
cierto respeto, y ninguno se atrevió á insistir.
—Vamos, señores, dejen Vdes. en paz á ese pobre viejo,
que no les hace ningún daño,—dijo el militar.
—Si es Coletilla, el mismo Coletilla.
—Pero sois cinco cont/a él; y él es un pobre viejo inde
fenso.
—Eso mismo decia yo,— esclamó Calleja con la misma
risa de borracho.
—'Poz que diga: "viva el Rey Constitucional- m
—Lo dirá cuando se vea libre de vosotros. Yo respondo do
que es buen liberal y hombre de bien.
—¡Si es un servilon!—esclamó .Chaleco.
—lY qué quereis hacer con él?—preguntó el militar.
—Poca cosa,— dijo Tres Pesetas, que era el mas atrevido.
—No mas que abrirle un tragaluz en la barriga, pa que
salgan á misa las asauras.
—Vamos, marchaos á vuestras casas, —dijo el militar con
mucha entereza, —yo le defiendo.
—¿Usía?
—Sí, yo. Marchaos: yo respondo de él.
- —Pues si no ice: Viva la
—Dí: ¡viva la Constitucion!—esclamaron todos á la vez,
menos Calleja, que se estaba riendo como un idiota .
—Vamos. —dijo el militar, dirigiéndose á Elías, decidlo:
es cosa que cuesta poco, y además hoy debe decirlo todo
buen español.
— ¡Qué lo diga!
—¡Que lo iga pronto!
El militar persistia en que dijera aquellas palabras, como
tea medio de verse libre; pero Elias continuaba en silencio.
—Vamos, padrito, pronto,—dijo el matutero.
39
—No!- esclamó Elías con profunda voz y trémulo de
indignacion.
— Entonces Tres Pesetas alzó ¡la vara sobre el viejo, los
demás se dispusieron á acometerle; y fué preciso que el mi
litar empleara todas sus fuerzas y todo su prestigio para
impedir un mal desenlace.
—Decid "viva la constitucion. n
—¡Nó!—repitió Elías. — í como si recibiera una inspira
cion, en un arrebato de supremo valor exclamó: ¡Muera!
Los cuatro desalmados rugieron con ira; pero el militar
parecia resuelto á defender á Elías hasta el último trance.
—Apartaos,—dijo. —Este hombre está loco. ¿No conoceis
que está loco?
¡Que retire esas palabras!—dijo riendo siempre, Calleja,
que aun en la embriaguez blasonaba de usar con propiedad
las fórmulas parlamentarias. N
— ¿Qué ritire ni ritirel—dijo el chalan.
,— Sí: está loco,—dijo Chaleco;—y si no está loco, está
bo... bo... borracho.
—¡Eso es... eso... borracho!— dijo Calleja, que al fin habia
necesitado apoyarse en la pared para no caer en tierra.
Algunos vecinos se habian asomado, algunos transeuntes
trabaron conversacion con el venerable Tres Pesetas, y ya
sea que un ébrio se distrae facilmente, ya que les impusiera
temor la actitud firme del militar, lo cierto es que los cuatro
amigos de Calleja dejaron en paz á Elías, el cual ayudado
de su protector, se levantó como pudo y se puso el gorro que
casi habia perdido la forma bajo los piés del matutero. El
militar, al detener con un vigoroso esfuerzo el movimiento
agresivo de Chaleco contra Elías, se rozó la mano izquierda
con la estremidad puntiaguda de la empuñadura de la na
vaja que el mozo llevaba en la faja. Esta rozadura le le
vantó un poco la piel y le hizo derramar alguna sangre. El
militar se envolvió la mano en un pañuelo y con la derecha
tomó el brazo del viejo. Este se hallaba magullado, roto
y en un estado de desfallecimiento tal que no podia
40
andar sino á pasos cortos y vacilando á cada momento.
El militar le sostuvo con fuerza, y andando con él muy
lentamente, le preguntó dónde estaba su casa para llevarle á
ella. Elías, sin contestarle, le encaminó haciéndole señas poi
la calle de Alcalá, dirigiéndose á la del Barquillo para tomat
al fin la de Válgame Dios, donde aquel buen hombre vivia.
El jóven militar era sin duda poco amante del silencio, y
de carácter alegre y comunicativo, porque por el camino co-
menzp á hablar con singular volubilidad, pareciendo que el
obstinado mutismo del viejo estimulaba mas su prolija lo
cuacidad.
lío podemos trascribir los términos precisos en que habló
este, que desde ahora es nuestro amigo, y nos acompañar'1
en todo el tránsito de esta dilatada historia; pero conociendo
su carácter como lo conocemos, es seguro que no será aven
turado poner en boca suya estas ó parecidas palabras.
—Hay que deplorar, amigo mio, en esta imperfecta vida hu
mana, que las cosas mejores y mas bellas tienen siempre un
lado malo; fatal oscuridad que proyecta en breve parte de su
esfera lo mas resplandeciente y luminoso. Las ínstituciones
mas justas y buenas, ideadas por el hombre para producir
efectos de bien comun, ofrecen en los primeros tiempos de
práctica estraños resultados, que hacen dudar á los de poca
fé de la bondad y justicia de esas instituciones. Los hombres
mismos que fabrican un objeto de sutil mecanismo, vacilan
en los primeros momentos del uso y no aciertan á regular su
compás y reposado movimiento. La libertad política, aplica
cion al gobierno del mas bello de los atributos del hombre es
el ideal de los Estados. Pero ¡qué penosos am los primeros
dias de práctica! ¡Cómo nos aturde y desespera el primer en
sayo de esta máquina!
El mayor inconveniente es la impaciencia. Hay que tener
perseverancia y fé; esperar á que la libertad dé sus frutos, y
no condenarla desde el primer dia. ¿No seria loco el que
plantando un árbol le arrancara desesperado al ver que no
echaba raices, crecia y daba flores y frutos el primer dia?
41
Es probable que el militar no empleara estos mismos tér
minos; pero es seguro que las ideas eran las mismas. Lo cier
to es que al concluir esperó á ver si su peroracion producia
algun efecto en el viejo; pero este, sumamente abstraido,
daba muestras de no atender á sus palabras y de hacer en su
interior otras consideraciones no menos trascendentales y
profundas.
—Es de deplorar,—continuó el militar reforzando su elo
cuencia con un poco de mímica;— es de deplorar que los pri
meros derechos concedidos por la libertad sean mal emplea
dos por algunos hombres. El hábito de la libertad es uno de
los mas difíciles de adquirir, y tenemos que sufrir los des
aciertos de los que por su natural rudeza tardan mas en ad
quirir este hábito. Pero no desconfiemos por eso, amigo. Us
ted, que es sin duda buen liberal, y yo, que lo soy muy mu
cho, sabremos esperar. No maldigamos al sol porque en los
primeros momentos de la mañana produce molestia en nues
tros ojos, cuando salen bruscamente de la oscuridad y del
sueño -
Paróse por segunda vez el jóven para tomar aliento y ver
si la físonomíá del viejo daba señales de aprobacion; pero no
observó en aquel rostro singular otra cosa que abstracion y
melancolía.
—Esos que le han detenido á Vd.,— continuó el militar,—
no son liberales. O son agentes ocultos del absolutismo, ó
ignorantes soeces sin razon ni conciencia. O libertinos sin
instruccion, ó alborotadores asalariados. ¿Será preciso quitar
les la libertad y no devolvérsela hasta que reciban educa
cion ó castigo? Entonces ¿habrá libertad para unos y para
otros no? Ha de haberla para todos, ó quitársela á todos, ¿Y
es justo renunciar á los beneficios de un sistema por el mal
uso que algunos pocos hacen de él? No; mas vale que tengan
libertad ciento que no la comprenden, que que la pierda mío
solo que conoce su valor. Lps males que con ella pudieran
ocasionar los ignorantes, son inferiores al inmenso bien que
uu solo hombre ilustrado puede hacer con ella. No privemos.
44
taban! Despues sentimos muchos golpes... decian que iban á
matar á uno. Nosotras nos pusimos á llorar. Pascuala se des
mayó; pero yo procuré animarme, y juntas empezamos á re
zar de rodillas delante de la Vírgen que está allí dentro. Des
pues se fué alejando el ruido; sentimos unos quejidos en la
calle. ¡Ay! no lo quiero recordar. Todavia no se me ha quita
do el susto .
El militar oyó con interés estas palabras; pero sin dejar de
oirlas dirigió su atencion á reconocer el sitio en que se halla
ba, y á examinar el aspecto de la amable persona que en él
vivia.
La casa era modesta; pero la sencillez y el aseo revelaban
en ella un bienestar pácifico.
La jóven llamó su atencion mas que la casa. Clara (se lla
maba Clara) representaba mas de diez y ocho años, y menos
de veinte y dos. Sin embargo, estamos seguros de que no te
nia mas que diez y siete. Su estatura era mas bien alta que
baja, y su talle, su busto, su cuerpo todo tenian las formas ga
llardas y las bellas proporciones que han sido siempre patri
monio de las hijas de las dos Castillas. El color de su ros
tro, propiamente castellano tambien, era muy pálido, no con
esa palidez intensa y calenturienta de las andaluzas, sino
eon la marmórea y fresca blancura de las hijas de Alcalá,
Segovia y Madrid. En' los ojos negros y grandes habia
puesto todos sus signos de espresion la tristeza . Su nariz
era delgada y correcta, aunque demasiado pequeña; su frente
pequeña tambien, pero de un corte muy bello; su boca muy
hermosa, y embellecida mas por la graciosa forma de la barba
y la garganta, cuya voluptuosidad y redondez contribuia á
hacer de su semblante uno de los mas encantadores palmos
de cara que se habian ofrecido á las miradas del militar des
conocido, el cual (digámoslo de paso) era hombre corrido en
asuntos femeninos .
' El peinado de Clara podia rigorosamente ser tachado de
provincíano, porque se alzaba en un moño de tres tramos
sobre la corona. Este modo de peinarse era ya desusado en la
45
córte; pero la belleza suele generalmente triunfar de la moda
y Clara estaba muy bien con su trenza piramidal. El traje-
era de los que usaba en toncos la clase no acomodada, pero
tampoco pobre, es decir, un guardapiés de tela clara con pin
tas de flores, mangas estre chas hasta el puño, talle un poco
alto y el corte del cuello cuadrado y adornado de múltiples-
encajes.
La investigacion del militar du ró mucho menos de lo que
hemos empleado en describir la figura . Durante algunos se
gundos estuvieron los tres personajes inmóviles el uno
frente al otro sin decir palabra, hasta que el viejo, como
continuando una peroracion interior, esclamó con un repen-
tino acceso de ira, y lanzando de sus ojos, rápidamente ilu
minados, una mirada feroz.
—¡Infames, perros! Quisiera tener en mi mano un arma
terrible, que en un momento aca bara con todos esos misera
bles. ¡Ah! Pero ellos no tienen la culpa. Tienen la culpa los
otros, los sábios, los declamadores, los que les educan, esos
malvados charlatanes, que profanan el don de la palabra, en
los infames conciliábulos de las Córtes. Tienen la culpa los
revolucionarios, rebeldes á su rey, blasfemos de su Dios, es
carnio del linaje humano. ¡Oh! ¡Dios de justicia! ¿No veré yo
el dia de la venganza?
El militar estaba atónito y algo corrido. Parecíale que
aquello era una réplica indirecta á su espresiva disertacion
del camino; y aunque se le ocurrió contestarla, vió en el ros
tro de Elías una espresion de contumacia y ferocidad que le
intimidó. Su atencion estaba en parte reconcentrada en la
compañera del realista. Clara miraba al viejo con la indife
rencia propia de la costumbre, y al mismo tiempo miraba á
su protector como si se avergonzara de la estrañeza que le
causaban las palabras del viejo.
El militar, poco cuidadoso al fin de las imprecaciones del
realista, comenzó á sentir interés hácia aquella pobrecilla,
que sin saber por qué le inspiró mucha lástima desde el prin
cipio.
48
—Pero sale mucha sangre. ¡Jesús! tiene Vd. la mano des
trozada.
—¡Oh! no es nada... Con un poco de agua
—Voy al momento.
Clara se marchó muy aprisa y volvió á poco rato, entrando
en la habitacion inmediata: traia una jofaina, que puso sobre
una mesa, y llamó al militar, que no tardó en acercarse.
—¿Y tiene familia?—dijo este tocando el agua con la mano
para ver si estaba muy fria.
— ¿Familia?— contestó Clara con su naturalidad acostum
brada. - No: me queria mucho. Yo deseo tanto que se le
quiten de la cabeza esas manías Antes era muy bueno
para mí, y estaba muy alegre Yo era muy niña entonces.
Antes era muy bueno. ¿Y ahora no lo es?
Sí; pero ahora Como tiene tantas cosas en que pen
sar
—¿Y desde cuando ha variado?
—Hace mucho tiempo, cuando hubo muchos alborotos, y
dijeron que iban ámatará... ¿al rey?... no sé á quien. Pero an
tes de eso, ya estaba casi siempre alterado. Cuando yo era
muy niña, no... Entonces saliamos los domingos á paseo, y
me llevaba á Chamartin y comiamos en el campo con Pas
cuala.
— ¿Y ahora no sale Vd. nunca de aquí?
— ¡Nunca! - dijo Clara, como si aquella soledad] en que
vivia, fuera la cosa mas natural del mundo .
El militar se interesaba cada vez mas por la persona que
tan repentinamente habia conocido. Cada vez comprendia
mas que aquella infeliz era víctima de las brutalidades del
fanático. Desde el sitio en que se hallaba, veia al viejo senta
do en un sillon y entregado á su mudo frenesí. Mirando des
pues á Clara, cuya gracia sencilla y melancólica franqueza
formaban contraste con el terrible realista, se aumentó su
confusion, su curiosidad y sus temores.
—lY Vd. no sale para distraerse, para ver y reponerse de
estar aquí, encerrada tanto tiempo? - le dijo, casi conmovido*
49
—¿Yol.... ¿para qué salgo? Me pongo triste cuando salgo
No veo la calle sino cuando voy á las Gímgoras los domingos
muy temprano; pero al verme fuera, me parece que estoy mas
sola que aquí.
— ¿Y él no tiene empeño en que Vd. se divierta, en que
pase agradablemente la vida?—dijo el militar casi asustado
de su curiosidad, y mirando de soslayo á Elías para ver si
atendia á su conversacion.
—¿El? Pero yo no quiero divertirme porque ¿qué voy
yo á hacer fuera de aquí? El dice que debo estar siempre en
la casa.
— ¿Pero Vd. no trata á nadie, no ve á nadie?
—A Pascuala, que me quiere mucho.
Ya el militar tenia ganas de saber quien era aquella Fas]
cuala. ,
—¿Y esa Pascuala es amiga de Vd?
— Es la criada.
—Ya... ¿Y no tiene Vd. mas amigas? A la edad dp Vd. es
natural y conveniente la amistad de las jóvenes; y sobretodo,
no se puede vivir de esa manera. Es preciso
—Yo estoy bien así. El dice que no debo conocer á nadie.
— ¿Y la obliga á* Vd. á llevar esta vida tan triste?
— No me obliga. Yo, si quisiera, podria salir. El no está
nunca aquí . Pero yo Dios me libre ¿A dónde habia
de ir?
—El militar no sabia qué pensar. ¿Qué relaciones existian
entre aquel monomaniaco y aquella jóven? ¿Seria su padre,
su marido?... —No; decia para sí. - Es repugnante sospechar
que puedan existir los vínculos del matrimonio entre los dos.
—No estrañe Vd. mis preguntas—dijo continuando con
ansiedad; pero me interesan mucho Vds. dos.— ¿Y á él nadie
le visita, nadie viene á verle? v
—Conoce mucho á unas señoras, que llaman las señoras de
Porreño. Son nobles y fueron muy ricas.
—¿Y vienen aquí?
—Muy pocas veces. El las quiere mucho.
4
50
—Y esas, que presumo serán personas de buenos senti
mientos, ¿no le tienen á Vd. cariño, no la aman?
-—¿A mí? Una vez me dijeron que yo parecia ser una buena
muchacha.
—¿Y nada mas? ¿No le han dicho mas?
— ¡Ah! son muy buenas. El dice que son muy buenas.
Una de ellas dicen que es santa.
—Estas declaraciones eran hechas por Clara con una in
genuidad tan espontánea que conmovia al que pudiera oir
las. Para que el lector, que aun no conoce la infinita bondad
de este carácter, no extrañe la franqueza leal y la sublime
indiscrecion de la pobre Clara, añadiremos que durante años
enteros, esta desgraciada no veia mas personas que D. Elías,
Pascuala, y á veces, muy de tarde en tarde, las tres melan
cólicas efigies de las señoras de Porreño. Su vida era
un silencio prolongado y un hastío lento. Tan solo pudie
ron reanimarla y darle alguna felicidad los cuarenta dias
que, seis Emeses antes de estos sucesos, habia pasado en
Ateca, pueblo de Aragon, á donde Elías la mandó para
que disfrutara del campo. Mas adelante veremos por qué
tomó Elías esta determinacion, y lo que resultó del viaje de
Clara.
—Pero es posible,—continuó el militar, olvidado de que
Elías estaba cerca;—es posible que pase Vd. la vida de esta
manera, sin mas compañía que la de ese hombre? ¿Y no ha
salido Vd. nunca de aquí, no ha ido al campo?
—Sí, estuve unos dias fuera, hace seis meses -
-¿En dónde?
—En Ateca. El me mandó. Me puse mala y fuí allá á
restablecerme. Estuve en su pueblo.
—Ya...—dijo el militar contento de haber encontrado un
motivo, aunque pequeño, para suponer que aquel hombre no
era enteramente feroz.
—¿Y lo pasó Vd. bien?
—¡Ah! sí: me alegré mucho de estar allí.
- ¿Y no quiere Vd. volver?
51
—¡Oh! sí,-—esclamó Clara sin poder contener una escla
macion espansiva.
—Usted no debe estar aquí, Vd. tiene el corazon mas bon
dadoso que puede existir. ¿Para qué, sino para la sociedad
puede haber creado Dios un conjunto de gracias y méritos
semejantes? ¡A cuantos podria Vd. hacer felices! ¿No ha
pensado en esto? Piense Vd. en esto.
Clara no pareció hacer caso de la galantería. Quedó en
silencio y con los ojos bajos, tal vez ocupada en pensar en
aquello, como el jóven le aconsejó. ¿Quién sabe cuáles serian
sus reflexiones en aquellos momentos?
El curioso esperaba una contestacion, cuando Elías, mi,
rando hácia la habitacion en que hablaban, esclamó:
— ¡Clara, Clara! ,
El militar se dirigió rápidamente hácia él, y, dísimulando
su turbacion, le dijo:
— Caballero: no he querido marcharme hasta estar seguro
de su mejoría. Aquí le contaba á esta niña el caso, y le hacia
una relacion de la imprudencia de aquellos hombres. Ya le
veo á Vd . tranquilo y fuerte, y me retiro, diciéndole que
puede disponer de mí para cuanto yo pueda serle útil.
— Gracias,—contestó secamente Elías.—Clara: acompaña
á ese caballero.
Era preciso retirarse: ya no habia pretesto alguno para
permanecer allí. Su mano estaba perfectamente vendada,
y su protegido le habia indicado la puerta. El impresionable
jóven no sabia qué hacer para no salir. Miró á Clara para
ver sí leia en sus ojos el deseo de que no se marchara; pero
ella manifestaba la mayor indiferencia, y hasta se habia
adelantado á abrir la puerta.
No habia mas remedio. El militar tendío una mano al
realista, que alargó dos dedos frios y huesosos, y salió de la
sala: al llegar á la puerta, quiso entablar de nuevo la con
versacion; pero la reverencia que le hizo la jóven, acabó de
desesperarle. Salió, y se paró fuera otra vez.
—No olvide Vd. lo que le he dicho. Vd. no puede vivir de
52
esta manera— dijo bajando el primer escalon.—Es preciso
que Vd...
—¡Clara, Clara!—esclamó el fanático desde dentro con voz
fuerte.
Clara cerró la puerta y el militar se quedó cortado y atur
dido en la escalera. Su primer intento fué llamar otra vez,
llamar hasta que ella saliera; pero reflexionó en lo impru
dente de semejante conducta. Bajó con lentitud.— ¿Qué mis
terio hay en esta casa? decia para sí.—Al hallarse en la calle,
sintió mas viva su curiosidad, y la compasion háeia la jóven
era mas intensa.— ¿Es su hija, es su mujer, es su sobrina, es
su protegida? esclamó. ¡Oh! No es posible renunciar á saber
los secretos de esta casa. ¿Como renunciar á oirlos de la
boca de Clara, que los confiaba con tanta ingenuidad?
Anduvo un buen trecho por la calle y se paró, miró á la
casa.—Ella misma no me recibirá, dijo; esto ha sido una
casualidad. Y si vuelvo, ¿con qué pretesto?... ¡Cuánto debe
padecer esa infeliz! tiene cara de sufrir mucho... en compa
ñía de esa fiera, sin ver á nadie, ni hablar con nadie...
Maquinalmente se dirigió otra vez á la casa, y continuan
do su soliloquio, decia:—Tal vez la riña por haber hablado
conmigo; tal vez aparentando distraccion, oyó cuanto me di
jo, se habrá ofendido y la maltratará.
Entró, subió, procurando no ser sentido. Llegó á la puerta
y se detuvo, Su mano tomó maquinalmente el cordon de la
campanilla. Si hubiera sentido el menor rumor de disputa;
si hubiera sentido la voz agria del viejo, hubiera llamado
con todas sus fuerzas. Pero nada sintió; aplicó el oido. Un
silencio sepulcral reinaba en la cas.t. De repente sintió una
voz de mujer que cantaba; sintió pasar una persona rápida
mente por el pasillo en que estaba la puerta; sintió el ruido
del traje, rozando con las paredes al correr, y sintió la voz,
la voz que al pasar tan cerca resonó con timbre delicado y
espresivo. Era Clara que cantaba y corria. ¿Era acaso feliz?
Nuevo misterio.
El curioso se sintió mas confundido; soltó el cordon, y pa
53
so á paso, y muy quedito, bajó mirando á todos lados con
cautela como un ladron. Salió á la calle, marchó resuelto á
alejarse; llegó á la esquina, se paró, miró á la casa; y al fin,
tomando una resolucion, tomó su camino en direccion á su
casa, donde le dejaremos por ahora preocupado y aturdido
para volver á ocuparnos de los amigos de la calle de Válga
me Dios, cuya vida y carácteres necesitan historia y esplica-
cion. >

CAPITULO IV.

Coletílla.

El hombre estraño, que conocemos con el nombre de Elías,


nació allá en el año de 1762 en el pueblo de Ateca, lugar
aragonés, que se encuentra como vamos de Sigüenza á Ca-
latayud. Fueron sus felices padres Estéban Orejon y Valde-
morillo y Mcolasa Paredes; él, labrador honrado; ella, hija
única del vinculero mas rico del vecino pueblo de Cariñena.
A los nueve meses justos de matrimonio nació un tierno vas
tago que, por las circunstancias que á la preñez y al parto
acompañaron, á grandes empresas y notables prodigios es
taba destinado. Es el caso que Doña Nicolasa tuvo allá por
el quinto mes un sueño estraordinario, en el cual vió que el
fruto de su vientre, ya crecido y entrado en años, era arre
batado al cielo en un carro de fuego; mas tarde la buena se
ñora daba en soñar todas las noches que su hijo era conseje
ro del despacho, padre provincial, veinticuatro, racionero,
dean, y hasta obispo, rey, emperante, ó cuando menos papa
ó archi-papa .
Llegó al fin el alumbramiento, y encomendándose á Dios
54
y á cierto comadron que habia en Ateca, hombre de gran in
genio, dió á luz un niño, el cual no entró en el mundo con
señales de elegido entre los elegidos, sino tan flaco, enteco y
encanijado, que no parecia sino que su madre, distraida en
aquel perpetuo soñar de coronas y tiaras, habia apartado su
organismo de la nutricion del muchachejo.
Pero aunque este nació como cualquier hijo del hombre,
no por eso dejaron de verificarse al esterior algunos prodi
gios. Observóse en el cielo de Ateca la conjuncion nunca
vista de las siete cabrillas con Mercurio; la luna apareció en
figura de un anillo, y al fin salió por el horizonte un cometa
que se paseó por la bóveda del cielo como Pedro por su casa.
El boticario del pueblo, que se daba á observar los astros, .
entendia algo de judiciariia y tenia sus pelos de nigromante,
vió todas aquellas cosas celestiales aparecidas en el cielo de
Ateca, y dijo con gran solemnidad que- eran señales de que
aquel niño seria pasmo y gloria del universo mundo. La
conjuncion significaba que dos naciones se uniriian contra él;
el cometa que él los venceriia á todos, y el anillo de la luna
á cualquiera se le alcanzaba que era signo de la inmorta
lidad.
— Porque,— decia D. Pablo (que así se llamaba el botica
rio), — porque á mí no se me escapa nada en esto de círculos
celestiales; y cosa que yo barrunto, ello ha de ser verdad, .
como esto es chocolate.
Efectivamente, chocolate, y del mejor de Toiroba, era el
que durante los solemnes augurios tomaba, merced á la gra
titud generosa de los Orejones.
En el bautismo hubo un holgorio que déjelo Vd. estar.
Hubo en gran abundancia vino aragonés, grandes ensaima
das, bollos de á cuarta, hogazas de á media vara, gran pier
na de carnero, pimientos riojanos y unos bizcochos como el
puño, fabricados por las monjas del Cármen Descalzo de Da-
roca. El mas obsequiado era D. Pablo á causa de sus augu
rios, que él consideraba dignos de grabarse en bronces y pin
tarse en tablas. Entusiasmado por la generosidad con que
65
pagaban sus trabajos astronómicos, compuso una décima en
que llamaba á los Orejones protectores de la ciencia.
El niño crecia. Inútil es decir que durante su infancia pa
recian adquirir fundamento las esperanzas de sus padres.
¡Qué precocidad! Todo lo que el niño hacia era prodigioso;
nunca visto ni oido. Abria la boca para articular una sílaba,
ya nabia dicho una sentencia. ¿Pedia la teta? Aquello era,
segun la opinion del astrólogo, un incomprensible aforismo.
Pasaban dos, cuatro y seis años, y con la edad crecia la
fama del jóven Orejoncito.
— ¿SabeVd. lo que he visto, señora Nicolasa? -decia el
farmacéutico un dia con cierto tono de misterio que asustó
A la buena mujer.
— ¿Qué hay, Sr. D. Pablo Bragas?
—Que Elisico estaba ayer jugando con unas gallinas, y
les pegaba á los pollos con una caña, que á ser manejada por
mas fuertes manos, no les dejara con vida. nMuchacho, le
dije, ¿por qué castigas á esos animalejos?n —Porque son po
llos, contestó, y los quiero matar, n — n¿Y qué te han hecho,
verduguillo? ,.—nLes estoy mandando que digan pio, y no
quieren. n Vea Vd., señora Doña Nicolasa, vea Vd. Esto está
fuera de lo comun por la sentencia y el gran tuétano que
encierra. Quiapulli sunt. Lo mismo dijo el Dialéctico cuan
do zurraba á los jansenistas: ¡Quia lioereticisunt!.
Doña Nicolasa Paredes, dicho sea en honor de la verdad,
no comprendia muy bien el tuétano que encerraban las pa
labras de su hijo; pero agradecida á las cariñosas profecías
de D. Pablo Bragas, tendió un mantel y puso delante del
amigo una taza de sopas en caldo gordo, que dariian rabia á
un teatino.
Elías creció mas, y siguiendo la discreta opinion de un lec
tor del convento de dominicos de Tarazona, que fué á predicar
á Ateca el dia de la patrona del pueblo, le mandaron á estu
diar humanidades con los padres de dicho convento. Ya tenia
doce años; allí creció su reputacion, y á poco fué tan gran la
tino, que ni Polibio, ni Eusebio, ni Casiodoro sele igualaran.
56
Tenia quince años cuando se celebró un consejo de fami
lia para resolver si se le mandaba al seminario de Tudela ó
á la universidad de Alcalá; pero al fin fueron tantas y de
tanto peso las razones de D. Pablo Bragas en favor de La
Cumplutense, que se adoptó su dictámen. El prodigio de la
naturaleza fué puesto sobre un macho en compañía de unas
alforjas, que encerraban algunas tortas y dos azumbres de
vino; y despues de algunos lloriqueos de Doña Nicolasa y de
algunos dísticos que ensartó el de los astros, Elías partió en
direccion de la patria del inmortal Cervantes, adonde llegó
en cuatro dias de viaje.
Entonces Doña Nicolasa tuvo una hija. Ningun trastorno
sufrió la naturaleza en su nacimiento.
Elías estudió en Alcalá cánones y teología. Durante sus
estudios, en que mostró grande aplicacion, los maestros no
cesaron de poner en las mismas nubes al que tanto honraba
la ilustre estirpe de los Orejones. Unos esperaban en él un
Luis Vives, otro un Escobar, cuál nn Sanchez, cuál un Vaz
quez ó un Arias Montano. Y efectivamente, el jóven era apli
cado. Pasábase las noches en vela devorando á Eusebio, á
Cavalario y á Grotius. Atarugábase con enormes raciones dia
rias del libro De locis teologicis, y cuando iba á clase desco
llaba entre todos. Entonces principiaron á marcarse los ras
gos fundamentales de su carácter, el cual consistia en un or
gullo muy grande,- unido á una gran sequedad de trato y á
una rigidez de maneras, por lo cual sus compañeros no le
tenian ningun cariño.
Pero su reputacion de sábio era general. Fué á su pueblo,
y al entrar en él, lo primero que vió fué la venerable efigie
de D. Pablo Bragas, que le saludó con un pomposo arqueo
de cintura. Junto á él estaban el alcalde, el cura y lo mas
notable de Ateca, incluso el herrador. Bragas sacó un papel
del bolsillo y leyó un discurso, mitad en latin y mitad en
castellano, que aplaudieron todos, menos el obsequiado. En
la casa le esperaban la señora Nicolasa, que se estaba po
niendo vieja, y Orejon sénior, que se conservaba muy fuer
57
te. Su pequeña hermana era ya una muchacha; pero la pobre
mas fama tenia de traviesa que de sábia. Hubo una pequeña
fiestecilla de confianza con abundancia de bollos, de los cua
les la mitad (sea dicho en honor de la imparcialidad) fueron
consumidos por D. Pablo Bragas.
En el pueblo continuó Elías consagrado al estudio. Su se
quedad aumentó, y se determinó mas su orgullo; pero los
padres no notaban tal cosa, y estaban amartelados con el jó-
ven. Si alguna vez les ofendia momentáneamente la rigidez
de su trato, contentábanse luego con oir de boca de Bragas
un panegírico, cuyo epílogo era siempre un tazon de choco
late ó una magra de gran calibre.
Elías tenia treinta años cuando marchó á la córte. No sa
llemos si él, al tomar esta determinacion, soñó con adquirir
la gloria que los astros por boca de un sábio habian anun
ciado. El, sin duda, tenia dispuesto algun plan. Al llegar á
Madrid trabó relaciones muy íntimas con los padres del con
vento de Trinitarios, que eran sábios como unos templos.
Hizo asimismo estrechas amistades con un señor de la no
bleza perteneciente á la casa ilustre de los Porreños y Vene-
gas, marqueses de la Jarandilla; y tomó tal aficion á esta fa
milia, que la sirvió fielmente en la prosperidad, y fué su ma
yordomo, aun despues de la ruina de la casa, acontecida des
pues de la guerra. Al estallar esta en 1808, Elías dejó sus
costumbres sedentarias, sus Pandectas, su Digesto y sus De
cretales para militar en las filas de Echevarri y el Empecina
do; hizo con el primero toda la campaña de Navarra, y or
ganizó una porcion de somatenes en Castilla al pasar Napo
leon de vuelta de Madrid.
Concluida la guerra, pasó por su pueblo; su padre ha
bia muerto; su hermana era ya mujer, y se habia casado con
un pariente labrador; su madre estaba tullida y enferma.
Bragas habia perdido su buen humor y su aficion á los astros;
pero no su amor á Elisico, ni el convencimiento profundo de
que dos naciones se unirian contra él, y que él las venceria á
las dos.
-58
En Ateca supo el incremento que tomaba el partido cons
titucional y el entusiasmo con que en toda la Peninsula era
mirada la Asamblea de Cádiz. Advirtamos que Elías detes
taba de muerte á los constitucionales. Aquel hombre, que
desde que tuvo uso de razon no vivió sino con la inteligen
cia, ni en su juventud esperimentó los naturales sentimien
tos de amistad y afecto, estaba á los cuarenta años enardeci
do con una fuerte y violentísíma pasion. Esta pasion era el
amor al despotismo, el ódio á toda tolerancia, á toda liber
tad: era un realista furibundo, atroz; y su fanatismo llegaba
hasta hacerle capaz de la mayor abnegacion, del sacrificio,
del martirio. Su carácter era apasionado por naturaleza,
aunque los asíduos estudios le habian comprimido y desfigu
rado. Pero al llegar á aquella época, en que era imposible á
todo español apartar la vista del gran problema que se trata
ba de resolver, la escondida vehemencia de sent¡mientos de
Elías se manifestó, y no en forma de amor, ni de avaricia,
ni de ambicion; se manifestó en forma de pasion política, de
adhesion frenética á un sistema y ódio profundo al contra
rio.
Como consecuencia de esta evolucion de su carácter se des
arrollaron en él una fuerza de carácter y una energía tales,
que le hubieran llevado á los mas grandes hechos, á tener
ocasion para ello . Su inteligencia, que era muy perspicaz y
cultivada del modo que hemos dicho, prestaba mas fuerza á
aquel sentimiento exagerado; y el consorcio estraño de sus
facultades intelectuales con su gran pasion, unido á su trato-
indomable, hacia de él uno de esos séres monstruosos, que la
observacion superficial califica ligeramente de este modo: uun
loCO. ti
Hundido el sistema constitucional en 1814, Elías fué feliz,
pero no por eso vivió tranquilo, porque comenzó á to
mar parte en la vida activa de la política, que es en todas
ocasiones una vida poco agradable. Trabó amistad con el
duque de Alagon, individuo de la odiosa camarilla; entraba
en los conciliábulos de palacio, y se honró con la amis
59
tad de aquel príncipe, que deshonró á su patria. Enton
ces tomaba parte en los sordos manejos de aquella córte
infame .
Pero vino el año 20, y nuestro personaje entró en el perío
do de rabia crónica, de desórden moral y frenética tenacidad
en que le hemos conocido. Ya sabemos poco mas ó menos
como vivia; su actividad habia redoblado y conspiraba con
una constancia de que no se ha visto ejemplo. En relaciones
secretas con la córte procuraba organizar una reaccion, y to
dos los medios se adoptaban si conducian al fin deseado. Iba
á los clubs, atizaba alborotos, frecuentaba las reuniones de
realistas y aun de los liberales. Todo lo averiguaba y lo
aprovechaba todo. Pero ya sonaban públicamente algunas
acusaciones contra él; ya se deciaque habia pertenecido á la
camarilla; ya se le indicaba como conspirador, y mas de una
vez se vió amenazado por gentes que pretendian conocerle ó
le conocian en efecto.
Todos los que le conocian de vista en los círculos patrióti
cos le llamaban Coletilla, apodo elaborado en la barbería de
Calleja, algunos dias despues del famoso aditamento que
puso el rey al discurso de la corona. Aquel apéndice literario,
que tan mal efecto produjo, era designado en el pueblo con
la palabra coletilla. La idea de que Elías era amigo del rey,
unió en la mente del pueblo la persona del fanático y aque
lla palabra: los nombres que el pueblo graba en la frente de
un individuo con su sello de fuego, no se borran nunca. Así
es que Elías se llamaba así para todo el mundo: sus pocos
amigos únicamente se cuidaban bien de nombrarle así.
Concluiremos consagrando un recuerdo á uno de los prin
cipales héroes de este capítulo. Nuestro amigo D. Pablo Bra
gas murió en Ateca á los noventa y un años de edad de unas
calenturas gástricas, debidas al doble efecto de un hartazgo
de salpicon y de un constipado que cogió examinando la
conjuncion de Arcturus con Marte en una noche de Enero.
Desde entonces la astronomía está en Ateca en una lasti
mosa decadencia.
CAPITULO V.

La compañera de coletílla.

En Diciembre de 1808 militaba Elías, como hemos dicho,


,en. una partida que habia levantado en Segovia el Empeci
nado. Tuvieron varios encuentros con los franceses, hasta
que Soult, que salió en persecucion de Moore, encontró á los
guerrilleros y les hizo retroceder hácia Valladolid; de allí si
guieron avanzando hacia el Norte y llegaron hasta Astorga.
Elías se quedó en Sahagun con unos cuantos hombres, dis
puestos á organizar allí una partida considerable que hosti
lizara á Ney en su salida de Galicia.
En Sahagun habia un coronel segoviano que, habiéndose
casado alli, vivia retirado del servicio militar. Era hombre
de elevado carácter, de mucho corazon y de bien cultivada
inteligencia; habia sido muy rico, pero deparóle el cielo ó el
infierno una esposa, que ni de encargo hubiera salido tan
díscola, intratable y antojadiza. El pobre militar hacia cuan
to era imaginable para dominar el carácter de aquel basilisco,
en quien parecian haberse reunido todas las malas cualida
des que la naturaleza suele emplear en la elaboracion de las
mujeres. Empezó por hacerse escesivamente devota, y era tal
su mogigatería, que abandonaba á su marido y su casa para
pasarse todo el santo dia entre monjas, padres graves, cofra
des, penitentes, sin ocuparse mas que de rosarios, escapula
rios, letaníis, horas, antífonas y cabildeos. Vivia entre el
confesonario, el locutorio, la celda y la sacristía, hecha un
santo de palo, con el cuello torcido, la mirada en el suelo,
avinagrado el gesto, y la voz siempre clueca y comprimida.
61
En los pocos momentos que pasaba en su casa era intrata
ble. En todo cuanto decia su pobre marido encontraba ella
pensamientos pecaminosos, todas sus acciones eran munda
nas, le quemaba los libros, le sacaba el dinero para obras
pías, le llenaba la casa de padres misioneros , teatinos y pre-
monstratenses; y en cuanto se hablaba de conciencia y de
pecados, empezaba á mentar los de todo el mundo, sacando
á la publicidad de una tertulia frailuna la vida y milagros
del vecindario, para condenarla como escandalosa y corrup
tora de las buenas costumbres. En tocando á este punto le
daban arrebatos de santa cólera, y entonces no se la podia
aguantar.
Pero de repente la insoportable beata se volvió del revés;
el fondo de su carácter era una volubilidad estremada. Cam
biando repentinamente, adoptó un género de vida muy mun
dano; se salia de casa y se andaba por esos mundos dando
zancajos con el pretesto de que tenia una fuerte afeccion
moral y necesitaba distraccion. Acompañábala algun militar
jóven ó algun abate verde. Su marido, viendo que era impo
sible detenerla en casa, tuvo que consentir en aquella vida
volandera, que si bien le costaba una parte de su fortuna, le
libraba por algnn tiempo de las impertinencias de aquel de
monio.
La tercera metamórfosis de Doña Clara fué peor. Le dió
por ponerse enferma, y entonces no habia malestar, ni dolen
cia, ni afeccion crónica, ni ataque agudo que no viniera á
afligir su cuerpo. Agotó todas los ungüentos, específicos y
tisanas; puso sobre uri pié á todos los boticarios, curanderos,
médicos y protomédicos, y visitó todos los baños minerales
de España, desde Ledesma á Paracuellos, desde Lanjaron á
Fitero. Lo único que parecia aliviarla era el circunstanciado
relato de sus males que hacia á todos los teatinos, francisca
nos, mínimos y premonstratenses, con quienes volvió a enta
blar místicas relaciones.
Chacon, su pobre esposo, cogia el cielo con las manos, y
aun llegó á aplicarle el eficaz cauterio de unos cuantos paloa
62
que no produjeron otro efecto que recrudecer la feroz im
pertinencia de aquel enemigo.
Al mismo tiempo la fortuna del matrimonio tocaba á su
término, y el desventurado marido temblaba al considerar
qué seria en lo porvenir de su pobre bija, entonces de cinco
años de edad. La devota, la enferma habia tenido, antes de
ser enferma y devota, una niña que se llamaba Clara, como
ella, único fruta de aquel mal aventurado matrimonio.
Doña Clara se curó cuando lo tuvo por conveniente, y se
entregó de nuevo á las cosas de la iglesia, tomándolo tan á
pechos, que no habia dia en que no se mortificase con unos
disciplinazos que se oian desde la calle. Estábase de rodillas
y en cruz una hora seguida; y cuando empezaba á contar los
éxtasis que... le daban y las visiones que... tenia, era el cuen
to de las cabras de Sancho . El esposo pedia á Dios que le li
brara de aquel infierno vivo. Doña Clara no amaba á su hija,
mi á su esposo, y este que le habia amado mucho, concluyó
por aborrecerla.
Al fin la Chacona (así la llamaban en el pueblo) dejó otra
vez la vida devota, y de la noche á la mañana se marchó á
Portugal á tomar aires. Felizmente, Dios la iluminó, y de
Portugal se fué al Brasil con unos misioneros. No se supo
mas de ella. El pundonoroso y leal esposo respiró; estaba li
bre, pero pobre, enteramente pobre, sin otra cosa que un
sueldo mezquino; tranquilo en cuanto á lo presente, pero in
quieto siempre que pensaba en aquella niña infeliz, que iba
á quedar en la miseria.
En la mitad de Diciembre de 1808 todo el pueblo de Sa-
hagun salió al camino real lleno de curiosidad. El emperador
Napoleon I pasaba por allí para dirigirse á Astorga en per
secucion de los ingleses. Llegó al pueblo, descansó dos horas,
y siguió su camino, seguido de una gran parte del ejército
que ocupaba á España. Cuando los franceses, guiados por
Napoleon, estuvieron lejos, Sahagun se atumultuó; tomaron
las armas todos los jóvenes; y mandados por Elías y el cura
de Carrion, se disponian á pelear con unos regimientos fran
63
ceses, que al día siguiente habian de pasar tambien por allí
para unirse al cuerpo del ejército.
Aquella tarde Chacon abrazaba y besaba tiernamente á su
hija, que al ver llorar á su padre, lloraba tambien sin saber
por qué. El coronel tenia un proyecto, el único que podia
darle alguna esperanza de asegurar en lo futuro el bienestar
de Clara. Habia resuelto entrar en campaña, avanzar en su
carrera y servir á la nacion en aquella crísis, seguro de que
le pagariia sus servicios. Escribió al Empecinado pidiéndole
órdenes, y este le contestó que se pusiera al frente de los 500
hombres de Sahagun, y procurase batir á los regimientos
franceses que iban á unirse con Napoleon á Astorga. El bra
vo militar, aclamado jefe de la partida que Elías y el cura
de Carrion organizaron, salió aquella noche, dejando á su
hija en poder de dos antiguas criadas. Situáronse á un cuar
to de legua del pueblo, y al amanecer del siguiente dia se
vieron brillar á lo lejos las bayonetas de los franceses. La
guerrilla les hostilizó con fuegos esparcidos; al principio, los
franceses vacilaron con la sorpresa; mas repuestos un poco,
atacaron a los nuestros. El combate fué encarnizado. Elía
Chacon se miraron con angustia.—¡Son tres veces mas que
nosotros! dijo Chacon, pero no importa: ¡adelante!
Retrocedieron hasta la entrada del pueblo; allí la lucha
fué horrible. Desde las ventanas, desde las ¡esquinas dispa
raban los paisanos contra el enemigo cuyas filas se diezma
ban. El coronel mandaba á los suyos con un denuedo sin
ejemplo. A la partida unióse al fin el resto del pueblo. Un es
fuerzo mas, y los franceses eran vencidos. Este esfuerzo se
hizo; costó muchas vidas, pero los franceses, no queriendo
perder mas gente, emprendieron la retirada hácia Valencia
de Don Juan.
El pueblo todo les siguió con Chacon á la cabeza; pero-
aun no habia andado este veinte pasos, cuando fué herido
por una bala; dió un grito y cayó bañado en su sangre. Las
mujeres le rodearon, lloraron todas al verle herido, él dijo
algunas palabras, volvieron los suyos, y entre cuatro le lle
f4
varon á su casa. Antes de llegar á ella ya estaba muerto.
Reinaba en el pueblo la consternacion, porque habian pe
recido muchos hijos y muchos esposos; las madres y las es
posas gritaban por las calles con amargos y dolorosos la
mentos. Delante de la puerta de la casa de Chacon habia un
grupo de mujeres silenciosas que contemplaban el cadáver
del coronel, teñido en sangre, con la frente partida y destro
zado el pecho. Algunos niños, en quienes podia mas la cu
riosidad que el miedo, se habian acercado hasta tocarle los
dedos, las espuelas y el cinturon. Nadie hablaba en aquella
escena; y solo la pobre Clarita, consternada al ver que todos
la miraban llorando, comenzó á llamar con fuertes voces á
su padre, cuya muerte no comprendia.
—¿Qué niña es esta?— preguntó Elías.
—Es su hija,—contestó una mujer que la tenia abrazada.
—¿Y no tiene madre?
—No señor.
—¿Y qué vamos á hacer de ella?—dijo Elías mirando al
cura de Carrion y á los demas cabecillas del tumulto.
Todos se encogieron de hombros y besaron á Clara.
—Nosotros nos quedaremos con ella,—dijeron las dos mu
jeres que habian servido al coronel cuando era rico.
—No,—dijo Elías, - yo la recojo. Me la llevaré conmigo,
la educaré.
Las mujeres aquellas eran muy pobre?. Cran cariño les
inspiraba Clarita; pero al tenerla á su lado la condenaban á
ser pobre, como ellas, para toda la vida. Consideraban á don
Elías como persona de posicion y carácter, y no dudaron
por lo tanto en dejarle la niña.
Permaneció, sin embargo, en Sahagun hasta 1812, época
en que el realista dejó las armas y se retiró á Madrid. En
tonces le acompañó Clara, que no pudo separarse de sus po
bres amigas sin llorar mucho, ni pudo acostumbrarse tampo
co á mirar cara á cara á su protector, porque le daba mu
cho miedo .
Grande fué su tristeza cuando al despertar en un hermoso
65
dia de Mayo se encontró entre las oscuras paredes de la casa
que conocemos en la calle de. Válgame Dios; y esta tristeza
aumentó cuando la llevaron al convento-colegio de ciertas
hermanas del Sagrado Corazon de Jema, que enseñaban á
las niñas del barrio lo poquito que sabian. Tenia la escuela
todo lo sombrío del convento, sin tener su claustro melancó
lico y su dulce paz. Dirigíanla unas cuantas viejas, entre
quienes descollaba por su displicencia, fealdad y decrepitud
una tal madre Angustias, que usaba una caña muy larga pa
ra castigar á las niñas, y unas antiparras verdes, que mas que
para verlas mejor, le servian para que las pobrecillas no co
nocieran cuándo las miraba.
Las niñas se levantaban muy temprano, rezaban, almorza
ban unas sopas de ajos, en q"ue solia nadar tal cual garbanza
de la víspera, y despues pasaban al estudio, que era ejercicio-
de lectura, en el cual desempeñaba el principal papel la
caña de Doña Angustias. Trazaban luego por espacio de dos
horas sendos garabatos en un papel rayado; y despues de con
testar de memoria á las preguntas de un catecismo, cosian
tres horas largas, hasta que llegaba la del juego. El recreo
tenia lugar en un patio oscuro y hediendo, cuya vegetacion
consistia en un pobre clavel amarillento y tísico, que crecia
en un puchero inservible, erigido en tiesto de flores. Las ni
ñas jugaban un rato en aquella pocilga, hasta que la madre
Angustias sonaba desde su cuarto una siniestra campanilla,
que reunia en torno á su caña á los tristes ángeles del mu
ladar.
Despues de comer, llevaba el rosario la madre Brígida por
no poder hacerlo la madre Angustias á causa del asma que
la afligia, entrecortándole la voz. Aquel rosario era intermi
nable, porque detrás de sus infinitos paternoster venian las
letanías, llagas, misterios, jaculatorias, oraciones, gozos y en
dechas místicas. La noche las sorprendia en aquel devoto
ejercicio, y era muy comun que alguna de las chiquillas, ren
dida bajo el peso moral de aquel monótono y cansado rezo,
bostezara tres veces y se durmiera al fin benditamente. Para
5
66
petada detrás de sus antiparras, la madre Angustias observa
ba los bostezos y acariciaba su caña dictatorial sin decir pa
labra á la culpable, esperando á que se durmiera, y entonces,
¡ira de Dios! le sacudia un cañazo, seguido de una retahila
de insinuaciones coléricas. Las otras niñas, que no espera
ban mas que un motivo de distraccion y entretenimiento, al
ver la triste figura que hacia su compañera al despertar brus
camente, soltaban la risa, se interrumpia el rezo, gruñia la
madre Brígida, cacareaba la madre Angustias, y llovian los
cañazos á diestra y siniestra.
Al anochecer continuaban las lecciones y el catecismo. La
madre Angustias les decia:
—Ahora el ca... ca... catecismo. Madre Brí... Brí... Brígida;
la que no lo sepa, al ca... ca... caramanchon. .
Y se marchaba á acostar, porque padecia de ciertos aho-
guillos, y tenia que ponerse todas las noches unos paños ca
lientes en el estómago.
Clarita y otras niñas de la escuela creian á pié juntillas
que la madre Angustias no tenia ojos, y que todas sus fa
cultades ópticas residian en aquellos dos temibles vidrios
verdes, engastados en una armazon rancia y enmohecida; y
acontecia que para imitarla cortaban dos redondeles de pa
pel verde del forro del catecismo, y se los pegaban con sa
liva en los ojos, con lo cual se morian de risa. Como no po
dian ver gota con aquellos parches, sorprendiólas un dia la
madre Petronila, que era un vinagre, y despues de darles
muchos coscorrones, las condenó á no comer ni jugar aquel
dia. ¡Qué dia pasaron las pobres!
Otro dia se hallaban todas en el patio, y ocurriósele á un
pajarito muy flaco meterse allí por el tejado y posarse, des
pues de chocar en los muros, en el entristecido clavel. ¡Qué
algazara se armó! Aquel fué el mayor acontecimiento del
año. Con pañuelos, con mantos, con cuanto hallaron á mano,
le persiguieron hasta cojerle; atáronle un hilo en una de las
patas, y Clara le guardó muy bien en un cajoncillo donde
tenia la costura. A escondidas le echaban de comer por las
67
-noches, pero el animalito enflaquecia y se ponia mas triste
cada vez. Una noche, en el momento en que el rezo iba á
principiar, Clara tenia abierto el costurero, y fingiendo arre
glar dentro de él alguna cosa, se ocupaba en abrirle la boca
al pajarito y meterle á la fuerza unas migajas de pan que
habia guardado en el bolsillo, cuando de repente alzó el vue
lo el animal, revoloteó por la habitacion con el hilo atado en
la pata, y fué á pararse, ¿dónde creereis? en la misma cabeza
de Doña Angustias, que adverse profanada de aquel modo,
tomó tal cólera, que el asma le ahogó la voz y estuvo gestio
nando en silencio diez minutos, roja como un tomate. Clara
se quedó yerta de miedo.
—Cla... Cla... Cla... rita,—esclamó la madre Angustias
ciega de furor.—¡Niña mal... mal criada! ¿Qué desaca... ca...
cato es este? Ksta noche al ca... ca... caramanchon.
Clara fué condenada aquella 'noche á dormir en el cara
manchon, última pena, que solo se aplicaba muy de tarde en
tarde a los mas negros y raros delitos. Doña Angustias con
tinuó en su cacareo hasta que vió cumplida la terrible órden;
y á la hora en que acostumbraban á recogerse, Clara fué lle
vada al presidio, que era un desvan oscuro, fétido y pavoro
so. La pobrecilla no cabia en sí de miedo al verse sola en
aquel tugurio, entre mil objetos cuya forma no podia apre
ciar, tendida en un miserable jergon y espuesta al aire colado
que por una ventanilla entraba. En su desvelo, sintió las pi
sadas de los ratones que en aquellos climas vivian: pisadas
que en sus oidos resonaban como si fueran producidas poi
los piés de un ejército de gigantes. Se encogió, se envolvió
toda en su manta, escondiendo los piés, las manos y la cabe
za; pero las ratas corrian por encima, y saltaban, iban y ve
nian con una algarabía espantosa. Tambien contribuyó á au
mentar el pavor de la niña una disputa que en el tejado ve
cino se trabó entre dos gatos bullangueros, que lanzaban unos
mayidos lúgubres y desentonados. La pobre no pudo dor
mir, y el dia la encontró hecha un ovillo, empapada en
sudor frio y temblando de miedo.
68
Entre estos sucesos estraordinarios y la ordinaria tarea det
estudio y la costura, aterrada siempre por la fascinacion ter
rible de los espejuelos de la madre Angustias, pasó Clara
cuatro años, hasta que cumplidos los once, vino Elías por
ella y se la llevó á su casa.
El realista no sabia al principio qué hacer de aquella niña;
ocurrióle hacerla monja, pero impulsado por un repentino
egoismo, resolvió conservarla á su lado: era solo; su casa ne
cesitaba una mujer. ¿Quién mejor que Clara? Su inteligencia
no estaba bien cultivada, pues no sabia sino leer, escribir y
hacer algunas cuentas; pero en cambio cosia muy bien y en
tendia de toda clase de labores.
La hija de la Chacona creció en casa de Coletilla, y fué
mujer. Creció sin juegos, sin amables compañeras, sin ale
grías, sin esas saludables y útiles espausiones que conducen
felizmente de la niñez á lajuventud. Elías no la trataba mal,
pero tampoco era muy cariñoso con ella. Los domingos la
solia llevar á la Florida ó á la Vírgen del Puerto; una vez la
llevó al teatro, y Clara creyó que era verdad lo que estaban
representando. Los paseos dominicales cesaron cuando Elías
tuvo ocupaciones y preocupaciones que le apartaban de su-
casa: entonces ella se limitó á oir misa muy de mañana en
las monjas de Góngora, que estaban á dos pasos, y en esta
espedicion le acompañaba una criada alcarreña llamada Pas
cuala, que Coletilla habia tomado á su servicio.
Este encierro perpétuo hubiera agriado y pervertido tal
vez otro carácter menos dulce y bondadoso que el de Clara,
la cual llegó á creer que aquella vida era cosa muy natural, y
que no debia aspirar á otra cosa; así es que vivia tranquila,
melancólicamente feliz, y á veces alegre. Y sin embargo, se
manas enteras pasaban sin que una persona estraña penetra
ra en la casa del fanático. Parecia que toda la sociedad que
riia huir de aquella jaula en que estaba encerrado su mayor
enemigo.
Solo una escepcion existia en aquel aislamiento normal. Ya
hemos dicho que D. Elías fué amigo y servidor de una an
69
tigua é ilustre casa. Despues de la ruina de los Porreños y
Venegas solo quedaron tres individuos, tres dueñas venera
bles que conservaron relaciones amistosas con el realista. Muy
de tarde en tarde iban á visitarle. Tenian un trato seco; eran
intolerantes, rígidas, orgullosas. Nunca hablaban á Clara si
no con palabras solemnes, que daban tristeza y abatian el
ánimo. No podian prescindir de la etiqueta, ni aun delante
de una pobre muchacha, y eran tan ceremoniosas y tiesas que
Clara las llegó á tomar antipatía, porque siempre que iban á
la casa dejaban allí una sombra de tristeza, que duraba mu
cho tiempo en el alma de la huérfana.
En los últimos años Coletilla entraba, como hemos dicho,
en el período álgido de su frenesí político; la cólera era su
estado normal, y era cosa imposible que en sus fanáticas ob
sesiones pudiera aquella alma irascible tener cariños y finezas
para la pobre compañera que tanto las necesitaba. Por el con
trario, mostrábase muy duro con ella; se estaba sin hablarle
semanas enteras; otras veces la reprendia con acrimonia y sin
motivo, la llamaba frívola y casquivana. Un dia al ver que
la desventurada se habia peinado con menos sencillez que
de ordinario, y se habia vestido, reformando un poco su na
tural elegancia con el poderoso instinto de la moda, que las
mujeres mas apartadas del mundo poseen, la riñó repitiéndole
muchas veces esta frase que le costó lágrimas á la infeliz: —
Clara, te has echado á perder.
Generalmente no se cuidaba de ella; y al ver su abstrac
cion contínua, la muchacha hubiera podido muy bien reali
zar impunemente todos sus antojos, si los hubiera tenido.
Otras veces le daba al viejo por vigilarla, y le prohibia aso
marse al balcon y abrir la puerta, es decir, la abandonaba ó
la martirizaba, segun el estado de aquel espíritu perturbador
y cruel.
Clara se puso mala; se iba agotando con lentitud como el
clavel que crecia difícilmente en el patio de la escuela. Su
melancolía creció, se puso descolorida y estenuada, y llegó á
hacer temer graves peligros para su salud. Coletilla no pudo
I

70
permanecer indiferente á su enfermedad, y trajo un médico,-
el cual espresó su dictamen muy brevemente, diciendo: Si
usted no manda á esta chica al campo, se muere antes de
un mes.
El realista pensó que la muerte de aquella muchacha seria
un contratiempo. Recordó que su hermana vivia en Ateca
con su familia, y formó su plan. Escribió dos letras, y algu
nos dias despues Clara entraba en el pueblo con el corazon
rebosando de alegría.
Una benéfica reaccion se verificó en su salud, y su espíri
tu, tanto tiempo abatido por el fastidio y el encierro, se re
animó con el pleno goce de la naturaleza y el'trato de perso
nas alegres que la atendian y la amaban. Aquellos dias fue
ron una segunda vida para la desdichada mártir, porque se
regeneró materialmente, adquiriendo lozanía, frescura y vi
gor: sus ojos, acostumbrados á la oscuridad de cuatro pare
des, recorrian ya un largo horizonte; sus pasos la llevaban á
grandes distancias; su voz era escuchada por amigas joviales
y francas, por jóvenes sencillos, por viejos cariñosos; su ale
gría era comprendida y compartida por otros; sus inocentes
deseos satisfechos, conocia la amistad, la vida familiar, la con
fianza, gozaba de un cielo hermoso, de un aire puro, de un
bienestar sóbrio y tranquilo, de felices y no monótonos dias,
de sosegadas y apacibles noches.
Pero durante la permanencia de Clara en Ateca pasaron
cosas que influyeron poderosamente en el resto de su vida.
Vamos á referirlas, porque de ellas se derivan casi todos los
sucesos de esta historia; y por tan importantes y graves, las
dejamos para el capítulo siguiente, donde las verá el lector,-
si está decidido á no abandonarnos.
I

CAPITULO VI.

El sobríno de Coletílla.

Marta*, la hermana de Elías, habia quedado viuda con un


hijo llamado Lázaro, que despues de estudiar humanidades
en Tudela, pasó á la universidad de Zaragoza. Era este un
mozo como de veintitres á veinticinco años, de agradable pre
sencia, de ingenio muy precoz, de imaginación viva, de pala
bra fácil y difusa, muy impresionable y vehemente, y con
un recto y noble corazon.
Las nuevasideas, que entonces conmovian profundamente
el corazon de la juventud, habian hallado en el jóven Lázaro
un creyente decidido, y era uno de los que, brotados en el
tumulto de un aula de filosofía, militaban con pasion gene
rosa en las filas de los propagadores políticos, entonces tan
necesarios.
Sucedió que los estudiantes zaragozanos trabaron una pen
dencia con los sócios de cierto club político: el asunto tomó
proporciones, intervino la autoridad universitaria, y Lázaro
se vió obligado á salir de Zaragoza, perdiendo curso. Esto
pasaba en los dias en que, destituido Riego del mando de
capitan general de Aragon, hubo en aquella ciudad tumul
tos y manifestaciones, que el gobierno quiso reprimir. Láza
ro, que estaba á punto de concluir la carrera, conoció la gra
vedad de su situacion y el disgusto que tendriia su madre y
su abuelo, á quien amaba mucho. Quiso reclamar, pero fué
inútil, y tuvo que retirarse á su pueblo triste, avergonzado
y lleno de dudas y temores. ,
Pero al entrar en su casa, agitado por la zozobra y los re
mordimientos, vió en compañía de su madre á una persona
72
desconocida que, desde el primer momento, le produjo una
secreta impresion de alegría, imponiéndole, sin saber por
qué, consuelo y esperanza. Confesó lo que le pasaba, sin dis
minuir la gravedad del caso, por lo cual D. Fermin, su abue
lo paterno, se puso sório y quiso enfadarse, y su madre lloró
un poco. Pero la persona desconocida, que parecia estar allí
para alegrar la casa, disipó la cólera del primero y secó las
lágrimas de la segunda, mientras Lázaro, con la cabeza baja
y humedecidos los ojos, permanecia inmóvil delante de sus
jueces y de su defensor sin decir palabra, aunque á la. verdad
no era preciso, porque la jóven le defendia muy bien sin des
plegar gran elocuencia, ni emplear otros recursos que su cla
ro y natural sentido, su acrisolado y generoso sentimiento.
Sabido es que no necesitan ellas mucha verbosidad para con
vencer ni persuadir.
El pobre Lázaro estaba tan turbado que se le figuraba que
aquella persona era una aparicion, un ser enviado del cielo
para ampararle en aquellos apurados momentos. Esperaba
verla desaparecer al concluir su mision, y la miraba con ese
estupor silencioso que causa lo sobrenatural y desconocido.
No tenia antecedentes de aquella jóven, ni habia sospecha
do que existiera y se encontrara allí. Pero la imágen no se
desvanecia, y por el contrario, continuaba siendo á sus ojos
una jóven, adornada con todos los encantos físicos y mora
les que pueden poseerlos ángeles de este mundo.
No se habló mas del asunto. Lázaro fué perdonado, pero
no salió de sus confusiones. Esplicáronle quién era Clara y
por qué estaba allí, mas no por eso pudo dominar el estu
diante la respetuosa y fuerte sorpresa que le habia produ
cido.
Estuvo encogido y como asombrado todo el dia, y tembló
le la voz cuando quiso hablar con ella, y se calló al fin por
temor de decir mil disparates. Al dia siguiente despertó con
una alegría exaltada, á la que sucedia bruscamente una tris
teza sin igual. Su aturdimiento tomaba fases muy diversas;
tan pronto se veia atacado de un apetito insaciable de ver
73
bosidad que no podia contener; tan pronto hacia esfuerzos
inauditos para pronunciar una palabra, sin llegar á conse
guirlo. Era un politicómano ferviente, y en Zaragoza se La
bia distinguido por sus elocuentes arengas en los clubs, que
le habian dado mucha celebridad: en sus conversaciones pri
vadas se espresaba tambien con mucho entusiasmo y correc
cion; pero esta vez de todo hablaba menos de política. Pare
cia que no existian ya para él ni la revolucion francesa, ni el
Emilio de Rosseau, ni las cartas de Talleyrand, ni el diccio
nario de -Voltaire . Se habia olvidado de todo esto, y solo
pensaba en la fórmula mas espresiva y exacta para decirle á
Clara que la habia visto en sueños aquella noche. Recurrió
al sistema de las circunlocuciones, pensó despues en decirlo
á secas y sin ambajes, acordóse de que las alegorías se habian
inventado para aquel caso, y probó todos los medios sin lo
grar con ninguno su objeto.
Pasaron dos ó tres dias sin que hallara un modo de ser
esplícito. Cuando estaba solo, sí, entonces hablaba, hablaba
«onsigo mismo, y aun parecia entablar misteriosos diálogos
con aquel hermoso espíritu, que encontraba siempre en todas
partes, acompañándole en sus soledades é insomnios; espíritu
lleno de luz y con formas de mujer, que brotaba del seno
mismo de la noche para mirarle inmóvil, callado y sereno.
Delante de esta sombra era Lázaro muy elocuente, y siem
pre acertaba á espresar lo que sentia; y sentia tanto el pobre,
que á veces le daba uno de esos accesos vehementes, en que
el organismo se conmueve todo, quebrantado y oprimido por
la enorme espansion del espíritu. Salia de la casa por no ha
llarse bien ella, y volvia á entrar por no hallarse bien fuera.
Por fin habia logrado formular un diálogo con Clara; la pri
mera vez que pudo hablar con ella un cuarto de hora seguido
se mostró muy enojado. Enojado? Por qué? Despues empezó
á darle las gracias. Las gracias? Por qué? Despues le pidió
perdon. Perdon? De qué? Y acto contínuo le dijo que se iba
á volver loco. Loco?... Su andar era errante. Se dirigia á to
das partes, y no llegaba á ninguna; se hallaba siempre donde.
74
no queria estar. Pero á pesar de estas evoluciones de ciego.
acontecia que si Clara iba á alguna parte, ¡qué casualidad!
encontraba en ella á Lázaro, que la esperaba.
El alma de la muchacha no estaba sujeta á estas estrañas
perturbaciones. Siempre sensible y feliz en su serenidad ino
cente, se dejaba llevar por la corriente de una vida sin agi
tacion ni contratiempos. En un sitio propio para dar paz al
ánimo y descanso á la fantasía, vivia sin sentirlo, digámoslo
así; y si alguna vez la entristecia algun pensamiento, era el
pensamiento de volver á la calle de Válgame Dios.
La amistad, casi desconocida por ella, fué entonces causa
de que adquiriera esa sutil delicadeza, que caracteriza los
afectos femeninos, y esa fluidez de ingenio que tanto las em
bellece y adorna.
Habia en el pueblo otra jóven de la misma edad é idéntico
carácter, llamada Ana, hija de un rico labrador. Ana y Cla
ra se hicieron íntimas amigas en pocos dias de trato. Ibanse
todas las tardes á una huerta perteneciente al padre de Ana;
y allí, entretenidas con sus labores, se pasaban conversando
largas horas. En esta comunicacion de las dos jóvenes, Clara
se desarrollaba moralmente con una rapidez desconocida.
Para quien habia pasado su juventud en compañía de un
viejo escéntrico é insociable, aquellas franquezas inocentes y
el cambio simultáneo de pensamientos, espresados con inge
nuidad de sentimientos, comunicados sin disimulo y en toda
su hermosa sencillez natural, realizaron en el alma de la
huérfana una revelacion de sí misma, que fijó y fortaleció
mas su bello carácter.
Cuando las dos amigas iban á la huerta, la maldita casua
lidad hacia que Lázaro pasara por la entrada precisamente
en el mismo momento en que ellas llegaban. La conversacion
empezaba todas las tardes á las cuatro, y duraba hasta el
anochecer. Ni un solo dia en todo el tiempo que pasó Clara
en Ateca dejaron de ir á la huerta las dos muchachas, y ni
un solo dia dejó Lázaro de encontrarlas allí por casualidad.
En aquellas conversaciones, que eran cada vez mas íntimas,
75
se notaba algunas veces que por efecto de los accidentes del
diálogo escénico, Ana callaba, ó hablaba aparte en voz baja,
mientras el bueno del estudiante y la pícara Clara charlaban
muy quedito y muy juntos el uno del otro. La cara angus
tiosa á veces, á veces pálida, ya animada, ya triste del jó
ven, anunciaba que el tema del coloquio era muy interesante.
¿Qué decian? De pronto unas largas pausas en que uno y otro
se estaban mirando á la tierra un buen rato, permitian á Ana
alguna alusion ingeniosa, cuya gracia alababa y reia ella sola.
Clara y Lázaro parecia que no estaban para risa. Callaban
hasta que un monosílabo aquí, un gesto allá volviari á esti
mular de nuevo la conversacion. A veces él se ponia á medi
tar, como recapitulando lo que iba á decir; y él que tan bue
na memoria tenia, se encontraba con que se le habian olvi
dado (¡otra casualidad!) los admirables trozos de elocuencia
. que tenia preparados. ¿Hablaban del pasado, del presente,
del porvenir? ¿Trazaban un plan, planteaban un proyecto?
Es probable que nada de esto fuera objeto de aquellos Inti
mos debates: no hacian sus voces otra cosa que espresar mil
inquietudes interiores, pintar ciertas turbaciones del espíri
tu, formular preguntas intensamente apasionadas, cuyas ré
plicas aumentaban la pasion, confesar secretos, cuya profun
didad crecia al ser confesados, hacer juramentos, manifestar-
ciertas dudas, cuya resolucion daba orígen á otras mil dudas,
pedir esplicaciones de misterios, que engendraban misterios
sin fin, esplicar lo inesplicable, medir lo infinito, agotar lo
inagotable.
A veces interrumpia Ana estas comunicaciones impene
trables, diciendo:
— Pero mujer, ¿no ves cómo va ese bordado? ¿En qué es
tás pensando?
En efecto, Clara, que estaba bordando sobre cañamazo con
lanas de colores una cabecita de ángel rodeada por una guir
nalda de flores, le habia hecho los ojos de estambre rojo y los
labios con estambre negro; las flores tenian todos los colores,
tan trastornados que no se sabia lo que aquello era.
76
Al oir la observacion de su amiga, Clara se puso del color
de los ojos del angel.
Veinte y treinta dias se pasan muy pronto cuando hay ci
tas cuotidianas en una huerta, diálogos anhelantes, dudas no
resueltas, preguntas mal contestadas y angelitos bordados
con los labios negros. Así es que llegó un dia en que' Lázaro
se puso á jurar por todos los santos del cielo que no permitia
que Clara se fuera de allí. Se ponia fastidioso al tocar este
punto, repetia la misma cosa infinitas veces, y á lo mejor em
pezaba á relatar un sueño que habia tenido la noche ante
rior, del cual sueño se desprendia la imposibilidad absoluta
de que él y Clara se pudieran separar. Ella se ponia muy
pensativa y no decia palabra en media hora: los pobres chi
cos miraban al cielo alternativamente, como si en el cielo se
hallara escrita la solucion de aquel problema.
Se separaban: Clara depositaba sus amarguras en el seno
de su amiga Ana. Lázaro confiaba á las profundidades de la
noche el gran vértigo que sentia dentro de sí: no dormia, por
que una série interminable y rapidísima de razonamientos
confusos, mezclados con imágenes vagamente percibidas, le
sostenian en una vigilia invencible y dolorosa. El dia vol
via á darles esperanza, la tarde volvia á unirlos, el anochecer
volvia á entristecerlos. Así se acercaba el dia funesto.
Cuando se teme de ess modo la llegada de un dia que nos
ha de traer algo malo, la imaginacion tiene como una estraor-
dinaria fuerza de ódio, con la cual personifica ese dia que se
detesta; la imaginacion ve acercarse este dia, y lo ve en figu
ra de no se qué monstruo amenazador, que avanza con la
mano alzada y la mirada llena de ira. Hay dias en que el sol
no debiera salir.
Pero el designado para el regreso de Clara á Madrid, el
sol, ¡qué crueldad! salió. Sus primeros rayos llevaron la de
solacion al alma de los dos jóvenes, amenazados de una se
paracion. Parece que cuando se verifica una separacion de
esa clase; cuando se disuelve y destruye esa unidad miste
riosa y fundamental de la vida humana; unidad constituida
77
por la totalidad complementaria de dos individuos, parece,
decimos, que debia ocurrir un cataclismo en la naturaleza;
pero eso que llamamos comunmente los elementos es ciego ó
insensible. Se hunde un continente y se chocan dos océanos
por la mas insignificante de esas causas mecánicas que nacen
en el centro de la materia; pero nada sucede, nada se mueve
en la inerte y ciega máquina del mundo, cuando se altera el
grande, el inmenso equilibrio de los corazones.
Aquella mañana' sintió Lázaro un dolor desconocido. Avan
zaba el dia; el estudiante fué á casa de Ana y la encontró
llorando; se asustó de verla llorar, volvió á su casa, quiso en
trar en el cuarto donde Clara hacia los preparativos de su
viaje, pero se tuvo miedo á sí mismo. La vió salir despues
pálida y con los ojos cansados de llorar. Al ver que se despe
dia de su madre y de su abuelo, Lázaro corrió fuera por te
mor de que intentara tambien despedirse de él. Salió y an
duvo á prisa mucho tiempo; salió del pueblo y se internó en
el camino, lejos, muy lejos del pueblo. De pronto sintió el
ruido de la diligencia, que se acercaba. El jóven se detuvo,
retrocedió; la diligencia pasó rápidamente. Allí iba la huér
fana desolada, con el rostro oculto entre las manos; las de-
mas personas que iban con ella se reian de verla así. Lázaro
la nombró, la llamó, dando un fuerte grito, y sin darse cuen
ta de ello, corrió tras el coche un larguísimo trecho, hasta
que el cansancio le obligó á detenerse. La diligencia desapa
reció.
Regresó al pueblo ya entrada la noche: al pasar por la
huerta notó que unos pájaros que acostumbraban dormir allí
formaban una diabólica algazara con sus cantos disparata
dos y su inquieto aleteo. Apresuró el paso para no oir aque
llo, y entró en su casa. Su madre y su abuelo estaban muy
pensativos y melancólicos: ni les habló, ni le hablaron. Que
dóse solo; se encerró y quiso leer un libro; quiso dormir y
quiso arrancarse de la mente una como corona de hierro in
flamado, que se la quemaba y oprimia; peroíera imposible.
Aquello era una irradiacion, que á ser visible, hubiera pare
78
cido una aureola. En su fiebre se quedó aletargado, y en su
letargo le pareció que de su cabeza brotaban llamas vivísi
mas, que no podia sofocar, y que sus sesos hervian como un
-metal derretjdo.

CAPITULO VII.

La voz ínteríor.

Aquel muchacho era sumamente impresionable, nervioso,


'con uno de esos temperamentos propensos al idealismo, dis
puestos á vivir siempre de lo imaginario. Nadie le igualaba
en forjar incidentes venideros, enlazándolos para hacer con
ellos una vida muy dramática y muy interesante: trabajaba
involuntariamente con el pensamiento en la elaboracion de
estas acciones futuras; y siempre tenia ante la imaginacion
aquella gran perspectiva de hechos en que desempeña la prin
cipal parte una sola figura, él solo, Lázaro. Esta vision per
petua, propia de la juventud, tenia en él proporciones es-
traordinarias; su fantasía tenia una espantosa fuerza concep
tiva, y puede asegurarse que esta gran facultad era para él
un enemigo implacable, un demonio atormentador que mar
tirizaba su naturaleza toda, sujetándola á terribles tras
tornos.
Con este carácter fácil era que brotaran en él todas las
grandes pasiones espansivas, y que crecieran hasta llevarle á
la exaltacion. En épocas como aquella, la política, el prose-
litismo, el espíritu de secta puede engendrar grandes pasio
nes. El heroismo cívico, la abnegacion y esa tenacidad cato-
niana que brillan en algunos personajes de todas las revolu
ciones, la venalidad solapada, la traicion, la sanguinaria cruel
79
dad y el encono vengativo que se han visto en otros, pro
vienen de la pasion política. Lázaro tuvo esta pasion; sintió
en sí el ardor del patriotismo; creyóse llamado á ser apóstol
de las nuevas ideas, y abrazó la nueva doctrina con ardiente
fé y noble sentimiento.
Pero ¿existen estas resoluciones inquebrantables sin mez
cla de egoismo? Egoismo sublime, pero egoismo al fin. Láza
ro tenia ambicion. ¿Pero qué clase de ambicion? Esa que no
se dirige sino al enaltecimiento moral del individuo, esa que
solo aspira á un premio muy sencillo, á la simple gratitud.
Pero la gratitud de la humanidad ó de un pueblo es la cosa
de mas valor que hay en la tierra. El que es digno de ella la
tendrá; porque un hombre puede ser ingrato; pero un pue
blo en la série de la"historia, jamás. En una vida cabe el er
ror; pero en las cien generaciones de un pueblo, generaciones
que se analizan unas á otras, no cabe el error, y el que ha
merecido esa gratitud, la tiene sin remedio, aunque sea tarde.
La gratitud y la admiracion, reservadas por todo un pue
blo para un solo individuo, son lo que el hombre que aspira
á ellas conoce con el nombre de gloria.
Lázaro aspiraba á la gloria; queria satisfacer una vanidad:
cada hombre tiene su vanidad. La del jóven aragonés consis
tia en cumplir una gran mision, en realizar alguna empresa
gigantesca. Cuál era esta mision, es cosa que no sabia á pun
to fijo. Los jóvenes como aquel no gustan de concretar las
cosas porque temen la realidad: creen demasiado en la pre
destinacion, y engañados por la brillantez del sueño, creen
que los sucesos han de venir á buscarlos, en vez de buscar
ellos á los sucesos.
Despues que se retiró de Zaragoza y fué á Ateca, una figu
ra iba perpétuamente unida á la suya en aquellas escenas fu
turas. ¡Insensato! ¿Qué piensas hacer de ella? Una reina. ¿De
donde? Será simplemente la mujer de un grande hombre.
Menos tal vez: la mujer de un hombre oscuro. Entonces él,
concretaba el objeto de todas sus quimeras á un retiro pací
fico, á un matrimonio feliz.
80
Pero era preciso meditar, trazar un plan, ver la manera
mas fácil de unirse á ella.
Clara era huérfana, él pobre. Hé aquí dos contratiempos
ocurridos desde el principio. ¡Ah! Pero él trabajaria; seria
activo, ingenioso, astuto. Bien sabia él que tenia talento.
Pero ¿debia ser un simple agricultor? No: eso era poco para
él. Debia ir á Madrid, hacerse oir, buscar un nombre, un
puesto. Esto seria cosa muy fácil para quien tenia tales apti
tudes. ¿No era seguro que al llegar Lázaro á la corte, centro
entonces, como ahora, de la actividad intelectual del país,
adquiriria nombre, posicion, fortuna? Sin duda. Ya debian
conocerle de oidas por sus discursos pronunciados en Zara
goza. En aquel tiempo los jóvenes se abrian paso fácilmente
entre la multitud decrépita; aquellos, que con todo el vigor
de la fé y toda la fuerza de la edad primera, emprendian la
propagacion de las nuevas ideas, se imponian infaliblemente,
adquiriendo una alta y envidiada posicion social. El se creia
superior, £á qué negarlo? En la profundidad de su conciencia
sentia él una voz, que sin cesar decia: nyo valgo. Es preciso
buscar los sucesos antes que ellos vengan á buscarnos. Ani
mo, pues- n
Estos pensamientos eran los que ocupaban la mente de
Lázaro en los dias que siguieron á la partida de Clara. Cuan
do su determinacion se hizo firme, vió con estraordinario en
tusiasmo que su inteligencia adquirió mas vigor, y su pecho
mas osadía. Parecíale que su voz era capaz de emitir los mas
profundos, los mas calurosos, los mas verdaderos acentos en
defensa de los nobles principios de la época; le parecia que
nada igualaba á su facilidad de espresion, á su lógica terri
ble, á su frase pintoresca y espresiva. En lo mas callado de
la noche, cuando en parajes solitarios se entregaba á sus me
ditaciones, se oia, se estaba oyendo. Una voz elocuente re
sonaba dentro de sí; y mudo y reconcentrado asistia á las
maravillosas é internas manifestaciones de su propio genio.
Era auditorio de sí mismo, y le parecia que jamás habia te
nido el verbo humano frases mas bellas, lógica mas segura,
81
entonacion mas vigorosa. Se aplaudia, le parecia que en tor
no suyo una multitud infinita de sombras aglomeradas, le
aplaudian tambien; que resonaba un intenso palmoteo, cuyo
fragor llenaba toda la tierra.
De vuelta á su casa, dormia, y durante el sueño continua
ba resonando en su cerebro la misma voz que hacia estreme
cer miles de corazones; que llevaba el entusiasmo ó el espan
to á ejércitos enteros de ciudadanos; y entonces se le figura
ba que dentro de su ser habia una misteriosa entidad sonora,
un espíritu locuaz, que sostenia perpétuamente allá en su
profundo núcleo la mas brillante y enérgica peroracion.
Lázaro tenia el génio de la elocuencia. El lo conocia: esta
ba seguro de ello. Cada dia que pasaba sin que un gran au
ditorio le escuchara, le parecia que se perdian en el vacío y
en el silencio de un desierto aquellas voces admirables que
sentia dentro de sí. No habia tiempo que perder.
Dijo á su abuelo que se iba á Madrid. El pobre viejo se
puso á llorar, y dijo entre sollozos y babas que aquella reso
lucion era muy grave, y convenia meditarla.
— ¿Y qué vas tú á hacer allá— decia despues queriendo
aparecer incomodado — ¡tienes una letra tan mala!...
Estaba entonces en Ateca un tal D. Gil Carrascosa (el
mismo personaje á quien vimos sostener una pendencia con
cierto barbero en el primer capítulo de esta historia), el cual
tenia amistad con Coletilla. El abuelo consultó con el ex
abate la resolucion de Lázaro, y este opinó que se debia es
cribir al tio. El viejo tomó la pluma y con vacilante mano
trazó esta carta, que recibió el realista pocos dias des
pues:

"Querido y respetable Señor: Lazarillo, mi nieto y sobrino


de Vmd., quiere ir á Madrid. Se le ha puesto en la cabeza
que ahí podrá hacer fortuna: dice que no puede estar en el
pueblo. Y en efecto, querido Señor: esto está malo. La cose
cha de este año no nos da ni la simiente, y el pobre chico tie
6
82
ne mas aficion á los libros que al arado. Le diré á Vmd., res
petable Señor, que Lázaro, es un mozo muy despierto: sabe
muchos libros de memoria y ha leido cuatro veces de la cruz
á la fecha un tomo que llaman, Los Grandes hombres de Pin
tureo, el cual me ha asegurado no ser cosa de heregía; que si
lo fuera no lo habia de leer en mis dias. Entiende de leyes y
A veces se pone á escribir y llena unos cuadernos de cosas
muy buenas, aunque yo no las entiendo. Es buen cristiano y
muy respetuoso y cortés con todo el mundo. No ocultaré sus
defectos, respetable Señor; y por lo mismo que le quiero,
diré á Vmd. cuál es su gran defecto, para ver si con su talen
to y su gran sabiduría le puede corregir. Es el caso que difí
cilmente podrá hacer cosa buena en la Córte, porque tiene
muy mala letra, y no le luce lo que sabe. Siento mucho tener
que revelar esta flaqueza suya; pero antes que nada es mi
conciencia, y por todo el oro del mundo no ocultariia sus de
fectos. Creo, sin embargo que con un buen maestros, como
los hay en la Corte, podrá corregirse si se aplica. De este
modo llegará andando el tiempo á ser apto para desempeñar
una plaza de dos mil reales en alguna covachuela, como mi
señor abuelo, que en paz descanse. Yo deseo que haga fortu
na , porque le quiero con toda mi alma ; y así , deseo
que Vmd. con su gran tino y universal sabiduría me informe
si será posible sacar algo de provecho de este muchacho, di-
ciéndome al mismo tiempo fi puedo contar con su protec
cion. Hágalo Vmd., por Dios; que es el único hijo de su her
mana; y nosotros, que estamos pobres, no podemos hacerle
feliz.
Su respetuoso y reverente Servidor
Feemin "

Pasaron tres meses sin que D . Elías contestara. Al fin


contestó, advirtiendo que esperara un poco; que avisaria si
podia venir ó no. Un mes despues escribió de nuevo, lla
mando á Lázaro á su lado y añadiendo que de su comporta
miento y disposiciones dependia el que hiciera fortuna.
83
Lázaro no cabia en sí de gozo. Quiso partir el mismo dla;
pero los ruegos de su madre y de su abuelo le obligaron á
aguardar dos dias mas.
Eljóven estudiante sabia por las tradiciones de la familia,
que su tio era un hombre muy sábio, y se le habia antojado
que habia de ser un gran liberal. No comprendia que un
hombre muy sabio dejara de ser muy amante de la libertad.
La carta de Coletilla fué recibida en los primeros dias de
Setiembre de 1821, en que ocurren los primeros aconteci
mientos que hemos referido. Poco despues de la lamentable
escena de la barbería y de la entrada del militar en la casa de
Clara, tuvo lugar el viaje de Lázaro á Madrid. Clara no lo
supo antes del dia en que debia llegar.
Ahora podemos seguir naturalmente el curso de los suce
sos de esta puntual historia. Dejaremos á Lázoro preparándo
se á partir. Su madre y su abuelo le despiden llorando, el
alcalde le abraza diciendo que ya ve en él nada menos que
un secretario del despacho; el cura le da dos bollos maimo
nes para el camino y le echa un sermon fastidioso. El estu
diante sube á la galera, ycon mas ilusiones que dineros to
ma el camino de la córte.

CAPITULO VIII.

Hoy llega.

Tres dias despues de la aventura descrita en el capítulo


segundo, estaba Clara muy de mañana encerrada en el cuar
to que le servia de habitacion. El fanático le habia dicho po
cas horas antes que esperaba á su sobrino, y que era preciso
acomodarle allí hasta que se mudaran todos á una nueva ca
sa que pensaba tomar.


84
Clara se quedo absorta al oir esta noticia, y no pudo con
testar palabra, porque la sorpresa le embargaba la voz. Cuan
do quedó sola se encerró en su cuarto.
Era la habitacion de Clara pequeña é irregular: estaba en
lo mas interior de la casa, y tenia una ventana estrecha, con
vidrios de dudosa trasparencia, que daba á un patio, de esos
que por lo profundos y estrechos parecen verdaderos pozos.
Enfrente y á los lados se abrian tres filas de ventanas mez
quinas, respiraderos de otras tantas celdas, donde se alber
gaban familias bulliciosas. El cuarto de Clara tenia el usu
fructo de un rayo de luz desde las once á las once y media,
hora en que pasaba á iluminar las regiones tropicales- del
tercer piso. Aquel rayo de luz no traia nunca colores, ni
paisaje, ni horizonte, ni alegría.
El patio era un recinto populoso, el centro de un enjambre
humano. A ciertas horas asomaban por aquellos agujeros
otras tantas cabezas: esto sucedia en los grandes aconteci
mientos, cuando la herrera del piso bajo y la planchadora
del cuarto, resolvian al aire libre alguna cuestion de honor,
ó cuando la manola del tercero y «la zurcidora de enfrente
entablaban pleito sobre la propiedad de la ropa tendida.
Por lo demás, allí reinaba siempre una paz octaviana, y
era cosa de ver la amable franqueza con que la esterera pedia
prestada su sarten á la vecina de la izquierda, y la confianza
íntima con que dialogaban en el quinto el soldado y la mu
jer del zapatero. Enlazaban unas ventanas con otras, á guisa
de circuitos telegráficos, unas cuerdas de donde colgaban al
gunas despilfarradas camisas, y de vez en cuando tal cual
lonja de tasajo, sobre el cual descendia en el silencio de la
noche una caña con anzuelo, manejada por las hábiles manos
del estudiante del sotabanco.
La vidriera del cuarto de Clara no se abria nunca. Elías
la habia clavado por dentro desde que ocupó la casa.
Si la perspectiva del patio era desapacible, el interior de la
habitacion tenia indudablemente cierto encanto no porque en
él hubiera cosas bellas, sino por la sencillez y modestia que
85
allí reinaba, y el cuidadoso aseo y esmero, única elegancia
de los pobres. Veíase en primer término una voluminosa có
moda, compuesta de seis enormes gabetas con sus labores de
talla junto álas cerraduras, y algunas incrustaciones un poco
carcomidas; encima un mueble decorativo bastante viejo, que
representaba una figura de Parca con una de las manos alza
da en actitud de sostener algo; pero en lugar del reló que en
otro tiempo cargaba, sostenia en tiempo, de Clara una caja
forrada en papeles de color, la cual debia guardar utensilios
de labor femenina. En lugar de la redoma de cristal, tapaba
todo esto un pedazo de gasa, sujeto con cintas azules á las
piernas de la diosa, la cual ostentaba en su profano pecho un
escapulario de la virgen del Carmen.
Una mesa de tocador, tres sillas de viejo nogal, pesadas y
lustrosas, un cogincillo erizado de agujas y alfileres, una ban
queta y una cama de caoba de muy voluminosa arquitectu
ra, cubierta con una colcha palentina, completaban el ajuar.
Clara estaba delante de su espejo y se ocupaba en enre
darse en la coronilla una gruesa trenza de pelo negro, recien
temente tegida y terminada en la punta con un atadijo del
mismo pelo y un lazo encarnado. Dos órdenes de pequeños
rizos, guedejas sutiles, retorcidas con negligencia, le adorna
ban la frente, y de las sienes blancas, cuya piel transparen
taba ligeramente la raya azulada de alguna vena, le caian
dos airosos mechones.
No hay actitud mas propia para apreciar debidamente las
formas académicas de una mujer, que esa que toma cuando
alza las manos y se enrolla una trenza en la cabeza, dejando
ver él busto, el talle, el cuello en toda su redondez. Tiénden-
se los músculos del pecho, se contornea la espalda, y el án
gulo del codo y las suaves curvas del hombro describen en
su dilatacion graciosas líneas que dan armoniosa espresion
escultural á toda la figura.
Concluida la operacion del peinado, Clara echó una mira
da de deseo y desconfianza á la última gabeta de la enorme
ómoda en donde tenia su ropa. Es que allí existia, guardado
80
con singular esmero, un traje que Elías le habia comprado
algunos años antes, cuando era menos adusto y gruñon. Este
traje, que era lo mas lujoso y bello que la huérfana poseia,
tenia la forma y los colores mas en moda en aquella época:
cuerpo de terciopelo negro con prolijos dibujos de pasama
nería y guardapiés de seda pajizo, adornado con una gran
franja, como de á tercia, de encaje negro. Dudaba si sacarlo
ó no: queria ponérselo y temia ponérselo; queria lucir aquel
dia su mejor vestido, y temia al mismo tiempo estar dema
siado guapa con él ¿Por qué? Y se detenia pensativa y triste,
sin atreverse á sacar á la luz pública aquel tesoro tanto tiem
po escondido. ¿Por qué? Porque Elías se habia puesto tan
fastidioso (así decia ella), estaba tan maniático y la reñia
tanto sin motivo!... Véase qué singularidad. La semana ante
rior estaba cosiendo y arreglando la cenefa del vestido que
, se habia roto, cuando entró aquel hombre, y bruscamente le
dijo:
—¿Qué haces ahí?... Siempre pensando en componerte.
¿Para qué te ocupas en esas fruslerías?
Ella, la verdad sea dicha, aunque tenia una razonable con
testacion que dar á aquella pregunta, no se atrevió; y do
blando tristemente su obra, fué á sepultarla en la cómoda.
Elías no se ablandó por esta prueba de sumision, y en touo
mas agrio y severo le dijo al verla tirai de lagabeta:
—Cuando digo que te has echado á perder...
Pero no fué esto lo peor que escuchó la pobrecilla, mien
tras llena de vergüenza devolvia á la tumba aquel despojo
que habia querido profanar sacándolo de tan venerable asilo..
No fué esto lo peor que oyó, porque el viejo, bajando la voz
y como si hablara consigo mismo, dijo:
—Al fin tendré que tomar una determinacion contigo.
¡Jesús, santos y santas del cielo! Qué determinacion será
esa... Si querrá tambien el viejo encerrarla á ella en la mis
ma gabeta como una prenda sin uso...
Aquello de la determinacion la tuvo preocupada muchos
dias. En vano trató de sondear el ánimo del viejo. ¡Ah! Pero
si ella no sabia sondear ánimos de nadie... El único medio
de que se hubiera valido para averiguarlo, era preguntárselo
sencillamente, y á esto no se atrevia.
Aun hubo mas. Por la triste calle de Válgame Dios solia
pasar una ramilletera que en su cesta llevaba algunos mano
jos de claveles, dos docenas de rosas y muchas, muchísimas
violetas. Clara observaba al través de los cristales el paso de
aquellos frescos colores que le atraian el alma, de aquellos
suaves perfumes, que hacia esfuerzos por poder aspirar desde
el balcon. Un dia se decidió á comprar unas flores, y mandó
á Pascuela por ellas. Clara las tomó, las besó mil veces, les
puso agua, las acarició, se las puso en el seno,' en la cabeza,
y no pudo menos de mirarse al espejo con aquel atavío; las
volvió á poner en el agua, y por último las dejó quietas en
un búcaro que tuvo la imprudencia de colocar donde Coleti
Ha ponia su baston y su sombrero cuando llegaba de la calle.
¡Oh! Sin duda él al entrar se habia de poner alegre viendo
las flores. Las flores le gustariian mucho. ¡Qué sorpresa ten
driia!... Esto pensaba ella. Decididamente era una tonta.
El fanático llegó y se acercó á la mesa; pero al poner en
ella su sombrero, chocó este con el vaso, que cayó al suelo,
soltando las flores y vertiendo el agua en las mismas piernas
del realista.
El hombre montó en cólera, y mirando con furor á la
huérfana, que estaba temblando, dijo:
—¿Qué flores son estas? ¿Quién te ha mandado comprar es
tas flores? Clara, ¿qué devaneos son estos? ¡Coqueta! No hay
ya remedio. Te has echado á perder. ¿Tambien quieres lle
narme de flores la casa?
Clara quiso contestarle, pero aunque hizo todo lo posible,
no le contestó nada. Elías pisoteó las flores con furia.
—Estoy resuelto á tomar la determinacion.
Otra vez la determinacion. Qué determinacion seria aque
lla, pensaba Clara en el colmo de su confusion y de su mie
do. Despues, retirada á su cuarto pensó en aquello, y decia
para sí: n ¿Querrá matarme?„
90
i — ¡Ah! ¿El militar aquel del otro dia... ¿Y dices que se
queria meter aquí?
—Sí, y despues me preguntó por Vd.
— ¿Por míl ¿Y qué le dijiste?
—Que estaba güeña. Despues dijo que si estaba aquí el
viejo. Ya ve Vd. qué poco respeto. ¡El viejo! ¡Qué irreveren
cia! Yo le dije que no. El me dijo que queriia entrará hablar
conmigo..'. Pero vamos... yo soy muy maliciosa, y yo me ma
licio...
-¿Qué?
—A mí no me engañan así con palabritas. Como es una
tan guapetona...
—No tengas cuidado,-—dijo Clara riendo.—Es que está
enamorado de tí y quiere casarse contigo. Si lo sabe el taber
nero...
—¿Mi Pascual? No lo sabrá... porque si sabe Pascual que
hay un señorito que dice chicoleos á Pascuala...
Advirtamos que esta fregona tenia por novio á un Pascual
que habia fundado nada menos que una taberna en la calle
del Humilladero. Aquellas relaciones honestas y nobles, pa
recian muy encaminadas al matrimonio; y como ella era así
tan guapetona, habia probabilidades de que aquel par de
Pascuales se unieran ante la iglesia para dar hijos al mundo
y agua al vino.
—Pues como Pascual lo llegue á saber...
—Pero yo soy muy pícara... y se me ha puesto en la cabe
za... ¿Sabe Vd. lo que se me ha puesto en la cabeza?
-¿Qué?
— Que él no quiere entrar aquí por mí, sino por Vd¡
—¿Por mí? No seas tonta,—dijo Clara riendo con la mayor
naturalidad.
— ¿Le dejo entrar?
—No: cuidado. Por Dios, no hagas tal. No vuelvas á ha
blarle mas. ¿A qué tiene que venir aquí ese caballero?
—Yo me malicio... Aunque una es así tan guapetona... Yo
me malicio que á mí no me quiere pa maldita de Dios la co
91
sa... porque al fin, siempre es una criada y él un caballero...
Pues parece persona muy principal. Digo ¿Le dejo en
trar?....
—Jesús, Pascuala: no lo vuelvas á decir—esclamó séria-
mente Clara.— ¿ Pero á qué quiere entrar aquí ese caba
llero?
—Toma: á verla á Vd.
— ¿Y para qué quiere verme á mil
—Toma: para verla.
-— ¡Qué ocurrencia!— dijo un poco pensativa.
En esto se sintió un campanillazo. Abrieron y entró Cole
tilla.
Las dos muchachas seguian su coloquio, cuando sintieron
ruido en la calle rumor de voces agitadas, algunos gritos y
pasos precipitados. Asomáronse los tres, y vieron que dis
currian varios grupos por la calle. Los chisperos mas famosos
del barrio dejaban sus hierros, y salian á-la calle en busca de
aventuras. Coletilla lanzó una mirada de rencoroso desden
sobre los transeuntes y cerrando con estrépito el balcon,
dijo :
—¡Otra asonada!
Las dos muchachas temblaron acordándose del miedo que
tuvieron pocas noches antes. -
— ¡Ay, cuando se acabarán eítas cosas! — dijo Clara.
—¡Pronto!— dijo con sequedad el viejo sentándose y to
mando una carta que habia sobre la mesa. — ¿Quién ha traido
esta carta?
— Una vieja, muy vieja, dijo Pascuala.
—Es de las señoras de Porreño,—dijo en voz baja Elías,
abriendo la esquela.
La leyó; despues tomó su capa y su sombrero y dijo á las
chicas :
—Vojí á salir, tengo que hacer: no volveré en toda la
tarde. Mi sobrino llegará esta noche á eso de las ocho: yo no
vendré hasta las diez, lo mas temprano. Que me espere
aquí.
92
Y embozándose en su capa, miró un triste reló, que conta
ba con triste compás la vida en uno de los testeros de la
sala.
—No abrais á nadie: cuidado con la puerta,—continuó. —
Echad todos los cerrojos. Cuando venga mi sobrino, dadle
algo que comer, y que me aguarde.
—¿Pero cómo va Vd. á salir con esos alborotos?—dijo Cla
ra con temor.—No nos deje Vd. solas: tenemos mucho
miedo.
—¡A mí! ¿qué me han de hacer á mí? ¡ Ay de ellos!—escla
mó con furor.—Tened cuidado con la puerta, os repito.
Y despues, como hablando consigo mismo, dijo en voz
baja:
— Sí: es preciso tomar una determinacion... buena deter
minacion.
Clara pudo oirlo, y pensó en la cómoda, en el traje en las
flores, en el cuchillo y en la determinacion, en aquella mal
dita determinacion, que no conocia. Pero aun esto, que la
tuvo cabizbaja y melancólica un buen rato, no fué bastan
te para quitarle la felicidad que aquel dia rebosaba en su
-alma.

CAPITULO IX.

Los prímeros pasos.

Los grupos de la calle crecian. La poblacion toda; presen-


taba ese aspecto estraño y desordenado que no es' tumulto
popular, pero sí lo que le precede . Aquella tarde, que era la
del 18 de Setiembre de 1821, presentaba Madrid ese aspecto.
La mayor parte de sus habitantes estaban en la calle. El an
93
.sioso "¿Qué hay;?., salia de todas las bocas. Basta que se paren
dos para que enseguida se vayan adhiriendo otros hasta for-.
mar un espeso grupo. Entonces todos los que vemos nos pare
cen malas caras. El accidente mas curioso en tales dias es el
que ofrece la llegada de la persona que se supone enterada de lo
que va á haber. Rodéanle: el enterado se hace de rogar, prin
cipia á hablar en lenguaje simbólico, para aumentar la curio
sidad, sienta por base que sin la mas profunda discrecion y
la promesa de guardar el secreto, no puede decir lo que sabe.
Todos le juran por lo mas sagrado que guardarán el secre
to, y por fin, el hombre empieza á contar la cosa con mucha
oscuridad; escitado por los oyentes, se decide á ser claro, y
les encaja tres ó cuatro bolas de tente-tieso, que los otros se
tragan con avidez, desbandándose en seguida para ir á vomi
tarla en otros grupos ; tan indigestos son esta clase de
secretos.
La tarde á que nos referimos era casualmente cierto lo que
nuestro amigo Calleja, enterad/) oficial de la Fontana, dijo
en uno de los principales grupos, formados en la Carrera.
—Pues qué, ¿no saben Vds.?— decia bajando la voz y ha
ciendo unos gestos dignos del único espartano, que escapado
en las Termopilas, llevó á Atenas la noticia de aquella catás
trofe memorable.—¿No saben Vds? Pues no hay mas sino que
mañana habrá gran procesion cívica en honor de Riego, cuyo
retrato será paseado por todas las calles de la corte.
—Bien, bien—dijo uno de los agentes.—¿Ibamos á consen
tir en que se maltratara al héroe de las Cabezas, al fundador
de las libertades de España? .
—Pues lo grave es que el gobierno está decidido á que no
haya procesion. Pero es cosa decidida. Le Fontana lo ha re
suelto y se hará: ya está preparado el retrato. Y por cierto
que es una linda obra: está representado de uniforme, y con
el libro de la Constitucion en la mano, ¡Gran retrato! Como
que lo hizo mi primo, el que pintó la muestra del café Vicen-
tini.
—lY el gobierno prohibe la fiesta?
94
—Sí: no le gustan estas cosas. Pero habrá procesion ó no
somos españoles. El gobierno la prohibe.
En efecto, en aquel momento las esquinas recibian un em
plasto oficial, en que se leia el bando prohibiendo la fiesta
preparada por los clubs para el siguiente dia. La tropa esta
ba sobre las armas.
—Y esta noche tenemos gran sesion en la Fontana.
—Mira, Perico, guárdame un buen sitio esta noche;—dijo
un jóven que formaba parte del grupo—guárdame un puesto,
que tengo que ir esta noche á primera hora al parador del
Agujero á recibir unos amigos que vienen de Zaragoza.
Y despues añadió con misterio, dirigiéndose á otros dos ó
tres que parecian amigos suyos.
—Buenos chicos, aquellos chicos de Zaragoza, de que os
he hablado. Esta noche llegan. Son del club republicano de
allá. Buenos chicos.
— lY llegan esta noche?
—Sí: en cuanto vengan, les llevaré allá. A ver si nos ha
ceis un lugarcito. Esta noche no se puede perder la sesion.
El grupo se disolvió: al mismo tiempo la siniestra figura
de Tres-Pesetas cruzaba por la calle, unida á la no menos
desapacible de Chaleco.
Del grupo salieron tres jóvenes de los que hablaron ante
riormente. Eran tres mancebos como de veinte y cinco años.
No podemos llamarles lechuguinos netos; pero tampoco po
dia decirse de ellos que carecian de toda distincion y elegan
cia. Eran amigos íntimos, que compartian sus fatigas y sus
goces, las fatigas de la pobreza estudiantil y los goces del
aura popular, conquistada con artículos de periódico y dis
cursos en el club.
El uno era un jóven de familia distinguida, un segundon,
á quien habian mandado á estudiar cánones y sagrada teolo
gía á Salamanca, con el objeto de que fuera sacerdote y
disfrutara unas pingües capellanías que habian pertenecido
á un tio suyo, chantre de la catedral de Calahorra. Capellan
te vean mis ojos, que obispo como tenerlo en el puño. En
95
efecto, Javier, que así se llamaba el muchacho, hubiera sido
obispo, porque su familia tenia gran influencia. Pero el chico
que no amaba los hábitos, y se sentia impresionado por las
nuevas >clteas, hizo su hatillo, y falto de dineros, aunque no
de osadía, se puso en camino, y se plantó en Madrid en el
mismo bendito año de 1820. Vago por las calles solo; pero
pronto tuvo bastantes amigos, escribió á su abuelita, que le
concedió un medio perdon y algunos cuartos (pocos; porque
la familia, aunque la mas noble del territorio leonés, se ha
llaba en situacion muy precaria); marchó despues á Zaragoza,
donde vivió algunos meses, figurando mucho en los clubs
democráticos, y volvió despues á la córte no muy bien comi
do ni bebido; pero alegre en demasía. Escribia en El Uni
versal furibundos artículos, y contento con su poquito de
gloria, iba pasando la vida, pobre, aunque bien quisto. Cau
tivaba á todos por la amabilidad de su carácter y lo genero
so de sus sentimientos. En política profesaba opiniones muy
radicales y pertenecia á la fraccion llamada entonces exal
tada. .,
A la misma pertenecia el segundo de estos tres amigos
tíue describimos, el cual era andaluz, de veinte y tres años,
delgado, pequeño y flexible. En Ecija, su patria, pasaba el
tiempo escribiendo versos á Marica, á Ramona, á Paca, á la
fuente, á la luna y á todo. Pero todo cansa, y la poesía á se
cas no es de lo 'que mas entretiene: un dia se encontró abur
rido y pensó salir del pueblo. Pasó por allí á la sazon el
ejército de Riego, y aquellas tropas escitaron su curiosidad.
Preguntó: le dijeron que eran los soldados de la libertad,
y esto resonó en sus oidos con cierta agradable armonía.
nMe voy con ellosn dijo á sus padres. Estos eran muy pobres
y contestaron: nHijo, vete con Dios, y que El te haga bueno
y feliz: pórtate bien, y no te olvides de nosotros.n
El poeta siguió el ejército: lloraron sus padres y aun es
fama que lloraron á escondidas tres de las chicas mas guapas
de Ecija. Al llegar á Madrid, el jóven volvió á ser poeta, y
entonces hacia versos al rey cuando abria las Cortes, á Ama
96
lia, á lliego, á Alcalá Ualiano, á Quiroga, á Arguelles. En su
vida cortesana, este poeta, que, como despues veremos, pert
enecia á la escuela clásica en todo su vigor, pasó algunos
apurillos clásicos; mas despues, escribiendo en casa de un
abogado, desempeñando funciones modestas en el periódico
El Censor, vivia, siempre alegre, siempre poeta, siempre
clásico, apreciado de sus amigos, con alguna fama de cala
vera, pero tambien con opinion de jóven listo y de buen
fondo.
La fisonomía del tercero no era tan agradable ni predispo-
nia tanto en su favor como la de los anteriores. Sin embar
go, tenia fama de buen chico, y en cuanto á opiniones polí
ticas, no podia echársele en cara la tibieza, porque era frené- ,
tico republicano. Algunos mal intencionados decian que en
el fondo era realista, y que solo por cálculo hacia alarde de
aquel radicalismo intransigente. Pero aun no tenemos moti
vos para aceptar esta aseveracion que es quizá una calumnia.
Llamábanle el doctrino, porque habia estudiado primeras
letras en el colegio de San Ildefonso. No podia negarse que
habia en su carácter cierta astucia disimulada, y en sus mo
dales alguna afectacion bastante notoria. Era hijo natural
de un vidriero, que le reconoció al morir, dejándole una pe
queña fortuna; pero los albaceas testamentarios, á quienes
el difunto dió amplios poderes, hicieron un inventario del
cual resultaba que el vidriero no habia dejado en el mundo
cosa alguna de valor. El doctrino les pedia dinero, y ellos le
soliau decir: nTome Vd. para un semestre- n Y le daban una
onza.
Pero sus amigos le ayudaban á vivir, le mantenian y le
compraban algun leviton de pana. Era. curioso (y aun llegó
á tratarse sériamente del asunto) que poco antes de la época
en que esta historia comienza, el doctrino gastaba mas dine
ro que de costumbre; y cuando sus amigos le preguntaban el
orígen de aquel caudal, respondia evasivamente y mudaba de
conversacion.
Estos tres jóvenes eran inseparables, sin que alteraran la
&7
paz las desventuras pasajeras del uno, ni las ganancias for
tuitas del otro. La onza semestral del doctrino perecia en
Lorencini ó en la Fentana en dos dias de café, chocolate y
Jerez; pero despues Javier escribia un artículo tremendo so
bre la soberanía nacional para comprarle unas botas al poeta
clásico, y el mismo doctrino sacaba de un misterioso bolsillo
un doblon de á cinco para atender á las necesidades amorosas
de Javier, que tenia pendiente cierta cuestion con la hija de
un coronel de caballería, hombre atroz y fiero como un
cosaco.
Estos tres jóvenes vagaron juntos por las calles, acercándo
se á los grupos, preguntando á todos, contando noticias
fraguadas por la fecunda imaginacion del poeta, hasta que,
llegada la noche, se dirigieron al parador del Agujero, sito
en la calle del Fúcar, á esperar á unos amigos de Javier, que
llegaban aquella misma noche de Zaragoza.
Ni en lar arquitectura antigua ni en la moderna, se ha co^
nocido un monumento que justificara mejor su nombre que
el parador del Agvjero en la calle del Fúcar. Este nombre
creado por la imaginacion popular, habia llegado á ser ofícial
y á verse escrito con enormes y torcidas letras de negro humo
sobre la pared blanquecina de la fachada. Un portalon ancho
pero no muy alto, le daba entrada; y esta puerta, cuyo dintel
consistia en una inmensa viga horizontal y un poco encorva
da por el peso de los pisos principales, era la entrada de un
largo y oscuro callejon que daba á un destartala-do patio.
Este patio estaba rodeado por unos pesados corredores de
madera en los cuates se veian algunas puertas numeradas.
En lo alto residia el establecimiento patronil de La Rioja-
na, antonomásia imperecedera que se conservó por tres gene
raciones. Allí se servia á los viajeros, recien descoyuntados y
molidos por el suave movimiento de las galeras, algun peda-
zo de atun con cebolla, algun capon, si era Navidad ó por
San Isidro, callos á discrecion, lonjas escasas de queso man-
chego, perdiz manida, con Valdepeñas y Pardillo. Esta comi
da frugal, servida en estrechos recintos y no muy limpios
7
98
manteles, era la primera estacion que corria el viajero para
entrar despues en el via crucis de las posadas y albergues de
la villa.
Dos veces al dia un ruido áspero y creciente aumentabala
normal algarabía del barrio. Se oian las campanillas, el chas
quido del látigo y un estrépito de ruedas, que de bache en
bache, de guijarro en guijarro, iban saltando. La máquina
llegaba frente al portal, y aquí era donde se probaba la ha
bilidad náutico-cocheril del mayoral: la máquina daba una
vuelta, los machos entraban en el portal, y tras ellos el vehí
culo, siendo entonces el ruido tan formidable, que la casa
parecia venirse al suelo. El navío daba fondo en el patio, los
brutos eran desenganchados, el mayoral bajaba de lo alto de
su trono, y los viajeros, que aun se mantenian con la cabeza
indinada, y muy agachados, resabio de cuando atravesaron
el portal, notaban al fin que no tenian el techo en la corona,
se admiraban de Verse con vida, y descendian tambien.
Aquí, si habia parientes esperando, empezaban los abrazos,
los besos, las felicitaciones. Era propinado con algun real
mal contado el cochero, y cada cual se iba por su camino,
siendo costumbre tomar allí mismo en los aposentos de la
Riojana un preámbulo estomacal para poder subir la calle de
Atocha, que era entonces algo mas inaccesible que ahora.
Esta vez, cuando la nave hizo su parada definitiva en el
patio, hubo una aclamacion general. El Doctrino abrazó á
sus amigos. Por otro lado, una jóven esposa abrazaba á su
esposo, y un viejo abrazaba á una niña. Uno de los que mas
tarde se han bajado del coche se detiene admirado delante
de los tres amigos, y esclama:
—¡Javier!
—¡Lázaro!
Y se abrazaron con efusion. Despues de los monosílabos
de alegría y sorpresa, el segundo dijo al primero:
—¿Tú en Madrid?... ¡al fin! ¿Vienes de Ateca?
—Sí. - ,
—Bien. No pedias llegar mas á tiempo. ¿Y los amigos de
99
Zaragoza? ¿Pero de dónde vienes?... ¿Y el club... y nuestro
club?...
—Ya sabes que nos lo disolvieron. Hace seis meses que
estoy en Ateca.
—¿Y estarás mucho aquí?
—¡Siempre! _
—Bien. Aquí la juventud, la vida. Y si he de decirte la
verdad... hacemos falta.
—Sí... ¿eh?
—Señores: aquí teneis á mi amigo, al grande orador del
club de Zaragoza, mi amigo y compañero.
Los demas jóvenes, tanto viajeros como visitadores, ro
dearon al aragonés.
Espliquemos. Cuando Javier estuvo en Zaragoza trabó
amistad muy íntima con Lázaro. En el club fueron los que
contribuyeron á la propagacion de las ideas democráticas
(democracia de 1820), que entonces cundieron rápidamente
por aquella noble ciudad. Privadamente estos dos jóvenes,
afines por carácter y temperamento, se miraban como her
manos, tenian una misma bolsa, comian en un mismo plato,
y confundian en un comun sentimiento sus pesares y alegrías.
Desde la salida de Lázaro para su pueblo no se habian visto.
— ¡Cuánto me alegro de que vengas acá!—dijo Javier,
abrazándole otra vez.—Hacen falta jóvenes como tú. La ju
ventud de ayer se va corrompiendo: unos se enervan, otros
retroceden, y algunos se venden por falta de fé.
—Señores: vamos á Vicentini,— dijo el Doctrino, llevándo
se á sus amigos.
—¿Qué Vicentinil... á La Cruz de Malta,—dijo otro.—Allí
hay muchos aragoneses; todos son aragoneses.
—Este no viene sino á la Fontana,— dijo Javier, señalan
do á su amigo.
—¡Viva la Fontana, el rey de los clubs!—esclamó el poeta.
— Y el club de los reyes,— dijo uno que se escurrió como
si hubiera dicho una imprudencia.
— ¿Quién ha dicho eso?— esclamó el Doctrino furioso.
100
—No hagas caso; es uno de los que creen esas calum
nias,—dijo Javier. —Vamos, señores, esta noche hay gran"
sesion en la Fontana.
—Mañana me llevarás allá,— dijo Lázaro á su am igccttt
empeño.
—¿Cómo mañana? Esta noche njjsma, ahora mismo. ¿Vas
á perder la mas importante sesion que se ha visto ni verá?
—¿Pero cómo puedo ir esta noche? Si acabo de llegar. Ten
go que ir á casa de mi tio.
—¿Tienes aquí un tio? ¿Es liberal?
—Presumo que sí: no le conozco.
—¿Y ahora vas allá?
—Naturalmente.
—¡Qué disparate! Déjate ahora de tios. Vente á la Fonta
na. Son las ocho: ya va á empezar. A la salida te vas á tu
casa.
—Hombre.... eso no me parece bien,—dijo Lázaro sus
penso.
—¿Pero cómo vas á perder esta sesion? Habla Alcalá Ga-
liano, Romero Alpuente, Florez Estrada, Garelli y Moreno
Guerra. No habrá otra sesion como esta. ¿Qué mas da que
vayas á tu casa ahora ó á las doce? Tu tio creerá que no ha
llegado la diligencia.
—Hombre, no. Estoy cansado. Me esperan tal vez en su
casa.
—No seas tonto. Vente á la Fontana. No hay mas reme
dio sino que vas. ¿Dónde vive tu tio?
—Calle de Válgame Dios.
— ¡Jesús, qué lejos! No vayas allá ahora.
Lázaro tenia un vivo deseo de llegar pronto á casa de su
tio: ya se comprenderá por qué. Pero le era humanamente
imposible, porque su cariñoso amigo le llevaba casi por fuer
za al club. Además las razones con que disculpaba aquella
determinacion teniau tambien algun peso en su mente.' Aquel
recibimiento caluroso, la noticia de aquella gran sesion de la
Fontana que consideraba como la mas solemne, inteligente
101
y brillante de España, estimularon el entusiasmo á que siem
pre propendia su carácter, y se dejó llevar.
Quién sabe si habia algo de providencial en aquella estem-
poránea visita á la Fontana. Fuera cosa de ver que sin sacu
dir el polvo del camino (esto pensaba él) le acogieran con
aplauso en el club mas ilustre y célebre de la monarquía. Tal
vez le conocian ya de oidas por sus brillantes discursos de
Zaragoza. ¿Cómo tal vez? Sin duda le conocian ya. A estos
pensamientos se mezclaba el orgullo de que á oidos de Clara
llegara al dia siguiente su nombre, llevado por la fama. Una
apoteósis se le presentaba confusamente ante la vista. ¿Por
qué no? Sin duda aquello era providencial.
Así es que la resistencia que al principio puso á la idea de
Javier de llevarle tan fuera de tiempo á la Fontana, se fué
disminuyendo á medida que se acercaba.allá. No le tengais
por loco todavía .
Llegaron . La puerta estaba obstruida por un inmenso gen
tío. Pero el Doctrino con los suyos y Javier con Lázaro y el
poeta tuvieron medio de entrar por un patio interior. La se
sion era muy agitada. Un orador acusaba al gobierno de la
destitucion de Eiego. Contó lo que habia pasado en Zarago
za, y acusó á los habitantes de esta ciudad por no haber de
fendido á su general.
—Poner la mano —decia—en un héroe como Riego es la
mayor de las profanaciones. ¿Y qué ha hecho Zaragoza? ¡Oh!
la ciudad en que tal cosa ha pasado, permaneció muda y per
mitió que su capitan general fuera destituido; dejó que un
vil esbirro manchara la sagrada nocion de la autoridad, des
pojando de ella á Riego! ( Grandes aplausos.) Se ha dado el
pretesto de que Riego fomentaba el desórden en todo Ara
gon. Esto no es cierto: es una mentira fraguada en esos os
curos conciliábulos de cierto palacio que no quiero nombrar.
(Rumores y risas.) Se le manda de cuartel á Lérida como un
sospechoso y se entrega el mando al jefe político. ¿Quién es
ese jefe político? Siempre fué enemigo de la libertad. Todos
e conoceis: es un enemigo encubierto de la libertad. jAbajo
102
los disfraces! (Aplausos. ) Lo que se quiere, bien lo conoceis,,
es ir apartando poco á poco de los cargos públicos á los bue
nos liberales, para poner en ellos á esos hipócritas que se lia -
man nuestros amigos, y nos detestan en el fondo de sus co
razones corrompidos. (¡Sí! ¡sí! ¡sí!) ¿Qué se pretende? ¿A
dónde nos conducen? ¿Qué va á resultar de esto? ¡Ay de la
libertad que hemos conquistado! Mucha atencion, ciudada
nos. No os descuideis. Estad alerta, ó si no, ¡ay de la liber
tad! (¡Bien, bien!)
Pero, lo repito, señores: ¡de quien tengo mas quejas es del
pueblo de Zaragoza, de ese pueblo, que yo creí el mas gran
de de la tierra, y que no lo es!... ¡No, no lo es! (Rumores)-
¿Por qué permitió que Rie^o fuera destituido? ¿Por qué le
dejó marchar? ¿Y es esta la ciudad de 1808? No: yo diré á esa
ciudad: no te conozco, Zaragoza. Tú no eres Zaragoza. Ya no
sabes levantarte como un solo aragonés. Has dejado atrope-
llar á Riego. ¡Tú nos salvaste en otro tiempo. Pero hoy, Za
ragoza, nos has perdido! (Grandes y continuados aploMSOS.)
Un jóven se levantó (era aragonés).
—Protesto, dijo, con la mayor energía contra las acusacio
nes lanzadas á mi patria, á la noble capital de Aragon, por
ese señor cuyo nombre no sé... ni quiero saberlo. ( Una voz
dice: Alcalá Galiana.) Mi patria no ha olvidado su honor.
¿Qué quereis que hiciera contra lo mandado en \m decreto
del gobierno constitucional?...
— ¡Desobedecerlo!—gritaron varias voces.
—Señores: dejadme continuar.
— ¡Que siga, que siga!
— Protesto en nombre de mis paisanos, y afirmo que es Za
ragoza el pueblo de España que mas ha hecho en todos tiem
pos por la libertad. ¿No se la acusa de ser un foco de exalta
cion republicana? ¿No se ha dicho que de allí salen las ideas-
mas disolventes que allí se elabora una conspiracion para
sostener la república?
—Hechos quiero, y no palabras -dijo el primer oi-ador.
—Pues hechos tendreis. ¿No sabeis que existe en.Zaragoza
103
un club cuya influencia y prestigio alcanza á todo Aragon?
Ese club, llamado democrático, ha sido en dos años la mas
entusiasta y eficaz asamblea de la nacion. Lo que allí se ha
predicado, bien lo sabeis. Las voces elocuentes que allí han
resonado, bien autorizadas son. La propaganda que allí se ha
hecho, ha llegado hasta aquí. (Rumores.)
—No sabemos lo que es ese club. Siempre nos hablan us
tedes los aragoneses del club de Zaragoza, y aun hoy no sa
bemos lo que es eso. ¿Qué es eso? Mucho discurso democrático
pero ningun acierto para hacer propaganda y formar un par
tido. Pero en último resultado, ¿cuáles son las teorías de ese
club tan decantado? Yo desconfio de él. ¿Quién habla en ese
club? Conozcamos á sus hombres. Creo que la mayor parte
de los que estamos aquí reunidos, miraran á esa insignifican
te reunion con el desden que merece, ( Voces y algazara.)
Muchos aragoneses se levantaron apostrofando al orador.
Lázaro escuchaba todo inmutándose por grados. Sus amigos
le decian en voz baja que defendiese al club de Zaragoza. De
repente un aragonés se levantó en medio de la sala, y seña
lando al sitio donde se hallaba Lázaro con los demás llega
dos aquella noche, dijo:
—Presentes están algunos señores que han pertenecido á
ese club.
Todos miraron á aquel sitio .
—Bien—dijo el orador. —Si están ahí esos señores, que ha
blen; que nos digan lo que ej^ese club y qué ha hecho. Que
remos oirles: que hablen, i+i ,
—¡Aquí está el orador mas notable del club democrático de
Zaragoza!— dijo en voz muy alta Javier, señalando á su
amigo.
—¡Sí, sí! —dijeron todos los aragoneses que habia en el re
cinto, reconociendo á su compatriota. Defiéndanos Vd., de
fiéndanos.
Todas las miradas se fijaron en Lázaro ¡Cosa singular! En
aquel momento, una súbita trasformacion se verificó en el
ánimo del jóven. Se sintió turbado, se esforzó en saludar,
104
quiso hablar y no pudo. Pero le impelian hácia la tribuna, y
no habia remedio. Si no hablaba ¿qué dirian de él? Lázaro ha -
bia brillado en Zaragoza por su elocuencia: habia aprendido a
dominar la multitud, á sobreponerse á ella, á manejarla á su
antojo. Pero en aquella ocasion se encontraba novicio, se des
conocia, tenia miedo.
— ¡Que hable, que hable!
—Abrid paso, esclamó uno de los diputados mas nota
bles de las Cortes de entonces
Lázaro tuvo una inspiracion: el recuerdo de su jóven y
amable amiga le fortalecia; y á la manera de aquellos caba
lleros autiguos, que invocaban el auxilio soberano de su da
ma antes de entrar en combate, procuró evocar todas las imá-
- genes de gloria y felicidad que le habian dado estímulo. En
sanchado el pecho con esto, subió á la tribuna. Desde arriba
miró aquella multitud de cabezas apiñadas, y recibió de un
golpe las miradas curiosas de tantos ojos.
Aquello le pareció un abismo. Su rostro, encendido por la
turbacion, se puso bruscamente muy pálido. Hubiera queri
do hablar con los ojos cerrados. Aquellos diputados, aquellos
escritores, aquellos políticos eminentes que veia en torno su
yo, le daban miedo. Pero él tenia mucho corazon y logró do
minarse un poco. ¿Pero cómo iba á empezar? ¿Qué iba á de
cir? En un supremo esfuerzo de inteligencia, recogió sus
ideas, formuló mentalmente una oracion, miró al auditorio...
El auditorio le miró á él y obsecró que estaba pálido como
un cadáver. Lázaro tosió; el auditorio tosió tambien. La pri
mera palabra se hacia esperar mucho: por fin el orador tomó
aliento, y desafiando aquel abismo de curiosidad que se abriia
ante él, comenzó á hablar.
CAPITULO X.

La prímera batalla.

Lázaro era un poco retórico en la augusta cátedra del club


democrático de Zaragoza. Parece que allí tenian buena aco
gida ciertas fórmulas del decir que nuestro jóven habia
aprendido con su maestro de humanidades de Tudela, varon
docto de la escuela pura de Luzan. El jóven tenia, sin em
bargo el instinto de la elocuencia tribunicia, seca, rotunda,
incisiva, desnuda. Pero á pesar de esto era un poco retórico,
y la Fontana, por desgraciaren aquella ocasion, era enemiga
declarada de la retórica, y mas enemiga aun de las frases he
chas, de los lugares comunes y de esos preámbulos oficiosos,
neciamente corteses y en estremo fastidiosos de la oratoria
académica.
Lázaro tuvo la mala tentacion (porque tentacion del de
monio fué sin duda) de empezar con aquello de su pequenez
en presencia de tantos grandes fiambres, y lo escogido é ilus
trado del auditorio, siguiendo despues lo de su confusion y
su necesidad de indulgencia, sus escasas fuerzas, etc., etc. El
exordio fué largo: otra desventura. Algunas voces dijeron:
nal grano, al grano. n
Pero á Lázaro le fué un poco difícil dar con el grano, lo
cual no es de estrañar, porque no estaba preparado, ni habia
vuelto aun de la sorpresa. En vano hízo una sinécdoque de
las mas espresivas; en vano quiso dominar al público con
cuatro litotes y dos ó tres metonimias: no era aquel el cami
no. Dijo algunas generalidades que á él le parecian muy nue
vas; pero que en realidad eran viejísimas, y concluyó un pár
rafo con dos ó tres sentencias plutarquianas, que á él le pa
106
recian encajar como de molde, pero que no produjeron sen
sacion ninguna. El esperaba un aplauso: nadie aplaudió.
Lázaro estaba acostumbrado á oir aplausos desde el prin
cipio: esto le daba estímulo. La frialdad que notaba en el au
ditorio en aquella ocasion le desanimó. Quiso pensar en esto,
y casi estuvo á punto de no saber qué decir. Y sin embargo,
él tenia fijos en la imaginacion algunos magníficos pensa
mientos; pero ¡cosa singular! no los podia decir. Le parecia
verlos escritos delante; pero por un misterio, natural en aque
llos momentos, no encontraba la forma oratoria para espre
sarlos. ¡Qué contrariedad! Poco á poco hasta la voz se le en
ronqueció. Sin duda habia en el espíritu de nuestro amigo
una influencia maligna. Hablaba con frialdad unas veces;
notábalo él mismo, y al querer corregirlo, gritaba demasiado.
Las ideas le faltaban, las imágenes se le desvanecian, las pa
labras se le atrepellaban en la boca.
¡Ah! ¿Dónde estaban aquellas peroraciones internas llenas
de vida, de vehemencia, persuasivas como una voz divina?
¿Dónde estaba aquella lógica terrible, que en la profundidad
de sus deliquios oratorios hervía en su cerebro, el cual pare
cia pequeño para tantas ideas? ¿Dónde estaban los pen
samientos sublimes, la facundia descriptiva, la facultad pin
toresca, la sentencia concisa y profunda? Sí: él sentia bullir
todo esto allá dentro; dentro de aquel Lázaro solitario y
apasionado que hablaba á la naturaleza en el silencio de la
noche; que hablaba á la sociedad en lo profundo de un sue
ño. Las ideas, las formas, el lenguaje, todo lo tenia, todo lo
sentia dentro de sí; pero no podia, no podia de ningun
modo espresarlo.
En todo orador hay dos entidades; el orador propiamente
dicho, y el hombre. Cuando el primero se dirige á la multi
tud, el segundo queda detrás, dentro, mejor dicho, hablando
tambien. Dos peroraciones simultáneas son producidas por
un mismo cerebro. Una es verbal y sonora; dejémosla al pú
blico. Otra es profunda y muda: examinémosla. Lázaro des
cribia, apostrofaba, rebatia, esponia, declamaba. Interior
107
mente, la otra voz parecia decir esto: ni Qué mal lo estoy ha
ciendo! ¡No me aplauden! ¿Qué debo decir ahora?... ¿Trataré
este punto?... No lo trato... ¿Y aquella idea que antes me
ocurrió?... ¡Se me ha escapado!.. .n Y al mismo tiempo no in
terrumpia su oracion; continuaba defendiendo el club de Za
ragoza, esplanaba un sistema democrático, y hacia ademas
una breve historia de la república. Pero la voz de dentro se
guia de este modo: nNo sé qué hacer... ¿Por qué no me-aplau
den?... No me conozco... Yo tenia tantos argumentos... ¿Dón
de están?... ¡Ah! Voy á emitir esta gran idea... Ya la he di
cho... No ha hecho efecto... procuraré ser esmerado en la fra
se... Esta oracion va bien... ¿Como la terminaré?... ¡Qué apu
ro!... no doy con el adjetivo... ¡Demonio de adjetivo!... ¡Ah!
terminaré con un apóstrofe... allá va... No ha hecho efecto...
no me aplauden- n
Así hablaba el alma atribulada de Lázaro, mientras con
los medios esteriores se dirigia al auditorio en un discurso
confuso, tortuoso, desigual y falto de lógica.-
Empezaron las toses. Dicen los oradores que al oir las to
ses en las pausas de sus discursos, se les hiela la sangre. Lá
zaro las oyó repetidas y comunicadas á todo el auditorio,
y resonaron en su corazon como siniestros ecos. El tosió
tambien, ¡Ah! la tos le concedió cuatro segundos de des
canso: hizo un esfuerzo desesperado, tomó algunas ideas en
aquel depósito que tenia en la mente, se ^apoderó de ellas
con firmeza, y prosiguió hablando :
"Allá va eso, decia la lengua interior; allá van... las espon
dré de este modo... no... mejor de este otro... no... mejor del
otro... de cualquier modo... ¡Oh! hay allí uno que se está rien
do... Y otro que cuchichea... Pero qué tos les ha entrado...
No les gusta lo que digo ahora... ni esto tampoco... ánimo...
Concluiré este párrafo con una cita... allá va... ¡Ah! tampoco-
ha hecho efecto..."
Compréndase bien que estas frases que nadie oye y el dis
curso que oyen todos, guardan un perfecto paralelismo.
¡Ah, qué misterios hay en la inteligencia humana, y qué
108
fenómenos tan estraños en sus relaciones con la palabra hu
mana!
¿Por qué fracasó el discurso del aragonés? ¿Fracasó por la
reunion diabólica de mil accidentes, agenos á la naturaleza
de su grande ingenio y de su fácil palabra? ¿De quién fué la
culpa, de él ó del público? Aquí hay otío gran misterio. El
público y el orador tienden á fascinarse mútuamente. El pri
mero mira y oye: no sabemos lo que es mas terrible, si la mi
rada ó el oido. Aquellos miles de pupilas dan vértigo. La
Atencion de tanta gente dirigida á una sola voz confunde y
anonada. El orador por su parte ve y oye; ve la serenidad
anhelante ó desdeñosa, y oye toser. Por eso Lázaro hubiera
deseado en algunos momentos de aquella noche ser sordo y
ciego. Pero el orador tiene sobre el público una ventaja; tie
ne un arma además de la palabra, el gesto. El tambien fasci
na, él tambien lleva en sus ojos aquel vértigo que confunde
y anonada, él generalmente mira hácia abajo para ver al pú
blico, puede mover sus brazos y su cabeza cuando el público
está como atado de piés y manos, inmóvil y viviendo solo de
atencion.
Aquella noche fatal Lázaro y el público no se fascinaron
mutuamente, no se impusieron el uno al otro, no se comuni
caron. Ni Lázaro persuadió al público, ni este aplaudió á
Lázaro. TTn público no persuadido y un orador no aplaudido
se rechazan, se repelen con energía, "Es preciso que calles, ..
hay que decir á este. "Es preciso que te marchesn hay que
decir á aquel.
El jóven aragonés habia tenido la peor de las tentaciones,
la tentacion de ser largo y difuso. Un segundo mas de lo re
gular basta á concluir la paciencia de un auditorio y á trocar
su interés en hastío: Lázaro vió pasar este segundo sin no
tarlo. Indudablemente no se comprendieron el uno al otro.
¿Se despreciaron mútuamente? ¿Se temieron mútuamente?
Tal vez empezaron por temerse; pero es lo cierto que acaba
ron por despreciaise.
Lo singular es que si se hubiera preguntado á cualquiera
109
particularmente su opinion sobre el discurso, hubiera dado-
tal vez una opinion no desfavorable; pero la opinion de un
público no es la suma de las opiniones de los individuos que
lo forman, no; en la opinion colectiva de aquel hay algo fatal,
algo no comprendido en las leyes del sentido humano. Deci
didamente Lázaro fracasaba.
Veinte veces se le ocurrió que era preciso concluir . Pero,
¡cómo? No se atrevia. Iba á concluir mal. ¡Qué horror! Y
para terminar mal, valia mas no terminar, seguir hablando,
siempre, siempre, siempre . Buscaba el final y no podia en
contrarlo. ¡Y el final es tan importante! Podia rehabilitarse
en un momento de inspiracion. ¡Oh! la idea de concluir sin
un aplauso le daba horror. Por eso temia el final y lo evita
ba. Pero era preciso acabar: á las toses siguieron los bostezos,
á los cuchicheos los murmullos. Buscaba sin cesar el
remate, daba vueltas alrededor del asunto procuraando una
salida; pero no ancontraba escapatoria: la palabra se desliza-
La de su boca, y afluia contínua, sin solucion, infinita.
"Es preciso concluir., decia la voz interior. "¿Concluir? no
hallo el fin, y el fin ha de ser bueno... ¡Dios mio: ampárame!
Resumiré... recapitularé... pero ya no me acuerdo de lo que
he dicho... ¿Pediré perdon al auditorio?... No: eso es rebajar
me..." Al fin le ocurrió la oracion final, y la empezó; pero
al llegar al final, otra oracion se enlazó con ella, y con
esta otra, y otra, y otra. Su discurso era una oscilacion
sin término; pero el público se impacientaba. Ni un minuto
mas: se apoderó del último período, resuelto á que fuera el
último. Pronunció al fin el postrer sustantivo; y despues, al
zando la voz, emitió con graduacion los tres adjetivos que le
acompañaban para darle fuerza, y calló.
La postrera palabra de aquel malhadado discurso vibró en
el espacio sola, seca, triste, con una fúnebre resonancia. Ni
un aplauso, ni una esclamacion satisfactoria la recogió. Su
voz habia caido en el abismo sin producir un eco. Parecíale
que no habia hablado, que su discurso habia sido una de
aquellas mudas, aunque elocuentes manifestaciones internas
110
de su genio oratorio. Estaba en un desierto: rodeábale una
noche. ¿Qué habia dicho? Nada. Y habia hablado mucho.
Aquello fué como si diera golpes en el vacío, como si hirie
ra en una sombra, creyéndola cuerpo humano, como si hubie
ra encendido un sol en un mundo de ciegos. Bajó con el al
ma atribulada, oprimido el corazon, ardiente y turbada la
cabeza, bañado el rostro en sudor frio.
En vano Javier quiso rehabilitarle dando algunas pal
madas tardías. El público, animal implacable, le mandó
callar. Lázaro tuvo la presencia de espíritu suficiente pa
ra contemplar cara á cara aquellas cien bocas que bosteza
ban. Robespierre se desperezaba en el mostrador con una
verdadera espresion de fastidio.
—Lo he hecho muy mal,—dijo tristemente el orador al
oido de su amigo.
—Ya lo harás mejor otro dia. Eres un gran hombre; pero no
hos tocado en el quid. Con una leccion mia estarás al cor
riente. Otro va á hablar: atiende ahora.
—No: yo me voy á casa de mi tio. No puedo estar aquí
mas tiempo. Me ahogo .
—Espera á ver lo que este va á decir.
Un segundo orador subió á la tribuna á disipar el fasti
dio que la peroracion de Lázaro habia causado. Mientras la
multitud celebraba con aplausos maquinales las frases de su
orador favorito, el otro se iba sumergiendo lentamente en
una profunda melancolía. Nada es mas terrible que estos
momentos de desencanto en que el alma yace atormentada
por los dolores de la caida: el tormento de esta situacion con
siste en cierta ridiculez que rodea todos los recuerdos de las
pasadas ilusiones. Todas las frases de íntimo elogio , de
profundo orgullo con que antes se regaló la imaginacion, re
suenan con eco de burla en la pobre alma abatida, llena de
vergüenza. ,
— Pero es preciso intentar una rehabilitacion—decia Lá
zaro para sí—¿Y como? Todos murmuran de mí, y si mañana
se ofrece hablar de mi discurso, dirán todos que fué detesta
111
ble, malísimo. Correrá de boca en boca, llegará á oidos de
todas las personas que me interesan. Ella lo sabrá, se reirá
tal vez de mí. Todos se reirán ahora de mí.
Lo mas particular es que desde que bajó de la tribuna em
pezaron ú ocurrirle grandes pensamientos, magníficos recur
sos de elocuencia, soberbios golpes de efecto, citas oportu
nísimas; y estaba seguro de que, diciendo aquello, arrancaría
grandes aplausos.. Pero ya era tarde: estaba allí mudo y per
plejo, cubierto su espíritu de una nube sombría.
Entretanto el nuevo orador divagaba á sus anchas por el
campo de la historia y de la política; y por último, espuso la
necesidad de la manifestacion preparada para el siguiente
dia. Todos se levantaron unánimes, gritando: n¡Sí!h Todos
prometieron concurrir, y tres ó cuatro, encargados del cere
monial dieron cuenta del arreglo de la procesion; se fijó la
hora, se designó el punto de reunion. Los bravos sucedieron
á los aplausos, y los aplausos á los bravos; y al fin la sesion
terminó.
Los socios comenzaron á salir; pero aquella fraccion igno
rante y turbulenta, que ocupaba siempre uno de los rincones
del café, no creyó conveniente salir sin decir algo. Calleja
subió á una silla y dijo, dirigiéndose á los suyos:
—¡Señores, serenata á Morillo!
La idea fué acogida con el estrépito natural en aquella
gente. Morillo era el capitan general de Castilla la Nueva.
Enemigo de asonadas tumultuosas, habia tomado sus medi
das para impedir la procesion. Una parte del pueblo se agol
pó junto á su casa en la noche del 17, atronando toda la ca
lle con una espantosa cencerrada .
—¡Serenata á Morillo! — dijo Calleja, saliendo de la Fon
tana, y reuniendo toda la gente dispuesta para el caso, que
por allí pasaba. No sabemos por dónde vino; pero allí estaba
Tres Pesetas. Nuestros tres amigos y Lázaro salieron de los
últimos, y se acercaron por curiosidad al grupo que Calleja
habia formado.
Entretanto, el barbero pasó en dos zancajos á la otra ace
112
ra, y se acercó á la puerta de su casa. Su mujer salió á en
contrarle.
—Ciudadano, ¿has hablado?— le dijo.
— No, ciudadanita mia. No puede ser esta noche; pero lo
que es mañana, ó hablo, ó me corto la lengua. Ya tengo es
tudiado el principio, y no se me olvidará una letra. Cuando
hable, me los como.
—Estoy por no dejarte entrar,—le contestó gravemente su
mujer.— Si yo llevara calzones, ya me habian de oir. Así y
todo, si me pusiera los volvia locos Si yo tuviera calzo
nes andaba por esos clubes á qué quieres boca. Porque tengo
mas verdades aquí en el buche.
—Ya verás mañana á la noche si hablo ó no. Es que cuan
do voy á empezar me hace unas cosquillas la lengua y nie
trabo. Pero no tengas cuidado, que los voy á dejar atorro-
Hados. ,
— ¡Serenata á Morillo!—dijeron cien voces.
— Señores, esclamó uno de los mas célebres oradores de la
Fontana:— váyase cada uno á su casa, que estos desórdenes
nos van á desacreditar. Cada uno en paz á su casa; nada de
gritos.
Estos discretos consejos fueron saludados con un murmu
llo prolongado de reprobacion.
—¿Quién es ese servilon? - dijo una voz aguardentosa, que
no era otra que la del sin par Chaleco.
—A casa de Morillo,— dijo Calleja. —Mujer, tráeme el al
mirez.
El gentío aumentaba con nuevas remesas enviadas de la
plazuela de la Cebada y del barrio del Salitre. Los sócios de
la Fontana se habian marchado, cerróse el club y solo que
dai on en la calle los tres amigos y Lázaro que se despedia
para ir á casa de su tio.
—Espera un instante para ver lo que sale de aquí—le dijo
Javier deteniéndole.
A la sazon una persona daba fuertes golpes á la puerta de
Calleja.
113
—¿Qué hay?—dijo este acercándose é interrumpiendo
una patriótica y barberil alocucion que habia comenzado.
—Que vaya Vd. en seguida á sangrar a D. Liborio que está
muy malito.
—Demonio de enfermo: mañana le sangraré.
—No puede esperar: vaya Vd. pronto—esclamó el criado.
—Señores: ¿qué hago?—dijo Calleja á sus amigos.
—No vayas, Calleja; que se sangre él solo. Esta no es
noche de sangrías. ¡A casa de Morillo!
—Señores... yo quisiera cumplir... porque ya ven ustedes.,
mi profesion . La ciencia es lo primero .
—No vayas, Calleja.
—Señores volveré en seguida. A ver— añadió abriendo la
puerta de su casa. — Ciudadana, tráeme las lancetas.
La ciudadana salió muy afligida, y dijo:
—A ver cómo le ponemos una ayuda á Joaquinito, que
está muy malo. ¡Si vieras qué vomitona le ha dado! Se la
pongo de malvas ó de pazote?
—Póngasela de demonios cocidos, hermana—esclamó Tres
Pesetas furibundo .
— Poco á poco, señores,— contestó Calleja.—¿De malvas ó
de pazote? Déjenme Vds. ver cómo se arregla eso; porque
para mí... ¿por qué lo he de negar? La ciencia es lo pri
mero.
Lázaro insistia en dejar á sus tres amigos. Tan aburrido y
melancólico estaba.
—Espera, hombre—le decia Javier, deteniéndole aun.—
Espera á ver lo que hacen estos bárbaros.
—¿Qué es eso de bárbaros! —esclamaron con furia los que
mas cerca estaban: volviéndose hácia los amigos con tanto
interés que hasta el mismo Calleja dejó la ciencia por salir
en defensa de la corporacion. —¿Qué es eso de bárbaros, ca-
balleritos?
—¿Quiénes son esos pelandingues?— dijo uno.
—Déjame esos lechuguinos, que quiero hacer una ensalaa,
—dijo Chaleco.
8
114
—Este es el aragonés que nos rezó el rosario esta noche.
¡Qué modo de hablar!
— Si parecia un sermon de Viernes Santo -
—El diablo me lleve si no los acaricio las muelas á esos
catacaldos—dijo Tres Pesetas, dispuesto á hacer lo que decia.
Javier, el Doctrino, el poeta clásico, vieron una tempestad
sobre sus cabezas; pero el poeta clásico, que era el mismo
enemigo, no se acobardó y tuvo el antojo de llamar rapista
al grandioso Calleja. La chispa saltó, y la lucha era inminen
te; pero tan desigual, que los cuatro mozos no quisieron ar
riesgarse á ella, volvieron las espaldas y apretaron á correr,
unidos siempre, dirigiéndose á la calle de la Victoria. Mu
chos de los contrarios les siguieron dando voces y arrojándo
les piedras; pero los fugitivos andaban muy ligeros y logra
ron refugiarse en la calle de la Gorguera, metiéndose en el
portal de la casa en que uno de ellos vivia. Cerraron cuida
dosamente por dentro: un enorme canto, lanzado por las ro
bustas manos de Tres Pesetas, chocó en la puerta tan fuerte
mente, que si hubiera cogido á alguno le hace añicos. Feliz
mente los jóvenes estaban seguros, y los de fuera, al ver que
la presa se les habia escapado, retrocedieron, marchándose
todos á dar una armoniosa cencerrada al capitan general de
Madrid.

CAPITULO XI.
4
La tragedía de los Gracos.
-! . | '
Luego que sintieron alejarse á sus perseguidores, los ami
gos subieron. Allí vivia el poeta clásico.
—¿Tienes qué cenar?—le preguntó el doctrino.
—Un magnífico festin—contestó el poeta.—Un cuarteron
115
-de queso manchego y una botella de Cariñena. Mandaremos
por unos buñuelos á la taberna de la esquina.
Lázaro tenia un hambre espantosa. Desde las nueve de la
mañana no habia probado cosa ninguna; y el cansancio del
camino, los esfuerzos mentales y la gran fatiga moral de
aquella noche, le habian rendido hasta el punto de que no
podia tenerse. Subió con los demás, sin fuerzas para empren
der á aquella hora el viaje á casa de su tio. La comitiva,
guiada por el poeta clásico, se internó en la escalera.
No hay viaje al polo Norte que ofrezca mas peligros que
una escalera angosta de casa madrileña, cuando la oscuridad
mas completa reina en ella. Comenzais dando tumbos aquí y
allí: de repente tropezais con la pared; chocais con una puer
ta y el ruido alarma á la vecindad. Da¡s con el sombrero en
un candil, que, aunque estinguido por falta de aceite, tiene
la bastante para poneros como nuevo. Y todo esto es lleva
dero, cuando no se encuentra al truhan que baja ó al galan
que sube, cuando no sentís el retintin de la ganzúa, que inten
ta abrir una puerta, cuando no resbalais en las sustanci as de
positadas por los gatos sobrelos escalones, cuando los mismos
animales no resuelven sus querellas ante vos, enredándose
en vuestra capa y en vuestras piernas, cuando no tropezais
con la amorosa conjuncion de dos estrellas que pelan la pava
en el último tramo.
Por fin la espedicion llegó á las regiones boreales de la
casa, á la elevada zona en que el poeta habia hecho su nido.
Tocaron, y, abierta la puerta, nuestros amigos se encontra
ron frente á frente de una mujer que, con soñolientos ojos y
rostro avinagradQ alzaba la mano sosteniendo un candil,
próximo á imitar la sábia conducta de los de la escalera. Este
candil comunicó su luz á otro mejor acondicionado que ha
bia en el cuarto donde entraron los cuatro jóvenes. La dama
echó el cerrojo á la puerta de la escalera, y dando las buenas
noches con la entonacion de un responso, se fué. No habia
andado cuatro pasos cuando volvió, y arrebujándose bien en
su manto, con honestos y recatados ademanes, dijo:
116
—Por Dios, D. Ramon: no vayan Vds. á hacer ruido, que
está alborotada la vecindad con la algarabía que arman us~
tedes todas las noches. Porque, ya ve Vd.... Una es comidi
lla de las gentes de abajo. La encajera ha ido diciendo que
esto era un burdel, y que no se podia vivir en esta casa. Ya
ven Vds... como una es mujer de opinion...
La señora que tan celosa se mostraba de la opinion de su
casa era doña Leoncia Iturrisbeytia, vizcaina, como es fácil
conocerpor su apellido, patrona de aquel establecimiento,
mujer de bien, como de cuarenta años mal contados, de buen
aspecto, robustas formas, alta estatura, cara redonda y carác
ter bonachon y mas que sencillo.
—Señora, déjenos Vd. en paz—le contestó Javier.— Si vi
niera D. Gil con nosotros no se incomodaria Vd.
—Vaya, ya empieza Vd. con sus bromas, D. Javier.
—lY cuando se casa Vd., doña Leoncia?—le preguntó e)
Doctrino.
— ¿Yo casarme? ¿Yo?— dijo doña Leoncia con mal disimula
da satisfaccion.
—Pues sepa Vd. que se lleva un buen mozo. D. Gil es
hombre que hará carrera... está en buena edad...
Una carcajada de los otros dos y una sonrisa forzada de la
patrona acogieron aquellas palabras. La vizcaina tenia un
pretendiente, y este era D. Gil Carrascosa, aquel individuo
que fué lego, abate, covachuelista y cuanto hay que ser. Cor
rian por la vecindad rumores alarmantes respecto á la exis
tencia de cierta buena concordia, parecida á la familiaridad,
entre el poeta clásico y doña Leoncia la vizcaina. No pene
tremos en lo sagrado de estos clásicos y patroniles secretos.
Doña Leoncia notó la presencia de un desconocido y quiso
darse tono. Se puso séria y reprendió á los estudiantes por su
poca formalidad. Despues hizo un pomposo ademan, algunas
cortesías y se marchó.
—Adios Ariadna, Antígoue, Sofonisba, Penélope,—dijo
cuando la vió fuera el poeta, que gustaba mucho de aplicarle
aquellos nombres heroicos.
117
Poco despues de esta despedida se sintieron ciertos ron
quidos muy broncos y prolongados. Era Ariadna, Antígone^
Sofonisba, Penélope, que dormia en el interior. ¡Cuán felices
son las semidiosas!
Javier y el Doctrino tomaron en competencia posesion de
la cama.- Lázaro se acomodó lo mejor que pudo en una silla
de tres piés y medio, y el poeta continuó en pié haciendo los
honores del sotabanco . Del cajon de la cómoda sacó un pe
dazo de queso envuelto en un papel, que se habia hecho
trasparente. Un cuchillo, una botella y un plato, en que ha
bia panecillo y medio, salieron de otro rincon, y el festin
fué preparado en la mesa, para lo cual fué preciso apartar á
un lado dostrajedias en verso heróico, un retrato de mujer
roido de ratones, un ejemplar de la Constitucion, un tintero
de cuerno y una babucha, dentro de la cual habia unas tijeras,
una caja de obleas y medio tomo del teatro de Crebillon.
El cuarto aquel era curioso. La cama se ostentaba lo mas-
horizontal que le era posible sobre dos banquillos, cuyas ta
blas sosteniau un jergon de tan tortuosa superficie, en que
el durmiente rodaba de cima en cima antes de poder conci
liar el sueño. Una estera de esparto, finísima en los tiempos
de Cárlos III, cubria las dos terceras partes del piso, siendo
inútiles todos los esfuerzos de doña Leoncia para estirarla
hasta cubrir lo que faltaba. Un inmenso baul alternaba con
la cama, y á juzgar por lo corroido del cuero y la suciedad
acumulada entre él y la pared, los ratones habian tomado
por su cuenta la empresa de colonizar aquel recinto. Adorna
ban las paredes algunos cuadros: el mas notable era un tra
bajo de pluma heclio por el tio del cuñado del abuelo de la
vizcaina, que habia sido un insigne calígrafo, y toda la lá
mina estaba llena de rasgos, líneas, letras raras, rúbricas y
floreos de pluma, trabajo ilegible por ser tan escelente. Por
otro lado pendia de la pared un cuadrito de marco ex-dora-
do, que encerraba las habilidades juveniles de la abuela de
doña Leoncia, bordadora de lo mas fino. Al lado de estos
monumentos de familia estaban un par de figurines del Di-
118
rectorio y una vírgen del Pilar, simplemente pegada enla
pared con cuatro obleas.
Ramon echaba vino en un vaso que iba corriendo de mano
en mano: el queso fué distribuido y el pan desapareció en po
co tiempo. Lázaro no se mostraba parco en comer, porque la
verdad era que tenia un apetito grande, y se sentia desfalle
cer por momentos.
'-—Vamos, Ramoncillo, —dijo el Doctrino,—léenos un poco
de esa trajediapara llorar, que llamas Petra.
—¿Qué Petra ni Petra?— dijo el poeta.—No seas bárbaro.
Fedra querrás decir.
—Lo mismo me da Fedra que Pancrasia.
—Ya he dejado ese asunto... eso no es nuevo. Ahora lo
que conviene es un asunto patriótico.
—Eso me gusta.
—Por fin me decidí por los Gracos... Amigos, ¡qué hom
bres eran aquellos!
—A ver,—dijo el Doctrino. —Léenos algo de esos grajos.
Debe ser cosa graciosa .
—Pero ven acá loco,—dijo Javier;— ¿por qué no haces una
trajedia de cosas del dia en que salgan hombres como estos
de ahora?
— No seas tonto,—dijo el poeta riendo con la mayor bue
na fe;—ahora no hay héroes.
—Majadero: pues ¿cómo llamas á Churruca, á Mina y á
Daoiz?
—Sí, pero esos son héroes de
Ramon tenia talento; facultades de poeta; pero habia na
cido en una época funesta para las letras. Un frio clasicismo
agostaba en flor los ingenios, que educados en la retórica
francesa, y siguiendo los principios del prosaico Montiano,-
del rígido Luzan, del insoportable Hermosilla, no atinaban
á utilizar los elementos poéticos que en aquel tiempo nues
tra sociedad les ofrecia, y se esterilizaban buscando el ideal'
de sus creaciones en un arte exótico y erudito por su natu
raleza, riguroso y cruel por sus preceptos.
119
El pueblo, alimentador de los teatros, no comprendia el
alto ditirambo de griegos y romanos; y al mismo tiempo nin
gun poeta acertaba á poner héroes españoles en la escena.
Nasarre en tanto llamaba bárbaro á Calderon, y La vida es
sueño no era mas que un delirio. Aquella restauracion clási
ca fué fecunda para la comedia, porque produjo á Mora-
tin, hijo. Pero el drama, la fábula patética que retrata las
grandes conmociones del alma, y pinta los mas visibles ca-
ractéres de la sociedad, no existia entonces.
Se hacian algunas trajedias, obras pálidas y sin vida, por
que no eran animadas por la inspiracion nacional, ni nuestro
pueblo vivia en ellas, ni nuestros héroes tampoco. Ya sabe
mos lo que son esos héroes acartonados de las trajedias clási
cas: siempre los mismos. No se concibe el amor á la libertad
sin Bruto, ni el odio al imperio sin Ginna. ¿Cómo puede ha
ber pasion sin Fedra, y fatalidad sin Edipo, y parricidio
sin Orestes, y rebelion sin Prometeo, y amor á la indepen
dencia sin Persasl En tiempo de nuestro amigo Ramon, los
jóvenes creian esto; y habia algunas personas graves que en
contraban á Crebillon mas inspirado que Lope, y á Kotrou
mas grande que Moreto.
El poeta de que hablamos escribió su correspondiente A l-
eeste, con algun acto de un Bellerofonte y varias escenas de
trajedia bíblica, tambien de cajon entonces. Tuvo una' inspi
racion despues, y quiso dejar tan trillado camino. Ideó un
Sobieski, un Soliman, un Amoldo de Brescia. Y por último,
un Padilla; pero no bien habia escrito algunos versos, re
trocedió por miedo á la antigüedad y se fijó en los Graaos.
Dió principio á la obra y la remató poco antes de las esce
nas que estamos refiriendo.
Ya le tenemos sentado sobre la mesa con el manuscrito en
la mano y alumbrado por el candilejo. El Doctrino y Javier
se disputaban la cama con nuevo furor, y Lázaro, que estaba
sentado en la silla, habia cedido al cansancio, y apoyado en
la misma cama, esperaba la primera escena de los Gracos.
Javier tosió, limpió la garganta, y leyó la lista de los per
120
sonajes de la trajedia, seguida de la retahila de tribunos, l1c-
tores, centuriones, patricios, pueblo, esclavos. Despues rela
tó la decoracion, que era la plaza pública, sitio de confiden
cias, de citas, de discursos, de escándalos, de juicios, de to
do. Luego empezó el acto. Salia el tribuno primero y le decia
al tribuno segundo si habia visto á Cayo; el tribuno segundo
le contestaba al tribuno primero que no; pero despues venia
el tribuno tercero y decia á los dos anteriores que Cayo esta
ba en casa dal sacerdote Ennio Sofronio, y que despues ven
dria á confiarles sus planes en la plaza pública. Estos se van.
y saliendo el hombre del pueblo primero, le dice al Jtombre
del pueblo segundo que el pan está caro, y que los pobres se
están comiendo los codos de hambre, lo cual exaspera al
hombre del pueblo tercero, que jura porNeptuno y el hijo de
Maya que aquello no ha de quedar así. Cada uno se va por
donde ha venido, y sale despues Cornelia, que se pregunta
por qué estará tan agitado y triste Cayo; dice que rehusa las
viandas ricas de opulenta mesa, para irse á vagar silencioso
y abstraido por la márgen que baña del lente Tiber la cor
riente undosa. Pero pronto viene á sacarla de dudas el mis
mo Cayo en persona que, alarmado por unas palabras que le
dijo el tribuno tercero allá entre bastidores, viene á dar con
su madre y le dice que escuche y tiemble, con cuyo mandato
Cornelia se hace toda oidos, y se pone á temblar como un
azogado. Cayo le dice que los dioses le ayudarán en su em
presa, con lo cual la otra se tranquiliza y se la quita el tem-
bloreo. Tambien dice que antes que faltar á su propósito se
tragará el Averno á la tierra, beberá el ciervo (de capital ra
maje) la mar salobre, y se criará la carpa en las crestas del
mas alto cerro de Triuacria. Despues de esta declaracion, cae
el telon, y cada uno se va por donde ha venido.
Pero ya cuando Cayo hacia estos juramentos, cerró los ojos
el Doctrino, poco preocupado de que el Averno se tragara á
Italia, y comenzó á roncar suavemente como un dios holga
zan. El poeta no notó este incidente y entró en el acto se
gundo; pero al llegar al delicado punto en que Cornelia le
121
refiere á su confidente el sueño que ha tenido, empezó Javier
i, hacer lo mismo, y se durmió tambien. Y allá, cuando el
poeta s8 internaba en los laberintos del acto tercero; cuando
el' senador Rufo Pompilio se le sube á las barbas al senador
Sexto Lucio Flaco (el cual sea dicho de' paso, no miraba con
malos ojos á la matrona Cornelia, aunque era dueña un poco
madura); cuando todo esto pasaba, Lázaro, que habia resisti
do por cortesía, no pudo mas, y acomodándose en la silla y
en el borde de la cama, dió algunas cabezadas, y se durmió
tambien olímpicamente, comenzando á soñar dormido, que
era cuando menos soñaba.
El poeta concluyó el tercer acto, en que habia un motin; y
antes de empezar la lectura del cuarto, miró en torno suyo y
vió aquella escena de desolacion.— n¡Dormidos, oh dio-
ses!ii —esclamó, penetrado aun del espíritu clásico.
Pero era natural. ¿Quién soporta una trajedia con plaza
pública, verdadero almacen de endecasílabos i ¿Quién soporta
una tan grande racion de clasicismo á aquellas horas, des
pues de oir veinte discursos, despues de haber cenado?
Aun faltaba algo. Él candilejo, que sin duda era tambien
poco amante de lo clásico y estaba empalagado de tanto en
decasílabo, no quiso alumbrar mas tiempo la plaza pública y
se apagó. Kamon cerró á oscuras su manuscrito; comprendíó
que lo mejor quepodia hacer era imitar á sus amigos; bajó
de la mesa, tomó la capa, se envolvió en ella y tendióse de
largo sobre el bendito suelo. Poco despues estaba tan pro*
fundamente dormido como los demas. Así terminó la traje
dia de los üracos. Nos ha sido imposible averiguar si al fin
el senador Piufo Pompilio. dió al senador Sexto Lucio Flaco
el bofeton que deseaba.
CAPITULO XII.
La batalla de Platerias.

El sol y doña Leoncia aparecieron con igual esplendor y


hermosura en las primeras horas del siguiente dia. La patro-
na, dejando las ociosas lanas, dió principio á su tocador que
era algo complicado; porque consistia en una restauracion
concienzuda de todos los deterioros que en su persona hacian
lentamente los años.
Despues de dar al viento la poco abundante cabellera, co
menzaba á tejer un moño, que áno recibir el refuerzo de unos
hinchados cojincillos, no seria mas grande que un huevo.
Pasaba inmediatamente á adobarse el rostro, operacion veri
ficada tan hábil y discretamente, que no conociera la verdad
de su mentira ni el mismo D. Gil, que era la persona que
mas se acercaba á ella durante el dia. A veces solia
usar cierto pincelito; pero esto no era mas que en los dias
clásicos, y no hacemos alto en ello por ahora. En estas ocu
paciones estaba, mal ceñidas las faldas, sin corsé, y descu
biertas con negligente desnudez las dos terceras partes de su
voluminoso seno, cuando una persona entró en la casa y
acercándose al cuarto de la diosa, dió un par de golpecitos
en la puerta.
—¿Quién?—dijo alarmada la vizcaina.
—¡Yo!
—Por Dios, Carrascosa, no entre Vd., que estoy...
Pero Carrascosa empujó la puerta, y la hubiera abierto á
no impedírselo por dentro la asustadiza y honesta dama, que
dejó el afeite y se ciñó el vestido rápidamente para acudir á
defender la plaza.
123
—Leoncia, Leoncia; mira que soy yo, tu Gil.
—D. Gil, D. Gil; no sea Vd. pesado. Siempre viene usted'
cuando está una arreglándose. Espere Vd. Pase á la cocina,
que tengo que hablarle.
—Yo tambien tengo que hablarte, dijo Carrascosa aplican
do el ojo á la cerradura por probar si veia algo.
Doña Leoncia no tardó en arreglarse: se ciñó el corsé, se
puso las últimas horquillas, se aplicó dos ó tres alfileres al
pecho, se echó un manton sobre los hombros, y pasó á la co
cina.
— Sabes que vengo muy incomodado,—le dijo D. Gil mien
tras la dama, que se habia acercado al hornillo, se esforzaba
en encender con una pajuela unos carbones;—sabes que estoy
muy incomodado, Leoncia, con lo que dice la gente, y vengo
á que me saques de dudas; porque, en fin, tengo esto atrave
sado en el gaznate y no lo puedo pasar.
—¿Qué? ¿á ver?... ¿á ver qué majaderías traes hoy?
—Nada; sino que la gente da en decir que tu...—Aqui el
ex-covachuelista se detuvo, como si efectivamente se le atra
gantara una cosa en las fauces.
, -,-¿Que yo?... ¿á ver? ¿qué? — dijo la patrona soplando los.
carbones.
—Que tú... quiero decir... que ese jovencito que hace ver
sos y vive en ese gabinete, está muy fino contigo, y te está
galanteando... Me dijo la frutera que ayer te vió salir con él
de paseo y. ..
—No me vengas acá con majaderías,—dijo doña Leoncia
alzando en su derecha mano una badila de cobre que en
aquellos momentos le servia;— lo que hay es, que como una
es mujer de opinion, ha de estar todo el mundo ocupándose
de una para decir lo que se le antoja. ¡Vaya D. Gil! Y usted
se anda en chismes con la frutera? ¡Buena está ella! No me
vuelva Vd. acá con chismes. Lo que hay es, que no puede
uno mover un pié, sin que venga toda la vecindad á decir-
por qué y porqué no.
—Cepos quedos,—dijo Carrascosa;—que yo no dudo de que
124
seas una mujer muy principal; pero debe evitarse que la gen
te ande diciendo cosas... porque...
—No me hables de eso, Gil; Gil, no me hables de eso,—
dijo fingiéndose incomodada doña Leoncia;—que todos los
hombres son unos engañosos y está una muy escarmentada...
no... digo... muy... Le han dicho á una lo que son los hom"
bres... Y sino, miren al prestamista de abajo, que todos los
dias desayuna á su mujer con cincuenta palos.
—¡Oh, Leoncia de mis pecados! Y piensas que yo no te he
de tratar como una dócil ovejuela que eres... Mira, no seas
tonta: puesto que nos hemos de arreglar, y es preciso mante
ner la opinion, bueno seria que echaras de tu casa á ese mo-
zalvete y que se fuera con sus versos á otra parte.
— Pues digo que no. Si hablan, que hablen; si enjurian
que enjurien. Yo soy mujer de opinion.
—Jesús, Leoncia, ¿y no me haces ese gusto?
Doña Leoneia empezó á reir con mucha gana; y el buen
Carrascosa, que no estaba dispuesto aquel dia á ponerse sé-
rio, se serenó y concluyó por reirse tambien.
—Mira que esta tarde voy con doña Petronila y la Juliana
á merendar á Chamartin. Doña Eamona vendrá tambien, y
si tú vienes, cantarás aquellas seguidillas que sabes.
—Yo no estoy para seguidillas. Lo que me carga es que
vaya ese D. Ramoncito, que me tiene ya hasta aquí. Mira,
Leoncia: si lo echas, estaré cantando seguidillas cuatro dias
seguidos. ¡Ah! No me acordaba: ¿sabes que estamos arreglan
do una procesion en las Maravillas? Ya te proporcionaré un
balcon para que la veas. Va á estar muy lucida, y salen mas
de veinticinco santos y todas las cofradías de Madrid.
—Mira, Gil: no te andes con procesiones, que es cosa que
no me gusta.
—¡Qué atroz eres, mujer!
— ¿Con que vienes á Chamartin?..—dijo doña Leoncia po
niendo un pucherillo con chocolate encima de las brasas.
— Sí; bueno es que nos vayamos allá; porque hoy hayjarana
Madrid, y se me antoja que habrá tiros por esas calles
125
—¡Jesús y Santa Librada! ¡Otra jarana!—dijo la vizcaina
con el rostro descompuesto y mudando de color. —Pero, ¿qué
hay?
—Ahí es nada. Que esos locos de la Fontana van á pasear
el retrato de Riego con música y todo. La autoridad ha pro
hibido esa procesion, y ellos dicen que la habrá. Veremos
quién gana. Ya anda la gente por ahí alborotada y pronto
hemos de ver el tumulto.
En efecto, el ruido no se hizo esperar: un gen tío inmenso
ocupaba la vecina plazuela de Santa Ana, y hasta la tranqui
la mansion de doña Leoncia llegó el rumor de las voces. La
criada que venia de comprar, entró dando gritos de terror y
diciendo que habia sentido unos grandes cañonazos. A los
gritos de la gallega despertaron los tres amigos y Lázaro.
—¿Qué hay?—dijo Javier.—¿Qué algarabía es esa?
—jQué ha de ser sino la procesion?— dijo el Doctrino.
Lázaro se levantó dolorido; porque con la molesta posi
cion que en el sueño tomó, parecia que se le habia roto el es.
pinazo. Abrieron el balcon y miraron. Doña Leoncia entró
en el cuarto del poeta dando alaridos y manoteando.
—¡Jesús, Jesús! ¡No abran Vds. el balcon, que se nos va á
meter aquí alguna bomba! No oyen Vds. los cañonazos? ¡Je
sús qué cañonazos tan fuertes!
— Señora, Vd. está soñando con los cañonazos.
—No te alarmes Artemisa, Electra...
—¡Cierren ese balcon!
Los cuatro jóvenes eran muy curiosos para contentarse
con mirar desde el balcon . Bajaron á la calle con mucha
prisa para unirse al gentío, aunque Lázaro pensaba dejar
aquello y marcharse inmediatamente á casa de su tio, re
cogiendo de antemano su mezquino equipaje en el parador
del Agujero.
—{Quién es ese jóven?—dijo D. Gil á la patrona luego
que los cuatro habian bajado.
—D. Javier.
—No; el otro, el nuevo.
126
—No sé quién es; le trajeron anoche.
Carrascosa creyó reconocer en 'aquel jóvenal sobrino de
su amigo, á quien habia tratado en Ateca; y queriendo
cerciorarse, porque sin duda le interesaba, bajó tras ellos.
Los cuatro jóvenes se mezclaron al gentío: no, se podia dar
un paso. La procesion estaba organizada, y pronto iba á
emprender la marcha para salir á la calle de Atocha - Una
gran confusion reinaba en la multitud, y eran vanos los es
fuerzos de dos ó tres personas para poner en filas ordenadas
al pueblo y dirigirle. ,
Lázaro trató de marchar á donde debia; pero tuvo una ten-
tacion;tentacion que le hizo detener meditabundo y preocu
pado. Al ver aquella multitud, su imaginacion, abatida y
exánime desde la singular escena del café, volvió á remon
tarse tomando su acostumbrado vuelo. Allí estaba reunido
un pueblo, dispuesto á una gran manifestacion. Confuso y
como asustado de su empresa, aquel mismo pueblo vacilaba,
no tenia fijeza ni determinacion: sin duda allí faltaba algo.
Lnzaro quiso dominarse rechazando la tentacion. Se alejó
del pueblo y volvió á acercarse á él.—Sí; pensaba, aquí falta
algo, falta una voz.
Habia llegado aquel momento supremo de las agitaciones
populares en que las turbas se paran silenciosas, alterados
aquellos miles de corazones por un solo y profundo temor,
preocupadas aquellas mil cabezas con una sola duda. Falta
que una voz sola diga lo que todos sienten. En estos momen
tos solemnes es cuando vemos un cuerpo elevarse sobre mi
les de cuerpos y una mano temblorosa estenderse sobre tan
tas cabezas. Una voz espresa lo que en tantos cerebros pug
na por adquirir formas orales, esa voz dice lo que una mul
titud no puede decir; porque la multitud que obra como un
solo cuerpo y obra con decision y seguridad, no tiene otra
voz que ese rumor salvaje compuesto de infinitos y desigua
les sonidos.
Cuando aquel hombre ha hablado, la multitud ha hablado,
la multitud se conoce, ha podido recoger y unificar sus fuer
127
zas, ha adquirido lo que no tenia, conciencia y unidad. Ya
no es un conjunto inorganico do fuerzas ciegas: es un cuerpo
inteligente cuya actividad tiende á un objeto fijo, bueno ó
malo, pero al cual se encamina con decision y conocimiento.
Esto pensaba Lázaro. ¿Podria él ser ese medio de espre-
sion? ¿Seria el Verbo revelador de aquel cuerpo ciego é in
consciente? ¿Hablaria ó no hablaria? La masa en tanto se ar
remolinaba y se estendia por la plazuela del Angel. Lázaro
la siguió como fascinado: despues se apartó con miedo de
ella y de sí mismo. Pero no podia resolverse á retirarse. ¿Ha
blaria ó no? Le oirian de seguro. ¿Cómo no, si habia de de
cir cosas tan bellas? El estaba seguro de que las diria. Las
palabras que habia de decir parece que las veia escritas con
letras de fuego en el espacio .
Ya el retrato avanzaba llevado por cuatro sócios de la
Fontana. Sonaba la música, el gentio rodeaba el retrato, y
todos se movian sin adelantar, oscilaban sin estenderse, se
revolvian confundiéndose. Sin duda faltaba algo. Lázaro se
mezcló en el torbellino. Sus ojos brillaban con estraordinario
resplandor: su inquietud era una convulsion, su agitacion
una fiebre, su mirada un rayo. Cruzábanle por la mente es-
trauas y sublimes formas de elocuencia: latíale el corazon
con rapidez desenfrenada; las sienes le quemaban y sentia en
su garganta una vibracion sonora, que no necesitaba mas
que un poco de aire para ser voz elocuente y robusta.
Vió que alzaban el retrato, vió que la turba se arremolina
ba en circuitos sin fin, y vió agitarse en el aire multitud de
pañuelos blancos que salian de aquel torbellino como una
espuma.
La comitiva desordenada siguió por la calle de Atocha y
penetró en la Plaza Mayor. Allí se difundió un poco. Pero
despues trató de atravesar el arco de la calle de la Amargu
ra para entrar en Platerías. El gran mónstruo midió de una
mirada el volumen de sus miembros multiplicados y la an
chura del arco por donde habia de pasar. El camello iba á
pasar por el ojo de aguja. Hubo un movimiento convulsivo
128
de codos y los abdómenes se deprimieron, giraban los cuer
pos, y algunos sombreros saltaron á impulsos de las repercu
siones y choques de tantas cabezas. Algunas voces trataron
de pronunciar una orden para vencer aquella dificultad, pro
blema de obstetricia sin duda.
—Delante el retrato: dejen pasar el retrato— decian.
Era imposible: la gente se agolpaba de tal modo que el re
trato no podia pasar. Al fin, tras largos esfuerzos el retrato
pasó el arco. Detrás seguia con la mayor confusion la gran
masa de gente. La multitud, que llenaba la plaza, se habia
parado y esperaba. El retrato y sus corifeos desembocaron
en la calle Mayor; pero al llegar allí una sorpresa sin igual
detuvo la procesion. Dos filas de soldados formaban en las
Platerías llegando mas allá de la plazuela de la Villa. Las
picas de un escuadron de lanceros brillaban á lo lejos, y de
lante de esta tropa estaba el capitan general de Madrid, á
caballo, esperando con grande aplomo y entereza. Este hom
bre avanzó seguido de dos ó tres, y señalando con el sable,
intimó la órden de retirada á los del retrato. Hubo una rá
pida consulta de miradas entre estos. Una autoridad civil se
acercó tambien y con los mejores ademanes dijo que se fuera
cada cual á su casa y renunciaran á aquella manifestacion*
porque el gobierno estaba resuelto á que no dieran un paso
mas. El aspecto de la tropa impresionó vivamente álos del
retrato; además estos contaban con la ayuda del regimiento
de Sagunto, y el regimiento de Sagunto estaba encerrado y
perfectamente custodiado en su cuartel.
Trataron, sin embargo, de pasar adelante y dijeron que
aquella manifestacion era puramente moral: que no trataba
de producir ningun trastorno, ni era agresiva su actitud, ni
tenian mas objeto que tributar un homenaje de admiracion
al héroe que habia dado la libertad' á su patria.
— ¡Cada uno á su casa! Atrás el retrato,— dijo resuelta
mente Morillo.
La defensa era imposible. La procesion no tenia armas- ,
La supuesta debilidad del gobierno se habia trocado en in-
129
quebrantable firmeza. Algunos empezaron á desertar, desfi
lando por la calle de Milaneses y la plazuela de San Miguel.
El retrato descansaba en tierra y se movia adelante y atrás
poco seguro en manos de sus portadores. Estos hablaron;
pero todo fué inútil: la gente empezó á retroceder,' algunos á
gritar y hubo tambien quien quiso oponer resistencia á la
tropa.
Entretanto el gentío que ocupaba la plaza permanecia in
móvil. ¿Quién era aquel que entre tanta gente se elevaba y,
agitando las manos, proferia unas voces que la muchedum
bre aplaudia? El orador hablaba bien, sin duda; grandes acla
maciones acogian sus palabras; pero los contínuos empello
nes, los gritos de los pisoteados y estrujados no permitian al
orador espresarse con desahogo. Algunos pedian silencio; pero
el silencio en toda la plaza era imposible . A lo mejor los que
en el arco discutian con la autoridad, retrocedieron al ver
que la tropa resistia . La confusion entonces llegó á su tér
mino. El orador continuó su filípica; pero la continuó, esci
tando al pueblo á que no cediera en su empeño de verificar la
manifestacion. Estaba livido, anhelante y cada palabra suya
era como un latigazo que estimulaba á aquella gente á seguir
adelante.
En tanto las tropas avanzaban despejando la plaza; y al
gunos eran tan osados que delante de los caballos oponian re
sistencia y vociferaban apostrofando á Morillo y á su gente .
— ¡A esos que gritan! —dijo el que mandaba el piquete.
Una gran evolucion se verificó en el gentío. Muchos corrie
ron á escape. Otros dieron vueltas arrastrados por la oleada
ó permanecieron turbados sin saber qué partido tomar. Lá
zaro calló.
—¿Quién gritaba?—dijo el capitan.—A los que gritan. Pren
ded á los que gritan . . .
Lázaro quiso huir; pero el brazo vigoroso de un soldado le
detuvo fuertemente.
—Prended á los que gritaban. Este es el predicador. Se
guid: dejadme á este hombre aquí.
9
130
Lázaro pasó de una mano fuerte á otra fortísima. Apenas
se daba cuenta de que le habian prendido . Creyó que le sol
tariian en seguida, é intentó desasírse, aunque inútilmente.
—¡Atr„S, atrás. Fuera de la plaza! —continuaba el ca
pitan.
Y era bien obedecido, porque el gentíe se desbandaba á
á toda prisa. La procesion fracasó. El retrato quedó hecho
trizas en medio de la plaza: la tropa tomó todas las entra
das.
¿Que fué de Lázaro? Un cuarto de hora despues entraba
honrosamente custodiado por las puertas de la cárcel de vi
lla, y era introducido tambien honrosamente en un tristísi
mo, oscuro y súcio calabozo.

CAPITULO XIII-
No llega el esperado. Llegada de un ímportuno.

De todos los procedimientos que el espíritu emplea para


atormentarse á sí mismo, el mas terrible ]ea esperar. Contra
esto no hay remedio. Parece que ha de ser fácil resolverse á
no esperar, apartar la imaginacion de la cosa esperada, y vi
vir solo en un punto de la vida, en un momento del tiempo,
sin esa dolorosa aspiracion á lo venidero que desquicia el
sér, sacándole de su centro.
Cuando se espera lo que ha de llegar, las horas son siglos;
cuando se espera lo que debió llegar, las horas vuelan como
segundos . Clara estaba á la hora de las diez con el alma sus
pensa, trémula y atenta, llena de inquietud y zozobra. Pasa
de las diez, y el viajero no viene; el reló vuela de las once á
las doce, y de las doce á la una . Pascuala tenia mucho mie
do, porque el ruido de gentes que en la calle se sentia au
131
mentaba á cada' hora. Las dos estaban sentadas en el cuarto
interior, y no decian cosa ninguna, ni la criada contaba aque-;
llos cuentos de las ninfas y el dragoncillo, que habia apren
dido en su pueblo, ni la huérfana se reia con la franca espan-
sion y natural sencillez de su carácter. Ambas estaban muy
silenciosas: se mirabanfcon ansiedad cuando algun ruido se
sentia en la escalera, y al cerciorarse de que no era lo que
aguardaban, caian la una en su abatimiento indiferente, la
otra en su calmosa, melancólica y disimulada agitacion.
Clara, á la madrugada, entró en ese período de estravío
en que el espíritu se da todos los tormentos imaginables.
« ¿Qué le habia pasado? ¿Volcaria el coche? ¿Le habrian salido
ladrones con aquellos tremendos trabucos que pintan en las
estampas? ¿Habriia desistido del viaje? ¿Tendria tal vez amo
res con alguna muchacha del pueblo? ¿Le detendria alguna
partida de realistas? Todo le ocurria menos lo cierto: En es
tos momentos fácil es tranquilizarse teniendo un poco de se
renidad; pero nadie la tiene, y una ceguera profunda susti
tuye á la normal lucidez del entendimiento. Basta razonar
en calma, y decir: n¿No ha venido? Se habrá detenido ca
sualmente. Mañana vendrá- ¡i Pero en vez de hacer este lógi
co razonamiento, lo que generalmente se piensa es esto:n ¿No
ha venido? Pues se ha muerto: lo mataron- m
Luego la noche contribuye á este tormento; la noche que
á todo da formas horribles, lo mismo á las cosas materiales
que á las visiones internas. Clara, que no habia podido, ni .
podia dormir, no cesaba de percibir informes bultos, sangre,
oscuridad, repentinamente opuesta á una gran luz que alum
braba horrores. Da calentura esa situacion. Una impacien
cia febril se apodera de la sangre que se agita y circula, co
mo si la rapidez de su marcha acelerase la llegada de lo que
se "espera. Esta contrariedad de nuestro deseo es mas terri
ble, porque es lenta, sin límites. Delante no se ve sino la
eternidad. No vienen á la mente las modificaciones que pue
de traer el próximo dia. Aquella noche^y aquella soledad pa
rece que no han de tener fin.
132
Las primeras luces del dia no lucieron sin embargo otra
cosa que aumentar su tristeza. ¡Ayer! ¡Desde ayer le habia
estado esperando! Deseaba salir fuera y correr, preguntando
á todos por el desventurado jóven. Abrió el balcon, miró á
la calle, creyendo que iba á verle pasar, y examinó á todos los
transeuntes. Entonces le llamó la atencion una persona, que
fija en la esquina, la miraba con tenacidad. Segura de que no
era él, volvió la cara y no se cuidó mas de aquella persona.
Cerró el balcon, porque sentia una gran fatiga y una nece
sidad irresistible de dormir. Fuese á su cuarto, y sentada en
una silla, recostó la cabeza sobre la cama. Pero en vez de
dormir, empezó á cavilar con tanto desvarío y agitacion como
durante la noche. Elías tampoco habia vuelto. ¿Qué seria de
él? ¡Oh, qué luz! Tal vez le habia encontrado y estarian jun
tos en alguna parte.
En esto, entró Pascuala que venia de la calle. La alcarreña
se acercó á Clara, adornando la redonda y basta fachada de
su cara con una impertinente sonrisa.
—¿Sabe Vd. lo que me ha pasao?
—¿Qué? ¿qué hay?— dijo Clara con interés.
—Que aquel caballerito del otro dia... pues... el señor mi
litar... me paró en la esquina.
—Y á mí, ¿qué me importa eso?
—Que dice que viene acá.
—¡Jesús, acá! ¿Y á qué viene acá? Estamos solas.
—Pues es un caballero muy cumplido.
—¿Sí? Pues no me he fijado.
—¿No le vió Vd. el otro dia aquí... cuando el señor vino
malo?
—Sí, parecia una buena persona. ¿Pero á qué quiere vol
ver aquí?
—Usted bien se lo malicia. ¡Ah, qué picarona es Vd.!
En aquel momento sonaron en el bolsillo de Pascuala las
pesetas que el militar le habia dado. Despues se sintieron
unos pasos en la escalera y sonó muy débilmente la campa
nilla.
133 .
—Es él,—dijo la alcarceña.
Yantes que Clara pudiera impedirselo, la moza corrió,
abrió la puerta, y el militar que ya conocemos, entró en el
pasillo, se descubrió con respeto y se acercó á Clara.
—¿A quién buscaba Vd?—dijo Clara;—no está; ha sa
lido.
—Sí está, no ha salido:—contestó el militar con aplomo.
—¿Quién? ¿Pero á quién buscaba Vd.?
—Fácil es comprender que no busco á ese viejo cuyo trato
aleja en vez de atraer á las personas.
—¿Pero qué quiere decir? ¿á qué viene Vd.?—le dijo Clara
con una lijera espresion de alarma. — Estoy sola: váyase
usted.
—Por lo mismo no me voy.
—Si Vd. no se va, llamaré, gritaré,—dijo Clara, resuelta
sin duda á hacer lo que decia.
—Entonces reñiremos,—dijo el militar con una sonrisa de
amistosa franqueza que desarmó en parte el enojo de Clara.
—Por Dios, que va á llegar. ¿Pero quién es Vd.? ¿A qué
viene Vd. aquí? ¿Quién le ha dado licencia para entrar? Us
ted es el que vino el otro dia con él . Ya le reconozco; pero
no entiendo á qué viene hoy. Pascuala, Pascuala.
—No me mire Vd. como un enemigo. Mi entrada ha sido
singular; pero no soy un ladron, ni un asesino. Vengo como
amigo: traigo paz y amistad. ¿Y me va Vd. á echar á la calle
como un ratero? No tenga Vd. miedo, Clara. Vengo como
amigo. Ya nos conocemos de un solo dia, cuando] vine aquí
sosteniendo á ese viejo infeliz.
—¡Oh! y ahora puede venir—dijo Clara alarmada.— Már
chese Vd. por Dios. Yo no le conozco, ni me importa todo
eso que me ha dicho. Si él llega...
—Lo que menos me importa es ese viejo,—contestó el mi
litar.—Antes me interesaba un poco. Creí que era su padre,
su pariente, su esposo tal vez. Pero despues he sabido que es
un tiranuelo que vive para martirizar á una pobre huérfana,
que se muere de melancolía encerrada aquí. No puedo ve
134
con indiferencia que una persona tan bella, tan amable, tan
digna de ser feliz, pase la vida en poder de esa fiera.
— ¡Oh! Pues yo estoy bien así. Le agradezco su bondad—
contestó Clara. —Pero no es necesaria. Váyase Vd. por
Dios .
—No me iré, no;—dijo el militar exaltándose un poco.—
Hace algunos dias que me preocupa la idea de los martirios
que Vd. debe sufrir. Siento un deseo muy grande de liber
tarla á Vd. de la esclavitud de ese maniático; y creo que rea
lizaré este propósito. He pasado por ahí cien .veces al dia y
me ha dado horror el aspecto sombrío de esta casa, sepulcro
en vida de tan bella criatura. Vd. se reirá de mí, lo compren
do. Le parecerá estraño este interés que tomo por una per
sona, á quien solo he visto una vez; pero de este misterio no
hay que hablar ahora. Lo que importa es que Vd. se decida
á hacer lo que yo le aconseje. Sepa Vd. que he jurado no
permitir que muera aquí de hastío y soledad. Estoy seguro
de que Vd., que con tanta sencillez me comunicó la única vez
que nos vimos parte de sus desventuras, tendrá hoy la con
fianza que necesito, sabrá apreciar la nobleza de mis propó
sitos y no se opondrá á que se realicen.
Clara no sabia qué contestar. Estaba confundida al ver el
generoso y fraternal interés que tenia por ella una persona á
quien habia visto tan poco. Esto hubiera llenado de orgullo
á^otra mujer; pero Clara era muy modesta, y ante aquella
manifestacion afectuosa, no tuvo mas que gratitud y ver
güenza . Nunca creyó merecer aquello.
—Yo lo agradezco mucho, señor, —dijo;—pero...
La verdad es que no podia decirle que era feliz, y desea
ba continuar aquel género de vida. Era cierto lo que el mili"
tar decia . Era imposible vivir en compañía de aquella fiera
¿Pero acaso no esperaba su salvacion de otra persona? Esta
idea la indujo á rechazar con mas energía las ofertas que
aquel le hacia.
—Vd. no conoce á la persona con quien vive,—continuó e'
militar.—Vd. no le conoce, yo sí: ya me he informado de su
135
carácter y de sus ideas. No solo es un hombre estravagante
é intratable sino un fanático sin corazon, un hombre feroz,
de perversos instintos y cálculos terribles. No: Vd. no pue
de seguir mas tiempo en manos de ese hombre, que no es
su pariente, ni su amigo ; que se llama su protector, para ha- v
cer de Vd. una víctima de su orgullo y de su severidad.
Clara comprendió por la vehemencia con que el jóven ha
blaba que era cierto su interés, y conoció tambien que la
pintura que del viejo hacia no era exagerada. El militar
obraba con la mayor nobleza, sinceridad y buena fe. Era
uno de esos caractéres inclinados á las aventuras difíciles y
que implicaban la salvacion peligrosa de los que sufrian. Su
espíritu caballeresco, su corazon inclinado al bien, hallaron
en aquel suceso un motivo de ocupacion, y dedicó toda su
actividad á la realizacion del mas generoso propósito. Ade
más un sentimiento bastante enérgico de simpatía hácia
aquella pobre huérfana, le inducia á proceder con tanta dili
gencia. Mas adelante conoceremos el nombre y los hechos de
este noble caballero.
—Pero no esté Vd. mas tiempo aquí,—dijo Clara. - ¿Cómo
quiere Vd. convencerme de que se Interesa por mí, si preci
samente estando aquí me prueba lo contrario? Si él viene y
le encuentra en la casa...
—No dirá nada. Ese viejo es tan miserable, que no le im
porta ni la felicidad, ni el honor de Vd.: todo le mirará con
indiferencia. A Vd. no le queda mas amparo que yo.
La huérfana al oir estas palabías sintió un frio en el alma.
El momento en que eran dichas hacia que parecieran una
gran verdad. Su único, legítimo y verdadero amigo no ven
dria. Ya no le quedaba mas amparo que el de un descono
cido.
—Nada mas que yo; pero es bastante,—continuó el jóven
con afectada voz. —S¡ga Vd. el plan que yo le marque: no
haga Vd. caso de ese viejo. Yo seré para Vd. todo lo que
puede ser un hombre de corazon y honradez. Tenga Vd . en
mí la confianza que se tiene en lo que nos ha de salvar
136
"V ahora, Clara, me voy. Pero no tardaré en volver á dar
mis órdenes á la pobre prisionera, cuya felicidad pende de
mí. ¡Qué orgullo siento en esto! Yo estaró siempre alerta. Si
le ocurre a Vd. una nueva desventura, no necesita avisarme.
Yo me hallaré aquí para socorrerla y animarla. No le
queda á Vd. mas amparo que yo. Piénselo Vd. bien. Adios.
La decision de aquel hombre desconocido é insinuado tan
novelescamente en los secretos de aquella casa, era muy fir
me. Se habia propuesto emprender una aventura generosa,
á que le inclinaban al mismo tiempo un sentimiento de sim
patía, y el deseo, inveterado en él, de hacer bien. Cuanto
mayor era el peligro, cuanto mayor era el misterio que ro
deaba aquel asunto, mas vivo era su interés, mas se con
gratulaba su fantasía con el éxito.
Si habia un poco de egoismo en él, despues lo veremos.
Ya se marchaba, cuando Pascuala salió de la cocina asus
tada, y dijo:
— ¡El amo!
—No abras,—dijo Clara temerosa. —Espera: escóndase
usted.
Pero Elías, que tenia llave, no necesitaba que le abrieran
para entrar.
—No importa,—dijo el militar, que trataba de serenar á
Clara.
Coletilla abrió y entró. Venia cabizbajo y abstraido. Dió
algunos pasos por el corredor sin ver al intruso; mas al lle
gar al estremo, notó aquel hulto, alzó la cabeza, y vió al jó
ven, que se inclinaba ante él con mucho respeto.
CAPITULO XIV.

La determínacíon.

—¿Qué busca Vd.? ¿quién es Vd.? ¿qué hace Vd. aquí?


-{No me conoce Vd.1 —dijo el militar.—Soy el que hace
unos dias le trajo á Vd. muy mal parado á su casa; y venia
á ver si estaba Vd. ya completamente restablecido.
—Sí, señor, estoy bueno, - contestó bruscamente, y en
trando en la sala, á donde le siguió el jóven. —No se le ofre
ce á Ví. nada mas?
—Nada mas y me retiro; acababa de llegar,—dijo con
afectada naturalidad el militar. —Me retiro repitiéndole que
que me intereso mucho por su salud.
—Bien; ya me lo dijo Vd . el otro dia —respondió Coletilla
dirigiendo miradas recelosas á Clara y á Pascuala.
—¿Y no me manda Vd. nada?
—Nada mas sino que me deje Vd. en paz. ¿No va Vd. á la
procesion? Está muy lucida.
—No estoy yo para procesiones.
—¿Le gusta á Vd. saber lo que pasa en las casas de los rea
listas? —añadió el viejo con el acento amargo y sombrío pro
pio de su carácter. —Aquí no se conspira. Y sí yo conspirara,
lo haria de modo que no vinieran á sorprenderme los lechu
guinos de la Milicia Nacional.
Clara estaba temblando. Le parecia que el militar, ofendi
do por aquel insulto, iba á desenvainar el tremendo sable
que llevaba en la cintura y á descargarlo sobre la cabeza del
realista. Pero aquel sonrió desdeñosamente y dijo:
—Amigo, veo que me juzga Vd. mal. Puede estar seguro
138
de que no me ocuparé en delatarle. ¿Qué daño puede hacer
usted?
—¿YoL. daño...—respondió el fanático con una mueca fe
roz que en él equivalia á la sonrisa.
—Poco será el que Vd. haga y por poco tiempo. Eso se lo
juro á Vd. Con que voy á hacerle á Vd. el favor de marchar
me.—Adios.
Dirigióse á la salida, no sin tratar de espresar á Clara con
una mirada lo que antes le habia dicho con muchas palabras:
es decir, que confiara en él y esperara. Hubiera querido verse
acompañado de la jóven hasta la puerta; pero la infeliz no se
atrevió. El militar se marchó, y cuañdo estuvo fuera, Cole
tilla se volvió á Clara, y con irritados ademanes le dijo:
— ¿Hace mucho que entró aquí ese hombre?
—No señor; un momento antes de Vd. llegar— dijo tem
blando Clara.
—¿Y por qué le habeis abierto? ¿No os dije que no abrierais
á nadie?
—Venia á preguntar por Vd.
—¿Por mí? ya... —contestó Elías con furia.—Algun espía
del gobierno. Pero ya me figuro la verdad. Este es algun mo
za!vete que te hace la córte-
—¿A mí? No señor. Si no le conozco, no le he visto nunca,
—dijo Clara temblando.
—Pues yo le he visto rondando esta calle. Si señora, le he
visto. No me lo niegues. Tú tienes tratos con él, tú le has
hablado, tú le has dado cita aquí!...
Clara no habia visto nunca á Elías tan encolerizado con
tra ella. Las inculpaciones que le hacia, ofendieron tanto su
inocencia, que en aquel momento sintió lo que nunca habia
sentido, una secreta aversion hácia aquel hombre.
—Yo he sido un padre para tí, Clara; pero tú no has sabi
do apreciar mi proteccion—continuó Coletilla con encono. —
Tú eres una ingrata, una mujer sin juicio, abusas de la liber
tad que te doy, abusas de mi alejamiento de la casa. Pero yo
juro que te enmendarás. Es preciso que hoy mismo tome la
139
determinacion que habia pensado. Sí: hoy mismo. Ahora
mismo.
—Le digo á Vd. que no sé quien es ese hombre; que hoy ha
entrado áquí á preguntar por Vd. Yo no sé quién es ni me
he ocupado nunca de semejante persona.
—Hipócrita, ¿piensas que creo en tu aire de mosquita
muerta? Fíese Vd. de las niñas apocaditas. Pero tus travesu
ras se concluirán, Clara. Ta no comprometerás otra vez mi
reposo, como hoy. Yo estoy siempre fuera, y no quiero que
durante mi ausencia se convierta esta casa en un infame garito.
Clara no podia creer aquellas palabras. Fa sabemos que
era poco ducha en confestar cuando el viejo aquel la repren
dia. Y esta vez su honor ofendido no encontró tampoco las
palabras que en aquella situacion convenian. Ne^ó y lloró
tan solo, argumento que el realista tomó como la última es-
presion de la hipocresía y el engaño.
—Prepárate, Clara, á salir de aquí. No mereces los sacrifi
cíos que te he hecho. A ver si ahora compras florecitas y ar
reglas cintajos para coquetear en la ventana. Vas á vivir de
aquí en adelante en compañía de unas personas cuya protec
cion no mereces tampoco. Pero estas son tan caritativas, que
te admitirán al menos por consideraciones á mí. Prepárate.
Esta tarde mismo voy á llevarte á casa de esas señoras, y allí
vivirás. Ellas te enseñarán á ser mujer de bien, y allí vere
mos si vuelves á tus Ipcuras, veremos si te apartas del buen
camino. Vivirás con ellas, las ayudarás y servirás en sus la
bores, y te enseñarán lo que no puedes aprender aquí, sola y
sin guía.
—¡Las señoras de Porreño!—pensó Clara con horror; —
aquellas tan erguidas y finchadas, que le daban miedo siem
pre que le hablaban, dejándole una impresion de tristeza que
iio podia borrar en muchqs dias.
—Estas ideas del dia,— continuó Elías, como hablando so
lo,—pervierten hasta á las muchachas mas recatadas. ¡Esta?
ideas del dia, esta lepra social!... ¡se difunde sin saber có
mo!... ¡penetra en todas partes! ¡Quién lo habia de decir!...
140
ya se ve... sola en esta casa... irás, Clara, en casa de esas se
ñoras. Ten presente que no lo mereces, porque ellas son per
sonas muy principales y virtuosas, libres del contagio del dia-
Haz cuenta que entras en un santuario .
No habia remedio. La fatal determinacion, que sin cono
cerla, habia asustado tanto á la huérfana, estaba irremisible
mente tomada. Clara se iba a vivir con aquellas misteriosas
señoras, en cuya casa, segun Coletilla decia, no habian pene
trado las ideas del dia. Hacia tiempo que él tenia este deseo
para vivir mas á sus anchas; pero nunca se hubiera atrevido
á proponerlo álas tres venerables matronas, siestas, con una
generosidad que él no se cansaba de tdmirar, no se lo hubie
ran indicado. Era ya cosa resuelta; así es que Coletilla, al
ocurrir la escena que hemos referido, no quiso retardar ni
un momento la determinacion, y partió á casa de sus amigas
á darles aviso, dejando á Clara entregada al dolor mas pro
fundo.
Digamos algo de las relaciones que anteriormente habia
tenido Elías con aquellas tres nobilísimas damas.
A fines del siglo era Elías mayordomo mayor de la casa de
los Porreños y Venegas. La ruina de esta histórica casa data
de aquella misma época. D. Baltasar Porreño, marqués de
Porreño, que habia sido consejero íntimo de Carlos IV, en
tabló un pleito con un pariente suyo, descendiente de los
marqueses de Vedia. Este pleito duró diez años, y en él per
dió Porreño casi toda su fortuna, cdhtrayendo deudas es
pantosas. Despues tuvo la desdicha de sostener á Godoy en
la conspiracion de Aranjuez, y caido Cárlos IV, el príncipe
heredero no perdonó medio de hacerle daño. Su hermano
D. Cárlos Porreño cometió el despropósito de afrancesarse
durante la guerra, y la proteccion de Junot y de Víctor no
sirvieron sino para que fuera despues condenado á perpétua
proscripcion.
Aquella casa ilustre y poderosa llegó al estremo de la rui
na con la muerte del marqués; los acreedores embargaron
,sin respetar los preclaros timbres de la familia; y despues de
141
liquidadas las cuentas, é inventariados los bienes muebles é
inmuebles, no les quedó á los herederos sino una miseria. A
la vuelta de Francia, Fernando olvidó que el marqués de
Porreño habia sido su enemigo en la conspiracion de Aran-
juez, y concedió una pension á su hermana. El hijo varon
del marqués habia muerto en el viaje, navegando hácia Amé
rica, y de la casa antigua y poderosa no quedaron mas que
tres señoras, á saber: la hermana y la hija del marqués de
Porreño, y la hija de su hermano D. Carlos, que siguió á Na
poleon, y murió, segun se decia, en Praga, al volver de la
campaña de Kusia.
Despues del triste fin'de la casa, Elías siguió fiel á sus an
tiguos amos. Al volver de la guerra, se presentó á aquellos
tres gloriosos vestigios, y les ofreció de nuevo sus servicios;
pero las tres damas no tenian ya bienes que administrar. De
su caudalosa fortuna no les restaba sino unas tierras de pan
llevar en el término de Colmenarejo, y unos viñedos de muy
poco valor junto á Hiendelaencina. La administracion se re
ducia á tomar las cuentas cada trimestre á dos colonos que
las cultivaban. Pero las señoras de Porreño, despues de su
decadencia, miraban á Elías como un buen amigo, le trata
ban de igual á igual (¡lo que puede la decadencia!) aunque el
antiguo mayordomo no traspasaba nunca, ni en sus conver
saciones, el límite respetuoso que separa á un hijo de zafios
labradores (frase suya) de tres damas pertenecientes á la mas
esclarecida nobleza,
Ellas no eran niñas. La hermana del marqués, llamada
Doña María de la Paz Jesús, pasaba un poquito mas allá de
los cincuenta, aunque se conservaba muy bien - Su sobrina
(hija mayor del mismo D. Baltasar), que se llamaba Salomé,
estaba haciendo constantemente intrincados cálculos para
ver' de qué manera, sumando sus años, podian resultar cua
renta tan solo. La tercera, llamada Doña Paulita (nunca se
pudo quitar este diminutivo), hija de D. Cárlos el afrancesa
do, tenia treinta y dos, cumplidos el dia de la Encarnacion.
Esta Doña Paulita era una santa.
142
Vivian humildemente, casi pobremente; pero con mucho
arreglo. Varias veces habian propuesto á Elías que llevase á
Clara á vivir con ellas, por la razon de que sola en su casa,
la muchacha se habia de contaminar necesariamente con las
xdeas del siglo. Coletilla no accedió al principio por respeto;
pero al fin acogió la idea, y ya hemos visto cómo se preparó
á realizarla. Además, doña María de la Paz Jesús , que era
mujer de gran iniciativa, habia concebido el proyecto de un
arreglo doméstico muy conveniente para Elías y para ellas.
Este proyecto consistia en que Elías tomara el piso segundo
de aquella casa, piso que ellas tenian como depósito de los
muebles de la grandiosa casa antigua, de que no habian que
rido desprenderse. El mayordomo aplazó para mas adelante
este arreglo.
— Señoras, al fin traigo esa chica—dijo Coletilla presen
tándose á las de Porreño.
—Bien, amigo,—esclamó Salomé;—tráigala Vd. en segui
da, esta misma tarde.
—Pero señoras,—continuó,—esa muchacha tiene muy mala
cabeza. Es prociso que Vds. empleen en ella una severidad
muy grande. De otro modo es imposible sacar partido.
—¿Pero qué ha hecho?—esclamó doña Paulita, la santa.
Elías contó la aparicion del militar en su casa, contó los
antecedentes peligrosos de Clara, su deseo de parecer bien,
la compra de las flores, las composiciones del vestido; y las
tres damas comenzaron á hacer aspavientos. Salomé entonó
un sermon y doña Paulita se hizo cuatro cruces desde la fren
te al estómago y desde un hombro á otro.
—Descuide Vd., amigo, que ya la enmendaremos,—dijo
María de la Paz Jesús.
— Bien se comprende esa desenvoltura... las muchachas del
dia,—dijo Salomé quitándose los espejuelos—son todas así.
Y ya... como esa Claritá no tiene mala cara... sí... una cari
lla así... desvergonzada y graciosilla... pues... aquello no es
hermosura.
—¡Pero, D. Elías, es cierto eso de que ha hablado con hom
143
bres?—esclamó Paz con una solemnidad arquiepiscopal, que
era en ella muy frecuente.—¿Pero qué basilisco es ese?... Alas
no importa. Ya la enmendaremos nosotras. Ya la enseñare
mos á portarse como una mujer de bien... ¡Ay! la honestidad
está por los suelos. ¡Qué siglo!
—¡Ah!—esclamó doña Paulita, despues de concluir en voz
baja un Padre nuestro;—estas ideas del dia... ¡Jesús, qué so
ciedad! Pero todo se enmienda; y los mas pecadores son los
que mas pronto salen de su error. Tráigala Vd., D. Elías;
que yo confio en que esa desdichada entrará por el buen ca
mino y será una santa tal vez. ¿No lo fué María la Egip
ciaca?
Elías manifestó con repetidos movimientos de cabeza que
estaba conforme con estas apreciaciones. Salió de la casa y
una hora despues volvió acompañado de Clara.
Para hacer comprender lo que Clara encontró de terrible
en la determinacion del realista, conviene describir prolija
mente la casa y sus estraordinarios habitantes .

CAPITULO XV.

Las tres ruínas.

Las tres señoras de Porreño y Venegas vivian en una hu


milde casa de la calle de Belen: esta casa constaba de dos pi
sos altos, y aunque vieja, no tenia mal aspecto, gracias á una
reciente revocacion. No habia en la puerta escudo alguno, ni
empresa heráldica, ni portero con galones en el zaguan, ni en
el patio cuadra de alazanes, ni cochera con carroza nacarada,
ni ostentosa litera. Pero si en el esterior y en la entrada no
se encontraba cosa alguna que revelase el altísimo orígen de
144
sus habitadoras; en el interior, por el contrario, habia mil
objetos que inspiraban á la vez curiosidad y respeto.
Es el caso que en la ruina de la familia, en aquella profa
na liquidacion y en aquel bochornoso embarg o que sucedió á
la muerte del marqués, pudo salvarse una parte de los mue
bles de la antigua casa (que estaba en la calle del Sacramen
to) y fueron trasportados á la nueva y triste habitacion, aco
modándolos allí como mejor fué posible. Estos muebles ocu
paban las dos terceras partes de la casa y casi to do el piso se
gundo que tambien era de ellas. Les fué imposible entregar
á la deshonra de una almoneda aquellos monum entos here
ditarios, testigos de tantas grandezas y tantas desventuras.
En el pasillo ó antesala, que era bastante espacioso, habian
puesto un pesado armario de roble ennegrecido, con colum
nas salomónicas, gruesas planchas de metal blanco en las cer
raduras y visagras, y en lo alto un óvalo con el escudo de la
casa de Porreño y Venegas, el cual escudo consistia en seis
bandas rojas en la parte superior y en la inferior tres vene
ros relucientes sobre plata y verde, además de una cabeza de
sarraceno, circuido .todo con una cadena y un lema que decia:
En la Puente de Lebrija, peresci con Lope Diaz. (No nos de
tendremos en la esplicacion de este sapientísimo lema, que
aludia sin duda á la muerte del primer Porreño en alguna de
las espediciones de Alfonso VIII en Andalucía.)
Las paredes de la misma antesala estaban todas cubiertas
con los retratos de quince generaciones de Porreños, que for
maban la histórica galería de familia. Por un lado se veia á
un antiguo prócer del tiempo del rey nuestro señor D. Feli
pe III, con la cara escuálida, largo y atusado el bigote, barba
puntiaguda, gorguera de tres filas de cangilones, vestido ne
gro con sendos golpes de pasamanería, cruz de Calatrava, es
pada de rica empuñadura, escarcela y cadena de la órden teu
tónica: á su lado una dama de talle estirado y rígido, traje
acuchillado, gran faldellin bordado de plata y oro, y tamBien
enorme gorguera, cuyos blancos y simétricos pliegues rodea
ban el rostro como una aureola de encaje. Por otro lado des
145'
collaban las pelucas blancas, las casacas bordadas y las cami
sas de chorrera: allí una dama con un perrito que enderazaba
airosamente el rabo, acullá una vieja con un peinado de dos
ó tres pisos, fortaleza de moños, plumas y arracadas; en fin,
la galería era un museo de trajes y tocados desde los
mas sencillos y airosos hasta los mas complicados y estrava-
gantes.
Algunos de estos venerandos cuadros estaban agujereados
en la cara; otros hablan perdido el color y todos estaban su
cios, corroidos y cubiertos con ese polvo clásico que tanto
aman los anticuarios. En las habitaciones donde dormian,
comian y trabajaban las tres damas, apenas era posible andar
á causa de los muebles seculares con que estaban ocupadas.
En la alcoba habia una cama de matrimonio que no parecia
sino una catedral. Cuatro voluminosas columnas sostenian el
techo, del cual pendian unas cortinas de damasco, cuyos co
lores primitivos se habian resuelto en un gris claro con abun
dantes rozaduras y algun disimulado y vergonzante remien
do: en otro cuarto se veian dos papeleras de entalle con innu
merables divisiones, adornadas de pequeñas figuras decora
tivas é incrustaciones de marfil y carey. Sobre una de ellas
habia un San Antonio muy viejo y carcomido con un vestido
flamante y una vara de flores de reciente hechura. Frente á
esto y en unos que fueron vistosos marcos de palo santo se
veian ciertos dibujos chinescos, regalo que hizo al sesto Por-
reño (1548) su primo el príncipe de Antillano que fué con los
portugueses á la India. Al lado de esto se hallaban unos va
sos mejicanos con estrambóticas pinturas y enrevesados sig
nos, que no parecian sino cosa de herejía. Segun tradicion
conservada en la familia, estos vasos, traidos del Perú por
el sétimo Porreño, almirante y consejero del rey (1603}
fueron mirados al principio con gran recelo por la devota es
posa de aquel señor, que creyendo fuesen cosa diabólica y
hecha por las artes del demonio, como indicaban aquellos ca
balísticos y no comprendidos signos, resolvió echarlos al fue
go; y si no lo hizo fué porque se opuso el octavo Porreño
10
146
(1632), el mismo que fué despues consejero de Indias y gran
sumiller del señor rey D. Felipe IV. Junto á la cama cam
peaba un sillon de vaqueta claveteado, testigo mudo del paso
de tres siglos. Sobre aquel cuero perdurable se habian, senta-
de los gregüescos acairelados de un gentil-hombre de la casa
del emperador; recibió tal vez las gentiles posaderas de algun
padre provincial, amigo de la casa; quizás sostuvo los flacos
muslos de algun familiar del Santo Oficio en los buenos
tiempos de Cárlos II, y por último, habia sido honroso pedes
tal de aquellas humanidades que llevaban un rabo en el oc
cipucio y aparecian constantemente aforradas en la chupa y
ensartadas en el espadin.
No lejos de este monumento, se encontraban dos ó tres
arcones, de esos que tienen cerraduras semejantes á las
de las puertas de una fortaleza, y eran verdaderas fortalezas,
donde se depositaban los patacones; donde se sepultaba la
vagilla, la plata de familia, las alhajas y joyas de gran
precio; pero ya no habia en sus antros ningun tesoro, á no
ser dos ó tres docenas de pesos, que dentro de un calcetin
guardaba doña Paz para los gastos de la casa. Encima de es
tos muebles se veian roperos sin ropa, jaulas sin pájaros; y
arrinconado en la pared un biombo de cuatro dobleces, mue
ble que entre los demás tenia no sé qué de alborozado y ju
venil: eran sus dibujos del gusto francés que la dinastía ha
bia traido á España; y en los cinco lienzos que lo formaban
habia amanerados grupos de pastoras discretas y pastores
con peluca al estilo de Watteau, género interesante que hoy
ha pasado á los abanicos.
Tambien existe (y si mal no recordamos estaba en la sala)
un reló de la misma época con su correspondiente fauno do
rado; pero este reló, que en los buenos tiempos de los Porre-
ños habia sido una maravilla de precision, estaba parado y
marcaba las doce de la noche del 31 de Diciembre de 1800,
último año del siglo pasado, en que se paró para no volver á
andar mas, lo cual no dejaba de ser significativo en aquella
casa. Desde dicha noche se detuvo, y no hubo medio de ha
147
,cerle andar un segundo mas. El reló, como sus amas, no qui
so entrar en este siglo.
Tambien habia (y estaba de seguro en la sala) una caja de
música, traida de Flandes por el décimo Porreño (1725) que
estuvo en Lieja á tomar posesion de unas tierrillas que le
dejó su tio el canciller. Esta máquina tenia una coleccion de
figurillas de movimiento representando un baile campestre;
pero hacia 45 años que no andaban, y la mitad de ellas no
tenian cabeza, gracias á los entretenimientos de Salomé, que
álos cinco años era una decapitadora terrible. Un cuadro
místico de pura escuela toledana ocupaba el centro de la sala
al lado del décimo cuarto Porreño (padre feliz de doña Paz),
pintado por Vanlóo. El cuadro místico representaba, si no
nos engaña la memoria, el triunfo del Eosario, y era un
agregado de pequeñas composiciones dispuestas en elipse,
en cada una de las cuales estaba un retrato de un fraile do -
minico principiando por Vioenzius y acabando por Hyacin-
thus. En el centro estaba la Vírgen con Santo Domingo arro
dillado; y no tenia mas defecto, sino que en el sitio donde
el pintor habia puesto la cabeza del santo, puso la humedad
un agujero muy profano y feo. Pero á pesar de esto, el tal
lienzo era el Someta ¡Sanctormn de la casa, y representaba
los sentimientos y creencias de todos los Porreños, desde el
que pereció en Andalucía con Lope Diaz, hasta las tres rui
nosas damas, que en la época de nuestra historia quedaban
para muestra de lo que son las glorias mundanas.
En el cuarto de la devota... (lo describimos de oidas; por
que ningun mortal masculino pudo jamás entrar en él) habia
una Santa Librada, imágen de quien era especial devoto y
fiel ahijado el tercer Porreño (1465). Con los años se le ha
bia roto la cabeza; pero doña Paulina tuvo buen cuidado de
pegársela con un enorme pedazo de cera, si bien quedó la
santa tan cuelli-torcida quedaba lástima. Junto á la cama
(pudoroso y casto mueble, que nombramos con respeto) esta
ba el reclinatorio, al cual no se acercaban ni sus tias: sobre él
se erguía un hermoso Cristo de marfi, desfigurado por un
148
faldellin de raso blanco bordado de lentejuelas y una cinta
anchísima y un ámplio lazo que de los piés le colgaba: el re
clinatorio era una bella obra de entalle del siglo xvi; pero
un carpintero del xix le habia añadido para componerlo
varios listones de pino, dignos de un barril de aceitunas. El
cojin donde las rodillas de la santa se clavaban p or espacio
de cuatro horas todas las noches, era tan viejo, que su orígen
se perdia en la oscuridad de los tiempos: su color era in
definible, y la lana secular se salia á toda prisa por sus gran
des roturas.
Todas estas reliquias, recuerdo de pasadas gloria s, recuer
do de instituciones, de personas, de dias pasados, tenian un
aspecto respetable y solemne. Al entrar en aquella casa y ver
aquellos objetos deteriorados por el tiempo, bellos aun en su
miseria, el visitador se sentia sobrecogido de estupor y ve
neracion. Pero las reliquias, las ruinas que mas impresion
producian eran las tres damas nobles y deterioradas que allí
vivian, y que en el momento de nuestra historia correspon
diente á este capítulo, estaban sentadas en la sala, puestas en
fila: María de la Paz, la mas vieja, en el centro; las otras dos
á los lados. Una de ellas tenia en la mano un libro de horas,
otra cosia, la tercera bordaba con hilo de plata un pequeño
roponcillo de seda que sin duda, se destinaba á abrigar las
carnes de algun santo de palo. Las tres, colocadas con sime-
tría, silenciosas y tranquilamente ensimismadas en su ora
cion ó su trabajo, ofrecian un cuadro sombrío, glacial, lúgu
bre. Dercribiremos los principales rasgos de esta trinidad
ilustre.
María de la Paz (quitémosle el doña, porque supimos ca
sualmente que le agradaba verse despojada de aquel trata
miento), hermana menor del marqués de Porreño, -era una
mujer de esas que pueden hacer creer que tienen cuarenta
años, teniendo realmente cincuenta. Era alta, gruesa y ro
busta, de cara redonda y pecho abultado, que se hacia mas
ostensible por el singular empeño de ceñirse á la altura usa
da en tiempo de María Luisa. Su rostro, perfectamente esfe
149
roidal, descansaba sin mas intermedio sobre el busto; y su
pelo, negro aun por una condescendencia de los años, y par
tido en dos zonas sobre la frente, le tapaba entrambas orejas
i recogiéndose atrás. Su nariz era pequeña y amoratada: su
boca mas pequeña aun, y tan redonda, que parecia un boton
encarnado; los ojos no muy grandes, la barba prominente, los
dientes.agudos y uno de ellos le asomaba siempre cuando mas
cerrados tenia los lábios. De la estremidad visible de sus ore
jas pendian dos enormes herretes de filigrana que parecian dos
pesos destinados á mantener en equilibrio aquella cabeza. En
el siniestro lado tenia una grande y muy negra berruga, que
semejaba un ex-voto puesto en el altar de su cara por la pie
dad de un católico. El cuerpo formaba ^ran armonía con el
rostro; y en sus manos, pequeñas, coloradas y gordas, resplan-
decian muchos anillos, en los que los brillantes habian sido
hábilmente trocados por piedras falsas. Echemos un velo so
bre estas lástimas.
Salomé era un tipo enteramente contrario. Así como la
figura de Paz no tenia nada de aristocrático, la de esta era
de esas que la rutina ó la moda califican, cuando son bellas,
de aristocráticas. Era alta y flaca, flaca como un espectro. Sa
rostro amarillo habia sido en tiempo de Cárlos IV un óvalo
muy bello: despues era una cosa oblonga que medía una
cuarta desde la raiz del pelo á la barba: su cutis, que habia
sido finísimo jaspe, era ya papel de un título de ejecutoria, y
los años estaban trazados en él con arrugas tan rasgueadas
que parecian la complicada rúbrica de un escribano . Cua
renta años habian firmado sobre aquel rostro. Las cejas ar
queadas y grandes eran delicadísimas: en otro tiempo tuvie
ron una suave ondulacion; pero ya se recogian, se dilataban
y contraian como dos culebras. Debajo se abriian sus grandes
ojos, cuyos párpados, ennegrecidos, cálidos, venosos y casi
trasparentes, se abatian como dos compuertas cuando Salo
mó queriia espresar sa desden, que era cosa muy comun. La
nariz era afilada y tan flaca y huesosa, que los espejuelos,
que solia usar, se le'resbalaban por falta' de cosa blanda en.
160
que agarrarse, viéndose en la precision de sujetárselos atrás
con una cinta. Y por último, para que esta efigie fuera mas-
singular, adornaban airosamente su lábio superior unos ve
llos negros que habian sido agraciado bozo y eran ya un bi-
gotillo barbi-poniente, con el cual formaban simetría dos
tres pelos arraigados bajo la barba, pelos de una longitud y
lozanía que envidiara cualquier moscovita.
El despecho, un despecho crónico habia dado á este rostro'
un mohin repulsivo y una siniestra contraccion que se ave"
nia muy bien con las formas de la figura y su atavío. Des
aparecian los cabellos bajo un tocado de tristísimo aspecto, y
el cuello, que fué comparado al del cisne por un poeta que-
jumbron del tiempo de Cornelia, era ya delgado, sinuoso y
escueto: marcábanse los huesos, los tendones y las venas for
mando como un manojo de cuerdas; y cuando hablaba, alte
rándose un poco, aquellas mal cubiertas piezas anatómicas se
movian y agitaban como las varas de un telar. Debajo de toda
esta máquina se estendia en angosta superficie el seno de la
dama, cuyas formas al esterior no podria apreciar en la época
de nuestra historia el mas esperimentado geómetra; y mas
abajo la otra máquina de su talle y cuerpo, inaccesible tam
bien á la induccion, máquina que á fuerza de ataques ner
viosos habia llegado á la mas completa morosidad. Cubríala
un luengo traje negro: entre I03 pliegues de un vastísimo pa
ñuelo del mismo color, se destacaban dos manos blancas,
finísimas, de un contorno y suavidad admirables. Pero no
eran las manos la única cosa bella que se advertia en aquella
ruina, no: tenia otra cosa mil veces mas bella que las manos,
y eran los dientes, que, salvados del general desastre, se con"
servaban hermosísimos, con perfecta regularidad, esmalte
brillante é intachable forma. ¡Oh! Los dientes de aquella
vieja eran divinos.' solo ellos recordaban el antiguo esplen
dor; y cuando aquel vestigio se sonreia (cosa muy rara) cuan
do dejaba ver, contrastando con lo desapacible del rostro,
las dos filas de dientes de incomparable hermosura, parecia
que la belleza, la felicidad y la juventud se asomaban'
151
á su boca, ó que una luz aclaraba aquel rostro apagado.
Dona Paulita (nunca pudo quitarse ni el doña ni el dimi
nutivo) no se parecia en nada ni á su tia ni a su prima. Era
una santa, una santita. Sus ademanes estaban en armonía
con su carácter, de tal modo, que" verla y sentir ganas de re
zarle un Padre nuestro era una misma cosa. Miraba constan
temente al suelo y su voz tenia un timbre nasal é impertinen
te como el de un monaguillo constipado. Cuando hablaba,
cosa frecuente, lo hacia en esc tono que generalmente se lla
ma de carretilla, como dicen los chicos la leccion; en el tono
en que se recitan las letanías y los gozos. Examinando aten
tamente su figura, se observaba que la espresion mística que
en toda ella resplandecia, era mas bien debida á un hábito
de contracciones y movimientos, que á una natural y congé-
nita espresion. No se crea por eso que era hipócrita, no: era
una verdadera santa, una santa por conviccion y por fervor .
Tenia el rostro compungido y desapacible, pálido y ojero
so, áspera y morena la tez, con el circuito de los ojos, como
si acabara de llorar; las cejas muy negras y pobladas, la boca
un poco grande y con cierta gracia innata, casi desfigurada
ya por el mohin santurron y compungido de sus lábios, he
chos á la modulacion silenciosa de palabras santas.
El que fuera digno de gozar el singular privilegio de ser
mirado por ella, hubiera advertido en sus ojos la inalterable
fijeza, la espresion glacial que son el primer distintivo de los
ojos de un santo de palo. Pero habia momentos, y de esto solo
el autor de este libro puede ser testigo, habia momentos, de
cimos, en que las pupilas de la santa irradiaban una luz y uu
calor extraordinarios. Y es que sín duda el alma .abrasada ea
amor divino, se manifiesta siempre de un modo misterioso, y
con síntomas que el observador superficial no puede apre
ciar. , . ., /,
Su vestido era recatado y monjil, no siendo posible certifi
car que bajo sus tocas hubiera algo parecido á una cabellera
aunque nos atrevemos á asegurar que la. tenia, y muy hermo
sa. Su estatuia nfc pasaba de mediana, y á pesar de la modes
152
tia, poca elegancia y ninguna presuncion con que vestia, era
indudable que un esperimentado geómetra, llamado á indu
cir las formas de aquella santa, no se hubiera encontrado con
tanta falta de datos como en presencia de su ilustre prima la
acartonada María Salomé.
Conocida esta trinidad ilustre, conviene recordar algunos
antecedentes históricos. Allá por los años de 1790 los Porre-
ños eran muy ricos, tenian gran boato, y gozaban de mucha
preponderancia en la córte. Entonces Paz tenia 19 años, y
era tan fresca, robusta y coloradota, que un poeta de aquel
tiempo la comparó á Juno. Decian sus primas por lo bajo
que era muy orgullosa, y su padre el décimocuarto de los
Porreños, aseguraba que no habia príncipe ni duque que fue
ra digno de aquella flor. Estuvo arreglado su casamiento con
un jóven de la ilustre casa de Gaytan de Ayala; pero aconte
ció que el tal no gustó de Juno y la boda fué un sueño. Es
imposible pintar el dolor que tuvo la infeliz cuando María
Luisa hallándose una noche en casa de la duquesa de Chin
chon, se permitió hacer con su acostumbrada malicia algunas
apreciaciones un poco picantes sobre la gordura y redondez
de nuestra diosa.
Esto no fué, sin embargo, obstáculo para que, pasados
cuatro meses, se ajustaran las bodas de Paz con un caballe
ro irlandés que estaba en la embajada inglesa. Pero el dia
blo, que no duerme, hizo que ocurrieran á última hora algu
nas dificultades; el décimocuarto Porreño era cristiano muy
viejo y muy temeroso de Dios; y cierto fraile de la Merced,
que frecuentaba la casa y tomaba allí el chocolate todas las
noches, dió en probar con la autoridad de San Anselmo y
Orígenes que aquel caballerito irlandés era hereje y poco
menos que judío. Alarmóse la susceptible conciencia del
marqués, y despues de echarle un sermoji consolatorio á Paz,
esta se quedó sin marido con la triste circunstancia de que
se ponia cada vez mas gorda, y ni el bajarse el talle podia
disimular aquel mal. Por último, en Diciembre de 1795, Paz
se casó con un pariente viejo y fastidioso, que cometió el
153
singular despropósito de morirse á los siete dias de casado,
dejando á su mujer mas gruesa, pero no en cinta. Por la ra
ma femenina los Porreños se quedaron sin sucesion , lo
cua] hacia que el viejo marqués, en sus accesos' de melanco
lía, se pusiera á llorar como un niño, presagiando el triste
fin y acabamiento de su gloriosa casa.
Entonces murió el viejo: heredóle su hijo D. Baltasar, pa
dre de Salomé; y con esta, cuya belleza era notable, habia
formado el padre proyectos matrimoniales que remediaran
la ruina que ya le amenazaba. El pleito comenzaba á apare
cer formidable, siniestro, terrible, como un mónstruo de
múltiples miembros; habíase apoderado de la casa, la estre
chaba, la devoraba, la consumia. Un pleito es un incendio;
pero mas terrible, porque es mas lento. La casa ilustre co
menzaba á desmoronarse: era inútil que le quisieran poner
un puntal aquí, otro allá; la casa se venia al suelo¿ porque el
mónstruo terrible no cesaba en su actividad destructora. Lo
iinico que logró D. Baltasar fué disimular su ruina. Nadie
creia que aquella casa poderosa estaba devorada por los
acreedores. Solo Elías Orejon, que gozaba sin sueldo de las
preeminencias de intendente, lo sabia. D. Baltasar fundaba
su esperanza en Salomé, cuyo peinado de canastillo habia
seguramente gustado mucho al jóven duque de X..., que
buscaba esposa en la tertulia de la citada duquesa de Chin
chon.
Salomé era entonces una sílfide . Ninguna le igualaba en
esbeltez y delicadeza; vestia con suma gracia y sencillez, y
bailaba el minueto de una manera tan sutil y ligera, que
aparecia del modo menos terrestre que es posible en la figu
ra humana.
El duque se enamoró de ella como un loco: hizo que uno
de los mas enfadosos poetas de aquel tiempo escribiera unas
«strofas amatorias, que el jóven apasionado deslizó suave
mente en la mano de Salomé á la salida de uno de aquellos
bailes. Sentimos no tener á mano estas estrofas, porque son
«n documento notable y digno de ser conocido. En prosa
154
neta contestó la jóven; pero no fué menos espresivo su esti
lo. Hicieron amistades; de las amistades pasaron al galan
teo, y del galanteo al proyecto de boda. D. Baltasar creyó
en el afianzamiento de su casa, pero se llevó un terrible
chasco. De repente los duques de X se opusieron al casa
miento de su hijo; Salomé estuvo en cama siete dias con do
lor, de muelas; su padre oyó con sumision la homilia que el
fraile le espetó por via de consuelo, y Elías Orejon le leyó
en seguida unas terribles cuentas que le hicieron el efecto de
un tósigo.
La jóven empezó entonces á enflaquecer. Por un amigo
de la casa hemos sabido que antes que el peinado de canas
tillo impresionara tan enérgicamente al jóven duque, habia
indicios para creer que á Salomó no le era del todo indife
rente un capitan de húsares del Key, que medía la calle del
Sacramento lo menos cien veces al dia. Es tambien seguro
que Salomé pasaba muchas noches llorando, y que en aquel
asunto intervinieron el fraile y el marqués. El capitan fué
mandado al Perú, y no se supo nada mas de él.
Es imposible espresar lo que sufrió la pobre alma de la jó
ven Porreña con el terrible golpe del rompimiento de la bo
da. Ella esperaba no sé qué de aquel enlace. ¡Misterios feme
ninos! Lloró por el capitan y rabió por el duquesito. Desde
aquellos dias principió á advertirse en ella la modificacion
que la llevó al estado en que la conocemos. La displicen
cia atrabiliaria, el desden amargo, la impasibilidad indife
rente aparecieron entonces, y se apoderaron por último de
su espíritu por completo. Llegó con los años á ser la persona
mas desapacible y de trato mas fastidioso, que pudiera con
cebirse, ella que habia tenido un carácter tan flexible, un
trato tan amable, una manera de insinuarse tan suave y ha
lagüeña. ,,'
No así Doña Paulita, que siempre habia encontrado con
suelos en la religion. Desde nina habia sido reputada como
un ángel; no hacia mas que rezar y cantar á estilo de coro,
remedando lo que oia en las Carboneras. Los domingos de
155
cia misa en un pequeño altar que ella misma habia formado,
y tambien predicaba desde lo alto de una mesa con gran re
godeo de toda la servidumbre, que acudia para oirla desde
los cuatro polos de la casa. Ya mas grandecita manifestaba
un vehemente horror á los saraos y á los teatros: lo vínico
que pudo agradarla un poco fué una funcion de toros á que
la llevó su padre, gran aficionado. Solamente iba Doña Pau-
lita al teatro cuando se representaba algun auto en la Cruz
por liestas de Corpus; pero siempre iba con permiso de su
confesor.
Entrada en los diez y ocho años, oyó con horror las propo
siciones del décimo quinto Porreño, su tio, para que se ca
sara.
—Yo,—dijo,—ó seré hija de Jesucristo, ó viviré en mi ca
sa ausente del mundo, buscando en ella un baluarte contra
el demonio.
—Bien, hija mia, si es este tu gusto,—dijo el tio,—sea. .
Creció con los años su devocion, pero no .hipócrita, sino
devocion verdadera, legítimo fervor cristiano. Tenia grandes
visiones, y en llegando la cuaresma se disciplinaba, y decian
los criados que en las altas horas de la noche sentian los azo
tes que se daba. En la época de la decadencia, cuando vivian
en la calle de Belen, visitaba todos los dias á las vecinas
monjas de Góngora, conversando con ellas largas horas. Con
ellas consultaba sus visiones y contravisiones, relatando sus
deliquios y arrebatos de amor divino. Otros dias llegaba muy
apurada para contarles cómo habia sentido unas terribles
tentaciones, y que bebiendo vinagre se le habian quitado.
Así pasaba los dias en sabroso comercio con lo desconoci
do, lo mismo en la época de su apogeo, que en la de su de-
«adencia.
Estos tres ángeles caidos llevaban una vida monótona y
triste. Su casa era la casa del fastidio. Parecia que las tres se
fastidiaban de las tres, y cada una de las demás.
Nos hemos olvidado de otro importante inquilino. Era un
delicado ejemplar de la raza canina, un perrito que repre
156
sentaba en la casa el elemento irracional. Mas en este sér no
se veian nunca la inquietud y alborozo propios de su edad
y de su raza; antes por el contrario, era tan melancólico como
sus amas. En los tiempos de prosperidad habia en la casa
muchos perros; dos falderos, un pachon, y seis ó siete lebre
les, que acompañaban al décimocuarto Porreño cuando iba
á cazar ;l su dehesa de Sanchidrian . Con la ruina de la casa
desaparecieron los canes, unos por muerte, otros porque el
destino, implacable con la familia, alejó de ella á sus "mas
leales amigos. Mas en su decadencia las tres damas no po
dian pasarse sin perro; y es fama que un dia, viniendo doña
Paz de visitar á sus amigas las Carboneras, al pasar por la
Puerta del Sol vió á un hombre que vendia unos falderillos
de pocos dias. Acercóse con emocion y cierta vergüenza, pa
gó uno con ocho cuartos, y se lo llevó bajo el manto.
Instalado el perro en la casa, Salomé le puso nombre, y re
cordando las lucubraciones mitológicas y pastoriles de los
poetas que en tiempo de la Chinchon la obsequiaban con sns
versos, le puso el nombre clásico de Batilo.
Este desventurado sér se hallaba en el momento de nues
tra descripcion echado á los pies de María de la Paz, seme
jando en su actitud y posicion á los perros ó cachorrillos,
que duermen el sueño del mármol inerte á los piés de la es-
tátua yacente de un sepulcro.
Las de Porreño se levantaban á las siete de la mañana, to
maban un chocolate del de á tres reales la libra, y se iban á
las Góngoras. Oian tres misas y parte de una cuarta. Si era
domingo confesaban, y despues volvian á casa, quedándose
generalmente Doña Paulita en el locutorio á hablar de las
llagas de San Francisco. A la una comian (no tenian criada)
una olla decente con menos de vaca que de carnero, y algunos
platos condimentados por el instinto (no educacion) culinario
de María de la Paz, que consideraba como la última de las
humillaciones la de entrar en la cocina. Despues hacian la
bor. Una vez al año visitaban á cierta condesa vieja, que les
conservaba alguna amistad á pesar de la desgracia. Llegada
157
la noche rezaban á trio por espacio de dos horas, y despues
se acostaban. Al sumergirse en aquellas camas arquitectóni
cas, verdaderos monumentos de otros tiempos, los tres ves
tigios de la familia insigne de Porreño, vivos exóticamente
en nuestros dias, parecia que se hastiaban del mundo de hoy
y se volvian á su siglo.
Concluyamos: la mas inalterable armonía reinaba aparen
temente entre ellas. Parecian no tener mas que un pensa
miento y una voluntad. La uncion de Paulita se comunica
ba á las otras dos, y la misantropía amarga de Salomé se re
petia en las otras dos. La alegría, el dolor, las alteraciones
' de la pasion y del sentimiento no se conocian en aquella re
gion del fastidio . La unidad de aquella trinidad era un mis
terio. En los momentos normales de la vida las tres no eran
mas que una, lo antiguo manifestado en un triángulo equilá
tero, el hastío representado de tres modos distintos, pero una
en esencia.

CAPTULO XVII.
El síglo décímo octavo.

Estas eran las tres venerandas matronas con quienes iba á


vivir nuestra pobre amiga Clara; y en la posicion en que las
hemos descrito se hallaban cuando Elías, trayendo de la ma
no á su ahijada, entró en la sala, y se paró ante las tres da
mas haciendo una profunda reverencia . Las tres dirigieron á
un tiempo los mas impertinentes rayos de sus miradas sobre
el semblante de la infeliz muchacha, que estaba con los ojos
bajos, el alma oprimida y sin poder pronunciar una palabra.
—¿Es esta la niña que Vd. nos ha encargado, Sr. D. Elías? —
dijo María de la Paz Jesús.
158
—Sí, seiloras, ya que usías son tan buenas que quieren ad
mitirla aquí. Yo espero que ella será agradecida á tanto ho
nor, y sabrá corresponder á él con su buena conducta.
—Pero es preciso corregirse, niña,—dijo Paz, y si es verdad
lo que el Sr. Elías nos ha dicho de Vd... y verdad debe de
ser cuando él lo dice. Siéntese Vd.
Los dos visitantes se sentaron en dos taburetes, magníficas
joyas del siglo décimosétimo.
—Sí, es verdad,— dijo Salomé con desden y cierta fatui
dad;—es preciso que Vd. se corrija. Esta casa, niña, impone
al que la habita deberes muy sagrados. Nosotros no consen
timos el menor escándalo, y cuando protejemos (recalcó la
palabra protejemos) £ una persona, principiamos por enseñar
le lo que debe á sus protectores, pues... á sus protectores.
—Estas ideas del dia,—añadió Paz, —lo invaden todo, ni-
.ña: no estraño que le haya alcanzado á Vd. su influencia pes
tilencial. Ya no hay religion: los hombres corren desenfrena
dos á su ruina; y si Dios no se apiada, se acabará el mundo.
Pero en alguna parte se conservan los sentimientos de hon
radez y pudor. Haga Vd. cuenta, niña, que ha dejado un
mundo de cieno para entrar en otro mas perfecto. Dios
ha iluminado á su buen protector para que la ponga entre
nosotras, que la libraremos de la influencia infernal de las
ideas del dia.
Y siguió disertando sobre las ideas del dia con argumentos
tan fuertes y tal vehemencia de estilo, que Clara sintió pica
da su curiosidad; alzó los ojos y se puso á mirar con asombro
la efigie Porreñana, de cuya boca salia elocuencia tan ter
rible.
—¡Usías son tan buenas!... son las únicas personas que
pueden ofrecer algun consuelo entre las borrascas del dia,—
dijo Elías con una voz menos áspera que de ordinario, pues
solo era afable tratándose de las Porreñas.—Usías le harán
comprender lo que han sido y lo que son todavía, porque aun
que esto se ha desquiciado, aun quedan personas de aquel
-tiempo tan grandes y nobles como entonces. Clara, haz
159
cuenta que habitas con las mas dignas y elevadas personas
de la grandeza española, que al par de la virtud, atesoran
-todas aquellas prendas del alma que distinguen á ciertas per
sonas del bajo vulgo á que nosotros pertenecemos.
María de la Paz Jesús se irguió con toda la gallardía de i
que era capaz; respiró y miró á un lado y otro con una ma
jestad perfectamente regia. Salomé miró con angustiosa cal
ma las colgaduras remendadas y raidas, los muebles desven
cijados y rotos. Doña Paulita dió un suspiro místico, y con
tinuó en silencio.
Coletilla, cuando emitió tan gran pensamiento, se levantó,
y se fué despues de saludar á las damas y hablar algo en voz
baja con la mas vieja de las tres. Clara le miró partir, y aquel
hombre, que le habia inspirado tanto miedo, que habia sido
siempre un tirano para ella, le pareció un ángel tutelar que
la abandonaba en tales momentos. Sintió impulsos de correr
á abrazarle para salir con él; le miró en silencio, y cuando se
hubo marchado, miró á las tres viejas con terror, y dos
lágrimas de desconsuelo y angustia corrieron por sus me
jillas.
No llores, niña,—dijo Salomé;—esos sentimientos que ma
nifiestas por tu bienhechor son saludables; pero ¿de qué va
len esas lágrimas tardías, despues de haber abusado de su
bondad, poniendo en peligro la dignidad de su casa?
—¡Yo, señora!—dijo Clara con asombro.
—Sí, Vd'.,—eschimó doña Paz;—pero la juventud está des
moralizada: no me admira. Esperamos sin embargo que us
ted se corrija. Ya se ve... con estas ideas del dia, ¡qué habia
Vd. de hacer!
—Es preciso perdonar,—dijo doña Paulita con una voz
agridulce y atiplada, que parecia salir de lo profundo de un
cepillo de iglesia.
—Sí, perdonar; pero corregirse tambien,—dijo Salomé
con el aplomo de un legislador.—Si no, á dónde iríamos á
parar; porque el perdon sin corrección produce peores efec
tos que el no perdonar.
160
—Ese es un punto,— contestó la devota,—difícil de resol
ver, y que ha de llevarnos á sostener una herejía. El perdon
es bueno en sí y por sí, como me lo probó el padre Antonio
el otro dia.
—Pero, hermana, ¡de qué sirve perdonar si el malo no se
corrije y sigue siendo malo?—dijo Salomé interesándose en
aquella controversia, que alteró la soporífera armonía de la
trinidad por algunos minutos.
—El perdon basta por sí para producir la gracia eficaz en
el perdonado, - contestó la devota; - y sí es así que el perdo
nado se corrije con la gracia tan solo, luego la correccion del
perdonador es ineficaz para el perdonado.
Olvidábamos decir que doña Paulita sabia un poco de la
tin, y que en la época de la decadencia se habia dedicado á
leer el Florüogio sagrado y el Thesaurum breve Patrum ac
sententiarum. Aquel argumento lo habia leida la noche antes,
y por eso lo tenia tan á la mano.
La controversia concluyó, y María de la Paz, mas dada al
sermon que á la doctrina teológica, prosiguió arengando á
Clara que, sentada como un reo en un banquillo, estaba
aterrada en presencia de áquellos tres jueces severos.
—La opinion de la mujer,—decia la matrona,— es cristal
finísimo que se empaña al menor soplo. Aquella que no se
guarda á sí misma, no es guardada; y mujeres hemos visto
muy honestas que por no cuidar de su nombre le han visto
manchado sin motivo. La opinion es lo primero: cuidad de
vuestra fama, porque cuando se habla de una mujer, nada le
queda ya, y su misma inocencia no la consuela.
Estas doctrinas sobre la opinion eran de la! cosecha del
fraile de la Merced que in illo tempore frecuentaba la casa
A Paz se le quedaron presentes sus argumentaciones y en
lo sucesivo no perdonaba ocasion de sacarlas á cuento,
creyendo que hablaba por su boca la misma sabiduría. La de
vota manifestó con un sin embargo que no estaba conforme
con aquella doctrina; pero el sermon, turbado por este pe
queño incidente, continuó despues por mucho rato.
161
—Y si no, dígame Vd., niña,—dijo Paz,—¿qué objeto tiene
la mujer al dar oido á las palabras de los hombres, que son
los que el demonio elige para que propaguen estas ideas del
dia? ¿Usted á qué aspira en la tierra? Por su nacimiento, por
su educacion, no puede aspirar á- ocupar un puesto en el
mundo que la haga capaz de hacer bien á los inferiores. O si
no, vamos á ver: trataré de averiguar cuáles son sus pensa
mientos sobre ciertas cosas, niña. ¿Qué espera Vd., á qué as
pira Vd., y de qué modo piensa conducirse en el mundo?
Clara no sabia qué contestar á esta pregunta.
—Vamos, conteste Vd. —dijo Salomé con un tonillo que
indicaba grandes deseos de oir un disparate.
—Diga, hermana, —esclamó con la nariz la devota.
—Yo... —contestó Clara despues de una pausa larga en que
trató de dominar su turbacion... —Yo... les diré á Vds... soy...
una mujer.
Paz hizo con la cabeza un signo de asentimiento, y miró
á sus sobrinas de un modo que indicaba el profundo acierto
que habia en la respuesta de Clara.
,—Vamos, niña, ¿qué piensa Vd. hacer en el mundo? ¿Cómo
cuenta Vd. vivir en lo sucesivo? ¿De qué modo? A ver,— es
clamó Salomé con vehementes ganas de que Clara no acerta
ra con la respuesta.
—Yo... contestó Clara,—lo que deseo es... vivir... pues.
Paz inclinó de nuevo la majestuasa cabeza en señal de api o- .
bacion.
— ¿Y nada mas?—dijo Paz.
—Ser buena y...—contestó Clara.
—¿Y qué?—insistió Salomé amostazada por el juicio y dis
crecion que habia mostrado la examinanda en las cuestiones
anteriores.—¿Y qué mas? ¿No se le ha ocurrido á Vd. alguna
cosa para lo porvenir? ¿No ha esperado Vd. verse en otra po
sicion, en otro estado del que hoy tiene?
Clara continuaba no comprendiendo.
— Pues queremos decir,—añadió Paz, que si á Vd. no le
ha ocurrido ser feliz de algun modo; figurarse que podia ser
11
162
útil al mismo tiempo... pues... porque las jóvenes del dia
tienen ciertos pensamientos sobre la vida y la sociedad que
conviene examinar en Vd .
—¿De qué manera,—dijo Salomé,—cree Vd. que debe;vivir
una mujer en el mundo? ¿Cómo espera Vd. vivir en la socie
dad para servirla y serle útil?
—¡Ah! sí,—dijo Clara bruscamente, como si un rayo de luz
repentina hubiera iluminado su entendimiento, sugiriéndole
ana idea que agradara á aquellas señoras.
—¿A ver cómo?
—Veamos.
Clara tenia un sentido natural muy grande. Evocólo todo,
y pensó en lo que á ella le parecia ser los destinos de la mu
jer. Comprendió que si no hubiera matrimonio se acabaria
el mundo, y recordó haber pensado varias veces que una mu
jer casándose seria lo que deben ser las mujeres. Con esta
dosis de lógica se aventuró á dar una respuesta á sus jueces,
segura de que las tres habian de quedar muy satisfechas y
complacidas.
—A ver, niña, - diga Vd. de una vez.
— ¿Qué debe hacer la mujer en la sociedad para servirla y
serle útil?
—Casarse,—dijo Clara con la mayor sencillez;—y en el mo
mento en que pronunció esta palabra se aterró de lo que ha-
bia dicho y se puso como la grana.
El lector habrá visto, si ha asistido á algun sermon gerun
diano, que á veces el predicador, no sabiendo qué medios em
plear para conmover al femenino auditorio, alza los brazos,
pone en blanco los ojos y con tremenda voz nombra al de
monio, diciendo que á todas se las va á llevar en alforjas al
infierno; habrá visto cómo cunde el pánico entre las devotas;
una llora, otra grita, esta se desmaya, aquella principia á ha
cerse cruces, y la iglesia toda resuena con las voces alarma
das, el pataleo de los histéricos, el rumor de los suspiros y el
retintin de las cuentas del rosario. ¿El lector ha visto esto?
Pues el efecto producido en las tres damas por la respuesta
163
de Clara fué enteramente igual al que producen los apostro
fes de un predicador endemoniado en el tímido y dueñesco
auditorio de un novenario.
—¡Qué horror!— esclamó Paz juntando las manos.
— ¡Jesús! ¡Jesús! - dijo Salomé tapándose los oidos.
— Et ne nos inducas—profirió la devota alzando los ojos al
cielo.
Hubo un momento de confusion. Las tres se miraron con
asombro. Doña Paulita se replegó, doña Paz tambaleó en su
asiento, y aun es fama que el amarillo rostro de Salomé se
tiñó de una leve púrpura, para lo cual fué preciso, sin duda,
que toda la sangre de su cuerpo se repartiera entre sus dos
megillas. Hasta se asegura que Batilo, el mas taciturno de
los perros conocidos, participó de la opinion general, se alzó
sobre sus patas, alargó el hocico y ladró.
Pasados los primeros momentos de confusion, Paz recobró
aliento y dijo con voz entrecortada por la cólera:
—Niña, esas ideas no me llaman la atencion. Ya la cono
cíamos á Vd. de oidas. Ahora me esplico su conducta Ya
se vé... ¡Oh! es preciso una educacion muy fuerte.
—Pero señoras., yo... ¿qué he dichai., yo—dijo Clara
muy turbada. —Una mujer... si se casa? ¿Pero casarse es ofen
der á Dios?
—No señora, no,— contestó la matrona;— el matrimonio es
cosa muy principal: sin matrimonio no habriia mundo. Pero
lo que estrañamos es ver á una mozuela de'diez y siete años
pensando solo en casarse.
—Pero si yo no he pensado...
—No me interrumpa Vd., niña... ¡pensando en casarse!...
¿Qué locuras no hará quien á esa edad no piensa mas que en
el matrimonio? Así se comprende que sea Vd. tan amiga de
los hombres... que los busque.
—Señora, yo no he buscado á ningun hombre—dijo la
muchacha con angustia.
—Todo lo sabemos; pero se equivoca Vd. si piensa que
aquí vamos á tolerar sus trapicheos.
164
El corazon de Clara se llenó de amargura al oir aquellas
palabras; no se pudo contener y rompió á llorar.
Las tres manifestaban una horrible crueldad en martiri
zarla. No podemos esplicarnos esto. ¿Era tal vez desahogo de
unos espíritus reconcentrados por falta de trato con las gen
tes, por falta de amor y de los goces de la vida? Sin duda las
tres momias no podian sufrir en calma que hubiera en algu
na persona aspiraciones á la felicidad.
Doña Paulita, que ya tenia la palabra en la nariz para re
prender á Clara, se conmovió al verla llorar y la tranquilizó
diciéndole:
—La Magdalena pecó y fué perdonada. Lo que ahora le
falta á Vd. es un sincero arrepentimiento.
—¿Pero de qué me he de arrepentir?—dijo Clara sollo
zando.
—¡Jesús! ¡qué tono tan del dia y tan!... liberal—esclamó
Salomé,- creyendo decir una gracia.
—El orgullo que Vd. ha manifestado en esa pregunta no
tiene disculpa, - dijo Paz con desden.
— Cuando dicen las personas mayores que Vd. ha falta
do... —añadió la otra,—ellas sabrán por qué lo dicen; y Vd. no
tiene que hacer mas que conformarse y callar.
— Pero ¡ay! yo no sé en qué he podido faltar.
—Cuando á Vd. se lo dicen, sus razones habrá para ello.
;— Pero si tengo la conciencia tranquila.
—Mas tranquila queda no replicando cuando los superiores
dicen una cosa. i
—La autoridad, niña,—esclamó Paz,—-la autoridad es ne
cesaria... Ya nos ha mostrado Vd. suficientemente la influen
cia fatal que en Vd. han producido las ideas del dia. El or
gullo satánico, el rebelarse contra los superiores, el contrade
cir... Esto es insoportable. De este modo camina la sociedad
á su ruina. Pero nosotras le traeremos á Vd. al buen camino.
—Por de pronto,—dijo Salomé,—cuidado cómo se asoma
usted á la ventana.
—Queda terminantemente prohibido que se acerque us
-
165
ted á un balcon ó ventana; que abra Vd. la puerta de la es
calera.
—Y que hable Vd. cuando no le pregunten.
—Se ha de levantar Vd. á las cuatro de la mañana; que la
pereza es madre de todos los vicios.
—Yo me levanto li la misma hora, hermana,—dijo la de
vota.—Yo le proporcionaré á Vd. ocasiones á esa hora de en
tretener el entendimiento en cosas santas.
—A ver si, de aquí en adelante, tiene cuidado de no decir
esos terribles despropósitos que ahora ha dicho.
—No volverá, — dijo en un arrebato de amor al prójimo
doña Paulita. —Yo sé que no volverá: yo confio en que será
buena y obediente. Otros peores se han hecho santos.
— Cuidado como habla con nadie que venga á esta casa.
Trabajará Vd. en cuanto se le mande,— continuó Paz, aña
diendo un artículo á aquel código fatal.
—Pero no con esceso,—dijo oficiosamente doña Paulita;—
que el trabajo es bueno para ahuyentar las ocasiones de pe
car; pero con esceso es malo.
—No será con esceso. Además es preciso que procure des
teliar de su mente todas las cosas que ha pensado hasta
aquí. ¡Cuidado con las ideas del dia que trae Vd. á este
santuario de los buenos principios! No se acuerde Vd. de lo
pasado; y ahora que está Vd. encomendada á nuestra tutela
para toda la vida, no debe pensar sino en portarse bien. Nos
otras, ya que Vd. ha tenido la desgracia de perder á sus pa
dres, procuraremos dirigirla y enmendarla, siendo la autori
dad que tanto necesita.
La huérfana bajó los ojos, y cayó en un profundo abati
miento. ¡Para toda la vida! Hubiera querido morirse en
aquel instante . No miróá las tres harpías, ni les contestó. Su
terror era tan grande que se le secaron las lágrimas, y que:
dó en ese estado de perplegidad dolorosa, que sigue á las
grandes crísis del alma.
Dejémosla en su encierro para acudir á Lázaro, que gime
,en una prision de otra clase.
CAPITULO XVII.

El sueño del líberal.

Cuando Lázaro vió cerrarse la puerta de su prision y sin


tió perderse en la galería los pasos de su carcelero, miró en
torno suyo, y se halló rodeado de la mas profunda oscuri
dad. Luz entraba por una reja que en lo alto de la pared
habia; pero él, viniendo de la calle, estaba deslumbrado y no
veia nada mas que tinieblas. Hubo un momento en que le
fué difícil darse cuenta de su situacion. Aquello le parecia un
sueño. ¿Su viaje á Madrid habia sido una cosa real ó una vi
sion percibida en aquel calabozo? Si no era así ¿cómo se en
contraba en tal sitio?
Los pensamientos que, en desórden y confusamente se
agolparon á la mente del jóven, no son para referidos. El pri
mer sentimiento que en él se manifestó, fué una gran com
pasion de sí mismo, compasion que emanaba de la ridiculez
con que los hechos anteriores le presentaban á sus propios
ojos. El habia creido que cada paso dado hacia la corte seria
un paso dado hácia su futuro engrandecimiento é inmortali
dad. El club patriótico mas célebre de España le habia
abierto sus puertas, ofreciéndole una tribuna, un pedestal:
la fortuna parecia haberle allanado todos los caminos, y des
pues... Pero no podia acusar á la fortuna. Esta le habia dado
ocasion, sitio, auditorio; habia puesto á su servicio un tras
torno popular, habia dispuesto sólo para él un inmenso gru
po de oyentes trastornados y dispuestos á hacer la apoteosis
del primer advenedizo. La fortuna habia organizado para él
una manifestacion popular, pronta á improvisar un héroe en
167
cada calle. La fortuna no debia ser acusada: él tenia la cul
pa; él que habia nacido para una vida oscura tal vez, para
ser un buen artesano, un buen labrador y nada mas. Y aque
lla ciencia presuntuosa, aquellos conatos de pueril elocuen
cia, aquella vanidad prematura de grande hombre eran qui
zás tan solo fenómenos, hijos de esa série de somnolencias
que acompaña siempre í la juventud hasta dejarla á las
puertas de la virilidad.
Despues de pensar estas cosas, se fijó en su conservacion.
Estaba preso. Le formarian causa por alterador del órden
público. ¿Qué seria de él? Ademas habia cometido una gran
falta en no visitar inmediatamente á su tio. ¿Qué pensaria
Clara?
Al verse sumergido en una especie de sepulcro, su imagi
nacion principió á divagar. Estaba débil y muy fatigado. En¿
cuarenta y ocho horas habia dormido apenas cinco: además
la falta de alimento le estenuaba. Cedió al cansancio y em
pezó á dormitar; mas no durmió con ese sueño, que da re
poso al cuerpo y al espíritu, porqué su escitacion le impedia
un descanso profundo. Dormia con el letargo doloroso é inde
ciso que representa todas las visiones de la vigilia anterior
de un modo incoherente y monstruoso.
En su sueño parecíale escuchar lamentos que resonaban en
las bóvedas de la cárcel. La antigua cárcel de villa era un
mal edificio dividido en celdas, donde los presos no tenian
comodidad, ni estaban seguros. La prision no tenia aquel
horror majestuoso con que los poetas nos han pintado todos
los calabozos. Pero á Lázaro autojábasele un sombrío edifi
cio, un jigantesco sepulcro de vivos, de altísimas y negras pa
redes, de gruesos é inaccesibles torreones con un gran fosó
lleno de aguas cenagosas y verdes, con largas filas de maz
morras, de las cuales la mas lóbrega y subterránea era la
suya. Se le figuraba estar á muchos piés bajo tierra; creia
que aquella reja daba á algun conducto misterioso, y que de
trás de los muros habria alguna presa de agua. En su sueño
creyó sentir el ruido de un torrente: el agua entraba con len
iea
titud; enormes ratas corriian buscando entre los piés del pre
so refugio contra el naufragio. Todo se le representaba segun
las siniestras relaciones de las cárceles de la inquisicion que
habia leido en sus libros.
Despues le parecia que los muros se apartaban: se encon
traba en el interior de una gran sala, cuyas paredes estaban
tendidas de negro: en el fondo habia una mesa con un cruci
fijo y dos velas amarillas; y sentados al rededor de esta mesa
cinco hombres de espantosa mirada, cinco inquisidores vesti
dos con la siniestra librea del Santo Oficio. Aquellos hom
bres le hacian preguntas á que no podia contestar. Despues
se acercaban á él cuatro sayones, le desnudaban, le ataban á
la rueda de una máquina horrible, la movian, rechinaban los
ejes, crugian sus huesos. Kl lanzaba gritos de dolor, es decir,
ponia en juego sus órganos vocales, pero el sonido no se
oia.
Despues la decoracion y las figuras cambiaban; se le repre
sentaban dos filas de hombres cubiertos con un capuchon
negro y agujereado en la cara en el lugar de los ojos. Por el
fondo venian los mismos que le interrogaron y uno de ellos
traia enarbolado el mismo Santo Cristo que presidió al tor
mento. Cantaban con voz lúgubre una salmodia que parecia
salir de lo mas profundo de la tierra, y avanzaban todos, él
tambien, en pausada procesion. Un gentío inmenso le con
templaba impasible y frio: un fraile, tambien impasible, iba
á su lado, pronunciando á su oido palabras santas que él no
pudo comprender. Le hablaba de la otra vida y del alma.
Despues le pareció que la comitiva se detenia. Frente á
frente vió una claridad estraña, como toda claridad que brilla
durante el dia. Aquella claridad se convirtió en llama, que
brotaba de un monton de leña. La llama crecia, crecia hasta
llegar á una altura enorme, crugian los leños, saltaban chis
pas; una columna de humo negro subia hasta tocar el cielo.
Despues algunos hombres feroces, vestidos tambien con un
diabólico uniforme, le ataban fuertemente de piés y manos;
le acercaban á la hoguera, le echaban en ella. En un momen
169
to de súbito é indescriptible horror sintió arder rechinando
sus cabellos, consumidos en un segundo; sus ropas en otro
segundo. Rechinó ténuamente el vello de toda su piel; hirvió
su carne con el chirrido intenso y discorde de todo cuerpo
húmedo que cae en el fuego. Respiró fuego, bebió fuego, se
convirtió en fuego sensible y animado con los dolores de su
propia combustion. Quiso gritar: la llama no conduce el so
nido. Quiso huir; no tenia movimiento, no tenia cuerpo, no
-era mas que una mecha. Quiso orar; no tenia pensamiento,
no era ya mas que una pavesa, una masa de ceniza. El vien
to lo desmoronaba: se sentia difundirse en el espacio ardien
te, se quemaba ya quemado. No era mas que humo; se con
sideraba subiendo en espiral renegrida y siempre quemándo
se, siempre quemándose y consumiéndose; difundido ya, ani
quilado, evaporado, acabado... hasta que al fin despertó, cu
bierto todo con el sudor de la agonía.
- Despertó, porque un ruido de voces resonaba á su lado.
La puerta de la prision se habia abierto. Era la caida de la
tarde. Un carcelero que traia una linterna- alumbraba y guia
ba á otro hombre que venia á visitar al preso. Este hombre
era Coletilla.

CAPITULO XVIII.
Díálogo entre ayer y tyoy.

Elías se paró delante de su sobrino. Este balbuceó algunas


palabras, le saludó de un modo incoherente, y le dijo «l fin,
despues de comenzar muchas frases, que estaba seguro de te
ner delante á su buen tio; pero al ver que este no le daba
contestacion ni desarrugaba el ceño, se calló, quedándose ca
bizbajo y lleno de vergüenza.
170
Por último el realista habló.
—No debiera venir á verte, ni acordarme de tí. Mereces
lo que te pasa. No tengo lastima de tu miseria, y vengo á co
nocerte, nada mas que á conocerte.
—Señor, yo...
—Lázaro no encontraba la fórmula de una esplicacion. Co
letilla sabia por el abate D. Gil lo que habia sucedido á su
sobrino.
—Sé por qué te han puesto aquí. Un amigo que siguió tus
pasos esta mañana me lo ha contado todo. Has levantado la
voz en medio de una turba de charlatanes, y te han cogido
preso. La justicia te ha puesto donde debieran estar todos
los charlatanes.
Lázaro estaba cada vez mas confuso. Aquellas palabras,
dichas, cuando, mas que reprensiones necesitaba consuelo,
concluyeron de abatirle. Representósele el carácter de su tio
como el mas áspero é inflexible que existia en la naturaleza.
,—Me contaron tu hazaña—continuó el viejo con su habi
tual entonacion sombría;—y cuando supe que el delincuente
era hijo de mi hermana, la indignacion y la vergüenza se
apoderaron violentamente de mí. No creí que fueras un per
turbador del órden público. Si tal cosa hubiera sabido, te
hubieras quedado en el pueblo.
Despues he averiguado mas. Sé que llegastes, y en vez de
ir á mi casa, fuiste con unos badulaques al café de la Fonta
na, donde te hicieron hablar, y hablaste... y por cierto que
lo hiciste muy mal. Todos se han reido de tí. Estuviste des
pues alborotando toda la noche con los que apedrearon la
casa de Morillo...
—¡Ah! no señor, yo no.
—De cualquier manera que sea, tu conducta es imperdo
nable. Pero díme, ¿desde cuándo te has metido á oradori No
sabia yo que en Ateca hubiera tanta elocuencia. Te habrán
aplaudido los segadores en las eras, y te has creido por eso
un Demóstenes.
El viejo fanático reia con tan maligno acento de sarcasmo*
171
que á Lázaro le parecia tener delante un grotesco demonio.
Cada palabra abria en el corazon del pobre prisionero una
nueva herida, y le abatia y avergonzaba mas.
—Pero no estraño tus desvaríos,—continuó Elías,—el des
orden cunde por todas partes. ¿Qué mucho que estos pedan-
tuelos de aldea tengan tales humos, cuando los sábios de la
ciudad ofenden el sentido comun con sus ridículos debates?
Sin duda algun garito de Zaragoza ha sido el primer teatro
de tu petulancia.
La imaginacion de Lázaro midió rápidamente el abismo
que en ideas y sentimientos le separaba de su ti_>. Pero se
sentia dominado por él, y no podia contradecirle.
—Aquí—continuó el fanático con su espantosa burla —
aquí puedes hablar á tus anchas, nadie te molestará. Lo que
puede ocurrir es que te crean loco y te lleven á un manico
mio. Allí debiera estar media España. Pero no,, ¿qué digo me
dia España? una pequeña parte, porque casi todos los espa
ñoles conservamos el juicio. Solo una porcion de hombres
mezquinos, mezquinos de juicio, de carácter, de todo, mani
fiestan con su conducta todo el estravío de que es capaz
nuestra naturaleza. Pero esto concluirá; yo te juro que con
cluirá, ó es preciso creer que no hay Dios en el cielo, perder
la fé y renegar del mundo y del alma.
Mira, Lázaro,—continuó con tono vehemente, y apre
tándole el brazo con tanta fuerza que le hizo retroceder in
mutado y perplejo;—Lázaro, si tú eres de esos, olvida que
por tus venas corre mi sangre, olvida que soy hermano de la
que te dió el sér. Un abismo nos separa; no hay reconcilia
cion posible. Es preciso que nos odiemos de muerte. Huye de
mí: para mí no eres prójimo. Hay cosas que están por enci
ma de los vínculos de familia. La vida no se reconcilia con
la muerte, ni la luz con Lt oscuridad. Adios.
Iba á salir; pero Lázaro, trémulo de asombro, le detuvo y
le dijo con mucha turbacion:
—Pero señor, no me abandone Vd., hábleme Vd. Yo quie
ro que pensemos de la misma manera.
172
A pesar de todo, el anciano le inspiraba respeto y venera
cion; y al ver que reprobaba sus ideas, sintió ese impulso de
subordinacion tan natural en un jóven impresionable por
temperamento, dispuesto siempre á gravitar hácia lo que mas
le confuude y le vence.
— Si eres de esos,—continuó Elías,—vuelve á tu pueblo y
no hables de mí; no digas que me has visto; no creas que
existo; y es verdad: para ti he muerto.
—Pero deje Vd. que me esplique.
— ¿Qué vas á decir?
—Yo pienso... Vd. comprenderá que yo tengo mis ideas...
he leido y tengo convicciones, sí señor: estoy profundamente
convencido...
—Tú, pobre niño, ¿qué puedes saber?... ¿qué convicciones
puedes tener? No sabes otra cosa mas que las falsedades lei
das en cuatro libros, que debieran arder en llamas, alimenta
das con los huesos de sus autores. '
A cada palabra se hundia mas Lázaro.
—Será posible,—dijo con desconsuelo,—que Vd. me pueda
arrancar mis creencias, que yo he alimentado con tanto cari
ño y que me dan la vida? No: no podrá Vd.; y si al fin con la
fuerza de su talento pudiera conseguirlo, yo le ruego que no
lo haga, y me abandone. Que nos separe ese abismo que us
ted dice; y si yo estoy en el error... Pero no lo estoy, yo sé
que no lo estoy...
—Iluso, fanático, vano... porque sólo vanidad es eso, va
nidad de Satan,—dijo Elías con severidad; y despues añadió
con mas fuerza:—pero yo te sacaré de esa miseria; aunque
no quieras.
Estas palabras fueron pronunciadas con tan profundo
acento de conviccion, que el sobrino no pudo contestarlas, y
se hundió mas.
—¿Qué intentas hacer? ¿Qué esperas? ¿Piensas que esto va
á continuar así por mucho tiempo? Te equivocas; que España
está á punto de reconocer su error. Mira cómo rebulle por
todas partes. El ódio á la Constitucion late en todos los co-

--J
173
razones honrados. Pronto verás al rey recobrar sus sagrados
privilegios, que solo Dios con la muerte. puede quitarle.
—¡Oh, señor! ¿Y lo que este pueblo ha conquistado con
tanta sangre, será perdido por el estravío de un solo hombre?
Si así fuera, yo renegaria de nuestro linaje; y si España se
dejara ultrajar de ese modo, seria indigna de mejor suerte.
— ¡Digna de mejor suerte!—contestó Elías con la mas hor
rible espresion de que era capaz su rostro abominable;—dig
na de aniquilarse y desaparecer de la tierra, si no lo hiciera.
—No, no lo puedo creer aunque Vd. me lo diga . Cuando
yo no crea en la libertad, no creeré en nada, y seré el mas
despreciable de los hombres. Yo creo en la libertad que está
en mi naturaleza, para que la manifieste en los actos parti
culares de mi vida. Yo, ciudadano de esta nacion, tengo de
recho á hacer las leyes que han de regirme; tengo derecho á
reunirme con mis hermanos para elegir un legislador.
—Para darte leyes y obligarte á cumplirlas existe un hom
bre sagrado, ungido por Dios.
, —iNo; yo y mis hermanos le ungimos. Es rey porque nos
otros queremos. Es sagrado para mí, si cumple el pacto so
lemne que ha hecho con todos y cada uno. Si no, no. Pero lo
cumplirá, lo ha jurado.
—Hay juramentos. — contestó sombriamente Coletilla,—
cuyo cumplimiento es un crímen.
Lázaro sintió frio en el corazon. El aplomo con que aque
llas palabras fueron pronunciadas le anonadó mas, y le hun
dió mas-
—Y todos esos héroes,— se atrevió á decir el preso despues
de meditar, —todos esos héroes, santificados por la historia,
que viven en el recuerdo de todos los buenos y serán siempre
orgullo del género humano, todos esos que han vivido por la
libertad, que han muerto por ella, mártires deshonrados en
su último dia por la mano del verdugo; pero enaltecidos
despues por la humanidad... ¿No quiere Vd. que yo les ame?
Yo los venero: mi pequenez no me permite imitarlos; pero,
por tener ocasión de parecerme á ellos, diera toda mi vida: lo
174
confieso. ¡Oh! si la libertad no fuera la cosa mas buena, sería
la cosa mas bella con la memoria de tantos héroes.
—lY esos son tus héroes? ¿Eso es lo que admiras?
—¿Pues á quién he de admirar? lA quién he de admirar? ¿A
los tiranos? A Neron matando á Séneca, á Felipe II asesinando
á Egmont y á Lanuza, áLuis XV descoyuntando áDamiens.
—Era preciso enseñar á los franceses que no debia haber
otro Ravaillac .
—Pues la leccion no hizo efecto; porque hace treinta años
que un rey murió en un patíbulo.
— ¡Esos son tus semidioses, esos!—esclamó Elías con furia.
—No: mis semidioses no son el esterminio, el terror ni el
asesinato. Lamento los estravíos de todos; mas no estraño
que, al huir de las violencias de un estremo, se toque en las
violencias de otro, pagando los crímenes de siglos enteros
con el crímen de un dia.
'—No me hables mas,—dijo Elías con voz reposada y lú
gubre;— ya sé que eres de esos, de esos á quienes no tengo pa
labras bastante duras con que calificar. Tu Dios es un ciego
espíritu de libertinaje; la norma de tu conducta es el escán
dalo. Díme, insensato: ¿cuál es tu fin? ¿Qué ves tú en ese por
venir? Supon que fueras un hombre notable entre los de tu
calaña, el mas ciego de los ciegos, el mas loco de los locos,
¿qué harias, cual seria tu aspiracion?
—Yo no tengo aspiraciones bastardas; no quiero medrar á
la sombra de un tirano que pague la adulacion con dinero;
yo no aspiro mas que á la gratitud del género humano; á la
gloria.
— ¿Gloria por ese camino? La gloria no se consigue sino
por el camino de la lealtad, sirviendo á Dios y al rey. No
hay mas gloria que la que Dios da en su paraiso, de la cual es
simulacro é imperfecto remedo el culto que da en los altares
el linaje humano á los escogidos de Dios. Además la glo
ria en la tierra consiste en ser súbdito sumiso y obedien
te, no en vociferar por calles y plazuelas. De esa gloria
que tu has soñado no pueden salir héroes, sino charla
175
tanes y bandoleros. La gloria consiste en cumplir el deber.
- Pues yo cumplo mi deber tratando de emancipar á mis
hermanos de una odiosa tiranía; decirles y probarles que son
libres, iguales ante Dios y ante la ley.
—El primero de los deberes es obedecer lo que la ley te
mande.
—¿Ciegamente?
—Ciegamente.
—Y o obedezco la ley que es tal ley, la que han hecho los
,que pueden hacerla, elegidos por mí y mis hermanos, elegi
dos por todos .
—A tí no te toca examinar la ley, sino obedecerla.
—¿Y si me mandan una infamia?
—No te la mandarán.
—iY si me la mandan?
—Te digo que no te la mandarán. Y si acaso Dios permitie
ra que tu rey te mandara alguna cosa contraria á la justicia,
hazla; que Dios le castigará á él y te premiará á tí en la otra
vida. Serás mártir. ¿Qué mayor gloria? El martirio del deber
es grande y sublime.
Lázaro se hundió mas.
—Observa—continuó Elías—el espectáculo de esta nacion.
Unos cuantos desalmados le dan leyes en nombre de un prin
cipio absurdo, contrario á la naturaleza. Solo al rey ha dado
Dios soberanía. ¡Qué desórden! El rey, obligado por una tur
ba de soldados rebeldes á jurar aquel código abominable! Lo
juró; pero en el fondo de su alma lo detesta. No podia ser de
otra manera. Está prisionero, prisionero de sus vasallos que
juegan con éL El rey se ve obligado á representar la mas hor
rible farsa. Jamás la dignidad real ha descendido tanto. Pero
él se librará de esta horrible tutela; porque Europa, si es
preciso, se coaligará para salvar á España. Ya España ha sal
vado á Europa. .1
—No; no puedo creer— contestó Lázaro,—semejante ini
quidad. Esa invasion seria mas odiosa que la de 1808 y tam
bien mejor castigada.
176
'"--r-No lo creas; el rey será restituido á su trono. Además,
España no se levantará; y si lo hace, será en favor de la in
tervencion. ¿No ves cómo manifiesta su voluntad? ¿No ves las
¿acciones que aparecen por todas partes? Todas las provincias
se arman para proclamar al rey absoluto; y aun no han apa
recido las principales facciones. España se alzará contra ese
absurdo sistema, y Fernando volverá á ser nuestro rey
amado.
—¿Será posible?—dijo Lázaro con desaliento; y entonces se
hundió mas.
—Tan posible, que no pasará mucho tiempo sin que lo veas.
Ahora se va á conocer el temple de las almas. Todos esos char
latanes que te han llenado la cabeza de desatinos, huirán aver
gonzados, yendo á esconder su ignominia en tierra estranje-
ra. Entonces se cubrirán de gloria los hombres de corazon
recto: los leales y patriotas lucharán contra una plebe desen
frenada, lucharán por el derecho, por Dios y por el rey; vi
virán eternamente en la memoria de todos, y sus nombres
serán en lo venidero un emblema de justicia y de honradez.
Éstos son los héroes, Lázaro, estos.
Lázaro se acabó de hundir. Las palabras de su tio le im
presionaban de tal modo, que no tuvo aliento mas que para
decir tímidamente:
— ¿Esos nada mas?
—Nada mas. La gloria es muy divina para que pueda co
ronar otra cosa que la justicia y el deber. No esperes nada
fuera de esto. El torbellino de esa turba ciega te arrastra, vé
con él. No te digo mas. Camina á la deshonra y la muerte.
Adios. Algun dia.te acordarás de mí.
—No,—esclamó Lázaro deteniéndole;—yo quiero que us
ted me aconseje y me guie... £o... aunque tengo bastante
fuerza de convicciones...
—¿Fuerza de convicciones? - esclamó el fanático, detenién
dose y mirando á su sobrino con desprecio.
—Sí,—contestó este,—y no puedo perderlas, no quiero per
derlas.
177
—Bien: sigue por ese camino. Lejos de mí no esperes otra
cosa que deshonra, oscuridad. Yo te abandono á tu suerte.
Me hago la cuenta de que no te conozco. Te pondrán tal vez
en libertad, irás con ellos, serás vencido, y entonces... ó hui
rás con ignominia, ó te entregarás á la venganza de tus ene
migos que no tendrán perdon para tí, y harán bien.
—¿Pero Vd. me abandona?
—Sí: ya te he conocido. Vine solo por conocerte. Ya sé
quién eres. En mi casa te espero; pero no vayas á ella sino
convertido.
—¡Ah! imposible. No iré.
—Pues adios,—esclamó Elías con decision.
—Adios,—dijo Lázaro con angustia.
Coletilla salió. El jóven no se atrevió á detenerle. No cre
yó que se marchaba hasta que le vió fuera, y sintió que el
carcelero cerraba la puerta. Entonces tuvo impulsos de lla
marle; gritó, no fué oido; lloró lágrimas de desesperacion;
golpeó violentamente con sus manos la puerta y el cerrojo, y
al fin, cediendo á la fatiga y al trastorno mental, cayó de
nuevo en aquel letargo estraviado y doloroso, de que le sacó
momentos antes la llegada de su tio.

CAPITULO XIX.

El abate.

Al dia siguiente, la casa de las tres ruinas contenia en su


estrecha capacidad seis personas: las tres Porreñas, Clara y
dos visitas.
Clara y la devota estaban encerradas en la habitacion in
terior, destinada á las prácticas ascéticas. La santa, conclui
12
178
da la oracion mental, se habia sentado en un taburete, y po
niendo un gran- libro sobre sus rodillas, leia con la cabeza
inclinada á un lado, arqueadas las cejas, bajos los párpados,
y cruzadas las manos en ademan muy humilde. Clara estaba
á su lado, y como no debia llegar en su flaca naturaleza á
aquel alto grado de perfeccion, cosia como una pecadora, co
mo una infeliz mujer no acrisolada por las inflamaciones de
amor divino. La devota no se permitió otra espansion que re
ferir á su compañera los gozos y visiones que aquella noche
habia tenido. Despues empezó un exámen de doctrina, y le
hizo varias preguntas morales y teológicas, á que contestó
Clara con sencillez, guiándose por lo poco que sabia positi
vamente y por lo que su buen sentido le sugeria. Pero es el
caso que á doña Paulita siempre le parecian mal las respues
tas de su discípula. La reprendia, le esplicaba con escolásti
cos giros y frases nada comunes, y por último la llamaba ig
norante y hereje, causándole gran turbacion y susto.
De repente interrumpe sus lecturas y sus reprimendas, y
esclama:
—¡Ah! se me olvidaba una parte de mi rezo. Ya se ve, me
he distrado con los errores de Vd., hija. Es preciso que usted
piense de otro modo y deseche esas ideas del dia... Pero digo
que me olvidé de rezar... por...
—¿Qué ha olvidado Vd?—le dijo Clara.
—Me olvidé de rezar dos Padre nuestros por el sobrino
de nuestro buen amigo D. Elías.
—¡Jesús! ¿Qué le ha pasado? ¿Qué es de él?—esclamó viva
mente Clara sin poderse contener.
—No se asuste, hermana, que no ha muerto,—contestó
friiamente la devota.
— ¿Pues qué le ha pasado?— continuó Clara que se habia
puesto pálida y temblorosa.
—Que está preso en la cárcel; y bien merecido.
—¿Pues qué ha hecho?
—Alborotar por esas calles y hablar en los clubs. Una se
rie de cosas tan pérfidas é infernales que horroriza el recordar
179
las. Anoche nos contó D. Elías todo lo que ese desalmado
jóven ha hecho, y pasé un mal rato.
Clara estuvo un momento sin poder articular una palabra.
La repentina noticia la turbó tanto, que no se atrevió á pre
guntar mas.
—Hermana,—prosiguió la devota, —¡quéjóvenes los del dia!
jQué horrible corrupcion! Ese jóven debe ser un monstruo.
Pero ¡ay! debemos tener compasion con los delincuentes que
yerran. No es que crea yo como Orígenes que hasta el dia
blo se ha de salvar. Pero debemos compadecer y amar á los
pecadores, aunque estos sean de los mas empedernidos y re
beldes.
—¿Pero que ha hecho?—esclamó Clara haciendo un gran es
fuerzo para disimular su turbacion.
—No lo sé punto por punto; pero son cosas tan horribles...
Ha hecho lo que otros tantos desvergonzados que andan por
ahí. Esta sociedad está perdida. A ver, hermana, si aprende
Vd. pronto eso que le he dicho sobre la gracia eficaz.
—¿Pero está preso?—añadió Clara con mas miedo.
—Preso, sí;.y no le soltarán tan pronto. Pero está Vd. in
mutada... Ya, le tiene compasion, y es natural. La compa
sion á los semejantes es una de las virtudes que mas reco
mienda Tertuliano. Vd. está pálida, hermana. Tero ya; es
efecto de la compasion. Voy á rezar.
Y dejando el libro, tomó el rosario y rezó.
Clara bajó la cabeza y siguió cosiendo. Era tal su congoja
que no daba un punto á derechas; picóse los dedos muchas
veces, y la costura salió tan mal, que pronto fué preciso des
baratarla y coserla de nuevo.
Dejémoslas y acudamos á las visitas. En la sala estaban
María de la Paz, Salomé, y delante de ellas en pie y respe
tuosamente, Elías Orejoa y el ex-abate D. Gil Carrascosa.
Nada hemos hablado hasta ahora de la amistad de este
singular personaje con las venerables viejas. Carrascosa, en
su calidad de abate entrometido, frecuentaba la casa de Por-
reño, lo mismo que otras de la. mas elevada gerarquía. Aun
180
hemos oido contar á personas de toda veracidad que el intru
so y audaz hombrecillo habia tenido una parte principal en
las misteriosas relaciones de Salomé con aquel jóven militar,
á quien enviaron al Perú despues del rompimiento de la da
ma con el imberbe duque de X.
Carrascosa era hombre de mucha travesura y socaliña, su
til como el aire, capaz de urdir en el seno de las familias las
mas hábiles marañas; iba y venia sigilosamente so color de
preparar fiestas, de arreglar procesiones, y era, en resumen,
el mas fementido tercero . Así le llamamos por no darle otro
nombre un poco soez, que alguien le aplicó oportunamente y
conservó entre muchos con justicia.
La amistad con las tres viejas se interrumpió con la des
gracia, y solo de vez en cuando las visitaba, recordándoles
los tiempos pasados con una elocuencia y un calor que no
agradaba á doña Paz. Ultimamente, sus visitas eran mas
frecuentes y mucho mas afectuosas sus demostraciones de
amistad. El dia en que lo encontramos aquí habia ido con
Elías; y por algo estraordinario iba sin duda, porque su ves
tido era el mas escogido y su cara estaba mas lavada que de
costumbre. Los puntiagudos faldones de la mejor de sus tres
casacas se balanceaban al compás de las piernas en la parte
posterior del cuerpo; el tupé habia recibido doble racion de
pomada, y la corbata, aumentada con nuevos pliegues, for
maba un blanco follaje, una pechuga escarolada debajo de la
barba. Cuando el abate se ponia este traje, habia pronuncia
do ya la última ratio de su peculiar elegancia.
Coletilla se despedia despues de haber saludado á las da
mas. No venia sino á ratificar un tratado que últimamente
ajustó con Paz. Ya sabemos que las señoras tenian el segun
do piso de la casa simplemente ocupado con los muebles de
familia de que no habian querido deshacerse . Este piso era
muy pequeño y abohardillado, comunicándose con el princi
pal por una escalera interior. Esta disposicion de casas era
comun en el siglo pasado, y á principios del presente aun se
conservaban algunas.
181
Las damas habiafl propuesto á Elías que se fuese á
vivir á aquel sitio, comiendo con ellas en calidad de hués
ped, y al buen viejo le vino este arreglo como de molde,
porque le producia un ahorro, y además le ponia en estre
cho contacto con sus antiguas amas, que tenia siempre en
tanto aprecio. Economía, comodidad, seguridad: estas tres
ventajas vió en la proposicion, y aceptó. Aquel dia vino á
darles la respuesta definitiva: sobre el precio no hubo dis
putas.
Cuando Coletilla se marchó, el abate se preparó á tomar
la palabra, hizo mil muecas, sacando á la superficie de su ca
ra todo su repertorio de sonrisas. No seremos indiscretos en
decir, anticipándonos á la declaracion espresa del mismo don
GiL que iba á invitar á las tres damas para una fiesta religio
sa. Tambien nos atrevemos á indicar, con todas las reservas
imaginables, que aquello no era mas que un pretesto que
ocultaba otros fines.
Cuando rompió á hablar, lo primero que hizo fué pregun
tar por doña Paulita y tambien por Clara empleando algunas
discretas reticencias. Despues dijo:
—Pues yo venia á decir á Vds. si quieren honrar con su
presencia la funcion que la hermandad de la Pasion y Muer
te celebra mañana en la iglesia de Maravillas . Yo soy secre
tario de la cofradía, y gracias á mí, se ha arreglado la fiesta.
Yo les aseguro á Vds. que será de lo mas lucido que se ha
visto en la córte.
-—No será nunca como la que hicimos el año 98 en las ni
ñas de Loreto, cuando se trasladó la vírgen de los Dolores
del oratorio del Olivar,— dijo Salomé.
—No fué el 98 sino el 3; que me acuerdo como si hubiera
sido ayer,— dijo Paz.
—Te digo que fué el 98,—insistió la otra.
—Estoy segura que fué el año 3, —dijo Paz;—cuando el
primo vino de la guerra de Francia.
—Fué el 98, Paz,—dijo Salomé,—el 98. Hace ya veinticin
co años.
182
—Jesús mujer, te aseguro que fué el año 3: me acuerdo-
bien. Yo tenia entonces... quince años.
—Señoras, no hace al caso la fecha,—dijo Carrascosa, cor
tando aquella peligrosa cuestion.
Y despues continuó:
—Gracias al petitorio que yo dirijo, se han reunido dos mií
y pico de reales. Tenemos misa con orquesta de capilla y nos
predica el padre Lorenzo de Soto, que es un orador que vale
un Perú.
— ¡Oh! no me lo nombre Vd.— dijo Salomé, apartandola
cara y poniéndose delante de ella la mano abierta á guisa de
pantalla,—es un clérigo pervertido, contaminado con las
ideas del dia. Despues que los liberales le hicieron provisor
de Astorga, está en poder del demonio. Hube de caerme
muerta cuando el dia de la fiesta de la vírgen de la Leche ij
buen parto le oí decir en San Luis que era preciso reconci
liarnos con los que habian trastornado á nuestra patria.
¿Cómo puede haber llegado á ese estremo de perversion una
persona tan docta como el padre Lorenzo de Soto?
—Señora, yo tengo para mí que es un gran predicador, —
dijo Carrascosa.—El año 12 fué, como Vds. saben, diputado
en aquellas Córtes, el 14 firmó la esposicion de los iiersas.
¡Noble carácter! Despues la amistad del rey le ha elevado ¿ir
puestos muy altos; y para probar su mérito basta decir que
él fué quien descubrió la conspiraciou de Porlier. Despues
del 20 se ha hecho enemigo de la Constitucion, lo cual es
digno de alabanza, porque de otro modo hubiera perdido su
prebenda. Pero nada de esto hace al caso, sino que predica
mañana, y que esta tarde tenemos completas en que cantan
los tiples de Avila y el padre Melchor, franciscano de Sego-
via.' Mañana oficiará el reverendo obispo de Mechoacau, y
por la tarde habrá ' procesion á que asistirá la cofradía del
Paso, la del Santo Sudario, y tambien irán los niños del
Hospicio.
—¡Ay, D. Gil!—esclamó con acento de profundísimo des
consuelo María de la Paz.—¿Cómo se atreven á sacarlos san
«
183
tos á la calle con estas cosas? Mas querrán ellos estarse en sus
casas que no salir á ver todas las iniquidades que cometen
los hombres.
—Puedo asegurar á Vd, — dijo el abate con una sonrisa dia
bólicamente irónica, — que no se han quejado, ni se quejarán
por el paseo. Lo mejor de la procesion es la comitiva que te-
liemos organizada. Irán catorce vírgenes vestidas de blanco
con coronas de rosas, velos, escapularios y cirios en las
manos.
—Esas comitivas—dijo con muy mal humor María de la
Paz, - no me hacen gracia. ¡Es una cosa tan mundana! Allí
van los hombres solo por ver á las muchachas; y las mucha
chas, que hacen de vírgenes, van solo á que las vean, y en
lo menos que piensan es en los santos y en Dios. Esas son
cosas de Francia, Sr. D. Gil. Antes no se usaban aquí seme
jantes inmoralidades, y dia vendrá en que se acaben costum
bres tan escandalosas.
El timbre nasal de la voz de doña Paulita, que se hallaba
en la habitacion inmediata resonó en la sala trayendo la opi
nion de la santa, que no por estar rezando, dejaba de prestar
atencion á cuanto en la sala se decia.
—¡Ah!— esclamó alzando la voz para poder ser oida por
D. Gil,—no me nombren esas procesiones de vírgenes mun
danas. ¡Qué vírgenes serán esas que salen con coronas de ro
sas y cirios en las manos! Una vez ví eso, y me entró tal gri
ma, que tuve que confesarme en seguida de la cólera que me
habia dado. No me nombren eso. ¡Qué escándalo, Dios mio!
¡A dónde iremos á parar de ese modo!
—Sr. D. Gil, no lo dude Vd.— esclamó Salomé, pesarosa de
ser la ultima en condenar las procesiones de vírgenes,
—Pues señoras,—dijo D. Gil respirando fuerte como si
con el aliento adquiriera la fuerza, que contra tantos y tales
enemigos necesitaba, —yo, señoras, respetando la opinion de
usted3S, encuentro que esas procesiones son muy patéticas,
muy espresivas, muy religiosas. De todos modos, ya la proce
sion está arreglada y hay que llevarla á cabo. Hemos estada
184
buscando jóvenes, y ya hemos encontrado algunas; pero aun
nos faltan cinco. La fiesta es mañana; y si no encontramos
hoy esas que faltan, se va á deslucir la funcion. ¡Qué contra
tiempo! íío saben Vds. cuánto he trabajado para buscarlas.
Son muy guapas las que tengo ya.
—Señor D. Gil, por Dios,—esclamti Salomé en el tono de
una honesta dama que reprende el atrevimiento de su
galan.
—Señoras, ¿qué tiene eso de particular? Si Dios las ha he-
cho guapas, ¿qué vamos nosotros á hacer? ¡Pero ay! me faltan
cinco. Por eso he venido aquí.
Y se detuvo como cortado.
—^Ha venido Vd. aquí?—esclamó Paz abriendo mucho los
ojos.
—¿Ha venido Vd. aquí?—murmuró Salomé, con un súbito
cambio de color.
Las dos ruinas se miraron. Aquella mirada fugaz fué ter
rible. Un observador oculto é inteligente hubiera advertido
tal vez que en aquel mutuo rayo que una y otra se lanzaron
simultáneamente, se examinaron,- se despreciaron, cambian
do como una espresion de rencor que cada una lanzó para la
otra. Pero Carrascosa, aunque era buen observador, no pudo
advertir, al breve resplandor de aquella mirada fugaz como
un relámpago, los dos abismos que, abierto el uno frente al
otro, se contemplaron un instante, mostrándose todo su hor
ror. No se crea por esto que tia y sobrina no se querian bien,
no; se amaban, si cabe espresarlo así, se amaban como pue
den amarse dos personas que se fastidian juntas. Sigamos.
Un profundo y lejano suspiro anunció la admiracion de
doña Paulita.
—Sí, he venido aquí á ver si Vds. consienten... —continuó
el abate. ,
El retablo que en la persona-de Paz hacia veces de rostro,
se puso de color de remolacha, y los ojos de Salomé miraron
al cielo no sabemos si por un movimiento natural ó por una
calculada combinacion de ademanes.
185
—Eso no tiene nada de particular, señoras, nada de] parti
cular; al contrario.
—-¡Señor D. Gil—dijo Salomé con una cosa parecida al rubor.
—¡Señor D. Gil!—esclamó Paz con toda la majestad de su
carácter reunida en un solo gesto.
, El que habia sido abate y covachuelista comprendió que
le habian entendido mal, y se apresuró á rectificar.
—Voy á rectificar—esclamó.
—A rectificar, como dicen en las Cortes—esclamó Salomé
en un arrebato de amabilidad repentina é inesplicable que
no pudo contener, amabilidad rarísima en ella y que era sin
duda signo de una gran agitacion .
El buen humor de la segunda ruina era siniestro.
— Quiero decir - continuó el abate despues de toser dos ó
tres veces,—que venia á ver si consentian Vds. en que esa
júven... esa jóven que Vds. protegen...
A Salomé le entró una tos convulsiva, no sabemos si ori
ginada por una causa física ó por la necesidad de disimular y
no ofrecer á la contemplacion de D. Gil las arrugas triangu
lares y el color cárdeno que aparecieron en su cara al oir
aquella proposicion. María de la Paz se restregó un ojo como
si le escociera. Oyóse la voz de doña Paulita que rezaba un
latinajo incomprensible.
—Esa jóven— continuó Carrascosa—que se llama... ya no
me acuerdo de su nombre. Pues... esa que es tan guapitay
tan modesta. De seguro no habrá en la procesion ninguna
que la iguale.
— ¡Señor D. Gil!—esclamó María de la Paz Jesús con una
esplosion de cólera repentina—¿cómo se ha figurado Vd. que
yo podia consentir en semejante cosa? Ya le he dicho á usted
que esas comitivas me parecen muy indecentes, y si esa niña
quisiera prestarse á ser escándalo de la córte, no entrariia mas
en esta casa. Por parte suya, no dudo que consintiera, por
que es tan aficionada á coquetear por ahí, que si la dejaran
habia de estar todo el dia en la calle detrás de los hombres.-
Pero no... no me hable Vd. de eso.
186
—Yo sospechaba desde el principio á dónde iba Vd. á pa
rar señor Carrascosa; pero quise aguardar á que se esplicasei
—dijo Salomé con mucho desden.
—Señoras, veo que son Vds. inflexibles. Conozco mucho
la noble entereza del carácter de Vds. y el teson de sus prin
cipios, para insistir mas sobre este punto.
En aquel momento doña Paulita, que sin salir de la habi
tacion interior no perdia sílaba de lo que allí se decia, tomó
parte en la conversacion, variando de sitio para que la oye
ran mejor.
— ¡Oh, Dios mio!— dijo. —No consentiré yo tal cosa. Hasta
las personas mas perfectas caen alguna vez! ¡Hasta de los
hombres mas de bien y de mejor conducta se vale el demo
nio para sus perversos fines! ¡Quién diria que Vd., Sr. D. Gil
Carrascosa, habia de ser instrumento de perdicion para esta
pobre muchacha!
—¡Yo, señora mia! -balbuceó el abate.
—No: ya sé que es sin querer,—contestó la santa;— que á
veces Dios permite que una persona buena sea, sin saberlo,
causa de la perdicion de otra. No le echo á Vd. la culpa.
Pero esta pobre niña tiene quien vele por ella. No caerá otra
vez, que gracias á un buen ángel, ha salido ya del abismo la
pobrecita, y se ha salvado. Ya está hecho lo principal; de
modo que ahora, con una vida ejemplar consagrada entera
mente á la oracion, su alma se purificará por completo.— No
temas, niña, —añadió volviéndose del lado en que estaba Cla
ra;—no temas, que no volverás á caer, y si saliste del panta
no del mundo, ha sido para continuar pura y sin mancha le
jos de él. —Y no desconfieis de ella— prosiguió mirando á la
sala y dirigiéndose á las dos esfinges,—no desconfieis de ella
porque es muy buena.
Salomé movió la cabeza en señal de duda.
—Es muy buena, muy buena compañera mia,— continuó
la devota. —Aunque el mundo trató de corromperla, ella tie
ne muy buen fondo, y el alma está santa: lo he conocido. Ella
perderá la corteza de las viles pasiones que el mundo le ha
187
enseñado. Estoy tan interesada en su salvacion, que quiero
unirme á ella para toda la vida y salvarla conmigo. ¡Os ase
guro que así será! Amadla vosotras, que Dios manda amar á
los pecadores, sobre todo, cuando están arrepentidos. ¿No es
verdad que estais arrepentida, hermana?
No se oyó ninguna respuesta. Clara contestó sin duda que
sí con un movimiento de cabeza. El sermon de la devota de
jó un eco en la sala.
—Señoras: para concluir me permitiré una observacion,—
dijo D. Gil.—Yo no veo un escándalo en que la señora doña
Clarita salga en la procesion de las vírgenes. Al contrario,
bueno es que ostente la hermosura, que es obra de Dios; y
la mujer que se esconde y no sale, impide que se admire una
obra de Dios, cual es la hermosura. Esajóven es un ejemplai-
prodigioso de las hechuras de Dios, y haciendo que todos la
vean es como se publican las alabanzas del autor de tantas
maravillas.
— Sr. D. Gil,— esclamó María de la Paz haciendo esfuer
zos para aparecer serena:—no creia yo que fuese Vd. tan li
bertino. .Vamos, nosotras teniamos de Vd. otra idea; creia-
mos que...
—Yo soy, señora, un hombre como los demas. Admiro las-
obras bellas de la naturaleza, y una mujer hermosa es una de
las cosas que...
—Por Dios, Sr. de Carrascosa; en verdad tiene Vd. unas
cosas...—dijo Salomé pasando la mano por el fragmento de
cabellera que entre su apergaminada frente y su tocado apa
recia.
—¡Jesús! repórtese por Dios,—dijo desde dentro la devo
ta. —Me horrorizan sus palabras.
Algo mas duró el importante diálogo; pero D. Gil, viendo
que no sacaba partido de las tres pécoras, varió de asunto,
aunque con poca fortuna, porque sus amigas le mostraron
mucho despego durante toda la visita. Al fin determinó mar
charse; se levantó, hizo mil cortesías, les reiteró su respeto y
admiracion, prometió volver pronto, y se fué lamentando.
188
que la elegancia de su ajuar y el singular aseo que habia da
do á toda su persona no hubieran sido mas eficaces para el
logro de sus intentos.
Al llegar á la calle miró á todos los lados como buscando
á alguno, y al poco rato salió del portal de una casa inmedia
ta el jóven militar que hemos conocido desde el principio de
esta historia.
—¿Qué hay?—preguntó á Carrascosa con mucho interés.
—Nada, no quieren: esas viejas son unos demonios—con
testó riendo de muy buena gana el abate.— Me parece que
por ese camino no conseguimos nada.
—¡Diantre de viejas!
—No la sacamos de esa casa, si no ahorcamos á esas tres
harpías de 'los tres balcones y á Coletilla del tejado. Son in
flexibles.
—Estoy decidido ya á lo que te dije ayer. Si no la puedo
sacar, me cuelo yo dentro.
—¡Hombre, qué empeño! —dijo Gil;—eso ya pica en histo
ria. Vamonos de aquí; que si Coletilla nos ve, de seguro cae
de su burro: vámonos y hablemos del asunto.:
—Eres lo mas inútil—dijo el militar.—Verás si yo la
saco.
—Quisiera verlo,—contestó Gil; y los dos se alejaron en di
reccion á Santa Bárbara.
—Ya tú has olvidado tus antiguas mañas, diablo de abate,
—dijo el militar;—ya no sirves para el caso. A ver cómo pue
do yo entrar ahí, discurre un medio, un ardid cualquiera:
ipara qué quieres esa travesura? á ver.
—Hay un medio magnífico,—contestó Carrascosa.
—Pues esplícate pronto.
—Voy á esplicarlo .
CAPITULO XX/

Bozmedíano.

Antes de dar á conocer en toda su estension el coloquio de


estos personajes, conviene dar noticias de uno de ellos, ya
harto conocido por el lector. El militar que en el segundo ca
pitulo de esta historia vimos prestando auxilio á Coletilla y
despues introduciéndose furtivamente en su casa, se llamaba
D. Claudio Bozmediano y Coello. Ya era tiempo de decir su
nombre. Tenia treinta y dos años, y servia en el ejército con
el grado de comandante. Su padre fué uno de los venerables
legisladores de Cádiz. Hombre de talento, de notoria probi
dad, de elevada cuna y agradable presencia, habia sido siem
pre muy amado de sus compatriotas. A la vuelta del rey fué
perseguido como todos, y tuvo que emigrar. Pero restableci
do el sistema constitucional, el viejo Bozmediano volvió á
España y ocupó uno de los mas elevados puestos en la polí
tica.
(Con el nombre de Bozmediano conoceremos en esta his
toria al hijo de aquel varon ilustre, cuyo verdadero nombre
no podemos usar en nuestro relato por ser un personaje con
temporáneo de memoria muy reciente.)
Bozmediano, padre, era liberal de corazon. Trataba al rey,
y es seguro que hizo cuanto cabe en fuerza humana para di
rigir por camino recto la torcida voluntad de aquel soberano
falaz y perverso. Era rico, y jamás le movió el interés en
asuntos políticos. El amor á su hijo y el patriotismo eran dos
sentimientos'profundos que, enlazados y fundidos, ocupaban
todo su corazon.
190
Bozmediano, hijo, que es el que mas conocemos, era un jo
ven de escelentes prendas, amante de la libertad por con
viccion é instinto, defensor acalorado de las ideas del dia,
cuya aplicacion y trascendencia conocia muy bien, porque á
su talento claro y á su natural sagacidad- anadia una instruc
cion no muy comun en aquella época.
Pero en medio de sus grandes cualidades; en medio de sus
virtudes cívicas y privadas, Claudio Bozmediano tenia un de
fecto, amable defecto que la edad disculpa. Era tan aficio
nado á las muchachas, que el galantearlas entretenia la ma
yor parte de su vida, robando tal vez á la patria grandes ser
vicios. No era un libertino, no: las queria con toda la buena
fé que el naciente siglo XIX permitia, y aunque él aseguraba
no haber encontrado la suya, entreteníase con las demás es
perando. Pero al fin ó la habia encontrado, ó habia encontra
do una que de fijo le entretendriia mas que las otras . Repeti
mos que los amores de Bozmediano no eran licenciosos; pues
á pesar de ser un apóstol de las ideas del dia, en la cuestion
amorosa el bueno del militar pertenecia á la escuela platóni
ca del pasado siglo, y se enamoraba con la buena fé de un ca
ballero amartelado. Gustábale llevar sus aventuras hasta el
fin, y mas halago encontraba en ellas cuanto mayores eran
los peligros, cuando ocurrian accidentes romancescos y mis
teriosos, que escitaran su imaginacion tan propensa á las co
sas estrañas, difíciles y complicadamente dramáticas.
Despues que conoció á Clara, habia perdido el reposo. No
solo la jóven aquella por sus cualidades y encantos personales
le'interesaba mucho, sino que en su vida habia encontrado
un misterio, para él interesantísimo, por ofrecerle lo que siem
pre buscaba con mas afan, una aventura.
La aventura se presentaba singularmente dramática, esci
tando al mismo tiempo el amor y la curiosidad de Claudio.
Aquella huérfana que vivia en compañía de un viejo escén.
trico, la tristeza y necesidad de desahogo que en ella habia
notado, la suposicion de que era mártir de la dureza de aquel
hombre, eran causas bastantes para escitar un espíritu me
191
nos impresionable y caballeresco. Su intento, su gran aspira
cion era descifrar el misterio de aquella casa y despues salvar
aquella encantadora y desdichada muchacha de la odiosa tu
tela de su guardian. Amor y generosidad eran los móviles de
Bozmediano en la aventura que le vemos comenzar y que le
veremos proseguir.
—Hay varios medios de entrar en la casa,—decia Carras
cosa tomando el brazo del militar;—pero hay uno que es es-
celente. Esas viejas tienen un arrendatario que ahora debe
venir á pagarles sus rentas, lo poco que tienen. Lo sé por
Elías. Estamos al aviso, le compramos, le hacemos escribir
una carta diciendo que está enfermo y que envia á su hijo
con el dinero; Vd. se disfraza de labriego, entra en la casa, y
una vez allí... ¡pataplum! le ha dado un desmayo, un acciden
te terrible. No tienen mas remedio que dejarlo en la casa...
le meterán en un desvan, y durante la noche, cuando ellas
duerman, se apodera de la chica y... á la calle.
—Calla, imbécil; eso no puede ser. No sé en qué comedia
he visto eso, que es muy bonito en el teatro; pero en la vida...
Yo no quiero eso. Quiero entrar en mi traje habitual, con mi
nombre... pero es preciso un pretesto; porque supongo que
esas viejas serán la misma desconfianza.
—Armarán un escándalo,—dijo el abate;—y será tal el vo
cerío que se oirá en Getafe: es preciso ir con tiento.
—Pero hombre,—dijo Bozmediano, que no tenia noticia
de que semejantes bichos existieran en el mundo—¿qué gente
es esa?... ¿cuál es su carácter, su vida, sus hábitos, qué hacen
y por qué está ahi esa pobre muchacha?
—Dichoso Vd. que no conoce á esas diablas de Porreño.
Son los pájaros mas raros que hay en el mundo. Cuando ten
go mal humor voy á reirme con ellas, oyéndolas disparatar.
Esa gente fué muy rica, pero han venido á menos: creo qué
el dia menos pensado se comerán unas á otras
—iY en qué se ocupan?
—En nada; mejor dicho, en rezar. Una de ellas es santa,
7 le aseguro á Vd. que cuando se pone á hablar de sus san
192
tidades, es cosa de morirse de risa. ¡Y qué impertinentes son!
Cuando les propuse lo de la procesion con objeto de sacar
de allí á Clarita, se pusieron hechas unos grifos. Ya me figu
ré yo que no consentirian; y en verdad, amigo, que el proyec
to que acaba de fracasar era atrevidillo.
—¿Y cómo ha venido aquí esa Clarita?—preguntó Bozme-
diano.
—Yo no sé, cosas de Elias.
—Hombre, hábleme Vd. de ese Elías. El dia en que le co
nocí por primera vez me pareció lo mas raro del mundo. Ya
habia yo oido hablar de Coletilla.
—Elías es un loco rematado; es realista; pero con un fana
tismo que le llevará hasta el martirio.
—¿Y ama á esa jóven?
—No sé: yo lo dudo. Coletilla no ama mas que ai rey, me
jor dicho, al principio real.
—Pues bien— dijo Bozmediano;—á ver cómo me introdu
ces en esa madriguera.
—Es preciso entrar de ocultis,—dijo con la mas maliciosa
sonrisa el abate.
—¿Y qué sacamos de eso?—contestó en el colmo de la con
fusion Bozmediano.—Entro, por ejemplo de noche: si alguna
me ve, me creerá ladron, chillará, y entonces... bonita aven
tura. Además Clara no está prevenida, no tiene relaciones
conmigo. ¿Qué voy yo á hacer allí? Yo quiero introducirme
sin que se sospeche nada, entablar amistad con ella...
—Tengo una idea,—dijo Gil golpeándose la frente.
—¿A ver?
—Usted vá á entrar en un momento en que Clarita esté
sola.
—¿Sola? Pues esos demonios, si salen alguna vez, ¿la deja
rán allí?
-Sí.
— ¿Y cuándo salen?
—Yo me encargo de averiguarlo y de arreglar eso.
—Esplícate mejor.
193
—Lo primero que Vd. debe hacer, Sr. D. Cláudio, es escri
birle una carta á la niña. Yo tambien me encargo de eso.
—Bien; ellas salen; probablemente la dejarán encerrada.
¿Cómo entro yo? ¿Voy á estar descerrajando puertas?
—No señor, Vd. entrará cómodamente y sin ruido.
—A ver como es eso, diablo de abate.
—¿Recuerda Vd. aquel vestido de abate que yo tenia allá
por los años 10 y 12?
—¿Qué he de recordar yo? dijo Cláudio picado y curioso.
—Calma, amiguito,—contestó el abate poniéndole la mano
en el pecho;—¿recuerda Vd. mi gorro y mis calcetas, un pri
mor de costura y de corte?
—¿Y qué tiene eso que ver con la...?
—Vamos allá. Pues ese traje, ese gorro, esas calcetas, me
las hicieron doña Mcolasa y doña Bibiana Remolinos, perso
nas eminentes en el arte de coser, á quienes tendré el gusto
hoy mismo de presentar á Vd.
—¿Pero qué jerga es esa?— dijo Cláudio,—¿qué demonios
tiene eso que ver con lo que te pregunto?
—Usted no cae en la cuenta,—contestó el socarron del aba
te, porque no sabe que esas dos señoras viven en la misma
bohardilla en que hace diez años vivió la hija del herrero,
Josefita Pandero, de quien anduvo tan enamorado el conde
de Valdés de la Plata; es decir, en el número 6 de la calle de
Belen. Yo anduve en el asunto.
—Ya recuerdo haberte oido contar algo de eso,—dijo Boz-
mediano;— ¿pero qué tengo yo que ver con Josefita Pandero
ni con esas señoras Remolinos?...
—Usted no comprende lo que quiero decir, porque no re
cuerda que el conde de Valdés de la Plata, no pudiendo son
sacarle la niña al herrero, que la guardaba como si no fuera
mujer, alquiló la casa inmediata, y no paró hasta abrir una
comunicacion que le permitió profanar el hogar de aquel tes
tarudo Vulcano.
—Ya,—dijo Bozmediano,—comprendiendo.
—Pues... mis amigas las costureras viven en el núm. 6
13
194
donde vivió la hija del herrero, y mis amigas las Porreñas
viven en el 4, donde vivió el conde de Valdés de la Plata; y
en resúmen, si una puerta hábilmente hecha, permitió á un
caballero pasar del 4 al 6, tambien abrirá paso del 6 al .4 un
tándoles las uñas á esas costurerillas, que, dicho sea de paso
y en honor de la verdad, tienen para el pespunte unas manos
que son una gloria.
—Ya lo comprendo todo. '¿Y esa puerta existe?
—Pues no ha de existir. Yo la he visto; yo respondo de
todo; me encargo de averiguar cuando salen esas harpías, de
llevar la cartita, y de facilitar el paso. ..
—No e§ mala idea,—dijo el militar;—y sobre todo mala ó
buena, yo la he de llevar á cabo. ¡Y qué haremos para que
esa lechuza de Coletilla no nos estorbe!
— Coletilla no nos estorbará. De lo menos que él se ocupa
es de la muchacha, cuyo porvenir no le importa un comino.
El no se ocupa mas que de...
—¿De conspirar ch?...
—Pues ya. Amigo D. Cláudio, Elías es hombre fuerte y
tiene amistades muy altas. Puede mucho, y así con su humil
dad y su melancolía es persona que maneja los títeres. Le
digo á Vd. que se va á armar una...
— ¿Conque conspiran? ¿Si conspiran los realistas, es seguro
que tu estarás con ellos, no?
—Hombre yo,— contestó Gil maliciosamente; — yo soy hom
bre de órden y nada mas. Si ando con Elías y me trato con
los suyos, es sólo para enterarme de sus manejos, pues...
— Siempre el mismo truhan redomado; nadie como tú ha
sabido navegar á todos vientos.
—Ya sabe Vd., Sr. D. Cláudio,—contestó Carrascosa,—que
me acusaron de realista y me quitaron mi destino. (Yo qué
iba á hacer? ¿lba á morirme de hambre? Las ideas no dan de
comer, amigo. Vd. que es rico puede ser liberal. Yo soy muy
pobre para permitirme ese lujo.
—¡Solemne tunante!
—Lo que hago es estar al cabo de todo. ¿Quiere Vd. que
195
.acabe de ser franco? Vd. es buen amigo y buen caballero. Voy
.á ser franco. Pues sepa Vd. que esto se lo va á llevar la tram
pa. Esto se viene al suelo, y no tardará mucho. Se lo digo yo
y bien puede creerme. Dice Vd. que soy un solemne tunante.
Bien; pues yo le digo á Vd. que ésun tonto rematado. Vd. es
de los que creen que esto va á seguir y que va á haber liber
tad y Constitucion, y todas esas majaderías. ¡Qué chasco se
van á llevar! Le repito que esto se lo lleva Barrabás, y si no,
.acuérdese de mí.
—¿Ya empiezan las facciones, eh? pues es cierto que les da
rán que hacer, porque los liberales no se maman el dedo,
amigo Carrascosa. ,
—¡Ah!—contestó 'el otro riendo como un diablillo,—¿que
no se maman el dedo? Ya verá Vd. lo que vá á salir de aquí.
Vd., Bozmediano, arrímese á buen árbol... Mire que se lo
aconseja quien sabe lo que son estas cosas... Pero volvamos
al otro asunto. En lo concerniente á Clarita, voy á darle á us
ted un dato muy importante.
—A ver.
—Este Elías tenia un sobrino en Ateca. Clara estuvo allá
hace unos meses. El sobrino es jóven, decidorcillo, medio
galanteador... ¿Necesito decir mas?
—Vamos, ya pareció aquello,—dijo Bozmediano con mucho
interés.—Apuesto áque es su novio.
—Pues ganará Vd. Yo estuve en Ateca en aquellos dias, y
supe que los dos chicos se querian. Me parece que se quieren
todavía.
—Ola, ola, esas tenemos—dijo Bozmediano amostazado.—
¿Y cómo hasta ahora no me habias dado esa noticia?
—Porque hasta hoy no habia sabido que ese chico llegó y
está en Madrid.
—¿En Madrid?
—Sí, pero se las compuso de tal modo, que llegar aquí y
-ser metido en la cárcel, fué todo uno.
— ¿Pues qué hizo?
-—Es muy aficionado á la política. Allá en Zaragoza ha
196
blaba mucho en los clubs. El chico estaba envanecido, llegó
á Madrid, sus amigotes le llevaron á la Fontana, habló; á la
mañana siguiente se mezcló en el tumulto de la procesion
del retrato de Riego, chilló en la calle, alborotó, vino la po
licía, le echó mano y le llevó á la cárcel, donde está-
—i,Y su tio no procura sacarlo?
—Vd. no conoce á esa fiera. Su tio al saber que el mucha
cho era exaltado y que la echaba de orador, se puso hecho
un veneno, fué á la cárcel, le riñó de lo lindo, y ha roto con
él, diciéndole que mientras tenga aquellas ideas no parezca
por su casa.
— Ese hombre es lo mas escéntrico...
— Sí, señor.. Pero la pobre muchacha está seguramente pa
sando las mayores amarguras, y tendrá el corazon tamañito
al ver lo que le pasa á su pobre amigo.
Bozmediano permaneció meditabundo algunos instantes.
Despues dijo con mucha calma:
—Ya sé lo que tengo que hacer.
—¿Qué va Vd. á hacer?
—Todo lo posible para que pongan en libertad á ese mu
chacho. Estoy seguro de que Jo conseguiré.
— ¡Hombre, pues es Vd. lo mas raro! No se comprende—
dijo riendo y con asombro D. Gil.— ¿Con que está Vd. ha
ciendo el amor á la chica y le va á poner en libertad al novio?
Si digo yo que Vd . es tonto, D . Cláudio.
—No tengo duda alguna: le pongo en libertad. Veremos
cómo ella lo toma. Yo haré que sepa que yo le he puesto en
libertad, yo.
—Buena la va Vd. á hacer. Estos entes caballerescos son
incomprensibles. Ese muchacho será un estorbo mas para
nuestro plan, para el escalamiento y...
—No importa: allá veremos. Sobrelo demás, lo dicho di
cho jehí La carta, alejamiento de las harpías, la puerta del
desvan.
—Todo presto, todo arreglado. No hay mas que hablar,
Dios se la depare buena.
197
Despues de estas palabras se separaron. El ex-abate al
partir se reia con muy buenas ganas del jóven militar, á
quien queria servir llevado de miras ulteriores, esperando un
ventajoso arrimo en aquella situacion política. El otro se di
rigió á su casa pensando á la vez en la repugnante astucia
del abate y en los peligros de su aventura.
El ardid amoroso que pensaba emplear Bozmediano era
cosa muy comun á principios del presente siglo, en que se
conservaba aun la rigidez de los principios domésticos que
habia hecho en tiempos anteriores una fortaleza de cada
hogar.
En el siglo xvn, cuando nuestra nacionalidad, vigorosa,
original y profundamente característica no habia recibido
influjo estranjero, los españoles se componian de otro modo;
iban á su objeto por medios mas violentos, mas decididos,
mas románticos, que indicaban antes la pasion que la inferi-
ga, mas bien la resuelta actitud del valor que el ingenioso
intento de la astucia. Aquel fué el siglo de los raptos del
convento, de las escaladas por el jardin, de las fugas, delos
atropellos, de los sublimes atrevimientos. Entonces hubo un
galan (el conde de Villamediana) que quemó su casa solo por
el placer de sacar en brazos á una dama.
La irrupcion de costumbres francesas, verificada con la
venida de la dinastía nueva á principios del siglo xviii, mo
dificó esta como otras cosas. La sociedad que se imponia á
la nuestra era menos grande, menos valerosa, menos apa
sionada; pero mas culta, mas refinada, mas hipócrita. Con
ella vinieron los abates, y vino la literatura clásica, fria, es
téril, falsa, hipócrita tambien. La poesía pastoril, último gra
do de la hipocresía literaria, tuvo un renacimiento funesto
en el siglo pasado. Al compás de los madrigales los abates
hacian el amor callandito en los salones. Los amantes, que
componian versos de casto é insípido pastorileo, no podian
entrar en las casas como aquellos, á quienes encubria su
dignidad, y entraban disfrazados ó empleando los mas es
travagantes y rebuscados medios.
198
Con la sociedad nueva vino la moda nueva. La moda trajo
las pelucas blancas, los peinados complicados é hiperbólicos;
y con el artificio de estos peinados se creó el peluquero de
las damas, hombre gracioso que entraba en todos los tocado
res y era tercero en toda intriguilla de amor.
Ningun siglo ha visto como el décimooctavo la astucia
sirviendo al amor. Veíase á los amantes arrostrando la ridi
culez de situaciones muy raras para poder hablar con sus da
mas. La casa era invadida; pero no como la invadian nues
tros caballeros del siglo anterior, espada en mano, batiéndo
se con una turba de criados y dos docenas de alguaciles, sino
astuta y solapadamente engañando á las familias, abusando
de la confianza ó encubriéndose con un disfraz ingenioso y
á veces grosero.
En 1821 estos procedimientos estaban aun muy en boga,
y Bozmediano era maestro consumado en el asunto. Conocia
el resorte de los barberos, de las terceras, de los abates, sien
do muy diestro en el uso de disfraces, engaños y supercherías
amables, como entonces se llamaba á estas cosas. Si no pudo
emplearlos en la aventura que le vemos emprender, á causa
de las singulares costumbres de las tres viejas, no fué cul
pa suya; y solo á los obstáculos y dificultades que presenta
ba el terreno se debió, como él decia, que empleara medios
un poco mas violentos.

CAPTULO XXI.
¡Líbre!

Ante todo Bozmediano, guiado por un sentimiento fácil


de comprender, resolvió firmemente hacer cuanto en su mano
estuviera para poner en libertad al pobre Lázaro. Es muy na
tural este rasgo en un carácter generoso como el de aquel jó
199
ven, en quien eran frecuentes estos arranques caballerescos.
El dar la libertad al que podia considerar como su rival, le
parecia un acto que podia asegurarle la benevolencia de Cla- .
ra; y esta benevolencia, bien y astutamente dirigida, podia
convertirse en amor. No procedia este como los amantes vul
gares, en quienes la pasion no es mas que un egoismo un po
co espiritualizado. En Bozmediano los movimientos de deli
cadeza y generosidad eran espontáneos y vehementes. Algu
nos le tachaban de Cándido, á pesar de su conocimiento del
mundo: el curso de los sucesos nos probará si tenian razon.
No le fué difícil conseguir lo que apetecia. El secretario
del jefe político, informado por la policía, le dijo que el preso
era un agitador, pagado por los amigos de, la reaccion; pero
Claudio lo disculpó cuanto pudo diciendo que era un jóven
sin esperiencia ni discrecion; y al fin, despues de muchos
empeños y recomendaciones se dió la órden para ponerle en
libertad.
Bozmediano se dirigió á la cárcel de villa. Lázaro despues
de la visita de su tio habia caido en un abatimiento muy
grande que preparó su espíritu para una evolucion estrañísi-
roa. Aquella fiebre angustiosa que le llenaba la imaginacion
de alucinaciones terribles, haciéndole sufrir tan grandes tor
mentos, habia dej enerado en un lento marasmo, en un letar
go moral que le embrutecia. Su inteligencia tan viva y bri
llante en otras ocasiones estaba adormecida; y, recostado en
un rincon, con la vista fija en el ángulo opuesto, sus ojos
buscaban la oscuridad como único descanso. El descuido, el
abandono, la atonía y un sopor estúpido se pintaban en su
actitud.
Cuando le notificaron que estaba libre, tardó mucho en ad
quirir la completa nocion de aquel cambio. Rehaciéndose un
poco, creyó que á su tio debia semejante favor, con lo cual la
persona de Elías ganó momentáneamente su afecto. Pero al
salir encontró á Bozmediano que le saludó con mucha corte
sía, repitiéndole que estaba libre, y podia retirarse á su casa-
Sintióse conmovido ante la generosidad desinteresada de
200
aquella persona; pero pronto empezaron las dudas y la confu
sion. ¿Quién era aquel jóven? ¿Le habia favorecido por gene
rosidad ó por miras ocultas? No le conocia. ¿Por dónde sabia
su nombre y que estaba preso?
Lázaro no pensó mucho en esto. Hablaron al salir y le pa
reció que Bozmediano era bueno y honrado, dispuesto á la
amistad y á las buenas acciones. Cuando marchaban juntos
por la calle de Atocha, Lázaro escuchaba las palabras de su
desconocido favorecedor con la tranquila atencion de la infe
rioridad, admiraba su actitud, su entendimiento, su fisono
mía, su modo de espresarse, y en aquel momento le pareció
el mas cumplido caballero que habia visto. Comprendió tam
bien que era un jóven distinguido, rico é influyente, y su ad
miracion tuvo mucho de respeto.
Pero la curiosidad volvió á dominarle. Andando con timi
dez junto al militar le preguntó que por qué causa le debia
tan inesperado favor. Bozmediano le dijo su nombre, lo cual
no dió ninguna luz á Lázaro.
—¿Pero á qué circunstancias deba este gran favor que us
ted me ha hecho?—decia Lázaro. —Quiero saber cómo podré
pagar...
Claudio que queria eludir el verdadero motivo de aquel
acto, divagó, dando á Lázaro una porcion de señas que au
mentaron su confusion: le habló de D . Elías, de su pueblo,
del club de Zaragoza, de la Fontana.
—En fin, — dijo, decidido á salir del , atolladero ;—no
quiero llevarme el mérito de una accion que no debe us
ted agradecerme. Cada cosa en su lugar. Yo le he puesto á
usted en libertad, pero no he sido mas que un interme
diario, ,
Lázaro comenzó á ver oscura la situacion. Paráronse y se
miraron. La sonrisa que en aquel momento se dibujó en los
labios de Claudio le pareció cosa de muy mal agüero, y em
pezó á bajar á su favorecedor del alto pedestal en que le ha
bia puesto.
—Sí,—continuó el militar,—no es á mí quien debe Vd. es
201
te favor; es á una persona que debe de quererle á Vd. mucho,
segun las apariencias.
Lázaro iba á pronunciar el nombre de Clara, pero se con
tuvo, porque una multitud de pensamientos que se le agol
paron á la imaginacion, le hicieron detener un buen rato, fija
la vista en el militar. Aquel tropel de pensamientos fué una
série de rapidísimas nociones que se borraban unas á otras
sucediéndose con un vértigo precipitado. Ella le conocia, le
habia visto, Bozmediano era una agradable persona, él le ha
bia puesto en libertad, ella se lo rogó tal vez, ella le tenia
lástima, él quiso complacerla ¿á qué precio? ¿con qué fin? ¿des
de cuándo?...
Cuando esta confusion se aclaró un poco, el aragonés pre
guntó quién era la persona á quien debi» su libertad.
—Vamos— dijo Bozmediano con cierta vocecilla imperti
nente. —Bien sabe Vd. lo que quiero decir. No es necesario
pronunciar su nombre. Es natural que se haga Vd. el desen"
tendido. Como *e halaga tanto su amor propio el ser querido
por persona de tanto mérito... No sea Vd. ingrato, jóven, que
ella no lo merece.
—No sé lo que quiere Vd. decir — esclamó Lázaro en el
tono de un examinando desaplicado que se hace' repetir la
pregunta por retardar la contestacion que no sabe.
Bozmediano habló mas, pero vino á decir lo mismo. A Lá
zaro le parecia un agravio inferido á Clara el publicar su
afecto, el depositar tan honesta y delicada confidencia en el
conocimiento de un intruso, sí; porque Bozmediano le pare
cia un intruso, que se habia metido á darle libertad sin que
nadie se lo pidiera. Con la impertinente reserva propia de la
,edad y el pueril honor de que estaba poseido, el estudiante
juzgaba aquel acto bajo un punto de vista quisquilloso y su
til como las susceptibilidades de los héroes de Calderon.
—Bien sabe Vd. á quien aludo—dijo Claudio, dándole
una palmada en el hombro con llaneza y confianza;—pero
como Vd. está tan orgulloso con ser amante de esa mucha
cha, se da Vd . ese tono.
I

202
—¡Oh! no— dijo el sobrino de Coletilla, avergonzado.—La
verdad es que no sé quien es esa persona que Vd. dice.
Bozmediano estrechó la mano del jóven aragonés y le hizo
muchos ofrecimientos y protestas de amistad. El otro estaba
tan aturdido que le contestó mal y con poca cortesía.
—Sé donde Vd. vive—dijo Claudio retirándose—nos ve
remos. Y si no en la Fontana, á donde voy con frecuencia.
Y se separó. , Cuando estuvo á alguna distancia, Lázaro
sintió impulsos de correr hácia él, para darle las gracias con
mayor respeto, pero en él luchaban el orgullo y los celos. Le
dejó marchar sin decir nada.
Bozmediano iba diciendo entre sí con mucha satisfaccion.-
—Muy vulgar, muy vulgar...

CAPITULO XXII.
El «vía crucís» de Lázaro.

Lázaro continuó andando sin direccion fija. Su brusca y


misteriosa salida de la cárcel, el conocimiento de Bozme
diano, y la preocupacion producida por sus palabras, le im
pidieron por algun tiempo darse clara cuenta de su difícil y
rarísima situacion. Pero cuando se vió solo y anduvo un
buen rato, empezó á comprender qne no tenia á donde ir, ni
á quien dirigirse, ni con quien vivir. Las palabras dichas
por el viejo no le dejaban duda respeto á su carácter. Era
un realista fanático, un ciego amante de la tiranía. Con los
ojos encendidos de cólera y el habla venenosa y fuerte le ha
bia dicho que no fuera á su casa mientras no cambiara de
ideas. ¿Qué hacer? Era imposible vivir con aquel hombre
misántropo y cruel, melancólico y feroz como un fanático
musulman. ¡Cuán contrarias las ideas de uno y otro! ¿Qué
203
podia hacer? ¿Fingir y ser hipócrita? ¿Aparentar un amor á la
tiranía que le parecia un crímen? No: eso no puede ser, pen
saba Lázaro. Ademas en la agitacion actual de los partidos,
el fingir semejantes ideas era peor que profesarlas. El viejo
no podia admitirle en su casa. Entonces ¿qué determinacion
debia tomar? ¿A dónde iba? ¡Volveria á Ateca? ¿Y Clara?
Al acordarse de su infortunada compañera, los pensamien
tos del jóven tomaron otro sesgo. La idea de los pesares de
aquella infeliz, condenada á vivir con un sér tan antipático,
principió á atormentarle. Era preciso ir allá y ver lo que pa
saba en aquella casa. ¿Pero cómo, si era imposible visitar á
su tio?
¿Iba ó no iba? La necesidad le apremiaba. Estaba solo,
agobiado de estenuacion, hambriento y desnudo. Doce
cuartos era toda su fortuna; porque en el camino habia per
dido un doblon y los gastos de viaje consumieron el otro.
Entretanto se acercaba la noche y no tenia donde dormir. Si
acudia á casa de sus amigos, temia no encontrarlos tan be
névolos como la noche anterior. Además eran pobres, tan
pobres como él y no podian darle agasajo.
Era preciso ir. Tambien se le ocurrió tomar el camino de
su pueblo y volverse allá: él conocia un arriero en el para
dor que le llevariia de fiado. Pero, ¿y Clara?...
Estos eran sus pensamientos cuando acertó á pasar por la
Fontana. Sintió una gran algazara, paróse maquinalmente y
tuvo intenciones de entrar. No, dijo dominándose, no entra
ré. Y al mismo tiempo dió un paso hácia la puerta.
Sin embargo, una atraccion fatal le arrastraba hácia aquel
recinto, abismo de sus primeras y mas bellas ilusiones. Los
sonidos que allí dentro se oian, retumbaban en su cerebro
como ecos infernales de singular fascinacion.
Retrocedió, volvió á avanzar, se consultó, discutió men
talmente, y al fin, uniéndose la curiosidad á su instintivo
deseo de entrar, no dudó mas y entró.
Estaban en una discusion muy acalorada. Por todas partes
se alzaban voces, lo mismo en la region turbulenta del pú
204
blico que en la del club. El que estaba en la tribuna logró
dominar el ruido y pudo hacerse oir; pero bien pronto los
gritos ahogaron de nuevo su voz. Trataba de la vergon
zosa derrota que habian sufrido los exaltados ante la autori
dad de Morillo; y algunos habian llevado esta cuestion á
un terreno personal. Celosos del decoro de la sociedad y del
buen nombre del partido, algunos oradores denunciaban á
los infames, que, disfrazados con el nombre de liberales, iban
á corromper á aquella asamblea, á hacer vergonzosos tratos
en nombre del rey, á comprar la elocuencia exaltada y á pro
mover alborotos que no tenian otro objeto que desprestigiar el
liberalismo y dar armas á la reaccion.
—¡Lobos,—decia el orador,—disfrazados de corderos, que
vienen aquí fingiendo un amor á la libertad que no tienen.
¡Ofrecen oro á los oradores en pago de un discurso, que exalte
los ánimos de la multitud ignorante!
— Sí; esos infames, —decia otro orador,— son los que prepa
ran las asonadas y los que apedrean las casas de los ministros.
El objeto de esta asocíacion es sostener una cátedra perma
nente de las buenas ideas, dirigir los sufragios; pero nunca
patrocinar el libertinaje, ni el escándalo, ni la anarquía.
—No—dijo otro orador, en quien se fijaban las miradas de
todos y que se levantó lleno de ira á protestar contra las pa
labras anteriores.— No: aquí no hay traidores. Los que tal
hacen no pertenecen á la raza de los hombres; no creo en
ellos, y si los hay que se digan sus nombres. Sepamos quiénes
son; conozcámonos.
— ¡Que se digan los nombres! —repitieron cien voces.
—Es preciso—decia el primer orador—purificar esta noble
asamblea. Merced á los infames que la han corrompido, cor
ren por la córte injuriosas calificaciones de nosotros y de
nuestro club. ¡Que esog infames salgan de aquí!
—¡Que se digan sus nombres!—respondió la multitud con
un rugido.
—No—decia otro—esa especie de hombres no existe.
—Sí existe—esclamó exasperado el primero.—Frecuentan
205
este sitio personas que vienen á pagar con el oro del rey el
frenesí oratorio que ha de enloquecer al pueblo.
— ¡Quién! ¡Quién!
—¿Quien de nosotros—continuó el orador—no conoce al
llamado Coletilla? Es un realista fanático, un malvado agen
te de la casa grande. ¿No le conoceis? Este hombre es una
culebra que se desliza entre nosotros para corromper á los
oradores jóvenes. Yo se que muchos han recibido dinero en
cambio de discursos muy calorosos. Las asonadas absurdas
que vemos todos los dias, ¿á qué se deben? No lo dudeis,
¡abrid los ojos, ciegos! Se deben al oro de Fernando de Bor-
bon, al oro repartido por ese hombre insidioso, por ese Co"
letilla.
—¿Quiénes son los venales? sepámoslo —dijo una voz.
—Desconfiad de los autores de asonadas.
—Ese es algun amigo del gobierno— esclamó señalando al
orador un individuo que estaba en la parte del público.
— ¿Amigo del gobierno?—dijo el orador indignado.— ¿Por
qué? porque amo la libertad sin licencia, la peticion sin es
cándalo? Vosotros1 amais la anarquía y cedeis á la venalidad.
Me dirijo á los aragoneses, que en este sitio se distinguen
por su lenguaje procaz y su amor á los alborotos.
—¿Qué se atreve Vd. á decir?—esclamó Nuñez levantán
dose como una furia y apostrofando al primer orador. —¡Qué
injuria dirige Vd. á mis amigos, á mí!
—Sí, señores— esclamó el otro—desconfiad de los aragone
ses. Un aragonés agitó las turbas el dia de la procesion del
retrato.
Algunos miraron á Lázaro que mudo y helado presenciaba
aquella escena.
—Y no lo dudeis—continuó el orador.—El que habló en
aquella ocasion era un vil instrumento de los agentes del
rey.
—¡Es este! ¡Aquí está!—esclamó uno, señalando á Lázaro
á la atencion de toda la asamblea.
— Sí, el sobrino de Coletilla—dijo otro.
206
—¡Sobrino de Coletilla! ¡Sobrino de Coletilla!—repitieron
muchas voces.
Un tumulto espantoso resonó en todo el ámbito. Todos se
levantaron y miraron á Lázaro.
—¡El que habló la otra noche escitando á la rebelion!
—¡El alborotador de la Plaza Mayor!
—¡El sobrino de Coletilla! ,
Estas últimas palabras eran el mayor padron de deshonra.
Alfonso se levantó á defender á su amigo; pero no pudo: su
voz no fué escuchada. Muchos que temian verse acusados, en
cuanto vieron el aluvion que sobre Lázaro caia, descargaron
sobre él toda su ira.
—¿Cuánto te dieron por los gritos del dia de la procesion,
prendita?—esclamó desde su rincon el augusto Calleja.
—¡Afuera con él!
—¡Fuera los traidores, fuera!
—¡A la calle, á la calle!
Lázaro trató en aquel momento supremo de desesperacion
de reunir todo su aplomo para hablar, para defenderse, para
gritar, para decir á todos que era inocente, que era un infe
liz, un pobre diablo, el último de los séres. No le escuchaban.
No podia hablar ni para defenderse, ni para despreciarlos: se
doblegó bajo el peso insoportable de tanta mirada y de tanta
cólera. La multitud redobló su furia al ver el estupor y la
postracion de su víctima, y tras las palabras vinieron los mo
vimientos, le mandaron salir, le empujaron hácia la puerta,
le echaron. El círculo en que le tenian se estrechaba cada vez
mas: el desdichado jóven vió cien manos sobre su cuerpo, se
sintió cogido, como si una culebra se le enroscara echándole
fuertes nudos y apretándole en sus robustos anillos. El voce
río, el calor, la angustia, la vergüenza, le aturdieron hasta el
punto de hacerle perder la claridad del conocimiento. Sin
tióse arrastrar sin ver quién le arrastraba; fuerzas descomu
nales tiraban de sus puños, le golpeaban la espalda, le impe
lian hácia fuera; sintió abrirse la puerta con estrépito, sintió
que su cuerpo recibia una fuerte sacudida, sintióse arrojado
207
y libre de aquellos brazos terribles; sintióse caer al suelo. El
ruido continuaba en torno suyo, formado principalmente de
carcajadas infernales; pero al fin el ruido se alejó poco á
poco: el infeliz comenzó á esperimentar el dolor de la caida
y el frio de la tierra. Estaba en la calle.
Permaneció en el suelo algunos minutos sin darse clara
cuenta de aquel hecho, y el sudor que le cubriia su rostro le
produjo una impresion glacial. Entonces adquirió conoci
miento exacto de su situacion y vió que estaba en el suelo,
con la espalda apoyada en la pared, inclinada la frente, cai
do y revuelto el cabello. El sombrero rodaba á su lado, su ro
pa estaba desgarrada y sentia un dolor agudísimo en el codo
izquierdo, duramente estropeado en la caida. El ruido de la
Fontana resonaba como un enjambre lejano; á los gritos se
unian las palmadas, y una voz agitada y sonora se elevaba á
ratos sobre aquella tempestad de entusiasmo.
Lázaro vió en torno suyo á tres pilletes que le contempla
ban con burla; y uno de ellos atisbaba una ocasion oportu
na para quitarle el sombrero. Los transeuntes principiaron á
formar corro, y alguno llegó á inclinarse con curiosidad para
ver si el caido estaba difunto ó simplemente desmayado. Le
vantóse, porque aquella curiosidad impertinente le molesta
ba tanto como el rumor que de la Fontana salia, y se alejó de
allí, dirigiéndose á la Puerta del Sol. Los gateras le seguian
acompañados de algunos mas, los serenos le dirigian de lleno
la luz de sus linternas, y los transeuntes se paraban mirán
dole alejarse, seguros de que no era difunto, ni estaba des-
mayado, sino simplemente borracho.
Subió la calle de la Montera, y preguntó por la calle de
Válgame Dios, porque habia resuelto dirigirse á casa de su
tio. Ya no dudaba: su determinacion era fija, y en aquel an
gustioso trance, la casa del fanático, en cuya puerta habia de
dejar sus creencias, sus sentimientos, le pareció un refugio
de paz.
Despues de todo los pocos dias pasados en Madrid habian
sido un continuado martirio, y la idea de la apostasía que
208
en casa del realista se le obligaba á hacer, no le molestaba
tanto. Estaba herido de muerte en la imaginacian, es decir:
flaqueaba por su parte mas poderosa. Ya no era aquel jóven
ardiente que se creia destinado á grandes fines; era un pobre
desheredado sin vigor de espíritu, sin esperanza y sin ideas.
No sabia lo que pensaba, no podia medir la inmensidad del
trastorno que su pariente le exigia, no estaba resuelto á nada
sino á echarse en brazos del primero que fuera capaz de con
solarle.
Llegó por fin, despues de preguntar mucho, á la calle de
Válgame Dios. Vió el número de la casa, miró á las ventanas
del segundo piso y habia luz en las habitaciones. Sin duda
estaba allí Clara cansada de esperarle, desconfiada de verle
otra vez. Entró en el zaguan y subió la escalera tan agitado y
palpitante, que al llegar á la puerta se detuvo porque apenas
podia respirar. Despues de algunos segundos, en que trató de
reponerse, alargó la mano, tomó el cordon de la campanilla y
tiró muy suavemente, porque le parecia que iba á incomodar
á su tio y á alarmar á Clara, si tocaba mas de lo necesario para
hacer constar en el interior la presencia de un forastero. Pero
la suavidad con que tiró su mano temblorosa fué tal que la
campanilla no sonó. Quiso hacerlo con mas energía, y como
estaba tan nervioso, tiró tanto, que la campana atronó la casa.
Lázaro se asustó, creyendo que Elías iba á salir hecho una
furia, clamando contra el que así alborotaba. Un buen rato
pasó sin que nadie abriera; pero al fin distinguió alguna clari
dad al través del ventanillo, sintió pasos, sintió que una ma
no descorria la tabla, abrióse el agujero y aparecieron do&
ojos.
No eran los de Clara.
—¿Quién?— dijo desde dentro la voz de Pascuala.
Lázaro preguntó por su tio.
—Sí,—dijo la criada,—pero no está.
—¿Vendrá pronto? Soy su sobrino.
Pascuala abrió la puerta y Lázaro dió un paso hácia aden
tro, sorprendido de no oir la voz de Clara.
209
—No vendrá ni pronto ni tarde; porque se ha mitdao—con
testó la alcarreña.
—¿Cómo?
—Como que se ha mudao hoy mismo. Yo estoy aquí toda
via, porque quedan algunas cosillas, y el ropero grande, y es
toy aquí pa cuidarlo; pero mañana me voy.
—¿Y á dónde se ha mudado?
— Aquí cerca, en la calle de Belen, en casa de unas señoras
que llaman de Porreño, que le han cedio el cuarto segundo pa
que viva solo.
—¿Y Clara? —preguntó Lázaro con mucha ansiedad.
—Esa hace ocho dias que está allá viviendo con esas seño
ras. El amo la puso alli porque se enfaó con ella.
—A ver, á ver. ¿qué es lo que dices?—esclamó el jóven.
—j Ah!— dijo la moza;—(pero Vd. es sobrino del amo?
-Sí.
—Usted es aragonés. Dígame: ¿conoce por casualidad en
Cariñena á Ventura Palomino, hermano de Jusepe Palomino,
que casó con Colasa Sanahuja?
—No, -contestó Lázaro impaciente;—no soy de Cari
ñena.
—¿Y sabeVd. —continuó Pascuala—si ha pariola mujer
de Anton Telares, hermano de mi novio Pascual, con quien
me voy á casar la semana que entra, si Dios me ayuda?...
—No sé, hermana, no conozco á esa gente. Pero díga usted,
¡por qué ha ido Clara á vivir con esas señoras?
— ¡Ah!—dijo la alcarreña, riendo con mucha gana;—no me
acordaba de que era Vd. su novio. El amo la mandó allá
porque decia que no la podia aguantar... pues... le diré á us
ted... el amo es así, un poco... Decia que era una niña como
las del dia, que era muy sardesca... Pero ella es muy buena, y
no sé cómo la pobre no se ha podrido de tristeza en esta
casa.
—¿Y salió con gusto de aquí?
—A la verdad, caballero... el amo tiene un genio, así... vaya.
Las dos nos quedábamos muertas de miedo, siempre que le
U
210
veiamos entrar. No nos hablaba nunca, y de noche, despues de
acostadas, le sentiamos dando unas patadas...
—lY por qué la mandó a casa de esas señoras?
—Vea Vd., yo le voy á decir la verdad, porque es de la casa.
Habia un melitarito que se metió un dia en casa, porque vino
acompañando al amo, que fué lierío en la calle. Despues pa
saba todos los dias por ahí y siempre que me encontraba en la
calle me paraba x,a preguntarme por doña Clarita. ¡Ay! un
dia me vió mi Pascual hablando con él, y por poco... mi Pas
cual tiene un genio del demonio, y cuando se enfaa; Vd. no
supo cómo le pegó de cachetines al carnicero de ahí enfren
te... Luego, como es una así... tan guapetona...
—Siga lo que iba contando: despues sabremos lo que hace
el Sr. Pascual,—dijo Lázaro impaciente por las digresiones de
la criada.
—Pues decia que el melitarito, ofreciéndome dinero, que
riia colarse aquí.
—¿Y entró?...
—Espere Vd. y seguiré contando. No pasaba de la esquina,
y el amo le alcanzó á ver algunas veces. Porque el amo, aun
que parece que no ve nada, lo oserva todo.
—Y ella ¿qué decia?
—Espere Vd... El me decia que queriia entrar.
—lY qué decia él de ella?
—Que era muy guapa para estar aquí encerrada sin ver
el mundo; que era una lástima que una mujer así viviera en
compañía de un viejo tan feo y tan... Decia: "yo la sacaré de
aquí.M ,
—¿Y ella sabia que él decia eso?—preguntó Lázaro.
—Sí: él mismo se lo dijo.
—Luego estuvo aquí, - esclamó con mucha ansiedad.
—Espere Vd.
—Y ella, ¿qué decia de él?
—Que era una persona amable y y de muy buen trato; que
era buen sujeto y caballero muy cumplido. Un dia se nos me
tió aquí. Jesús ¡qué susto!
211
—Y ella, ¿qué hizo?
—Le dijo que se fuera.
—¿Y se fué?
—Cá: aquí estuvo hablando mil cosas.
—¿Y ella que le decia?
—Que se fuera porque la iba á comprometer; que si era ver
dad que se interesaba por ella, se marchara al momento, no
-dando lugar á que le vieran allí.
—?Y él qué dijo?—preguntó Lázaro, que no cabia en sí de zo
zobra.
—Mil cosas, mil monerías. Lo cierto es que el amo entró y
y le vió. Se enfadó mucho, nos riñó mucho.
—¿Yá él, qué le dijo?
—Nada. A nosotras nos estuvo rifiendo todo el dia. Des
pues le dijo á doña Clarita que era una loca; que ya estaba
eansá de sus coqueterías... cosas del viejo, porque, ella la po
bre... por fin le dijo que la iba á mandar á casa de esas tres
viejas, para que la csrrigieran y la enseñaran á buen vivir.
—Pero, ¿por qué causa mi tio la llama loca? ¿Qué ha
hecho?
—Naa; pero el amo dice que las ideas del dia...
—¿Y qué mas le dijo?—preguntó Lázaro, que no se cansa
ba nunca do las terribles respuestas de aquel fatal interroga
torio.
— Que debia aplicarse á la oracion y á una vida santa.
—¿Y ese militar, no la ha vuelto á ver mas?
—Estos dias le he visto rondando por la calle de Belen, y
yo... me figuro.
—¿A ver? ¿qué se figura Vd.?
—Me figuro... El melitarito es muy pillo... apuesto á que
se ha colado allá.
—¡Y Vd no conoce á esas tres señoras—dijo Lázaro, tra
tando de disimular la mala impresion que la anterior res
puesta le habia producido.
—No; el amo decia que son muy buenas y que una es
santa.
212
—¿Dónde viven?
—En la calle de Belen, número 4. Su tio vive en la pri
mera casa. Ya las conocerá Vd.
—Diga Vd.,—preguntó Lázaro despues de una pausa en
que dudó si marcharse ó prolongar mas aquel coloquio dolo
roso.— ¿Diga Vd.: ese militar, es un jóven alto, ,con bigotes
negros?...
—Sí; un poquito mas alto que Vd., tiene una voz muy
clara, y anda con mucha gracia, y se rie con mucha gracia.
— ¿No sabe Vd. cómo se llama?
—No señor; lo iba á averiguar; pero como mi Pascual es tan
celoso, tuve miedo. ¡Ah, qué hombre! Cuando se enfaa...
Lázaro estuvo un momento silencioso contemplando la
bárbara efigie de aquella mujer, oráculo de su desventura.
Despues se hizo repetir las señas de la nueva casa, y salió.
Ya la determinacion de ir allí era inquebrantable, y antes
hubiera muerto que dejar de hacerlo. La curiosidad, los ce"
los, la necesidad de encontrar una solucion á aquella série
precipitada de dudas, le impulsaban hácia la nueva casa. ¿Y la
abjuracion exijida? casi no pensaba ya en tal cosa. Sin duda
alguna podia asegurar que el militar, de quien le habló Pas
cuala, era el mismo que le acababa de poner en libertad;
¡nuevo y doloroso misterio! Hubiera dado muchos dias de
vida por saber todo con claridad y al mismo tiempo se hor
rorizaba al pensar que iba á saberlo. La idea de la deslealtad
de Clara, de su deshonra, era demasiado grande en su hor
ror, y no le cabia en la cabeza. Lo que mas le confundia era
la estraña rapidez, la fatal impaciencia con que se precipita
ban sobre él tantas contrariedades, tantas amarguras, que no
le daban tiempo para buscar aliento y esperanza en su inte
ligencia y en su corazon.
Entró en la casa y subió lentamente la escalera de la casa
del siglo décimoctavo. No pudo prescindir de una sensacion
de respeto hácia aquellas tres damas, desconocidas todavía
para él, que le parecian tres perfectos modelos de virtud.
Tocó, y le abrió una de ellas. La decoracion le afectó un
213
poco: los retratos históricos de la antesala le miraron todos
con sus ojos apolilladt)s. Lázaro tuvo miedo; precedido por
Paz, atravesó por entre aquellas sombras que la débil luz del
pasillo hacia mas misteriosas, y entró en la sala.

CAPITULO XXIII
La ínquísícíon

Ya se habia llevado á efecto el trato que Elías celebró con


sus antiguas amas". Una vez que no hubo duda sobre las ven
tajas sociales y económicas que á entrambas partes resulta
rían, el fanático se instaló en el piso segundo, donde se en
contraba con mucha holgura. De las condiciones pecunarias
del trato nada diremos, porque es de suponer que serian tan
decorosas como á las dos potencias correspondia.
Cuando Coletilla despues de instalado, manifestó á las se
ñoras la probabilidad de que su sobrino fuese á vivir con él,
Salomé se quedó un poco pensativa; pero María de la Paz
dijo que no habia inconveniente, supuesto que el jóven, bajo
la vigilancia y tutela de su gran tio, habria de tener el come
dimiento y la dignidad que aquella casa imponia á sus ha
bitantes.
Lázaro precedido por María de la Paz, entró en la sala.
Lo primero que vieron sus ojos fué á Clara, que estaba senta
da junto á la devota y cosia con la cabeza baja sin atreverse á
mirar á nadie. Vio su turbacion y su empeño en disimularla.
Despues miró á todos lados y vió á su tio, respetuosamente
sentado al lado de Salomé, cuyos reales estaban plantados al
estremo oriental de María de la Paz. Lázaro los vió á todos
inmóviles como figuras de palo: todos le miraban, escepto
Clara, la cual insistia en acercar tanto los ojos á su labor
214
que era fácil comprender como no se sacaba los ojos con la
aguja. 4 .
Elías miró á Lázaro con asombro, Paz con asombro, Salo
mé con asombro, todos con asombro, y él mismo llegó á creer-
que era un fantasma evocado, el temeroso espectro del sobri
no de Coletilla. Salomé le indicó una silla con el dedo en que
tenia las sortijas, y Paz le dijo con el registro de voz más
desdeñoso y augusto:
—Siéntese V., caballerito.
Cuando el jóven dijo: n Gracias señora,,, su voz resonó dé
bil y dolorida, anunciando tanto sufrimiento y postracion,
qne Clara no pudo menos de alzar los ojos y mirarle con
súbita impresion de interés. Le encontró muy pálido y aba
tido; comprendió lo que el infeliz habia pasado en aquellos
dias y necesitó todo el esfuerzo de que su alma valerosa era
capaz para no echarse á llorar como una tonta en presencia
de las tres rígidas damas, y del furibundo Coletilla.
—Ya estas señoras saben lo que has hecho al llegar á Ma
drid,—dijo Elías á su sobrino con mucha severidad.
Paz y Salomé fruncieron el ceño para que nadie pudiera
poner en duda «u indignacion. Lázaro no contestó, porque
estaba muerto de vergüenza, y en aquel momento las dos
damas le parecian las dos personificaciones mas perfectas de
la justicia humana.
—¿Recuerdas lo que te dije cuando fuí á verte á la cárcel?
continuó el viejo.
—Sí, señor; no lo he olvidado—contestó Lázaro.
—Atora vivo aquí, en casa de estas señoras, que nos han
ofrecido á mí y á Clara un asilo.
—Solo por Vd., señor don Elías— dijo Salomé.
—Ya lo sé; solo por mí—contestó el viejo.—Pero yo—con
tinuó dirigiéndose á Lázaro—si te llamé estando en la otra
casa, ahora no me atrevo á darte hospitalidad, porque...
—Señor D. Elías,—dijo Paz—de lo de arriba puede usted
disponer á su antojo. Ya sabe Vd. lo que hemos convenido.
Solo lo hacemos por Vd
215
—Yo no puedo—prosiguió Elías, haciendo una gran reve
rencia;— yo no puedo decir á este muchacho que se quede eu
esta casa. Su conducta ha sido tan escandalosa, que no me
atrevo...
—No hay falta por grande que sea que no pueda corregir
se—dijo Salomé, mirando con sublime proteccion al desdi
chado Lázaro, á quien parecieron aquellas palabras el colmo
de la generosidad.
—Efectivamente—dijo Paz en tono de enfática indulgen
cia.—Hay faltas tan enormes, que por su misma enormidad
necesitan indulgencia. Mi opinion es que este caballerito
debe quedarse con Vd., señor don Elías, porque si no iqué va
á ser de él?
Elías manifestó comprender.
— ¿Qué va á ser de él si continúa abandonado y sin guía?—
prosiguió la dama.— Por lo que ha pasado podemos colegirlo
que pasará. Sin el amparo de una persona tan virtuosa y
magnánima como Vd., ¿qué será de este caballerito, en quien
han germinado las semillas de todas las malas ideas del dia?
—Yo creo que aun es tiempo, porque, aunque ha brotado
la zizaña en esa tierra malignamente fecunda, con un buen
sistema de educacion podrá ser arrancada de raiz esa mala
yerba, y aun espurgar y purificar la mala tierra,—dijo Salo
mé,— que, desde el tiempo en que los poetas le dedicaban
madrigales, habia conservado gran aficion á las alegorías.
—¿Qué te parece, Paula?—dijo Paz, que creia á veces que
en aquella casa no podia emitirse palabra ni consejo de nin
gun valor, sin ser refrendado por el exequatur ortodoxo de
la devota.
—Ella, que es una santa, dirá lo que se ha de hacer—es
clamó Elías.
Mientras todos le pedian su opinion, la devota contempla
ba el rostro del estudiante, como si quisiera leer en él su
delito. Una espresion de lástima afectuosa y aun de admira
cion ingénua brillaba en los ojos de doña Paulita, que en
aquel momento parecia manifestarse naturalmente. Pero en
216
cuanto advirtió que le pedian un consejo, recordó su mision,
arqueó las cejas y dió al viento la metálica voz con estas
palabras:
—¡Oh! ¿Qué hay que consultar sobre este punto? ¿Quién
dice si se debe perdonar al que ha faltado? ¿Quién hay tan
poco cristiano que haga semejante pregunta? ¡Perdonar! ¿Qué
es grave la culpa? Mejor; por lo mismo necesita perdon y ol
vido. Y si fuera mas delincuente, mas pronto le perdo
nariia.
Paz y Salomé miraron á la par á D. Elías, para complacer
se en leer en sus ojos la admiracion que habia de causarle
tanta sabiduría.
—¿Cómo me consultan Vds. eso?—continuó Paulita. —Di
gan donde hay pecadores para perdonarlos á todos. ¿Y os pri
vais de la alegría de perdonar? No solo digo á todos que le
perdonen, sino tambien que le amen como si nunca hubiera
pecado. Acordaos del hijo pródigo. Hoy es dia de júbilo en
esta casa, porque ha vuelto el delincuente, ha vuelto el que
se creia perdido para siempre. Voy á dar gracias á Dios por
haberme proporcionado el favor inefable de recibir en mi
casa un delincuente cargado de culpas, de poderle decir:
"levántate y no vuelvas á pecar. n
Era fácil conocer en la mirada de la santa que hablaba en
aquel momento con profunda verdad y gran conviccion. El
pecador se sintió conmovido de gratitud. Clara no hubiera
hablado con tanta elocuencia; pero de seguro pensaba y de
cia interiormente cosas parecidas.
La devota se sonrió al concluir su homilia, acontecimiento
rarísimo que hubiera sorprendido á todos, si la preocupacion
de aquellos momentos les hubiera permitido repararlo. El
jóven vió aquella sonrisa en la boca de la que juzgaba santa
(y lo era) y le pareció la cosa mas natural del mundo. Se sin
tió aligerado de un gran peso, respiró tranquilo ante aquella
profesion de bondad é indulgencia, y creyó asistir al juicio
supremo .
—Visto el admirable dictámen de esta santa— dijo Elías—
217
porque es una santa, Lázaro, entiéndelo bien, te quedarás
conmigo, pero en espectativa, en entredicho.
—No admito entredicho, perdon definitivo—dijo la de
vota.
—Bien, perdonado; pero sujeto á vigilancia.
A pesar de la actitud severa de las dos damas y de su tio,
Lázaro esperimentó cierto descanso moral en aquella casa.
Advirtió á Clara silenciosa y apartada: no alzaba los ojos, no
decia palabra.
Lázaro siempre que miraba hácia aquel sitio, encontraba
los ojos negros de la devota fijos en él con tenaz atencion.
La escena se hallaba dispuesta de este modo : Paz y Salo
mé estaban sentadas en la actitud ceremoniosa que les era
liabitual. A la derecha tenian á Elías, y Lázaro se hallaba
frente á ellas en la postura de un reo. Detrás de las dos vie
jas, Clara y la devota formaban otro grupo junto á un pe
queño velador que sostenia la lámpara, cuya débil luz ilumi
naba aquel cuadro. El resplandor daba de lleno en el rostro
del jóven: en la sombra quedaban Clara y la devota, y los
ojos negros, profundamente negros de esta brillaban en el
fondo sombrío de la sala con una vivacidad felina. Las dos
viejas, que volvian la espalda al segundo grupo, no veian
nada, pero Lázaro que estaba de frente, notaba la espresion
atentamente curiosa y fascinadora de aquellos dos ojos, y se
preguntaba qué podia haber en su fisonomía y en su persona
que pudiera escitar la curiosidad infatigable de aquella se
ñora.
Elías entretanto no hubiera creido que aquel concilio ecu
ménico era decoroso, sin hacer un pomposo elogio de las vir
tudes de los tres venerandos restos de la ilustre familia de
los Porreños.
—En verdad, señoras—dijo— que no sé cómo agradecer
tantas bondades. No sé á qué debo yo, persona de tan humil
de orígen, el que usías me traten con tanta benevolencia y
me colmen de favores. ¿Qué he hecho? ¿Quién soy? !Ah!
Usías son la bondad y nobleza mismas. ¡Cómo se conocen
218
la alteza del orígen y la escelencia de la sangre! ¡Ah! ¡Usías
se han propuesto ser redentoras de todos los que en torno
mio me abruman á penas, amargando mi vida! ¿Y qué seria
de esta pobre niña sin el amparo de usías, cuando las ideas
del dia han echado en su corazon tan perniciosas raices?
La devota dejó de mirar al recien venido y dijo:
—No me la riñan mas, que bastante ha padecido.
Lázaro advirtió que Clara se estremecia, poniéndose roja
como una amapola.
—No me la riñan mas que bastante la han reñido—aña
dió compungidamente la devota.—Yo respondo de ella. Yo
sé que tiene buen fohdo, aunque al esterior aparezcan los de
fectos de las pestilenciales ideas del siglo. Yo sé que tiene
buen fondo, ¿qué importan las faltas mas graves, cuando van
seguidas del arrepentimiento?
Lázaro advirtió que Clara hizo un movimiento, como si
tratara de contradecir aquellas palabras; pero en su ceguera
no supo ver, no supo apreciar que en aquel instante el alma
de su amiga pasaba por el mas duro trance de dolor y pacien
cia de que es capaz la naturaleza humana.
—Yo sé que se corregirá—continuó la devota.—¡No se ha
de corregir! Grandes pecadoras han sido santas. Animo, ami
ga mia. Con la vista fija en Dios, ¿qué se puede temer? Yo
sé cómo se curan los males del espíritu, y mi amiga Clara
aparece ya bajo la benéfica influencia de una reaccion feliz.
Perdonémosla tambien; yo os respondo de que se corregirá.
A Lázaro le llenaron de confusion estas palabras. ¿Qué
habia hecho Clara? Estuvo casi dispuesto á levantarse, acer
carse á ella y decirle en voz alta: nClara, ¿qué has hecho?n
La miró y la vió llorar, miró á todos, buscando en aquellas
caras de pergamino la solucion de tan gran misterio ; pero
ninguna le reveló la culpa de la muchacha, ni aun la cara de
la devota, que despues del sermon, volvió á fijar en él desde
el fondo sombrío de la sala el intenso rayo de su mirada es
crutadora y ansiosa, suficiente & turbar á otro menos tí
mido.
CAPTULO XXIV
Rosa mistíca.

—Hoy no he rezado]nada,—decia la devota á Clara al dia


siguiente de la entrada de Lázaro en la casa de las Por-
reñas.
Estaban sentadas las dos en el sitio de costumbre. Doña
Paulita tenia en la mano nada menos que á San Juan Cri-
sóstomo. Clara bordaba en un pequeño telar: su cara espre
saba la mas calmosa y profunda melancolía. En cambio la
otra parecia muy inquieta, contra su costumbre.
El observador hubiera visto moverse sus lábios, dele
treando en silencio la lectura mística, mientras dirigia con
súbita mirada los ojos hácia la puerta, los tornaba en derre-
dor, miraba á Clara sin fijeza, y por último, se quedaba con
la vista fija en en el espacio, como cuando nos abandonamos
á la contemplacion delo que no está junto á nosotros ni don
de estamos nosotros. A veces parecia prestar atencion á algo
que pasaba fuera del cuarto, salia, se paraba en la puerta po
niéndose en escucha, volvia á entrar, se sentaba de nuevo,
cogia el libro santo, leia un poco, pasaba con la vista hojas
enteras, miraba á Clara, murmuraba un rezo, cerraba el in
folio, lo volvia á abrir, y así sucesivamente. Sin duda su es
píritu vagaba sobre San Juan Crisóstomo, sin penetrar co
mo de costumbre en las entrañas de la teología.
— Clara,— dijo despues de meditar un momento.— Clara,
¿sabes que me parece que el cuarto donde se ha puesto al so
brino del Sr. D. Elías es un poco estrecho?
— ¿Estrecho?—dijo Clara afectando indiferencia. —No: pa
ra un hombre solo...
220
—¡Ah!—dijo la devota,—¡cómo se pervierte la juventud
deldia! Porque un jóven como ese que parece tener buenos
instintos... ¿No?
—Sí,—contestó la otra sin levantar la cabeza.
—¿Vd. no le conocia antes?
Clara que queria guardar la mas absoluta reserva, se de
cidió á decir una mentira. Se avergonzaba de una revelacion;
pero en aquellas circunstancias, y en aquella casa, la verdad,
no solo la avergonzaba, sino que le daba miedo. Así es que
dijo:
—¿Yo? no...
—Es una lástima que se perviertan jóvenes asi. ¡Ah! Pero
no faltarán buenas almas que oren por ellos y les ayuden á
salir de la miseria. ¿No?
—Es verdad,—contestó Clara.
—Y cuando se tiene buen fondo como ese jóven, es cosa
fácil. ¡Ah! Pero Vd. me dijo que estuvo en el pueblo de don
de es ese jóven. ¿No estaba él allí entonces?
Clara, que no tenia costumbre de mentir, se vió muy apu
rada con aquella pregunta; pero evocando toda la poca ma
lignidad de su carácter, se dominó y mintió otra vez.
—No, no estaba,—dijo.
—Y allí, ¿qué decian de él?—preguntó la devota abriendo
á San Juan Crisóstomo.
— ¿Qué decian?—contestó la huérfana, mirando la labor
lo mas de cerca que le era posible: —decian que era un jóven
muy leal; muy generoso, muy bueno y de mucho talento.
—Si; ya se conoce que es un jóven de buenas prendas,—
dijola dePorreño, abriendo á San Juan Crisóstomo. —¿Y tie
ne padres?
—Tiene á su madre,— contestó Clara, bajándose para re
coger una cosa que no se le habia caido, —su madre que es
una cariñosa mujer muy santa y muy buena.
—Pues ya... Bien se conoce que así habia de ser,—esclamó
Paula hojeando al santo.— Me figuro que será una mujer es
celente.
221
—Así es.
—Bien merece ese jóven que se le proteja. Cuando el alma
es buena... ¿Quién no pecará alguna vez!
Al decir esto, arqueó las cejas, miró el libro, hizo todos los
esfuerzos imaginables para leer medio renglon, y despues de
emplear cinco minutos en tan importante tarea, volvió á ha
blar diciendo:
—¿No tiene ninguna hermana?
—No señora.
—¿Oh! esfclamó Paulita dejando definitivamente á San
Juan Crisóstomo;—me olvidaba de mi rezo. Hermana, con
la conversacion de Vd. me he distraido. Vamos á rezar.
Pero en lugar de tomar el libro de oraciones, tomó un li
bro de Santa Teresa y lo abrió maquinalmente. Clara tomó
el rosario, mientras la devota empezó la salmodía con la vis
ta fija en el libro y equivocándose á cada momento. En lugar
de decir un Padre nuestro, decia una Salve y se trastornó de
tal modo el rezo, que al cabo de un momento se encontraron
perdidas en un laberinto sin saber en qué parte de rosario se
hallaban.
— ¡Ah, qué cabeza la mia!—dijo la santa deteniéndose;
pero ¡ay! con la conversacion de Vd. me he distraido. Siga
mos.
Pero en vez de pronunciar el pater noster fundamental,
que es lo que procedia para empezar de nuevo, clavó los ojos
en el libro y maquinalmente leyó.
— 11 De dos maneras de amor quiero yo ahora tratar: Uno
es espiritual, porque ninguna cosa parece le toca la sensuali
dad, ni la ternura de nuestra naturaleza. Otro es espiritual
y que junta con él nuestra sensualidad y flaqueza..." ¡Qué
distraccion!— esclamó despues.
Y apartó el libro con desden, miró al techo y se estuvo
quieta un buen rato sin dar señales de vivir en este mundo,
permaneciendo tanto tiempo inmóvil y con tal profundidad
estasiada, que Clara se alarmó, y tuvo al fin que decidirse á
tirarle de la manga, con lo cual la devota bajó del cielo.
222
—Ay, hermana,—dijo vivamente;—Vd. no sabe rezar el
rosario: déme acá.
Y le quitó á Clara el rosario de las manos, lo tomó y em
pezó á contar las cuentas un,a por una con tanta escrupulo
sidad que empleó lo menos diez minutos en tan difícil ope
racion. Despues rezó una Salve, á la que contestó Clara con
un pater noster: las dos se miraron. Clara tembló porque creia
que la devota la iba á reprender duramente como de costum
bre por su equivocacion; pero, ¿cuál fué su asombro al ver
que la santa desplegó suavemente los labios, se sonrió con
una espansion inefable que nadie, absolutamente nadie ha
bia observado jamás en aquella casa y acabó por reir con
franqueza y desahogo, cosa fenomenal y nunca vista en tan
ejemplar mujer?
Pero Clara, aunque se sorprendió mucho, no dió impor
tancia al hecho. La otra se sonrojó lijeramjnte, y tomando
de nuevo el libro de Santa Teresa, dijo:
—Voy á ver si encuentro un pasaje que hay aquí recomen
dando la penitencia.
Hojeó el libro y leyó:
— "Sostenedme conflores y acompañadme con manzanas, por
que desfallezco de mal de amores. ¡Oh, qué lenguaje tan divi
no es este para mi propósito! iCómo, esposa santa, mátaos la
suavidad? Porque segun he sabido algunas veces es tan esce-
siva, que deshace el alma de manera que no parece ya la
hay para vivir y pedir flores. u —No, no es esto: á ver esto
otro:—dijo hojeando mas.—"Es, pues, esta oracion una cen-
tellica que comienza el Señor á encender en el alma del ver
dadero amor suyo, y quiere que el alma vaya entendiendo
qué cosa es este amor con regalo- n —Vamos, tampoco es esto.
No he de encontrar hoy el pasaje. Sigamos, hermana, en
nuestro rezo.
Empezó formalmente el rosario. Paula dijo un Dios te sal
ve el número de veces necesario; pero al llegar al sitio del
Padre nuestro, siguió diciendo Dios te salve hasta treinta ve
ces con tanta prisa que no esperaba á que la otra concluyera
223
su Santa María. Clara contestaba tambien muy á prisa para
no quedarse atrás; así es que por último, apresurándose una
y otra, resultaba que parecia aquello una apuesta de veloci
dad en la pronunciacion. Llegaron al fin sin aliento y muy
cansadas. Paulita tuvo necesidad de respirar el aire libre,
abrió el balcon y miró á la calle, hecho inusitado, cuya gra
vedad no comprendió Clara tampoco.
— ¡Ay, que he abierto el balcon!—dijo comprendiendo la
atrocidad que habia cometido.—¡He abierto el balcon!
Y lo cerró con sobresalto, como una monja que hubiera
sorprendido abierta la reja del locutorio.
—Hermana, —dijo despues,—¿sabe Vd. que he decidido no
ayunar mañanad
—Hará Vd. bien: es Vd. una santa; pero no ayune tanto,
señora; eso no es bueno.
—Tienes razon, Clarita, y yo creo que esto que tengo es
causado por el escesivo celo. Bien me decia el padre Silves
tre, que la piedad en demasía es perjudicial, porque mata el
cuerpo, sin el cual el alma no puede tener fortaleza.
—Pero, ¿qué tiene Vd.?—preguntó Clara un poco alar
mada.
—No, estoy buena—dijo la mujer mística restregándose
entrambos ojos como si los tuviera doloridos por la vigilia
ó cansados de mirar. Siento un calor aquí dentro... y una
agitacion... Pero es del ayuno, hermana; es del ayuno.
—Pues debe Vd. moderarse. Descanse Vd. unos dias.
—Sí, lo haré, y esta semana no rezaré oracion doble como
hasta aquí, y suprimiré las horas por la noche.
—Ya lo creo. iNo es bastante rezar una vez? Si es Vd. una
perfecta santa.
—¿No le parece á Vd. que es bastante una vez?—preguntó
Paula con mucha ansiedad.
—Sí: y debeVd. tratar de reponerse.
—¿Cómoha dicho Vd. Clarita? ¡Reponerme? Veo que sabe
Vd. dar muy buenos consejos.
—Reponerse, sí... Distraerse un poco... Salir...
224
—¡Salir!—esclamó la mística tan asustada que Clara se ar
repintió del consejo. — ¡Salir! y ¿á dónde?
—Pues... quiero decir... que Vd. debe procurar... pues...
Cuando se está mucho tiempo encerrada en la casa, la salud
se quebranta... así es que... siempre es bueno... salir un
poco...
— ¡Clara!— esclamó dofiaPaulita con la espresion de estu
por y gravedad del que hace un gran descubrimiento. —Sabe
Vd. que su consejo es muy sábio? No creí yo... Es verdad.
Eso ¿por qué ha de ser malo? Yo siento ahora que tengo ne
cesidad de... salir, de andar, de respirar... Sí; es preciso.
Estaba inmutada. Parecia que en su espíritu y en su orga
nismo se verificaba una evolucion muy trascendental. Toda
ella se dilataba, como si -aquel dia hubiera perdido de una
vez la fuerza de concentracion, la ligadura interna que la
comprimia desde el nacer. No podemos esplicamos todavia
nada de lo que por ella pasaba.
— Debe Vd. cuidarse, debe Vd. vivir,—dijo Clara.
— Sí: debo cuidarme, debo vivir, —esclamó Paula en el
tono de estupefaccion que emplea el que oye por vez primera
la solucion concisa de un problema en que ha estado traba
jando infructuosamente toda la vida. —¡Debo vivir!—re-
pet ía.
En aquel momento sus ojos miraban en derredor asombra
dos, asustados, con melancolía é intensa vaguedad, como
el quo no ha visto nunca un horizonte, y lo ve por primera
vez.
Pero de repente la dama se levantó agitada, se dirigió á su
reclinatorio, se arrodilló, abrió el libro de horas, inclinó el
rostro sobre él, ocultándolo entre las manos, y allí quedó su
mergida en profunda y concentrada meditacion. Reposaba
sin duda en el seno de Dios, que tenia reservado á su santa el
goce inefable de vagorosos y celestiales deliquios.
Durante el éxtasis, ¡quién podrá saber lo que pasó en aque
lla cabeza! Dios tan solo.
CAPITULO XXV.
Vírgo prudentissíma.

Visitemos á los dos huéspedes del cuarto segundo. Un


prodigioso esfuerzo del génio doméstico de María de la Paz
^esús habia podido acomodar dos camas en la habitacion
alta.
Lázaro estaba acostado en la suya tratando de reparar las
fuerzas perdidas. La noche anterior, que fué la de su instala
cion en aquella casa, habia dormido poco. Fueron muchas las
sorpresas, los sobresaltos, las amarguras de aquella noche pa
ra poder entregar el espíritu á un completo reposo. La noche
siguiente, por el contrario, se hallaba muy dispuesto al des
canso. Acababa de acostarse: su tio velaba, sentado en el si
llon de baqueta que junto á la cama tenia, y se ocupaba en
hojear unos papeles, leyendo á ratos y escribiendo un poco
algunas veces.
De repente el viejo se volvia, miraba á su sobrino, que no
podia librarse de cierto temor, cuando veia, dirigidos hácia
él, aquellos dos ojos de lechuzo. Parecia querer hablar al jó-
ven de alguna cosa importante y no atreverse por no tener
confianza en su discrecion. Despues de la llegada de Lázaro
á la casa, tio y sobrino no habian hablado nada de política:
el fanático creyó que su protegido no era capaz de tener en
tereza y teson para sostenerse en sus creencias. En tanto el
exaltado liberal tuvo tanto que pensar en otras cosas, que re
legó á segundo término aquella cuestion, y se acordaba poco
de la apostasía que su tio le habia exigido.
Lázaro cedia á la fatiga, se dormia lentamente, cundo el
viejo esclamó con voz fuerte:
15
226
—Lázaro, ¿duermes?
— ¿Qué?—contestó el muchacho despertando sobresaltado.
—Voy á preguntarte una cosa. ¿Conoces en Zaragoza ¿un
liberal que se llamaba Bernabé del Arco?
—Sí señor,— contestó Lázaro, que conocia y apreciaba
mucho á aquella persona, orador y escritor de nota.
—Era de los exaltados, ¿eh?—esclamó el fanático con mor
daz ironía.
—Sí señor, es de los que sostienen las ideas mas avanza-
das,—contestó el sobrino, temeroso de pronunciar una pala
bra que ofendiera, á su tio.
— Es... no; era, debes decir; porque pasó á mejor vida.
— ¡Cómo! ¿ha muerto?
—Le han matado, dijo Elías con glacial indiferencia. —
Mira la suerte que aguarda á los locos, depravados, ilusos y
perversos. ¿Ves? Así castiga el pueblo á los que le engañan!
¡Oh! Así deberiian perecer todos los habladores.
El sobrino se calló, volvió el tio á su lectura, y no habia
pasado un cuarto de hora, cuando se dirigió de nuevo al le
cho del jóven, que, vencido por el sueño, dormia ya profun
damente y gritó: ,
— ¡Despierta, Lázaro!
Y despertó dando un salto, despertó aterrado y convulso:
como debemos despertar el último dia, cuando suene la trom
peta del juicio. Aquel viejo le habia de quitar tambien los
únicos momentos de reposo que sus desventuras le permi
tian; y aun en aquella tregua que le daba la suerte, habia de
acercarse á él aquel demonio atormentador, viviente pesadi
lia de su sueño.
—-¿Conoces aquí á un jovencito que se llama Alfonso Nu-
ñez, y á otro que se llama Roberto, conocido generalmente
por el Doctrino?
— Sí, señor— contestó Lázaro atemorizado, por creer que
tambien le iba á participar la muerte de sus dos amigos.
—Buenos chicos, ¿eh?—esclamó Elías, riéndose como deben
reir los brujos en el aquelarre.
227
El sobrino no contestó, contentándose con encomendar
mentalmente á Dios á su buen amigo Alfonso Nuñez.
-^¡Tengo un plan!...—dijo el fanático con cierta satisfac
cion de sí mismo —plan soberbio. Si supieras, Lázaro. Pero
tú eres muy tonto y no puedes comprender esto. Son buenos
chicos esos que te he dicho, ¿no? Así... muy exaltados, muy
amigos de embaucar al pueblo y pronunciar discursos...
pues: así como tú.
Lázaro se asustó mas y comprendió menos.
— ¡Esos chicos valen de mucho! ¡Si supieras qué útiles son
Amantes de la libertad, habladores, impetuosos, entusiastas.
]Ah! no temo yo á estos... Lo harán bien. ¡Plan magnífico! .
Despues, como si se arrepintiera de haber dicho demasia
do, apartó la vista de su sobrino, murmuró algunas voces in
coherentes, y volvió á hojear sus papelotes, escribiendo algo,
y gruñendo siempre, sin dejar de gesticular como si hablara
con alguien.
Lázaro miró un buen rato la lívida faz del viejo [realista,
que, iluminada de lleno por la luz, ofrecia un fantástico é
infernal aspecto. Las orejas se le trasparentaban, los ojos pa
recian dos ascuas, y el cráneo le lucia como un espejo con
vexo. Los singulares objetos que le rodeaban, ó los que cu
briian las paredes de la habitacion, contribuian á aumentar
el terror del estudiante . Aquel sillon de vaqueta, testigo
mudo del paso de cien generaciones; aquellos cuadros viejos,
los muebles de entalle, exornados con fíguras grotescas y de
rarísima forma, daban á la decoracion el aspecto de uno de
esos destartalados laboratorios en que un alquimista se con
sumia devorado por la ciencia y las telarañas.
Despues de cerrar los ojos, entregado por fin al sueño, el
jóven Lázaro continuó viendo á su tio con los objetos que
le rodeaban. Representáronsele además las siniestras figuras
de las señoras de Porreño; y en su soñar disparatado le parecia
que aquellas tres figuras crecian, crecian hasta tocar las nubes,
ocupaban todo el espacio; Salomé como una columna que
sustentaba el cielo, Paz como una nube gigantesca que unia.
228
el Oriente con el Ocaso. Despues le parecia que menguaban,
que disminuian hasta ser tamañitas, Paz como una nuez, Sa
lomé como un cacahué, Paula como una lenteja. Oia la frai
luna voz de la devota; veia estraños y complicados resplan
dores, partidos de la lámpara del viejo, veia la rojiza diafa
nidad de sus orejas como dos lonjas de carne incandescente;
veia la enormidad de su calva, iluminada como un planeta; y
por último, todos estos confusos y desfigurados objetos se
desviaban, dejando todo el fondo oscuro de las visiones para
la imágen de Clara que, no desfigurada, sino en exacto re
trato, se le representaba, alzando la vista de una labor inter
rumpida para mirarle. En tanto le parecia escuchar siempre
una voz subterránea que clamaba: "Lázaro, ¿duermes? Des
pierta, Lázaro, n
A la madrugada su sueño fué mas profundo. Despertó á
las ocho, y en los primeros momentos tuvo que recoger sus
ideas y meditar un poco para saber dónde estaba y qué co
sas le habian sucedido. Su tio habia salido. Levantóse y se
vistió. No sabia qué hora era; pero el hambre le hizo com
prender que era hora de almorzar. Abrió la puerta dirigien
do una mirada á lo largo del pasillo y á lo profundo de k
escalera, y el primer objeto que encontraron sus ojos fué la
figura de doña Paulita que subia lentamente.
—¿Ha descansado Vd?—le preguntó con voz menos nasal
é impertinente que de ordinario.
—Sí, señora; muchas gracias.
— ¿No le falta á Vd. algo?
—Nada, señora.
—Pero querrá Vd. comer alguna cosa. Aquí acostumbra
mos almorzar á las siete. Es lo mejor. Pero son las ocho: mi
tia es muy rigorista y ha dicho que; puesto que Vd. no es
tuvo á las siete en la mesa, no puede almorzar. Esto es una
disciplina necesaria. Bien sabe Vd. que sin disciplina no pue
de haber órden. Ahora no puede Vd. tomar cosa alguna
hasta las dos de la tarde.
—Señora, ^no importa, yo...—dijo Lázaro, que era cor
229
tés, aunque estaba muerto de hambre en aquel momento.
—Pero no tema Vd. —continuó la devota bajando la voz y
mirando á todos lados. Yo conozco que está Vd. desfallecido
y es preciso darle de comer. No salga Vd. de su cuarto.
Dicho esto, bajó muy ligera, procurando no ser vista. El
jóven sintió mas encendida su gratitud hácia aquella señora,
que ya habia hablado en su defensa la noche anterior.
Al poco rato volvió la devota trayendo una comida, que,
aunque escasa, bastó para reponer al hambriento.
— Ni hermana no lo llevará á mal,— dijo;— pero no se lo
diga Vd . Yo hago esto por Vd. ; porque comprendo que en
un cuerpo débil no tiene fuerzas el espíritu.
—Señora: no sé cómo pagarle tantos favores,—contestó el
mancebo sin mirarla.
A las siete de aquella mañana, mientras Lázaro dormia
rendido de cansancio, se suscitó una gran cuestion en el co
medor, sobre si seria conveniente y disciplinario llamarle
para almorzar. María de la Paz decia que no, Salomé duda
ba, y la santa opinaba que sí. Las razones de la primera eran:
que puesto que preferia el sueño á la comida, era preciso ha
cerle el gusto, con lo cual se iria acostumbrando á la discipli
na. En vano quiso oponerse Paulita con gran copia de razo
nes teológicas y morales, fundadas en el principio de mens
sana in corpore sano: todo fué inútil. Sus palabras, oidas con
respeto, no produjeron efecto. Elías decidió la cuestion, di
ciendo que su sobrino, además de liberal era holgazan, y que
habia que renunciar á hacer de él nada bueno. Todos calla
ron y comieron. Clara no era admitida á la mesa comun,
Volvamos arriba. Lázaro se coriiia la racion con gran
apetito. La dama le hacia mil preguntas, y él le contestaba
procurando ser lo mas cortés que el hambre le permitiera.
Las preguntas eran de esta clase:
—¿Creyó Vd.' que no almorzaria hoy?
—¡Ah, señora! yo...
—Porque yo—contestaba la dama - no me olvidaba de que
usted estaba sin comer.
230
—Yo le doy áVd. las gracias.
—Pero Vd. no se lo figuraba—decia Paulita —ansiosa de
apurar aquella cuestion hasta el fin.
—No señora, de ningun modo... yo... si... Pero... ya.
—Y su tio se opuso á que almorzara.
—¡Ah, mi tio! —dijo Lázaro, dejando de comer;— es un...
No: es un escelente hombre.
—¡Oh, sí!—dijo la devota mirando al cielo, es un hombre
ejemplar, un santo.
—Sí, sí, un santo.
Lázaro, nuevo en aquella casa, no habia tenido ocasion de
penetrar el carácter de la persona que tenia delante en el
momento de su desayuno. Por este motivo nada le llamó la
atencion; por eso no supo que nunca sus bellos ojos habian
tenido un resplandor mas vivo, ni que jamás voz de monja
alguna entonó salmodías con tan melodioso timbre como el
de la voz de Paula al decir. "¿Vd. creyó que no almorzaria
hoy?n En ella, sin embargo, habia una gran naturalidad; y no
es aventurado afirmar que en ningun tiempo se cruzaron sus
manos blancas y finas con menos afectacion, á diferencia de
aquellos crispamientos de dedos que usaba tanto para acom
pañar y adornar sus peroraciones.
—Aquí no será permitido que le hagan á Vd. daño algu
no,—dijo en el tono de quien hace una gran revelacion.—Nft
tema Vd. Si ha cometido alguna falta...
—¿Falta?...—dijo el jóven con tristeza.
—¿Pues no decian que era Vd. un gran pecador?
—¡Yo un gran pecador, señora!
—No será tanto como dicen...— continuó doña Paulita con
una sonrisa tan mundana, que no parecia puesta en boca de
una santa.
—No,— dijo el jóven con efusion; -no es tanto como dicen:
es verdad. Y si he de decirlo todo...
—Acabe Vd.—dijo la otra con mucho interés.
—Yo no sé qué falta he cometido,—añadió Lázaro con
melancolía...— Pero sí, faltas he cometido: no lo puedo negar.
231
—¿A ver, á ver, qué faltas? —preguntó con mucha ansiedad
la favorita de Dios.
— Le diré á Vd.— esclamó él preparándose á una confe
sion.
—Comprendo: algun estravío de jóven. La juventud está
llena de peligros; y los jóvenes, si se les deja solos...
—¡Es verdad!
— Cuénteme Vd. Yo quiero que Vd. se corrija. Tal vez la
falta es mucho menos grave de lo que Vd. mismo pien.
sa. Tal vez no pasa de ser una lijereza trivial,—dijo con mas
ansiedad é interés—Paula. Dígame Vd., yo le daré consejos..-
cuénteme Vd.
Lázaro permaneció un instante pensativo, y ya abria la
boca para formular una contestacion ó una escusa, cuando
Elías se presentó en la puerta. La devota se turbó un poco,
pero un momento le bastó para reponerse. El realista se que
dó muy sorprendido al ver á la dama y al observar los restos
del almuerzo, mientras su sobrino se avergonzaba de haberlo
probado.
— Pase Vd., Sr. D. Elías—esclamó ella con su uncion
acostumbrada. —Pase Vd.: aquí estoy suplicando por amor
de Dios á su sobrino que no le dé mas disgustos. ¡Oh! Perp
él se va arrepintiendo ya de los errores de su juventud. ¿Qué
estraño es que la juventud peque, entregada á sí misma, sola
por espinosos caminos? Le estoy recomendando la modera
cion, la cortesía, la prudencia. Pero veo que Vd. se admira de
que le haya traido de comer . ¡Ah! confieso mi falta. Pero no
he podido resistir los impulsos de la compasion. He sido
débil: no he nacido para el rigor, y confieso que no tengo ca
rácter, como debiera, para sostener la rigidez de la discipli
na. Si he cometido una falta, perdóneme Vd.
Elías estuvo un rato sin saber qué contestar; pero tenia
muy alta idea de la cristiandad de aquella señora para vaci
lar en aprobar cuanto hacia. Aquel acto le pareció una su
blime prueba de caridad.
— ¡Señora, qué buena es Vd.!— dijo.
232
—No es bondad, es debilidad. Conozco que hice mal.
—Señora, Vd . es una santa . Aunque él no merece lo que
Vd. ha hecho, esto sirve para hacer resaltar mas las virtudes
de Vd.
—¡Oh!—dijo la elegida del Señor—confieso que mi deber
era seguir el dictámen de Vd.; pero no he podido resistir á
un poderoso impulso de indulgencia. ¡Oh! si siempre pudie
ra una salir victoriosa de sí misma...
—Mira, aprende—dijo Elías, volviéndose hácia Lázaro,—
mira á esa santa; aprende lo que es nobleza, generosidad,
virtud.
—No—dijo ella bajando los ojos.— Que no tome por mo
delo á esta pecadora.
—Aprende, Lázaro —esclamó con exaltacion el fanático.—
Aquí tienes á la misma virtud.
La santa hizo una gran reverencia y se marchó dejando
solos al tio y al sobrino.

CAPITULO XXVI.

Los dísidentes de la Fontana.

Aquella mañana no ocurrió mas incidente que el que he


mos descrito. Lázaro subió y bajó varias veces furtivamente
y con pasos de ladron, tratando de ver á Clara; pero le fué
imposible. Esperaba verla en la comida, mas tambien, como
el dia anterior, se frustraron sus deseos.
Pusiéronse á las dos los manteles, y cada cual ocupó su
.s¡tio. La mesa era para doce cubiertos: ocupó un estremo
María de la Paz, teniendo á su derecha á Salomé y á su iz
quierda á Elías, mientras la devota estaba erigida á la dere
233
cha de su prima. Al jóven le pusieron en frente, á tanta dis
tancia del grupo principal, que para alcanzar su racion tenia
que descoyuntarse los brazos. Sirvióse primero una sopa,
que por lo flaca y aguada parecia de seminario; despues si
guió un macilento cocido del cual tocaron á Lázaro hasta
tres docenas de garbanzos, una hoja de col y media patata,
despues se repartieron unas seis onzas de carne, que en ho
nor de la verdad no era tan mala como escasa; y por último,
unas uvas tan arrugadas y amarillas, que era fácil creer
en la existencia de un estrecho paréntesis entre aquellas no
bles frutas y la piel del rostro de Salomé. Terminó con esto
el festin, durante el cual reinó en el comedor un silencio de
refectorio, escepto cuando Elías dijo que tanta esplendidez
le parecia dispendiosa, y elogió la sobriedad como funda
mento de todas las virtudes.
Despues se rezó un poco y las señoras se retiraron. María
de' la Paz habia adquirido en el período de la decadencia el
hábito de dormir la siesta, y ya durante los últimos agnus
dei del rezo estaba haciendo cortesías con los ojos cerrados.
Lázaro subió con el mayor desconsuelo por no haber logrado
tampoco aquella vez el objeto de su constante afan. Aventu
róse á bajar sin ser visto de su tio, recorrió/ el pasillo lleno
de zozobra y ansiedad, pero nada consiguió. Todo estaba cer
rado y en silencio, y sin duda los habitantes de la casa esta
ban sumergidos en el agradable sopor de la siesta ó en el le-
targo espiritual de la contemplacion religiosa. Solamente
Batilo, el melancólico perro, que habia perdido los hábitos
de su raza y no sabia ni ladrar, estaba paseando su hastío
por el comedor, rasguñando de vez en cuando la puerta de
un armario, donde probablemente vacian los exíguos despo
jos de la carne servida en la mesa aquella tarde.
Subió Lázaro desesperado; pero al ver á su tio medio dor
mido en un sillon no pudo resistir á la influencia letal que en
todos sus habitantes ejercia aquella region del fastidio, pre
paróse tambien á dormir y se tendió en su cama. No habian
pasado diez minutos, cuando sintió unos fuertes campanilla
236
cion y talento, á quien no se podiaver sin repugnancia alter
nando con hombres desalmados como Tres-Pesetas, Chaleco
y el Matutero, que hemos tenido el gusto de conocer al prhr
cipio de esta puntual narracion.
—Chico,—decia Nuñez; —¿sabes que hemos reñido con los
de la Fontanal El lance de la otra noche nos ha obligado á
romper con esa canalla. Estamos agraviados: tambien á nos
otros nos han querido acusar como á tí; pero hemos alzado el
vuelo y estamos fuera. Vamos á formar otro club.
—Me calumniaron, —dijo Lázaro,—yo no sé qué demonio
me tentó á mí para hablar aquella noche.
—Si son unos mentecatos. Nada: allí se han figurado que
no hay mas liberales que ellos—dijo Nuñez;—y á los que de
fendemos la libertad verdadera y completa nos llaman exal
tados, alborotadores, y dicen que estamos vendidos.
—Ya les arreglaremos las cuentas, - dijo el Doctrino.
—Pues oye,—continuó Alfonso,—nosotros vamos á fundar
otro club, el verdadero club revolucionario. A esos nécios de
la Fontana les ha dado ahora por predicar el órden. |Qué
órden ni qué ocho cuartos! Nosotros predicaremos la violen
cia, porque sin violencia no hay resolucion; sin esterminar
los obstáculos y arrancarlos de raiz, no se puede trasformar
este pueblo. Nosotros vamos á predicar la democracia, vamos
á proclamar la soberan^- suprema, absoluta del pueblo, á
combatir el trono y á señalar los que en la gran purificacion
que se prepara deben ser arrancados de raiz, esterminados y
concluidos. Tú vendrás á nuestro club, ¿no es verdad?
i-Veremos, —contestó Lázaro, muy preocupado con la có
lera de su tio al saber que se juntaba con aquellos republica
nos rojos.
—Vuestra idea, —continuó Alfonso—es combatir á esosre_
publicanos tibios que van á las Córtes y á los clubs para ser.
monear sobre el órden y la moderacion. Esterminio á esa ca
nalla, á esos hipócritas.
—Sí,—dijo el Curro,—porque si uno se deja dominar por
esos tibios, se queda uno atrás; y no están los tiempos para
237
quedarse uno atrás. Mucho tino; que el que ahora no saca
algo... ,
Con esta conversacion llegaron á la calle de la Gorguera y
á la casa de doña Leoncia, subieron al cuarto del poeta que
era el punto designado para las reuniones preparatorias del
naciente club. Conoceremos el cuarto del poeta con el nom
bre de La FontaniUa, calificacion oficial con que le designa
ron aquellos jóvenes.
Acomodáronse como pudieron en las tres sillas y en la
cama del poeta, mientras este se hallaba en el interior de la
casa, al lado de doña Leoncia, poco preocupado de la políti
ca. El Curro se sentó junto á la mesa y mostró desde el prin
cipio gran deferencia hácia una botella que allí habia, puesta
sin duda por la previsora mano del poeta clásico.
—Vamos, á ver;— dijo Alfonso desde la presidencia, que
era la cama;—á ver qué hacemos con esos liberales que nos
calumnian y dicen que somos ébrios y agentes ocultos de la
reaccion.
—Combatirles con razones,— dijo Lázaro—demostrar que
no somos agentes de la reaccion. Pero ¿en qué se diferencian
sus ideas de las nuestras? ¿No son ellos liberales? ¿No aman
la Constitucion?
—Pero la aman á medias,—dijo el Doctrino;—porque no
aman el verdadero sacerdocio de la revolucion, que es des
truir.
—Ya se ha destruido bastante—esclamó Lázaro;—haga
mos lo posible por llevars aunque no sea mas que una piedra
cada uno, al gran edificio que se ha de levantar.
—Nada de eso: sin destruir es inútil pensar en edificar.
Debemos señalar al pueblo cuáles son sus enemigos, sus ene
migos de siempre,— dijo el Doctrino.
—Pues eso es lo que yo decia— dijo Aldama, decidiéndose
despues de grandes vacilaciones, á probar el contenido de la
botella.
—Digo lo mismo—esclamó Cabanillas.—Hoy estamos peor
que antes: no hay otra diferencia sino algunas palabras mas
238
en nuestras bocas. Los ministros hablan de libertad, los di
putados hablan de libertad, los de los clubs hablan de liber
tad; pero la libertad no se ve, no existe, es una farsa. Digo,
señores, que prefiero á esta farsa los frailes de antes y el rey-
absoluto de antes.
—¿Pues eso qué duda tiene?—dijo Nuñez.—No hemos con
quistado mas que unas cuantas fórmulas. ¿Y de eso quién
tiene la culpa, sino los liberales que nos hablan del orden, y
vuelta con el órden?...
—Eso mismo decia yo,—esclamó el Curro, probando de
nuevo la botella, que sin duda le habia gustado.
—Enseñar al pueblo á pedir justicia, y si no se la dan, á
hacerse justicia es lo que conviene,—dijo el Doctrino.
—Cuánto han hablado esos hipócritas,—dijo Cabanillas—
del hecho del cura de Tamajon, acusando al pueblo de que
se hacia justicia por sí solo! ¿Pues qué habia de hacer el pue
blo, si veia que el gobierno permitia la conspiracion cons
tante del palacio real, y encarcelaba á los buenos liberales
porque cantaban el trágalal
—Es claro: lo que quieren es engañar al pueblo, adorme
cerle, infundirle miedo con su órden, y siempre con su ór
den...
—Mientras vivan ciertos hombres,— dijo el Doctrino som
briamente—nada adelantaremos. No conviene ahora decir
quiénes son esos hombres que deben desaparecer, pero á su
tiempo se nombrarán.
El Doctrino tenia algo de lúgubre, hablaba poco, y siem
pre con una lentitud melancólica que anunciaba en él pensa
mientos ocultos y un frio y siniestro cálculo que no queria
dejar traslucir.
—Eso mismo digo yo,—esclamó Aldama, que estaba re
suelto á no desairar la botella, mientras tuviera dentro al
guna cosa.
—Pues lo primero, -señores,— dijo Alfonso,—es consti
tuirnos de cualquier modo que sea. Veremos si se encuentra
un buen local donde podamos reunimos en mayor número.
239
—Nos reuniremos al aire libre, si es preciso. Lo que nos
importa es buscar gente, y de eso yo respondo. Pasado ma
ñana nos reuniremos aquí, y yo traeré á dos ó tres amigos,
que es como si trajera medio Madrid. ¡Verán Vds. qué
mozos!
—Pues bien, hasta pasado mañana; tú vendrás, Lázaro,—
dijo Alfonso,—yo mismo iré á buscarte. Quiero que no te
desanimes, ni te aburras. El porvenir es para nosotros, chico:
hay que hacerse lugar, porque esto está perdido. Las ideas
vanen baja, y fuerza es que la juventud sea lo que debe ser,
la iniciadora y la reveladora de los grandes principios.
—Vendré,—dijo Lázaro con poca determinacion.
Levantáronse Alfonso y Cabanillas, y se despidieron. Lá
zaro hizo lo mismo, y los tres se marcharon. El Doctrino y
el Curro quedaban allí; no es aventurado conjeturar que al
quedarse solos, la botella, á que tanta aficion habia mostrado
Aldama, estaba completamente vacía.
Cuando' se vieron solos y sintieron bajar la escalera á los
otros, el de la botella dijo:
—¿Cuánto te ha dado ayer el tio Coletilla?
—Mira,—dijo el otro sacando cuatro onzas y algunos do
blones de un bolsillo grasiento.
¡Ah, marrajo! - esclamó Aldama, mirando con brillan
tes y ávidos ojos el oro:—dame siquiera una. Debo cuatro
meses de casa y mas de seis duros de prestado.
—Poco á poco: no hay que despilfarrar el tesoro del rey,—
dijo el Doctrino, guardándose majestuosamente en el bolsi
llo el erario revolucionario.
—Vamos, Doctrinillo, dámela. Ya sabes que tengo apa
labrado á Perico Tinieblas, el del Portillo de Gilimon, que
es hombre pintado para estas cosas. Y lo que es en la plaza
de la Cebada no hay chalan que no sea capaz de comerse al
gobierno á una órden mia.
—No: las cosas han de ir en regla. No puedo pagar sino á
su tiempo: tengo esa órden. Pero no tengas cuidado, que
cuando esta asamblea principie á dar frutos...
240
— Dime, ¿y Alfonso Nuñez, está en autos?...
—No; no sospecho nada. Es un inocente y un visionario.
Es de los que se dejan matar por las ideas. Estos son los
hombres que nos hacen falta, muchachos de talento y de
buena fé que hablen al pueblo y le llenen de agitacion.
—lY ese otro bobalicon que hemos ido á buscar hoy?
—Ese es chico listo tambien; pero de una inocencia ange
lical. Tenemos muchos de estos que son los que han de ha
cer la mejor parte sin costar nada. Cabanillas vale; pero ese
no es tan barato: está el pobre muy mal, y hay que favore
cerle. Ayer le encontré llorando en la casa: me- dió mucha
lástima. El trabaja con repugnancia «n nuestro asunto ; pero
no tiene otro remedio, porque está sin un cuarto.
—Pues mira que yo estoy tambien...
—Verás qué bien va á salir esto—dijo el Doctrino, bajan
do la voz. —Y para entonces ya podemos contar con fondos.
Los tiempos están malos, Currillo, y si uno no se agarra á los
buenos faldones...
—Eso mismo digo yo. Pero hombre: ¿me das ó no esa on-
cilla?
— Espérate á pasado mañana. Tengo órden de no repartir
todavía.
Y se levantó dispuesto á salir. La voz del poeta clásico re.
sonaba en -el interior en grave altercado con otro, que por la
voz parecia ser nuestro amigo Carrascosa, cortejo de doña
Leoncia. La voz de esta se mezclaba tambien á la algarabía
para decir: "D. Gil, no me enjurie Vd. No me enjurie usted,
D. Gil.
— El Curro y el Doctiino bajaron despues de haberse des
pedido desde lejos y á gritos del poeta clásico.
Por el diálogo precedente habrá comprendido el lector la
intriga política que fué el alma de aquel desdichado trienio,
en que los generosos esfuerzos de los amigos de la Constitu
cion se vieron anulados por los manejos indignos de aquel
rey que los españoles habian rescatado con su sangre. Fer
nando odiaba á todos los liberales; pero entre todos, los que
I
241
mas escitaban su encono eran los que con su discrecion, cor
dura y patriotismo procuraban cimentar el nuevo órden de
cosas. Fernando, usando de su frase habitual, habia jurado
esterminarlos . Para esto fomentaba la exaltacion revolucio
naria de los liberales amantes del desenfreno, y trataba á la
vez de avivar las pasiones de los jóvenes fogosos, que de un
modo irreflexivo y con la vehemencia y el arrojo propios de
la edad, predicaban las mas exageradas ideas. Estimulando
la propension de nuestro pueblo al desórden, ya por medio
delas sugestiones indiscretas, pero inocentes, de algunos jó
venes, ya por la venalidad de hombres malévolos, dispuestos
a dar el primer grito en todo alboroto, conseguia el rey su
objeto, que era hacer frecuentes los motines.
La Fontana de Oro sirvió al rey y á la reaccion mas que
los frailes y los facciosos, porquí en ella habia un cáncer que
en vano trataban de cortar algunos hombres prudentes, es
pulsando á quien no era culpable . El cáncer de la venalidad
continuó corrompiendo aquella asamblea, que no tenia un
rival, sino una sucursal en la Fontanüla.

CAPITULO XXVII.

Se queda sola.

Cuando Lázaro volvió á su casa, tembló en presencia de


Coletilla. Pero bien pronto su terror se trocó en sorpresa al
ver que, lejos de mostrarse indignado el viejo por haberle
visto en compañía de los frenéticos de la Fontana, estaba un
poco menos adusto que de ordinario, y hasta llegó á mani
festar cierta benevolencia, que era en él cosa muy rara.
Aquella noche y en la mañana siguiente volvió Lázaro á
16
242
-intentar la difícil empresa de ver á Clara: era cosa imposi
ble, porque el sistema de clausura empleado en la jóven por
sus tres carceleras, por aquel Cerbero femenino de tres cabe
zas y tres cuerpos, era rígido é inexorable. Clara vivia peor
que un cenobita, peor que esos prisioneros de que hablan las
historias antiguas, hombres sepultados en vida, cuerpos vivos
para el dolor y los horrores de la soledad. ¡Dios tenga piedad
de esta infeliz!
Pero si Lázaro no podia verla, el abate Carrascosa pudo
aquel dia con permiso de la devota entrar á enterarse de la
salud de m señora doña Glarita, y al hallarse con ella, sacó
un papel del bolsillo, y haciéndole señas de que se callase,
se lo dió á la jóven furtivamente. Sin decirle una palabra,
salió.
Clara se puso como la grana: su primer pensamiento fué
romper la carta; pero le ocurrió que podia ser de Lázaro. Tal
vez el pobre muchacho sehabia decidido á escribirle, no pu-
diendo verla, y se valió del abate, que era sin duda su ami
go. Guardó en el seno la carta y esperó.
La devota no tardó en venir y se sentó junto á ella.
— ¿íso sabe Vd.—dijo—que vamos esta tarde á la proce
sion del Divino Pastor?
—¿Sí!—contestó Clara maquinalmente.
—Sí, pero Vd. no va. Han resuelto que se quede Vd. aquí,
porque las jóvenes que están en penitencia no deben salir
nunca de casa. ¿No piensa Vd. lo mismo?
—Lo mismo—dijo Clara, temblando por miedo de que le
conocieran en el semblante que tenia una carta escondida.
—Vamos al balcon de una amiga nuestra, de donde se ve
todo perfectamente. Estará muy vistoso. Salen tres imáge
nes de San Anton, y dicen que es tambien muy probable
que salga el Cristo de las Llagas de la capilla de Santa María
del Arco. Todo esto pasa por la calle de San Mateo á donde
vamos nosotras.
ÍTo dijo mas. Ya estaba arreglada para salir. Su vestido
era el de las grandes solemnidades, el mismo de otras veces;
243
pero |cosa singular! su toca estaba plegada en la frente con
cierta presuncion de monja novicia que no carecia de gracia;
su manton, aquel manton cuyo velo impenetrable le cubria
-otras veces completamente el rostro, aparecia ahora echado
hácia atrás con una franqueza que el rígido dominico de la
antigua casa de los Porreños hubiera calificado de desenvol
tura.
Si Clara hubiera estado menos preocupada en aquel mo
mento y hubiera tenido un carácter mas observador, sin duda
le habria de admirar el ver á doña Paulita afectada de dis
tracciones intermitentes, habria notado que se sonreia con
frecuencia, moviéndose sin cesar; que despues se ponia muy
triste, permaneciendo quieta y como abstraida; que despues
le daba una especie de acceso de despecho, crispaba los ner
vios y cerraba los ojos, erguia el cuello y parecia atenta á
ruidos lejanos, no escuchados de otro alguno. Aun hay mas:
-si Clara no hubiera tenido el rostro tan inclinado sobre la
costura como de ordinario, habria reparado que la devota se
levantó, se acercó á un pequeño espejo de cristal de roca
/obra admirable del siglo XVII, adquirida en Venecia por el
undécimo Porreño) y se estuvo mirando por espacio de tres
minutos con singular atencion. Este hecho, de que solo pue
de dar cuenta el autor de este libro, nos dió un poco de luz
sobre la trasformacion que ya sospechábamos se estaba veri
ficando en el carácter de tan santa mujer. Es lo cierto que
hay pruebas irrecusables de que jamás, en ningun tiempo,
habia reflejado la histórica superficie de aquel espejo la faz
de la dama. Tambien sabemos que aquella no era la primera
vez que se miraba; que la noche anterior y el dia anterior se
habia mirado tambien, observándose, sobre todo por la no
che, con singular atencion. Es indudable que medio cerró los
ojos para verse no sabemos con qué grado de luz, y que re
cogió despues los labios, mostrando á la curiosidad insacia
ble del cristal lisonjero las dos blancas y nacaradas filas de
sus hermosos dientes. Este fenómeno nos ha obligado á
trabajar mucho para descifrar ciertos misterios, cuyo co.
244
nocimiento es necesario para la continuacion de esta his
toria.
En el otro cuarto María de la Paz y Salomé habian exhu
mado de las profundas gabetas unas vetustas vestiduras de
seda valenciana, que habian sido en mejores tiempos elegan
te ornato de sus personas. Suspendieron en sus cabezas sobre
solidísimas peinetas la mantilla negra de pasados encajes; y
Paz abrió una pequeña caja de carton en figura de ataud, que
aun conservaba el perfume fiambre de las guanterías de 1790,
y de esta caja sacó un abanico de doscientas varillas, que al
desplegarse como la cola de un pavo real, hacia mas ruido
que una perdigonada. Salomé se colgó en la muñeca de la
mano izquierda un ridículo, dondo puso, además de sus es
pejuelos, un frasquito de esencias y otras baratijas.
—¿Y dejamos aquí á esa jóven?— dijo Paz, mirando á sn
hermana con estupor.
— ¿Cómo? No es posible,— contestó la del ridículo con es
panto;— si queda Clarita en casa...
— ¡Qué horror! Hay que llevar con nosotras á ese jóven.
Pero, ¿qué dirán?...
En esto entró la devota. Elías andaba por allí cerca.
— ¡Qué dirán si llevamos con nosotras á ese jóven!... con
tinuó Paz.
—¿A ese jóven?...—dijo Paulita.
—Sí; ¿qué dirán? Esto es execrable,—esclamó Salomé.
— Nada dirán,—dijo la devota mirando para otro lado.—
Ks un servidor, un caballero que nos acompaña. Y sobre
todo, el mal está en las intenciones, no en las apariencias.
¿Qué pueden decir? Nosotras, es verdad que no necesitamos
caballeros; pero no es indecoroso que ese jóven nos acom
pañe. ¡Oh! No atendamos tanto á las preocupaciones del
mundo. .
—Pero si á ese jóven le conocen por libertino— dijo Paz—
y le ven con nosotras...
Ante este argumento vaciló un momento la mujer mística,
y casi no supo qué contes-ar. Pero no era persona que se de
245
jaba vencer fácilmente en una disputa, y tomando fuerzas
prosiguió:
—¡Oh fragilidad de las cosas mundanas!... No temamos
al qué dirán. Sobre todo, yo no creo que. ese hombre sea un
libertino. (Elías habia entrado y escuchaba con mucha atenj
cion á la devota.) Tiene buen corazon, y si ha cometido algun
error es por falta de esperiencia y de guia. Pero yo le he com '
prendido bien, y só que se enmendará, si ya no se ha enmenj
dado y está derramando lágrimas ocultamente por sus yerros
pasados. Que venga.
Elías no la dejó concluir. Arrebatado de entusiasmo alzó
los brazos y gritó:
— ¡Lázaro, Lázaro!
Antes que Lázaro llegara, el realista se lanzó fuera y le
trajo, ó mas bien, le arrastró.
—Arrodíllate ahí, — le dijo con voz fuerte, presentándolo
ante la devota. —Arrodíllate delante de esa santa. Ha dicho
que tienes buen corazon.
Lázaro estaba,perplejo, las dos viejas absortas, la devota
satisfecha y Elías entusiasmado. Que quieras que nó, el jó
ven tuvo que hincarse.
—Híncate, hombre, híncate,—dijo el tio. —Ahora: bésale
la mano.
Lázaro, que sin darse cuenta obedecia las órdenes violen
tas de su tio, besó respetuosamente la mano de la santa, y la
tuvo estrechada un momento entre las suyas.
— Prostérnate ante la virtud, —decia Elías;—tú, pecador
indigno de ser perdonado. Ha dicho que tenias buen corazon.'
No señoras: no lo tiene.
Doña Paulita hizo esfuerzos heróicos para aparecer con
cierta dignidad arquiepiscopal en el momento en que Lázaro
le besaba la mano, arrodillado ante ella; pero su decoro de
santa fué vencido por lo mucho que empezaba á tener e mu
jer. Cuando sintió los lábios del jóven posados sobre la piel
de su mano, tembló toda, se puso pálida y roja con intermi
tencias casi instantáneas; y una corriente de calor ardentísi
246
mo y una ráfaga de frio nervioso circularon alternativamente
por su santo cuerpo no acostumbrado á la impresion de lábios
humanos.
Despues de una pausa, principió á recobrar su aplomo y
dijo:
— ¡Qué locura! ¡Santa yo! Levántese Vd... caballerito. (No
se atrevió á decir joven). No he dicho mas sino que confio
en que tendrá buen juicio y se enmendará.
—¡.Pues no ha dicho que te perdona las faltas que has co
metido? ¡Qué virtud! ¡Qué heroismo cristiano!—esclamó
Elías.— ¿No te anonadas? Pero hombre levántate; ¿qué haces
ahí de rodillas?
El jóven se levantó mientras Paz ponia fin á esta vehe
mente y conmovedora escena, diciendo friamente y con des
den:—Vámonos.
— Prepárate á acompañar á estas señoras,—dijo Cole
tilla.
Al estudiante le contrarió mucho este mandato. El habia,
oido decir en la mesa aquella mañana que Clara no iria á la
procesion, y habia formado sus proyectos para verla aquel
dia. La obligacion de acompañar á las tres pécoras le pareciá
la mayor desgracia que podia ocurrirle aquel dia ¿Pero cómo
era posible resistir á las órdenes de aquel tirano? Lleno de
despecho tomó su sombrero y bajó con las tres señoras, que
se llevaron una de las llaves de la casa dejando á Clara la
consigna de no salir del cuarto. Elías, que quedaba tambien
en la casa, tenia la otra llave.
No hacia cinco minutos que las Porreñas navegaban hácia
la calle de San Mateo, cuando llegó el abate Carrascosa muy
presuroso y tocó á la puerta.
Elías bajó á abrirle.
—Venga Vd. amigo, venga Vd. al momento,—le dijo con
agitacion.
—Pero ¿á dónde hombre, á dónde? Está la casa sola. No-
puedo salir.
—¿Que no puede Vd. salir?— dijo el abate asombrado.—
247
Pues buena la hace Vd. si no sale al momento y viene con
migo á donde yo le lleve.
—¿Pues que hay, Carrascosa?—dijo el realista, algo alar*
mado.
—Venga Vd. y hablaremos por el camino.
—Hombre, la casa...
—Qué casa ni qué ocho cuartos. Cierre Vd. y vámonos.
— Queda aquí esa muchacha. i -,
—Pues déjela Vd. encerrada y venga; porque esto no e»
cosa para andarse con peros... >
— Pero, ¿qué hay? sepámoslo.—dijo Elías.
Hay que si Vd. no viene ahora mismo conmigo ála Fonta-
nilla... ya sabe Vd... el club de esos muchachuelos. Si Vd. no
viene conmigo, va á haber un conflicto.
—Pero ¿qué es ello, hombre?
El abate no habia inventado de antemano la mentira que
necesitaba emplear para hacer salir de la casa á Elías; así es
que se vió aturdido un momento; pero su astucia frailuna no
le faltó.
— Pues parece que esos chicos están alborotados y dicen
que Vd. les ha engañado; que Vd. no tiene poderes de... de
aquella persona; que Vd...
—¿Que no tengo poderes?—dijo Elías.—Cuidado con lo»
niños. ¡Liberalitos al fin!
—Y parece que quieren armar un alboroto esta noche,—
dijo Carrascosa, seguro ya de la mentira que habia de enca
jarle.
— ¡Esta noche!—esclamó Elías, llevándose las manos á la
cabeza. —¡Esos chicos están locos! Lo van á echar todo á per
der... Pero quién les ha dicho que esta noche... Vaya con los
niños. Pero voy allá al momento.
—Venga Vd; porque si tarda...
—Voy, voy al momento. Cerraré la puerta y me llevaré la
llave. No importa: Las señoras tienen otra...
—Vamos.
El abate habia conseguido su objeto, que era alejar á Co-
243
letilla de la casa aquella tarde, para que Clara se quedase so
la. En tanto las esfinges se acercaban al término de su viaje,
y Lázaro las seguia resolviendo en su mente el plan que en
un momento de colérica inspiracion habia concebido. Consis
tia este plan en dejar á las tres ruinas en medio de la calle,
cuando ellas estuvieran mas distraidas con la procesion, y vol
ver atrás. Pero esto tenia sus inconvenientes. ¿Cómo entraba
en la casa? ¿Kompiendo la puerta? ¿Y su tio que estaba den
tro? A estos inconvenientes se unia el gravísimo para él, de
ofender á la devota, que le inspiraba cierto respeto. Terrible
era aquella situacion. ¡Vivir con ella y no verla! Oir que
continuamente imputaban á aquella infeliz faltas y crímenes
inauditos y no poder acercarse á ella y preguntarle : n¿Qué
lias hecho?M
Las tres Porreñas marchaban acompasada y pomposamente
sin proferir una palabra. Así llegaron á la casa de donde ha
bian de ver pasar la procesion, que era la casa de un clérigo
llamado D. Silvestre Entrambasaguas y de su hermana doña
Petronila Entrambasaguas.

CAPTULO XXVIII

El rídículo.

Era D. Silvestre un clérigo carilleno, bien cebado, gra-


siento, avaro, de carácter jovial, algo tonto, mal teólogo y
predicador tan campanudo como hueco. Su hermana era una
dueña quintañona, gruesa y muy pequeña, con la nariz del
tamaño de una almendra y del color de un tomate , abulta
dísimo el pecho, y el talle" y las caderas tan voluminosas que
le daban el aspecto de un barril. Las tres ruinas aristocráti
249-
cris no hubieran nunca, en sus buenos tiempos, descendido
á tratarse con aquel par de personas de baja estraccion (por
que eran hijos de un tocinero de Almendralejo, y él cuidó
cerdos en las dehesas de Badajoz, hasta que entró en el se
minario); pero en los tiempos de decadencia podian visitarse
y tratarse, aunque siempre con cierto decoro, y estableciendo
tácitamemte la diferencia de las antiguas gerarquías. Las
Porreñas no abdicaban nunca su altanería, y la hermana del
clérigo las trataba siempre con una humildad, que las tres
damas recibian siempre con la benevolencia propia de su
altísimo rango. Se habian conocido en el locutorio de las
Gróngoras , en cuyo convento existia una monja pertene
ciente al linaje de los Entrambasaguas. La amistad de las
Porreñas y D. Silvestre y hermana llevaba ya cuatro años
de mutuas cortesías, de mutuas fórmulas urbanas y de con
fianzas decorosas.
Tomaron asiento las tres y enteraron á sus amigos de quién
era aquel jóven que decorosamente las acompañaba. María de
la Paz, en su afan de decirlo todo, espuso con su lucidez
acostumbrada que aquel caballerito habia estado en el cami
no de la perdicion á causa de las malas compañías; pero aña
dió que ellas le protegian, y esperaban lograr traerlo al buen
camino.
—¿De dónde eres, muchacho?—dijo el padre,'que era muy
brusco, muy francote y trataba de tú á todo el mundo.
—De Ateca en Aragon, —dijo Lázaro.
—¿Ateca? ¡Buena tierra! ¡Buenos torreznos! ¡Buena fruta!..
¿Y no estudias, hombre, no estudias?
— Sí señor, estudio para abogado. ,
— ¡Bueno está eso!—dijo el clérigo con unarisa brutal. —
¡Abogado! ¿De qué sirve eso? ¿Por qué no estudias teología y
cánones?
—Algo de eso estudié en Zaragoza.
—¡Zaragoza! ¡Buena tierra! Buen carnero, buen lomo; pero
no como en mi tierra, en Estremadura... porque yo soy estre-
meño. —Díme, ¿por qué no has estudiado para cura?
250
—Porque no tengo vocacion para esa carrera,—dijo Lázaro.
Doña Paz hizo un gesto de sorpresa y reprobacion, como si
el jóven hubiera dicho una gran irreverencia. Despues, acu
mulando .en su rostro todos los rasgos de desden y acritud de
su gran repertorio, dijo:
—¡Ah! Sr. D. Silvestre; con mucha razon le sorprenden á
usted los despropósitos de este jóven; pero no tiene Vd. en
cuenta que ha vivido hasta hace poco en el mas lamentable
estravío. Ya se corregirá: hay una persona que ha tomado á
cargo su educacion, y creemos que logrará el intento.
—¡Que no tenia vocacion!—esclamó Entrambasaguas con
voz de trueno; eso es una irreverencia.
El estudiante bajó los ojos aturdido é indignado. Despues
miró como único consuelo á la devota, por ver si, como otras
veces, salia á defenderle; pero la devota, que le miraba tam
bien con atencion contemplativa, pensaba en otra cosa que
en defenderle.
—Mi señora doña Paulita,—dijo el clérigo dirigiéndose á
la rosa mística,— ¿sabe Vd. que he leido el libro Be albigen-
sium erroribus, y estoy conforme con lo que dice el padre
Paravicino que pietas in pietate contra ecelesia nulla contem-
nerepios. ¿Qué le parece á Vd. esta opinion? Porque a dcemo-
nio nunquam salus inveniatur. Vamos, diga Vd., que es gran
teóloga.
Paulita no contestó; y otro menos bruto que el padre Sil
vestre hubiera comprendido que aquella estemporánea con
sulta teológica la contrariaba mucho en aquel momento. El
instinto fSmenino se sublevó allí contra toda la uncion con
suetudinaria de la santa. No contestó, y ¡cosa singular! la
que siempre se habia ruborizado cuando en presencia de los
curas le hablaban de cosas mundanas, se ruborizaba ahora
porque delante de Lázaro le hablaban de teología.
—Yo no sé... yo no entiendo... yo no he leido ese libro,—
contestó al fin, viendo, que el majadero de Entrambasaguas
repitió su pregunta, adornada con dos ó tres festones mas de
latin - i
251
—¿Pues no me lo recomendó Vd. aquel dia que hablamos
en el locutorio de las monjas con el obispo de Calahorra,
cuando dijo Vd. aquello de San Dionisio Areopagita, que
empieza... ¿A ver cómo empieza? ¿No se acuerda Vd.?
— Yo no,—dijo la devota muy colorada y muy inquieta
por no hallar un pretesto para mudar de conversacion.
—¿Pero no me recomendó Vd. ese libro De alhigensium
erroribusl Si me dijo Vd. que era lo mejor que se habia es
crito,—insistió el majagranzas del clérigo.
—¡Ah! sí, es verdad—dijo Paula—ya recuerdo... Pero de
eso hace mucho tiempo.
Un rumor popular y el áspero tañido de los fagotes vinie
ron á sacar de apuros á nuestra amiga, anunciando la proce
sion. Se dispuso ocupar inmediatamente los dos balcones: en
uno se puso el clérigo con María de la Paz y Salomé; en otro
se colocó la gorda, doña Paulita y Lázaro. Un enorme tiesto,
donde crecia con estraordinaria lozanía una adelfa, estorbaba
la comodidad de estas tres personas. La gorda estaba en
medio, y era imposible acomodarse con holgura á causa de
doña Petronila y de la adelfa. Pero al fin, despues de mil
cumplimientos, la devota se encontró en medio, teniendo á
la derecha á Lázaro y á la hermana del clérigo á la izquierda.
La procesion empezó á desfilar. El clérigo hablaba por los
seis, y hablaba tan fuerte que los transeuntes se quedaban
mirando á los balcones. Algunos de los curiosos notaron en
el rostro de doña Paulita una muy grande agitacion; y el
autor de este libro, que era uno de los que pasaban, notó con
sorpresa (porque conocia de oidas su carácter) que entre la
frente de la dama y los cabellos del joven no habia otra cosa
que algunas hojas y una flor de la adelfa criada en el balcon.
Lázaro no atendia al gentío ni á los santos, ni á nada. El
despecho por encontrarse allí malde su grado le ocupaba todo.
En el otro balcon hacia D. Silvestre un detallado relato
do las cofradías, pendones, estandartes, imágenes y corpora
ciones que iban desfilando. Salomé ostentaba en su muñeca
el ridículo, que caia sobre el antepecho del balcon, ofrecien»
252
do al asombro del numeroso público los vivos colores de sus
mostacillas azules y de sus lentejuelas doradas. Era el tal ri
dículo una primorosa obra, en cuya elaboracion tomaron
parte las delicadas manos de su dueña ; obra del siglo pasado
y del año 94, en que la dama lo lució en los paseos de la Flo
rida los dias de invierno con gran aceptacion de la juventud
de entonces. Salomé profesaba mucho cariño á aquella pren
da, porque le parecia que al ceñirla á su muñeca llevaba con
sigo un amuleto de perpétua juventud.
— Se te va á caer—le dijo su tia viendo como se balancea
ba la prenda sobre el antepecho del balcon.
—No se cae—dijo Salomé, que gustaba mucho de lucir en
las grandes solemnidades aquel mueble hereditario, y creia
que desde la calle hacia un efecto magnífico.
La ordenada turba de monagos, clérigos, cofrades, archi-
cofrades y penitentes seguia desfilando. La gorda y su her-
mauo se hacian lenguas cada vez que pasaba un estandarte,
una cruz. El codo de Lázaro tocaba el codo de la devota, y
esta tenia cruzadas las manos y la cabeza inclinada á un lado
porque sin duda le halagaba el suave roce de las adelfas. Des
pues se pasó la mano por los ojos como si se apartara un velo
imaginario.
Cuando la procesion estaba en su lleno, digámoslo así, un
grito resonó en el balcon inmediato. ¡Oh dolor! El ridículo
de Salomó habia caido á la calle.
—¡Y está en él la llave de la casa! —esclamó Paz con
terror.
Lázaro no necesitó oirmas: su determinacion fué rapidísi
ma. Se quitó del balcon y dijo vivamente:
—Voy á buscarlo.
El ridículo cayó sobre las cabezas de los transeuntes, pasó
de mano en mano y fué arrastrado por la multitud de tal
modo, que un momento despues de caido estaba á gran dis
tancia. Lázaro, que vió esto, bajó]rápidamente, llegó á la]calle
y atravesó con mucho trabajo por entre la multitud. Su de
terminacion era decisiva.
253
—Qué feliz coincidencia—decia para sí.—Allí está la llave,
la tomo, corro á la casa, abro; el viejo debe estar arriba dur
miendo la siesta, entro, la veo, le hablo, le digo... qué sé yo
lo que le voy á decir... y me vuelvo á escape. Si las viejas
sospechan, inventaré cualquier mentira. No hay mas re
medio.
Al fin llegó jadeando y con mucha fatiga al estraviado ri
dículo. Lo tenia una mujer que lo estaba registrando, y , vien-
de que no contenia cosa de valor, no parecia mostrar gran
empeño en conservarlo: Lázaro lo tomó. El oleaje del gentío
le habia llevado á una gran distancia de la casa de Entram-
basaguas. Desde el balcon no podian verle. No dudó mas, y
echó á correr por una de las calles trasversales hácia la casa.
La ansiedad propia de la situacion y la precipitada mar
cha le agitaron de tal modo, que tuvo que detenerse para
respirar. Por fin la veria sin duda. Llegó á la casa, entró, su
bió la escalera; pero antes de resolverse á abrir, se detuvo y
necesitó apoyarse en la pared, porque la agitacion le habia
puesto convulso y sin fuerzas . Pensó que ella se asustaria al
verle entrar tan descompuesto, al sentir abrir la puerta. Por
fin con la mayor cautela puso la llave en la cerradura, le dió
vueltas y abrió muy quedo. Entró, volvió á cerrar y dió al
gunos pasos. Era ya tarde: la casa estaba oscura: no veia na
da. Anduvo á tientas un rato. Al fin distinguió los objetos
y siguió por el pasillo.
Un silencio sepulcral reinaba en la casa. Sin duda D. Elías
duerme arriba, pensó, y siguió andando, hasta acercarse á la
puerta del cuarto donde Clara debia estar.—Para que no se
asuste, pensó Lázaro, trémulo de emocion como quien va á
cometer un crímen, lo mejor será acercarme á la puerta y lla
marla muyquedito. Así no se asustará. Avanzó mas, llegó á
la puerta, y, tomando aliento para pronunciar las dos sílabas
de aquel nombre que amaba tanto, se paró, y con voz baja y
conmovida dijo:—"Clara."
Pero en el instante mismo en que pronunció esta palabra,
se estremeció de sorpresa y terror. Un frio intenso circuló
254
por todo su cuerpo, toda la sangre se le agolpó al corazon que
latia con violencia desenfrenada, y quedó inmóvil como una
estátua junto á la puerta. En el momento de pronunciar el
nombre de Clara, habia sentido dentro de la habitacion una
voz de hombre, una voz de mujer y unos pasos precipi
tados.
Pronto veremos lo que hizo.

CAPITULO XXIX.

Las horas fatales.

A las cuatro de aquella tarde, cuando despues de salir las


tres damas, Clara se encontró sola, quiso satisfacer su ourio-
§idad leyendo la carta que le habia dado el abate; pero obser
vó que Elías andaba por el pasillo: tuvo miedo y la guardó.
Media hora despues, habiendo Coletilla salido con Carrasco
sa, se quedó sola, enteramente sola y encerrada. Entonces
abrió la carta. Era sin duda de Lázaro, y casi sabia punto
por punto lo que habia de decir. Pero su sorpresa fué grande
cuando miró la firma y vió: Claudio.
— |Claudio! ¿quién es Claudio?— esclamó con la mayor con
fusion.
La carta decia así:
"Ya te he devuelto, amiga mia, á ese jóven prisionero á
quien tanto quieres. Yo le he sacado de la cárcel donde el in
feliz estaba á punto de perecer de hambre y de frio: le he sa
cado tan solo porque es tu amigo. Ya sabes que tú y yo so
mos tambien verdaderos amigos. Ese jóven parece que te
quiere bien; pero no como yo, que te idolatro; y tan desven
turado soy ausente de tí, que hoy voy á intentar verte y ha
255
blarte, entrando por una casa vecina. No te llame la atencion:
estoy decidido. Por mí han salido esas tres viejas; por mí ha
salido D. Elías, por mí ha salido Lázaro. Estás sola y encer
rada, encerrada para todos menos para mí, que te veré esta
tarde. No tengas miedo: solo quiero verte y hablarte. Te lo
asegura, te lo promete el que te adora: Claudio."
— ¡Claudio! —dijo Clara doblando la carta,—¿quién es este
hombre? |Y quiere entrar aquí! ¡Jesús, qué miedo! ¿Qué debo
hacer? ¿Cerrar las puertas?
Clara empezó á temblar de miedo: no podia tornar resolu
cion ninguna. Por fin evocó todo su valor, se dirigió á la
puerta que daba al pasillo y le echó el cerrojo: despues corrió
á la puerta que comunicaba con la habitacion inmediata con
intento de cerrarla tambien; pero ya era tarde, porque Boz-
mediano entró muy tranquilo en el cuarto.
—¡Jesús!—esclamó Clara retrocediendo con espanto:—vá-
yase Vd. por Dios. ¡Qué atrevimiento!
Pero no pudo seguir y se echó á llorar.
—Váyase Vd... si vienen... Por Dios, señor caballero (no
se acordaba del nombre.) Váyase Vd... Vd. es muy bueno y
me dejará sola. Si vienen ahora, ¿qué van á decir?
—No vendrán, tranquilízate:—dijo Bozmediano algo con
trariado por aquel recibimiento. — Somos ya verdaderos ami
gos. Hoy vengo á hablarte, á verte. Ya sabes que me he de
clarado tu protector.
En el sistema amatorio de Bozmediano estaba el tutear á
las muchachas á la tercera entrevista.
—Yo no quiero que Vd. me proteja. Si estoy muy bien
aquí—dijo Clara con angustia.
—¿Bien aquí?—dijo el militar cerrando los puños. —¿Bien
aquí? Como que voy á ahorcar á esas tres harpías, que te es
tán martirizando. Cuando pienso que un viejo fanático y tres
mujeres ridículas están hoy en el mundo solo para mortificar
te y asesinar lentamente á la mas noble y amable criatura
que ha nacido...
—Si á mí no me atormentan—dijo Clara, cuya atroz in
256
quietud se manifestaba en un llanto entrecortado y cierto es"
travío en el mirar que acobardó por un momento al galan
aventurero:—váyase Vd. por Dios, yo se lo ruego, se lo pido
por Dios y todos los santos.
—¿Irme sin tí? Eso no puede ser.
—Jamás consentiré yo en salir con Vd. —esclamó Clara
con resolucion.—Váyase Vd., señor caballero (otra vez no se
podia acordar del nombre), Vd. es muy bueno, yo lo sé. Pero
si tarda un momento mas en marcharse, le odiaré toda mi
vida. Váyase Vd. por piedad.
—Y si me voy, ¿qué va á ser de tí, pobrecilla?—dijo Boz-
mediano con melancolía.— Si yo te abandono, ¿qué va á ser
de tí en poder de estos cuatro demonios? ¿Cómo he de consen
tir el crímen espantoso de este encierro, de esta soledad, de
este marasmo, de esta tortura lenta que te aplican esas infa
mes? No, Clara; tú me conoces muy bien en las pocas veces
que me has tratado, para saber que yo no puedo consentir
tal cosa. Si yo te abandono, pasará un dia y otro dia,
sin que nadie se atreva á hacer cosa alguna para salvarte. Ese
jóven á quien yo he sacado de la cárcel, tiene una imagina
cion disparatada, y no tiene resolucion ni ánimo para sacarte
de penas. Esta es la verdad, no esperes nada de quien
nada puede, ni nada sabe hacer por tí. Créeme; no tienes
mas esperanza que yo. Y por mi parte, seguro estoy de que
no te opondrás á mi resolucion, que no tiene mas objeto que
tu felicidad.
—Pero si yo no quiero que haga Vd. mi felicidad,—dijo
Clara mas inquieta.
— Pues entonces, ¿quién la va á hacer? Huérfana, sola en e]
mundo, rodeada de enemigos y de malvados, sin que haya
nadie que se interese por tí?...
—¡Oh!— dijo la huérfana vivamente, creyendo encon
trar un gran argumento;—sí, sí tengo quien se interese
por mí.
—No, no lo creas, no. Ese jóven no hará nada: le conozco
conozco su carácter. La prueba es que vive aquí hace dias,
257
que sabe tus sufrimientos, y nada ha hecho por aliviarlos. Ha
intentado algo? No: yo sé que no. No se atreve.
— ¿Que no se atreve? sí, sí... Pero váyase Vd. por Dios. Si
vienen... No se detenga Vd. un momento mas; yo se lo rue
go. Me va Vd. á perder.
— Clara: Lázaro no hará nada por tí. Su imaginacion está
embebida por la política. No esperes nada de él.
—Sí, sí espero; me salvará. Estoy segura de ello,—dijo do-
lorosamente Clara.
—¿Por dónde lo sabes?
—Él me lo ha, dicho.
—¿Él? no puede ser. Yo dudo que haya podido verte, se
gun me han dicho.
— Pero me verá, me salvará. Yo no necesito de Vd.
— Sí necesitas de mí. Tengo esa vanagloria, única recom
pensa del grande amor que te tengo—dijo Bozmediano con
espresion clarísima de verdad.
—Pero si yo no le quiero á Vd. ni le puedo querer. No le
he visto mas que dos veces, y eso sin mi licencia.
—Ese poco tiempo ha bastado para que te quiera yo.
—Yo se lo agradezco á Vd., pero cuando se vaya—dijo la
huérfana. —¡Qué modo tan raro tiene Vd. de favorecerme!
asustándome de esta manera y comprometiéndome. ¡Ah! Vá
yase Vd. por Dios. Van á llegar y le van á ver aquí. ¡Jesús,
qué hombre!
—No vendrán. La procesion es larga—dijó Bozmediano.
—¿Pero si viene él?
— ¿Quién es él?
—El viejo.
—Ese primero muere que venir.
—Pero si le vé á Vd. la vecindad. Y sobre todo, aunque
no le vean. Yo no quiero que esté Vd. mas tiempo aquí; no
le quiero ver.
Clara estaba tan consternada y era tan resuelta su actitud,
que Bozmediano empezó á dudar del éxito de su aventura, y
estuvo un rato indeciso.
17
258
— Clara —prosiguió sentándose con familiaridad —tú no
me conoces. No sabes de lo que yo soy capaz. Yo soy capaz
hasta de sofocar mis sentimientos, haciendo por tu felicidad
el sacrificio de la mia. Tú no me conoces, ni aciertas á juz
garme, ni ves en esta empresa que acometo otra cosa que una
intencion dañada y vil. Si viera junto á tí á alguna persona
capaz de sacarte de esta miseria, no me opondria á que mo
dijeras, como has dicho, que no me quieres ver. Yo dejaria
entonces á otro el orgullo de amarte y hacerte feliz; pero
esto no es posible. Tu situacion es tan desesperada que quie
ro salvarte á pesar tuyo, arrostrando hasta tu ingratitud, que
es lo que mas temo. Si me ves aquí, es porque nadie existe en
esta casa que pueda ampararte.
— Bien; yo lo agradezco, señor caballero: pero déjeme us
ted. ¡Ay¡ Si Lázaro sabe que ha estarlo Vd. aquí.
— Si lo sabe, nada le importa. El no piensa mas que en la
política, ni en aquella cabeza hay la discrecion y la astucia
que tú necesitas para salir de aquí. En aquel corazon no ca
ben mas que las desenfrenadas y vulgares pasiones del pue
blo, capaces tal vez de un hecho notable; pero inútiles para
consolar á un sér debil y delicado.
—Sí; el me salvará; yo lo sé—esclamó Clara un poco me
nos asustada y mas triste.
—No: no lo esperes.
- Si lo espero. ¿Por qué no lo he de esperar? ¿Por qué me
dice Vd. eso? ¿Qué sabe Vd. lo que él puede hacer por mí?
—¿Pero es posible que le quieras tanto?— dijo Bozmediano
que no creia encontrar tanta firmeza.
—Sí, le quiero. ¿Pero Vd. á qué me pregunta esas cosas? ,
—Lo pregunto por saberlo,—dijo con mucha calma el mi
litar. —Ahora repito que tú no sospechas de qué acciones soy
yo capaz. ¿Creerás que es posible, si me pruebas que le quie
res tanto, que yo le comprenda en esta proteccion generosa
que te consagro, y me interese por los dos tanto como ahora
me intereso por tí? Pero falta una condicion para esto. Dudo
mucho que él te quiera como tú mereces, y si es como yo
259
.sospecho, le creeré un hombre indigno, y le apartaré de tí
cuanto pueda. Le saqué de la cárcel para probarte que pro
cedo en estas cosas como en todo, con buena fé y caballero
sidad. Cuando te ví por primera vez, y comprendí lo que era
tu vida, la poca esperanza de tu porvenir y la bondad de tu
corazon, me dió tanta lástima que... no sé... casi te amó des
de aquel momento como ahora. Para mí fué entonces el amor
tan poco egoista, que no entraba para nada mi persona en las
avilaciones que dia y noche ocupaban mi imaginacion. Des
pues supe que existia un jóven á quien tú queriias mucho;
supe que este jóven estaba preso y le puse en libertad por tí
y para tí. Nunca tuve intencion de apartaros á los dos, al
contrario, mi deseo era uniros si él lo merecia. Pues bien;
yo me he convencido de que él no merece tal cosa y es in
digno de tí.
Clara no supo qué contestar á estas palabras. Y á la ver
dad no era fácil conocer si tan elocuente espansion de bondad
y afecto era verdadera ó simplemente un ardid galante de
los que tan bien usan los seductores.
— Sí, pero entretanto,—dijo la muchacha,—Vd. me com
promete; Vd. me pierde para siempre. Si viene alguno de la
casa y lo ve, ó descubre que ha entrado Vd. aquí...
—Nadie lo puede descubrir... ¿Pero es cierto, Clara, que
quieras tanto á ese muchacho?—dijo Bozmediano, queriendo
imprimir á sus palabras cierto tono de jovialidad, que estaba
muy lejo? detener en aquel momento.
El jóven galanteador habia errado el tiro; el aventurero de
amor creyó que habia deslumhrado á Clara con la conversa
cion de sus dos primeras visitas. Y era que tenia muy alta
idea de sus dotes personales para dudar de que una mucha
cha sencilla, educada por un fanático, y sin conocer otras pa
siones que las vulgares inclinaciones de aldea, pudiera resis
tir á ellas. Creyó asimismo que el hecho de poner en libertad
al que podia considerar como rival, influiriia mucho en el áni
mo de la huérfana. Él habia empleado otras veces con mucho
éxito procedimientos parecidos. Ademas, Lázaro le habia
260
parecido brusco, poco amable, poco digno de ser amado, poco
interesante.
—Sí,—contestó Clara,—le quiero. Se lo juro á Vd., que
dice que me tiene amistad.
— ¿Y le quiere Vd. mucho?
—Mucho. Vaya, ya se puede Vd. marchar.
El militar se quedó muy pensativo. Vióse un poco ridículo
en aquella situacion; pero siempre triunfaba de su amor pro
pio la bondad de su corazon. En aquel momento pensaba en
renunciar por completo á todo, y tratar por cualquier medio
de contribuir á la felicidad de los dos muchachos.
—¿Pero no se marcha Vd.?— dijo Clara volviendo á su in
quietud.
—Sí, me marcho ya. Pero... No,—añadió con determina
cion; no puedo consentir que te quedes en este sepulcro. Me
parece que si te dejo aquí, no he de verte mas. Pero ese hom
bre, ese exaltado, ¿en qué piensa? ¿qué hace? ¿cómo tiene
alma para verte en poder de esas harpías, y no pegar fuego &
esta casa maldita?
— Él me ama,—dijo Clara, resuelta á decir todo lo que pu
diera determinarle á marcharse.
—No; te dejará morir de hastío en esta cárcel. Lo sé: conoz
co bien á ese loco.
—¡Oh! se interesa por mí: estoy segura de ello.
—¿Nada mas que eso? ¡Se interesa!—dijo el militar con
ironía.
—Padece mucho al verme así,—esclamó Clara con dolor.
—¡Oh! Las tres pécoras de esta casa me la han de pagar.
¡Pero es cierto que te mortifican?
—¡Oh! me consumo,—dijo Clara sin poder contener una
triste franqueza.
—¡Malditas! Pero ese hombre, ¿qué hace?
—Hará mucho, hará lo que pueda. Es pobre...
—¡Pobre!—dijo él muy pensativo. Y qué esperas de una
persona que solo podrá hacerte mas infeliz? ¡Oh, juro que si
ese jóven no te ama, me la ha de pagar!
261
Bozmediano se levantó. En aquel momento la palidez de
Clara aumentó siibitamente, porque creyó que sentia abrir
'a puerta dela escalera; pero Claudio la tranquilizó, dicién-
dole que se equivocaba.
—No temas nada,—dijo prestando atencion, —nadie puede
venir.
—Pero, Já qué está Vd. aquí mas tiempo?—dijo ella re
puesta del susto. ¿No le he dicho ya lo que queria saber?
—Sí, y me voy. Ahora sí me voy; pero es para volver.
—¿Otra vez?
— Sí: insisto en creer que no hay para tí mas esperanza
que yo. El marcharme ahora no quiere decir que te abando
ne: no. Me voy para ocuparme de Vds: yo me enteraré de lo
que vale ese muchacho. Si no es digno de tí...
En este momento una voz apagada, trémula y conmovida,
pronunció distintamente en el corredor la palabra: Clara.
La muchacha se quedó petrificada de espanto, y la mirada
que dirigió á Bozmediano, hizo comprender á este cuánto la
habia comprometido. El galan creyó que el mejor partido
que podia tomar era marcharse muy quedo, seguro de que la
persona que habia dicho u Clara* n con voz que no conoció,
no podia haberle sentido. Hizo señas á la huérfana de que
callara, y se dirigió rápidamente y con mucha cautela á la
puerta por donde habia entrado. La muchacha no se mo
via, y solo en sus facciones se podia conocer su gran turba
cion.
Bozmediano salió. La voz dijo mas fuertemente: nClara
Clara, abre.n Era la voz de Lázaro. Él sintió desde fuera que
habia un hombre en el cuarto; sintió sus pasos al huir. Des-
pues oyó en lo mas interior de la casa un ruido como de un
mueble que cae, y corrió allá frenético de indignacion y so
bresalto. Entró en el comedor, pasó á un pequeño pasillo que
daba á un patio, subió la escalera que conducia al piso segun
do y á la boardilla; pero al llegar arriba ya Bozmediano ha
bia desaparecido, y solo pudo ver un bulto que se ocultaba
«errando vivamente una puerta desconocida. Tambien le pa
262
reció ver la figura diabólica del abate en el momento breví
simo en que la puerta estuvo abierta.
— ¡Bandidos!—esclamó con voz terrible.
Nunca habia sentido una impresion tan fuerte. Trató de
derribar aquella puerta misteriosa; pero manos muy fuertes
lo impedian de la otra parte. Bajó como un loco, volvió
al comedor, entró en la alcoba de la devota por donde mismo
habia entrado Bozmediano y pasó al cuarto donde estaba
Clara. Encontróla temblando, con los ojos llenos de lágri
mas. Cuando le vió entrar, la infeliz dijo casi sin poder arti
cular las palabras:
-^¡Ah! Lázaro, Lázaro, oye... te diré... espera.
Pero la voz se le anudó en la garganta, y no pudo hacer
otm cosa que llorar como un niño.
—¿Qué me vas á decir? Calla.—esclamó Lázaro con voz co
lérica.— Calla y no hables mas delante de gentes. ¿Quién es
taba aquí?.. ¡Ese militar!.. ¿Pero es cierto lo que dicen?.. Yo
no lo habia querido creer, aunque todos lo creian. Clara, Cla
ra: ¿qué ha sido de tí, qué has hecho? ¡Yo no lo queria creer
Si todos los santos del cielo me lo hubieran jurado hace un
mes, les hubiera dicho que mentian. Pero ya lo he visto, ya
lo he visto.
La huérfana lloraba como si fuera culpable. . . Por fin pudo-
decir:
—Por Dios: escúchame. Yo te contaré.
—iQué mevasá contar?—dijo él mas colérico...— Pero sj
voy á matar á ese hombre... ¡Oh! Clara,—añadió trasforman-
do su ira en un intensó dolor.— ¡Cómo has podido tu!.. Yo
estoy loco, sin duda; yo me he vuelto loco. Lo que he visto
es una locura.
—No... yo te esplicaré,— le dijo ella recobrando su valor. —
Ese hombre, yojno le conozco... Un dia entró en casa... me
dijo...
—No me hables, no me mires... Todo lo he sabido. ¿Por
qué mi tio te puso en esta casa? ¿Qué hiciste allá? ¿Por qué
estas señoras te tienen encerrada y sin ver á nadie? ¿Qué has
263
hecho? No te puedes disculpar, no. Soy un nécio si hago caso
de las disculpas que me vas á dar. Bastantes pruebas he te
nido. ¡Y fuí tan ciego que nada quise creer!.. Nada mas debo
decirte... ¿Porqué te he conocido? Mia es la culpa: no tengo
derecho para acusarte. Eres libre. Adios.
Y salió muy á prisa sin esperar respuesta. Salió como un
demente y dió muchas vueltas por la casa sin saber á dónde
iba. Si en aquel momento se le hubiera presentado su tio, re
prendiéndole con su impertinencia acostumbrada, Lázaro le
hubiera atropellado, le hubiera maltratado, hiriéndole tal
vez. Al fin llegó á la puerta, trató de recobrar su serenidad,
abrió y bajó. Una vez en la calle, sintió el corazon tan opri
mido que le fué imposible dejar de llorar.
Pero no le faltó la calma hasta el punto de olvidar que las
viejas le esperaban; y que su ausencia podia aumentar la gra
vedad de aquella aventura. Dirigióse á la calle de San Mateo,
procurando por el camino dominar su agitacion, y disimular
todo lo posible. Despues de atravesar varias calles sin acertar
con la que buscaba, llegó á la casa de los Entrambasaguas.
Felizmente aun duraba la procesion: entró en la casa, subió
y halló á Salomé en estremo impaciente, mientras María de
la Paz se hallaba en un estado de irascibilidad terrible.
—Ha tardado Vd. mas de una hora; ¿dóndeha ido Vd.1—
esclamó mirando al jóven con recelo.
—Señora... señora... —dijo Lázaro balbuciente;—no he po
dido... Se ha agolpado la gente en la calle... y me he encon
trado entrela multitud sin poder volver. Despues una mujer
cogió el ridículo y echó á correr por esas calles. Ya se ve: tu
ve que seguir tras ella- y casi no la alcanzo.
—Vamos, caballerito... Si ha estado despejada la calle des
de hace una hora.
Salomé se apoderó de la prenda que creia perdida, y regis
tró á ver si faltaba algo.
—Sin duda se ha ido á perorar á algun club,—dijo cuan
do vió que nada faltaba y que le era imposible reprender á
Lázaro por otro motivo.
264
—¡Hombre, hombre!—dijo Entrambasaguas ;—tambien tú
charlas en los clubesl Eso es una iniquidad: mira que te con
denas.
La devota no dijo nada: pudo su admirable instinto, que
recientemente habia adquirido una fuerza estraordinaria,
comprender que ét Lázaro le habia pasado algo durante su
ausencia. No llegó á sospechar lo que fué, ni dónde fué; pero
pensó mucho en aquello, mientras las últimas figuras de la
procesion desfilaron por la calle.
—¡Ay! vámonos, que e° tarde,—esclamó María de la Paz.
— ¿Ya se van Vds?—dijo el clérigo, que no veia la hora de
que se marcharan, porque desde la cocina llegaban á sus na
rices los olores de la olla de carnero que le estaban prepa
rando.
—Mi Sr. D. Silvestre,—dijo Paz;—no podemos detener
nos, porque ahora no somos libres. Nos hemos echado enci
ma una carga muy pesada, la tutela y educacion de una jóven
que nos dará muchos disgustos.
—iQué es eso?
—Es unajóven desamparada, —continuó Paz,—que estaba
en casa de un amigo nuestro, soltero grave, el cual no podia
sufrir sus travesuras. Parece que ella es algo levantada de
cascos; y viendo que no la podia sujetar, nos la entregó para
que la corrigiéramos... Todo por amor de Dios.
—¿Y les da á Vds. disgustos?—preguntó con oficiosidad la
hermana de D. Silvestre Entrambasaguas.
—Todavía— contestó Paz—la verdad sea dicho, no se ha
portado mal; pero yo nunca me equivoco, y cuando á mí se
me fija una persona aquí (y señaló la frente)... y aquella me
, parece que es una buena pieza.
Lázaro oyó esta apología de su infeliz amiga con toda la
atencion de que era capaz. Pero no se agitó mas de lo que es
taba, porque era imposible.
—¿Qué tienes, Paula?—dijo Paz á la devota, que estaba
muy pálida y con muestras muy claras de no encontrarse
ien.
265
En efecto, todos la miraron y notaron en ella las señales
de un malestar creciente. Tenia los ojos encendidos y el
aliento penoso.
—Nada—dijo la devota, queriendo animarse.
—Sin duda se ha constipado en el balcon.
—Sí; corre esta tarde un airecillo que ya, ya... dijo el clé
rigo; pero váyase Vd. á su casa y abrigándose bien...
—Eso no será nada— dijo doña Petronila Entrambasaguas
que estaba muy impaciente; porque ciertos olores venidos en
mensaje de la cocina, le anunciaban que el carnero se estaba
quemando á toda prisa.
Las damas se dirigieron á la puerta. El clérigo se dió un
golpe en la frente como quien recuerda una cosa importante,
y dijo á doña Paulita:
—¡Ah! señora mia, si tuviera Vd. la bondad de hacerme
un favor.
-¿Qué? Sr. D. Silvestre.
—Que se dignara Vd. repasar un sermon que he escrito, y
voy á predicar en San Anton el 17 de Enero. Vd. que es
gran teóloga y ya muchas veces me ha dado su opinion sobre
otros grandes sermones mios, quiero que vea ahora.este.
—Yo no entiendo de eso—esclamó la santa con repag-
nancia.
—Sí entiende— dijo Paz complacida.
—¡Qué modestia!—esclamó Entrambasaguas. —La santi
dad unida al talento. Pero yo sé, aunque Vd. quiera ocul
tarlo, que es una gran teóloga. Si á veces la he estado oyen
do con la boca abierta, como si oyera á todos los padres de
la Iglesia...
—Deje Vd. eso— dijo la devota con visible disgusto. —Yo
no entiendo de esas cosas.
— Es sobre el tema de la tentacion quinta de San Anton.
Bien sabe Vd. aquello, cuando el demonio se le presentó en
figura de ., de una muchacha, pues...
Y corrió presuroso á una gabeta, cogió un legajo y se lo
entregó á doña Paulita, que lo tomó del peor humor del mun
266
do. Cayósele de la mano, recogiólo con presteza el predica
dor, y se le volvió á dar, diciéndole:
—¿Pero está Vd. mala de veras? Veo que no puede usted
tenerse en pié. Le tengo dicho que el ayuno es bueno hasta
cierto punto y nada mas... y Vd. siempre en sus trece...
—Esta niña con sus ayunos y sus penitencias—dijo Paz.
—¿Quiere Vd. una taza de caldo?—preguntó el clérigo; y
se interrumpió antes de concluir, porque su hermana con
tanta presteza como disimulo le tiró del manteo, indicán
dole la indiscrecion de la oferta que acababa de hacer.
—Gracias, no es preciso, esto no es nada— dijo Paula.
—Recójase Vd. temprano—dijo la gorda. —No le conviene
á Vd. tomar ahora caldo ni cosa ninguna. A casa. —Y, po
niéndole la mano en la frente, continuó: —Tiene Vd. mucha
fiebre; á casa pronto.
La comitiva salió. El clérigo cogió el velon en sus robus
tas manos y alumbró la escalera. Cuando ya estaban abajo
Entrambasaguas gritó desde arriba:
— Fíjese Vd., señora doña Paula, en aquel pasaje que dice:
"Cuando en diluvio de soles con corpulenta, corpórea efigie
al mundo vino...n Por aquello de corpus corporum in corpore
uno... Fíjese Vd. bien en ese pasaje, que tengo algunas dudas
sobre si...
Doña Paulita no contestó, ni miró siquiera al ramplon
Entrambasaguas. Salieron á la calle, y Lázaro estaba tan en
frascado en sus pensamientos, que empezó á andar, dejando
atrás á las dos viejas.
— ¡Eh! caballerito— dijo Salomé, que estaba muy biliosa
aquella tarde. — ¿Qué manera de portarse es esa? ¿Nos deja
solas en medio de la calle?
— ¡Oh! qué caballero tan cumplido hemos traido—dijo Paz,
cuyo temperamento sanguíneo tenia aquella tarde, sin causa
conocida, una irritabilidad inusitada.
Lázaro retrocedió y moderó el paso.
— Y bien podria Vd.—añadió la dama—portarse mejor de
lante de las personas estrañas. Ni siquiera ha saludado usted
267
á aquellas... gentes. (Paz usaba esta denominacion general y
vaga para designar á todas las personas que por su progénie
estaban un escalon mas bajo que ella en la gerarquía social.)
¡Qué dirán de nosotras! ¡Ah! Paulita, no puedes andar: Va
mos, D . Lázaro, dé Vd . el brazo á mi sobrina. Apóyate en
D. Lázaro, Paula, que estás muy mala. ¡Ah! Triste cosa es
llevar por acompañante un caballerito como este.
El aragonés balbuceó algunas escusas y dió el brazo á doña
Paulita. Andando sintió que la devota pesaba en. su brazo
como si fuera de plomo. Iba muy arrebujada en su manton
y caminaba con dificultad.
—Va Vd . muy aprisa—dijo pesando mas fuertemente en
el brazo del jóven.
Lázaro moderó el paso.
—Ande Vd. un poco mas—dijo despues, alijerándose de
peso hasta el punto de que él se sintió arrastrado.
Lázaro avivó el paso.
—¡Qué noche tan clara!—dijo ella deteniéndole y mirando
al cielo.
Lázaro se detuvo y miró al cielo. Las otras dos marchaban
detrás á alguna distancia.
—Nunca he visto una noche así. Nunca he visto las estre
llas brillar de ese modo, ni moverse así... con esa vibracion
que parece que están hablando.
—¡Hablando!—dijo Lázaro muy sorprendido del símil de
la santa.
—¿Vd. estraña eso?— dijo ella, mirándole con tal fijeza ó
intensidad que el mancebo creyó que dos estrellas habian ba
jado á esconderse en los ojos de Paulita.
— Sí: ¿no le parece á Vd.?— esclamó ésta.
— Señora; yo las veo, pero...—dijo Lázaro.
— Pues á mí me parece que las oigo.
En esto se cayó al suelo, desprendido de las manos de la
dama el manuscrito de Silvestre Entrambasaguas.
—Señora—dijo el jóven inclinándose para recojerlo;—ob
serve Vd. que se ha caido este sermon.
268
—Déjelo Vd.—esclamó ella con mucha viveza, tirándole
del brazo para impedirle que recogiera el manuscrito y avi
vando despues el paso.
—No hay duda—dijo Lázaro para sí.—Esta mujer tiene
mucha fiebre: ya empieza á delirar.
Y entonces la mujer mística andaba tan á prisa que bien
pronto alcanzaron á las dos pécoras. Mas no tardó en mode
rarse su ímpetu y caminó tan despacio que tardó mucho para
avanzar veinte pasos. Cada vez pesaba mas la teóloga en el
brazo del estudiante: al llegar á la casa la enferma no podia
ya dar un paso, y Lázaro le rodeó con su brazo la cintura pa
ra impedir que cayera. Érale imposible subir porque la dama
se inclinaba á uno y otro lado sin poderse tener. En tanto el
Jóven observaba que tenia demudado el semblante, cerrados
los ojos, flojos y caidos los brazos; entonces hizo un esfuerzo
heróico, la cogió en sus brazos y la subió. La cabeza de la en
ferma descansó sobre sus hombros, y Lázaro notó que el con
tacto de su frente le quemaba el cuello.
—Tiene mucha fiebre,— dijo depositándola en el pasillo,
porque Paz no le permitió que llegara á la alcoba. Entraron
la en su cuarto las otras dos, bastante alarmadas con tan re
pentina desazon; pero pronto volvieron mas tranquilas y se
fueron al comedor á cenar un salpicon que habian dejado
preparado.
Reinaba en la casa el mayor silencio. Lázaro subió la esca
lera interior para irse á su cuarto; y al subir no pudo menos
de detenerse, porque sintió ima voz que le heria el corazon.
Era la voz de Clara que preguntaba ó contestaba no sabemos
qué cosa á la devota. El jóven apresuró el paso para huir
,de aquella voz que no queria oir mas.
CAPITULO XXX.
Vírgo íídolís.

El jóven no encontró arriba á su tio. Estaba el pobre su


mamente impresionado por el incidente ocurrido, y no cabia
en sí de cólera, de amargura, de sobresalto. Imposible le era
tranquilizarse, tanto mas cuanto que tenia siempre ante la
imaginacion la figura de Clara, de rodillas, con los ojos llenos
de lágrimas y los brazos cruzados. Dábale compasion y des
pues ira, sucediéndose tan atropelladamente estos dos senti
mientos, que creyó sentir como una ebullicion en el pecho y
un vértigo en la cabeza. A los arrebatos del encono, sucedia
el abatimiento del desengaño, ignorando al mismo tiempo si
amaba aun á aquella infeliz ó si la despreciaba. En estos mo
mentos de la vida es imposible reflexionar: así se esplican las
soluciones atropelladas que suelen tener asuntos, como el
que á Lázaro ocupaba en aquel momento. La imaginacion es
entonces dueña y tirana del individuo y como tal no perdo
na medio alguno para aumentar su pena. El estudiante vió
pasar delante de sí los bellos dias trascurridos en la calma
amorosa de la aldea, los vió con todo su brillante cortejo de
esperanzas y de tranquilos goces.
Pasaron las horas: la noche avanzó y él continuaba en la
agitacion. No pensaba acostarse, ni sentia sueño, ni necesi
dad de reposo; antes al contrario los impulsos de su naturale
za eran hácia la zozobra, la inquietud, el movimiento. Un si
lencio profundo, no interrumpido por ruido alguno, reinaba
en la casa. Parecia que todos dormian: él tan solo velaba, sin
duda; y saliendo al corredor, donde le causaba algun alivio
268
—Déjelo Vd.—esclamó ella con mucha viveza, tirándole
del brazo para impedirle que recogiera el manuscrito y avi
vando despues el paso.
—No hay duda— dijo Lázaro para sí.—Esta mujer tiene
mucha fiebre: ya empieza á delirar.
Y entonces la mujer mística andaba tan á prisa que bien
pronto alcanzaron á las dos pécoras. Mas no tardó en mode_
rarse su ímpetu y caminó tan despacio que tardó mucho para
avanzar veinte pasos. Cada vez pesaba mas la teóloga en el
brazo del estudiante: al llegar á la casa la enferma no podia
ya dar un paso, y Lázaro le rodeó con su brazo la cintura pa
ra impedir que cayera. Érale imposible subir porque la dama
se inclinaba á uno y otro lado sin poderse tener. En tanto el
Joven observaba que tenia demudado el semblante, cerrados
los ojos, flojos y caidos los brazos; entonces hizo un esfuerzo
heróico, la cogió en sus brazos y la subió. La cabeza de la en
ferma descansó sobre sus hombros, y Lázaro notó que el con
tacto de su frente le quemaba el cuello.
—Tiene mucha fiebre,— dijo depositándola en el pasillo,
porque Paz no le permitió que llegara á la alcoba. Entrarón-
la en su cuarto las otras dos, bastante alarmadas con tan re
pentina desazon; pero pronto volvieron mas tranquilas y se
fueron al comedor á cenar un salpicon que habian dejado
preparado.
Reinaba en la casa el mayor silencio. Lázaro subió la esca
lera interior para irse á su cuarto; y al subir no pudo menos
de detenerse, porque sintió una voz que le heria el corazon.
Era la voz de Clara que preguntaba ó contestaba no sabemos
qué cosa á la devota. El jóven apresuró el paso para huir
-de aquella voz que no queria oir mas.
CAPITULO XXX.
Vírgo fídolís.

El jóven no encontró arriba á su tio. Estaba el pobre su


mamente impresionado por el incidente ocurrido, y no cabia
en sí de cólera, de amargura, de sobresalto. Imposible le era
tranquilizarse, tanto mas cuanto que tenia siempre ante la
imaginacion la figura de Clara, de rodillas, con los ojos llenos
de lágrimas y los brazos cruzados. Dábale compasion y des-
pues ira, sucediéndose tan atropelladamente estos dos senti
mientos, que creyó sentir como una ebullicion en el pecho y
un vértigo en la cabeza. A los arrebatos del encono, sucedia
el abatimiento del desengaño, ignorando al mismo tiempo si
amaba aun á aquella infeliz ó si la despreciaba. En estos mo
mentos de la vida es imposible reflexionar: así se esplican las
soluciones atropelladas que suelen tener asuntos, como el
que á Lázaro ocupaba en aquel momento. La imaginacion es
entonces dueña y tirana del individuo y como tal no perdo
na medio alguno para aumentar su pena. El estudiante vió
pasar delante de sí los bellos dias trascurridos en la calma
amorosa de la aldea, los vió con todo su brillante cortejo de
esperanzas y de tranquilos goces.
Pasaron las horas: la noche avanzó y él continuaba en la
agitacion. No pensaba acostarse, ni sentia sueño, ni necesi
dad de reposo; antes al contrario los impulsos de su naturale
za eran hácia la zozobra, la inquietud, el movimiento. Un si-
lenciD profundo, no interrumpido por ruido alguno, reinaba
en la casa. Parecia que todos dormian: él tan solo velaba, sin
duda; y saliendo al corredor, donde le causaba algun alivio
272
—¿Y qué miseria hay mayor que la mia?
—Es Vd. demasiado buena. Todo el mundo sabe muy bien
que Vd. es una santa, una verdadera santa.
— ¿Quiere Vd. que le haga una confesion?—dijo Paula mi
rándole como se mira á un confesor. —Pues yo tambien lo
creí; yo tambien creí que era una santa, pero ya no lo creo.
—¡Ahl^esclamó Lázaro;—yo no necesito que nadie me
diga lo que Vd. es para saberlo. Yo mismo lo he comprendi
do. Cuando una criatura tan perfecta ha descendido hasta
mí para defenderme y disculpar mis faltas, es indudable que
no es como los demas. Yo me veia acosado por todas partes;
me trataban todos aquí con acritud ó menosprecio. Vd. sola
alzó la voz, y la ha alzado varias veces despues en favor mio
para decir que no era yo tan malo como creian. ¿Cree usted
que yo he olvidado, que podia olvidar eso? No, señora. Yo
seré todo lo que quieran, pero no soy ingrato. Yo tendré
siempre grabadas en mi memoria las palabras que Vd. ha
pronunciado en defensa mia. Vd. es una santa: yo lo diré á
todo el mundo.
—¡Oh!— dijo la devota con la misma plañidera*voz;— nun
ca creí que fuera Vd. tan malo como decian. En la cara co
nozco yo esas cosas. No me equivoco nunca, y casi estoy se
gura de que le han calumniado, de que quieren agobiarle y
confundirle con acusaciones impertinentes.
—¿Eso pensó Vd. de mí?— dijo Lázaro conmovido.
—Sí: segura estoy,—contestó ella,—de que su corazon es
bueno y recto; que si alguna falta ha cometido, fué por lije-
reza y falta de prevision. Creo tambien que no le aman á us
ted como se merece.
—Señora, ¿qué ha dicho Vd.?— esclamó el estudiante viva
mente. —Eso me parte el corazon; porque es una verdad en
que estaba yo pensando ahora.
— Sí; no le aman á Vd. como merece,—repitió Paulita.—
Su tio es demasiado duro.
Un observador despreocupado hubiera advertido que la
santa se acercó unas pulgadas mas á Lázaro, el cual, impre
273
sionado por la verdad que oyó de boca de aquel oráculo, es»
tuvo á punto de abrazarla, y lo hubiera hecho á no impedír
selo el respeto que la gerarquía y decoro evangélico de la teó
loga le infundian.
—Su tio de Vd., el Sr. D. Elías—continuó la mujer místi
ca—observo que trata á su sobrino con demasiado rigor.
—Y otros tambien,—dijo Lázaro volviendo el rostro.
—¿Y cómo quieren que sea buena una persona que no es
amada?—dijo con admirable misticismo la dama. —Cuando
un sér recibe ingratitudes y desprecios, sus sentimientos se
agrian, se esteriliza la fuente del bien y del amor que hay en
todo pecho humano. Cuando un sér no es amado, ha de ser
malo por precision.
—¡Qué discrecion, qué discrecion! señora,—esclamó el jó.
ven con entusiasmo. —Ya fué Vd. mi consuelo otras veces.
La consideraba á Vd. santa, pero ahora veo que su sabiduría
iguala á su virtud, y á su lado me encuentro Un pequeño que
me da vergüenza.
— Sí; una persona á quien se trata con tanta dureza no
puede ser buena—dijo Paula. —El amor hace prodigios; hace
de los hombres incultos y malos, hombres mansos y buenos;
hace de los melancólicos y descreidos, séres felices, creyentes
y cariñosos.
—¡Qué ciencia la de Vd.'—esclamó Lázaro;—esa es la cien,
cia que solo posee la santidad. Dichosa quien puede ver las
miserias de la tierra desde tan grande altura, y puede juzgar
serenamente de todo. Vd. sí que conoce el mundo.
—No, Lázaro; yo no sé lo que es el mundo.
—¡Oh! Entonces es Vd. mas feliz todavía.
—Yo,—dijo la mujer perfecta despues de una pausa en que
miró al cielo fíjamente como quien lee alguna cosa—yo pasé
mi niñez en la austera casa de mis tios, recibiendo de perso
nas devotas la mas ejemplar educacion. Desde que tuve
uso de razon aprendí á orar: mis primeras palabras fue
ron el rezo. Los primeros años de mi vida pasaron en un
convento, donde me ví rodeada de madres santas y cariñosas
18
274
q~ue me enseñaron el camino de la perfeccion. Mi juven
tud fué pasando de este modo en ocupaciones devotas. Hace
quince años que estoy rezando sin cesar y casi sin notarlo.
He vivido en Dios desde la cuna: no sé lo que soy, no sé si
he vivido.
— ¡Dios mio! ¡Qué ángel es Vd.! -dijo Lázaro,—¡qué per
feccion! Yo la admiro á Vd. y la venero, señora.
—No soy digna de veneracion, sino de lástima —contestó
con mucha amargura.
Y dió un suspiro profundísimo que *parecia sacar al es
pacio los misterios encerrados en el tanda sanctorum de su
pecho.
—¡Digna de lástima! - dijo el aragonés sorprendido.—Pues
¿qué puede Vd . apetecer? ¿Qué la preocupa? Algun escrúpulo
de conciencia, el deseo de mayor perfeccion . Yo sí que soy
desgraciado; yo, señora, no debiera estar en el mundo.
—Pero, ¿qué tiene Vd ?—dijo ella con mucho interés. — Dí
gamelo Vd. todo. ¿No dice Vd. que le he consolado otras ve
ces? Ahora le consolaré, si me descubre una nueva desven
tura. Cuénteme Vd.
—Mis desdichas no son para contadas. Además Vd. es de
masiado buena para oirlas. Se horrorizará Vd. y se turbaria
la paz serena de su espíritu.
—¡Oh! no; cuénteme Vd. Tal vez alguna falta muy grave.
No importa; cuéntemela Vd., que yo se la perdono antes de
saberla.
—Falta mia no es.
—¿Falta de otro? ¿á ver?—dijo la mística con ansiosa curio
sidad?
—Deje Vd. para mí todas esas amarguras, señora. Eso es
para mí; es un triste patrimonio, de que solo puede disfrutar
mi corazon, hecho para eso.
—iQué es, Lázaro?... ¡Ah! Todo lo comprendo: su tio de us
ted es muy cruel. No le ama á Vd. Mas no hay que apurarse
por eso, amigo mio... No todos le trabarán á Vd. con el mismo
rigor. Alguien le amará.
275
—No; no me importa,-—dijo Lázaro, cuyas penas se recru
decieron en aquel momento;—no me importa que me traten
con desden, que me aborrezcan todos, que me detesten. Yo
no he nacido para otra cosa.
—Está Vd. muy agitado. ¿Y delante de mí se desespera
usted de ese modo?—dijo la devota con suave acento de re
prension.
—Perdóneme Vd., señora; no sé lo que digo. Vd. es dema
siado buena y no comprende estas cosas. Vd. no conoce el
mundo. Vd. no conoce cuánta iniquidad, cuánta perfidia,
cuánto desengaño, cuánto cinismo hay en él. Vd. no conoce
mas que lo bueno, no conoce mas que á Dios.
—Esa desesperacion que Vd. manifiesta, Lázaro, no es
buena. Eso le llevará á Vd. al infortunio y á la muerte.
— Quiere Vd. con su inmensa bondad aplicarme á mí los
consuelos de la religion: eso no es para mí, no lo merezco.
—Vd. lo merece todo—dijo la devota, - consuelo, amistad,
amor. Yo sé que lo merece, y por lo tanto lo tendrá. No
han de estar sentimientos como los de Vd. olvidados tanto
tiempo.
—¡Bendita sea Vd. mil veces! Pero se equivoca, eso no es
para mí.
—Vd . merece amor y todo lo que el corazon puede dar.
Vd. se llama desventurado, y su agitacion Lázaro, no tiene
fundamento alguno. Hay males peores, males que nacen de
repente en el corazon y crecen con tanta rapidez que no dan
esperanza de remedio. Toeio lo que á la persona rodea enton
ces, todo lo que está dentro y fuera de sí, se vuelve en su
daño. La vida es un peso insoportable, le molesta lo presen
te, le da hastío lo pasado y terror lo porvenir. Vive: ni re
cuerda nada, ni espera nada.
La devota hablaba con voz muy baja y con grave y tris
tísimo son. La noche habia oscurecido, y los ojos de Paulita,
que siempre en momentos dados habian tenido un brillo es.
traordinario, resplandecian aquella noche como dos ascuas
fosforescentes, cuya luz hacian mas penetrante y siniestra la
276
oscuridad de sus párpados, ennegrecidos por el insomnio, la
fiebre y la escitacion moral de que estaba poseida .
—Ay de aquellos que no se han conocido, que se han en
gañado á sí mismos y han dejado torcerse á la naturaleza y
falsificarse el carácter sin reparar en ello! Esos, cuando, lo
callado hable, cuando lo oculto salga, cuando lo disfrazado
se descubra, serán víctimas de los mas espantosos sufrimien.
tos. Se sentirán nacer de nuevo en edad avanzada, notarán
que han vivido muchos años sin sentido; notarán que el nue
vo sér originado por una tardía trasformacion se desarrolla
intolerante, orgulloso, pidiendo todo lo que le pertenece, lo
que es suyo, lo que una vida ficticia y engañosa no le ha sa
bido dar, pidiendo sentimientos que el viejo sér, el sér iner
te, indiferente y frio no ha conocido. ¿Qné luchas tan terri
bles resultan de este despertar tardío! ¡Oh, esto es espantoso!
Tenemos datos para creer que la devota no dijo esto con
las mismas palabras empleadas en nuestro escrito. Pero si el
lector lo encuentra inverosímil, si no le parece propio de la
boca en que le hemos puesto, considérelo dicho por el autor,
que es lo mismo. Ella dijo algo parecido á esto, siendo ej
mismo el pensamiento, aunque distintas las frases.
Indudablemente estas confesiones de la devota son, como
habrá el lector comprendido, bastante oscuras, y no dan to
davía ninguna luz acerca de la crísis que indudablemente
agitaba aquel purísimo y perfecto espíritu. Lo cierto es que-
unagran trasformacion se verificaba en su carácter. Lázaro,
la verdad sea dicha, no entendió muy bien las solemnes y
como sibilíticas palabras que oyó de los trém ulos labios de
la santa; y él atribuyó la oscuridad de aquella esplicacion á
la influencia de las lecturas místicas en la manera de espre
sarse aquella señora y á lós hábitos de un estilo mas discreto
que claro, como acontece generalmente en las personas ab-
' sorbidas por la contemplacion. Así es que se limitó á con
testar:
— ¡Sí, señora, es espantoso.
—¡Qué terrible es el amor en sus exigencias!—dijo la san-
277
ta—sobre todo cuando se cree ofendido, cuando pide^el pago
de una gran deuda que con él se ha contraido, cuando no
transige ni espera, sino que se presenta exigiéndolo todo de
una vez. .
—¡Sí, qué terrible es esto!— contestó Lázaro. —Feliz us-
-ted que no lo conoce mas que de oidas!
—¿De oidas?—dijo ella.—Sí -añadió despues de una breve
pausa—he oido lo que dicen los amantes; pero la mayor parte
de ellos encuentran en los accidentes del mundo mil medios
para poder conservar la !vida en la lucha terrible. Solo al
gunos, segun dicen, por circunstancias especiales de carác
ter y posicion, tienen el triste privibgio de morir irremisi
blemente sin victoria y sin defensa.
—¡Oh! ¡Cómo lee en mi corazon!— dijo el estudiante muy
conmovido, y sin comprender la profundidad psicológica de
aquellas palabras, ni su aplicacion y significado en aquel mo
mento.
—Vd. no comprende esas cosas, Lázaro.
—¿Que no?—dijo este.—¿Que no? Desgraciadamente las
comprendo. Para Vd. sí, para ¡Vd., que es una criatura per"
fecta, una escogida de Dios, están veladas estas dolorosas
miserias. Vd. no vé estos horrores ¡Dichosa ceguera la de
aquellos, cuyos ojos cerró Dios al venir al mundo!
—Es verdad... no lo sé...— dijo Paula con una ironía tan
marcada que fué preciso toda la preocupacion y estravío de
Lázaro para no notarlo. —Jío lo sé: no entiendo de eso. Soy
una tonta devota.
Estas liltimas palabras, dichas con cierto despecho, fueron
bastantes á fijar la atencion del interlocutor. Este no con
testó ni preguntó mas sobre el asunto que trataban, acercóse
á la dama, que se habia apartado de él retrocediendo, y notó
que lloraba. ¡Oh confusion de confusiones!
—Pero ¿qué tiene Vd., señora? le dijo.
—Nada, nada, nada;—contestó con una graduacion des
cendente. El último nada solo lo oyeron los labios con que
ué pronunciado.
278
—¡Vd. está enferma y ha salido Vd. de su cuarto á esta
hora! Eso no es bueno, señora. Se va Vd. á poner peor.
—Es verdad, estoy enferma,— dijo ella acercándose.—¡en
ferma para siempre!
— ¡Enferma para siempre! Vd. padece, y es sin duda por
efecto de su escesiva devocion. Vd. aspira al cielo; ¿á qué
otra cosa podia aspirar un alma tan bella?
—Sí, - dijo Paula con voz estraordinariamente triste; - no
quiero mas que reposar en paz.
—¡Qué bella es la muerte !-í-dij o Lázaro patéticamente;—
solo ella nos puede consolar. Por mi parte, señora, le digo á
usted francamente que quisiera morirme en estos momentos.
—¡Morir!— esclamó la devota con un repentino arrebato
de interés, y acercándose mas, mucho mas al jóven.—¡Morir,
no ! Vd. debe vivir. Quién sabe lo que Dios le tiene á usted
reservado en el mundo.
- ¡A mí?
— Sí: tal vez dias de felicidad al lado de personas que le
amen. ¡Oh! ¡Cuántos seres existirán tal vez que se crean feli
ces solo con que Vd. lo sea. Yo sé que los habrá.
—Qué buena es Vd., señora,—repitió Lázaro.— Para mí
no puede haber nada de eso. O no merezco otra cosa ó estoy
maldito de Dios.
— ¡Ay! no diga Vd. tales cosas—esclamó ella juntando las
manos.
—Perdóneme Vd., señora: no sé lo que me digo. A pesar
de todo, Vd. me consuela, y hallo en su presencia no sé qué
grata espansion. No podré nunca olvidar que solo Vd. se
atrevió á defenderme cuando todos me acusaban.
Al decir esto, Lázaro no pudo menos de advertir que la
devota dejó caer pesadamente los brazos y miró al cielo. Su
rostro de color suavemente moreno y sin ningun matiz rojo
en las mejillas, estaba en aquellos momentos pálido y som
breado con mucha intensidad por la proyeccion de sus cabe
llos, cuya magnitud, belleza y negrura no era comparable si
no á la intensidad tenebrosa de sus ojos negros, que después
279
de la trasformacion, habian adquirido una espresion desco
nocida. No sabemos si fué efecto de la casualidad ó si lo hizo
de intento; pero es lo cierto que, contra su costumbre, tenia
simplemente la cabeza cubierta con un pañuelo, y que du
rante el diálogo sus magníficos cabellos, tesoro disimulado
por el misticismo, se desataron y cayeron gradualmente por
la espalda. Nunca habia visto Lázaro una cabellera igual,
parecia en la oscuridad de la noche una toca negra que des
cendia hasta la cintura. Mientras hablaba la santa solia apar
tarse á un lado y otro de la frente las dos ramas principales
de aquel encanto, que nació en aquella noche en el calor de
una confidencia apenas intentada. Lázaro, que observó largo
rato á la dama, notó que lloraba, y que, apartándose de él
lentamente, se apoyó en la pared con muestras de gran pos
tracion y abatimiento.
— Pero Vd. llora,— dijo arrepentido de haber hablado tan
to, y deteniéndola:—Vd. está muy agobiada ¿Por qué no ha
reposado Vd.?
—Yo no puedo reposar, yo no puedo dormir,—dijo a de
vota con una voz mas bronca y grave que de ordinario.
—¿Por qué salió Vd. á estas horas estando así?
—Me ahogaba, y he tenido que salir á respirar el aire.
— Pero Vd. llora. Por Dios, ¿qué tiene Vd.?—esclamó lleno
de confusiones el estudiante.
La enferma no contestó.
— ¿Está Vd. muy enferma, muy enferma?—continuó Lá
zaro.
—Sí,—dijo ella de un modo casi imperceptible.
— ¿Hace mucho?
— Hace poco.
— Señora, retírese Vd., yo se lo suplico. Sus manos pare
cen de fuego, su frente quema.
Lázaro le tomó las manos, y notó en ellas un calor escesi-
vo; se atrevió á ponerle lámano en la frente y creyó tocar
un cuerpo inflamado. Al mismo tiempo la santa temblaba,
como si su cuerpo recibiera la impresion del hielo.
280
—Vd. tiene frio, tiene convulsiones,—dijo;—retírese Vd.
Ella continuaba en la misma actitud; cerró los ojos como
quien siente un pesado sueño, é inclinó la cabeza buscando
un apoyo. Lázaro tuvo miedo, estuvo por llamar, la asió por
un brazo, y dispuesto á hacerla retirar, le dijo:
—Vamos, señora, es muy tarde. Vd. no se encuentra bien
aquí. Vamos, ¿quiere Vd. que se llame a algun médico?
—No, —dijo ella abriendo los ojos y mirándole con cierta
ironía. No: ¿para que" un médico?
—Su salud es muy preciosa, —dijo Lázaro, por cuya cabeza
pasó rápidamente una sospecha. Consérvela Vd. bien; será
siempre mi mayor alegría saber que Vd. está buena y disfru"
tando de la salud necesaria para hacer el bien. No me voy de
aquí sin la seguridad de que queda Vd. enteramente buena.
—¡Marcharse Vd! —esclamó ella con un repentino movi
miento que la animó.
—Sí, marcharme. ,
—¡Vd. se va!— continuó con otro movimiento que tenia
algo de salto y con un siniestro brillo en los ojos.
—Sí; naturalmente.
Aloir esto, la devota, con instantánea fuerza, le asió con su
mano convulsa el brazo, y estrechándole violentamente, dijo:
—No, ¡no se irá Vd!
En el mismo momento en que esto decia, se sintió que
abriian la puerta de la calle. Era Elías que entraba; se le sen
tia subir. Venia alumbrado por una linterna, y como de cos
tumbre hablando solo.
—Retírese Vd.,—dip con viveza la mística.
—¿Y Vd. se queda aquí?
—Retírese Vd. á su cuarto. Que no le vea levantado.
Echese Vd. en la cama. Finja que duerme.
-¿PeroVd?...
—Vamos:.entre Vd. en su cuarto. Que ya llega... Pronto.
Lázaro se retiró, empujado por ella precipitadamente. En
tró corriendo en su cuarto antes que Coletilla llegara, se ten
dió en el lecho, y fingió que dormia. El fanático entró poco
281
despues y se acostó murmurando . Cuando apagó la luz, Lá
zaro se incorporó en su lecho con mucha cautela, y asomán
dose por una ventana que daba al corre.lor, miró hácia afue
ra. Aun estaba allí la mujer aquella con el rostro vuelto há-
-cia la ventana. Lázaro se volvió á acostar, y pasado un cuar
to de hora, en que caviló cuanto puede cavilar cabeza huma
na, se asomó de nuevo, y vió la misma figura blanca, inmó
vil en el mismo sitio y con los dos terribles ojos negros fijos
en la ventana. Aquello le acabó de confundir. Pasó mucho
tiempo mirando cada cinco minutos, y siempre veia la mis
ma figura, hasta que al fin ya no miró mas, porque le daba
miedo.

. CAPITULO XXXI.

La reuníon místeríosa.

Al anochecer del siguiente dia salió Lázaro de su casa.


Habia pasado toda la mañana en averiguar donde vivia
Bozmediano, y en las pocas horas que permaneció en la casa
de las tres nobilísimas damas, oyó decir que doña Paulita es
taba muy mala, y que Clara no estaba buena. Salomé se le
presentó varias veces mas impertinente que de costumbre
para recordarle que la tarde anterior no habia saludado á En-
trambasaguas; y Maria de la Paz Jesús hizo todo lo posible
por encontrar pretestos para reprenderle, lo cual su admira
ble instinto de inquisidora logró repetidas veces.
Lázaro salió, y ya entrada la noche, penetraba en los soli
tarios barrios de la Flor Baja, donde estaba la habitacion de
los Bozmedianos.
Entró en el zaguan, y el portero le echó una de esas mira
284
dos personas embozadas hastalos ojos. Pasó junto á ellas Lá
zaro, fingiendo que seguia su camino y refugiándose tras la
esquina de la calle de las Negras, observó que tocaron, que
les abrieron sin tardanza, y que entraron. Tal vez será casua
lidad, pensó el jóven; pero algo tiene de estraño la reunion
de aquellas personas en el mismo sitio.
No pasaron diez minutos, cuando Lázaro vió aparecer vi
niendo del portillo de San Bernandino á otros tres persona-
Jes, igualmente embozados: observó que se detenian para ver
si les miraban, y por ultimo, despues de tocar, entraron en
la casa.—Ya van ocho, dijo para sí, y aguardó á ver si venia
otra remesa.
Poco despues vino uno solo que desembocó por la calle de
Osuna y marchaba muy aprisa. Detrás de este vinieron dos
que no necesitaron tocar, pues apenas llegaron salieron
de dentro á abrirles, y por último llegaron uno tras otro cin
co mas que entraron sucesivamente y separados.
— Sin duda hay aquí algo, — dijo Lázaro. Han entrado diez
y seis. Es un club secreto, una conspiracion, tal vez una lo
gia de masones. A las once se retiró viendo que hacia una
hora que no entraba nadie; pero se retiró resuelto á volver la
noche siguiente para observar si aquello se repetia. Era evi
dente para él que allí se verificaba una reunion de personas
graves, sin duda con algun fin político. Odiaba de muerte á
Bozmediano, y este sentimiento le llevó á sentar el principio
de que lo que allí se trataba no podia ser cosa buena.
Ketiróse á la calle de Válgame Dios muy pesaroso por no
haber podido tener con Bozmediano la terrible entrevista
que él se habia imaginado.
No es descriptible la ira que de María de la Paz se habia
apoderado con motivo de la tardanza del jóven. Baste decir
para dar una idea de la irascibilidad de la dama á quien los
poetas del tiempo de Cadalso compararon con Juno, que se
levantó, no diremos que en paños menores, pero si menos
pomposamente vestida, cubierta y ataviada que de ordinario
para decir al caballerito que si se figuraba que aquella, casa
285
era suya, y que si tenia propósito de pasar, mientras alli vi-
. viera, la noche en los clubs y en los garitos de Madrid. Aña
dió que estaba cerciorada de que su conducta (la de Lázaro)
no cambiaria nunca, y que era preciso desistir del empeño de
hacer entrar un rayo de luz en su oscura y desorganizada
cabeza. Dijo asimismo que solo á un esceso de su caritativa
bondad (de ella), debia (él) el gran favor de ser admitido en
aquella santa casa, aunque presagiaba que no estaria mucho
tiempo mas en ella á causa de sus maldades y abominables
calaveradas que deshonraba aquella santa casa. Y siempre
con la santa casa. Así se lo dijo, y siempre con voz muy alta.
El jóven le contestó muy quedo:
— Señora, he tenido que hacer...
Pero ella no le dejó concluir, y dando gritos, esclamó.
—No alce Vd. la voz, caballerito; ¿á qué grita Vd. de ese
modo? Está mi sobrina muy mala y viene Vd. á incomodarla.
Si no ha venido aquí mas que para incomodar...
—¿Que está muy mala doña Paulita?—dijo en voz casi im
perceptible el muchacho.
—Sí señor, y Vd. con esas voces no la deja reposar.
—Pero si yo no he alzado la voz...
—Calle Vd., Sr. D. Lázaro, calle Vd. y no me desmienta.
En esta disputa estaban cuando Salomé apareció, no dire
mos que en paños menores, pero si menos recatadamente que
de ordinario y con un desaliño que la avanzada hora discul- 1
paba. La vieja apareció para decir:
—Por Dios, que está Paula con el recargo, y con ese rui
do se va á agravar.
—Este caballerito da unos gritos... esclamó Paz alzando
mucho la voz. - ¿Ves? Ha venido á las doce. ¿Qué te parece,
Salomé? Habrá estado en algun club de gente perdida. Boni
ta alhaja hemos metido en casa! ¿Y dice Vd., caballerito, ¿que
ha tenido que hacer?
— Sí señora; he tenido cierto negocio,—contestó Lázaro un
poco amostazado con las impertinencias de las dos viejas.
— ¡Buenos negocios serán esos!—dijo Salomé.—Pero á ver si
286
baja la voz; que mi prima no puede sufrir esos gritos. Apenas
entró Vd., yo no sé cómo pudo sentirle; lo cierto es que le
sintió entrar, le conoció en los pasos, despertó con mucho
sobresalto, y cuando escuchó su voz, se incorporó en el lecho
con mucha agitacion, manifestando que le molestaba mucho
su voz. Conque,- calle Vd. y procure no hacer ruido con esos
taconazos... Vamos: ya puede Vd. retirarse...
—Señoras, buenas noches,—dijo Lázaro.
Aun no habia dado un paso, cuando Clara apareció muy
alterada, diciendo:
-^-Señoras: vengan Vds. que se quiere salir de la cama-
No la puedo sujetar. En cuanto sintió esta conversacion, se
levantó muy á prisa, diciendo que venia acá.
— ¡Ah! Vamos á ver; - dijo Paz, entrando en la habita
cion.
—Empieza á delirar,— dijo Salomé entrando tambien con
Clara.
Lázaro subió pensando en aquel nuevo misterio de la mu
jer santa.

CAPITULO XXXII.

La Fontanílla.

Su tio no estaba arriba. Aquel dia no habia parecido 'por


la casa. Si hemos de verle nosotros, tenemos que dirigirnos
al naciente club de La, Fontanilla, donde el buen realista
conversaba muy calurosamente con el Doctrino y con el otro
jóven llamado Aldama, de quien ya tenemos noticia. Además
estaba el inolvidable Carrascosa, que, á pesar de que le inte
287
resaba mucho la conversacion de los tres amigos, salia muy
á menudo del cuarto para dar una vuelta, como él decia, á
doña Leoncia.
Indiquemos la variacion que habia ocurrido en aquella
casa. El poeta habia volado. Por fin consiguió el abate |el ob
jeto de sus afanes: la vizcaina se decidió á echar al poeta con
todo su bagaje de Gracos, musas y ninfas clásicas. Pudo mu
cho en la conciencia de la jamona la opinion del vecindario,
que se mostraba cada vez mas esplícito en cuanto á las su
puestas relaciones entre la semidiosa y su cantor. Conjeturas
podrian hacerse sobre la desaparicion del jóven; y hay indi
cios para creer que pocas horas antes de la partida, estuvo la
patrona hablando muy por lo bajo con su huésped.
Ausente el poeta y desocupado el parnasillo, D. Gil trajo
de la calle de las Urosas el baul que contenia sus tres casa
cas, su peluca del tiempo de Esquilache, sus cuatro camisas
con chorrera, su capa y su espadin enmohecido, y se instaló
donde habia estado el autor de Los Gracos. Colgó en la pared
un cuadro de familia que representaba las postrimerías del
hombre en diabólicas y estravagantes alegorías, y allí quedó,
huésped de su adorada. Es fama que su satisfaccion fué gran
de, si bien le contrarió un poco que aquella noche al entrar
en su casa advirtió que su doña Leoncia estaba fuera contra
su costumbre; que llegó muy tarde; que al verle allí se puso
de mal humor, y que se encerró en su cuarto negándose á
toda esplicacion. El dia siguiente disipó esta nube. Creemos
oportuno advertir que la causa de la aficion de D. Gil á la
vizcaina era que él tenia conocimiento, por papeles que tuvo
ocasion de ver mientras fué covachuelista, de un derecho á
ciertas tierras y casas de labor en Oñate, derecho que habia
recaido en aquella doña Leoncia, sin que ella misma lo su
piera. El abate pensaba hacer un buen negocio, ya haciéndo
se por cualquier medio poseedor del derecho, ya pleiteando
por cuenta de ella, con esperanza de sacar un buen bocado.
Su hambre era tanta como su ingenio, razon por la cual ha
bia probabilidad de que saliera adelante con su empresa, De
288 -
jémosle allá dedicado á la árdua tarea de conquistar á la se
midiosa, y asistamos á la sesion de la Fontanilla.
El Doctrino decia á Coletilla:
—Mucho me temo que eso no salga bien: yo cuento con
gente decidida, pero el golpe es demasiado terrible, amigo
D. Elías, y temo que se alborote la opinion pública.
— Si ya la opinion pública se ha presentado contra ellos;
si les señala con execracion— esclamó Elías con mucha vehe
mencia.— Parece que no conoce Vd. al pueblo. ¿No ve usted
cómo está la Fontana, Loreneini, La Cruz de Malta y Los
Gomunerosl ¿No ve Vd. cómo los liberales exaltados truenan
contra los que llaman tibios, es decir, contra los que apoyan
al gobierno y forman la mayoría llamada sensata en las Cór-
tes? Pues bien: el pueblo está furioso contra esos tibios: ya
usted sabe cómo se ha logrado encender esa ira. El pueblo está
pidiendo su destruccion, porque cree que es el mejor] medio-
de conseguir la libertad. Cumplamos la voluntad del pueblo.
Indescriptible es el sarcasmo y la diabólica malicia con que
Coletilla pronunciaba estas palabras. Ya comprenderá el
lector la marcha que llevaban los planes de aquel viejo de
monio del absolutismo. Él caminaba seguro hácia su fin: la
paciencia, la constancia, la reflexion madura, la astuta dis
crecion le guiaban: era hombre hábil y con una facultad por
tentosa para idear y poner en práctica proyectos como el que
le vemos desarrollar ahora.
—Bien:—contestó el Doctrino—yo convengo en que es
preciso hacer eso que Vd. dice, hacer que el pueblo bajo sa
tisfaga su sangriento deseo. Él no sabe lo que quiere ni por
qué lo quiere. Ha adquirido por distintos medios esas ideas,
y es preciso llevarle á su realizacion. Pero me parece que
aun no es tiempo, Sr. D. Elías. Los hombres señalados para
víctimas, conservan aun mucho prestigio. El pueblo no les
quiere, es cierto, porque al pueblo se le ha estraviado y se le
ha engañado; pero tienen apoyo en la clase media, y en una
parte de la aristocracia. Creo que no ha llegado aun el golpe
de mano que Vd. viene preparando.
269
— ¡Qué niño es Vd! —dijo el realista,— ¿qué importa que
esa gente tenga algun prestigio? Y no significa nada el apoyo
de aquella persona tan alta... de aquel que todo lo puede?..
— Del rey, dígalo Vd. de una vez, —esclamó el Doctrino.
—Sí: su mayor deseo es acabar con esa gente. Si él lo de
sea, ¿qué importa que tengan algun prestigio?
—Sí, convengo; pero aun así.
—Ya sabe Vd. cuál es el pensamiento del rey. Ante el pú
blico, ante la Europa, esos hombres son sus amigos, algunos
son sus ministros, otros son sus consejeros de Estado, otros
los diputados que apoyan sus decretos en las Cortes. Aparen
temente el rey les ama; pero en realidad les odia, les detesta.
Por ellos s» entroniza el sistema constitucional; ellos dan
fuerza al liberalismo. Ya veis cómo para acabar con el libera
lismo, hay que acabar con ellos.
Esto lo dijo con una resolucion tan cínica y tan descarada
veracidad, que el mismo Doctrino, que era tan infame, sin
tió cierta repugnancia.
— Pues bien— contestó Coletilla—toda la execracion del
atentado caerá sobre los liberales esaltados, que son los que
lo perpetran; el golpe va á herir directamente al liberalismo.
Se verá que el liberalismo se mata á sí mismo; que los mas
exaltados de sus secuaces devoran á los mas prudentes. /Qué
ha de hacer la patria aterrada en presencia de este horror?
Renegar del liberalismo, facilitar el santo propósito del rey
de restablecer el antiguo sistema. El golpe está muy bien
preparado: una parte de los liberales arde en deseos de ani
quilar á la otra parte. El suicidio del liberalismo es inmi
nente. Favorezcámoslo, impulsémoslo. Tal vez mañana será
tarde: tal vez, si nos detenemos, puede verificarse una re
conciliacion, y entonces...
—Reconciliacion no: eso es imposible—dijo el Doctrino
preocupado.—Los exaltados de la Fontana y de los otros
clubs han llegado ya á un estado de intransigencia tal... Al
pueblo se le ha predicado mucha doctrina de intolerancia y
de esterminio para que se detenga en su aspiracion. No hay
290
remedio: esos que se oponen en las Cortes y en los clubs á
las exageraciones de la libertad van á ser atropellados por
ella. No es posible reconciliacion: por lo mismo creo que
debe y puede esperarse un poco á ver si esos hombres pier
den de una vez la poca popularidad que les queda.
—Estas cosas se han de hacer con decision, sino no se ha
cen,—dijo Elías.— Veo que Vd. no ha nacido para los golpes
de circunstancias. Yo creo que esta semana debe tener lugar
el desenlace de mi plan, y lo tendrá, aunque Vd. no quiera
ayudarme.
—Ayudarle á Vd., eso sí. Hemos hecho un pacto; Vd. es
el que ha de mandar. Aunque disintamos en un punto, no
por eso nos separaremos. Yo obedezco, y la responsabilidad
del éxito cae sobre mí. Pero en la desgracia, Vd. no me ha
de abandonar; así lo hemos pactado .
— Eso no: respecto á lo que he dicho á Vd. no hay que in
sistir. Tendrá lo que desea, mas aun.
—Pues no espero mas que las órdenes de Vd.
—Es indudable—dijo Elías despues de una pausa—que
ellos se han propuesto marchar de acuerdo y destruir las pe
queñas diferencias que entre ellos habia. Martinez de la Rosa
y Toreno se dan la mano con el ministro Feliú y con el
mismo Arguelles.
— ¿Y qué?
—Que eso es lo que conviene á nuestro plan.
— Escepto Arguelles, todos son muy odiados del pueblo; y
no creo que exista hombre alguno á quien mas aborrezcan los
exaltados que el ministro Feliú.
—Pues bien,—dijo Coletilla,—yo estoy seguro, segurísimo
de que esos que he nombrado, y ademas Valdés, Alava, Gar
cía Herreros, el poeta Quintana, el consejero de Estado Boz-
mediano y otros, se reunen no sé si de dia ó de noche con to
dos los ministros y algunos generales. Sin duda tienen algun
proyecto entre manos, algun complot, quién sabe si contra
el rey.
— ¿Y no sabe Vd. dónde se reunen?
291
— No lo sé; estoy rabiando por averiguarlo. Figúrese us
ted qué ocasion. Precisamente son los que... Le diré á usted
cómo he sabido que esos pájaros se reunen algunas noches,
no sé si todas las noches. Hace algunos dias que estaba Fe-
liú en el cuarto del rey. No habia consejo; estaba el conde
de T. contando chascarrillos. El rey se reia mucho, y el mi
nistro tambien para que no le acusaran de irreverente. Des
pues S. M. dijo que queria ver el decreto de beneficencia que
Feliú tenia preparado, porque estaba delante el obispo de
Leon y el rey queria mostrárselo. Sacó del bolsillo S. E. el
manuscrito, y al mismo tiempo se le cayó un papel muy pe
queño, sobre el cual S. M., que es mas ladino que Merlin,
puso inmediatamente el pié. El ministro notó la caida del
papel, pero no se dió por entendido. Leyó su decreto, dijo el
prelado que no le gustaba, y el rey que estaba complacidísi
mo. Grande era su curiosidad por saber si aquel papel decia
algo interesante, y apresuró la despedida del ministro. Que
dóse solo, y me llamó: juntos leimos el papel que decia:
nA las diez; van por ftn Arguelles y Galatrava. No falte
usted, n
Esto nos aumentó la curiosidad. Mandamos á las diez á
una persona que fuera á espiar la salida del ministro de su
,casa para observar donde iba. Pero Feliú no salió; tampoco
salieron de las suyas Arguelles ni Calatrava; y fué que el
maldito, como notó que el rey habia puesto el pié sobre el
papel, quiso desorientarle y no fué á la cita, avisando á tiem
po á Arguelles y á Calatrava para que no fueran tampoco.
—lY despues no ha tratado Vd. de averiguar?
—Sí; á la noche siguiente fué una persona á casa de Feliú
á preguntar por él y le dijeron que no estaba. Quedóse por
aquellos alrededores; pero no le vió entrar ni salir en toda la
noche. Yo sospechaba que Toreno, Martinez de la Rosa, Val
dés, Alava y Bozmediano entraban en aquel cotarro y des
,pues de las diez mandé á sus casas personas que preguntaran
por ellos con cualquier pretesto: ninguno estaba. He sabido
que Quintana, que va al Príncipe con frecuencia, ha salido
292
antes de las diez; he sabido que Bozinediano y su hijo, que
asistian á la tertulia del marqués de las Amarillas, se mar
chaban á eso de las diez los tres juntos. Esto se ha repetido
varias noches.
—¿Y no se les sigue para saber dónde van?
—Sí; y se ha observado que cada uno entra en su casa: es
to lo hacen para desorientar al que los sigue. Algunas noches
se les ha visto dirigirse á otros sitios, pero nunca se ha nota
do que todos vayan á uno mismo. Pero ya lo averiguaremos,
descuide Vd.
—Pues si esa reunion es cierta, —dijo el Doctrino— es un
complot sin duda, ¡qué ocasion!
—¡Y queria Vd. dejarla pasar! Es preciso que esa gente
aparezca á los ojos del pueblo como urdiendo un plan de gol
pe de Estado contra la Constitucion. El pueblo es fácil de
engañar.
—El pueblo creerá eso y todo lo que sea preciso—dijo el
Doctrino sonriendo.
—Vamos, ¿y qué ha hecho Vd. esta mañana? —preguntó
Coletilla. ¿Ha hablado Vd. á los de Lorencinü
—Estamos de acuerdo.
—¿Y los Comuneros se deciden á marchar con Vds.'j
—Ya vió Vd. lo que dijo el otro dia el jefe de los exalta
dos allí. Estamos convenidos.
—Bien,— dijo Elías.
— Grandes turbas de gente obedecen ciegamente nuestro
mandato. Eso bueno tienen las ideas exaltadas: que es muy
fácil llevar al terreno de los hechos, incitándoles con ellas.
El pueblo se deja llevar, y le gusta que le lleven.
—¡Bendita la nacion—dijo Elias con una mirada igual á la
del demonio cuando tentó á Jesús;—bendita la nacion que
tiene un pueblo tan impresionable y dócil! porque, si bien
puede estraviarse, puede servir de instrumento tambien para
volver al buen camino, y luego con un sistema de represion
el pueblo no volverá á ser impresionado por nadie.
Apenas habia pronunciado Coletilla estos terribles aforis
293
nios, cuando se sintió ruido en la escalera. Eran algunos jó
venes sócios del club naciente.
—Escóndase Vd. ahí—dijo el Doctrino á Coletilla.—Estos
no le han de ver.
Escondióse el realista en una alcoba inmediata, y entra"
ron Alfonso Nuñez, Cabauillas y otro que hasta hoy no co"
nocemos, y era Juan Pinilla, gran orador de los Comuneros,
apóstol de las ideas mas disolventes y estravagantes. Estabn
ya en autos con el Doctrino; ambos servian á Coletilla, me
diante respetables sumas y la promesa, solemnemente asegu
rada, de un destino en las intendencias de Cuba ó Filipinas.
Otros muchos entraban en el infame complot, y entre ellos
una gran parte sin interés, guiados solo por patriotismo mal
entendido, por la ignorancia ó la ambicion. Estos eran los
mas desdichados.
—¿Qué hay?— dijo Nuñez.—¿Te has convencido ya de que
esto no puede retardarse? Mañana será tarde. He tenido oca
sion de ver cómo están los ánimos perfectamente preparados
para nuestro objeto. Los ministros, los diputados de la frac
cion sensata son detestados: una tempestad ruge sobre sus
cabezas. Hay que hacerla estallar. Salvamos la libertad,
¿sí ó nó?
—La salvamos—dijo el Doctrino. —Cuando contamos nues
tras filas y vemos que la mayoría de España está con nos
otros, ¿no hemos de tener confianza?
—Eso mismo digo yo—esclamó Aldama, que en presencia
de Coletilla no hablaba nunca; pero recobraba, cuando él no
estaba, el uso de su muletilla acostumbrada.
— ¿No ha venido Lázaro? -preguntó el Doctrino á Alfonso.
—No estaba en su casa. Tal vez venga mas tarde.
Esta noche vendrá 'Jorge Bessieres, el gran republicano
francés—dijo Juan Pinilla, comunero y republicano.
Era Pinilla un hombre de gran talla, casi tan corpulento
como el barbero Calleja; pero de mas claridad en la mollera.
Abogado sin pleitos, mas por la violencia é informalidad de
u carácter, que por falta de talento: era gran terrorista, y su
294
mayor afan era desempeñar el papel de acusador, el dia
en que la junta de salud pública decretara el esterminio
de una gran porcion de ciudadanos, empezando por el rey.
Fernando estaba ya sentenciado en los papeles de Pinilla,
con otros menos dignos que él de la guillotina. Poco des
pues de este furibundo demagogo, otro personaje entró en
escena.
—¿Quién será?— dijo el Doctrino sintiendo los pasos.
—Apuesto á que es el mismo Lobo en persona.
Un hombre alto, flaco y vestido de negro entró en la ha
bitacion. Era D. Julian Lobo, célebre republicano que des
pues fué faccioso y uno de los mas sanguinarios chacales del
absolutismo. No es fácil decir si en la época en que lo pre
sentamos era verdadero demagogo ó simplemente un abso
lutista disfrazado, como otros muchos. Lo cierto es que hacia
alarde de las mas exageradas opiniones, y sus discursos, pro
nunciados en Lorencini, eran elocuentes y fanáticos. Cons
piró mucho con los liberales exaltados contra el gobierno
Feliú y despues contra el gobierno de Martinez de la Rosa.
Hay quien asegura que tomó parte en las primeras facciones
con Misas y el Trapense: lo que sí es indudables que al fin
de los tres años constitucionales se presentó descaradamente
con una partida en Moncayo, y allí hizo estragos. Entroniza
do de nuevo el absolutismo, sé ordenó de mayores (ya lo era
de menores antes de 1821) obtuvo el arcedianato de Ciudad-
Rodrigo con asiento en el coro de Salamanca, y lo disfrutó
muchos años.
—Señores—dijo con mucha solemnidad—albricias, la Fon
tana es nuestra.
—¿Qué hay? Cuente Vd.—dijeron todos con gran interés.
—Que nos han dejado libre el campo. Los últimos que
quedaban del partido tibio se han marchado, viendo que la
opinion se va tras nosotros. Anoche les han dado una silba
horrible. Han acordado marcharse todos, y el amo del café,
Grippini, ha venido á decirme que si queremos continuar
nosotros las sesiones...
295
—¿Pues no hemos de" continuar?. Esta noche misma—dijo
Alfonso con entusiasmo.
—Bien por la Fontana. La Fontana es nuestra—gritó el
Doctrino.
—Lo mismo ha pasado en Lorencini, Se han marchado
esos señores con su orden y su cordura.
—El campo es nuestro. Convocar á la gente para esta
noche.
— ¡Todo el mundo á la Fontana!
—A la Fontana, á las diez.
En la sesion preparatoria de la Fontanüla no ocurrió nada
de notable. Los principales cabecillas del complot se dieron
cita para una conferencia secreta que tendria lugar aquella
noche en el salón interior de la Fontana, á las nueve, y se
despidieron para retirarse, quedando allí Aldama y el Doc
trino. Cuando se vieron solos llamaron á Elías, que apareció
con una cara de júbilo, que en aquel hombre era una cara
mas diabólica y repulsiva que de ordinario.
— ¿Qué le parece á Vd.? —dijo el Doctrino.
— Bien, bien.
—Vamos á echar un trago —añadió el jóven tomando de
manos de Aldama una botella, que este habia sacado no sa
bemos de donde al desaparecer los compañeros.
—Yo no bebo, no— dijo Elías, tomando la botella y echan
do vino en el vaso de los otros dos. —Yo no bebo.
—Esta noche en la Fontana. ¿Va Vd.?
—Sí, iré... -pues no? respondió Coletilla con mucha ironía.
—Yo tambien soy liberal.
CAPTULO XXXIIl.

Las harpias se ponen trístes.

Mucho le asombró á Lázaro lo que pasó en la casa de la


calle de Belen el dia despues de su escursion á la plazuela de
Afligidos, que fué el dia mismo de la sesion que hemos refe
rido. Serian las dos de la tarde cuando entró su tio: las dos
harpías se abalanzaron hácia él, y con la hiel propia de sus
caractéres emponzoñados le dijeron, disputándose á cual ha
blaba primero:
—¡ Ah, señor D. Elías; no sabe Vd. lo incomodadas que nos
tiene este caballerito! ¿No sabe Vd. á qué hora entró anoche?
Lo creerá. Vd. ¡A las doce!... ¡Qué escándalo! ¡En una casa
como esta, en una casa de paz, de decoro, de virtudes. A las
doce entró este caballerito que sin duda pasó la noche en al
guno de esos clubes, como dicen, alborotando y aprendiendo
todas esas heregías que andan ahora por ahí. ¿Qué le parece á
usted? ¿Pero no se irrita Vd., señor D. Elías? Y lo peor es
que entró haciendo un ruido con esos taconazos... y dando
unas voces... Porque como está Paulita tan mala, es el caso
que se alteró con el ruido y quiso salirse de la cama. ¡Ay qué
hombre! Crea Vd. que ya nos tiene consumidas su sobrinito,
Sr. D. Elías; y es preciso que tome Vd. una determinacion,
porque esta casa... ya ve Vd... esta casa...
Todo lo dijo casi en su totalidad Paz, aunque á Salomé
pertenecieron algunas palabras. Pero viendo las dos que la
filípica no hacia efecto ninguno en Coletilla (y esto era lo que
asombraba á Lázaro) tomó la palabra Salomé sola, para
decir:
297
—iY no sabe Vd., que este... jóven es de lo mas mal edu
cado que he visto? Pues el otro dia estuvimos en casa de don
Silvestre Entrambasaguas, y se portó tan groseramente que
nos dió vergüenza de ir en su compañía. Luego por la calle
andaba con unas carreras... en fin, estamos consumidas con
este jóven. Si Vd. no se decide á sacarlo de los clubes...
(Advertiremos para que el lector no estrañe la singulari
dad de esta plural, que la dama para esplicarla aseguraba
que no decia clubs por lo mismo que no decia candils ni fu'
sils, en lo cual no andaba del todo descaminada.)
Lázaro sintió impulsos de agarrar por el moflo á uno y otro
basilisco, y dar allí un ejemplo del vejámen que podia sufrir
la aristocracia histórica en la ilustre familia de los Porreños;
pero su indignacion se calmó al observar que su tio, lejos de
escuchar con ira aquellas acusaciones, se sonrió, y pasándole
la mano por el hombro, casi cariñosamente, si es permitido
usar esta palabra, dijo:
—No se incomoden Vds. por tan poca cosa. Si llegó tarde
fué sin duda porque tuvo alguna ocupacion: eso no tiene
nada de particular. Lázaro se porta bien; yo se lo aseguro á
ustedes.
— ¡Jesús, Sr. D. Elías,—esclamó Salomé como si oyera una
obscenidad. — ¡Jesús Sr. D. Elías; yo esperaba de Vd. algun
miramiento para con nosotras.
—Pero señoras,—dijo el realista,— digo tan solo que si mi
sobrino llegó tarde, fué porque tuvo algo que hacer.
—No esperaba yo de Vd. semejantes palabras, —dijo Pazi
poniendo los ojos, la boca y la nariz en la misma disposicion
compungida que si fuera á llorar.
—No sé en que podemos nosotras haber faltado—esclamó
Salomé, poniéndose verde y haciendo tambien un gran es
fuerzo para hacer creer que si no lloraba era por no faltar á
las conveniencias sociales.—No sé en qué podemos nosotras
haber faltado para que Vd. nos diga eso.
—Como está una en desgracia...—dijo Paz, bajando la cara
para que se creyera que devoraba una humillacion.
298
—Pero, señoras—dijo Coletilla con mucha seriedad. —
Yo no he agraviado á Vds. ; he disculpado á mi sobrino sola
mente...
— Como está una en desgracia...—añadió la dama conti
nuando la queja interrumpida,—ya no se nos guardan ciertas
consideraciones y se nos desmiente, cuando afirmamos una
cosa.
—¡Yo, señoras mias! —dijo Elías.
—En otro tiempo, - dijo Salomé, respirando fuerte y acu
mulando en la mirada todo el desden de su carácter,— en
otro tiempo no pasaba así. Cada persona se mantenia en su
lugar, y el que estaba obligado á acatarnos, no llegaba nunca
hasta nosotros, sino con el mayor respeto y cortesía. Hoy
todo ha cambiado.
—¡Hoy todo ha cambiado! ¡Cómo ha de ser!—esclamó Paz,
que despues de incalculables esfuerzos, consiguió su objeto»
el cual consistia en que una lagrimita rodara por sus mejillas
atomatadas.
—Adios, Sr. D. Elías— dijo Salomé, hecha un veneno,
porque el realista no se arrodilló á sus plantas, como espe
raba.
—Adios, Sr. D. Elías,—añadió Paz, viendo que su lagrimi
ta no ablandaba el duro corazon del antiguo mayordomo.
—Pero vengan Vds. acá, señoras, — dijo Coletilla.
Las dos volvieron rápidamente.
—Yo estoy confuso; no sé por qué toman Vds. ese tono.
No sé en qué puedo haberlas ofendido. ¿Qué he dicho?
—Ha dicho Vd. lo que no quiero recordar— esclamó Paz
limpiándose la consabida.
—Ha dicho Vd. que su sobrino se enmendará. ¡ Oh! no
puedo creer que Vd...— esclamó Salomé.
-Adios, Sr. D. Elías.
—Adios, Sr. D. Elías.
Se fueron. El fanático volvió pronto de su estupor, y des
pues, dando poca importancia á aquel asunto se dirigió á su
sobrino y dijo:
299
—Vamos, Lázaro: esta noche se reunen tus amigos en la
Fontana. Hay gran sesion: no faltes. Yo no me opongo á
que cada cual manifieste sus opiniones: tú tienes las tuyas;
yo las respeto. Sé que t¡enes talento y quiero que te conoz
can. Vé á la Fontana, vé esta noche.
Lázaro se quedó absorto, y apenas creia que le dijera
aquello el hombre intransigente que tantas recriminaciones
le habia hecho por sus ideas liberales; pero como se habia
acostumbrado á las cosas raras ó inverosímiles, no se preocu
pó mucho.
Llegó la hora de comer, y la santa ceremonia del pan de
cada dia fué tan silenciosa, que aquella casa parecia de due
lo. Baste decir que á Salomé se le olvidó pasarle los garban
zos á Lázaro; y que éste por no dar lugar í un nuevo conflic
to, ni los pidió, ni los tomó. Tampoco en la racion del rea
lista estuvo muy pródiga doña Paz; pues se le olvidé poner
le carne, en lo cual, aquel grande hombre, que solo vivia de
espíritu, no hizo alto. La otra vieja hizo cuanto en sér huma
no cabe para hacer creer que no tenia apetito; pero de todos
los medios que se conocen para probar tal cosa, dejó de em
plear el mejor, que es no comer. A tanto no llegaron sus es
fuerzos. Paz dió algunos suspiros entre bocado y bocado. El
único suceso importante que turbó la calma de aquella comi
da melancólica y callada fué una ligera disputa, suscitada
entre las dos harpías, porque Salomé decia que el estofado se
quemó por culpa de Paz, y esta aseguraba lo contrario. Al
concluir, Elías dió tregua á sus meditaciones para preguntar.
—Pero, ¿no está mejor doña Paulita? ¡Bah! supongo que
no será nada.
Salomé se apresuró á llevar á la boca una uva, que tenia
entre sus delicados dedos, para poder decir:
—¿Que no será nada? Crea Vd. que está bastante grave.
Al decir esto, los movimientos de la delgada piel y los
huesos angulosos de su gaznate indicaron que la uva habia
pasado.
—¿Pero es cosa de gravedad?— dijo Elías.
300
—¿Qué, tanto le interesa á Vd.?—preguntó eon mucha pro
sopopeya María de la Paz, que sentia renacer en sí todas las
fuerzas de su antigua habilidosa elocuencia de salon .
—¿Pues no me ha de interesar?—dijo Elías, que sintió he
rido su amor propio de mayordomo.—Pero voy, si Vds. per
miten, á verla.
—No puede Vd. ahora, porque está durmiendo,—dijo una.
—La va Vd. á molestar,— dijo otra.
Las dos se sonrieron satisfechas de la humillacion que
creian arrojar sobre Elías, retirándole momentáneamente su
confianza.
—Pues si no puede ser, me retiro,—dijo Coletilla.
—VayaVd. con Dios.
—Si se ofrece algo, señoras... —dijo el realista.
Y contra lo que ellas esperaban, el realista se marchó, de
jándolas muy contrariadas.
—¡Ay!—esclamó Salomé,—¿será posible?
—¿Qué?—dijo Paz alarmada.
—Que las ideas del dia hayan tambien...
—¿Será posible?..
— ¡Tambien él!..
El ámbito del comedor resonó con la vibracion de dos sus
piros que eran dos poemas. Pero ningun suceso grave resultó
de aquel singular estado de sus caractéres, á no ser que
quiera considerarse como tal el gran puntapié que se llevó
el perrito Batilo, sin motivo sério que lo esplicara.
CAPITULO XXXIV.

El complot. Tríunfo de Lázaro.

Lázaro no pudo tampoco aquel dia encontrar á Bozmedia-


no. Su deseo de hablarle, de pedirle cuenta' de su infamia, de
demostrarle la deslealtad de su conducta y de castigarle sin
lástima ninguna, aumentaba á cada hora. Buscóle con afan,
porque ciertos agravios dan una paciencia y una tenacidad
que las mas grandes empresas inspiran rara vez al hombre.
En la casa le decian constantemente que no estaba; pasea
ba de largo á largo la calle sin verlo aparecer; llegó la noche,
y á eso de las diez vió salir á las mismas tres personas de la
noche anterior. Eran ellos. Bozmediano padre é hijo y el otro
militar salieron por una puerta que daba á un callejon oscu
ro, y se encaminaron á la plazuela de Afligidos dando un gran
rodeo. Apostóse el jóven detrás de la esquina de la calle de
las Negras, y les vió entrar en la misma casa. Al poco rato
entró otra persona, despues tres, despues dos; en fin, los
mismos de la noche anterior. Sin duda allí habia una re
union política: esto pensó el jóven, y reflexionando que su
grande objeto, hablar y confundir á Bozmediano, no lo podia
conseguir, viendo entrar desconocidos en una casa descono
cida, se retiró, dirigiéndose á la Fontana para asistir á la
gran sesion de que su tio le habla hablado.
Desde el anochecer estaban en el café de la Carrera de San
Jerónimo el Doctrino, Pinilla, Aldama y otros dos individuos
de los que mas trato tenian con el bolsillo del intendente re
volucionario Elías Orejon.
302
—No hay otro medio mejor que el que Coletilla nos ha
propuesto,—decia el Doctrino.—Indudablemente ese zorro
tiene talento.
— Pero es preciso tomar antes buenas medidas, —dijo Pi-
nilla,—porque esos golpes, si salen mal, son terribles... Es
cojamos buena gente, y que todos nos sigan y vayan al mis
mo objeto sin decir nada hasta no estar sobre ellos. Que solo
sepan la verdad del objeto treinta ó cuarenta hombres pro
bados.
—Eso ha de ser así: yo respondo de ello.
—Ellos tambien parece que ven venir la lucha y se prepa
ran para la defensa. Hoy lo dijo Toreno en las Cortes,— dijo
Pinilla.—Pero les va á ser difícil escapar. El pueblo está ir
ritado contra ellos; el pueblo quiere libertad y ha de atrope-
llar á los que intentan no permitirle llegar hasta el fin.
—La gran dificultad consiste en no poderles cojer reunido»
en un solo punto. Lo bueno seria invadir el Congreso, pero
el de la casa grande no quiere tal cosa. Hay que ir cazándo
les guarida por guarida, y esto hace mas difícil y complicado
el asunto... Pero concretemos. En resúmen, ¿qué es lo que se
debe hacer?
—La cuestion es muy sencilla,— dijo el Doctrino echándo
se atrás el sombrero y bajando la voz. Todo se reduce á lo
siguiente: Hay un partido, unos cuantos hombres que se lla
man liberales sensatos, que predican el orden y el respeto á
las leyes . Todo esto es muy bueno. Pero el pueblo ha cobra
do gran odio á esa gente, que es, segun cree el rey, el apoyo
de la Constitucion; el pueblo ha llegado tras largas sugestio
nes á desear vivamente, con razon ó sin ella la... desaparicion
de esos hombres. Bien: conduzcamos al pueblo al logro de
su deseo. El pueblo lo quiere: cúmplase la voluntad nacional.
Despues de estas irrisorias y diabólicas palabras, el Doc
trino se detuvo para leer el efecto de su esposicion en las ca
ras de los oyentes .
—Bien, —continuó,—hay veinte ó treinta hombres señala
dos ya en la opinion como víctimas.
303
—¿Cómo víctimas?—interrumpió Pinilla.
—Sí, ha de haber un atropello. Hasta dónde llegará este
atropello es lo que no puedo decir á Vds. Ya saben Vds. lo
que es este pueblo.
—Pero ese atropello ¿parará en una matanza?—preguntó
uno de los dos desconocidos.
—Eso es lo que no sé. Atropello ha de haber. Las perso
nas que lo han de sufrir están aquí apuntadas en mi cartera
No son sólo los ministros.
—¿Y despues qué pasará?— dijo el otro. - Verificado el he
cho (y supongo que llegue al último estremo, á un sacrificio
horrible), ¿qué tendremos? Se apoderará del poder el partido
exaltado, tendremos un período de dictadura, de terror y re
presalias espantosas. ¿A dónde iremos á parar? A la anar
quía mas horrible.
—No importa,—dijo el Doctrino. —El rey cuenta con eso
y lo desea. De esa anarquía ha de salir triunfante su abso
lutismo, que es su objeto. Y lo conseguirá: eso es indudable.
—¿Y contra quiénes se dirige el motin?
—Contra muchos: ya conoceis quiénes son. Los políticos
que se llaman de talla, los que guian la marcha de las Cór-
tes, los influyentes. No se olvidará al presuntuoso Arguelles,
ni al célebre, mas que célebre Calatrava.
—Hombre; sentiria que se escapara el bueno del consejero
Bozmediano, que tuvo la desfachatez de decir en las Córtes
que si el gobierno no tenia á raya á los exaltados, peligraba
la libertad y la patria. -
—¿Cómo se habia de escapar ese pez? Ese es de los prime
ros. Pues si es el que inspira al gobierno. ¿Quién clama todos
los dias porque se cierren los clubs? Él. ¿Quién es el autor
de aquellos decretos sobre imprenta? Él. ¿Quién indujo al go
bierno á la destitucion de Eiego? Él.
—Pues no digo nada de su hijito el Sr. D. Claudio Boz
mediano, que al principio era sócio de la Fontana— dijo uno
de los desconocidos.
—¡Oh!—esclamó vivamente el Sr. Pinilla, como si sintiera
304
una herida en el corazon—¿ese perro habia de escapar? Le
odio, le detesto, no le tendria compasion aunque le viera
asado en unas parrillas. Solo por acabar con ese condenado
entraria yo en la conspiracion .
—¿Pues qué te ha pasado con él?—le preguntaron.
—¿Qué me ha pasado? -dijo Pinilla lívido de cólera.—Hace
algun tiempo iba ese señor á Lorencini. Una noche hablaba
yo en contra del absolutismo y de los frailes, todos me aplau
dian y él tambien. Despues dije no sé qué cosa 'sobre los mi
litares; él calló, pero al concluir mi discurso, vino á hablar
conmigo y me dijo algunas palabras espresando su disgusto.
Yo no esperé mas: hacia tiempo que me cargaba aquel hom
bre, le tenia ojeriza sin saber por qué; le dije que me impor
taba poco su opinion. Me contestó, le contesté yo mas fuer
te, hasta que al fin de palabra en palabra, le dije cierta cosa,
sabida de todo el mundo, respecto á su madre, que fué muy
levantada de cascos. El no esperó mas, y de repente... no lo
puedo contar, porque se me sube toda la sangre al rostro. El
puso su pesada mano en mi cara, y la imprimió con tal fuer
za, que desde entonces la siento siempre aquí... aquí... que
mándome como un hierro candente. Reñimos: él es mucho
mas fuerte que yo y me venció. Despues nos desafiamos y me
hirió; he vuelto á tener otro altercado con él, y me volvió á...
En fin, le odio de muerte. Uno de los dos tiene que des
truir al otro: no hay remedio.
—Pues no escapará, ni su padre tampoco—dijo otro .
—Lo mismo digo yo—esclamó Aldama, que estaba muy
pesaroso, porque el amo del café no le habia querido fiar una
botella de Málaga.
—Chiton, que viene alguien. ¿Quién es? ¡Ah! Lázaro.
Lázaro entró y saludó á su amigo.
—Buenas noches, buena pieza—le dijo el Doctrino.—Ya
estamos otra vez en la Fontana; ya somos dueños del club,
de nuestro club; ya se fué aquella horda de nécios. Esta no
che hablará Vd. y será aplaudido. Sabrán apreciar lo que us"
ted vale.
305
— ¡Ah! yo no hablo mas—dijo Lázaro con cierta amargu
ra, porque se habia llegado á convencer de que no habia na
cido para la tribuna.
—Mire Vd. —dijo Pinilla al Doctrino, continuando la con
versacion interrumpida—ese Bozmediano es ademas un hom
bre inmoral, de detestable conducta, un libertino, como lo
fué su padre, escándalo de la corte de Carlos III.
Lázaro prestó mucha atencion.
—No se ocupa mas que en seducir muchachas. ¡Cuántas
familias son hoy desgraciadas á causa de sus hazañas! ¡Oh!
Los bandidos de esta clase deben ser quitados de entre los
hombres.
—Hablan Vds. de una persona que me ocupa mucho en
estos momentos -dijo Lázaro.— ¿Vd. le conoce? ¿Vd. sabe
cuáles son los hábitos de ese malvado?
—¿Pues no lo he de saber?—esclamó Pinilla.
—Yo le he buscado ayer -dijo Lázaro. —Le he buscado
hoy sin poderle encontrar, porque tengo que ajustar ciertas
cuentas con él. Yo le encontraré, aunque tenga que andar
toda la tierra.
— Cuidado, jóven, ese maldecido maneja bien las armas.
Tiene una mano admirable.
—No me importa; ya nos arreglaremos.
— lY le ha buscado Vd.?
—Sí: no le he podido encontrar; es decir, sí le he encon
trado, le he visto, pero no en disposicion de hablar con él.
Iba con dos mas, al parecer á una reunion secreta, á que con
curriian otros hombres, que aparecian sucesivamente y entra
ban en una casa.
—¿Dónde?—preguntó con vivo interés el Doctrino.
—En una plazuela; segun despues he averiguado se llama
de Afligidos.
—¿En la plazuela de Afligidos? - dijo con asombro.—Es en
la casa de Alava... ¿Y eran muchos? ¿A qué hora?
—Lázaro contó detenidamente todo lo que habia visto en
la citada plazuela dos noches seguidas y á la misma hora.
20
—No necesito mas,—dijo el Doctrino al oido de Pinilla.
Esto pasaba en tmapequeña sala interior de la Fontana donde
el amo tenia algunos centenares de botellas vacías, y dos ó tres
"barriles vacíos tambien con gran sentimiento de Curro Alda-
ma. Cuando Lázaro concluyó su relato, se sintió el ruido de
aplausos y las voces entusiastas que resonaban en el recinto
del cafó. Hablaba con mucha elocuencia Alfonso Nuñez. Mas
de doscientos jóvenes exaltados, lleno el espíritu de pasion
espansiva, le aplaudian con entusiasmo. El jóven orador co
municaba su indiscreta fé á aquella masa de juventud, deli
rante con la mágia del mas lisonjero sueño, cuando cuatro
infames á dos pasos de allí preparaban un sangriento desas
tre. Estas infamias, proyectadas por pocos y llevadas á cabo
por muchos con la sencillez propia de las turbas engañadas,
son muy frecuentes en las revoluciones El gentío obra á ve
ces obedeciendo á una sola de sus voces, cualquiera que sea;
se mueve todo á impulso de uno solo de sus miembros por
una solidaridad fatal.
La Fontana estaba aquella noche elocuente, ciega, grande
en su desvarío. Iba á perpetrar un crímen sin conocerlo. Su
elocuencia era la justificacion prematura de un hecho san
griento; y para el que conocia su próxima realizacion, las ga
las de aquella oratoria juvenil eran espantosas y sombrías.
Lázaro entró en el café; aun no se atrevió, aunque tenia la per
suasion de ser recibido con benevolencia, á presentarse en el cen
tro del club. Se quedó en un rincon, dispuesto á ser simple es
pectador; pero algunos pidieron que hablara; Alfonso le empu
jó hácia la tribuna; el mismo dueño del café se lo suplicó con
insistencia, y la mayor parte de la juventud, que formaba el
público, le aplaudió, tributandole una ovacion anticipada. No
pudo eximirse: se resolvió á hablar, subió á la tribuna y em
pezó. Felizmente no le aconteció aquella vez lo que en la
desgraciada noche de su llegada; no perdió la serenidad al
encararse con las mil cabezas del público, al ver abierto ante
sí el abismo de tanta atencion, espresada en tantos ojos. Sin
dificultad ninguna encontró el asunto de su discurso, y desde
307
ias primeras frases vió desarrollarse ante su imaginacion en
serie muy clara todas las ideas que habian de constituir la
disertacion. A cada palabra sentia presentarse la siguiente;
pero sin atropellarse, con la calma de la verdadera inspira
cion que afluye al espíritu y no se precipita. La elocuencia
muda de sus horas de silencio y soledad, salia por primera
vez á su boca, sorprendiéndole á él mismo, que se oia con
tanta gozo como podia oirle el público: aquellas páginas no
escritas, aquellas oraciones no emitidas por voz humana, sa
lian á sus labios con tanta facilidad que parecian aprendidas
de memoria desde largo tiempo. Sin darse cuenta de ello,
dejó de ser retórico aquella vez, su instinto de orador le ale
jó de aquel peligro, y espresándose á veces con demasiada
sencillez, no ocurrió tampoco en el desaliño ni la vulgaridad.
La espontánea brillantez y rotundidad de sus medios orato
rios, la profunda entonacion de verdad y sentimiento que
daba á sus afirmaciones, la habilidad con que sabia servir la
pasion y la fantasía del auditorio, le ayudaron en aquella em.
presa, en la cual su grande ingenio apareció en altísimo lu
gar, grande, espontáneo, robusto de ideas y formas, como real
mente era.
—¿Cómo quereis que haya libertad—decia—si unos cuan
tos se erigen en sacerdotes esclusivos de ella, cuando ese
gran sacerdocio á todos nos corresponde y no es patrimonio
de ninguna clase? Pasó el monopolio de la riqueza, de la ilus
tracion, del predominio y de la influencia. Hemos de consen
tir ahora el monopolio de las ideas? ( Grandes aplausos.) Por
este camino vamos á tener aquí una cosa parecida á las cas
tas del Oriente. (Risas.) Entre los millones de ciudadanos
que pertenecen á la sagrada comunion del liberalismo, vemos
.surgir una casta privilegiada, que se cree única conservadora
del órden, única cumplidora de las leyes, única apta para di
rigir la opinion. ¿Hemos de consentir esto? ¿Hemos de ser
.siempre esclavos? ¿Esclavos ayer del despotismo de uno, escla
vos hoy del orgullo de ciento? Mil veces peor es este despo
tismo que el que hemos sacudido. Prefiero ver al tirano des
308
enmascarado y franco, mostrando su torva, sanguinaria faz de
demonio; prefiero la insolencia desnuda de un bárbaro abo-
'minable, abortado por el infierno, á la hipócrita crueldad,
al despotismo encubierto y disfrazado de estos hombres que nos
mandan y nos dirigen escudados con el nombre de liberales,
haciendo leyes á su antojo, para despues obligarnos con el
respeto á la ley; seduciéndonos con el nombre de libertad
para despues ametrallarnos en nombre del orden, llamándo
se representantes de todos nosotros, para despues insultar
nos en las Cortes, llamándonos bandidos. (Aplausos. J'No
puede durar mucho tiempo el imperio de la injusticia. Feliz
mente aun no han puesto mordazas en todas nuestras bocas,
aun no han atado todas nuestras manos, aun podemos alzar
un brazo para señalarlos, aun tenemos aliento en nuestros
pechos para decir: nese.n Están entre nosotros, les conoce
mos. Esta gran revolucion no ha llegado á su augusto apogeo,
no ha llegado al punto supremo de su justicia; ha sido hasta
ahorafun paso tan solo, el primer paso. ¿Nos detendremos
con timidez asustados de nuestra propia obra? No: estamos
en un intermedio horrible:' la mitad de este camino de abro
jos es el mayor de los peligros. Detenerse en esta mitad es
caer, es peor que volver atrás, es peor que no haber empeza
do. Hay que optar entre los dos estremos: ó seguir adelante ó
maldecir la hora en que hemos nacido . (Graneles y estrepito
sos aplausos).
Lázaro notó, mientras pronunciaba estos párrafos, que en
tre las mil figuras del auditorio, y allá en lo oscuro de un
rincon habia una cara en cuyos ojos brillaba el entusiasmo y
la ansiedad. Las manos flacas y huesosas de aquel personaje
aplaudian resonando como dos piedras cóncavas. Le miraba
sin cesar mientras hablaba; y á no encontrarse el orador muy
poseido de su asunto, . y muy fuerte en su posicion respecto
al auditorio, se hubiera turbado sin remedio, dando al traste
con el discurso La persona que así le miraba y le aplaudia
era su tio. Aquello era incomprensible, y el jóven hubiera
pensado mucho en semejante cosa, si las cariñosas y entu
309
siastas manifestaciones de que fué objeto, no le distrajeran
mucho tiempo despues de concluido su discurso.
Otro habló despues de él, y al fin, despues de tantos dis
cursos el público empezó á desfilar. Alfonso y Cabanillas se
fueron á la calle, llevados por los grandes grupos en que se
descompuso aquella masa de gente. Agitada fué aquella no
che en todo Madrid, y es positivo que la autoridad, ordina
riamente bastante descuidada y débil, tomó algunas precau
ciones.
En la Fontana quedaban á la madrugada el Doctrino, Pi-
nilla, Lobo; Lázaro, Aldama y algunos mas.
—¡Bien lo ha hecho Vd!— le decia el Doctrino á Lázaro.—
Yo me lo esperaba. Esta noche nuestro partido adquiere con
Ja palabra de Vd una fuerza terrible. D. Elías: puede Vd. es
tar orgulloso de su sobrino.
—Sí que lo estoy,—dijo Coletilla, sonriéndose como acos
tumbraba, con esa sonrisa perenne de los chacales y de las
zorras, á quienes ha puesto la naturaleza una contraccion dia
bólica en el rostro. —Sí que lo estoy: no creí yo que fuera es
te chico tan listo; que á saberlo, ya hubiera yo hecho lo posi
ble para que. ..
Lázaro comenzó á ver oscuro en aquella intrusion de su
tio en las sesiones de los exaltados. Cruzó por su imaginacion
una sospecha horrible, sospecha por la cual renegó momen
táneamente de lo que habia dicho con tanta elocuencia; pero
aquello pasó, quedando tan solo la sorpresa que la actítud de
su tio le causaba. ^
Cuando el jóven se marchó á la casa, iba recordando la
acusacion que en la noche de su espulsion le habian dirigido
en aquel mismo sitio; recordó el diálogo que con su tio ha
bia tenido en la cárcel; recordó todas sus palabras, espresion
del mas ciego fanatismo; y cuanto nias meditaba y recorda
ba, menos podia esplicarse que su tio permitiera el ser lla
mado gran liberal. Aunque algunas sospechas vagas le ator
mentaron, no vió el, gran abismo en todo su horror y profun
didad; no vió nada, no presagió el movimiento á que habia
310
dado impulso con su palabra, ni comprendió el ardid tene*
broso, la colision sangrienta, que de las cabezas aturdidas de
la Fontana, y de las voluntades agitadas de algunos jóvenes,
hacia su arma mas terrible.
Pero al llegar á la casa esperaba á Lázaro una sorpresa,
que habia de hacerle olvidar su discurso, á su tio y á la Fon
tana. Al entrar, ya cercano el dia, encontró á doña Paz muy
alborotada, á Salomé rondando la casa con luz, y á las dos
tan coléricas y destempladas, que no pudo menos de reir
á pesar del estado de su espíritu.
— ¡Gracias á Dios que viene Vd! Estamos solas,— le dijo
temblando la mas vieja.
—¿Qué hay, señoras?
—Tememos que alguien se entre por esos tejados.
—¿Cómo, quién se va á atrever?...
—¿No sabe Vd. lo que ha pasado, caballerito?— dijo Paz. —
Esa mozuela,; esa Clarita... ¡Qué horror, qué perversion!...
—¿Para cuando es el patíbulo?— esclamó Salomé.—¡Un
hombre, un hombre ha entrado aquí por esa muchacha, un
seductor! ¡Y nosotras tan'ciegas que la recogimos!
— ¡Ay, mi Dios! ¡qué horrible atentado!
—¿Y cuándo entró ese hombre? - preguntó Lázaro, com
prendiendo que habian descubierto la entrada de Bozme-
diano.
—El domingo, aquella tarde que estuvimos en la proce
sion.
—Y ella, ¿dónde está?—preguntó el jóven creyendo que
habia llegado el momento de aclarar aquel asunto.
— ¡Qué horror! ¿Y Vd. pregunta dónde está? ¡La hemos ar
rojado, la hemos echado!—díjo Paz con una espresion de
venganza satisfecha, que la puso horrible. — ¿Habiamos de
consentir aquí semejante mónstruo?
— ¡Qué degradacion! ¡Y en esta casa!,—esclamó Salomé,
poniéndose ambas manos sobre la cara.—Señor, ¿qué espia-
cion es esta? ¿Qué pecado hemos cometido?
—¿Y dónde está?
311
—¿Qué dónde está? ¿Qué se yo?— dijo Paz.—La hemos ar
rojado. Hubiera querido ser Dios para estirpar á un sér tan
abyecto.
—¿Pero dónde ha idot
—¿Qué sé yo? Vaya á la calle, que es dónde siempre ha
debido estar. ¡Oh! Ella se habrá ido muj contenta por ahí.
—Si esa gente ha nacido para la calle, — dijo Salomé con
un gesto de repugnancia. —¡Qué ignominia!
—¿Pero Vds. la han arrojado asi?... ¿Dónde ha de ir la po-
brecilla?— esclamó Lázaro que, á pesar de su agravio, no po
dia ver con calma que se injuriara y se maltratara de aquel
modo á un sér desvalido.
—¿Qué se yo dónde ha ido? ¡Al infierno!— dijo Paz riendo.
—Señor, ¿es posible que haya tanta infamia en el mundo?
¡Oh! Las ideas del dia, las ideas del dia... —esclamó Salomé,
alzando las manos al cielo en actitud declamatoria.
Antes de decir lo que hizo Lázaro al encontrarse con aque
lla estupenda novedad, contemos lo que pasó aquella noche
en la casa de las tres harpías. Coletilla habia salido diciendo
que no volveria hasta dentro de tres dias, por tener que ocu
parse fuera de cierto asunto; y ellas estaban comentando es
ta rara determinacion, cuando aconteció un suceso, que dió
por resultado la espulsion definitiva de la huérfana.

CAPITULO XXXV.

El bonete del Nuncío.

La sastrería clerical fué industria muy socorrida y flore


ciente en el siglo pasado. Habia muchos clérigos, y ademas
una gran cosecha de abates, gente toda que vestía con mu
cho primor y coquetería Los que á tal industria se dedica
ban obtuvieron pingües ganancias, y esto fué causa de que
312
se dedicaran á esplotarla muchos menestrales y menestralas,
educados al principio en la sastrería profana. En el presente
siglo, la industria en cuestion estaba muy decaida, no sabe
mos si porque habia menos clérigos ó porque habia mas sas
tres. En el quinto piso de una casa de Tócame Roque, situa
da en la calle de Belén, tenian su nido dos hermanas, sastras
de ropas sagradas, que habian venido muy á menos. En sus
mocedades habian cosido muchos manteos y sobrepellices
para los canónigos de Toledo y para los clérigos de la corte;
pero en la época de nuestra historia, por razones sociales que
no es oportuno consignar, solo consagraban su mísera exis
tencia á remendar las verdinegras hopalandas de algun esco
lapio ó de algun ten¡ente cura pobre y andrajoso. Hacian de
peras á higos un bonete para algun capellan de palacio ó pa
ra el señor fiscal de la Bota, y nada mas. Eran muy pobres;
pero soportaban con paciencia la desgracia sin exhalar una
queja. Solo una de ellas decia de cuando en cuando con un
suspiro, mientras revolvia los escasos trapos negros de su
santa industria: MYa no hay religion. n
No tenian otro amigo que el abate D. Gil Carrascosa, que
segun ha llegado á nuestra noticia, tuvo en sus tiempos cier
tos dimes y diretes con una de ellas. Él las visitaba, les pro
porcionaba algun trabajo y solia darles un rato de tertulia,
contándoles las cosas de Madrid. Pero si las de Remolinos,
(que así se llamaban) no tenian mas que un amigo, en cam
bio tenian un enemigo implacable, sanguinario, feroz. Este
enemigo era otra sastra que vivia pared por medio, y que,
por la natural divergencia de opiniones de los que se dedi
can á una misma industria, les habia declarado una guerra á
muerte. Para martirizarlas, además de sus improperios y apo
dos, tenia un gato, que creemos nacido espresamente para en
trarse en el cuarto de las dos hermanas y hacer allí cuantas
inconveniencias puede hacer el gato de un enemigo. Tenia
además la doña Rosalía un amante del comercio, que la visi
taba todas las noches en compañía de una guitarra; y era este
amante \m sér creado de encargo por el infierno para cantar
313
y tocar toda la noche en aquella casa y no dejar dormir á lau
dos sastras de ropas sagradas.
Doña Kosalía tenia mas trabajo que sus vecinas las de Re
molinos (ó las Remolinas, como generalmente las llamaban)
y además hacia cuanto puede hacer una mujer envidiosa
para quitarles á sus rivales el poco que tenian. Aconteció que
un page de la Nunciatura- feligrés antiguo de doña Rosalía y
muy admirador de su buen color, se atrevió á aspirar á no
sabemos qué honestas confianzas: picóse la dama, picóse el
paje, y al dia siguiente, al traer el bonete del Nunc¡o para
que le echaran un zurcido, en vez de dárselo á doña Rosalía
se lo entregó á las dos hermanas.
Cuando doña Rosalía supo que el bonete de la Nunciatura
estaba en manos de sus rivales, le pareció que habia recibido
la mas grande ofensa, rompió relaciones con la corte romana,
dijo mil improperios al paje, encargó á su gato ciertas sucias
comisiones cerca de las dos vecinas (comisiones que el animal
cumplió con gran puntualidad) se acercó á la puerta de las
dos infelices, y les dijo mil cosas estupendas, que hicieron
proferir á la mas vieja de las dos en su lamentacion acos-
brada: "Ya no hay religion. „
Pero ella queria una venganza terrible. ¿Cómo? Mucho le -
asombró ver entrar al abate con un militar desconocido. La
casa estaba dispuesta de tal modo, que acercándose á la puer
ta se oia cuanto en los cuartos inmediatos se hablaba. Todos
sabemos los fines de la visita de Bozmediano á las de Remoli
nos. Doña Rosalía lo adivinó tambien, cuando poniéndose en
acecho, le vió pasar á la casa inmediata por una puerta con
denada que daba al desvan antiguo. Se calló y esperó. Com-
prendió la taimada que allí habia alguna aventura amorosa, y
en esto supo hallar un medio feliz para su venganza. Vió en
trar y salir á Bozmediano, y calculando que aquella entrada
fraudulenta se repetiriia, esperó á que se repitiera, para ir in-
mediatamente, y mientras el jóven estuviera dentro, ála casa
contigua, á denunciar el hecho. El jóven seria sorprendido,
habria un gran escándalo, se harian averiguaciones, ella de-
' 314
clarariia por dónde habia entrado, y cátate á las Remolinas ca
mino de la cárcel en castigo de su complicidad en aquel deli
to de escalamiento y abuso de confianza.
Esperó un dia, dos, tres, hasta que viendo que la escena,
no se repetia, resolvió en su alto criterio denunciar el hecho
de una vez á la familia interesada, no sea que, retardándolo,
pudiera ser puesto en duda.
Pensado y hecho. Púsose su manton, bajó, entró en casa
de las Porreñas, tocó, le abrieron, y se encaró con la faz ma
jestuosa de María de la Paz Jesús, que de muy mal talante
le preguntó:
—¿Qué quiere Vd.?
—Venia á ver al amo de esta casa, para decirle una cosa,
—dijo doña Rosalía entrando.
—¡Qué irreverencia!—dijo para sí María de la Paz, vién
dola entrar de rondon.—Salomé: una luz.
Anochecia, y con la oscuridad no podia la dama ver clara
mente el rostro de la que la visitaba. Salomó trajo un quin
qué á la sala, donde las dos se personaron.
—¿Qué se le ofrece á Vd.? - dijo Paz midiendo con una mi
rada el cuerpo de doña Rosalía.
—¿Quién es el amo de esta casa?
—Yo soy,— dijo Paz un poco alarmada con el misterio que
parecia envolver aquella inesperada visita.
—Pues vengo á decirla á Vd... ¿Vd. no sabe lo que pasa?
—¿Qué pasa?—dijo Salomé creyendo que se hundia el techo.
—No se asuste Vd., señora; porque al fin y al cabo, sa
biéndolo se puede evitar que vuelva á suceder.
—Por Dios; esplíquese Vd., señora,—dijo Paz en el tono de
la impaciencia y la superioridad.
—Pues han de saber Vds.—dijo con misterio doña Rosa
lía, —que esta casa... Pues... les diré á Vds. : yo vivo en la ca
sa de al lado en el cuarto piso, y soy sastra, con perdon de
Vds., y coso toda la ropa de casa del Sr. Nuncio del Papa, y
la del Patriarca de las Indias, coso á todo el arzobispado de
Toledo, y á veces coso á la capilla de Palacio.
315
Esta relacion de las altas gerarquías que servia la aguja de
doña Rosalía, le dio cierta importancia á los ojos de María
de la Paz Jesús.
—Yo vivo allá arriba y he visto... ¿Pero Vds. no han caido
en ello?
—¿En qué?
—En ese hombre que ha entrado aquí.
—¿Qué hombre? ¿qué dice?— esclamaron á una las dos vie
jas en el tono del que siente estallar un volcan.
—Pues yo venia á avisárselo á Vds. para que evitaran que
otra vez pasara. Es el caso que en la bohardilla de la casa en
que yo vivo hay una puertecilla qua da á la bohardilla de es
ta casa.
La cara que pusieron las Porreñas no cabe en ninguna des
cripcion.
—Sí;— continuó la sastra,—y un jóven militar se metió
una tarde por esa puerta de que hablo; se metió aquí... Yo
me malicié cuando le ví, que habia aquí alguna muchacha.
—Pero señora,— dijo Paz poniéndose en pié,— ¿está Vd. se
gura de lo que dice? ¡Un hombre ha entrado aquí... aquí; en
esta casa!
— Sí, señora: yo lo he observado. Se coló por el cuarto de
unas vecinas... amigas mias. Yo lo he visto.
— ¿Cuándo?—esclamó Salomé, tomando aliento; porque ya.
el aliento le faltaba.
—El domingo por la tarde.
—¿A qué hora?
—A eso de las cinco.
— ¡Cuando estábamos en la procesion! ¡qué escándalo! Esa
niña desvergonzada... esa muchachuela... Bien me lo sospe
chaba yo,—dijo Paz con las manos puestas en la cabeza, y
paseándose por la sala como una loca.
— ¡Ay! no sirvo para estas cosas... ¡Yo me descompongo! —
dijo Salomé, inclinándose sobre el sofá con muestras de es-
perimentar un vahido.
—Pero señoras: no se alarmen Vds,—dijo doña Rosalía
316
queriendo calmar á las dos damas.—¿Tienen Vds. alguna hija?
—No señora, nosotras no tenemos ninguna hija, —contestó
con mucho enfado María de la Paz,—es una mozuela, una
loca que admitimos aquí por compasion, esperando que se ,
corrigiera; pero... ya me lo sospechaba yo. ¡Qué alhaja! ¿Ves
lo que yo decia? Dios mio: ¿para qué admitimos aquí á seme
jante mujerzuela!
—Señora,— dijo Salomé, oprimiéndose el estómago y re
haciéndose de su vahido. —Cuente Vd., aclare Vd. eso. ¡Ay!
Eso es demasiado horrible. Nosotras no estamos acostumbra
das á esas cosas, y tales hechos nos confunden: yo, sobre to
do, no puedo soportar...
—Pues no lo duden Vds. El jóven se coló en la casa el
domingo por la tarde, y estuvo aquí como una hora. Averi
güenlo Vds. y verán como es cierto.
—Si parece increibls, —dijo Paz, sentándose otra vez.—
Esta casa, esta honrada casa... ¿Y cómo existe esa puerta?
¿Cómo es posible?...
,—Existe de muy antiguo; solo que estaba condenada. Si
ustedes quieren verla pueden subir á la bohardilla, y exami
nando bien, la encontrarán.
—Pero él, ese mónstruo, ¿por dónde pudo llegar?
—La tal puerta,—continuó doña Rosalía—da al cuarto de
unas costureras amigas mias. Las pobreeillas no cosen mas
que á sacristanes y curas de aldea, y cosen mal. Ellas quieren
darse tono y dicen que cosen á la catedral de Segovia, pero
es mentira. No las crean Vds.
—Y él, ¿entró por ese cuarto?
—Sí; es un militar alto, buen mozo.
—¡Jesús! ¡qué horror! yo no puedo oir esto,—esclamó Sa
lomé, estirándose de nuevo con muestras de un segundo
ataque.
—Les dió dinero á esas mujeres,—continuó doña Rosalía,—
porque ellas están muy pobres: no ganan nada. ;C'omo lo ha
cen tan mal! No cosen mas que al teniente "cura de San
Martin.
317
—Es preciso tomar una determinacion, Paz, una determi
nacion pronta,— dijo Salomé volviendo en sí. -Porque si no,
la honra de 'la casa está comprometida. Señora, - añadió,
volviéndose á doña Kosalía:—no estrañe Vd. esta congoja;
no estamos acostumbradas á golpes de esta clase. Nosotras,
por nuestro nacimiento, nuestra educacion y nuestra religio
sidad hemos estado siempre por encima de todas esas mise
rias. ¡Ay! nosotras hemos tenido la culpa por nuestra esce-
siva caridad. Figúrese Vd. que acogimos sin recelo á una ví
bora en nuestra casa, aunque teniamos malos informes de su
conducta; la acogimos creyendo que se enmendaria. ¡Pero ya
ve Vd. qué almas tan perversas! ¡Qué sociedad! ¡Qué siglo!
Bien me lo figuraba yo, á pesar de lo que decia mi sobrina,
que es una santa, y se empeñaba, guiada por su buen corazon,
en que esa muchacha se iba á corregir. ¿Cómo puede corre
girse un monstruo semejante? |Qué deshonra, qué vilipendio!
¡Ay! yo no sirvo para estos casos; me confundo, me descom
pongo y no puedo tomar ninguna determinacion.
—Sí; hay que tomar una determinacion,—dijo con mucho
encono María de la Paz. —Si no, ¿qué va á ser de la honra
de nuestra casa? Hay que poner inmediatamente á la puerta
de la calle á esa mozuela, sin consultar á D. Elías. El ha de
aprobarlo; y sobre todo, aunque no lo apruebe. ¿Pues no se ha
atrevido á decirnos esta mañana que su sobrino se enmen
dará? ¡Si está una viendo unos horrores!... ¡Qué siglo! !Qué
costumbres! ¡Hasta él!...
—Haz lo que quieras, Paz,— dijo Salomé afectando una
mansedumbre y cierta postracion que ella creia sentaba muy
bien en su nervioso cuerpo.—Haz lo que quieras sin repa
rar en lo que pueda opinar ese señor mayordomo, que él
nada tiene que mandar aquí. Despide á esa muchacha, que se
vaya con las de su calaña. ¡Oh! No quiero recordar lo que
esta señora ha contado.
Hasta el perro que no ladraba, el melancólico Batilo esta
ba consternado. Habíase plantado frente á doña Rosalía y
miraba con la atencion de un can preocupado, el buen color
318
de la costurera, que habia traido la desolacion á aquella
casa.
—Señora:—dijo Paz con un poco de cortesía, —le agrade
cemos á Vd. el aviso que nos ha dado, mostrando, como es
natural, su celo é interés por la honra de nuestra casa. Cuan
do despidamos á esa muchacha, nos mudaremos de aquí. ¡ Ay,
y yo que le habia tomado cariño á este santo retiro! Aquí vi
viamos tranquilamente y en paz, no con la comodidad que en
nuestra antigua casa; pero al fin, tranquilas, y... Señora; us
ted nos ha librado de la deshonra, porque ¿qué hubiera sido
de nosotras, solas aquí y espuestas á las asechanzas alevosas
de ese militar. ¡Oh! no lo quiero pensar.
—Es un militar j oven, alto, buen mozo y parece ser perso
na muy distinguida,— dijo Rosalía.
—¡Joven, buen mozo y persona distinguida!—dijo Salomé
disponiendo su cuerpo para el tercer parasismo.
— ¡Joven, buen mozo y persona distinguida!— esclamó Paz
en el colmo de la indignacion. —¿Es esto creible? ¡qué cir
cunstancias tan agravantes!
—¡No siga Vd. por Dios!— dijo Salomé ya medio desma
yada.
— No siga Vd. —dijo Paz—que mi sobrina es muy impre
sionable y no puede oir ciertas cosas. Estamos acostumbra
das...
Doña Rosalía se levantó para marcharse; porque creia ha
ber cumplido satisfactoriamente su mision. Entonces pasó
una cosa singular: cuando la sastra se acercaba á la puerta,
Batilo, el perro misántropo, que en aquella mansion habia
olvidado los hábitos propios de su raza, corrió tras ella, se
agitó convulsivamente como quien hace un gran esfuerzo y
ladró, ladró como un mastin ante un salteador; persiguió á
la mujer dando agudos ahullidos, y hasta llegó á pillarle
entre sus inofensivos dientes el traje y el manton. Paz se
alarmó y Salomé se tapó los oidos, como si oyera el ahullido
de un chacal: defendieron entre las dos á doña Rosalía de la
agresion inesperada del animal; fuese la sastra ; y las dos
319
viejas se miraron cara á cara comunicándose mutuamente
su respectiva bilis.
Es indispensable apuntar que en su afan de llegar pronto
á donde estaba Clara, se aturdieron, sin poder tomar la puer
ta y al fin chocaron una con otra con gran confusion.
—Mujer, que me echas al suelo,—dijo una.
—Mujer, qué cosas tienes, —dijo la otra.
Entraron en el cuarto donde estaba acostada la devota...
Esta reposaba tranquilamente; pero no dormia: tenia clava
dos los ojos en el techo con muestras de una meditacion pro
funda. Sentada junto á la cama, estaba Clara, que hacia de
enfermera y acompañante de la santa. Cuando las dos Por-
reñas entraron, Clara les conoció en las caras que se prepara
ba una escena terrible. Asustóse mucho, y se acercó mas al
lecho, como buscando un refugio al lado de la sagrada perso
na de doña Paulita.
—¡Niña! —dijo Paz con la lengua turbada y muy alterado
el rostro. — Ya sabemos todas las infamias de Vd. Merece us
ted ir á la cárcel por comprometer la honra de una casa como
e°ta. Si no temiera rebajar mi dignidad...
—Señoras,—dijo Clara temblando —pues yo ¿qué he hecho?
—Pues yo ¿qué hecho?—dijo, remedándola con un gesto
grotesco, Salomé. —Miren la hipócrita, ¡qué monstruo! Dios
mio. Paula: n« te asustes—añadió acercándose á la cama, —
no nos des un nuevo disgusto. Ya sabemos qué clase de per
sona hemos recibido en nuestra casa.
— Todo se ha descubierto, niña, —continuó Paz. —Ya no
nos engañará Vd. mas con su cara de mosquita muerta. Pero
¡qué atrevimiento, qué iniquidad! Debiera Vd. morirse de
vergüenza.
—Señora: yo no sé de qué habla Vd. — dijo Clara perdiendo
por completo la serenidad.
— ¡Insolente! y aun se atreve á disimular despues de tanta
desvergüenza. ¿Cree Vd. que está tratando con personas como
Vd.? ¡Miren la nécia! tan nécia como perversa. Ahora mismo
va Vd. á salir de esta casa.
320
El primer sentimiento de Clara al oir esto, fué una repen
tina alegría. ¡Salir de allí! Ya habia perdido esa esperanza.
Pero la situacion aquella no era para alegrarse. Pronto lo co
noció, y esperó resignada el fin de su sentencia.
— Dile, díle la causa, —esclamó Salomé afectando gran res
peto al procedimiento.
—La causa, bien la sabe ella;— dijo Paz;—pero no puedo
contener la cólera. De veras digo que si no fuera porque soy
persona... ¡qué horror! La causa es... no te asustes, Paula; la
causa es que mientras nosotras salimos de casa á alguna vi
sita se entra aquí un hombre por los tejados; sí, un militar
buen mozo, alto, persona... ¿como dijo? distinguida... pero no
te asustes, Paulita: esto hay que aceptarlo con resignacion.
Si no temiera asustar á su prima, que estaba enferma, á
Salomé le hubiera dado un cuarto conato de vahido. Pero
se contentó con mirar á la devota con ojos muy aterrados. La
santa no hizo mas que mirar á Clara con cierta perplegidad;
y contra lo que sus parientas esperaban, no citó ningun tes
to latino, ni predicó ningun sermon sobre la inconveniencia
é irreligiosidad de que entraran por los tejados los militares
buenos mozos, altos y de porte distinguido. Clara, á pesar de
su inocencia, se quedó aterrada como una culpable.
— ¿Se atreve Vd. á negarlo?— dijo Paz, dando algunos pasos
hácia ella con el resplandor de la ira en los ojos.
—Yo... no,—dijo Clara, retrocediendo con espanto,— Sí...
sí lo niego.—Despues añadió, haciendo un esfuerzo por cal
marse y calmar á su juez:— Oigame Vd., sañora: yo le conta
ré la verdad; le diré lo que ha sido. Yo soy inocente; yo no
he perinitido...
—¡Jesús, Jesús! Yo no sirvo para estas cosas, —dijo Salomé
volviendo el rostro. — No puedo, no puedo oir esto.
—¿Que Vd. no ha permitido? ¿Todavía tiene atrevimiento
para negarlo?—dijo Paz.
—Yo... yo no niego,— contestó la huérfana muy conster
nada. —Pero yo ¿qué .culpa tengo de que ese hombre?..
—¿Tambien le quiere Vd. disculpar á él? Esto nos faltaba
321
que ver. No puede haber perdon para tanta alevosía. ¡Pagar
de este modo el asilo que le hemos dado sin merecerlo! Pero
bien dije yo que de Vd . no podíamos sacar cosa buena.
— Señoras,—dijo Clara deshaciéndose en lágrimas;—yo
les juro á Vds. por Dios y por todos los Santos que por mí
no ha entrado ningun hombre; que yo no soy culpable de to
do eso que Vds. dicen. Yo se lo juro por Dios y por la Vír
gen.
—¡Insolente!— dijo Paz,—aun se atreve á disculparse.
—Kn verdad, esto es mas de lo que puede sufrir mi débil
constitucion, —dijola otra harpía. — Paulita, no te asustes:
procura tomar esto con indiferencia; que puedes agravarte.
—¡Dios mio! ¿Cómo lo he de decir?— esclamó Clara con la
mayor amargura. ¿Qué hare, qué diré para que me crearf? ¿A
quien me volveré? Yo no quiero vivir así. No tengo padres,
ni hermanos, ni amigos, ni nadie que me defienda y me pro
teja. Señora, yo se lo juro á Vd. No me diga otra vez esas
cosas queme ha dicho, porque yo no las merezco.
—Vamos, prepárese Vd. á marcharse al momento,— dijo
Paz con una crueldad espantosa.
— ¡Marcharme!—esclamó Clara.— Sí: me marcharé. Yo no
quiero molestarlas á Vds., pero ¡ay! esas cosas que han dicho
de mí. Yo no he deshonrado la casa, yo no he deshonrado á
nadie . Pero yo soy muy desgraciada, soy huérfana, pobre y
sola; y como no tengo á nadie que me proteja, por eso nadie
me guarda consideracion y todos me tratan con desprecio.
Yo no merezco eso; yo no he hecho nada de eso que Vd. dice;
yo soy inocente.
—No sé cómo me contengo,—dijo Paz.—Ni un instante
mas. Se marcha Vd. de aquí, y vaya donde quiera. Yo sé que
usted se alegra. Vd. no desea otra cosa que andar sola por
esas calles; Vd. ha nacido para la calle. Vamos, pronto. Y
nada me importa que D. Elias se oponga ó no. Lo aprobará.
Él sabe que interesarse por tan despreciable criatura es cosa
'inútil. Váyase Vd. pronto.
— Señora,—dijo Clara, poniéndose de rodillas junto al le
21
322
cho y estrechándole las manos á la devota. Señora, Vd. me
defenderá; Vd. que es tan buena, que es una santa; Vd. que
ya me defendió otra vez. ¿No es verdad que Vd. sabe que yo
soy inocente? Dígalo Vd.; me están calumniando. ¿Qué va á
ser de mí si Vd. no me defiende?
La devota no habia hablado palabra; continuaba como dis
traida y ajena á todo aqaello. Cuando sintió las manos de la
que habia sido, aunque por poco tiempo, su compañera y
amiga, volvió hacia ella la cara cubierta de palidez, y espre
sando cierta atonía, la miró, y con voz ténue y como indife
rente dijo: n¿Yo?n Calló enseguida. Salomé separó á Clara
con un ademan desdeñoso dellecho de su prima, diciend o:
—Nuestra paciencia nos va á perder. Cuidado, Paz, que
somos demasiado condescendientes. ¿Cómo es que está toda
via aquí esta mujer?
—Al momento á la calle. Vamos pronto, —dijo Paz.—Reco
ja Vd. sus bártulos y al momento. Haga Vd. un lio de su ropa.
—Señora, por Dios, no me eche Vd. así,—dijo Clara po
niéndose de rodillas y cruzando las manos. A estas horas...
sola... yo no conozco á nadie... ¿qué va á ser de mí? ¿A dónde
voy? Espere Vd. por la Vírgen Santísima á que venga don
Elías, que, siendo huérfana, me recogió... El no me abando
nará de este modo... estoy segura de ello.
—Nada, nada. ¿Aun espera Vd. engañarle otra vez? Salga
usted al momento de nuestra casa.
—Pero señoras,— continuó Clara,— ¿á dónde voy? Sola, de
noche... yo tengo miedo... yo tengo mucho miedo... yo no
conozco
—¿Queá no
nadie...
conoce á nadie? ¿Y tiene valor para decir?— es
clamó Salomé apartando el rostro y persignándose con sus
afilados dedos. — ¿Pues y el caballero jóven, alto, buen mozo?
,— Señora: espere VTd. por Dios á que venga mi protector;
yo se lo ruego por la gloria de su madre.
La idea de que viniera Coletilla é impidiera la espulsion
de la huérfana, puso á Salomé en grave peligro de que le die
ra el quinto ataque.
.323
—¡Qué agonía! — díjo sentándose.—Francamente nuestra
escesiva benevolencia nos trae á estos estremos.
—No tarde Vd. un instante.—dijo Paz con la satisfaccion
de la venganza.— Márchese Vd. inmediatamente."
La desventurada huérfana se dirigió otra vez, como última
esperanza á la santa, que reposaba en su lecho con la inmo
vilidad y la pesadez de la estatua yacente de un sepulcro.
Clara tomó una de sus manos que colgaba fuera de las ropas
y la besó con efusion, regándola con sus lágrimas, llanto de
la inocencia provocado por la crueldad de aquellos verdugos.
— Señora: otra vez se lo pido,—esclamó con voz apenas
inteligible,— no me abandone Vd.; Vd. es una santa. No per
mita que me echen así... á estas horas... yo tongo miedo. No
me abandone Vd.
La mujer mística retiró lentamente su mano y la escondió
entre las sábanas. Volvió el rostro, miró á la víctima, y sin
inmutarse, dijo con la misma voz helada: n¿Yo?n
—No se puede resistir tal insolencia,—dijo Paz asiendo á
Clara por un l*razo y apartándola violentamente de la cama.
—Si Vd. no se marcha ahora mismo de aquí, llamo á un
alguacil para que la haga entender sus deberes.
Ya Salomó se habia acercado á la cómoda donde Clara
guardaba su escaso ajuar, y recogia todo formando un lío.
—No tengas cuidado Paz, — decia entretanto,—yo estoy
registrando su ropa, no sea que se lleve alguna cosa. No se
lleva nada.
—¡Señoras de mi alma!—dijo Clara en el colmo de la de
sesperacion. —No me echen así: yo no he cometido falta nin
guna: yo no he hecho lo que Vds. dicen; yo soy inocente.
Que lo diga esa señora, que es una santa y me conoce. Yo
«stoy segura de que lo dirá.
La devota volvió á moverse, y con la voz que atribuyen á
los espectros evocados dijo otra vez: n¿Yo?n
—No me echen Vds.— continuó Clara sin saber ya á quién
suplicar. —Yo no lo merezco, ¿A dónde puedo ir á estas horas
sola? No conozco á nadie. Tengo miedo... me voy á perder.
324
—Vamos: aquí tiene Vd. su ropa,— dijo Salomé poniéndole
el lío en la mano.
—No, no lo puedo creer,— dijo Clara.—Vds. no serán tau
inhumanas. Esperarán á mañana; esperarán á que venga él.
—Ha dicho que no vendrá hasta dentro de tres dias. Cree
Vd. que él no se ocupa de otra cosa que de proteger mozue-
las como Vd.?
Diciendo esto, Paz tomaba por un brazo á Clara y la lle
vaba con grande esfuerzo hacia la puerta. La pobre mucha
cha tenia sin duda mucha fuerza de espíritu cuando no cayó
allí mismo sin "sentido; y sin duda era tambien demasiado
angelical y delicada, cuando no contestó con injurias á las
injurias de aquella euménide aristocrática, baldon de los
Porreños. Aun creia la infeliz que sus ruegos podian ablan
dar á aquellos dos energúmenos de corazon endurecido por
el hastío, la insociabilidad y la amargura de una vida claus
tral. Aun les suplicó; otra vez se volvió á arrodillar delante
de María de la Paz, y le tomó las manos, aquellas manos na
cidas sin duda por un puñal. La vieja la retiró con violencia;
su brazo se alzó; y á pesar de la dignidad que procuraba im
primir siempre á su carácter, á pesar de la nobleza de su
raza á que parecia deber igualarse la nobleza de sus senti
mientos, maltrató á una huérfana infeliz á quien antes habia
calumniado. La vieja ridícula, presuntuosa, devota, espre-
sion humana de la mayor necedad que puede unirse al ma
yor orgullo, puso su mano en el rostro de la doncella aban
donada y débil, que ofendia sin duda con 'su juventud y su
sencillez el amor propio de aquellos demonios de imperti
nencia.
—;Ay, ay, ay! Paz, por Dios, no te arriesgues—dijo Salo
mé, chillando con horror, como si la inofensiva Clara tuviera
un puñal en la mano.—Déjala, déjala.
—¡La mataria!—dijo Paz apretando los puños y ahogada
por la cólera.
Salomé puso sobre los hombros de Clara el manton que al
entrar en la casa habia traido. Despues estendió sus brazos
325
de esqueleto y la empujó hácia la puerta con tal violencia,
que la desdichada huérfana estuvo á punto de caer al suelo.
En tanto decia:
—No sirvo para estas cosas. Me descompongo. Váyase us
ted pronto, niña. No dé lugar á que la tratemos con rigor.
Clara salió, fué arrojada por los brazos robustos de la vieja
Paz, y por los brazos entecos y nerviosos de la vieja Salomé.
Aun es probable que esta al darle el último empuje, crispó
sus dedos de gavilan, haciendo presa con sus uñas en un bra
zo de la victima. La puerta se cerró con gran estrépito, y las
voces destempladas de los dos demonios sonaron por mucho
tiempo en el interior. La huérfana bajó con el corazon opri
mido; no tenia fuerzas ni voz; casi no tenia conocimiento
claro de su situacion. Bajó y se encontró en la calle, sola en
la calle, sola en el mundo, sin asilo, el cielo encima, desola
cion en derredor, ni un rostro conocido. ¿A dónde iba? En el
portal sintió ruido y volvió la cara: era el perro melancólico
que la seguia. El pobre animal habia salido de la casa por
primera vez, y parecia decidido á no volver á entrar, pues
saltaba y chillaba con un gozo, una travesura y un aire de
espaasion desconocidos en él.

capitulo xxxvi:

Aclaracíones .

Al oir Lázaro de boca de las dos esfinges la noticia de la


cspulsion de su antigua amiga, sintió deseos de coger por el
moño á entrambas nobilísimas damas y darles allí el castigo
de su crueldad. A pesar de su agravio, y de que no conocia
las razones que habian [tenido para echarla á la calle, un
326
gran interés por aquella infeliz se despertó en su corazon.
Indudablemente á él le tocaba ampararla en aquel trance,
apartarla del vicio á que su soledad podia conducirla, socor
rerla, en fin, porque habia sido su amiga, le habia amado, y
en tales casos es de corazones generosos y buenos olvidar las
injurias y pagarlas con nobles acciones. Viendo que no le
daban razon de su paradero, bajó y salió dispuesto á bus
carla. Pero ¿dónde? ¿Dónde la iba á encontrar? No conocia á
nadie en Madrid. Sí; conocia a Bozmediano. Esta idea en
frió repentinamente la generosidad del jóven. Tal vez, pen
saba, se marchó, porque Bozmediano la indujo á ello; tal
vez ya la tenia consigo. Esto avivó los celos y el rencor del
estudiante, que resolvió no descansar hasta descubrir el mis
terio de aquella salida y pedir cuentas á Claudio de su gran
de alevosía.
Con esta idea setiirigió á casa del jóven, dispuesto á dar
un escándalo en la casa, si no le permitian verle. Lo pro
bable, segun él, era que Clara estuviera allí. Los celos le ce
gaban al pensar que aquella muchacha, que algunos meses
antes se le habia aparecido con todo el encanto de la senci
llez y de la gracia, de la virtud -doliente y de la tranquilidad
doméstica, habia cedido á las sugestiones de un libertino sin
conciencia. Era preciso no dejar sin castigo aquella infamia.
Aun me interesa mucho,—decia,—aun la amo mucho para
que perdone yo esta injuria, que me parece hecha á una per
sona mia, injuria que cae sobre mí, que iba á ser...
Llegó á la casa de Bozmediano, y esperó paseando en la
calle á que avanzara el dia. Cuando sintió las ocho, entró y
preguntó al portero. Este, que ya le conocia de verle allí los
dias anteriores, no le puso tan mala cara como antes, porque
recordó cierto diálogo que con su amo habia tenido á propó
sito de aquella visita. Le habia dicho que un jóven vino á
preguntar por él sesenta veces seguidas. Al amo picóle la
curiosidad y quiso saber las señas; dióselas el portero con
much,a exactitud, y sospechando Bozmediano que podia ser
Lázaro, advirtió al doméstico que si volvia estando él allí,
327
le introdujera inmediatamente. Cláudio sabia á qué podia
venir el jóven, y lejos de rehuir la visita, la deseaba.
Pero el portero, á pesar de lo terminante de la órden, ere
yó que era un desacato recibir á aquella hora á un jóven
que no era militar, ni venia en coche, ni traia botas á la/«-
rolé. Hízole esperar un buen rato, y por fin le introdujo, des
pues de avisar para que despertaran al señorito. Este tardó
un cuarto de hora en salir de su cuarto.
—Ya debe Vd. suponer á lo que vengo, —dijo Lázaro sin
saludarle—Vd. me conoce, Vd. me dió la libertad: yo creia
que desde entonces podia haber entre nosotros la amistad
que á mí me imponia la gratitud; pero Vd. no ha querido,
usted ha seducido y deshonrado á una pobre muchacha, á
quien considero yo como mi hermana. Si Vd. me sacó de la
cárcel para hacer mas grande la injuria que he recibido, hizo
usted bien por rai parte, porque estoy libre para pedirle
cuenta de su accion, que es la accion mas infame que puede
cometer un hombre.
—Yo no cometo acciones infames. No le dejo pronunciar
una palabra mas sin que antes se apresure á desdecirse. Sí:
usted se desdirá. Todo eso que ha dicho es una calumnia. Yo
no he seducido ni deshonrado á jóven alguna. Vd. está ciego
de furor y estraviado por la pasion. Le han engañado á us
ted, y solo por saber que está Vd. engañado, tolero las pala
bras que he oido. Pero me será muy fácil convencerle á usted
de lo contrario.
-—Eso es lo que quiero,—dijo Lázaro. — Si Vd. me conven
ciera de lo contrario... Pero no podrá Vd. convencerme. Yo
le he visto á Vd., yo le visto salir como un ladron de la casa
en que Clara estaba recogida. Vd. ha entrado allí por ella, ha
entrado llamado tal vez por ella.
— ¡Oh! no.—esclamó Cláudio interrumpiéndole. Siéntese
usted, hablemos con calma. No anticipe Vd. juicios temera
rios. Yo los voy á desvanecer.
—Hable Vd., no habrá palabras, no habrá nada que pueda
desvanecer el juicio que se forma al ver á un hombre que
328 ,
penetra á hurtadillas en la casa en que una jóven está sola,
y mucho mas cuando estos juicios están formados despues de
antecedentes muy claros. Yo no he venido aquí á que usted
me esplique nada. No tengo duda, sino certidumbre, de la
infamia que Vd. ha cometido. He venido tan solo á tener el
placer de decirle á Vd. que es un mal caballero y un seduc
tor corrompido, á sufrir las consecuencias de esta acusacion;
porque yo no temo adversario ninguno por temible y fuerte
que sea, cuando me creo obligado á vengar un agravio.
—Pues yo que jamás he tratado de evadirme de las conse
cuencias de un asunto semejante;—dijo Bozmediano con mu
cha energía—yo que no me dejo castigar de nadie, ni he
permitido que jamás hombre alguno pronuncie contra mí una
voz injuriosa, una 'reticencia, una alusion cualquiera, voy
ahora á esplicarme con Vd. en esta cuestion, esperando que
se convenza y retire todo eso que ha dicho Vd. al entrar aquí.
Todo lo comprendo; es natural: por lo mismo lo olvido has
ta ver si, despues de lo que yo digo, insiste Vd. en repetirlo.
—Hábleme Vd. : yo lo deseo.
—Yo no he visto á Clara mas que tres veces, —continuó
Bozmediano. —Ella no sabe ni cómo me llamo, ni quién soy.
Me ha visto poco, y le soy tan indiferente que puedo asegu
rar que ocupo en su corazon el mismo lugar que una persona
desconocida. Un dia encontré á ese malhadado viejo fanático
en la calle: le llevé á su casa, y la ví por primera vez. Me ha
bló; y con la sencillez propia de su carácter y la franqueza
que da la necesidad de espansion y tratq, me contó algunas
cosas de aquella casa. No le negaré á Vd. que desde entonces
me interesó muchísimo; que pensé en que nada podia satisfa
cerme tanto como sacarla de aquella prision, darle alegría y
librarla de la tutela de aquel hombre sombrío, capaz de po
ner triste á la misma felicidad.
Bozmediano contó despues la segunda entrevista con Cla
ra, recordando hasta algunas palabras de sus diálogos con ella.
El otro jóven oia con mucha atencion aquel relato, hecho con
toda la veracidad posible.
329
—Yo seré franco, y no ocultaré á Vd. mis sentimient os,
mis primeras intenciones —continuó—para que pueda usted
juzgarme mejor. Al principio ví en Clara el objeto de una
aventura; y á pesar de que me inspiraba mucha lástima y un
verdadero interés, no podia menos de proceder con cierta li
gereza en la formacion de mis planes. No lo negaré: yo no
pretendo desfigurar los hechos: esta confesion es igual á la
que haria un moribundo ante un sacerdote. Pero ó las cir
cunstancias ó ella torcieron mi plan primitivo. Ella tiene un
carácter angelical: llena de bondad y sencillez, es capaz de-
vencer las sugestiones de todo hombre que no sea un vil ó
un libertino. Le confieso á Vd. que por último fué tal el in
cremento que en mí tomó el primer sentimiento afectuoso A.
compasivo que me habia inspirado, que conclui por amarla-
No puedo negar que, á pesar de haberme infundido este
amor verdadero, yo persistia en mi propósito de sacarla de
allí violentamente, de llevármela como una cosa mia. No con"
sideraba esto como un agravio: hubiera matado á cualquiera
que, interpuesto entre ella y yo, me la hubiera quitado. Yo
supe—no me lo dijo ella—que existia una persona á quien
queria mucho. Esto me desconcertó. Supe que estaba Vd. en
la cárcel, y no vacilé un momento. En mí no cabe la cruel
dad. Comprendí que si ella le amaba á Vd. verdaderamente,
la mejor acción que en mi cabia, era ponerle á Vd. en liber
tad, devolvérsele. ¡Qué complicacion! De este modo pensaba
yo ganar en su concepto. Ne se asombre Vd.: yo me he creido
siempre práctico en estas cuestiones; y dado el carácter de
Clara, es seguro que mas le amaria á Vd. cuanto mas
durara su prision. Pero yo no contaba con otros muchos te
soros de bondad de aquel carácter. Vd. vivia con ella, y la
vigilancia, la crueldad de tres viejas ridículas y de un viejo
estravagante impedian que la viera, que la socorriera, librán
dola del martirio de aquella casa. Vd. vivia allí, y no le ha
blaba, nola consolaba, no aparentaba amarla. nHé aquí mi
ocasion, —dije yo.—Lázaro aparece á sus ojos como un in
grato: ¿no será posible que ella le desprecie? Su situacion en
330
aquella casa sombría, la tristeza en que vive y se consume,
¿no serán causa de que desee libertad, vida, afectos, todo lo
que allí no tiene, ni puede, ni sabe darle ese jóven indiferen
te, ocupado por la pasion política?.i Confiese Vd. que la si
tuacion era la mas á propósito para que yo aspirara á mere
cer de ella algo mas que gratitud. Resolví sacarla de allí, lle
vármela. Ful tan ciego, que no preví su resistencia, su fideli
dad, su grande afecto al primer amigo, afecto mas fuerte
que todos los martirios y todas las privaciones. Dispuse en
trar en la casa, cuando estuviera sola, y entré por donde us
ted sabe. Ella al verme se asustó tanto, que casi me arrepen
tí de haber dado aquel paso. Me suplicó que saliera; me lo
pidió de rodillas; yo le dije que no esperara nada; que Vd. no
podriia ni sabria salvarla del poder de aquella gente cruel.
Nada: no me oyó. Su propósito era inquebrantable. Conocí
que su fidelidad era la mas grande de sus virtudes; y creyen
do que era imposible arrancarla la primera imágen, la imá-
gen que nada puede borrar, desistí de mi intento-. Ella no
queria escucharme; se desesperaba al comprender cuanto po
dia comprometerla mi entrada en la casa; me pedia llorando
que la dejara entregada á su tristeza, á su soledad . Confieso
que nunca me he visto tan pequeño como entonces, en pre
sencia de aquella criatura débil, incorruptible, no solo á las
promesas del amor de un jóven, sino aun al soborno de la
libertad, de la posicion, de la felicidad. Al marcharme, sentí
que alguien entraba en la casa . No se quién era, yo huí por
no comprometerla; huí aterrado por la idea de que á pesar de
mis precauciones, alguien de la casa habia descubierto mi
entrada.
—Era yo;—dijo Lázaro, yo le ví salir á Vd. por la bohardilla.
—Lo que le he referido á Vd.—dijo Bozmediano solemne
mente,—es la pura verdad. No he omitido nada que me pu
diera honrar, ni nada tampoco que me pudiera deprimir ó
ponerme en ridículo. Es la pura verdad: se lo juro á Vd. por
la salvacion de mi madre, cuyo retrato está allí y siempre me
parece que me está mirando.
331
Claudio señaló un retrato que habia en la habitacion; y al
hacer su juramento tenian sus palabras tal entonacion de
sinceridad y franqueza, que Lázaro no pudo contestar lo que
un momento antes pensaba.
— Sin embargo,— dijo Lázaro, que creia que aquella decla
racion no podia satisfacerle.—yo quiero que Vd. me dé al
guna prueba positiva. Vd. comprenderá que en estos asuntos
no basta, no puede bastar la palabra.
—¿Quo no puede bastar la palabra? No basta, es cierto,
para espíritus preocupados. Hay ciertas cosas que no se pue
den certificar de otro modo. A veces la afirmacion de una
persona es suficiente para llevar al ánimo de otra la convic
cion mas profunda. No puedo creer que Vd., si hace á Clara
la acusacion que á mí me ha hecho; si ella con la serenidad
de la inocencia le contesta á Vd. la verdad; no puedo figu
rarme de ningun modo que Vd. no la crea. Háblele Vd., rom
pa el silencio de aquella casa; véala Vd. un momento, oiga su
voz, y si ante las declaraciones que ella le haga, persiste us
ted en creerla culpable, no es digno, lo digo cien veces, no es
digno de mirarla.
Lázaro no pudo resistir á la gran fuerza de estas palabras.
Era imposible, segun él pensó, que la ficcion y la astucia de
un hombre pudieran llegar á ocultar la verdad de aquel mo
do. Bozmediano no mentia.
—¡Oh! calle Vd.—dijo Lázaro sin poderse contener - ó es
Vd. el histrion mas perfecto ó dice la verdad. Y o, que jamás
he mentido, que no sé ni puedo fingir, siento una gran incli
nacion á creer lo que Vd. me ha dicho. Pero tiene el corazon
unas susceptibilidades y escrúpulos de que la razon y la pa
labra no pueden librarle.
—Veamos á Clara— dijo Claudio con resolucion.
—¿Dónde?
—En casa de esos demonios. Si es posible acogotaremos k
las tres viejas.
— Clara no está allí ya. La han despedido.
—¿Y por qué? ¿Dónde está?
332
—No lo sé—dijo Lázaro tristemente.
—Pero ¿dónde ha ido?
—Esa es mi duda, mi angustia. ¿Dónde puede haber ido?
No conoce á nadie. Encontrándose sola en lá calle, ¿dónde
puede haber ido? Yo creí, francamente, creí que estuviera
aquí.
— ¡Aquí!—dijo Bozmediano.
—Yo pensé que Vd. la habia inducido á salir; que habia
venido en busca de Vd., á quien conocia.
—¿Y aún cree Vd. que está aquí? -preguntó Bozmediano
sonriendo.
—Ahora... no afirmo nada... dudo.
—Y si le pruebo á Vd. que no está aquí, ni ha venido ¿qué
creerá Vd.?
—Aun así no será posible arrancar la última raiz de mi
recelo; aun no lograré la evidencia que necesito , evidencia
que nada ni nadie me podrá dar.
—La adquirirá Vd. por su propio sentimiento. Hay cosas
que se creen por una revelacion, que nada ni nadie puede
destruir. Hay cosas de que no se puede dudar, porque su
evidencia está encarnada en nuestro sér, y dudar de ellas es
algo semejante á la muerte. Vamos á buscarla.
—¿Dónde?
—Vamos á buscarla. Por lo mismo que no conoce á nadie,
es mas fácil encontrarla. Yo estoy seguro de que la encon
traremos.
—Recorreremos todas las calles, preguntaremos á la poli
cía, nos informaremos de todo el mundo—dijo Lázaro.
—Sí, sí, haremos todo eso.
—Iremos á los hospitales, á las casas de asilo: entraremos, .
si es preciso, en todas las casas.
-Sí.
—Iremos á la antigua casa, preguntaremos á la portera, á
los vecinos, al tendero mas próximo.
—Eso es. Diga Vd. ¿no habia en aquella casa una criada?
—Sí; habia una. No sé su nombre.
333
—¿Dónde estará? Si la encontramos tal vez, nos dé alguna
luz. Puede ser que se haya dirigido á ella. Recuerdo que esa
criada me dijo que iba á casarse con un tabernero, y que ten
dria una tienda. Si esa mujer tiene una casa abierta y Clara
sabia donde estaba esa casa, es seguro, casi seguro que habrá
ido allá.
—Efectivamente—dijo Lázaro. Vamos á ver si averigua
mos donde está esa mujer.
Salieron y se encaminaron á la calle de Válgame Dios.
Preguntaron á la portera de la antigua casa si se habia al
quilado de nuevo el cuarto segundo. Dijo la portera que no.
Preguntáronle el nombre de la criada y si sabia su paradero.
—Se llama Pascuala,—contestó - se casó con un taberne
ro llamado Pascual; pero no sé dónde viven. El tabernero de
la calle del Barquillo debe saber, porque es compadre suyo.
Este hombre les dijo que los Pascuales vivian en la calle
del Humilladero; y los dos jóvenes se dirigieron inmediata
mente allá.

CAPITULO XXXVII.

El vía-crucís de Clara.

Mucho horror inspiraba á la huérfana aquella casa, aunque


no tenia otra. Así es que su primer impulso al verse en la ca
lle fué huir, correr sin saber á donde iba, para no ver mas
aquellos sitios. Anduvo un corto trecho, dobló la esquina y
se paró. Entonces comprendió mejor que antes lo terrible de
su situacion: al ver que no podia dirigirse á ninguna parte,
porque á nadie conocia, le ocurrió esperar cerca de la casa á
que entraran Elías ó su sobrino. Pero el primero habia dicho
que no volveria hasta dentro de tres dias y el segundo, que
334
sospechaba tan mal de ella, seria capaz de confirmarse en su
creencia, al verla arrojada de la casa por aquella familia. Ella
necesitaba, sin embargo ver á Lázaro y contarle todo. Si él
daba crédito á su esplicacion ¿qué harian los dos, tan desam
parado el uno como el otro? Decidió, sin.- embargo, esperarle
allí, apoyada en la esquina; pero le daba tanto miedo... Pare
cíale que iba á salir por la reja cercana una gran mano negra,
que la cogeria llevándosela dentro; ¡qué horror! De repente
sintió al estremo de la calle un fuerte ruido de voces. Eran
unos hombres que venian borrachos profiriendo horribles ju
ramentos, atropellándose y riendo desenfrenadamente como
una turba de demonios regocijados. La jóven sintió tal so
bresalto que no pudo permanecer allí un instante mas y echó
á correr con mucha lijereza: los hombres corrian tambien; y
ella se figuraba que le tocaban la espalda- y creia sentir junto
á sus propios oidos sus infernales palabras. Corrió mucho por
toda la calle del Barquillo, seguida del perro misántropo, y al
fin, fatigada y sin aliento, se paró: las risas resonaban muy
lejos... ya no la seguian... respiró y se detuvo, porque no po
dia dar un paso. Despues siguió andando lentamente: no se
atrevia á volver, porque las risas habian cesado y se oian ter
ribles imprecaciones. Algunas piedras, lanzadas' por mano
vigorosa, cayeron junto á ella. Batilo se volvió lleno de des-
pecho y ladró como nunca habja ladrado, con verdadera elo
cuencia canina.
Despues de esto, avivó el pasó y llegó á la calle de Alcalá.
Miró á derecha é izquierda sin saber qué camino tomar. Su
bió hácia la Puerta del Sol; pero no habia llegado á San Jo
sé cuando vió que por la calle abajo venia gente, muchísima
gente; ella no habia visto nunca tanta gente reunida. La ca
lle le parecia tan grande, que no conocia distancia alguna á
que referirla, pues para ella las casas hacian horizonte, y
aquella gente que venia se le representaba como un mar agi
tado sordamente, y avanzando, avanzando como si quisiera
tragarla. Sin deliberar volvió atrás y bajó hácia el Prado. El
gentío bajaba tambien: un sordo rumor resonaba en la calle.
335
La muchedumbre traia algunas luces, y de cuando en cuando
una voz pronunciaba muy alto un viva, contestándole otra
tremenda y múltiple voz. La gente bajaba, y Clara bajaba
delante; aquello le dió mas miedo que los borrachos, pero
cuando se encaró con la Cibeles, cuando vió aquella gran
figura blanca en un carro tirado por dos monstruos blancos,
se detuvo aterrada. Habia visto alguna vez la Cibeles, pero
la oscuridad de la noche, la soledad y el estado de escitacion
y dolencia en que se encontraba su espíritu hacian que todos
los objetos fueran para ella objetos de temor, todos con es-
trañas y fantásticas formas. Los leones de mármol le pare
cia que iban corriendo con velocísima carrera, corriendo sin
moverse de allí. La pobre miró atrás y vió que la gente avan
zaba siempre haciendo mas ruido: no quiso ver mas aquello,
y tomando hácia la derecha, entró en el Prado. Este sitio le
pareció tan grande, que creia no llegar nunca al fin. Jamás
habia visto una llanura igual, campo de tristeza de ilimitada
estension: los árboles de derecha é izquierda le parecian fan
tasmas negras que estaban allí con los brazos abiertos; bra
zos enormes con manos horribles de largos y retorcidos de
dos. Anduvo mucho, hasta que al fin vió delante de sí una
cosa blanca, una como figura de hombre, de un hombre muy
alto, y sobre todo muy blanco. Se fué acercando poco á poco,
porque aquella figura se le representaba acercándose con pa
sos enormes. Era el Neptuno de la fuente que en medio de
la oscuridad, proyectada por los árboles, se le figuraba como
otro fantasma. La infeliz tenia muy estraviados los sentidos
á causa del terrible trastorno de su espíritu. Torció á la de
recha por evitar que llegara hasta ella aquel figuron blanco,
y encontró enfrente la carrera de San Jerónimo. Empezó á
subir; pero estaba tan fatigada, que la pendiente de la calle
le parecia una cuesta inaccesible. Subió, pero con mucha len
titud, porque apenas podia andar: en la parte correspondien
te á los Italianos creia ella ver la cumbre de una montaña,
y cuando medía con la vista aquella eminencia, pensaba que
en toda la noche no iba á llegar arriba.
336
No pudo avanzar mas y se sentó en el hueco de una puer
ta: sentia una gran postracion en todos sus miembros, y ade
mas un frio intenso, que, creciendo por grados, llegó á pro
ducirle una convulsion espantosa. Arropóse lo mejor que
pudo, y pensó en el medio de volver á la casa para esperar á
Lázaro en la puerta. Entonces le ocurrió súbitamente la idea
de dirigirse á casa de Pascuala. Ella recordaba muy bien el
nombre de la calle donde vivia el tabernero con quien la
criada se habia casado. Sabia que la taberna estaba en la
calle del Humilladero, pero ¿cómo iba á la calle? Resolvió
preguntar 4 algun transeunte, y si daba con la casa , le pare
cia el mejor medio para pasar la noche, aplazando todo lo
demas para el siguiente dia. Sbgura estaba de que Pascuala
la recibiria con los brazos abiertos . Pero ¿dónde estaba la
calle? Instintivamente oró á la Vírgen, pidiéndole que estu
viera cerca la calle del Humilladero. Pero la Vírgen no la
oyó, porque la calle estaba muy lejos. Resuelta á preguntar,
se levantó, vió venir á un hombre, pero no se atrevió á dete
nerle; pasó otro, algunos mas, y Clara no preguntó á ningu
no. Tenia miedo de acercarse ellos. Por últímo se acercó una
mujer, la jóven la detuvo y respetuosamente le hizo su pre
gunta.
—¿La calle del Humilladero?—dijo la mujer, que er» una
vieja arrugada y con voz gangosa.
— Sí, señora.
— ¿Le parece á Vd. que está bien detener á las personas
honradas de este modo?—contestó la vieja muy incomodada.
—Ya sé lo que quieren estas bribonas, cuando detienen á una,
que no van sino á meterle la mano en los bolsillos cuando
está una mas descuidada contestando: Váyase noramala la
muy piojosa, y si no llamo á un alguacil.
Antes que concluyera la vieja, se apartó Clara, y fué tal
su angustia al pensar que todos la tratarian de igual modo,
que casi estuvo á punto de abandonarse á su desesperacion,
dejándose morir allí de hambre, de frio y de dolor. Pero la
desventura infunde valor: recobró algun ánimo y se dispuso
337
á seguir preguntando, cuando vió llegar á una mujer andra
josa que traia un niño de la mano y otro en brazos. A Clara
le pareció que aquella mujer debia ser persona muy genero
sa y compasiva, y que le habia de responder á su pregunta.
Pero antes de ser interpelada, la mujer andrajosa habló á
Clara en estos terminos:
— Una limosna, señora, rpor amor de Dios, que tengo mi
marido en cama y estos dos niñitos no han probado nada en
todo el santo dia: siquiera un ¿¡invito.
Despues, viendo que Clara no tenia aspecto de persona
que da limosna, y al verla como desvalida y enferma, se
figuró que pedia tambien chavitos, y variando de tono le dijo.
—Oye, chica, ven conmigo y le sacaremos un duro al tio
gordo de la esquina.
—¿Qué? — dijo Clara confusa ante aquella proposicion.
—Apostamos á que no tan dao ni un bendito chavo esta
noche. Yo he sacao ya un rial; mira. Pero hay en aquella
tienda un mardito pañero que es muy caritativo. Ayer le ye
que tenia una hija enferma en cama, y medió una peseta. Si
quiés que le saquemos mas, ven conmigo esta noche, chica,
y verás. Entramos, tú te haces que te vas cayendo y te po
nes un pañuelo atoo á la cara, y empiezas á dar unos cliillíos
que partan el corazon. Oye, así: ¡ay! ¡ay! ¡ay!
Y dió unos cuantos quejidos tan lastimeros, que Clara tu
vo angustia do oirlos. Despues continuó:
—Mira, ven, entramos: yole digo que eres mi hija y que
no has comido un bocao, y que el méico te ha recetado una
cosa que cuesta un duro. Tu dices que no la quiés tomar, y /
que si saco el duro, compre pan pa estos niños que se están
muriendo. Yo digo que sea el duro pa la meicina, tú que sea
pa los niños, y así... verás cómo se ablanda... y pué que nos
dé dos... partiremos: te daré á ti dos riiales, y... Anda ven;
ponte este pañuelo en la cara.
— Señora: yo tengo quehacer, no puedo,—dijo Clara que
creia no deber darlo otra razon menos cortés.—¿Sabe usted (
donde está la calle del...
22
338
— ¡Que calle de los dimoniosl —dyo la mujer; y, viendo
que pasaban dos caballeros, se acercó 4 ellos, dicióndole al
chico que llevaba de la mano: —muchacho, cojea.
El muchacho cojeó, y se acercaron á los caballeros repi
tiendo su muletílla. Clara se retiró entonces: anduvo á buen
paso y llegó por último á la plazuela del Espíritu Santo; su_
bió mas hasta que se encontró en la esquina de la calle del
Prado, y por allí pensó seguir, porque veia en ella bastantes
personas y creia encontrar allí quien la informara bien.
Batilo iba delante. Un perro vivaracho y pequeño, un des.
carado ratonero de estos que pasean su vanidad por las ca
lles de Madrid, se acercó al can melancólico y le dió una em
bestida con el hocico. Batilo era muy tímido; pero sintiendo
herido su amor propio, ladró. El ratonero que no deseaba
sino provocacion, ladró tambien, atreviéndose á dar un mor
disco al pobre faldero. Este su defendió como pudo; y á poco
rato vino un perrazo que con terribles ahullidos empezó á
perseguir al ratonero. Luego vino otro perro, y otro, y otro:
en dos segundos se reunieron allí doce perros, que armaron
una espantosa algarabía: luchaban unos con otros, cayendo
y levantándose en revuelta confusion, mordiéndose, saltan
do y atrepellando entre los movimientos de su horrible con
tienda á Batilo y al ratonero, que revueltos entre las patas
de los contendientes, recibian los ultrajes de todos. Al ruido
se detuvieron algunas personas: el amo de uno de los perros
terció en la pelea y dijo ciertas frases injuriosas al amo de
otro. Clara al ver que se reunia tanta gente, y que un grupo
de mozos la miraban con atencion impertinente, avivó el pa
so, tomó la calle arriba para huir de aquellas miradas. Pero
los mozos la siguieron, y ella quiso ir mas aprisa; ellos tam
bien; ella mas aun, hasta que se decidió á correr, y corrió con
toda la velocidad que podia. Entonces una mujer gritó desde
una puerta con voz chillona y angustiada: n¡á esa, á esa, á
esa! n Un hombre la detuvo por el brazo: muchas mujeres la
rodearon y se formó en un momento un grupo de mas de
treinta personas en torno á ella. La huérfana estaba tan tré.
339
mula y aterrada, que no dijo palabra, ni trató de huir, ni llo
ró siquiera. Creyó tener en derredor un círculo de ase
sinos.
—¿Qué ha hecho? ¿qué hay?—dijo uno.
—Que ha róbao ese lio que lleva bajo el brazo.
—Muchacha; ¿dónde has tomado ese lio?—dijo el que la-
tenia asida.
Clara no contestó.
—A la cárcel con ella, - dijo uno de los presentes.
- ¿Dónde has tomado ese lio, muchacha?
La jóven se repuso un poco y con voz muy ténue, dijo:
—Es mio.
—¿Que es suyo?—dijo una de las mujeres. — Si la ví yo cor
rer como una desalacion.—Apuesto á que lo cogió en la casa
del número 15.
—No, que venia de mas abajo, —dijo otra.
—Apuesto que es de casa de la Sa Nicolasa, la pupilera de
ahí enfrente,—dijo otra mujer.
—Vd. míente, señora,—dijo un hombre alto, que parecia
ser persona de la torería, á juzgar por su vestido y el rabi-
coleto que tenia en la nuca.—Vd. miente; esta señora no ha
salido de casa de la pupilera, ni del número 15; venia de mas
abajo.
— ¡Miren ese pelele! —dijo la mujer. - ¿Poz no dice que yo
miento?
—Vd. miente, señora. Esta muchacha no ha robao naa;
que venia de abajo, y corrió porque la venia:; siguiendo esos
lechuguinos. Yo lo he oservao, y si hay alguno que me des
mienta, aquí estoy yo, que soy un hombre pa otro hombre.
—Tanta bullada naa,—dijo soltando á Clara el que la te
nia asida.
—Pues que si lo ha robado, si no lo ha robado... Cuando
yo digo una cosa.. . Si estuviera aquí mi Blas, se veria si hay
un hombre pa otro hombre, —dijo volviendo la espalda la
promovedora de aquel alboroto.
—Vamos, señores, aquí no han robao naa, —dijo el chulo
340
con decision.- Aquí están Vds. de mas. Largo el camino.
El público (llamémoslo así) encontró muy convincentes las
últimas razones del hombre de los toros, y aun mas las insi
nuaciones que hizo con un tremendo palo de puño de plomo
que llevaba en la mano, y empezó á desfilar.
—Vamos, prendita, no tenga Vd. miedo,—dijo el hombre
del rabi-coleto cuando se quedó solo con Clara. —Venga us
ted conmigo, y no tenga reparo, que yo soy un hombrera
otro hombre. ¿Pero se pué saber á dónde iba la personita. Yo
la llevaré á Vd., porque soy un hombre pa...
—Voy á la calle del Humilladero.
—Del Humilla... ¿qué?
—Del Humilladero,
, —Ya sé... ¿pero pa qué va Vd. tan lejos? Si Vd. se echa á
andar ahora llegará allí pasao mañana por la noche. Con
que no tenga Vd. prisa...
— Si señor, tengo prisa, y aunque esté lejos, he de ir en
seguida. ¿Quiere Vd. hacerme el favor de decirme por dónde
debo ir?
* —Misté; coje Vd. esta calle pa arriba, siempre pa arriba...
pero yo la voy á llevar á Vd. Aunque pa decir verdad, mas
valia que se viniera conmigo. ¡ Ay! ¡Jesús qué guapa es usted!
Poz no habia reparado... Venga Vd.
—No puedo detenerme, Señor caballero, —dijo Clara con
mucho miedo.— Dígame dónde está esa calle, y yo me iré
sola. '
—¡Sola!— dijo el chulo.—Y yo podia ser tan becerro que
la iba á dejar ir sola por esas calles, esta noche que hay rtvo-
lucion... Bueno soy yo pa... Venga Vd. conmigo. Le igo
que no lo pasará mal: yo conozco aquí cerca un colmao don
de hacen unas magras que...
Diciendo esto, el torero tomó á Clara por un brazo y quiso
internarla por la calle del Lobo.
— Suélteme Vd., caballero,—dijo Clara desasiéndose,—
tengo que hacer: por Dios, suélteme Vd.
—Pues es lo mesmo que un puerco-espin. ¡Bah! Si es us-
341
ted muy guapa para ser tan picona. Le igo que... Pero en fin,
yo la acompañaré á esa calle.
—No, dígame Vd. por dónde debo ir. Yo iré sola.
—¿Sola? Si hay rivolucion. iPa que le peguen á Vd. un tiro
y me la éjen frita en medio de la calle?...
— Yo quiero ir sola—dijo ella separándose.
La compañía y la solicitud impertinente de aquel hombre
le inspiraba mucha desconfianza: su intento era huir de él y
preguntar á otro. Pero aunque avivó mucho el paso, él seguia
siempre á su lado dicióndole mil cosas. Un incidente feliz
(algo feliz habia de pasar aquella noche) vino á librar á Cla
ra de aquel moscon. Iban por la plazuela de Santa Ana, cuan
do sintieron detrás unos gritos de mujer. El chulo no volvió
la cara; pero tuvo buen cuidado de embozarse bien en su capa
para no ser conocido.
—Arrastrao, endino— dijo la mujer, que era alta, gruesa
hombruna y con una voz aterradora y aguardentosa. —Espe
ra, espera; que te voy á sentar los cinco en esa cara de docu
mento.
Al decir esto tiró al chulo de la capa, y con una mano mas
pesada que una maza de batan, cogió á Clara por un brazo y
la detuvo.
—Si no fuera porque está aquí esta señora—dijo el chulo
cuadrándose ante la jamona—ahora mesmo te volvia lasnari
ees del revés.
—/Arrastrao! - dijo la maja cuadrándose y moviendo á un
lado y otro la cabeza—¿tengo yo cara de cabrona? Te paece
que por una cara de escoba como esta, voy yo á consen
tir...
—¡Calla!— esclamó el chulo—ó te ejo sin piernas.
—Mira, Juan Mortaja, que voy á sacarle los ojos á esta ra_
buja, si ahora mesmo no vienes conmigo. ¿Le parece á Vd. que
á una mujer como yo, se la... Juan Mortaja, cuando igo que
vamos á tener que...
—No haga Vd. caso— dijo el chulo, dirigiéndose á Clara
que estaba sin aliento, oprimida por la mano de la jamona,
342
como la codorniz en las garras del gavilan. No haga Vd. caso,
niña, que esta suele rezarle un Padre nuestro á santo cuar
tillo.
—¡Rtendinol—esclamó con trágico furor la maja, soltando
á Clara y echando rápidamente mano á la cintura, de la cual
sacó una navaja, que esgrimió con el donaire y la presteza de
un matutero.
— ¡Saco e demonios!—dijoel'chulo enarbolando el palo.
No sabemos cómo concluyó la pendencia, porque hemos de
seguir á Clara; y esta, en cuanto se vió libre de la zarpa de la
(lama de Juan Mortaja, se escapó ligeramente, y, á buen paso,
seguida siempre de Batilo, llegó á la plazuela del Angel. La
desventurada no sabia ya qué partido tomar: se horrorizaba
al pensar que entre los miles de habitantes de este inmenso
enjambre no habia uno que le dijera el nombre de la calle
donde estaba el único asilo que podia acoger á la huérfana
abandonada, sola, injuriada, medio muerta de miedo y dolor.
Creyó que Dios la abandonaba; ó que no habia Dios; que su
destino la obligaba á optar entre el martirio lento y la inqui"
sicion espantosa de las dos Porreñas, y aquel abandono,
aquel vagar por un desierto, repelida por todos ó solicitada
por la depravacion ó el vicio.
Se decidió á hacer otra tentativa. Detúvose ante un hom
bre que con un farol y un gancho revolvia unos escombros y
le hizo su pregunta.
—¿La calle del Humilladero? -dijo el trapero incorporán"
dose y haciendo con el gancho ciertos movimientos semejan
tes á los que hace con su varilla un director de orquesta.—
Esa calle está... Voy á darle á Vd. una receta para que la en
cuentre en seguida. Pues eche Vd. á andar... y vaya mirando
con atencion los letreros de todas las calles. ¿Sabe usted
leert
— Sí señor - díjo Clara.
— Pues cuando Vd. vea un letrero que diga así: "calle del
Humilladeron allí niesmo es.
El trapero se quedó muy satisfecho de su apotegma, y vol
343
viendo á inclinarse, enterró su gancho investigador en el
monton de inmundicia que delante tenia. Clara se retiró
muy angustiada y ya principiaba á perder el conocimiento
exacto de su desventura, hallándose próxima á entrar en ese
período de atonía que precede á las grandes enagenaciones.
Dirigió de nuevo mentales súplicas á Dios y á la Vírgen
para que la sacaran de aquella situacion, y aun rezaba,
cuando vió llegarse hácia ella á una persona que le inspiró
mucha confianza. Dió algunos pasos hácia aquella persona,
que era un clérigo de mas que mediana edad, gordo y pe
queño. Venia con su rosario en la mano y la vista fija en el
suelo. La huérfana respiró con tranquilidad, porque aquel
personaje venerable que tenia ante sí, debia ser un santo
varon, de esos cuyo fin en la tierra es consolar á los afligidos
y ayudar á los débiles.

CAPITULO XXXVII.

Contíimacíon del «Vía-Crucís.»

Parecia el clérigo hombre pobre, á juzgar por su vestido,


que era muy raido y verdinegro. Era él de edad madura, y á
juzgar por su pronunciada y redonda panza, debia ser hom
bre que no se daba mala vida, á pesar de su pobreza en el
vestir. -Tenia la cara redonda y amoratada, con dos ojillos
muy vivos y una nariz que parecia haber servido de modelo
á la naturaleza parala creacion de las patatas. No puede de
cirse que su fisonomía fuera antipática; sonreia con bondad,
y sobre todo habia en sus ojuelos cierta gracia y una volnbi-
' lidad amable. Cuando vió á Clara y oyó la pregunta que
esta le hizo con el mayor respeto, guardó el rosario, se ladeó
344
el sombrero (porque era este tan grande que tapaba con él á
cuantos se le ponian delante) y dijo:
—¿La calle del Humilladero? Sí, hija mia, sí; sé donde
está, sí. Pero es muy lejos. No podrá Vd. ir sola ; se perde
rá Vd., hija mia. Venga Vd. y yo la pondré en camino.
Y volvió atrás . Siguiéronle Batilo y Clara, que creyó al
fin haber encontrado el hilo del laberinto.
—Pero, hija mia, ¿cómo es que Vd. va sola? ¡á estas horas...
tan lejos! —dijo el padre con voz agridulce.
—Tengo que irá una casa que conozco—dijo Clara, por
dar alguna respuesta.
—¿Pero va Vd. sola? ¡A estas horas!.... Hija mia, ¿por qué
es eso?
—No tengo quien me acompañe— dijo Clara.—Soy sola.
—¿Que es Vd. pola? Jesús, María y José. ¡Qué calamidad!
¿Pero no tiene Vd. padres?
—No, señor.
—¿Es Vd. sola, enteramente sola? Jesús, María y José.
Esto no va bien, hija m¡a. ¿Pero no tiene Vd. ningun parien
te? Vamos, irá Vd. á casa de algun pariente.
—No, señor, no. Voy á casa de una mujer que conozco m
No conozco á nadie mas que á ella.
—Vamos, ya conocerá Vd. á alguna otra persona—dijo el
cura parándose y fijando en el semblante 'de Clara sus pica
rescos ojuelos.—¿De dónde viene Vd. ahora?
—De casa de unas señoras, donde estaba.
—¿Y allí no conoció Vd. á ninguna persona mas que a
esas señoras?
—No señor—dijo Clara asustada del giro que tomaban las
preguntas del clérigo.
—Vamos, jurariia yo que ha conocido á Vd. á algun mu-
chachuelo... Eso no tiene nada de particular, hija mia, para
eso es la juventud. Eso no tiene nada de particular. ¡Bah! no
se ponga Vd. encarnada. Por el Sagrado Corazon de María,
que no me enfado yo por eso... no.
Al decir esto el cura se paró otra vez, y volvió á fijar en la
345
huérfana sus pequeños y vivaces ojos, acompañando esta mi
rada con una santa sonrisa de astucia, que haria honor á un
alumno de seminario, conocedor de la obra de Sanchez titu
lada de De Matrimonia.
—Porque, hija mia, el mundo es así—continuó. —Yo que
conozco las debilidades de ambos sexos, puedo hablar sobre
este punto. Y luego, yo tengo una práctica tal, que en segui
da comprendo. Sobre todo, como Vd. es tan guapita .
Turbóse mucho la jóven con aquellas palabras, pero la es
peranza de que pronto llegarian a la decantada calle del Hu
milladero, la serenó, haciéndole mas llevaderas las amabili
dades del buen hombre.
—Sí, hija mia; yo soy gran admirador de las obras de la
Naturaleza, y cuando estas obras son bellas, las admiro mas.
Yo, francamente lo digo, no soy gazmoño. Lo cortés no qui
ta lo valiente. Aunque uno sea sacerdote... porque admirar
la Naturaleza no es pecado.
Con estas y otras cosas habian pasado la calle dexAtocha y
llegado á la Plaza Mayor: atravesáronla, dirigiéndose á la
plazuela de San Miguel.
—Venga Vd., venga Vd.—dijo tomando el brazo á Clara
al ver que manifestaba cierto recelo de internarse por el arco
oscuro que da á la plazuela del Conde de Miranda. —Venga
Vd. que conmigo va segura... Pues decia que* lo cortés no
quita lo valiente... Pero no me ha seguido Vd. contando eso
del muchachuelo,
—Si yo no he contado nada—dijo Clara, haciendo un mo
vimiento disimulado para desasir su brazo de la mano del
cura.
—Sí, algo hay, hija mia; yo lo he conocido. Si eso no tiene
nada de particular. Ya... ¿hay verg¡ícncillal Vamos, cuénte
me Vd. que yo la absuelvo en seguida. A las niñas bonitas
e les perdona todo.
Diciendo esto, miró de nuevo á Clara; pero ya no se son
reia: estaba sério y habia en su voz cierta agitacion que ella
no notó.
346
— Cuidado no se caiga Vd . —dijo, como si Clara hubiera
tropezado, y estendiendo su brazo por la cintura de la huér
fana.
—¡Ay!—dijo ésta mas confusa y separándose del cura. —
¡Cuándo llegaremos á esa calle!.... ¿Está muy lejos todavía-
—Sí, hija mia; está lejos, muy lejos. Pero ¿qué prisa tiene
usted?
—¡Ah! sí, tengo mucha prisa. Pero no se moleste Vd. mas.
Dígame por donde debo ir... y seguiré sola.
— ¡Ah! no acertará Vd. en toda la noche. Está muy lejos.
Pero qué prisa tienes, hija mia? Veo que estás muy cansada.
íNo te convendriia descansar un poquito?
—¡Oh! no señor; no puedo descansar—dijo Clara, aterrada
ante la idea de que la llevaran á una sacristía.
— Sí, hija mia, estás muy fatigadita, y yo no tengo corazon
para verte andar por esas calles á estas horas y con este frio-
—No importa, señor cu ra, no me puedo detener.
—¡Jesús, María y José! No he visto nunca una muchacha
mas arisca. Yo... no gusto de gente así, porque me gusta que
las niñas sean amables y buenas.
En esto entraban en el callejon de Puñonrostro. Paróse el
cura y tomó una mano á Clara, que se retiró, apartándose
de él.
— Hija mia, por Jesús, María y José, te digo que se me
parte el corazon de verte así sola por esas calles, á estas ho
ras, con este frio... Mira, yo tengo un buen brasero arriba...
porque aquí vivo yo, aquí á espaldas de San Justo, que es
mi iglesia. Pues si quieres descansar un ratito.
—No, padre, yo quiero ir á la calle del Humilladero. Díga"
me Vd. dónde está, ya que no me ha llevado á ella.
—¡Qué Humilladero, ni Humilladero! ya me tienes loco
con tu calle. Pues no estás poco impertinente,— dijo el cléri
go con mas agitacion y mucha impaciencia. — Ven, hija mia;
y me contarás eso del mucha chuelo.
El infame plan de aquel hombre se reveló de pronto en el
entendimiento de Clara con todo su horror y repugnancia.
347
—Señor:— dijo—Dígame Vd. por dónde voy.
—Sube, sube,—dijo él, colocado ya en la puerta de su ca
sa.— Sube: no te pesará. Si supieras qué bueno soy yo; por
que lo cortés no quita lo valien te. Y mañana te vas á tu
Humilladero, ó si no quieres ir...
— Señor, por Dios, dígame por dónde debo ir. Yo me
vuelvo loca, —dijo Clara con angustia. —Para qué me ha traí
do Vd. aquí? ¿Y dónde estoy? Puede ser que ahora esté mas
léjos del punto a dónde quiero ir.
—Sube, hija mia, sube, —dijo el clérigo, abriendo la puer
ta,—y hablaremos de eso. Yo te diré dónde está esa calle, y
mañana podrás...
— No: yo no le quiero ver á Vd. mas. Pero dígame por
dónde debo dirigirme. ¿Por qué me ha engañado Vd.?
La jóven rompió á llorar como un niño. El cleriguillo ha
bia perdido su amabilidad: sus ojuelos espresaban el mayor
despecho, su lábio inferior, masa informe y pendiente, le
temblaba por la rabia de la contrariedad y del desengaño.
—¿Está lejos esa calle, señor; está lejos?
El cura miró á Clara con desden, hizo un gesto desprecia
tivo, y entró diciendo:
—Sí, chica; está lejos, muy lejos.
Y cerró violentamente con mano colérica la puerta, que
produjo un fuerte estampido.
Algo tranquilizó á Clara el verse libre de aquel malvado;
pero al pensar que no habia podido adquirir noticia alguna
de lo que buscaba, y al verse en aquel callejon estrecho y os
curo, donde no aparecian indicios de vivienda humana; al
considerar que por un estremo podia aparecer un hombre y
por el otro estremo otro, avanzando hácia el centro y cogién
dola entre los dos, fué tal su pavor que estuvo á punto de caer
al suelo sin sentido. Tambien se le figuraba que la enorme
muralla de la casa del Cordon y la de San Justo iban á re
unirse aplastándola en medio. Un supremo esfuerzo, una
carrera en que el espíritu agitado, mas bien que el cuerpo,
parecia trasladarse, la llevó á la calle del Sacramento . Al fin
348
vió una luz que se movia: era un sereno. Aquel encuentro le
infundió algun valor; acercóse á él y le repitió su pregunta,
tantas veces hecha- y nunca contestada. El sereno de muy
mal humor, pero con buena intencion al fin, le dió la direc
cion verdadera.
—Baje Vd. esa cuestecita por detrás del Sacramento; baje
Vd. siempre hasta que llegue á la calle de Segovia; en segui
da sube Vd. derecha, siempre adelante hasta encontrar la
Morería: entra por ella hasta llegar á la calle de D. Pedro,
despues sigue por esta hasta la plazuela de los Carros, y en
frente de la capilla de San Isidro encuentra Vd. la calle del
Humilladero. —Le repitió las señas y le dió las buenas no
ches.
La muchacha se retiró muy agradecida. Al fin encontraba
la direccion de aquella maldita calle. Tomó por el camino
indicado y bajó la cuesta de los Consejos. ¡Qué triste y pa
voroso lugar! El piso parece que huye bajo los pies del tran
seunte: tal es la pendiente. A Clara que estaba completamen
te desfallecida, y con la cabeza debilitada, le parecia caerse
á cada paso, y que el suelo se iba inclinando mas cada
vez, negándose á soportarla. Llegó á creer que nunca ter
minaba aquel descender precipitado, hasta que por fin sus
pies pisaron en llano: estaba en la calle de Segovia, y se
le figuraba haber caido en un abismo. No era posible, pen
saba ella, que el sereno le hubiera dicho la verdad. Esta
ba aquel sitio habitado por séres de este mundo? De noche y
en aquella lobreguez parecia la profundidad de un barranco,
de esos que escogen para sus conventículos los duendes y las
brujas. Miró hácia arriba y le parecia que se inclinaban,
amenazando caer, las dos masas de habitaciones que á un la
do y otro de la calle se levantan. Este sitio horrible fué, sin
embargo, privilegiado lugar de la antigua nobleza. A un la
do se vé la enorme pesadumbre de la casa de los Consejos,
al otro la del Infantado puesta al borde del abismo; cons
trucciones colosales que espantan de noche cuando la oscuri
dad da grandeza y horror á aquellos muros inveterados; pero
349
que causan desprecio de dia, cuando el sol ilumina su arqui
tectura, baldon del arte español.
Clara siguió sin embargo la direccion que el sereno le in.
dicó, distinguié delante de sí la cuesta esca rpada de los Cie
gos, y pensó que era imposible trepar por allí. Intentólo, á
pesar de todo, tropezando con montones de e scombros y rur
nas: las casas se veian arriba suspendidas, al parecer, como
nidos de buitre en lo alto de la eminencia. Ella se sintió sin
fuerzas para escalar aquello; no distinguia senda alguna, ni
habia allí nada que indicase el paso de séres humanos. No se
oia voz alguna, sino de tiempo en tiempo, y resonando muy
lejos unos gritos de mujeres que Clara ieferia á lo alto. Los
gritos resonaban como si una bandada de aves con palabra hu
mana, se cernieran graznando en lo mas alto del cielo. De re
pente sintió una voz infantil que venia de abajo. Era una niña
que subia sola y cantando por la calle de Segovia, dirigién
dose á la Morería. Clara vió con asombro que la niña, sin ce.
sar de cantar, subia la cuesta y trepaba encontrando una ve:
reda entre tantos escombros. Se levantó é intentó seguirla
la niña no la vió y marchaba delante muy alegre al parecer
Pero de prontó . advirtió el ruido de los pasos de la que
la seguia; volvióse, vió aquel bulto que en medio de la noche
andaba tras ella, y lanzándose en súbita carrera, empezó á
giitar: "¡madre, madre; brujas, brujas!n
La huérfana sintió entonces mas claros los gritos de las
mujeres. Ella llegó tambien á creer que habia brujas por allí.
Las mujeres parecia como que bajaban y sus voces confusas
y discordantes semejaban al altercado frenético de una horda
de euménides. Ketrocedió y ,volvió á bajar, estando á punto
de resbalar y caer algunas veces. Hallóse de nuevo en la ca
lle de Segovia, y entonces los gritos femeninos llegaban á sus
oidos como si la horda de aves con palabra humana hubiera
levantado el vuelo tornando á las altas regiones.
Empezó á llover: caian unas gotas muy gruesas que la ima
ginacion calenturienta de la huérfana sentia en el piso, como
si este fuera una caja sonora. La lluvia aumentaba, las gotas
I
350
caian con estraordinaria rapidez, dejando en las piedras un
disco oscuro, semejante á una pieza de dos cuartos- que re
petidos imfinitamente, concluyeron por teñir de negro relu
ciente todas las piedras. Clara se arropó, apoyóse en una
gran piedra sillar que allí habia, y con el alma agotada ya,
miró al cielo buscando la luna, una estrella, cualquier cosa
que no fuera negra y horrible, cualquier cosa que no hubiera
visto aquella noche en otra parte; pero no vió ni estrella ni
luna: tan solo allá abajo en la direccion del puente y en el
horizonte que tras la otra orilla del Manzanares se dibuja,
vió una claridad rojiza, esa claridad violenta de encendido
color, que es en noches tempestuosas como una fiebre del
cielo. Se le ve arder calenturiento y agitado por súbitas y
precipitadas exhalaciones, mientras toda su inmensa esten-
sion permanece oscura y helada. Aquella claridad impresio
nó la mente de Clara de un modo muy estraño. Lejos de in
fundirle temoi, le pareció ver allí alguna cosa interna, mas
profunda que el profundo cielo, que parecia estar abierto
por aquel punto. Creia ver oleadas de luz, emanadas de un
foco incandescente; creia ver formas humanas, cuerpos sin
sombra, que oscilaban con caprichosas revoluciones. Parecía
le como una falanje de astros humanos, de cielos y mundos
en forma de seres vivos, que allí se determinaban dentro del
espacio mismo de una llama sin fin : cada uno engendraba
miles, cada mil un millon, se alejaban y volvian, se oscure
cian ténuamente, y de nuevo adquiriian el brillo de la mas .
intensa luz.
Cuando apartó la vista de aquella claridad, miró al lado
opuesto, miró á la calle, en derredor y no vió nada. Esperó
un rato, mirando siempre y no vió nada. Creyó que estaba
ciega, y en vano queria con atencion afanosa, descubrir al
gun objeto. La lluvia habia crecido de una manera espantosa;
un torrente bajaba por la Cuesta de los Ciegos y otro por la
de los Consejos: la calle recogia estas dos vertientes y arroja
ba hácia el puente un barranco fangoso. Ella continuaba sin
ver; sentia la lluvia y sentia que sus piés se enterraban en
351
fango; el ruido era horrible. Se le concluyó el ánimo; creyó
que no le quedaba mas recurso que cerrar los ojos, que ya no
veian, y dejarse morir allí, dejarse arrastrar por aquella agua
que iba hacia el rio con precipitacion vertiginosa.
Un relámpago intenso iluminó aquel abismo. Entonces
vió á la repentina luz, las dos masas oscuras de casas que á
un lado y otro se alzaban. Pero despues volvió á quedar su
mergida en su profunda ceguera. Las rodillas se le doblaban;
el agua le habia calado toda la ropa; Batilo gruñia como un
perro náufrago. A pesar del ruido de la lluvia, los gritos de
las mujeres se sentian otra vez, discordantes, acudas, como
un confuso chirrido de aves nocturnas, resonando encima,
allá arriba. La enferma fantasía de Clara creyó reconocer
en aquellas voces un horrible y áspero trio de las Porreñas,
que volaban, envuelta en espantosas nubes, dando al viento
las voces de su impertinencia, de su amargo despecho y de
su envidia. Hasta le pareció ver á Salomé, que se cernia so
bre su cabeza, agitando rápidamente sus luengas vestiduras
á manera de alas, y mostrando hácia abajo las encorvadas y
angulosas falanjes de sus dedos, terminando con uñas de le
chuza.
La lluvia empezó á disminuir. Un ruido de campanillas y
ruedas indicó á Clara que una galera acababa de pasar la
calzada del puente y entraba en la calle: esto la animó un
poco, porque sentia la voz del arriero, que con tremendos
palos estimulaba á sus caballerías á subir la cuesta. Levan
tóse la jóven dispuesta á hacer la última tentativa, pregun
tando al arriero. Llegó la galera y Clara se adelantó hácia la
mitad del camino; pero una de las mulas, que era muy es
pantadiza, dió un salto y casi vuelca la galera. £1 arriero
empezó á proferir votos y juramentos. El animal se resistió
á dar un paso ; pegaba el arriero, coceaba la mula espantadiza;
y la otra, queriendo aprovechar tan buena ocasion de repo
sar su fatigado cuerpo, que habia hecho la jornada de Naval-
carnero en seis horas, se echó al suelo muy sibaríticamente,
esperando á que estuviera resuelta la pendencia entre su amo
352
y su compañera. La mula quedó casi totalmente enterrada
en fango, y cuando el arriero vió tal cosa, y que la galera se
habia inclinado de un lado, hincando el eje en el suelo, se
puso hecho un demonio; llamó en su auxilio á todos los san
tos del cielo y á todos los demonios del infierno, se tiró de
los pelos y hasta empezó á darse latigazos de rabia.
Clara, que se creyó causante de aquel desperfecto, tuvo
bastante fuerza para huir de las iras del arriero, que , á ha
berla visto, la hubiera maltratado; corrió hácia arriba, y no
paró hasta la esquina de la plazuela de la Paja. Allí encon
tró otro sereno y le hizo su pregunta.
— Está Vd. cerca—le dijo este.— Suba Vd. esa plazuela,
pase Vd. aquel arco que se vé allí, donde está la imágen de la
Vírgen con el farol, y llega Vd. á la plazuela de los Carros.
Enfrente está la calle del Humilladero.
Clara empezó á creer otra vez que habia Dios, y siguió la
direccion indicada. Al fin estaba cerca, al fin llegaba. La es
peranza le dió ánimo; pero al acercarse al arco que unia en"
tonces la capilla del Obispo con la casa de los Lassos, se avi
vó su miedo. Se figuraba que aquel arco no podia conducir
sino á una caverna, y ademas le parecia que detrás estaba
una figura corpulenta, que no era otra que María de la Paz
-Jesús, apostada allí para asirla cuando pasara, arrebatándola
con una mano grande y crispada, para llevársela por los aires.
Pero la esperanza puede mucho. Cerró los ojos y corriendo
velozmente pasó. La plaza de los Carros ya le parecia mas
habitable y menos triste: pasaban algunas personas, se veian
algunas luces. Miró los letreros de todas las calles que de
allí partian, y al fin, llena de alborozo, leyó el nombre de la
que buscaba. Entró en ella y á los pocos pasos vió una
puerta, á cuyos lados habia pintados unos racimos alegóricos
y unas botellas- que indicaban muy claro que aquello era
una taberna.—Aquí ei—dijo, y se acercó: la puerta estaba
abierta, y dentro habia dos mujeres y un hombre. Preguntó
si vivia allí un tal Pascual, tabernero casado con una tal Pas
cuala.
353
—Aquí no hay nengun Pascual—dijo una de las mu
jeres.
—¿Sabe Vd. si es aquí cerca?—preguntó Clara.
,—¿No hay otra taberna en esta calle?
—No, que yo sepa.
Clara volvió á creer que no habia Dios.
— ¿Qué estás diciendo ahí, enredaoral—esclamó el hom
bre—siempre te has de meter en lo que no te toca. Sí seño
ra—añadió volviéndose á Clara. Hay otra taberna de vinos
de un tal Pascual... sí señora, ahí en el número 14.
La huérfana dió las gracias, y fué allá palpitante de agita
cion y alegría. Antes de llegar al número 14, sintió ruido de
guitarras y voces de hombres. Al acercarse á la puerta vió á
muchos que cantaban y bailaban con la exaltacion de la em
briaguez; y aunque no vió á Pascuala, aunque aquella gente
le inspiraba mucho recelo, subió el escalon de la entrada, y
presentándose, preguntó por su antigua criada.
—/Ole, ole! dijeron dos ó tres de aquellos insignes perso
najes, mientras uno de ellos avanzó hácia la jóven, y abra
zándola estrechamente, la llevó al centro de la taberna.
— ¡Viva el buen trapío!
Clara dió un grito de terror al encontrarse en los brazos de
aquel desalmado, y gritó con todas sus fuerzas "¡Pascuala^
—¿Qué? ¿Quién es?— dijo una voz de mujer—¿á ver qué
es eso?
Pascuala se presentó, y al ver que habia allí mia mujer, y
que estaba en brazos de su marido, dió á este en la cara un
mogicon, que á ser mas fuerte, no le dejara con narices.
— No fuí yo—dijo Pascual—fué ese dimonio de Cha
leco.
—Si fué él, que la ha traido y la tenia escondida, señora
Pascuala—esclamó Tres Pesetas, con uno de sus frecuentes
rasgos de malicia.
— ¡Señorita! —dijo Pascuala abrazando á Clara con mas sua
vidad que su marido y llevándola adentro.
Al encontrarse en el dormitorio de los Pascuales, la huér
23
354
fana, que habia agotado todas las fuerzas de su cuerpo y de
su espíritu en aquella noche, se dejó caer en una silla y per
dió el conocimiento.

CAPITULO XXXIX

Un momento de calma.

Bozmediano y Lázaro hablaron poco por el camino. Al lle


gar á la casa de Pascual, serian las diez de la mañana; lo pri
mero que vieron fué á Pascuala que fregaba unos vasos. Pre
guntáronle si habia venido Clara á su casa, y ella contestó:
—Anoche sí, señor: despues de media noche vino. Pero ya
reconozco al caballerato sobrino de mi amo, que estuvo allá á
preguntarme por su tio.
— ¡Gracias á Dios!—dijo este.— ¡Qué suerte hemos te
nido!
—La pobre llegó esta mañana y se desmayó—dijo Pascua
la.—Está muy malita; todavía no ha hablado palabra, sino es
pa delirar. Vino que no se podia tener, toda mojada, temblan
do de frio; y las lágrimas le corrian por la cara abajo.
—¿Dónde está?—dijo Lázaro.
— Allí, en mi alcoba y en mi cama. Pascual se quedó en el
desvan, y yo en el suelo al lado de ella. Está muy malita; em
pezó á dar unas manotadas y á decir que venian volando
unas.,- ¿cómo dijo? nLastres, lastres volando, n decia, y así
estuvo hasta hace una hora, que calló y se quedó tranquila.
Esto es que el amo la ha tratado muy mal. Como no le
haygan hecho alguna perrería aquellas tres señoras... Ya me
lo figuraba yo.
Los dos jóvenes pasaron adentro, y cuando la tabernera
355
abrió un poco la ventana para que entrara alguna luz, pu
dieron ver acostada en el lecho aquella figura, en cuyo sem
blante estenuado y pálido se pintaban los síntjmas de una
postracion y un malestar muy grandes. Dormia, y la violen
ta posicion de su cabeza indicaba que antes del sueño la ha-
bia atormentado uno de esos letargos dolorosos en que el
cuerpo obedece con bruscos movimientos á todos los delirios
de la mente enferma. Pascuala cogió entre sus manos la ca
beza de la jóven, y la colocó con menos molestia; le entró
uno de los brazos, que colgaba fuera de las sábanas; arregló
estas y las almohadas, y cerró un poco mas la ventana, por
que no entrara mas claridad que la necesaria para no estar á
oscuras.
—Vd. ya no sale de aquí,—dijo Bozmediano á Lázaro.
—No, - dijo este preocupado y contemplando á la enfer
ma tan de cerca, que sentia su respiracion agitada y difícil
como si un pequeño volcan existiera entre las sábanas.
— Creo que al despertar, despertará con el delirio. Usted
debe quedarse aquí hasta ver en qué para esto, —dijo Bozme
diano:—yo me marcho. Si me ve, creo que mi presencia no
será lo que mas la tranquilice. Mañana le espero á Vd. en mi
casa sin falta; tenemos que hablar.
Lázaro no contestó. Si su susceptible desconfianza no se
habia estirpado completamente, en aquellos momentos en
que tenia delante á la infeliz huérfana, cuya persona era el
remedo de un cadáver, no podia pensar en tan delicado
asunto. Su ánimo esperimentaba una emocion muy grande
para detenerse en dudas crueles y rencores poco generosos,
que un alma elevada deja siempre á un lado al contemplar
los grandes infortunios.
Cuando Claudio se marchó, Lázaro se sentó junto al lecho,
y allí permaneció mucho tiempo inmóvil mirando á la en
ferma, estátua que contemplaba otra estátua, casi tan pálido
como ella, esperando á cada espansion del aliento que des
pertara; observando con la atencion preocupada de un aman
te la oscilacion de aquella vida comprometida en una crísis.
356
Por fin, ella se movió, pronunciando algunas voces mal arti"
culadas. El jóven pudo distinguir claramente: ..Señora, por
Dios!.. .M Despues agitó una de sus manos como quien quiere
retirar algo, y por fin abrió los ojos. Se apartó los cabellos
que en desórden le cubrian la cara, tuvo un gran rato la
mano ante los ojos, y la apartó despues. Sus ojos se clava
ron en la persona que tenia delante, y -por mucho tiempo
permaneció mirándole, como si no tuviera claro conocimien
to de lo que veia, ó como si su sorpresa fuera tal que no pu
diera creer lo que estaba viendo. Despues estendió el brazo
lentamente hácia él, y le nombró con voz muy débil.
—¿No sabes por qué estoy aquí?— dijo Lázaro conmovido.
Me parece que no nos hemos visto desde mi pueblo. Aun no
creo que hayas podido estar en aquella maldita casa.
— ¿En qué casa?— dijo Clara, como afectada de una pro
funda confusion.
—Allí, en casa de esas mujeres,—contestó él con tristeza
recordando los dolores de aquella vivienda.
—¡Ay! esclamó Clara.—Yo no quiero volver: quiero mo
rirme aquí antes que volver. Estoy en casa de Pascuala, ¿no?
Al decir esto reconocia el sitio con ansiosa mirada.
—Sí: ya no estas, ya no estamos allí— dijo él acercándose
mas.
—No volveré; no me llevarán. No es verdad. Tú no volve
rás tampoco.
— ¿Qué he de volver?— dijo el jóven. — Si aquella casa ha
sido mas terrible para mí que el infierno mismo. La detesto,
y detesto á los que la habitan. Allí he padecido en una sola
noche mas que en toda mi vida. Ya no vuelvo, no.
Clara pareció escuchar esto con mucha atencion: despues
le estuvo mirando fijamente por un largo rato, y le miraba
con cierto asombro y con indicios de estar preocupada en
aquellos instantes por sérias reflexiones.
—¿Por qué me miras así?—preguntó Lázaro.
La muchacha tardó en responder; pero al fin con voz lenta
y cariñosa dijo:
357
—Hace mucho tiempo que no te he visto, ¿río?
—No hace tanto. Me viste una tarde, el domingo.
—Sí... ya me acuerdo ¡Qué dia! ¿Sabes que me echaron
porque decian que habia entrado un hombre en la casa? ¿Sa
bes?... ¡Qué malas son!
—¿Y no entró? - dijo él con mucha ansiedad.
—Sí entró, sí... pero yo ¿qué culpa tenia? Ellas dicen que
entró por mí. ¡Qué malas son!
—¿Y no entró por tí?
—¿Por mí? —contestó Clara con la voz entrecortada y muy
débil. -¿Por mí?
Despues se detuvo como recordando, y dijo:
—Sí, por mí. El me dijo que iba á sacarme de allí: que
queria hacerme feliz. Me dió mucho miedo.
Decia todo esto con una vaguedad que indicaba cuán débi
les estaban sus facultades mentales.
—Me dió mucho miedo, —continuó -aun me parece que
lo estoy viendo. Al principio pensé que me iba á matar, pe
ro... no me mató. Dijo que me queriia llevar consigo; que él
me queria ver feliz... Me habia escrito una carta.
—¿Una carta?—dijo Lázaro vivamente.
—Sí: me la dió aquel viejo feo, feo, feo...
—¿Dónde está la carta?
—¿La carta, la carta?.. No sé. Yo la tenia en la faltri
quera.
—¿Dónde está tu ropa?
—No sé... La carta... ¡Ah! ya me acuerdo... la rompí toda,
y la hice unos pedacitos muy chicos, muy chicos.
—¿Por qué la has roto?—dijo Lázaro, deplorando no tener
aquel documento.— ¿Y no recuerdas haberme visto á mí aque
lla tarde?
—Sí, sí, sí lo recuerdo —contestó mostrando que nunca
habia olvidado tal cosa. -Entraste muy enfadado. Yo estuve
llorando toda la noche. Despues me dió un mareo en la cabe
za... yo creí que me iba á morir y me alegré.
La melancólica serenidad que habia en estas declaracio
358
nes conmovió á Lázaro de tal modo, que no se atrevia á pre
guntar mas; porque herir la delicadeza de aquel ángel le pa
recia una crueldad sin ejemplo. Aun quiso hacer la última
pregunta de este modo.
—¿Y qué te dije aquella tarde?
—¿Qué me dijiste?... Eso sí que se me ha olvidado... No:
ya lo recuerdo, Me dijiste...
—Aquí se detuvo: sin duda le faltó el habla ó el entendi
miento. Tenia húmedos los ojos, y se apartaba otra vez el ca
bello que le cubria parte de la frente. Lázaro se sintió hu
millado. Casi le avergonzaba la cruel y brusca acusacion que
su conducta en aquella tarde memorable habia hecho á la
inocencia. No habia prescindido aun enteramente de la ley
social que exige pruebas positivas para la aclaracion de cier
tos hechos; pero aun poseyendo aquella susceptibilidad irre
flexiva no podia resistir á la fuerza de persuasion que en las
respuestas de la huérfana habia. En su corazon no cabia, no
era posible que cupiera la duda, despues de oirla; y si la voz
de un demonio atormentador resonaba internamente para
recordarle el deber social de no darse por satisfecho, él pare
cia como que aplazaba para mas tarde la investigacion de la
evidencia en aquel asunto, abandonándose por entonces á
la efusion consoladora del afecto, que sentia tan vivo como
antes, apremiante como una necesidad.
—-No me espliques mas—dijo Lázaro, viéndola llorar. —
Veo que aquellos demonios tienen la culpa de todo. ¡Maldito
sea el que te llevó allá! Ellas te han. calumniado, estoy se
guro de ello. Siempre estaban hablando de faltas cometidas,
de pecados... y qué sé yo. Lo mismo decian de mí. Las dos
aseguraban que yo era un malvado, y que habia cometido
no sé qué crímen. Esto me admiraba porque yo no habia co
metido falta grave alguna. Lo mismo juzgo de tí. Tx\ eras
la víctima de su rigor, de su suspicacia, de su disciplina,
como ellas decian.
—Yo no las quiero ver mas— dijo Clara—anoche las estu
ve viendo toda la noche en sueños: me parecia que doña Sa
359
lomé estaba revoloteando encima de mí, mostrándome sus
ojos rencorosos y sus uñas terribles: me parecia que doña Paz
estaba detrás de la cama, y que de tiempo en tiempo sacaba
el brazo para abofetearme. Estuve temblando y envuelta en
mis sábanas para no verlas; pero siempre las veia. ¡Qué feas
son!
—Tranquilízate—dijo Lázaro, viendo en el tono de su ami
ga los síntomas de un nuevo delirio.—Ya no volverás á casa
de esas fieras. Yo estoy aquí; tu te has creido abandonada,
mientras yo existia. No sé si yo tengo la culpa de esto: si la
tengo, descuida, que yo sabré remediarlo. ¡Yo que no he vi
vido sino por tí, que te he tenido por guía y por inspiracion
de todos mis actos! Bien te dije, cuando nos conocimos, que
Dios nos habia puesto en camino de encontrarnos para que
no nos separáramos nunca. Para mí has sido tú lo mismo que
yo. A donde quiera que he ido te he llevado siempre en mi
corazon y en mi cabeza, creyendo por tí y esperando por tí.
Desde que nos conocimos, no hemos cesado de estar juntos,
de caminar juntos por la senda de la vida, á lo menos en lo
que á mí corresponde. Cuando vine á Madrid, aunque no nos
vímos inmediatamente, no dí un paso por estas calles que no
fuera dado hácia tí. Me prendieron por una ligereza mia, que
no fué ningun crímen, como decian aquellas mujeres: y si
soporté aquel contratiempo, si no me suicidé, estrellándome
la cabeza contra los muros de la cárcel, fué porque en la os
curidad me parecia siempre que te estaba mirando en un rin
con, en pié, con el rostro sereno, como es costumbre en tí.
Yo no he podido, despues que te conozco, pensar en nada
futuro, sin que á mi pensamiento acompañara la idea de tu
persona, parte de mí mismo. No he podido pensar en la ad
quisicion de alguna cosa, de algun obj eto, de alguna felici
dad, sin que pensara en que tú disfrutarias de todo eso antes
que yo. No he tenido desgracia alguna, pérdida alguna, sin
figurarme que estabas al lado mio, llorando conmigo. Si he
aspirado á alguna hora feliz, siempre he tenido presente que
nuestras dos vidas llegarian juntas á esa hora. No he podido
360
concebir que uno de los dos existiera solo en el mundo: esto
me ha parecido siempre imposible. ¿Sabes que ahora me pa
rece que fué ayer cuando saliste de mi casa para volver
aquí? Y esto que ha pasado despues, yo quiero borrarlo de
mis recuerdos: aborrezco estos dias como se aborrece una pe
sadilla. ¿Tú no me has dicho tambien que aborreces aquella
casa y aquella gente? Yo te lo creo. No puedo acostumbrar
me á la idea de que pensemos de distinta manera. Si yo llega
ra á creer de una manera evidente que no me amabas, no sé
cómo podria vivir; y si aun vivo despues de aquella tarde, es
porque la dyda me ha dado vida, duda en que ya no quiero
pensar: la he tenido como un deber, me la impuse yo mismo,
pero ya rechazo esta tiranía. Cuando te he visto, me parece
que ha retrocedido el tiempo. Dudar de tí se me figura un
crímen, y si lo he cometido, no te pido perdon porque sé
que ya me lo has perdonado.
Durante esta espansiva manifestacion, le escuchaba la en
ferma con una especie de trastorno. Al fin lloraba con tan
deshecho llanto, como si en aquel momento y con aquellas
lágrimas se desahogaran los dolores de toda su vida, desde
el incidente del pajarito en casa de la madre Angustias hasta
la escena de la espulsion en casa de las Porreñas. El jóven no
quiso menoscabar con una palabra mas la elocuencia de
aquellas lágrimas. El calor y la pulsacion precipitada de la
mano de Clara que tenia entre las suyas, le indicó que la
fiebre aumentaba tal vez por la agitacion de aquel diálogo,
en que él habia puesto toda su elocuencia, y ella toda su sin
ceridad.
—Es preciso cuidarte mucho —dijo Lázaro.
— Sí - contestó ella - quiero vivir.
CAPTULO XL

El gran atentado

Por la tarde llegó un médico enviado por Bozmediano.


Vió á la enferma, y despues de prescribirle mucho reposo, la
dejó, dando muy poca importancia á aquella crísis, origina
da de una fuerte agitacion moral. Durmióse Clara, entrando
en un período de calma, de que hasta entonces no habia dis
frutado. En tanto el jóven que ardia en deseos de tomar una
determinacion decisiva en su vida, pensaba hablar con su
tio aquella misma noche, romper con él, separarse de un
hombre, que era autor de todas sus desventuras: deseaba
ver á las dos Porreñas, echarles en cara su crueldad y su hi
pocresía. Si la dignidad de varon no se lo impidiera, segura
mente su primer acto aquella noche hubiera sido cojer por el
moño á doña Paz y hacerle inclinar la cabeza hasta el suelo.
Lo urgente y decoroso era suspender relaciones con aquel
hombre fanático, que le parecia mas repugnante, despues que
se reunia descaradamente con los. jóvenes exaltados y hasta
llegaba á darse el título de liberal. Despues solo y sin apoyo,
pobre, mas pobre que antes. Pero él se encontraba con fuer
zas para trabajar; trabajarla en una profesion, en un oficio
cualquiera. Y si en Madrid no podia conseguirlo, se volveria
á su pueblo, donde por lo menos tenia seguro el pan.
Salió, pues, ya entrada la noche, dejando á Pascuala el en
cargo de no apartarse de Clara; y recordando que su tio ha
bia hablado de no volver á casa de las Porreñas hasta despues
de tres dias, pensó dirigirse á la Fontana ó á casa del abate.
362
Fué á la Fontana, entró en el cuarto interior, donde se re-
unian confidencialmente los principales políticos del club, y
no le encontró. No habia allí otra persona que el Sr. Pinilla,
que se paseaba muy agitado con las manos metidas en los
bolsillos y el sombrero enterrado hasta los ojos.
—¿Ola, amiguito?—dijo al ver á Lázaro.— ¿Cómo Vd. por
aquí á estas horas?
—Busco á mi tio. a
— ¡Ah! No le hallará Vd. Está en una parte... Ya sé yo
dónde está. Está donde entran pocos.
—¿No vendrá esta noche?
— ¿Esta noche? ¡Quiá! ¿Cómo ha de venir esta noche?
—¿Pues qué hay esta noche?
—Lo gordo—dijo Pinilla con misterio. Pero bah, Vd. lo
sabe mejor que yo. Si es su sobrino...
—No, no sé nada—dijo Lázaro sorprendido.
— ¿Pero no le han designado á Vd. su puesto? No le han di
cho lo que ha de hacer? ¿No trabaja Vd. como todos en esta
gran obra?
—¿Qué obra?
—¡Esta noche, amigo, esta noche es ella!
—¿Qué? ¿Hay algo? Efectivamente he notado al venir cierta
agitacion en la ciudad.
—Pues ya verá Vd. á eso de las diez...
—¿Y no hay sesion esta noche? "
—¡Sesion! ¡Brrr! - esclamó Pinilla haciendo con la boca un
estrambótico sonido. — Esta no es noche de palabras; es no
che de hechos. Mucho se ha hablado ya.
—Pues no estoy enterado de nada. Ello es que desde ano
che no vengo por aquí.
—Pues busque Vd. al Doctrino que debe estar allá por las
Peñuelas, y le dirá lo que tiene que hacer; porque supongo,
amigo, que Vd. no querrá quedarse atrás. ¡Fuera miedo! yo
sé que la primera vez esto es algo imponente, sobre todo
para el que nunca ha oido tiros. Pero, en fin, teniendo
ánimo...
363
—Pero esplíqueme Vd. lo que hay—dijo Lázaro fingiendo
cierta complacencia para que el otro no vacilara en contarle
todo.
—Hay—dijo Pinilla—que esta noche es el gran golpe, el
golpe decisivo, el último esfuerzo del liberalismo vergonzan
te. Es preciso arrollar á los discretos que nos cierran el paso.
Sí, amigo mio; al fin tendremos libertad.
—Vaya—dijo Lázaro afectando incredulidad para saber
mas—algun motincillo insignificante...
—¿Motincillo? Algo mas—dijo el otro sentándose y avi
vando con una badila el escaso fuego que en un brasero
habia.
Robespierre subió sobre sus rodillas de un salto, y se acur
rucó allí con admirable franqueza republicana.
—Pues yo tambien voy allá—dijo Lázaro deseando que Pi"
nilla desembuchara.
—Vaya Vd. err busca del Doctrino y le designará su pues
to. Yo creo que hasta estará mal visto que Vd. no figure en
este asunto despues de haber pronunciado el discurso que
oimos anoche. ¡Qué discurso, amigo! Es Vd. un gran orador.
Si viera Vd. cuánto gustó: está la gente entusiasmada. Soy
he oido á un zapatero de la calle de la Comadre repetir de
memoria un trozo largo de lo que Vd. dijo anoche.
—Pero cuénteme Vd. ¿Qué habrá?—dijo impaciente Lá
zaro.
— Es muy sencillo. Es preciso pasar por encima de los fal
sos liberales que están hoy en el poder. Es preciso pasar;
pues bien esta noche se pasará.
— ¿Y de qué manera?
—Estas cosas no se hacen sino de una sola manera. Usted
bien lo sabe. La revolucion necesita estas medidas prontas
y decisivas. Se pasa por encima de ellos, esterminándolos.
—¡Esterminándolos!—dijo Lázaro horrorizado.
—Pues ya. Solo así se puede arrancar de raiz una mala se
milla. Es el único medio: convengo en que es terrible; pero
es eficaz.
364
— ¿De modo que va á haber aquí una matanza?
—El pueblo está irritado y con razon. Se derribó la tiranía;
se creyó que Ibamos á tener libertad, y nos han engañado.
Cuatro tiranuelos nos mandan constitucionalmente, y consti-
tucionalmente nos persiguen como antes. Esto no nos satis
face: queremos mas. Adelante, pues.
—Pero el medio es espantoso. Yo no quiero para mi patria
los horrores de la revolucion francesa. Despues de un terror,
no puede venir sino una dictadura. Yo no quiero que pase
aquí lo que en Francia, donde á causa de los escesos de la
revolucion, la libertad ha muerto para siempre.
—Eso es música, amigo, música.
—Esa es la verdad. — ¿Pero es posible que mis amigos, los
individuos de este club, que han predicado el uso de los de
rechos adquiridos como único medio de llegar á la libertad?...
No lo puedo creer.
—Amigo,— dijo Pinilla,—mirándole con. mucha sorna. —
Usted lo dijo: no se acuerda Vd. ya de aquella parte de su
discurso en que decia: n¿Nos detendremos con timidez asus
tados de nuestra propia obra? No. Estamos en un intermedio
horrible. La mitad de este camino de abrojos es el mayor de
los peligros. Detenerse en esta mitad es caer, es peor que
no haber empezado?"
—Sí,— dijo Lázaro confundido;—pero yo no quise decir
que se llegara á ese fin quitando puñal en mano todo obstá
culo; yo quiero que se llegue á ese fin por los medios legales.
—Sí; Vd. quiso decir eso, pero la gente lo entendió de
otra manera, y esta noche va Vd. á ver cómo se entienden
esas cosas. Desengáñese Vd., amigo; no hay otro camino mas
que ese: los medios legales son pamplinas, créame Vd. Esta
noche se verá: hay la ocasion mas propicia... Figúrese usted
que se reunen todos en un sitio. Sí: se reunen fatalmente, y
no es preciso ir marcando con sangre las casas de cada uno.
—¿Quién se reune?—preguntó Lázaro con agitacion.
—¡Ellos! Los prudentes. Tienen' ahora unas reuniones se
cretas sin duda con objeto de fraguar algun complot para
365
quitamos la poca libertad que tenemos. Por una casualidad
se ha descubierto que algunos ministros y diputados de los
mas influyentes de la mayoría se reunen en una casa de la
Plaza de Afligidos.
—¿Pero es cierto?— dijo Lázaro procurando disimular su
turbacion.
—Si: no sé quién lo ha descubierto. Lo que sé es que se lo
dijeron al Doctrino, y él fué allá y les vió salir. Despues no
sé por qué medio se ha enterado de quiénes son todos ellos.
Allí van Quintana, Martinez de la Rosa, Calatrava, Alava,
y hasta Alcalá Galiano se ha metido con esa gente.
Lázaro quedó mudo de temor.
-Lo que mas me complace,— continuó Pinilla, —es que
cae tambien el jóven Bozmediano, que tambien se ha meti
do á político, educado por su padre.
— ¡Bozmediano!
—Sí: es hombre tan odioso para mí, que me parece que si
no le veo ensartado me muero de un berrinche.
—¿Y qué le ha hecho á Yd.1
—Ahí tuvimos una pendencia en Lorencini. — Reñimos.
Fué por un discurso mio: es cuento largo. Ese no escapa, ni
el padre tampoco, que es el orgullo mismo, y fué el que pidió
en el Congreso que se cerraran las sociedades secretas. ¡Bue
nos están los dos! Pero no escapan, eso no. Para eso estoy yo
allí. A las doce no hay quien me arranque de la Plazuela de
Afligidos
— ¿De modo que van á asesinar á esos hombres, cogiéndo
les á todos desprevenidos?
—En buen castellano eso es. El pueblo de Madrid lo hará
bien; les detesta, y allá irán unas turbas que ya, ya... ¿Con
que al fin no va Vd. k que le designen un puesto?
—Sí,—dijo Lázaro para disimular su propósito. —Voy.
—Yo espero aquí un recadillo del amo del café.
—Adios,— dijo Lázaro saliendo con precipitacion.
Su resolucion era irrevocable. No podia permitir que se
llevara á efecto aquel complot infame. Por él, solo por él,
366
habian tenido noticia de la reunion que en aquel sitio cele
braban las víctimas indicadas, y á él correspondia evitarlo.
Corrió hácia la Plazuela de Afligidos con objeto de llamar
en aquella casa misteriosa, y prevenirles contra el atentado
que se preparaba.
Por el camino encontró muchos grupos de gente sospecho
sa. Iban algunos armados de trabucos, ceñida la cabeza con
el pañuelo aragonés, cómodo tocado de las revoluciones. Su
actitud y sus rumores anunciaban la agitacion que en el pue
blo reinaba. Iba á cometerse un gran crímen. ¿Sabia el pue
blo lo que iba á hacer y á qué principio obedecia haciéndolo?
Lázaro meditaba todas estas cosas por el camino, y decia:
,■No, no es esto lo que yo prediqué, n y al mismo tiempo la idea
de que el violento discurso pronunciado por él la noche an
terior hubiera tenido una parte de complicidad en la actitud
del pueblo, le desesperaba.
Encontraba cada vez mas grupos sospechosos, y aun oyó
proferir algunos mueras lejanos. Al llegar á la calle Ancha
vió un grupo mas numeroso. Pasó cerca sin intencion de de
tenerse, cuando uno se adelantó hácia él y le detuvo. ¿Quién
podia ser sino el pomposo Calleja, el barbero insigne de la
Fontanal Haciendo grandes aspavientos y dando al viento
su atiplada voz, puso sus pesadas manos sobre los hombros
del jóven, y dijo.
— ¡Eh! muchachos aquí está el grande . hombre, nuestro
hombre. Bien decia yo que no habia de faltar. ¡Eh! mucha
chos: aquí lo teneis.
Todo el grupo rodeó en un momento á Lázaro.
—Es el que habló anoche. ¡Bien por el pico de oro!—dijo
uno, agitando su gorra.
— Que venga con nosotros: nombrémosle capitan;—dijo
Tres Pesetas, que se habia erigido en alférez y llevaba una
cinta amarilla en la manga.
—No: que se ponga ahí, encima de ese barril y nos hable—
esclamó otro que por las señas debia ser el Matutero, que
atropelló á Coletilla, segun referimos al principio.
367
—Que hable, que hable,—gritó una mujer alta, huesosa,
descarnada y siniestra, que parecia la imágen misma de la
anarquía,—¡que hable, que hable!
—Señores—dijo Calleja, alzando el dedo como si quisiera
horadar el firmamento. —Ya no es tiempo de hablar, es tiem
po de obrar. Bien lo dijo este señor anoche. nAdelante en el
camino: retroceder es la muerte, pararse es la infamia. n Yo
lo hubiera dicho lo mismo; solo que yo no me he decidido
á hablar todavía; pero sime enfado...
—Bien, bien, -dijeron muchas voces.
Lázaro sudaba con impaciencia y angustia. No sabia có
mo romper aquel círculo de atletas, que le rodeaba. Dió al
gunas escusas, empujó por un lado, abrió brecha por otro;
pero aun así no consiguió verse completamente libre, porque
el barbero, echándole el brazo por encima y hablando en voz
baja con la actitud y tono confidencialmente misterioso que
cuadra á dos grandes hombres al comunicarse una idea que
ha de salvar el mundo, dijo:
— Yo, Sr. D. Lázaro, tengo todo este barrio por mio. A us
ted le han dado órdenes para que mande aquí? Yo... franca
mente, le admiro á Vd. mucho como orador; porque anoche
dijo Vd. cosas que nos pusieron los pelos de punta; pero...
— ¿Qué quiere Vd. decir?
—Que yo, Sr. D. Lázaro, soy un hombre que ha salvado la
patria muchas veces y derramado mucha sangre en defensa '
de la libertad; y por lo mismo yo... estoy encargado de este
barrio, y me parece que el barrio está en buenas manos. Por
lo tanto, yo quiero saber si Vd. trae aquí la comision de en
cargarse del barrio; porque como Vd. habló anoche y dijo...
pudieran haberle designado un puesto de honor... y yo,
francamente aunque no hablo, soy hombre que sabe hacer las
cosas, y si Vd. se encargase del barrio, yo protestariia... por
que ya ve Vd.
—No,—dijo el jóven tranquilizándole,—no le quitaré á us
ted el mando de este barrio ni de otro ninguno: yo no mando
barrios.
368
—Bien decia yo -repuso el barbero con la mayor satisfac
cion - que Vd. no me quitaria el mando de mi barrio; pero
creia que le habian mandado por no tener confianza en mí.
Pero ha de saber Vd. que donde está Calleja, la libertad está
asegurada.
- ¡Oh! sí: ya lo supongo, —dijo Lázaro, procurando quitar
se de encima el peso de aquel brazo, que le hundia de la ma
nera mas despótica. — Quédese Vd. tranquilo.
— ¿Va Vd. á alguna comision del Doctrino ó de Lobo?
—No: voy á un asunto.
— Esta no es noche de asuntos.
—Buenas noches,— dijo Lázaro apartándose.
La venganza que de él tomarian los exaltados, autores del
complot, si sabian que por él habia fracasado su crímen, se
ria espantosa; pero á él, ¿qué le importaba la venganza? Era
preciso evitar el crímen. Importábale poco por el momento
que estallara el motin con un simple fin político. Lo que no
podia soportar era que se asesinara á una docena de hombres
indefensos é inocentes. ¿Cuál era la causa de este atentado?
La iniciativa de este hecho no podia ser liberal: imposible.
Era una horrible invencion del absolutismo, que se habia va
lido del partido exaltado para llevarla á cabo; que habia es
citado las pasiones del pueblo para hacerle instrumento de
su execrable objeto. Nada de esto se escondió entonces á la
natural perspicacia del jóven, y pudo muy bien confirmarse
en su sospecha al recordar la actitud de su tio, su conducta
misteriosa é incomprensible.
Llegó á la plazuela de Afligidos cerca de las once. Si aque
lla noche habia reunion, ya todos debian estar dentro. La
plaza estaba desierta: acercóse á las calles inmediatas por
ver si habia gente en acecho, y no vió nada. Solo en la calle
de las Negras divisó algunas sombras lejanas, un peloton de
gente, como de diez personas. Tambien hácia el portillo de
San Bernardino se movian algunos bultos. Creyó que no ha
bia que perder tiempo; llegóse á la puerta, y asiendo el alda
bon, dió algunos golpes con mucha fuerza.
369 . .
Claudio Bozmediano, que es la persona á quien debemos
las noticias y datos de que se ha formado este libro, nos ha
contado que cuando los personajes de la reunion sintieron
aquellos aldabazos tan fuertes, se quedaron todos mudos y
petrificados de sorpresa y temor. Todos sabian que aquella
noche era noche de motin; pero creian que solo seria uno de
tantos, y que con las precauciones tomadas por la autoridad
militar, no pasaria de ser una manifestacion de algunos tiros,
dos ó tres heridos y un gran número de presos. Estaban se
guros de que nadie conocia si secreto de sus reuniones, y
aquellos golpazos, dados sin duda por un enemigo, les llena
ron de terror. Aguardaron un momento á ver si se repetian,
y efectivamente, se repitieron con mas fuerza.
—No hay mas remedio que bajar á ver quién es.
—Yo bajaré—dijo Bozmediano, hijo.— Pero díganme us
tedes qué hago si es... ¿Quién podrá ser?
—Esa es la confusion—dijo otro. -Es que el motin de esta
noche tiene alguna alta mision que cumplir cerca de nos
otros. No lo duden, señores, este motin viene de palacio,
como todos. Nuestra reunion se ha descubierto. Esto viene
contra nosotros: ya lo indiqué al principio de la conferencia,
y nadie me hizo caso.
— Hay que bajar— dijo Bozmediano al oir que los golpes
se repetian con mas fuerza. —Bajaremos tres, los que parez
camos menos comprometidos. ¿Hay dos que, como yo, no
sean ministros ni diputados?
Otro jóven y un viejo se levantaron.
—Nosotros bajaremos. Los demas pueden salir todos á la
huerta del Príncipe Pío, a la cual se entra por el patio. No
hay tiempo que perder. Recoger esas notas, y á la huerta.
— Mejor seria quemarlas— dijo otro, arrojando al brasero
unos papeles, que se consumieron muy pronto.
Todos bajaron por una escalera interior, dirigiéndose á la
huerta, escepto Bozmediano y los otros dos, que bajando por
la escalera principal, llegaron á la puerta. Claudio gritó:
—¿Quién va?
24
370
—Abra Vd.- dijo Lázaro.
—¿Quién es? ¿Qué busca Vd ?
—Busco á D. Claudio Bozmediano.
—Este creyó reconocer la voz del sobrino de Coletilla, y se
figuró que, despues de tanta alarma, se reduciria todo á un
simple asunto personal entre los dos. Abrió la puerta y repi
tió: "¿Quién es1n
—D. Claudio Bozmediano, ¿está aquí? dijo Lázaro sin re
conocerle. Tengo que hablarle de un asunto urgentísimo que
no admite demora alguna.
—Pase Vd., amigo, —dijo Bozmediano.
El criado que allí tenian trajo una luz, Lázaro entró, y sin
mas preámbulo, conociendo la gravedad de las circunstan
cias, esclamó muy agitado:
— Márchense Vds. de aquí, aun es tiempo.
— ¿Qué hay? — dijo Bozmediano.
—Un complot horrible, el mas espantoso atropello. Yo lo
sé... estoy seguro. Márchense Vds. inmediatamente; ahora
mismo.
— ¿Pero quién? ¿Pero quién? —dijeron los otros con mucha
cólera.
— Esos— contestó el jóven—los exaltados. Hay una ma
quinacion infernal en el movimiento de esta noche. Yo lo
sé... he venido á prevenirles á Vds. y á impedir este atentado.
Se internaron los tres, dirigiéndose á la huerta donde los
demas esperaban.
— Señores, ¿qué hacemos? - díjo Bozmediano. —El motin
de esta noche se dirige á nosotros. Han amotinado al pueblo
para perpetrar en nombre de la libertad un horrendo crímen.
El motin se hace en nombre del partido exaltado; pero, ¿no
presumís quién es el verdadero autor de este movimiento?
— i El rey! ¡El rey! - dijeron con terribles voces todos los
que estaban allí reunidos.
—Pues es preciso recibir á esos miserables como merecen.
—Lo mejor es huir; no nos hallarán aquí y punto conclui
do,—dijo otro.
371
—No; es preciso enseñar al rey cómo deben ser tratados
sus viles instrumentos. Basta de contemplaciones. Ya era de
esperar esto. Lleno está Madrid de agentes del rey que se
ingieren en las sociedades secretas, pagan á algunos de los
oradores mas exaltados para que aticen los rencores del pue
blo contra la autoridad constitucional. Ya ha llegado el ins
tante supremo de su empresa infernal. Muchos imprudentes
les ayudan sin saber lo que hacen. Pero hoy es imposible dis
tinguir. Demos un escarmiento.
—¿Qué hacemos?
—Ahí á dos pasos está el cuartel—dijo uno de ellos, que
era militar de alta graduacion. —Voy á traer dos compañías.
Las saco por la Ronda y con gran sigilo las meto aquí en la
huerta. Ni un hombre en la calle, ni un centinela, nada. Que
cuando lleguen esas turbas crean que estarnos desprevenidos;
que intenten allanar la casa; que derriben la puerta.
—iY nos marchamos?
— Opino que no. Aquí todo el mundo.
— Pues aquí todo el mundo.
A la media noche, una turba tumultuosa, animada con to
das las voces de un motin y todos los alaridos de una baca
nal, invadia la calle de San Bernardino, del Duque de Osuna
y del Conde-Duque. Llegó á la Plazuela de Afligidos y la
ocupó casi toda, uniéndose á los que, entrando por el Porti
llo, habian llegado un poco antes. La puerta de la casa de
que hemos hablado resonó con tremendos hachazos; todo el
largo de la tapia del Príncipe Pío estaba ocupado por el pue
blo, y algunos pelotones de gente armada estaban en la Mon
taña en la parte contígua á dicha huerta. El callejon de la
Cara de Dios contenia mas de trescientas personas; y la alga
rabía era tan grande que no se podian distinguir claramente
las voces pronunciadas por los mas exaltados, los mueras, los
vivas que exhalaba la multitud para infundirse ella misma
animacion y bríos. Imposible es referir los vaivenes, las con
vulsiones, los bramidos que determinaban la pasion colectiva
del inmenso pólipo, difundido allí, comprimido con estrechez
372
en aquel recinto, y que á ser posible, hubiera ensanchado su»
multiplicados miembros en una terrible fuerza espansiva. El
monstruo oprimió con su mas fuerte músculo la puerta de la
casa. Vino por fin al suelo, y diez, quince, veinte personas se
precipitaron en el portal dando gritos aterradores; pero al lie.
gar al patio hubo un instante de. vacilacion, de terrible sor
presa. Una doble fila de soldados apuntaba á la multitud,
que confiada en su fuerza, no pudo resistir un movimiento de
terror, retrocediendo al ver que se la recibia de aquella ma
nera. "Atrásn dijo la voz del jefe. "Adelante: mueran los
traidores n esclamó otra voz en el portal. En el mismo instan
te sono un tiro, y cayó un soldado. Hizo fuego sin esperarse
la tropa y una descarga nutrida envió mas de veinte proyec
tiles sobre la muchedumbre. La confusion fué entonces es
pantosa; avanzó la tropa, retrocedieron los paisanos no sin
disparar bastantes tiros y agitar las navajas, arma para ellos
mas segura que el trabuco. La gente de la calle sintió el re
troceso de los del portal, y se replegó abriéndole paso. Al
mismo tiempo un escuadron de caballería bajaba por la calle
del Conde-Duque y un batallon de nacionales avanzaba por
el Portillo, impidiendo la salida de los amotinados. Hubo-
luchas parciales, pero puede decirse que la dispersion del
pueblo fué completa desde que los del portal, recibidos por
una descarga, retrocedieron hácia la plaza. La corrida que
cruzó por la calle de San Bernardino y la plaza de San Mar
cial, arrastró en su rapidez á la mayor parte de las personas
acumuladas allí por la curiosidad ó el convenio del motin. En
vano algunos de los llamados jefes, trataron de impedir aque
lla desorganizacion, con improvisadas filípicas. La dispersion
creció hasta el punto de que solo quedaron en la plazuela
Lobo, Perico Ganzúa, Pinilla y el cadáver del Doctrino, que
herido mortalmente en el cráneo al entrar en el portal, habia
podido retroceder hasta la plaza donde cayó. Quince ó vein
te les rodeaban, dudando si escapar con los demas ó defen
derse. Las tropas de la casa no habian sabido; la caballería
avanzaba y los nacionales llegaban ya al palacio de Liria. ,
373
—Es uua locura; huyamos—dijo Pinilla.
—IY qué hacemos con este?—dijo' uno señalando el cadá
ver del Doctrino.
—¿Qué hemos de hacer? ¡Bonita reliquia para cargar con
«Ha!
—¿Tiene algun papel en el bolsillo? A ver; quitárselo
pronto.
Pinilla le registró cuidadosamente.
—No tiene papeles—dijo—pero sí un bolsillo.
—A ver, venga—dijo Lobo.
Pinilla se lo guardó en su cinto; todos corrieron, y poco
despues la plaza quedó desierta, hasta que la ocupó la tropa.

CAPITULO XLI

Fernando el Deseado.

Grandes deseos ha tenido el autor de este libro, durante


el trascurso de los hechos que refiere, de penetrar seguido
del lector, en el recinto del Palacio Real, llamado vulgar
mente entonces como ahora la Casa grande. Causaban estos
deseos la creencia de que en aquel sitio habíamos de encon
trar curiosas escenas que referir; y como la pública voz afir
maba que aquel era el foco y oculto teatro de grandes intri
gas políticas, algunas de las cuales han mostrado sus efec
tos en esta historia, natural era que fuésemos allá tambien,
como iba la atencion del pueblo entonces, como ha ido des
pues, como irá siempre, mientras haya reyes en España.
No hemos examinado aquella agitada sociedad mas que
en una sola faz. Las altas regiones del poder han permaneci
374
do impenetrables para nosotros; pero ahora Vios toca hacer
una escursion hacia aquellos lugares, para conocer, aunque no
con la profundidad que el caso exige, la fuente del abomina
ble complot anteriormente descrito.
En una sala del pabellon que forma un martillo en la fa
chada oriental del palacio, estaba Fernando VII en la misma
noche del motin. En aquel pequeño despacho no recibia á
los ministros: aquella no era la cámara, era la camarilla. Allí
habian privado grandemente en épocas anteriores el duque
de Alagon, Lozano de Torres, Chamorro, Tattischief y otros
memorables personajes delos seis años que siguieron ála
vuelta de Valencey. Alguna vez los ministros eran favoreci
dos con la admision en aquel recinto de perfidias y adula
cion, y allí las sonrisas de Fernando para sus secretarios eran
siempre siniestras. Cuando sonreia á un liberal, malo. Ese
axioma cortesano tuvo gran boga del 20 al 23.
Aquella noche estaba con Coletilla, su perro favorito.
Sentadosjunto á una mesa el uno frente al otro, tenian de
lante unos papeles, que sin duda eran cosa importante por la
atencion con que los leian y anotaban y por laractitud satis
fecha con que el rey celebraba lo que alií estaba escrito. Fer
nando se permitia algiinas agudezas de vez en cuando, por
que era hombre, como todos saben, que poseia en grado
eminente la propension á la burla, que ha sido siempre
constante adorno del carácter borbónico. Coletilla, que no
acostumbraba á reirse, reia tambien, por parecerle un desa
cato no reproducir en su fisonomía complaciente y escla
va todas las alteraciones de la régia faz de su amo y señor.
—Señor: esta noche,—dijo—es Ja noche de la redencion.
¡Dios quiera en su altísima justicia que nuestra empresa lle
gue á feliz término! Yo así lo espero: confio mucho en el va
lor de los que están encargados del negocio. Señor: V. M. re
cobrará sus divinos atributos, usurpados por una turba de
habladores sin honor ni nobleza. España va á despertar. ¡Ay
de aquellos que sean sorprendidos en el error; cuando la pa
tria sacuda su letargo, abra los ojos y vea!
375
Fernando no contestó: habia inclinado la caboza y parecia
muy meditabundo. La luz de una lujosa lámpara le ilumina
ba completamente el rostro, aquel rostro execrable que, para
mayor desventura nuestra, reprodujeron infinidad de artistas
desde Goya hasta Madrazo. Es terrible la infinita abundan
cia de retratos de aquella cara repulsiva que nos legó su rei
nado. España está infestada con la efigíe de Fernando VII
ya en estampa, ya en lienzo. Esa cara no so parece á la de ti
rano alguno, como Fernando no se parece -á tirano alguno.
Es la suya la mas antipática de las fisonomías, así como es su
carácter el mas vil que ha podido caber en un ser humano.
Una estupenda nariz que sin ser deforme como la del conde-
duque de Olivares, ni larga como la de Ciceron, ni gruesa
como la de Quavedo, ni tosca como la de Luis XI, era mas
fea que todas estas, formaba el mas importante rasgo de su
rostro, bastante lleno, abultado en la parte inferior; y colo
cado en un cuerpo de buenas proporciones. La vanidad aus
triaca no hubiera puesto su boca prominente debajo do la
nariz borbónica, símbolo de doblez, con mas acierto y sime
tría que como estaba en la cara de Fernando VIL Dos patillas
muy negras y pequeñas le adornaban los carrillos, y sus pe
los erizados á un lado y otro parecian puestos allí para darle
la apariencia de un tigre en caso de (pie su carácter cobarde
le permitiera dejar de ser chacal. Eran sus ojos grandes, y
muy negros, adornados con una pobladísima ceja que los
sombreaba dándoles una apariencia por demas siniestra y
hosca.
Respecto á su caiacter, ¿qué diremos? Este hombre nos
hirió demasiado, nos abofeteó demasiado para que podamos
olvidarle. Fernando VII fué el monstruo mas execrable que
ha abortado el derecho divino. Como hombre reunia todo lo
malo que cabe en nuestra naturaleza; como rey, resumió en
sí cuanto de flaco é infame puede caber en la potestad real.
La revolucion de 1812, aquella primera convulsion de esta
lucha de cincuenta años, que aun dura y tal vez durará algo
mas, trató de abatir la tiranía de aquel demonio, y en sus
376
dos tentativas no lo consiguió. La revolucion hubiera abatido
á Neron, á Felipe II, y no abatió á Fernando VIL Es por
que este hombre no luchó nunca frente á frente con sus ene
migos, ni les dió campo. No fué nuestro tirano descarado y
descubiertamente abominable; fué un histrion que hubiera
sido ridículo á no tratarse del engaño de una nacion . Nos
engañó desde niño, cuando, fraguando una conspiracion con
tra un favorito aborrecido muy superior á Fernando por sus
prendas de corazon, adquirió una popularidad, que pronto
pagó España con la sangre de sus mejores hijos. Fernando
fué mal hijo, conspiró contra su padre Cárlos IV, cuya im
becilidad no disminuia el valor de su benevolencia; conspiró
contra el trono que debia heredar mas tarde, y aun amena
zó la vida del que le dió el ser. Despues se arrastró á los piés
de Napoleon como un pordiosero, mientras España entera
sostenia por él una lucha que asombró al mundo. Volvió y
pagó los esfuerzos de los que él llamaba sus vasallos, con la
mas friia ingratitud, con la mas nécia arrogancia, con la anu
lacion de todos los derechos proclamados por las Constitu
yentes de Cádiz, con la proscripcion ó la muerte de los espa
ñoles mas esclarecidos; encendió de nuevo las'hogueras de la
Inquisicion; se rodeó de hombres soeces, despreciables é ig
norantes que influian en los destinos públicos, como hubiera
podido influir Aranda en las decisiones de Cárlos III; persi
guió la virtud, el saber, el valor; dió abrigo á la necedad, á
la doblez, á la cobardía, las tres faces de su carácter. Resta
blecido á pesar suyo el sistema constitucional, tascó el freno,
disimuló como él sabia disimular, guardando el veneno de
su rabia, devorando su propio despecho, encubriendo sus in
tentos con palabras, que nunca pronunció antes sin risa ó
encono. Lo que es capaz de tramar un sér de estos , tan hi
pócritas como cobardes, se comprende por lo que tramó
Fernando en aquellos tres años desde las mil facciones y
complots realistas, alimentados por él, hasta el complot final
de los cien mil hijos de San Luis que Francia mandó al Tro-
cadero. Así recobró lo que en su jerga real llamaba él sus
377
derechos, inaugurando los diez años de fusilamientos y per
secuciones, diez años en que la figura de Tadeo Calomarde
apareció al lado de Fernando, como Caifás al lado de Pila-
tos. El pacto sangriento de estos dos mónstruos terminó
en 1833, en que Dios arrancó de la tierra el alma del rey, y
entregó su cuerpo á los sótanos del Escorial, donde aun cree
mos que no ha acabado de pudrirse.
Pero con este fin no acabaron nuestras desdichas. Fernan
do VII nos dejó una herencia peor que él mismo, si es posi-
sible; nos dejó á su hermano y á su hija, que encendieron
una espantosa guerra. Aquel rey que habia engañado á su
padre, á sus maestros, á sus amigos, á sus ministros, á sus
partidarios, á sus enemigos, á, sus cuatro esposas, á sus her
manos, á su pueblo, á sus aliados, á todo el mundo, engañó
tambien á la misma muerte, que creyó hacernos felices, li
brándonos de aquel diablo. El rastro de miseria y escándalo
no han terminado aun entre nosotros.
Pero no hagamos historia y sigamos nuestro cuento.
—¿Y olvidareis, señor, lo que me habeis prometido para
mi sobrinillo?—dijo Elías. *-¡Ah! yo quisiera que V. M. le co
nociera: es el botarate mayor que ha nacido. Anoche habló en
la Fontana y les volvió locos. Le aplaudian con unas ga
nas... yo tambien aplaudí. Con tres oradores así, nos hubié
ramos ahorrado mucho dinero. El pobre ha hecho bastante.
Sí señor; mi sobrino lo merece, lo merece...
—Basta que sea tu sobrino —dijo Fernando—y que tú ten
gas empeño en darle ese destinillo... Sí: te lo nombro conse
jero de la intendencia de Filipinas. Hará carrera. A mí me
gustan los chicos así... exaltados...
—Señor—dijo Elías humillando su cabeza hasta tocar con
la nariz el tapete de la mesa—yo no sé cómo V. M. no se can
sa de protegerme. Yo, que jamás oculto la verdad á V. M. me
atrevo á decirle respetuosamente, que mi sobrinillo no me
rece semejante favor. Es un loco; tiene la cabeza llena de
desatinos y jamás creo que será un hombre formal. Si me
atreví á pedirle á V. M. e3e favor, fué por los servicios que
378
ha prestado á nuestra santa causa, uniéndose á esos admi
rables aunque indirectos instrumentos de justicia que esta
noche van á salvar la patria.
—Tu sobrino merere el destino, y punto concluido. Aquí
tengo el decreto—dijo el rey mostrando uno de los pa
peles.
Despues añadió sonriendo:
—Al fin llegará un dia en que promulgue una ley por mi
cuenta y riesgo. Si viniera Feliú y viera estos decretos hechos
y firmados por mí sin consultarle...
— Me parece que no los verán Feliú, ni otros muchos: de
eso respondo—dijo Coletilla siniestramente. — Dios permitirá
que las sábias leyes de un rey justo salgan á luz pública y lle
ven el orden, la obediencia y el respeto al ánimo de todos
los españoles. Mañana, señor, mañana. Lo primero, señor —
prosiguió despues de haber mirado al cielo un buen rato—
es nombrar los capitanes generales y los regentes de todas
las audiencias; gente de confianza que vaya al momento á
cumplir las leyes perentorias de seguridad pública que les da
reis. Ellos se encargarán de llevar la justicia á todos los rei
nos de España...
El rey hizo con la mano ese gesto frecuentísimo que indi
ca la actitud de castigar. Una contraccion de boca dió la úl
tima espresion á aquel gesto admirable.
— Señor— continuó el consejero áulico—yo me streverja á
recomendar á V. M. una cosa; y es que nada seria mas funes
to que una clemencia, que podiiamos llamar criminal. Re
cuerde V. M. lo del año 14. Si ahora como entonces, se con
tenta V. M. con mandar al Fijo de Ceuta á ciertas perso
nas...
Coletilla, aunque observaba siempre en la conversacion las
fórmulas de la etiqueta absolutista, hizo con la mano, fijando
el pulgar bajo la barba y agitando los demás dedos, un gesto
que el rey entendió perfectamente.
—Ya veremos lo que se hace—díjo Fernando significando
con una oscilacion de su lábio que no seria tan blando como
379
en 1814.—Ya son las doce—añadió mirando un reló. — ¿Sabes
que no se siente por ahí todo el ruido que fuera de desear?
—Por aquí no vendrán, señor. Ya saben que está aquí la
guardia real, que no admite bromas.
—Ya la guardia sabe lo que tiene que hacer: acercarse aquí
y no hacer manifestaciones en favor de nadie. Despues...
— Me parece que siento ruido de voces... allá... hácia la
Encarnacion— dijo Coletilla acercándose al balcon y aplican
do el oido con la insidiosa cautela de un ladron.
—Sí; pero es hácia San Marcial, hácia allá abajo. Creo que
en la Plaza de Afligidos pasa algo ya— dijo el rey.
— Si: allí deben estar ya. Allí es la cosa... ¿No se horror -
za V. M. al considerar qué planes inícuos podriia fraguar allí
esa gente? Tal vez algun atentado contra el trono, ó contra la
vida de V. M. ¿quién sabe? Todo se puede esperar de libe
rales.
—Alguna coalicion parlamentaria, como dicen. Pensarian
presentar alguna ley, y se ponian de acuerdo con la mayoría
para votarla.
—Pero para eso, señor, no se reunen tantas personas de
noche, con tantas precauciones y con el mayor secreto.
—Es que me tienen miedo—dijo el rey. — Saben inuy bien
que yo puedo destruir sus planes acá con mi gramática par
da, sin andarme en constitucionalidades. ¡Oh! Bien me co
nocen ellos. Tambien me figuro que han tenido noticia por
algun conducto de mis relaciones con la Santa Alianza, ó ha
brán sabido mi correspondencia secreta con Luis XVIII.
Pero con tal que lo de esta noche salga bien, poco importa lo
demas.
En palacio cundió la alarma con las noticias que llega
ron del tumulto de la capital. Kl rey, cuando recibió á sus
gentiles-hombres y al jefe de la guardia, se mostró muy sor
prendido, y hasta juró que tendrian los amotinados pronto y
ejemplar castigo. Volvió á su camarilla, y al lado de su con
sejero áulico, que estaba alborozado por haber sentido una
algazara mas fuerte que la anterior.
380
— Señor—dijo—ya, ya... Por el ruido parece como que
vuelven.
—¿Vuelven?—dijo el rey con ansiedad.—¿De dónde?
—De allí. ¡Vuelven! Tal vez trayendo por trofeo...
Mucho tiempo estuvieron los dos escuchando con grande
atencion y ansiedad. Pasaron media hora en silencio, solo
interrumpido por algunas frases de Coletilla y algunos mo
nosílabos del Deseado. Al fin sintieron el ruido de un coche
que paraba á las puertas de palacio.
— ¿Quién será?— dijo el rey con una gran alteracion de sem
blante, y pasando á la cámara.
Anunciaron al ministro de la Gobernacion. El rey volvió
á la camarilla y miró á Elías con una cara, en que el conse
jero áulico leyó el despecho y el desaliento.
— ¡El ministro de la Gobernacion! (No me dijiste que iba
tambien allí?
— Señor— dijo Coletilla en la actitud de una zorra apa
leada—preciso es que haya acontecido algo extraordinario.
Feliú iba tambien allá.
— ¡Está aquí—dijo Fernando, hiriendo fuertemente el sue
lo con el pié.— Todo se ha perdido. Feliú viene: escóndete
por ahí cerca. Le recibiré aquí mismo. Quiero que oigas lo
que dice.
Escondióse Coletilla. El rey hizo pasar al ministro á la ca
marilla. Venia Feliú muy agitado; pero Fernando estaba se
reno, al menos en apariencia. Indicó que acababa en aquel
momento de tener noticia de que habia estallado un motin, y
que lo juzgaba de poca importancia.
—Señor -dijo el secretario— mas que un motin producido
por el descontento del pueblo, parece esto un complot ideado
por personas que hacen de ese mismo pueblo un instrumento
de disolucion y anarquía.
— ¿Pero quién? ¿Pero quién?— dijo Fernando, fingiéndose
incomodado, y lo estaba en realidad, aunque por causa dis
tinta.
—Esos exaltados, enemigos constantes del gobierno de
.381
-V. M. porque no les permite llevar el uso de los derechos
hasta el desenfreno.
—Pero ¿qué piden esta noche?
—Han pretendido allanar la casa de Álava, han intentado
asesinarle, á juzgar por la actitud de las turbas que allí se
reunieron. Pero avisado oportunamente por un jóven que es
taba en el secreto de la conspiracion, dió parte y se coloca
ron algunas fuerzas dentro de la casa, pudiendo evitar un
horrible crímen.
—¿Y dónde ha sido eso?
—En la plazuela de Afligidos.
—¿No vivia Álava en la calle de Amaniel?—preguntó el
rey con una mirada que estuvo á punto de turbar al mi
nistro.
— Sí, señor, allí vivia; pero desde algun tiempo se ha mu
dado á esta otra casa, que es suya tambien. Pero las turbas
no han podido realizar su infame designio. Al yo separarme
de mis compañeros, el ministro de la Guerra habia dado las
órdenes necesarias, y el orden estaba restablecido completa
mente. ,
—Pero no puedo comprender que se amotinara todo un
pueblo para atrepellar á un solo hombre. ¿No seria que en
esa casa se reunian muchos de los que el pueblo odia? De
cualquier modo que sea, es preciso un pronto castigo. Espero
que no os dejareis burlar por esa canalla. Caiga el peso de la
Wy sobre ella, y á ver si de una vez se acaban estos motines,
Feliú, que bien puede asegurarse que desde que tienen li
bertad los españoles no nos acostamos un dia tranquilos.
—Señor: los esfuerzos del gobierno son inútiles para con
seguir ese fin. Es cosa que desespera y aturde ver cómo nos
es imposible tranquilizar á ciertas gentes. Por todas partes
aparecen partidas de facciosos movidas por una parte del
clero. Hay todavía muchos espíritus apocados que no quieren
creer que el interés de V. M. y de la nacion consiste en el
sistema que todos amamos y defendemos. Hay personas tan
ciegas que aun no han llegado á comprender que es V. M. el
382
que mas ama la Constitucion y el que mas desea su cumpli
miento. Todas las leyes liberales que V. M. sanciona y pro
mulga con gran sabiduría no bastan á convencerles. ¿Qué ha
cemos contra tales gentes?
Fernando estaba ciego de furor, al comprender á dónde
iban dirigidas las embozadas alusiones del ministro. Era tan
rastrero y cobarde, que á pesar de su ira, habló para fulminar
anatemas contra los que' aun soñaban con la restauracion del
absolutismo .
—El atentado de esta noche se ha reprimido—dijo el mi
nistro.— Quiera Dios que podamos impedir los que traten de
perpetrar mañana. Es preciso buscar en su orígen el remedio
de este mal. Yo creo que el partido exaltado no es el único
autor de estos desórdenes.
—¿Pues quién?—preguntó el rey, que á pesar de su cobar
día sintió en aquel momento herida su dignidad y se puso
muy encendido.—¿Quién, Feliú?
—Señor; yo me encargaré de averiguarlo y propondré
á V. M. los medios de darles un ejemplar castigo. Se sabe que
entre la juventud mas acalorada se ingieren ciertas personas
quejamos tuvieron nota de liberales ni mucho menos. Dicen
que esas personas trabajan contínuamente para llevar al pue
blo á los escesos que lamentamos. Esas gentes, señor, son á
mi modo de ver los mayores enemigos de V. M. Sobre ellos
debemos dirigir los ojos de la vigilancia y la mano de la jus
ticia. •
- Sí— contestó el rey con su acostumbrada hipocresía.— Sí:
hay insensatos que juzgan que para mí hay gloria, hay digni
dad fuera de la Constitucion, y estoy dispuesto á castigar á
esos con mas rigor que á los frenéticos demagogos. Energía,
energía es lo que quiero.
—Señor: no tengo palabras con que abominar bastante la
conducta de un hombre muy conocido en Madrid; uno que
ha tenido la osadía de usar, profanándolo, el nombre de Vues
tra Majestad para disculpar sus horribles maquinaciones. Ese
hombre es mas críminal que los mayores asesinos, que los
383
mas rabiosos anarquistas; ese hombre corrompe al pueblo,
corrompe á la juventud exaltada; frecuenta los clubs. Pero
nada de esto seria grave, si no se atreviera á tomar en boca
un nombre que aman todos los españoles como símbolo de
paz y libertad. Este hombre se llama Elías y es conocido por
Coletilla en los clubs.
— Pues á ese y á otros como ese es preciso esterminarlos —
dijo el rey usando su palabra favorita. —Esa canalla es la
que mas daño hace á mis intenciones, estraviando la opinion
del pueblo.
—Yo os respondo, señor, que de esta vez haré todo lo po
sible para que ese hombre no se escape. Ya otras veces se ha
procurado prenderle; pero no sé cómo consigue evadirse de
la justicia, y pasea despues su cinismo por todas las calles de
Madrid, por todos los clubs. Esta vez no creo que se nos es
cape Ya daremos con él. Precisamente esta noche Bozmedia-
no, que se hallaba en casa de Alava, me ha dicho que tuvo
noticia del complot, pocas horas antes de haber sido intenta
do, por un sobrino de ese mismo Coletilla, jóven que el in
fame quiso poner al servicio de sus viles propósitos.
—Pues es preciso premiar á ese jóven—dijo Fernando, em
peñado cada vez mas en disimular la agitacion que le domi
naba.
—Si señor: es un jóven de mérito, segun me ha dicho Boz-
mediano, y muy buen liberal. Antes de ocurrir este lance,
me lo habia propuesto para una plaza de oficial en el Consejo
de Estado, y lo he concedido.
—Bien: me gusta que se premie esa clase de servicios. >
-—Mañana podré traer á V. M. un parte detallado de lo
ocurrido esta noche. Además creo que el ministro de la
Guerra no tardará y él enterará á V. M. de las precauciones
que hemos tomado.
— iEsta noche?— dijo el rey con hastío.
—Veo que V. M. quiere descansar. Por esta noche no hay
nada que temer. Puede V. M. reposar tranquilo.
— Bien: puedes retirarte.
384
Fitese el ministro, y es de creer que se fué satisfecho por
haber dicho cosas que solo en aquellos momentos de irrita
cion y sobresalto se hubiera atrevido á decir al rey. Feliú
era hombre tímido, y es la verdad que a su indecision se
debieron muchos de los lamentables sucesos ocurridos en
aquel trastornado período.
Cuando Fernando se encontró solo abrió una mampara, y
Elías que estaba oculto, se presentó. Laimágen del conseje
ro áulico daba pavor. Estaba lívido: le temblaban los labios,
secos por el calor de un aliento que sacaba de su pecho el
fuego de todos sus rencores. Crispaba los puños, y aun se he
ria con ellos en la frente, produciendo el sonido desapacible
que resulta de la seca vibracion de dos huesos.que se chocan.
—¿Ves?—le dijo el rey encendido de furor, y dando en el
suelo una real patada que estremeció la sala. —¿Ves lo que ha
pasado? ¡Oiste? Vuelve á decirme que todo era cosa segura,
que confiara en tí; que tú lo harias todo. ¡Ah, qué desdicha
do soy!—añadió con desaliento— ¡que no encuentre yo un
hombre! ¡Un hombre es lo que yo necesito, un hombre!
—Señor -dijo Elías alejado del rey, como el perro que ha
recibido un palo 'de su amo.— Señor: ¡nos han vendido!....
¡ese sobrino mio, ese infame nos ha vendido!
—No:-dijoel rey con un repentino acceso de ira,—tu con
tu imprudente conducta me has comprometido. Ya ves: todo
el mundo sabe que eres agente mio. ¿No viste cómo con bue
nas palabras me lo dijo Feliú? ¡Oh, le hubiera arrancado la
lengua! ¡Tú me has vendido!
—Señor - dijo Coletilla con voz en que habia algo de llan
to.— Señor: traspasadme el corazon; pero no digais que os he
vendido. Yo no puedo venderos. Abofeteadme: escupidme,
Señor, antes que decirme tal cosa... Vuestra causa ha sido
siempre mi único pensamiento: á ella me he dedicado con
toda mi actividad de que soy capaz. Es que Dios, Señor,
permite ciertas cosas; Dies pone á prueba nuestro temple y
nuestro valor. No me culpeis a mí, señor; yo os he servido
como un perro.
385
En aquel momento, podemos asegurarlo, Coletilla hubie
ra quedado muy satisfecho, si Fernando hubiera cogido en su
cobarde mano la espada augusta de sus mayores, atravesándo
le con ella. Pero Fernando no hizo tal cosa. Coletilla sintió
todo el menosprecio de su amo, y aquel puntapié moral le
lastimó mas que una puñalada. El fanático realista hubiera
visto con asombro, pero no con vergüenza que el Deseado le
mandara colgar de una almena ó le hiciera apoyar la cabeza
sobre el tajo feudal para recibir el hachazo del verdugo.
Acercóse al rey, se le arrodilló delante y dijo con gran ener
gía:
—Señor: yo os juro ou nombre de vuestros mayores, que
esta derrota aparente que hemos sufrido no es mas que el
preludio de la gran victoria que ha de poner remate á nues
tra empresa. ¡Yo os lo juro! Despreciad las alusiones de Fe-
liú, despreciadlo todo. Seguid; sigamos. Los leales existen;
solo falta el primer paso. ¿Tropezamos esta noche? Mañana
no tropezaremos: os respondo de ello, os lo juro.
Levantóse lentamente, hizo una profunda reverencia, in
clinándose lo mas que pudo, y se dirigió á la puerta, volvien
do el rostro varias veces, á ver si el rey le miraba. El rey no
le miró. Estaba muy ensimismado; de vez en cuando heria
el suelo con el pié ocultándo la cabeza entre las manos sin
decir palabra. Coletilla desde la puerta esperó una mirada
del Deseado: nola consiguió, y fuese sintiendo, al par de su
concentrada rabia, una dolorosa impresion de agravio y des
consuelo que le ponia en el corazon un dolor inaudito.
CAPITULO XLII.

Vírgo potens.

Lázaro quedó dentro de la casa de Alava cuando la turba


intentó penetrar en ella. Con los demas permaneció en la
liuerta durante los breves y angustiosos momentos que duró
la tentativa de lucha entre el pueblo y la tropa. Sentian des
de allí el rumor popular, y por instantes creyeron que habia
llegado la última hora de todos ellos. El objeto que allí re
unia á aquellos personajes era tratar de los medios que po
dian emplearse para impedir las frecuentes conspiraciones
del rey. Pueden burlarse las conspiraciones de un partido,
de dos; pero contra las conspiraciones del soberano, símbolo
de la legalidad, lqué fuerza puede tener un ministerio? Si hay
algo mas terrible que la anarquía es las camarillas. Contra
esto no hay arma eficaz á no ser el arma de un regicida. No
podemos asegurar si en aquellas reuniones se trató de poner
en práctica el artículo de la Constitucion, que despues, con
gran escándalo de Europa, se llevó á cabo en las Cortes de
Sevilla del año 23. Pero sí podemos asegurar que aquellos
hombres se ocuparon, con la afliccion y desaliento que era
natural, de los rumores de intervencion francesa, de las rela
ciones secretas de Fernando con Luis XVIII; y por último,
del ejército de observacion puesto por el gobierno francés en
la frontera con el pretesto de cordon sanitario.
Volvamos á nuestro cuento. Cuando terminó el peligro, y
ee alejó la multitud, la mayor parte de las personas perma
necieron en la huerta, subiendo á la casa tan solo los tres
387
,que habian de figurar en el reconocimiento ordenado por la
autoridad. Todo se arregló de modo que en el parte del ca
pitan general, que habia de publicarse al dia siguiente, no
figurara la existencia de reunion secreta ni cosa parecida.
Al amanecer se fueron todos custodiados por la tropa y
con mucho sigilo. Lázaro, sin que nadie le custodiara, se fué
á la calle del Humilladero. Clara, que habia tenido noticia
del alboroto de aquella noche, estaba en la mayor inquietud.
Por un esfuerzo de solicitud y de zozobra determinado en
su espíritu, parece que la naturaleza dió tregua á la pertur
bacion que padecia, y la fiebre se calmó á medida que aumen
taba el sobresalto. A cada ruido que sonaba en la calle se
incorporaba con grande agitacion. Decíale Pascuala mil co
sas para distraerla, y á cada momento contaba las estratage
mas que tuvo que poner en juego para que su Pascual no so
echara ála calle, teniendo que encerrarle en la casa y escon
derle la escopeta en lo mas recóndito del sótano. El taberne
ro, que en realidad era hombre pacífico, viendo que le cer
raban la puerta y le impedian ir á cubrirse de gloria en las
calles, se bebió lo mejor de su comercio, y sin hacer alboro
tos, porque tambien eran pacíficas las monas que cogia, se
tendió en un banco y empezó á roncar de tal modo, que pa
recia su voz una burla durmiente del ronquido popular que
sonaba en las calles.
Esperó Clara toda la noche con mortal inquietud, pasó una
hora y otra hora, y rezó todas las oraciones que sabia, sin ol
vidar las que le habia enseñado doña Paulita. El jóven no
volvió hasta la mañana. Cuando ella vió que no estaba heri
do, que no le faltaba ningun brazo, ni media cabeza, ni tenia
en el pecho ningun tremendo, sangriento agujero, como ella
habia soñado con horror, se quedó tranquila y en estremo
contenta.
—¡Si vieras lo que he hecho esta noche! —dijo Lázaro, sen
tándose fatigado y sin aliento junto al lecho.—He salvado la
vida á mas de veinte personas, los hombres mas esclarecidos
de España. Iban á ser asesinados esta noche.
388
—¡Jesús!— esclamó Pascuala llevándose las manos á la ca
beza.—¡Qué me alegro de que mi Pascual no hubiera salido!
Si sale, me lo asesinan.
—Una infernal maquinacion estaba preparada para matar
les en un sitio en que estaban reunidos. Todo por ese hombre
malvado... ¡Si vieras qué tumulto!
—¡Ah! ud salgas: por Dios!—dijo Clara.
—Es preciso salir. Sé que tratan de prender á mi tio; que
tratan de hacerle justicia. Lo merece, es cierto; pero yo que
hice cuanto pude para impedir la realizacion de sus inícuos
planes, trataré tambien de salvarle á él. Es hermano de mi
madre: si avisándole que tratan de prenderle, se salva, y no
le aviso, mi conducta es criminal. Es un infame; con vergüen.
za lo confieso; pero si no impido su persecucion y su muerte5
tendré remordimientos toda mi vida.
La huérfana no pudo resistir un sentimiento de lástima
hácia aquel hombre escéntrico, que sin dejar de ser su tirano,
habia sido su protector y el amparo de su niñez.
—Sí, sí; vé—dijo.— ¡Pobre hombre! ¿Quó ha hecho? Pero no
vayas tú, ¿no podrias mandarle un recado?
—Yo mismo debo ir. Volveré pronto: no temas nada. ¿Qué
me puede suceder?
—¡Ay Dios mio! Todavía me parece que siento aquellos
gritos de anoche... ¿Y si se enfada contigo y te riñe?
-¿Quién?
—¡ Él ! ese hombre, que debe estar mas rabioso que nunca .
—No me importa. Hoy será la última vez que le vea.
—¿Y si vas á la casa y encuentras á las dos señoras y doña
Salomé te dice algo que te ofenda, y te habla de mí diciendo
que soy incorrregible?
—Si me dice algo que me ofenda, me importará poco;
pero si me habla de tí, pienso que será la última vez que se
atreva á pronunciar tu nombre.
— ¿Y si descubren que estoy aquí y vienen las tr¿s á ator
mentarme diciéndome que soy muy mal educada? ¡Oh! si las
veo entrar, me muero.
389
—No vendrán—dijo Lázaro sonriendo.—Y si vienen, esta
ré yo aquí.
—Lo que es aquí—dijo Pascuala—no paeee que nada tie
nen que hacer; y si vienen, ahí tengo yo una tranca... A Pas
cual no le gustan bromas. Es un hombre que cuando se
cnfaá...
—Ve entonces— dijo Clara con una melancolía que detuvo
al aragonés un momento y quebrantó un poco su resolucion
irrevocable.
, —Adios—esclamó al fin—es preciso. Volveré pronto.
No quiso esperar mas tiempo, salió y dirigióse á la inqui
sicion de la calle de Belen. Las ocho serian cuando entró en
casa de las nobilísimas damas. Paz y Salomé no estaban allí,
porque habian salido á buscar casa. Cuando la devota abrió
la puerta y vió á Lázaio, su sorpresa y su turbacion fueron
tales, que permaneció un buen rato sin decirle palabra, mi
rándole bien, como si creyera que aquella imágen era el efec
to de una vision.
— ¡Ah!—esclamó cerrando la puerta una vez que Lázaro
estaba dentro.—Yo creí que no le veria á Vd. mas.
Sintió el jóven un alivio cuando supo que las dos harpías
estaban fuera. Doña Paulita le inspiraba respeto y gratitud,
pues no habia oido jamás la menor reminiscencia en su boca,
ni Clara le habia dicho que tuviera queja ninguna de ella-
El recuerdo de la escena y diálogo misteriosos ocurridos al
gunas noches antes, le puso muy pensativo. Sin saber poi
qué, cuando se vió solo en aquella casa sombría, en compa
ñía de aquella mujer pálida, con la vista estraviada y el ros
tro enflaquecido por tres dias de delirio y calentura; cuando
notó sus lijeras convulsiones, su agitada respiracion, su mi
rada viva, sin saber por qué, lo repetimos, tuvo miedo.
—¿Está mi tio? —preguntó. —Tengo que verle,
—No está; desde ayer no parece.
—¡Qué contrariedad! Tengo que verle hoy mismo.
—Tal vez venga á la hora de comer.
—No es eso lo que quiero: he de verle antes. Ademas, yo
390
no como aquí, yo no vuelvo acá, señora... Ahora me despido-
de Vd. para no volver mas.
Doña Faulita se quedó mirando al jóven como si oyera
de sus labios la cosa mas inverosímil y mas absurda del
mundo.
—¡Para no volver! —dijo cerrando los ojos. —No, no lo
puedo creer; no es cierto.
—Sí, señora, es cierto. Yo no puedo estar en esta casa ni
un dia mas. Adios, señora.
—Lázaro— dijo la devota, asiéndose al brazo derecho del
jóven, como un náufrago que encuentra una tabla en mo
mentos desesperados. ¡Vd. se va... se va!.. Y yo me quedo
aquí para siempre! ¡Oh! yo quiero morir mil veces primero»
El jóven estaba confundido. Aterrábale la actitud dolori
da de la mujer mística, sus labios trémulos y secos, la espre-
sion de su rostro, que anunciaba la mas grande desespe
racion.
—Yo soy una muerta, yo no vivo -dijo ella. —Yo no pue
do vivir de esta manera. Ya le dije á Vd. que no era santa,
y ¡cuán cierto es! Hace tiempo que me he trasformado. Pue
do nacer á la verdadera vida, puedo, salvarme , puedo salvar
mi alma, que va á sucumbir si permanezco de este modo. Yo
espero vivir; al ver que Vd. tardaba, la esperanza comenzó á
faltarme; pero Vd. ha venido. ¿No puedo creer que Dios me
lo ha enviado? Hay cosas que nosotras no podemos decir;
pero yo las digo, porque me siento destrozada interiormente.
Ha llegado para mí el momento de dejar una ficcion que me
mata: yo no sé fingir. Creí que Dios me reservaba para una
vida ejemplar, de contínua devocion y tranquilidad; pero
Dios se ha burlado de mí, me ha engañado, me ha hecho
ver que la virtud con que yo estaba tan orgullosa, no era
otra cosa que una farsa, y aquella aparente perfeccion un
estravío. Yo no habia vivido aun, ni me habia conocido. No
puedo estar mas aquí, porque eso seria prolongar este enga
ño, que antes fué mi mayor placer y ahora mi mayor mar
tirio. '
391
— Señora—dijo Lázaro que comprendió al fin toda la pro
fundidad del nuevo carácter de la devota, y vió claro en lo
que antes era para él un misterio. —No se agite Vd. sin ra
zon. Sea Vd. libre, y no sacrifique su felicidad á exigencias
de familia. Las dos señoras, que viven con Vd. son muy in
transigentes.
Queriia el jóven evadirse con esta salida de la contestacion
enojosa que las palabras y la actitud de la santa parecian
,exigir. -
—No me importa su carácter— dijo esta.— Yo las amo; son
mis parientas y compañeras de toda mi vida. Despues que yo
tome una resolucion irrevocable, poco me importa lo que
ellas puedan decir ó hacer. Yo estoy decidida, Lázaro.
Y en vano buscaban sus ojos en el semblante del joven in
dicios de los sentimientos que con tanta ansiedad le pedia. Él
hacia esfuerzos por permanecer inmutable ante aquella santa
mujer, agitada por las alternativas de un arrebato místico; y
no sabiendo qué decir, dió un paso hácia la puerta".
—No—dijo la devota deteniéndole con mas fuerza.— ¿Mar
charse Vd? ¡Qué idea! ¿Qué va á ser de mí? ¡Sola para siem
pre! La muerte lenta que me espera es peor que si ahora
mismo me matara Vd.... ¡Y decia que era agradecido! Usted
es la misma ingratitud. Siempre lo he creido. Hay personas
que no merecen recibir la mas lij era prueba de afecto. Usted
es uno de esos. Y sin embargo, por una fatalidad que nos
cuesta tantas lágrimas, siempre van dirigidos los mas gran
des tesoros de amor á las personas que menos los me
recen.
—No por Dios; no me llame Vd. ingrato—dijo Lázaro,
viendo que era ya imposible evadirse á las declaraciones que
la teóloga exigia de un modo tan apremiante.—Yo no soy in
grato, y menos con Vd., que tan bondadosa ha sido, con
migo.
—Si Vd. olvidara eso, seria el mas infame de los hombres.
Jl pesar de todo, yo siempre creí que no era Vd. tan malo
como decian. Vd. será bueno; la felicidad hace buenas á las
personas. Yo tambien espero serlo... ¡Ah! ¿No sabe Vd. en qué
he pensado? He tenido estos dias llena la cabeza con unas
ideas... Antes jamás me habian ocurrido tales cosas... No lo
puedo contar. ¿Sabe Vd.? Pienso que estoy destinada á largos
dias de paz y felicidad, de que disfrutará alguien con
migo.
—¿Qué es eso?—preguntó Lázaro algo tranquilizado por la
esperanza de que aquella nueva idea apartaria la conversa
cion del fastidioso tema por que habia empezado.
— Es— continuó la santa con una amabilidad forzada que
la hacia mas lúgubre—es que yo he pensado que no puede
existir perfeccion mayor que la que ofrece la vida doméstica
con todos los deberes, todos los goces, todos los dolores que
lleva en sí la familia. ¡Ay! meditando sobre esto he compren
dido la esterilidad de mis rosarios, de mis rezos. ¿Qué estado
puede igualarse por su dignidad y nobleza al estado de la es
posa, de cuya solicitud penden tantas felicidades, la vida de
tantos séres?...
—Efectivamente, señora—dijo Lázaro muy confuso —eso
es cierto. Pero las personas que como Vd. se elevan tanto por
la meditacion y la abstraccion; que se libran de las flaquezas
humanas por su fortaleza, son mucho mas perfectas.
—¿Perfectas? ¡Qué loco es Vd.! ¿Y qué ha dicho Vd. de fla
quezas? ¿Llama Vd. flaquezas á la verdad de nuestra natura
leza, que se manifiesta como Dios la ha criado?
El aturdimiento del jóven no tuvo límites.
—Aspirar á hacer la felicidad—continuó ella— de muchos
séres por el amor y los lazos de familia, ¿es eso lo que usted
llama flaquezas?
—No, señora; eso no.
— ¡Oh! Vd. se va á asustar de lo que voy á decir. ¡No lo
creerá Vd. Es inconcebible.
Lázaro, que creia que ya doña Paulita Porreño no podia
decir nada mas inconcebible, tembló ante la promesa de nue
vas y mas estrañas confidencias.
— Para realizarla felicidad y la paz con que yo he soñado,
393
no basta el amor, es decir; el amor basta; pero para evitar
mil irregularidades y disgustos, es necesaria otra cosa. Cuan
do en la vida ocurren dificultades, el mutuo amor se ve dia
riamente acibarado. Tiembla el uno por el otro ; tiemblan los
dos por los hijos; la felicidad se vé comprometida á cada ins
tante. Asusta el dia de mañana; se tienen remordimientos de
haberse unido. Yo he comprendido esto á fuerza de medita
cion, y tambien me parece que lo he leido en no sé que
libro.
—Es verdad, señora; yo comprendo lo que Vd. quiere de
cir, —dijo Lázaro, admirado de tanta sabiduría.
— Pues yo voy á decir á Vd. una cosa que le sorprenderá
mucho, Lázaro—dijo Paulita dirigiendo hácia el jóven toda
la melancolía y el suave interés de su mirada. —Voy á decirle
á Vd. una cosa que le sorprenderá sobremanera: yo soy
rica.
Efectivamente, Lázaro se quedó absorto.
—Sí—continuó ella—yo soy rica. Vd. se maravilla. Cono
ciendo la vida que llevamos... Este es un secreto que solo
confio á quien debo confiarlo, á Vd., única persona que... El
uso que yo pienso hacer de esa riqueza, ya Vd. lo ha com
prendido. Yo no debo hacer declaraciones innecesarias. Nos
otros nos hemos comprendido, hemos confundido nuestros
propósitos en uno solo. ¿No es verdad?
—Sí señora—dijo Lázaro, por contestar de algun modo á
aquella profundísima y grave pregunta.
—Yo soy rica. Hace poco hubiera dejado perder mi fortu
na sin cuidado ninguno. Siempre he despreciado todo eso
Pero hoy no: hoy pienso en ese tesoro como un medio de
vida. Para mí nada quiero; pero los hombres que tienen am
bicion, necesitan eso. Lo necesitamos, ¿no es cierto?
Lázaro, despues de un momento de angustiosa vacilacion,
dijo otra vez:— Sí, señora.
—Era yo muy niña —continuó la dama—habia muerto mi
tio: reinaba en mi casa la mayor desolacion; nos preparába
mos á mudarnos; ya éramos pobres. Mi tiay mi prima esta
394
ban llorando; pero al mismo tiempo muy ocupadas en la mu"
danza, y en recoger los pocos muebles que nos quedaron des
pues del embargo. En un viejo reclinatorio de nogal habia
hecho yo un altar, donde rezaba mucho. Teníalo cerrado per
las noches, y al abrirlo por las mañanas, al ver mis santos y
mis imágenes, me parocia tener allí un pedazo del cielo.
Aquel dia fué muy triste para mí, porque tuve que desclavar
mi altar del sitio donde estaba, y muchos santos se me rom
pieron, dejando en el mueble el pedazo por donde estaban
pegados. En esta operacion, sentí que cedia bajo mi mano la
tabla del fondo, y quedaba descubierto un hueco. En este
hueco habia una cajita muy bella de madera labrada. Traté
de abrirla y la abrí sin esfuerzo: estaba llena de dinero, casi
todo en onzas muy antiguas. Cerré la caja, ajusté la tabla
que cubria el hueco, dejándola cuidadosamente como estaba,
y me callé. Trajeron el mueble á esta casa y en mi cuarto ha
estado hasta hoy. Al principio miré aquello como un jugue
te, como una reliquia. De noche, en el silencio de esta casa,
lo abria, contemplando con estupor las hermosas monedas
que dentro habia. Varias veces traté de revelarlo; pero me
detenia un recelo supersticioso. A veces soñaba con fundar
algun dia una obra piadosa. No he tocado nunca aquel di
nero, y á pesar de la estrechez con que viviamos, jamás me
atreví á gastar ni un solo doblon. Me parecia que debia guar
dar aquello para otros dias, que yo esperaba sin saber por
qué. Por instinto lo conservaba intacto, aunque pensaba que
jamás cambiaria de estado. El tesoro existe en el mismo sitio
en que lo encontré. Ha llegado el momento de usarlo para las
necesidades de nuestra vida. Es mio; ¿puedo dudarlo? Perte
necia á alguno de mis parientes, que lo depositó allí para
tenerlo seguro. A mi me pertenece ahora; á mí que lo encon
tré. Daré, sin embargo, la mitad á mi prima y á mi tia, y si
me acusan de no haberlo mostrado antes, les diré, que á no
haberlo conservado me seria hoy imposible labrar las felici"
dades que pienso labrar, y dar á mi vida y á la vida de otros
la espansion que necesitan.
395
Lázaro no quiso agravar la situación y volvió á decir:—Sí,
señora.
La devota entró en su cuarto y volvió al poco rato con una
cajita que mostró al jóven, diciendo cariñosamente:
—Aquí está. Es mia; es nuestra.
Y al decir esto, se acercó á él con la caja cqjida en las dos
manos y apoyada en el pecho. La caja tocaba al pecho de Lá
zaro, y este sentia el empuje con tanta fuerza, que por no caer,
tuvo que dar un paso atrás y estender los brazos hasta tocar
los hombros de la santa.
—Hace Vd. bien—dijo el aragonés. —¿De qué sirve guar
dar ese dinero, que puede ser útil á Vd. y... á otros?
— Sí—contestó Paulita con efusion. — Es nuestro.
Ya no sabia Lázaro qué partido tomar. Se decidió á con
cluir de una vez aquella penosa situacion.
—Señora—dijo—yo me retiro. Es preciso que me re
tire.
— Sí— contestó ella— y yo también. Vamos. Nos iremos.
— ¡Vd., señora, Vd.!—esclamó Lázaro descompuesto.
—Sí, los dos. Vamos.
—Señora; Vd. delira. Eso es imposible.
—¡Imposible, imposible! No podemos quedarnos aquí.
—Es preciso que nos separemos, señora. Otra cosa seria
una inconveniencia y una desgracia tal vez.
—¿Qué dices?—esclamó la santa con estravío.
Su aspecto en aquellos momentos infundia temor. Aseme
jábase á los enfermos atacados de epilepsia cuando están á
punto de caer en su angustioso paroxismo. Una contraccion,
producida al parecer por el hábito de la sonrisa, una tension
violenta de los párpados como quien espresa el último grado
•lei asombro, una palidez mortal, interrumpida por súbitas
inflamaciones de rubor, una voz semejante á un quejido fati
goso y animada de repente con vibracion desentonada, eran
los caractéres de su dolencia, próxima á llegar al período de
mayor exacerbacion.
—¿Qué dices?—repitió despues de una pausa.
396
—Vd. está enferma, muy enferma, señora, —dijo Lázaro
que empezó á creer que doña Paulita deliraba ó estaba
loca.
La mujer mística sonrió de un modo inefable, mirando al
cielo y estrechando contra su pecho la caja del tesoro, como
si fuera la persona del mismo Lázaro. Despues tomó al jóven
por el brazo, y atrayéndole suavemente dijo:
—Vamos, no entraremos mas en este sepulcro.
—Vd. no debe salir, no puede salir. ¿Qué dirán esas seño
ras? Cálmese Vd. por Dios, y reflexione...
—Vamos.
—iA dónde hemos de ir? ¡Los dos! ¿No vé Vd. que eso es
imposible? ¿Para qué? ¿Para que nos vamos juntos?
Al oir esto, la devota se conmovió toda. Como si toda la
pasion acumulada y oculta en tantos años brotara en ella de
una vez con violenta sacudida, esclamó con fuerza:
— ¡Nécio, no ves que te adoro!
Lázaro quedó petrificado. La dama habia hablado con toda
la espresion de la verdad humana; se habia revelado en un
solo esfuerzo y del modo mas categórico. Aquella violenta
confesion la dejó postrada y sin aliento, como si con sus pa
labras exhalara la mitad del alma. Lázaro le dijo con mucha
vehemencia:
—No lo merezco, señora. Yo soy muy inferior á Vd. ; yo
soy un miserable indigno de esa pasion... Pero no puedo es
tar aquí mas. Ahora mas que nunca es mi deber declarar que
soy el mas malvado de todos los hombres, si no me aparto
de aquí al instante. Obstáculos terribles, que yo no puedo,
ni podré nunca vencer, se oponen á que yo manifieste nunca
otra cosa. Separémonos para siempre: otra cosa es imposible,
imposible, imposible.
Dijo esto con mucha energía, y se disponia á marcharse.
La devota hizo un gesto angustioso como si quisiera hablar.
Parecia que despues de lo que dijo habia quedado muda. Al
fin pudo proferir estas palabras:
—Ven... Oye... Vamos...
397
—¡Jamás, señora, jamás?—esclamó el jóven dirigiéndose á
la puerta.
La devota inclinó la cabeza, agitó los brazos, soltando la
caja, se doblegó despues de vacilar un momento, retroce
diendo y avanzando, dió un grito y cayó al suelo. Su cuerpo
hizo retemblar el piso; las monedas se esparcieron en derre
dor suyo; movió repetidas veces la cabeza, afectada al pare
cer de un profundo dolor interno; llevóse ambas manos al
pecho, crispando los dedos; y al fin quedó quieta, sin mas
movimiento que las espansiones violentas de su pecho, sacu
dido por una respiracion fuerte y ruidosa. Acudió Lázaro á
levantarla con presteza, y en el mismo momento se oyó el
ruido de una llave y entraron muy tranquilas Salomé y Ma
ría de la Paz.
Juzguese lo extraño de aquella aparicion y de aquella es
cena: Paulita tendida con los síntomas de un grave acciden
te, Lázaro demudado y confuso, una gran cantidad de mo
nedas de oro, cosa desconocida en aquella casa, esparcidas
con abandono por el suelo, y las dos harpías en la puerta mi
rándose como dos espéctros.
El primer objeto que atrajo las miradas de Salomé fué el
oro esparcido: su primer movimiento fué lanzarse sobre él y
empezar á recoger las piezas, arrodillada en el suelo. Paz
miró á Lázaro, se puso lívida de miedo, miró á la devjta, se
llenó de ira, dió algunos pasos, y recobrando al fin la majes
tad de su carácter, dijo:
—¿Qué es esto?
—Señora— dijo Lázaro, procurando dominar la situacion,
—un triste suceso... Doña Paulita está muy enferma... Le ha
dado un accidente. Estábamos hablando... ¡qué conflicto!
Ahora mismo, ahora mismo ha caido.
— ¿Pero ese dinero?— dijo Paz.
—Es suyo - contestó el jóven.
— ¡Suyo!— esclamó la vieja con codicia.—Y volviéndose á
Salomé, que recogia el oro, añadió:—Dámelo, dámelo. Yo he
de guardar eso.
398
—Yo lo guardaré.
—¿Pero de dónde ha sacado ella ese dinero?—dijo la
otra.
—Lo tenia... hace mucho tiempo—dijo Lázaro, procuran
do, mientras las Porreñas se ocupaban del oro, prestar algun
alivio á la pobre enferma.
Paz, de rodillas, recogia monedas; Salomé, de rodillas, re
cogia tambien; pero la gruesa, con su pesada mano, no igua
laba en presteza á la nerviosa, que iba mas ligera, y cogia
dos piezas en lo que su tia atrapaba una. Salomé parecia una
loca. La mano izquierda de Paz, cuando recibia de la derecha
una nueva onza ó doblon, se cerraba, apretando los robustos
dedos y aferrándose sobre el oro con la firmeza y el ajuste
de una máquina. Al fin iban desapareciendo del suelo las
monedas. Quedaban cuatro, tres, dos, quedaba una. Las ma
nos de entrambas Porreñas se lanzaron con presteza brutal
sobre la última, y cayeron una sobre otra apastándose allí
mutuamente en repetidos golpes. Las dos viejas se miraron;
parece que se querian tragar mutuamente. ¿Cuál de los dos
caracteres venceria al otro? Paz estaba hinchada de cólera,
de orgullo; estaba amoratada, apoplética. Salomé estaba ama
rilla y jadeante de rencor, envidia y ansiedad: sus labios
entreabiertos mostraban los blancos y finísimos dientes, co
mo si quisiera infundir miedo á su rival con aquella arma.
Las dos estaban de rodillas y apoyadas en las manos, y en
aquella actitud, semejante en algo á la de las esfinges, las
dos harpías, revelando con intempestivo vigor sus concen
tradas pasiones, eran dos bestias feroces. Despaes de un rato
de silencio en que todas las fuerzas de la envidia humana se
midieron de una mirada con todas las fuerzas del orgullo hu
mano, la pantera dijo á la foca:
— ¡Esto es mio!
—¡Tuyo! ¿qué dices, imbécil? Esto es mio, era de mi pa
dre... yo sé que él lo habia guardado en alguna parte; pero
no sabia dónde estaba.
—¡Vanidosa!— dijo Salomé adelantando un brazo y una
399
pierna.—Tá nos has sumergido en la pobreza; tú tenias es
condido este dinero. ¡Qué infamia!
—Hipócrita, —dijo Paz retrocediendo,—quítate de mi pre
sencia. Dame ese dinero; no nos robes otra vez. Esto es mio.
—Era de mi padre, yo lo heredo. ¿Qué tienes tú que ver
con esto? Dame ese dinero.
Paz vió á Salomé cerca de sí. Alzó su brazo derecho y
asestó con poderoso empuje la mano contra la cara de su so
brina, dándole un bofeton tan fuerte, que esta cayó al suelo
como herida por una maza. Pero se irguió sobre sus piernas,
vació en el bolsillo las monedas que en la mano tenia, se re
tiró un poco como los carnívoros cuando van á dar el salto, y
se abalanzó hácia su tia. Antes que esta pudiera defenderse,
los diez dedos puntiagudos y como acerados de su contraria
estaban sobre su cara pegados como si tuvieran un gancho
en cada falanje. Clavó las uñas con frenesí en las carnosas
mejillas de la otra vieja, y tíró despues dejando ocho surcos
sangrientos en la faz augusta de la vanidosa. Lanzó esta un
grito de dolor. Lájaro tuvo que intervenir, y mientras le
vantaba del suelo á Paz, recogió la nerviosa todas las mone
das que la su rival dejó caer en el combate, se envolvió en
un manto con presteza convulsa, y apretándose el bolsillo,
salió corriendo de la sala, tomó la escalera, descendió por
ella y huyó.
Lázaro no quiso presenciar mas tiempo aquella escena.
Vomitaba la vieja su ira contra él, le decia las mayores inju
rias, le llamaba cobarde, mandándole perseguir á su sobrina.
El jóven no podia resistír anas el horror que le inspiraba
aquella maldita casa. Miró á la devota, que permanecia aun
sin movimiento, y afligído por la sin igual desventura de
aquella infeliz, salió de la casa.
CAPTULO LXIII

Conclusíon.

Deseoso Lázaro de encontrar á su tio aquella mañana, fué


á casa del abate Carrascosa, y allí encontró otra escena de
desolacion. Carrascosa estaba en su cuarto, sentado en una
silla, con los piés sobre la traviesa, en tal actitud, que pare
cia un pájaro posado sobre una rama. Apoyaba los codos
en las rodillas, sustentando la cabeza con las manos como si
quisiera apuntalarla. Su espresion de tristeza era tal, y le
hacia tan raro, que el jóven no pudo fmenos de preguntarle:
— ¿Qué tiene Vd., D. Gil?
— ¡Ay, I). Lázaro, qué iniquidad! Se ha marchado. ¿Ve us
ted qué iniquidad? ¡Yo, que la queriia tanto!...
Lázaro comprendió que doña Leoncia, el ave vizcaina,
habia volado.
—¿Pero cómo ha sido eso? ¿Qué motivo?
— Es la mas horrible conspiracion. —Ese chisgaravis, ese
tunante, el poeta ese que vivia en este cuarto, se la ha llevado.
¡Qué horror! ¡Siempre he aborrecido de muerte á los poetas!
—Consuélese Vd., D. Gil.—Vamos á otra cosa. ¿Sabe us
ted dónde está mi tio?
—Si le digo á Vd. que no he visto iniquidad semejante—
esclamó el abate sin hacer caso de la pregunta.—Y tenia una
herencia, un legadillo... ¡Maldito zascandil!
—Esa es la vida, D. Gil... hay que conformarse.
— Tenia un legadillo... yo lo descubrí en la covachuela.
— Con que diga Vd., ¿dónde podré encontrar á mi tio?
—Yo... si le he de decir á Vd. la verdad—prosiguió el aba
401
te abstraido por su desgracia - no lo siento por ella; porque
al fin y al cabo... pero tenia un legadillo...
—¿No me responde Vd.?
—Tenia un legadillo...
—Es imposible sacarle una respuesta.
—Tenia un legadillo...
Comprendió Lázaro que era inútil toda indagacion. Salió
de la casa dejando al abate en la misma actitud de mochuelo
posado, y se fué á la calle del Humilladero, donde encontró
á Bozmediano que le esperaba con inquietud, y al verle lle
gar, dijo:
—Amigo: le persiguen á Vd. Es preciso tomar precaxi-
ciones.
—¿Quién me persigue?
—Fácil es comprender que habrá personas disgustadas por
lo que hizo Vd. anoche. Esas personas le persiguen á Vd., yo
estoy seguro de ello .
—Ya comprendo,—repuso Lázaro.—¿Pero qué me im
porta?
—Hay que tomar precauciones; porque, si se vengan, será
de un' modo terrible. Mucho cuidado. Ahora han estado en la
taberna cuatro personas, que creo han traido el encargo de
ver cuando entraba y salia Vd. Me parece que lo mejor es
que se marchen Vds. esta noche misma de Madrid. Una vez
fuera y lejos...
— ¡Qué contrariedad! Pero yo deseo salir. Nos marchare
mos.
—Pues entre tanto no salga Vd. á la calle. Yo arreglaré el
viaje, y lo haré de modo que nadie lo sepa. Yo sé que le bus
can á Vd. y los que le buscan, saben hacer las cosas.
—¿Y cómo han averiguado que estoy aquí?
—Dejemos eso. Hay que partir esta noche ó mañana mis
mo. Aquí no está Vd. seguro. Mucho cuidado. Yo volveré,
y veremos el modo de salir sin peligro. Creo que se consegui
rá. Hasta luego.
Pietiróse Bozmediano, y Lázaro entró á ver á Clara.
26
402
- ¿Las encontraste?—le preguntó la jóven con curiosidad
y cierto temor.
—Sí—contestó él sonriendo al recordar la escena de las
monedas, que refirió despues sin omitir el estraño incidente
de doña Paulita.
Oyó Clara con mucho interés este Último punto, y despues
dijo con tristeza:
—Ya lo sabia .
—¿Cómo? ¿Ella te ha dicho algo?
—No; pero lo he conocido: me lo habia figurado. Tenia una
sospecha... Aquella mujer es muy rara. ¡Si vieras qué miedo
me daba cuando se ponia á orar, quedándose mucho tiempo
quieta é insensible como si estuviera muerta! Se ponia de ro
dillas, miraba al techo, y así se estaba dos ó tres horas sin
moverse, y hasta parecia que no respiraba. La tocaba yo, y
nada; la llamaba y no respondia. Por fin, despues de mucho
tiempo daba un suspiro y volvia en sí.
— ¿Y eso le pasaba con frecuencia?
—Sí; muchas veces.
—Hay una enfermedad—dijo Lázaro —que llaman la cata-
lepsia, y consiste en un parasismo, en que la persona pierde
el movimiento y el habla, quedándose como muerta. Dicen
que una de las causas que motivan esta enfermedad, es el
misticismo religioso y la predisposicion á los éxtasis y vi
siones.
—Eso será lo que tiene. ¡Pobre Paulita!
Aquella noche estaban los dos en el mismo cuarto senta
dos junto á una escasa lumbre. Clara se habia levantado
completamente restablecida. Lázaro revolvia en su imagina
cion los estraños incidentes de los dias anteriores. Los dos
estaban muy tristes, se comunicaban, mirándose, su tristeza
y callaban. Tal vez pensaban en planes para lo futuro: quizá
ella estaba inquieta por la situacion difícil en que uno y otro
Nse encontraban. Entonces entró Pascuala y dijo:
--. —i Qué miedo! Desde el anochecer están paseándose por
-í&lante de la puerta unos hombres... Esta tarde vinieron tam
403
bien. ¡Qué fachas! A veces se paran á mirar pa dentro, y me
temo que si viene Pascual y los ve, se va á armar una... ¡por
que tiene un génio'.. se creerá que vienen por mi... porque
como es una así... tan guapetona...
—Cierre Vd. la puerta.
—Ya he cerrao.
Clara se quedó pálida como un difunto. Ya le parecia que
por ventanas y puertas entraba una horda de facinerosos,
armados de puñales, pistolas, cuerdas y otros instrumentos
horribles.
—Cien-a bien. Apaga esa luz. Si se irán á entrar por esa
ventana—dijo señalando un tragaluz por donde el gato que
tanto respeto inspiraba al señor de Batilo , entraba con difi
cultad. Aquel tragaluz daba á un patio perteneciente á la
misma casa.
Batilo, que sin duda entendió lo del peligro en que los jó
venes se hallaban, y queria probar que aunque misántropo,
era un perro resuelto á todo, ladró de un modo que queria
decir: "Nada hay que temer mientras esté yo aquí.n
Un poco mas tarde Clara , que miraba con recelo aquel
tragaluz maldecido, se estremeció con terrible sacudimiento,
dió un grito muy agudo, y sus ojos espresaron el pavor mas
grande.
—¿Qué tienes, qué hay?— dijo Lázaro con sobresalto.
La jóven, tal vez dominada por el miedo, habia creido ver
instantáneamente en el tragaluz los ojos vivos, la nariz pun
tiaguda de Elías Orejon, su tirano y protector.
— ¿Eres tonta?— le dijo Lázaro. —¿No ves que eso es efecto
del miedo?
Lázaro miró y examinó atentamente: no habia nadie. Sa
lieron al patio, que estaba lleno de escombros y de leña, y
tampoco vieron nada. Indudablemente habia sido efecto del
miedo.

Al llegar á este punto de nuestra historia, el autor se ve


en el caso de interrumpirla para hacer una advertencia im-
404
portante. Habia escrito la conclusion y desenlace del modo
mas natural y lógico, creyendo que era buen fin de jornada
para aquellos amantes, el casarse despues de tantas amargu
ras y vivir en paz, y mucha felicidad y muchos hijos. Esto,
en su entender, se avenia mejor que nada á las condiciones
artísticas que quiso dar á su libro. Pero desgraciadamente la
colaboracion de un testigo presencial de los hechos que va
mos refiriendo, le obligó á desviarse de este buen propósiso,
dando ála historia el fin que realmente tuvo. Mucho tiempo
estuvo dudando si terminar el libro con un desenlace hecho
á su antojo, ó hacerse esclavo de la verdad histórica hasta el
,punto de dar cima á su trabajo con la narracion de un he
cho en estremo desagradable. La colaboracion á que aludo es
la de Bozmediano, á quien se deben todos los datos de La
Fontana; el cual, habiéndose enterado del desenlace que ya
estaba escrito, manifestó gran empeño en que no se alterase
la verdad, ofreciéndose de paso á dar un apunte algo detallado
del inesperado fin que tuvieron aquellos infelices amantes;que
amantes habian de ser, para no tener dicha en este mundo.
Gran repugnancia me costó aceptar el plan de Bozmediano,
auuque era el hecho tal como sucedió; pero al fin, por com
placerle, me decidí á incluirle en el libro, rasgando el que
antes habia yo compuesto, imaginado á mi antojo, y confor
me á lo que parecia mas lógico y artístico. Él, para facilitarme
el trabajo, me dió un apunte, con sus narraciones y diálogos,
de tal modo hecho, que lo trascribo aquí integro. En este
apunte verá el lector el fin de la historia que hemos referido
tal como realmente aconteció.
Dice así:
nEn esto llegó Bozmediano. Lázaro, desde que le vió en
trar, conoció que no estaba tranquilo.
—¿Qué hay?
—Mucho peligro. Le acechan á Vd. Yo he venido acom
pañado por temor de tener algun mal encuentro. Pero no te
ma Vd. He traido bastante gente y estamos seguros. Ahora
mismo se van á marchar Vds.
405
—¿Y saldremos ahora mismo? - dijo Clara con alegría, es
perando no ver mas aquel tragaluz y dejar para siempre á
Madrid.
—Sí, ahora mismo. Ya les he preparado un coche para que
vayan de aquí á Torrejon, donde tengo yo una casa. Allí
pueden descansar hasta pasado mañana, que pasa por allí la
diligencia para Alcalá, y de Alcalá pueden dirigirse á Ara
gon cuando quieran.
—¿Y cuándo llegaremos á Torrejon? •
—Antes de que amanezca. Van Vds. en un coche de mi
casa y con gente de mi confianza. No tienen nada que temer;
buenas mulas y buena compañía. En Torrejon están Vds. se
guros. Aquí... no lo creo. Es preciso salir de esta casa, y de
Madrid inmediatamente.
—Pues vamos,—dijo Lázaro con resolucion. —No perda
mos tiempo.
Rápidamente se prepararon uno' y otro.
—¿No hay una puerta que dá á otra calle? —preguntó Boz-
mediano á Pascuala.
— Sí señor,— dijo esta, pero hay que pasar por la casa del
carbonero, que tiene salida á la otra calle.
—Bien, por ahí saldremos. El coche espera en las afueras
del portillo de Gilimon. Los hombres que yo he traido están
en la tienda. Que entren, y saldremos todos por esa otra
calle.
Pocos momentos despues salian todos, incluso el perro de
las Porreñas, á quien Clara no quiso abandonar; despidié
ronse los viajeros de Pascuala, y se dirigieron, acompañados
de Bozmediano y su gente, al portillo de Gilimon. Muy apri
sa, por no dar lugar á que algun curioso les descubriera, su
bieron al coche. El cochero y su zagal iban en el pescante;
un criado, hombre fuerte, armado de'un fusil, iba dentro con
Lázaro y Clara. Despidiólos Bozmediano muy cordialmen-
te y un tanto conmovido, y partió el coche por la ronda á
tomar la carretera de Aragon.
Lázaro miraba por la portezuela con la mayor inquietud,
406
orque le pareció sentir la carrera de un caballo. Efectiva
mente venia un ginete detrás aunque á bastante distancia
como en seguimiento del coche. Iba este muy aprisa y el
giuete tambien.—Tal vez será un caminante cnalquiera que
vá detrás del coche, porque el coche va delante de él—pensó
Lázaro, acomodándose de nuevo. Entonces observó con
sorpresa que se habia unido otro ginete al anterior. Aumen
tóse la inquietud del jóven y comunicó su sospecha al cria
do, que ya estaba tambien algo cuidadoso.—Clara temblaba,
fuertemento asida al brazo de su amigo.
El coche atravesó el Prado, subió la calle del Pósito, salió
por la puerta de Alcalá, y siempre los caballos detrás; pero
ya eran cuatro, habiéndose unido á los primeros otros dos,
despues de pasada la puerta. Despues notaron los viajeros,
que dos de los ginetss apresurando la carrera, se adelantaron
pasando junto al coche. A Clara le pareció que veia pasar
una cabalgata de demonios. El coche seguia, y los de á ca
ballo que iban delante, al hallarse á alguna distancia, se
paraban como esperando á los viajeros. Poco distaban de las
ventas del Espíritu Santo cuando una voz gritó "alto" El
criado de Bozmediano preparó su fusil y asomó por la por
tezuela. Kabiaba Lázaro al verse sin un arma, y Clara se
abrazó á él, no dejándole libre ningun movimiento. En el
instante en que sonó la voz de alto, una de las mulas herida
mortalmente por una mano desconocida cayó al suelo, con
lo cual paró el vehículo repentina y violentamente. Disparó
el zagal su trabuco, y entonces vieron en derredor del coche
á un hombre á caballo y otro á pié que tenia en una mano
las bridas de su cabalgadura y en otra la navaja con que ha
bia herido á la mula.
Lázaro se vió ya perdido; -comprendió que le habian cogi
do en un lazo los infames, deseosos de realizar una venganza
terrible por ser él quién frustó el plan del complot contra
los individuos amigos de Bozmediano. Pero era preciso de
fenderse. Bajó el criado; mas apenas puso el pié en tierra
manos vigorosas se apoderaron de él desarmándole despues
467
de una breve lucha. Los ginetes que venian detrás, hablan
llegado bajándose rápidamente de sus caballos. El cochero
y el zagal dispararon dos tiros y esgrimieron sus terribles
navajas. Abrió Lázaro la portezuela para salir tambien; pero
cuando aun no tenia más que la mitad del cuerpo fuera, una
figura, uno de los que habian venido á caballo detrás, un
hombre pequeño y flexible, se abalanzó hácia él con un
salto de tigre y exclamó:
— ¡Delator!
A este grito hirió al jóven en el pecho con tan horrible
acierto y seguridad, que este pudo exhalar un grito, pero
no articular palabra alguna. Coletilla tenia un puño admi
rable. Cuando Lázaro cayó hácia adentro, arrojando sobre el
hombro de la pobre Clara su cabeza ya sin pensamiento y
sin vida, aquella horrible comitiva montó otra vez con pres
teza sus infernales caballos, y picando espuela corrieron há
cia las Ventas como exhalaciones. Uno de ellos, no el que
habia herido á Lázaro, cayó á los pocos pasos muerto ó muy
mal herido por un tiro que le disparó el cochero. Los demás
no hicieron caso, y corrian como demonios llevados por la
tempestad...
Esta es la relacion que suministró Bozmediano , aseguran
do que era la verdad pura. No hemos querido privar de ella
á nuestros lectores, á pesar de que no renunciamos por com
pleto el desenlace primitivamente imaginado. Puede el lec
tor aceptar el que mejor cuadre á su gusto y sentimientos,
(ya dando crédito al trágico fin revelado por Bozmediano, ya
suponiendo que los dos amantes descansaron al fin de sus te
naces desventuras en una larga vida de amor y tranquilidad.
El discreto militar, revelador y aclarador de esta historia,
me contó que en toda su vida ha podido librarse de los re
mordimientos que aquel desastroso fin le causara. Por él se
determinó la partida de Lázaro. El le obligó á marcharse
aquella noche. Si no hubieran partido, tal vez el jóven no
hubiera muerto. Pero consolábase un tanto al considerar que
no por haber diferido la marcha, hubiera Coletilla dejado de
408
realizar su criminal propósito. Era aquel un hombre queposeia
en alto grado la astucia y la constancia. Propúsose castigar la
delacion de su sobrino; y si se lo propuso, sólo fuerzas so
brehumanas se lo hubieran impedido. Estaba en acecho: Boz-
mediano quiso burlarle, y esta fué su falta. No contó con
los cien ojos de aquel Argos, ni con su admirable prevision.
Coletilla era faccioso, guerrillero, absolutista. Habíase edu
cado con. frailes, y perfeccionaba su buen instinto|en el ejer
cicio laborioso de las camarillas reales. Hay sin embargo, que
tener en cuenta, segun indicó Bozmediano, que no era com
pletamente cierto que fuera Coletilla quien personalmente
hirió á su sobrino. La relacion del cochero, que sirvió de
base al apunte que hemos trasladado, no estaba en este punto
de acuerdo con la del criado, que describia al asesino dando
unas señas que no convenian con la persona del furibundo
realista. Respecto á que suya fué la iniciativa y la realizacion
del proyecto, no hay duda alguna.
Decia tambien D. Claudio (y al contar esto se ponia siem
pre muy triste) que jamás habia padecido tanto como presen
ciando la agonía de Clara, que sobrevivió solo cuatro dias
á su desdichado amigo. Cayó en un profundo marasmo in
terrumpido por espantosos delirios. Reproducia la fatal es
cena, lloraba con un lastimoso quejido, como los niños
abandonados, cuando buscan por las calles á cualquiera que
pueda parecerse a un padre ó á una madre. El dia antes de
morir estuvo completamente privada de sentido. Al parecer
el alma se habia marchado impaciente, y ella, la vida, conti
nuó latiendo con creciente lentitud hasta que al fin so sor-
pendió de encontrarse sola y se paró.
—No sé,—decia Bozmediano (y de esto no hace mucho,
pues el tal personaje vivia hasta hace poco, y siempre con tan
buen humor como en 1821),—no sé de qué manera considerar
la vida de aquella infeliz, que parecia haber venido al mun
do para ser una prueba viva del estremo á que puedan llegar
las desdichas humanas. Apenas conoció padres: no tuvo her
manos. Creció en poder de un loco, ajena á las espansiones
409
y regocijos de la vida. Despues ya sabemos lo que sufrió la
infeliz en casa de las tres Porreñas. En fin, estas grandes
desventuras aturden y le hacen á uno pesimista y hasta
filósofo. Cuando uno piensa en estas cosas se va al cielo; y
en verdad, amigo, si no hubiera cielo, seria preciso crearlo
para ella.
Tambien me habló Bozmediano de Coletilla. Parece que
este hombre escéntrico recibió el más horrible castigo, que,
dado su caráccer, podia recibir. El rey le despreció despues
del triunfo de 1824. Un dia se empeñaba Elías en ver al Rey:
venia de la faccion; habia luchado por el absolutismo, como
semejante hombre podia luchar por semejante causa. Fer
nando, entre cuyos vicios descollaba la ingratitud, mandó
salir espresamente al lacayo del último de sus ayudas de
Cámara con órden espresa de apalear á Coletilla donde quiera
que le encontrase. Bajó el lacayo y apaleó al realista. Así
pagan los tiranuelus. Despues de este lance el fanático se
puso malo. Dijeron algunos que se habia dejado morir de
hambre; otros que se habia vuelto loco; otros, y esto parece
lo mas cierto, que lo mató una profunda hipocondría.
—Y las tres señoras de Porreño, ¿qué fué de ellas?—le pre
gunté.
—Nada he podido averiguar de doña Salomé—contestó,—
Creo que ha desaparecido de Madrid- doña María de la Paz
Jesús estaba en Segovia, donde tenia una casa de huéspedes.
Respecto á doña Paulita sí, he tenido muchas noticias.
— ¡Qué singular pasion la suyal
—Sí: despues empezó á padecer ataques muy frecuentes
de catalepsia. En cuanto á su pasion, el recogimiento de su
vida, la circunstancia de haberse formado un carácter ficti!
cio, influyeron en aquella esplosion repentina. Habiase educa
do en la vidadevota, y la condicion mundana de nuestra natu.
raleza no se reveló en ella en edad oportuna á causa de las
anomalías de^Su juyeñiud. Fué niña hasta los treinta años,
y creo que hujsiera sidó\una excelente mujer, adornada de
todas las pren6^-de '&iítad y delicadeza que deben adornar

r
410
á una esposa, si aquella perfeccion engañosa Lija de una fal
sa educacion, no torciera en ella su verdadero carácter. Re
pitiendo lo que ella decia, aunque modificándolo para no
proferir una blasfemia, podemos asegurar que la naturaleza,
no Dios, se burló de ella.
Poco despues de las últimas escenas de esta historia se
retiró á un convento, y allí tenia opinion de santa, á lo cua
contribuyó mucho la catalepsia. Creyéronla muerta varias
veces, y hasta trataron de enterrarla en una ocasion; más du
rante las exequias volvió en sí, pronunciando un nombre,
que interpretaron todas las monjas como una señal de santi
dad, pues entendian que repetia las palabras de Jesús: "Lá
zaro, despierta.n Indudablemente era una santa. Ocho teólogos
lo probaron con ochocientos silogismos. Su vida era ejemplar,
su trato tristísimo; oraba mucho, y se dormia, se quedaba en
éxtasis casi todos los dias. Uno de estos éxtasis fué tan largo,
que las monjas sospecharon que no saldriia de él. Así fué en
efecto: no volvió en sí. Pero las monjas, por no esponerse á
un nuevo chasco, esperaron lo mas posible y al fin se decidie
ron á enterrarla, seguras de que estaba bien muerta.

FIN.
1.—La carrera de San Jerónímo en 1821.. . . . . 7
II. —El Club patríótíco 23
III.—Un lance patríótíco y sus consecuencías 35
IV. -Coletílla 53
V.—La compañera de Coletílla 60
VI.—El sobríno de Coletílla 71
VII.—La voz ínteríor ^8
VIII.—Hoy llega 83
IX. —Los prímeros pasos 92
X.—La prímera batalla 105
XI. —La trajedía de Los Gracos 114
X1L—La batalla de Platerías 122
XIIL—No llega el esperado. Llegada de un ímportuno. 130
XIV.—La determínacion 13<
XV.—Las tres ruinas 143
XVI.—El síglo décímo octavo , 157
XVII.—El sueQo del líberal 106
XVIII.—Diálogo entre ayer y hoy 169
XIX.—El Abate 17"
XX.—Bozmedíano 189
XXL—¡Libre!. 198
XXII.—El vía-crucU de Lázaro 202
XXIII.—La Inquísicíon. . 213
XXIV. —Rom mística 219
l'dg

XXV. — Virgo prw'entísxin a 225


\ XVI. —Los dísídentes de la Fontana 232
XXVII.—Se queda sola 241
XXVIU.—El rídiculo 248
XXIX. —Las horas fatales 254
XXX.— Vírgo fidelis. 269
XXXI.—La reunion místeriosa. 281
XXXIL—La Fontan¡Oa - . . . . 28S
XXXIII.—Las harpías se ponen trístes - . . . 296
XXXIV.—El complot.—Tríunfo de Lázaro 301
XXXV. —El bonete del Nuncío 311
XXXVI. —Aclaracíones 325
XXXVII. —El via-crucU de Clara 333
XXXVIII. —Contínuacion del via-crucis. . . - 343
XXXIX.—Un momento de calma 352
XL.—El gran atentado 364
XLI.—Fernando el Deseado 373
XLII.— Virgo patena 380
X LUI.—Conclusion 400

También podría gustarte

pFad - Phonifier reborn

Pfad - The Proxy pFad of © 2024 Garber Painting. All rights reserved.

Note: This service is not intended for secure transactions such as banking, social media, email, or purchasing. Use at your own risk. We assume no liability whatsoever for broken pages.


Alternative Proxies:

Alternative Proxy

pFad Proxy

pFad v3 Proxy

pFad v4 Proxy