Pérez Galdós, Benito. La - Fontana - de - Oro
Pérez Galdós, Benito. La - Fontana - de - Oro
Pérez Galdós, Benito. La - Fontana - de - Oro
Esta es una copia digital de un libro que, durante generaciones, se ha conservado en las estanterías de una biblioteca, hasta que Google ha decidido
escanearlo como parte de un proyecto que pretende que sea posible descubrir en línea libros de todo el mundo.
Ha sobrevivido tantos años como para que los derechos de autor hayan expirado y el libro pase a ser de dominio público. El que un libro sea de
dominio público significa que nunca ha estado protegido por derechos de autor, o bien que el período legal de estos derechos ya ha expirado. Es
posible que una misma obra sea de dominio público en unos países y, sin embargo, no lo sea en otros. Los libros de dominio público son nuestras
puertas hacia el pasado, suponen un patrimonio histórico, cultural y de conocimientos que, a menudo, resulta difícil de descubrir.
Todas las anotaciones, marcas y otras señales en los márgenes que estén presentes en el volumen original aparecerán también en este archivo como
testimonio del largo viaje que el libro ha recorrido desde el editor hasta la biblioteca y, finalmente, hasta usted.
Normas de uso
Google se enorgullece de poder colaborar con distintas bibliotecas para digitalizar los materiales de dominio público a fin de hacerlos accesibles
a todo el mundo. Los libros de dominio público son patrimonio de todos, nosotros somos sus humildes guardianes. No obstante, se trata de un
trabajo caro. Por este motivo, y para poder ofrecer este recurso, hemos tomado medidas para evitar que se produzca un abuso por parte de terceros
con fines comerciales, y hemos incluido restricciones técnicas sobre las solicitudes automatizadas.
Asimismo, le pedimos que:
+ Haga un uso exclusivamente no comercial de estos archivos Hemos diseñado la Búsqueda de libros de Google para el uso de particulares;
como tal, le pedimos que utilice estos archivos con fines personales, y no comerciales.
+ No envíe solicitudes automatizadas Por favor, no envíe solicitudes automatizadas de ningún tipo al sistema de Google. Si está llevando a
cabo una investigación sobre traducción automática, reconocimiento óptico de caracteres u otros campos para los que resulte útil disfrutar
de acceso a una gran cantidad de texto, por favor, envíenos un mensaje. Fomentamos el uso de materiales de dominio público con estos
propósitos y seguro que podremos ayudarle.
+ Conserve la atribución La filigrana de Google que verá en todos los archivos es fundamental para informar a los usuarios sobre este proyecto
y ayudarles a encontrar materiales adicionales en la Búsqueda de libros de Google. Por favor, no la elimine.
+ Manténgase siempre dentro de la legalidad Sea cual sea el uso que haga de estos materiales, recuerde que es responsable de asegurarse de
que todo lo que hace es legal. No dé por sentado que, por el hecho de que una obra se considere de dominio público para los usuarios de
los Estados Unidos, lo será también para los usuarios de otros países. La legislación sobre derechos de autor varía de un país a otro, y no
podemos facilitar información sobre si está permitido un uso específico de algún libro. Por favor, no suponga que la aparición de un libro en
nuestro programa significa que se puede utilizar de igual manera en todo el mundo. La responsabilidad ante la infracción de los derechos de
autor puede ser muy grave.
El objetivo de Google consiste en organizar información procedente de todo el mundo y hacerla accesible y útil de forma universal. El programa de
Búsqueda de libros de Google ayuda a los lectores a descubrir los libros de todo el mundo a la vez que ayuda a autores y editores a llegar a nuevas
audiencias. Podrá realizar búsquedas en el texto completo de este libro en la web, en la página http://books.google.com
oro
de
Fontana
La
Galdós
Pérez
Benito
LA FONTANA DE ORO.
LA
FONTANA
DE ORO
novela hístóríca
MADRID: 1871.
IMPRENTA DE JOSÉ NOGUERA Y CASTELLANO
BORDADORES, 7.
Los. hechos históricos ó novelescos, contados en este
libro, se refieren á uno de los períodos de turbacion
política y social mas graves é interesantes en la gran
época de reorganizacion, que- principió en 1812 y no
parece próxima á terminar todavía. Mucho despues
de escrito el libro, pues solo sus últimas páginas son
posteriores á la Revolucion de Setiembre, me ha pa
recido de alguna oportunidad en los dias que atrave
samos, por la relacion que pudiera encontrarse entre
muchos sucesos aquí referidos, y algo de lo que hoy
pasa; relacion nacida sin duda' de la semejanza que
la crisis actual tiene con el memorable período de
1820-23. Esta es la principal de las razones que me
han inducido á publicarlo.
B. r». g.
Dícíembre de 1870.
«S PROPIEDAD DIL AUTOR.
LA FONTANA DE ORO
CAPÍTULO primero
J
8
ñamente sin prévia designacion de puestos impresa en la
Gaceta; y sin necesidad de arcos, ni oriflamas, ni banderas,
ni escudos, ponia en movimiento á la villa entera; hacia de
sus calles un gran teatro de inmenso regocijo ó inmensa lo
cura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se lla
mó el Deseado por una burla de la historia, y solia agruparse
con sordo rumor junto á las puertas del palacio, dela casa de
villa ó de la iglesia de Doña María de Aragon, donde las
Cortes desempeñaban tambien ruídosamente su saludable
tarea.
¡Años de muchos lances fueron aquellos para la villa! Ma
drid era entonces una poblacion destartalada, súcia, inco
moda, desapacible y oscura. Sin embargo, no era ya aquel
tugaron fastuoso del tiempo de los reyes tudescos; sus glorio
sas jornadas del 2 de Mayo y del 3 de Diciembre, su inicia
tiva en los asuntos políticos, la enaltecian sobremanera. Era,
además, el foro de la legislacion constituyente de aquella
época, y la cátedra en que la juventud mas brillante de Es
paña ejercia con elocuencia la enseñanza del nuevo derecho.
A pesar de todos estos honores, la villa y córte tenia un as
pecto muy desagradable. Mari-Blanca continuaba en la Puer
ta del Sol como la mas concreta espresion artística de la cul
tura matritense. Inmutable en su grosero pedestal, la estátua,
que en anteriores siglos habia asistido al tumulto de Orope-
sa y al motin de Esquilache, presidia ahora el espectáculo de
la actividad revolucionaria de este pueblo, que siempre con
vergia á aquel sitio en sus ovaciones y en sus trastornos.
Si fuera posible trasladar al lector á las gradas de San Fe
lipe, capitolio de la chismografía política y social, ó sentarle en
el húmedo escaño de la fuente de Mari-Blanca, punto de re
union de un público mas plebeyo, comprenderia cuán dis
tinto de lo que hoy vemos era lo que veian nuestros abuelos
hace medio siglo. De fijo llamaria su atencion que una gran
parte de los ociosos, que en aquel sitio se reunen desde que
existe, lo abandonaban á la caida de la tarde para dirigirse á
la Carrera de San Jerónimo ó á otra de las calles inmedia
9
tas. Aquel público va á los clubs, á las reuniones patrióticas,
á La Fontana de Oro, al Grande Oriente, á Lorencini, á
la Cruz de Malta. En los grupos sobresalen algunas personas
que, por su ademan solemne, su mirada protectora parecen
ser tenidos en grande estima por los demas. Aparentan
querer imponer silencio á la multitud; otra vez estienden los
brazos en cruz, volviéndose atrás como quien pide atencion;
y todo esto lo hacen con una oficiosa gravedad que indica un
influjo muy grande ó una presuncion no pequeña.
La mayor parte se dirigen á la Carrera. Es porque allí está
el club mas concurrido, el mas agitado, el mas popular de los
clubs, la Fontana de Oro. Ya entraremos tambien en el café
revolucionario. Antes crucemos desde el Buen Suceso á los
Italianos, esta alegre y animada Carrera de los padres Jeró
nimos, que era entonces lo que es hoy y lo que será siempre,
la calle mas concurrida de la capital.
Pero hoy, cuando veis que la mayor parte de la calle está
formada por viviendas particulares, no podeis comprender
lo que era entonces una via pública ocupada casi totalmen
te por los tristes paredones de tres ó cuatro conventos. Impo
sible es comprender hoy la oscuridad que proyectaban sobre
la entrada de la Carrera el ancho paredon del convento de la
Victoria por un lado, y la súcia y corroida tapia del Buen
Suceso por otro. Mas allá formaban en línea de batalla las
monjas de Pinto; por encima de la tapia que servia de pro
longacion al convento se veian las copas de los cipreses plan
tados junto á las tumbas. Enfrente campeaba la ermita delos
Italianos, no menos ridícula entonces que hoy; y mas abajo,
en lo mas rápido del declive, el Espíritu Santo, que despues
fué Congreso de los Diputados. Las paredes de estos conven
tos estaban construidas con la ingeniosa manipostería, que ha
hecho célebre la arquítectura madrileña: eran esas aglomera
ciones de ladrillos que el tiempo descarna, humedece y apo-
lilla, digámoslo así, cubriendo de una especie de lepra el
edificio.
Las casas de los grandes alternaban con los conventos. En
10
lo mas bajo de la calle se veia la vasta fachada del palacio de
Medinaceli con su ancho escudo, sus innumerables ventanas,
su jardin á un lado, y su fundacion piadosa á otro; enfrente
los Valmedianos, los Pignatellis y Gonzagas; mas acá los
Pandos y Macedas, y finalmente la casa de Hijar, que hasta
hace poco ostentaba en su puerta la cadena histórica, distin
tivo de la hospitalidad ofrecida á un monarca. Quedaba para
casas particulares, para tiendas y sitios públicos la tercera
parte de la calle; esto es lo que describiremos con mas deten
cion, porque es importante dar á conocer el gran escenario
donde tendrán lugar algunos importantes hechos de esta his
toria.
Entrando por la Puerta del Sol, y pasado el convento de la
Victoria, se hallaba un gran pórtico, entrada de una anti
quísima casa que, á pesar de su escudo decorativo, grabado
en la clave del balcon, era en aquel tiempo una casa de ve -
cindad en que vivian hasta media docena de honradas fami
lias. Su noble orígen era indudable; pero fué adquirida no
sabemos cómo por la comunidad vecina, que la alquiló para
atender á las necesidades del convento. En dicho portal, que
tenia el espacio suficiente para que entraran por él las enor
mes carrozas.de su primitivo señor, tenia su establecimiento
un memorialista, secretario de certificaciones y misivas; y
en el mismo portal, un poco mas adentro, tenia sus almace
nes de quincalla un hermano de dicho memorialista, que ha
bia venido de Ocafia á la Córte para hacer carrera en el co
mercio. Constaba su tienda de tres pequeños cajoncillos, en
que habia algunos paquetes de peines, unas cuantas cajas de
obleas,- juguetes de chicos y un gran manojo de rosarios con
cruces y medallones de estaño.
La parte de la izquierda, y especialmente el rincon contí
guo á la puerta, era un lugar en que el público ejercia un
incontestable derecho de seividumbre. Era un centro urina
rio: la secrecion pública habia trocado aquel rincon en foco de
inmundicia; y especialmente por las noches, la ofrenda liqui
da aumentaba de tal modo, que el escribiente y su hermano
11
hacian propósito firme de abandonar el local. En vano se
amonestaba al público con terribles pragmáticas de policía
urbana, promulgadas por la autorizada voz del memorialista-
El público no renunciaba por esto á su costumbre ; y de se
guro lo hubieran pasado mal los dos hermanos si hubieran
tratado de impedir por la fuerza la libertad mingitoria, au
torizada por un derecho consuetudinario que, segun la feliz
espresion de un parroquiano de aquel sitio, radicaba en la na
turaleza del hombre y en la hospitalidad forzosa del vecin
dario.
Enfrente de este portal clásico habia una pequeña puerta;
y por los dos yelmos de Mambrino, labrados en finísimo me
tal de Andújar, y colocados á un lado y otro, se venia en co
nocimiento de que aquello era una barbería. Por mucho de
notable que tuviera el esterior de este establecimiento, con
su puerta verde, sus cortinas blancas, su redoma de sangui
juelas, su cartel de letras rojas, adornado con dos viñetas
dignas de Maella, que representaban la una un individuo en
el momento de ser afeitado, y la otra' una dama á quien san
graban en un pié, mucho mas notable era su interior. Tres
mozos, capitaneados por el maestro Calleja, rapaban sema-
nalmente las barbas de un centenar de liberales de los mas
recalcitrantes. Allí se discutia, se hablaba del Eey, de las
C'órtes, del Congreso deVerona, de la Santa Alianza. Oiriais
allí la peroracion contundente del oficial primero y mas anti
guo, mozo que se decia pariente de Porlier, el mártir de la
libertad. Al compás de k- navaja se recitaban versos ameni
zados con agudezaf políticas; y las voces camarilla, coletilla,
trágala, Elío, la Bübal, Vinuesa formaban el fondo de la
conversacion. Pero lo mas notable de la barberia mas nota
ble de Madrid era su dueño Gaspar Calleja (se habia quitado
el Don despues de 1820), héroe de la revolucion, y uno de los
mayores enemigos que tuvo Fernando el año 14. Así lo
decia él.
Mas lejos estaba la tiendi, de géneros de unos irlandeses
establecidos aquí desde el siglo pasado. Vendian juntamente
12
con el raso y el organdí, encajes flamencos y catalanes, alepin
para chalecos, ante para pantalones, corbatas de color de las
lamadas guirindolas, y carrihes de cuatro cuellos, que esta
ban entonces en moda. El patron era un irlandés gordo y su
culento, de cara encendida, lustrosa y redonda como un que
so de Flandes. Tenia fama de ser un servilon de á fólio; pero,
si esto era cierto, las circunstancias constitucionales del paísj
y especialmente de la Carrera de San Jerónimo, le obligaban
á disimularlo. Fundábanse los que tan feo vicio imputaban
al irlandés, en que cuando pasaba por la calle la Magestad
de Fernando ó Amalia, la Alteza de mi tio el doctor ó de don
Cárlos, el buen comerciante dejaba apresuradamente su vara
y su escritorio para correr á la puerta, asomándose con ansie
dad y mirando la real comitiva con muestras de ternura y
adhesion. Pero esto pasaba, y el irlandés volvia á su habitual
tarea haciendo todas las protestas que sus amigos exigian.
Cerca de la tienda del irlandés se abriia la puerta de una
librería, en cuyo mezquino escaparate se mostraban abiertos
por su primera hoja.algunos libros, tales como la Historia de
jEsjiaña, por Duchesne, las novelas de Voltaire, traducidas
por autor anónimo, Las noches, de Young, el Viajador sen
sible y la novela de Arturo y Arabella, que gozaba de gran
popularidad en aquella época. Algunas obras de Montiano,
Porcell, Arriaza, Olavide, Feijóo, un tratado del lenguaje de
las flores y la Guia del comadron completaban el reper
torio.
Al lado, y como formando juego con este templo literario,
estaba una tienda de perfumería y de bisutería con algunos
' objetos de caza, de tocador y de cocina, que todo esto for
maba comercio comun en aquellos dias. Por entre los potes
de pomadas y cosméticos; por entre las cajas de alfileres y
juguetes se descubria el perfil arqueológico de una vieja que
era ama, dependiente, y aun fabricante de algunas drogas,
Mas allá habia otra tienda oscura, estrecha y casi subterrá
nea en que se vendian papel, tinta y cosas de escritorio, amen
de algun braguero ú otro aparato ortopédico de singular
13
forma. En la puerta pendia colgado de una espetera un ma
nojo de plumas de ganso, y en lo mas profundo y mas oscuro
de la tienda lucian como los ojos de un lechuzo en el recinto
de una caverna, los dos espejuelos resplandecientes de don
Anatalio Mas, gran jefe de aquel gran comercio.
Enfrente habia una tienda de comestibles, pero de comes
tibles aristocráticos. Existia allí un horno célebre, que asaba
por Navidades mas de cuatrocientos pavos de distintos cali
bres. Las empanadas de perdices y de liebres no tenian rival;
sus pasteles eran celebérrimos, y nada igualaba á los lechon-
cillos asados que salian de aquel gran laboratorio. En dias
de convite, de cumpleaños ó de boda, no encargar los princi
pales platos á casa de Perico el maltones (así le llamaban],
hubiera sido indisculpable desacato. Al por menor se ven
dian en la tienda rosquillas, vizcochos, galletas de Inglaterra
y mantecadas de Astorga.
No lejos de esta tienda se hallaban las sedas, los hilos, los
algodones, las lanas, las madejas y cintas de Doña Ambrosia
(antes de 1820 la llamaban la tia Ambrosia), respetable ma
trona, comerciante en hilado: el estertor de su tienda parecia
la boca escénica de un teatro de aldea. Por aquí colgaba á
guisa de pendon una pieza de lanilla encarnada; por allí un
ceñidor de chulo; mas allá ostentaba una madeja sus innu
merables hilos blancos, semejando los pistilos de una gigan
tesca flor; de lo alto pendia algun camisolin, algunos infanti
les trajes de mameluco, cenefas de percal, sartas de pañuelos,
refajos y colgaduras. Encima de todo esto una larga tabla en
figura de media, pintada de negro^ fija en la muralla y per
pendicular á ella, servia de muestra principal. En el interior
todo era armonía y buen gusto; en la trípode del centro te
nian poderoso cimiento las caderas de Doña Ambrosia, y
mas arriba se ostentaba el pecho ciclopeo y corpulento busto
de la misma. Era una española rancia, manchega y natural
de Quintanar de la Orden, por mas señas, señora de muy no
bles y cristianos sentimientos. Respecto á sus ideas políticas,
cosa esencial entonces, baste decir que quedó resuelto des
14
pues de grandes controversias en toda la calle, que era una
servilona de lo mas exagerado. ,
Estas tiendas con sus respectivos muestrarios y sus respec
tivos tenderos constituian la decoracion de la calle; habia,
además, una decoracion movible no menos pintoresca y va
riada que la primera, decoracion formada por el gentío que
en todas direcciones cruzaba como hoy por aquel sitio. En
tonces los trajes eran singularísimos. ¿Quién podria describir
hoy la oscilacion de aquellos puntiagudos faldones de casa
ca? Y aquellos sombreros de felpa con el ala retorcida y la
copa aguda como pilon de azúcar? ¿Se comprenden hoy los
tremendos sellos de reló, pesados como los badajos de una
campana, que iban marcando con impertinente retintin e^
paso del individuo? Pues ¿y las botas á la farole y las man
gas de jamon que serian el último grado de la ridiculez, si no
existieran los tupés hiperbólicos que asimilaban perfecta
mente la cabeza de un cristiano á la cabeza de un guaca
mayo?
El gremio cocheril exhibia alli tambien sus mas caracte
rísticos individuos; lo menos veinte veces al dia pasaban por
esta calle las carrozas de los grandes que en las inmediacio
nes vivian. Estas carrozas, que ya se han sumergido en los
oscuros abismos del no ser, se componian de una especie de
navío de línea colocado sobre una armazon de hierro; esta
armazon se movia merced á la pausada y solemne oscilacion
de cuatro ruedas, que no tenian velocidad mas que para re-
cojer el fango del piso y arrojarlo sobre la gente de á pié. El
vehículo era un inmenso cajon: los de los dias gordos estaban
adornados con placas de carey. Por lo comun las paredes de
los ordinarios eran de nogal bruñido, ó de caoba, con finísi
mas incrustaciones de marfil ó metal blanco. En lo profun
do de aquel antro se veia el nobilísimo perfil de algun
procer esclaracido, ó de alguna vieja esclarecidamente fea.
Detrás de esta máquina, clavados en pié sobre una tabla, y
asidos á unas pesadas bbrlas, se observaban dos grandes le
vitones que, en union de dos enormes sombreros, servian
15
para patentizar la presencia de dos graves lacayos, figuras
simbólicas de la etiqueta, sin alma, sin movimiento y sin vi
da. En la proa se elevaba el cochero, que en pesadez y gor- -
dura tenia por únicos rivales á las mulas, aunque estas so-
lian ser mas racionales que él.
Rodaba por otro lado el vehículo público, tartana, diligen
cia ó galera, el carromato tirado por una reata de bestias es
cuálidas; y entre todo esto el esportillero con su carga, el
mozo con sus cuerdas, el aguador con su cuba, el prendero
con su saco y una pila de seis ó siete sombreros en la cabeza,
el ciego con su guitarra y el chispero con su sarten.
Mientras nos detenemos en esta descripcion, los grupos
avanzan hácia la mitad de la calle y desaparecen por una
puerta estrecha, entrada á un local, que no debe ser pequeño,
pues tiene capacidad para tanta gente. Aquella es la célebre
Fontana de Oro, café y fonda, segun el cartel que hay sobre
la puerta; es el centro de reunion de la juventud ardiente,
bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiracion, an
siosa de estimular las pasiones del pueblo y de oir su aplau
so irreflexivo. Allí se habia constituido un club, el mas cé
lebre é influyente de aquella época. Sus oradores, entonces
neófitos exaltados de un nuevo culto, han dirigido en lo su
cesivo la política del país; muchos de ellos viven hoy, y no
son por cierto tan amantes del bello principio que entonces
predicaban.
Pero no tenemos que considerar lo que muchos de aque
llos jóvenes fueron en años posteriores. Nuestra historia no
pasa mas acá de 1821. Entonces una democracia nacida en
los trastornos de una gran revolucion y de un alzamiento na
cional, fundaba el moderno criterio político, que en cin
cuenta años se ha ido difícilmente elaborando. Grandes de
lirios bastardearon un tanto los nobles esfuerzos de aquella
juventud, que tomó sobre sí la gran tarea de formar y edu
car la opinion que hasta entonces no existia. Los clubs, que '
comenzaron siendo cátedras elocuentes y palestras de la dis
cusion científica, salieron del círculo de sus funciones propias
16
aspirando á dirigir los negocios públicos, á amonestar á los
gobiernos é imponerse á la nacion. En este terreno fué fácil
que las personalidades sucedieran á los principios, que se des
pertaran las ambiciones; y lo que es peor, que la venalidad,
cáncer dela política, penetrara allí. Los verdaderos patriotas
lucharon mucho tiempo contra esta invasion. El absolutismo,
disfrazado con la máscara de la mas abominable demagogia,
socavó los clubs, los corrompió, los vendió al fin. Es que
aquella juventud, llena de fé y de valor, fué demasiado cré
dula ó demasiado generosa. O no conoció la falacia de sus
supuestos amigos, ó conociéndola, creyó posible el vencerles
con armas nobles, con la persuasion y la propaganda.
En el curso de esta narracion veremos cómo se manifiesta-
ron estos elementos en las congregaciones políticas. El uno,
ardoroso y creyente, con demasiada confianza en sus princi
pios y poca esperiencia al practicarlos; el otro, hipócrita
mentiroso, con la libertad en los labios y el despotismo en e^
corazon, minando los cimientos aun no seguros de una socie .
dad nueva, combatiéndola en todas partes con seguridad y
con éxito, porque se fingia su amigo.
Una sociedad decrépita, pero conservando aun esa tenaci
dad incontrastable que distingue á algunos viejos, sostenia
encarnizada guerra con una sociedad lozana y vigorosa lia
mada á la posesion del porvenir. En este libro asistiremos á
algunos de sus encuentros.
Sigamos nuestra narracion. Los curiosos se paraban ante
la Fontana; salian los tenderos á las puertas; el barbero Ca
lleja, que se hacia llamar ciudadano Calleja, estaba en su
puerta tambien pasando una navaja, y contemplando el club
y sus parroquianos con una mirada presuntuosa, que queria
decir: nsi yo fuera allá
Algunas personas se acere aron á la barbería y formaron
corro alrededor del maestro. Uno llegó muy presuroso, ypre
guntó:
—¿Qué hay? ¿Ocurre algo?
Antes de consignar la respuesta que Calleja dió al recien
17
venido, vamos á descr¡birle, por ser algo importante en esta
historia.
Era uno de esos individuos de edad indefinible; de esos
que parecen viejos ó jóvenes, segun la fuerza de la luz ó la
espresion que dan al semblante. Su estatura era pequeña, y
tenia la cabeza casi inmediatamente adherida al tronco, sin
mas cuello que el necesario para no ser enteramente joroba
do. El abdomen le abultaba bastante, y generalmente cruza
ba las manos sobre él con un movimiento de cariñosa con
servacion. Sus ojos eran medio cerrados y pequeños, pero
muy vivos, formando armoniosa simetría con sus labios delga
dos largos y elásticos, que en los momentos mas calurosos de
la conversacion avanzaban formando un tubo acústico, que
daba á su voz una intensidad estraordinaria. A pesar de su
traje seglar, habia en este personaje no sé qué de frailuno.
Su cabeza parecia hecha para la redondez del cerquillo, y el
ancho gaban que envolvia su cuerpo, mas que gaban parecia
un hábito. Tenia la voz muy destemplada y acre; pero sus
movimientos eran sumamente espresivos y vehementes.
Para concluir diremos que este hombre se llamaba Gil de
nombre y Carrascosa de apellido; educáronle los frailes agus
tinos de Móstoles, y ya estaba dispuesto para profesar, cuan
do se marchó del convento, dejando á los padres con tres
palmos de boca abierta. A fines del siglo logró, por amista
des palaciegas, que lo hicieran abate; mas en 1812 perdió el
beneficio, y depuso el capisayo. Desde entonces fué ardiente
liberal hasta la vuelta de Fernando, en que sus relaciones
con el favorito Alagon le proporcionaron un destino de cova
chuelista con diez mil reales. Entonces era un absolutista
decidido; pero la jura de la Constitucion por Fernando en
1820 le hizo variar de opiniones, hasta el punto de llegar á
alistarse en la sociedad de los Comuneros y formar pandilla
con los mas exaltados. Cuando tengamos ocasion de pene
trar en la vida privada de Carrascosa, sabremos algunos de
talles de cierta aventura con una beldad quintañona de la
calle de la Gorguera, y sabremos tambien los malos ratos.
2
20
—Creo, Sr. D. Gaspar, que está Vd. muy equivocado; y
no se por qué se cree Vd. tan competente—dijo Carrascosa en
tono muy grave.
-—¿Pues no he de serlo? !Yo, que pxso las noches oyéndo
los á todos, no saber lo que son! Vamos, que algunos que se
tienen por muy buenos, no son mas que ingénios de racion y
quitacion.
—Es verdad tambien que Romero Alpuente no es ningun
rana— dijo otro de los presentes.
—¿Cómo rana? —esclamó animándose Calleja. — ¡Que le so
bra talento por los tejados!.. Y á Vd., Sr. Carrascosa, ¿quién
le ha dicho que yo no soy competente? ¿Quién es Vd. para
saberlo?
—¿Qué quién soy? ¿Y Vd. qué entiende de discursos, con
testó el otro?
—Vamos, Sr. D. Gil, no apure Vd. mi paciencia. Le digo
á Vd. que le tengo por un ignorante lleno de presuncion.
—Respete Vd., Sr. Calleja,—esclamó D. Gil un poco con
movido;—respete Vd. á los que por sus estudios están en el
caso de... Yo... yo soy graduado en cánones en la Complu
tense.
—Cánones, ya. Eso es cosa de latin. ¿Qué tiene que ver eso
con la política? No se meta Vd. en estas cuestiones que no
son para cabezas ramplonas y de cuatro suelas.
—Vd. es el que no debe meterse en ellas,—esclamó Carras
cosa sin poderse contener;—y el tiempo que le dejan libre
las barbas de sus parroquianos debe emplearlo en gobernar
su casa.
—Oiga Vd., señor pedante complutense, canonista, teati-
no, ó lo que sea. Váyase á mondar patatas al convento de
Móstoles, donde estará mas en su lugar que aquí.
—Caballero,—dijo Carrascosa, poniéndose del color de un
tomate, y mirando á todos lados para pedir auxilio; porque
aunque tenia al barbero por lo que era, por un solemne ga
llina, no se atrevia con aquel corpachon de ocho piés.
—Y ahora que recuerdo ,—contestó con desden el rapi
21
ta,—no me ha pagado Vcl. las sanguijuelas que llevó para esa
señora de la calle de la Gorgnera, hermana del tambor ma
yor de la guardia real.
—¿Tambien me llama Vd. estafador? Mejor haria el ciuda
dano Calleja en acordarse de los diez y nueve reales que le
prestó mi primo, el que tiene la pollería en la calle Mayor,
reales que le ha pagado como mi abuela.
—Vamos que tú y el pollero sois los dos del mismo es
tambre.
—Sí, y acuérdese de la guitarrilla que le robó á Perico
Sardina el dia de la merienda en Migas Calientes.
—La guitarrilla, iehl ¿Dice Vd. que yo le robé una guitar
rilla? Vamos; no me venga Vd. ámí con indirectas... —contos
tó el barbero queriendo aparecer sereno.
—Véngase Vd. aquí con pamplinas; si no le conoceremos,
señor Callejon angosto.
—Anda que te quedaste con la colecta el dia de San An
ton el año pasado. ¡Catorce pesos! Pero entonces eras realis
ta y andabas al rabo de Ostolaza para que te hiciera limpia-
polvos de alguna oficina. Entonces dabas vivas al rey abso
luto, y en la estudiantina del carnaval le ofreciste un rami
llete en el Prado. Anda; aprende conmigo que, aunque bar
bero, he sido siempre liberal, si señores. Liberal, aunque bar
bero: que yo no soy cualquier vendehumos, sino un ciudada
no honrado y liberal como cualquiera. Pero miren á estos
realistones; ahora han cambiado de casaca. Despues que con
sus delaciones tenianlas cárceles atarugadas de gente, se agar
ran á la Constitucion, y ya están en campaña como toro e n
plaza, dando vivas á la libertad.
—Sr. Calleja, ¡Vd. es un insolente! .
—¡Servilon!
Esta voz era el mayor de los insultos en aquella época.
Cuando se pronunciaba no habia remedio: era preciso reñir.
Ya el arma ingeniosa, que la industria ha creado para el
mejoramiento y cultivo de las barbas de la mitad del género
humano, se alzaba en la mano del iracundo barbero ; ya el
22
agudo filo resplandecia en lo alto, próximo á caer sobre el
indefenso cráneo del que fué lego, abate y> covachuelista,
cuando otra mano providencial atajó el golpe tremendo que
iba á partir en dos tajadas á todo un graduado en cánones de
la Complutense. Esta mano protectora era la mano robusta -'
de la mujer de Calleja, la cual, desconcertada y trémula al
ver desde el rincon de su tienda la actitud terriblemente
agresiva de su esposo, dejó con rapidez la labor, echó en
tierra al chicuelo, que en uno de sus monumentales pechos
se alimentaba, y arreglándose lo mejor que pudo el mal en
cubierto seno, corrió á la puerta y libró al pobre Carrascosa
de una muerte segura. ,
Las tres figuras permanecieron algunos segundos forman
do un bello grupo. Calleja con el brazo alzado y el rostro
encendido; su esposa, que era tan gigantesca como él, lesos-
tenia el brazo; el pobre Gil mudo y petrificado de espanto.
Doña Teresa Burguillos, que así se llamaba la dama, era de
formas colosales y bastas; pero tenia en aquellos momentos
cierta majestad en su actitud, que recordaba á Minerva en el
momento de detenerla mano de Aquiles, pronta á desnudar
el terrible acero clásico. El Agamenon de la Covachuela ofre
cia un aspecto poco académico en verdad.
—Ciudadano Calleja,—dijo aquella señora en tono muy
reposado. —No emplees tus armas contra ese pelon, que se
pudre á todo pudrir: guárdalas para lo? tiranos.
Calleja cerró la navaja y la guardó para los tiranos.
D. Gil se apartó de allí, llevado por algunos amigos, que
quisieron impedir una catástrofe; y poco despues el grupo
que allí se habia formado estaba disuelto.
La amazona cerró la puerta y dentro contínuo su perora
cion interrumpida. No queremos referir las muchas cosas
buenas que dijo, mientras el muchacho se apoderaba otra
vez kdel pecho, que tan bruscamente habia perdido. Basta
decir, para que se comprenda lo que valia D. Teresa Bur
guillos, que sabia leer, aunque con muchas dificultades, ha
llándose espuesta á entender las cosas al revés; que á fuerza
23
de mascullonos podia enterarse de algunos discursos escritos,
reteniéndolos en la memoria; que, alentada por la barberil
elocuencia y liberalesca conducta de su esposo, se habia
hecho una gran política; y que era muy entusiasta de Riego
y de Quiroga, aunque mas que los hombres de sable le gusta
ban los hombres de palabra, llegando hasta decir que no co
nocia caballero mas galantemente discreto que Paco (así
mismo) Martinez de la Rosa. Es casi seguro que manifestó
deseos de tener delante al bárbaro Elio para clavarle sus
tijeras en el corazon.
Penetremos ahora en la Fontana.
CAPITULO II
El club patríótíco.
CAPITULO III.
CAPITULO IV.
Coletílla.
La compañera de coletílla.
70
permanecer indiferente á su enfermedad, y trajo un médico,-
el cual espresó su dictamen muy brevemente, diciendo: Si
usted no manda á esta chica al campo, se muere antes de
un mes.
El realista pensó que la muerte de aquella muchacha seria
un contratiempo. Recordó que su hermana vivia en Ateca
con su familia, y formó su plan. Escribió dos letras, y algu
nos dias despues Clara entraba en el pueblo con el corazon
rebosando de alegría.
Una benéfica reaccion se verificó en su salud, y su espíri
tu, tanto tiempo abatido por el fastidio y el encierro, se re
animó con el pleno goce de la naturaleza y el'trato de perso
nas alegres que la atendian y la amaban. Aquellos dias fue
ron una segunda vida para la desdichada mártir, porque se
regeneró materialmente, adquiriendo lozanía, frescura y vi
gor: sus ojos, acostumbrados á la oscuridad de cuatro pare
des, recorrian ya un largo horizonte; sus pasos la llevaban á
grandes distancias; su voz era escuchada por amigas joviales
y francas, por jóvenes sencillos, por viejos cariñosos; su ale
gría era comprendida y compartida por otros; sus inocentes
deseos satisfechos, conocia la amistad, la vida familiar, la con
fianza, gozaba de un cielo hermoso, de un aire puro, de un
bienestar sóbrio y tranquilo, de felices y no monótonos dias,
de sosegadas y apacibles noches.
Pero durante la permanencia de Clara en Ateca pasaron
cosas que influyeron poderosamente en el resto de su vida.
Vamos á referirlas, porque de ellas se derivan casi todos los
sucesos de esta historia; y por tan importantes y graves, las
dejamos para el capítulo siguiente, donde las verá el lector,-
si está decidido á no abandonarnos.
I
CAPITULO VI.
El sobríno de Coletílla.
CAPITULO VII.
La voz ínteríor.
CAPITULO VIII.
Hoy llega.
-»
84
Clara se quedo absorta al oir esta noticia, y no pudo con
testar palabra, porque la sorpresa le embargaba la voz. Cuan
do quedó sola se encerró en su cuarto.
Era la habitacion de Clara pequeña é irregular: estaba en
lo mas interior de la casa, y tenia una ventana estrecha, con
vidrios de dudosa trasparencia, que daba á un patio, de esos
que por lo profundos y estrechos parecen verdaderos pozos.
Enfrente y á los lados se abrian tres filas de ventanas mez
quinas, respiraderos de otras tantas celdas, donde se alber
gaban familias bulliciosas. El cuarto de Clara tenia el usu
fructo de un rayo de luz desde las once á las once y media,
hora en que pasaba á iluminar las regiones tropicales- del
tercer piso. Aquel rayo de luz no traia nunca colores, ni
paisaje, ni horizonte, ni alegría.
El patio era un recinto populoso, el centro de un enjambre
humano. A ciertas horas asomaban por aquellos agujeros
otras tantas cabezas: esto sucedia en los grandes aconteci
mientos, cuando la herrera del piso bajo y la planchadora
del cuarto, resolvian al aire libre alguna cuestion de honor,
ó cuando la manola del tercero y «la zurcidora de enfrente
entablaban pleito sobre la propiedad de la ropa tendida.
Por lo demás, allí reinaba siempre una paz octaviana, y
era cosa de ver la amable franqueza con que la esterera pedia
prestada su sarten á la vecina de la izquierda, y la confianza
íntima con que dialogaban en el quinto el soldado y la mu
jer del zapatero. Enlazaban unas ventanas con otras, á guisa
de circuitos telegráficos, unas cuerdas de donde colgaban al
gunas despilfarradas camisas, y de vez en cuando tal cual
lonja de tasajo, sobre el cual descendia en el silencio de la
noche una caña con anzuelo, manejada por las hábiles manos
del estudiante del sotabanco.
La vidriera del cuarto de Clara no se abria nunca. Elías
la habia clavado por dentro desde que ocupó la casa.
Si la perspectiva del patio era desapacible, el interior de la
habitacion tenia indudablemente cierto encanto no porque en
él hubiera cosas bellas, sino por la sencillez y modestia que
85
allí reinaba, y el cuidadoso aseo y esmero, única elegancia
de los pobres. Veíase en primer término una voluminosa có
moda, compuesta de seis enormes gabetas con sus labores de
talla junto álas cerraduras, y algunas incrustaciones un poco
carcomidas; encima un mueble decorativo bastante viejo, que
representaba una figura de Parca con una de las manos alza
da en actitud de sostener algo; pero en lugar del reló que en
otro tiempo cargaba, sostenia en tiempo, de Clara una caja
forrada en papeles de color, la cual debia guardar utensilios
de labor femenina. En lugar de la redoma de cristal, tapaba
todo esto un pedazo de gasa, sujeto con cintas azules á las
piernas de la diosa, la cual ostentaba en su profano pecho un
escapulario de la virgen del Carmen.
Una mesa de tocador, tres sillas de viejo nogal, pesadas y
lustrosas, un cogincillo erizado de agujas y alfileres, una ban
queta y una cama de caoba de muy voluminosa arquitectu
ra, cubierta con una colcha palentina, completaban el ajuar.
Clara estaba delante de su espejo y se ocupaba en enre
darse en la coronilla una gruesa trenza de pelo negro, recien
temente tegida y terminada en la punta con un atadijo del
mismo pelo y un lazo encarnado. Dos órdenes de pequeños
rizos, guedejas sutiles, retorcidas con negligencia, le adorna
ban la frente, y de las sienes blancas, cuya piel transparen
taba ligeramente la raya azulada de alguna vena, le caian
dos airosos mechones.
No hay actitud mas propia para apreciar debidamente las
formas académicas de una mujer, que esa que toma cuando
alza las manos y se enrolla una trenza en la cabeza, dejando
ver él busto, el talle, el cuello en toda su redondez. Tiénden-
se los músculos del pecho, se contornea la espalda, y el án
gulo del codo y las suaves curvas del hombro describen en
su dilatacion graciosas líneas que dan armoniosa espresion
escultural á toda la figura.
Concluida la operacion del peinado, Clara echó una mira
da de deseo y desconfianza á la última gabeta de la enorme
ómoda en donde tenia su ropa. Es que allí existia, guardado
80
con singular esmero, un traje que Elías le habia comprado
algunos años antes, cuando era menos adusto y gruñon. Este
traje, que era lo mas lujoso y bello que la huérfana poseia,
tenia la forma y los colores mas en moda en aquella época:
cuerpo de terciopelo negro con prolijos dibujos de pasama
nería y guardapiés de seda pajizo, adornado con una gran
franja, como de á tercia, de encaje negro. Dudaba si sacarlo
ó no: queria ponérselo y temia ponérselo; queria lucir aquel
dia su mejor vestido, y temia al mismo tiempo estar dema
siado guapa con él ¿Por qué? Y se detenia pensativa y triste,
sin atreverse á sacar á la luz pública aquel tesoro tanto tiem
po escondido. ¿Por qué? Porque Elías se habia puesto tan
fastidioso (así decia ella), estaba tan maniático y la reñia
tanto sin motivo!... Véase qué singularidad. La semana ante
rior estaba cosiendo y arreglando la cenefa del vestido que
, se habia roto, cuando entró aquel hombre, y bruscamente le
dijo:
—¿Qué haces ahí?... Siempre pensando en componerte.
¿Para qué te ocupas en esas fruslerías?
Ella, la verdad sea dicha, aunque tenia una razonable con
testacion que dar á aquella pregunta, no se atrevió; y do
blando tristemente su obra, fué á sepultarla en la cómoda.
Elías no se ablandó por esta prueba de sumision, y en touo
mas agrio y severo le dijo al verla tirai de lagabeta:
—Cuando digo que te has echado á perder...
Pero no fué esto lo peor que escuchó la pobrecilla, mien
tras llena de vergüenza devolvia á la tumba aquel despojo
que habia querido profanar sacándolo de tan venerable asilo..
No fué esto lo peor que oyó, porque el viejo, bajando la voz
y como si hablara consigo mismo, dijo:
—Al fin tendré que tomar una determinacion contigo.
¡Jesús, santos y santas del cielo! Qué determinacion será
esa... Si querrá tambien el viejo encerrarla á ella en la mis
ma gabeta como una prenda sin uso...
Aquello de la determinacion la tuvo preocupada muchos
dias. En vano trató de sondear el ánimo del viejo. ¡Ah! Pero
si ella no sabia sondear ánimos de nadie... El único medio
de que se hubiera valido para averiguarlo, era preguntárselo
sencillamente, y á esto no se atrevia.
Aun hubo mas. Por la triste calle de Válgame Dios solia
pasar una ramilletera que en su cesta llevaba algunos mano
jos de claveles, dos docenas de rosas y muchas, muchísimas
violetas. Clara observaba al través de los cristales el paso de
aquellos frescos colores que le atraian el alma, de aquellos
suaves perfumes, que hacia esfuerzos por poder aspirar desde
el balcon. Un dia se decidió á comprar unas flores, y mandó
á Pascuela por ellas. Clara las tomó, las besó mil veces, les
puso agua, las acarició, se las puso en el seno,' en la cabeza,
y no pudo menos de mirarse al espejo con aquel atavío; las
volvió á poner en el agua, y por último las dejó quietas en
un búcaro que tuvo la imprudencia de colocar donde Coleti
Ha ponia su baston y su sombrero cuando llegaba de la calle.
¡Oh! Sin duda él al entrar se habia de poner alegre viendo
las flores. Las flores le gustariian mucho. ¡Qué sorpresa ten
driia!... Esto pensaba ella. Decididamente era una tonta.
El fanático llegó y se acercó á la mesa; pero al poner en
ella su sombrero, chocó este con el vaso, que cayó al suelo,
soltando las flores y vertiendo el agua en las mismas piernas
del realista.
El hombre montó en cólera, y mirando con furor á la
huérfana, que estaba temblando, dijo:
—¿Qué flores son estas? ¿Quién te ha mandado comprar es
tas flores? Clara, ¿qué devaneos son estos? ¡Coqueta! No hay
ya remedio. Te has echado á perder. ¿Tambien quieres lle
narme de flores la casa?
Clara quiso contestarle, pero aunque hizo todo lo posible,
no le contestó nada. Elías pisoteó las flores con furia.
—Estoy resuelto á tomar la determinacion.
Otra vez la determinacion. Qué determinacion seria aque
lla, pensaba Clara en el colmo de su confusion y de su mie
do. Despues, retirada á su cuarto pensó en aquello, y decia
para sí: n ¿Querrá matarme?„
90
i — ¡Ah! ¿El militar aquel del otro dia... ¿Y dices que se
queria meter aquí?
—Sí, y despues me preguntó por Vd.
— ¿Por míl ¿Y qué le dijiste?
—Que estaba güeña. Despues dijo que si estaba aquí el
viejo. Ya ve Vd. qué poco respeto. ¡El viejo! ¡Qué irreveren
cia! Yo le dije que no. El me dijo que queriia entrará hablar
conmigo..'. Pero vamos... yo soy muy maliciosa, y yo me ma
licio...
-¿Qué?
—A mí no me engañan así con palabritas. Como es una
tan guapetona...
—No tengas cuidado,-—dijo Clara riendo.—Es que está
enamorado de tí y quiere casarse contigo. Si lo sabe el taber
nero...
—¿Mi Pascual? No lo sabrá... porque si sabe Pascual que
hay un señorito que dice chicoleos á Pascuala...
Advirtamos que esta fregona tenia por novio á un Pascual
que habia fundado nada menos que una taberna en la calle
del Humilladero. Aquellas relaciones honestas y nobles, pa
recian muy encaminadas al matrimonio; y como ella era así
tan guapetona, habia probabilidades de que aquel par de
Pascuales se unieran ante la iglesia para dar hijos al mundo
y agua al vino.
—Pues como Pascual lo llegue á saber...
—Pero yo soy muy pícara... y se me ha puesto en la cabe
za... ¿Sabe Vd. lo que se me ha puesto en la cabeza?
-¿Qué?
— Que él no quiere entrar aquí por mí, sino por Vd¡
—¿Por mí? No seas tonta,—dijo Clara riendo con la mayor
naturalidad.
— ¿Le dejo entrar?
—No: cuidado. Por Dios, no hagas tal. No vuelvas á ha
blarle mas. ¿A qué tiene que venir aquí ese caballero?
—Yo me malicio... Aunque una es así tan guapetona... Yo
me malicio que á mí no me quiere pa maldita de Dios la co
91
sa... porque al fin, siempre es una criada y él un caballero...
Pues parece persona muy principal. Digo ¿Le dejo en
trar?....
—Jesús, Pascuala: no lo vuelvas á decir—esclamó séria-
mente Clara.— ¿ Pero á qué quiere entrar aquí ese caba
llero?
—Toma: á verla á Vd.
— ¿Y para qué quiere verme á mil
—Toma: para verla.
-— ¡Qué ocurrencia!— dijo un poco pensativa.
En esto se sintió un campanillazo. Abrieron y entró Cole
tilla.
Las dos muchachas seguian su coloquio, cuando sintieron
ruido en la calle rumor de voces agitadas, algunos gritos y
pasos precipitados. Asomáronse los tres, y vieron que dis
currian varios grupos por la calle. Los chisperos mas famosos
del barrio dejaban sus hierros, y salian á-la calle en busca de
aventuras. Coletilla lanzó una mirada de rencoroso desden
sobre los transeuntes y cerrando con estrépito el balcon,
dijo :
—¡Otra asonada!
Las dos muchachas temblaron acordándose del miedo que
tuvieron pocas noches antes. -
— ¡Ay, cuando se acabarán eítas cosas! — dijo Clara.
—¡Pronto!— dijo con sequedad el viejo sentándose y to
mando una carta que habia sobre la mesa. — ¿Quién ha traido
esta carta?
— Una vieja, muy vieja, dijo Pascuala.
—Es de las señoras de Porreño,—dijo en voz baja Elías,
abriendo la esquela.
La leyó; despues tomó su capa y su sombrero y dijo á las
chicas :
—Vojí á salir, tengo que hacer: no volveré en toda la
tarde. Mi sobrino llegará esta noche á eso de las ocho: yo no
vendré hasta las diez, lo mas temprano. Que me espere
aquí.
92
Y embozándose en su capa, miró un triste reló, que conta
ba con triste compás la vida en uno de los testeros de la
sala.
—No abrais á nadie: cuidado con la puerta,—continuó. —
Echad todos los cerrojos. Cuando venga mi sobrino, dadle
algo que comer, y que me aguarde.
—¿Pero cómo va Vd. á salir con esos alborotos?—dijo Cla
ra con temor.—No nos deje Vd. solas: tenemos mucho
miedo.
—¡A mí! ¿qué me han de hacer á mí? ¡ Ay de ellos!—escla
mó con furor.—Tened cuidado con la puerta, os repito.
Y despues, como hablando consigo mismo, dijo en voz
baja:
— Sí: es preciso tomar una determinacion... buena deter
minacion.
Clara pudo oirlo, y pensó en la cómoda, en el traje en las
flores, en el cuchillo y en la determinacion, en aquella mal
dita determinacion, que no conocia. Pero aun esto, que la
tuvo cabizbaja y melancólica un buen rato, no fué bastan
te para quitarle la felicidad que aquel dia rebosaba en su
-alma.
CAPITULO IX.
La prímera batalla.
CAPITULO XI.
4
La tragedía de los Gracos.
-! . | '
Luego que sintieron alejarse á sus perseguidores, los ami
gos subieron. Allí vivia el poeta clásico.
—¿Tienes qué cenar?—le preguntó el doctrino.
—Un magnífico festin—contestó el poeta.—Un cuarteron
115
-de queso manchego y una botella de Cariñena. Mandaremos
por unos buñuelos á la taberna de la esquina.
Lázaro tenia un hambre espantosa. Desde las nueve de la
mañana no habia probado cosa ninguna; y el cansancio del
camino, los esfuerzos mentales y la gran fatiga moral de
aquella noche, le habian rendido hasta el punto de que no
podia tenerse. Subió con los demás, sin fuerzas para empren
der á aquella hora el viaje á casa de su tio. La comitiva,
guiada por el poeta clásico, se internó en la escalera.
No hay viaje al polo Norte que ofrezca mas peligros que
una escalera angosta de casa madrileña, cuando la oscuridad
mas completa reina en ella. Comenzais dando tumbos aquí y
allí: de repente tropezais con la pared; chocais con una puer
ta y el ruido alarma á la vecindad. Da¡s con el sombrero en
un candil, que, aunque estinguido por falta de aceite, tiene
la bastante para poneros como nuevo. Y todo esto es lleva
dero, cuando no se encuentra al truhan que baja ó al galan
que sube, cuando no sentís el retintin de la ganzúa, que inten
ta abrir una puerta, cuando no resbalais en las sustanci as de
positadas por los gatos sobrelos escalones, cuando los mismos
animales no resuelven sus querellas ante vos, enredándose
en vuestra capa y en vuestras piernas, cuando no tropezais
con la amorosa conjuncion de dos estrellas que pelan la pava
en el último tramo.
Por fin la espedicion llegó á las regiones boreales de la
casa, á la elevada zona en que el poeta habia hecho su nido.
Tocaron, y, abierta la puerta, nuestros amigos se encontra
ron frente á frente de una mujer que, con soñolientos ojos y
rostro avinagradQ alzaba la mano sosteniendo un candil,
próximo á imitar la sábia conducta de los de la escalera. Este
candil comunicó su luz á otro mejor acondicionado que ha
bia en el cuarto donde entraron los cuatro jóvenes. La dama
echó el cerrojo á la puerta de la escalera, y dando las buenas
noches con la entonacion de un responso, se fué. No habia
andado cuatro pasos cuando volvió, y arrebujándose bien en
su manto, con honestos y recatados ademanes, dijo:
116
—Por Dios, D. Ramon: no vayan Vds. á hacer ruido, que
está alborotada la vecindad con la algarabía que arman us~
tedes todas las noches. Porque, ya ve Vd.... Una es comidi
lla de las gentes de abajo. La encajera ha ido diciendo que
esto era un burdel, y que no se podia vivir en esta casa. Ya
ven Vds... como una es mujer de opinion...
La señora que tan celosa se mostraba de la opinion de su
casa era doña Leoncia Iturrisbeytia, vizcaina, como es fácil
conocerpor su apellido, patrona de aquel establecimiento,
mujer de bien, como de cuarenta años mal contados, de buen
aspecto, robustas formas, alta estatura, cara redonda y carác
ter bonachon y mas que sencillo.
—Señora, déjenos Vd. en paz—le contestó Javier.— Si vi
niera D. Gil con nosotros no se incomodaria Vd.
—Vaya, ya empieza Vd. con sus bromas, D. Javier.
—lY cuando se casa Vd., doña Leoncia?—le preguntó e)
Doctrino.
— ¿Yo casarme? ¿Yo?— dijo doña Leoncia con mal disimula
da satisfaccion.
—Pues sepa Vd. que se lleva un buen mozo. D. Gil es
hombre que hará carrera... está en buena edad...
Una carcajada de los otros dos y una sonrisa forzada de la
patrona acogieron aquellas palabras. La vizcaina tenia un
pretendiente, y este era D. Gil Carrascosa, aquel individuo
que fué lego, abate, covachuelista y cuanto hay que ser. Cor
rian por la vecindad rumores alarmantes respecto á la exis
tencia de cierta buena concordia, parecida á la familiaridad,
entre el poeta clásico y doña Leoncia la vizcaina. No pene
tremos en lo sagrado de estos clásicos y patroniles secretos.
Doña Leoncia notó la presencia de un desconocido y quiso
darse tono. Se puso séria y reprendió á los estudiantes por su
poca formalidad. Despues hizo un pomposo ademan, algunas
cortesías y se marchó.
—Adios Ariadna, Antígoue, Sofonisba, Penélope,—dijo
cuando la vió fuera el poeta, que gustaba mucho de aplicarle
aquellos nombres heroicos.
117
Poco despues de esta despedida se sintieron ciertos ron
quidos muy broncos y prolongados. Era Ariadna, Antígone^
Sofonisba, Penélope, que dormia en el interior. ¡Cuán felices
son las semidiosas!
Javier y el Doctrino tomaron en competencia posesion de
la cama.- Lázaro se acomodó lo mejor que pudo en una silla
de tres piés y medio, y el poeta continuó en pié haciendo los
honores del sotabanco . Del cajon de la cómoda sacó un pe
dazo de queso envuelto en un papel, que se habia hecho
trasparente. Un cuchillo, una botella y un plato, en que ha
bia panecillo y medio, salieron de otro rincon, y el festin
fué preparado en la mesa, para lo cual fué preciso apartar á
un lado dostrajedias en verso heróico, un retrato de mujer
roido de ratones, un ejemplar de la Constitucion, un tintero
de cuerno y una babucha, dentro de la cual habia unas tijeras,
una caja de obleas y medio tomo del teatro de Crebillon.
El cuarto aquel era curioso. La cama se ostentaba lo mas-
horizontal que le era posible sobre dos banquillos, cuyas ta
blas sosteniau un jergon de tan tortuosa superficie, en que
el durmiente rodaba de cima en cima antes de poder conci
liar el sueño. Una estera de esparto, finísima en los tiempos
de Cárlos III, cubria las dos terceras partes del piso, siendo
inútiles todos los esfuerzos de doña Leoncia para estirarla
hasta cubrir lo que faltaba. Un inmenso baul alternaba con
la cama, y á juzgar por lo corroido del cuero y la suciedad
acumulada entre él y la pared, los ratones habian tomado
por su cuenta la empresa de colonizar aquel recinto. Adorna
ban las paredes algunos cuadros: el mas notable era un tra
bajo de pluma heclio por el tio del cuñado del abuelo de la
vizcaina, que habia sido un insigne calígrafo, y toda la lá
mina estaba llena de rasgos, líneas, letras raras, rúbricas y
floreos de pluma, trabajo ilegible por ser tan escelente. Por
otro lado pendia de la pared un cuadrito de marco ex-dora-
do, que encerraba las habilidades juveniles de la abuela de
doña Leoncia, bordadora de lo mas fino. Al lado de estos
monumentos de familia estaban un par de figurines del Di-
118
rectorio y una vírgen del Pilar, simplemente pegada enla
pared con cuatro obleas.
Ramon echaba vino en un vaso que iba corriendo de mano
en mano: el queso fué distribuido y el pan desapareció en po
co tiempo. Lázaro no se mostraba parco en comer, porque la
verdad era que tenia un apetito grande, y se sentia desfalle
cer por momentos.
'-—Vamos, Ramoncillo, —dijo el Doctrino,—léenos un poco
de esa trajediapara llorar, que llamas Petra.
—¿Qué Petra ni Petra?— dijo el poeta.—No seas bárbaro.
Fedra querrás decir.
—Lo mismo me da Fedra que Pancrasia.
—Ya he dejado ese asunto... eso no es nuevo. Ahora lo
que conviene es un asunto patriótico.
—Eso me gusta.
—Por fin me decidí por los Gracos... Amigos, ¡qué hom
bres eran aquellos!
—A ver,—dijo el Doctrino. —Léenos algo de esos grajos.
Debe ser cosa graciosa .
—Pero ven acá loco,—dijo Javier;— ¿por qué no haces una
trajedia de cosas del dia en que salgan hombres como estos
de ahora?
— No seas tonto,—dijo el poeta riendo con la mayor bue
na fe;—ahora no hay héroes.
—Majadero: pues ¿cómo llamas á Churruca, á Mina y á
Daoiz?
—Sí, pero esos son héroes de
Ramon tenia talento; facultades de poeta; pero habia na
cido en una época funesta para las letras. Un frio clasicismo
agostaba en flor los ingenios, que educados en la retórica
francesa, y siguiendo los principios del prosaico Montiano,-
del rígido Luzan, del insoportable Hermosilla, no atinaban
á utilizar los elementos poéticos que en aquel tiempo nues
tra sociedad les ofrecia, y se esterilizaban buscando el ideal'
de sus creaciones en un arte exótico y erudito por su natu
raleza, riguroso y cruel por sus preceptos.
119
El pueblo, alimentador de los teatros, no comprendia el
alto ditirambo de griegos y romanos; y al mismo tiempo nin
gun poeta acertaba á poner héroes españoles en la escena.
Nasarre en tanto llamaba bárbaro á Calderon, y La vida es
sueño no era mas que un delirio. Aquella restauracion clási
ca fué fecunda para la comedia, porque produjo á Mora-
tin, hijo. Pero el drama, la fábula patética que retrata las
grandes conmociones del alma, y pinta los mas visibles ca-
ractéres de la sociedad, no existia entonces.
Se hacian algunas trajedias, obras pálidas y sin vida, por
que no eran animadas por la inspiracion nacional, ni nuestro
pueblo vivia en ellas, ni nuestros héroes tampoco. Ya sabe
mos lo que son esos héroes acartonados de las trajedias clási
cas: siempre los mismos. No se concibe el amor á la libertad
sin Bruto, ni el odio al imperio sin Ginna. ¿Cómo puede ha
ber pasion sin Fedra, y fatalidad sin Edipo, y parricidio
sin Orestes, y rebelion sin Prometeo, y amor á la indepen
dencia sin Persasl En tiempo de nuestro amigo Ramon, los
jóvenes creian esto; y habia algunas personas graves que en
contraban á Crebillon mas inspirado que Lope, y á Kotrou
mas grande que Moreto.
El poeta de que hablamos escribió su correspondiente A l-
eeste, con algun acto de un Bellerofonte y varias escenas de
trajedia bíblica, tambien de cajon entonces. Tuvo una' inspi
racion despues, y quiso dejar tan trillado camino. Ideó un
Sobieski, un Soliman, un Amoldo de Brescia. Y por último,
un Padilla; pero no bien habia escrito algunos versos, re
trocedió por miedo á la antigüedad y se fijó en los Graaos.
Dió principio á la obra y la remató poco antes de las esce
nas que estamos refiriendo.
Ya le tenemos sentado sobre la mesa con el manuscrito en
la mano y alumbrado por el candilejo. El Doctrino y Javier
se disputaban la cama con nuevo furor, y Lázaro, que estaba
sentado en la silla, habia cedido al cansancio, y apoyado en
la misma cama, esperaba la primera escena de los Gracos.
Javier tosió, limpió la garganta, y leyó la lista de los per
120
sonajes de la trajedia, seguida de la retahila de tribunos, l1c-
tores, centuriones, patricios, pueblo, esclavos. Despues rela
tó la decoracion, que era la plaza pública, sitio de confiden
cias, de citas, de discursos, de escándalos, de juicios, de to
do. Luego empezó el acto. Salia el tribuno primero y le decia
al tribuno segundo si habia visto á Cayo; el tribuno segundo
le contestaba al tribuno primero que no; pero despues venia
el tribuno tercero y decia á los dos anteriores que Cayo esta
ba en casa dal sacerdote Ennio Sofronio, y que despues ven
dria á confiarles sus planes en la plaza pública. Estos se van.
y saliendo el hombre del pueblo primero, le dice al Jtombre
del pueblo segundo que el pan está caro, y que los pobres se
están comiendo los codos de hambre, lo cual exaspera al
hombre del pueblo tercero, que jura porNeptuno y el hijo de
Maya que aquello no ha de quedar así. Cada uno se va por
donde ha venido, y sale despues Cornelia, que se pregunta
por qué estará tan agitado y triste Cayo; dice que rehusa las
viandas ricas de opulenta mesa, para irse á vagar silencioso
y abstraido por la márgen que baña del lente Tiber la cor
riente undosa. Pero pronto viene á sacarla de dudas el mis
mo Cayo en persona que, alarmado por unas palabras que le
dijo el tribuno tercero allá entre bastidores, viene á dar con
su madre y le dice que escuche y tiemble, con cuyo mandato
Cornelia se hace toda oidos, y se pone á temblar como un
azogado. Cayo le dice que los dioses le ayudarán en su em
presa, con lo cual la otra se tranquiliza y se la quita el tem-
bloreo. Tambien dice que antes que faltar á su propósito se
tragará el Averno á la tierra, beberá el ciervo (de capital ra
maje) la mar salobre, y se criará la carpa en las crestas del
mas alto cerro de Triuacria. Despues de esta declaracion, cae
el telon, y cada uno se va por donde ha venido.
Pero ya cuando Cayo hacia estos juramentos, cerró los ojos
el Doctrino, poco preocupado de que el Averno se tragara á
Italia, y comenzó á roncar suavemente como un dios holga
zan. El poeta no notó este incidente y entró en el acto se
gundo; pero al llegar al delicado punto en que Cornelia le
121
refiere á su confidente el sueño que ha tenido, empezó Javier
i, hacer lo mismo, y se durmió tambien. Y allá, cuando el
poeta s8 internaba en los laberintos del acto tercero; cuando
el' senador Rufo Pompilio se le sube á las barbas al senador
Sexto Lucio Flaco (el cual sea dicho de' paso, no miraba con
malos ojos á la matrona Cornelia, aunque era dueña un poco
madura); cuando todo esto pasaba, Lázaro, que habia resisti
do por cortesía, no pudo mas, y acomodándose en la silla y
en el borde de la cama, dió algunas cabezadas, y se durmió
tambien olímpicamente, comenzando á soñar dormido, que
era cuando menos soñaba.
El poeta concluyó el tercer acto, en que habia un motin; y
antes de empezar la lectura del cuarto, miró en torno suyo y
vió aquella escena de desolacion.— n¡Dormidos, oh dio-
ses!ii —esclamó, penetrado aun del espíritu clásico.
Pero era natural. ¿Quién soporta una trajedia con plaza
pública, verdadero almacen de endecasílabos i ¿Quién soporta
una tan grande racion de clasicismo á aquellas horas, des
pues de oir veinte discursos, despues de haber cenado?
Aun faltaba algo. Él candilejo, que sin duda era tambien
poco amante de lo clásico y estaba empalagado de tanto en
decasílabo, no quiso alumbrar mas tiempo la plaza pública y
se apagó. Kamon cerró á oscuras su manuscrito; comprendíó
que lo mejor quepodia hacer era imitar á sus amigos; bajó
de la mesa, tomó la capa, se envolvió en ella y tendióse de
largo sobre el bendito suelo. Poco despues estaba tan pro*
fundamente dormido como los demas. Así terminó la traje
dia de los üracos. Nos ha sido imposible averiguar si al fin
el senador Piufo Pompilio. dió al senador Sexto Lucio Flaco
el bofeton que deseaba.
CAPITULO XII.
La batalla de Platerias.
CAPITULO XIII-
No llega el esperado. Llegada de un ímportuno.
La determínacíon.
CAPITULO XV.
CAPTULO XVII.
El síglo décímo octavo.
CAPITULO XVIII.
Díálogo entre ayer y tyoy.
--J
173
razones honrados. Pronto verás al rey recobrar sus sagrados
privilegios, que solo Dios con la muerte. puede quitarle.
—¡Oh, señor! ¿Y lo que este pueblo ha conquistado con
tanta sangre, será perdido por el estravío de un solo hombre?
Si así fuera, yo renegaria de nuestro linaje; y si España se
dejara ultrajar de ese modo, seria indigna de mejor suerte.
— ¡Digna de mejor suerte!—contestó Elías con la mas hor
rible espresion de que era capaz su rostro abominable;—dig
na de aniquilarse y desaparecer de la tierra, si no lo hiciera.
—No, no lo puedo creer aunque Vd. me lo diga . Cuando
yo no crea en la libertad, no creeré en nada, y seré el mas
despreciable de los hombres. Yo creo en la libertad que está
en mi naturaleza, para que la manifieste en los actos parti
culares de mi vida. Yo, ciudadano de esta nacion, tengo de
recho á hacer las leyes que han de regirme; tengo derecho á
reunirme con mis hermanos para elegir un legislador.
—Para darte leyes y obligarte á cumplirlas existe un hom
bre sagrado, ungido por Dios.
, —iNo; yo y mis hermanos le ungimos. Es rey porque nos
otros queremos. Es sagrado para mí, si cumple el pacto so
lemne que ha hecho con todos y cada uno. Si no, no. Pero lo
cumplirá, lo ha jurado.
—Hay juramentos. — contestó sombriamente Coletilla,—
cuyo cumplimiento es un crímen.
Lázaro sintió frio en el corazon. El aplomo con que aque
llas palabras fueron pronunciadas le anonadó mas, y le hun
dió mas-
—Y todos esos héroes,— se atrevió á decir el preso despues
de meditar, —todos esos héroes, santificados por la historia,
que viven en el recuerdo de todos los buenos y serán siempre
orgullo del género humano, todos esos que han vivido por la
libertad, que han muerto por ella, mártires deshonrados en
su último dia por la mano del verdugo; pero enaltecidos
despues por la humanidad... ¿No quiere Vd. que yo les ame?
Yo los venero: mi pequenez no me permite imitarlos; pero,
por tener ocasión de parecerme á ellos, diera toda mi vida: lo
174
confieso. ¡Oh! si la libertad no fuera la cosa mas buena, sería
la cosa mas bella con la memoria de tantos héroes.
—lY esos son tus héroes? ¿Eso es lo que admiras?
—¿Pues á quién he de admirar? lA quién he de admirar? ¿A
los tiranos? A Neron matando á Séneca, á Felipe II asesinando
á Egmont y á Lanuza, áLuis XV descoyuntando áDamiens.
—Era preciso enseñar á los franceses que no debia haber
otro Ravaillac .
—Pues la leccion no hizo efecto; porque hace treinta años
que un rey murió en un patíbulo.
— ¡Esos son tus semidioses, esos!—esclamó Elías con furia.
—No: mis semidioses no son el esterminio, el terror ni el
asesinato. Lamento los estravíos de todos; mas no estraño
que, al huir de las violencias de un estremo, se toque en las
violencias de otro, pagando los crímenes de siglos enteros
con el crímen de un dia.
'—No me hables mas,—dijo Elías con voz reposada y lú
gubre;— ya sé que eres de esos, de esos á quienes no tengo pa
labras bastante duras con que calificar. Tu Dios es un ciego
espíritu de libertinaje; la norma de tu conducta es el escán
dalo. Díme, insensato: ¿cuál es tu fin? ¿Qué ves tú en ese por
venir? Supon que fueras un hombre notable entre los de tu
calaña, el mas ciego de los ciegos, el mas loco de los locos,
¿qué harias, cual seria tu aspiracion?
—Yo no tengo aspiraciones bastardas; no quiero medrar á
la sombra de un tirano que pague la adulacion con dinero;
yo no aspiro mas que á la gratitud del género humano; á la
gloria.
— ¿Gloria por ese camino? La gloria no se consigue sino
por el camino de la lealtad, sirviendo á Dios y al rey. No
hay mas gloria que la que Dios da en su paraiso, de la cual es
simulacro é imperfecto remedo el culto que da en los altares
el linaje humano á los escogidos de Dios. Además la glo
ria en la tierra consiste en ser súbdito sumiso y obedien
te, no en vociferar por calles y plazuelas. De esa gloria
que tu has soñado no pueden salir héroes, sino charla
175
tanes y bandoleros. La gloria consiste en cumplir el deber.
- Pues yo cumplo mi deber tratando de emancipar á mis
hermanos de una odiosa tiranía; decirles y probarles que son
libres, iguales ante Dios y ante la ley.
—El primero de los deberes es obedecer lo que la ley te
mande.
—¿Ciegamente?
—Ciegamente.
—Y o obedezco la ley que es tal ley, la que han hecho los
,que pueden hacerla, elegidos por mí y mis hermanos, elegi
dos por todos .
—A tí no te toca examinar la ley, sino obedecerla.
—¿Y si me mandan una infamia?
—No te la mandarán.
—iY si me la mandan?
—Te digo que no te la mandarán. Y si acaso Dios permitie
ra que tu rey te mandara alguna cosa contraria á la justicia,
hazla; que Dios le castigará á él y te premiará á tí en la otra
vida. Serás mártir. ¿Qué mayor gloria? El martirio del deber
es grande y sublime.
Lázaro se hundió mas.
—Observa—continuó Elías—el espectáculo de esta nacion.
Unos cuantos desalmados le dan leyes en nombre de un prin
cipio absurdo, contrario á la naturaleza. Solo al rey ha dado
Dios soberanía. ¡Qué desórden! El rey, obligado por una tur
ba de soldados rebeldes á jurar aquel código abominable! Lo
juró; pero en el fondo de su alma lo detesta. No podia ser de
otra manera. Está prisionero, prisionero de sus vasallos que
juegan con éL El rey se ve obligado á representar la mas hor
rible farsa. Jamás la dignidad real ha descendido tanto. Pero
él se librará de esta horrible tutela; porque Europa, si es
preciso, se coaligará para salvar á España. Ya España ha sal
vado á Europa. .1
—No; no puedo creer— contestó Lázaro,—semejante ini
quidad. Esa invasion seria mas odiosa que la de 1808 y tam
bien mejor castigada.
176
'"--r-No lo creas; el rey será restituido á su trono. Además,
España no se levantará; y si lo hace, será en favor de la in
tervencion. ¿No ves cómo manifiesta su voluntad? ¿No ves las
¿acciones que aparecen por todas partes? Todas las provincias
se arman para proclamar al rey absoluto; y aun no han apa
recido las principales facciones. España se alzará contra ese
absurdo sistema, y Fernando volverá á ser nuestro rey
amado.
—¿Será posible?—dijo Lázaro con desaliento; y entonces se
hundió mas.
—Tan posible, que no pasará mucho tiempo sin que lo veas.
Ahora se va á conocer el temple de las almas. Todos esos char
latanes que te han llenado la cabeza de desatinos, huirán aver
gonzados, yendo á esconder su ignominia en tierra estranje-
ra. Entonces se cubrirán de gloria los hombres de corazon
recto: los leales y patriotas lucharán contra una plebe desen
frenada, lucharán por el derecho, por Dios y por el rey; vi
virán eternamente en la memoria de todos, y sus nombres
serán en lo venidero un emblema de justicia y de honradez.
Éstos son los héroes, Lázaro, estos.
Lázaro se acabó de hundir. Las palabras de su tio le im
presionaban de tal modo, que no tuvo aliento mas que para
decir tímidamente:
— ¿Esos nada mas?
—Nada mas. La gloria es muy divina para que pueda co
ronar otra cosa que la justicia y el deber. No esperes nada
fuera de esto. El torbellino de esa turba ciega te arrastra, vé
con él. No te digo mas. Camina á la deshonra y la muerte.
Adios. Algun dia.te acordarás de mí.
—No,—esclamó Lázaro deteniéndole;—yo quiero que us
ted me aconseje y me guie... £o... aunque tengo bastante
fuerza de convicciones...
—¿Fuerza de convicciones? - esclamó el fanático, detenién
dose y mirando á su sobrino con desprecio.
—Sí,—contestó este,—y no puedo perderlas, no quiero per
derlas.
177
—Bien: sigue por ese camino. Lejos de mí no esperes otra
cosa que deshonra, oscuridad. Yo te abandono á tu suerte.
Me hago la cuenta de que no te conozco. Te pondrán tal vez
en libertad, irás con ellos, serás vencido, y entonces... ó hui
rás con ignominia, ó te entregarás á la venganza de tus ene
migos que no tendrán perdon para tí, y harán bien.
—¿Pero Vd. me abandona?
—Sí: ya te he conocido. Vine solo por conocerte. Ya sé
quién eres. En mi casa te espero; pero no vayas á ella sino
convertido.
—¡Ah! imposible. No iré.
—Pues adios,—esclamó Elías con decision.
—Adios,—dijo Lázaro con angustia.
Coletilla salió. El jóven no se atrevió á detenerle. No cre
yó que se marchaba hasta que le vió fuera, y sintió que el
carcelero cerraba la puerta. Entonces tuvo impulsos de lla
marle; gritó, no fué oido; lloró lágrimas de desesperacion;
golpeó violentamente con sus manos la puerta y el cerrojo, y
al fin, cediendo á la fatiga y al trastorno mental, cayó de
nuevo en aquel letargo estraviado y doloroso, de que le sacó
momentos antes la llegada de su tio.
CAPITULO XIX.
El abate.
Bozmedíano.
CAPTULO XXI.
¡Líbre!
202
—¡Oh! no— dijo el sobrino de Coletilla, avergonzado.—La
verdad es que no sé quien es esa persona que Vd. dice.
Bozmediano estrechó la mano del jóven aragonés y le hizo
muchos ofrecimientos y protestas de amistad. El otro estaba
tan aturdido que le contestó mal y con poca cortesía.
—Sé donde Vd. vive—dijo Claudio retirándose—nos ve
remos. Y si no en la Fontana, á donde voy con frecuencia.
Y se separó. , Cuando estuvo á alguna distancia, Lázaro
sintió impulsos de correr hácia él, para darle las gracias con
mayor respeto, pero en él luchaban el orgullo y los celos. Le
dejó marchar sin decir nada.
Bozmediano iba diciendo entre sí con mucha satisfaccion.-
—Muy vulgar, muy vulgar...
CAPITULO XXII.
El «vía crucís» de Lázaro.
CAPITULO XXIII
La ínquísícíon
CAPITULO XXVI.
CAPITULO XXVII.
Se queda sola.
CAPTULO XXVIII
El rídículo.
CAPITULO XXIX.
. CAPITULO XXXI.
La reuníon místeríosa.
CAPITULO XXXII.
La Fontanílla.
CAPITULO XXXV.
capitulo xxxvi:
Aclaracíones .
CAPITULO XXXVII.
El vía-crucís de Clara.
CAPITULO XXXVII.
CAPITULO XXXIX
Un momento de calma.
El gran atentado
CAPITULO XLI
Fernando el Deseado.
Vírgo potens.
Conclusíon.
r
410
á una esposa, si aquella perfeccion engañosa Lija de una fal
sa educacion, no torciera en ella su verdadero carácter. Re
pitiendo lo que ella decia, aunque modificándolo para no
proferir una blasfemia, podemos asegurar que la naturaleza,
no Dios, se burló de ella.
Poco despues de las últimas escenas de esta historia se
retiró á un convento, y allí tenia opinion de santa, á lo cua
contribuyó mucho la catalepsia. Creyéronla muerta varias
veces, y hasta trataron de enterrarla en una ocasion; más du
rante las exequias volvió en sí, pronunciando un nombre,
que interpretaron todas las monjas como una señal de santi
dad, pues entendian que repetia las palabras de Jesús: "Lá
zaro, despierta.n Indudablemente era una santa. Ocho teólogos
lo probaron con ochocientos silogismos. Su vida era ejemplar,
su trato tristísimo; oraba mucho, y se dormia, se quedaba en
éxtasis casi todos los dias. Uno de estos éxtasis fué tan largo,
que las monjas sospecharon que no saldriia de él. Así fué en
efecto: no volvió en sí. Pero las monjas, por no esponerse á
un nuevo chasco, esperaron lo mas posible y al fin se decidie
ron á enterrarla, seguras de que estaba bien muerta.
FIN.
1.—La carrera de San Jerónímo en 1821.. . . . . 7
II. —El Club patríótíco 23
III.—Un lance patríótíco y sus consecuencías 35
IV. -Coletílla 53
V.—La compañera de Coletílla 60
VI.—El sobríno de Coletílla 71
VII.—La voz ínteríor ^8
VIII.—Hoy llega 83
IX. —Los prímeros pasos 92
X.—La prímera batalla 105
XI. —La trajedía de Los Gracos 114
X1L—La batalla de Platerías 122
XIIL—No llega el esperado. Llegada de un ímportuno. 130
XIV.—La determínacion 13<
XV.—Las tres ruinas 143
XVI.—El síglo décímo octavo , 157
XVII.—El sueQo del líberal 106
XVIII.—Diálogo entre ayer y hoy 169
XIX.—El Abate 17"
XX.—Bozmedíano 189
XXL—¡Libre!. 198
XXII.—El vía-crucU de Lázaro 202
XXIII.—La Inquísicíon. . 213
XXIV. —Rom mística 219
l'dg