TerrorVision AA. VV.

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Desde

la época del cine mudo son numerosas las películas inspiradas en relatos
góticos clásicos o historias de terror más modernas. En los años treinta, los estudios
Universal llevaron al cine la práctica totalidad de los mitos literarios del género:
«Drácula» (1931), «El doctor Frankenstein» (1931), «El hombre invisible» (1933) y
muchas otras. En los años cuarenta toma el relevo la RKO con títulos como «La
mujer pantera» (1942) o «El ladrón de cuerpos» (1945). Pero a partir de la década de
1950, los mitos clásicos del terror han ido dando paso a otros temas más propios de la
ciencia ficción, como los monstruos mutantes, las invasiones alienígenas o los
zombis, así como a la aparición de nuevos personajes como el científico loco.
Finalmente, en los años sesenta se produce una revisión iconoclasta de estos mitos de
la mano de productoras como la Hammer o directores como Roger Corman o Mario
Bava.
La presente antología, elaborada por el crítico de cine y especialista en literatura
popular Jesús Palacios, reúne dieciséis relatos que, de una u otra forma, han servido
de inspiración para algunos de los títulos más representativos del cine de terror
moderno.
La selección reúne relatos clásicos llevados al cine, como El gato negro de Poe o La
pata de mono de Jacobs, y otros menos conocidos, como La plaga de los muertos
vivientes, de Hyatt Verrill, precursor de «La noche de los muertos vivientes», de
Romero; El hombre elefante, crónica del doctor Frederick Treves, que inspiró a
David Lynch la película del mismo título; No mires ahora, de Daphne du Maurier,
que se adaptó al cine como «Amenaza en la sombra» (1973), dirigida por Nicolas
Roeg, o Destructor negro, de A. E. Van Vogt, en el que el lector descubrirá la
opresiva historia de horror cósmico que hay detrás de «Alien, el octavo pasajero», de
Ridley Scott.

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AA. VV.

TerrorVisión
Relatos que inspiraron el cine de horror moderno
Valdemar: Gótica - 114

ePub r1.2
Watcher 29-03-2020

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Título original: TerrorVisión: Relatos que inspiraron el cine de horror moderno
AA. VV., 2018
Traductores: Señalados en cada relato
Ilustración de cubierta: Cartel de la película Terrorvisión, 1986

Editor digital: Watcher
ePub base r2.1
Corrección de erratas: rodrigotello, JuanMaiden

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© The Plague of the Living Dead (by Amazing Stories, 1927)
© Who Goes There? (by Astounding Science Fiction, 1938)
© Black Destroyer (by Astounding Science Fiction, 1939)
© The Skull of Marquis de Sade (by Weird Tales, 1968)
© Nightmare at 20.000 Feet (by Richard Matheson, 2002)
© Don’t Look Now (by Daphne du Maurier, 1971)
© Midnight Meat Train (by Clive Barker, 1984)

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PRÓLOGO

MATERIALES OSCUROS
SOBRE LAS RAÍCES LITERARIAS DEL CINE DE HORROR MODERNO

I. Hollywood Gothic

En el cine de terror, como por otro lado en el cine narrativo en términos generales,
pareciera existir desde siempre una cierta continuidad respecto a la literatura,
especialmente en lo que atañe a la novela, de la que en buena medida tomara el relevo
a partir de las primeras décadas del siglo XX —más aún tras afianzarse el sonoro—,
convirtiéndose en el medio predilecto del público para sumergirse en la ficción como
forma de entretenimiento. Esta continuidad es obvia no sólo en las numerosas
adaptaciones literarias que la ilustran prácticamente desde el momento, bien
temprano, en que el cinematógrafo supera la estricta función de curiosidad científica
y espectáculo de feria, al permitir la técnica —y el dinero— el rodaje de historias más
largas y complejas, con argumentos más elaborados, sino también en la propia
naturaleza eminentemente literaria que adopta el lenguaje cinematográfico, al menos
aquel más funcional y estandarizado. Si bien pronto surgen cineastas que entienden el
medio y la técnica del cine como elementos totalmente nuevos, fundamentalmente
plásticos y poéticos, la mayor parte de producciones dirigidas al consumo popular —
y no pocas de las que también nutren el film d’art en sus distintas concepciones—
siguen estructuras narrativas extraídas del teatro, la novela y el cuento, hasta el punto
de que hoy son todavía una gran mayoría los guionistas que dividen sus historias en
tres actos, a la manera del drama tradicional, o siguen, especialmente en el universo
actual de las series de televisión, complejos arcos argumentales construidos sobre los
cimientos de las grandes novelas de los siglos XIX y XX, con diferentes tramas y
subtramas que se entrecruzan, saltos adelante y atrás en el tiempo, personajes
secundarios que pasan a ser protagonistas o viceversa, y demás trucos del oficio. Por
supuesto, incluso cuando se violan a propósito estas estructuras clásicas se hace
partiendo de las mismas, como refleja irónicamente la máxima godardiana de
«principió, nudo y desenlace, sí, pero no necesariamente en ese orden», que, en cierto
modo, no hace sino aplicar al cine lo que los escritores modernistas y de vanguardia
pondrían a menudo en práctica a lo largo del siglo pasado, con mejor o peor fortuna,
de Proust y Joyce a Robbe-Grillet, William Burroughs o Thomas Pynchon.
Desde sus primeros balbuceos, la literatura gótica y fantástica del pasado, lejano o
reciente, fue la primera, primaria y primigenia fuente de la que surgirían los títulos de
cine de terror más representativos y seminales. Empezando con Edison y Griffith y
sus adaptaciones del Frankenstein (Frankenstein. J. Searle Dawley, 1910) de Mary
Shelley o de los de relatos de Edgar Poe (La conciencia vengadora / The Avenging

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Conscience. D. W. Griffith, 1914, basada en “El corazón delator”, entre otros varios),
pasando por el gran ciclo del cine fantástico mudo alemán, iniciado en 1913 por un
escritor metido a cineasta, Hanns Heinz Ewers, con su guión para la primera versión
de El estudiante de Praga (Der Student von Prag, Stellan Rye y Paul Wegener,
1913), abundan los filmes que adaptan, se inspiran o se basan, con fortuna y fidelidad
muy variadas, en los clásicos del género escritos desde los siglos XVIII y XIX hasta el
momento mismo del nacimiento y desarrollo del cinematógrafo. Esta tendencia,
claramente evidenciada por el cine fantástico alemán de entreguerras, que pone sus
ojos, a veces sin acreditarlo, en autores clásicos como Goethe, Hoffmann, Poe,
Stevenson o Stoker, adaptando no tanto literalmente sus obras como sus motivos y
personajes, pero sin por ello dejar de acusar su influencia, y a veces en otros
contemporáneos como Maurice Renard, Norbert Jacques, Pierre Benoit o el propio
Ewers, alcanza su nadir con la irrupción del gran ciclo gótico de la Universal, con el
que Hollywood «secuestró» el género de terror y a muchos de sus grandes creadores
europeos, consagrándolo como uno de los más exitosos y comerciales
internacionalmente.
Aunque fuera partiendo casi siempre de las distintas versiones teatrales que de
ellas se habían escrito y representado durante décadas, antes que de las novelas
originales propiamente dichas, la Universal tradujo a comienzos de los años 30 al
cine sonoro la práctica totalidad de los grandes mitos y clásicos literarios del genero.
Drácula (Tod Browning, 1931), El Dr. Frankenstein (Frankenstein. James Whale,
1931), Doble asesinato en la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue. Robert
Florey, 1932), El caserón de las sombras (The Old Dark House. James Whale, 1932),
El hombre invisible (The Invisible Man. James Whale, 1933), The Mystery of Edwin
Drood (Stuart Walker, 1935), se basaban directa o indirectamente en las obras de
Stoker, Mary Shelley, Poe, J. B. Priestley, H. G. Wells y Charles Dickens,
respectivamente, y venían precedidas por éxitos del mudo como El jorobado de Notre
Dame (The Hunchback of Notre Dame. Wallace Worsley, 1923), El hombre que ríe
(The Man Who Laughs. Paul Leni, 1928), El fantasma de la Ópera (The Phantom of
the Opera. Rupert Julian, 1925), El legado tenebroso (The Cat and the Canary. Paul
Leni, 1927) o The Last Warning (Paul Leni, 1929), que adaptaban a su vez a Victor
Hugo, Gustave Leroux, la popular obra teatral de John Willard y una novela de
misterio del hoy olvidado Wadsworth Camp. Otras criaturas que se sumaron a la
galería de monstruos de la Universal, como La momia (The Mummy. Karl Freud,
1932) o El lobo humano (Werewolf of London. Stuart Walker, 1935), si bien
procedían de guiones escritos para la pantalla poseían también sendos precedentes
literarios, tanto clásicos como contemporáneos, a los que remitían de inmediato,
como ciertas obras de Gautier y Conan Doyle en el primer caso o de Alejandro
Dumas y el también guionista de Hollywood Guy Endore, en el segundo, por citar
algunos ejemplos. Al igual que Universal, el resto de los grandes estudios que se
vieron arrastrados al cine de terror por el éxito de la productora de Carl Laemmle Jr.

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seguirían también su ejemplo, tomando muy a menudo —al igual que Universal— el
nombre de Poe en vano e inspirándose a su vez en obras de Stevenson (El hombre y
la bestia / Dr. Jekyll and Mr. Hyde. John S. Roberrson, de 1920, y subsiguientes
adaptaciones de El extraño caso del Dr, Jekyll y Mr. Hyde), H. G. Wells (La isla de
las almas perdidas / Island of Lost Souls. Erle C. Kenton, 1932), Maurice Renard
(Las manos de Orlac / Mad Love. Karl Freund, 1935), Sax Rohmer (La máscara de
Fu-Manchú / The Mask of Fu Manchu. Charles Brabin, 1932), Abraham Merritt
(Seven Footprints to Satan. Benjamin Chris tensen, 1929; Muñecos infernales / The
Devil-Doll. Tod Browning, 1936), Todd Robbins (La parada de los monstruos /
Freaks. Tod Browning, 1932) o Richard Connell (El malvado Zaroff / The Most
Dangerous Game. Irving Pichel, Ernest B. Schoedsack, 1932), además de en otros
autores teatrales de moda y relatos pulp mejor o peor escogidos.
Tónica similar seguiría en los años 40 el genial Val Lewton, cuando reinventara el
género en términos cinematográficos desde las trincheras de la Serie B de la
productora RKO, siendo así que algunos de los filmes más famosos producidos por
éste ostentaban sendas bases literarias: La mujer pantera (Cat People. Jacques
Tourneur, 1942), el relato “The Bagheeta”, del propio Lewton; Yo anduve con un
zombie / I Walked with a Zombie. J. Tourneur, 1943), el reportaje periodístico del
mismo nombre de Inez Wallace, convenientemente combinado con Jane Eyre de
Charlotte Brontë; El hombre leopardo (The Leopard Man. J. Tourneur, 1943), una
novela de William Irish (Cornell Woolrich), y El ladrón de cuerpos (The Body
Snatcher. Robert Wise, 1945), el relato de Stevenson, si bien el elegante Lewton,
judío ruso emigrado de cultura tan amplia como exquisita y escritor él mismo, buscó
también otras fuentes para sus producciones fantásticas, subrayando claramente su
visionaria, singular y culterana manera de entender el cine y el género. Así, La
venganza de la mujer pantera (The Curse of the Cat People. Gunther von Fritsch,
Robert Wise, 1944) se inspiraba en un popular ensayo sobre psicología infantil; The
Inner World of Childhood, publicado en 1927 por la psicóloga Frances Wickes; La
isla de la muerte (Isle of the Dead. Mark Robson, 1945), tomaba su título y punto de
partida visual de las dos versiones del cuadro del mismo nombre creadas por el pintor
simbolista Arnold Böcklin, mientras Bedlam, hospital psiquiátrico (Bedlam. Mark
Robson, 1946), lo hacía de una serie de grabados satíricos de William Hogarth, que
componían a su vez los títulos de crédito del filme, por no hablar de que su magnífico
noir satánico y satanista, La séptima víctima (The Seventh Victim. Mark Robson,
1943), hacía referencia al clásico fraude esotérico y antimasónico Le Diable au XIX
siècle del polémico Léo Taxil. Too much for Hollywood.
Dejando de lado interminables listas, no se trata tanto en definitiva de las
películas que adaptan con alguna —o ninguna— fidelidad las obras literarias que
marcaron el devenir del género desde el siglo XIX al XX, como de las claras y firmes
raíces literarias en las que se fundamentaría el propio cine de horror tanto en Europa
como sobre todo en Hollywood hasta bien entrados los años 60, aunque entonces

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fuera ya a través de la revisión iconoclasta y posmoderna de sus mitos y elementos
constitutivos principales, llevada a cabo por la Hammer en Inglaterra, por Roger
Corman en los Estados Unidos o por Bava y otros en Italia. En cualquier caso, el cine
de terror clásico era, salvo contadas excepciones merecidamente de culto,
exactamente eso: clásico. Gótico hasta decir basta, afincado en los escenarios
polvorientos, recargados y añejos de los falsos castillos medievales plagados de
telarañas y en los paisajes impostados de una Europa imaginaria made in Hollywood.
En los monstruos sobrenaturales, de origen legendario y folclórico, como vampiros,
momias y licántropos. En los productos fallidos de una ciencia retorcida y perversa,
como la criatura de Frankenstein, el sádico Mr. Hyde o el sociópata Hombre
Invisible. O bien en monstruos humanos de melodrama sensacionalista, deformes y
vengativos como el pobre Quasimodo, el Fantasma de la Ópera o el del Museo de
Cera. A ellos se sumaban los misterios criminales de viejo y oscuro caserón, entre la
comedia y el policial de enigma —el whodunit—, con sus asesinos enmascarados
detrás de herencias y tesoros ocultos, además de una imparable galería de científicos
locos igualmente melodramáticos, perversos y peripatéticos. Todos ellos (temas,
escenarios y personajes), herencia prácticamente directa de la literatura gótica del
XIX, más o menos aggiornata por la pulp fiction, pero que, para colmo, raramente
podían en su traducción cinematográfica alcanzar las cotas de horror gráfico,
erotismo y violencia de sus modelos literarios, debido a la impronta del siniestro
Código Hays, especialmente cuando a finales de la década de los 30 éste se impusiera
con vigor (no es raro que el terror se afiance en Hollywood precisamente durante los
primeros años de esta década, ya que por aquel entonces el Código aún no se aplicaba
rigurosamente y Hollywood vivía una suerte de corto epílogo de los locos años 20,
con su erotismo y descaro, que habría ya de durar poco).
Aunque los años 40, con la notable excepción del terror cerebral y elegante
producido por Val Lewton, se caracterizarían por la paródica decadencia de los
monstruos de la Universal, lo cierto es que éstos seguirán dominando el panorama del
género hasta el desembarco, tras el radiactivo y apocalíptico final de la Segunda
Guerra Mundial, de los horrores de la ciencia ficción, que siempre habían estado
presentes en un segundo plano, y que en los 50 se adueñarán del imaginario popular,
si bien podría decirse que lo harán de forma en cierto modo superficial. Por un lado,
es innegable que los miedos sufren una transformación, pasando de un mundo
sobrenatural y fantástico, que el abuso de criaturas y situaciones inverosímiles ha
despojado de casi cualquier cualidad asustante, a otro de terrores científicos,
supuestamente posibles y oscuramente asociado a la atmósfera de miedo atómico y
paranoia anticomunista propia de la Guerra Fría. Pero, por otro, lo que tenemos
generalmente es la sustitución de unos monstruos por otros —de los vampiros y
licántropos a los insectos y reptiles gigantes, mutantes y alienígenas—, la continuidad
de un mismo tono melodramático y moralista, y la omnipresencia del personaje del
científico loco con su hubris, que, al fin y al cabo, venía acompañando al género

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desde el cine mudo a través del Dr. Frankenstein, el Dr. Jekyll y sus innumerables
émulos. Pese a notables y novedosos títulos como Planeta prohibido (Forbidden
Planet. Fred M. Wilcox, 1956), El increíble hombre menguante (The Incredible
Shrinking Man, 1957) o La mosca (The Fly. Kurt Neumann, 1958), donde los
elementos de ciencia ficción son más elaborados y las connotaciones filosóficas más
profundas (todos, por cierto, con un origen literario más o menos directo), lo que
predominarán serán esos monstruos afectados de gigantismo producto de la
radiactividad, los extraterrestres malignos e invasores (con la más ingeniosa y
terrorífica variante de aquellos que se apoderan de la personalidad humana,
suplantándola como en La invasión de los ladrones de cuerpos / Invasion of the Body
Snatcher. Don Siegel, 1956) y los mad doctors, sin que este Hollywood prisionero de
la censura, moral y política, se atreviera nunca a llegar tan lejos como lo habían
hecho ya la literatura de horror o la de ciencia ficción, siempre varios pasos por
delante.
Si bien los rancios castillos europeos eran abandonados ahora por los modernos
laboratorios científicos y el público juvenil y adolescente se convertía en el nuevo y
recién descubierto destinatario principal del género, lo que ofrecía la oportunidad de
poner al día todos sus mitos y tópicos en versión teenager, la esencia del miedo en
Hollywood seguía siendo de raigambre gótica. Su formato, esencialmente
melodramático y romántico, y su mensaje, moral y moralista, podría resumirse en la
advertencia que ya lanzara la novela de Mary Shelley en 1818, al presentar a su
Frankenstein como el «moderno Prometeo»: no desafiéis a dios ni a la naturaleza (en
el fondo, uno y lo mismo a estos efectos), cuyo corolario inevitable es la pérdida del
alma, ya sea rendida ante lo diabólico sobrenatural —el vampiro, el licántropo, el
muerto viviente o el diablo mismo con sus seguidores satánicos y satanistas— o ante
la tentación del poder atómico y la existencia de fuerzas extraterrestres desconocidas
e igualmente destructivas. Es fundamentalmente el Miedo al Extraño, a lo exterior y
extranjero, proceda de la lejana Transilvania de cartón piedra o de los confines del
Sistema Solar, que amenaza con apoderarse del ser humano y despojarle de su vida
pero, sobre todo, de su alma inmortal, de su personalidad y capacidad volitiva. Aun
cuando el hombre pueda convertirse en monstruo, como el Hombre Lobo o el Dr.
Jekyll, como el vampiro a su pesar y la resucitada criatura artificial de Frankenstein,
o como las víctimas de los incontables experimentos locos y radiaciones misteriosas
que tanto abundan en la Serie B, el terror se. desencadena casi siempre como
producto de un agente exterior, sobrenatural o fantacientífico, pero en última
instancia ajeno a nosotros. Recapitulemos: básicamente moralista y cuasi religioso, el
miedo en el cine clásico de horror pertenece todavía a la órbita romántica del terror
gótico y es literario hasta la medula, encontrando sus fuentes de inspiración en los
clásicos del género del siglo XIX y comienzos del XX, pero sin poder plasmar casi
nunca los aspectos más gráficos y perturbadores de éstos, a menudo paradójicamente
mucho más modernos que sus versiones cinematográficas.

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II. El amanecer del nuevo terror

Tengo para mí que, sin duda alguna, el momento en que todo cambió fue 1960. Ese
año indeciso, que puede ser tanto el último de la década de los 50 como el primero de
la de los 60, según gustos y opiniones, ven la luz cuatro películas tan peculiares como
significativas; El esqueleto de la señora Morales, del mexicano Rogelio A. González,
con guión del exiliado español y colaborador habitual de Buñuel, Luis Alcoriza; El
fotógrafo del pánico (Peeping Tom) de Michael Powell, con guion de Leo Marks; Los
ojos sin rostro (Les yeux sans visage), de George Franju; y, finalmente pero, por
supuesto, no menos importante, Psicosis (Psycho) de Alfred Hitchcock. Aunque
todavía deberá afianzarse a lo largo de la década, coincidiendo, no por casualidad,
con la decadencia y práctica desaparición del nefasto Código Hays, el terror moderno
acababa de hacer su violenta entrada en la historia del cine en general y en la de
Hollywood en particular. Y a nadie pareció gustarle un carajo.
Estas cuatro películas, hoy consideradas clásicos de culto dentro y fuera del
ámbito de los aficionados al género de horror, poseen una serie de llamativos
elementos comunes que, además, marcan y remarcan sus diferencias y distancia
respecto al Hollywood gótico de antaño. En todas ellas, el horror, que se inscribe en
un marco contemporáneo y cotidiano, tiene un origen estrictamente natural, y si lo
fantástico está totalmente ausente, lo científico es apenas una pátina en el caso de Los
ojos sin rostro, siendo antes un horror clínico y quirúrgico que radiactivo o futurista.
En todas ellas el subtexto fundamental es el sexo, el erotismo desviado y la represión
sexual como fuente del horror, a través de las psicologías perversas que genera y que
escapan ferozmente al control de lo racional, sin obedecer tampoco a ningún tipo de
instancia moral o metafísica superior, más bien todo lo contrario. En dos, El fotógrafo
del pánico y Psicosis, el nuevo monstruo es terriblemente humano: el asesino
psicópata en serie, un personaje preanunciado por algunos filmes visionarios (M, el
vampiro de Dusseldorf / M - Eine Stadt sucht einen Mörder, 1931, de Lang; la citada
El hombre leopardo de Tourneur…), pero que nunca antes había aparecido bajo el
prisma monstruoso que ahora adopta y que con el tiempo le convertirá en mito
moderno por excelencia del horror. Dos se basan en «casos reales»: El esqueleto de la
señora Morales y Psicosis hunden sus raíces más allá del referente literario inmediato
en la pura crónica negra, en personajes como Crippen y Ed Gein, que ocuparon las
páginas de sucesos de los periódicos. Las cuatro retratan la familia y las relaciones
familiares, cuanto más próximas peor, como caldo de cultivo del mal, la represión, el
crimen, el incesto y la locura. Tres de ellas llevaron la expresión gráfica de lo que se
podía y no se podía mostrar en pantalla todo lo lejos que el cine comercial de la época
podía permitir… y más allá. El fotógrafo del pánico con su afilada cámara fálica
asesina en primer plano y sus snuff movies infantiles avant la lettre; Los ojos sin
rostro con su operación quirúrgica de cambio de cara rodada en largos planos fijos y
en mudo detalle sin desviar un ápice el foco; y Psicosis, con sus tres set pieces

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criminales: la mítica muerte en la ducha de la supuesta protagonista, el
apuñalamienro escaleras abajo del detective y el descubrimiento de la difunta Sra.
Bates momificada, consiguieron revolver el estómago de una generación de críticos
de cine y espectadores. Pese al éxito popular de Psicosis, las tres resultaron
despreciadas y severamente condenadas por la crítica: El fotógrafo del pánico fue
calificada como pornográfica, repulsiva, deprimente y nauseabunda, contribuyendo
decisivamente al final de la carrera de su director. Los ojos sin rostro constituyó a los
ciegos ojos de la crítica francesa una traición de Franju a sus inicios como
documentalista y una imitación sensacionalista del cine «expresionista» alemán,
mientras, por su parre, la crítica inglesa la Calificaba como «la película más enferma
de la historia del cine»; y aunque Psicosis se convertía gracias al público en el filme
más rentable de la carrera de Hitchcock, gran parte de la crítica lo rechazaba por
violento, vulgar y truculento, y colegas como Jerry Lewis afirmaban que su director
había ido demasiado lejos en su forma de mostrar la violencia. Por supuesto, todas
ellas han sido posteriormente revisadas, vindicadas y reivindicadas como clásicos no
sólo del cine de horror, sino de la historia del cine. Pero lo cierto es que son clásicos
estrictamente modernos, que contribuyeron decisivamente a la evolución e incluso
revolución del género, deslizándolo hacia el ámbito de un nuevo cine de horror que
trasladaba el foco del miedo y del mal de lo exterior a lo interior, de lo fantástico o
fantacientífico a lo real, de lo sobrenatural o demoníaco a lo humano y material, de
los temores del alma inmortal a los del cuerpo perecedero y la mente enferma,
proponiéndose mostrar en pantalla el máximo soportable —y a veces insoportable—
de violencia física y sexual, retratando con detalle los procesos de degradación,
degeneración y destrucción de la carne, la sinfonía de sangre, mutilación y dolor que
acompaña al crimen, la tortura y el asesinato, así como el disfrute que todo ello
despierta en el ojo del espectador a través de los actos del monstruo humano de
ficción, tan culpable en la pantalla como cómplices complacientes somos todos en
nuestras butacas del teatro. En 1960 el cine de terror se desgajó dolorosamente del
tronco gótico tradicional, para transitar hacia la modernidad de un horror
contemporáneo sin dios, sin sentido y sin moral.
Pero además y sobre todo, este cuarteto infernal, del que quizá la pieza menos
conocida sea El esqueleto de la Señora Morales, se significaba también de forma
especial por su construcción —o reconstrucción— de un lenguaje cinematográfico
del horror y para el horror. Los cuatro filmes contienen momentos cumbre que lo son
estrictamente por la escritura cinematográfica de los mismos, y no por sus débitos
arguméntales o por sus personajes y diálogos. El entierro en primera persona de,
precisamente, El esqueleto de la Señora Morales; la operación a cara descubierta de
Los ojos sin rostro; el meticuloso montaje de la escena en la ducha de Psicosis y,
finalmente, el suicidio en primer plano cámara en mano de El fotógrafo del pánico,
donde se consuma la metáfora del propio cinematógrafo como perverso instrumento
de muerte y obsesión, son momentos pura y estrictamente cinematográficos, en los

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que el horror se eleva en alas del montaje, de los planos y ángulos escogidos, los
tiempos y cortes, las luces y sombras de la fotografía y el uso de la banda sonora,
para suscitar la emoción del espectador por medios netamente audiovisuales. Por
supuesto, esto no quiere decir que no existiera un lenguaje propiamente
cinematográfico en el cine de terror clásico, pero sólo ocasionalmente se alzaba —
desde los gloriosos tiempos del mudo— con un protagonismo tal, haciendo alarde de
su consistencia e independencia como vehículo privilegiado para provocar las
emociones y sentimientos del espectador, despertando sus miedos, deseos, sueños y
pesadillas más íntimos y secretos.
Desde ese seminal año de 1960 (que también vio clásicos menores como El hotel
del horror / The City of the Dead, de John Llewellyn Moxey, thriller de satanismo
británico que presenta sorprendentes concomitancias con Psicosis) hasta hoy, el
devenir del terror moderno se vería marcado por una serie de hitos que, a pesar de sus
muchas diferencias y de la reaparición a menudo de elementos góticos y
sobrenaturales, poseen en común gran parte de los elementos, tanto estructurales
como temáticos y estilísticos, que ya evidencian estas cuatro obras adelantadas a su
tiempo, estos cuatro jinetes del apocalipsis que iban a revelar los miedos, terrores y
oscuras fascinaciones de un cine y un público post-beat generation y existencialismo,
post-Vietnam, Watergate, Mayo del 68, revolución sexual y contracultura,
posfeminismo, drogas, rock’n roll y demás hierbas, y donde el dominio del miedo se
extendería también, sobre todo en los años 60 y 70, a cinematografías europeas como
la inglesa, la italiana y la española, con fenómenos como la Hammer y el resto de
compañías angloamericanas en las Islas Británicas, el gótico y el giallo italianos y el
fantaterror ibérico, volviendo en los 80 a reorganizarse en brutal traca final para el
apocalipsis del Nuevo Hollywood y el doloroso parto de la industria cinematográfica
moderna. Imposible, indeseable e innecesario resumir aquí esta historia cuyo último
capítulo vivimos en los 90, si bien también inevitable citar algunos hitos capitales:
Blood Feast (1963) de Herschell Gordon Lewis, el Padrino del Gore, La noche de los
muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968) de George A. Romero y el
amanecer del nuevo terror zombi caníbal; La semilla del diablo (Rosemary’s Baby,
1968) de Polanski, o la consagración del satanismo moderno, la muerte de dios y el
primer desembarco del terror en el Hollywood mainstream; El exorcista (1973), la
respuesta religiosa, hiperrealista y efectista a Polanski, pergeñada por Friedkin y
William Peter Blatty; La última casa a la izquierda (Last House on the Left, 1972), el
nuevo teatro de la crueldad splatter entre la pornografía de la violencia y la fábula
moral creado por Wes Craven; La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre,
1974) de Tobe Hooper, o la América Gótica y Profunda abriéndose paso a mordiscos
en el corazón de la generación hippie; Vinieron de dentro de… (Shivers, 1975),
primer filme comercial del canadiense David Cronenberg, pronto profeta de una
Nueva Carne dispuesta a infectar el cuerpo principal del género; Carrie (1976) de
Brian De Palma, irrupción en pantalla de Stephen King, figura dominante del terror

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moderno que llevaría los viejos tropos y trapos góticos, con sus mitos y arquetipos, a
la sociedad cotidiana y pop de la segunda mitad del siglo XX; Las colinas tienen ojos
(The Hills Have Eyes, 1977), donde Craven sigue y amplía la violenta senda abierta
por Hooper y por el mismo; Suspiria (1977), la cumbre del giallo sobrenatural
italiano y consagración internacional de Dario Argento; La noche de Halloween
(Halloween, 1978), o el slasher, que ya contaba con ilustres antecedentes, convertido
en obra de arte por John Carpenter; Alien (1979), la vuelta del terror espacial de los
50 transportado al reino de lo lovecraftiano y del body horror preciberpunk por
Ridley Scott y H. R. Giger; El resplandor (1980), con Kubrick violando y
travistiendo el terror americano de King en horror metafísico, surreal y nihilista
prácticamente euro; Viernes 13 (1980), la definitiva reificación capitalista del
psychokiller y el slasher en saneada franquicia comercial, gracias a Sean S.
Cunningham; Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in
London, 1981), del malhadado John Landis, retomo cinéfago de los mitos clásicos en
clave de posmoderna tragicomedia romántica splatter y con efectos de maquillaje
físico nunca vistos; Posesión infernal (Evil Dead, 1981) de Sam Raimi, o el cine
independiente y artesanal como refugio de la imaginación y la inventiva visual; El
ansia (The Hunger, 1983), incomprendido poema neorromántico europeísta y
posmoderno de Tony Scott, que remodela el vampirismo para la era del sida, el
hedonismo y la nueva sociedad de consumo, transformando al personaje para
siempre; Pesadilla en Elm Street (Nightmare on Elm Street, 1984), donde el
inevitable Wes Craven reconvierte el slasher en fantasía onírica y humor negro,
forzando al psicópata a entrar en el terreno de la autoparodia; Re-Animator (1985),
con la que Stuart Gordon y Brian Yuzna comienzan su rescate de Lovecraft para el
cine de horror moderno, buscando su lado más truculento y sardónico; Henry: retrato
de un asesino en serie (Henry: Portrait of a Serial Killer, 1986), donde John
McNaughton devuelve al asesino psicópata en serie a la sórdida realidad de la que
salió; Atracción fatal (Fatal Attraction, 1987) de Adrian Lynne, que inaugura el
thriller psicosexual para todos los públicos, recuperando el cine de suspense de los 60
convirtiéndolo en pesadilla post-sida de los 80; El silencio de los corderos (The
Silence of the Lambs, 1991), con la que Jonathan Demme llevó el terror hasta los
Óscar, gracias a su disfraz de thriller, al tiempo que elevaba definitivamente al
psychokiller a la categoría de mito universal… Y paro de una vez, porque a partir de
aquí se inicia, si no antes, un proceso de hipermodernización del cine en general y del
de horror en particular, cuyo análisis escapa a las intenciones de estas páginas, que
deben volver ahora a su principal objeto y objetivo; la literatura de terror en relación
a este cine de horror moderno que fue traumática y sangrientamente alumbrado en
1960.

III. El cuerpo del horror, el horror del cuerpo

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Si el corpus principal del cine clásico de terror, entre los años del mudo y la década
de los 50, tal y como hemos visto, está fundamentado en adaptaciones literarias y,
más aun, en los conceptos góticos y románticos procedentes de la literatura del siglo
XIX, un primer vistazo a los títulos fundamentales y fundacionales del horror moderno
parece mostrar todo lo contrario, Allí donde antes la literatura había ido siempre o
casi siempre por delante, como es lógico por otra parte desde el punto de vista
histórico y cronológico, el cine parecía tomar por fin ventaja y, según avanzaban los
60 y caían las imposiciones tiránicas del Código Hays, a las que una película no
precisamente de terror pero al tiempo bien terrorífica en sus propios términos daría la
puñalada definitiva al prescindir por completo de su aprobación (¿Quién teme a
Virginia Woolf? / Who’s Afraid of Virginia Woolf. Mike Nichols, 1966), los filmes de
terror se hacían más y más explícitos, abandonando los amaneramientos tanto
arguméntales como visuales propios de otras eras, y viejos maestros de la elipsis y el
fuera de campo —tantas veces impuestos por las circunstancias antes que deseados
por los directores— como Hitchcock, implementaban gozosamente el nivel de
violencia gráfica de sus filmes (pensemos, más allá de Psicosis, en Los pájaros / The
Birds, 1963, y, naturalmente, en Frenesí / Frenzy, 1972), mientras a su vez la
literatura de terror parecía ofrecer cada vez menos atrevimiento e interés para los
realizadores. Así, a pesar de que aún encontramos numerosas adaptaciones literarias,
fundamentalmente de best-sellers contemporáneos, estas parecen estar en franca
minoría, especialmente si comparamos la tendencia general del cine a partir de los 60
con la de las décadas precedentes.
Y no obstante… No obstante, de los cuatro títulos que he escogido de forma nada
casual para simbolizar la inauguración del ciclo de horror moderno en la pantalla, tres
tienen origen literario: El esqueleto de la Señora Morales, adaptación de un relato del
británico Arthur Machen —incluido en esta misma antología—, que Alcoriza
aclimata con singular gracia y efectividad a la atmósfera y humor mexicanos;
Psicosis, versión notablemente fiel de la novela de Robert Bloch, ya entonces un
consumado maestro del género macabro en todas sus expresiones, que colaboraría
frecuentemente no sólo con Hitchcock sino también con otros numerosos productores
y realizadores tanto en cine como en televisión; y Los ojos sin rostro, basada en una
granguiñolesca novela policial del escritor francés Jean Redon, quien también
participaría en su guion con la colaboración, ni más ni menos, de los novelistas
Boileau y Narcejac, autores de obras como la inspiradora del Vértigo (1958) de
Hitchcock. ¿Qué diferencia, pues, estas adaptaciones literarias de las habituales en el
cine de terror del viejo Hollywood? Fundamental y significativamente, que se. trata
de historias de horror sin elemento fantástico, mágico o sobrenatural alguno, donde el
mal, el terror y el miedo surgen de lo posible, de lo real e incluso «realista». En el
caso del relato El crimen de Islington de Machen, que inspira la película escrita por
Alcoriza, éste se limita a narrar un supuesto crimen auténtico, que compara
favorablemente con el famoso affaire de Crippen, y en el de la novela de Robert

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Bloch el autor afirmó siempre inspirarse lejanamente en el carácter y las fechorías
cometidas por Ed Gein, el famoso e infame asesino necrófilo que desenterrara el
cuerpo de su madre para conservarlo junto a sí mientras celebraba sus macabros
rituales necrófllos y paganos. Son, por tanto, ficciones novelescas que enlazan con la
realidad más sangrienta, oscura y siniestra de las páginas de sucesos y la crónica
negra criminal. Incluso en el caso de Franju, lo fantástico está implícito en su
imaginería surrealista, pero no en un argumento totalmente racionalista, donde el
enloquecido cirujano protagonista se limita a aplicar su habilidad y técnica médica,
llevándolas al extremo de lo posible… aunque sin éxito en conseguir lo imposible.
No hay monstruos ni villanos sobrenaturales o con poderes extraordinarios, sino seres
humanos vulgares, aunque extraordinariamente perversos y peligrosos, con los que
cualquiera podría tropezarse en un mal día. Por supuesto, en el terror clásico de
Hollywood abundan también los títulos donde lo aparentemente sobrenatural tiene
antes o después explicación racional, a la manera de los folletines góticos de Ann
Radcliffe, con su gran tradición de los Old Dark House Mysterys y similares… La
diferencia radica en que sus tramas, mezcla desequilibrada de comedia negra,
whodunit y melodrama, son en sí de tal extravagancia que, sin necesidad de elemento
sobrenatural alguno, resultan tanto o más inverosímiles que cualquier historia de
vampiros, demonios o fantasmas. Sin embargo, el horror moderno busca y consigue,
reinventar el escalofrío verosímil y creíble, al llevar ciertos elementos de lo gótico y
lo fantástico a nuestra realidad cotidiana y contemporánea, resucitando así la
sadomasoquista función estrictamente asustante y catártica del género de terror.
Es verdad que una parte de los buques insignia del cine de horror moderno, varios
de los cuales hemos citado más arriba, no poseen original literario directo alguno —si
bien tenemos también notables excepciones como La semilla del diablo o El
exorcista, además, por supuesto, del personaje bigger than life de Stephen King—,
pero en última instancia esto no implica que carezcan de ciertas fuentes literarias de
inspiración. Lo que ocurre es que ahora se benefician de una serie de aspectos
peculiares de su momento que hacen posible la emancipación del cine de terror de sus
raíces en lo literario, sin por ello renunciar a los autores, obras y, sobre todo,
elementos de modernidad existentes en numerosas novelas y relatos tanto clásicos
como contemporáneos del género, pero que la presencia de una autocensura más o
menos férrea, ejemplificada y promovida por el Código Hays, así como la carencia de
medios técnicos más desarrollados que permitieran dotar de credibilidad a ciertos
efectos especiales, pasando por una necesaria evolución en la sensibilidad del
espectador, que sólo llegaría con la inaudita y radical ampliación del horizonte de
soportabilidad que marcaría la ruptura de los años 60 con respecto a las décadas
anteriores, habían imposibilitado que se manifestara antes en todo su poder
perturbador y verdaderamente terrorífico. En definitiva, como ocurriera con otros
géneros de origen literario (el western, el noir o la ciencia ficción), el cineasta del
Hollywood clásico era prisionero de las convenciones reinantes, convenciones que,

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sin embargo, no se aplicaban a la literatura, por ello siempre adelantada en cuanto a
crudeza, madurez, profundidad y… horror. Entre los primeros años 30, cuando la
Universal y otros grandes y pequeños estudios se sumergieron aún con relativa
libertad en las mazmorras del terror gótico y pulp, permitiéndose el lujo de matices
abiertamente psicosexuales y efectos genuinamente asustantes —no sólo de
maquillaje—, con tramas, personajes y situaciones excesivas, repletas de una
violencia, humor negro y sadismo sin precedentes, y el año 1960, en el que se
inaugura con timidez pero contundencia el nuevo ciclo de horror moderno
cinematográfico, se extiende un yermo que sólo el genio e ingenio de maestros como
Hitchcock o Lewton, y el talento y falta de pretensiones de los artesanos —y artistas
— de la Serie B y el Poverty Row de Hollywood pudieron atravesar arduamente,
renunciando a menudo a sus deseos y, casi siempre, a la fidelidad a sus fuentes
literarias, generalmente más arriesgadas, adultas, complejas y violentas.
Pero la posibilidad, por fin, de elegir a qué público dirigirse, sin necesidad de
verse encorsetados por censuras varias, desde las políticas y estéticas a la freudiana,
daría al cine de horror en los años 60 y 70 tanto la posibilidad de emanciparse de la
literatura como la libertad de escoger qué literatura había de servirle de inspiración,
punto de apoyo o de partida. Porque nada surge de la nada e incluso el horror
moderno transita un sendero que los escritores habían hollado primero, y alisado ya
en ciertos aspectos. Ahora, el nuevo cine de horror echará mano mucho más a
menudo de una novela policíaca, criminal y de suspense voluntariamente contagiada
de miedo y horror, pero donde éstos derivan de lo estrictamente humano, demasiado
humano, así como también de la ciencia ficción, con su materialismo intrínseco y
consustancial. Incluso al adentrarse en el territorio de lo sobrenatural, lo hará siempre
o casi siempre filtrado por una literatura de lo paranormal y lo esotérico que prestigia
lo fantástico a través de lo seudocientífico y periodístico, situándolo en un terreno
supuestamente real o al menos verosímil. El gran salto al vacío, que no adelante,
porque delante ya no hay nada, ni siquiera abismo que nos devuelva la mirada, del
cine de terror moderno y modernista es cambiar el miedo a perder un alma que
Hiroshima y Mauthausen se habían ocupado ya de reducir a cenizas volatilizadas
en un crematorio atómico universal, por el miedo a ser prisioneros de un cuerpo que
se rebela, transforma y autodestruye sin nuestro consentimiento ni complicidad, Pasar
del miedo a vernos invadidos por el Otro al miedo a ser nosotros mismos ese Otro al
que temer. Del miedo a lo imposible —lo fantástico y sobrenatural— al miedo a lo
posible; los asesinos en serie, las enfermedades contagiosas de la mente y de la carne
(que no otra cosa son los zombis), los monstruos cotidianos de una ciencia y una
tecnología descontroladas… Hasta lo maravilloso o mágico se racionaliza: fantasmas,
vampiros, espectros y demás criaturas o fenómenos sobrenaturales se convierten en
fuerzas y poderes paranormales, razas de noche, eslabones perdidos de otras
evoluciones posibles e imposibles, seres alienígenas, pero en mayor o menor medida
no sólo explicables por la ciencia (aunque sea por las ciencias ocultas), sino

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materiales, terriblemente materiales y físicos, tanto como lo somos nosotros mismos.
Y al final del túnel, el propio ser humano como fuente y destino, origen y final de
todo Horror, de toda Perversidad, de todo Mal.

Epílogo
(Esta antología)

El cuerpo principal del horror cinematográfico moderno se basa en —o se adhiere a


— las premisas fundamentales que hemos descrito, incluso cuando, como en el caso
de El exorcista, cree jugar a la teología y la metafísica, mientras su discurso visual y
su narrativa son más físicas, hiperrealistas y materialistas que nunca. De ello también
dan prueba las fuentes literarias, algunas directas, la mayoría indirectas, que yacen en
el humus primigenio del que surge parcialmente este bosque retorcido y oscuro del
terror moderno. Nos hemos introducido en él, a riesgo de quedamos enganchados en
sus raíces y puntas afiladas, para intentar desbrozar los peculiares orígenes literarios
que acechan a menudo tras las películas más insospechadas. Hemos querido seguir
voluntariamente el camino que iniciara hace ya muchos años el maestro Juan Antonio
Molina Foix, quien en los dos míticos volúmenes de Horrorscope, publicados en
1974 por la editorial Alfaguara en su seminal colección Nostromo, recopiló una
buena cantidad de relatos de fantasía, horror y ciencia ficción que fueron llevados —
confesa o inconfesamente— a la pantalla durante el periodo clásico del cine, dando
lugar a numerosas obras maestras del mismo. Aquella doble antología, que no podía
sino hacer las delicias de cualquier aficionado que lo fuera tanto al género
fantaterrorífico como al cine, llenó un hueco fundamental en la historiografía y la
bibliografía del uno y del otro. Acompañada por sendos prólogo en el primer tomo y
ensayo bibliográfico final en el segundo, donde trazaba Molina Foix un catálogo
razonado de los «Principales mitos básicos del terror y sus orígenes literarios», su
originalidad y utilidad fueron y serán siempre de importancia fundamental para el que
suscribe y para cualquier interesado en la cuestión. Sería quizás exagerado decir que
desde mi temprana lectura de estos volúmenes, allá por los últimos años 70, pensara
ya en pergeñar alguna suerte de secuela, pero sí es cierto que el proyecto ha estado
siempre presente en mi cabeza a lo largo de los años, hasta fructificar ahora en este
volumen que espero y deseo sirva también como sincero homenaje y continuación de
aquellos libros concebidos por Molina Foix, pionero en nuestro país del estudio
sistemático, profundo y empático del terror y lo fantástico, amén de fantástico
traductor de grandes clásicos, muchos en esta misma editorial.
En las páginas que siguen, el lector encontrará una selección de relatos que, de
una forma u otra, a veces adaptados directamente para la pantalla, a veces como
referencia más o menos oculta, han servido de inspiración para algunos de los títulos
más representativos de ese cine de horror moderno que cambió el rumbo de nuestros
miedos, conduciéndolo por nuevos e inéditos derroteros que, aunque parten siempre

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de los temores y angustias eternos del ser humano, sufrieron una transformación
radical a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado. La literatura fantástica y de
horror, en su infinita variedad, intuyó, prefiguró y preparó muchos de estos cambios y
mutaciones, que sólo a partir de los años 60 pudieron cristalizar
cinematográficamente y superar, de hecho, durante mucho tiempo, lo que los
escritores modernos del género aportaban, dándose así por vez primera la paradoja de
que el cine era más atrevido, gráfico y desinhibido en sus representaciones de la
violencia, el horror y la perversidad que la literatura de la que había tomado el relevo.
En estos cuentos se hace evidente cómo los terrores del alma dieron paso a los del
cuerpo; los de la religión, el folklore y lo sobrenatural a los de la mente humana, la
ciencia y la tecnología, y cómo lo real se acabó conviniendo en la fuente última y mas
poderosa de nuestros miedos presentes y futuros. Hoy, cuando el cine amenaza ser tan
sólo un fungible vestigio dentro de lo audiovisual a punto de ser consumido por sus
quizá indignos herederos digitales, revisar estos textos y relacionarlos con las
películas que inspiraron y con el cine de terror que contribuyeron a cimentar puede
suponer un curioso respiro para el amante de un cine y una literatura de horror
moderno que el paso de las décadas y un nuevo cambio de sensibilidad han
convertido a su vez en propios de un mundo olvidado por el tiempo, fuente constante
de remakes y copias que, sin embargo, son incapaces de reproducir la potente magia
de sus supuestamente añejos originales. Quizá porque, a diferencia de estos, han
perdido todo contacto ya con la literatura en su más profundo sentido y son sólo
productos de la Nube digital y virtual. Y, como es bien sabido, las nubes se disipan
tras la tormenta.

JESÚS PALACIOS

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BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL

King, Stephen: Danza macabra. Valdemar. Madrid, 2016.


Lardín, Rubén (Coordinador): Ven y mira. El cine fantástico y de terror en la zona
prohibida. Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián/Donostia Kultura,
2011.
Molina Foix, Juan Antonio (Ed.): Historias de cine. Relatos que inspiraron
grandes películas. Siruela. Madrid, 2017.
Molina Foix, Juan Antonio (Recopilador): Horrorscope: mitos básicos del cine de
terror. 2 Vols. Alfaguara. Col. Nostromo. Madrid, 1974.
Navarro, Antonio José: El imperio del miedo. El cine de horror norteamericano
post-11 S. Valdemar. Madrid, 2016.
Navarro, Antonio José (Ed.): Las sombras del horror. Edgar Allan Poe en el cine.
Festival de Sitges/Valdemar. Madrid, 2009.
Navarro, Antonio José (Coordinador): American Gothic. El cine de terror USA
1968-1980. Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián/Donostia
Kultura, 2007.
Jesús Palacios (Ed.): Eroguro. Horror y erotismo en la cultura popular japonesa.
Satori Editories. Gijón, 2018.
Palacios, Jesús (Ed.): ¡Sigue grabando! Falso documental, metraje encontrado y
telerrealidad en el nuevo cine de terror. Festival Internacional de Cine de
Gijón/Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, 2015.
Palacios, Jesús (Ed.): La plaga de los zombis y otras historias de muertos
vivientes. Valdemar. Madrid, 2010.
Palacios, Jesús (Ed.): Los hombres topo quieren, tus ojos y otros relatos
sangrientos de la Era Dorada del Pulp. Valdemar. Madrid, 2009.
Palacios, Jesús (Ed.): Goremanía 2. Alberto Santos Editor. Madrid, 1999.
Palacios, Jesús: Psychokillers: anatomía. del asesino en serie. Temas de hoy.
Madrid, 1998.
Skal, David: Monster Show. Una historia cultural del horror. Valdemar. Madrid,
2008.
Zinoman, Jason: Sesión sangrienta. T & B Editores. Madrid, 2011.
AA. VV: El cine fantástico y de terror de la Universal. Semana de Cine
Fantástico de San Sebastián/Donostia Kultura, 2000.
AA. VV.: Cine fantástico y de terror alemán (1913-1927). Semana de Cine
Fantástico de San Sebastián/Donostia Kultura, 2002.

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AGRADECIMIENTOS

Esta antología surge de la siempre estimulante e inquisitiva actitud de mis editores de


Valdemar, Rafael Díaz Santander y Juan Luis González, a ellos, pues, mi mayor
agradecimiento por permitirme realizar un peculiar sueño (o pesadilla) de juventud.
Gracias también a Juan Antonio Molina Foix por haber abierto el camino, a Joaquín
Palacios, mi padre, ya fallecido, por haber comprado y atesorado para la posteridad
los dos hermosos volúmenes de Horrorscope. Gracias a Marián Bango y Alfonso
García, de la editorial Satori, así como a Daniel Aguilar, su traductor, por facilitarnos
el acceso al relato “La oruga” de Edogawa Rampo. A Jóse Luis Yubero, Frank G.
Rubio, Adolfo Reneo, Rubén Lardín, Antonio José Navarro, Manuel Valencia, Rubén
Paniceres, Borja Crespo, Hernán Migoya, Alfredo Lara, Jorge Iván Argiz, Ángel de
la Calle, mi hermano Federico Palacios y a muchos otros amigos, colegas y
compañeros de viaje (que espero no se sientan ofendidos por no poder citarlos a todos
por su nombre en estas breves líneas), cuyas apreciaciones e ideas han contribuido de
una u otra forma a sentar las bases de este libro. Mi más sincero agradecimiento
también a Mar Corrales por sus sugerencias y apasionado intercambio de opiniones y,
muy especialmente, a Iria Barro Vale por su amable lectura y atenta corrección de mis
textos, que siempre contribuye a mejorar, así como por sus valiosas reflexiones sobre
el género de horror, por el que ambos compartimos un mismo arrebato. Y gracias, por
supuesto, a todos los autores, vivos, muertos y no muertos, de los relatos
seleccionados, que han conseguido que el miedo y el terror se conviertan en mis
mejores amigos a lo largo de los años, haciéndome más llevadero el horror y la
alegría de estar vivo.

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Anónimo

Nuestro primer relato es ya toda una declaración de principios, en lo que hace al


carácter distintivo del cine de horror de los años 70 con respecto al del Hollywood
clásico. Esta historia de Sawney Bean, líder de un clan familiar de supuestos ladrones
y criminales antropófagos que cometieron sus siniestras fechorías en la Escocia del
siglo XVI, procede del Newgate Calendar, publicación que de ser algo así como el
registro mensual de las ejecuciones llevadas a cabo en la prisión londinense de
Newgate pasó a convertirse a mediados del XVIII en una antología de volúmenes que
recopilaban, en breves e impactantes narraciones ilustradas, las hazañas y finales no
siempre trágicos de los bandidos, asesinos y fueras de la ley ingleses más notorios,
entrelazando a menudo realidad y ficción, con fines moralistas pero también dirigidos
al puro, sano y morboso deleite del lector. Antecedente directo, pues, de la no-ficción
criminal y la crónica negra literaria, el Newgate Calendar contribuyó a cimentar la
fama de personajes como Dick Turpin o Moll Cutpurse, pero, de entre todos los que
pasaron por sus páginas, ninguno tan brutal y monstruoso como nuestro Sawney
Bean y su tribu caníbal.
Lo cierto es que hay muchas dudas razonables respecto a la existencia real de
Bean y los sangrientos actos que se le atribuyen, pero lo importante es que su
truculenta historia, cuya versión más famosa, aquí incluida, fue publicada
originalmente en el Newgate Calendar de 1824, es notablemente conocida en el
ámbito anglosajón, donde se convertiría en una evidente influencia para la oleada de
cine caníbal que irrumpió en el género a partir de La matanza de Texas (The Texas
Chainsaw Massacre. Tobe Hooper. 1974). Si bien Tobe Hooper nunca dijo nada al
respecto, sí lo hizo a menudo Wes Craven, quien trasladó conscientemente los rasgos
principales de la historia al desierto americano en Las colinas tienen ojos (The Hills
Have Eyes, 1977), a la que seguirían una secuela del propio Craven en 1984, el
excelente remake de 2006 a cargo del francés Alexandre Ajá, y su continuación, El
retorno de los malditos (The Hills Have Eyes II. Martin Weisz, 2007). Al convertir
esta legendaria crónica caníbal de las tierras escocesas en pieza de Gótico Americano,
el filme de Craven inauguró, en colaboración con el clásico de Hooper, un ciclo de
horror antropófago moderno, con sus bases bien asentadas en la posibilidad real de
comportamientos salvajes y ancestrales en mitad de la civilización, además de
invocando los demonios humanos del incesto, la violencia familiar y el canibalismo.
Otros ejemplos, no todos especialmente notables, de filmes inspirados por esta
vieja leyenda son El clan (Blood Clan. Charles Wilkinson, 1990), que lleva a una
descendiente de los Bean al Canadá; Hillside Cannibals (Leigh Scott, 2006), vulgar
exploitation de la nueva Las colinas tienen ojos, o la escocesa Sawney: Flesh of a
Man (Ricky Wood, 2012), que sitúa de nuevo al personaje en su tierra natal aunque

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en nuestros días. Pero su verdadera impronta, a través de los seminales títulos de
Hooper y Craven, la encontramos en obras literarias como Offspring, de 1991
(publicada en España como Al acecho), del desaparecido Jack Ketchum, adaptada al
cine en 2009 por Andrew van den Houten, y en una reciente película splatter ya de
culto, el weird western, Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, 2015), que combina la
influencia del cine mondo caníbal italiano con el recuerdo y la atmósfera del viejo
clan antropófago escocés, todo en clave de western crepuscular. Cuatro cosas, pues,
calaron hondo en el cine de horror moderno, procedentes de esta legendaria historia:
su origen en la crónica negra sensacionalista, la supervivencia en tiempos modernos
de comportamientos ancestrales propios de salvajes prehistóricos, el clan familiar
como enfermiza estructura incestuosa y el horror al acto de devorar a nuestros
congéneres sin necesidad, capturándolos como ganado y convirtiéndolos en
conservas y fiambres colganderas. El hombre es un lobo para el hombre…
literalmente.

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SAWNEY BEAN[1]

UN MONSTRUO INCREÍBLE QUE, CON SU ESPOSA, VIVÍA DEL ASESINATO Y


EL CANIBALISMO EN UNA CUEVA. EJECUTADO EN LEITH JUNTO A TODA
SU FAMILIA DURANTE EL REINADO DE JACOBO I

La siguiente narración, a pesar de haber sido refrendada como cualquier hecho


histórico pueda estarlo, es casi inverosímil por las monstruosas barbaridades sin
parangón que relata, y porque no hay nada conocido, con el mismo grado de certeza,
que pueda ser comparado con este hecho, o que muestre de tal manera hasta qué
punto un temperamento brutal, no domado por la educación, puede llevar a un
hombre a comportarse de forma tan indignante y horrible.
Sawney Bean nació en el condado de East Lothian, a unas ocho o nueve millas al
este de la ciudad de Edimburgo durante el reinado de la reina Isabel, mientras que el
rey Jacobo I solo gobernaba en Escocia. Sus padres se ganaban la vida podando setos
y abriendo zanjas y educaron a su hijo en la misma ocupación. Se ganó el pan diario
durante su juventud de esa manera, pero al estar más inclinado al ocio y no querer
quedar confinado a ningún empleo honesto, dejó a su padre y a su madre y corrió
hacia el territorio desértico de la región, llevándose con él a una mujer con la que
compartía las mismas malsanas inclinaciones, Ambos se alojaron en una cueva junto
al mar en la costa del condado de Calloway, donde vivieron veinticinco años sin
visitar ni una sola ciudad, pueblo o aldea.
En todo ese tiempo tuvieron un gran número de hijos y nietos, a quienes habían
criado a su propia manera, sin ninguna noción de humanidad o de sociedad civilizada.
No frecuentaban ninguna compañía, solo la de ellos mismos, y subsistían enteramente
gracias al robo; además, eran tan crueles que nunca robaron a nadie sin asesinarlo.
Mediante este sangriento método y viviendo en un lugar tan apartado del mundo,
continuaron durante todo ese tiempo sin ser descubiertos, ya que no había nadie que
se apercibiera de cómo desaparecían las personas que se acercaban al lugar donde
habitaban. En cuanto robaban y mataban a un hombre, mujer o niño, llevaban el
cadáver a su guarida, y allí, tras cortarlo en cuartos, encurtían las extremidades
mutiladas y después se las comían, siendo este su único sustento. Y, sin embargo, sus
víctimas eran tan numerosas que habitualmente tenían abundancia de esta abominable
pitanza, así que, con cierta frecuencia, al amparo de la noche, lanzaban al mar las
piernas y brazos sobrantes de aquellos pobres desgraciados a los que habían
asesinado, a gran distancia de su sangriento hogar. Los miembros eran arrastrados por
la corriente a diferentes partes de la región para asombro y terror de quienes los
descubrían y otros conocedores de tales hallazgos.

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Las personas que por diferentes motivos se aproximaban a aquella zona caían con
tanta frecuencia en sus garras que se alzó un clamor popular en los alrededores. En
cuanto estos despiadados caníbales detectaban a su presa, nadie volvía a saber qué
había sido de sus amigos o familiares.
Por fin, las gentes que habitaban en los terrenos cercanos se alarmaron de tan
habituales pérdidas de vecinos y conocidos, pues no había manera de viajar de forma
segura cerca de la guarida de aquellos desalmados. Esto propició el envío frecuente
de espías a aquel territorio, muchos de los cuales jamás regresaron, y aquellos que lo
hicieron, tras la más exhaustiva búsqueda e investigación, no pudieron averiguar
cómo tenían lugar las tristes desapariciones. Se arrestó bajo sospecha a varios
viajeros honestos, que fueron ahorcados erróneamente basando las acusaciones en
meros indicios; varios posaderos inocentes fueron ejecutados por la única razón de
que se sabía que algunas de esas personas desaparecidas se habían alojado en sus
posadas, lo cual levantó la sospecha de que los habían asesinado y enterrado
secretamente sus cuerpos en oscuros lugares para evitar que los descubrieran. Así
pues, se aplicó una justicia equivocada con la mayor severidad imaginable con el fin
de evitar estos hechos atroces tan frecuentes, de manera que no pocos posaderos que
vivían en la Western Road de Escocia abandonaron sus negocios por miedo a ser
tomados como cabeza de turco y se dedicaron a otras ocupaciones. Esto, por otro
lado, ocasionó muchos inconvenientes a los viajeros, que ahora se las veían y
deseaban para encontrar alojamiento para ellos mismos y sus caballos cuando se
disponían a refrescarse o alojarse por una noche. En una palabra, el territorio quedó
casi despoblado.
No obstante, los súbditos del Rey seguían desapareciendo como antes, de manera
que todo el reino se sorprendía por el hecho de que se pudieran cometer tales villanías
y no se descubriera a los que las perpetraban. Muchos habían sido ya ejecutados, y ni
uno solo había confesado el crimen en la horca, y defendieron hasta el final su
inocencia respecto a los crímenes de los que habían sido acusados. Cuando los
magistrados vieron que todo era en vano, abandonaron tan severos procedimientos y
se confiaron totalmente a la Providencia para que arrojara algo de luz sobre los
autores de aquellas barbaridades sin parangón cuando el momento le pareciera más
apropiado a la Divina sabiduría.
La familia Sawney aumentó hasta hacerse enorme y cada uno de los vastagos, en
cuanto podía, ayudaba a perpetrar estos crímenes abominables, que seguían
cometiendo con total impunidad. En ocasiones atacaban a grupos de cuatro, cinco o
seis hombres a pie, pero nunca a más de dos si iban a caballo. Además, tenían la
precaución de que nadie a quien estuvieran acosando pudiera escapar y a tal propósito
preparaban emboscadas en todas las direcciones posibles para atraparlos huyeran a
donde huyeran, siempre que, como raras veces ocurría, uno o más lograran escapar de
los primeros asaltantes. ¿Cómo podrían ser descubiertos cuando ni uno solo de los
que se cruzaban con ellos veía a nadie más después? El lugar donde habitaban era

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bastante solitario y apartado y, cuando la marca subía, el agua se adentraba unas
doscientas yardas en sus habitáculos subterráneos, que alcanzaban una extensión de
casi una milla bajo tierra. En consecuencia, cuando los hombres armados enviados
para explorar el terreno pasaban junto a la boca de la cueva, nunca prestaban mayor
atención a esta suponiendo que ningún ser humano podía residir en un lugar de tal
horror y oscuridad perpetuos.
El número de personas que estos salvajes descuartizaron jamás so supo, pero se
aceptaba de forma general que durante los veinticinco años que llevaron a cabo sus
carnicerías se habían lavado las manos en la sangre de al menos mil hombres,
mujeres y niños. La manera en la que finalmente fueron descubiertos es como sigue.
Un hombre y su esposa, montados en el mismo caballo, regresaban a casa tras una
noche en la feria cuando quedaron atrapados en una emboscada tendida por aquellos
miserables desalmados, los cuales cayeron sobre ellos en un ataque furioso. El
hombre, haciendo lo que podía para salvarse, luchó valientemente con espada y
pistola, derribando a algunos de ellos por la pura fuerza de su caballo. En la refriega,
la pobre mujer cayó y fue asesinada inmediatamente ante la mirada de su esposo; las
mujeres caníbales le rebanaron el cuello y se lanzaron a chuparle la sangre con tanta
avidez y gusto como si hubiera sido vino. Tras hacerlo, le abrieron el estómago en
canal y le sacaron las entrañas. Un espectáculo tan terrible hizo que el hombre se
resistiera más obstinadamente, como si temiera el mismo sino si caía en sus manos.
La Providencia tuvo a bien, mientras seguía resistiendo, que veinte o treinta personas
procedentes de la misma feria llegaran juntas en grupo; ante lo cual, Sawney Bean y
su clan sanguinario se retiraron y se abrieron paso por el espeso bosque hasta su
guarida.
Este hombre, el primero que se había cruzado en su camino y había salido vivo,
contó a todo el grupo lo ocurrido y les mostró el horrible espectáculo del cuerpo de su
mujer, a quien los asesinos habían arrastrado a cierta distancia, pero no tuvieron
tiempo de llevársela con ellos. Todos quedaron estupefactos y asombrados al
escuchar la narración de los hechos, y a continuación condujeron al hombre a
Glasgow e informaron del asunto al preboste de la ciudad, quien inmediatamente
envió mensaje al Rey al respecto.
Tres o cuatro días más tarde Su Majestad en persona, con un séquito de unos
cuatrocientos hombres, partió hacia el lugar donde había tenido lugar aquella terrible
tragedia con la intención de remover cada roca y examinar cada matorral para atrapar
a la demoniaca banda que durante tanto tiempo había causado tamaño daño en la
región occidental del reino.
El hombre que había sido atacado les sirvió de guía y se aseguraron de llevar un
gran número de perros de presa con ellos, sin escatimar ningún medio humano para
poner fin a estas atrocidades.
Durante mucho tiempo no se encontró rastro de vivienda alguna, e incluso cuando
llegaron a las inmediaciones de la cueva de aquellos desalmados no prestaron mayor

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atención, sino que siguieron su búsqueda por la costa al subir la marea. Pero,
afortunadamente, algunos de los perros de presa penetraron en la guarida tenebrosa e
inmediatamente se pusieron a ladrar de una forma terrible, aullando y gruñendo; de
manera que el Rey y sus ayudantes regresaron sobre sus pasos e inspeccionaron el
interior. Incluso entonces no llegaban a entender cómo era posible que alguna criatura
humana pudiera esconderse en un lugar donde tan solo había oscuridad. Sin embargo,
al escuchar los ladridos cada vez más nerviosos de los sabuesos y observar que estos
continuaban ahondando en la cueva y se negaban a regresar, comenzaron a pensar
que debía de haber algo allí dentro fuera de lo ordinario, Se hicieron traer
rápidamente unas antorchas y una gran cantidad de hombres se aventuraron a
explorar las vueltas y revueltas más intricadas de la cueva, hasta que por fin llegaron
a ese rincón privado apartado del mundo y que daba cobijo a aquellos monstruos.
Ahora, todo el séquito, o tantos como pudieron, entraron y quedaron tan
impresionados por lo que contemplaron que casi desearon que se los tragara la tierra.
Piernas, brazos, muslos, manos y pies de hombres, mujeres y niños colgaban en
hileras como trozos de ternera curándose. Había también una gran cantidad de
miembros flotando en salmuera y grandes cantidades de dinero, tanto en oro como en
plata, junto a relojes, anillos, espadas y pistolas, y una gran cantidad de ropa, tanto de
lino como de lana, y un número infinito de otras cosas, que habían robado a aquellos
que habían asesinado, todo ello apilado en montones o colgado en las paredes
laterales de la guarida.
La familia de Sawney, en esos momentos, aparte de él, consistía en su esposa,
ocho hijos, seis hijas, dieciocho nietos y catorce nietas, todos ellos nacidos del
incesto.
Inmediatamente fueron apresados y maniatados por orden de Su Majestad; a
continuación, los hombres del rey recogieron cualquier pedazo de carne humana que
pudieron encontrar y enterraron todo en la arena; después, cargando todos ellos con el
botín que encontraron, regresaron a Edimburgo con los prisioneros, y todos los
lugareños, al verlos pasar, se arracimaban para ver a aquella tribu maldita. Cuando
llegaron al final del viaje, los depravados fueron encerrados en prisión; y desde allí,
al día siguiente, fueron conducidos bajo fuerte vigilancia a Leith, donde se les ejecutó
a todos sin que tuviera lugar ningún proceso judicial; se pensó que resultaba inútil
juzgar a criaturas que eran enemigas confesas de la humanidad. A los varones se les
amputó su miembro para ser lanzado al fuego, y a continuación se les amputaron los
brazos y las piernas. A consecuencia de estas amputaciones se desangraron hasta
morir en unas pocas horas. La esposa, hijas y nietos, tras ser forzados a presenciar tan
justo castigo contra los varones, fueron quemados a continuación en tres hogueras
distintas. En general, todos ellos murieron sin mostrar ni el menor rastro de
arrepentimiento, pero continuaron hasta el final de sus vidas maldiciendo y gritando
las más terribles imprecaciones contra los concurrentes y contra todos aquellos que
habían colaborado para que recibieran su bien merecido castigo.

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Edgar Allan Poe

Si el terror moderno tuviera un padre —que tiene muchos—, no cabe duda de que ese
sería el genial y malhadado Edgar Allan Poe (1809-1849). A él le cabe el honor de
haber reconvertido los terrores y miedos góticos, procedentes tanto de la Alemania
romántica como de los novelistas ingleses del XVIII, en miedos y terrores humanos y
contemporáneos, sustituyendo las más de las veces los fantasmas sobrenaturales por
aquellos procedentes de la mente torturada y tortuosa de sus protagonistas, llevando
así el género del terreno de lo fantástico tremendista a lo psicológico, sin por ello
dejar de transmitir siempre o casi siempre una atmósfera y filosofía ominosas,
metafísicas y especulativas, donde cabe también lo extraordinario, lo oculto y lo
ocultista. Pero si hemos recogido aquí “El gato negro”, que publicara por vez primera
el número del 19 de agosto de 1843 del Saturday Evening Post con éxito inmediato,
es porque se trata, precisamente, de uno de sus magistrales ejemplos en la descripción
en primera persona de una mente enferma, obsesivamente criminal y viciosa, en el
contexto de una historia de asesinato, locura y culpa que se adelanta en décadas a los
descubrimientos de la psicología moderna y el psicoanálisis de Freud. Y que de paso
siembra, junto a relatos de características parecidas como “El corazón delator”, la
semilla del futuro género policíaco psicológico y de horror, en el que se mueve gran
parte del terror moderno cinematográfico (de Psicosis a El silencio de los corderos).
Por supuesto, el cine ha usado y abusado del galo delator de Poe de mala manera,
generalmente utilizando el título y la figura del felino para contar argumentos que
nada tenían que ver con su trama y personajes. Sin embargo, y dejando de lado estas
seudoadaptaciones que dieran lugar por otra parte a grandes películas como Satanás
(The Black Cat. Edgar G. Ulmer, 1934), totalmente ajenas a Poe, resulta interesante
reseñar que en la truculenta Maniac, de fecha tan temprana como 1931, su director, el
delirante Dwain Sper, introduce algunos elementos literales del relato… incluyendo
sacarle un ojo al gato en directo —aunque es de esperar que no en vivo—, en una
singular exploitation, precedente del splatter tan prematuro como desopilante.
Curiosidades aparte, la versión más fiel del cuento aparece en Historias de terror
(Tales of Terror, 1962), donde Corman y su guionista habitual del Ciclo Poe, el
escritor Richard Matheson, combinan el relato con otro clásico criminal del autor, “El
barril de amontillado”, con óptimos resultados. Pero si “El gato negro” figura en
nuestra antología es, fundamentalmente, porque ha sido también utilizado y citado a
menudo por el giallo —el distintivo género de crimen, misterio y horror a la italiana
que tiene en Bava a su profeta y en Argento a su ángel (caído)—, en muchos sentidos
descendiente directo de Poe. En efecto, si combinamos los relatos detectivescos
protagonizados por Dupin, con su estructura clásica de investigación, deducción y
«¿quien lo hizo?», con aquellos psicológicos que describen personalidades criminales

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mórbidas, obsesivas y mentalmente enfermas, el giallo surge casi por sí solo como
mutación latina, italiana y europea del género.
Pasando de largo junto a la divertida pero engañosa El gato negro (Gatto nero,
1981) de Lucio Fulci, que una vez más toma el nombre de Poe en vano, elementos
del cuento son utilizados con gracia e ingenio por Sergio Martino en uno de sus
mejores gialli: Vicios prohibidos (Il tuo vizio è una stanza chiusa e solo io ne ho la
chiave, 1972), giallo erótico y perverso a mayor gloria de Anita Strindberg y Edwige
Fenech, que quizá deba más a Sade que a Poe, pero sabe recuperar con ingenio al
gato chivato, y no deja de conectar con la tradición que hemos establecido en torno al
escritor de Baltimore, con su revolucionaria introducción de la psicología enfermiza y
la obsesión erótica y criminal como motores principales del miedo y el horror.
Merece citarse también, como un buen intento de traer “El gato negro” al siglo XX, el
episodio basado en éste que forma parte de Los ojos del miedo (Due occhi diabolici,
1990), película donde George A. Romero convierte “El caso del señor Valdemar” en
un cómic de la E. C., mientras Darío Argento consigue una genuina pieza de horror
posmoderno, fiel en fondo y hasta en forma al cuento y al espíritu de Poe,
apoyándose en una gran interpretación de Harvey Keitel. Da un poco la impresión de
que el director italiano, autor de gialli fundamentales como Rojo oscuro (Profondo
rosso, 1975), estuviera aquí no sólo rindiendo homenaje al escritor, sino
reconociendo la deuda del género con su figura y obra, cuya alargada sombra cubre
casi todos, si no todos, los logros del horror moderno, del eroguro japonés al slasher,
el psychothriller e incluso la nueva carne. ¡Viva Poe!

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EL GATO NEGRO[1]

No espero ni remotamente que se conceda el menor crédito a la extraña, aunque


familiar historia que voy a relatar. Sería verdaderamente insensato esperarlo cuando
mis mismos sentidos rechazan su propio testimonio. No obstante, yo no estoy loco, y
ciertamente no sueño. Pero, por si muero mañana, quiero aliviar hoy mi alma. Me
propongo presentar ante el mundo, clara, sucintamente y sin comentarios, una serie
de sencillos sucesos domésticos. Por sus consecuencias, estos sucesos me han
torturado, me han anonadado. Con todo, sólo trataré de aclararlos. A mí sólo horror
me han causado, a muchas personas parecerán tal vez menos terribles que
estrambóticos. Quizá más tarde surja una inteligencia que dé a mi visión una forma
regular y tangible; una inteligencia más serena, más lógica y, sobre todo, menos
excitable que la mía, que no encuentre en las circunstancias que relato con horror más
que una sucesión de causas y de efectos naturales.
La docilidad y la humanidad fueron mis características durante mi niñez. Mi
ternura de corazón era tan extremada que atrajo sobre mí las burlas de mis camaradas.
Sentía extraordinaria afición por los animales, y mis parientes me habían permitido
poseer una gran variedad de ellos. Pasaba en su compañía casi todo el tiempo y jamás
me sentía más feliz que cuando les daba de comer o acariciaba. Esta singularidad de
mi carácter aumentó con los años y, cuando llegué a ser un hombre, vino a constituir
uno de mis principales placeres. Para los que han profesado afecto a un perro fiel e
inteligente, no es preciso que explique la naturaleza o la intensidad de goces que esto
puede proporcionar. Hay en el desinteresado amor de un animal, en su abnegación,
algo que va derecho al corazón de quien ha tenido frecuentes ocasiones de
experimentar la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven, y tuve la suerte de encontrar en mi esposa una disposición
semejante a la mía. Observando mi inclinación hacia los animales domésticos, no
perdonó ocasión alguna de proporcionarme los de las especies más agradables.
Teníamos pájaros, un pez dorado, un perro hermosísimo, conejos, un pequeño mono
y un gato.
Este último animal era tan robusto como hermoso, completamente negro y de una
sagacidad maravillosa. Respecto a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era
bastante supersticiosa, hacía frecuentes alusiones a la antigua creencia popular que
veía brujas disfrazadas en todos los gatos negros. Esto no quiere decir que ella tomase
esta preocupación muy en serio, y si lo menciono es sencillamente porque me viene a
la memoria en este momento.
Plutón, éste era el nombre del gato, era mi favorito, mi camarada. Yo le daba de
comer y él me seguía por la casa adondequiera que iba. Esto me tenía tan sin cuidado
que llegué a permitirle que me acompañase por las calles.

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Nuestra amistad subsistió así muchos años, durante los cuales mi carácter, por
obra del demonio de la intemperancia, aunque me avergüence de confesarlo, sufrió
una alteración radical. Me hice de día en día más taciturno, más irritable, más
indiferente a los sentimientos ajenos. Llegué a emplear un lenguaje brutal con mi
mujer. Más tarde, hasta la injurié con violencias personales. Mis pobres favoritos,
naturalmente, sufrieron también el cambio de mi carácter. No solamente los
abandonaba, sino que llegué a maltratarlos.
El afecto que a Plutón todavía conservaba me impedía pegarle, así como no tenía
escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono y aun al perro, cuando por acaso o por
cariño se atravesaban en mi camino. Mi enfermedad me invadía cada vez más, porque
el mal es comparable al alcohol, y, con el tiempo, hasta el mismo Plutón, que
mientras tanto envejecía y naturalmente se iba haciendo un poco desapacible, empezó
a conocer los efectos de mi carácter malvado.
Una noche que entré en casa completamente borracho, me pareció que el gato
evitaba mi vista. Lo agarré, pero, espantado de mi violencia, me hizo en una mano
con sus dientes una herida muy leve. Mi alma anterior pareció que abandonaba mi
cuerpo, y una rabia diabólica, saturada de ginebra, penetró en cada fibra de mi ser.
Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí, agarré al pobre animal por la
garganta y deliberadamente le hice saltar un ojo de su órbita. Me avergüenzo, me
consumo, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.
Por la mañana, al recuperar la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de
mi crápula nocturna, experimenté una sensación mitad horror, mitad remordimiento,
por el crimen que había cometido; pero fue sólo un débil e inestable pensamiento, y
el alma no sufrió las heridas. Persistí en mis excesos, y bien pronto ahogué en vino
todo recuerdo de mi criminal acción.
El gato sanó lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, en verdad, un
aspecto horroroso, pero en adelante no pareció sufrir. Iba y venía por la casa, según
su costumbre; pero huía de mí con indecible horror. Aún me quedaba lo bastante de
mi benevolencia anterior para sentirme afligido por esta antipatía evidente de parte de
un ser que tanto me había amado. Pero a este sentimiento bien pronto sucedió la
irritación. Y entonces se desarrolló en mí, para mi postrera e irrevocable caída, el
espíritu de la PERVERSIDAD, del que la filosofía no hace mención. Con todo, tan
seguro como existe mi alma, yo creo que la perversidad es uno de los primitivos
impulsos del corazón humano, una de las facultades o sentimientos elementales que
dan la dirección al carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido cien veces
cometiendo una acción sucia o vil, por la sola razón de saber que no la debía
cometer? ¿No tenemos una perpetua inclinación, no obstante la excelencia de nuestro
juicio, a violar lo que es ley, sencillamente porque comprendemos que es ley? Este
espíritu de perversidad, repito, causó mi ruina completa. El deseo ardiente,
insondable del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de
hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar el suplicio a que había

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condenado al inofensivo animal. Una mañana, con total sangre fría, le puse un nudo
corredizo alrededor del cuello y lo colgué de una rama de un árbol; lo ahorque con
los ojos arrasados en lágrimas, experimentando el más amargo remordimiento en el
corazón; lo ahorqué porque me constaba que me había amado y porque sentía que no
me hubiese dado ningún motivo de cólera; lo ahorqué porque sabía que haciéndolo
así cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía mi alma inmortal, al punto
de colocarla, si tal cosa es posible, fuera de la misericordia infinita del Dios
misericordioso y terrible.
En la noche que siguió al día en que fue ejecutada esta cruel acción, fui
despertado a los gritos de «¡fuego!» Las cortinas de mi lecho estaban convertidas en
llamas. Toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad escapamos del incendio mi
mujer, un criado y yo. La destrucción fue completa. Se aniquiló toda mi fortuna, y
entonces me entregué a la desesperación.
No trato de establecer una relación de la causa con el efecto, entre la atrocidad y
el desastre; estoy muy por encima de esta debilidad. Sólo doy cuenta de una cadena
de hechos, y no quiero que falte ningún eslabón. El día siguiente al incendio visité las
ruinas. Los muros se habían desplomado, exceptuando uno solo, y esta única
excepción fue un tabique interior poco solido, situado casi en la mitad de la casa, y
contra el cual se apoyaba la cabecera de mi lecho. Dicha pared había escapado en
gran parte a la acción del fuego, cosa que yo atribuí a que había sido recientemente
renovada. En torno de este muro se agrupaba una multitud de gente, y muchas
personas parecían examinar algo muy particular con minuciosa y viva atención. Las
palabras «¡extraño!», «¡singular!» y otras expresiones semejantes excitaron mi
curiosidad. Me aproximé y vi, a manera de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca
superficie, la figura de un gato gigantesco. La imagen estaba estampada con una
exactitud verdaderamente maravillosa. Había una cuerda alrededor del cuello del
animal.
Al momento de ver esta aparición, pues como a tal, en semejante circunstancia,
no podía por menos de considerarla, mi asombro y mi temor fueron extraordinarios.
Pero, al fin, la reflexión vino en mi ayuda. Recordé entonces que el gato había sido
ahorcado en un jardín contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín habría sido
inmediatamente invadido por la multitud y el animal debió de haber sido descolgado
del árbol por alguno y arrojado en mi cuarto a través de una ventana abierta. Esto,
seguramente, había sido hecho con el fin de despertarme. La caída de los otros muros
había aplastado a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido; la cal
de este muro, combinada con las llamas y el amoníaco desprendido del cadáver,
habrían formado la imagen, tal como yo la veía.
Merced a este artificio logré satisfacer muy pronto a mi razón, mas no pude
hacerlo tan rápidamente con mi conciencia, porque el suceso sorprendente que acabo
de relatar se grabó en mi imaginación de una manera profunda. Hasta pasados
muchos meses no pude desembarazarme del espectro del gato, y durante este periodo

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envolvió mi alma un semisentimiento muy semejante al remordimiento. Llegué hasta
llorar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los tugurios miserables que
tanto frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y de una figura
parecida que lo reemplazara.
Ocurrió que una noche en que me hallaba sentado, medio aturdido, en una taberna
más que infame, fue repentinamente solicitada mi atención hacia un objeto negro que
reposaba en lo alto de uno de esos inmensos toneles de ginebra o ron que componían
el principal ajuar de la sala. Hacía algunos momentos que miraba a lo alto de aquel
tonel, y lo que me sorprendía era no haber notado antes el objeto colocado encima.
Me aproximé, tocándolo con la mano. Era un enorme gato, tan grande por lo menos
como Plutón, e igual a él en todo, menos en una cosa. Plutón no tenía ni un pelo
blanco en todo el cuerpo, mientras que éste tenía una salpicadura larga y blanca, de
forma indecisa, que le cubría casi toda la región del pecho.
No bien lo hube acariciado, cuando se levanto súbitamente, prorrumpió un
continuado ronquido, se frotó contra mi mano y pareció muy contento de mi atención.
Era, pues, el verdadero animal que yo buscaba. Al momento propuse al dueño de la
taberna comprarlo, pero éste no se dio por enterado; yo no le conocía ni le había visto
nunca antes de aquel momento.
Continué acariciándolo y, cuando me preparaba a regresar a mi casa, el animal se
mostró dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, agachándome de vez en
cuando para acariciarlo durante el camino. Cuando estuvo en mi casa, se encontró
como en la suya, y se hizo enseguida gran amigo de mi mujer.
Por mi parte, bien pronto sentí nacer antipatía contra él. Era casualmente lo
contrario de lo que yo había esperado; no sé cómo ni por qué sucedió esto: su
empalagosa ternura me disgustaba, fatigándome casi. Poco a poco, estos sentimientos
de disgusto y fastidio se convirtieron en odio. Esquivaba su presencia; pero una
especie de sensación de bochorno y el recuerdo de mi primer acto de crueldad me
impidieron maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de golpearlo con
violencia; llegué a tomarle un indecible horror, y a huir silenciosamente de su odiosa
presencia como de la peste.
Seguramente lo que aumentó mi odio contra el animal fue el descubrimiento que
hice a la mañana siguiente de haberlo traído a casa: lo mismo que Plutón, él también
había sido privado de uno de sus ojos. Esta circunstancia hizo que mi mujer le tomase
más cariño, pues, como ya he dicho, ella poseía en alto grado esta ternura de
sentimientos que había sido mi rasgo característico y el manantial frecuente de mis
más sencillos y puros placeres.
No obstante, el cariño del gato hacia mí parecía acrecentarse en razón directa a mi
aversión contra él. Con implacable tenacidad, que no podrá explicarse el lector,
seguía mis pasos. Cada vez que me sentaba, se acurrucaba bajo mi silla o saltaba
sobre mis rodillas, cubriéndome con sus repugnantes caricias. Si me levantaba para
andar, se metía entre mis piernas y casi me hacía caer al suelo, o bien, introduciendo

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sus largas y afiladas garras en mis vestidos, trepaba hasta mi pecho. En tales
momentos, aunque hubiera deseado matarlo de un solo golpe, me contenía en parte
por el recuerdo de mi primer crimen, pero principalmente, debo confesarlo, por el
terror queme causaba el animal.
Este terror no era de ningún modo el espanto que produce la perspectiva de un
mal físico, pero me sería muy difícil denominarlo de otro modo. Lo confieso
abochornado. Sí; aun en este lugar de criminales, casi me avergüenzo al afirmar que
el miedo y el horror que me inspiraba el animal habían aumentado por una de las
mayores fantasías que es posible concebir. Mi mujer me había hecho notar más de
una vez el carácter de la mancha blanca de que he hablado y en la que estribaba la
única diferencia aparente entre el nuevo animal y el que yo había matado.
Seguramente recordará el lector que esta marca, aunque grande, estaba
primitivamente indefinida en su forma, pero lentamente, por grados imperceptibles
que mi razón se esforzó largo tiempo en considerar como imaginarios, había llegado
a adquirir una rigurosa precisión en sus contornos. Presentaba la forma de un objeto
que me estremezco sólo al nombrarlo: y esto era lo que sobre codo me hacía mirar al
monstruo con horror y repugnancia, y me habría impulsado a librarme de él, si me
hubiera atrevido: la imagen de una cosa horrible y siniestra, la imagen de LA
HORCA. ¡Oh lúgubre y terrible aparato, instrumento del horror y del crimen, de la
agonía y de la muerte!
Y heme aquí convertido en un miserable, más allá de la miseria de la humanidad.
Un animal inmundo, a cuyo hermano yo había destruido con desprecio, una bestia
bruta creando para mí —para mí, hombre formado a imagen del Altísimo— un tan
grande e intolerable infortunio. ¡Desde entonces no volví a disfrutar de reposo, ni de
día ni de noche! Durante el día el animal no me dejaba ni un momento, y por la
noche, a cada instante, cuando despertaba de mi sueño, lleno de angustia
inexplicable, sentía el tibio aliento de la alimaña sobre mi rostro, y su enorme peso,
encarnación de una pesadilla que no podía sacudir, posado eternamente sobre mi
corazón.
Tales tormentos influyeron lo bastante para que lo poco de bueno que quedaba en
mí desapareciera. Vinieron a ser mis íntimas preocupaciones los más sombríos y
malvados pensamientos. La tristeza de mi carácter habitual se acrecentó hasta odiar
todas las cosas y a toda la humanidad; y, no obstante, mi mujer no se quejaba nunca,
¡ay!, ella era de ordinario el blanco de mis iras, la más paciente víctima de mis
repentinas, frecuentes e indomables explosiones de una cólera a la cual me
abandonaba ciegamente.
Ocurrió que un día que me acompañaba, para un quehacer domestico, al sótano
del viejo edificio donde nuestra pobreza nos obligaba a habitar, el gato me seguía por
la pendiente escalera, y, en ese momento, me exasperó hasta la demencia. Enarbolé el
hacha, y, olvidando en mi furor el temor pueril que hasta entonces contuviera mi
mano, asesté al animal un golpe que habría sido morral si le hubiese alcanzado como

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deseaba; pero el golpe fue evitado por la mano de mi mujer. Su intervención me
produjo una rabia más que diabólica; desembaracé mi brazo del obstáculo y le hundí
el hacha en el cráneo. Y sucumbió instantáneamente, sin exhalar un solo gemido mi
desdichada mujer.
Consumado este horrible asesinato, traté de esconder el cuerpo. Juzgué que no
podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de ser
observado por los vecinos. Numerosos proyectos cruzaron por mi mente. Pensé
primero en dividir el cadáver en pequeños trozos y destruirlos por medio del fuego.
Discurrí luego cavar una fosa en el suelo del sótano. Pensé más tarde arrojarlo al
pozo del patio: después meterlo en un cajón, como mercancía, en la forma
acostumbrada, y encargar a un mandadero que lo llevase fuera de la casa. Finalmente,
me detuve ante una idea que consideré la mejor de todas. Resolví emparedarlo en el
sótano, como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
En efecto, el sótano parecía muy adecuado para semejante operación. Los muros
estaban construidos muy a la ligera, y recientemente habían sido cubiertos, en toda su
extensión, de una capa de mezcla que la humedad había impedido que se endureciese.
Por otra parte, en una de las paredes había un hueco, que era una falsa chimenea, o
especie de hogar, que había sido enjalbegado como el resto del sótano. Supuse que
me sería fácil quitar los ladrillos de este sitio, introducir el cuerpo y colocarlos de
nuevo de manera que ningún ojo humano pudiera sospechar lo que allí se ocultaba.
No salió fallado mi cálculo. Con ayuda de una palanqueta, quité con bastante
facilidad los ladrillos, y habiendo colocado cuidadosamente el cuerpo contra el muro
interior, lo sostuve en esta posición hasta que hube reconstruido, sin gran trabajo,
toda la obra de fábrica. Habiendo adquirido cal y arena con todas las precauciones
imaginables, preparé un revoque que no se diferenciaba del antiguo y cubrí con él
escrupulosamente el nuevo tabique. El muro no presentaba la mas ligera señal de
renovación. Hice desaparecer los escombros con el más prolijo esmero y expurgué el
suelo, por decirlo así. Miré triunfalmente en torno mío, y me dije: «Aquí, a lo menos,
mi trabajo no ha sido perdido».
Lo primero que acudió a mi pensamiento fue buscar al gato, causa de tan gran
desgracia, pues, al fin, había resuelto darle muerte. De haberlo encontrado en aquel
momento, su destino estaba decidido, pero, alarmado el sagaz animal por la violencia
de mi reciente acción, no osaba presentarse ante mí en mi actual estado de ánimo.
Sería tarea imposible describir o imaginar la profunda, la feliz sensación de consuelo
que la ausencia del detestable animal produjo en mi corazón. No apareció en toda la
noche, y por primera vez desde su entrada en mi casa, logré dormir con un sueño
profundo y sosegado: sí, dormí como un patriarca, no obstante tener el peso del
crimen sobre el alma.
Transcurrieron el segundo y el tercer día, sin que volviera mi verdugo. De nuevo
respiré como hombre libre. El monstruo, en su terror, había abandonado para siempre
aquellos lugares. Me parecía que no lo volvería a ver. Mi dicha era inmensa. El

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remordimiento de mi tenebrosa acción no me inquietaba mucho. Se practicaron
algunas averiguaciones, a las que no me costó demasiado responder. Incluso se hizo
una pesquisa en la casa, sin el menor resultado. Mi tranquilidad futura estaba
asegurada.
Habían pasado cuatro días desde el asesinato, cuando un montón de agentes de
policía se presentaron inopinadamente en casa, y se procedió de nuevo a una prolija
investigación. Como tenía plena confianza en la impenetrabilidad del escondrijo, no
experimenté zozobra. Los funcionarios me obligaron a acompañarlos en el registro,
que fue minucioso en extremo. Por último, y por tercera o cuarta vez, descendieron al
sótano. Mi corazón latía regularmente, como el de un hombre que confía en su
inocencia. Recorrí de uno a otro extremo el sótano, crucé los brazos sobre el pecho y
me paseé afectando tranquilidad de un lado para otro. La justicia estaba plenamente
satisfecha, y se preparaba a marchar. Era tanta la alegría de mi corazón que. no podía
contenerla. Me abrasaba el deseo de decir algo, aunque no fuese más que una palabra
en señal de triunfo, y hacer indubitable la convicción acerca de mi inocencia.
—Señores —dije al fin, cuando la gente subía la escalera—, estoy satisfecho por
haber desvanecido vuestras sospechas. Deseo a todos buena salud y un poco más de
cortesía. Y de paso, caballeros, vean aquí, una casa singularmente bien construida (en
mi ardiente deseo de decir alguna cosa, apenas sabía lo que hablaba). Yo puedo
asegurar que ésta es una casa admirablemente hecha. Estos muros… ¿Van a
marcharse, señores? Estas paredes están fabricadas sólidamente.
Y entonces, con una audacia frenética, golpeé fuertemente con el bastón que tenía
en la mano precisamente sobre la pared del tabique detrás del cual estaba el cadáver
de la esposa de mi corazón.
¡Ah, que al menos Dios me proteja y me libre de las garras del demonio! No se
había extinguido aún el eco de mis golpes, cuando una voz surgió del fondo de la
tumba: un quejido primero, débil y entrecortado como el sollozo de un niño, que
aumentó después de intensidad hasta convertirse en un grito prolongado, sonoro y
continuo, anormal y antihumano, un aullido, un alarido a la vez de espanto y de
triunfo, como sólo puede salir del infierno, como horrible armonía que brotase a la
vez de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios
regocijándose en sus padecimientos.
Relatar mi estupor sería insensato. Sentí agotarse mis fuerzas y caí
tambaleándome contra la pared opuesta. Durante un instante, los agentes, que estaban
ya en la escalera, quedaron paralizados por el terror. Un momento después, una
docena de brazos vigorosos caían demoledores sobre el muro, que vino a tierra
enseguida. El cadáver, ya bastante descompuesto y cubierto de sangre cuajada,
apareció rígido ante la vista de los espectadores.
Encima de su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y el ojo único despidiendo
fuego, estaba subida la abominable bestia, cuya malicia me había inducido al
asesinato, y cuya voz acusadora me había entregado al verdugo…

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Al tiempo mismo de esconder a mi desgraciada víctima, había emparedado al
monstruo en la tumba.

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William Wimark Jacobs

Hay algunos relatos que, en su brevedad y concisión, pero sobre todo gracias al
ingenio y la gracia especial de sus autores, son capaces de condensar en sí, en unas
pocas páginas, un tema universal que, a partir de ese momento, encuentra en ellos su
manifestación ejemplar, capaz de llegar con terrible eficacia y claridad a sus lectores,
convirtiéndose de algún modo en la fuente de la que luego surgirán otras versiones
mas elaboradas o ligeramente distintas de la misma historia o, mejor dicho, de su
significado y simbolismo más profundo. El caso de “La pata de mono” de W. W.
Jacobs es paradigmático, pues en él se resume de la forma más impactante a la par
que elegante el axioma que reza (nunca mejor dicho) «cuidado con lo que deseas» o,
parafraseando a Santa Teresa de Jesús —mas bien a San Truman Capote—, «se
derraman mas lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas».
William Wimark Jacobs (1863-1943), recordado hoy como uno de los muchos y
siempre interesantes cultivadores del relato fantástico inglés de la era eduardiana, fue
en realidad y fundamentalmente un humorista, varias de cuyas novelas retratan una
cierta picaresca portuaria londinense, llena de personajes extravagantes y tipos
populares, al tiempo que recrean el argot del East End con elegancia e ingenio. Sus
cuentos, generalmente también de carácter humorístico, gozaron de extrema
popularidad en su día, apareciendo en publicaciones como The Strand o el Idler que
dirigía Jerome K. Jerome, que al igual que P. G. Wodehouse era declarado admirador
del escritor, al que la crítica llegó a comparar con Dickens en su momento de mayor
éxito. Sin embargo, como buen literato inglés, Jacobs abordó también con frecuencia
los cuentos de fantasmas y de lo extraño, y sería precisamente en su antología The
Lady of the Barge, publicada en 1902, donde aparecería el que se ha convertido con
el paso del tiempo en el más famoso y recordado no sólo de sus relatos, sino de toda
su obra literaria: “La pata de mono”.
Jacobs posee todas las virtudes del escritor británico de ficción de su tiempo y
pocos de sus defectos, y de hecho, “La pata de mono” es un auténtico ejemplo de
narrativa breve pluscuamperfecta, que no en vano es estudiado a menudo en cursos
de literatura y escritura como modelo de relato fantástico donde destacan la finura del
autor, su juego con la ambigüedad, la creación de un clima de pesadilla desarrollado
sutilmente a partir de una situación aparentemente normal, y cómo la presencia de lo
sobrenatural y grotesco se introduce de tal forma que nunca llegamos a estar
totalmente seguros de su realidad, dejando en el lector una inquietante sensación de
incomodidad, permitiéndole escoger si creer (o no) en la naturaleza fantástica y
extraordinaria de lo sucedido, de lo que parece que sucede o incluso de lo que podría
haber sucedido. Más allá de este juego narrativo, el esqueleto y desarrollo argumental
centrales en “La pata de mono”, así como su fondo moral, aparecen en varios filmes

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característicos del terror moderno, que suelen, sin embargo, ir más lejos que el cuento
original, para mostrar al espectador aquello que Jacobs sólo sugiere en sus páginas, a
veces con buenos resultados, otras no tanto, pero dejando claro sin duda que el eje
central del relato encuentra profundos ecos en las tendencias propias del género de
horror contemporáneo.
El cuento en sí ha sido llevado a la pantalla en un buen número de ocasiones,
sobre todo para la televisión (recordemos la adaptación que en sus Historias para no
dormir realizara Narciso Ibáñez Serrador con el título de La zarpa, en 1967), pero
también en al menos dos clásicos de Hollywood: uno de 1933, firmado por Wesley
Ruggles y difícil de ver hoy día, y otro de 1948 dirigido por Norman Lee, ambos al
parecer bastante fieles al original. Pero a nosotros nos interesa mucho más detectar de
forma clara y transparente las huellas del relato en un filme como Crimen en la noche
(Dead of Night. Aka. Deathdream, 1974), dirigido por Bob Clark y escrito por Alan
Ormsby, dos nombres de mucha mayor importancia para el terror moderno de lo que
se suele admitir, donde a partir de una anécdota muy similar a la imaginada por
Jacobs, si bien prescindiendo de la pata de mono en cuestión, se nos ofrece una
variante netamente contemporánea y física, al borde del body horror, del tema del
vampirismo o el reviniente clásico, con algo de aroma a zombi, que a la vez se
convierte en desgarradora metáfora del síndrome de estrés postraumático que
sufrieron muchos de los excombatientes de Vietnam, al retornar al hogar para
encontrarse transformados en extraños, satanizados por la misma sociedad que les
había enviado a convertirse en héroes de una guerra absurda. Amparado en el puro
género de Serie B y en la estética peculiarmente sórdida y realista de los 70, Crimen
en la noche resulta mucho más eficaz como descripción y denuncia de los efectos de
la guerra de Vietnam en la sociedad estadounidense que, por ejemplo, títulos tan
considerados como El regreso (Coming Home. Hal Ashby, 1978) o El cazador (The
Deer Hunter. Michael Cimino, 1978), con el valor añadido de haberse rodado cuando
la propia guerra aún no había concluido.
El corazón palpitante del relato de Jacobs (¿hasta dónde estarías dispuesto a llegar
por recuperar a un ser querido que acaba de morir?) esta también, sin duda, en el
centro de una de las mejores novelas de Stephen King, Cementerio de animales (Pet
Sematary, 1983), llevada al cine por Mary Lamben en 1989, y en su secuela, pero
podemos encontrarlo más recientemente en una interesante coproducción entre
Europa y Estados Unidos, que recupera algo del exotismo propio de la historia (o de
la pata de mono, mejor dicho): El otro lado de la puerta (The Other Side of the Door.
Johannes Roberts, 2016), si bien el único intento contemporáneo por adaptar de
forma supuestamente fiel el cuento ofrece, precisamente, los resultados más
irregulares y, a la postre, alejados del verdadero espíritu de este: The Monkey’s Paw
(Bren Simmons, 2013). En cualquier caso, “La pata de mono”, una de las obras
maestras del relato fantástico y de honor clásico, sigue haciendo sentir hoy su
influencia en el cine de terror del siglo XXI.

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LA PATA DE MONO[1]

Mientras afuera la noche era fría y húmeda, en el interior de la pequeña sala de estar
de Laburnam Villa las ventanas se hallaban bien cerradas, las persianas echadas, y el
fuego resplandecía vivamente en la chimenea. Sentados a una mesa, el dueño de la
casa y su hijo disputaban con aire solemne una partida de ajedrez. De los dos, el
primero, convencido de que la clave de aquel juego consistía en cambiar
continuamente de estrategia para desconcertar al rival, llevaba ya rato poniendo a su
rey en una serie de situaciones tan comprometidas e innecesarias que en más de una
ocasión había provocado algún que otro comentario en la anciana de cabellos blancos
que, cómodamente instalada junto al mego, fingía estar enfrascada en su labor de
punto.
—¡Shhh! ¡Escucha! ¿Te has dado cuenta de cómo sopla el viento esta noche? —
dijo de repente Mr. White, quien, habiendo descubierto demasiado tarde el tremendo
error que acababa de cometer con su último movimiento, pretendía distraer a su hijo.
—Hace rato que lo escucho, papá —respondió el otro examinando el tablero con
rostro ceñudo y alargando el brazo para mover una pieza—. Jaque…
—No creo que nuestro invitado venga esta noche —se apresuró a decir su padre
con una indecisa mano suspendida sobre el tablero.
—… mate —concluyó el hijo.
—¡Eso es lo peor de vivir tan lejos de la ciudad! —exclamó entonces Mr. White
perdiendo súbita e inesperadamente los estribos—. De todos los lugares que hay en
este mundo para vivir apartado de los demás, éste es el peor de todos. Cuando la
carretera no está inundada, se encuentra hecha un barrizal. No sé en que demonios
estarán pensando las autoridades para no ponerle remedio de una vez por todas a esta
situación. Supongo que lo que ocurre es que, como en esta zona no vivimos más que
unas pocas familias, a nadie le importamos un comino.
—No te sulfures, querido —le dijo suavemente su esposa—. Ya ganarás en otra
ocasión.
Mr. White levantó la vista bruscamente justo a tiempo de sorprender una mirada
de complicidad que en aquel momento cruzaban madre e hijo. Sus palabras de
protesta no llegaron a salir de sus labios, pero al menos logró ocultar una delatora
sonrisa entre la enmarañada espesura de su barba.
—Ahí lo tenemos —le dijo Herbert White a su padre cuando la verja del jardín,
impulsada por el viento, se cerró de un portazo y unos pesados pasos se acercaron a la
casa.
El anciano se levantó y se dirigió hacia la puerta para recibir al recién llegado.
Unos segundos más tarde, tras pronunciar unas cuantas frases de bienvenida, Mr.

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White regresó a la sala de estar en compañía de un corpulento caballero de ojos
brillantes y rostro rubicundo.
—Os presento al brigadier Morris —dijo escuetamente Mr. White a manera de
presentación.
Tras estrecharle la mano a Mrs. White y a Herbert, el recién llegado tomó asiento
en la silla que le fue ofrecida junto a la chimenea y observó complacido la acogedora
habitación mientras su anfitrión sacaba de una alacena una botella de whisky y unos
cuantos vasos y ponía sobre el fuego una pequeña tetera de cobre.
Hubo de llegarse al tercer vaso de whisky para que, una vez superada la primera
timidez, el brigadier, con los ojos cada vez más brillantes, comenzase a hablar con
mayor libertad. La familia White, mientras tanto, dispuesta frente a el formando un
pequeño semicírculo, contemplaba con creciente interés a aquel visitante llegado de
lejanas tierras conforme éste, sentado muy tieso en su silla, iba relatando todo tipo de
historias y anécdotas curiosas acerca de guerras, plagas y gentes extrañas.
—Veintiún años lleva el brigadier en esas tierras —dijo al cabo de un rato Mr.
White mirando afablemente a su mujer y a su hijo— Cuando se marchó no era más
que un chiquillo. Ahora, en cambio, mirad en lo que se ha convertido.
—Pues el cambio no parece haberle sentado nada mal —dijo cortésmente Mrs.
White.
—Cuánto me gustaría ir a la India —musitó el anciano— Sólo para ver cómo es
aquello, ya me entendéis.
—Si yo fuese usted, preferiría quedarme donde está —repuso el brigadier
soltando un suspiro y dejando su vaso vacío sobre la mesa.
—Pero a mí me gustaría tanto poder ver con mis propios ojos todos esos templos
antiguos… Y también a los faquires y a los encantadores de serpientes… —replicó el
anciano—. Por cierto, Morris, ¿cómo era aquello que comenzó usted a contarme el
otro día acerca de una pata de mono o algo parecido?
—Nada —se apresuró a responder el brigadier—. Al menos, nada que valga la
pena oír.
—¿Una pata de mono? —preguntó Mrs. White, llena de curiosidad.
—Bueno, en realidad no se trata más que de un pequeño ejemplo de o que
ustedes, aquí en Occidente, llamarían simplemente «magia» —respondió el brigadier
con cierta brusquedad.
Los tres oyentes, visiblemente interesados, se inclinaron hacia delante para poder
oír mejor. Su invitado, mientras tanto, se llevó distraídamente el vaso a los labios sin
darse cuenta de que se hallaba vacío. En cuanto descubrió su error, volvió a dejarlo
sobre la mesa con un gesto contrariedad y Mr. White, solícito, se apresuró a
llenárselo.
—A simple vista —explicó el brigadier hurgando en uno de sus bolsillos— no es
más que una simple pata de mono momificada.

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Dicho lo cual, se sacó del bolsillo el objeto en cuestión y lo sostuvo en su palma
abierta para que los demás pudieran contemplarlo. Al posar sus ojos sobre él, Mrs.
White se echó hacia atrás con una mueca de disgusto, pero su hijo, en cambio, lo
cogió y comenzó a examinarlo con atención.
—¿Y qué es lo que tiene de especial? —preguntó Mr. White tras tomar la pata de
manos de su hijo, observarla durante unos segundos y dejarla a continuación sobre la
mesa.
—Hubo una vez en la India un viejo faquir que le lanzó un conjuro a esa pata —
explicó el brigadier—. Se trataba de un santo muy respetado en aquellas tierras que
pretendía demostrar, por un lado, que el destino determina irremediablemente la vida
de las personas y, por otro, que aquellos que intentan luchar contra su destino acaban
siempre malparados. El conjuro en cuestión permite que tres hombres distintos
tengan la posibilidad, cada uno de ellos, de pedirle a esa pata hasta tres deseos.
Su forma de hablar resultaba tan cautivante y turbadora que a sus tres oyentes se
les congeló la sonrisa en el rostro.
—En ese caso, ¿por qué no pide usted tres deseos? —propuso Herbert White con
tono ligeramente burlón.
El militar se volvió hacia él y le dirigió una de esas explícitas miradas que un
hombre de mediana edad acostumbra dirigir a todo joven presuntuoso.
—Porque ya lo he hecho —se limitó a decir mientras su rostro de piel curtida
empalidecía de repente.
—Esa historia parece sacada de Las mil y una noches —dijo Mrs. White
levantándose para poner la mesa—. Por cierto, ¿por qué no pedís cuatro pares de
manos para mí? No me vendrían nada mal a la hora de hacer las tareas de la casa.
Dispuesto a continuar con la broma de su mujer, Mr. White se apresuró a coger la
pata de mono de la mesa y abrió la boca para pedir el deseo. Pero, al ver la expresión
alarmada que acababa de aflorar al rostro del brigadier, se echó a reír súbitamente.
—Si va usted a pedir algún deseo —dijo entonces con brusquedad el militar
cogiendo del brazo a su anfitrión—, asegúrese primero de que lo que desea sea algo
razonable.
Sin darle importancia a la aspereza con la que el brigadier le acababa de hablar, y
sin pensar en lo que hacía, Mr. White se metió sin más la pata de mono en el bolsillo
y, tras disponer unas sillas alrededor de la mesa, invitó a su amigo a tomar asiento en
una de ellas. Durante la cena apenas se habló de aquel extraño talismán, y una vez
acabada la misma, los White permanecieron sentados largo rato escuchando
embelesados muchas otras de las aventuras que aquel singular personaje había
protagonizado durante su estancia en la India.
—Si esa historia de la pata de mono tiene tanto de verdad como todas las demás
historias que ese hombre nos ha contado esta noche —dijo Herbert una vez que la
puerta de la casa se hubo cerrado tras el brigadier, quien se había marchado con el

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tiempo justo para tomar el último tren—, me da la impresión de que esa reliquia
disecada no nos va a ser de mucha utilidad.
—¿Le diste algo por ella, querido? —preguntó Mrs. White mirando atentamente a
su marido.
—Apenas unas pocas monedas, mujer —contestó éste ruborizándose ligeramente
—. Al principio se negaba a cogerlas, pero yo le obligué a aceptarlas. ¿Y, a que no
sabéis una cosa? Mientras se guardaba el dinero no dejó de repetirme que procurase
deshacerme de ella.
—¿Deshacerte de ella? —intervino Herbert fingiendo escandalizarse—. Pero
¿cómo se le ocurre decir algo así justo ahora, que, gracias a esa pata, vamos a ser
ricos, famosos y felices para siempre? Yo, para empezar, deseo convertirme en
emperador. De esa manera tú, papá, como padre del emperador, podrás poner a mamá
en su sitio de una vez y evitar así que ella siga teniéndote completamente dominado.
Envuelto en sus propias carcajadas, Herbert echó a correr alrededor de la mesa
seguido de cerca por su madre, quien, escandalizada, blandía en alto una sartén capaz
de atemorizar a cualquiera.
Mr. White se sacó entonces del bolsillo la pata de mono y la examinó con
curiosidad.
—Lo cierto es que, si tuviese que pedir un deseo, no sabría qué pedir —dijo
lentamente—. Creo que ya tengo todo cuanto puedo desear.
—Podrías pedir dinero, papá. Así podrías liquidar de una vez todas tus deudas. Y
eso no te vendría nada mal, ¿verdad? —dijo Herbert rodeando a su padre con un
brazo—. ¿Por qué no pides doscientas libras? Creo que con eso será más que
suficiente.
Ligeramente avergonzado de su credulidad, Mr. White sonrió con timidez y
levantó en alto la pata de mono mientras su hijo, tras guiñarle un ojo a su madre, se
sentaba al piano con expresión solemne y comenzaba a tocar unos majestuosos
acordes.
—Deseo doscientas libras —dijo en voz alta el anciano.
Una soberbia melodía de piano envolvió aquellas palabras. Sin embargo, justo en
aquel momento Mr. White profirió un estremecedor alarido que hizo que su esposa y
su hijo se precipitasen a su lado.
—¡Se ha movido! —exclamó asustado el anciano mirando con repugnancia la
pata de mono, la cual, tras caer de su mano, yacía ahora sobre el suelo—. ¡Os aseguro
que se ha movido! ¡Mientras pedía el deseo, se retorció en mi mano como si estuviese
viva! ¡Os juro que lo que digo es cierto!
—Lo que sí es cierto es que yo no veo el dinero por ninguna parte —repuso su
hijo recogiendo del suelo el talismán y dejándolo sobre la mesa—. Y os apuesto
cualquier cosa a que nunca lo veré.
—Debe de haber sido tu imaginación, querido —dijo Mrs. White mirando a su
esposo con preocupación.

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El anciano, todavía sobresaltado, sacudió la cabeza.
—Bueno, no pensemos más en ello. No quiero que empecéis a creer que me estoy
haciendo viejo —dijo—. Seguro que ha sido una falsa impresión. Aunque, por muy
falsa que haya sido, eso no quita que me haya llevado un susto de muerte.
Los tres volvieron a tomar asiento frente al fuego y allí permanecieron un buen
rato mientras los dos hombres apuraban sus pipas. Fuera, mientras tanto, el viento,
que en aquellos momentos soplaba con mayor fuerza que nunca, comenzó a azotar en
algún lugar de la casa una puerta mal cerrada cuyos súbitos golpes hicieron que Mr.
White diese un respingo. Un silencio tan opresivo como inquietante se apoderó
entonces de los tres habitantes de la casa hasta que, finalmente, los dos ancianos
decidieron retirarse a descansar.
—Espero que cuando lleguéis a vuestro cuarto os encontréis sobre la cama una
gran bolsa llena de dinero —dijo Herbert riendo y agitando una mano en señal de
buenas noches—. Y tened mucho cuidado —añadió en tono burlón—, quién sabe si
mientras estáis ocupados llenándoos los bolsillos un horrible monstruo os acecha
desde lo alto del armario…
Una vez a solas en la sala de estar, el muchacho permaneció sentado en medio de
la oscuridad con la mirada fija en las últimas llamas que danzaban todavía en la
chimenea. Mientras sus ojos se hallaban allí clavados, tuvo la impresión de estar
viendo en el fuego extrañas formas semejantes a horribles rostros simiescos que
parecían salidos de una espantosa pesadilla. En determinado momento la impresión
llegó a ser tan real que, riendo nerviosamente, buscó a tientas sobre la mesa un poco
de agua que poder arrojar sobre las llamas. Pero, al hacerlo, tocó sin querer la pata de
mono y, con un escalofrío, retrocedió bruscamente. Luego, sin dejar de limpiarse la
mano una y otra vez en los faldones de su batín, se puso en pie y comenzó a subir
lentamente las escaleras que conducían a su habitación.

II

A la mañana siguiente, mientras desayunaba en la sala de estar, Herbert no pudo


evitar echarse a reír de los temores que le habían acosado la noche anterior. En la
estancia, inundada ahora por la hermosa claridad del sol invernal, se respiraba un aire
fresco y saludable que unas horas antes había brillado por su ausencia. En cuanto a la
pata de mono, ésta, momentáneamente olvidada, se encontraba tirada de cualquier
manera sobre el aparador. A la rotunda luz del día, su aspecto sucio y arrugado no
impulsaba precisamente a creer en las propiedades mágicas que se le atribuían.
—No sé por qué será, pero a mí me da la impresión de que todos los soldados son
iguales. A todos les gusta creer en paparruchas —dijo Mrs. White—. ¡Y pensar que
anoche estuvimos a punto de tragarnos semejante sarta de tonterías! ¿Cómo puede
uno llegar a creer que los deseos se conceden así como así? Y aunque así fuese, ¿qué
daño podrían hacernos doscientas libras?

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—¿Quién sabe? A lo mejor, si cayesen del cielo y nos diesen de lleno en la
cabeza… —dijo Herbert echándose a reír.
—Morris me dijo que cuando un deseo resulta concedido todo ocurre de la forma
más natural —intervino Mr. White—, de tal manera que uno no puede evitar pensar
que se trata de una simple coincidencia.
—Bueno, si así fuese, prométeme una cosa, papá: que no tocarás las doscientas
libras hasta que yo vuelva del trabajo —dijo Herbert poniéndose en pie—. Mucho me
temo que, de no hacerlo así, te convertirías en un avaro y no querrías separarte nunca
del dinero. Y mamá y yo nos veríamos obligados a quitártelo por la fuerza.
Mrs. White se echó a reír hasta que se le saltaron las lágrimas. Luego, poniéndose
también en pie, acompañó a Herbert hasta la puerta, se despidió de él y permaneció
unos segundos en el umbral contemplando cómo su hijo se alejaba por el camino.
Seguidamente, riéndose todavía de la credulidad de su marido, regresó a la mesa. No
obstante, a pesar de todas sus risas y burlas, no pudo evitar salir corriendo hacia la
puerta cuando el cartero llamó aquella mañana a la puerta, ni hacer un despectivo
comentario sobre lo que ella llamó «esos dichosos soldados aficionados a la bebida»
cuando vio que el correo de aquel día consistía en una factura del sastre en vez de en
un cheque por valor de doscientas libras.
—Estoy deseando oír lo que dirá Herbert cuando vuelva a casa y vea esa factura
—dijo mientras ella y su marido se sentaban a comer—. Sólo de imaginármelo ya me
estoy riendo.
—Y yo —convino Mr. White sirviéndose un buen vaso de cerveza—. Aunque, de
todas formas, digáis lo que digáis, anoche esa cosa se movió en mi mano. Te juro que
lo hizo.
—Simplemente te daría esa impresión, querido —dijo su esposa con tacto.
—Si yo digo que se movió es que se movió —repuso el otro—. No estoy
hablando de impresiones, sino de hechos. Yo acababa de pedir aquel deseo cuando,
de repente… Pero bueno, ¿qué es lo que pasa?
Mrs. White no respondió. Se hallaba demasiado ocupada siguiendo con la mirada
los misteriosos movimientos de un hombre que, de pie frente a la entrada del jardín,
no dejaba de mirar con aspecto indeciso hacia la casa como si estuviese pensando si
debía o no llamar a la puerta. Sin poder evitarlo, asoció mentalmente a aquel extraño
con las doscientas libras y reparó entonces en que el sujeto en cuestión no sólo iba
muy bien vestido, sino que además llevaba puesto un magnífico y reluciente
sombrero que debía de haberle costado una fortuna. Mientras deambulaba frente a la
casa, aquel personaje se paró hasta tres veces ante la verja, como dispuesto a entrar,
pero otras tantas veces se echó atrás y continuó paseando. Finalmente, al cuarto
intento, asió con fuerza la puerta del jardín, la abrió resueltamente de un empujón y
echó a andar con paso firme y decidido por el sendero que conducía a la puerta de la
casa. Mrs. White, poniéndose en pie al ver cómo el hombre se acercaba, se quitó

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apresuradamente el delantal, lo escondió bajo el cojín de una silla y acudió a recibir
al extraño.
Tras abrir la puerta de un tirón, Mrs. White hizo pasar al recién llegado hasta la
sala de estar. Éste, visiblemente incómodo, la miró de soslayo y la escuchó con
expresión preocupada mientras la anciana le pedía disculpas por el desorden que
reinaba en la casa y por las ropas tan sucias que llevaba puestas su marido, pues,
según explicó, eran las que Mr. White solía ponerse cuando se disponía a trabajar en
el jardín. A continuación guardó silencio y, con toda la paciencia de la que una mujer
es capaz, esperó a que aquel hombre explicase el motivo que le había llevado hasta
allí.
—Yo… Verán ustedes, yo… Me han pedido que viniera a verles —dijo por fin,
tras un extraño silencio, bajando la vista y dejándola clavada en algún lugar del suelo
—. Vengo de parte de la firma Maw & Meggins.
La anciana dio un respingo.
—¿Hay algún problema? —preguntó sin aliento—. ¿Le ha ocurrido algo a
Herbert? ¡Conteste, por lo que más quiera! ¿Le ha ocurrido algo a mi hijo?
Su marido intervino.
—Tranquilízate, querida. No te alteres —se apresuró a decir con voz suave—.
Siéntate aquí y no saques conclusiones precipitadas. Y ahora, caballero —anadió
volviéndose hacia el recién llegado con una mirada cargada de ansiedad—, díganos lo
que ha venido a decirnos. Estoy seguro de que no se trata de malas noticias, ¿verdad?
—Lo siento mucho, caballero, pero… —comenzó a decir el hombre.
—¿Le ha pasado algo a mi hijo? —preguntó la anciana sin poder contenerse por
más tiempo.
El visitante asintió con la cabeza.
—Así es, señora. Su hijo se encuentra gravemente herido —dijo en voz baja—.
Pero al menos ya no sufre.
—¡Gracias a Dios! —exclamó la anciana retorciéndose las manos con fuerza—.
¡Gracias a Dios! ¡Gracias a…!
La mujer guardó silencio de repente cuando cayó en la cuenta del verdadero
significado que encerraban las últimas palabras pronunciadas por aquel hombre.
Luego, cuando al ver el rostro sombrío y crispado de éste sus más horribles temores
se vieron definitivamente confirmados, se quedó sin aliento y, mirando con
desesperación a su marido, que todavía no parecía haber comprendido del todo lo que
sucedía, puso su mano temblorosa en la de él y se la apretó con fuerza. Se produjo
entonces un silencio sepulcral.
—Al parecer, su hijo quedó atrapado entre los engranajes de una de las máquinas
—añadió finalmente el visitante con voz apenas audible.
—Atrapado entre los engranajes —repitió Mr. White, aturdido—. Dios mío…
El anciano se dejó caer pesadamente en una silla y se puso a mirar por la ventana
sin ver nada en particular. Luego, con una dulzura infinita, tomó la mano de su esposa

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entre las suyas y la apretó tal y como había hecho por primera vez cuarenta años
atrás, cuando los dos no eran más que una joven pareja de novios.
—Herbert era lo único que teníamos en este mundo —dijo volviéndose
ligeramente hacia el visitante—. No tiene usted idea de lo duro que resulta perderle.
El hombre, incómodo, carraspeó y, poniéndose en pie, se acercó lentamente a la
ventana.
—La empresa me ha pedido que les comunique su más sincero pésame ante tan
dolorosa pérdida —dijo sin apenas levantar la mirada—. Espero que comprendan que
yo no soy más que un simple empleado y que me limito a obedecer las órdenes que
me han transmitido.
No hubo respuesta. A la anciana, mortalmente pálida y con la mirada
completamente perdida, apenas se la oía respirar. Su marido, mientras tanto, seguía
mirando en silencio por la ventana.
—También me han encargado decirles que Maw & Meggins niegan cualquier tipo
de responsabilidad en lo ocurrido —continuó diciendo el hombre—. No obstante, en
consideración a los servicios prestados por su hijo a lo largo de los últimos años, la
empresa desea hacerles entrega de cierta cantidad de dinero a manera de
compensación.
Al oír aquello, Mr. White soltó la mano de su esposa y, poniéndose en pie cuan
alto era, miró a aquel hombre con expresión horrorizada. Lentamente, sus labios
resecos se abrieron para preguntar:
—¿A cuánto… a cuánto asciende esa cantidad?
—A doscientas libras, caballero —fue la respuesta.
Ajeno totalmente al grito de su esposa, el anciano, tras esbozar una amarga
sonrisa, extendió las manos ante sí como un ciego que intentase caminar sin ayuda de
su bastón y a continuación se desplomó sin sentido sobre el suelo.

III

Al día siguiente los dos ancianos enterraron a su difunto hijo en el cementerio nuevo
del pueblo y a continuación, una vez concluida la ceremonia, recorrieron a pie las dos
millas que les separaban de su casa, aquella casa que ahora se había quedado sumida
en las sombras y el silencio. Todo había ocurrido tan deprisa que al principio les
costó asimilar lo que realmente había sucedido, y durante algunos días permanecieron
en vilo, como a la espera de alguna otra cosa que aún estuviese por ocurrir. Algo que,
sin lugar a dudas, les ayudaría a llevar mejor aquella carga que tan pesada resultaba
para sus fatigados corazones.
Pero conforme los días fueron pasando la esperanza fue convirtiéndose poco a
poco en esa incurable resignación que, cuando se apodera de los ancianos, suele
recibir erróneamente el nombre de apatía. Incluso había días en los que marido y
mujer apenas intercambiaban una sola palabra pues, ahora que su hijo ya no estaba

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con ellos, no tenían nada de que hablar. Poco a poco, un profundo hastío comenzó a
consumirles por dentro.
Cierta noche, aproximadamente una semana después del funeral, Mr. White, tras
despertarse de manera brusca, descubrió que se encontraba solo en la cama. A su
alrededor, la habitación se hallaba sumida en la más completa oscuridad. No obstante,
al cabo de unos segundos pudo oír con claridad, procedente de la ventana, el llanto
contenido de su mujer. Tras tomar una profunda bocanada de aire, el anciano se
incorporó y se quedó sentado sobre el lecho.
—Vuelve a la cama, querida —dijo con toda la ternura de que fue capaz—. Hace
mucho frío.
—Más frío hace donde está mi hijo ahora —respondió la anciana dando rienda
suelta a sus lágrimas.
Los sollozos de su esposa fueron apagándose poco a poco en sus oídos mientras
él, echándose de nuevo sobre el cálido lecho, cerraba los ojos y se hundía lentamente
en el sueño. Así permaneció durante un buen rato hasta que, de repente, los gritos de
su mujer lo despertaron bruscamente.
—¡La pata de mono! —gritaba la anciana, fuera de sí—. ¡Claro que sí, Dios mío,
claro que sí! ¡La pata de mono!
El marido se incorporó en la cama con un respingo.
—¿Qué ocurre, querida? ¿Qué le pasa a la pata de mono?
La anciana se acercó a él corriendo.
—¿Dónde está? —le dijo, algo más calmada, a su marido—. No te habrás
deshecho de ella, ¿verdad?
—No. Está abajo, en la sala de estar, sobre la repisa de la chimenea —respondió
Mr. White, todavía un tanto aturdido—. Pero ¿por qué lo preguntas? ¿Qué es lo que
ocurre, querida?
Ella se echó a llorar y a reír al mismo tiempo e, inclinándose hacia delante, besó a
su marido en la mejilla.
—Se me acaba de ocurrir una idea —respondió, histérica—. ¿Cómo no habré
pensado antes en ello? ¿Y cómo es que no se te ha ocurrido a ti tampoco?
—¿Ocurrírseme? ¿El qué? —preguntó él.
—Los dos deseos que aún faltan por pedir —se apresuró a contestar su mujer—.
Sólo hemos pedido uno.
—¿Y qué? ¿Es que acaso no has tenido suficiente? —repuso él con aspereza.
—¡No! —exclamó triunfalmente su mujer—. Pediremos otro deseo. Ve a por la
pata de mono, cógela y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
Como impulsado por un resorte, el anciano se sentó en la cama y, tras arrojar a un
lado las mantas, se llevó las manos a la cabeza.
—¡Dios mío! Pero, ¿qué estás diciendo? ¿Es que te has vuelto loca? —exclamó
horrorizado.

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—Ve ahora mismo a por esa pata —dijo la anciana, casi sin aliento—. Ve a por
ella, cógela y pide ese deseo… ¡Oh, Dios mío! Mi niño, mi pequeño…
El anciano cogió una cerilla, la prendió y encendió con ella una vela.
—Vuelve a la cama —dijo con voz insegura—. No sabes lo que estás diciendo.
—Si el primer deseo nos fue concedido, ¿por qué no va a suceder lo mismo con el
segundo? —replicó su esposa con mirada febril.
—Nadie nos ha concedido ningún deseo —balbuceó el anciano—. Aquello no fue
más que una desafortunada coincidencia.
—¡Ve abajo, coge esa pata y pide el deseo! —gritó su mujer temblando de
excitación.
El anciano se volvió hacia ella y la miró fijamente. Cuando habló, lo hizo con voz
temblorosa.
—Herbert lleva muerto diez días, querida. Además… no debería decirte esto,
pero… cuando sacaron su cuerpo de la máquina en que quedó atrapado, sólo fui
capaz de reconocerlo gracias a sus ropas. Si en aquel momento verlo hubiera sido una
experiencia demasiado terrible para ti, imagínate ahora.
—¿Y qué importancia tiene eso? Lo único que quiero es que mi hijo vuelva a casa
—gritó la mujer empujando a su marido hacia la puerta—. ¿Es que acaso crees que le
tengo miedo al hijo que yo misma he criado?
Incapaz de seguir oponiendo resistencia por más tiempo, el anciano salió de la
habitación, bajó a oscuras las escaleras, entró a tientas en la sala de estar y, una vez
allí, llegó junto a la repisa de la chimenea, donde la pata de mono parecía estar
esperándole. Nada más cogerla, le asaltó la terrible idea de que quizás aquel deseo
demencial acabase realmente trayendo a casa el cuerpo destrozado de su hijo antes de
que él tuviese tiempo de escapar. Aquel pensamiento le impactó tanto que durante
unos segundos se quedó completamente paralizado de terror y, respirando con
dificultad, perdió el sentido de la orientación y se sintió súbitamente desamparado en
la oscuridad. Con la frente bañada en sudor, y con aquella inmunda pata momificada
fuertemente cogida en una mano, se abrió camino a trompicones hasta la mesa y,
desde allí, fue avanzando a tientas a lo largo de la pared hasta que se encontró
nuevamente en el pasillo que desembocaba en las escaleras.
Cuando por fin llegó a su habitación, incluso el rostro de su esposa le pareció
diferente. No sólo se hallaba mortalmente pálido debido a la excitación y el insomnio,
sino que además parecía dominado por una extraña y enigmática expresión. Con un
repentino e inmenso dolor, el anciano se dio cuenta de que tenía miedo de su mujer.
—Muy bien. ¡Ahora pide ese deseo! —le espetó la anciana en voz alta.
—Todo esto no tiene ningún sentido, querida —balbuceó él.
—¡Te he dicho que pidas ese deseo! —repitió ella.
Lentamente, el anciano levantó en alto la pata de mono y dijo: —Quiero que mi
hijo vuelva a la vida.

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El talismán cayó entonces al suelo con un suave golpe. El anciano, incapaz de
articular una sola palabra más, clavó en él una mirada cargada de terror y a
continuación, temblando de pies a cabeza, se desplomó pesadamente en una silla. Su
esposa, mientras tanto, se acercó a la ventana con la mirada encendida y levantó la
persiana de un enérgico tirón.
Dirigiendo alguna que otra ocasional mirada a aquella arrebatada figura que
esperaba ansiosa junto a la ventana, Mr. White permaneció sentado hasta que su
cuerpo comenzó a entumecerse de frío. La vela, reducida a una pequeña lengua de
fuego que asomaba tímidamente por el borde del candelabro, comenzó a proyectar
temblorosas sombras sobre las paredes y el techo de la estancia hasta que, finalmente,
con un último estremecimiento más pronunciado que los anteriores, se extinguió.
Entonces el anciano, sintiendo un alivio indescriptible al ver que el talismán no
parecía surtir efecto alguno, se levantó y se introdujo silenciosamente en la cama.
Uno o dos minutos más tarde, su esposa, dándose definitivamente por vencida, se
separó de la ventana, cruzó la habitación, y se tumbó junto a él sin hacer ruido.
Ninguno de los dos dijo una sola palabra. En vez de eso, se limitaron a
permanecer tumbados, en silencio, escuchando atentamente el tic-tac del reloj, el
crujir de las escaleras y el ocasional correteo de algún que otro ratón en algún oculto
rincón de la casa. La oscuridad resultaba tan asfixiante que, al cabo de un buen rato,
el anciano, incapaz de seguir soportándola por más tiempo, reunió todo el valor que
fue capaz de encontrar y, tras coger de la mesilla de noche una caja de cerillas,
encendió una de éstas y salió de la habitación para ir en busca de una vela.
Cuando llegó al pie de las escaleras, la cerilla se apagó de repente y tuvo que
detenerse para encender otra. Pero, justo en aquel preciso instante, un golpe, tan leve
y suave que al principio el anciano tuvo dudas de haberlo oído, sonó en la puerta de
la casa.
Mr. White sintió cómo la caja de cerillas, aún abierta, se le escapaba de la mano y
cómo los fósforos se desparramaban a sus pies sobre el suelo del pasillo. Permaneció
inmóvil, conteniendo la respiración hasta que el golpe volvió a dejarse oír. Entonces,
reaccionando súbitamente, dio media vuelta, regresó corriendo a su habitación y, con
manos temblorosas, cerró la puerta a sus espaldas. Un tercer golpe resonó entonces
por toda la casa.
—¿Qué ha sido eso? —exclamó su esposa despertándose de repente.
—Una rata, querida —respondió el anciano con voz temblorosa—. Me pasó por
entre las piernas mientras bajaba las escaleras.
Su esposa se sentó en la cama escuchando atentamente. Un nuevo golpe, esta vez
más poderoso que los anteriores, retumbó por todas partes.
—¡Es Herbert! —gritó—. ¡Oh, Dios mío! ¡Es Herbert!
Como impulsada por un resorte, la anciana se levantó de la cama y echó a correr
hacia la puerta, Pero entonces su marido, reaccionando con rapidez, se plantó frente a
ella y la agarró fuertemente del brazo.

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—¿Qué es lo que vas a hacer? —le dijo en un ronco susurro.
—Dejar a mi hijo entrar en casa. ¿Es que no re das cuenta de que es Herbert quien
llama? —gritó la mujer forcejeando por soltarse—. Con los nervios, me olvidé de que
el cementerio se encuentra a dos millas de aquí y de que recorrerlas lleva algún
tiempo. Y ahora, suéltame. ¿Por qué me retienes? ¡Suéltame, te digo! Tengo que abrir
esa puerta.
—Por el amor de Dios, no le dejes entrar —suplicó el anciano temblando de pies
a cabeza.
—¿Qué te ocurre? ¿Es que acaso tienes miedo de tu propio hijo? —replicó su
esposa sin dejar de forcejear—. Suéltame de una vez. ¡Ya voy, Herbert! ¡Ya voy, hijo
mío!
Marido y mujer forcejearon todavía durante unos instantes mientras los golpes,
cada vez más insistentes, seguían resonando sobre la puerta de la casa. Finalmente, la
anciana, liberándose de un tirón, dio media vuelta y salió corriendo de la estancia. Su
marido, echando a correr tras ella, la siguió hasta el rellano de las escaleras, pero una
vez allí, incapaz de alcanzarla, se detuvo y la llamó a gritos mientras ella bajaba
apresuradamente al piso inferior. Poco después se oyó el ruido de la cadena de la
puerta al ser quitada y el de uno de los cerrojos al ser descorrido. Y, justo a
continuación, la voz forzada y jadeante de la anciana que gritaba:
—¡El cerrojo de arriba! ¡No puedo alcanzarlo! ¡Está demasiado alto para mí!
¡Ven a ayudarme!
Pero su marido, en vez de acudir en su ayuda, dio media vuelta, entró de nuevo en
el dormitorio y, poniéndose a gatas, comenzó a rastrear el suelo corno un loco en
busca de la pata de mono. Si tan sólo pudiese encontrarla antes de que su mujer le
abriese la puerta a aquella cosa…
Mientras una verdadera andanada de golpes hacía temblar toda la casa, oyó cómo
su esposa arrastraba una silla hasta el vestíbulo y la ponía contra la puerta. Unos
segundos más tarde, justo en el momento en que oía cómo aquel último cerrojo era
descorrido con un leve chirrido, encontró lo que buscaba. Sin perder un solo instante,
levantó ante sí la pata de mono y pronunció horrorizado su tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de repente y de ellos sólo quedó un eco que recorrió toda la
casa hasta extinguirse. Con el corazón en un puño, el anciano oyó cómo su esposa
apartaba a un lado la silla y abría acto seguido la puerta.
Una fría ráfaga de viento atravesó el umbral y se deslizó velozmente escaleras
arriba. A continuación, un largo y desesperado lamento de la anciana recorrió la casa
de un extremo a otro. Nada más oírlo, su esposo, haciendo acopio de valor, bajó
corriendo las escaleras, pasó junto a ella y salió al exterior. Allí, a la frágil luz de una
farola situada al otro lado de la calle, el camino se hallaba desierto y tranquilo.

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Howard Phillips Lovecraft

Cuando en 1985 se estrenó Re-Animator, de Stuart Gordon, una producción


independiente de horror, gore y humor negro que pese a la desconfianza inicial de su
distribuidor, el mito del terror ochentero Charles Band, había sido bien recibida en
varios festivales y acogida con sorprendente entusiasmo por vacas sagradas de la
crítica cinematográfica como Pauline Kael o Roger Eber, buena parte de los fans de
H.P. Lovecraft, el mayor renovador del género de terror desde Poe y fundador del
Horror Cósmico, se echaron las manos a la cabeza, considerando que aquello era lo
menos lovecraftiano del mundo y un insulto a la memoria del Solitario de
Providence. Por supuesto, casi ninguno había leído entonces el relato original que
aquí ofrecemos de nuevo, y ya que la película de Gordon, con su ingeniosa, esperable
y deseable puesta al día, se mantenía enormemente fiel un espíritu y hasta en la letra.
Porque, de hecho, “Herbert West, reanimador” es un cuento relativamente atípico de
su autor, ajeno al Corpus de los Mitos de Cthulhu (si bien es la primera vez que
aparece citada la Universidad de Miskatonic), pero también absolutamente
sangriento, divertido y paródico.
En efecto, publicado originalmente en la revista de aficionados Home Brew
dividido en seis episodios, entre febrero y julio de 1922, lo que explica su estructura
de puro serial donde cada aventura termina en clifhanger y comienza con un breve
resumen de los sucesos anteriores, y por cada uno de los cuales cobró Lovecraft cinco
dólares, “Herbert West, reanimador” es básicamente una parodia del Frankenstein
Mary Shelley, que lleva las ideas y el personaje del científico loco del clásico gótico
y filosófico de la célebre escritora, hasta los extremos más ridículos, grotescos y
truculentos, consiguiendo, prácticamente de forma involuntaria, una pieza de humor
negro modernista, adelantada a su tiempo, pero que, por supuesto, al propio autor
nunca llegó a gustarle del todo y que muchos expertos, como S. T. Joshi, consideran
entre lo peor de su producción. Sin embargo, esa naturaleza alimenticia netamente
pulp, despreocupadamente morbosa y granguiñolesca, es la que supo ver y entender a
la perfección Gordon, que en un momento del género moderno en el que la comedia
splatter se abría paso con títulos pioneros como Un hombre lobo americano en
Londres (An American Werewolf in London. John Landis, 1981), El Vengador Tóxico
(The Toxic Avenger. Michael Herz, Lloyd Kaufman, 1984), Noche de miedo (Fright
Night. Tom Holland, 1985) o El regreso de los muertos vivientes (The Return of the
Living Dead. Dan O’Bannon, 1985), la elevó a cotas inéditas de gore frenético,
humor negro literalmente visceral y erotismo camp, que no sólo seguirían
aumentando en las siguientes secuelas del filme, dirigidas ya por Brian Yuzna, la
excelente La novia de Re-Animator (Bride of Re-Animator, 1989) y la aceptable
Beyond Re-Animator (2003) —esta última una coproducción española, por cierto—,

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sino que abriría además territorio salvaje para una verdadera oleada splattstick
ejemplificada por directores como Sam Raimi, Peter Jackson, Jackie Kong, Fred
Dekker, Ted Nicolau —el de TerrorVision (1986), por cierto—, Frank Henenlotter y
otros, hasta llegar a los mismísimos Robert Rodríguez, Quentin Tarantino, James
Gunn o Edgar Wright.
Por poco que le gustara en su día al propio HPL y menos que les guste a algunos
de sus fans, “Herbert West, reanimador”, que tras ser reimpreso por Weird Tales en su
número de marzo de 1942 caería prácticamente en el olvido hasta ser rescatado por la
pantalla, era y sigue siendo un relato sorprendentemente actual gracias a su descarada
iconoclastia paródica, exceso de alegre truculencia y zombis violentos y caníbales
adelantados a su tiempo, y de hecho su herencia sangrienta, pura exploitation, estalló
en los años 80 en una alegre orgía de sangre y tripas, cabezas cortadas, muertos
vivientes y chicas desnudas gracias al clásico moderno de Stuart Gordon, que
consagraría de paso un nuevo icono del cine de horror: el incombustible y obsesivo
Dr. Herbert West, encarnado con soberbia propiedad por un inolvidable Jeffrey
Combs. Por no hablar de Barbara Crampton, hoy totalmente recuperada para el terror
del siglo XXI. Añadir como curiosidad que el director independiente italiano Ivan
Zuccon, fanático de Lovecraft, realizó una nueva adaptación del relato en 2017,
bastante más alejada del original que la de Gordon aunque no menos sangrienta.
Corno no podía ser de otra manera, “Herbert West, reanimador”, sigue vivo.

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HERBERT WEST, REANIMADOR[1]

I. DESDE LA OSCURIDAD

De Herbert West, que fue mi amigo en la universidad y posteriormente, no puedo


hablar sino con extremo terror. Terror que no se debe completamente a la siniestra
manera en la que desapareció recientemente, sino que fue engendrado por la
naturaleza intrínseca de su trabajo en vida, y que adquirió por primera vez su
posterior gravedad hará más de diecisiete años, cuando estábamos en el tercer curso
de carrera en la Facultad de Medicina de la Universidad de Miskatonic, en Arkham.
Mientras coincidió conmigo, lo prodigioso y diabólico de sus experimentos me
mantuvieron totalmente fascinado, y me convertí en su más íntimo compañero. Ahora
que ya no existe y el embrujo se ha roto, mi miedo es aún mayor. Los recuerdos y las
posibilidades siempre resultan más terroríficos que la propia realidad.
El primer incidente espantoso durante nuestra amistad supuso la mayor impresión
que jamás había experimentado hasta entonces, y me resulta muy difícil tenerlo que
relatar. Como ya he anotado, sucedió mientras nos encontrábamos en la Facultad de
Medicina, donde West había adquirido fama a causa de sus absurdas teorías sobre la
naturaleza de la muerte y la posibilidad de vencerla con medios artificiales. Sus
puntos de vista, que eran ampliamente ridiculizados por el profesorado y los
compañeros de estudios, giraban en torno a la naturaleza esencialmente materialista
de la vida, y a los procedimientos para influir un la maquinaria orgánica del ser
humano mediante una calculada acción química que entraría en liza tras el fallo de
los procesos naturales. Durante sus experimentos con varias criaturas vivientes había
matado y ensayado con un número ingente de conejos, cobayas, gatos, perros y
monos, llegando a convenirse en el personaje más molesto de la Facultad. En varias
ocasiones había conseguido obtener signos de vida en animales supuestamente
muertos —generalmente, violentos signos de vida—, pero pronto se dio cuenta de
que la perfección de su método, de ser efectivamente posible, le requeriría sin género
de dudas la dedicación de toda una vida a sus investigaciones. Del mismo modo, vio
con total claridad que, puesto que una misma solución no actuaba de igual manera
aplicada a distintas especies orgánicas, necesitaría ejemplares humanos para
conseguir resultados futuros y progresos más especializados. Fue entonces cuando
entró por primera vez en conflicto con las autoridades académicas, y le fue prohibido
llevar a cabo sus experimentos por el mismísimo decano de la Facultad de Medicina,
el letrado y bondadoso doctor Allan Halsey, cuyo trabajo en pro de los enfermos es
recordado por todos los antiguos vecinos de Arkham.
Siempre he sido excepcionalmente tolerante con las investigaciones de West, y
con frecuencia ambos discutíamos acerca de sus teorías, cuyas ramificaciones y
corolarios eran casi infinitos. Sosteniendo, al igual que Haeckel, que toda clase de

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vida se basa en procesos químicos y físicos, y que la llamada «alma» es tan solo un
mito, mi amigo creía que la reanimación artificial de la muerte podía depender
meramente del estado de los tejidos; y que, a menos que la descomposición ya
hubiese empezado a actuar, cualquier cuerpo completamente dotado de órganos era
susceptible, gracias al tratamiento adecuado, de recuperar ese peculiar estado llamado
vida. West afirmaba sin ningún género de dudas que la vida física e intelectual podría
ser dañada por el más leve deterioro de las células sensitivas del cerebro, aun cuando
este fuera afectado durante un breve periodo de muerte. Al comienzo, sus esperanzas
se centraban en encontrar un reactivo capaz de restituir la vitalidad antes de que se
produjera la verdadera muerte, y solo sus repetidos fracasos en los experimentos con
animales le habían convencido de que los condicionantes artificiales y naturales
resultaban incompatibles. Entonces se procuró ejemplares extremadamente recientes
y les inyectó sus preparados en la sangre inmediatamente después de la extinción de
la vida. Este hecho hizo que los profesores se mostraran tremendamente escépticos,
pues pensaban que en ningún momento se había producido una muerte real. No se
pararon a considerar los hechos de una manera más rigurosa y razonable.
No mucho después de que los académicos le prohibiesen seguir adelante con su
trabajo, West me confesó su propósito de hacerse con ejemplares frescos de una
manera u otra, y de continuar en secreto con sus experimentos, ya que no podía
hacerlo abiertamente. Escuchar sus juicios y planes para conseguirlos resultaba
espantoso, ya que en la Facultad jamás nos habíamos visto obligados a procurarnos
nuestros propios ejemplares para las prácticas de anatomía. Cuando el depósito de
cadáveres se hallaba agotado, dos negros de la vecindad se encargaban del asunto, y
jamás se les hacía ninguna clase de preguntas. West era por entonces un joven
delgado y menudo, con gafas, facciones delicadas, pelo rubio, ojos azul pálido y voz
suave, y resultaba grotesco oírle hablar de las buenas perspectivas del Cementerio
Cristiano y de la fosa común. Finalmente nos decidimos por esta última, ya que
prácticamente todos los cuerpos enterrados en el Cementerio Cristiano estaban
embalsamados; lo cual, evidentemente, era perjudicial para las aspiraciones de West.
Por aquel entonces yo era su activo y ferviente auxiliar, y le ayudaba en todas sus
componendas, no solo en las que tenían que ver con el abastecimiento de cadáveres,
sino también en las concernientes al lugar adecuado para nuestros repugnantes
planes. Fue a mí a quien se le ocurrió pensar en la granja deshabitada de Chapman, al
otro lado de Meadow Hill, donde habilitamos una estancia en la planta baja como sala
de operaciones y otra como laboratorio, ambas ocultas tras gruesos cortinones, a fin
de que nuestras actividades nocturnas pasaran inadvertidas. El lugar estaba alejado de
cualquier vía de paso, y no había casas vecinas a la vista; sin embargo, debíamos
extremar las precauciones, ya que los rumores sobre extrañas luces, que podrían ser
descubiertas por algún merodeador nocturno, resultarían desastrosos para nuestra
empresa. Nos habíamos puesto de acuerdo para decir que el habitáculo era un simple
laboratorio químico si llegábamos a ser descubiertos.

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Poco a poco fuimos equipando nuestra infausta guarida científica con materiales
adquiridos en Boston o robados inadvertidamente de la Facultad —materiales
cuidadosamente camuflados de manera que resultaran irreconocibles, salvo para un
ojo experto—, y también nos hicimos con picos y palas para los numerosos
enterramientos que nos veríamos obligados a llevar a cabo en el sótano. En la
Facultad utilizábamos un incinerador, pero ese aparato resultaba demasiado costoso
para un laboratorio clandestino corno el nuestro. Los cuerpos siempre eran un
engorro… incluso los diminutos cadáveres de cobaya de los experimentos secretos
que West llevaba a cabo en el cuarto de la pensión donde residía.
Acechábamos las noticias locales sobre defunciones como vampiros, ya que
nuestros especímenes requerían determinadas cualidades. Lo que queríamos eran
cuerpos enterrados poco después del fallecimiento y sin ningún tipo de preservación
artificial; preferiblemente libres de malformaciones morbosas y, por supuesto, con
todos sus órganos presentes. Las víctimas de accidentes eran nuestra mayor
esperanza. Durante muchas semanas no conseguimos ningún ejemplar adecuado,
aunque hablábamos con las autoridades del depósito y del hospital, fingiendo
representar los intereses de la Facultad, con tanta frecuencia como nos podíamos
permitir sin llegar a despertar sospechas. Advertimos que la Universidad siempre
tenía preferencia, de manera que seguramente no nos quedaría más remedio que
permanecer en Arkham durante las vacaciones, en las que tan solo se impartían unos
cuantos cursillos de verano. Sin embargo, al final nos sonrió la suerte, ya que un día
nos enteramos de un sujeto casi ideal que iban a enterrar en la fosa común: un
musculoso y joven obrero que se acababa de ahogar el día anterior en Sumner’s Pond,
y al cual se había dado sepultura sin dilación ni embalsamar por cuenta del erario
público. Aquella tarde descubrimos la tumba reciente, y decidimos empezar el trabajo
justo después de la medianoche.
Fue una tarea repugnante la que acometimos en las oscuras horas de la
madrugada, a pesar de que en aquella época aún carecíamos de ese pavor
característico a los cementerios que despertó con experiencias posteriores. Íbamos
provistos de palas y lámparas de petróleo, pues aunque por entonces ya existían las
linternas eléctricas, no resultaban tan satisfactorias como esos artilugios de tungsteno
de hoy en día. El proceso de exhumación fue lento y sórdido —podría haber resultado
grotescamente poético si hubiéramos sido artistas en vez de científicos—, y nos
alegramos mucho cuando nuestras palas chocaron con la madera. Cuando la caja de
pino fue completamente despejada, West se deslizó al fondo y quitó la tapa, sacando
el contenido y dejándolo apoyado. Me incliné, lo agarré y entre ambos lo sacamos de
la fosa; luego nos afanamos para dejarlo todo tal cual estaba en un principio. El
asunto nos había puesto bastante nerviosos; sobre rodo el cuerpo rígido y la cara
inexpresiva de nuestro primer trofeo, pero nos las arreglamos bien para borrar todas
las huellas de nuestra visita. Cuando aplanamos la última paletada de tierra, metimos

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el espécimen en un saco de lona y emprendimos el regreso hacia la casa del viejo
Chapman, al otro lado de Meadow Hill.
Sobre la improvisada mesa de disección de la vieja granja, bajo la luz de una
potente lámpara de acetileno, el ejemplar no ofrecía un aspecto demasiado espectral.
Se había tratado de un joven musculoso y, al parecer, poco imaginativo, de clase
plebeya y saludable —constitución ancha, ojos grises y cabellos oscuros—; un
animal sano, sin complicaciones psicológicas, y seguramente con unos procesos
vitales de lo más simples y saludables. Con los ojos cerrados parecía más bien estar
dormido que muerto, pero las pruebas expertas a las que le sometió mi amigo pronto
disiparon toda duda al respecto. Por fin habíamos conseguido lo que West siempre
había anhelado: un cuerpo ideal y listo para ser sometido a la solución preparada de
acuerdo a los cálculos y teorías más minuciosos para su uso en un organismo
humano. Estábamos muy nerviosos. Sabíamos que apenas existían posibilidades de
lograr un éxito completo, y nos resultaba imposible dejar de sentir un miedo
horroroso a los grotescos efectos de una reanimación parcial. Nos sentíamos
especialmente temerosos con las secuelas mentales e impulsivas de la criatura, ya que
podría haber sufrido algún tipo de deterioro en las delicadas células cerebrales justo
después de producirse la muerte. Por lo que a mí respecta, aún conservaba ciertas
ideas curiosas acerca del concepto tradicional del «alma» humana, y sentía algo de
temor ante los secretos que podría atesorar alguien que ha regresado del más allá. Me
preguntaba que visiones podría haber contemplado este plácido joven en las esferas
inaccesibles, y lo que nos contaría si recuperaba plenamente la vida. Pero mi
curiosidad no era excesiva, ya que compartía casi en su totalidad el materialismo de
mi amigo. Se mostró más tranquilo que yo mientras inyectaba una buena dosis de su
fluido en una de las venas del brazo del cadáver, y también después de vendar el
pinchazo sin dilación.
La espera fue tétrica, pero West jamás perdió el control. Con frecuencia aplicaba
su estetoscopio al espécimen, y soportaba con filosofía los resultados negativos. Al
cabo de unos tres cuartos de hora, en los que no hubo ninguna señal de vida, declaró
decepcionado que la solución era inadecuada; pero decidió aprovechar al máximo
esta oportunidad e intentar una modificación en la fórmula antes de deshacerse de su
macabro trofeo. Aquella tarde habíamos cavado una fosa en el sótano, y debíamos
llenarla antes de la aurora; ya que, a pesar de haber puesto un candado en la puerta,
no deseábamos correr ni el más mínimo riesgo de que se produjera un grotesco
descubrimiento. Además, el cuerpo ya no estaría lo suficientemente fresco para la
noche siguiente. De manera que llevamos la solitaria lámpara de acetileno a la
habitación contigua, dejamos a nuestro silencioso huésped a oscuras sobre la losa y
empleamos todas nuestras energías en la preparación de un nuevo fluido, en cuya
fórmula, peso y medidas West se entregó con una intensidad casi fanática.
El terrible suceso llegó de manera repentina y totalmente inesperada. Yo estaba
vertiendo algo de un tubo de ensayo a otro, y West se hallaba ocupado con la lámpara

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de alcohol, que hacía las veces de mechero Bunsen en esta edificación sin gas,
cuando de la oscura habitación contigua brotó la más atroz y demoníaca sucesión de
gritos que jamás habíamos escuchado. No habría resultado más espantoso este caos
de aullidos infernales si el abismo se hubiera abierto para dejar escapar la agonía de
los condenados, ya que en esa cacofonía inconcebible se concentraba todo el horror
supremo y la desesperación de la naturaleza animada. No podía tratarse de algo
humano —los hombres no son capaces de proferir semejante griterío—, y sin pensar
en la tarea que estábamos realizando, ni en la posibilidad de ser descubiertos, los dos
nos precipitamos por la ventana más cercana como animales heridos, derribando los
tubos de ensayo, la lámpara y los crisoles, y corriendo alocadamente bajo el abismo
estrellado de la noche rural. Creo que nosotros también gritábamos mientras
avanzábamos a trompicones en dirección a la ciudad; pero al llegar al extrarradio
adoptamos unas maneras más circunspectas… lo justo para hacernos pasar por un par
de juerguistas nocturnos que regresan a casa después de una fiesta.
No nos separamos, sino que nos las arreglamos para llegar hasta la habitación de
West, donde estuvimos hablando entre susurros, con la luz de gas encendida, hasta el
amanecer. Por entonces ya nos habíamos calmado un poco a base de repetirnos
teorías racionales y nuevos planes de investigación, de manera que pudimos dormir
durante el día, en vez de asistir a las clases. Pero esa misma tarde aparecieron dos
noticias en el periódico, sin aparente relación entre ellas, que nos quitaron por
completo el sueño. La vieja casa deshabitada de Chapman había ardido
inexplicablemente, quedando reducida a un amorfo montón de cenizas; eso pudimos
asimilarlo, ya que habíamos derribado la lámpara. La otra noticia trataba sobre el
intento de exhumación de una sepultura en la fosa común, como si alguien hubiera
estado hurgando en la tierra vanamente y sin las herramientas adecuadas. Esto nos
resultaba incomprensible, ya que habíamos allanado la tierra húmeda con sumo
cuidado.
Y durante diecisiete años, West estuvo mirando con frecuencia por encima de su
hombro, y quejándose de oír unos pasos sigilosos tras él. Ahora ha desaparecido.
II. EL DEMONIO DE LA PLACA

Jamás olvidaré aquel espantoso verano de hace dieciséis años, en el que, como un
pernicioso ifrit surgido de las moradas de Iblís, el tifus se propagó inadvertidamente
por toda Arkham. A causa de este azote satánico muchos recuerdan el año, pues el
terror más absoluto se propagó con sus alas membranosas sobre los ataúdes de los
sepulcros del Cementerio Cristiano; y sin embargo, para mí, hay un horror aún más
grande asociado a aquel tiempo: un horror que solo yo conozco, ahora que Herbert
West ha desaparecido.
West y yo estábamos ocupados en nuestras tesis del posgrado durante el curso de
verano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Miskatonic, y mi amigo
había adquirido una enorme notoriedad a causa de sus experimentos encaminados a la

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reanimación de los muertos. Tras la matanza científica de incontables animalillos, la
estrafalaria labor había sido expresamente prohibida por orden de nuestro escéptico
decano, el doctor Allan Halsey; aunque West había seguido realizando ciertas pruebas
secretas en el lúgubre cuarto de la pensión donde residía, y en una terrible e
inolvidable ocasión se había hecho con un cuerpo humano que había sustraído de la
fosa común, llevándolo a una granja deshabitada más allá de Meadow Hill.
Yo estuve a su lado en aquel detestable evento, y vi cómo inyectaba en las venas
exangües el elixir que, según su criterio, restituiría de alguna manera al cadáver sus
procesos físicos y químicos. El suceso había terminado de una manera terrible —en
un delirio de horror que, con el tiempo, llegamos a atribuir a nuestros nervios
sobreexcitados—, y West ya no había sido capaz de quitarse de encima la
enloquecedora sensación de estar maldito y ser objeto de persecución. El cadáver no
estaba lo suficientemente fresco; era obvio que, para conseguir restablecer las
adecuadas condiciones mentales, el cuerpo tenía que ser verdaderamente reciente;
además, el incendio de la vieja casa hizo que no pudiéramos enterrar los despojos.
Habría sido preferible tener la seguridad de que estaban bajo tierra.
Después de aquella experiencia, West abandonó sus investigaciones durante un
tiempo; pero poco a poco fue retornando su celo de científico nato, y de nuevo volvió
a entrar en discordia con el profesorado de la Facultad, rogándoles que le dejaran
utilizar la sala de disecciones y los especímenes humanos recientes para su trabajo,
un trabajo que él consideraba de la mayor importancia. Sin embargo, todas sus
súplicas fueron en vano, ya que la decisión del doctor Halsey fue inflexible; el resto
del profesorado apoyó sin ambages el veredicto de su superior. En la teoría radical de
la reanimación tan solo veían las extravagancias inmaduras de un joven
entusiasmado, cuya delgada figura, rubios cabellos, ojos azules con anteojos y voz
suave no dejaban entrever la fuerza sobrenatural —casi diabólica— de la fría
mentalidad que albergaba dentro. Ahora puedo verle tal y como él era por entonces…
y me estremezco. Su rostro se hizo más serio, pero no envejeció. Y ahora el
Manicomio Sefton carga con la responsabilidad, y West ha desaparecido.
West chocó desagradablemente con el doctor Halsey casi al final de nuestro
último curso de carrera, y ambos se vieron envueltos en una disputa que le
desprestigió más a él que al venerable decano en términos de cortesía. Sentía que se
le estaba negando de una forma irracional e innecesaria la realización de una labor
suprema, una labor que, sin lugar a dudas, podría realizarla por sus propios medios en
los años venideros, pero que ansiaba comenzar mientras aún pudiera disponer de las
facilidades excepcionales que le reportaba la Facultad. El hecho de que los
académicos más conservadores ignoraran los singulares resultados obtenidos en
animales, y se empeñaran en negar la posibilidad de la teoría de la reanimación,
resultaba absolutamente indignante y prácticamente incomprensible para un joven del
temperamento lógico de West. Solo una mayor madurez podría haberle ayudado a
entender las crónicas limitaciones mentales un la relación «doctor-profesor», típico

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producto de generaciones de patético puritanismo: personajes amables, concienzudos,
y a veces gentiles y amigables, pero siempre estrechos de miras, intolerantes,
esclavos de las costumbres y faltos de perspectiva.
El tiempo suele ser más caritativo para con estas personalidades incompletas
aunque de alma grande, cuyo peor defecto es, en realidad, la timidez, y que reciben
finalmente el castigo del ridículo general por sus pecados intelectuales: su
ptolemismo, su calvinismo, su antidarwinismo, su antinietzschianismo, y por toda
clase de sabbatarinanismo y demás legislaciones suntuarias. West, aún joven a pesar
de sus extraordinarios conocimientos científicos, tenía escasa paciencia con el bueno
del doctor Halsey y sus eruditos colegas, y alimentaba un rencor cada vez más
grande, parejo al deseo de demostrar la veracidad de sus teorías a aquellos engreídos
obtusos de una forma grandilocuente y dramática. Como la mayoría de los jóvenes, se
entregaba a retorcidos delirios de venganza, de triunfo y magnánima indulgencia
final.
Y entonces surgió el azote letal y sarcástico de las cavernas de pesadilla del
Tártaro. West y yo nos acabábamos de graduar cuando todo empezó, aunque
seguíamos en la Facultad, realizando un trabajo extra en los cursillos de verano; de
manera que aún estábamos en Arkham cuando estalló con demoníaca furia por toda la
ciudad. Aunque todavía no éramos médicos graduados, poseíamos nuestras
respectivas titulaciones, y se nos requirió urgentemente para incorporarnos al servicio
público debido al número creciente de afectados. La epidemia estaba fuera de control,
y el número de defunciones era demasiado alto para que las empresas de pompas
fúnebres pudieran hacerse cargo de todas. Los entierros se sucedían uno tras otro, sin
tiempo para embalsamar los cuerpos, e incluso el Cementerio Cristiano estaba repleto
de ataúdes. Este hecho no le pasó desapercibido a West, que pensaba con frecuencia
en la ironía de la situación; ¡tantos ejemplares frescos y sin poder usar ninguno para
sus prácticas! Estábamos saturados de trabajo, y la terrible tensión nerviosa y mental
sumía a mi amigo en mórbidas reflexiones.
Pero los diplomáticos enemigos de West no se hallaban menos ocupados con la
agobiante tarea. La Facultad había cerrado, y todos los doctores del departamento de
medicina estaban ayudando a vencer la plaga de tifus. En particular, el doctor Halsey
se había distinguido por su abnegación en el trabajo, dedicando todas sus enormes
habilidades, con sincera y honda energía, a los casos que los demás evitaban por el
peligro que representaban o por estar fuera de toda esperanza. Antes de terminar el
primer mes, el valeroso decano se había convertido en un héroe popular, aunque él
parecía no ser consciente de su notoriedad, y luchaba para evitar su propio
desmoronamiento físico y mental. West no podía dejar de admirar la fortaleza de su
enemigo, y precisamente por esto estaba más decidido que nunca a demostrarle la
veracidad de sus increíbles teorías. Una noche, aprovechando la desorganización que
existía entre los cometidos de la Facultad y las normas sanitarias municipales, se las
arregló para introducir subrepticiamente en la sala de disecciones el cuerpo de un

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fallecido reciente, y le inyectó en mi presencia una dosis de su fluido modificado. El
cadáver abrió los ojos, pero tan solo se limitó a fijarlos en el techo con una mirada
petrificada llena de horror, antes de caer en una inmovilidad absoluta de la que nada
pudo sacarle. West dijo que no era lo suficientemente fresco; el cálido ambiente
veraniego no favorece la conservación de los cuerpos. Aquella vez estuvimos a punto
de ser descubiertos antes de incinerar el cadáver, y West empezó a tener dudas sobre
la conveniencia de volver a utilizar indebidamente las instalaciones de la Facultad.
El punto álgido de la epidemia tuvo lugar en agosto. West y yo estuvimos a punto
de morir, y el propio doctor Halsey falleció el 14 del mismo mes. Todos los
estudiantes acudieron a su apresurado sepelio que tuvo lugar el día 15, y compraron
una impresionante corona funeraria, aunque fue casi engullida por los testimonios de
admiración que enviaron los ciudadanos nobles de Arkham y la propia
municipalidad. Se trató casi de un acontecimiento público, ya que el decano se había
convertido en un benefactor de la ciudad. Tras el sepelio, nos quedamos bastante
deprimidos, y pasamos la tarde en el bar de la Commercial House, donde West, aún
afectado por el fallecimiento de su mayor adversario, nos hizo temblar a todos con
una charla sobre sus infames teorías. Casi todos los estudiantes se fueron a casa, o se
concentraron en sus diversas obligaciones; pero West me convenció para que le
ayudara a sacar partido de la noche. La patrona de West nos vio llegar a su habitación
hacia las dos de la madrugada, cargando con una tercera persona entre los dos, y le
comentó a su marido que, con toda seguridad, habíamos cenado y bebido a base de
bien.
En apariencia, la avinagrada patrona tenía razón, pues hacia las tres de la
madrugada todo el edificio se despertó a causa de los gritos que salían de la
habitación de West; y cuando forzaron la puerta nos encontraron inconscientes a
ambos, rendidos sobre la alfombra manchada de sangre, golpeados, magullados y
doloridos, con pedazos de frascos e instrumentos rotos esparcidos a nuestro alrededor.
Tan solo una ventana abierta daba cuenta del camino que había tomado nuestro
salteador, y muchos se preguntaron cómo se las habría apañado después del tremendo
salto que tuvo que dar desde un segundo piso hasta el césped de abajo. Descubrieron
algunas prendas extrañas en la habitación, pero cuando West volvió en sí les explicó
que no pertenecían al desconocido, sino que se trataba de unas muestras recogidas
para su posterior análisis bacteriológico en el transcurso de sus investigaciones sobre
la transmisión de enfermedades contagiosas. Les ordenó que las incineraran lo antes
posible en la espaciosa chimenea. Dijimos a la policía que ninguno de los dos
conocíamos la identidad de nuestro acompañante. Se trataba, declaró un nervioso
West, de un simpático forastero con el que nos habíamos topado en un bar de las
afueras de la ciudad que no recordábamos. Todos juntos habíamos pasado una alegre
velada, y ni West ni yo queríamos denunciar a nuestro agresivo compañero.
Aquella misma noche fuimos testigos del segundo horror que se adueñó de
Arkham, un horror que, desde mi punto de vista, eclipsaba al de la misma epidemia.

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El Cementerio Cristiano se convirtió en el escenario de un espeluznante asesinato: un
vigilante fue muerto a zarpazos de una manera tan espantosa que resulta imposible de
describir, e incluso se llegó a poner en duda la autoría humana del crimen. La víctima
había sido vista con vida bastante después de la medianoche, aunque hasta el
amanecer no se descubrió el infame crimen. Se interrogó al administrador de un circo
instalado en la vecina ciudad de Bolton, pero este juró que ninguna de sus bestias
había escapado de la jaula en toda la noche. Los que encontraron el cuerpo
observaron un rastro de sangre que conducía a un sepulcro reciente en cuyo cemento
se podía ver un charco rojo, justo delante de la entrada. Otro rastro más tenue se
dirigía hacia los bosques, aunque pronto se le perdía la pista.
A la siguiente noche, los diablos danzaron sobre los tejados de Arkham, y una
locura sobrenatural aulló con el viento. Una maldición andaba suelta por la
enfebrecida ciudad, y para muchos se trataba de algo aún peor que la propia plaga, y
otros murmuraban que era la materialización del mismísimo demonio de la
enfermedad. Ocho casas fueron asaltadas por un ser innombrable que sembró la
muerte roja a su paso… dejando tras de sí un saldo de diecisiete cuerpos asesinados a
manos de un monstruo sádico y silencioso. Algunas personas que pudieron
distinguirle en la oscuridad declararon que era como un mono blanco y deforme, o
una especie de diablo antropomorfo. No había dejado ningún cuerpo completo tras de
sí, ya que a veces había tenido hambre. El número total de sus víctimas ascendía a
catorce; las otras tres se encontraron en casas infectadas a las que la muerte por la
enfermedad ya había sorprendido.
Durante la tercera noche, grupos desesperados de ciudadanos, dirigidos por la
policía, lograron capturarle en una casa de Crane Street, cerca del campus de la
Universidad de Miskatonic. Habían organizado la batida con sumo cuidado,
manteniéndose en contacto mediante emisoras voluntarias de teléfonos; y cuando
alguna persona del distrito de la universidad informó que había oído a alguien
arañando sobre una ventana cerrada, la tela de araña se desplegó con toda rapidez.
Gracias a la alarma general y a todas las precauciones que se tomaron, no hubo más
que otras dos víctimas, y la captura se efectuó sin mayores incidencias. La criatura
fue finalmente abatida por una bala, aunque esta no acabó con su vida, y trasladada al
hospital municipal, en medio del furor y el odio populares.
Pues el ser había sido un hombre. Este hecho quedó patente, a pesar de sus ojos
nauseabundos, su simiesco mutismo y su diabólica brutalidad. Le vendaron la herida
y le encerraron en el asilo de Sefton, donde permaneció golpeándose la cabeza contra
las paredes acolchadas de. su celda durante dieciséis años, hasta un reciente
accidente, a causa del cual pudo escapar en circunstancias que a nadie le gusta
mencionar. Lo que más repugnó a los captores de Arkham fue que, tras limpiar la
cara del monstruo, observaron en ella una semejanza increíble y ridícula con la de un
venerable y sabio mártir al que habían dado sepultura tres días antes: el difunto

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doctor Allan Halsey, benefactor público y decano de la Facultad de Medicina de la
Universidad de Miskatonic.
Para el desaparecido Herbert West y para mí la repugnancia y el horror fueron
indescriptibles. Aún me estremezco ahora cuando pienso en todo ello, me estremezco
aún más que aquella mañana en la que West murmuró por entre sus vendajes:
—¡Maldición, no estaba lo bastante fresco!
III. SEIS DISPAROS A LA LUZ DE LA LUNA

No es muy normal descargar las seis balas de un revólver a toda velocidad cuando
seguramente con una habría sido suficiente, pero en la vida de Herbert West había
muchas cosas que no eran en absoluto normales. No es habitual, por ejemplo, que un
joven medico recién salido de la universidad se vea obligado a ocultar los motivos
que le impulsan a escoger su lugar de residencia y consulta; y sin embargo, ese fue el
caso de Herbert West. Cuando ambos obtuvimos el graduado en la Facultad de
Medicina de la Universidad de Miskatonic, y tratamos de mitigar nuestras penurias
económicas estableciéndonos como doctores de medicina general, adoptamos muchas
precauciones para ocultar que habíamos elegido nuestra casa por su aislamiento y por
encontrarse muy cerca del cementerio de los pobres.
Un deseo de soledad como este siempre suele estar justificado; y tal era nuestro
caso, ya que el trabajo de nuestras vidas resultaba claramente impopular. De cara al
exterior, tan solo éramos un par de médicos; pero por debajo de esa apariencia
existían unos objetivos de una importancia mucho mayor y terrible, ya que la esencia
de la vida de Herbert West consistía en la búsqueda de las regiones desconocidas que
se abren más allá de la negrura y lo prohibido, en las cuales esperaba desentrañar el
secreto de la vida y devolver la animación perpetua al frío barro de la fosa.
Semejantes objetivos demandan extraños materiales, entre ellos, cadáveres humanos
en buen estado de conservación; y para mantenerse bien abastecido de estos
ingredientes imprescindibles, uno debe vivir discretamente y no muy lejos de un
lugar de enterramientos anónimos.
West y yo nos habíamos conocido en la universidad, y fui el único que simpatizó
con sus terroríficos experimentos. Con el tiempo me convertí en su inseparable
ayudante, y ahora que habíamos terminado los estudios universitarios teníamos que
seguir unidos. No resultaba sencillo que dos médicos encontraran una salida juntos;
pero, al fin, y gracias a las recomendaciones de la Universidad, conseguimos una
consulta en Bolton, un pueblo industrial próximo a Arkham donde estaba localizada
la Facultad. Las Fábricas Textiles de Bolton eran las más importantes del valle del
Miskatonic, y sus políglotas empleados no resultaban demasiado gratos a los médicos
locales. Elegimos nuestra residencia con el mayor cuidado, estableciéndonos
finalmente en un edificio ruinoso casi al final de Pond Street, a cinco portales de
nuestro vecino más próximo, y separado del cementerio común tan solo por una
estrecha franja de tierra boscosa que se extiende al norte. La distancia resultaba

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mayor de lo que habríamos deseado, pero no pudimos encontrar una morada más
cercana sin tener que instalarnos al otro lado del prado, muy lejos ya de la zona
industrial. Sin embargo, no estábamos demasiado insatisfechos, ya que apenas había
inquilinos entre nosotros y nuestra fuente de suministros. El paseo resultaba un poco
largo, pero podíamos acarrear nuestros silenciosos ejemplares sin ser molestados.
Nuestro trabajo fue sorprendentemente abundante desde el mismísimo
principio… lo bastante abundante como para satisfacer a la mayoría de los médicos
más jóvenes, y demasiado abundante como para no resultar aburrido y pesado a dos
estudiosos cuyo verdadero interés se hallaba en otro sitio. Los empleados de las
fábricas eran de inclinaciones más bien turbulentas, y ademas de sus múltiples
necesidades de asistencia médica, también nos mantenían muy ocupados con sus
frecuentes peleas a golpes y navajazos. Pero lo que verdaderamente acaparaba
nuestro interés era el laboratorio secreto instalado en el sótano, con su enorme mesa
de operaciones iluminada por focos eléctricos, donde, a primeras horas de la
madrugada, solíamos inyectar las diferentes soluciones de West en las venas de los
desechos que sustraíamos del cementerio común. West estaba experimentando
ansiosamente con la esperanza de descubrir algo que pusiera de nuevo en marcha las
constantes vitales de los hombres, tras haber sido estas interrumpidas por eso que
llamamos muerte; pero se había topado con los más espectrales obstáculos. La
solución tenía que ser diferente según el sujeto a intervenir; lo que era adecuado a los
conejillos de Indias no valía para los seres humanos, y cada espécimen requería
notables modificaciones.
Los cuerpos tenían que ser extremadamente frescos, pues la más mínima
descomposición del tejido cerebral hacía inviable una perfecta reanimación. En
realidad, el mayor problema consistía en conseguir ejemplares lo suficientemente
frescos… West ya había tenido terribles experiencias durante sus investigaciones
secretas en la Universidad con cadáveres de dudosa calidad. Los resultados de una
reanimación parcial o imperfecta resultaban infinitamente más espantosos que los
fracasos absolutos, y ambos conservábamos terroríficos recuerdos de los del primer
tipo. Desde nuestra primera intervención diabólica en la granja abandonada de
Meadow Hill, en Arkham, sentíamos una especie de secreta amenaza; y West, en
apariencia un científico frío, tranquilo, rubio y de ojos azules, con frecuencia
confesaba sentir, sobrecogido, que era objeto de una furtiva persecución. Tenía la
sensación de que le seguían, una ilusión psicológica producida por sus trastornados
nervios, y sustentada en el hecho innegablemente perturbador de que al menos uno de
los especímenes que habíamos conseguido reanimar seguía aún con vida: un
espantoso y carnívoro ser encerrado en una celda acolchada de Sefton. Y también
había otro —el primero—, cuya suerte jamás llegamos a conocer.
Tuvimos mucha suerte con los ejemplares de Bolton; bastante más que con los de
Arkham. Aún no había transcurrido una semana desde que nos habíamos instalado,
cuando conseguimos hacernos con la víctima de un accidente la misma noche de su

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entierro, y logramos que abriera los ojos con una asombrosa expresión de lucidez
antes de que la fórmula fallara. Había perdido un brazo… Si no le hubieran faltado
partes al cuerpo, quizá nuestra suerte habría sido distinta. Desde entonces, y hasta el
siguiente mes de enero, realizamos tres ensayos más: uno terminó en un absoluto
fracaso; en otro conseguimos un claro movimiento muscular; y el tercero resultó
estremecedor, ya que se irguió por sí solo y emitió un sonido gutural. Luego
sobrevino un periodo de mala suerte; decayó el número de enterramientos, y los
pocos que hubo eran de ejemplares demasiado enfermos o incompletos para nuestras
necesidades. Seguíamos la pista de todas las defunciones que se producían y de sus
circunstancias personales con un cuidado sistemático.
Una noche de marzo, sin embargo, conseguimos de forma totalmente inesperada
un ejemplar que no procedía del cementerio común. El puritanismo imperante en
Bolton prohibía la práctica del boxeo… hecho que dejaba sus lógicas consecuencias.
Los combates clandestinos y mal arbitrados entre los obreros de las fábricas eran cosa
corriente, y en ocasiones se traía de fuera a algún profesional de escasa entidad. Esa
noche de finales del invierno se produjo un combate de semejantes características; y,
evidentemente, sus consecuencias fueron desastrosas, ya que vinieron a buscarnos
dos polacos aterrorizados, rogándonos entre murmullos incoherentes que
atendiésemos un caso muy secreto y desesperado. Les seguimos hasta un cobertizo
abandonado, donde aún quedaban los rezagados de una muchedumbre de
atemorizados extranjeros que observaban un cuerpo negro y silencioso que yacía en
el suelo.
En el combate se había enfrentado Kid O’Brien —un joven sin experiencia, y
ahora tembloroso, con una nariz ganchuda muy poco irlandesa— contra Buck
Robinson, «El Renegrido de Harlem». El negro había caído noqueado y, tras el breve
examen que le practicamos, nos dimos cuenta de que ya no se iba a levantar nunca
más. Se trataba de un ser repugnante, con pinta de gorila, unos brazos inusitadamente
largos a los que no podía evitar referirme como las patas delanteras, y un rostro que
conjuraba en la mente los innombrables secretos del Congo y el tam-tam de los
tambores bajo una luna fantasmagórica. El cuerpo debió de tener aún peor aspecto en
vida, pero el mundo atesora muchas cosas horrendas. El miedo se había adueñado del
lastimoso gentío, ya que nadie sabía de qué manera podría actuar la ley en su contra
si aquel asunto llegara a conocerse; pero todos se sintieron muy agradecidos cuando
West, a pesar de mis involuntarios temblores, se ofreció a desembarazarse del cuerpo
en secreto… para un propósito que yo conocía demasiado bien.
La luna brillaba resplandeciente sobre un paisaje carente de nieve, pero vestimos
al cadáver y lo llevamos a casa entre ambos, atravesando calles y campos desiertos,
justo de la misma manera que transportamos un bulto similar aquella terrible noche
en Arkham. Nos acercamos a la casa por el prado de atrás, metimos el ejemplar por la
puerta trasera, lo bajamos por la escalera del sótano y lo preparamos para los

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habituales experimentos. Teníamos un miedo absurdo a la policía, aunque habíamos
planeado nuestro recorrido para evitar la ronda del solitario guardia de aquel barrio.
El resultado fue enojosamente decepcionante, A pesar de su repugnante aspecto,
el ejemplar permaneció completamente indiferente a todas las soluciones que le
inyectamos en su negro brazo; soluciones que, por otro lado, habían sido formuladas
de acuerdo a las experiencias con sujetos blancos. De modo que, como la aurora se
aproximaba peligrosamente, hicimos lo mismo que con los demás: arrastramos el
cuerpo por el prado hasta la zona boscosa colindante con el cementerio común, y lo
enterramos allí, en la mejor fosa que la tierra helada nos permitió excavar. La tumba
no era demasiado profunda, pero resultaba tan adecuada como la del anterior
experimento, aquel que se había erguido y lanzado un grito gutural. A la luz de las
trémulas linternas la cubrimos cuidadosamente con ramas y hojas secas, convencidos
de que la policía jamás la encontraría en un bosque tan denso y tenebroso.
Al día siguiente comencé a inquietarme cada vez más con la policía, ya que un
paciente nos contó que había rumores sobre la celebración de un combate clandestino
en el que se había producido una muerte. West tenía otro motivo de preocupación, ya
que le habían llamado por la tarde para un caso que terminó de modo amenazador.
Una mujer italiana se había puesto histérica por la desaparición de su hijo —un
chiquillo de cinco años que se había extraviado por la mañana y no había regresado a
la hora de la cena—, y presentaba síntomas muy alarmantes debido a que padecía del
corazón. Se trataba de una histeria bastante estúpida, ya que el muchacho se había
escapado antes con frecuencia, pero los campesinos italianos son extraordinariamente
supersticiosos, y aquella mujer parecía tan abrumada por los presentimientos como
por los hechos. Hacia las siete de la tarde, la mujer falleció, y su frenético marido
armó un escándalo espantoso intentando matar a West, a quien acusaba con
vehemencia de no haber salvado a su esposa. Sus compañeros le habían sujetado
cuando esgrimió una navaja delante de West, pero este pudo marcharse entre gritos
inhumanos, maldiciones y juramentos de venganza. En su último dolor, el sujeto
parecía haberse olvidado de su hijo, que aún no había regresado, a pesar de que ya era
noche cerrada. Se habló de buscarle en los bosques, pero la mayoría de los amigos de
la familia ya estaban demasiado ocupados con la fallecida y su vociferante marido.
En cualquier caso, la tensión nerviosa a la que West se había visto sometido debió de
ser tremenda. Las preocupaciones por la policía y el italiano enloquecido pesaban
sobre él de manera espantosa.
Nos retiramos a dormir sobre las once de la noche, pero yo no pude conciliar el
sueño. Bolton contaba con un cuerpo de policía asombrosamente eficiente para
tratarse de una pequeña localidad, y yo no podía dejar de preocuparme por el
escándalo que se armaría si llegaban a descubrirse los acontecimientos de la noche
anterior. Significaría el fin de nuestros experimentos en la ciudad… y quizá la cárcel
para los dos. No me agradaban todos esos rumores sobre un combate clandestino.
Cuando en el reloj sonaron tres campanadas, la luz de la luna brilló en mis ojos, pero

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yo me di la vuelta sin levantarme a bajar la persiana. Entonces se escuchó un
enérgico golpeteo sobre la puerta trasera.
Me quedé quieto y algo aturdido, pero al rato oí a West llamando a mi puerta.
Estaba en bata y zapatillas, y llevaba un revólver y una linterna eléctrica en las
manos. Por el revólver me di cuenta de que pensaba más en el italiano enloquecido
que en la policía.
—Será mejor que vayamos los dos —susurró—. Sería inadecuado no contestar;
podría tratarse de un enfermo… seguro que esos idiotas suelen llamar a la puerta de
atrás.
Así que los dos bajamos de puntillas por la escalera, con un temor en parte
justificado, y en parte producido por el ambiente fantasmagórico de las primeras
horas de la madrugada. El golpeteo continuaba, e incluso había subido de tono.
Cuando llegamos a la puerta, descorrí con cautela el cerrojo y la abrí de par en par; y
cuando la luz de la luna delineó la figura que se erguía delante de nosotros, West hizo
algo muy extraño. A pesar del peligro evidente de alertar y atraer sobre nuestras
cabezas la temida investigación policial —hecho que, felizmente, no se produjo
debido al relativo aislamiento de nuestra residencia—, mi amigo, repentina, nerviosa
e innecesariamente, vació el cargador de seis balas de su revólver sobre el visitante
nocturno.
Pero aquel extraño no resultó ser el italiano, ni tampoco un policía. Recortándose
de manera espantosa contra la luna espectral, se erguía un ser gigantesco y
contrahecho, tan solo comparable al de las peores pesadillas… una aparición de ojos
vidriosos, tan negra como la tinta, que casi se mantenía a cuatro patas, cubierta de
lodo, hojas y ramas, embadurnada de sangre coagulada, y que mostraba entre sus
brillantes dientes un objeto cilíndrico, terrible, blanco como la nieve, el cual estaba
rematado en una mano infantil.
IV. EL AULLIDO DEL MUERTO

El aullido de un muerto fue lo que me ayudó a forjar aquel intenso horror hacia el
doctor Herbert West, horror que ensombreció los últimos años de nuestra sociedad.
Es normal que un grito semejante, salido de la garganta de un cadáver, produzca
espanto, ya que no se trata de una experiencia placentera ni ordinaria; pero yo estaba
habituado a tales acontecimientos, y lo que realmente me afectó en aquella ocasión
fue cierta circunstancia especial. Como ya he dejado caer, no fue el muerto en sí
mismo lo que me hizo sentir pavor.
Herbert West, de quien yo era socio y asistente, poseía intereses científicos muy
alejados de la rutina habitual de un médico de pueblo. Por eso, cuando abrió su
consulta en Bolton, había elegido una casa aislada cerca del cementerio común.
Dicho de manera breve y concisa, el único y obsesionante interés de West consistía
en el estudio secreto de los fenómenos de la vida y del fin de esta, encaminados a la
reanimación de los muertos gracias a la administración inyectada de ciertas

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soluciones estimulantes. Para llevar a cabo estos macabros experimentos era
necesario estar constantemente abastecido de cuerpos humanos recientemente
fallecidos; tenían que ser ejemplares muy frescos, ya que la más mínima
descomposición daña irremediablemente la estructura del cerebro; y también tenían
que ser ejemplares humanos porque descubrimos que la solución debía adecuarse a
los diferentes tipos de organismos. Matamos gran cantidad de conejos y cobayas para
experimentar con ellos, pero estos ensayos no nos condujeron a ningún sitio. West
jamás había conseguido un éxito rotundo porque nunca había podido disponer de un
cadáver lo suficientemente fresco. Lo que realmente necesitaba eran cuerpos cuyas
constantes vitales hubieran cesado muy poco antes; cuerpos con todas las células
intactas y capaces de recibir de nuevo el impulso hacia esa modalidad de animación
que llamamos vida. Había esperanzas de que esta segunda vida artificial pudiera
llegar a ser perpetua gracias a la administración repetitiva de las inyecciones, pero
también habíamos aprendido que la vida natural y ordinaria no respondía al
tratamiento. Para conseguir una animación artificial, la vida ordinaria tenía que estar
extinguida… Los especímenes debían ser muy frescos, pero estar positivamente
muertos.
La fantasmagórica investigación había comenzado cuando West y yo éramos
simples estudiantes de la facultad de Medicina de la Universidad de Miskatonic, en
Arkham, y estábamos profundamente convencidos desde el principio de la naturaleza
totalmente mecanicista de la vida. Habían pasado siete años desde entonces, pero
West parecía no haber envejecido ni un solo día: era bajo, rubio, siempre bien
afeitado, de voz suave y con gafas, y solo algún destello casual en sus fríos ojos
azules delataba el despiadado y creciente fanatismo que asomaba bajo la presión de
sus terribles investigaciones. Nuestras experiencias habían resultado a menudo
aterradoras en extremo, y siempre como consecuencia de una reanimación
defectuosa, cuando los grumos de lodo del cementerio se han galvanizado en unos
movimientos morbosos, antinaturales y ciegos a resultas de las diversas
modificaciones llevadas a cabo en la solución vital.
Uno de los ejemplares había lanzado un grito turbador; otro se había erguido
violentamente, golpeándonos hasta dejarnos inconscientes, huyendo luego
enloquecido antes de que consiguieran atraparle y encerrarle tras los barrotes del
asilo; otro más, una grotesca monstruosidad africana, había escapado de su poco
profunda fosa y cometido una bestialidad… West se vio obligado a disparar sobre
aquella cosa. No podíamos conseguir cadáveres lo suficientemente frescos como para
que mostrasen alguna traza de inteligencia tras ser reanimados, de manera que,
ineludiblemente, habíamos creado horrores innombrables. Resultaba inquietante
pensar que una, posiblemente dos, de nuestras monstruosidades aún seguían vivas;
pensamiento que estuvo angustiándonos de una manera imprecisa, hasta que al fin
West desapareció en espantosas circunstancias. Pero en el momento del aullido en el
laboratorio del sótano de aquel apartado caserío de Bolton, nuestros temores se

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subordinaban a la ansiedad por conseguir especímenes realmente frescos. West se
mostraba más ávido que yo, de manera que a mí me parecía que estudiaba los cuerpos
de cualquier persona viva con cierta codicia.
El mes de julio de 1910 empezó a mejorar la mala suerte que habíamos tenido con
la adquisición de nuevos ejemplares. Yo había estado ausente largo tiempo, durante
una visita familiar en Illinois, y a mi regreso encontré a West en un estado de singular
euforia. Me dijo muy excitado que había resuelto, casi con toda seguridad, el
problema del abastecimiento de cuerpos frescos abordando el asunto desde una
perspectiva totalmente nueva: el de la conservación artificial. Yo sabía que había
estado trabajando en una fórmula de embalsamamiento inédita y totalmente original,
y no me sorprendió que hubiera tenido éxito; pero hasta que no me explicó todos los
detalles, me sentí bastante confuso por cómo podría ayudarnos eso en nuestras
investigaciones, ya que el inaceptable deterioro de los cuerpos se producía siempre
por culpa del tiempo que transcurría antes de que pudiéramos hacernos con ellos.
Pero West, ahora me doy cuenta, ya había pensado en ello; formuló un compuesto
embalsamador con vistas a un uso posterior y no inmediato, por si el destino le ponía
en las manos un cuerpo muy reciente y aún sin enterrar, como ya había sucedido unos
años antes con el negro muerto en el combate clandestino celebrado en Bolton. Y el
destino por fin se mostró amable con nosotros, de manera que, en esta ocasión,
conseguimos tener en el laboratorio secreto del sótano un cadáver cuya
descomposición no podía haber tenido tiempo de empezar a actuar. West no se atrevía
a aventurar lo que sucedería en el momento de la reanimación, ni si conseguiríamos
una recuperación completa de su capacidad mental. El experimento marcaría un hito
en nuestros estudios, por lo que conservó este nuevo cadáver hasta mi regreso, con la
finalidad de que ambos compartiéramos el resultado de la manera habitual.
West me relató cómo había conseguido el ejemplar. Se trataba de un hombre
vigoroso, un extranjero muy correctamente vestido que acababa de bajar del tren con
la intención de tramitar algún tipo de operación comercial en las Fábricas Textiles de
Bolton. La caminata a través de la ciudad era bastante larga y, al detenerse en nuestra
casa para preguntar por la dirección de las fábricas, había sufrido un paro cardíaco.
Se negó a tomar un estimulante, y acto seguido cayó súbitamente muerto. Su cuerpo,
como era de esperar, le vino a West como llovido del cielo. En su breve conversación
con el forastero, este le había explicado que no conocía a nadie en Bolton, y un
posterior registro de sus bolsillos reveló que se trataba de un tal Robert Leavitt, de St.
Louis, y que, al parecer, no tenía familia que pudiera interesarse por su desaparición.
Aunque no pudiéramos reanimarle, nadie se enteraría de nuestros experimentos.
Solíamos enterrar los restos en una densa franja de bosque que había entre nuestra
casa y el cementerio común. Si, por el contrario, conseguíamos devolverle a la vida,
lograríamos una fama perpetua y brillante. Así que West había inyectado sin demora
en la muñeca del cadáver la fórmula que le conservaría fresco hasta mi llegada. El
hecho de que el cuerpo pudiera albergar un corazón débil, que a mi modo de ver

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pondría en peligro el éxito de nuestro experimento, no parecía inquietar demasiado a
West, Esperaba que al fin conseguiría aquello que siempre le había rehuido: el
despertar de una chispa de consciencia y, quizá, la reanimación de una criatura viva y
normal.
De modo que la noche del 18 de julio de 1910, Herbert West y yo nos
encontrábamos en el laboratorio del sótano y contemplábamos una figura silenciosa y
pálida bajo la luz resplandeciente de la lámpara de operaciones. El fluido
embalsamador había actuado extraordinariamente bien, pues al estudiar fascinado el
cuerpo robusto que había permanecido dos semanas sin aparentes signos de rigidez,
me vi impulsado a pedir a West que me asegurara que el sujeto estaba en verdad
muerto. Enseguida afirmó que así era, recordándome que jamás usábamos el fluido
reanimador sin antes pasar una serie de minuciosas pruebas para confirmar la muerte
real del cuerpo, ya que, si conservara algún vestigio de vitalidad, la fórmula no
surtiría ningún efecto. Mientras West se afanaba con los preparativos, yo me sentía
anonadado ante la enorme complejidad del nuevo experimento, una complejidad tan
formidable que se negó a confiar en otras manos que no fueran las suyas. Tras
prohibirme tocar el cuerpo, inyectó en primer lugar una droga en su muñeca, justo al
lado del punto donde antes le había administrado el fluido embalsamador. Me dijo
que aquella sustancia neutralizaría el compuesto preservativo y liberaría el sistema de
modo que adquiriese una relajación normal; así la solución reanimadora podría actuar
libremente tras ser inyectada. Muy poco después, al observar ciertos cambios y un
débil temblor que parecía afectar a los miembros sin vida del cadáver, West tapó
violentamente el rostro contraído con una especie de almohada, y no la retiró hasta
que el cuerpo quedó completamente inmóvil y listo para nuestro intento de
reanimación. El pálido entusiasta se dedicó entonces a realizar ciertas pruebas
superficiales y últimas para confirmar la ausencia total de vida, y, tras quedar
satisfecho, inyectó en el brazo izquierdo del cadáver una dosis cuidadosamente
calculada del elixir vital, que había preparado por la tarde con un esmero aún mayor
del que solíamos tener en nuestros días de universidad, cuando nuestras hazañas eran
nuevas y precarias. Soy incapaz de describir la salvaje, tremenda ansiedad con la que
aguardarnos el resultado de nuestros experimentos en un ejemplar auténticamente
fresco, el primero del que en verdad podíamos esperar que abriera sus labios y nos
contara, quizá, en un lenguaje racional, lo que había visto al otro lado del insondable
abismo.
West era un materialista, no creía en el alma e imputaba cualquier función de la
conciencia a un simple fenómeno corporal; por lo tanto, no esperaba ninguna
revelación sobre los terribles secretos que acechan en los abismos y grutas más allá
de los límites de la muerte. Yo no estaba en total desacuerdo con sus teorías, pero aún
conservaba ciertos retazos, vagos e intuitivos, de la primitiva fe de mis ancestros; de
manera que no podía dejar de observar el cadáver sin un terrible sentimiento de
expectación y temor. Además… no podía alejar de mis recuerdos aquel grito

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inhumano y espantoso que habíamos escuchado la noche de nuestro primer
experimento en la granja deshabitada de Arkham.
Apenas había pasado el tiempo, cuando me percaté de que el ensayo no iba a
resultar un fracaso total. Una débil coloración asomó en las mejillas, que estaban
antes tan blancas como la tiza, y pronto se extendió bajo la incipiente barba,
curiosamente extensa y de color arenoso. West, que estaba tomando el pulso al
cadáver con su mano izquierda, asintió repentinamente de forma reveladora, y, casi al
mismo tiempo, el espejo que habíamos acercado a la boca del sujeto se llenó de vaho.
Acto seguido, se produjeron una serie de movimientos espasmódicos, seguidos de
una audible inhalación y un movimiento manifiesto en el pecho. Observé los
párpados cerrados, y me pareció percibir un estremecimiento. Y entonces se abrieron,
mostrando unos ojos grises, serenos y vivos, pero en los que aún no se reflejaba
ninguna clase de intelecto, ni siquiera curiosidad.
En un arrebato de curiosidad, susurré varias preguntas sobre la oreja cada vez más
colorada, preguntas acerca de otros mundos cuyo recuerdo aún podría estar fresco.
Era el espanto lo que las extraía de. mi mente, pero no pude evitar hacer una dirima,
la cual repetí: «¿Dónde has estado?» Aún no sé si me contestó o no lo hizo, ya que
ningún sonido salió de aquella boca tan bien formada; pero lo que sí recuerdo es que,
justo en ese preciso instante, creí firmemente que sus finos labios se habían movido
en silencio, formando una sucesión de sílabas que yo habría traducido como «solo
ahora», si esta frase hubiera tenido algún sentido o correspondencia con lo que le
estaba preguntando. En ese momento, como digo, me sentí completamente seguro de
que habíamos alcanzado nuestro gran objetivo y que, por primera vez, un cuerpo
reanimado había sido capaz de pronunciar varias palabras movido por el impulso de
la razón. Un rato después ya no hubo duda de nuestra victoria, ninguna duda de que
la solución había cumplido verdaderamente con su cometido, al menos de manera
temporal, y que había conseguido devolver al muerto una vida racional y articulada.
Pero con ese triunfo me invadió también el más grande de los horrores… no porque
el ser hubiera hablado, sino por todo lo que habíamos presenciado, y por el hombre
con el cual estaba unido mi futuro profesional.
Aquel cadáver tan sumamente fresco, cobrando al fin plena consciencia de una
forma aterradora, con los ojos dilatados por el recuerdo de su última escena en la
tierra, estiro frenéticamente sus manos como si luchara a vida o muerte con el aire
que le rodeaba, y, de repente, se desplomó definitivamente en una segunda disolución
de la que ya no habría retorno, lanzando un último grito que resonará eternamente en
mi atormentado cerebro:
—¡Socorro! ¡Aparta, aparta, maldito demonio con pelo de estopa… aparta esa
condenada aguja!
V. EL HORROR DE LAS SOMBRAS

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Muchos hombres han contado cosas espantosas, que no figuran en letra impresa,
acerca de lo que aconteció en los campos de batalla durante la Gran Guerra. Algunos
de estos sucesos me han hecho palidecer, otros me han producido una náusea
indescriptible, y aun otros más consiguieron hacerme estremecer y mirar a mi espalda
en medio de la oscuridad; pero creo que soy capaz de relatar la peor de todas estas
experiencias: el espantoso, sobrenatural e increíble horror de las sombras.
En 1915 yo servía como médico, con el grado de teniente, en un regimiento
canadiense destinado en Flandes, uno de los numerosos norteamericanos que se
adelantaron al propio gobierno en la gigantesca contienda. No había ingresado en el
ejército por propia iniciativa, sino a resultas del alistamiento del hombre de quien yo
era su imprescindible ayudante: el famoso cirujano de Boston, doctor Herbert West.
El doctor West siempre había estado ávido de prestar servicio como cirujano en una
gran guerra y, cuando la ocasión se presentó, me llevó consigo aun en contra de mi
voluntad. Existían bastantes motivos por los que yo me habría alegrado de que la
guerra nos separase, motivos por los que cada vez encontraba más irritante la práctica
de la medicina y la compañía de West; pero cuando se marchó a Ottawa, y consiguió
una plaza de comandante medico gracias a las influencias de un colega suyo, fui
incapaz de resistir la persuasiva insistencia de un hombre determinado a que yo le
acompañase como su ayudante habitual.
Al decir que el doctor West estaba ávido de servir en combare, no me refiero a
que fuera un amante de la guerra o a que anhelara salvar la civilización. Siempre
había sido un hombre de frío y calculado intelecto, flaco, rubio, de ojos azules y con
gafas; creo que siempre se mofaba en secreto de mis ocasionales arrebatos marciales
y de mis censuras a una estúpida neutralidad. Y sin embargo, había algo en la
asediada Flandes que él codiciaba; y para conseguirlo adoptó una apariencia militar.
No deseaba lo mismo que anhelan las personas corrientes, sino algo relacionado con
una determinada rama de la ciencia medica que él había elegido practicar
clandestinamente, y en la cual había conseguido unos resultados asombrosos y, a
veces, terroríficos. Se trataba, en suma, de tener acceso a una abundante provisión de
cuerpos recientemente fallecidos y en cualquier estado de descuartizamiento.
Herbert West necesitaba cadáveres frescos porque el trabajo de su vida consistía
en la reanimación de los muertos. Este trabajo no era sospechado por la distinguida
clientela que había hecho crecer tan rápidamente su fama tras su llegada a Boston,
pero era de sobra conocido por mí, que había sido su amigo más íntimo, y único
ayudante, desde los viejos tiempos en la Facultad de Medicina de la Universidad de
Miskatonic, en Arkham. Fue en aquellos días de universidad cuando inició sus
terribles experimentos; con pequeños animales al principio, y después con cadáveres
humanos obtenidos de una manera espantosa. Disponía de una solución que inyectaba
en las venas de los seres muertos, y si eran lo suficientemente frescos respondían de
extrañas maneras. Le había costado mucho descubrir la fórmula adecuada, ya que
cada tipo de organismo necesitaba un determinado estímulo que se adaptara a su ser.

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El terror le dominaba cuando reflexionaba sobre sus fracasos parciales: cosas
innombrables, que habían sido reanimadas gracias a fórmulas imperfectas o cuando
su cuerpo no era lo suficientemente fresco. Cierta cantidad de estos fiascos habían
seguido con vida —uno de ellos estaba internado en un manicomio y el resto había
desaparecido—, y cuando pensaba en los riesgos posibles, aunque improbables, se
echaba a temblar por debajo de su aparente manto de imperturbabilidad.
West se había dado cuenta pronto de que el requisito primordial para el uso
adecuado de los ejemplares era que estos fueran lo más frescos posible, de manera
que había optado por el espantoso y denigrante procedimiento de robar cadáveres. En
la facultad, y durante nuestros primeros experimentos juntos en la ciudad industrial
de Boston, mi actitud hacia él había sido siempre de profunda admiración; pero a
medida que sus métodos se iban haciendo cada vez más atrevidos, un terror incierto
se fue apoderando de mí. No me gustaba la forma en que observaba a los sujetos
vivos y sanos; y entonces tuvo lugar aquel experimento de pesadilla en el laboratorio
del sótano, cuando descubrí que cierto ejemplar aún estaba vivo cuando West se hizo
con él. Aquella fue la primera vez que pudo devolver la capacidad de pensar
racionalmente a un cadáver; y este triunfo, obtenido a tan horrible precio, le había
insensibilizado por completo.
De sus métodos en los siguientes cinco años prefiero no hablar. Me vi impelido a
seguir a su lado por puro miedo, y presencié actos que la lengua humana sería
incapaz de repetir. Poco a poco llegué a darme cuenta de que el propio Herbert West
era más horrible que todo lo que hacía… fue entonces cuando descubrí que su
anterior celo científico por prolongar la vida había degenerado sutilmente en una
simple curiosidad morbosa y devoradora, y en un secreto entusiasmo por la
contemplación de la muerte. Sus intereses se convirtieron en una adicción infernal y
perversa por todo lo repugnante, anormal y diabólico; se deleitaba tranquilamente en
las monstruosidades artificiales que matarían de repugnancia y terror a cualquier
persona en sus cabales; detrás de su apariencia de intelectualidad, se convirtió en un
maniático Baudelaire del experimento médico, en un lánguido Heliogábalo de las
tumbas.
Enfrentaba los peligros con estoicismo; llevaba a cabo sus crímenes sin
inmutarse. Creo que el momento álgido se produjo al verificar que, efectivamente,
podía reanimar una vida intelectual, y buscó nuevos mundos que conquistar
experimentando con la reanimación de fragmentos seccionados de los cadáveres.
Tenía ideas extravagantes y originales sobre las propiedades individuales de la
materia viva que subsiste en las células orgánicas y en los tejidos nerviosos separados
de sus naturales sistemas psíquicos, y había obtenido ciertos resultados preliminares y
espantosos con varios tejidos imperecederos, alimentados artificialmente a partir de
los huevos a medio incubar de un indescriptible reptil tropical. Había dos supuestos
biológicos que anhelaba verificar con gran ansiedad; en primer lugar, si podía existir
algún tipo de consciencia o actividad racional en ausencia del cerebro; y en segundo,

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si había alguna clase de relación etérea e intangible, distinta a la de las células
materiales, que pudiera acoplar las partes quirúrgicamente separadas que previamente
habían constituido un solo organismo vivo. Todo este trabajo de investigación
requería un prodigioso suministro de carne humana fresca y recientemente
fallecida… y por eso Herbert West intervino en la Gran Guerra.
El incalificable, fantasmagórico suceso tuvo lugar una medianoche de finales de
marzo de 1915, en un hospital de campaña tras las líneas de St. Eloi. Incluso hoy en
día me pregunto si no se trató más que de un sueño o delirio demoníaco. West poseía
un laboratorio privado en el lado este del granero que se le había asignado
temporalmente, bajo el pretexto de poner en práctica un método totalmente nuevo y
radical para el tratamiento de los casos de mutilación más desesperados. Allí
trabajaba como un carnicero en medio de su sangrienta mercadería… Jamás pude
acostumbrarme a la ligereza con la que manejaba y clasificaba determinados
materiales. A veces realizaba maravillosas operaciones de cirugía con los soldados;
pero sus principales gozos eran de un carácter menos público y filantrópico, y se vio
obligado a dar numerosas explicaciones acerca de los ruidos que resultaban extraños
incluso en medio de aquella babel de condenados. Entre todos esos sonidos no eran
infrecuentes las detonaciones de disparos… algo bastante usual en un campo de
batalla, pero ciertamente extraño dentro de un hospital. Los especímenes reanimados
por el doctor West no reunían las condiciones necesarias para aguantar una existencia
prolongada o ser el objeto de una amplia audiencia. Además del tejido humano, West
empleaba gran cantidad de tegumentos embrionarios de reptiles que él cultivaba con
singulares resultados. Daban mejor resultado para mantener con vida los fragmentos
sin órganos que el material humano, y en eso consistía entonces la principal actividad
de mi amigo. En un oscuro rincón del laboratorio, sobre un curioso mechero de
incubación, guardaba un enorme barril tapado, repleto de esa materia celular de
reptiles, que se multiplicaba y reproducía de manera burbujeante y espantosa.
La noche de la que hablo teníamos un ejemplar reciente y espléndido: un sujeto
de gran potencial físico y de tan elevada inteligencia que nos garantizaba un sistema
nervioso lo suficientemente receptivo. Resultaba más que irónico, ya que se trataba
del oficial que había ayudado a West a conseguir su ansiado destino, y que ahora
tenía que haber sido nuestro socio. Es más, con anterioridad había estudiado en
secreto la teoría de la reanimación bajo la tutela del propio West. El comandante sir
Eric Moreland Clapham-Lee, D.S.O.[2], era el cirujano más importante de nuestra
división, y había sido trasladado apresuradamente al sector de St. Eloi cuando
llegaron noticias al cuartel general de un recrudecimiento de la lucha. Inició el viaje
en un aeroplano pilotado por el intrépido teniente Ronald Hill, siendo derribado nada
más alcanzar su punto de destino. La caída fue terrorífica y espectacular, y Hill quedó
completamente irreconocible; sin embargo, el accidente seccionó casi por completo la
cabeza del gran cirujano, pero el resto del cuerpo permaneció intacto. West se
apoderó con avidez de aquel despojo inerte que una vez había sido su amigo y

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compañero de estudios; me estremecí cuando finalmente separó la cabeza del tronco
y la depositó en el diabólico barril repleto del pulposo tejido de los reptiles con la
intención de conservarla para futuros experimentos, y después siguió manipulando el
cuerpo decapitado sobre la mesa de operaciones. Le inyectó sangre nueva, unió
ciertas venas, arterias y nervios del cuello sin cabeza, y cosió la repugnante abertura a
base de injertos de piel procedentes de un espécimen sin identificar que había llevado
uniforme de oficial. Conocía sus pretensiones: la verificación de que este cuerpo
altamente organizado podría exhibir, aun decapitado, alguna señal de la vida mental
que había distinguido a sir Eric Moreland Clapham-Lee. Antiguo estudiante de la
reanimación, a aquel tronco silencioso se le requería ahora para servir como
repugnante demostración.
Aún puedo ver a Herbert West bajo la siniestra luz eléctrica, inyectando la
solución reanimadora en el brazo del cuerpo decapitado. Me siento incapaz de
describir la escena… me desmayaría si lo intentara, pues la locura pululaba en
aquella habitación repleta de horribles objetos clasificados, con el suelo resbaladizo a
causa de la sangre y de otros despojos no tan humanos que formaban un barrillo cuyo
espesor llegaba a la altura de los tobillos, y con aquellas anormalidades reptiles y
espantosas que bullían, burbujeaban y se agitaban sobre el espectro parpadeante de
una llama verde-azulada en un lejano rincón cubierto de negras sombras.
El espécimen, como West observó en repetidas ocasiones, poseía un espléndido
sistema nervioso. Esperaba mucho de él; y, cuando empezaron a aparecer algunos
signos de movimientos espasmódicos, pude observar un interés febril en el rostro de
West. Creo que estaba listo para ver la prueba de su cada vez más sólida convicción
de que la conciencia, la razón y la personalidad podían existir con independencia del
cerebro… de que el hombre no posee un espíritu conectivo, sino que es una simple
máquina nerviosa, y que cada órgano se completa más o menos por sí solo. En una
demostración triunfal, West estaba a punto de relegar el misterio de la vida a la
simple categoría del mito. El cuerpo se estremecía ahora con más vigor y, bajo
nuestros ávidos ojos, comenzó a palpitar de una manera espantosa. Agitó los brazos
compulsivamente, alzó las piernas y varios músculos se contrajeron en una
repugnante especie de torsión. Entonces, aquella cosa sin cabeza estiró los brazos en
un gesto de inequívoca desesperación… una desesperación que mostraba inteligencia,
la suficiente como para demostrar todas las teorías de Herbert West. En realidad, los
nervios rememoraban el último acto en vida del hombre: el forcejeo por liberarse del
avión que se iba a estrellar.
Jamás sabré a ciencia cierta lo que sucedió a continuación. Podría haberse tratado
de una simple alucinación provocada por la conmoción que sufrí ante la repentina y
completa destrucción del edificio bajo un infierno de fuego alemán… ¿y quién podría
probar lo contrario, teniendo en cuenta que West y yo fuimos los únicos
supervivientes? West prefería pensar que fue así antes de su reciente desaparición,
pero a veces no podía, ya que resultaba muy extraño que ambos hubiéramos tenido la

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misma alucinación. El terrible suceso fue, en realidad, muy simple, y solo destacaba
por sus implicaciones.
El cuerpo de la mesa se alzó con un movimiento ciego y terrorífico, y escuchamos
un sonido. No me atrevo a afirmar que se tratara de una voz, pues fue demasiado
espantoso. Y sin embargo, su acento no fue lo más horrible de todo. Ni tampoco lo
que dijo, ya que tan solo gritó: «¡Salta, Ronald, por Dios, salta!» Lo más espantoso
fue su origen.
Porque procedía del gran barril cubierto que descansaba en aquel espeluznante
rincón rodeado de negras sombras.
VI. LAS LEGIONES DE LA TUMBA

Cuando el doctor Herbert West desapareció, hace ahora un año, la policía de Boston
me interrogó minuciosamente. Sospechaban que ocultaba cosas, o, incluso, algo peor;
pero no podía confesarles la verdad porque no me habrían creído. En realidad, ya
sabían que West había estado implicado en ciertas actividades que estaban fuera de
lugar para el común de los mortales; ya que sus terribles experimentos sobre la
reanimación de cadáveres habían sido demasiado numerosos como para poder
mantenerlos en total secreto; pero la escalofriante catástrofe final albergaba tantos
elementos de una demoníaca fantasía que incluso yo mismo tuve dudas de lo que en
realidad había visto.
Yo era el amigo más íntimo de West y su único ayudante de confianza. Nos
habíamos conocido tiempo atrás, en la Facultad de Medicina, y desde el principio
había compartido sus terribles investigaciones. Había intentado refinar pacientemente
una fórmula perfecta que, inyectada en las venas de un hombre recientemente
fallecido, le haría retornar a la vida; una tarea que demandaba una abundante
provisión de cadáveres frescos y, por lo tanto, la práctica de las más espantosas
actividades. Pero aún más impactantes eran los resultados de algunos de sus
experimentos: truculentas masas de carne que había estado muerta, pero a las que
West devolvía una animación ciega, demente y nauseabunda. Estos eran los
resultados habituales, ya que si queríamos despertar la mente era absolutamente
necesario que los cuerpos fueran lo más frescos posible para que la descomposición
no hubiera llegado a afectar a las delicadas células cerebrales.
Esta necesidad de cadáveres muy frescos supuso la ruina moral de West.
Resultaba difícil conseguirlos, y un pavoroso día se había apropiado de un ejemplar
cuando aún estaba vivo y en todo su esplendor. Un breve forcejeo, una aguja y un
poderoso alcaloide habían transformado el cuerpo en un cadáver muy fresco, y el
experimento había tenido éxito durante un memorable, aunque transitorio, momento;
pero West superó la prueba con el alma seca y endurecida, y una mirada gélida que a
veces observaba con fría y calculada valoración a los hombres que mostraban un
cerebro especialmente sensible y un físico especialmente vigoroso. Hacia el final,
West llegó a causarme verdadero pavor, ya que empezaba a mirarme de la misma

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manera. La gente no parecía darse cuenta de sus miradas, aunque sí notaban mi
miedo; y tras su desaparición se basaron en este hecho para propalar absurdas
sospechas.
En realidad, West tenía más miedo que yo, pues sus abominables ocupaciones le
hacían llevar una vida furtiva y preñada de sombras. En cierta manera, le atemorizaba
la policía, pero a veces su malestar era más hondo y vaporoso, y tenía mucho que ver
con ciertas criaturas inclasificables a las que había administrado una vida morbosa, y
en las que no había visto extinguirse dicha vida. Generalmente concluía sus
experimentos con el revólver; pero algunas veces no había sido lo suficientemente
rápido. Estaba aquel primer espécimen en cuya tumba saqueada se habían encontrado
después rastros de arañazos. Y también el cadáver del profesor de Arkham que había
cometido actos de canibalismo antes de ser capturado y encerrado de forma anónima
en una celda del manicomio de Sefton, donde pasó dieciséis años golpeándose la
cabeza contra las paredes. La mayoría de los demás posibles supervivientes eran
criaturas de las que resulta muy difícil hablar, ya que en los últimos años el celo
científico de West había degenerado en una especie de obsesión insana y
fantasmagórica, y había consagrado su portentosa destreza a revitalizar cuerpos no
completamente humanos, sino simples despojos aislados, o partes unidas a una
materia orgánica de procedencia animal. Hacia la época de su desaparición, se había
convertido en algo diabólicamente nauseabundo; muchos de sus experimentos no
deberían ser detallados en letra impresa. La Gran Guerra, en la que ambos servimos
como cirujanos, había intensificado esta peculiaridad de West.
Al decir que el temor de West por sus especímenes era vaporoso, tengo
particularmente en cuenta la complejidad de su naturaleza. En cierta manera, esto se
debía al simple hecho de saber que aún permanecían con vida varios de aquellos
monstruos innombrables, pero también al temor que le causaba el daño corporal que
podrían infligirle en determinadas circunstancias. La desaparición de aquellas
criaturas no hizo más que aumentar el horror de la situación: West solo conocía el
paradero de uno de ellos, el del lastimoso espécimen del manicomio. Pero también
había un miedo más sutil: una sensación en verdad fantasmagórica, propiciada por un
extraño experimento que realizó en el ejército canadiense en 1915. En medio de una
sangrienta batalla, West había conseguido reanimar al comandante Eric Moreland
Clapham-Lee, D.S.O., un colega médico que conocía sus experimentos, y que podría
haberlos reproducido. Seccionó por completo su cabeza, con la intención de
investigar las posibilidades de vida inteligente en el tronco. Justo en el momento en el
que el edificio fue barrido por un obús alemán, nuestro experimento tuvo éxito. El
tronco se había movido de manera consciente; y, por increíble que parezca, ambos
tuvimos la enfermiza seguridad de que unos sonidos articulados brotaron de la cabeza
seccionada que yacía en un tenebroso rincón del laboratorio. En cierta manera, la
caída del obús fue un acto de misericordia; pero West jamás llegó a estar seguro,
como habría deseado, de que solo nosotros fuéramos los únicos supervivientes. A

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partir de entonces, solía hacer estremecedoras conjeturas sobre las acciones
potenciales que podría llevar a cabo un médico decapitado con el poder de reanimar a
los muertos.
La última morada de West fue una residencia muy elegante y venerable que
dominaba uno de los cementerios más antiguos de Boston. Había escogido aquel
lugar por razones puramente simbólicas y fantásticas, ya que la mayoría de los
enterramientos databan del periodo colonial y, por lo tanto, resultaban de escaso valor
para un científico que necesitaba cuerpos extremadamente frescos. El laboratorio,
instalado en el subsótano, había sido construido en secreto por emigrantes, y
guardaba un enorme incinerador para la total y discreta eliminación de los cadáveres,
despojos o fragmentos sintéticos que sobraban tras los morbosos experimentos e
impías diversiones del dueño. Durante la excavación de este subsótano, los obreros se
habían topado con ciertos restos de una construcción extraordinariamente antigua,
que sin duda conectaba con el viejo camposanto, aunque era demasiado profunda
para que desembocara en algún sepulcro conocido. Tras numerosos cálculos, West
determinó que existía alguna cámara secreta debajo del mausoleo de los Averill,
donde se había celebrado el último enterramiento en 1768. Me encontraba con él
cuando estudió las paredes rezumantes y nitrosas que habían dejado al descubierto las
palas y picos de los obreros, y estaba preparado para el fantasmagórico escalofrío que
nos esperaba una vez desveláramos los seculares secretos de la tumba; pero por
primera vez la recién adquirida timidez de West se impuso a su habitual curiosidad y
traicionó su degenerado ímpetu ordenando a los albañiles que dejaran la obra intacta
y la taparan con yeso. Y así permaneció hasta aquella última noche infernal, como
una pared más del laboratorio secreto. Hablo de la decadencia de West, pero también
debo añadir que se trataba de algo puramente mental e intangible. Exteriormente
siguió siendo el mismo de siempre hasta el fin: un hombre frío y tranquilo, delgado,
rubio, con gafas, ojos azules y un aspecto juvenil que los años y los terrores sufridos
no habían conseguido cambiar. Parecía calmado incluso cuando pensaba en aquella
tumba llena de arañazos y no podía evitar una mirada por encima del hombro, incluso
también cuando se acordaba de aquella criatura carnívora que mordía y golpeaba los
barrotes de Sefton.
El fin de Herbert West se inició una tarde mientras nos encontrábamos en nuestro
despacho compartido y alternaba su mirada entre el periódico y yo. Un extraño titular
había llamado su atención desde las arrugadas páginas, y una zarpa titánica pareció
surgir de dieciséis años atrás para hundirse en él. Un suceso increíble y espantoso
había ocurrido en el Asilo Sefton, a setenta kilómetros de distancia de donde nos
encontrábamos, algo que había sorprendido al vecindario y desconcertado a la
policía. A primeras horas de la madrugada, un grupo de hombres silenciosos se había
introducido en el patio de la institución y su líder había despertado a los celadores. Se
trataba de una amenazadora figura militar que hablaba sin mover los labios y cuya
voz de ventrílocuo parecía estar conectada a una enorme maleta negra que llevaba

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consigo. Su rostro inexpresivo era tan apuesto que rozaba la belleza más radiante,
aunque el director se llevó un buen susto cuando la luz del vestíbulo le dio de lleno,
pues en realidad se trataba de un rostro de cera con ojos de cristal pintado. Aquel
hombre debió de tener un espantoso accidente. Otro sujeto más alto guiaba sus pasos,
un gigantón repugnante cuya cara azulada parecía medio devorada por alguna
enfermedad desconocida. El que hablaba solicitó la custodia del monstruo caníbal
trasladado de Arkham dieciséis años antes; y al serle denegada, hizo una señal que
derivó en un espantoso desorden. Aquellos seres diabólicos golpearon, patearon y
mordieron a todos los celadores que no consiguieron huir, matando a cuatro de ellos
antes de poder liberar al monstruo. Estas víctimas, que podían rememorar los
acontecimientos sin histerismos, juraban que las criaturas habían actuado con
ademanes más parecidos a los de los autómatas que a los de los hombres, y que en
todo momento estaban guiados por el líder con la cabeza de cera. Cuando al fin
recibieron ayuda, ya no quedaba ningún rastro de los hombres ni del demente que
habían venido a buscar.
Desde el momento en que leyó esta noticia hasta la medianoche, West permaneció
prácticamente paralizado. A las doce sonó el timbre de la puerta y se sobresaltó
aterrorizado. Todos los sirvientes dormían en el ático, así que yo mismo fui a atender
la llamada. Como ya he contado a la policía, no había ningún vehículo en la calle, tan
solo un grupo de estrambóticas figuras con un enorme maletín cuadrado que
depositaron en la entrada, después de que uno de aquellos personajes gruñera, con
una voz totalmente inhumana: «Correo Urgente… Franqueo pagado». Se alejaron de
la casa con pasos tambaleantes, y mientras les veía irse tuve la extraña certidumbre de
que se dirigían al antiguo cementerio que lindaba con la parte trasera de la casa.
Cuando cerré la puerta tras ellos, West se precipitó escaleras abajo y miró el maletín.
Medía unos sesenta centímetros de ancho, y llevaba el nombre correcto de West con
su dirección actual. También venía el remitente: «Eric Moreland Clapham-Lee, St.
Eloi, Flandes». Seis años atrás, en Flandes, un hospital bombardeado se había
desplomado sobre el tronco sin cabeza del reanimado doctor Clapham-Lee, y también
sobre la propia cabeza que —quizá— había llegado a proferir algunos sonidos
articulados.
West apenas se excitó entonces. Su estado era aún más espantoso. Enseguida dijo:
«Es el fin… pero antes incineremos esta… cosa». Bajamos el maletín al laboratorio,
escuchando con atención. No recuerdo muchos de los detalles —pueden hacerse
cargo de mi estado mental—, pero es una mentira atroz afirmar que fue a Herbert
West a quien metí en el incinerador. Entre los dos echamos dentro el maletín sin abrir,
cerramos la puerta y conectamos la corriente. Y después de todo, ningún sonido brotó
de su interior.
West fue el primero en observar que el yeso se desprendía de una zona de la pared
que daba a la albañilería del antiguo mausoleo que habíamos sellado. Estuve a punto
de huir corriendo, pero él me detuvo. Entonces vi una pequeña y negra abertura, sentí

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una diabólica ráfaga de viento helado y olfateé el hedor de las entrañas mortuorias de
una tierra putrefacta. No se produjo ningún sonido; pero en ese preciso instante se fue
la luz eléctrica y vi una horda de seres silenciosos, recortándose contra las
fosforescencias del mundo interior, que avanzaban a trompicones y parecían el fruto
de la demencia… o de algo aún peor. Sus contornos eran humanos, semihumanos,
parcialmente humanos y completamente inhumanos… se trataba de una horda
grotescamente heterogénea. Retiraban las piedras de la pared centenaria una a una y
en silencio. Y entonces, cuando la brecha fue lo suficientemente ancha, penetraron en
el laboratorio en fila de a uno, dirigidos por una criatura espigada que lucía una
hermosa cabeza de cera. Una especie de monstruosidad con ojos enloquecidos que
iba detrás del líder agarró a Herbert West. Este no se resistió ni emitió sonido alguno.
Luego se abalanzaron todos sobre él y lo despedazaron ante mis ojos, llevando
consigo los despojos al interior de aquella cripta subterránea repleta de
abominaciones espantosas. El líder de la cabeza de cera, que vestía un uniforme
militar de oficial canadiense, portaba la cabeza de West. Mientras desaparecía vi que
los ojos azules que asomaban por detrás de sus gafas relucían aterradoramente,
mostrando por primera vez una visible y frenética emoción.
Los criados me hallaron desmayado a la mañana siguiente. West se había ido. El
incinerador tan solo contenía unas cenizas inidentificables. Los inspectores me
acosaron a preguntas; pero ¿qué puedo decir? Jamás relacionarán la tragedia de
Sefton con West; ni con ella, ni con los hombres del maletín, cuya existencia niegan.
Les conté lo del mausoleo, y ellos me mostraron el yeso intacto de la pared y se
echaron a reír. Así que ya no les dije nada más. Sospechan que soy un demente o un
asesino… seguramente estoy loco. Pero podría no estarlo si aquellas condenadas
legiones de la tumba no hubieran sido tan silenciosas.

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Frederick Treves

El horror moderno, lo diremos siempre que haga falta y cuando no, también, tiene
una tendencia que es casi más bien urgencia: husmear en la realidad para turbarnos y
perturbarnos con su esencia monstruosa y terrible en sí y para sí, sin necesidad de
acudir a temores sobrenaturales o fuerzas ocultas. Por supuesto, El hombre elefante
(The Elephant Man, 1980) de David Lynch no es una película de terror en sentido
estricto, pero sí de horror. De un horror que se manifiesta a través de la injusticia sin
moral ni reclamación posible de una Naturaleza que, en lugar de sabia, es atroz e
inconsciente, y genera maldiciones inmerecidas como la enfermedad que convirtió al
desdichado Joseph Merrick (1862-1890) en criatura de feria, abusada, perseguida y
torturada en público y en privado hasta su rescate, casi milagroso, por obra y gracia
de Sir Frederick Treves (1853-1923), brillante cirujano y hombre de mundo. Pero que
también nos habla, sobre todo, del horror de una humanidad que no merece tal
nombre, que se aprovecha sin escrúpulo de la desgracia ajena, de la curiosidad
morbosa y de la superstición, entre otras bonitas características de nuestra especie, sin
importarle el sufrimiento que genera, imparte y reparte, con tal de sacar beneficio
económico, unos, y de satisfacer los más extraños gustos y caprichos más insanos los
demás —y aquí, por supuesto, me incluyo a mí mismo con total (des)vergüenza—, en
obscena celebración de aquello que por supuesto nos hace también, en realidad,
humanos, demasiado humanos.
El origen literario del Filme quizá menos lynchiano de Lynch, pero no por ello
menos digno de su extensa y excelsa filmografía fundamental para el cine de horror
contemporáneo, está en el capítulo que aquí se incluye del libro de memorias The
Elephant Man and Other Reminiscences, publicado en 1923, obra del susodicho Sir
Frederick Treves, pionero de la cirugía moderna y caballero de cultura y posición,
que movido tanto por la curiosidad médica como, por fortuna, por su piedad de
eminente Victoriano, rescató al desdichado Hombre Elefante de su vida de
explotación, abuso y abandono, para convertirlo en otra especie de fenómeno de feria,
pero al menos de una feria de las vanidades que le permitió disfrutar de una extraña
posición de tranquilidad, comodidad y reposo en sus últimos años, antes de reposar
para siempre, a la prematura edad de veintiocho años, en el seno de la misma cruel
Naturaleza que le había marcado a fuego con el sello infame de la deformidad física
más extrema. Y por hablar de otra siniestra paradoja del destino: el propio Treves,
cuyo revolucionario tratamiento de la apendicitis se dice que salvó la vida al
mismísimo Eduardo VII, fallecería en 1923 a los setenta años debido a una
peritonitis, provocada, por supuesto, por la ruptura de su apéndice, que quizá sólo él
mismo habría podido operar con fortuna.

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El filme de Lynch, producido por Mel Brooks —un tipo mucho más raro de lo
que se suele creer—, nominado en ocho categorías para los Óscar, habría de influir
notablemente tanto en la recuperación de cierto victorianismo gótico con el sello de la
vieja Hammer —no en vano su director de fotografía, Freddie Francis, fue uno de los
hombres señeros en la Casa del Horror británica—, como en la visión peripatética y
amable, e incluso entrañable, del freak de feria, del monstruo humano en la pantalla,
que aun estando relativamente presente en clásicos malditos como el Freaks (1932)
de Browning, adquiriría en el genero moderno un carácter especial y específico, de
sintonía y simpatía por el monstruo, que se encuentra en títulos tan diferentes como
¿Dónde te escondes hermano? (Basket Case. Frank Henenlotter, 1982) y sus secuelas
o en Ed Wood. (Tim Burton, 1994), sobre ese Hombre Elefante por dentro que fuera
el conocido como «peor director de la historia del cine». Por su parte, Lynch, después
de rozar el falso Olimpo de los dioses de Hollywood, optó por seguir una carrera
autoral, arriesgada y singular, al margen de modas e industria, que conforma todo un
género de horror moderno en sí mismo: lo lynchiano, hoy tan influyente y
reconocible como lo kafkiano o lo lovecraftiano. He de admitir aquí que, leyendo la
crónica real y verídica de la serie de catastróficas desdichas sufridas por el pobre
Joseph Merrick, concisa y sensiblemente narradas por su benefactor, ha sido el único
momento en que he derramado verdaderas lágrimas sobre estas páginas. El horror…
El horror…

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EL HOMBRE ELEFANTE[1]

En Mile End Road, frente al London Hospital, había (y posiblemente todavía haya)
una hilera de pequeños comercios. Entre ellos había una antigua verdulería vacía con
un cartel que ofrecía el local en alquiler. Toda la fachada de la tienda, con excepción
de la puerta, estaba ahora oculta tras una lona en la que se anunciaba que se podía ver
dentro al Hombre Elefante y que el precio de la entrada era de dos peniques. Pintado
sobre una lona con colores básicos había un retrato a tamaño real del Hombre
Elefante. Esta reproducción, bastante tosca, mostraba a una aterradora criatura tan
solo posible en una pesadilla. Era la figura de un hombre con las características de un
elefante. La transfiguración no estaba demasiado avanzada. Todavía quedaba más del
hombre que de la bestia. Este hecho, que todavía fuera humano, era el atributo más
repugnante de la criatura. En él no se apreciaba ningún rastro de la compasión que
pueden despertar los que padecen malformaciones o los deformes, ni tampoco del
aire grotesco de los fenómenos de feria, simplemente producía repulsión ante la
insinuación de un hombre transformándose en un animal. Algunas palmeras al fondo
del dibujo sugerían una jungla y el público más imaginativo asumía que aquel era el
hábitat natural de la criatura.
Cuando me enteré de la existencia de tal fenómeno, la exposición estaba cerrada,
pero un chico con información de primera mano buscó al propietario en un bar y este
me ofreció un pase privado tras el pago de un chelín. La tienda estaba vacía y
cubierta con una capa gris de polvo. Algunas viejas latas y unas cuantas patatas
mustias ocupaban un estante, mientras que un puñado de verduras irreconocibles se
pudrían esparcidas por el escaparate. La luz en el local era tenue, oscurecida por el
cartel exterior. El fondo del local, donde supuse que el antiguo propietario ocupaba su
mostrador, quedaba oculto tras una cortina o, más bien, un mantel rojo colgado de un
cordel y unos cuantos aros. En la habitación hacía frío y había humedad, porque era
el mes de noviembre. Debo decir que el año era 1884.
El empresario descorrió la tela y reveló una figura inclinada, encogida sobre un
taburete y tapada con una manta marrón. Delante de esta, sobre un trípode, había un
ladrillo grande calentado por un quemador Bunsen. La criatura se acurrucaba sobre el
trípode para calentarse. No se movió cuando la cortina se descorrió. Encerrado en una
tienda vacía e iluminado por la débil luz azul del chorro de gas, la figura encogida era
la personificación de la soledad. Podría perfectamente haber sido un cautivo en una
caverna, o un mago buscando manifestaciones profanas en la llama espectral. Fuera
el sol brillaba y se podían escuchar los pasos de los viandantes, la melodía silbada por
un chico y el murmullo habitual del tráfico en la calle.
El empresario, hablándole como si se dirigiera a un perro, exclamó bruscamente:
—¡Ponte de pie!

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La criatura se levantó lentamente y dejó que la manta que le cubría la cabeza y la
espalda cayera al suelo. Y allí se reveló el espécimen humano más abominable que
jamás hubiera visto. Durante el desempeño de mi profesión he podido contemplar
lamentables deformidades debido a heridas o enfermedades, así como mutilaciones y
torsiones del cuerpo originadas por distintas causas, pero jamás contemplé una
versión tan degradada o pervertida del ser humano como la encamada por aquella
figura solitaria. Iba desnudo hasta la cintura, llevaba los pies descalzos y unos
pantalones deshilachados que en otro tiempo formaron parte de un traje de chaqueta
de un caballero voluminoso.
Por la ilustración exagerada de la calle me había imaginado que el hombre
elefante era de un tamaño gigantesco. Sin embargo, aquel era un tipo pequeño y de
una estatura por debajo de la media, que daba la impresión de ser aún más reducida
por la posición curvada de su espalda. El rasgo más sorprendente en él era la gran
cabeza deforme. Desde la frente se proyectaba una protuberancia ósea enorme como
una barra de pan, mientras que desde la nuca colgaba una bolsa de piel esponjosa y de
aspecto mohoso cuya superficie podría ser comparada con la textura de una coliflor
marrón. De la coronilla del cráneo colgaban unos cuantos mechones de pelo lacio. La
protuberancia ósea de la frente cerraba casi por completo un ojo. La circunferencia de
la cabeza no era menor que la de la cintura del hombre. De la mandíbula superior se
proyectaba otra masa ósea. Sobresalía de la boca como un muñón rosa, dándole la
vuelta al labio superior y haciendo de la boca una mera ranura babeante. Esta
protuberancia de la mandíbula había sido tan exagerada en el dibujo que parecía una
trompa o un colmillo rudimentario. La nariz era simplemente un pedazo de carne, tan
solo reconocible como tal por su posición. El rostro tenía la misma expresividad que
un trozo de madera. La parte posterior era horrible, porque hasta la mitad del muslo
colgaban unas gruesas y enormes masas tuberculosas de carne cubiertas por esa
misma repugnante piel de coliflor.
El brazo derecho estaba muy deformado y tenía un tamaño enorme. Recordaba a
la extremidad de algún paciente de elefantiasis. Además, también estaba cubierto de
masas que pendían con la misma piel de textura de coliflor. La mano era grande y
torpe… más una aleta o anca que una mano. No había diferencia entre la palma y el
dorso. El pulgar tenía la apariencia de un rábano y el resto de los dedos bien podrían
haber sido tubérculos gruesos de algún tipo. Como extremidad era casi inservible. Por
el contrario, en comparación, el otro brazo era sorprendente. No solo era normal, sino
que además era una extremidad delicada y de piel fina, con una mano tan bella que
cualquier mujer la hubiera envidiado. Del pecho colgaba otra bolsa de la misma carne
repugnante. Era como la papada que cuelga del gaznate de un lagarto. Las
extremidades inferiores poseían las mismas características que el brazo deforme.
Estaban rígidas, amoratadas y enormemente deformadas.
Para empeorar aún más sus problemas, el pobre desgraciado padeció de niño una
enfermedad en la cadera que le había dejado permanentemente cojo, de manera que

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tan solo podía caminar con bastón. Esto le impidió aprovechar alguna ocasión para
escapar de sus torturadores. Como me contó más tarde, jamás podría haber escapado.
Debo mencionar otro rasgo para subrayar el aislamiento que sufría por parte de los de
su especie. Aunque ya era lo suficientemente abominable, las protuberancias carnosas
mohosas que le cubrían prácticamente por completo despedían un hedor nauseabundo
difícil de soportar. El empresario no me dio ningún dato sobre el Hombre Elefante, a
excepción de que era inglés, que su nombre era John Merrick y que tenía veintiún
años.
Durante la época de mi descubrimiento del Hombre Elefante, yo era profesor de
anatomía en la clínica universitaria situada justo enfrente de la tienda y por ello
ansiaba examinarlo en detalle y preparar un informe sobre sus anomalías. Por lo
tanto, pacté con el empresario una entrevista con su extraña atracción de feria en mi
despacho de la universidad. De inmediato fui consciente de una dificultad. El
Hombre Elefante no podía mostrarse en público. La multitud le habría perseguido y
acosado y la policía lo habría detenido. De hecho, se encontraba tan recluido y
alejado del mundo como el Hombre de la Máscara de Hierro. Sin embargo, tenía un
disfraz, aunque este era casi tan sorprendente como el mismo. Consistía en una capa
larga y negra que llegaba hasta el suelo. No soy capaz de imaginar de dónde podría
haber salido dicha capa. Solo había visto tal tipo de prenda sobre un escenario
embozando la figura de algún bravo veneciano. Al recluso se le había suministrado
un par de zapatillas con aspecto de bolsas en las que podía esconder sus pies
deformes. Sobre la cabeza llevaba una especie de sombrero nunca visto. Era negro
como la capa, tenía una visera ancha y el aspecto general de una gorra marinera.
Dado que la circunferencia de la cabeza de Merrick era como la de la cintura de un
hombre, es fácil de imaginar el tamaño de aquel sombrero. Desde la unión de la
visera, un velo gris de franela colgaba delante de su rostro. En dicha máscara había
una ranura ancha horizontal por la que el portador del sombrero podía mirar. Este
atuendo, en un hombre jorobado que cojeaba con un bastón, era probablemente el
más sorprendente y extraño que jamás se haya diseñado. Lo organicé todo para que
Merrick pudiera cruzar la calle en un coche de caballos y, para asegurarme de que se
le permitiera de inmediato la entrada a la universidad, le di mi tarjeta de visita. Esta
tarjeta estaba destinada a jugar un papel crucial en la vida de Merrick.
Realicé un minucioso examen de mi visitante cuyos resultados he recopilado en
un artículo[2]. No pude sacar mucho de él. Era un hombre tímido, confundido,
bastante asustado y evidentemente desconfiado. Además, apenas se podía entender lo
que decía. La enorme masa ósea que sobresalía de la boca oscurecía su pronunciación
y hacía imposible la articulación de ciertas palabras. Regresó en un coche de caballos
hasta el lugar del espectáculo y di por sentado que esa sería la última vez que lo vería,
especialmente cuando al día siguiente descubrí que el espectáculo había quedado
prohibido y clausurado por la policía y que la tienda estaba vacía.

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Supuse que Merrick era retrasado mental y que lo había sido desde su nacimiento.
El hecho de que su rostro no pudiera mostrar ninguna expresión, que al hablar tan
solo pudiera escupir las palabras y que su actitud era la de alguien cuya mente carece
de cualquier emoción o preocupación reforzó esta hipótesis. Sin duda, esta
convicción también estaba reforzada por la esperanza de que su mente estuviera tan
en blanco como la suponía. No podía imaginarme que fuera consciente de su
situación. Teníamos a un hombre en la flor de la vida tan vilmente deforme que todo
el mundo lo contemplaba con una mirada de horror y asco. Lo llevaban por el país
para exhibirlo como un monstruo y un objeto de repulsión. Era tratado como un
leproso, encerrado como una bestia salvaje y solo podía ver el mundo desde un
agujero en un carromato del empresario. Además, estaba cojo, solo disponía de un
brazo útil y apenas podía hacerse entender. Solo cuando supe que Merrick era una
persona de gran inteligencia, que poseía una profunda sensibilidad y, lo peor de todo,
una imaginación romántica, fui plenamente consciente de la sobrecogedora tragedia
de su vida.
Imaginé entonces que el episodio del Hombre Elefante había quedado cerrado,
pero el destino hizo que volviera a encontrarlo, dos años más tarde, en circunstancias
mucho más dramáticas. En Inglaterra, el empresario y Merrick habían tenido que ir
de un sitio a otro por la persecución policial tras establecer que. el espectáculo era
degradante y no apto para sus patrones morales. Creyeron que en los lugares
apartados y discretos de Mile End podrían encontrar algo de paz. Pero no fue así. La
opinión oficial allí, como en el resto de los lugares, decretó muy apropiadamente que
la exhibición pública de Merrick y sus deformidades transgredían los límites de la
decencia. El espectáculo debía ser clausurado.
El empresario, desesperado, huyó con su cargamento al continente. No sé adonde
se dirigió en primer lugar, pero finalmente llegó a Bruselas. Allí el recibimiento
resultó descorazonador. Bruselas se mostró firme; el espectáculo fue clausurado; era
brutal, indecente e inmoral y fue prohibido dentro de las fronteras de Bélgica. Así
pues, Merrick perdió todo su valor. Ya no era una fuente de entretenimiento rentable.
Era una carga. Debía deshacerse de él. La eliminación de Merrick era un asunto
sencillo. No podía ofrecer ninguna resistencia. Era tan dócil como una oveja enferma.
El empresario, tras robar a Merrick sus ahorros, le compró un billete para Londres, le
acompañó hasta el tren y sin duda, al partir, le condenó a su perdición.
Su destino era Liverpool Street. El viaje es fácil de imaginar. Merrick iba ataviado
con su alarmante indumentaria de paseo. Sería acosado por la multitud curiosa
mientras cojeaba por el muelle. Correrían para ponerse delante de él y mirarle. Le
levantarían la orilla de la capa para echar un vistazo a su cuerpo. El intentaría
esconderse en el tren o en algún oscuro rincón del barco, pero jamás se libraría de
aquel círculo de ojos curiosos o de los susurros de terror y repulsión. Tan solo llevaba
unos cuantos chelines en el bolsillo y no había comido ni bebido nada de camino. Un

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perro asustado con una chapa en el collar habría recibido más simpatía y
posiblemente algo de amabilidad. Merrick no recibió nada.
¿Qué iba a hacer cuando llegase a Londres? No tenía ningún amigo en el mundo.
Estaba tan familiarizado con Londres como con Pekín. ¿Cómo iba a encontrar
alojamiento, o qué casero se atrevería siquiera a alojarle? Lo único que quería hacer
era esconderse. Lo que más temía eran las calles y la mirada de sus congéneres.
Aunque se metiera en un sótano, aquellos horribles ojos y los aún más temidos
susurros le seguirían hasta el último rincón. ¡Jamás se vio tal regreso al hogar!
En Liverpool Street la policía le rescató de la multitud y le condujo a una sala de
espera de tercera. Allí se acurrucó en el rincón más oscuro. La policía no sabía qué
hacer con él. Habían tratado con vagabundos extraños y mugrientos, pero jamás con
una criatura como aquella. No podía ni hacerse entender. Su pronunciación estaba tan
mermada que, por lo que le entendían, bien podría haber hablado en árabe. Sin
embargo, llevaba algo con él que sacó corno un rayo de esperanza. Era mi tarjeta.
La tarjeta simplificó el asunto. Dejó claro que aquella curiosa criatura tenía un
conocido y que debían ir a buscar al individuo en cuestión. Se envió a un mensajero
al London Hospital, que se encuentra relativamente cerca. Afortunadamente yo me
encontraba en el edificio y regresé de inmediato con el mensajero a la comisaría. En
la sala de espera tuve dificultades para abrirme paso entre la gente, pero allí, en el
suelo y en un rincón, estaba Merrick. Parecía un simple montón de ropa. Era como si
lo hubieran arrojado allí como un saco. Estaba tan acurrucado y parecía tan desvalido
que bien podría tener rotos ambos brazos y ambas piernas. Pareció alegrarse al
verme, porque se quedó dormido en cuanto se sentó y durmió hasta el final del
trayecto. No dijo una sola palabra, pero parecía satisfecho de que todo estuviera ya
bien.
En el ático del hospital había una sala de aislamiento con una sola cama. Se usaba
para situaciones de emergencia: en casos de delirium tremens o si algún hombre de
repente enloquecía o algún paciente presentaba una fiebre sin causas conocidas. Allí
colocaron al Hombre Elefante en una cama, lo acomodaron y le proporcionaron
alimentos. Yo había cometido una irregularidad al ingresarle, porque el hospital no
era un refugio ni un hogar para incurables. No se aceptaban pacientes crónicos, solo
aquellos que requerían un tratamiento activo y Merrick no necesitaba tal tratamiento.
Dirigí una petición al compasivo presidente del comité, el señor Carr Gomm, que no
solo tuvo la bondad de aprobar mi acción, sino que además estuvo de acuerdo
conmigo en que Merrick no debía ser abandonado de nuevo a su suerte en el mundo.
El señor Carr Gomm escribió una carta al The Times detallando las circunstancias
del refugiado y pidiendo una donación para apoyarlo. Tan generoso es el público
inglés que, en unos pocos días, creo que tan solo una semana, llegó suficiente dinero
para mantener a Merrick de por vida sin necesidad de realizar ningún cargo a los
fondos del hospital. Resultó que había dos habitaciones vacías en la parre trasera del
hospital que se usaban en raras ocasiones. Estaban en la planta baja, apartadas, y se

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abrían a un patio grande llamado Bedstead Square, porque allí desfilaban las camas
de hierro donde las pulían y pintaban. La habitación principal se había convertido en
un dormitorio salón y la habitación pequeña en un baño. La condición de la piel de
Merrick hacía necesario un baño al menos una vez al día, y debo mencionar en este
punto que con ese baño diario el desagradable olor al que ya me he referido dejó de
percibirse. Merrick se mudó a su alojamiento en el hospital el mes de diciembre de
1886.
Ahora Merrick tenía algo con lo que jamás habría soñado, ni jamás habría
pensado que sería posible; una casa propia para toda la vida. De inmediato, comencé
a familiarizarme con él para intentar entender su mente. Fue un estudio de lo más
interesante. Muy pronto aprendí a entender su pronunciación, de manera que podía
hablar con cierta fluidez con él. Esto le proporcionó una enorme satisfacción porque,
curiosamente, sentía pasión por la conversación y, sin embargo, durante toda su vida
no había tenido a nadie con quien hablar. Como contaba con bastante tiempo libre por
aquel entonces, podía verlo casi todos los días y me propuse pasar unas dos horas con
él todos los domingos por la mañana, tiempo que pasábamos hablando casi sin cesar.
Era absurdo tener a una enfermera para atenderle continuamente, pero no faltaban
voluntarios temporales. Como no todos ellos llegaban a entender su pronunciación,
ocasionalmente yo actuaba de intérprete.
Merrick, como ya he mencionado, me pareció extraordinariamente inteligente.
Había aprendido a leer y se había convertido en un lector voraz. Creo que le
enseñaron cuando estuvo en el hospital por sus problemas de cadera. La variedad de
libros que había leído era limitada. Tenía un profundo conocimiento de la Biblia y el
Devocionario, pero había subsistido principalmente con periódicos o, más bien,
fragmentos de viejos periódicos que lograba recoger. Había leído unas cuantas
historias y algunos libros de educación elemental, pero lo que más le complacía de
todo eran las novelas, especialmente las novelas de amor. Estas historias le parecían
muy reales, tan reales como cualquier narración de la Biblia, de manera que me las
contaba como si fueran sucesos en las vidas de personas que habían vivido realmente.
Su visión del mundo era la de un niño, pero un niño con los tempestuosos
sentimientos de un hombre. Era un ser elemental, tan primitivo que bien podría haber
pasado veintitrés años de su vida encerrado en una cueva.
Poco pude averiguar de sus primeros años. Le asqueaba hablar del pasado. Era
una pesadilla que aún le hacía estremecerse. Creía que había nacido en Leicester o
alrededores. De su padre no sabía absolutamente nada. De su madre tenía algún
recuerdo. Era un recuerdo muy débil y creo que había fantaseado para crear una
imagen concreta. En los cuentos que había leído aparecían madres y él quería que su
madre fuera una de aquellas personas reconfortantes que cantan nanas y que son tan
adorables. En su subconsciente había aparentemente un vago recuerdo de alguien que
había sido amable con él. Se había aferrado a esta imagen y la había hecho más real
con su imaginación, porque desde el mismo día en el que pudo gatear nadie había

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sido amable con él. De niño, debió de ser repugnante, aunque sus deformidades no se
hicieron completamente visibles hasta que alcanzó toda su estatura.
Una de sus creencias favoritas era que su madre era bella. Soy consciente de que
tal ficción debió de ser de su propia creación, pero a él le producía una gran alegría.
Su madre, tan bella como fuera, básicamente lo había abandonado cuando era muy
pequeño, tan pequeño que sus primeros recuerdos claros eran del asilo de pobres al
que fue entregado. Por muy ingrata e inhumana que fuera su madre, Merrick hablaba
de ella con orgullo e incluso reverencia. En una ocasión, cuando comentaba algo
sobre su propio aspecto, dijo: «Es muy extraño, porque mi madre era muy bella,
¿comprende?»
El resto de la vida de Merrick hasta el instante en el que lo encontré en la
comisaría de Liverpool Street era un sórdido testimonio de degradación y miseria.
Fue arrastrado de ciudad en ciudad y de feria en feria en una jaula como un animal
extraño. Durante una docena de veces al día debía exponer su desnudez y sus penosas
deformidades ante una muchedumbre embelesada que lo saludaba con palabras como
«¡Oh, que horror!» «¡Que monstruo!» No había tenido niñez. No había tenido
adolescencia, jamás había experimentado el placer. No sabía nada de las alegrías de
vivir ni de la diversión de la vida. La única idea de felicidad que poseía era la de
lograr arrastrarse hasta la oscuridad y esconderse. Encerrado solo en tina cabina,
esperando la siguiente función, ¡qué hirientes debieron de sonarle las risas y la
algarabía de los chicos y las chicas allí fuera que disfrutaban de las «diversiones de la
feria»! No tenía ningún pasado al que echar la vista atrás ni un futuro que esperar. A
sus veinte años era ya una criatura desesperanzada. No había nada frente a él, tan solo
una vista de las caravanas avanzando lentamente por un camino, de hileras de
tenderetes de feria y de corros de ojos clavados en él y, al final, el espectáculo de un
hombre roto en un humilde dispensario policial.
Aquellos interesados en la evolución de la personalidad humana pueden especular
sobre los efectos de esta vida brutal en un hombre sensible e inteligente. Sería
razonable suponer que terminara convertido en un misántropo, lleno de veneno y odio
por sus congéneres o, por otro lado, que degenerara en una melancolía desesperada
hasta el punto de la idiocia. Sin embargo, Merrick no era así. Había atravesado el
fuego y había salido ileso. Sus vicisitudes lo habían ennoblecido. Se mostraba como
una criatura gentil, afectuosa y tan afable como una mujer feliz, sin un solo rastro de
cinismo o resentimiento, sin una queja o una mala palabra para nadie. Jamás le oí
quejarse. Jamás le escuché lamentar su vida ruinosa o quejarse por el tratamiento que
había recibido de sus insensibles guardianes. Su viaje por la vida sin duda había
transitado por la vía dolorosa, el camino había sido cuesta arriba todo el trayecto y
ahora, cuando más oscura era la noche y el camino más escarpado, encontró de
repente algo parecido a una taberna amigable brillante con luces y calurosa
bienvenida. La gratitud que mostraba a aquellos que le rodeaban resultaba patética
por su sinceridad y elocuente por la simpleza infantil con la que la expresaba.

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Cuando fui conociendo más a esta criatura primitiva descubrí que le atormentaban
principalmente dos problemas que me reveló tímidamente. Ya se estaba alojando en
las habitaciones que le habían asignado, tras asegurarle que le cuidarían hasta el fin
de sus días y, sin embargo, le costaba asimilar este hecho, porque en varias ocasiones
me preguntó tímidamente cuál sería el siguiente lugar a donde iban a llevarlo. Para
entender su actitud es necesario recordar que había estado cambiando de lugar toda su
vida. No conocía otro estado de existencia. Para él era lo normal. Había pasado del
asilo al hospital, del hospital de regreso al asilo, luego de esta ciudad a aquella otra o
de una caravana de espectáculos a otra. No había conocido un hogar ni nada que se le
pareciera. No tenía ninguna posesión. Sus únicas pertenencias, aparte de las ropas y
algunos libros, eran el monstruoso sombrero y la capa. Era un vagabundo, un paria y
un desterrado. No podía entender que aquellas habitaciones en el hospital Rieran para
toda la vida. No podía borrar de su mente la ansiedad que le había acosado durante
tantos años… ¿adonde me llevarán ahora?
Otro problema era el temor que le despertaban sus congéneres, el miedo a los ojos
de la gente, el terror de ser siempre observado y el látigo de los crueles murmullos de
la muchedumbre. En su cuarto en Bedstead Square estaba recluido, pero de vez en
cuando algún camillero o limpiadora de sala abría su puerta y dejaba que amigos
curiosos echaran un vistazo al Hombre Elefante. Por lo tanto, para él era como si la
mirada del mundo todavía le siguiera.
Influido por estas dos obsesiones, durante las primeras semanas en el hospital se
mostró curiosamente inquieto. Por fin, tras mucho vacilar, me dijo un día: «¿Cuando
me trasladen de nuevo, puedo ir a un sanatorio de ciegos o a un faro?» Había leído
algo sobre los sanatorios para ciegos en el periódico y le atrajo la idea de estar entre
personas que no podían ver. El faro tenía otro encanto. Significaba aislamiento de los
curiosos. Allí al menos nadie podría abrir una puerta para entrar a mirarle. Entonces
podría olvidar que alguna vez fue el Hombre Elefante. Allí escaparía del empresario
vampiro, Nunca había visto un faro, pero había caído en sus manos un dibujo del
Eddystone y le pareció que aquella solitaria columna de piedra en los confines de la
tierra era el hogar que siempre había deseado.
No me costó mucho disuadir a Merrick de tales ideas. Quería que se acostumbrara
a sus congéneres, que se convirtiera en un ser humano y fuera admitido en comunión
con su especie. Cada día parecía menos asustado, menos huidizo, menos ansioso por
esconderse, menos alarmado cuando veía que se abría la puerta. Llegó a conocer a la
mayoría de la gente del lugar, se acostumbró a sus idas y venidas y advirtió que tan
solo le prestaban una amistosa atención. Solo podía salir de noche y cuando hacía
buen tiempo se aventuraba a dar un paseo por Bedstead Square ataviado con su capa
y sombrero negros. Su mayor aventura era la de las noches sin luna, cuando paseaba a
solas hasta el jardín del hospital y de regreso otra vez.
Para asegurarnos de la recuperación de Merrick y traerlo en efecto a la vida una
vez más era necesario que se relacionara con hombres y mujeres que le trataran como

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un joven normal e inteligente y no como un monstruo deforme. Yo tenía la impresión
de que las mujeres serían más importantes que los hombres para provocar tal
transformación. Las mujeres eran las que más se asustaban de él, las más asqueadas
por su aspecto y las que con más frecuencia dejaban escapar expresiones de rechazo
en su presencia. Además, Merrick sentía tal admiración por las mujeres que rayaba
casi en la adoración. No era resultado de su experiencia personal. No eran mujeres
reales, sino productos de su imaginación. Entre ellas se encontraba la hermosa madre
rodeada, a una respetuosa distancia, por las heroínas de muchos de los romances que
había leído.
Durante su primera entrada al hospital tuvo lugar un incidente lamentable. Lo
habían tumbado sobre la cama del pequeño ático y una enfermera tenía instrucciones
de llevarle comida. Desafortunadamente, no le informaron adecuadamente sobre el
inusual aspecto de Merrick. Al entrar en la habitación, lo vio en la cama, apoyado en
una almohada blanca, una figura monstruosa tan horripilante como un ídolo indio.
Inmediatamente, la mujer dejó caer la bandeja que llevaba y salió huyendo con un
grito de espanto. Merrick estaba aún demasiado débil para advertir este suceso, pero
me temo que la experiencia no era nueva para él.
Era atendido por enfermeras voluntarias cuyos cuidados eran un tanto formales y
comedidos. Merrick, sin duda alguna, era consciente de que aquel servicio era un
puro trámite, que hacían simplemente lo que les ordenaban que hicieran y que
actuaban más bien como autómatas que como mujeres. No le ayudaban a que se
sintiera uno más de su especie. Por el contrario, sin saberlo, le hacían consciente de
que el abismo que les separaba era inconmensurable.
Tras darme cuenta de este hecho, pregunté a una amiga, una joven y bonita viuda,
si creía ser capaz de entrar en el cuarto de Merrick con una sonrisa, desearle buenos
días y estrecharle la mano. Ella dijo que podía hacerlo y lo hizo. El efecto en el pobre
Merrick no fue el que yo esperaba. Cuando soltó la mano de ella, inclinó la cabeza
sobre las rodillas y comenzó a sollozar hasta el punto de que creí que jamás pararía.
La entrevista había acabado. Más tarde me confesó que aquella había sido la primera
mujer que le había sonreído, y la primera mujer en toda su vida que le había
estrechado la mano. Desde aquel día, comenzó la transformación de Merrick y poco a
poco pasó de criatura acosada a hombre. Fue un cambio maravilloso que jamás dejará
de fascinarme.
El caso de Merrick atrajo mucha atención en los periódicos y en consecuencia
tenía una sucesión constante de visitantes. Todo el mundo quería verle. Debió de
recibir a casi todas las damas notables de la alta sociedad. Todas se mostraban lo
suficientemente dispuestas a saludarle con una sonrisa y estrecharle la mano. El
Merrick que yo encontré temblando bajo un retal de cortina en una tienda vacía ahora
frecuentaba la compañía de duquesas, condesas y otras damas de alta alcurnia. Le
llevaban regalos, iluminaron su cuarto con adornos y cuadros y, lo que más le
complació de todo, le proporcionaron libros. Pronto se hizo con una biblioteca

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considerable y pasaba la mayor parte del día leyendo. No era nada caprichoso, ni
orgulloso en absoluto, nunca pedía nada, nunca daba por sentada la amabilidad que
recibía y siempre se mostraba humilde y profundamente agradecido. Sobre rodo,
perdió la timidez. Le gustaba que se abriera la puerta y la gente mirara dentro. Trabó
amistad con la mayoría de los que frecuentaban Bedstead Square, charlaba con ellos
desde la ventana y les mostraba algunos de los regalos más selectos. Mejoró su
dicción, aunque hasta el final sus frases seguían resultando difíciles de entender a los
extraños. Además, estaba comenzando a ser menos consciente de su fealdad,
levemente predispuesto a creer que, después de todo, no era tan extrema.
Posiblemente ayudado por el hecho de que yo había prohibido los espejos de
cualquier tipo en su habitación.
Alcanzó la cumbre de su ascenso en sociedad un día célebre cuando la reina
Alejandra, entonces princesa de Gales, llegó al hospital de visita especial. Con esa
amabilidad que marcó todos y cada uno de los actos de su vida, la reina entró en el
cuarto de Merrick sonriendo y le estrechó calurosamente la mano. Merrick estaba
extasiado de placer. Aquello no lo habría imaginado ni en el más increíble de sus
sueños. La reina hacía feliz a mucha gente, pero no creo que ningún otro de sus actos
causara jamás tanta felicidad como la que trajo a la habitación de Merrick cuando se
sentó junto a su silla y le habló como si lo hiciera con alguien a quien se alegraba de
ver.
Debo decir que Merrick era ahora una de las criaturas más satisfechas que jamás
he conocido. En más de una ocasión me dijo: «Soy feliz a todas horas del día». Era
un excelente avance en comparación con la criatura que había visto en el rincón de la
sala de espera en Liverpool Street. La mayoría de los hombres de la edad de Merrick
habrían expresado su alegría y contento cantando o silbando a solas.
Desafortunadamente, el pobre Merrick tenía la boca tan deformada que no podía ni
silbar ni cantar. Se conformaba con expresarse golpeando la almohada al ritmo de
alguna melodía que sonaba en su cabeza. En muchas ocasiones le sorprendí
haciéndolo al entrar en su cuarto inesperadamente. Algo que siempre me pareció un
rasgo triste en Merrick era el hecho de que no pudiera sonreír. Por mucha que fuera
su alegría, su rostro permanecía impasible. Podía llorar, pero no podía sonreír.
La reina visitó a Merrick en numerosas ocasiones y todos los años le enviaba una
tarjeta navideña con un mensaje de su propio puño y letra. En una ocasión le envió
una fotografía suya firmada. Merrick, embargado por la emoción, la consideraba un
objeto sagrado y apenas me permitía tocarla. Lloraba mirándola y, tras enmarcarla, la
colocó en su habitación como una especie de icono. Le dije que debía escribir a Su
Real Majestad para agradecerle la amabilidad. Esto le agradó, porque le gustaba
mucho escribir cartas; jamás en su vida había tenido a nadie a quien escribir. Permití
que se enviara la carta sin correcciones de ningún tipo. Comenzaba: «Mi querida
princesa», y acababa: «Su seguro servidor». A pesar de lo poco ortodoxa que era su
redacción, se expresaba en términos que cualquier cortesano envidiaría.

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Otras damas siguieron el ejemplo de su graciosa Reina y enviaron sus retratos
fotografiados a aquella criatura encantada que toda su vida había sido odiada y
rechazada por los hombres. La repisa de la chimenea y la mesa terminaron tan
repletas de fotografías de bellas damas, junto a exquisitos chismes y bonitas
chucherías, que bien podrían haber decorado el apartamento de un actor bello como
un Adonis o un tenor famoso.
A pesar de todos estos desconcertantes incidentes y el glamur que suponía este
gran cambio, Merrick seguía siendo tan solo un niño en muchos aspectos. Poseía toda
la inventiva de un chico o chica imaginativos, el mismo amor por la ficción, el mismo
instinto para los disfraces y la personificación de héroes y personajes impresionantes.
Esta actitud mental queda ilustrada en el siguiente incidente. Los benevolentes
visitantes me habían dado, de vez en cuando, cantidades de dinero para hacer más
cómoda la vida del ci-devant[3] Hombre Elefante. Cuando se acercaban unas fiestas
navideñas pregunté a Merrick qué le gustaría que le comprara de regalo de Navidad.
Me sorprendió bastante cuando dijo tímidamente que le gustaría un neceser de viaje
con accesorios de plata. Había visto una fotografía de dicho artículo en un anuncio
que se había guardado furtivamente.
La relación de aquel neceser de viaje con accesorios de plata con el pobre
desecho humano envuelto en una sucia manta encerrado en una tienda vacía resultaba
difícil de comprender. Con el tiempo logré desentrañar el misterio, porque Merrick no
callaba las ideas que atormentaban su mente adolescente. Al igual que una niña
pequeña con una corona dorada y una cortina haciendo las veces de velo de cola se
imagina ser una condesa de camino a la corte, Merrick se deleitaba imaginándose
como un hombre joven y elegante paseando por la ciudad. Sin duda, mentalmente se
había «disfrazado» para hacer ese papel. Podía actuar de forma convincente, pero
quería algo que proporcionara al personaje un mayor realismo. De ahí el desenfadado
neceser que debía asumir la función de corona de juguete y cortina para transformar a
una niña con trenzas en condesa.
Como «atrezo» teatral, el neceser era una idea ingeniosa, ya que no podía recurrir
a mucho más para la transformación. Merrick no podía llevar el sombrero de seda del
dandi ni, de hecho, ningún tipo de sombrero. No podía adaptar su cuerpo al abrigo de
corte elegante. Su deformidad era tal que le impedía llevar cuello de camisa o
corbata, mientras que resultaba impensable asociar sus pies bulbosos con unos
zapatos de piel de potro de pura raza. ¿Qué otra cosa tenía para poder construir su
personaje? Una dama le había dado un anillo para que lo luciera en la mano deforme
y un lord noble le había regalado un bastón muy elegante. Pero estas cosas, por muy
útiles que resultaran, difícilmente podían ser suficientes.
Sin embargo, el neceser era algo inconfundible, clarificador y totalmente
característico. Así que se compró el neceser, y Merrick, el Hombre Elefante, se
transformó en la intimidad de su habitación en el caballero exquisito de Piccadilly, la
joven promesa, el galán, el «estrafalario». Cuando compré el artículo era consciente

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de que, al no poder viajar, Merrick no necesitaba en absoluto un neceser de viaje. No
podía usar los cepillos o peines repujados en plata porque no tenía pelo que peinar.
Las cuchillas con mango de marfil no le servían porque no podía afeitarse. La
deformidad de su boca hacía que un cepillo de dientes normal no fuera de ninguna
utilidad, y como sus labios monstruosos no eran capaces de sostener un cigarrillo, la
pitillera era simplemente una burla. El calzador de plata no le hacía falta para calzarse
sus zapatillas dadas de sí, mientras que el cepillo de sombrero no parecía apropiado
para la gorra de visera.
El neceser era un emblema del verdadero tipo elegante y del duro Don Juan de
quienes tanto había leído. Así que, cada día, Merrick colocaba sobre la mesa con
orgullosa precisión los cepillos de plata, las cuchillas, el calzador y la pitillera que se
había ocupado de llenar con cigarrillos. La contemplación de dichos objetos le
producía placer y es tan grande el poder del autoengaño que le convenció de que él
era un autentico dandi.
Creo que solo había una sombra en la vida de Merrick. Como ya he dicho, poseía
una imaginación muy activa, era un romántico, albergaba emociones por las mujeres
y su ocupación favorita era leer historias de amor. Se enamoró, de una manera
humilde y casi reverencial, de una, creo, atractiva dama que vio. Sin duda, se veía a él
mismo como el héroe de un incidente lleno de pasión. La deformidad corporal había
dejado desatados los instintos y sentimientos propios de su edad. Era enamoradizo.
Le habría gustado ser un amante, haber paseado con el objeto de su amor bajo las
lánguidas sombras de algún bello jardín y haber susurrado a su oído las brillantes
frases que tanto había ensayado en su corazón. Y, sin embargo, ¡muy a su pesar!,
imagínense los sentimientos de tal joven cuando tan solo vio una mirada aterrada en
los ojos de la chica a la que miraba. Imagino que cuando hablaba de vivir entre ciegos
tenía una vaga idea de que podría obtener el afecto de una mujer si esta no tuviera
ojos con los que mirarle.
A medida que Merrick fue progresando, comenzó a mostrar cierras ambiciones
modestas en ensanchar su mente y ampliar su conocimiento del mundo. Era tan
curioso como un niño y estaba igual de dispuesto a aprender. Había tantas cosas que
quería saber y ver… En primer lugar, estaba ansioso por ver el interior de lo que él
llamaba «una casa de verdad», una casa como la que figuraba en muchos de los
cuentos que conocía, una casa con un zaguán, un salón donde los invitados eran
recibidos y un comedor con platos en el aparador y con sillones en los que el héroe
podía «dejarse caer». El asilo, el hospicio y una variedad de desvanes miserables eran
todas las residencias que conocía. Para satisfacer ese deseo le lleve a mi pequeña casa
en Wimpole Street. Se mostró exageradamente interesado y examinó todo
minuciosamente y con incesante curiosidad. No pude enseñarle a los criados
consentidos ni los lacayos empolvados sobre los que había leído, ni tampoco pude
fabricar la escalera de mármol blanco de la mansión romántica ni los espejos dorados
o los divanes de paño brocado típicos de ese estilo de residencia. Le expliqué que la

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casa era una modesta morada del tipo de las de Jane Austen, y como había leído
Emma se quedó satisfecho.
Una ambición aún más acuciante todavía era la de ir al teatro. Era un proyecto de
difícil realización. En esos momentos había en cartel una popular comedia musical en
el teatro de Drury Lane, pero el problema era cómo un ser tan llamativo corno el
Hombre Elefante podía llegar allí y cómo podía ver la actuación sin atraer la atención
de la audiencia y causar pánico o, al menos, un desagradable contratiempo. Todo el
operativo fue llevado a cabo ingeniosamente por la mujer más amable y actriz más
consumada, la señora Kendal. Hizo todas las gestiones necesarias con los
arrendatarios del teatro. Se reservó un palco. Merrick fue conducido hasta allí en
carruaje con las cortinas echadas y se le permitió usar la entrada de la realeza para
llegar al palco por unas escaleras privadas. Pedí a tres hermanas del hospital que se
vistieran con traje de noche y se sentaran en la hilera de delante, por un lado, para
llenar así el palco y, por otro, para formar una pantalla que ocultara a Merrick.
Merrick y yo ocupamos la hilera trasera del palco que se mantenía en todo momento
en sombra. Todo fue bien y nadie vio una figura más monstruosa que las que había en
el escenario subiendo por la escalera o atravesando el pasillo.
Con frecuencia se puede observar el deleite desatado de un niño al contemplar su
primera pantomima, pero el arrebato de Merrick era mucho más intenso y mucho más
solemne. Allí tenía a mi lado a un ser con el cerebro de un hombre, los gustos de un
joven y la imaginación de un niño. Su actitud no era tanto de deleite como de
asombro y sorpresa. Estaba sobrecogido. Estaba embelesado. El espectáculo le dejó
sin habla, de manera que si se dirigían a él no prestaba la más mínima atención. A
veces parecía respirar entrecortadamente por el asombro. No pude evitar comparar su
reacción con la de un hombre de su misma edad situado en el patio de butacas. Este
individuo ya harto andaba distraído por el aburrimiento y miraba con desaliento al
escenario de vez en cuando, para luego bostezar como si no hubiera dormido durante
varias noches; al mismo tiempo, Merrick estaba atrapado por aquella visión que
estaba casi fuera de su comprensión.
Habló sobre esta representación durante semanas y semanas. Para él, como para
un niño con la facultad de la ficción, todo era real; el palacio era el hogar de reyes, la
princesa era de sangre real, las hadas eran tan ciertas como los niños de la calle
mientras que los platos del banquete eran indudablemente de oro. No le gustaba
hablar de ello como de una obra, sino más bien como de una visión del mundo real.
Cuando su ánimo se exaltaba, decía: «Me pregunto qué hizo el príncipe cuando nos
fuimos», o «¿Crees que ese pobre hombre sigue todavía en la mazmorra?», e
incesantes preguntas similares.
El esplendor y despliegue de la comedia le impresionó, pero, creo, las damas del
ballet aún atraparon más su imaginación. No le gustaban los ogros o los gigantes, y
los cómicos le sorprendían por su irreverencia. Al no tener la experiencia con juegos
y chanzas de un niño, ni con las burlas o «chistes», el payaso no le despertaba mucha

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simpatía, pero, creo (motivado por alguna clase de instinto travieso de su
subconsciente), se alegró cuando el policía recibió el puñetazo en la cara, fue
derribado y humillado ante todos.
Más tarde, otro deseo fue creciendo en lo más hondo de la mente de Merrick. Era
el deseo de ver el campo, el deseo de vivir en algún lugar verde y apartado y aprender
allí algo sobre las flores y el comportamiento de los animales y los pájaros. El campo
visto desde un carro en una carretera polvorienta era lo único que conocía. Nunca
había paseado por las praderas ni había recorrido los senderos enrevesados de un
bosque. Nunca había escalado hasta la cima de una colina ventosa.
Nunca había recogido flores en un prado. Como tantas de sus lecturas describían
la vida campestre, Merrick deseaba ver las maravillas de esa vida por sí mismo.
Esto implicaba una dificultad aún mayor que la visita al teatro. Sin embargo, se
pudo realizar el proyecto en esta ocasión también gracias a la amabilidad y
generosidad de una dama, lady Knightley, que ofreció a Merrick su residencia de
vacaciones: una casita de campo en los terrenos de su propiedad. Merrick fue
trasladado hasta la estación de tren de la forma habitual, pero como era casi imposible
que se atreviera a aparecer en el andén, las autoridades ferroviarias tuvieron a bien
situar un vagón de segunda clase en unas vías aparcadas. Allí condujeron a Merrick,
que llegó hasta el vagón sin ser descubierto. El vagón, con las cortinas echadas, fue
posteriormente enganchado al tren de pasajeros.
Llegó sin incidencias a la casita, pero el ama de llaves (como la enfermera del
hospital) no fue advertida claramente del deplorable aspecto del visitante. Así pues,
cuando Merrick se presentó ante su anfitriona, esta lanzó por encima de la cabeza el
delantal que llevaba y huyó despavorida al campo. Afirmó entonces que tal invitado
estaba más allá de su capacidad de aguante, porque cuando lo miraba le entraba lo
que definió como el peligro de sufrir temblores permanentemente,
Merrick fue entonces conducido a la casita del guarda de caza, escondida y
cercana a los lindes del bosque. El hombre y su esposa eran capaces de tolerar su
presencia. Le trataban con la mayor amabilidad y con ellos vivió las mejores
vacaciones de su vida. Podía pasear por donde quisiera. No se encontraba con nadie
en esos paseos, porque el bosque estaba preservado y el paso estaba prohibido a toda
persona a excepción del guarda de caza y el guardabosque.
No hay ninguna duda de que Merrick pasó en este retiro los momentos más
felices que hubiera experimentado hasta el momento. Estaba a solas en una tierra de
maravillas. En el silencio del bosque la temible voz del empresario de espectáculos
jamás podría entrar. Ningunos ojos crueles podían mirarle entre la amigable
vegetación. Le parecía que en aquel lugar de paz cualquier mancha de su pasado
mancillado quedaba borrada. El Merrick que en otro tiempo se acurrucaba aterrado en
las sucias sombras de una tienda de Mile End ahora estaba sentado al sol, en un claro
rodeado de árboles, formando un ramo con unas violetas que había recogido.

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Las cartas que me envió eran cartas de un niño encantado y entusiasmado. Me
relataba sus aventuras triviales, las cosas maravillosas que había visto y los bellos
sonidos que había oído. Había avistado extrañas aves, había espantado a una liebre de
su ruta, había hecho amistad con un perro fiero y había visto a las truchas saltando en
la corriente. Me envió algunas de las flores silvestres que había recogido. Eran flores
de lo más comunes y conocidas, pero evidentemente él las consideraba especímenes
raros y valiosos.
Regresó a Londres, a sus aposentos de Bedstead Square, más saludable y
encantado de estar de nuevo en «casa» y una vez más entre sus libros, sus tesoros y
sus numerosos amigos.
Unos seis meses después del regreso de Merrick de sus vacaciones en el campo lo
encontraron muerto en su lecho. Fue en el mes de abril de 1890. Yacía boca arriba,
como si estuviera dormido, y era evidente que había muerto de repente y
plácidamente, ya que ni tan siquiera la colcha estaba arrugada o deshecha. La forma
de su muerte fue bastante peculiar. Su cabeza era tan grande y tan pesada que no
podía dormir tumbado. Cuando se colocaba en posición horizontal el enorme cráneo
tendía a caer hacia atrás provocándole un gran malestar. La posición que estaba
obligado a adoptar cuando dormía era muy extraña. Se sentaba en la cama con la
espalda apoyada en almohadones, encogía las rodillas hacia arriba y las rodeaba con
los brazos mientras apoyaba la cabeza en las puntas de las rodillas dobladas.
Con frecuencia me decía que le gustaría poder tumbarse para dormir «como el
resto de la gente». Creo que aquella última noche, con cierta determinación, debió de
probarlo. La almohada estaba blanda y la cabeza, al apoyarse en ella, debió de caer
hacia atrás y causar la dislocación del cuello. Y así es como su muerte fue producto
del deseo que había dominado toda su vida: el patético pero inútil deseo de ser «como
el resto de la gente».
Como espécimen humano, Merrick era innoble y repulsivo, pero su espíritu, si
pudiera ser encarnado en un ser vivo, adoptaría la figura de un hombre honorable y
heroico, de frente despejada y miembros ligeros y con ojos que despedían un fulgor
de indomable coraje.
El tortuosa viaje había llegado a su fin. Durante todo el trayecto había llevado a
su espalda una carga demasiado pesada para poder soportarla. Fue lanzado al Cenagal
de la Desesperación, pero con pasos de hombre había logrado llegar hasta la otra
orilla. Fue transformado en «un espectáculo para todos los hombres» en las
despiadadas calles de la Feria de las Vanidades. Fue maltratado e insultado y
salpicado con el barro del Desprecio. Había escapado de las garras de la Gigantesca
Desesperación y, por fin, llegó al «Lugar de la Liberación», donde «su carga se
desprendió de sus hombros y cayó de su espalda, de manera que no la volvió a ver
nunca más».

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Arthur Machen

Arthur Machen (1863-1947) es justamente considerado uno de los maestros del terror
moderno, antecedente directo de muchos de los elementos puestos en juego décadas
después por Lovecraft en sus Mitos de Cthulhu, y ejemplo perfecto, junto a su
compatriota Algernon Blackwood, de lo que Rafael Llopis, siguiendo a los franceses,
denominaría como «el cuento materialista de terror», es decir: aquel que da a los
fenómenos fantásticos o aparentemente sobrenaturales una explicación si no
exactamente racionalista, sí racional, amparada bajo el ambiguo paraguas del
Ocultismo, lo seudocientífico y paranormal. Si bien Machen no dejó de ser en toda su
vida un decadentista de tendencias místicas, su paso por la Golden Dawn y el
contacto directo con espiritistas, psíquicos y ocultistas le marcó con cierto poso de
amargura, que se tradujo en una mezcla de fe en lo espiritual y escepticismo ante
quienes se presentaban corno sus intérpretes en la Tierra, capaces de contactar con el
más allá.
Profeta del folk-horror, con relatos como “El gran dios Pan”, “El pueblo blanco”,
“La novela del sello negro”, “La pirámide resplandeciente”, “La mano roja”, “La
novela del polvo blanco” o “Cambio”, algunos de ellos incluidos en su novela de
episodios Los tres impostores (1895), donde explora el legado siniestro de la Billarda
prerromana, la brujería, sus tradiciones feéricas y cultos ancestrales, en clave de
terror antropológico y arqueológico, su novela corta El terror, suerte de horror
ecológico, puede considerarse precedente a su vez de filmes como Los pájaros (The
Birds. Alfred Hitchcock, 1963), Largo fin de semana (Long Weekend. Colin
Eggleston, 1978) e incluso El incidente (The Happening. M. Night Shyamalan,
2008), sin embargo, el Machen que traemos aquí a colación es el que también
cultivara el humor negro, las historias de crimen y la forteana varia, husmeando una
vez más en esa realidad cotidiana que es por definición fuente constante y conspicua
de inspiración para el cine de terror moderno.
“El misterio de Islington”, relato publicado por vez primera en la antología de
Lady Cynthia Asquith The Black Cap (1927), es, precisamente, una irónica pieza de
crónica negra con un ojo puesto en Thomas de Quincey y otro en el reciente caso
Crippen, que había conmovido a la sociedad anglosajona en particular y al mundo
entero en general. Pero es también un ejemplo de mistificación literaria, puesto que
aquello que Machen presenta como caso real, extraído de la prensa y la crónica negra,
es casi con toda seguridad producto de su imaginación, capaz, como es bien sabido,
de pergeñar fraudes involuntarios tan célebres como el de “Los arqueros de Mons”, y
así, antecedente narrativo de ese subgénero del «falso documental» o el «falso
metraje encontrado», tan de moda en el cine de terror de comienzos del nuevo
milenio, ejemplarizado por El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project.

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Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999), que posee también, por supuesto,
numerosos precedentes literarios.
Curiosamente, este divertido y amoral cuento de crimen perfecto y sin castigo
sería llevado a la pantalla… ¡en México! En efecto, El esqueleto de la señora
Morales (1960), dirigida por el todoterreno Rogelio A. González y escrita por el
exiliado español y habitual colaborador de Buñuel, Luis Alcoriza, convertía el humor
y el cinismo típicamente británicos de la historia original en esperpento y comedia
negra netamente hispanos, contando con un reparto encabezado por el galán Arturo
de Córdova y la estrella española Amparo Rivelles. Filmada en delicioso blanco y
negro, famosa por escenas imaginativas y cinematográficamente brillantes como el
entierro final, a veces de inequívoco aire buñuelesco, la película escrita por Alcoriza
posee también un valor simbólico de no poco interés para el terror moderno. Rodada
en 1959, supone un cambio de rumbo claro respecto al cine fantástico y de terror
mexicano, que durante toda la década había abundado en un gótico charro que bebía
de los clásicos de Hollywood, especialmente de los monstruos de la Universal y los
seriales, para llevar el género no sólo al terreno del humor negro, sino también,
alejándolo de vampiros, brujas, demonios, marcianos y superhéroes enmascarados, al
del crimen real, la psicopatología del matrimonio y la vida familiar y los nefastos
resultados del fanatismo religioso y la represión sexual. Aunque durante los 60 el
género en México seguiría marcado por luchadores con máscaras y monstruos
ridículos pero entrañables, El esqueleto de la Señora Morales señalaba el inquietante
rumbo que muchos filmes del género o afines a éste tomarían en todo el mundo a
partir del año seminal de 1960: el del crimen real, las psicologías perversas, los
monstruos humanos y la enfermiza naturaleza de una realidad más negra que la más
negra de las pesadillas.

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EL MISTERIO DE ISLINGTON[1]

La afición del público a los asesinatos es a menudo errática, y a veces, pienso,


bastante falible. Tomemos, por ejemplo, el caso Crippen. Sucedió hace diecisiete
años y recientemente todavía se recordaba y discutía con interés. Sin embargo no fue
ni mucho menos un asesinato de primer orden. ¿Qué había en él? El resumen es
bastante vulgar; sencillo, fácil y repulsivo, como el doctor Johnson dijo de otra obra
de arte[2]. Crippen tenía que soportar a una esposa regañona de hábitos desagradables;
y abrigó una pasión por su mecanógrafa. Con lo cual envenenó a Mrs Crippen, la
despedazó y enterró los trozos en la carbonera. Eso estuvo bastante bien, aunque era
obvio; y si el insensato hombrecito se hubiese contentado con quedarse callado y no
hacer nada, podría haber vivido y muerto en paz. Pero no tuvo más remedio que
desaparecer de su casa —una locura— y cruzar el Atlántico con su mecanógrafa,
disfrazada absurda y burdamente de chico; una absoluta y torpe imbecilidad. En eso,
sin duda no hay el menor vestigio de maestría; y aun así, como digo, el Crimen de
Crippen está considerado como una de las obras maestras. Pasa lo mismo en todas las
artes: el mal cómico siempre estaba seguro de que se reirían si no tenía inconveniente
en caerse de cualquier manera; y el asesino más endeble está seguro de que le
prestarán cierra atención respetuosa si se toma la molestia de desmembrar a su
víctima. Por lo tanto, con respecto a Crippen: lo atraparon por medio de la
radiotelegrafía, entonces en su fase inicial. Eso, por supuesto, fue completamente
irrelevante para la verdadera cuestión; pero el público se regodea en la irrelevancia.
Un gran crítico de arte puede alabar un gran cuadro, y hacer que su crítica sea una
obra maestra por sí sola. Lo leerán poco: pero basta que algún estúpido gacetillero
diga que el pintor siempre canta “Tom Bowling”[3] mientras prepara su paleta, y cena
pollo cocido con salsa de albaricoque tres veces a la semana… entonces el mundo
proclamará al gran artista.

II

El éxito del mediocre es deplorable de por sí, pero es más deplorable porque a
menudo oculta la verdadera obra maestra. Si el vulgo anda detrás de lo falso, debe
despreciar lo verdadero. Se ensalza la inadmisible Romola[4]; la admirable Cloister
and the Hearth[5] se deja de lado. Así, mientras la desmañada y muy insignificante
actuación de Crippen llenó los periódicos, el extraordinario Asesinato de Battersea
fue despachado con uno o dos escasos párrafos en recónditos rincones de la prensa. A
decir verdad, fuimos tan vergonzosamente privados de detalles que solo retengo en la
memoria un exiguo bosquejo de aquel magnífico crimen; pero, en líneas generales, el

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caso se desarrolló como sigue: En el primer piso de uno de los más pequeños bloques
de apartamentos de Battersea un joven (de entre 18 y 20 años) hablaba con una actriz,
una actriz «itinerante» de escasa fama, cuya edad, si mal no recuerdo, estaba más
cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Un disparo, un disparo próximo,
interrumpió de pronto su conversación. El joven salió precipitadamente del
apartamento, bajó las escaleras, y en el vestíbulo del bloque encontró a su propio
padre, muerto a tiros. El padre, habría que advertir, era un actor ambulante, y antiguo
amigo de la mujer de arriba. Pero ahora viene el ingrediente magistral de ese
asesinato. Junto al muerto, en su mano o en el bolsillo de su chaqueta (no estoy
seguro de cómo fue) se encontró un arma hecha con alambre grueso: un artilugio vil y
de lo más mortífero, forjado con curiosa y malvada ingenuidad. Era de noche, pero
brillaba la radiante luz de una luna nueva de ocho días, y el joven dijo que vio a
alguien corriendo y saltando por encima de las tapias.
Pero observen el detalle: el actor muerto se ocultaba debajo del apartamento de su
amiga, se ocultaba y estaba al acecho, con su infame arma en la mano. Esperaba
encontrarse con algún enemigo, al cual había decidido hacer por lo menos alguna
maldad enorme, si no asesinarlo.
¿Quién era ese enemigo, cuya bala fue más rápida que el cruel y premeditado
deseo del muerto?
Probablemente nunca lo sabremos. Un asesinato que podría haber figurado
verdaderamente en la máxima categoría, que podría haber rivalizado con el caso de
Madeleine Smith[6] (había ciertos indicios que hacía que eso pareciese posible), se
dejó que cayera en el olvido, mientras la necia multitud sobrevaloró de repente al
elemental Crippen y sus chapuceras imbecilidades. Así en tiempos hubo gente que
consideró que Robert Elsmere[7] era una obra literaria de importancia palmaria.

III

Por descontado, y con cierta razón, la guerra fue responsable de gran parte de esa
especie de negligencia. En aquellos años atroces no hubo en sus cabezas más que una
cosa; todo lo demás se borró. De modo que se prestó poca atención al caso de una
mujer, cuyo cadáver se encontró, envuelto cuidadosamente en tela de saco, en
Regent’s Square, junto a Gray’s Inn Road. Un hombre fue ahorcado sin cláusulas,
pero hubo en el caso uno o dos detalles curiosos.
Hubo también el Asesinato de Wimbledon, un caso extraño. Una familia
acaudalada acababa de instalarse en una casa grande frente a la Cámara de los
Comunes, tan recientemente que muchos de sus muebles y enseres estaban todavía en
las cajas de embalaje. El dueño de la casa fue asesinado una noche por un hombre
que se llevó su botín. Fue un curioso botín, consistente en una gabardina, que valía,
quizás, un par de libras, y un reloj que habría costado unos diez chelines. El asesino,
además, fue colgado sin más comentarios; pero, a simple vista, su conducta parece

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necesitar una explicación. Pero el caso más singular de todos los que padecieron las
preocupaciones de la guerra fue, no cabe la menor duda, el Misterio de Islington,
como lo llamó la prensa. Fue un titular llamativo, pero el mundo estaba demasiado
ocupado para prestarle atención. El asunto se divulgó, hasta cierto punto, en la época
en que empezaron a usarse los carros de combate; y la gente trataba de no creer a los
corresponsales de guerra, de no percatarse de que los fandangos y corroborees[8] de
tinta de esos caballeros ocultaban una sensación de fracaso y decepción.

IV

Pero en lo que se refiere al Misterio de Islington… así es como resultó. Hay una
calle extraña, no lejos de la zona que en tiempos se llamaba Spa Fields, muy cerca de
Pentonville o Islington Fields, donde antaño el clown Grimaldi fue acusado de incitar
al populacho a perseguir a un buey agotado[9]. El animal subió una colina escarpada,
y el raro aventurero que de vez en cuando penetra en aquel barrio desconocido de
Londres se asombra y desconcierta desde el primer momento, ya que no hay colinas
escarpadas en el Londres que él conoce, y los contornos de aquel escenario le
recuerdan la zona de casas de huéspedes de precio reducido en la parte de atrás de los
lugares de veraneo con empinadas cuestas. Pero si el lugar es extraño, son mucho
más extraños los edificios que hay en él. Sin duda fueron construidos durante el
apogeo del neogótico de Sir Walter Scott, que ha dejado tras él tan extraños
monumentos conmemorativos. Las casas de Lloyd Street están emparejadas, y el
arquitecto, al combinar las dos en un diseño, quería crear la ilusión de una serie de
iglesias, en el estilo Perpendicular o con arco de ojiva de tercio punto[10], que trepan
por la colina. El detalle es magnífico, hay florones para alegrar el corazón, y gárgolas
de primorosa fantasía, todo realizado en el más puro estuco. En la casa más humilde
del lado derecho vivía Mr Harold Boale y su esposa, y una placa de latón en la puerta
gótica decía «Taxidermista. Esqueletos articulados». Por casualidad, esta casa, la más
humilde de Lloyd Street, tenía un jardín más grande que los de sus colegas, que daba
al patio de un contratista, y al final del jardín Mr Boale había instalado el equipo de
su oficio en un cobertizo, para que sus vecinos no pudieran meter las narices.
En la medida en que puede deducirse, el disecador y componedor de esqueletos
era un tipo pacífico, inofensivo. Sus vecinos lo querían, y él y el ebanista
especializado en marquetería Boulle[11] de la puerta de al lado, el fabricante de cajas
de concha de enfrente, el grabador de sellos y el armero de Baker Square en lo alto de
la colina, y el anciano capitán de la marina mercante que vivía a la vuelta de la
esquina en Manchester Street, en la casa con el junco de marfil en la ventana, solían
pasar más de una velada cordial en el salón de los Quill en los días anteriores a que la
guerra lo echara todo a perder.
Ninguno de ellos bebía ni hablaba mucho; pero disfrutaban de sus comedidas
copas y de la acogedora comodidad del lugar, y miraban fijamente con gesto adusto

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las viejas estampas de coches que había en las paredes, y el gran cuadro que
representa el desembarco de la agraviada reina de Inglaterra[12], que cuelga encima de
la repisa de la chimenea, entre dos perros de color rosa con collares dorados. Mr
Boale pasaba por ser un hombre muy amable en aquel círculo y todos lo
compadecían. Mrs Boale era una persona intratable y una gruñona. Los hombres del
barrio evitaban encontrarse con ella; las mujeres la temían. Al pobre Boale le hacía
llevar una vida de mil demonios. Su voz, bastante a menudo, se oía en la puerta de los
Quill, vomitando veneno contra su marido; y el pobre hombre temblaba y se
marchaba, por miedo a que pudiera pasar algo peor. Mrs Boale era una mujer morena
de baja estatura. Su cabello era negro como el tizón, su rostro tenía una expresión de
malignidad mordaz, y andaba rápidamente aunque con una marcada cojera. Rebosaba
de energía y daba la lata al vecindario, y a su marido más que la lata.
La guerra, con sus escaseces y su riguroso horario de cierre, hizo que las
reuniones en casa de los Quill fueran más raras que antes, y les privó de buena parte
de su comodidad. Sin embargo, el círculo no se disolvió por completo, y una tarde
Boale anunció que su esposa se había ido a visitar a sus parientes en Lancashire y
seguramente estaría fuera bastante tiempo.
—Bueno, no hay nada mejor que un cambio de aires, eso afirman —dijo el
capitán—, aunque yo he tenido más que de sobra de eso.
Los demás no dijeron nada, pero en el fondo felicitaron a Boale. Uno de ellos
comentó después que el único cambio que le sentaría bien a Mrs Boale sería el
cambio al otro mundo, y todos asintieron. No eran conscientes de que Mrs Boale
estaba disfrutando las ventajas del tratamiento recomendado.

Recuerdo que los problemas de Mr Boale empezaron con la aparición de la hermana


de Mrs Boale, Mary Aspinall, una mujer de casi tan mal genio y malignidad como la
propia Mrs Boale. Había sido durante algunos años nodriza de una familia en Ciudad
del Cabo, y había vuelto a su país con su señora. En un principio, la mujer había
escrito dos o tres cartas a su hermana, y no había tenido ninguna contestación. Le
pareció extraño, pues a Mrs Boale le gustaba escribir cartas, que llenaba de «cosas
desagradables» acerca de su marido. Así que, la primera tarde después de su regreso,
Mary Aspinall llamó a la casa de Lloyd Street para conocer la verdad de boca de su
propia hermana. Tenía muchas sospechas de que Boale hubiese ocultado sus cartas.
«Ese mal dito Limante me las pagará», se dijo. De modo que Miss Aspinall llegó a
Lloyd Street y sacó a Boale de su taller. Y cuando él la vio se le cayó el alma a los
pies. Había leído sus cartas. Pero la decisión de regresar a Inglaterra se había tomado
de pronto; por tanto Miss Aspinall no había dicho ni una palabra de ello. Boale había
imaginado que la hermana de su esposa se quedaría en el otro extremo del mundo los
próximos veinte años, quizás treinta; y tenía la intención de marcharse y perderse en

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uno o dos años con un nuevo nombre. Conque cuando vio a la mujer se le cayó el
alma a los pies.
Mary Aspinall fue derecha al asunto.
—¿Dónde está Elizabeth? —le preguntó—. ¿En el piso de arriba? Me extraña que
no bajara cuando oyó el timbre.
—No dijo Boale. Se sentía tranquilo pensando en el extraño laberinto que había
elaborado alrededor de su secreto; se sentía seguro en el centro del mismo.
—No, no está en el piso de arriba. No está en casa.
—¿De veras no está en casa? Supongo que habrá ido a ver a algunos amigos.
¿Cuándo esperas que vuelva?
—La verdad, Mary, es que no espero que vuelva. Me abandonó… hace tres
meses, es eso.
—¡Lo dices en serio! ¡Te abandonó! Demostró sentido común, supongo. ¿Adónde
se ha ido?
—A fe mía, Mary, no lo sé. Una tarde tuvimos una pelea, aunque no creo que le
dijese mucho. Pero ella me dijo que estaba harta, y metió unas cuantas cosas en una
bolsa y se largó. Corrí tras ella y le grité que regresara, pero ni siquiera volvió la
cabeza, y se marchó en dirección a King’s Cross. Y desde aquel día no la he vuelto a
ver, ni he sabido una palabra de ella. He tenido que devolver todas sus cartas a la
oficina de correos.
Mary Aspinall miró fijamente a su cuñado y meditó. Aparte de decirle que él se lo
había buscado, no parecía haber más que decir. De modo que de acuerdo con eso lo
trató bien, y salió indignada del salón. El volvió a disecar pavos reales, que yo sepa.
Volvió a sentirse tranquilo. Durante unos pocos segundos había tenido una sensación
muy desagradable en el estómago, un miedo horrible cuando se había abierto una
brecha en uno de los muros externos de aquel laberinto suyo, pero ya todo iba bien de
nuevo.
Y todo habría ido bien de forma permanente si Miss Aspinall no se hubiese
tropezado casualmente con Mrs Horridge en la calle principal, cerca del final de
Lloyd Street. Mrs Horridge era la esposa del fabricante de cajas de concha, y ambas
habían tomado el té una o dos veces hacía mucho tiempo en casa de Mrs Boale. Se
reconocieron y, tras unos cuantos comentarios sin sentido, Mrs Horridge preguntó a
Miss Aspinall si había visto a su hermana desde que volvió a Inglaterra.
—¿Cómo iba a verla si no sé dónde está? —respondió Miss Aspinall con cierta
ferocidad.
—No me diga, ¿no ha visto, entonces, a Mr Boale?
—Vengo de su casa en este preciso momento.
—Pero, sin duda, no puede haber perdido la dirección de Lancashire.
Y así una cosa llevó a la otra, y Mary Aspinall dedujo con toda claridad que
Boale había contado a sus amigos que su esposa estaba haciendo una larga visita a
sus parientes en Lancashire. En primer lugar, los Aspinall no tenían ningún pariente

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en Lancashire… ellos procedían de Suffolk… y en segundo lugar, Boale le había
puesto al corriente de que Elizabeth se había marchado enfurecida, no sabía adónde.
No le volvió a visitar inmediatamente, como al principio había pretendido. Se estaba
haciendo tarde, y tomó en consideración regresar a Wimbledon, decidida a examinar
el asunto.
La semana siguiente volvió a pasarse por Lloyd Street. Acusó a Boale de mentirle
deliberadamente, y le expuso francamente las dos historias que le habían contado. De
nuevo notó Boale aquella horrorosa sensación de que todo se acababa. Pero tenía
recursos.
—Lo cierto es —le dijo— que no te he contado ninguna mentira,
Mary. Todo sucedió como te dije. Pero me inventé ese cuento sobre Lancashire
por la gente de por aquí. No quería que hablaran de mis problemas, sobre rodo porque
Elizabeth no tiene más remedio que regresar un algún momento, y espero que será
pronto,
Miss Aspinall le miró por un momento de un modo indeciso y amenazador, y
luego subió deprisa al piso de arriba. Poco después bajó.
—He examinado a fondo los cajones de Elizabeth —dijo en tono desafiante—.
Han desaparecido muchas cosas. No veo esas tiras de encaje que tenía de la abuela, y
el aderezo de azabache ha desaparecido, y lo mismo el collar de granate, y el broche
de coral. Tampoco pude encontrar el abanico de marfil.
—Después de que se fuera encontré todos los cajones completamente abiertos —
dijo Mr Boale suspirando—. Supongo que se llevó las cosas.
No queda más remedio que confesar que Mr Boale, adiestrado, quizás, por la
sutileza de su oficio, había prestado la debida atención a todos los detalles. Se había
dado cuenta de que sería inútil contar el cuento de la marcha de su esposa si se
olvidaba de sus tesoros. Así que los tesoros habían desaparecido.
En realidad, la arpía Aspinall no sabía que decir. Tenía que reconocer que Boale
había explicado el problema de sus dos historias de forma completamente plausible.
Así que le dijo que más que un hombre era un ser despreciable y cerró de golpe la
puerta del vestíbulo. Boale volvió de nuevo a su taller con entusiasmo en el corazón.
Su laberinto todavía estaba seguro, su secreto a salvo. Al principio, cuando se
enfrentó de nuevo a la acusación de Aspinall, había pensado en cerrar la puerta con
cerrojo en cuanto la mujer saliera de la casa; pero eso era pánico irracional. Estaba en
peligro. Y recordó, como el resto de nosotros, el caso Crippen. Fue la huida lo que
perdió a Crippen; si se hubiera cruzado de brazos habría permanecido seguro, y el
secreto del sótano nunca se habría conocido. Sin embargo, como reflexionó Mr
Boale, nadie estaba dispuesto a buscar en su sótano, a buscar por todas partes y a
donde sea en su local, desde la puerta del vestíbulo de delante hasta el taller en el
fondo. Y procedió a dedicar su atención, tranquila, sin reservas, a un hermoso cuervo
que le habían enviado por la mañana.

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Al volver a Wimbledon Miss Aspinall examinó detenidamente la extraordinaria
desaparición de su hermana. Pensó en ella una y otra vez, y no pudo sacar nada en
limpio. No sabía que la gente desaparece constantemente por todo tipo de motivos;
que nadie oye nada sobre esos casos a menos que algún periódico con iniciativa
imagine que hay materia para una «noticia sensacional» y soliviante a toda Inglaterra
a buscar a John Jones o a Mrs Carraway. Para Miss Aspinall la desaparición de
Elizabeth Boale parecía un portento y un prodigio, un acontecimiento único y
terrible; y se devanaba los sesos, y no encontraba ninguna salida de aquel laberinto…
una estructura distinta del laberinto mantenido por el sereno Boale. La Aspinall no
tenía ninguna sospecha de su cuñado; tanto su comportamiento como su quehacer
eran diáfanos, claros y honrados. Era un ser despreciable, como ella le había llamado,
pero sin duda decía la verdad. Sin embargo la mujer le tenía cariño a su hermana, y
quería saber adónde se había ido y lo que le había sucedido; así que puso el asunto en
manos de la policía.

VI

Proporcionó la mejor descripción de la mujer desaparecida de que fue capaz, pero el


policía encargado del caso le advirtió que no había visto a su hermana en muchos
años, y que Mr Boale era por supuesto la persona a consultar en aquel asunto. Así que
el taxidermista una vez más fue aparrado de sus labores científicas. Confirmó la
información que dio Miss Aspinall y la descripción que ella facilitó. Contó otra vez
su sencilla historia, mencionó el incidente de la mentira a sus vecinos para evitar un
desagradable cotilleo, y añadió varios detalles al retrato de su esposa que hizo Miss
Aspinall, Proporcionó al agente de policía dos fotografías, señalando la que más se
parecía de las dos, y vio marcharse de su local a su visitante con jovial tranquilidad.
A su debido tiempo pegaron en las comisarías de policía de todo el país el cartel
de la «desaparecida», aderezado con una reproducción de la fotografía seleccionada
por Mr Boale, con minuciosos detalles descriptivos, incluso la «marcada cojera», y de
vez en cuando unos cuantos transeúntes le echaron un vistazo de pasada, El cartel no
tenía nada de particular y la afirmación «vista últimamente andando en dirección a
King’s Cross» no era una pista muy prometedora para el detective aficionado. No
apareció en la prensa ninguna indicación sobre el asunto; como he señalado, apenas
un uno por ciento de estos casos de «desaparición» salen en la prensa, Y justo en
aquel momento todos nos dedicábamos a leer los panegíricos de los corresponsales de
guerra, que demostraban que el avance de una milla y media en un frente de nueve
millas constituía una victoria que eclipsaba a Waterloo. No había espacio para
discutir el paradero de una mujer desconocida de la que no se sabía nada en Islington.
Fue un verdadero accidente lo que provocó la catástrofe. James Curry, un
estudiante de medicina que se alojaba en Percy Street, esquina con Tottenham Court
Road, merodeaba una tarde por su barrio de un modo impreciso y vago, mirando los

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escaparates de las tiendas y pensando en las musarañas en las esquinas. Sabía que
nunca le haría falta una caja registradora, pero examinó el surtido con la mayor
atención y eligió un elegante modelo que costaba setenta y cinco libras. Además,
invirtió mucho en costosas alfombras orientales, y amuebló una mansión urbana al
estilo Sheraron[13] con un gasto muy considerable. Así que su gira de inspección le
llevó hasta la comisaría de policía; y allí procedió a leer los carteles pegados en el
exterior, que incluían el relativo a Elizabeth Boale.
«Anda con una marcada cojera».
James Curry sintió que se quedaba sin aliento y dio un rápido grito ahogado.
Alargó una mano hacia la barandilla para recuperar el equilibrio mientras leía de
nuevo aquella asombrosa frase. Y entonces entró directamente en la comisaría de
policía.
Lo cierto es que él había comprado a Harold Boale, tres semanas después de la
fecha en que fue vista Elizabeth Boale por última vez, un esqueleto de mujer. Lo
había conseguido relativamente barato a causa de la malformación de uno de los
fémures. Por eso le pareció que el difunto propietario de aquel fémur debió haber
andado con una marcada cojera.

VII

M’Aulay adquirió fama en el juicio. Defendió a Harold Boale con magnífica audacia.
Yo estuve en la audiencia (en aquella época una parte considerable de mi ocupación
consistía en frecuentar Old Bailey) y nunca olvidaré las frases iniciales de su alegato
a favor del preso. Se levantó poco a poco y dejó vagar la mirada despacio alrededor
del tribunal. Sus ojos se detuvieron por fin con severa solemnidad en el jurado. Por
último habló en voz baja, clara, pausada, recalcando, según pareció, cada frase que
pronunciaba.
—Caballeros —empezó diciendo—, un hombre muy eminente, y muy sabio, y
muy amable dijo en una ocasión que la probabilidad es la guía de la vida. Creo que
convendrán conmigo en que se trata de una expresión de peso. En cuanto dejamos el
ámbito de la matemática pura, hay muy poco que sea cierto. Supongamos que
tenemos dinero para invertir: sopesamos el pro y el contra de esa idea sin más, y al
final decidimos por motivos probables. O puede ser nuestro destino concertar una
cita; tenemos que elegir un hombre para ocupar un cargo de responsabilidad en el que
tanto la honradez como la sagacidad son de importancia básica. De nuevo la
probabilidad debe guiarnos en nuestra decisión. Nadie puede formarse una opinión
cierta e infalible de otra persona. Y lo mismo en todos los asuntos de la vida:
debemos contentarnos con la probabilidad, y una y otra vez con la probabilidad. El
obispo Butler[14] tenía razón.
»Pero todas la reglas tienen su excepción. La regla que acabamos de formular
tiene su excepción. En este preciso momento se enfrentan ustedes a esa excepción del

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modo más espantoso, más tremendo. Pueden ustedes creer… no digo que lo crean…
pero pueden creer que Harold Boale, el acusado, es muy probable que asesinara a su
esposa Elizabeth Boale.
Al llegar a este punto hubo un prolongado silencio. A continuación:
—Sí ustedes creen eso, entonces es su deber imperioso absolver al acusado. El
único veredicto que se atreverían a dar es el veredicto de «inocencia».
Hasta aquel momento, el abogado había mantenido la elocución en voz baja,
pausada, con que había empezado su alegato, deteniéndose de vez en cuando y
pareciendo tener en cuenta el valor de cada palabra que acudía a sus labios. De pronto
su voz se oyó resonante, aguda. Una palabra seguida rápidamente de otra:
—Este no es, recuérdenlo, un tribunal de probabilidades. La máxima del obispo
Butler no se puede aplicar aquí. La probabilidad está aquí de más. Este es un tribunal
de certezas. Y a menos que tengan ustedes la certeza de que mi cliente es culpable, a
menos que estén tan seguros de su culpabilidad como de que dos y dos son cuatro,
deben ustedes absolverlo.
»De nuevo, y una vez más… este es un tribunal de certezas. En los asuntos
corrientes de la vida, como hemos visto, nos guiamos por la probabilidad. A veces
nos equivocamos; en la mayoría de los casos esos errores se puede rectificar. Una
inversión desastrosa puede compensarse mediante otra inversión propicia; un mal
criado puede sustituirse por otro bueno. Pero en este lugar, donde la vida y la muerte
pende de un hilo que está en manos de ustedes, no caben los errores, ya que son
irreparables. Ustedes no pueden devolver la vida a un hombre muerto. No deben
decir: «Este hombre probablemente es un asesino, y por tanto es culpable». Antes de
pronunciar tal veredicto, ustedes deben poder decir: «Este hombre con toda seguridad
es un asesino». Y eso no pueden decirlo, y les diré por qué.
M’Aulay examinó los datos uno a uno. Los testimonios científicos habían
declarado que la malformación del fémur del esqueleto exhibido produciría
exactamente el tipo de cojera que había caracterizado a Elizabeth Boale. El abogado
defensor había atacado a los médicos, les había hecho admitir que semejante
malformación no era ni mucho menos única. Era poco frecuente, sí. Pero ¿era muy
poco frecuente? Puede que no. Finalmente, un médico admitió que en el transcurso de
treinta años de ejercicio en hospitales y de forma privada había visto cinco casos
semejantes de malformación del fémur. M’Aulay dio un suspiro inaudible de alivio;
le pareció haber logrado su veredicto.
Explicó todo eso al jurado con absoluta claridad. Insistió en el principio de que
nadie puede ser condenado a menos que se pueda presentar el corpus delicti, el
cadáver, o alguna parte identificable del cuerpo de la persona asesinada. Les contó la
historia del Asombro de Campden; cómo el hombre «asesinado» entró en su pueblo
dos años después de que tres personas fueran colgadas por haberlo asesinado.
—Caballeros —dijo—, por lo que yo sé, y por lo que ustedes saben, Elizabeth
Boale podría entrar en este tribunal en cualquier momento. Me atrevo a decir que no

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tenemos ningún derecho a asumir que haya muerto.
Sin duda la defensa de Boale fue muy sencilla. El esqueleto que vendió a Mr
Curry lo había armado él poco a poco durante los últimos tres años. Señaló que las
dos manos no hacían juego; y sin embargo, ese fue un detalle que había pasado por
alto.
El jurado tardó media hora en considerar su veredicto. Harold Boale fue
declarado «inocente».
Un antiguo amigo lo vio un par de años más tarde. Había emigrado a Estados
Unidos, y trabajaba prósperamente en su antiguo oficio en una ciudad grande del
Medio Oeste. Se había casado con una simpática chica de origen sueco.
—Ya ves —le explicó—, los abogados me dijeron que debería estar seguro al
suponer que la pobre Elizabeth había muerto.
Sonrió amablemente.
Y por último, me permito afirmar que lo que los he contado es una historia
sumamente parcial. Por lo que a mí se me alcanza, asumiendo por un momento las
severas normas de M’Aulay, Boale era inocente. Es posible que su historia sea cierta.
Elizabeth Boale, después de rodo, podía estar viva; podría regresar a imitación del
hombre «asesinado» del Asombro de Campden. Todos los pensamientos,
estratagemas, meditaciones que he metido dentro del corazón y la cabeza de Boale
podrían ser malévolas invenciones mías sin una pizca de verdadera sustancia que las
apoye.
En teoría, pues, el Misterio de Islington está todavía sin resolver. Desde luego;
pero ¿de hecho?

Página 109
Alpheus Hyatt Verrill

Si hay un subgénero, personaje o tema —las tres cosas y muchas otras más a la vez—
que caracteriza en buena medida al terror cinematográfico moderno, ése es el del
zombi, el muerto viviente pocho, caníbal y revenido. Ahora bien, no el zombi
haitiano y afrocaribeño, que reinara en el Hollywood clásico a partir del éxito del
seminal libro de viajes del periodista de lo oculto William Seabrook, La isla mágica
(1929), cuyos capítulos consagrados a la magia negra vudú y los zombis desatarían
una fiebre por el zombi que daría lugar a títulos tan memorables como La legión de
los hombres sin alma (White Zombie. Victor Halperin, 1932), sino el muerto viviente
post-Romero, que si compartía con su pariente lejano del acervo religioso y folklórico
afroamericano la naturaleza de difunto vuelto a la vida, carecía por completo de
explicaciones religiosas (o casi de cualquier tipo), función social o económica
alguna… salvo la de devorar y contagiar a todo bicho —perdón, a todo ser humano—
viviente con el que se tropezara, evidenciando una conducta antropófaga,
descerebrada y virulenta, total y rabiosamente moderna. Por supuesto, este zombi
postindustrial, consumista y consumido, que vería la luz del proyector el año de 1968
(¡vaya añito!) en La noche de los muertos vivientes, al igual que la revolución
estudiantil con la que, quizá, compartiera inquietantes rasgos inadvertidos en su día,
nacía bajo la influencia más o menos indirecta de fenómenos como la Guerra de
Vietnam, la lucha por los derechos civiles, la paranoia atómica y comunista que
todavía coleaba, la contracultura o la liberación sexual… Pero eso no quiere decir que
no tuviera claros y oscuros precedentes literarios, algunos reconocidos por los
propios George A. Romero y John Russo, su guionista, como la novela de Matheson
Soy Leyenda (1954), otros, más raros y posiblemente manifestados a nivel casi
inconsciente, como ciertas historietas de la E. C. o un más que notable número de
relatos pulp que menudearon a lo largo de la primera mirad del siglo XX en las
revistas americanas de horror, misterio y ciencia ficción, uno de cuyos ejemplos ya
hemos tenido oportunidad de ver con “Herbert West, reanimador”, de HPL.
Sin embargo, quizá ninguna historia de zombis pulp posea tantos elementos
peculiares y característicos fagocitados, devorados y vomitados después en
incontables ocasiones por el cine de horror moderno, como “La plaga de los muertos
vivientes”, del divulgador científico, zoólogo, inventor y escritor de ciencia ficción
Alpheus Hyatt Verrill (1871-1954). En esta clásica y delirante historia publicada en
su número de abril de 1927 por el mítico magazine Amazing Stories, no sólo
encontramos el escenario caribeño, que a veces reaparece en el género moderno como
guiño a sus orígenes folclóricos, así como una explicación totalmente racionalista del
monstruo, producto una vez más de los experimentos de. un científico si no loco sí
bastante obsesivo, sino por encima de todo el tratamiento de la aparición de los

Página 110
dichosos zombis como si de una epidemia o plaga se tratara (aunque no lo sea en
realidad en sentido estricto), convertida pronto en crisis internacional, poco menos
que una pequeña Guerra Mundial Z (World War Z. Marc Forster, 2013), y
desarrollada en un clima claustrofóbico y apocalíptico, con los protagonistas
prácticamente rodeados y arrapados por una descontrolada, caótica, furiosa y
desatada multitud de zombis asesinos. Más aún, estos violentos muertos vivientes no
sólo desarrollan cierta tendencia al canibalismo, sino que son literalmente cuerpos
animados cuyas partes o fragmentos desgajados también cobran vida y tienden a
reorganizarse entre sí de forma grotesca y antinatural, componiendo cuerpos sin
cabeza, con varios brazos, ora sin piernas o con dos cabezas, adoptando formas
demenciales, como ciempiés o arañas humanas, de tal manera que parece que
estemos viendo ya las creaciones demenciales y surrealistas de Screaming Mad
George para películas de Brian Yuzna como La novia de Re-Animator (The Bride of
Re-Animator, 1989) o Society (1989).
Aunque es difícil —aparte de innecesario— saber si Romero y Russo conocían o
habían leído este preciso clásico de la ciencia ficción de horror pulp, no es imposible
que así fuera, y en cualquier caso el lector no podrá dejar de apreciar los incontables
elementos de la mitología zombi moderna y posmoderna que desfilan por sus páginas
y preludian no sólo La noche de los muertos vivientes, sino otros títulos como Nueva
York bajo el terror de los zombies (Zombi 2. Lucio Fulci, 1979), El regreso de los
muertos vivientes (The Return of the Living Dead. Dan O’Bannon, 1985) y su
secuela, La divertida noche de los zombies (Return of the Living Dead: Part II. Ken
Wiederhorn, 1988) o Zombi 3 (Lucio Fulci, Claudio Fragasso, 1988), por citar
algunos, descubriéndonos que la combinación de ciencia ficción apocalíptica,
survival, horror físico, nueva carne y viejos mitos ancestrales que caracteriza tan a
menudo el género de muertos vivientes, lejos de haber sido inventada por el cine
moderno estaba ya prefigurada en la más loca y divertida pulp fiction.

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LA PLAGA DE LOS MUERTOS VIVIENTES[1]

Jamás se han hecho públicos los asombrosos acontecimientos que tuvieron lugar hace
años en la isla de Abilone y que culminaron en el hecho más dramático y
extraordinario de la historia mundial. Los vagos rumores de lo que aconteció en
aquella república isleña fueron considerados como mera ficción o un simple producto
de la imaginación, porque la verdad fue celosamente ocultada. Incluso la prensa de la
isla cooperó con las autoridades manteniendo un absoluto silencio sobre lo que estaba
ocurriendo y, en lugar de presentar el asunto en grandes titulares, los periódicos
simplemente informaron (como les había pedido el gobierno que hicieran) de que una
enfermedad contagiosa desconocida azotaba la isla y que se decretaría una rígida
cuarentena.
Pero, aunque los increíbles acontecimientos hubieran sido anunciados al mundo
entero, dudo mucho que el público les hubiera dado crédito. En cualquier caso, ahora
que todo pertenece al pasado, no hay razón alguna para que la historia no sea contada
con todo detalle.
Cuando Gordon Farnham, el célebre biólogo reconocido mundialmente, anunció
que había descubierto el secreto de prolongar la vida indefinidamente, el mundo
reaccionó ante la noticia de diferentes maneras. Muchos se burlaron abiertamente y
afirmaban que, o bien el doctor Farnham chocheaba ya, o bien se le había citado
incorrectamente. Otros, familiarizados con los logros del doctor y la cautela mostrada
en todas sus declaraciones, afirmaban que, aunque pudiera parecer increíble, debía de
ser cierto; mientras tanto, la mayoría se inclinaba a considerar la noticia de modo
jocoso. Esta era la acritud de casi todos los diarios; los suplementos dominicales
incluían detalladas ilustraciones referidas a las historias totalmente infundadas y
ridículas atribuidas a las opiniones y declaraciones del doctor sobre el tema.
Tan sólo un periódico, el fiable, conservador y un tanto pasado de moda
Examiner, consideró apropiado publicar las declaraciones literales del biólogo sin
comentarios añadidos, En los escenarios de vodevil y en la radio los chistes sobre el
supuesto descubrimiento del doctor Farnham hacían furor; la inmortalidad y el
científico eran los temas principales de una canción popular que se oía a todas horas y
en todas partes. Por pura desesperación, el doctor Farnham se vio forzado a realizar
unas cautas aclaraciones públicas sobre su descubrimiento. En ellas hacía hincapié en
que él nunca afirmó haber descubierto el secreto de prolongar la vida humana
indefinidamente, porque, para poder probar esto, sería necesario mantener vivo a un
ser humano durante varios siglos, e incluso entonces el tratamiento podría
simplemente haber prolongado la vida por un determinado periodo de tiempo, pero
no indefinidamente. Sus experimentos, declaró, se habían limitado hasta el momento

Página 112
a animales inferiores, y mediante su tratamiento había logrado extender su esperanza
de vida de cuatro a ocho veces. En otras palabras, si el tratamiento funcionaba
igualmente bien con los seres humanos, un hombre podría vivir de quinientos a
ochocientos años… tiempo suficiente para considerar satisfecha la idea de
inmortalidad de la mayoría de la gente. Ciertas personas, cuyos nombres declinaba
revelar, se habían sometido a su tratamiento, afirmó el doctor; pero, por supuesto, aún
no había transcurrido suficiente tiempo para que quedaran probados los pretendidos
efectos. Añadió que el tratamiento era inofensivo, que una preparación química
inyectada en el organismo lo reconfiguraba, y que deseaba tratar a un número
limitado de personas que quisieran experimentar y probar la eficacia de su
descubrimiento.
En el caso del doctor Farnham, que era parco en palabras tanto en conversación
como por escrito y que raras veces hacía declaraciones públicas, este anuncio era algo
extraordinario y sus defensores afirmaban que probaba que el doctor confiaba
plenamente en su descubrimiento. Pero la psicología del común de los mortales
funciona de tal manera que la explicación del doctor, perfectamente lógica y directa,
en lugar de convencer al público o a la prensa, tan sólo sirvió para provocar una
tormenta aún mayor de sarcasmos concentrados en su persona.
Multitudes de curiosos se daban cita en los alrededores de su laboratorio. Allá
donde iba, la gente lo miraba, se reían de él y le observaban. En cada esquina varios
fotógrafos de prensa disparaban cámaras ante sus mismas narices. No pasaba un solo
día sin que algún nuevo y humorístico artículo satírico apareciera en la prensa y su
foto figurase al lado de otras de ladrones, asesinos, divorciados de la sociedad y
luchadores de boxeo en los tabloides gráficos. Para un hombre de costumbres
tranquilas, tímido y modesto como el doctor Farnham, todo esto era una tortura y,
finalmente, incapaz de aguantar más la celebridad no deseada, empaquetó sus
pertenencias y se escabulló silenciosa y discretamente de la metrópolis, confiando su
paradero tan sólo a unos cuantos de sus más íntimos colegas científicos. Durante un
tiempo su desaparición causó cierto revuelo y más rumores sensacionalistas en la
prensa y el público; pero al poco tiempo él y su supuesto descubrimiento fueron
olvidados.
Sin embargo, el doctor Farnham no tenía ninguna intención de abandonar sus
investigaciones y experimentos y, acompañado por su supuestamente inmortal
colección de fieras y por tres desahuciados de avanzada edad que se habían ofrecido
voluntarios para su tratamiento, tras comprometerse a permanecer con el científico
indefinidamente a cambio de un salario mayor que cualquiera que hubieran percibido
antes, el doctor se mudó a la Isla Abilone. Allí era un total desconocido y
prácticamente ningún habitante había oído hablar de él o de su trabajo. Compró una
enorme finca azucarera abandonada; allí, pensó, podría realizar su trabajo pasando
desapercibido y sin ser molestado. Pero no tuvo en cuenta a sus tres experimentos
humanos.

Página 113
Estos tres ilustres ancianos, al descubrir que el tratamiento estaba dando
resultados, que permanecían estables en edad y vigor y convencidos de que seguirían
viviendo para siempre, no pudieron evitar pavonearse de ello ante todos aquellos con
los que se encontraban. Los residentes blancos les escuchaban y reían, tomando a los
tipos por unos trastornados, pero la población de color miraba a los pacientes del
doctor con un asombro supersticioso, convencidos de que el doctor Farnham era un
poderosísimo «hombre Obeah», y que debía ser temido.
Sin embargo, el hecho de que su secreto y las razones que le llevaron a la isla se
hubieran filtrado no interfirió en el trabajo del doctor Farnham, como temía que
podría suceder. La gente inteligente, que por supuesto era minoría, cuando se
encontraban con el científico se referían chistosamente a lo que habían oído, aunque
nunca le preguntaban en serio si había algo de verdad en la historia; pero la mayoría
le evitaba como evitarían al mismísimo Satanás y hacían todo lo posible para no
encontrarse con él, lo cual el doctor agradecía enormemente. Por otro lado, no tenía
oportunidad de probar su tratamiento de inmortalidad con seres humanos, y por ello
se vio obligado a continuar sus experimentos con animales inferiores.
Al principio de sus experimentos había descubierto que, aunque su tratamiento
detenía los estragos del tiempo en los vertebrados, y las criaturas y seres humanos
tratados manifestaban prometedores signos de vivir indefinidamente, sin embargo no
lograba devolverles su juventud. En otras palabras, un sujeto tratado con su suero
permanecía en el mismo estado físico y mental en el que se hallaba cuando se le
empezó a administrar el tratamiento aunque, hasta cierto punto, se observaba un
incremento en el desarrollo de los músculos, una mayor flexibilidad en las
articulaciones, un reblandecimiento de las arterias endurecidas y una mayor
actividad, debido quizás al hecho de que los órganos vitales no rendían al límite de
sus posibilidades, retrasando así el proceso de envejecimiento.
Así pues, el más anciano de los tres sujetos humanos del doctor aparentaba más
de noventa años de edad (su edad exacta cuando comenzó el tratamiento era de
noventa y tres años) y su aspecto era exactamente el mismo que el de hacía dos años,
cuando comenzó a someter su viejo cuerpo a las inyecciones del doctor. No tenía
dientes en las encías y su ralo cabello era blanco como la nieve, su rostro estaba tan
surcado de arrugas y era tan bulboso como una nuez, y su espalda encorvada
culminaba en una joroba sobre sus hombros y un cuello largo y delgado. Pero había
abandonado las gafas, ya que podía ver tan bien como cualquier otro hombre; su oído
se había afinado, tenía tanta vitalidad como un grillo y físicamente estaba más fuerte
de lo que había estado en años, y tenía el apetito de un marinero. Tanto el propio
sujeto como el científico pensaban que podría continuar en ese estado hasta el fin de
los tiempos, a menos que ocurriese algún accidente imprevisto. Todos los días el
científico anotaba cuidadosamente la presión sanguínea, la temperatura, el pulso y la
respiración del anciano y realizaba análisis microscópicos de su sangre, y hasta el

Página 114
momento no se había detectado ningún síntoma de alteración en su estado ni la más
ligera indicación de envejecimiento físico.

Pero el doctor Farnham no estaba totalmente satisfecho con este logro. Si quería que
su descubrimiento tuviera un valor real para la raza humana, debía averiguar cómo
recuperar al menos parte de la juventud perdida, al tiempo que retrasaba el
envejecimiento; y durante días y noches trabajó intentando descubrir cómo alcanzar
lo imposible.
Trató una cantidad ingente de conejos, cobayas, perros, monos y otras criaturas;
calculó y comprobó incontables fórmulas; llevó a cabo infinidad de experimentos, y
varios volúmenes de anotaciones en letra apretada y metódicamente tabuladas
llenaron las estanterías de la biblioteca del doctor Farnham.
Y, sin embargo, parecía encontrarse tan lejos de los resultados deseados como al
principio. Desde su punto de vista, no estaba intentando realizar un milagro, ni
luchaba por conseguir lo imposible. El sistema humano, o el de cualquier criatura,
era, según él, simplemente una máquina; una máquina que, mediante técnicas
maravillosamente perfeccionadas y sumamente económicas, utilizaba el combustible
en forma de comida para producir calor, potencia y movimiento, reemplazando al
mismo tiempo y de forma constante las partes gastadas de su propio mecanismo. El
biólogo jamás aceptaría la existencia de un alma o espíritu, o cualquier elemento
divino e incomprensible, aunque no le costaba en absoluto admitir que la vida, que
impulsaba a la máquina, era algo que ningún hombre podía explicar o crear. Pero,
apostillaba, esto no significaba necesariamente que, tarde o temprano, el secreto de la
vida no pudiera ser desentrañado. De hecho, afirmaba él, era la máquina del cuerpo la
que producía la vida, y no la vida la que impulsaba a la máquina. Y siguiendo esta
línea de razonamiento sostenía que el espíritu o alma o, como prefería llamarlo él, «la
inteligencia impulsora» era el producto final, el objetivo de toda la maquinaria del
cuerpo orgánico.
«El embrión no nacido —dijo en una ocasión— posee movimiento independiente,
pero no pensamiento independiente. No respira, no produce sonidos, ni duerme ni se
despierta, y no obtiene alimento comiendo. Tampoco elimina excrementos. En otras
palabras, es una máquina completa pero aún no operativa por voluntad propia, un
mecanismo como el de un motor que vibra en espera de ser puesto en movimiento y
producir resultados desde el momento de su encendido. Ese momento es el
nacimiento. Con el primer aliento, la máquina comienza a moverse; de los órganos
vocales salen lloros; se demanda alimento, la materia residual se evacua y, a ritmo
constante e incesante, la máquina continúa formando y construyendo gradualmente la
inteligencia hasta llegar a su más alto nivel. Una vez alcanzado éste y tras cumplir
con su propósito, la máquina comienza a ralentizarse, a dejar que las partes gastadas

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permanezcan gastadas, hasta que al final se abotarga, se vuelve errática y finalmente
deja de funcionar».
Así que, totalmente convencido de que cualquier criatura era básicamente una
máquina, el doctor Farnham opinaba que para mantener la máquina funcionando para
siempre sólo era necesario proporcionarle los recambios de las unidades desgastadas,
así como un inductor de «inteligencia impulsora» para mantener el mecanismo en
funcionamiento tras haber logrado cumplir su objetivo original. Y en todos sus
intentos el científico había alcanzado estos objetivos. Los animales con los que había
experimentado, y que bajo sus cuidados y observación habían sobrepasado varias
veces su esperanza normal de vida, en ningún momento mostraron señales de
endurecimiento de los vasos sanguíneos, o de acumulación de calcio en el sistema, o
de deterioro glandular.
Además, descubrió que las criaturas que habían sido tratadas podían propagar sus
genes, incluso aunque fueran estériles por envejecimiento. Se puso como loco de
contento con este hallazgo, porque, si sus conclusiones eran correctas, los
especímenes jóvenes de estos animales supuestamente inmortales heredarían esa
misma inmortalidad. Pero aquí el doctor Farnham encontró un obstáculo insalvable
para propagar una raza de inmortales. Una camada de jóvenes conejos
permanecieron, mes tras mes, tan indefensos, ciegos, desnudos y embrionarios como
al nacer. Sin duda habrían continuado en ese estado para siempre si la madre, quizás
impacientándose o disgustada con su descendencia, no hubiera devorado a toda la
camada. Sin embargo, quedaba probado que existía la capacidad de heredar los
resultados del tratamiento y el doctor Farnham estaba convencido de que finalmente
podría diseñar algún método para que los jóvenes pudieran desarrollarse hasta
cualquier estadio de vida antes de que se produjera el cese del envejecimiento, y
permanecieran así indefinidamente en aquel estado. Estaba seguro de que ahí residía
la solución para la recuperación de la juventud. No se trataba de que pudiera hacer
retroceder al sujeto desde una edad anciana a su juventud, sino que, asumiendo que
descubriera cómo hacerlo, todas las generaciones futuras podrían, si así lo deseaban,
llegar a la plenitud vigorosa de su masculinidad o feminidad, dejar de envejecer y
permanecer en la cúspide de su poder físico y mental. Mientras llevaba a cabo las
investigaciones en esta dirección, realizó de forma accidental un descubrimiento
sumamente extraordinario que alteró profundamente sus planes.
Había estado trabajando en una combinación totalmente nueva de los
componentes de su producto original, y con el fin de probar sus características de
penetración inyectó un poco del fluido en una cobaya conservada en formol para
observar el progreso del líquido a través de los distintos órganos. Para su total
sorpresa, el animal supuestamente muerto comenzó a moverse inmediatamente, y
pronto, ante la atónita mirada del doctor, corría de un lado a otro más vivo que nunca.
El doctor Farnham se quedó sin habla. La pequeña criatura llevaba muerta varias

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horas… su cuerpo incluso manifestaba signos de rigor mortis, y sin embargo ahora
estaba obviamente muy, muy viva.
¿Tal vez la cobaya había estado simplemente en un estado de aletargamiento? ¿O
era posible (y el doctor Farnham tembló de excitación ante la idea) que el suero
hubiera devuelto realmente la vida al animal?
Sin atreverse a comprobar que esto fuera lo sucedido realmente, el científico
cogió uno de sus conejos y, tras colocarlo bajo una campana de cristal, le administró
suficiente éter para matar a varios hombres. Luego, obligándose a mantener la calma,
esperó hasta que el cuerpo del conejo estuvo frío y con signos de rigor mortis.
Incluso entonces el doctor no estuvo del todo satisfecho y procedió a examinar los
ojos del conejo, Lo auscultó con un estetoscopio extremadamente potente intentando
oír algún latido, e incluso cercenó una vena de la pata del animal. No había duda
alguna, el conejo estaba muerto. Entonces, con dedos nerviosos pero templados,
insertó la punta de la aguja hipodérmica en el cuello del conejo e inyectó una pequeña
cantidad del nuevo líquido. Casi inmediatamente las patas del conejo se agitaron, sus
ojos se abrieron y, mientras el doctor lo observaba con incredulidad, la criatura se
levantó sobre sus cuatro patas y huyó dando saltos.

¡Esto sí era un descubrimiento! ¡El suero con la nueva combinación de componentes


no sólo reparaba los efectos de la edad, sino que además devolvía la vida!
Pero Farnham era un científico sumamente pragmático que no se dejaba llevar
por las fantasías de su imaginación, y fue totalmente consciente de que debían de
existir limitaciones en este descubrimiento. Estaba seguro de que no podría devolver
a la vida a una criatura que hubiera sufrido una muerte violenta por lesión o herida en
algún órgano vital, ni a una criatura que hubiera muerto por alguna enfermedad
orgánica. Al aceptar esta conclusión estaba, como siempre, comparando
inconscientemente a los seres vivos con máquinas. «Se puede parar el péndulo de un
reloj —escribió—, y el mecanismo dejará de funcionar hasta que el péndulo vuelva a
ser movido; pero si el reloj se para debido a la pérdida de una ruedecilla o un muelle,
o un diente de la ruedecilla se rompe, entonces no puede volver a funcionar hasta que
las partes rotas sean reemplazadas o reparadas».
Entonces, ¿reviviría este tratamiento a los animales que hubieran sucumbido a
una muerte distinta a la de sobredosis de anestesia? Ese era un tema importante que
debía clarificar, y el doctor Farnham procedió inmediatamente a investigarlo. Para su
primer experimento sacrificó un gatito en aras de la ciencia, ahogándolo en agua de la
forma más humana y concienzuda que pudo. Con el fin de que el experimento fuera
aún más concluyente, el biólogo decidió retrasar la resurrección hasta que toda
posibilidad de que resucitara por medios ordinarios hubiera desaparecido, de modo
que estableció cuatro horas como plazo antes de inyectar el suero en el cadáver del

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gato. Mientras tanto, se dispuso a preparar otra prueba. Enumeró mentalmente las
distintas causas de muerte prematura, excepto aquéllas relacionadas con
enfermedades orgánicas o muertes violentas, y averiguó que el ahogamiento, la
congelación, la inhalación de gas y el envenenamiento mediante sustancias no
irritantes eran las causas más frecuentes en esa lista; a continuación aparecían como
causas de muerte prematura el miedo, la conmoción y otras más inusuales.
Quizá resultara difícil conseguir sujetos muertos por alguna de estas causas, pero
podía probar la eficacia de su tratamiento en el caso de las más frecuentes, de modo
que procedió a sacrificar a algunos de sus animales mediante la congelación, la
inhalación de gases y el envenenamiento. Cuando estos cadáveres estuvieron listos, el
gato muerto ya había permanecido inerte sobre la mesa del laboratorio las cuatro
horas asignadas y, con el pulso acelerado y una excitación totalmente acientífica,
introdujo una dosis de su compuesto en el cuello del minino. En cincuenta y ocho
segundos exactos medidos por su reloj, los músculos del gato se retorcieron, los
pulmones comenzaron a respirar, el corazón empezó a retomar sus funciones
interrumpidas, y al cabo de dos minutos y dieciocho segundos el gatito estaba sentado
y lamiendo su húmedo y enmarañado pelaje. Los experimentos con los sujetos
congelados, gaseados y envenenados también obtuvieron los mismos resultados
positivos, de modo que el doctor Farnham quedó totalmente convencido de que, a
menos que hubiera herida, deterioro de órganos vitales o perdida excesiva de sangre,
cualquier animal muerto podía ser devuelto a la vida mediante este procedimiento.
Naturalmente, estaba sumamente ansioso por experimentar el maravilloso
compuesto en seres humanos, e inmediatamente se dirigió a la oficina del juez de
instrucción con una petición para poder probar una nueva técnica de resucitación en
la próxima víctima ahogada o envenenada en la isla. Luego visitó el hospital con la
esperanza de encontrar a algún desafortunado que hubiera expirado por alguna causa
que no le hubiera dañado ningún órgano vital, pero de nuevo fue un intento frustrado.
Sin embargo, las autoridades prometieron informarle si se daba algún caso según lo
especificado. Finalmente regresó a su laboratorio para llevar a cabo pruebas más
exhaustivas.
Entre otras cuestiones, deseaba determinar cuánto tiempo podía permanecer
muerta una criatura antes de ser revivida y, centrándose en este objetivo, inició una
carnicería generalizada de su zoo particular, intentando etiquetar cada cadáver y
desarrollar una serie progresiva de experimentos. Los animales permanecían muertos
durante series determinadas de tiempo, hasta que la inyección no lograra revivirlos,
posibilitando así establecer los límites exactos de su eficacia.
Y entonces, debido a los nervios y la excitación producidos por su
descubrimiento, se olvidó de meter al gatito resucitado en una jaula. Durante su
ausencia del laboratorio, su ayudante (el más joven de los tres inmortales humanos)
encontró a la criatura suelta y, pensando que se había escapado de su recinto, la
colocó junto a los demás gatos. Más tarde, cuando el doctor seleccionó como mártires

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en aras de la ciencia a media docena de gatitos de aspecto saludable, incluyó sin darse
cuenta al animal que unas horas antes había traído a la vida.
El gatito resucitado fue ubicado junto a sus compañeros felinos en un cubículo
hermético en el que se introdujo gas letal, y allí permaneció encerrado durante casi
una hora. Para cerciorarse de que los vapores mortíferos habían hecho total efecto, el
doctor, protegido con una careta antigás, abrió la cámara para sacar los cadáveres de
las criaturas. Imaginad su sorpresa cuando, al retirar la tapa, un enérgico gato saltó
maullando desde el interior, corrió por la habitación y aterrizó sobre la mesa,
escupiendo y gruñendo, y evidentemente muy vivo.
—¡Extraordinario! ¡Sumamente extraordinario! —exclamó el científico mientras
asomaba el rostro cautamente en el interior de la cámara y observaba a los otros
gatos, que yacían sin vida—. Un caso asombroso de inmunidad natural a los efectos
del gas ácido de hidrocianuro. Debo registrarlo en mi libreta.
Tras considerables esfuerzos para apaciguar a la furiosa criatura, el doctor
Farnham la examinó con sumo cuidado. Al hacerlo descubrió una pequeña herida en
el cuello del animal y dejó escapar una exclamación de sorpresa. ¡Era el mismo gato
que había resucitado antes! La marca en el cuello estaba donde antes había inyectado
la aguja hipodérmica y por su mente cruzó un pensamiento demencial e imposible.
¡El gato era inmortal! No sólo podía vivir indefinidamente, sino que, además, ¡no se
le podía arrebatar la vida!
Sin embargo, unos segundos después el sentido común del científico vino a su
rescate. «Por supuesto —razonó—, esto es imposible, absolutamente ridículo».
Pero, después de todo, pensó, ¿era esto más ridículo que traer criaturas muertas de
nuevo a la vida? Su tratamiento debía de poseer algún efecto desconocido que hacía
que las criaturas sometidas a él fueran inmunes a ciertos venenos. Pero, si esto era
cierto, entonces otros procedimientos deberían acabar con la vida del gato. Ansioso
por probar esta teoría, inmovilizó al gato y procedió a ahogarlo por segunda vez. Tras
dejarlo sumergido en agua durante una hora, el doctor Farnham sacó del tanque la
jaula de metal que contenía el gatito supuestamente muerto… y, un segundo después,
saltó hacia atrás como si le hubieran golpeado con un mazo. Dentro del contenedor de
alambre el gato arañaba, aullaba, luchaba como un poseso por escaparse y,
obviamente, estaba muy vivo y sumamente molesto por haber sido sumergido en
agua fría.

Incapaz de creer lo que registraban sus sentidos, el doctor Farnham se desplomó


sobre una silla y se secó la frente mientras el gato, habiéndose liberado finalmente,
corría como un demente por la habitación para acabar buscando refugio bajo el
radiador.

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Sin embargo, unos segundos más tarde, recuperó su acostumbrada serenidad y
reflexionó sobre el aparente milagro con más calma. Después de todo, pensó, el gato
había regresado a la vida tras ser ahogado, así que, ¿por qué no iba a ser posible que
una vez resucitado, resultara imposible en adelante morir ahogado o incluso por otros
medios? Por otro lado, la criatura había sobrevivido también al gas. Debía seguir
investigando este punto. Lo intentaría congelando al gato (se rió para sus adentros al
recordar el conocido dicho que dice que los gatos tienen siete vidas) y, si aun así la
bestia se. negaba a morir, lo probaría por cualquier otro medio. Pero el gato tenía
otros planes y, harto de los experimentos del doctor, se escabulló de las manos del
científico, y con el lomo arqueado y el pelo de la cola erizado saltó a través de la
ventana medio abierta y desapareció para siempre entre los arbustos en campo
abierto.
El doctor Farnham suspiró. El animal evadido era sumamente valioso e
interesante para el experimento, pero pronto le llegó el consuelo. Se acordó de que
aún tenía un conejo y una cobaya que también habían revivido de una aparente
muerte, de modo que realizaría las pruebas con ellos.
Y el asombro del doctor fue en aumento a medida que procedía con los
experimentos. Las dos criaturas fueron congeladas hasta quedar rígidas como tablas,
pero en cuanto se descongelaron se vieron tan saludables y vivas como antes; fueron
gaseadas, se les inoculó cloroformo, se les envenenó y electrocutó, pero no cambió
nada. No podían ser dormidas con anestésicos ni sacrificadas. Finalmente, el
científico tuvo que reconocer que su tratamiento literalmente convertía a los seres
vivos en inmortales.
Y cuando al final estuvo totalmente convencido y se aseguró de que no se había
vuelto loco, se dejó caer en una silla y bramó con una sonora carcajada.
¿Qué dirían los periódicos allá en los Estados Unidos sobre esto? No sólo los
seres humanos podrían vivir para siempre al cesar el proceso de envejecimiento, sino
que también serían inmunes a la mayoría de las causas más comunes de muerte
accidental. La gente que emprendía un crucero por el mar no tendría que temer
ningún desastre, ya que nadie podría ahogarse.
Los electricistas no temerían los cables pelados o las conexiones eléctricas, ya
que ninguna potencia de corriente podría matarlos. Los exploradores del Ártico
podrían congelarse totalmente, pero revivirían al descongelarse. Y la mitad de los
horrores de la guerra, los gases mortíferos en los que se han invertido ingentes sumas
de dinero y a los que se han dedicado tantos años de investigación, ya no servirían de
nada, porque un ejército tratado con el maravilloso compuesto sería inmune a los
efectos de los gases más mortales.
La cabeza le daba vueltas ante las ideas que se agolpaban en su cerebro, pero aun
así no terminaba de estar totalmente satisfecho. Había probado su asombroso
descubrimiento experimentando con animales inferiores, pero ¿estaba seguro de que
se produciría el mismo milagro en seres humanos? Pensó en probarlo con sus tres

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compañeros, pero vaciló. Suponiendo que ahogara, envenenara o gaseara a uno de los
tres viejos y el tipo no reviviera, ¿no sería culpable de asesinato ante los ojos de la
ley, aunque el sujeto hubiera mostrado su acuerdo a someterse a la prueba? ¿Y
realmente se atrevía a arriesgarse? El doctor Farnham negó con la cabeza mientras
reflexionaba sobre ello. No, reconoció, no se atrevería a arriesgarse. Sabía que en
muchas ocasiones los experimentos que habían funcionado perfectamente con
animales inferiores habían dado malos resultados cuando eran aplicados a sures
humanos. Y, por otro lado, si no podía probar su descubrimiento en seres humanos,
¿cómo asegurarse de que podía convertir a la raza humana un inmortal?
Posiblemente, concluyó, si diseccionaba a alguna de sus criaturas inmortales
podría dar con algo que arrojase luz sobre el asunto. En ese momento frunció el ceño
con expresión atónita y preocupada. Era totalmente contrario a la vivisección; y, sin
embargo, ¿cómo iba a diseccionar a una de sus criaturas sin practicar una
vivisección? Por supuesto, pensó, podría matar al conejo golpeándole en la parte de
atrás de la cabeza, punzándole el cerebro indoloramente con una lanceta o
decapitándolo. Pero, en ese caso, podría estar destruyendo justamente lo que andaba
buscando.
No obstante, era la única manera; ni siquiera pensando para calmar su conciencia
que lo hacía en interés de la ciencia aceptaba torturar a un ser vivo. Pero podía matar
al conejo lesionando su cerebro y a la cobaya mediante una muerte igualmente
indolora a través del corazón, y así estar razonablemente seguro de no dañar ni el
sistema nervioso ni el circulatorio.
De este modo, muy a su pesar, cogió al confiado conejo y con el máximo cuidado
y precisión clavó un escalpelo de hoja fina en la base del cerebro de la criatura.
Un segundo después el instrumento se le cayó de la mano, se sintió mareado y
débil y se sentó mirando con la boca abierta y los ojos incrédulos. En lugar de
quedarse totalmente inerte con el mortal corte, el conejo seguía mordisqueando
despreocupadamente un trozo de zanahoria, ¡y parecía tan vivo y sano como antes!
Ahora el doctor Farnham estaba convencido de que se había vuelto loco. La
excitación, la fatiga nerviosa o las largas horas de investigación le habían hecho
experimentar alucinaciones, porque, no importaba lo asombroso que el
descubrimiento fuera, tenía la total certeza de que ningún vertebrado de sangre
caliente podía sobrevivir a un corte de escalpelo en la base del cerebro.

Sacudió la cabeza, se frotó los ojos, se pellizcó. Paseó la vista por el laboratorio,
observó las palmeras y arbustos de los terrenos cercanos a su vivienda, hojeó unas
pocas páginas de un libro y realizó una docena de pruebas. En todos los aspectos,
parecía que sus sentidos funcionaban con normalidad.

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Algo, razonó, debía de haber salido mal. Por alguna razón no había logrado llegar
al punto vital con el escalpelo. Se obligó a calmarse y, tras aplacar sus nervios con
gran esfuerzo, volvió a coger la lanceta e, inmovilizando la cabeza del conejo,
introdujo toda la hoja con filo dentado en el cerebro del animal.
Y entonces estuvo a punto de gritar y, tambaleándose y medio mareado, se
desplomó sobre la silla, mientras el conejo, sacudiendo la cabeza y meneando las
orejas como si notara una leve molestia, bajó de la mesa de un salto ¡y comenzó a
olisquear los rincones buscando trozos de zanahoria que habían caído al suelo!
Durante media hora el biólogo permaneció petrificado, totalmente superado por la
situación, los nervios a flor de piel y el cerebro en un torbellino. ¿Cómo era posible?
Al final, lentamente, casi temeroso, se levantó y, con una total determinación
dibujada un sus facciones, ató a la cobaya y con un ejercicio casi sobrehumano de
fuerza de voluntad estiró al animal sobre la mesa y le clavó decididamente el
escalpelo en el corazón. Pero, aparte de una pequeña cantidad de sangre que manó de
la herida, la criatura parecía totalmente ilusa. De hecho, no parecía sufrir ningún
dolor, y no hizo ningún esfuerzo por escapar cuando la soltó.
Por primera vez en su vida el doctor Farnham se desmayó.
Cuando casi una hora después, su ayudante, asustado y fuera de sí, logró
despertar al científico, ya había caído la noche y el doctor Farnham, tembloroso y
profundamente desconcertado, salió tambaleándose del laboratorio. Casi sin atreverse
a mirar a su alrededor y averiguar si rodo aquello no había sido más que una pesadilla
o la alucinación de su desmayo.
Pasó mucho tiempo antes de que recuperara su habitual calma y, tras obligarse a
observar a los dos animales, que según todas las teorías y hechos científicos
aceptados deberían estar rígidos y muertos, y que sin embargo disfrutaban de
excelente salud, y tras haber fortalecido su ánimo regalándose una abundante comida
y un poco de ron añejo de Cincuenta años, se dispuso a enfrentarse a los hechos
incontrovertibles y determinar las razones a partir de allí.
Desde que inició el último curso en la escuela se había dedicado por entero al
estudio de la biología. Ningún otro biólogo con vida había ganado una reputación tan
envidiable como experto en la materia. Ningún otro biólogo había realizado
descubrimientos más importantes o de mayor prestigio mundial. Ningún otro
científico podía alardear de una biblioteca tan extensa y completa o de una colección
más perfecta y valiosa de instrumentos, aparatos y demás parafernalia para su campo
de estudio. Y es que el doctor Farnham tenía además la suerte de ser inmensamente
rico, y dedicaba toda su renta a su ciencia. A pesar de ser profundamente
revolucionario y poco convencional en sus teorías, experimentos y creencias, no
obstante estaba dispuesto a reconocer que ningún hombre podía saberlo todo, y que
las personas más perfeccionistas y cuidadosas podían cometer errores. Así pues,
aunque no comulgara con ellos, consultaba todas las obras disponibles de otros
biólogos y, con bastante frecuencia, hallaba abundante y valiosa información en sus

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ensayos e informes. Asimismo, en más de una ocasión, se apropiaba de alguna
afirmación o de datos aparentemente nimios que habían sido publicados con apenas
una somera mención, y construía teorías a partir de ellos dando total credibilidad a la
fuente.
Así pues, enfrentado ahora a un hecho imposible, el doctor Farnham se dispuso a
estudiar los hechos básicos. Sería imposible describir en detalle todas sus
deducciones, o analizar sus razonamientos, o citar sus argumentos de autoridad (en
una docena de idiomas), los cuales le permitieron llegar a sus conclusiones finales.
Pero, como se lee en las notas que escribió mientras trabajaba, éstas fueron las
siguientes:
«Nadie puede definir exactamente la vida o la muerte. Lo que es mortal para una
forma de vida animal podría ser inocuo para otras formas. Un gusano o una ameba,
así como muchos invertebrados, pueden ser subdivididos y cortados en varias piezas,
y cada fragmento sobrevive y no sufre mayor inconveniente. Además, bajo ciertas
condiciones, dos o más de estos fragmentos pueden unirse, sanar juntos y reconstruir
su forma original. Algunos vertebrados, como los lagartos y las tortugas, pueden
sobrevivir con heridas que arrebatarían la vida a otras criaturas, pero que no producen
ningún efecto perjudicial en ellos. Hay numerosos casos en los que órganos como el
corazón o incluso el cerebro han sido extraídos de las tortugas, y aun así las criaturas
han sobrevivido y han sido capaces de moverse y comer durante largos periodos.
Hablamos de órganos vitales, pero tendríamos que preguntarnos a continuación: ¿qué
órganos son vitales? Una lesión accidental del cerebro, el corazón o los pulmones
podría ocasionar la muerte y, sin embargo, los cirujanos pueden llegar a realizar
heridas incluso más serias en esos órganos, y el paciente sobrevive. Si resulta
amputada una nariz, una oreja o incluso un dedo humano, se puede implantar de
nuevo al muñón, pero otros miembros una vez amputados no pueden ser implantados
de nuevo. Pero ¿por qué no? ¿Por qué es posible injertar ciertos órganos o porciones
de anatomía y no otros? Cuando un hombre recibe un balazo en el cerebro o el
corazón puede morir instantáneamente, mientras que otro puede recibir varios balazos
en su cerebro, o un disparo o puñalada en el corazón y sobrevivir con perfecta salud
durante años. Incluso los llamados órganos vitales pueden ser extraídos mediante
cirugía sin afectar de manera visible la salud del paciente, mientras que una lesión o
herida en un órgano no esencial puede producir la muerte de otro. No es infrecuente
que una persona muera por una hemorragia causada por el pinchazo de una aguja o
por abrasión superficial, mientras que es igualmente frecuente que las personas
sobrevivan a la pérdida de un miembro por accidente o la incisión de una arteria.
»La vida es definida por regla general como una condición en la que un conjunto
de órganos funcionan cuando los latidos del corazón y el sistema respiratorio están
operando. Por otro lado, normalmente se considera que una persona u otro animal
está muerto cuando los órganos dejan de funcionar, y las acciones del corazón y el
pulmón cesan. Pero, en innumerables casos de animación suspendida, todos los

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órganos dejan de funcionar y no hay señales audibles o visibles de que el corazón o
los pulmones funcionen. En casos de inmersión o sofocación, existen las mismas
condiciones, la sangre deja de fluir por las arterias y las venas, y la víctima, si se la
deja a su suerte, nunca revivirá. Pero mediante la respiración artificial y otros medios
puede llegar a ser revivida. ¿Está la persona ahogada viva o muerta?
»En resumen, es imposible definir la vida o la muerte en términos exactos o
científicos. Es imposible afirmar de manera contundente cuándo acaece la muerte, a
menos que se inicie la descomposición. Es imposible definir lo que causa la vida o lo
que produce la muerte. Muchos de los usos o funciones de infinidad de glándulas
nunca han sido determinados, y nadie puede explicar los efectos exactos de
estimulantes, narcóticos, sedantes o anestésicos.
»¿No es posible, o incluso probable que, bajo ciertas condiciones, la vida pueda
continuar, pasando por encima de causas que ordinariamente provocarían la muerte?
¿Es irracional suponer que podrían producirse ciertas reacciones químicas que actúen
sobre los órganos virales y tejidos de manera que resistan cualquier intento de
destruir sus funciones?
»Mi opinión es que tales cosas son posibles; que, en términos científicos, no hay
mayores razones para que un animal sobreviva a una extracción de glándulas
endocrinas, renales, de estómago o del bazo, o a heridas en estos órganos, que a
heridas similares o la extracción del corazón, el cerebro o los pulmones».
Aquí el doctor dejó caer la pluma, empujó a un lado el cuaderno y los libros y se
encerró en sus propios pensamientos. Después de todo, no había averiguado nada que
no supiera. Había regresado al punto de partida. De hecho, había logrado hallar
respuesta a sus propios interrogantes y probar su hipótesis. Pero los estudios e
investigaciones que había realizado propiciaron nuevos hilos de pensamiento. Nunca
antes había estado tan cerca del misterio de la vida y la muerte. Nunca antes se le
había ocurrido que la vida pudiera existir de forma totalmente separada del simple
organismo físico, o la máquina, como él lo llamaba. Y si sus teorías eran correctas, si
sus deducciones eran acertadas, ¿no sería capaz entonces de devolver la vida a una
criatura muerta violentamente o cuyos órganos estuvieran lesionados o enfermos? ¿Y
hasta dónde se podría llegar gracias a su descubrimiento? Si una criatura fuera tratada
de forma que pudiera resistir la muerte por ahogamiento, gaseado, envenenamiento,
congelación o electrocución, incluso perforación del corazón o del cerebro, ¿sería
posible arrebatarle la vida a esa criatura por algún medio? Incluso si el animal fuera
cortado en trozos, si su cabeza fuera separada de su cuerpo, ¿moriría? ¿O continuaría
viviendo, como una lombriz de tierra o una ameba? Y si así fuera, ¿se volverían a
unir las partes y funcionar como antes?
De repente, el científico dio un brinco en la silla como si se hubiera soltado un
muelle debajo de él. Por fin, ¡ya lo tenía! ¡Ésa era la solución! Nadie había sido capaz
de explicar por qué ciertas formas de vida podían ser subdivididas sin sufrir un daño

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irreparable, mientras que otras formas sucumbían por heridas comparativamente
leves.
Pero, cualquiera que fuese el motivo, cualquiera que fuese la diferencia entre los
animales superiores e inferiores en cuanto a la vida y la muerte, había logrado
encontrar el eslabón que faltaba. Gracias a su descubrimiento los invertebrados de
sangre caliente serían tan indestructibles como los animálculos.
Sí, gracias a su tratamiento el mamífero podía sobrevivir a la misma mutilación
que una lombriz de tierra. El doctor Farnham corrió a su laboratorio, cogió al conejo
y, sin el más mínimo escrúpulo o vacilación, le separó la cabeza del cuerpo.
Y, a pesar de estar preparado para ello, a pesar de que estaba seguro del resultado,
no obstante se quedó lívido, se tambaleó hacia atrás y buscó apoyo en una silla
cuando la criatura decapitada continuó saltando de un lado a otro, erráticamente y sin
rumbo alguno, pero totalmente viva; mientras, la cabeza sin cuerpo movía el hocico y
las orejas y pestañeaba como si se preguntase qué le había ocurrido a su cuerpo.
Recogiendo con rapidez el cuerpo y cabeza vivos, los juntó, cosió y entablilló en
su lugar y, alborozado por el éxito del experimento, colocó en su jaula al conejo, que
estaba aparentemente feliz y sin que manifestara padecer dolor alguno. Pero había un
experimento que aun no había probado. ¿Podría resucitar a una criatura que hubiera
sufrido una muerte violenta? Pronto lo averiguaría. Inmovilizó a una liebre sana y la
mató piadosa e indoloramente clavándole un punzón en el cerebro; e inmediatamente
se dispuso a inyectarle una dosis de su mágico preparado en las venas del animal
muerto. Pero nunca terminó de realizar esa prueba…

Como todo el mundo sabe, la isla de Abilone es de origen volcánico y experimenta


frecuentes terremotos. Así pues, a pesar de que durante los últimos días se habían
dejado sentir algunos temblores, nadie les prestó demasiada atención, e incluso el
doctor Farnham, que inconscientemente había sentido que uno o dos de los temblores
eran inusualmente severos, simplemente se sintió incomodado porque interferían con
su trabajo y el perfecto calibrado de sus delicados instrumentos.
En ese momento, mientras estaba inclinado sobre el cadáver de la liebre con la
jeringuilla hipodérmica en la mano, un terrorífico temblor sacudió la tierra; el suelo
del laboratorio se elevó y cayó; las paredes se agrietaron; cientos de cristales
llovieron del tragaluz del techo; vasos de precipitación, campanas de cristal, retortas,
probetas, jarras y bandejas de porcelana cayeron al suelo explotando en cientos de
fragmentos; las mesas y las sillas se volcaron, y el doctor salió despedido
violentamente contra la pared. No era momento para vacilaciones, ni para
experimentos científicos, y el doctor Farnham, totalmente humano y de reacción
rápida ante el peligro, salió corriendo del laboratorio en ruinas a cielo abierto,
sujetando aún la jeringa en una mano y el vial de su preparado en la otra. Olvidando

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por completo que supuestamente eran inmortales, sus tres ancianos compañeros
salieron corriendo y gritando aterrorizados de la vivienda que se desmoronaba y,
manteniéndose en pie a duras penas, asqueados y mareados por el balanceo de la
tierra, al cual le siguió otro en rápida sucesión, los cuatro miraban mudos y atónitos
cómo los edificios quedaban reducidos a ruinas informes ante sus propios ojos.
Pero lo peor estaba aún por llegar. Después de varios temblores, se oyó un
estruendo ensordecedor y terrible… el sonido de una terrorífica explosión que pareció
desgarrar el mismísimo universo. El cielo se oscureció; la brillante luz del día dio
paso al crepúsculo; las palmeras se combaron ante un abrumador vendaval e,
incapaces de permanecer de pie, los cuatro hombres se tiraron cuerpo a tierra.
—¡Una erupción! —gritó el doctor, esforzándose por hacerse oír por encima del
aullante viento, la conmoción de las explosiones que sonaban como detonaciones de
proyectiles y el balanceo de las palmas—. El volcán ha entrado en erupción —repitió
—. El cráter del Pan de Azúcar se ha activado. Nosotros probablemente estemos
fuera de peligro, pero miles de personas podrían haber perecido. ¡Que Dios se apiade
de los aldeanos de las laderas de la montaña!
Mientras hablaba, comenzó a caer polvo y cenizas, y pronto la tierra, la
vegetación, los edificios en ruinas y la ropa de los cuatro hombres quedaron cubiertos
por una capa gris de ceniza volcánica. Pero finalmente el polvo dejó de caer, el viento
cesó, las explosiones se hicieron más débiles y más espaciadas, y los cuatro hombres
conmocionados y aterrados se pusieron en pie y recorrieron con la vista un paisaje
que jamás hubieran reconocido.
Las casas, los cobertizos, el laboratorio y la biblioteca habían quedado totalmente
en ruinas; había prendido el fuego y éste completó la destrucción del terremoto, y los
inestimables libros del doctor Farnham, sus valiosísimos instrumentos, todo el trabajo
de años, habían desaparecido para siempre. En algún lugar bajo los escombros de
ruinas en llamas ardían las fórmulas e ingredientes de su elixir de la inmortalidad; en
algún lugar bajo esa pila humeante reposaban los cuerpos de las criaturas que habían
probado su eficacia. Deprimido e incapaz de expresar la inmensidad de su pérdida, el
doctor Farnham permaneció petrificado observando lo que hacía tan sólo unos
minutos había sido su laboratorio. De repente, de debajo de las montanas de detritus
apareció una criatura marrón y blanca que miró aturdida a un lado y a otro para salir
pitando a continuación hacia los hierbajos y la maleza. El científico la miró, se frotó
los ojos y ahogó un grito. Que una criatura viva hubiera podido sobrevivir a aquella
catástrofe parecía imposible. Y luego explotó en una risa histérica. Pero ¡claro! ¡Se
había olvidado! ¡Era la cobaya inmortal! Y apenas acababa de ser consciente de la
explicación cuando, de otra montaña de escombros y maderos quemados, apareció un
segundo animal. Como un hombre desprovisto de cordura, el doctor miró
incrédulamente la aparición… un enorme conejo blanco, con el cuello tapado con
vendas y esparadrapo. No había duda alguna. ¡Era el conejo al que había decapitado y
luego cosido! Todo el ardor científico del biólogo retornó febrilmente al ver esta

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increíble demostración de la milagrosa naturaleza de su descubrimiento, y saltando
hacia delante, intentó capturar al pequeño roedor. Pero demasiado tarde; con un salto,
el conejo alcanzó un matorral de hibiscos y desapareció como si la tierra se lo hubiera
tragado.
Durante unos segundos el doctor Farnham se quedó indeciso, y luego dejó
escapar un grito que casi hizo perder la cabeza a sus tres acompañantes. Su mente se
había iluminado con una inspiración. Debía de haber decenas, centenares, quizás
miles de hombres y mujeres muertos o gravemente heridos por el terremoto y la
erupción. Tenía aún en su poder la suficiente cantidad de preparado antimuerte para
tratar a cientos de personas. Iría a toda prisa a los distritos afectados cercanos al
volcán y utilizaría hasta la última gota de su valioso compuesto reviviendo a los
muertos y moribundos. Por fin podría probar a placer su descubrimiento en seres
humanos, y podría seguir realizando un trabajo de humanidad y de incalculable valor
científico al mismo tiempo. Si no se sacaba nada en claro, nada se habría perdido,
mientras que, si se demostraba que el tratamiento era eficaz con seres humanos,
habría salvado innumerables vidas y haría inmortales a los que se trataran e inmunes
para siempre de posteriores erupciones y terremotos. En parte debido a la casualidad,
y en parte a la dejadez, el viejo pero fiable coche del doctor estaba totalmente ileso, al
haber estado aparcado en la entrada a cierta distancia de los edificios. Saltó a su
interior seguido por los otros tres confundidos acompañantes, pisó con fuerza el
acelerador y salió disparado hacia las laderas de la montaña sobre las que flotaba una
nube de humo negro y denso iluminada por brillantes relámpagos, explosiones
intermitentes de gas encendido y estallidos de bombas de lava incandescentes.
—No es una erupción tan fuerte como la que esperaba —comentó el científico,
mientras el coche, traqueteando sobre las carreteras medio levantadas por el
terremoto y sobre los túneles y puentes derruidos, se acercaba cada vez más a las
colinas—. Parece que ha tenido un alcance muy localizado —continuó—, no hay
rastro de torrentes de lava en esta ladera del cono volcánico… probablemente eyectó
por el otro lado hacia el mar.
Y justo es reconocer que, a medida que el doctor Farnham se aproximaba al
volcán aún activo y amenazador, fue sintiendo mayor decepción al descubrir que la
catástrofe no había sido como esperaba. No es que lamentase que la erupción hubiera
causado unos daños y pérdida de vidas relativamente pequeños, sino porque empezó
a temer que no tendría oportunidad de probar su descubrimiento en seres humanos.
Sin embargo, no debió preocuparse por ello. Como había deducido, el cráter había
eyectado hacia el norte y las abundantes masas de lava incandescente y bombas de
lava habían descendido por las casi deshabitadas laderas costeras que desembocaban
en el océano. No obstante varias poblaciones pequeñas y muchas casas aisladas
habían sido borradas del mapa; decenas de personas, tanto blancas como negras,
habían muerto quemadas hasta quedar reducidas a cenizas o enterradas bajo varios
metros de brasas y lodo; miles de acres de campos cultivados y jardines habían

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quedado transformados en yermos y desolados mares humeantes de lodo volcánico, y
se observaba una incalculable cantidad de daños.
Cerca del cráter, el cual se pensaba totalmente extinguido desde épocas
inmemoriales, la destrucción, allá donde había tenido lugar, había sido total. Más allá
de esa zona de vapor abrasante, las cenizas al rojo vivo y los gases en llamas, incluso
un mayor número de muertes se habían producido por la acción de los pesados y
letales gases, que al descender de los estratos más altos de la atmósfera habían dejado
una estela de cientos de seres humanos asfixiados.
Pero como es casi siempre el caso con las erupciones y fenómenos volcánicos, los
vapores morrales habían causado las muertes de una manera totalmente errática e
inexplicable. Decenas de personas habían caído fulminadas en un lugar, pero a unos
pocos metros ninguna se había visto afectada. Un lado de la calle de un pueblo había
sido barrido por el gas nocivo, mientras que el lado opuesto de la estrecha vía no se
veía afectado. Cuando mas tarde se realizaron informes inteligibles, se descubrió que
en varios casos la víctima cayó muerta mientras conversaba con un amigo, el cual
escapó sin sufrir daño alguno. De todos los asentamientos que habían sido afectados
por los gases letales, el de San Marco fue el que se llevó la peor parte, y cuando el
doctor Farnham y sus compañeros se dirigieron en coche hacia el pueblo azotado, el
científico supo que le había llegado la oportunidad de su vida. Por todas las esquinas
yacían cuerpos encogidos e inertes de hombres y mujeres donde les había alcanzado
el gas volcánico. Estaban estirados sobre las calzadas y en las calles, yacían
rumbados sobre escaleras y portales; cubrían el suelo del mercado y de la pequeña
plaza, y quedaba menos de una docena de habitantes vivos e ilesos, que habían huido
del pueblo atacado por el gas. El doctor Farnham y sus tres hombres eran los únicos
seres vivos en San Marco. Naturalmente, el científico estaba inmensamente
complacido. No había nadie que pudiera detenerle o que fuera a expresar objeciones
estúpidas y totalmente injustificadas a su trabajo. Había una sobreabundancia de
material sobre el que trabajar, y sujetos óptimos para sus objetivos, y es que, en un
primer vistazo, el doctor Farnham supo que la gente había muerto por inhalación de
gas o conmoción, y que las muertes no habían sido causadas por lesiones en órganos
vitales, en cuyo caso tendría menos certeza de que su experimento funcionase. Y lo
cierto es que no podemos culparle por su entusiasmo al encontrar el pueblo cubierto
de cadáveres. ¿Por qué debería sentir pesar o dolor, cuando en el fondo de su mente
tenía la total certeza de que podía traer a las víctimas de vuelta a la vida, a algo más
que la vida, a un estado de inmortalidad? Para él no estaban muertos, sino en un
estado temporal de animación suspendida del cual serían despertados para no morir
nunca más.
Salió de un brinco del coche y, asistido por sus tres ancianos aunque enérgicos y
vitales compañeros, el doctor Farnham procedió a suministrar metódicamente y de
uno en uno la dosis mínima de su precioso elixir de la vida a los cadáveres. Sin
embargo, desde un primer momento fue consciente de que no sería posible revivir a

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todos los muertos del pueblo. No poseía ni la mitad de compuesto suficiente para
ello, y se le planteó un dilema. En primer lugar, deseaba fervientemente conservar
parte de su material para probarlo con cadáveres que con toda seguridad murieron
violentamente más cerca del volcán. En segundo lugar, ¿cómo podría decidir a quién
salvar y consagrar con la inmortalidad y a quién desechar?
Era una cuestión difícil de solucionar, porque nunca nadie antes había poseído el
poder de la vida y la muerte sobre tantos de sus congéneres. Pero no podía perder
mucho tiempo decidiendo. No sabía cuánto tiempo podía permanecer muerto un ser
humano para poder ser resucitado, y ya había transcurrido un tiempo precioso desde
que los habitantes sucumbieron por el gas. Debía tomar una decisión con rapidez, y
así lo hizo. La vida, decidió, era más importante para los más jóvenes y vigorosos que
para los ancianos, y más deseada por los individuos inteligentes y educados que por
los ignorantes e iletrados. Sabía que, en líneas generales, su tratamiento tendría como
consecuencia que las personas tratadas permanecieran indefinidamente en el estado
físico en el que se encontraban en el momento de iniciar el tratamiento y que, aunque
con vigor y tuerzas renovadas, una persona anciana permanecería físicamente vieja y,
razonó, era muy probable que un bebé o un niño permaneciera para siempre mental y
físicamente poco desarrollado. Así pues, por el bien de la humanidad, trataría los
cadáveres de aquellos que hubieran muerto en la flor de la vida, aunque unos cuantos
niños también serían tratados con fines científicos, dejando que los viejos, los
enfermos, los lisiados y los decrépitos permanecieran muertos.
Al hacer esto no sintió que estuviera actuando de forma inhumana o despiadada.
De todas formas, tan sólo podía salvar a un determinado número de personas, y
aquellas que desechaba no iban a estar peor de lo que ya estaban, ya que él mismo se
aseguró mediante un examen rápido de que todas las víctimas estaban completamente
muertas según todos los parámetros médicos conocidos.

Así pues, tras haber tomado dicha decisión, se apresuró a inyectar su compuesto en
aquellos cadáveres que consideraba que valía la pena resucitar, y mientras tanto
llenaba su mente con visiones del futuro y de una raza inmortal de hombres que se
desarrollaba a partir del grupo que él había iniciado. Ansioso por conocer los
resultados de su tratamiento y de averiguar cuánto tiempo tardaba una persona muerta
en regresar a la vida, el doctor Farnham ordenó a sus tres compañeros que esperasen
y vigilaran los cuerpos de los recién tratados, y que le informaran en cuanto
cualquiera de los muertos mostrara signos de estar volviendo a la vida. Había
comenzado el trabajo en la plaza y aquí dejó a uno de los tres ancianos; en el mercado
dejó a otro, y el tercero fue asignado a unas cuantas manzanas de allí. Cuando llegó al
mercado, ya había tratado a cientos de cuerpos, pero aún no había recibido ningún
aviso del compañero al que dejó vigilando en la plaza. Comenzaron a asaltarle las

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dudas mientras proseguía con su trabajo. Quizá, después de todo, los seres humanos
no respondieran a su tratamiento. Posiblemente los efectos particulares de este gas
anularan la eficacia del tratamiento. Podría ser…
Un aterrador ruido a sus espaldas interrumpió sus pensamientos. De la plaza le
llegaba un estruendo de gritos, alaridos, una babel de sonidos. ¡Había funcionado!
Donde unos instantes antes reinaba el silencio de la muerte, ahora se escuchaban los
inconfundibles sonidos de la vida. Los muertos se habían levantado. Había logrado lo
imposible y, olvidando todo lo demás por la profunda excitación La plaga de los
muertos vivientes que le producía el deseo de presenciar la resurrección, el doctor
Farnham dejó caer la jeringa y el vial junto al cuerpo que estaba a punto de tratar y se
alejó corriendo en dirección a la plaza.
El tumulto aumentaba a medida que se aproximaba. Por supuesto, pensó, los
muertos del mercado debían de estar volviendo a la vida. Pero ¿por qué sus dos
hombres no le habían avisado?, se preguntó.
La respuesta le llegó de forma totalmente inesperada. Tan rápidamente como les
permitían sus ancianas piernas, los dos hombres aparecieron por una esquina
corriendo hacia él, con el terror dibujado en sus rostros, jadeando y sin aliento,
mientras que tras ellos venía una horda de hombres y mujeres, gritando, berreando
palabras incomprensibles, agitando los brazos amenazadoramente, y obviamente
hostiles.
Con gritos ahogados, apresuradamente, los dos hombres intentaron explicarse.
—Están locos —exclamó el que había estado vigilando en la plaza—, ¡locos
asesinos! Dios sabrá por qué, pero se me echaron encima como tigres. Me vapulearon
de forma terrible. Aún no me explico cómo he logrado salir vivo. Me golpearon en la
cabeza con piedras y me dieron una paliza.
—A mí también —intervino el otro, el que había estado en el increado—. Me
clavaron un machete, uno de ellos. ¡Mira esto! mientras hablaba se. descubrió el
pecho y mostró una incisión de unos siete centímetros sobre el corazón. El doctor, a
pesar de que la horda, evidentemente hostil, seguía avanzando hacia ellos, ahogó un
grito de sorpresa. La herida debería haberlo matado, y sin embargo el anciano parecía
no sentir molestia alguna. Y entonces cayó en la cuenta: por supuesto no había
muerto, ¿cómo iba a morir si era inmortal?
Ninguno de los dos hombres corría peligro. No importaba lo que les hiciera la
muchedumbre, ellos sobrevivirían, y el doctor Farnham se imaginó durante unos
instantes fugaces que sus dos ancianos compañeros eran cortados en trocitos o
descuartizados, y que cada fragmento separado de su anatomía continuaba viviendo,
o incluso uniéndose de nuevo para volver a formar un hombre completo. Y entonces
se lamentó amargamente de no haber probado el tratamiento consigo mismo. ¿Porque
no lo hizo? Se maldijo por ello. Pero no había tiempo para reflexiones o lamentos. La
horda ya estaba muy cerca, y había que hacer algo.

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—No pueden haceros daño —gritó a sus compañeros—. Sois inmortales. Nada
puede mataros. No corráis, no tengáis miedo. Enfrentaos a la horda.
Pero la fe de los dos hombres un el tratamiento y en las palabras del científico no
era lo suficientemente sólida para hacerles obedecer, de modo que buscaron refugio
con una mirada furtiva y se dispusieron a huir. Durante unos breves instantes el
doctor pensó en enfrentarse a la turba e intentar razonar con ellos y explicarles por
qué estaba allí, y calmarlos. Y es que sospechaba que, con toda probabilidad, sus
acciones eran debidas al terror y la tensión nerviosa; que, al revivir, se habían sentido
embargados por el terror enloquecedor de volver a experimentar las últimas
sensaciones conscientes de la erupción antes de morir; que al verse rodeados de
tantos cadáveres que yacían aún en el suelo habían sufrido un ataque de pánico, y que
el ataque a los dos vigilantes había sido simplemente el acto irracional e involuntario
de unos hombres medio enloquecidos y fuera de sí.
Pero la incipiente idea del científico de enfrentarse a la horda fue desechada casi
en el mismo instante en que fue concebida. Nadie podría razonar con esa
muchedumbre. Con el tiempo se calmarían; en cuanto se dieran cuenta de que la
erupción había cesado, olvidarían su terror y se ocuparían de enterrar al resto de
muertos.
De momento, pensó, el mayor valor tendría que ser la discreción. Cuando el
tercer compañero llegó a donde se encontraban, todos se escabulleron guiados por el
doctor Farnham tras el edificio más cercano y corrieron como locos hacia el coche.
Pero mientras huían les llegaban gritos, maldiciones y alaridos desde la dirección
opuesta; hombres y mujeres aparecían desde las calles y las viviendas, y decenas de
resucitados se abalanzaron y cayeron enloquecida y violentamente sobre la
muchedumbre de la plaza. En un instante reinó el caos y los cuatro fugitivos se
quedaron petrificados ante el horror de la escena.
Luchando, arañando, mordiendo, golpeando, los resucitados se atacaban entre sí,
y los cuatro testigos se estremecieron al ver a hombres y mujeres sin brazos o manos,
con rostros deformes convertidos en amasijos de carne, cuerpos cercenados,
descuartizados y desgarrados, aún saltando y brincando de un lado a otro, aún
luchando totalmente inconscientes de sus terribles heridas… Al ser inmortales, nada
podía destruirlos.
Sin prestar ninguna atención a los cuerpos muertos que no habían sido
resucitados, la turba violenta se balanceaba de un lado para otro, mientras que de
tanto en tanto (y el doctor Farnham y sus hombres sintieron que se les revolvía el
estómago ante la visión) algún hombre o mujer jadeante se apartaba de la horda
apisonadora y, saltando como una bestia sobre los cadáveres pisoteados, desgarraba y
devoraba su carne.
¡Esto era demasiado! Los cuatro corrieron enloquecidamente hacia el coche y,
haciendo caso omiso del peligro de la carretera, condujeron hacia la distante ciudad.

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Mientras se alejaban, el doctor Farnham fue calmándose poco a poco y se forzó
para que su mente volviera a funcionar con normalidad. No podía explicar
satisfactoriamente el salvajismo de los habitantes del pueblo resucitados, pero podía
formular algunas teorías razonables que lo explicaran. «Regresión a un estadio
ancestral bajo la presión de una enorme tensión mental», especuló. «Al hallarse
inexplicablemente vivos y seguros tras haber tenido la sensación de que estaban
siendo destruidos, dieron rienda suelta a sus inhibiciones y a un instinto salvaje
latente. Exactamente como una explosión mental. Probablemente en breve
manifestarán su calma habitual, así como otras condiciones».
Pero ¿sería posible?, y el científico tembló ante tal pensamiento, ¿sería posible
que, aunque su tratamiento devolviese la vida, no devolviese la mente? Hasta el
momento tan sólo había experimentado con animales inferiores, ¿y quién podría
discernir si un conejo o una cobaya poseían una mente normal o anormal tras ser
devueltos a la vida? Entonces, por la mente del doctor cruzaron las imágenes de la
reacción del gatito que resucitó por primera vez con su hallazgo, y recordó cómo la
bestia había escupido, arañado y aullado, y cómo finalmente escapó escabullándose
por la maleza como un animal salvaje. Quizás sólo pudiera resucitarse al organismo
físico, mientras que los procesos mentales permanecían muertos. Quizás, después de
todo, existía algo como el espíritu o el alma, y esta abandonaba el cuerpo al morir y
no podía ser restaurada. Tembló a pesar del sofocante calor del sol. Si esto era así, si
toda alma o espíritu o razón o lo que fuera que mantuviese el equilibrio de un ser
humano o un animal, si esta inexplicable y desconocida cosa estuviera ausente
cuando los muertos revivían, entonces que Dios se apiadase del mundo.

Nadie podría imaginar los resultados. Los muertos resucitados iban a continuar
existiendo. Ni tan siquiera podían destruirse los unos a los otros.
Entonces, con más serenidad y sintiendo un profundo alivio, intentó animarse
pensando que, después de todo, sus miedos podrían ser totalmente infundados.
Quizás las acciones de los seres salvajes en el pueblo eran simplemente temporales, y
posiblemente, incluso si la mente o el alma estaba ausente al principio, con el tiempo
retornaría y se uniría de nuevo al cuerpo resucitado. Nadie podía saberlo, tan sólo se
podía teorizar; pero fuera cual fuera el resultado final, el doctor Farnham ya había
decidido que informaría a las autoridades del asunto, que no importaban las
consecuencias que pudiera acarrearle a él mismo, y que lo confesaría todo y haría lo
que estuviera a su alcance dedicando toda su fortuna y su tiempo a intentar corregir lo
que había originado si, como temía, la situación fuera tan nefasta como había
supuesto.
Y de esta manera llegó la Plaga de los Muertos Vivientes, como se la conoció más
tarde. Al principio, las autoridades de Abilone creyeron que el doctor Farnham y sus

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tres compañeros sufrían de locura transitoria por los efectos del terremoto y de la
erupción, e intentaron tranquilizarlos. Pero, cuando unas horas después, los
supervivientes de una patrulla de auxilio informaron que el pueblo y el vecindario
estaba atestado de salvajes violentos y ávidos de sangre, y que tres miembros de la
patrulla habían sido atacados, asesinados y descuartizados, las autoridades tomaron
cartas en el asunto. Sin embargo, no creían la historia del doctor Farnham, se
mofaban de la idea de que hubiera resucitado a los muertos o de que los salvajes
fueran inmortales, y pensaban que se trataba de alucinaciones de una mente
trastornada.
Sin duda, decían, los supervivientes de. la catástrofe habían enloquecido por la
erupción y habían vuelto a un estadio de salvajismo, pero sería tan sólo cuestión de
agruparlos y encerrarlos en un manicomio hasta que poco a poco recobrasen la
cordura.
Pero las fuerzas de policía enviadas a las proximidades del pueblo descubrieron
que ni el doctor Farnham ni la patrulla de auxilio habían exagerado la situación ni un
ápice. De hecho, tan sólo dos policías lograron escapar, y con ojos aterrorizados
relataron una historia de terror que iba más allá de cualquier imaginación. Habían
visto a sus compañeros destrozados delante de sus ojos. Habían descargado ráfagas
de balas en los cuerpos de los salvajes lugareños a quemarropa, pero sin causar efecto
alguno. Habían luchado cuerpo a cuerpo y habían visto las hojas de sus espadas
introducirse en la carne de sus antagonistas sin obtener resultado alguno, y temblaban
al relatar que habían visto hombres sin brazos, e incluso sin cabeza, luchando como
demonios.
Finalmente las autoridades se convencieron de que había ocurrido algo totalmente
insólito e inexplicable. Aunque pareciera increíble, la historia del doctor debía de ser
cierra, y tenían que hacer algo urgentemente para librar a la isla de esta maldición…
de esta Plaga de Muertos Vivientes. Ya entrada la noche, y a lo largo de todo el día
siguiente, los funcionarios en pleno del gobierno se reunieron con el científico;
siendo hombres inteligentes, las autoridades habían llegado a la conclusión de que
nadie tenía mayores probabilidades de encontrar una solución al problema que la
misma persona que lo había causado. Y fue una decisión muy acertada. La primera
medida fue establecer una prohibición estricta sobre cualquiera que abandonara la
isla. Permitir que el mundo exterior llegara a conocer lo ocurrido era muy arriesgado.
La prensa se entrometería; reporteros y demás profesionales llegarían de todas parres
para contrastar los hechos; Abilone se convertiría en el hazmerreír de todos o en un
lugar maldito, según la prensa y el público creyeran o no en los informes. Pero el
problema era cómo establecer tal prohibición, cómo evitar que los forasteros visitasen
la isla o que los isleños la abandonaran. El doctor Frisbie, inspector médico del
puerto, encontró la solución. Se anunciaría que una epidemia altamente contagiosa se
había desatado en un pueblo remoto, lo cual era en verdad lo ocurrido, y que hasta
próximo aviso no se permitiría que ninguna embarcación entrase o saliese de los

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puertos. Por supuesto, el plan conllevaría algunas penalidades, pero los suministros
de alimentos disponibles parecían suficientes para sostener a la población durante
varios meses, y se esperaba que los Muertos Vivientes hubieran sido exterminados
antes de que expirase ese periodo. Pero, a medida que pasaba el tiempo, la gente de
Abilone comenzó a temer que ningún poder humano pudiera vencer a aquellos
autómatas sin alma y con forma humana que maldecían la tierra y que no podían ser
destruidos. Afortunadamente, al carecer totalmente de inteligencia y de capacidad de
raciocinio, las criaturas no llegaban muy lejos, y no mostraban ninguna inclinación a
abandonar su distrito de origen para atacar a individuos que no los molestaran. Y para
prevenir cualquier posibilidad de que se propagaran, se erigieron unas alambradas
enormes alrededor de la población tomada por los Muertos Vivientes. Como había
señalado el doctor Farnham, una barrera de alambre no detendría a las criaturas, a
pesar de los daños y las heridas causadas por los pinchos metálicos, de modo que la
alambrada fue reforzada a lo ancho y a lo alto formando finalmente una barrera que
ni tan siquiera un elefante podría atravesar.
Este proceso, sin embargo, llevó su tiempo, y antes de que pudiera ser
completado se llevaron a cabo innumerables intentos de capturar o destruir a los seres
sin alma. Algunas ideas están profundamente arraigadas en el cerebro humano, y los
gobernantes no podían creer que los Muertos Vivientes no pudieran morir, a pesar de
los argumentos del doctor Farnham, el cual había declarado en repetidas ocasiones
que era una pérdida de dinero y vidas humanas intentar aniquilar a los seres que él
mismo había resucitado. Pero, por supuesto, todos aquellos intentos de destruirlos
fueron inútiles. Las balas no surtían efecto alguno sobre ellos. Entonces, tras un sinfín
de discusiones e innumerables protestas, se decidió que, dado que no eran más que
bestias salvajes y por lo tanto una amenaza para el mundo, cualquier medio era
justificable, y a tal fin se llevaron a cabo los preparativos para quemarlos a todos. Se
encendieron numerosas hogueras y las llamas, empujadas por un viento fresco,
barrieron toda la zona ocupada por los Muertos Vivientes y redujeron a cenizas los
últimos vestigios del pueblo. Pero cuando se apagaron las últimas llamas y un
destacamento policial se internó en el distrito para el conteo de cuerpos, éste fue
atacado, aniquilado casi por completo y repelido por la horda de seres espectrales
chamuscados y mutilados que habían sobrevivido a la pólvora y los tiroteos, a los
gases letales y al resto de intentos de destruirlos. Después se sugirió que fueran
ahogados y, aunque el doctor Farnham se mofó abiertamente de la idea y el gasto
derivado para llevarla a cabo, nadie terminaba de creerse que aquellas cosas fueran
realmente inmunes a la muerte, fuera cual fuera la causa de tal horror. Así pues, y a
un coste altísimo, se construyó una presa sobre el río que cruzaba el distrito y durante
varios días se inundó toda la zona. Pero, pasado ese periodo, los Muertos Vivientes
parecían más enérgicos y salvajes, y más irracionales, y formaban una plaga más
enorme que nunca. Además, era muy extraño que ninguno de los seres hubiera sido
capturado jamás. En dos ocasiones, a decir verdad, algunos miembros pudieron ser

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apresados, pero en ambos casos las criaturas literalmente se liberaron
descuartizándose, dejando un brazo o una mano mutilada en posesión de sus captores.
Y estos fragmentos de carne, para el horror y asombro de todos, siguieron viviendo.
Era indescriptiblemente espantoso ver un brazo desmembrado retorciéndose y
brincando de un lado a otro, ver los músculos flexionándose y los dedos abriéndose y
cenándose. Incluso cuando fueron introducidos en recipientes con formol, los
miembros seguían conservando la vida y el movimiento, hasta que al fin, llevadas por
la desesperación, las autoridades decidieron enterrarlos en cubos de cemento, donde,
por lo que a ellos concernía, los fragmentos inmortales podrían continuar viviendo y
retorciéndose hasta el fin de los tiempos.

No obstante, se llevaron a cabo estudios e investigaciones exhaustivas sobre los


Muertos Vivientes, y finalmente se reconoció que el doctor Farnham había estado en
lo cierto y no había exagerando en absoluto acerca de los atributos de aquellas
criaturas. De igual modo, se reconoció que sus teorías en relación a las acciones y
condiciones vitales eran correctas en lo básico. No podían ser sacrificados por ningún
medio conocido; eso había sido probado concluyentcmente. Podían existir sin
experimentar efectos dañinos incluso cuando eran mutilados o decapitados.
Literalmente, podían ser cortados en pedacitos y cada fragmento seguía viviendo; y,
si dos de estos pedazos entraban en contacto, se unían y formaban terribles y
monstruosas criaturas de pesadilla. Al examinar con prismáticos la zona delimitada
por la barrera, los observadores pudieron ver muchas de estas anomalías. En una
ocasión, una cabeza que se había unido a dos brazos y una pierna salió corriendo
campo a través como una araña monstruosa. En otra ocasión apareció un cuerpo sin
piernas y con dos cabezas adicionales injertadas en los hombros, donde los brazos
originales habían sido amputados. Y muchos de los seres casi completos tenían
manos, dedos, pies u otras porciones anatómicas injertadas en heridas en distintas
partes de sus cuerpos. Y es que los Muertos Vivientes, a pesar de no tener capacidad
de raciocinio, instintivamente sentían la necesidad de reemplazar la porción que les
faltara; recogían cualquier fragmento humano y lo injertaban en una herida o
superficie en carne viva de su cuerpo. También resultaba extraño, aunque no tanto si
se pensaba con detenimiento, que aquellos individuos que no tenían cabeza parecían
apañárselas tan bien como los que aún la mantenían sobre los hombros. Y es que,
careciendo de inteligencia y razonamiento, siendo tan sólo máquinas de carne y
sangre no controladas por cerebros, los Muertos Vivientes realmente no necesitaban
cabezas. Sin embargo, parecían poseer algún tipo de extraña idea subconsciente de
que las cabezas eran algo deseable, y estallaban feroces batallas por poseer una
cabeza cuando era descubierta al mismo tiempo por dos de las criaturas. Con bastante
frecuencia la cabeza aparecía unida al cuerpo con la parte posterior por delante, y un

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gran porcentaje de ellos llevaban cabezas que no les habían pertenecido
originalmente. Además, se habían transformado en cazadores de cabezas, y una de
sus principales diversiones u ocupaciones era podarse las cabezas unos a otros.
Lo realmente extraño era la asombrosa rapidez con la que cicatrizaba y sanaba
hasta la herida más espantosa, así como el increíblemente corto periodo de tiempo en
el que un miembro o cabeza tardaba en injertarse firmemente en su sirio, pero ambas
circunstancias fueron explicadas por el doctor Farnham como sigue. Afirmaba que,
mientras que normalmente los tejidos de seres humanos mueren parcialmente y deben
ser reemplazados por implantes, los tejidos de los Muertos Vivientes seguían
viviendo, activos y con todas sus células intactas, y así se reagrupaban de forma
instantánea, al tiempo que las infecciones sépticas o los microbios nocivos no tenían
oportunidad de actuar sobre los tejidos vivos sanos. Aunque en un principio estos
seres peleaban y luchaban noche y día, a medida que transcurría el tiempo fueron
haciéndose más pacíficos y las peleas entre ellos eran cada vez menos frecuentes.
Cuando se observó este cambio por primera vez, las autoridades albergaron
esperanzas de que las criaturas finalmente se estuvieran conviniendo en seres
racionales, pero el doctor Farnham les abrió los ojos y su declaración fue confirmada
por los científicos y médicos de la isla.
«Es el resultado lógico y esperado —declaró—; en primer lugar, al carecer de
razón o de capacidad de deducción y al ser incapaces de aprender por experiencia,
simplemente han agotado su capacidad del lucha. Y, en segundo lugar, una gran
proporción de ellos son simples engendros compuestos. Es decir, tienen brazos,
miembros, cabezas u otras porciones de su anatomía que pertenecen a otros
individuos. Así pues, atacar a otro ser equivaldría a atacarse a sí mismos. No es una
cuestión de instinto o cerebro, sino simplemente la reacción de los músculos y
nervios ante el inexplicable pero ampliamente aceptado reconocimiento o afinidad
celular existente en toda materia orgánica».
Asimismo, al principio se creyó que los Muertos Vivientes podían morir de
hambre o, si eran realmente inmortales, que al menos podrían debilitarlos privándoles
de alimentos, de manera que Fuese más fácil su captura. Pero de nuevo las
autoridades habían pasado por alto las características básicas de este caso. Aunque las
criaturas se devorasen de vez un cuando unas a otras (y el doctor Farnham se
preguntaba qué ocurría cuando un ser inmortal era devorado por sus semejantes), sin
embargo este canibalismo parecía más un acto puramente instintivo que una
necesidad. Los miembros de la comunidad que. carecían de cabeza obviamente no
podían comer, pero seguían viviendo igualmente, y por fin los funcionarios de la isla
aceptaron que cuando una criatura es realmente inmortal, nada mortal puede
afectarle.
Mientras tanto la isla estaba quedándose sin provisiones y hubo que implantar el
racionamiento entre la población. Todos sabían que muy pronto sería necesario
permitir que algún barco atracase en el puerto para traer suministros. Además, la

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cuarentena no podía ser mantenida durante mucho más tiempo sin levantar sospechas.
Por supuesto, ya desde mucho antes el gobierno era consciente de que no podrían
mantener el secreto indefinidamente, pero tenían esperanzas de que la Plaga de los
Muertos Vivientes fuera eliminada para siempre antes de que se hiciera necesario
informar al resto del mundo de la maldición que había recaído sobre Abilone.
Si no hubiera estado en una localización tan apartada, y si la noticia de la
erupción no hubiera llegado al mundo exterior y la gente no hubiera asumido que la
epidemia declarada era resultado directo de ésta, los verdaderos hechos del caso se
hubieran hecho públicos mucho tiempo atrás.
En esos momentos, sin embargo, las autoridades estaban desesperadas.
Habían intentado por todos los medios exterminar a los Muertos Vivientes, pero
sin éxito. Habían invertido una fortuna y sacrificado muchas vidas intentando
capturar a aquellas terribles criaturas, pero sin resultado alguno. Y el doctor Farnham,
hasta el momento, había sido incapaz de sugerir algún medio para librar a la isla y al
mundo entero del íncubo que él mismo había creado.
Éste era el estado de las cosas cuando, una noche, las autoridades se reunieron
para decidir sobre la cuestión de levantar la cuarentena y rendirse por desesperación,
confiando en poder mantener a los Muertos Vivientes confinados indefinidamente en
el interior de la barrera de alambre.
—Eso —declaró el coronel Shoreham, comandante del ejército— es, o mejor
dicho, será imposible. Hasta ahora, gracias a Dios, las criaturas no han intentado
romper o escalar la barrera, pero tarde o temprano lo harán. Si poseyeran algo de
raciocinio ya lo habrían hecho hace tiempo, pero algún día, quizá mañana o quizá
dentro de un siglo, decidirán trasladarse a otro lado, y ni siquiera la barrera más
sólida que pueda erigir el hombre podrá retenerlos. Y es que uno de esos monstruos
con aspecto de araña, que tan sólo tiene piernas y manos, podría escalar la alambrada
tan fácilmente como una mosca trepa por una pared. Y no olviden, caballeros, que el
agua no representa ningún impedimento para estas criaturas. No pueden ahogarse, y
por lo tamo podrían arrastrarse por mar hasta tierras lejanas y expandirse hasta los
confines del mundo. Aunque esto suene terrible y blasfemo, ojalá se produjera otra
erupción… y que el volcán estallara bajo los pies de los Muertos Vivientes y los
lanzara al espacio. Personalmente…
El coronel fue interrumpido por un repentino grito del doctor Farnham, el cual,
poniéndose en pie de un brinco, atrajo excitado la atención de todos los reunidos.
—¡Coronel! —gritó—, a usted habrá que otorgarle el mérito de haber resuelto el
problema. Ha hablado de lanzar a los Muertos Vivientes al espacio. Caballeros, ésa es
la solución. No necesitaremos invocar la ayuda divina para forzar una erupción del
volcán, sino que nosotros mismos proporcionaremos los medios para que tal cosa
ocurra.
Los demás su miraron unos a otros, y también al entusiasmado científico con
completo asombro. ¿Se había vuelto loco ante tantas preocupaciones? ¿Qué pretendía

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hacer?

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Pero el doctor Farnham estaba evidentemente cuerdo y hablaba en serio.


—Soy consciente de lo quimérica que puede parecerías esta idea, caballeros —
dijo, esforzándose por hablar con serenidad—, pero creo que la aceptarán tras mi
desafortunado descubrimiento, el cual ha desembocado, cierto es, en nuestra actual
situación, pero que ha demostrado a la postre que las cosas más utópicas y
aparentemente imposibles pueden ser posibles. Estoy seguro, repito, de que después
de lo que todos ustedes han visto, estarán de acuerdo conmigo en que mi actual plan
no es ni quimérico ni imposible. Resumiendo, caballeros, se trata de construir un
cañón gigantesco o, mejor aún, un cráter artificial bajo el área ocupada por los
Muertos Vivientes y lanzarlos a todos al espacio; de hecho, lanzarlos a tal distancia
que queden más allá del campo de atracción terrestre y giren para siempre, como
satélites, alrededor de nuestro planeta.
Cuando terminó, se hizo el silencio entre los presentes. Unas semanas antes le
habrían abucheado, se habrían mofado y reído de la idea, o directamente habrían
pensado que estaba loco. Pero demasiadas cosas aparentemente demenciales habían
ocurrido en los últimos tiempos para permitirse un juicio apresurado, y todos
reflexionaron largamente. Al final, un solemne caballero de pelo blanco se levantó y
se aclaró la garganta. Era el señor Martínez, ingeniero retirado de fama mundial y
descendiente de una de las antiguas familias españolas que originalmente gobernaban
la isla.
—Intuyo —comenzó— que la sugerencia del doctor Farnham podría llevarse a
cabo. Sólo me asaltan dos dudas en cuanto a su viabilidad. En primer lugar, el coste
de la empresa sería tremendo… mucho más de lo que podría permitirse el menguado
tesoro de Abilone. Y en segundo lugar, ¿mediante qué tipo de explosivo podría
generarse una fuerza que proyectase a estos seres tan lejos que no pudieran volver a
caer en la Tierra, aunque continuaran viviendo su grotesca inmortalidad en el
espacio?
—Yo asumiré el gasto —anunció el doctor Farnham mientras el señor Martínez
regresaba a su asiento—. Mi fortuna, que originalmente era de más de tres millones,
ha permanecido prácticamente intacta durante los últimos cuarenta y cinco años, ya
que apenas he gastado una pequeña fracción de la renta. Fue exclusivamente por mi
culpa que la Plaga de los Muertos Vivientes se desatara en vuestra isla, y por ello
pienso que es justo que dedique hasta mi último centavo y mis últimos esfuerzos para
corregir tal desventura. En cuanto al explosivo, señor Martínez, será una combinación
de fuerzas de la naturaleza y explosivos modernos de gran potencia. Bajo el área
ocupada por los Muertos Vivientes hay una fisura en el subsuelo que conecta, con
toda probabilidad, con el Pan de Azúcar. Si excavamos un túnel, lograremos

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ensanchar esa fisura con el fin de formar un inmenso agujero bajo el área que
deseamos explosionar, y rellenaremos ese agujero con los explosivos más potentes
conocidos por la ciencia y que mis bienes puedan adquirir. Mientras tanto, el río San
Marco será desviado de su curso actual y redirigido hacia un túnel que abriremos
alrededor del borde del viejo cráter. Mediante electricidad sincronizaremos la
explosión de la carga depositada bajo el área de los Muertos Vivientes con el preciso
instante en que el agua del río sea liberada y se vierta en el cráter, lo que creará una
presión de vapor suficiente para producir una erupción. Esa presión, caballeros, al ser
liberada mediante la detonación de explosivos, sin duda seguirá la línea de menor
resistencia y estallará hacia el exterior en forma de erupción violenta esporádica
amplificada por la fuerza de los explosivos, y estoy seguro de que será suficiente para
catapultar a los Muertos Vivientes más allá del área de atracción de nuestro planeta.
Durante unos breves instantes reinó el silencio tras las palabras del científico, y
entonces resonó un clamoroso aplauso por toda la estancia.
Cuando los aplausos y vítores cesaron, el anciano ingeniero habló de nuevo:
—Como ingeniero, apoyo totalmente la propuesta del doctor Farnham —anunció
—. Hace unos años tal proyecto habría sido imposible de realizar, pero la ciencia ha
avanzado en muchos terrenos a pasos agigantados. Conocemos la presión exacta
generada por el agua al entrar en contacto con rocas ígneas fundidas a varias
profundidades gracias a las investigaciones de Sigoor Baroardi y el profesor Svenson,
los cuales dedicaron varios años de su vida al estudio exhaustivo de las actividades
volcánicas en Italia e Islandia respectivamente. Actualmente conocemos la presión de
vapor exacta necesaria para producir una erupción volcánica, así como la temperatura
exacta de esa presión de vapor. Así pues, será una tarea relativamente simple idear un
medio para detonar los explosivos al mismo tiempo que se produzca la erupción,
como ha indicado el doctor Farnham. Asimismo, los explosivos modernos a los que
se refiere el doctor, que supongo son el recientemente descubierto YLT y el aún más
potente Mozatine, han demostrado ser lo suficientemente potentes para lanzar un
misil a varios miles de kilómetros más allá de la atmósfera y, con toda probabilidad,
más allá de las fuerzas gravitatorias de nuestra esfera terrestre. La única dificultad
realmente grande que preveo será calcular el diámetro y profundidad exactos de las
excavaciones y confinar a los Muertos Vivientes a la superficie inmediatamente
superior de dichas excavaciones. Ofrezco con sumo placer mis conocimientos en
ingeniería al gobierno de la isla para resolver estas cuestiones, y será un honor
colaborar con el doctor Farnham.
En medio de un clamoroso aplauso, el señor Martínez tomó asiento y el
gobernador se levantó y agradeció y aceptó su ofrecimiento. A continuación se
levantó el coronel Shoreham, el cual expresó su satisfacción por haber sugerido
involuntariamente la solución para eliminar a los Muertos Vivientes y se ofreció para
idear un plan que permitiera encerrar a las criaturas dentro del área restringida que se
les asignara.

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—Creo que es posible —dijo— trasladar gradualmente la alambrada protectora
hasta el lugar seleccionado. Imagino que llevará un tiempo considerable completar
las excavaciones y preparar el gran estallido final, pero mientras canto podemos
desplazar la barrera unos pocos centímetros cada vez. Como los Muertos Vivientes no
poseen ninguna inteligencia, no advertirán el cambio, e incluso si lo advirtieran no
entenderían su significado. En cuanto el doctor Farnham y el señor Martínez señalen
el lugar exacto, y la extensión del área a detonar, comenzaré con el traslado paulatino
de la barrera.
Esta sugerencia parecía resolver la última traba y, profundamente aliviada por
haber recuperado la esperanza de destruir la Plaga de los Muertos Vivientes para
siempre, la concurrencia se dispersó tras votar y otorgar carta blanca a aquellos que
se habían ofrecido para llevar a término el plan.
No queda mucho más que contar. Todo se desarrolló sin problemas. Se determinó
el área exacta que iba a ser lanzada al espacio y, cumpliendo su palabra, el coronel
Shoreham organizó el traslado de la barrera de acero hasta que aquellos monstruos
inhumanos se hallaron confinados en el lugar seleccionado. Mientras tanto, contando
con millones a su disposición, el ingeniero y sus ayudantes desviaron el curso del San
Marco, abrieron un túnel alrededor de la base del delgado borde del cráter y
retuvieron el caudal de agua contenida mediante una presa que pudiera ser destruida
con una sola explosión iniciada mediante una conexión y un detonador eléctrico. A
los pies de las malditas criaturas, enormes máquinas eléctricas horadaban un túnel
hasta las entrañas de la ladera de la montaña, y a medida que pasaban las horas y que
la excavación ganaba profundidad, el calor aumentaba y los chorros de vapor eran
más frecuentes, todo lo cual era sumamente alentador, ya que probaba que el cráter
activo no distaba muchos metros por debajo de donde se estaban realizando los
trabajos, Finalmente, el señor Martínez temió profundizar más en la tierra. Bajo el
enorme agujero podía oírse el estruendo y el rumor de las fuerzas volcánicas; el vapor
salía a través de cada hendidura y cada grieta de las rocas y las temperaturas
registradas eran superiores a los doscientos grados. Con sumo cuidado, se apilaron
cientos de toneladas de los explosivos más potentes y modernos en el interior de la
enorme zona excavada (toneladas del recientemente descubierto YLT, que había
reemplazado totalmente al TNT y que era cien veces más potente; y toneladas del
incluso más potente Mozatine), hasta que la cavidad estuvo completamente llena. Por
fin iodo estaba listo. Se colocaron delicados instrumentos en las profundidades del
cráter, instrumentos que a temperaturas predeterminadas enviarían una señal eléctrica
a las cargas explosivas colocadas en el interior de la excavación, así como otros
instrumentos que se activarían cuando la presión del vapor llegase a los niveles
previstos.

11

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Durante semanas se alertó a la población para que se mantuviera alejada de la zona
donde se estaban llevando a cabo todas las actividades, aunque en realidad dicha
advertencia no era necesaria: pocas personas tenían intención de visitar aquella parte
de la isla. Y con el fin de que los habitantes de las zonas más apartadas no se
alarmaran innecesariamente, se hicieron circular avisos informando de que en
cualquier momento podría producirse una atroz, explosión, pero que ésta no causaría
daño alguno en los distritos colindantes. Más excitados y nerviosos que nunca, los
gobernadores de la isla, junto al ingeniero y el doctor Farnham, esperaron dentro de
un refugio a prueba de bombas que se encontraba a varios kilómetros del área de los
Muertos Vivientes para presenciar desde allí el extraordinario drama.
La presa explotó según lo planeado y el vasto torrente de agua se precipitó en una
poderosa catarata por las paredes del cráter hacia las profundidades del volcán.
Incluso desde el punto donde se encontraban, los gobernadores pudieron ver la
alargada y blanca nube de vapor que se alzó instantáneamente desde la elevada cima
de la montaña. Pasó un minuto, luego dos, tres… y entonces, con un rugido que
pareció partir el cielo y la tierra y una sacudida que derribó a todos al suelo, el lateral
completo de la montaña pareció elevarse por los aires. Una luz deslumbrante que
amortiguó la luz del sol de mediodía surcó los cielos; una columna de humo que se
elevó hasta el cenit ocultó el sol y el cielo. y en un área de kilómetros la tierra se
abrió desgarrándose y agrietándose. Los riachuelos se desbordaron inundando las
riberas; aludes de tierra se desplomaron por las laderas de la montaña; los árboles del
bosque se partieron como cerillas. Cientos de pájaros murieron en pleno vuelo por la
conmoción, y días después de la explosión todavía se encontraban peces muertos en
la superficie del mar. A aquellos que estaban en el refugio antiaéreo les pareció como
si la explosión nunca fuera a acabar, como si las fuerzas más poderosas del volcán se
hubieran desatado desde las entrañas de la tierra y la erupción nunca fuera a cesar. Y
durante lo que les parecieron horas, ni escombros, ni piedras, ni tierra pulverizada ni
rocas regresaron precipitándose sobre la tierra. Pero finalmente (en realidad tan sólo
unos instantes después de la explosión) miles de toneladas de rocalla, de árboles
partidos, de ceniza y barro, de polvo inaprensible se precipitaron y repiquetearon
sobre el suelo con gran estruendo, hasta que finalmente llegó la quietud… y no se
oyó ni un solo ruido.
Atónitos y conmocionados, los observadores, acompañados por un grupo de
soldados armados, se dirigieron hacia el área devastada.
Un nuevo y enorme cráter se abría donde antes habían estado los Muertos
Vivientes. En un radio de ocho kilómetros la superficie de la isla se llenó de
escombros; pero en ningún sitio se encontró rastro alguno de las terribles criaturas.
Y como no hay nadie en ningún lugar del mundo que haya informado haber
encontrado uno de aquellos monstruos, o alguno de los fragmentos de sus cuerpos
inmortales, se puede asumir con toda seguridad que en algún lugar, lejos de las
fuerzas gravitatorias de la Tierra, los Muertos Vivientes, convertidos en átomos

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infinitesimales, están condenados a permanecer eternamente suspendidos en el
espacio.
La terrible explosión, de la que informaron varias embarcaciones en alta mar y
que fue escuchada con toda claridad en Roque, a unos setenta kilómetros de distancia,
fue considerada una erupción natural e inofensiva del Pan de Azúcar.
En cuanto al doctor Farnham, como le quedaban aún varios miles de dólares de su
fortuna, construyó una iglesia y un hospital, y aún reside tranquilamente en Abilone,
dedicando su talento y sus conocimientos a curar a los enfermos y a aliviar a los que
sufren. Sus tres experimentos humanos aún le acompañan. Nunca han divulgado lo
que saben, y nunca mencionan el hecho de que fueran sometidos al tratamiento del
doctor, porque creen que si los funcionarios de la isla descubrieran que son
inmortales acabarían compartiendo el destino de los Muertos Vivientes.
Por lo que se puede observar o determinar, los tres siguen tan vitales y alegres
como siempre, pero nadie podría asegurar si están destinados a vivir para siempre o si
su esperanza de vida simplemente ha aumentado. En todo caso, el más mayor de los
tres ya ha hecho testamento, y los otros dos temen constantemente ser atropellados
por algún automóvil. De todo lo cual se puede deducir que ser inmortal
aparentemente no libra a la persona del miedo a la muerte.

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Edogawa Rampo

Una de las características también propias del cine de terror moderno es que éste
extendió sus dominios mucho más allá y más acá de Hollywood, y a partir de los años
60, la industria europea e incluso asiática recuperó y acrecentó en buena parte el
impulso que había dedicado al cine en general y al género fantástico y de terror en
particular antes del trágico paréntesis de la Segunda Guerra Mundial. El cine
británico de terror, con la Hammer a la cabeza, el giallo italiano, el fantaterror
español y el gótico mexicano eran ya y siguen siendo bien populares entre los
aficionados al género, y poco a poco el frondoso, multiforme y fascinante mundo del
cine fantástico nipón de la época empieza también a ser conocido y reconocido tanto
dentro como fuera de su país. En los años 60, Japón desarrolló un cine de fantasmas
con raíces asentadas en su folclore, sus tradiciones y el teatro kabuki, ejemplificado
tanto por clásicos internacionalmente alabados como Onibaba (Kaneto Shindo, 1964)
o El más allá. (Kwaidan. Masaki Kobayashi, 1964), como por el ciclo de populares
películas sobrenaturales de la productora Shintoho, pero también dio a luz un
«nuevo» estilo de horror lleno de erotismo, violencia e imágenes perversas, a menudo
equívocamente etiquetado como cine erótico o pinku eiga, que procedía y llevaba a la
pantalla los sueños y pesadillas del eroguro (suerte de género transversal y tendencia
cultural que había florecido en la literatura popular y las artes de los años 20 y 30
japoneses).
El eroguro, tal y como lo plasmaron autores tan prestigiosos como Junichiro
Tanizaki o tan populares como Juzo Unno, entre otros, adelantaba muchos de los
temas y elementos del horror moderno, basándose en la coyunda impía entre lo
erótico, lo grotesco y lo absurdo, y combinando la propia tradición nipona de lo
sangriento y sensacional con la influencia occidental de Poe, Conan Doyle, el
decadentismo y el folletín, llevándola a extremos insólitos y extravagantes. Partiendo
de géneros como el policíaco y criminal o incluso de una primitiva ciencia ficción, el
eroguro estaba —y está— repleto de desviaciones sexuales, mutilación, deformidad y
obsesiones psicopatológicas, perversas y criminales, siempre, de procedencia humana
y donde el horror, el humor negro y el sexo sadomasoquista se mezclan de forma
inextricable y excitante. Naturalmente, el cine japonés sólo se atrevió y pudo reflejar
este universo a partir de los años 60, con filmes que hoy son obras de culto del
bizarre, como La bestia ciega (Môjû, Yasuzo Masumura) o Horrors of Malformed
Men (Kyôfu kikei ningen: Endogawa Rampo zenshû, Teruo Ishii), ambos de 1969,
entre otros, y ambos basados en relatos del genuino Rey del Eroguro, el escritor
Edogawa Rampa (1894-1965).
Hirai Taro firmó toda su obra literaria con el seudónimo de Edogawa Rampo
porque el sonido de este nombre es prácticamente similar a la pronunciación en

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japonés del de Edgar Allan Poe, autor que le sirvió de inspiración y al que veneraba
hasta el delirio. Creador del Sherlock Holmes nipón, el detective Kogoro Akechi,
considerado con justicia el padre de la novela policíaca japonesa, pese a varios
precedentes, en realidad tanto su cultivo de la misma como de otros géneros afines
estuvo casi siempre, al menos durante la primera mitad de su carrera, teñido de
eroguro puro y duro, género del que se convirtió en máximo exponente con novelas
como La bestia ciega, El extraño caso de la isla Panorama o El lagarto negro, así
como con numerosos relatos crueles, extraños y perversos. Pero quizá ninguno de sus
cuentos sea tan terrible e impactante como el que hemos elegido, “La oruga”, donde
lo erótico, grotesco y nihilista es llevado hasta sus últimas consecuencias,
prescindiendo de cualquier excusa fantasiosa o detectivesca, para enfrentarnos cara a
cara con el horror de la deformidad, física, psicológica y moral.
Publicado originalmente en 1929, su virulencia, grafismo y, también, colorido
antimilitarista y pesimista, serían la causa de que “La oruga” a menudo fuera
censurado al ser publicado en su país, a veces por decisión del propio autor,
amputándosele (nunca mejor dicho) fragmentos y párrafos demasiado
comprometedores o excesivos, aunque aquí hemos contado con la excelente
traducción directa del japonés de Daniel Aguilar, que restaura muchas de estas
mutilaciones literarias, procedente de la antología Rampo, la mirada perversa (Satori,
2017). Adelantándose en una década al Dalton Trumbo de Johnny cogió su fusil
(1939), el cuento de Rampo narra la, por así decir, historia de amor entre una mujer y
su marido veterano de guerra… que ha vuelto de la misma convertido en un torso y
una cabeza deformes, sin miembros, sordomudo y al borde —si no más allá— de la
demencia. Exacerbando su pasión por la mutilación y la deformidad convertidas en
objeto de deseo y rechazo a la par, Rampo expresa como nadie antes o después se ha
atrevido a expresar la sensualidad perversa de la dominación femenina y la
impotencia masculinas, la atracción de lo abyecto y el sentimiento de culpa inherente
a esta misma atracción, así como también la crueldad sin sentido de la guerra y su
patriotismo impostado. Llevada al cine en varias ocasiones, entre ellas como
segmento del filme de episodios Rampo Noir (Ranpo Jigoku, 2005), la versión más
conocida es, precisamente, aquella que hace hincapié en estos aspectos
antimilitaristas, hasta convertirlos en su raison d’ětre, traicionando en buena parte el
texto original, al que no hace referencia alguna en sus créditos (al parecer para evitar
el pago de derechos de autor): Caterpillar (Kyatapirâ, 2010), dirigida por el enfant
terrible del pinku eiga y comprometido cineasta político Koji Wakamatsu, muerto en
un trágico accidente en 2012, quien sitúa la acción a lo largo de la Segunda Guerra
Mundial, cargando las tintas en la crítica al imperialismo, el machismo y el belicismo
japoneses. Pese a ello, la fuerza de la historia es tal que es imposible no sentirse
golpeado por ella incluso en esta versión un tanto tramposa.
El eroguro, que ha influido también enormemente en el corpus del horror
moderno occidental, goza hoy de excelente salud gracias al manga. la ilustración,

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escritores próximos al horror como Ryu Murakami y, naturalmente, la gran pantalla, a
la que Rampo ha sido adaptado en más de cincuenta ocasiones, y donde cineastas
actuales tan distintos como Sion Sono, Shinya Tsukamoto, Iguchi Noboru o Takashi
Miike siguen llevando las visiones más extremas, terribles y fascinantes del genero.
Kiri kiri kiri.

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LA ORUGA[1]

Tras despedirse de los dueños, Tokiko abandonó la casa principal y, mientras


caminaba hacia el pequeño edificio de la misma parcela donde vivía con su esposo,
cruzando el extenso y descuidado jardín lleno de maleza donde ya empezaba a caer la
oscuridad, recordó las palabras que hacía unos momentos le había dedicado el cabeza
de familia del caserón, un viejo general en la reserva, palabras de elogio que siempre
eran las mismas y que le causaban una sensación realmente extraña, similar al sabor
de boca que dejaban al morder esas blanduchas berenjenas rellenas de perdiz chocha
que ella odiaba de manera especial.
«No hace falta decir que la fidelidad del teniente Sunaga (de un modo ridículo,
aun hoy el general de la reserva continuaba refiriéndose a ese militar mutilado que no
se sabía si era un ser humano o qué, con la antigua gradación que entonces ostentaba)
es un orgullo para nuestra Infantería, pero eso es algo que ya resulta conocido por
todo el mundo. Sin embargo, tu fidelidad de esposa ha cuidado con amabilidad de ese
mutilado durante los meses y los días a lo largo de tres años, sin mostrar desagrado ni
por un momento y abandonando por completo tus propios deseos. A algunos les
bastará con decir que eso es lo natural en el papel de una esposa, pero por lo general
resultaría una tarea imposible. Estoy completamente admirado. Creo que es una de
las historias más hermosas de nuestro tiempo. Pero todavía te queda mucho tiempo
por delante. Te pido por favor que no cambies esa manera de ser y que continúes
cuidando de él».
Cada vez que se encontraba con él, era como si el viejo general Washio no se
pudiera quedar a gusto sin repetir esas palabras, y elogiaba sin falta a ese antiguo
subordinado que era el teniente Sunaga y a su esposa, que ahora vivían en un
pequeño edificio anexo en el mismo solar de su propiedad, separados de la casa
principal. Como a Tokiko esas palabras le producían el desagradable regusto a
berenjenas con perdiz referido antes, en lo posible intentaba evitar al viejo general,
pero aun así, incapaz de estar continuamente junto a un impedido que no decía
palabra en todo el día, estaba atenta a sus ausencias para acudir de tanto en tanto
junto a su esposa y su hija para conversar con ellas.
Además, en los primeros tiempos estos elogios resultaban apropiados a su espíritu
de sacrificio y a su inusual fidelidad como esposa, produciéndole una indescriptible
sensación de agradable orgullo que causaba cosquilleos en el corazón de Tokiko, pero
últimamente ya no se veía capaz de aceptarlos de buen grado. O, mejor dicho, estos
elogios llegaban a parecerle cargados de horror. Cada vez que los escuchaba, le
parecía que le estaban señalando de frente con el índice para decirle: «Escondiéndote
bajo el bonito nombre de la fidelidad, estás cometiendo un crimen de los más

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horribles de este mundo». Era como si la estuviesen torturando y le hacía
estremecerse de miedo.
Pensándolo bien, aun tratándose de sí misma, se sorprendía por lo realmente
horrible de la transformación, llegando a preguntarse cómo podrían cambiar de esa
manera los sentimientos de una persona. Ella, que al principio era una persona tímida,
desconocedora de las vicisitudes de este mundo, no era más que lo que se conoce
literalmente por una esposa fiel, y ahora, a pesar de que su apariencia externa no lo
delataba, en el interior de su corazón anidaba un demonio de lascivia tal que ponía los
pelos de punta, y ese disminuido que era su esposo (se trataba de un disminuido hasta
un extremo tan miserable que la propia palabra resultaba insuficiente), que antes era
un personaje reconocido como fiel y valiente protector de la patria, ahora no cabía
sino admitir que se había transformado por completo en algo cuya única utilidad era
satisfacer la lujuria de ella, como si fuera una especie de bestia a la que cuidaba como
una mascota o incluso un mero utensilio.
¿Pero de dónde habría surgido ese maldito demonio de lujuria? ¿Se trataría del
efecto creado por el inexplicable atractivo de ese amarillento amasijo de carne?
(porque, en realidad, su esposo el teniente Sunaga no era más que una amarillenta
masa de carne que, además, con su grotesca forma de peonza excitaba el apetito
sexual de ella). ¿O se trataría de un efecto generado por una fuerza desconocida que
rebosaba de su cuerpo de mujer de treinta años de edad? Aunque quizá lo más
probable es que consistiera en una mezcla de ambas cosas.
Cada vez que el viejo Washio le dirigía la palabra, Tokiko no podía evitar que le
remordiese terriblemente la conciencia debido a la manera en que había engordado o
a ese olor corporal suyo que sin duda era perceptible a los demás.
«¿Por que estaré engordando de esta manera tan tonta?», se preguntaba. Pero,
pese a ello, su rostro presentaba un aspecto de palidez. Mientras que enumeraba sus
habituales elogios, el viejo general siempre escrutaba con ojos ligeramente suspicaces
el rechoncho y grasiento cuerpo de ella, por lo que es posible que ahí residiera el
principal motivo por el que Tokiko detestaba esos encuentros con él.
La parcela era tan espaciosa como cabía esperar en provincias, por lo que la casa
principal y el edificio que ellos ocupaban se encontraban separados por unos
cincuenta metros de distancia. El terreno entre medias, cubierto por los marojos,
carecía de camino definido por lo que en ocasiones surgía una serpiente[2] agitando la
maleza o, si se descuidaba uno al pisar, podía meter el pie en el antiguo pozo oculto
por la vegetación, de modo que resultaba un trayecto peligroso. Rodeando la amplia
parcela crecía un poco vistoso seto, formado por arbustos de diferente tipo y por el
lado exterior se extendían los arrozales y huertas. Al final, con la arboleda del templo
shintoísta Hachiman como fondo, se destacaba como un bulto negro colocado ahí en
medio de la casita de dos pisos donde vivían ella y su esposo.
En el cielo comenzaban a brillar una o dos estrellas. La habitación ya debía estar
completamente a oscuras. Como su esposo carecía de capacidad para encender la

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lámpara, si ella no lo hacía, probablemente aquella masa de carne permanecería en
tinieblas, apoyada en el respaldo de la silla sin patas o quizá, tras resbalarse del
asiento, tirada encima del tatami y moviendo únicamente los ojos en un esporádico
parpadeo. El pobre… Pensando en ello, se sentía asaltada por un escalofrío que le
recorría la columna vertebral, mezclándose en ella accesos de repugnancia,
misericordia, tristeza y, sin embargo, también ocasionalmente, de sensualidad.
Al aproximarse a la casa, vio que, como si simbolizase algo, al encontrarse
descorrido el panel de papel, la ventana del segundo piso se asemejaba a una negra
boca abierta, y por allí escapaba el familiar sonido sordo ton-ton ton que golpeaba
contra el tatami.
—Aah… Ya está otra vez —pensó, sintiendo lástima por él a la vez que notaba
cómo se le enrojecían los ojos a punto de llorar.
Lo que sucedía es que su impedido esposo se encontraba tirado boca arriba en el
tatami y, en lugar de dar palmadas para llamar a alguien como haría una persona
normal, golpeaba el suelo con la cabeza, llamando impaciente a esa única compañera
suya que era Tokiko.
Enseguida llego. Lo que pasa es que ya tienes hambre, ¿verdad?
Aunque sabía que su interlocutor no podía escucharle, Tokiko, tal y como
acostumbraba, iba diciendo estas cosas mientras se apresuraba para entrar por la
puerta de servicio y ascender por la escalera de mano que subía desde allí hacia el
segundo piso.
El segundo piso se componía de una habitación de seis tatami y un pequeño
tokonoma[3] de una presencia casi simbólica, en uno de cuyos rincones había una
lamparita de pie y una caja de cerillas. Como si fuera una madre hablando a un bebé
al que amamanta, Tokiko comenzó a encadenar frases como «Te he tenido mucho
tiempo esperando, ¿verdad? Lo siento mucho», o «Ya voy, va voy, por mucha prisa
que me metas no puedo hacer nada con todo a oscuras. Primero voy a encender la
lámpara, ¿eh? Espera un poco más, solo un poco». Mientras repetía este tipo de
soliloquios (y es que su esposo se había vuelto totalmente sordo), encendió la
lámpara y la colocó junto a la mesita que había en un rincón de la habitación.
Delante de esa mesa se hallaba una silla de un modelo patentado recientemente,
llamado estilo no sé qué, que carecía de patas, recubierta de un futón estampado de
lana de oveja que se había atado a la misma y, alejada de ella, caído sobre el tatami,
un objeto de aspecto peculiar. Ciertamente, el objeto vestía un antiguo kimono de
Oshima hecho de seda aunque, más que «vestía», resultaría más apropiado decir que
se hallaba envuelto en él, o que un hatillo hecho de paño de seda estilo Oshima estaba
ahí tirado, tal era el aspecto realmente extraño que presentaba. Y, por uno de los
extremos de ese hatillo, brotaba una cabeza humana que, como un insecto picoteando
el grano o como algún tipo de mecanismo automático, se agitaba golpeando el tatami
con un ton-ton-ton. Cada vez que la cabeza batía sobre el suelo de tatami, por el
efecto del retroceso, el voluminoso hatillo cambiaba ligeramente de posición.

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—Bueno, no hay por qué enfadarse tanto. ¿Es esto?
Mientras decía estas palabras, Tokiko imitó el ademán de comer.
—¿Ah, no? Entonces, ¿esto?
Ahora probó a adoptar determinada postura[4]. Sin embargo, su esposo había
perdido también la capacidad de hablar, por lo que solo pudo girar la cabeza a
derecha e izquierda en signo negativo y luego moverla hacia delante y detrás batiendo
con desesperación sobre el tatami. Debido al impacto de fragmentos de metralla,
tenía el rostro destrozado hasta resultar irreconocible. La carne de la oreja izquierda
había desaparecido por completo, quedando únicamente en su lugar el rastro de un
negruzco agujeriro y, del mismo modo, la parte izquierda de la boca y sus alrededores
hacia la mejilla y luego hasta debajo del ojo formaban una línea oblicua que daba la
impresión de un gran desgarrón que hubieran remendado con lulo.
Desde el parietal derecho hasta la parte superior de la cabeza le corría una fea
cicatriz. En la zona de la garganta presentaba una concavidad como si le hubieran
arrancado un trozo, y ni la nariz ni la boca conservaban nada de su forma original. En
esa cara que parecía por completo la de un monstruo, tan solo se conservaban en
perfecto estado, resaltando la fealdad que les rodeaba, los dos ojos claros y redondos,
que poseían la misma inocencia que la de un niño, pero que ahora parpadeaban
insistentemente con furia.
—Entonces, ¿quieres decirme algo, no? Espera un momento.
Sacó un cuaderno de notas y un lápiz de uno de los cajones de la musa y puso este
en la torcida boca del minusválido, de manera que lo mordiese, acercando luego hasta
su alcance el cuaderno abierto. Su esposo no solamente se había vuelto sordo y mudo,
sino que también carecía de manos y piernas con las que poder sujetar un lápiz.
—¿Ya-no-quie-res-es-tar-con-mi-go?
El inválido, justo como si fuera un desdichado de los que exhiben su arte en las
ferias, escribió una serie de letras sobre la superficie del cuaderno que su esposa le
ponía delante. Le llevó mucho tiempo y las letras, tan deformes que resultaban
difíciles de leer, eran en el sencillo silabario katakana.
—Ja, ja, ja, ja. Así que estás otra vez celoso, ¿eh? No, no, nada de eso.
Mientras se reía, movió la cabeza hacia los lados, negando con rotundidad.
Sin embargo, el inválido comenzó otra vez impaciente a golpear el tatami con la
cabeza, por lo que Tokiko, adivinando sus deseos, volvió a poner el cuaderno frente a
la boca de su interlocutor. Entonces, el lápiz comenzó a deslizarse con frenesí sobre
la hoja y escribió:
—¿Dón-de-has-es-ta-do?
Nada más verlo, sin apenas darle tiempo a terminar, Tokiko arrebató el lápiz de
los labios del inválido con fría dureza y escribió en la parte de la hoja que quedaba
todavía sin utilizar: «En casa de los Washio», poniendo luego el texto ante los ojos de
su esposo como si quisiera estampárselo.
—¿Es que no lo sabes de sobra? ¿Acaso tengo algún otro lugar donde ir?

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El inválido volvió a pedir el cuaderno y escribió: «Tres-ho-ras».
—¿Quieres decir que has estado solo aquí, esperando durante tres horas? Lo
siento mucho —dijo adoptando expresión de arrepentimiento e inclinando la cabeza.
Luego añadió: «ya no iré más, ya no iré más», mientras agitaba la mano en ademán
negativo.
Envuelco como un fardo, el mutilado teniente Sunaga por supuesto que todavía
no se encontraba satisfecho, pero por lo visto se había cansado de mostrar su
habilidad para escribir con la boca y, agotado, ya no movió más la cabeza. En lugar
de eso, sus grandes ojos contemplaron fijamente a Tokiko con una mirada cargada de
todo tipo de significados.
En situaciones así, Tokiko sabía instintivamente cuál era la única manera de
cambiar el humor de su esposo. Puesto que resultaba imposible la comunicación
hablada, no podía explicar con detalle sus pretextos y, aparte de las palabras, lo que
mejor transmite los sentimientos de uno con mayor elocuencia sin duda son las leves
variaciones del ojo al mirar, pero la capacidad de entendimiento de su esposo se
hallaba cada vez más embotada, por lo que tampoco esto servía. Por eso, después de
una de estas peleas de celos, siempre terminaban mutuamente invadidos por la
frustración y adoptaban el modo más rápido de reconciliarse.
Sin mayor mediación, su puso a horcajadas sobre su esposo y cubrió con una
lluvia de besos su torcida boca y la lustrosa y gran cicatriz. Con esto, por fin se
reflejó el alivio en los ojos del inválido, seguido de una fea mueca a modo de sonrisa
en esa deformada boca, que más bien le daba aspecto de estar llorando. Tokiko, como
de costumbre, a pesar de ver el cambio experimentado, no detuvo su enloquecida
secuencia de besos. Por una parte se debía a que deseaba olvidar la fealdad de su
compañero y sumergirse a sí misma en un imposible y dulce delirio de pasión, pero
por otra parte también ayudaba el inexplicable sentimiento que le impulsaba a
mortificar a gusto al pobre inválido incapaz de realizar casi cualquier movimiento por
sí mismo.
Sin embargo, el mutilado esposo, sorprendido por la excesivamente apasionada
disposición de ella, se revolvió con angustia medio asfixiado, retorciendo la
expresión de su atormentado rostro.
Y Tokiko, a la vista de ello, como le sucedía siempre, sintió cómo un determinado
sentimiento de excitación comenzaba a emerger dentro de su organismo con un
cosquilleo.
Como en un arranque de locura, se abalanzó sobre el inválido y comenzó a
arrancarle el kimono de seda estilo Oshima igual que si estuviera desenvolviendo un
fardo. Y al hacerlo, esa indescriptible masa de carne salió rodando desnuda por el
suelo.
¿Cómo pudo sobrevivir el mutilado teniente Sunaga con el cuerpo convertido en
algo semejante? En su día, el asunto produjo un gran revuelo entre los profesionales
de la medicina y corrieron ríos de tinta en arríenlos de prensa hablando de lo inaudito

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del caso, pero lo cierto es que el cuerpo del teniente, exactamente como si se tratara
de un muñeco al que han arrancado brazos y piernas y ya no pudiera romperse más,
había quedado dañado de una manera horrible y sobrecogedora. Ambos brazos y
piernas se hallaban cercenados casi de raíz, con apenas un pequeño bullo de carne
sobresaliendo de cada juntura, que constituía un mero recordatorio del miembro
original y, por si fuera poco que su cuerpo presentase el aspecto de un monstruo, por
todas partes lucía incontables heridas y cicatrices, grandes y pequeñas, empezando
por el rostro.
Realmente la impresión era horrible pero, a pesar de verse transformado de esta
manera, su cuerpo, increíblemente, se hallaba bien nutrido y, a pesar de ser el de un
inválido, se conservaba bien de salud (el viejo general Washio lo atribuía al mérito de
los atentos cuidados de Tokiko y, en su habitual retahila de elogios, no olvidaba
incluir esta faceta). Carecía de cualquier otra distracción, así que, posiblemente
debido a su salvaje apetito, su vientre estaba tan hinchado que parecía a punto de
reventar y, dentro del total de su tronco, era la parte que más llamaba la atención.
Era exactamente como si fuera una enorme oruga amarillenta. O, como lo
calificaba siempre Tokiko en su fuero interno, una rara y grotesca peonza de carne.
Como si se tratase de una bolsa de papel, cada una de las terminaciones de esos
trozos de carne que eran el único recuerdo de sus miembros, estaban anudadas
formando una serie de arrugas que se plegaban hacia una concavidad central de
aspecto ominoso, por lo que esas protuberancias de carne eran idénticas a las patas de
una oruga y, agitándolas de una manera anormal, con las caderas como parte
principal, se desplazaba sobre el tatami girando como si realmente fuera una peonza.
En estos momentos, tras ser desnudado por Tokiko, el inválido no mostraba
especial intención de resistirse y, como si aguardase algo, se limitaba a observar
quedamente la figura de la mujer que se cernía sobre él, que le escrutaba en tensión,
con los ojos extrañamente entrecerrados, como si se tratase de una fiera ante su presa.
Dirigió su mirada hacia la tersa papada de ella.
Tokiko sabía leer el significado de aquella mirada del inválido. Si, en una
situación como esta, ella iba un paso más adelante, dicha expresión desaparecía; pero
si, por ejemplo, su pusiera junto a él dedicada a sus trabajos de costura, el inválido,
viéndose desocupado, se quedaba mirando fijamente algún punto en el vacío y esa
particular expresión de los ojos se acentuaba, transmitiendo una sensación de
sufrimiento.
De los cinco sentidos, el inválido había perdido por completo todos salvo el de. la
vista y el tacto, y de por sí nunca había tenido gusto por la lectura, siendo de un
espíritu guerrero sin sutilezas. Pero, además, debido al trauma que la explosión que le
había causado, la cabeza se le había embotado, por lo que había perdido todavía más
el interés por la letra impresa y ahora, al igual que un animal, su ser tan solo
encontraba consuelo en los placeres materiales. Sin embargo, dentro de esa
embarrada vida semejante a un oscuro infierno, a veces cruzaba por su embotada

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cabeza un resto de la lógica militar que le fue inculcada en los tiempos en que era un
hombre corriente, lo cual coexistía con el deseo carnal acentuado por el hecho de
encontrarse inválido, por lo que sin duda ese sufrimiento que yacía como una nube en
el fondo de su mirada no era ajeno a la lucha entre ambos sentimientos. O, por lo
menos, así lo interpretaba Tokiko.
A Tokiko no le desagradaba ver esa expresión de inquiero sufrimiento que flotaba
en los ojos de aquel hombre inerme. Mientras que por un lado ella era una terrible
llorica, encontraba en cambio un extraño gusto en martirizar a los más indefensos.
Además, el sufrimiento de este lastimoso inválido le producía incluso una excitación
de la que no se cansaba nunca. En estos momentos, ella no solo no hacía nada por
apaciguar el corazón de su esposo sino que, por el contrario, de una manera
abrumadora, se dedicaba a excitar la sensualidad de ese inválido que ya de por sí se
encontraba siempre a flor de piel.
Asaltada por una pesadilla ininteligible, Tokiko se despertó lanzando un terrible
grito con el cuerpo empapado de sudor.
En el tubo de la lámpara junto a su almohada se había formado una costra de
hollín de raro aspecto, y la casi consumida mecha emitía una especie de siseo. Le
pareció que tanto el interior de la habitación como el techo y las paredes se hallaban
envueltas en una neblina anaranjada, y el rostro de su esposo, que estaba acostado a
su lado, relucía también con ese mismo tono anaranjado, con las cicatrices reflejando
los destellos de luz. Por supuesto que no podía haber escuchado el alarido de ella,
pero sus ojos estaban muy abiertos, con la mirada fija en el techo. Tokiko miró el
reloj colocado sobre la mesita y vio que marcaba más de la una.
Posiblemente allí residiera el origen de la reciente pesadilla pero, nada más
despertarse, Tokiko sintió cierta sensación desagradable en su cuerpo. Sin embargo,
todavía adormilada y sintiéndose extraña, antes de conseguir identificar dicha
sensación de pronto surgió ante ella la fantasmagórica visión de los anormales juegos
sexuales de hace unas horas. Flotó ante sí la imagen de una masa de carne similar a
una peonza viviente, que giraba y se revolcaba. Y el desmañado cuerpo de una mujer
gorda y grasienta de treinta años. Luego, ambas figuras se entrelazaron en unos
abrazos que parecían sacados de una estampa del infierno. Qué imágenes tan
aborrecibles y desagradables… Sin embargo, precisamente por lo aborrecible y
desagradable, excitaban su lujuria y ahora que a los treinta años se encontraba en el
punto intermedio de su vida, se encontraba con que, más que ninguna otra cosa,
aquello poseía la capacidad de provocarle un hormigueo de placer en todo su sistema
nervioso como una potente droga, de un modo que antes nunca hubiera imaginado.
—Aaaah… Aaaah…
Tokiko se estrujó los pechos mientras jadeaba y gemía con una voz extraña,
contemplando la figura acostada de ese esposo suyo que era como un muñeco roto.
Entonces, por primera vez identificó la desapacible sensación corporal que notó al
despertar. Luego, pensando «Parece que esta vez me ha venido un poco antes», salió

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del lecho y bajó por la escalera de mano.
Tras regresar poco después y volver a mirar el rostro de su esposo le encontró en
la misma posición y, sin girarse en ningún momento hacia ella, continuaba con la
vista clavada en el techo.
—Otra vez está pensando…
El panorama que en mitad de la noche ofrecía ese hombre solitario que había
perdido todos los órganos de expresión salvo los ojos, manteniendo la mirada fija en
un punto, le produjo una repentina impresión siniestra. Por mucho que pensase que su
cerebro se hallaba anquilosado, pudiera ser que en el caso de alguien mutilado hasta
ese extremo se abriese todo un mundo dentro de su cabeza, diferente al de las
personas como ella. Y al pensar que quizá él se encontrase ahora vagando por el
interior de ese mundo, sintió un escalofrío.
Ya por completo desvelada, no conseguía conciliar el sueño. Sentía como si en el
centro de su cabeza resonara crepitante un remolino de fuego. Sin pretenderlo,
comenzaron a sucederse ante sus ojos una serie de imágenes intermitentes. Entre ellas
se mezclaban los recuerdos de los incidentes de hace tres años que transformaron por
completo su vida hasta llegar a la actual situación.
Cuando recibió la notificación oficial de que su esposo iba a ser devuelto al
interior del país[5] debido a las heridas sufridas, lo primero que experimentó fue el
alivio de que no hubiese perecido en el frente de batalla. Las esposas de los otros
compañeros, con las que entonces todavía se relacionaba, incluso envidiaron su
suerte, dirigiéndole palabras de felicitación. Poco después, la prensa escribió acerca
de las gloriosas hazañas militares de su esposo. Casi al mismo tiempo, supo que el
grado de las heridas infligidas sobrepasaba con mucho lo habitual, pero por supuesto
que nunca pudo imaginarse que llegase hasta ese punto.
Probablemente no olvidaría en toda su vida el momento en que fue a visitar a su
esposo en el Hospital del Cuartel de Infantería. Rodeado por blancas sábanas el
destrozado rostro de su esposo miró hacia ella con aire ausente. Cuando el médico al
cargo le explicó con unas palabras abstrusas que entremezclaban numerosos
tecnicismos que, debido a las heridas, sus oídos ya no podían oír y que, debido a una
rara afección en los órganos de vocalización tampoco podía hablar, ya tenía los ojos
enrojecidos y sorbía el agüilla de la nariz sin parar. Y sin conocer que lo que le
aguardaba resultaba todavía mucho más horrible.
El médico encargado, aun dentro de su solemnidad, no pudo evitar una expresión
compasiva en su rostro cuando le dijo «No debe usted asustarse» y, cautelosamente,
apartó la blanca sábana para mostrarle lo que había debajo. Como un monstruo de
pesadilla, allí donde debía haber unos brazos y unas piernas, no pudo ver nada.
Acostado sobre la cama, solo había un grotesco torso envuelto en un rollo de
vendajes. Parecía por completo que se tratase de un busto de yeso, carente de vida.
Sintiéndose a punto de desvanecer y con la boca entumecida, cayó de rodillas
junto a la cama.

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No fue hasta que el médico y la enfermera le llevaron a la habitación de al lado
que sintió una auténtica tristeza y, sin importarle las miradas ajenas, rompió a llorar
sonoramente. Con la cabeza inclinada sobre la no demasiado limpia mesa,
permaneció allí llorando durante largo tiempo.
—Es un auténtico milagro. El teniente Sunaga no fue el único que perdió ambos
brazos y piernas, pero los demás no consiguieron sobrevivir. Realmente es un
milagro. Sin duda se debe a la extraordinaria habilidad del médico coronel y del
doctor Kitamura. Probablemente no exista un ejemplo similar en ningún otro hospital
militar del mundo.
Con intención de consolarla, el médico pronunció estas palabras junto al oído de
Tokiko, que continuaba llorando cabizbaja. Repitió varias veces la palabra «milagro»,
ante la que uno no sabía si alegrarse o entristecerse.
Ni qué decir tiene que la prensa publicó hasta la saciedad las gloriosas proezas
militares del teniente Sunaga, así como el milagroso resultado de las técnicas de
cirugía.
Transcurrió medio año como un sueño. Acompañado de sus superiores y
camaradas del ejército, el cuerpo viviente en que se había convertido el teniente
Sunaga fue llevado de vuelta al hogar y, casi al mismo tiempo, como una
compensación por los cuatro miembros amputados, le fue otorgada la Condecoración
del Milano Dorado. Mientras que Tokiko lloraba ocupada en cuidar del inválido, el
resto del mundo estallaba de júbilo celebrando el victorioso regreso de las tropas.
Parientes, conocidos y gente del vecindario acudían también a su casa para dejar caer
como una lluvia la palabra «honor».
No pasó mucho tiempo antes de que empezasen a perder confianza en poder
sobrevivir únicamente con la pensión concedida, por lo que aceptaron la generosidad
del general Washio, su antiguo superior en el campo de batalla, y se mudaron a la
casita desocupada que este poseía en un extremo de su amplia parcela y que les
ofrecía gratuitamente. En parte se debió también a que se habían trasladado a una
comarca rural, pero el caso es que, a partir de entonces, la vida de Tokiko y su esposo
pasó a ser harto solitaria.
El revuelo festivo por la victoria se enfrió y el mundo de la gente en derredor
volvió a su triste rutina. Ya no venía nadie a visitarles como sucedía antes. Según
fueron pasando los días y los meses, el entusiasmo por la victoria militar se fue
calmando y, paralelamente, el sentimiento de gratitud hacia aquellos que habían
luchado por la misma se debilitó. Ya nadie hablaba de alguien como el teniente
Sunaga.
También los parientes de su esposo, quizá porque sentían repugnancia hacia el
inválido o porque temían les fuera requerida una ayuda material, prácticamente
dejaron de poner un pie en su casa. En cuanto a los parientes de ella, sus padres ya
habían fallecido y tanto su hermano como su hermana eran personas insensibles al
sufrimiento ajeno. Como si hubieran sido separados del mundo, el miserable inválido

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y su fiel esposa subsistían aislados en esta perdida casa de provincias. Allí, el
segundo piso formado por la habitación de seis tatamis constituía su único mundo. Y
además, uno de los dos era un inválido similar a un muñeco de barro, que no podía
oír ni hablar, ni llevar a cabo tarea alguna por sí mismo.
Como si se tratase de un ejemplar de una especie humana de un mundo diferente
al que de pronto hubieran arrojado a este, el mutilado parecía encontrarse aturdido
ante su nuevo y por completo diferente modo de vida; y, aun después de recobrar su
salud, durante un tiempo permaneció como ausente, tumbado sin mover un músculo.
Y, sin importar la hora que fuese, caía dormido de vez en cuando.
Cuando, gracias a la idea de Tokiko, pudieron entablar conversación mediante el
sistema de escribir con el lápiz en la boca, las dos primeras palabras que escribió el
mutilado fueron «pe-rió-di-co» y «con-de-co-ra-ción», utilizando a su torpe manera el
sencillo silabario katakana. Con lo de «periódico» se refería a los recortes de los
artículos que en su día glosaron con profusión sus hazañas militares y con lo de
«condecoración», evidentemente, a aquella del Milano Dorado que le había sido
otorgada, Cuando recuperó la consciencia en el hospital, lo primero que el general
Washio había puesto ante sus ojos fueron estas dos cosas, y él recordaba aquel
momento muy bien.
El mutilado continuó escribiendo las mismas palabras de tanto en tanto,
solicitando que le trajeran aquellas dos cosas y, cuando Tokiko se las ponía delante de
los ojos, permanecía largo tiempo contemplándolas sin cansarse. Durante el tiempo
en que él leía una y otra vez los artículos de periódico, a Tokiko se le dormían las
manos de sostenerlos pero, aguantando con paciencia, pensaba en lo estúpida que
resultaba la situación mientras contemplaba la expresión de satisfacción de su esposo.
Sin embargo, aunque comenzó mucho más tarde de que ella sintiera desdén por la
palabra «honor», por lo visto al mutilado también había terminado por resultarle
aburrido ese «honor». Con el tiempo, dejó de pedir como antes que le trajeran
aquellos objetos. Lo único que quedó después fue aquel enfermizo y salvaje apetito
por los placeres físicos, acentuado por el hecho de verse convertido en un inválido.
Como si fuera un paciente que se recupera de una enfermedad gastrointestinal,
reclamaba alimentos con voracidad y, a cualquier hora del día, exigía también de ella
el placer carnal. Cuando Tokiko no se plegaba a tales exigencias, él, en su condición
de grandiosa peonza de carne, se retorcía sobre el tatami totalmente enloquecido.
Al principio, a Tokiko ello le producía un vago temor y le disgustaba pero, con el
tiempo, con el paso de los meses, también ella fue transformándose poco a poco en
un demonio ansioso de placer carnal. Encerrados en una casa en medio del campo,
habiendo perdido toda esperanza en el porvenir, para ese hombre y esa mujer casi
ignorantes del mundo exterior, aquello significaba toda su vida. Como si fueran dos
bestias que tuvieran que vivir el resto de sus días compartiendo una jaula.
Debido a semejante situación, realmente resulta lógico que Tokiko llegase a ver a
su esposo como una especie de enorme juguete con el que podía divertirse a voluntad,

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haciendo con él cuanto quisiera. Del mismo modo, resultaba perfectamente natural
que ella, inducida por la vergonzosa actitud del inválido y contando con un cuerpo
mucho más vigoroso que el de la mayoría de las personas, se hubiera convertido en
una criatura insaciable, que llegaba a poner en aprietos a su propio esposo.
A veces pensaba si no se estaría volviendo loca. Incluso se preguntaba espantada
entre temblores dónde se hallarían ocultos hasta ahora en su interior semejantes
impulsos abominables.
Sin poder hablar, sin escuchar lo que se le dice, sin poder siquiera moverse a
gusto por sí mismo, este lastimoso y estrafalario utensilio de ningún modo estaba
formado de madera o de barro, sino que el hecho de tratarse de un ser vivo capaz de
experimentar penas y alegrías era lo que le volvía ilimitadamente atrayente para ella.
Por añadidura, frente a las insaciables exigencias de ella, sus redondos ojos, el único
órgano de expresión que poseía, a veces parecían decir algo con un reflejo de tristeza
y en otras ocasiones de furia. Pero, por muy triste que se encontrara, aparte de
derramar lágrimas, no podía reaccionar de ninguna manera e, igualmente, por muy
furioso que se sintiera, carecía de medios para enfrentarse a ella, por lo que
finalmente se veía incapaz de resistirse a su abrumadora seducción y caía también sin
remedio en un éxtasis enfermizo. Para ella, martirizar a un ser tan indefenso en contra
de su voluntad llegaba incluso a constituir una diversión insuperable.
Sobre los cerrados párpados de Tokiko, superponiéndose unas sobre otras, se
proyectaban y desaparecían intermitentemente una tras otra las apasionadas y salvajes
escenas de los sucesos acaecidos durante estos tres años. Estos recuerdos
intermitentes de extraordinaria frescura, al aparecer y desaparecer sobre la cara
interior de sus párpados como si tratara de la proyección de una película, eran un
fenómeno que se producía siempre que en el organismo de ella aparecía una de las
periódicas alteraciones. Y además, se cumplía sin falta que, cuando se daba este
fenómeno, su naturaleza salvaje se volvía todavía más violenta y la forma en que
atormentaba al pobre inválido cobraba aun mayor intensidad. Ella misma era
consciente de ello, pero se sentía incapaz de frenar mediante su voluntad esta salvaje
fuerza que brotaba del interior de su organismo.
De repente, se dio cuenta de que el interior de la habitación, al igual que las
imágenes de sus fantasías, parecía envuelto en una neblina que oscurecía el espacio
en derredor. Sintió como si se tratase de una fantasía dentro de otra fantasía y que la
más externa de las dos estuviera a punto de desvanecerse. Debido al estado de
excitación nerviosa en que se hallaba, la sensación le produjo un temor tal que los
latidos de su corazón se aceleraron. Sin embargo, fijándose bien, la impresión se
debía a un efecto de lo más natural. Sacando su cuerpo de entre los pliegues del
futón, giró la llavecita del tubo central de la lámpara. La luz había estado a punto de
apagarse por agotamiento de la mecha del interior.
La habitación se iluminó al instante. Sin embargo, dicha luz seguía resultando
similar a una neblina anaranjada, lo cual producía una sensación un tanto extraña.

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Como si los haces de luz se lo hubieran recordado, Tokiko echó una mirada al rostro
de su esposo, acostado junto a ella. Continuaba exactamente con la misma expresión,
con los ojos fijos en el mismo punto del techo.
—Pero… ¿hasta cuándo va a estar así pensando?
Resultaba espeluznante pero, más que eso, le pareció detestable que, a pesar de
tratarse de un inválido grotesco, mostrara esa actitud de estar sumido en un algún tipo
de pensamiento secreto. Luego, una vez más, al igual que un escozor, sintió que del
interior de su organismo brotaba esa crueldad tan característica suya.
De una manera realmente brusca, se abalanzó sobre el futón que cubría a su
esposo, sentándose a horcajadas sobre él. A continuación, sin más preliminares, le
agarró por los hombros y comenzó a zarandearle salvajemente.
Resultó algo tan inesperado que todo el cuerpo del mutilado se sobresaltó con un
espasmo. Acto seguido, clavó en ella una mirada cargada de furia y recriminación.
—¿Qué pasa, te has enfadado? ¿Eh? ¿Qué manera de mirarme es esa?
Tokiko le gritaba desafiante a su esposo este tipo de cosas. Tapándole los ojos
intencionadamente para que no pudiera ver, comenzó a exigir de él los habituales
escarceos sexuales.
—Nada de enfadarse. Tú estás para lo que yo quiera.
Sin embargo, por más que se afanaba de mil maneras, por primera vez el mutilado
no daba muestras de ir a claudicar ante ella como de costumbre. Quizá porque era eso
mismo en lo que pensaba desde antes cuando miraba al techo, o quizá simplemente
porque le había indignado la caprichosa actitud de su esposa, por más tiempo que
pasaba, se limitaba a abrir sus grandes ojos tal que si fueran a salírsele de las órbitas y
mirar a Tokiko como si la quisiera apuñalar.
—¿Qué pasa? ¿Cómo me miras así?
Mientras gritaba, puso sus dos manos sobre los ojos de su esposo. Luego, siguió
gritando enloquecida: «¿Que pasa? ¿Qué pasa?». Su éxtasis enfermizo le había vuelto
insensible. Apenas era consciente de la fuerza con que estaba apretando sus dedos.
Como si despertara de repente de un sueño, se dio cuenta de que, bajo ella, el
mutilado se retorcía enloquecido de dolor. Aunque se tratara solamente de un torso,
se revolvía con una fuerza tan increíble, que llegó a lanzar despedido el pesado
cuerpo de ella que estaba encima. De los ojos del mutilado brotaba sangre a chorros y
todo su rostro cubierto de cicatrices se hallaba congestionado, con la extraña
apariencia de un pulpo cocido[6].
En ese momento, Tokiko cobró plena conciencia de lo sucedido. De una manera
cruel, como en un sueño, acababa de herir a su esposo en la única ventana de
comunicación con el mundo exterior que aún conservaba.
Sin embargo, en modo alguno podía decirse que todo se había debido a una
imprudencia cometida inconscientemente. Ella misma lo sabía. Lo que sentía de una
manera más clara es que esos ojos tan elocuentes de su esposo suponían un grave
impedimento a la hora de que la relación entre ambos pudiera convertirse en algo

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puramente animal. Le resultaba odioso ese destello que de vez en cuando fulguraba
en su mirada, reflejando un ideal de rectitud. Pese a todo lo cual, el menor de aquellos
ojos no solo le parecía molesto y odioso sino que, además, en otro orden de cosas
diferente, le hacía sentir que encerraba algo mucho más siniestro y espantoso.
Pero eso era una mentira. ¿Acaso en lo más profundo del corazón de ella no
existiría una intención diferente, mucho más horrible? ¿No sería que deseaba hacer de
su esposo un autentico cadáver viviente? ¿Que quería convertirle en una perfecta
peonza de carne? ¿No era su intención convertirle en un torso viviente que, aparte del
tacto, careciese por completo de los cinco sentidos? ¿Y no buscaría únicamente
satisfacer su insaciable crueldad hasta el fondo del todo? En todo el cuerpo de ese
inválido, los ojos eran lo único que recordaba ligeramente a un ser humano. Mientras
los conservase, daría la sensación de tratarse de algo incompleto. Le parecería que no
sería por completo su peonza de carne.
Este pensamiento cruzó por la cabeza de Tokiko durante apenas un segundo.
Luego, lanzando un alarido de espanto, dejó allí a la masa de carne retorciéndose
enloquecida y bajó las escaleras con una velocidad tal que estuvo a punto de caerse,
saliendo a la carrera hacia la oscuridad del exterior con los pies descalzos. Corrió
completamente ensimismada, con la sensación de estar sumida en una pesadilla en
que le perseguía algo horrible. Pero consciente de que, saliendo por la puerta trasera,
yendo por la carretera comarcal hacia la derecha, separada por unos cuatrocientos
metros de distancia, estaba la casa del médico.
Cuando, después de mucho rogar, por fin consiguió arrastrar al médico con ella,
la masa de carne continuaba igual que antes, agitándose violentamente como
enloquecida. El doctor de la aldea había oído las habladurías acerca del caso, pero
como era la primera vez que lo tenía realmente a la vista, se estremeció de espanto
ante la horrible condición del inválido, y daba la sensación de que apenas estaba
escuchando las excusas y explicaciones que encadenaba Tokiko acerca de la fuerza
de las circunstancias que le habían llevado a desencadenar este imprevisto incidente.
Luego, tras inyectarle un calmante y curar superficialmente las heridas, se marchó a
toda prisa.
Cuando el herido dejó por fin de revolverse, la noche ya dejaba paso a la luz del
amanecer.
Mientras masajeaba el pecho del herido, Tokiko derramaba lágrimas sin descanso,
musitando «Lo siento mucho, lo siento mucho». La masa de carne, debido a las
heridas causadas, al parecer sufría un acceso de fiebre. Su rostro estaba enrojecido e
hinchado, y el pecho subía y bajaba con un ritmo de respiración muy acelerado.
Tokiko pasó el día entero junto al enfermo. Ni siquiera comió. Iba y venía sin
descanso para lavar y escurrir las toallas húmedas con las que frotaba la frente y el
pecho del paciente y andaba susurrando como una enajenada todo tipo de frases de
disculpa o probaba a escribir en silabario katakana con el dedo sobre el cuerpo de su

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marido la palabra «Per-dó-na-me» una y otra vez. Se encontraba tan triste y
arrepentida que ni siquiera se daba cuenta del paso del tiempo.
Al atardecer, la fiebre del enfermo había bajado un tanto y el ritmo de su
respiración también se había calmado. Tokiko, como pensaba que sin duda la
consciencia de su esposo ya había vuelto a su estado habitual, volvió a escribir con el
dedo sobre su pecho, marcando mucho las letras, la palabra «Per-dó-na-me» y esperó
a ver la reacción. Sin embargo, la masa de carne no mostró ninguna intención de
responder. Aunque hubiera perdido la vista, nada le impedía contestar de alguna
manera al mensaje de ella, por ejemplo girando la cabeza o mediante una sonrisa,
pero la masa de carne continuaba sin mover un músculo y sin cambiar de expresión.
Por la manera en que respiraba, no cabía pensar que estuviera durmiendo, pero de
ningún modo podía saberse si carecía de la capacidad suficiente para comprender las
letras escritas sobre su piel o bien estaba tan furioso que optaba por guardar silencio.
Aquello no era ahora más que un objeto blando y cálido. Tras un tiempo
contemplando la incalificable masa de carne que permanecía inmóvil, Tokiko no
pudo evitar que un violento temblor sacudiese todo su cuerpo ante ese profundo
horror de una calidad nunca experimentada en su vida.
Sin ningún género de duda, lo que estaba allí acostado era un ser vivo. Poseía
unos pulmones y también un estómago. Pero, a pesar de todo, no podía ver nada. No
podía escuchar sonido alguno. No podía pronunciar palabra alguna. Carecía de manos
para agarrar las cosas y de piernas para levantarse. Para él, el mundo era la quietud
eterna, el silencio inquebrantable y la oscuridad sin límite. ¿Quién hubiera podido
imaginar hasta ahora un mundo de terror como este? ¿A qué se podría comparar el
estado de ánimo de aquel que viviera en dicho mundo? Seguramente desearía gritar
con todas sus fuerzas pidiendo socorro. Por muy difusas que fuesen las formas, le
gustaría poder distinguir algo; por muy leve que fuese el sonido, le gustaría poder
escuchar algo; desearía poder arrimarse a algo o poder agarrar algo. Sin embargo,
cualquiera de estas cosas resultaba imposible para él. Era el infierno. El infierno.
De pronto, Tokiko rompió a llorar sonoramente. Luego, abrumada por el
irremediable pecado cometido y por la inconsolable tristeza, sollozando como una
niña, le empujó el deseo de ver a alguien, a alguien que tuviera una apariencia normal
y, dejando abandonado a su miserable esposo, salió a toda prisa hacia la casa
principal donde vivían los Washio.
El general Washio escuchó en silencio la larga y a ratos casi incomprensible
confesión que la mujer narraba entre arcadas y gemidos. Sorprendido ante la nada
usual índole del asunto, guardó silencio durante un tiempo. Finalmente, con
expresión irritada, dijo:
—Antes que nada, vayamos a ver al teniente Sunaga.
Dado que ya había caído la noche, prepararon una lamparilla de mano para el
anciano. Mientras caminaban entre las sombras de la maleza, cada uno de ellos iba

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sumido en sus propios pensamientos, y de esa manera llegaron en silencio hasta la
apartada casita.
—Aquí no hay nadie. ¿Cómo es esto? —exclamó sorprendido el anciano que, por
caminar delante, había llegado antes al segundo piso.
—No, no. Tiene que estar allí, metido en el lecho.
Tokiko pasó delante del anciano y miró bajo el futón donde antes se hallaba
acostado su esposo. Sin embargo, se encontró con algo realmente chocante. El
ocupante del lecho se había marchado.
—Pero…
Incapaz de decir nada más, Tokiko quedó allí en pie, paralizada de asombro.
Tras unos momentos de silencio, como haciendo una sugerencia, el anciano dijo:
—Con un cuerpo como el suyo, no creo que pueda haber salido de la casa.
Deberíamos probar a buscar por el interior.
Entre los dos miraron por todos los rincones, tanto del segundo piso, como del
primero. Sin embargo, no solo no encontraron ni rastro del inválido por ninguna
parte, sino que, en lugar de eso, descubrieron algo estremecedor.
—¿Eh? ¿Qué puede significar esto? —exclamó Tokiko mirando fijamente un
punto de la viga de madera junto a la cabecera del lecho del inválido.
Allí, escrito a lápiz, con unos trazos difíciles de entender, como si se tratase de la
travesura de un niño, podían distinguirse a duras penas las sílabas «Per-do-no».
Cuando por fin Tokiko desentrañó que estaba escrita la palabra «Perdono», tuvo
la repentina impresión de comprender todo lo sucedido. El inválido, arrastrando ese
cuerpo que apenas podía mover, debió buscar con la boca el lápiz colocado sobre la
mesa y, con un esfuerzo increíble para su condición, consiguió dejar escritas esas tres
sílabas.
—A lo mejor se ha suicidado…
Con el semblante pálido y los labios temblorosos, contempló nerviosa el rostro
del anciano mientras susurraba.
Comunicaron el incidente a la casa de los Washio y acudieron varios empleados
de servicio con lamparillas de mano que se reunieron en la desatendida zona de jardín
que se extendía entre el edificio principal y la aparrada casita.
Acto seguido, se separaron para comenzar a recorrer el jardín, buscando entre las
tinieblas de la noche.
Mientras abrazaba un espantoso presentimiento, Tokiko iba detrás del anciano
Washio, caminando gracias a la tenue luz de la lamparilla que él sostenía. En aquella
viga de madera estaba escrito «Perdono». Sin duda, se trataba de la respuesta a ese
«Perdóname» que antes había escrito ella sobre el pecho del inválido. Lo que él había
querido decir era: «Voy a morir. Pero no porque esté enfadado por lo que hiciste.
Puedes estar tranquila».
Esta magnanimidad le provocó un dolor aún más lacerante en el corazón. Al
pensar que aquel inválido sin brazos ni piernas, incapaz de bajar correctamente las

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escaleras, tenía que haber ido dejándose caer de escalón en escalón, se le erizó todo el
vello del cuerpo en una mezcla de espanto y tristeza.
Tras andar un tiempo, tuvo una ocurrencia repentina. Y le susurró al anciano:
—Un poco más adelante había un pozo antiguo, ¿no?
El viejo general se limitó a asentir con un sonido nasal y avanzó en dirección al
mismo.
La luz de la lamparilla apenas alcanzaba a iluminar con su difuso resplandor un
par de metros a la redonda de aquella vasta negrura.
—El antiguo pozo estaba por aquí…
Hablando para sí mismo, el viejo Washio alzaba la lamparilla en torno a sí,
intentando que la luz alcanzase lo más lejos posible. En ese momento, asaltada por un
súbito presentimiento, Tokiko se detuvo. Aguzando el oído, en alguna parte se
escuchó un sonido suave, como el de una serpiente abriéndose paso veloz entre los
hierbajos.
Tanto el anciano como ella divisaron el objeto a un tiempo. Era de esperar en ella,
pero también el viejo general quedó clavado en el sitio, inmóvil de espanto.
En la penumbra, justo en el umbral que alcanzaba la débil luz de la lamparilla y
medio oculto por La maleza, se retorcía lentamente un bulto oscuro. Como si tratara
de un tipo ominoso de reptil, el objeto alzaba de tanto en tanto la cabeza en una figura
similar a la de una hoz y luego permanecía unos instantes apuntando al frente. A
continuación, en silencio, sacudía el cuerpo como una ola, y agitaba los cuatro
muñones removiendo la tierra, y aun cuando el cuerpo apenas podía responder al
extremo impulso que intentaba aplicar, conseguía avanzar unos centímetros.
Finalmente, esa cabeza que se alzaba periódicamente formando una hoz,
descendió de golpe y desapareció de la vista. Un instante después, se escuchó con un
ruido mucho más violento que antes el roce de un objeto contra la maleza y el cuerpo
entero quedó cabeza abajo, deslizándose de golpe hacia el interior de la tierra como si
tirasen de él, perdiéndose de vista por completo. Luego, procedente de las
profundidades de la tierra, se oyó un golpe sordo y el ruido de un chapoteo.
Asomando entre los hierbajos, se vislumbró la abierta boca del pozo antiguo.
Pero aunque apareciera ante la vista de ambos, ninguno de los dos encontró el
ánimo suficiente para apresurarse hacia allí y, más bien con una sensación de alivio,
permanecieron allí inmóviles durante largo tiempo.
Fue realmente extraño pero, durante un instante de esos sobrecogedores
momentos, Tokiko tuvo la visión de una oruga que, en la oscuridad de la noche, se
arrastraba por una ramita y, al llegar al extremo, debido al peso de su torpe cuerpo, se
precipitaba a un vacío negro y sin fondo.

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Clark Ashton Smith

Si hay un título fundamental y fundacional en el cine de horror moderno (esto es sólo


una estúpida manera de empezar un párrafo, por supuesto), éste bien podría ser Alien,
el octavo pasajero (Alien. Ridley Scott, 1979), en el sentido de que recuperó y
reinventó la fusión y confusión de terror y ciencia ficción, que acompaña al género al
menos desde la primera aparición de la Criatura de Frankenstein, en 1818,
conduciéndola a un nuevo terreno de horror cósmico, efectos especiales de última
generación, verosimilitud en el tratamiento de personajes y situaciones y capacidad
mitopoética para crear un icono del terror a la par que una nueva franquicia, que con
los años el propio Ridley Scott se encargaría de llevar hasta el límite de lo soportable
con Prometheus (2012) y Alien Covenant (2017), en las cuales, pese a todos sus
defectos, sigue reconociéndose cierta inteligencia y gracia originales, que, por cierro,
se deben en buena medida a sus débitos con la literatura pulp, el cine de Serie B y los
clásicos de la ciencia ficción.
Las influencias detrás de Alien, tanto literarias como cinematográficas e incluso
de otros tipos —desde las teorías de Erich von Däniken hasta el feminismo—, han
sido abundantemente estudiadas y reconocidas, y muchos son los que encuentran en
el relato que incluimos a continuación una de sus fuentes más directas. En efecto, en
“Las criptas de Yoh-Vombis”, del poeta, escultor, traductor, escritor y maestro de lo
macabro, Clark Ashton Smith (1893 1961), publicado por Weird Tales en su número
de mayo de 1932, se reconocen no sólo ideas generales o efectos atmosféricos que se
rastrean también en la película escrita por Dan O’Bannon, sino, de hecho, al menos
dos episodios trasladados casi literalmente al filme (ojo: spoiler): el significativo
momento en que los arqueólogos protagonistas, descendiendo por las criptas malditas
de una antigua ciudad marciana, se tropiezan con la momia de un visitante anterior,
que muestra sospechosos rasgos de haber sido víctima de algo monstruoso y
mortífero; y aquel otro en que son atacados por primera vez por lo que parece ser una
suerte de sanguijuelas viscosas y parasitarias, que se aferran a la cabeza y el rostro de
SUS involuntarios huéspedes, de la misma forma en que lo hará mucho más tarde el
embrión Alien al salir del pegajoso huevo diseñado por H. R. Giger. Por supuesto,
puede dudarse de si realmente los creadores de la película conocían la historia de
Ashton Smith o estamos ante una serie de casualidades propias de hozar en las
mismas pantanosas aguas del género pulp, inconscientemente deglutido y asimilado
por el imaginario colectivo. En el caso de Scott estoy casi seguro al cien por cien de
que no debía conocerla en absoluto… Pero, por supuesto, no me atrevería a decir lo
mismo de Dan O’Bannon, verdadero padre de la criatura, fan y amante del genero, e
incluso del propio Giger, artista fascinado por Lovecraft, quien también podía haber
leído perfectamente la obra de quien fuera uno de los miembros más eminentes del

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Círculo Lovecraftiano, a cuyos Mitos contribuyó con numerosos y brillantes cuentos.
Si ciertamente, como veremos más adelante, Alien no surgió ni mucho menos de una
sola idea o historia concreta, “Las criptas de Yoh-Vombis” se cuenta entre una de sus
más que probables fuentes de inspiración.
Pero, además, los escasos e impactantes relatos marcianos escritos por Clark
Ashton Smith no remiten sólo al universo Alien, sino que con su tratamiento
ominoso, siniestro y trágico de las antiguas culturas y criaturas pobladoras del planeta
rojo, que tanto juego diera a la vieja y buena ciencia ficción, posiblemente influyera
también en algunos de los cuentos de las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, así
como, directa o indirectamente, en esa magnífica e incomprendida película de horror,
acción y ciencia ficción que es Fantasmas de Marte de John Carpenter (Ghosts of
Mars, 2001), que recuperaba el genuino Sense of Wonder del pulp clásico y el cine de
exploitation de los años 80, pasando de efectos digitales y tonterías pretenciosas. Por
otra parte, Clark Ashton Smith fue y sigue siendo un maestro de la fantasía oscura,
decadente y macabra, por lo que hemos aprovechado también la ocasión para
presentar aquí la versión original de su relato, que escribiera hacia 1931, pero que
sufriera varios cambios y recortes en su publicación, debidos a la intervención del
editor de Weird Tales, Farnsworth Wright, quien obligó al autor a reducir su extensión
en unas dos mil palabras y a trasladar su prefacio al final del cuento, en forma de
epílogo, todo ello para desmayo y disgusto de éste, quien lo comentó amargamente en
alguna de sus cartas a Lovecraft. Afortunadamente, el manuscrito acabaría cayendo
en manos de Robert H. Barlow, aunque por desgracia no pasara después a formar
parte de la extensa colección de originales de Smith conservada por la Universidad de
Brown, sino que fuera posteriormente subastado y comprado por un coleccionista
privado. Sólo gracias a la labor de Steve Behrends, biógrafo y estudioso de Clark
Ashton Smith, vería finalmente la luz esta primera, más larga y atmosférica versión
de “Las criptas de Yoh-Vombis”, que puede leerse en su idioma original en la
excelente web consagrada al escritor:
http://www.eldritchdark.com/
Que sepamos, ésta es la primera vez que se publica en nuestro país el relato tal y
como lo concibiera Smith, sin sospechar, por supuesto, que casi medio siglo después
“Las criptas de Yoh-Vombis” contribuiría decisivamente a la creación de uno de los
más influyentes títulos del cine de horror moderno, seguido por incontables secuelas,
imitaciones y copias, en muchas de las cuales se respira también, de una u otra forma,
la misma arcana atmósfera envenenada, polvorienta y tóxica de aquel Marte pulposo
y pulp que algunos preferiremos siempre al de Kim Stanley Robinson o Andy Weir.

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LAS CRIPTAS DE YOH-VOMBIS[1]

PREFACIO

Como interno del hospital territorial de Ignarh, me hice cargo del singular caso de
Rodney Severn, el único arqueólogo superviviente de la Octava Expedición a Yoh-
Vombis, y anoté la siguiente historia a su dictado. Severn había sido trasladado al
hospital por los guías marcianos de la expedición. Sufría horribles laceraciones e
hinchazones en el cuero cabelludo y la frente, parte del tiempo se mostraba
violentamente delirante y debía ser atado a su cama durante los ataques recurrentes de
una manía cuya violencia era doblemente inexplicable a la vista de su estado físico de
extrema debilidad.
Las laceraciones, como se descubrirá en la historia que sigue, fueron
principalmente las que el propio paciente se infligió. Estaban mezcladas con
numerosas heridas pequeñas y redondas, que se distinguían fácilmente de los cortes
de navaja; estos últimos estaban situados en círculos regulares y a través de ellos
había sido inoculado un veneno desconocida en el cuero cabelludo de Severn. La
causa de estas heridas resulta difícil de explicar, a menos que uno crea la historia de
Severn y no piense que fue un mero producto de su enfermedad. Desde mi punto de
vista y a la luz de los sucesos que tuvieron lugar después, creo que no me queda más
remedio que creer su historia. Hay extrañas criaturas en el planeta rojo y sólo puedo
secundar el deseo expresado por el malogrado arqueólogo con relación a futuras
exploraciones.
La noche posterior a que terminara de dictarme su historia, mientras otro médico
estaba supuestamente de guardia, Severn logró escapar del hospital, sin duda en uno
de esos extraños ataques a los que ya me he referido antes: algo realmente
extraordinario, porque en esos momentos parecía más débil que nunca después del
prolongado esfuerzo que realizó para dictarme su terrible historia, y se esperaba que
muriera en cuestión de horas. Y lo que resultaba aún más sorprendente es que se
encontraron las huellas de sus pies descalzos en el desierto, en dirección a Yoh-
Vombis, hasta desvanecerse en el aire tras el paso de una ligera tormenta de arena,
pero hasta el momento no se ha encontrado ningún rastro del propio Severn.

LA NARRACIÓN DE RODNEY SEVERN

Si los doctores no se equivocan en su diagnóstico, me quedan sólo unas pocas horas


marcianas de vida. En estas horas me dedicaré a relatar, como advertencia a otros que
pudieran seguir nuestros pasos, los singulares y terribles acontecimientos que
acabaron con nuestras investigaciones en las ruinas de Yoh-Vombis. De alguna
manera, incluso en mis circunstancias extremas, me esforzaré por relatar la historia,

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ya que no queda nadie más que pueda hacerlo. Pero la narración será ardua y
accidentada y, cuando haya acabado, la locura retornará y varios hombres me atarán
para evitar que abandone el hospital y regrese, tras recorrer muchas leguas por el
desierto, a esas criptas abominables, sometido por la compulsión del virus maligno y
malicioso que inunda mi cerebro. Quizás la muerte me libere de un control tan
horrible que me arrastra hasta las madrigueras del inframundo insondable de terror
del que no existe analogía en los planetas más cuerdos del sistema solar. Y digo que,
tal vez… por recordar lo que he visto, no estoy seguro de que la muerte acabe con
mis ataduras…
Eramos ocho, todos arqueólogos profesionales con más o menos experiencia
terráquea e interplanetaria, y partimos con guías nativos desde Ignarh, la metrópolis
comercial de Marte, para inspeccionar aquella antigua ciudad desierta desde hacía
eones. Allan Octave, nuestro líder oficial, ostentaba su liderazgo por saber más sobre
arqueología marciana que ningún otro terrícola en el planeta, y otros del grupo, como
William Harper y Jonas Halgren, habían colaborado con él en muchas de sus
anteriores investigaciones. Yo, Rodney Severn, era el nuevo en la expedición, pues
había pasado tan sólo unos meses en Marte y la mayor parte de mis experiencias
ultraterrenas se habían limitado al planeta Venus.
Había oído hablar con frecuencia de Yoh-Vombis de forma vaga y en tono de
leyenda, pero nunca de primera mano. Incluso el omnipresente Octave jamás la había
visto. Construida por un pueblo extinguido cuya historia se había perdido en las
últimas eras de decadencia del planeta, sigue siendo uno de los enigmas más oscuros
y fascinantes, cuya solución jamás ha sido abordada… y que, creo firmemente, podría
permanecer para siempre sin resolver por el hombre. Ciertamente, espero que nadie
siga nuestros pasos…
Al contrario de la impresión que nos habíamos hecho a partir de las historias de
los marcianos, encontramos aquellas ruinas semifabulosas a no mucha distancia de
Ignarh, con su colonia y consulados terrestres. Los aihais, desnudos y de torsos
fornidos, habían intentado disuadirnos hablándonos de los vastos desiertos sacudidos
por incesantes tormentas de arena que debíamos atravesar para llegar a Yoh-Vombis
y, a pesar de nuestras generosas ofertas de pago, resultó difícil contratar guías para el
viaje. Nos habíamos aprovisionado abundantemente y habíamos previsto cualquier
tipo de emergencia que pudiera acontecer durante un largo viaje. Por lo tanto, nos
sorprendimos, tanto como nos alegramos, cuando llegamos a las ruinas tras siete
horas de avance lento y pesado por la llana desolación amarilla y sin árboles que se
extendía al suroeste de Ignarh. Gracias a la menor gravedad, el viaje resultó mucho
menos cansado de lo que un recién llegado a Marte, pudiera pensar. Pero, debido al
aire ligero, como el del Himalaya, y el posible esfuerzo al que podrían verse
sometidos nuestros corazones, tuvimos la precaución de no apresurarnos.
La llegada a Yoh-Vombis fue repentina y espectacular. Después de escalar la
suave pendiente de una legua de largo de roca desnuda y profundamente erosionada,

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pudimos contemplar los muros derruidos de nuestro destino, cuya torre más alta hacía
una muesca en el pequeño y remoto sol que brillaba con un sofocante carmesí por
entre la bruma de fina arena en suspensión. En un principio pensamos que las torres
de tres ángulos sin cúpulas y los monolitos derruidos pertenecían a alguna ciudad
olvidada diferente a la que buscábamos. Pero la disposición de las ruinas, que estaban
situadas formando una especie de arco que ocupaba casi toda la legua de longitud de
una baja meseta gnéisica de piedra viva erosionada, junto al tipo de arquitectura, nos
convencieron de que habíamos dado con nuestro objetivo. Ninguna otra ciudad
antigua de Marte había sido diseñada de aquella manera y los extraños contrafuertes a
distintos niveles, como las escaleras de la olvidada Anakim, eran característicos
únicamente de la prehistórica raza que construyó Yoh-Vombis. Además, Yoh-Vombis
era el único ejemplo existente de este tipo de arquitectura, a excepción de algunos
fragmentos por los alrededores de Ignarh, que ya habíamos examinado previamente.
Yo mismo he contemplado las vetustas paredes del Machu Picchu que retan a los
cielos en medio de los desolados Andes, y los teocallis enterrados en las junglas
mexicanas. Y he visto las almenas congeladas construidas por gigantes de Uogam en
las tundras glaciales del hemisferio nocturno de Venus. Pero éstas eran cosas de
antaño, que al menos eran recordadas o transmitían algo de vida en comparación con
la asombrosa y mortífera antigüedad, la maldición de eras de una esterilidad
petrificada que parecía investir a la ciudad de Yoh-Vombis. Toda aquella región se
hallaba muy alejada de los canales usuales de vida más allá de los cuales raras veces
se encuentra ni tan siquiera la flora y fauna más ponzoñosas; de hecho, no habíamos
visto ningún ser vivo desde que partimos de Ignarh. Pero allí, en aquel confín de
esterilidad petrificada, de eterno vacío y soledad, daba la impresión de que jamás
hubiera podido existir vida. Las rocas desnudas y erosionadas eran objetos que bien
podrían haber sido erigidos con el esfuerzo de los muertos para albergar a los gules y
los demonios de la desolación primigenia.
Creo que todos tuvimos la misma impresión allí de pie, en silencio, mientras el
pálido ocaso se derramaba como pus sobre las oscuras ruinas megalíticas. Recuerdo
que aspiré levemente un aire que parecía haber sido tocado por el irrespirable helor
de la muerte, y escuché la misma esforzada inhalación por parte de otros de nuestro
grupo.
—Este lugar está más muerto que una morgue egipcia —comentó Harper.
—Sin duda, es bastante más antiguo —asintió Octave—. Según las leyendas más
fiables, los yorhis, que construyeron Yoh-Vombis, quedaron borrados de la faz de la
tierra por la actual raza reinante hace al menos unos cuarenta mil años.
—¿No existe una historia —dijo Harper— en la que se afirma que los últimos
yorhis fueron destruidos por la intervención de alguna fuerza desconocida… algo
demasiado horrible y estrafalario para ser mencionado ni tan siquiera en un mito?
—Por supuesto, he oído esa leyenda —asintió Octave—. Tal vez podamos
encontrar pistas entre las ruinas para confirmarla o refutarla. Es posible que los yorhis

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se extinguieran por alguna terrible epidemia, como la peste de Yashta, que era una
especie de moho verde que corroía los huesos del cuerpo, comenzando por los dientes
y las uñas. Pero nosotros no debemos preocuparnos por contraer la enfermedad, si es
que hay alguna momia en Yoh-Vombis… Las bacterias estarán ya tan muertas como
sus víctimas, después de tantas eras de desertización planetaria. De todas formas, sin
duda encontraremos muchas cosas que nos ayudarán a saber. Los aihais siempre han
rehuido el lugar. Muy pocos lo han visitado, y por lo que he podido averiguar
ninguno ha realizado una exploración exhaustiva de las ruinas.
El sol se había puesto con inusitada rapidez, como si hubiera desaparecido por
algún truco de prestidigitación en lugar de dibujar la parábola habitual del ocaso.
Sentimos el frío instantáneo del crepúsculo azul verdoso, y el éter sobre nuestras
cabezas era como una enorme cúpula transparente de hielo sin sol, iluminada por un
millón de débiles destellos que eran las estrellas. Nos pusimos los abrigos y los
cascos de piel marciana, cuyo uso siempre es necesario de noche y, tras continuar
hacia el oeste de las murallas, montamos el campamento a sus pies para estar
parcialmente cobijados del jaar, el cruel viento desértico que siempre sopla desde el
este antes del amanecer. A continuación, encendimos las lámparas de alcohol que
habíamos llevado para cocinar y nos apiñamos a su alrededor mientras se cocinaba la
comida y cenábamos,
Después, más por comodidad que por cansancio, nos retiramos pronto a nuestros
sacos de dormir y los dos aihais, nuestros guías, se envolvieron como en una mortaja
entre los pliegues de paño de bassa, que es la única protección que sus curtidas pieles
parecen necesitar incluso a temperaturas bajo cero.
A pesar de mi grueso saco con doble forro, seguía sintiendo los rigores del aire
nocturno, y estoy seguro de que fue eso, y no otra cosa, lo que me mantuvo despierto
durante largo rato y lo que provocó que mi sueño fuera un tanto inquieto e
intermitente cuando por fin caí dormido. Por supuesto, lo extraño de nuestra situación
y la inquietante proximidad de las murallas y torres de eones de antigüedad podrían
haber contribuido a mi dificultad en conciliar el sueño. En cualquier caso, no me
turbaba ni el más leve presentimiento de alarma o peligro y me habría reído ante la
idea de que algo peligroso pudiera estar acechándonos en Yoh-Vombis, entre cuyas
antigüedades inimaginables e increíbles hasta los fantasmas de sus muertos debían de
haberse esfumado desde hacía bastante tiempo.
Sin embargo, apenas recuerdo algo más que esa sensación del lento transcurrir del
tiempo que por lo general se tiene durante un sueño superficial e intermitente.
Recuerdo el sobrecogedor viento que gemía sobre nuestras cabezas hacia medianoche
y la arena que me aguijoneaba el rostro como fino granizo, flotando desde un desierto
inmemorial a otro, y también recuerdo las estrellas inmóviles e inflexibles que se
apagaron tenuemente durante un tiempo según pasaba ese antiguo polvo en
suspensión. Entonces, el viento amainó y debí de adormilarme de nuevo, con lapsos
de duermevela entremedias. Por fin, en uno de esos momentos, percibí vagamente

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que las pequeñas lunas gemelas, Phobos y Deimos, habían salido y arrojaban
enormes y alargadas sombras sobre las torres sin cúpula; sombras que casi tocaban
las brillantes formas embozadas de mis compañeros.
Debí de quedarme medio dormido, porque el recuerdo que tengo de lo que vi es
tan vago como suelen serlo los sueños. A través de los párpados entrecerrados
contemplé las diminutas lunas que coronaban ahora las torres triangulares sin cúpula,
y también observé las alargadas sombras que casi tocaban los cuerpos de mis
compañeros arqueólogos.
Toda la escena estaba envuelta en una quietud pétrea y ninguno de los durmientes
se movía. Entonces, cuando estaba a punto de cerrar los párpados, me pareció
detectar un movimiento en la helada oscuridad y tuve la impresión de que una
porción de la oscuridad se había desgajado y se arrastraba hacia Octave, que estaba
tumbado más cerca de las ruinas que el resto.
A pesar de mi profundo letargo, me asaltó la sensación de la presencia de algo
antinatural y, tal vez, de mal agüero. Me incorporé un poco en el suelo y, al moverme,
el objeto sombrío, fuera lo que fuese, se retiró y volvió a fundirse de nuevo con la
oscuridad principal. Su desvanecimiento hizo que me despertara del todo y, sin
embargo, no podía estar seguro de haber visto algo. En aquel fugaz y último vistazo
me había parecido un trozo vagamente circular de tela o cuero, oscuro y arrugado, y
de unas diez o doce pulgadas de diámetro, que se desplazaba rápidamente a ras de
suelo con el movimiento ondulante de una oruga, plegándose y desplegándose de una
forma sorprendente.
No volví a dormirme hasta casi una hora más tarde, y si no hubiera sido por el
frío extremo sin duda me habría levantado para investigar y asegurarme de si había
contemplado en realidad un objeto de tan extraña naturaleza o simplemente lo había
soñado. Me quedé tumbado observando la profunda sombra de ébano en la que
aquello había desaparecido, mientras que por mi mente fueron desfilando una serie de
increíbles cuestiones. Incluso en esos momentos, a pesar de estar un tanto turbado, no
sentía ningún miedo ni amenaza posible. Poco a poco, fui convenciéndome de que
aquella cosa era demasiado improbable y fantástica para ser algo más que el producto
de una pesadilla. Por fin, me dejé envolver en un sueño ligero.
Me despertó el frío aliento demoniaco del jaar que arremetía contra las
irregulares murallas y vi que la débil luz de la luna se desvanecía ahora ante la
incolora ascensión de un temprano amanecer. Nos levantamos y preparamos el
desayuno con los dedos entumecidos, a pesar de las lámparas de alcohol. A
continuación, temblorosos, comimos mientras el sol se asomaba por el horizonte
como la bola de un malabarista. Enormes, adustas y sin diferentes grados de
penumbra o luminosidad, las ruinas se abrían ante nosotros en aquella luz escasa
como mausoleos de gigantes primigenios, dominados por la oscuridad, que esperan
desde hace eones para contemplar el último amanecer de un planeta agonizante.

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Mi extraña experiencia visual durante la noche había adquirido una irrealidad
fantasmagórica; no le dediqué más que un pensamiento fugaz y no hablé de ello con
el resto. Pero, al igual que las sombras distorsionadas de los sueños con frecuencia
tiñen las horas de vigilia, mi sueño podría haber contribuido al indescriptible estado
de ánimo en el que me encontraba; un estado en el que sentía el extrañamiento
inhumano de nuestros alrededores y la negra e insondable antigüedad de las ruinas
como una opresión casi insoportable. La sensación parecía estar compuesta de un
millón de aflicciones que rezumaban invisibles pero palpables de aquella arquitectura
sobrenatural, y que pesaban sobre mí como íncubos nacidos en una tumba, aunque
carecían de una forma y un significado que pudiera ser comprendido por el
pensamiento humano. Me parecía que me movía no al aire libre, sino en la sofocante
penumbra de las criptas sepulcrales selladas, para ahogarme en una atmósfera
fraguada por la muerte y con los miasmas de una corrupción de eones de antigüedad.
Mis compañeros estaban ansiosos por explorar las ruinas y, por supuesto, me
resultaba imposible tan siquiera mencionar las aparentemente absurdas sombras sin
fundamento que atormentaban mi espíritu. Los seres humanos en otros mundos
distintos al propio con frecuencia padecen síntomas nerviosos o psíquicos de este
tipo, generados por fuerzas desconocidas, las nuevas radiaciones de su entorno. Pero,
a medida que nos acercábamos a las ruinas para llevar a cabo una investigación
preliminar, fui quedándome rezagado, presa de un pánico paralizante que me impedía
moverme o respirar durante unos instantes.
Una sensación húmeda y pegajosa se apoderó de mi cerebro y mis músculos y
dejó suspendido su funcionamiento interno. Al cabo de un rato aquella sensación
desapareció y quedé liberado para continuar y seguir a mis compañeros.
Nos extrañó que los dos marcianos rehusaran acompañarnos. Impasibles y
taciturnos, no nos dieron ninguna explicación, pero era evidente que nada los
convencería de adentrarse en Yoh-Vombis. No pudimos determinar si estaban o no
asustados de las ruinas: sus enigmáticos rostros, con los pequeños ojos oblicuos y
enormes y anchas fosas nasales, no mostraban miedo ni ninguna otra emoción que un
humano pudiera comprender. En respuesta a nuestras preguntas, se limitaron a decir
que ningún aihai había puesto jamás un pie en las ruinas durante siglos,
Aparentemente, existía algún misterioso tabú sobre aquel lugar.
Como equipamiento para aquella exploración preliminar sólo nos llevamos una
palanca y dos picos. El resto de las herramientas y algunos cartuchos de explosivos
de alta potencia quedaron en el campamento para usados más adelante si fuera
necesario una vez explorado el terreno. Uno o dos de nosotros teníamos armas
automáticas, pero también las dejamos en el campamento; parecía absurdo imaginar
que pudiéramos encontrar algún tipo de vida entre las ruinas.
Octave estaba visiblemente nervioso cuando comenzamos la exploración y
mantenía una chachara febril repleta de comentarios enfáticos. Los demás nos
mostrábamos contenidos y en silencio, y creo que mis propios sentimientos, en cierta

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medida, también eran compartidos por el resto. Era imposible sacudirse el siniestro
sobrecogimiento y asombro que nos producían aquellas piedras megalíticas.
No tengo tiempo para describir minuciosamente las ruinas y debo apresurarme
con mi narración. En cualquier caso, hay demasiadas cosas que no podría describir,
porque la zona principal de, la ciudad estaba destinada a permanecer inexplorada.
Continuamos avanzando un trecho entre los edificios triangulares con terrazas,
siguiendo las enrevesadas calles que serpenteaban entre aquella peculiar arquitectura.
La mayoría de las torres estaban en un estado más o menos ruinoso y por todas partes
se observaba la profunda erosión causada por incontables estaciones de viento y
arena, las cuales, en muchos casos, habían llegado a redondear las esquinas en otro
tiempo rectas de los poderosos muros. Entramos en algunas de las torres por altas y
estrechas entradas, pero sólo hallamos un completo vacío en el interior. Cualquier
mobiliario que hubieran contenido debió de deshacerse en polvo mucho tiempo atrás,
y ese polvo ya había sido dispersado por los escrutadores vendavales del desierto. En
algunas de las paredes exteriores había rastros de grabados o inscripciones, pero
estaban tan desgastadas y abandonadas por el tiempo que sólo pudimos descifrar
vagamente unos cuantos fragmentos, de los cuales no era posible sacar ninguna
conclusión.
Finalmente llegamos a un barrio amplio que acababa en el muro de una vasta
terraza de varios cientos de yardas de largo por unas cuarenta yardas de alto, sobre la
cual los edificios centrales estaban agrupados en una especie de ciudadela o
acrópolis. Un tramo de escalones devorados por el paso del tiempo, diseñados para
extremidades más largas que las de los humanos, o incluso de los desgarbados
marcianos modernos, daba acceso a la cima toscamente tallada en la propia meseta.
Paramos y decidimos aplazar nuestra investigación de los edificios más altos, los
cuales, al estar más expuestos que los otros, se encontraban en un estado de ruina y
decadencia mayor y con toda probabilidad poco podían ofrecernos como recompensa
a nuestros esfuerzos. Octave había comenzado a expresar su decepción al no
encontrar objetos como artefactos o estatuas que arrojaran alguna luz sobre la historia
de Yoh-Vombis.
Entonces, un poco a la derecha de la escalera, detectamos una entrada en el muro
principal que se hallaba parcialmente oculta bajo antiguos desechos. Tras el montón
de detritus, encontramos el comienzo de un tramo de escalera que descendía. La
oscuridad salió a raudales de la abertura, maloliente y mohosa, junto a los efluvios
estancados de una putrefacción primigenia; no pudimos distinguir nada más allá de
los primeros escalones, que daban la sensación de estar suspendidos sobre un negro
abismo.
Octave, yo mismo y unos cuantos más llevábamos linternas eléctricas por si
necesitábamos utilizarlas durante nuestras exploraciones. Pensábamos que podría
haber criptas o catacumbas subterráneas en Yoh-Vombis, al igual que existen en las
ciudades actuales de Marte, que con frecuencia son más extensas bajo tierra que

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sobre la superficie. Tales criptas eran el lugar donde con mayor probabilidad
podríamos encontrar vestigios de la civilización yorhi.
Tras lanzar el haz de luz hacia el abismo, Octave empezó a bajar las escaleras.
Con voz impaciente nos pidió que le siguiéramos.
De nuevo, durante unos segundos, el pánico irracional a lo desconocido congeló
mis sentidos y vacilé mientras los que marchaban a mis espaldas me empujaban en su
avance. Entonces, como sucedió antes, el terror pasó y volví a preguntarme cómo era
posible que me venciera algo tan absurdo e infundado. Seguí a Octave escaleras abajo
y el resto desfilaba tras de mí.
A los pies de los altos e incómodos escalones nos encontramos con una larga y
espaciosa cámara, como un vestíbulo subterráneo. El suelo tenía una profunda capa
de polvo inmemorial y en algunos lugares había montones de polvo gris, como el que
podría dejar la descomposición de ciertos hongos que crecen en las catacumbas
marcianas bajo los canales. Tales hongos, en otro tiempo, posiblemente existieron en
Yoh-Vombis, pero debido a la prolongada y excesiva deshidratación debieron de
extinguirse mucho tiempo atrás. Sin duda, nada, ni siquiera un hongo, podría haber
sobrevivido en aquellas áridas criptas con el transcurso de los eones.
El aire parecía singularmente pesado, como si el velo protector de una atmósfera
de otra época, menos benigna que la de Marte hoy, se hubiera instalado y
permanecido en aquella oscuridad estancada. Resultaba más difícil respirar allí que
en el exterior; el aire estaba lleno de ignotos efluvios y un fino polvo ascendía ante
nosotros a cada paso, difundiendo una vaharada de corrupción añeja, como polvo de
momias polvorientas.
Al final de la cámara, frente a una entrada estrecha y alta, nuestras linternas
revelaron una inmensa urna plana o plato apoyado sobre unas patas cortas cuadradas
talladas en un material mate de color negro verdoso que sugería alguna extraña
aleación de metal y porcelana. El objeto medía unos cuatro pies de lado a lado, con
un grueso borde adornado con figuras retorcidas indescifrables y profundamente
grabadas como con ácido. En el fondo vimos un depósito de fragmentos oscuros
semejantes a cenizas que desprendían un débil pero desagradable olor acre, como el
fantasma de un olor más poderoso. Octave se inclinó sobre el borde y se puso a toser
y estornudar tras inhalarlo.
—Esa sustancia, fuera lo que fuera, debió de emplearse como un fumigante
bastante fuerte —comentó—. Los habitantes de Yoh-Vombis tal vez la usaban para
desinfectar las criptas.
El umbral que se abría más allá de la urna plana nos condujo a otra estancia más
grande, cuyo suelo estaba por comparación bastante limpio de polvo. Vimos que la
piedra oscura bajo nuestros pies estaba marcada con dibujos geométricos multiformes
grabados con mineral ocre, entre los cuales, como en los carruchos egipcios, se
incluían jeroglíficos y dibujos sumamente estilizados. Poco pudimos interpretar de la
mayoría de aquellos dibujos, pero las figuras que aparecían en muchos de ellos sin

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duda habían sido diseñadas para representar a los propios yorhis. Al igual que los
aihais, eran altos y angulosos, con enormes torsos como fuelles, y se les representaba
con un tercer brazo adicional que brotaba del pecho: una característica que, de forma
rudimentaria, en ocasiones ocurre entre los aihais. Las orejas y las fosas nasales, por
lo que pudimos juzgar, no eran tan grandes y anchas como las de los marcianos
modernos. A todos los yorhis se les había dibujado desnudos; pero en uno de los
cartuchos, realizado en un estilo mucho más descuidado que los otros, vimos dos
figuras cuyos cráneos alargados y cónicos estaban envueltos en lo que parecía ser una
especie de turbante que estaban a punto de quitarse o ajustarse. El artista parecía
haber puesto un énfasis especial en el extraño gesto con el que los cuatro sinuosos
dedos palmeados tiraban de aquellos tocados, y las figuras se hallaban en una postura
inexplicablemente contorsionada.
De la segunda cripta partían pasillos en todas direcciones que conducían a un
verdadero laberinto de catacumbas. Allí, enormes urnas panzudas del mismo material
que la urna de fumigación, pero más altas que un hombre y con capones rematados
con asas angulares, estaban colocadas en solemnes hileras junto a las paredes,
dejando apenas espacio para que dos personas recorrieran hombro con hombro la
estancia. Cuando logramos retirar uno de los enormes tapones, vimos que la urna
estaba llena hasta los bordes de cenizas y fragmentos carbonizados de huesos. Sin
duda (como todavía sigue siendo costumbre en Marte), los yorhis habían almacenado
los restos incinerados de familias enteras en urnas separadas.
Incluso Octave se quedó callado a medida que avanzábamos, y una especie de
sobrecogimiento introspectivo pareció reemplazar a su anterior excitación. Los
demás, creo, habíamos quedado reducidos a un solo hombre, envueltos por la densa
penumbra de una antigüedad que desafiaba cualquier concepción del tiempo, en la
que parecía que nos íbamos sumergiendo a cada paso que dábamos.
Las sombras se agitaban frente a nosotros como las monstruosas y contrahechas
alas de murciélagos fantasmagóricos. Por los rincones tan sólo se veía el polvo
atomizado de los siglos y las urnas que contenían las cenizas de un pueblo extinguido
hacía mucho tiempo. Pero, colgando del techo de una de las criptas más alejadas, vi
una masa oscura y ondulada con forma circular, como un hongo marchito. Estaba
demasiado alta para poder tocarla y nos quedamos observándola y haciendo diversas
e inútiles conjeturas. Extrañamente, no recordé en ese momento el objeto ondulado y
oscuro que había visto o soñado la noche anterior.
No tengo ni idea de cuánta distancia habíamos recorrido cuando llegamos a la
última cripta, pero teníamos la impresión de haber estado andando durante siglos por
aquel submundo olvidado. El aire se hacía cada vez más hediondo e irrespirable, con
una espesa nota de humedad, como si procediera de un sedimento de putrefacción
material y decidimos dar media vuelta. Entonces, sin previo aviso, al final de una
larga catacumba repleta de urnas, nos encontramos frente a frente con una pared
desnuda.

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Allí realizamos uno de nuestros descubrimientos más extraños y desconcertantes:
una figura momificada e increíblemente disecada, erecta y apoyada contra la pared.
Medía más de siete pies, era de un color marrón bituminoso y estaba totalmente
desnuda a excepción de una especie de capucha negra que cubría la parte superior de
la cabeza y caía por ambos lados en pliegues arrugados. Por los tres brazos y el
contorno general, se trataba claramente de uno de los antiguos yorhis… tal vez el
único miembro de aquella raza cuyo cuerpo había permanecido intacto.
Sentimos un inefable estremecimiento al contemplar la tremenda antigüedad de
aquella cosa apergaminada que, en el seco aire de la cripta, había resistido a través de
todas las vicisitudes históricas y geológicas del planeta para proporcionarnos un nexo
visible con eras inmemoriales.
Entonces, al contemplar la figura más atentamente con las linternas, vimos por
qué la momia había logrado mantenerse en posición erecta. Sus tobillos, rodillas,
cintura, hombros y cuello estaban sujetos a la pared con gruesos grilletes, tan
profundamente erosionados y oscurecidos por una especie de óxido que no los
habíamos detectado a primera vista entre las sombras. La extraña caperuza de la
cabeza, tras examinarla más detenidamente, seguía dejándonos perplejos. Estaba
cubierta con una fina capa mohosa, sucia y polvorienta como telarañas vetustas. Algo
en aquel objeto, no sé el qué, resultaba aborrecible y nauseabundo.
—¡Por Júpiter! ¡Esto sí que es un descubrimiento! —exclamó Octave al tiempo
que lanzaba la luz de la linterna hacia el rostro momificado, en el que las sombras se
movieron como criaturas vivas por las vacías cuencas de los ojos, por las enormes
fosas nasales triples y las amplias orejas puntiagudas que sobresalían bajo la capucha.
Con la linterna aún en alto, extendió el brazo que tenía libre y tocó el cuerpo muy
suavemente. A pesar de que fue un toque tímido, la parte inferior del torso abombado,
las piernas, las manos y los antebrazos se deshicieron en polvo, dejando tan sólo la
cabeza y la parte superior del cuerpo y brazos colgando de sus grilletes metálicos. La
evolución de la putrefacción había sido extrañamente desigual, porque el resto del
cuerpo no mostró signo alguno de desintegración.
Octave dejó escapar un grito de consternación y luego comenzó a toser y
estornudar cuando lo envolvió la nube de polvo marión que flotaba con liviana
ligereza. Los demás nos echamos hacia atrás para evitar el polvo. Entonces, por
encima de la nube en expansión, contempló algo increíble. La capucha negra que
cubría la cabeza de la momia comenzó a enrollarse y sacudir las esquinas hacia
arriba, se retorció con un movimiento verminoso y se desprendió del cráneo
marchito, dando la impresión de plegarse y desplegarse convulsamente en el aire al
caer. A continuación, se posó sobre la cabeza desnuda de Octave, quien,
desconcertado ante la momia deshecha, se había quedado de pie cerca de la pared. En
ese instante, en un ataque de profundo terror, recordé la cosa que se había separado
de las sombras de Yoh-Vombis, bajo la luz de las lunas gemelas, y que desapareció
como el producto de un sueño en cuanto me moví.

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Cerrándose con fuerza como un pañuelo ceñido, aquella cosa envolvió el cabello,
las cejas y los ojos de Octave y este gritó violentamente profiriendo incoherentes
súplicas de ayuda; tiró de la capucha con dedos crispados, pero no logró desprenderse
de ella. Luego sus gritos se transformaron en un demente crescendo de agonía, como
si estuviera siendo sometido a algún tipo de tortura infernal; bailoteaba y brincaba
ciego por la cripta, eludiéndonos con inusitada velocidad cuando nos abalanzamos
hacia él en un esfuerzo por cogerlo y liberarlo de aquel extraño estorbo. Todo el
suceso resultaba perturbador como una pesadilla, pero la cosa que había caído sobre
su cabeza era alguna forma desconocida de vida marciana, la cual, negando todas las
leyes conocidas de la ciencia, había logrado sobrevivir en aquellas catacumbas
primigenias. Debíamos rescatar a Octave, de sus garras si podíamos.
Intentamos rodear la figura convulsa de nuestro jefe… que en el reducido espacio
entre las últimas urnas y la pared debería haber sido una empresa bastante sencilla.
Pero, alejándose como una exhalación de una manera inexplicable, puesto que sus
ojos estaban tapados, nos sorteó y corrió hasta desaparecer entre las urnas hacia el
laberinto exterior de catacumbas cruzadas.
¡Dios mío! ¿Qué le ha ocurrido? —gritó Harper—. El hombre se comporta como
si estuviera poseído.
Obviamente no había tiempo para debatir sobre aquel enigma y seguimos a
Octave tan rápido como nuestra perplejidad nos lo permitió. Le habíamos perdido de
vista en la oscuridad y cuando llegamos a la primera bifurcación de las criptas
dudamos sobre qué pasillo habría tomado hasta que escuchamos un agudo alarido,
que se repitió varias veces, en una catacumba en el extremo izquierdo. Aquellos
gritos poseían una aguda y sobrenatural cualidad, que podría deberse al aire
estancado durante siglos o a la peculiar acústica de las cavernas que se ramificaban,
Pero en cierta manera no podía imaginar que aquellos alaridos fueran proferidos por
labios humanos… al menos, no por los de un hombre vivo. Parecían contener una
agonía mecánica y sin alma, como si hubieran sido proferidos por un cadáver
manipulado por un demonio.
Apuntando las linternas unos pasos por delante hacia las acechantes y huidizas
sombras, corrimos entre hileras de imponentes urnas. Los gritos se habían
desvanecido en un silencio sepulcral, pero a lo lejos escuchamos el ligero y
amortiguado golpeteo de unos pasos a la carrera. Los seguimos de inmediato, pero,
jadeando dolorosamente en aquella atmósfera viciada y llena de miasmas, pronto nos
vimos obligados a reducir la marcha sin que todavía tuviéramos a Octave a la vista.
Muy débilmente y más lejos que nunca, como los pasos de un fantasma engullidos
por las rumbas, escuchamos sus pisadas que se perdían en la lejanía. Luego cesaron y
no escuchamos nada más, a excepción de nuestra propia respiración agitada y la
sangre que palpitaba en nuestras sienes como tambores golpeados rítmicamente.
Continuamos avanzando, tras dividir el grupo en tres contingentes, cuando
llegamos a un triple cruce de cavernas. Harper, Halgren y yo tomamos el pasaje

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central y, después de buscar durante un tiempo interminable sin encontrar ningún
rastro de Octave y haber recorrido los cuartos abarrotados hasta el techo de colosales
urnas que debían de contener las cenizas de cientos de generaciones, regresamos a la
amplia estancia de los dibujos geométricos en el suelo. Allí se nos unieron los otros,
que tampoco habían logrado localizar a nuestro líder desaparecido.
Sería inútil detallar nuestra renovada búsqueda de una hora a través de la miríada
de criptas, muchas de las cuales no habían sido exploradas hasta entonces. En
ninguna de ellas había signo alguno de vida. Recuerdo haber pasado una vez más por
la cripta en la que habíamos visto la oscura mancha en el techo y que comprobé con
estremecimiento que la mancha había desaparecido. Fue un milagro que no nos
perdiéramos en aquel laberinto subterráneo, pero al fin regresamos al Final de la
catacumba, en la que habíamos encontrado a la momia con grilletes.
Escuchamos un repiqueteo rítmico y recurrente a medida que nos acercábamos al
lugar… un sonido sumamente alarmante y desconcertante en aquellas circunstancias.
Era como el martilleo de demonios necrófagos en algún mausoleo olvidado. Cuando
nos acercamos más, los haces de las linternas nos revelaron una visión que fue tan
inexplicable como inesperada. Una figura humana que nos daba la espalda, con la
cabeza oculta bajo un hinchado objeto negro del tamaño y forma de un cojín, estaba
de pie cerca de los restos de la momia y golpeaba la pared con una barra metálica
acabada en punta. No sabíamos cuánto tiempo llevaba Octave allí, ni dónde había
encontrado aquella barra. Pero la pared desnuda se había desmoronado por sus
furiosos golpes, dejando en el suelo una pila de fragmentos de cemento… y una
pequeña y angosta puerta, hecha del mismo ignoro material que las urnas cinerarias y
la tuna de fumigación, había quedado al descubierto.
Asombrados, vacilantes, inefablemente perplejos, perdimos nuestra capacidad de
acción y voluntad en ese momento. Todo el asunto era demasiado fantástico y
demasiado espantoso, y estaba claro que Octave había sucumbido a algún tipo de
locura. Yo, por mi parte, sentí el violento regüeldo de una náusea repentina cuando
identifiqué la cosa repugnantemente hinchada que cubría la cabeza de Octave y se
derramaba con obscena viscosidad sobre su cuello. No me atreví a conjeturar sobre
las causas de aquella hinchazón.
Antes de que ninguno de nosotros pudiera recobrar del todo sus facultades,
Octave tiró la barra metálica a un lado y se puso a rebuscar algo en la pared. Debía de
ser algún mecanismo escondido, aunque cómo conocía su posición o existencia era
algo sobre lo que tan sólo podemos hacer suposiciones. Con un desagradable chirrido
sordo, la puerta descubierta se abrió hacia dentro, gruesa y pesada como una losa de
mausoleo, dejando una abertura de la que parecía brotar una medianoche infernal,
como una riada de suciedad enterrada hacía eones. Por algún motivo, en ese instante
nuestras linternas parpadearon y perdieron intensidad y todos respiramos un hedor
sofocante, como una ráfaga procedente de mundos interiores de inmemorial
putrescencia.

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Ahora, Octave se había dado la vuelta hacia nosotros y permanecía en una postura
inerte ante la puerta abierta, como alguien que ya ha finalizado la tarea encomendada.
Yo fui el primero del grupo en sacudirme aquel hechizo paralizante, así que saqué
una navaja —el único objeto que llevaba que se asemejara a un arma— y me
abalancé hacia él. Octave se echó hacia atrás, pero no lo suficientemente rápido para
esquivarme, y entonces apuñalé con la hoja de cuatro pulgadas la negra y tumescente
masa que le envolvía la parte superior de la cabeza y colgaba sobre sus ojos.
Preferí no imaginarme qué era esa cosa… si es que era posible imaginársela. Era
informe como una sanguijuela gigante, sin cabeza ni cola ni ningún órgano visible…
una sucia, hinchada y correosa criatura, recubierta con el fino pelaje mohoso que ya
he descrito antes. La navaja lo penetró como si fuera un pergamino podrido,
produciendo un largo corte, y aquella abominación pareció reventar como una vejiga
pinchada. De aquella grieta comenzó a manar un nauseabundo torrente de sangre
humana, mezclado con oscuras masas filiformes, que bien podrían haber sido
cabellos a medio disolver, y trozos gelatinosos flotantes como huesos molidos y
jirones de una grumosa sustancia blanca. Al mismo tiempo, Octave comenzó a
tambalearse y se derrumbó cuan largo era sobre el suelo. Debido a la caída, el polvo
de momia se elevó a su alrededor en volutas, bajo las cuales el hombre yació
mortalmente inmóvil.
Sobreponiéndome a la repulsión que sentía y ahogándome con el polvo, me
incliné sobre él y arranqué el horror flácido y purulento de su cabeza. Se desprendió
con sorprendente facilidad, como si hubiera apartado un trapo inerte, pero aún me
arrepiento de haberlo hecho.
Debajo ya no había un cráneo humano, pues la mayor parte, hasta las cejas, había
sido devorada y el cerebro estaba al aire y parcialmente devorado cuando levanté el
objeto con forma de capucha. Lancé la criatura innombrable y sentí que los dedos se
me quedaban repentinamente laxos, y la cosa cayó boca arriba, revelando en la parte
inferior muchas hileras de succionadores rosáceos colocados en círculos alrededor de
un disco pálido cubierto con filamentos similares a terminaciones nerviosas,
sugiriendo la forma de algún tipo de plexo.
Mis compañeros se habían apiñado a mis espaldas; pero, durante un intervalo
considerable, nadie habló.
—¿Cuánto tiempo piensas que lleva muerto?
Fue Halgren quien susurró aquella terrible pregunta, que todos nos habíamos
estado haciendo.
Aparentemente, nadie se sentía capaz o con ánimo de responderla y nos limitamos
a mirar a Octave con una horrible fascinación intemporal.
Por fin, hice un esfuerzo por apartar la vista; tras echar una rápida mirada vi los
restos de la momia con grilletes y por primera vez detecté con un terror irreal e
instintivo que la cabeza marchita también había sido devorada parcialmente. De allí,
mis ojos se desviaron hacia la puerta recién abierta a un lado, sin percibir durante

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unos segundos lo que había atraído mi atención. Paralizado por el horror, contemplé a
la luz de mi linterna, lejos de la puerta y a un nivel inferior, como en un foso infernal,
un multitudinario bullir de sombras reptantes. Parecían hervir en la oscuridad y,
entonces, por el grueso umbral de la cripta, brotó la vanguardia vermiforme de un
ejército incontable: criaturas de la misma especie que la monstruosa y diabólica
sanguijuela que había arrancado de la cabeza carcomida de Octave. Algunas eran
delgadas y planas, romo discos de tela o cuero que se retorcían y doblaban; otras más
o menos rechonchas, reptaban con embotada lentitud. No llego a adivinar de qué se
habían estado alimentando en aquella eterna y sellada medianoche… y rezo por no
saberlo nunca.
Retrocedí de un salto alejándome de aquellas cosas, enervado por el terror,
enfermo de asco, y el negro ejército manaba infinitamente con una rapidez de
pesadilla del abismo profanado, como el nauseabundo vómito de infiernos ahitos de
horror. Al derramarse hacia nosotros, tras enterrar totalmente el cuerpo de Octave
bajo una ola serpenteante y temblorosa, percibí mi hálito de vida en la criatura
aparentemente muerta que yo mismo había lanzado a un lado y vi el funesto esfuerzo
que hacía para enderezarse y unirse a las otras.
Pero ni mis compañeros ni yo pudimos soportar mirar por más tiempo. Nos dimos
la vuelta y corrimos entre las imponentes hileras de urnas mientras la escurridiza
masa de sanguijuelas demoniacas nos pisaba los talones; nos dispersamos, invadidos
por un pánico ciego cuando llegamos a la primera bifurcación de criptas. Haciendo
caso omiso de los demás o de cualquier otra cosa que no fuera la urgencia de la
huida, nos abalanzamos al azar por las ramificaciones de pasillos. A mis espaldas
escuché a alguien tropezarse y caer dejando escapar una maldición que aumentó hasta
un alarido demente; pero yo sabía que si me detenía y retrocedía sólo serviría para
arriesgarme a correr el mismo negro destino que habían corrido los más rezagados del
grupo.
Agarrando firmemente la linterna y con la navaja abierta, corrí por un pasillo
secundario que, según creía recordar, conducía más o menos directamente a la gran
cripta exterior con el suelo pintado. Allí me encontré a solas. Los otros habían
continuado por el camino de las catacumbas principales y en la lejanía escuché la
amortiguada algarabía de unos gritos dementes, como si varios de los hombres
hubieran sido atrapados por sus perseguidores.
Al parecer, me había equivocado al calcular la dirección del pasadizo, porque los
giros y revueltas no me resultaban familiares, con tantas intersecciones, y pronto
concluí que me había perdido en el negro laberinto, donde el polvo había
permanecido sin ser pisado por pies vivos durante incontables generaciones. La
madriguera cineraria se había quedado en silencio una vez más y, entonces, escuché
mi propio jadeo frenético, fuerte y ronco como el de un Titán en el silencio mortal.
De repente, mientras avanzaba, mi linterna reveló una figura humana que se
aproximaba hacia mí en la oscuridad. Antes de que pudiera reprimir mi sorpresa, la

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figura pasó junto a mí con largas zancadas maquinales, como si regresara a las criptas
interiores. Creo que era Harper, ya que la altura y complexión eran semejantes a las
suyas; pero no estoy totalmente seguro, porque los ojos y la parte superior de la
cabeza estaban ocultos bajo una oscura capucha inflada y los pálidos labios estaban
sellados en un silencio de tetánico sufrimiento… o muerte. Quienquiera que fuera,
había dejado caer su linterna y corría cegado en total oscuridad, impulsado por aquel
vampirismo sobrenatural, para buscar la mismísima fuente del horror desatado. Supe
que ya no había nada humanamente posible que pudiera hacer para ayudarle y ni
siquiera se me pasó por la cabeza intentar detenerlo.
Temblando violentamente, retomé la huida y volvieron a pasar por mi lado dos
hombres más del grupo, marchando con una velocidad y determinación maquinales y
encapuchados con aquellas sanguijuelas del infierno. Los otros debían de haber
regresado por los corredores principales, porque no los encontré… y nunca más los
volví a ver.
El resto de mi huida es una nebulosa de terror caótico. Una vez más, creyendo
que me encontraba ya cerca de la caverna exterior, me extravié y corrí atravesando
una hilera eterna de urnas monstruosas, en criptas que debían de extenderse hasta una
distancia desconocida más allá de lo que habíamos explorado. Tenía la impresión de
que llevaba años caminando y mis pulmones se ahogaban con aquel aire muerto hace
eones; entonces, cuando mis piernas estaban a punto de derrumbarse bajo mi peso, vi
en la lejanía un diminuto punto de bendita luz diurna. Corrí hacia allí, mientras todos
los horrores de la aberrante oscuridad se agolpaban a mis espaldas y sombras
execrables revoloteaban delante de mí y vi que la cripta acababa en una entrada baja
y ruinosa, cubierta de cascotes sobre los que se derramaba un arco de tenue luz solar.
Era una entrada distinta a la que habíamos utilizado para penetrar en aquel
submundo pernicioso. Me encontraba a unos doce pies de la apertura cuando, sin
producir ningún sonido ni ningún otro aviso, algo cayó sobre mi cabeza desde el
techo, cegándome instantáneamente y ciñéndose a mi alrededor como una tensa red.
Mi frente y cuero cabelludo, a un mismo tiempo, fueron atravesados por un millón de
pinchazos… y padecí una agonía múltiple que parecía atravesar hasta el mismo hueso
y converger desde todas las direcciones en el interior de mi cerebro.
El terror y el sufrimiento de aquel momento fueron peores que cualquier cosa que
pudieran contener los delirantes y dementes infiernos terrestres. Sentí la fétida y
vampírica garra de una muerte arroz… y algo más que la muerte.
Creo que dejé caer la linterna, pero los dedos de mi mano derecha todavía
sujetaban la navaja abierta. Instintivamente, ya que era casi incapaz de. mantener una
voluntad consciente, alcé la navaja y la hundí Ciegamente, una y otra vez,, muchas
veces, contra la cosa que había cerrado sus pliegues mortales sobre mí. La hoja debió
de atravesar una y otra vez aquella pegajosa aberración, porque corté mi propia carne
en una docena de sirios, pero apenas sentía el dolor de aquellas heridas, al estar
poseído por los tormentos de un millón de punzadas.

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Por fin vi la luz y noté que una banda negra se apartaba de mis ojos y goteaba con
mi propia sangre pendiendo del cuello. La abominación se retorció levemente,
todavía colgando y la arranqué, y me arranqué los restos que quedaban de aquella
cosa, trozo a trozo rezumante y sanguinolento, de la frente y la cabeza. Luego me
dirigí tambaleante hacia la entrada y la lánguida luz se convirtió en una penetrante
llama lejana y danzante cuando me abalancé hacia ella y caí fuera de la caverna; una
llama que se dio a la fuga como la última estrella de la creación sobre el enorme y
deslizante caos y olvido en los que quedé sumido…

Me contaron que mi periodo de inconsciencia fue breve. Recobré el sentido y lo


primero que vi fueron los crípticos rostros de los dos guías marcianos inclinados
sobre mí. Mi cabeza estaba llena de dolores lacerantes y terrores parcialmente
recordados que envolvían mi mente como sombras de arpías en congregación. Rodé
sobre la espalda y miré atrás, hacia la boca de la caverna, de la que los marcianos,
tras encontrarme, me habían separado un buen trecho. La boca estaba bajo la terraza
de un edificio y a la vista desde nuestro campamento.
Contemplé aquel agujero negro con una horrible fascinación y detecté un sombrío
movimiento en la penumbra… el movimiento espasmódico y verminoso de cosas que
se abalanzaban hacia delante desde la oscuridad, pero no emergieron a la luz. Sin
duda, aquellas criaturas de noche ultraterrena y podredumbre sellada no soportaban la
luz del sol desde hacía siglos.
Y fue entonces cuando el horror definitivo, el comienzo de la locura, se apoderó
de mí. En medio de mi reptante repulsión, de mi deseo furioso de huir de la entrada
en ebullición de aquella caverna, brotó el detestable impulso opuesto de regresar, de
recorrer de nuevo aquellas catacumbas, como habían hecho los otros; de bajar a
donde ningún hombre jamás excepto nosotros, inconcebiblemente condenados y
malditos, había bajado; de someterme a aquella maldita compulsión y buscar un
mundo infernal que el pensamiento humano jamás podría llegar a imaginar. Había
una luz negra, una llamada silenciosa, en las criptas de mi cerebro: el reclamo
implantado de la Cosa, como un veneno penetrante y mágico. Me atraía hacia la
puerta subterránea que había sido ocultada por las moribundas gentes de Yoh-
Vombis, para enclaustrar aquellas sanguijuelas infernales e inmortales, aquellos
oscuros parásitos que injertan sus propias vidas abominables en los cerebros medio
carcomidos de los muertos. Me llamaba hacia las profundidades del más allá, donde
habitan los fétidos Nigromantes, de quienes las sanguijuelas, con todos sus poderes
diabólicos de vampirismo, no son más que simples subalternas…
No regresé a la cueva gracias a los dos aihais. Forcejeé y luché con ellos como un
demente mientras se empeñaban en inmovilizarme con sus fornidos brazos; pero
probablemente estaba exhausto por las aventuras sobrehumanas que había
experimentado aquel día y volví a sumirme una vez más en un vacío insondable, del

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que despertaba tras largos intervalos para descubrir que estaba siendo transportado
por el desierto hacia Ignarh.

Bueno, esta es mi historia. He intentado contarla en su totalidad y de forma


coherente, a pesar de que pueda resultar inverosímil para los cuerdos… He querido
contarla antes de sumirme de nuevo en la locura, como ocurrirá muy pronto: como
está ocurriendo ahora… Sí, he contado mi historia… y tú lo has anotado todo,
¿verdad? Ahora debo regresar a Yoh-Vombis… atravesar el desierto, bajar y recorrer
las catacumbas hasta las criptas más amplias del nivel inferior. Hay algo en mi
cerebro que me ordena y me conducirá… De verdad, debo marchar…

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Howard Phillips Lovecraft

Tras el éxito de crítica y público de Re-Animator, quedó abierta la veda de Lovecraft,


un nombre que hasta entonces había sido prácticamente veneno para el cine y que
apenas en alguna ocasión, durante los años 60 y primeros 70, había intentado ser
adaptado a la pantalla con éxito siempre irregular, pese a algún título francamente
rescatable como la psicodélica Terror en Dunwich (The Dunwich Horror. Daniel
Haller, 1970). A partir de mediados de los 80, sin embargo, el perfeccionamiento de
los efectos especiales y la mayor tolerancia hacia lo violento, repulsivo y revulsivo
desarrollada por un público educado en el gore, parecían dar carta blanca a la
pretensión de trasladar el universo lovecraftiano a imágenes en movimiento, y los
primeros en aprovechar esta situación no fueron otros que prácticamente los mismos
que habían adaptado cinematográficamente las macabras hazañas de Herbert West.
Así fue como llegó apenas un año más tarde Re-Sonator (From Beyond), imaginativo
título español para From Beyond (Stuart Gordon, 1986), filme basado en el relato del
mismo nombre escrito por Lovecraft en 1920, pero que no sería publicado hasta 1931
en la revista de aficionados The Fantasy Fan, en su número de junio.
Contando con los dos protagonistas principales de su anterior éxito, la guapa
Barbara Crampton y el inquietante Jeffrey Combs, repitiendo su papel de científico
obsesivo y obsesionado, si bien abundan en Re-Sonator también las criaturas
grotescas, el gore y el humor negro, el tono de la película es algo más digamos
dramático e inquietante, siguiendo de nuevo con bastante fidelidad el relato original
aunque, lógicamente, alargándolo con nuevos personajes y subtramas. Sobre todo, se
hace notorio el afán de Gordon y Yuzna por remitirse ahora a un Lovecraft más
terrorífico, cósmico y metafísico, quizá como respuesta a las críticas recibidas por los
fans del escritor, muchos de los cuales habían rechazado Re-Animator como un
insulto a la memoria del Maestro, demostrando una vez más que el amante del género
puede ser a menudo su peor enemigo, en relación directa con su demasiado habitual
carencia de sentido del humor y distancia. En cualquier caso, la verdad es que algo
consiguieron, pues si por una parte la película no tuvo el mismo éxito e impacto
popular que su anterior incursión lovecraftiana, sí que fue recibida con mayor
entusiasmo por los seguidores del escritor, al tiempo que su buena factura y
resultados demostraban que un realidad ya era perfectamente posible para el cine de
horror moderno atreverse con HPL y su mundo.
Y eso fue precisamente lo que hizo a lo largo de la segunda mirad de la década de
los 80, siguiendo así hasta hoy mismo, con mayor o menor éxito y mejores o peores
resultados. Yuzna y Gordon, aunque no pudieron llevar a término su soñada
adaptación de “La sombra sobre Innsmouth”, sí volverían a reunirse bajo pabellón
español para la divertida y resultona Dagon, la secta del mar (Dagon. Stuart Gordon,

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2001), que combinaba elementos del relato que le daba título y de, precisamente, “La
sombra sobre Innsmouth”, aparte de ser la última película interpretada por Francisco
Rabal. Anteriormente, ya el propio Gordon había dirigido nuevamente a Combs y
Barbara Crampton en la eficaz Castle Freak (1995), inspirada en el cuento “El
extraño”. Otras producciones lovecraftianas en absoluto carentes de interés serían El
innombrable (The Unnamable. Jean-Paul Ouellette, 1988), primera de una cada vez
más mediocre franquicia; el filme de episodios Necronomicon (Christopher Gans,
Shûsuke Kaneko, Brian Yuzna, 1993); Hemoglobina (Bleeders. Peter Svatek, 1997),
inspirada en “El miedo que acecha”; las curiosidades retro La llamada de Cthulhu
(The Call of Cthulhu. Andrew Leman, 2005) y The Whisperer in Darkness (Sean
Branney, 2011), ambas producidas por la HP Lovecraft Historical Society, las
delirantes producciones del italiano Ivan Zuccon e incluso la bilogía española de La
herencia Valdemar (José Luis Alemán, 2010). Por supuesto, hay para todos los gustos
y disgustos, y los amantes del escritor y sus criaturas arcanas procedentes de más allá
del espacio y el tiempo siguen esperando, desde hace oscuros eones, la gran
superproducción lovecraftiana, esa versión de En las montañas de la locura que
nadie deja rodar a Guillermo del Toro, porque —¡agárrense que vienen curvas!— la
historia acaba mal.
Visto lo visto, Re-Sonator y el resto de adaptaciones debidas a Stuart Gordon y
sus amigos Brian Yuzna y Dennis Paoli, son de lo mejorcito y más memorable, si
bien el relato original, ejemplo específico de la modernidad lovecraftiana que tanto
impacta hoy en los filósofos del Realismo Especulativo, ha sido citado también como
una de las fuentes de inspiración del curioso filme de horror conspiranoico Banshee
Chapter (Blair Erickson, 2013), mientras el canadiense Martin Villeneuve —hermano
de Denis—, artista de cómic en la tradición de Métal Hurlant, director de la
apreciable Mars et Avril (2012), basada en su propia serie de álbumes de ciencia
ficción, y amigo de dibujantes como François Schuiten, anuncia una nueva versión
que estaría ya en fase de preproducción. Ïa Ïa Cthulhu fhtang nang!!!!

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DEL MÁS ALLÁ[1]

Terrible, más allá de rodo extremo, fue el cambio que tuvo lugar en Crawford
Tillinghast, mi mejor amigo. No le había visto desde aquel día —dos meses y medio
antes— en el que me explicó hacia dónde estaban encaminadas sus investigaciones
orgánicas y metafísicas. Entonces respondió a mis temerosas y casi aterrorizadas
recomendaciones echándome de su laboratorio y de su casa en un estallido de
fanática ira. Luego he sabido que, a partir de ese momento, permaneció la mayor
parte del tiempo encerrado en el laboratorio del ático con aquel maldito mecanismo
eléctrico, apenas sin comer y prohibiendo la entrada a los criados; jamás habría
pensado que ese corto periodo de diez semanas pudiera alterar y desfigurar de tal
manera a cualquier criatura humana. No resulta muy agradable ver cómo un hombre
robusto adelgaza repentinamente, y aún menos que su piel se ponga grisácea y
amarillenta, que se le hundan las cuencas oculares y se llenen de ojeras, a pesar de
que emitan un extraño fulgor, que la frente se le llene de arrugas y venas abultadas, y
que le tiemblen y se le crispen las manos. Y si a eso se le añade una repugnante falta
de asco, una desidia absoluta a la hora de vestir, una enmarañada y negra cabellera
poblada de canas en la base, y una barba descuidada y blanca sobre un rostro antaño
siempre bien afeitado, el efecto general resulta escandaloso. Pero ése era el aspecto
de Crawford Tillinghast la noche en que llamé a su puerta tras recibir su incoherente
mensaje, después de varias semanas de exilio; ése fue el espectro tambaleante que me
hizo pasar, con una vela en la mano, mientras me miraba furtivamente por encima del
hombro, como si temiera la aparición de unos seres invisibles en el interior de aquella
casa vetusta y solitaria que se levantaba en Benevolent Street.
Fue un error que Crawford Tillinghast se dedicara al estudio de la ciencia y la
filosofía. Esas materias deberían estar reservadas al investigador frío e impersonal, ya
que ofrecen dos caminos igualmente trágicos al hombre sensible y de acción; la
desesperación si fracasa en sus estudios, y el espanto más inaudito e inimaginable si
triunfa, Tillinghast ya había sido víctima del fracaso, de la soledad y la melancolía;
pero ahora comprendí, con un terror nauseabundo, que había alcanzado el éxito.
Desde luego, se lo había advertido diez semanas antes, cuando me soltó de golpe la
historia de lo que creía estar a punto de descubrir. Entonces estaba muy nervioso y
excitado, y hablaba a gritos y de forma poco natural, aunque siempre con voz
pedante.
—¿Qué sabemos nosotros —había dicho— del mundo y del universo que nos
rodea? Nuestros medios para captar información resultan absurdamente escasos, y
nuestra noción de los objetos que nos circundan infinitamente estrecha. Sólo vemos
las cosas de acuerdo a los órganos con que las percibimos, y nos resulta imposible
formarnos una idea de su naturaleza absoluta. Pretendemos abarcar el cosmos

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complejo e infinito por medio de cinco débiles sentidos, cuando otras existencias
dotadas de una serie de sentidos más amplios, poderosos o diferentes, no sólo podrían
ver cosas totalmente distintas de las que nosotros percibimos, sino que también serían
capaces de estudiar y descubrir mundos enteros llenos de materia, energía y vida que
se hallan en contacto con nosotros, aunque resultan inaccesibles a los sentidos de los
que actualmente disponemos. Siempre he creído que esos mundos extraños e
inalcanzables se encuentran muy cerca de nosotros, y ahora estoy seguro de haber
encontrado un medio para traspasar la barrera. No bromeo. Dentro de veinticuatro
horas, esa máquina que hay cerca de la mesa generará ondas que actuarán sobre
ciertos órganos sensoriales que habitan en nuestro interior en un estado rudimentario
y de atrofia. Esas ondas nos descubrirán numerosas perspectivas desconocidas para el
hombre, algunas de las cuales están completamente ignoradas por todo lo que
nosotros consideramos vida orgánica. Contemplaremos lo que hace aullar a los perros
durante la noche, y descubriremos por qué los gatos enderezan las orejas atentos
después de las doce. Veremos todas esas cosas, y muchas otras que ningún ser vivo
ha sido capaz de advertir hasta ahora. Traspasaremos el espacio, el tiempo y las
dimensiones, y sin desplazamiento corporal alguno nos asomaremos al borde de la
creación.
Cuando Tillinghast dijo todas estas cosas, yo protesté acaloradamente, pues le
conocía lo suficiente para sentirme más asustado que divertido; pero era un fanático y
me hizo salir de su casa. Ahora no se mostraba menos fanático, pero sus deseos de
hablar habían vencido a sus resentimientos, y me había escrito imperiosamente con
una letra que apenas podía reconocer. Mientras accedía a la morada del amigo tan
súbitamente transformado en una especie de gárgola temblorosa, me sentí contagiado
por el terror que parecía acechar detrás de las sombras. Las palabras y afirmaciones
manifestadas diez semanas antes parecían tomar cuerpo en la oscuridad que se cernía
alrededor del círculo de luz de la vela, y me estremecí al escuchar la voz cavernosa y
excitada de mi anfitrión. Deseé que los criados estuvieran cerca, y no me agradó que
me dijera que lo habían abandonado tres días antes. Resultaba extraño que, cuando
menos el viejo Gregory, hubiese dejado a su señor sin habérselo comunicado a un
amigo fiel como yo. Fue él quien me mantuvo informado de todo lo relacionado con
Tillinghast desde que éste me echara sin contemplaciones de su casa.
Sin embargo, no tardé en subordinar todos mis miedos a la progresiva curiosidad
y fascinación que me envolvía. Tan sólo podía hacer conjeturas de por qué Crawford
Tillinghast me había hecho llamar, pero no dudaba en absoluto de que tenía algún
secreto prodigioso o descubrimiento que compartir. Antaño había censurado sus
anormales indagaciones de lo extraordinario, pero ahora que evidentemente había
logrado tener éxito, de una u otra manera, casi participaba de su estado de ánimo,
aunque el coste de esa victoria parecía en verdad terrible. Fui tras él escaleras arriba
en medio de la oscuridad de su caserón, siguiendo la llama vacilante de la vela que
sostenía la mano de aquella temblorosa parodia de hombre. Al parecer, la electricidad

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estaba desconectada, y, al preguntárselo a mi guía, me explicó que era por un motivo
concreto.
—Sería demasiado… No me atrevería —siguió murmurando.
Observé especialmente el nuevo hábito que había adquirido de susurrar siempre,
ya que jamás solía hablar consigo mismo. Entramos en el laboratorio del ático y
contemple aquel detestable mecanismo eléctrico que relucía con una enfermiza y
siniestra luminosidad violera. Estaba conectado a una potente batería química,
aunque no parecía recibir ningún tipo de corriente, porque recordaba que, en su fase
experimental, chispeaba y zumbaba al estar en funcionamiento. En respuesta a mi
pregunta, Tillinghast murmuró que aquel resplandor perpetuo no era eléctrico en el
sentido que yo lo entendía.
A continuación me hizo sentar cerca de la máquina, de manera que quedaba a mi
derecha, y conectó un interruptor que se encontraba debajo de una maraña de
bombillas. De inmediato comenzaron los acostumbrados chisporroteos, que más tarde
se convinieron en runruneas, hasta que, al fin, tan sólo hubo tina especie de zumbido
tenue que parecía volver a dar paso al silencio. Entretanto, la luminosidad había
aumentado, disminuido otra vez, y adquirido una pálida y extraña coloración (o
mezcla de colores) que yo no podría situar ni describir. Tillinghast había estado
observándome, y se percató de mi expresión de asombro.
—¿Sabes qué es eso? —susurró—. ¡Son rayos ultravioleta! —ante mi sorpresa,
rió entre dientes de una forma extraña—. Tú creías que eran invisibles, y así es…
pero ahora puedes verlos, al igual que otras muchas cosas invisibles.
»¡Escucha! Las ondas de ese aparato están despertando miles de sentidos
aletargados latentes en nosotros; sentidos que hemos heredado durante los evos de
evolución que han transcurrido entre el estado de unos simples electrones inconexos
hasta su posterior desarrollo en organismos humanos. Yo he visto la verdad, y
pretendo enseñártela. ¿Te gustaría saber cómo es? Pues te lo diré —aquí Tillinghast
se sentó frente a mí, apagó la vela de un soplo y me miró directamente a los ojos—.
Los órganos sensoriales de los que dispones, creo que los oídos en primer lugar,
captarán muchas de las impresiones, pues se hallan estrechamente conectados con los
órganos adormecidos. Luego lo harán otros. ¿Has oído algo acerca de la glándula
pineal? Me río de la superficial ciencia endocrinológica, en la que se sustentan los
falsos y advenedizos freudianos. Esa glándula es el mayor órgano sensorial… yo lo
he descubierto. Es como la visión final, y transmite estampas visuales al cerebro. Si
eres un sujeto normal, ésa es la manera en la que debes captarlo casi todo… me
refiero a captar casi toda la esencia del más allá.
Miré la enorme habitación del ático, con su inclinada pared meridional, iluminada
apenas por los rayos habitualmente invisibles a los ojos ordinarios. Las esquinas más
alejadas se hallaban sumidas en sombras, y toda la estancia había adoptado una
brumosa irrealidad que oscurecía su naturaleza e invitaba a la imaginación a ver
extraños símbolos y fantasmas. Durante el intervalo que Tillinghast permaneció en

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silencio, me imaginé en medio de un templo inmenso e increíble dedicado a unos
dioses tiempo atrás desaparecidos, un edificio nebuloso de innumerables columnas de
piedra negra que se erguían sobre un pavimento de losas húmedas y ascendían a unas
alturas vaporosas más allá de mi campo de visión. La estampa resultó muy real
durante un rato, pero poco a poco fue dando paso a una representación más terrible:
la de la soledad más absoluta y profunda en un espacio infinito carente de sonidos y
visiones. Era como un vacío, nada más, y sentí un miedo infantil que me impulsó a
sacar del bolsillo trasero del pantalón el revólver que siempre llevo por las noches
desde que me asaltaron en East Providence. Luego, de los rincones más apartados, el
sonido fue cobrando suavemente realidad. Era infinitamente tenue, sutilmente
vibrante e inequívocamente musical, pero tenía tal calidad de indescriptible frenesí
que su impacto me hizo sentir una delicada tortura por todo mi cuerpo. Experimenté
la misma sensación que nos produce el arañazo fortuito sobre un cristal esmerilado.
Al mismo tiempo, noté algo parecido a una corriente de aire frío, que pasó junto a mí
en dirección a la fuente del distante sonido. Mientras esperaba con la respiración
contenida, percibí que, tanto el ruido como la corriente de aire, iban en aumento; esta
conjunción de hechos me produjo la extraña sensación de estar arado a unos raíles
por los que se acercaba una gigantesca locomotora. Empecé a hablarle a Tillinghast y,
al hacerlo, se desvanecieron de inmediato todas esas extrañas sensaciones. De nuevo,
tan sólo veía al hombre, la máquina resplandeciente y el nebuloso apartamento.
Tillinghast sonrió de una manera repugnante al ver el revólver que yo había sacado
casi sin darme cuenta; pero por su expresión supe con total seguridad que él también
había visto y oído lo mismo que yo, o, posiblemente, bastante más. Le susurré lo que
había sentido, y él me aconsejó que permaneciera lo más quiero y receptivo posible.
—No te muevas —me advirtió—, pues con esos rayos pueden vemos tan bien
como nosotros les vemos. Ya te he dicho que los criados se fueron, pero no te he
explicado cómo. Fue por culpa de esa estúpida ama de llaves; encendió las luces de
abajo tras haberla advertido de que no lo hiciera, y los cables captaron vibraciones
simpáticas. Debió de ser algo espantoso; pude oír los gritos desde aquí, a pesar de
todo lo que escuchaba y veía procedente de otra dirección; y más adelante me quedé
horrorizado al descubrir los montones de ropa dispersos por toda la casa. Las prendas
de la señora Updike estaban junto al recibidor… por eso sé que fue ella la que
encendió. Pero mientras no nos movamos estaremos a salvo. Recuerda que nos
enfrentamos con un mundo terrible ante el cual estamos prácticamente
desamparados… ¡Quédate quieto!
El impacto combinado de la revelación y de la brusca orden me causó una especie
de parálisis y acosado por el terror, mi cerebro se abrió de nuevo a las emociones que
procedían de lo que Tillinghast llamaba el «más allá». Me encontraba ahora sumido
en un torbellino de sonidos y movimiento, acompañado de confusas visiones que se
representaban ante mis ojos. Veía los contornos borrosos de la habitación, pero de
algún lugar del espacio parecía brotar una burbujeante columna de nubes o de formas

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irreconocibles que traspasaban el sólido techo justo un poco a la derecha y por
encima de mi cabeza. Luego volví a vislumbrar esa especie de templo, pero esta vez
los pilares llegaban hasta un océano aéreo de luz, que emitía un rayo cegador sobre la
nebulosa columna que había visto antes. Después, la escena se tornó casi en una
especie de calidoscopio; y en esa mezcla de imágenes, sonidos e impresiones
sensoriales indefinibles, sentí que estaba a punto de disolverme o de perder, de alguna
manera, mi forma sólida. Siempre recordaré un resplandor definitivo. Por un instante,
me pareció entrever un pedazo de un extraño cielo nocturno poblado de luminosas y
bullentes esferas; y mientras desaparecía, vi que los soles resplandecientes formaban
una constelación o galaxia de trazado bien definido, un trazado que se correspondía
con el rostro desfigurado de Crawford Tillinghast. Un poco después, sentí que unos
seres animados y gigantescos pasaban rozándome, o caminaban o se deslizaban a
través de mi cuerpo supuestamente sólido; y me dio la sensación de que Tillinghast
los observaba como si sus sentidos, mucho mejor adiestrados que los míos, pudieran
captarlos visualmente. Recordé lo que había comentado acerca de la glándula pineal,
y me pregunté qué estaría viendo con su mirada sobrenatural.
De repente, yo también fui poseído por una especie de visión aumentada.
Alrededor y por encima de aquel caos luminoso y sombrío se hizo patente una
imagen que, aunque vaga, albergaba ciertos elementos de consistencia y perpetuidad.
En realidad, se trataba de algo familiar, ya que su parte insólita se superponía al
simple escenario terrestre de la misma manera que una proyección cinematográfica se
dibuja sobre el telón pintado de un teatro. Vi el laboratorio del ático, la máquina
eléctrica y la deforme figura de Tillinghast enfrente de mí; pero no había ni un solo
rincón libre de los acostumbrados objetos materiales, y ninguna fracción de espacio
se encontraba vacía. Un sinfín de formas indescriptibles, vivas o no, se
entremezclaban en un caos repugnante; y junto a los objetos conocidos había mundos
enteros repletos de entidades ignoras y alienígenas. Era como si todas las cosas
cotidianas se combinaran con otras totalmente desconocidas, y viceversa. Y sobre
todo, entre las entidades vivas pululaban unas monstruosidades enormes, gelatinosas
y negras como la tinta que se estremecían flácidas en armonía con las vibraciones
procedentes de la máquina. Estaban presentes en repugnante profusión, y,
horrorizado, descubrí que se superponían, que eran semilíquidas y capaces de
interpenetrarse entre ellas y atravesar lo que nosotros consideramos cuerpos sólidos.
Estos seres jamás permanecían quietos, sino que parecían flotar alrededor con algún
propósito maligno. A veces parecían devorarse mutuamente, precipitándose el
atacante sobre la víctima y haciéndola desaparecer de la vista al instante. Con un
estremecimiento creí saber qué era lo que había eliminado al desafortunado
subalterno, y ya no podía apartar aquellas cosas de mi mente mientras me esforzaba
por captar nuevos detalles de este mundo inédito que bulle invisible a nuestro
alrededor. Pero Tillinghast me había estado observando y ahora se puso a hablar.

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—¿Los ves? ¿Los ves? ¿Ves a esos seres que flotan y aletean en torno a ti, y a
través de ti, a cada instante de la vida? ¿Ves las criaturas que atestan lo que los
hombres llaman el aire puro y el cielo azul? ¿Acaso no he conseguido romper la
barrera, no te he mostrado mundos que ningún otro ser vivo ha logrado contemplar?
—oí que gritaba por encima del horripilante caos mientras miraba su rostro
descompuesto ofensivamente cerca del mío. Sus ojos eran dos piras de fuego que me
observaban con lo que ahora reconozco como un odio infinito. La máquina zumbaba
de manera repugnante.
»¿Acaso crees que esos seres tambaleantes fueron los que aniquilaron a los
criados? ¡Imbécil, ésos son inofensivos! Y sin embargo, los sirvientes han
desaparecido, ¿no es cierto? Intentaste detenerme; me desanimabas cuando
necesitaba hasta el más pequeño soplo de aliento; tenías miedo de la verdad cósmica,
maldito cobarde; ¡pero ahora estás en mis manos! ¿Qué aniquiló a los criados? ¿Qué
les hizo proferir esos gritos espantosos?… No lo sabes, ¿verdad? ¡Pronto lo vas a
saber! Mírame; escucha lo que tengo que decirte. ¿En serio piensas que existen cosas
tales como el tiempo y la magnitud? ¿Crees que la forma y la materia son algo real?
¡Pues yo te digo que he hollado profundidades que tu raquítico cerebro no puede ni
imaginar! He mirado más allá de los confines del infinito y he conjurado a los
demonios de las estrellas… He enjaezado a las sombras que cabalgan de mundo en
mundo sembrando la muerte y la locura… El espacio me pertenece, ¿lo oyes? Hay
cosas que ahora me persiguen, seres que devoran y se disuelven; pero sé cómo
evitarlos. Será a ti a quien atrapen, como atraparon a los criados. ¿Tiemblas, querido
colega? Te dije que era peligroso moverse. Te he salvado al decirte que
permanecieras quieto, te he salvado para que pudieras ver más cosas y para que
escucharas lo que tenía que decirte. Si te hubieras movido, ellos habrían caído sobre
ti hace tiempo. No temas, no van a hacerte daño. Tampoco se lo hicieron a los
criados; fue su visión lo que hizo gritar a aquellos pobres diablos. Mis mascotas no
son demasiado hermosas, pues proceden de lugares cuyos cánones de belleza son…
bastante diferentes. La desintegración resulta completamente indolora, te lo aseguro;
pero quiero que los veas. Yo mismo estuve a punto de verlos, pero supe detenerlos a
tiempo. ¿No sientes curiosidad? ¡Siempre supe que no eras un verdadero científico!
Estás temblando, ¿eh? Temblando de ansiedad por ver los últimos seres que he
descubierto. ¿Por qué no te mueves, entonces? ¿Cansado? Bueno, no te preocupes,
amigo mío, porque ya vienen… ¡Mira! ¡Mira, maldito, mira!… Justo encima de tu
hombro izquierdo…
Lo que falta por narrar es muy breve, y quizá os resulte familiar tras las noticias
aparecidas en los periódicos. La policía escuchó un disparo procedente de la vieja
casa Tillinghast y nos encontró a ambos en su interior: Tillinghast muerto y yo
inconsciente. Me arrestaron porque tenía el revólver en la mano, pero me soltaron a
las pocas horas, tras descubrir que un ataque de apoplejía había acabado con la vida
de Tillinghast, y comprobar que mi disparo se había dirigido contra la nociva

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maquinaria que ahora reposaba inservible en el suelo del laboratorio. No hablé mucho
de todo lo que había visto, ya que tenía miedo de que el forense se mostrara
escéptico; pero por las vagas explicaciones que le di, el doctor me aseguró que, sin
ninguna duda, había sido hipnotizado por aquel demente criminal y vengativo.
Me gustaría poder creerle. Mis destrozados nervios se calmarían mucho si
apartara de mi mente lo que ahora pienso acerca del cielo y el aire que me rodea.
Jamás me siento a solas ni a gusto, y a veces, cuando estoy cansado, me asalta una
terrible sensación, como si alguien me persiguiera. Lo que me impide creer en el
diagnóstico del doctor es un hecho muy simple: que la policía jamás pudo encontrar
los cuerpos de los criados cuyas muertes achacan a Crawford Tillinghast.

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John W. Campbell Jr.

Cuando en 1982 se estrenó La cosa (The Thing), el esperadísimo (supuesto) remake


de John Carpenter, a esas alturas uno de los grandes del cine de horror, del clásico de
ciencia ficción El enigma de otro mundo (The Thing from Another World. Christian
Nyby, 1951), las reacciones sólo habrían podido ser peores si la mayoría de los
críticos cinematográficos se hubieran transformado en seres tentaculados,
multiformes y hambrientos, deseosos de triturar y devorar literalmente al director de
La noche de Halloween (Halloween, 1978) y La niebla (The Fog, 1980). Lo cierto es
que no estuvieron muy lejos de ello. Tildado de carnicero, de realizador sin
imaginación ni escrúpulos, adalid del mal gusto, de la violencia y la víscera por amor
a la víscera, entregado a la truculencia y el puro shock value ofensivo, gratuitamente
estomagante y repulsivo, Carpenter tuvo que soportar que una película en el futuro
reivindicada como uno de los mejores filmes de horror y ciencia ficción no sólo de su
década, sino de la historia del cine, ensalzada por Tarantino y víctima a su vez de
homenajes, imitaciones y secuelas (en este caso, precuela), lucra en su día un fracaso
de público y crítica que durante un tiempo le obligara, relativamente, a batirse en
retirada de sus posiciones más atrevidas y a tragarse la amarga hiel de saber que había
revolucionado el lenguaje del cine de terror y las técnicas de efectos especiales,
además de creado un clásico contemporáneo de contundencia rara vez igualada, que
sabiamente combinaba géneros tan dispares como el whodunit o el western,
llevándolos hasta extremos apocalípticos gracias a su reelaboración bajo el prisma del
terror, la ciencia ficción e incluso el nihilismo cósmico lovecraftiano… Que no sólo
nadie parecía apreciar o comprender, sino rodo lo contrario.
Por supuesto, hubo quien no se privó de comparar La cosa en términos negativos
con respecto a su teórico modelo original, el filme de 1951 producido por Howard
Hawks —uno de los ídolos cinematográficos de Carpenter—, y ejemplo del cine
clásico de ciencia ficción de los 50, con su monstruo alienígena de aspecto
humanoide y maneras simplonas, que, sin renegar de sus méritos, que los tiene, está
muy lejos de ser una obra maestra. Lo cierto y lo que pocos críticos de cine sabían es
que La cosa de Carpenter era una adaptación notablemente fiel del relato original que
había inspirado también El enigma de otro mundo, la novelita de John W. Campbell
Jr. (1910-1971) “¿Quién anda ahí?”, a su vez todo un clásico. Publicada por vez
primera en el número de agosto de 1938 de la revista Astounding Science Fiction, con
el seudónimo de Don A. Stuart (para evitar el cante de que fuera su propio autor,
Campbell, quien dirigía por aquel entonces el mítico pulp de ciencia ficción), “Who
Goes There?”, como podrá comprobar el lector, se fundamenta, al igual que el filme
de Carpenter, en la naturaleza proteica y suplantadora de la entidad alienígena
rescatada y accidentalmente vuelta a la vida por los científicos que quedarán

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atrapados con ella en una base polar. Numerosos detalles de la película están tomados
literalmente del relato, y otros fueron desarrollados por guionista y director partiendo
de ideas o elementos también presentes en éste. Por mucho que se quiera alabar la
película de los años 50, correcta, de visión agradable y con buen empleo del
suspense, hay algo que impide no sólo que se trate de una verdadera versión de la
obra de Campbell, sino que la priva también de cualquier atisbo de modernidad: en
ella, el monstruo, la cosa, carece precisamente de cualquier poder proteico o
telepático, lo que elimina por completo aquello que realmente hace apasionante
todavía hoy la lectura del cuento y que es también el principal atractivo de su
traslación fílmica por obra y gracia de Carpenter. El hecho de que cualquiera de los
personajes pueda ser la Cosa, al ser ésta capaz de suplantar la forma y la mente de sus
víctimas, tanto humanas como animales, provoca no sólo el elemental suspense en
torno a la identidad de quién es, en definitiva, alienígena asesino y quién no, sino
también el profundo horror a ser poseído por una mente ajena, a la vez que
transformado y absorbido físicamente, como de forma tan imaginativa, gráfica y
explícita mostraban los efectos especiales del filme de Carpenter. Un horror más
profundo y literalmente meta-físico, que preludia el body horror y la nueva carne en
el cuento, y que La cosa, gracias al increíble trabajo de maquillaje y efectos
especiales creados por Rob Bottin, con la colaboración de Stan Winston, haría
perfecta y completamente visible y hasta casi palpable, para fascinación de unos y
disgusto de otros.
Aquí se comprueba una vez más cómo ciertos elementos constitutivos del cine de
horror moderno, que estaban ya presentes o presentidos en la literatura del género, no
podían en ningún caso encontrar apropiada traducción cinematográfica en el periodo
clásico de Hollywood, tanto por ineficacia de los efectos técnicos de la época, como
por la diferencia de sensibilidad en el espectador. Con su adaptación de “¿Quién anda
ahí?”, rindiendo homenaje al filme de Nyby pero superándolo ampliamente en todos
los aspectos, Carpenter puso a prueba, como hicieran Hitchcock en 1960 con Psicosis
o Romero en 1968 con La noche de los muertos vivientes, el umbral de lo soportable
y lo visible en el cine de horror moderno. Como todos los pioneros, pagó el precio de
la incomprensión y el desprecio, víctima tanto de la ignorancia de muchos —que ni
siquiera conocían el relato de Campbell y no eran conscientes, ni se les importaba una
higa, de la fidelidad del filme al cuento original— como de la falta de intuición, la
pacatería y cobardía de un inmenso sector de la crítica, que durante años seguiría
insistiendo en que el «cine de sangre y tripas» era basura que no merecía atención
alguna ni estudios o análisis relevantes.
Hoy, La cosa es un clásico moderno. Influyó decisivamente en la evolución de los
efectos especiales y la sensibilidad del público. A través de su proteico y mutante
monstruo del espacio exterior manifestó la también proteica naturaleza del horror
moderno, físico pero a la vez psicológico, tendente a la mezcla bastarda de géneros y
que hace de lo gráfico y visceral virtud. Ha conocido una mediocre precuela, La cosa

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(The Thing. Matthijs van Heijningen Jr., 2011), inspirado episodios de Expediente X,
Star Trek, la nueva generación y otras series, Guillermo del Toro o Tarantino la han
citado entre sus películas favoritas —también lo es de su director—, y el último le
rinde homenaje en Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015). Pero aquí estamos
para recordar también y sobre todo que se trata de una fiel adaptación de la novela
corta de John W. Campbell Jr., todo un ejemplo de la Edad de Oro de la ciencia
ficción literaria, que influyera seguramente en la novela y película(s) La invasión de
los ladrones de cuerpos, y hasta en joyas de la Serie B como Pánico en el
Transiberiano (1972), coproducción hispano-británica de Eugenio Martín a mayor
gloria de Peter Cushing y Christopher Lee, o Hidden (Lo oculto) (The Hidden. Jack
Sholder, 1987). Por otra parre, el caso de La cosa es paradigmático de una época
donde los remakes eran mucho, pero mucho más que eso: Carga maldita (Sorcerer.
William Friedkin, 1977), La invasión de los ultracuerpos (Invasión of the Body
Snatchers. Philip TGufman, 1978), Drácula (John Badham, 1979), El beso de la
pantera (Cat People, Paul Schrader, 1982), La mosca (The Fly. David Cronenberg,
1986), La tienda de los horrores (Little Shop of Horrors. Frank Oz, 1986), The Blob.
El terror no tiene forma (The Blob. Chuck Russell, 1988) o El cabo del miedo (Cape
Fear. Martin Scorsese, 1991), fueron todos ejemplares reelaboraciones de títulos más
o menos míticos que llevaban radicalmente y sin prejuicios a la modernidad y hasta a
la posmodernidad, de forma imaginativa y eficaz, superando los logros e intenciones
de sus modelos originales. La mayoría —sálvese quien pueda— fueron, como La
cosa, vilipendiados y reprobados públicamente por la crítica cinematográfica y son
hoy, por supuesto, obras de culto. Qué cosa.

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¿QUIÉN ANDA AHÍ?[1]

CAPÍTULO 1

El lugar hedía. Una peste extraña que tan sólo se conoce en las cabinas enterradas en
hielo de un campamento en la Antártida: una mezcla de sudor humano hediondo y el
tufo pesado y aceitoso de grasa de foca. Un ligero olor a linimento combatía la
pestilencia a humedad de pieles empapadas de sudor y nieve. El olor acre de manteca
de cocinar quemada y el olor animal de los perros, matizado por el paso del tiempo,
flotaba en el aire.
El olor persistente de aceite de motor contrastaba marcadamente con el tufo de los
arneses y la piel.
Sin embargo, de alguna forma, a través de todo ese hedor de seres humanos y sus
asociados (perros, máquinas y cocina) se percibía otro olor. Era algo extraño que
erizaba los cabellos, una sutil nota ajena a los olores de la industria y la vida terrestre.
Aun así era un olor de algo vivo. Manaba de la cosa que yacía atada con cuerdas y
cubierta con una lona en la mesa, descongelándose lenta y metódicamente sobre la
gruesa tabla, una criatura húmeda y macilenta bajo el crudo resplandor de la luz
eléctrica.
Blair, el biólogo canijo y calvo de la expedición, tiró nerviosamente de la lona,
dejando expuesto el siniestro trozo de hielo transparente y luego volvió a taparlo
rápidamente. Sus acelerados movimientos de impaciencia reprimida como de pájaro
hacían bailotear su sombra; la franja de cabello hirsuto y encanecido que bordeaba la
superficie del cráneo pelado se veía como un halo cómico sobre la cabeza de la
sombra.
El comandante Garry colocó a un lado un conjunto de cómoda ropa interior y se
acercó a la mesa.
Paseó la mirada lentamente por el círculo de hombres hacinados como sardinas en
el Edificio Administrativo. Tras unos segundos, enderezó torilmente su cuerpo alto y
rígido y asintió.
—Treinta y siete, todos aquí. —Su voz se oyó baja, y sin embargo se distinguía el
claro tono de autoridad de un comandante por naturaleza, y por título—. Ya conocéis
a grandes rasgos la historia del descubrímiento que realizó la Expedición al Polo
Magnético Secundario. He estado consultando con el Segundo al mando McReady, y
con Norris, así como con Blair y el doctor Copper. Hay divergencia de opiniones, y
ya que la decisión involucra a todo el grupo es justo que el personal de la Expedición
al completo tome parte en ella.
»Voy a pedir a McReady que os proporcione los detalles de la historia, porque
todos vosotros habéis estado demasiado ocupados con vuestras propias tareas para
poder seguir de cerca las ocupaciones de otros. ¿McReady?

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Saliendo del fondo de humo azulado, McReady avanzó como un personaje de
algún mito olvidado; una estatua de bronce amenazante que hubiera retenido la vida y
pudiera moverse. Con una altura de un metro y noventa y tres centímetros, se detuvo
junto a la mesa y, echando su característica ojeada hacia arriba para asegurarse
espacio bajo las vigas del techo, se enderezó del todo. Aún llevaba puesto su grueso
anorak naranja chillón, y sin embargo no parecía desentonar con su corpulencia.
Incluso aquí, a más de un metro bajo la ventisca que azotaba las baldías inmensidades
de la Antártida, el frío del continente helado se filtraba al interior, dando pleno
sentido a la dureza del hombre. Él mismo era de bronce: su larga barba era de color
bronce rojizo, y la mata de cabello del mismo color; las nudosas y nervudas manos
que se tensaban y se relajaban intermitentemente sobre las tablas de la mesa eran de
bronce; incluso los ojos profundamente hundidos bajo espesas cejas eran de bronce.
Una dureza de metal resistente al paso del tiempo moldeaba las hoscas y duras
facciones de su rostro, y las suaves inflexiones de su voz grave.
—Norris y Blair están de acuerdo en una cosa; que el animal que encontramos no
es de origen… terrestre. Norris teme que esto suponga un peligro, y Blair dice que no
hay ninguno.
»Pero retrocederé ahora en el relato hasta cómo y por qué lo encontramos. Según
lo que se sabía antes de que llegáramos aquí, este punto está exactamente sobre el
Polo Magnético Sur de la Tierra. La brújula apunta directamente aquí, como todos
sabéis. Los instrumentos más delicados de los físicos, instrumentos especialmente
diseñados para esta expedición y el estudio del polo magnético, detectaron una fuerza
secundaria, un campo magnético menos poderoso a unos ciento veintinueve
kilómetros al sureste de aquí.
»La Expedición al Polo Magnético Secundario partió para investigarlo. No es
necesario dar más detalles. Lo encontramos, pero no se trataba de un meteorito
enorme o una montaña magnética como Norris había esperado encontrar. El mineral
de hierro es magnético, por supuesto; y el hierro aún más… y otros metales son
incluso más magnéticos. Por los indicios en la superficie, el polo secundario que
hallamos era de pequeño tamaño, tan pequeño que el efecto magnético que poseía
resultaba absurdo. Ningún material conocido tiene semejante fuerza. Resonancias a
través del hielo indicaron que estaba a unos treinta metros de la superficie del glaciar.
»Creo que deberíais conocer la geografía del lugar. Hay una ancha meseta, una
elevación que se extiende más de doscientos cuarenta kilómetros hacia el sur desde la
estación secundaria, según informa Van Wall. No tuvo tiempo ni combustible para
volar más allá, pero rodo iba perfectamente en el sur por aquel entonces. Justo allí,
donde estaba enterrada aquella cosa, hay una cadena montañosa cubierta de hielo,
una pared de granito de imperturbable fuerza que ha contenido el hielo que avanza
desde el sur.
»Y casi seiscientos cincuenta kilómetros al sur está la Meseta Polar Sur. Me
habéis preguntado en varias ocasiones por qué aumenta la temperatura aquí cuando se

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levanta el viento, y la mayoría de vosotros lo sabe. Como meteorólogo he empeñado
mi palabra en que no puede soplar viento alguno a una temperatura de -57°, que a
-45° de temperatura tan sólo podría soplar un viento de 8 kilómetros por hora, sin
causar calentamiento por fricción con el suelo, la nieve, el hielo y el propio aire.
»Acampamos allí durante doce días, sobre el borde de aquella cadena montañosa
enterrada bajo el hielo. Montamos el campamento picando sobre la superficie de
hielo azul, y esperamos a que amainara el viento. Pero durante doce días consecutivos
el viento sopló a setenta y dos kilómetros por hora. Luego aumentaba hasta setenta y
siete, y en ocasiones caía hasta sesenta y seis. La temperatura era de -53°. Aumentó a
-50° y volvió a caer a -55°. Era meteorológicamente imposible, y continuó así
ininterrumpidamente durante doce días y doce noches.
»Desde algún punto del sur, el aire helado de la Meseta Polar Sur baja desde esa
cuenca de cinco kilómetros y medio, se desliza por un paso de montaña, cruza un
glaciar y se dirige hacia el norte. Debe de haber una cadena montañosa en forma de
embudo que canaliza el viento y lo deja correr durante seiscientos cuarenta y cuatro
kilómetros hasta alcanzar aquella meseta baldía donde encontramos el polo
secundario, y tras avanzar quinientos sesenta y tres kilómetros hacia el norte llega
hasta el Océano Antártico.
»Aquel lugar ha permanecido bajo el hielo glaciar desde que la Antártida se heló
hace veinte millones de años. Jamás se ha producido ninguna descongelación allí.
»Hace veinte millones de años la Antártida comenzó a helarse. Hemos
investigado, reflexionado y construido algunas hipótesis. Lo que creemos que ocurrió
es más o menos lo siguiente:
»Algo vino del espacio exterior, una nave. Lo vimos allí en el hielo azul, un
objeto similar a un submarino sin torre de mando o hélices de dirección, unos ochenta
y cinco metros de largo y catorce metros de diámetro en el punto más ancho… ¿Qué
dices, Van Malí? ¿El espacio? Sí, pero explicaré eso más adelante. —McReady
continuó con tono reposado—. Esa nave bajó del espacio exterior, impulsada y
elevada por una energía aún desconocida por los hombres, y por algún motivo (quizás
algún fallo técnico) fue absorbida por el campo magnético de la
Tierra. Llegó aquí al sur, probablemente fuera de control, dando vuelcas alrededor
del polo magnético. Este es un paraje salvaje, pero cuando la Antártida estaba aún en
proceso de congelación debió de haber sido mil veces más salvaje. Debió de haber
tormentas de nieve, y ventiscas, y nieve nueva cayó sobre el continente helado. Los
torbellinos debieron de ser continuos, y el viento arrojaba una cortina sólida de nieve
sobre la cima de aquella montaña ahora enterrada.
»La nave impactó frontalmente contra el granito sólido, y se rompió. No todos los
pasajeros murieron, pero la nave debió de quedar totalmente inservible y su
mecanismo propulsor averiado. Norris cree que fue atraída por el campo magnético
terrestre. Ningún objeto fabricado por seres inteligentes puede sobrevivir a la
atracción de la enorme inmensidad de las fuerzas naturales del planeta.

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»Uno de sus pasajeros salió. El viento que vimos allí nunca baja de sesenta y seis
kilómetros por hora, y la temperatura nunca se eleva a más de —50°. En aquel
entonces el viento debía de ser incluso más fuerte. Y había ventisca cayendo en una
cortina sólida. La “criatura” se perdió a tan sólo diez pasos de la nave.
McReady permaneció en silencio unos instantes, su voz neutra fue reemplazada
por el zumbido del viento que soplaba sobre sus cabezas y el inquietante e insidioso
borboteo de la cañería de la cocina.
Una fuerte ventisca barría la superficie sobre sus cabezas. En ese instante la nieve
elevada por el susurrante viento se desplazaba horizontalmente, líneas cegadoras que
laceraban el rostro del campamento enterrado. Si un hombre abandonaba los túneles
que conectaban cada edificio del campamento por debajo de la superficie, se perdería
en diez pasos. En el exterior, el delgado y negro dedo del mástil de la radio se alzaba
unos noventa y dos metros y en su punto más alto se veía el cielo nocturno despejado.
Un ciclo de viento cortante y quejumbroso que soplaba constantemente desde un
extremo al otro bajo el manto sinuoso y rizado de la aurora. Y por el norte, el
horizonte ardía con los extraños y furiosos colores del crepúsculo de medianoche. Era
primavera a noventa y dos metros sobre la Antártida.
La superficie… era mortalmente blanca. Una muerte de frío con dedos como
agujas propulsadas por el viento, absorbiendo a su paso el calor de cualquier cosa
cálida. El frío… y una cortina blanca de interminable e inextinguible ventisca,
partículas extremadamente finas de nieve azotadora que oscurecían todas las cosas.
Kinner, el cocinero bajito con una cicatriz en el rostro, se estremeció. Cinco días
atrás había salido a la superficie para coger un suministro de ternera congelada. Llegó
allí, partió de regreso… y la ventisca comenzó a soplar del sur. La fría y blanca
muerte que flotaba sobre la tierra lo cegó en veinte segundos. Avanzó en círculos a
trompicones. Media hora más tarde algunos hombres atados a una cuerda guía lo
encontraron en la impenetrable oscuridad.
Era fácil que un hombre, o una «cosa», se perdiera en tan sólo diez pasos.
—Y la ventisca por aquel entonces era probablemente más impenetrable de lo que
es hoy —la voz de McReady sonó de pronto.
La mente de Kinner regresó a la estancia. Regresó haciendo que se alegrara por
disfrutar de la húmeda calidez del Edificio de Administración.
—El pasajero de la nave tampoco estaba preparado, por lo visto. Se congeló a tan
sólo tres metros de la nave.
»Cavamos para desenterrar la nave y nuestro túnel vertical terminó dando con el
animal… congelado. El piolet de Barclay le golpeó el cráneo.
»Cuando vimos lo que era, Barclay regresó al tractor, encendió el motor y,
mientras aumentaba la presión de vapor, pidió que avisaran a Blair y el doctor
Copper. El propio Barclay cayó enfermo entonces. De hecho, permaneció enfermo
durante tres días.

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»Cuando Blair y Copper llegaron al lugar, cortamos el hielo que apresaba al
animal en un bloque, tal como veis, lo cubrimos y lo cargamos en el tractor.
Estábamos deseando entrar en la nave.
»Alcanzamos un lateral y descubrimos que el extraño vehículo estaba hecho de
un metal desconocido. Nuestras herramientas antimagnéticas de berilio y bronce no le
hicieron ni un solo rasguño en la superficie. Barclay transportaba en el tractor algunas
herramientas para acero, pero tampoco sirvieron de mucho. Realizamos las pruebas
pertinentes… incluso lo intentamos con ácido de las baterías sin obtener ningún
resultado.
»Debieron de utilizar algún tipo de proceso de pasivación que hace que el metal
de magnesio resista el ácido de esa manera, y la aleación debió de contener como
mínimo un noventa y cinco por ciento de magnesio. Pero no teníamos los medios
para averiguarlo, así que cuando detectamos la puerta apenas entreabierta, cortamos
el hielo por esa zona. Había hielo transparente y duro taponando la cerradura, a la que
además no podíamos acceder. A través de la pequeña rendija se podía divisar el
interior y vimos que tan sólo había metal y herramientas, así que decidimos
desprender el hielo con un detonador.
»Llevábamos bombas de decanita y termita. La termita es un reblandecedor de
hielo; la decanita podría haber destruido objetos valiosos, mientras que el calor de la
termita tan sólo soltaría el hielo de alrededor. El doctor Copper, Norris y yo
colocamos una bomba de termita de 11 kilos, la cableamos, y transportamos el
detonador por el túnel a la superficie, donde Blair ya tenía el tractor de vapor listo. A
unos noventa metros al otro lado de aquella pared de granito provocamos la
detonación de la bomba de termita.
»Por supuesto, el metal de magnesio de la nave comenzó a arder. El resplandor de
la bomba centelleó y murió, y entonces comenzó a centellear de nuevo. Corrimos de
regreso al tractor mientras la luz comenzaba a aumentar gradualmente. Desde donde
estábamos no podíamos ver toda la extensión de hielo iluminada desde abajo con una
luz insoportable; la sombra de la nave era un cono grande y oscuro con el morro
apuntando hacia el norte, donde el crepúsculo acababa de apagarse. Duró unos
instantes, y contamos otras tres sombras que quizás fueron otros pasajeros congelados
allí. Y entonces el hielo Comenzó a desplomarse sobre la nave.
»Ese es el motivo de que os haya descrito antes el lugar. El viento que soplaba del
Polo estaba a nuestras espaldas.
»El vapor y las llamaradas de hidrógeno se dispersaron en forma de niebla helada
blanca; el ardiente calor bajo el hielo viró hacia el Océano Antártico justo antes de
que llegara hasta donde estábamos apostados. Si no hubiera sido así ahora no
estaríamos vivos, incluso con la protección de aquel risco de granito que bloqueó la
deslumbrante luz.
»De alguna manera, en medio de todo aquel infierno cegador pudimos vislumbrar
enormes objetos encorvados, masas negras ardiendo.

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»Incluso desprendieron durante un tiempo la furiosa incandescencia del
magnesio. Debían de ser los motores, eso sí lo sabíamos. Secretos que se destruían en
una fulgurante gloria… secretos que podrían haber puesto los planetas al alcance del
Hombre. Eran objetos misteriosos capaces de elevar y propulsar esa nave… y que
habían absorbido la fuerza del campo magnético de la Tierra. Vi que la boca de
Norris se movía y que se agachaba. No pude oír lo que decía.
»El aislamiento, u otra cosa, cedió Todo el campo magnético terrestre que la nave
había absorbido hacía veinte millones de años su liberó en ese instante. La aurora se
desplazó en el cielo y toda la meseta quedó bañada en un fuego gélido que cubrió la
visión. El piolet que sujetaba en la mano se puso al rojo vivo y cuando lo solté siseó
sobre la nieve. Los botones de metal en mi ropa me quemaron la piel. Y un destello
de azul eléctrico se alzó con fuerza por detrás de la pared de granito.
»Entonces los muros de hielo se desmoronaron sobre la montaña. Durante un
instante chirrió como chirría el hielo seco cuando es presionado entre metal.
»El destello nos cegó y avanzamos a tientas en la oscuridad durante horas
mientras nuestros ojos se recuperaban. Descubrimos que todas las bobinas se habían
derretido quedando hechas un amasijo, también la dinamo y todos los aparatos de
radio, los auriculares y los micrófonos. Si no hubiéramos tenido el tractor de vapor,
jamás hubiéramos logrado llegar al campamento secundario.
»Al salir el sol Van Wall voló desde el Gran Imán hasta donde estábamos, como
ya sabéis. Volvimos a casa tan pronto como pudimos. Y esa es la historia de… eso —
y la gran barba de bronce de McReady señaló la cosa sobre la mesa.

CAPÍTULO 2

Blair se removió incómodo, sus diminutos y huesudos dedos se retorcían bajo la dura
luz. Las pequeñas pecas marrones de sus nudillos se movían hacia atrás y hacia
delante con cada contracción nerviosa de los tendones bajo la piel. Descorrió un poco
la lona y miró con impaciencia al ser apresado en el bloque de hielo.
McReady enderezó su enorme cuerpo. Había conducido a trompicones el
chirriante tractor de vapor sesenta y cuatro kilómetros ese día, dirigiéndose
lentamente hacia el Gran Imán.
Incluso su firme y serena determinación había resultado socavada por la ansiedad
que le causaba mezclarse de nuevo con humanos. El Campamento Secundario era
solitario y silencioso, donde un viento aullante soplaba desde el Polo. El aullido del
viento ocupaba sus sueños, las ráfagas zumbantes y el hielo transparente azulado, y
un piolet de bronce enterrado en el cráneo de la criatura.
El meteorólogo gigante volvió a hablar:
—El problema es el siguiente. Blair quiere examinar la cosa. Descongelarla y
recolectar unas cuantas muestras de sus tejidos y otros análisis. Norris no cree que sea
seguro, pero Blair sí. El doctor Copper está bastante de acuerdo con Blair. Norris es

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físico, por supuesto, no biólogo. Pero tiene una hipótesis que todos deberíamos oír.
Blair ha descrito las formas de vida microscópicas que los biólogos han hallado
incluso en este frío e inhóspito lugar. Sufren un proceso de congelación todos los
inviernos y se descongelan todos los veranos en tres meses, y viven.
»Lo que Norris opina es que… si se descongelan y viven otra vez… debe de
haber vida microscópica asociada con esta criatura. La hay asociada con todos los
seres vivos que conocemos. Y Norris teme que se desate una plaga… algún tipo de
enfermedad infecciosa desconocida en la Tierra… si descongelamos esas cosas
microscópicas que han estado congeladas durante veinte millones de años.
»Blair reconoce que tal vida microscópica podría tener la capacidad de vivir.
Tales seres desorganizados como células individuales pueden retener la vitalidad
durante periodos desconocidos, después de una total congelación. Pero la criatura es
comparable a aquellos mamuts congelados que se encuentran en Siberia. Las formas
de vida organizada y altamente desarrollada no pueden soportar ese proceso.
»Pero la vida microscópica puede. Norris sugiere que podríamos liberar algún
tipo de agente patológico ante el cual el hombre, al desconocerlo, estaría totalmente
indefenso.
»La respuesta de Blair es que podrían existir tales gérmenes aún con vida, pero
que Norris ha analizado el caso incorrectamente. Esas formas de vida están
desprotegidas frente al hombre. A nuestra química vital, probablemente…
—Probablemente —la cabeza del pequeño biólogo se levantó con un movimiento
rápido, de pájaro. El halo de pelo canoso alrededor de su calva se agitó como
mostrando su enfado—. Je… sólo hace falta un vistazo…
—Lo sé —reconoció McReady—. El ser no es terrestre. No parece probable que
pueda tener una química vital lo suficientemente similar a la nuestra para hacer que
una infección pueda ser ni remotamente posible. Yo diría que no hay peligro.
McReady miró al doctor Copper. El médico sacudió la cabeza lentamente antes de
hablar.
—Sin embargo —afirmó con firmeza—, el hombre no puede infectar o ser
infectado por gérmenes que viven en parientes tan relativamente cercanos como las
serpientes. Y puedo asegurarles que son —en su rostro recién afeitado se dibujó una
sonrisa forzada— mucho más cercanas a nosotros que eso de ahí.
Vanee Norris se removió molesto. Era bajito en esta reunión de hombres grandes,
alrededor de un metro y setenta centímetros de altura, y su poderoso y ancho cuerpo
lo hacía parecer aún más bajo. Su cabello negro era rizado y duro, como cables cortos
de acero, y sus ojos eran grises como el acero molido. Si McReady era un hombre de
bronce, Norris era de acero. Sus movimientos, sus pensamientos, todo su porte tenía
el rápido y duro impulso de un muelle de acero. Sus nervios eran de acero… duros,
rápidos, y de rápida corrosión.
Estaba en ese momento totalmente convencido de su argumento, y lo esgrimió en
su defensa con su característico, rápido y entrecortado alud de palabras.

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—A la mierda con la química distinta. Esa cosa puede que esté muerta (o, por
todos los santos, podría no estarlo), pero no me gusta. Al infierno, Blair, deja que
todos vean la monstruosidad que andas mimando allí. Déjales que vean la
abominación y que decidan por sí mismos si quieren que esa cosa sea descongelada
en este campamento.
»Por cierto… eso va a descongelarse en uno de los barracones esta noche, si
finalmente es descongelado. Alguien… ¿quién hace guardia esta noche? Análisis
magnéticos… oh, Connant. Esta noche es el turno de la medición de rayos cósmicos.
Pues bien, te toca sentarte toda la noche con aquella momia de veinte millones de
años.
»Destápala, Blair. ¿Cómo demonios van a saber lo que compran si no pueden
verla? Quizá tenga distinta química. No sé qué más cosas tiene, pero lo que sí sé es
que tiene algo que no quiero. Si podemos juzgar por la expresión de su rostro (esa
cosa no es humana, así que quizás no podamos), estaba pero que muy enfadada
cuando se congeló. Aunque no es tanto enfado como odio demente y enajenado lo
que se ve en su expresión. Nadie parece querer abordar el rema.
»¿Cómo demonios van a poder estos pájaros saber qué están votando? No han
visto esos tres ojos rojos, y esos mechones azules que se retuercen como gusanos. Se
retuercen… maldita sea, ¡ahora mismo están retorciéndose en el interior de ese
bloque de hielo!
»Nada que haya nacido en este planeta ha poseído jamás la indescriptible
sublimación de furia devastadora con la que esta cosa observó la desolación
congelada que la rodeaba hace veinte millones de años. ¿Demente? No cabe duda que
debió enloquecer… ¡una locura ardiente y abrasadora!
»Maldita sea, he tenido pesadillas desde que vi por primera vez esos tres ojos
rojos. Sueños terribles. Soñé que esa cosa se descongelaba y regresaba a la vida…
que no estaba muerta en realidad, ni tan siquiera totalmente inconsciente durante
todos esos veinte millones de años, sino tan sólo con sus constantes vitales
ralentizadas, esperando… esperando. Vosotros también soñareis, mientras esa maldita
cosa que la Tierra no quiere acoger siga derritiéndose, derritiéndose en el Edificio
Cosmos esta noche.
»Y Connant —Norris se giró hacia el especialista en rayos cósmicos—, te
aseguro que pasarás un buen rato ahí sentado toda la noche en total silencio. El viento
aullando allá arriba… y esa cosa de ahí goteando…
Se calló unos segundos, y miró a su alrededor.
—Lo sé. Lo que afirmo no es ciencia. Pero esto que voy a deciros lo es, es
psicología. Tendréis pesadillas durante un año. Yo las he tenido todas las noches
desde que lo vi por primera vez. Por eso detesto a esa criatura, y tanto que la detesto,
y no la quiero cerca de mí. Ponedla de nuevo en el lugar del que vino y dejad que se
congele otros veinte millones de años. He estado sufriendo pesadillas tremendas: que
aquello no era como nosotros, lo cual es obvio, y que estaba hecho de una clase

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distinta de carne que la criatura podía moldear a su antojo. Que podía cambiar de
tamaño y adquirir la apariencia de un hombre… con el único objetivo de matar y
comer…
»No es una explicación lógica. Ya sé que no lo es. Pero, de todas formas, esa cosa
no sigue la lógica terrestre. Quizás posea un cuerpo con una química corporal
alienígena, y quizás sus microbios posean una química distinta. Un germen podría no
sobrevivir, pero, Blair y Copper, ¿y si fuera un virus? Es tan sólo una enzima, como
habéis explicado. Eso no necesitaría nada, tan sólo precisaría de una molécula de
proteina de cualquier cuerpo para comenzar a propagarse.
»¿Y cómo podéis estar tan seguros de que, del millón de variedades de la vida
microscópica que podría contener, ninguna de ellas es peligrosa? ¿Y qué hay de las
enfermedades como la hidrofobia (la rabia) que ataca a cualquier criatura de sangre
caliente, sea cual sea su química corporal? ¿Y la fiebre del loro? ¿Tienes el cuerpo
como el de un loro, Blair? O la simple putrefacción (gangrena), la necrosis… ¡A nada
de eso le afecta lo más mínimo la diferencia de químicas corporales!
Blair levantó la vista de sus cacharros el tiempo suficiente para encontrarse con
los iracundos y grises ojos de Norris durante un instante. Luego dijo:
—Hasta ahora lo único que has dicho que esta criatura puede provocarnos y que
sea infeccioso son sueños. Y estoy dispuesto a aceptar eso —una mueca traviesa y
ligeramente maligna cruzó la arrugada cara del hombrecillo—. Yo también los he
tenido. Así pues, esa cosa nos infecta con sueños. Sin duda una enfermedad
extremadamente peligrosa…
»En cuanto al resto de objeciones que has comentado, parece que tienes una idea
muy equivocada sobre los virus. En primer lugar, nadie ha demostrado que la teoría
de la enzima-molécula por sí sola los explique totalmente. Y en segundo lugar, si
alguna vez contraes el virus de mosaico del tabaco o el hongo del trigo, avísame. Una
planta de trigo es mucho más cercana a tu química corporal que esta criatura de otro
mundo.
»Y en cuanto a la rabia, su impacto es limitado, bastante limitado. No la puedes
contraer ni pasarla a una planta de trigo o un pez… que es un descendiente colateral
de un antepasado común nuestro. Lo cual esta criatura, Norris, no lo es.
Blair señaló afablemente el bulto cubierto con la lona sobre la mesa.
Bueno, descongela la maldita cosa en un tanque de formalina —dijo Norris—, si
es que finalmente se va a descongelar. Ya he sugerido eso antes…
—Y yo ya he dicho que no tendría ningún sentido —replicó Blair—. No hay
solución intermedia. ¿Por qué tú y el comandante Garry vinisteis hasta aquí para
estudiar magnetismo? ¿Por qué no os conformasteis con quedaros en vuestras casas?
Hay suficiente fuerza magnética en Nueva York. Yo no podría estudiar la vida de esta
criatura a partir de una muestra sumergida en formalina, al igual que vosotros no
podríais obtener la información que necesitáis desde Nueva York. Y… si le
aplicamos ese tratamiento, ¡nunca jamás se podrá hallar un duplicado! La raza de la

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que provino debe de haberse extinguido a lo largo de los veinte millones de años que
la criatura permaneció congelada, así que incluso si vino de Marte, nunca
encontraremos un espécimen igual a este. Además… la nave se ha perdido.
»Tan sólo hay una manera de hacer esto… la mejor posible. Debe ser
descongelado lentamente, cuidadosamente, y no en formalina.
El comandante Garry volvió a dar un paso adelante, y Norris hacia atrás
farfullando enfadado.
Creo que Blair tiene razón, caballeros. ¿Qué opinan ustedes?
Connant gruñó.
—Suena bien, creo… aunque quizá debería ser Blair el que lo vigile mientras se
descongela —dijo Connant sonriendo socarronamente y aparrándose un mechón de
cabello color cereza madura de su frente—. De hecho es una excelente idea… que
vele él toda la noche a su dichoso y pequeño cadáver.
Garry sonrió levemente. Se oyeron muestras de aprobación entre el grupo.
—Yo creo más bien que si esta cosa tenía algún fantasma a estas alturas debe de
haberse muerto de hambre, Connant —bromeó Garry—. Y tú pareces capaz de poder
ocuparte de él. «Ironman» Connant tendría que ser capaz de vencer a esa cosa…
Blair ya estaba desatando las cuerdas entusiasmado. Un simple tirón de la lona
dejó al descubierto la cosa. El hielo había estado derritiéndose en la habitación y se
veía transparente y azul, como un cristal grueso de calidad. La criatura brillaba
húmeda y lustrosa bajo la dura luz de la bombilla desnuda del techo.
Todos en la habitación se pusieron tensos ante la visión. La criatura estaba boca
arriba sobre las toscas y grasientas tablas de la mesa. La mitad rota del piolet estaba
aún hundida en el extraño cráneo. Tres ojos dementes, repletos de odio, brillaban con
un fuego vivo, como la sangre recién derramada, en un rostro horadado por
abominables nidos de gusanos que se retorcían, gusanos azules, en movimiento, que
se cimbreaban donde debiera crecer el cabello. Van Wall, un piloto de un metro
ochenta y tres centímetros de altura, noventa y un kilos de peso y nervios de acero,
dejó escapar un extraño y ahogado grito, se abrió paso a codazos y salió a
trompicones al pasillo. La mitad de la compañía salió en estampida hacia la puerta.
Otros se alejaron de la mesa atolondradamente.
McReady permaneció en un extremo de la mesa mirándolos, su enorme cuerpo
estaba plantado firmemente sobre sus poderosas piernas. Norris, desde el otro
extremo, observó con el ceño fruncido a la criatura, con una mirada de ardiente odio.
Al otro lado de la puerta, Garry hablaba con media docena de hombres al mismo
tiempo.
Blair blandía un martillo. El hielo que cubría a la criatura crujió bajo el martillo
de acero y se desprendió de la cosa que había encapsulado durante veinte millones de
años…

CAPÍTULO 3

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—Sé que no te gusta la criatura, Connant, pero tiene que ser descongelada
inmediatamente. Propones que la dejemos como está hasta que volvamos a la
civilización. De acuerdo, admito que tu argumento de que podríamos hacer un
estudio más riguroso allí tiene mucho peso. Pero… ¿cómo vamos a cruzar el
Ecuador? Tenemos que llevar esto a través de una zona térmica, la zona ecuatorial, y
hasta la mitad de otra zona térmica para llegar a Nueva York. No quieres sentarte
junto a la cosa ni una sola noche, pero ¿qué sugieres entonces?, ¿que colguemos el
cadáver en el congelador con la ternera? —Blair levantó la vista de su martilleo
contra el hielo, asintiendo triunfal con su calvo y pecoso cráneo.
Kinner, el corpulento cocinero con la cicatriz en la cara, le ahorró a Connant la
molestia de contestar.
—Eh, un momento, señor. Como pongas esa cosa en la nevera con la carne, por
todos los dioses que han existido que te pondré a ti dentro para hacerle compañía.
Todos vosotros habéis trasladado todo lo que se puede mover en el campamento
dentro de mi zona de trabajo, y he tenido que sufrirlo. Pero como pongáis cosas como
esa en mi nevera de la carne o en mi arcón congelador vais a tener que cocinaros
vosotros mismos la comida.
—Pero, Kinner, esta es la única mesa en el Gran Imán lo suficientemente grande
para trabajar —apostilló Blair—, todo el mundo lo sabe.
—Sí, y todo el mundo trae todo aquí. Clark trae a sus perros cada vez que hay una
pelea y los cose aquí encima de esa mesa. Ralsen entra los trineos. Diablos, la única
cosa que aún no han puesto sobre esa mesa es el Boeing. Y lo pondríais si os las
apañarais para meterlo por los túneles.
El comandante Garry soltó una risotada y sonrió a Van Wall, el enorme piloto
jefe. La larga barba rubia de Van Wall se agitó suspicaz mientras asentía seriamente a
Kinner.
Tienes razón, Kinner. El departamento de aviación es el único que te trata bien.
—Es cierto que el lugar en ocasiones está abarrotado, Kinner —reconoció Garry
—. Pero me temo que a todos nos pasa en ocasiones. No hay mucha privacidad en un
campamento antártico.
—¿Privacidad? ¿Qué demonios es eso? ¿Sabéis?, lo que realmente me hizo llorar
fue cuando vi a Barclay entrar aquí cantando «¡La última madera del campamento!
¡La última madera del campamento!», y llevársela fuera para construir ese cobertizo
para su tractor. Maldita sea, eché de menos esa puerta medianera que sacó más que al
propio sol. No era sólo la última madera lo que Barclay se llevaba. Se llevó también
el último pedazo de privacidad de este condenado lugar.
Una sonrisa afloró en el duro rostro de Connant cuando Kinner inició de nuevo su
perenne y simpático refunfuño. Pero este murió prematuramente cuando sus oscuros
y profundos ojos se posaron en la criatura de mirada encarnada que Blair
descascarillaba despojándola de su capullo de hielo. Una enorme mano despeinó la
melena del cocinero, y le tiró de uno de sus mechones rizados.

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—Va a estar muy concurrido esto si me quedo a velar esa cosa —gruñó Connant
—. ¿Por qué no puedes seguir tú pelando el hielo del bicho? Puedes hacerlo sin que
nadie meta las narices, te lo aseguro, y luego lo cuelgas sobre la caldera del generador
de la planta, da suficiente calor. Puede descongelar un pollo, incluso media ternera en
pocas horas.
—Lo sé —protestó Blair, y soltó el martillo para gesticular más eficazmente con
sus dedos huesudos y pecosos, su pequeño cuerpo tenso por la ansiedad—, pero esto
es demasiado importante para jugársela. Nunca ha habido un hallazgo semejante a
este; y nunca lo volverá a haber. Es la única oportunidad que la humanidad va a tener,
y habrá que hacerlo correctamente.
»Mirad, ¿recordáis el pez que pescamos cerca del mar de Ross y que se congeló
en cuanto subimos a cubierta, y que luego revivió al descongelarse muy lentamente?
Los seres inferiores no mueren si se congelan rápidamente y se descongelan
lentamente. Hemos…
—¡Eh! ¡Por amor de Dios!… ¿Estás diciendo que esa maldita cosa volverá a la
vida? —gritó Connant—. Si eso ocurre… ¡dejádmela a mí! La voy a reventar en
tantos pedacitos…
—¡No! No, idiota… —Blair saltó colocándose delante de Connant para proteger
su preciado hallazgo—. No. Sólo los seres inferiores. Por San Pedro, déjame acabar.
No se pueden descongelar seres superiores y hacerlos regresar. Esperad un momento
ahora… ¡esperad! Un pez puede revivir tras ser congelado porque es una forma de
vida tan inferior que las células individuales de su cuerpo pueden revivir, y con eso es
suficiente para restablecer las constantes vitales del animal. Cualquier otra forma de
vida superior descongelada de esa manera muere. Aunque las células individuales
revivan, mueren porque precisa de organización y cooperación celular para
sobrevivir. Esa cooperación no puede ser restablecida.
»Existe una especie de potencial vital en todos los animales no heridos y
ultracongelados. Pero no puede, no puede bajo ninguna circunstancia transformarse
en vida activa en los animales superiores. Los animales superiores son demasiado
complejos, demasiado delicados. Esta es una criatura inteligente tan avanzada en su
evolución como nosotros. O quizás más. Está tan muerto como lo estaría un hombre
congelado.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Connant, levantando el piolet que había cogido
un segundo antes.
El comandante Garry apoyó una mano sobre su poderoso hombro.
—Espera un minuto, Connant. Quiero dejar esto claro. Estoy de acuerdo en que
no se descongele esa cosa si existe la más remota posibilidad de que reviva. Estoy
totalmente de acuerdo en que es demasiado asqueroso para vivir, pero yo no tenía ni
idea de que existiera ni la más remota posibilidad.
El doctor Copper se sacó la pipa de entre los dientes y levantó su fornido y
moreno cuerpo de la litera en la que había estado sentado.

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—Blair tan sólo está hablando en términos muy técnicos. Eso está muerto. Tan
muerto como los mamuts que encuentran congelados en Siberia. El potencial viral es
como la energía atómica… está ahí pero nadie la puede provocar, y ciertamente no se
libera a sí misma excepto en casos contados, tan contados como el radio en la
reacción química anterior. Tenemos rodo tipo de pruebas de que los seres vivos no
reviven después de haber sido congelados, ni tan siquiera los peces, desde un punto
de vista general, y no existe ninguna prueba en absoluto de que una forma animal
superior pueda hacerlo bajo ninguna circunstancia. Pero entonces, ¿cuál es el objetivo
de descongelar esta cosa, Blair?
El pequeño biólogo se revolvió airado. La fina corona de pelo en punta alrededor
de su calva se agitó con indignación.
—El objetivo es —dijo con resentimiento— que las células individuales nos
muestren las características que poseyeron en vida, si la criatura es descongelada
correctamente. Las células musculares de un hombre siguen viviendo muchas horas
tras su muerte. Sólo por el hecho de que estas células continúen con vida, u otras
células como las del cabello o las uñas aún vivan, no se podría acusar a un cadáver de
ser un Zombi, o algo similar.
»Veamos, si descongelo este ser de la forma correcta, podría existir alguna
posibilidad de determinar de qué tipo de mundo procede. No lo sabemos, ni lo
podemos saber por ningún otro medio, viniera de la Tierra o de Marte o de Venus o
de más allá de las estrellas.
»Y por el mero hecho de parecer bastante distinto al hombre, no debéis acusarlo
de ser malvado, o dañino o algo similar. Quizás esa expresión en su cara es el
equivalente a la expresión humana de resignación ante el destino. Fijaos, el blanco es
el color de luto para los chinos. Si los hombres pueden tener costumbres distintas,
¿por qué una raza tan diferente a nosotros no podría tener un entendimiento distinto
de las expresiones faciales?
Connant se rió discretamente, sin el menor atisbo de alegría.
—¡Resignación pacífica, dice! Si eso es lo mejor que sabe hacer para mostrar
resignación, no me gustaría en absoluto ver a esa cosa furiosa. Esa cara no fue
diseñada para expresar paz. Simplemente no poseía en su configuración ningún
pensamiento filosófico como la paz.
»Sé que le has tomado cariño… —continuó Connant—, pero sé razonable. Esa
cosa creció alimentándose del mal, pasó su adolescencia asando vivos al equivalente
local de los gatitos, y se divirtió hasta bien entrada su madurez con nuevas e
ingeniosas torturas.
—No tienes ningún derecho a decir eso —exclamó Blair con voz cortante—.
¿Cómo puedes interpretar el significado de una expresión facial inherentemente
inhumana? Podría no tener ningún equivalente humano. Es simplemente un
desarrollo distinto de la naturaleza, otro ejemplo de la maravillosa adaptabilidad de la

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naturaleza. Al crecer en otro planeta, en un mundo quizás más duro, posee diferentes
formas y rasgos.
»Pero es un hijo tan legítimo de la naturaleza como vosotros mismos. Estáis
mostrando la infantil debilidad humana de odiar al diferente. En su propio mundo nos
clasificarían como una monstruosidad blanca y con barriga de pez, con un número
insuficiente de ojos, cuerpo pálido fungoide e hinchado por gases. Sólo porque su
naturaleza sea diferente no tenemos derecho a afirmar que sea necesariamente
maligno.
Norris dejó escapar un único y explosivo «¡ja!» y fijó su mirada en la cosa.
—Puede que tengas razón y que las criaturas de otros planetas no tengan que ser
necesariamente malignas por el mero hecho de ser distintas. ¡Pero esa cosa lo era!
Hijo de la naturaleza, ¿eh? Bueno, la suya debió de ser un infierno de naturaleza
maligna.
—Oh, por favor ¿podríais vosotros dos idiotas dejar de atacaros y quitar esa
maldita cosa de mi mesa? —gruñó Kinner—. Y ponedle la lona encima. Es indecente.
—Vaya, Kinner se ha vuelto recatado —se burló Connant.
Kinner entrecerró los ojos mirando al enorme físico. Arrugó la mejilla, surcada
por la cicatriz que se unía a la línea de sus labios delgados formando una sonrisa
retorcida.
—De acuerdo, muchachote —replicó Kinner—, ¿sobre qué andabas refunfuñando
hace tan sólo un minuto? Si lo prefieres, podemos colocar la cosa en una silla a tu
lado esta noche.
—No me da miedo su cara —dijo Connant con tono cortante—. No es que me
guste particularmente velar su cadáver, pero lo haré.
La sonrisa de Kinner se ensanchó.
—Ajá —se dirigió hacia el quemador de la cocina y removió las cenizas con
vigor, ahogando los agudos ruidos que hacía el hielo al quebrarse, ahora que Blair
había retomado su tarea.

CAPÍTULO 4

—Cluck —informó el contador de rayos cósmicos—, cluck-brrp-cluck.


Connant pegó un respingo y se le cayó el lápiz de la mano.
—Maldita sea —el físico volvió a echar un vistazo hacia la mesa donde estaba el
contador Geiger, en la esquina más alejada del cuarto, y gateó debajo del escritorio en
el que había estado trabajando para recuperar el lápiz.
Volvió a sentarse frente a su mesa de trabajo, intentando que su escritura fuera
más uniforme. Esta presentaba saltos y temblores que coincidían con los abruptos
sonidos a gallina escandalizada del contador Geiger. El siseo sordo del gas de la
lámpara de queroseno que utilizaba para iluminarse, los gorgoteos y ronquidos de una
docena de hombres que dormían en el otro extremo del pasillo del Edificio Paraíso,

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formaban los sonidos de fondo de los irregulares chasquidos del contador y el
ocasional crepitar de las brasas en el horno de cobre. Y, además, el leve y constante
goteo de la criatura.
Connant desenfundó un paquete de cigarrillos de su bolsillo, lo golpeó hasta que
un cigarrillo sobresalió y apresó el cilindro con los labios. El mechero falló y rebuscó
enfadado bajo la pila de papeles en busca de una cerilla. Rasgó la rueda del mechero
varias veces, lo lanzó sobre la mesa maldiciendo y se levantó para sacar una brasa de
la estufa con las pinzas del carbón.
Al regresar a su escritorio el mechero funcionó a la primera cuando intentó
encenderlo. El contador dejó escapar una serie de carcajadas chasqueantes al detectar
una ráfaga de rayos cósmicos. Connant se giró y lo miró con el ceño fruncido, e
intentó concentrarse en la interpretación de los datos recogidos la semana anterior. El
informe semanal…
Finalmente se dejó vencer por la curiosidad, o el nerviosismo. Tomó la lámpara
del escritorio y la llevó a la mesa situada en la esquina. Luego se acercó a la estufa y
cogió las pinzas de carbón.
La bestia había estado descongelándose casi dieciocho horas. La golpeó
suavemente y con instintiva precaución; la carne de la criatura ya no estaba dura
como una armadura de metal, sino que presentaba ahora una textura gomosa. Parecía
goma húmeda, azul y brillante por las gotas de agua que la cubrían, como diminutas y
redondas piedras preciosas bajo el brillo de la lámpara de queroseno. Connant sintió
un irracional deseo de vaciar el contenido del depósito de la lámpara sobre la criatura
encapsulada y lanzar un cigarrillo sobre ella. Los tres ojos rojos brillaban en su
dirección, sin verle, y cada órbita de color rubí reflejaba tenebrosos y humeantes
rayos de luz.
Se dio cuenta de que había estado mirándolos durante mucho tiempo, e incluso
percibió vagamente que ya no estaban ciegos. Pero no le pareció importante, o al
menos no más importante que los elaborados y lentos movimientos de los tentáculos
que brotaban de la base del escuálido y palpitante cuello.
Connant levantó la lámpara de queroseno y volvió a su asiento. Se sentó y estudió
las páginas de cálculos matemáticos que tenía delante de él. El chasqueo del contador
era ahora extrañamente menos inquietante, y los sonidos de las brasas en la estufa ya
no le distraían.
El crujido del suelo de madera a sus espaldas no interrumpió sus pensamientos
mientras completaba el informe semanal de forma mecánica, rellenando columnas de
datos y haciendo breves resúmenes.
El crujido del suelo sonó más cerca.

CAPÍTULO 5

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Blair regresó abruptamente de las profundidades pobladas de pesadillas. El rostro de
Connant flotaba borrosamente sobre el suyo; por unos instantes le pareció una
continuación del terrible horror del sueño. Pero la expresión en el rostro de Connant
era de enfado, y ligeramente asustada.
—Blair… Blair… maldito tronco, despierta.
—¿Uh?… ¿eh? —el diminuto biólogo se restregó los ojos con sus huesudos y
pecosos dedos apretados formando un puno mutilado de niño. En las literas
circundantes otros rostros se asomaron para observarles.
Connant se enderezó.
—Levanta… y mueve el trasero. Tu maldito animal se ha escapado.
—¡Escapado… qué demonios! —la bovina voz del Jefe de pilotos Van Wall rugió
con un volumen tan alto que sacudió las paredes.
De repente se oyeron otros gritos en los túneles de comunicación. La docena de
habitantes del Edificio Paraíso entró en tropel; Barclay, corpulento y achaparrado con
calzones largos de lana, llevaba un extintor.
—¿Qué demonios pasa? —inquirió Barclay.
—Su maldita bestia se ha escapado. Me quedé dormido hace unos veinte minutos
y cuando me desperté la cosa había desaparecido. Eh, doctor, al infierno con lo que
dijo de que esas cosas no pueden volver a la vida. La condenada potencialidad vital
de Blair parece haber desarrollado una barbaridad de potencial y nos ha dejado
plantados.
Copper tenía la mirada perdida.
—No era… terrestre —musitó de repente—. Su… supongo que las leyes
terrestres no son aplicables.
—Bueno, esa cosa sí se aplicó, solicitó una excedencia y se la tomó. Debemos
encontrarla y capturarla como sea.
Connant maldijo amargamente, sus negros y profundos ojos miraban hoscos y
enojados.
—Es un milagro que la infernal criatura no me engullera mientras dormía.
Blair lo miró y sus ojos claros de repente brillaron con terror.
—Quizás sí… esto… eh… tenemos que encontrarla.
—Encuéntrala tú. Es tu mascota. Ya he tenido que ver con ella más de lo que
desearía, he estado sentado siete horas con el contador saltando a cada segundo, y
vosotros aquí roncando como un coro de loros. Es asombroso que consiguiera
dormirme. Me voy al Edificio de Administración.
El comandante Garry pasó por la puerta agachando la cabeza y ajustándose el
cinturón.
—No hace falta, ya estamos enterados. El rugido de Van sonó como el Boeing en
pleno despegue con el viento en contra. Entonces, ¿no está muerto?
—No me lo llevé yo en mis brazos, eso te lo puedo asegurar —replicó secamente
Connant—. La última vez que le eché un vistazo, manaba una baba verdosa de la

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grieta en el cráneo, como una oruga aplastada. El doctor acaba de decir que nuestras
leyes terráqueas no funcionan… es extraterrestre. Bueno, es un monstruo
extraterrestre, con intenciones extraterrestres a juzgar por su cara, que anda
paseándose con el cráneo abierto y rezumando su propio cerebro.
Norris y McReady aparecieron en la entrada, que empezaba a llenarse de hombres
temblorosos. \
—¿Lo ha visto alguien al venir hacia aquí? —preguntó Norris inocentemente—.
Alrededor de un metro y veinte centímetros de altura… tres ojos rojos… supurando
cerebro. Venga chicos, ¿nadie ha comprobado si no se trata de una retorcida broma de
Connant? Si es así, creo que deberíamos aunar fuerzas y atar el animalillo de Blair
alrededor del cuello de Connant como el albatros del Viejo Marinero del poema de
Coleridge.
—No es una broma —dijo Connant con voz temblorosa—. Dios mío, ojalá lo
fuera. Ya me gustaría… —se calló de repente. Un violento y extraño aullido les llegó
a través de los pasillos. Los hombres se tensaron bruscamente, y se giraron—. Creo
que ha sido localizado —dijo Connant. Sus ojos negros se agitaron con una extraña
inquietud. Corrió a su litera en el Edificio Paraíso y regresó casi inmediatamente con
un pesado revólver del calibre 45 y un piolet. Levantó ambos lentamente mientras
salía corriendo por el pasillo hacia Dogtown—. La criatura se ha metido por los
pasillos equivocados… y ha terminado entre los huskis. Escuchad… los perros han
roto las cadenas…
Los aullidos medio aterrorizados de la manada se transformaron en una salvaje
melé depredadora. Los alaridos de los perros retumbaban en los estrechos corredores,
y a través de ellos llegó un profundo gruñido susurrante que supuraba un odio
profundo. Un alarido de dolor, una docena de ladridos rugientes.
Connant se abalanzó hacia la puerta. McReady le siguió de cerca, luego Barclay y
el comandante Garry. Otros hombres se dispersaron hacia el Edificio de
Administración. Pomroy, a cargo de las cinco vacas del Gran Imán, se dirigió por el
pasillo en dirección contraria… tenía en mente hacerse con una horca con mango de
ciento ochenta y tres centímetros y largos pinchos de estaño.
Barclay se quedó un tanto rezagado; la enorme mole de McReady viró
repentinamente apartándose del túnel que llevaba a Dogtown y desapareció tras un
ángulo del pasillo. Indeciso, el mecánico dudó unos segundos con el extintor en las
manos, sin estar seguro de si tirar hacia un lado u otro. Entonces salió corriendo hasta
topar con la ancha espalda de Connant. Tuviera lo que tuviese en mente McReady, se
podía confiar en él para hacer que funcionase.
Connant se paró en un ángulo del corredor. De repente dejó escapar el aire de su
garganta con un siseo.
—Dios Todopoderoso… —el revólver detonó con gran estruendo; tres ondas de
sonido paralizantes y palpables tronaron en los estrechos corredores. Dos más.

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El revólver cayó sobre la nieve dura y compacta del túnel, y Barclay vio el piolet
cambiar a una posición defensiva. El poderoso cuerpo de Connant bloqueaba su
visión, pero más allá oyó algo maullando y riendo dementemente. Los perros estaban
más calmados; había una mortal seriedad en sus gruñidos. Patas con garras arañaron
la nieve compacta, las cadenas rotas tintineaban y se enredaban.
Connant se apartó abruptamente y Barclay pudo ver lo que había más allá.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, luego su respiración exploró en una
maldición gutural. La Cosa se lanzó hacia Connant, los poderosos brazos del hombre
lanzaron el piolet, con el extremo plano en primer lugar contra lo que debía ser una
mano. La criatura aulló de dolor inhumanamente y con la carne a jirones, cercenada
por media docena de huskis salvajes, volvió a ponerse en pie. Los ojos rojos
centellearon con un odio extraterrestre, una vitalidad extraterrestre e inmortal.
Barclay le apuntó con el extintor; el chorro cegador y frenético de espuma
química la confundió, la desconcertó, y junto a los salvajes ataques de los huskis, que
ya no tenían miedo a nada que se moviera, la mantenían acorralada.
McReady se abrió paso y recorrió el estrecho pasadizo abarrotado de hombres
que no podían alcanzar a ver la escena. Sin duda había un impulso planeado en el
ataque de McReady. Uno de los enormes lanzallamas utilizados para calentar los
motores del avión estaba en sus bronceadas manos. El artilugio rugía a intervalos
cuando dobló la esquina y entonces abrió la válvula. El maullido enloquecido se hizo
aún más fuerte. Los perros se arrastraron hacia atrás apartándose de la lanza de casi
un metro de llama azul incandescente.
—Bar, ve y trae un cable de suministro eléctrico, extiéndelo hasta aquí de alguna
forma. Y un mango de algo. Podemos intentar electrocutar a este… monstruo, si no
logro incinerarlo.
McReady habló con la autoridad que confiere una acción planeada. Barclay giró
hacia el largo pasillo en dirección a la planta del grupo electrógeno, pero ya delante
de él Norris y Van Wall corrían.
Barclay encontró el cable en una caja eléctrica situada en la pared del túnel. En
medio minuto realizó el empalme y regresó. La voz de Van Wall vibró alta al dar la
señal de «¡Electricidad!», al tiempo que la dinamo de gasolina de emergencia se
encendía ruidosamente. Había ya media docena de hombres allá abajo: las brasas de
carbón entraban rápidamente en la incineradora de la planta generadora de vapor.
Norris, maldiciendo con una voz mortalmente monótona y grave, trabajaba con dedos
rápidos y firmes en el otro extremo del cable que sostenía Barclay, empalmando en
un contacto uno de los cables de corriente.
Los perros habían retrocedido cuando Barclay llegó al ángulo del corredor, se
habían retirado ante un monstruo furioso que los miraba con siniestros ojos rojos,
rugiendo con odio de fiera atrapada. Los perros se agrupaban en un semicírculo de
hocicos ensangrentados formando un ribete de brillantes dientes blancos, aullando
con una violenta ansiedad que casi igualaba la furia de los ojos encarnados de la

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criatura. McReady permaneció firme y alerta en la curva del corredor, blandiendo el
susurrante lanzallamas en posición de ataque. Cuando Barclay regresó, se echó a un
lado sin apartar los ojos de la bestia. Había una leve y tensa sonrisa en su enjuto
rostro bronceado.
La voz de Norris sonó al otro lado del pasillo y Barclay se dirigió allí. El cable
estaba pegado con cinta adhesiva al largo mango de una pala quitanieves, los dos
conductores empalmados y situados a cuarenta y seis centímetros el uno del otro a lo
largo de un trozo de madera unido en ángulo recto al mango por el extremo más
alejado. Los conductores de cobre pelados, cargados con una potencia de 220 voltios,
brillaban bajo la luz de las lámparas de queroseno. La criatura rugió, luego se quedó
en silencio y reculó a un lado. McReady avanzó junco a Barclay. A sus espaldas, los
perros parecían presentir el plan casi con una inteligencia telepática de huskis
entrenados. Sus aullidos se hicieron más agudos, más suaves, y fueron acercándose
con pasos cortos. De repente un enorme alaskan negro como la noche saltó sobre la
presa. La criatura se revolvió chillando y lanzando al aire sus patas con garras como
sables.
Barclay se abalanzó hacia delante y le clavó el artilugio eléctrico. Se oyó un
extraño y agudo alarido que acto seguido quedó ahogado. El olor a carne quemada en
el corredor se intensificó; volutas de humo grasiento se elevaron hacia el techo. El
golpeteo lejano de la dinamo gasoeléctrica en el otro extremo del pasillo se
transformó en una sucesión de renqueantes golpes sordos.
Los ojos rojos de la criatura se nublaron en lo que ahora era un simulacro de
rostro espasmódico y tembloroso. Sus extremidades, similares a brazos y piernas, se
retorcían y serpenteaban. Los perros saltaron hacia delante y Barclay retiró el arma
eléctrica. La criatura sobre la nieve no se movió mientras docenas de dientes
brillantes la descuartizaban.

CAPÍTULO 6

Garry paseó la mirada por la habitación abarrotada. Treinta y dos hombres; algunos
nerviosos apoyados en la pared, algunos más relajados pero inquietos, algunos
sentados, la mayoría prefería quedarse de pie, apiñados como sardinas.
Treinta y dos, más los cinco ocupados en coser las heridas de los perros, un total
de treinta y siete en plantilla.
Garry comenzó a hablar.
—De acuerdo, supongo que estamos todos aquí. Algunos de vosotros, tres o
cuatro como mucho, han visto lo ocurrido. Todos pudisteis ver a la criatura sobre la
mesa y podéis haceros una vaga idea. Pero si alguien aún no la ha visto, puedo
levantar la lona y… —alargó la mano hacia la lona que cubría a la criatura sobre la
mesa. Despedía un olor acre de carne chamuscada. Los hombres se agitaron
inquietos, rehusando precipitadamente el ofrecimiento.

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—Parece que Charnauk no liderará nunca más el grupo de perros —continuó
Garry—. Blair quiere quedarse con la criatura para realizar análisis más exhaustivos.
Queremos saber qué ocurrió, y cerciorarnos desde este mismo instante de que la
criatura está permanente y completamente muerta. ¿De acuerdo?
—Cualquiera que no esté de acuerdo puede quedarse esta noche a hacer compañía
a la cosa —dijo Connant con una sonrisa.
—De acuerdo, Blair, ¿qué puedes decir sobre el bicho? Garry se volvió hacia el
pequeño biólogo.
—Me pregunto si realmente lo hemos visto en su forma original —Blair echó un
vistazo a la masa cubierta—. Podría estar imitando a los seres que construyeron esa
nave… pero no creo que lo hiciera. Creo que ese era su verdadero aspecto. Aquellos
de nosotros que estuvimos cerca del ángulo del pasillo pudimos ver a esa cosa en
acción; lo que hay en la mesa es el resultado. Cuando la criatura se descongeló,
aparentemente, echó un vistazo a su alrededor. Pudo ver que la Antártida estaba aún
helada, como lo había estado hace millones de años cuando la vio por vez primera…
y se congeló. Por mis observaciones mientras se descongelaba y los trozos de tejido
que corté y endurecí entonces, creo que procede de un plañera más caliente que la
Tierra. No podía, en su forma natural, soportar temperaturas tan bajas. No hay ningún
ser vivo en la Tierra que pueda sobrevivir en la Antártida durante el invierno, pero la
mejor alternativa es el perro. Encontró a los perros, y de alguna manera se acercó lo
suficiente a Charnauk para atraparlo. Los otros perros lo olieron… lo oyeron… no lo
sé. En todo caso se volvieron locos, rompieron las cadenas y atacaron antes de que
hubiera terminado el proceso de transformación. La cosa que encontramos era una
combinación de Charnauk, extrañamente tan sólo medio muerto y a medio digerir por
el protoplasma gelatinoso de esa criatura, y de los restos de la cosa que encontramos
originalmente, pero como si se hubiera derretido hasta quedar convertida en
protoplasma básico.
»Cuando los perros le atacaron, adoptó la mejor forma de lucha que se le ocurrió.
Aparentemente, una bestia de otro mundo.
—¿Adoptó? —interrumpió Garry—. ¿Cómo?
—Todos los seres vivos están compuestos de gelatina… protoplasma y diminutos
y submicroscópicos núcleos que controlan la masa, el protoplasma. Esta cosa era tan
sólo una modificación de ese mismo plan universal de la Naturaleza; células hechas
de protoplasma, controladas por núcleos infinitamente más pequeños. Vosotros los
físicos podríais comparar una célula individual de cualquier ser vivo con un átomo; la
masa del átomo, el espacio que ocupa, está compuesta de electrones en órbita, pero el
carácter de la cosa viene determinado por el núcleo atómico.
»Esto no es radicalmente distinto a lo que ya conocemos. Es tan sólo una
modificación que nunca antes habíamos visto. Es tan natural, tan lógica, como
cualquier otra manifestación de la vida. Obedece exactamente a las mismas leyes. Las
células están hechas de protoplasma, y su carácter viene determinado por el núcleo.

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»Sólo que, en el caso de esta criatura, los núcleos celulares pueden controlar esas
células a voluntad. Digirió a Charnauk, y mientras lo digería estudiaba cada una de
las células de su tejido dando forma a sus propias células para imitarlas exactamente.
Al menos parte de ellas… las partes que tuvo tiempo de acabar de replicar… son
células caninas. Pero no tienen núcleos celulares caninos —Blair levantó una esquina
de la lona. La pierna desgarrada de un perro con pelo gris erizado quedó expuesta—.
Eso, por ejemplo, no es un perro en absoluto; es una réplica. No estoy seguro de
ciertos puntos; el núcleo se estaba camuflando, ocultándose tras un núcleo de
imitación de células de perro. Con el tiempo, ni tan siquiera un microscopio hubiera
detectado la diferencia.
—Supongamos —inquirió Norris friamente— que hubiera tenido mucho tiempo.
—Entonces nos habríamos encontrado con un perro. Los otros perros lo habrían
aceptado. Nosotros lo habríamos aceptado. No creo que se hubiera diferenciado en
nada; ni en el microscopio, ni en los rayos-X, ni por cualquier otro medio. Este es un
espécimen de una raza de una inteligencia suprema, una raza que ha aprendido los
secretos más insondables de la biología, y los utiliza a su conveniencia.
—¿Y qué planeaba hacer? —dijo Barclay mirando el bulto bajo la lona.
Blair esbozó una sonrisa inquietante. El ondulante halo de fino cabello alrededor
de su calva se meció ligeramente.
—Invadir el mundo, imagino.
—¡Invadir el mundo! ¿Él solo, sin ayuda de nadie? —preguntó Connant
resoplando—. ¿Erigirse en único dictador?
—No —Blair negó con la cabeza. El escalpelo con el que sus huesudos dedos
habían estado jugando cayó de sus manos; se inclinó para recogerlo de forma que su
rostro quedó oculto mientras siguió hablando—. Se convertiría en la población
mundial.
—¿Se convertiría… en la población mundial? ¿Quieres decir que se reproduce
asexualmente?
Blair negó con la cabeza y tragó saliva.
—Esta cosa… no necesita hacerlo. Pesaba unos 38 kilos. Charnauk pesaba
alrededor de 40. Se hubiera convertido en Charnauk y aún le sobrarían 38 kilos para
transformarse en… oh, Jack por ejemplo, o Chinook. Puede mirar cualquier cosa… es
decir, transformarse en cualquier cosa. Si hubiera alcanzado el Mar Antártico se
habría transformado en una foca, o quizás en dos focas. O quizás podría haber
atrapado a un albatros, o a una skúa, y volar de esa forma hasta Sudamérica.
Norris soltó una maldición en voz baja.
—Y cada vez que digiriese algo, y lo imitase…
—Volvería a quedarle su masa original, para comenzar de nuevo —terminó Blair
—. Nada podría matarlo. No tiene enemigos naturales, porque se transforma en
cualquier cosa que quiera. Si una orca asesina lo atacase, se transformaría en una orca
asesina. Si fuera un albatros y un águila le atacase, se convertiría en un águila. Dios

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mío, podría convertirse en un águila hembra. ¡Podría regresar, construir un nido y
poner huevos!
—¿Estáis seguros de que esa cosa endemoniada está muerta? —preguntó el
doctor Copper suavemente.
—Sí, gracias a Dios —jadeó el pequeño biólogo—. Tras retirar a los perros, me
quedé allí clavando la barra de alta tensión en su cuerpo durante cinco minutos. Está
muerta y totalmente chamuscada.
—Entonces sólo podemos dar gracias a Dios de que estemos en la Antártida,
donde no hay ni un solo ser vivo que pueda ser replicado, excepto estos animales del
campamento.
—A nosotros —rió Blair—. Puede imitarnos a nosotros. Los perros no pueden
desplazarse seiscientos cuarenta y cuatro kilómetros hasta el mar; no hay alimentos.
No hay ninguna skúa que pueda replicar en esta estación del año. No hay pingüinos
tan alejados de la costa. No hay nada que pueda llegar hasta el mar desde este
punto… excepto nosotros. Tenemos cerebros. Podemos hacerlo. ¿No lo veis? Tiene
que imitarnos… tiene que ser uno de nosotros… esa es la única forma que tiene de
volar en avión durante dos horas, y dominar… convertirse en todos los habitantes de
la Tierra. ¡Tiene todo un mundo a sus pies… si logra replicarnos!
»La criatura aún no lo sabía. No había tenido ocasión de aprender. Se precipitó, se
apresuró a digerir el ser vivo que más se aproximaba a su tamaño. Escuchad… ¡Yo
soy Pandora! ¡Yo abrí la caja! Y la única esperanza que tenemos… es que nada salga
de aquí. No me habéis visto, pero lo he hecho. Ya lo he solucionado. He destruido
todos los magnetos. Ni un solo avión puede volar. Nada puede despegar de aquí —
Blair rió y a continuación se derrumbó en el suelo, llorando.
El jefe de pilotos Van Wall se abalanzó hacia la puerta. Se oyeron los ecos cada
vez más tenues de sus pisadas mientras que el doctor Copper se inclinaba con calma
sobre el hombrecillo tirado en el suelo. De su dispensario al otro lado de la sala trajo
una jeringuilla e inyectó una solución en el brazo de Blair.
—Se le habrá pasado cuando despierte —suspiró, y se enderezó. McReady le
ayudó a levantar al biólogo y acostarlo en una litera cercana—. Todo dependerá de
que seamos capaces de convencerle de que esa cosa está muerta.
Van Wall entró en el barracón bajando la cabeza y acariciándose la espesa barba
rubia con aire ausente.
—No pensé que un biólogo pudiera realizar un trabajo mecánico tan perfecto. Se
le olvidaron los recambios de la segunda caja. Pero ya está. Yo mismo los destrocé.
El comandante Garry asintió.
—Me pregunto si la radio…
El doctor Copper resopló.
—No creerá que pueda transportarse por las ondas de la radio, ¿verdad? —dijo—.
Organizarían cinco intentos de rescate en los próximos tres meses si silenciamos la
emisora. Lo que hay que hacer es hablar alto y no emitir ningún otro sonido. Ahora

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bien, me pregunto… —McReady miró con expresión pensativa al doctor—. Podría
tratarse de una enfermedad infecciosa. Cualquier cosa que beba su sangre…
Copper sacudió la cabeza.
—Blair pasó por alto una cosa. Quizás ese ser pueda imitar, pero hasta cierto
punto tiene su propia química corporal, su propio metabolismo. Si no lucra así, se
transformaría totalmente en un perro… y sería un perro y nada más. Tiene que ser la
réplica de un perro. Y, si es así, debe de ser posible detectarlo mediante un análisis de
suero sanguíneo. Y su química, ya que viene de otro mundo, debe de ser tan total y
radicalmente distinta que unas pocas células, como las que contienen unas gotas de
sangre, serían tratadas como gérmenes patógenos por el sistema inmunológico de un
perro o de un ser humano.
—Sangre… ¿Podría una de esas réplicas sangrar? —preguntó Norris.
—Y tanto que sí. La sangre no tiene nada de místico. Un musculo es
aproximadamente un noventa por ciento de agua, la sangre tan sólo difiere de este en
un par de puntos más de porcentaje de agua, y menos tejido conectivo. Pueden
sangrar sin ningún problema —le aseguró Copper.
Blair se incorporó en su litera súbitamente.
—Connant… ¿dónde está Connant?
El físico se acercó al pequeño biólogo.
—Aquí estoy. ¿Qué quieres?
—¿Eres realmente tú? —Blair dejó escapar una risilla. Se derrumbó hacia atrás
sobre la litera retorcido por una especie de risa silenciosa.
Connant lo miró con ojos inexpresivos.
—¿Eh? ¿Que si yo soy qué?
—¿Estás ahí? —Blair explotó con una fuerte risotada—. ¿Eres Connant? La
bestia quería ser un hombre… no un perro.

CAPÍTULO 7

El doctor Copper se levantó de la litera con gesto cansado y lavó la aguja


hipodérmica cuidadosamente. Los leves repiqueteos que hacía parecían amplificados
en la habitación atestada, ahora que la risa gutural de Blair por fin había cesado.
Copper miró a Garry y sacudió la cabeza lentamente.
—No hay esperanza, me temo. No creo que podamos convencerle de que la cosa
está totalmente muerta.
Norris se rió desconcertado.
—Tampoco estoy seguro de que puedas convencerme de ello. Oh, maldito seas,
McReady.
—¿McReady? —el comandante Garry se giró para mirar primero a Norris y luego
a McReady con curiosidad.

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—Las pesadillas —explicó Norris—. McReady tenía una teoría sobre las
pesadillas que experimentamos en la Estación Secundaria tras encontrar aquella cosa.
—¿Y cuál era esa teoría? —Garry lanzó a McReady una mirada neutra.
Norris respondió por él, ansioso e inquieto.
—Que la criatura no estaba muerta, que tan sólo se habían ralentizado
enormemente sus constantes vitales, una existencia suspendida que sin embargo le
permitía ser vagamente consciente del paso del tiempo, de nuestra llegada, tras
millones de años. Yo soñé que esa criatura podía replicar cosas.
—Bueno —gruñó Copper—, y así es.
—No seas capullo —ladró Norris—. No es eso lo que me preocupa. En el sueño
esa cosa podía leer las mentes, leer los pensamientos, las ideas y los gestos.
—¿Y qué hay de malo en ello? Parece que eso te preocupe más que lo divertido
que va a ser estar con un loco en un campamento en la Antártida Copper señaló con
la cabeza el perfil durmiente de Blair.
McReady sacudió lentamente su enorme cabeza.
—Tú. sabes que Connant es Connant, no sólo porque físicamente parezca
Connant, cosa que empezamos a creer que la bestia puede replicar, sino porque
piensa como Connant, habla como Connant, se mueve como Connant. Para eso hace
falta más que un cuerpo que se parezca a él; hace falta la propia mente de Connant,
sus pensamientos y gestos. Por lo tanto, aunque sabéis que la cosa podría replicar a
Connant, no os preocupa mucho porque sabéis que tiene una mente de otro mundo,
una mente inhumana, que no podría reaccionar ni pensar ni hablar como el hombre
que conocemos, y hacerlo tan bien como para engañarnos ni tan siquiera un segundo.
»La idea de que la criatura pueda imitar a uno de nosotros es fascinante pero
irreal, porque es demasiado radicalmente inhumana para poder engañarnos. No posee
una mente humana.
—Como he dicho antes —repitió Norris, mirando a McReady fijamente—,
puedes decir lo que te dé la gana en el momento que más te aflore, pero ¿tendrías la
amabilidad de acabar esa reflexión… de una forma u otra?
Kinner, el cocinero de la expedición, estaba de pie cerca de Connant. Súbitamente
cruzó la estancia abarrotada dirigiéndose hacia sus queridos fogones. Azuzó las
cenizas del horno ruidosamente.
No serviría de nada —dijo el doctor Copper con un hilo de voz, como si pensara
en voz alta— que simplemente replicara la apariencia física; tendría que entender sus
sentimientos, sus reacciones. No es humana; tiene poderes de imitación desconocidos
por el hombre. Un buen actor, entrenándose, puede imitar a otro hombre, los gestos
de otro hombre, lo suficientemente bien para engañar a la mayoría de la gente. Por
supuesto, ningún actor podría imitar tan perfectamente como para engañar a hombres
que han estado conviviendo con el replicado con la total falta de privacidad de un
campamento en la Antártida. Eso requeriría de una habilidad sobrehumana.
—Oh, ¿también te ha picado a ti el bicho? —Norris maldijo en voz baja.

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Connant, de pie y a solas en un rincón de la habitación, miró a su alrededor con
ojos desorbitados y el rostro lívido. Una leve marea invisible había empujado al resto
de hombres que se apiñaban en el otro extremo de la habitación, de manera que
quedó aislado del resto.
—Dios mío, ¿podríais vosotros dos callaros de una vez? Malditos Jeremías —la
voz de Connant vibró—. ¿Qué se supone que soy? ¿Algún tipo de. espécimen
microscópico que estáis diseccionando? ¿Un gusano asqueroso del que habláis en
tercera persona?
McReady le miró a los ojos; dejó de retorcerse las muñecas durante unos
instantes.
—Querido Connant: nos lo estamos pasando muy bien. Ojalá estuvieras aquí.
Firmado: Todos. Connant, si piensas que lo estás pasando de puta pena, limítate a
trasladarte hacia el otro cuarto durante un ratito. Tienes una cosa que nosotros no
tenemos; sabes cuál es la respuesta. Créeme, ahora mismo eres el hombre más temido
y respetado del Gran Imán.
—Dios, cómo me gustaría que os vierais los ojos —susurró Connant—. Dejad de
mirarme, por favor. ¿Qué demonios vais a hacer?
—¿Tienes alguna sugerencia, Copper? —preguntó el comandante Garry con voz
firme—. La situación actual es imposible.
—Oh, ¿de verdad? —ladró Connant—. Ven aquí y mira a esa muchedumbre.
Cielo santo, tienen exactamente la misma mirada que aquel grupo de huskis de la
esquina. Bennings, ¿te importaría dejar de mover ese maldito piolet?
La punta de la herramienta repiqueteó en el suelo al caer de las nerviosas manos
del mecánico de aviación. Se inclinó y la recogió rápidamente, levantándola muy
lentamente y recolocándosela en las manos mientras Sus ojos marrones se movían
frenéticamente por toda la habitación.
Copper se sentó en la litera junto a Blair. La madera crujió ruidosamente en el
cuarto. Al otro lado del pasillo un perro aulló de dolor y las tensas voces de los
conductores de trineos llegaron al cuarto flotando etéreas.
—El análisis microscópico —dijo el doctor pensativo— sería inútil, como señaló
Blair. Ha pasado un tiempo considerable. Sin embargo, los análisis de suero
sanguíneo serían definitivos.
—¿Análisis de suero? ¿Qué es lo que quieres decir exactamente? —preguntó el
comandante Garry.
—Si yo tuviera un conejo al que se le ha inoculado sangre humana (un veneno
para los conejos, por supuesto, como lo sería la sangre de cualquier otro animal
excepto la de otro conejo), y si se continuaran incrementando las dosis durante un
tiempo, el conejo finalmente se volvería inmune al humano. Si se le extrajera un poco
de sangre, se precipitara en una probeta y se añadiera al suero transparente un poco
de sangre humana, habría una reacción observable que probaría que la sangre era
humana. Si se hiciera la prueba con sangre de vaca o de perro, o cualquier otra

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proteína distinta a la sangre humana, no se observaría ninguna reacción. Eso sería una
prueba definitiva.
—¿Y podrías sugerirme dónde puedo cazar un conejo para ti, doctor? —preguntó
Norris—. Es decir, más cerca que Australia; no queremos tampoco perder demasiado
tiempo viajando tan lejos.
—Sé que no hay conejos en la Antártida —asintió Copper—, pero es
simplemente el animal más común en este tipo de pruebas. Cualquier animal, excepto
el hombre, serviría. Un perro, por ejemplo. Pero se tardará varios días en realizar la
prueba, y debido al enorme tamaño del animal, bastante sangre. Dos de nosotros
tendremos que contribuir.
—¿Sirvo yo? —se ofreció Garry.
—Contigo ya somos dos —asintió Copper—. Me pondré manos a la obra
inmediatamente.
—¿Y qué hacemos con Connant mientras tanto? —preguntó Kinner—. Antes
prefiero salir por esa puerta e irme corriendo al mar de Ross que acceder a cocinar
para él.
—¡Humano! —Connant explotó en un torrente de insultos—. ¡Podría ser
humano, maldito saco de huesos! ¿Que demonios pensáis que soy?
—Un monstruo —replicó Copper cortante—. Ahora calla y escucha.
El color se borró del rostro de Connant, que se desplomó pesadamente al escuchar
su demencia al fin verbalizada.
—Hasta que lo sepamos… sabes tan bien como nosotros que tenernos motivos
para cuestionar el hecho de que seas totalmente humano, y sólo tú sabes cómo debe
ser respondida la pregunta… no sería descabellado que esperases ser encerrado. Si
eres… no-humano… eres mucho más peligroso que el desgraciado de Blair, y en
cuanto a él me encargaré yo mismo de que permanezca encerrado a cal y canto.
Supongo que su próximo estadio se traducirá en un violento deseo de matarte a ti, a
todos los perros y probablemente a todos nosotros. Cuando se despierte estará
convencido de que todos somos no-humanos, y nada en este planeta le hará cambiar
de opinión. Sería más piadoso dejarle morir, pero no podemos hacer eso, por
supuesto. El estará en uno de los barracones, tú puedes estar en el Edificio Cosmos
con tu instrumental de rayos cósmicos. Que es donde normalmente estás, de todas
formas. Yo tengo ahora que curar a un par de perros.
Connant asintió amargamente.
—Soy humano. Acelerad esas pruebas. Vuestras miradas… Dios mío, cómo
desearía que pudierais ver vuestras miradas…

El comandante Garry observaba ansiosamente a Clark, el cuidador de los perros,


mientras sujetaba al enorme huski marrón de Alaska y Copper comenzaba el
tratamiento con inyecciones. El perro no parecía muy dispuesto a cooperar; la aguja
era dolorosa y ya había experimentado suficientes agujas esa misma mañana. Cinco

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puntos mantenían cerrada una herida que le atravesaba las costillas desde el hombro
hasta la mitad de su cuerpo. Uno de los colmillos estaba roto; el fragmento que
faltaba fue encontrado medio enterrado en el hueso del hombro del monstruo que
yacía en la mesa en el Edificio de Administración.
—¿Y cuánto tiempo llevará el proceso? —preguntó Garry apretándose el brazo
suavemente. Le dolía el pinchazo de la aguja que el doctor Copper había utilizado
para extraer sangre.
Copper se encogió de hombros.
—Para serte franco, no lo sé. Conozco el procedimiento general, lo he utilizado
en conejos. Pero no lo he experimentado con perros. Son animales demasiado
grandes y torpes para trabajar con ellos; en condiciones normales son preferibles los
conejos y son los que se utilizan. En lugares civilizados se puede comprar una reserva
de conejos inmunes a los humanos de algunos suministradores, y no muchos
investigadores se toman las molestias de prepararse su propio suministro.
—¿Y para qué los quieren allí? —preguntó Clark.
—La criminología es un campo de estudio muy amplio. A dice que no asesinó a
B, y que la sangre en su camisa procede de matar a un pollo. Se realiza un análisis,
entonces es el turno de A de explicar cómo es posible que la sangre reaccione en
conejos inmunes a los humanos, pero no en los que son inmunes a los pollos.
—¿Qué vamos a hacer con Blair mientras tanto? —preguntó Garry extenuado—.
No pasa nada por dejarle dormir donde está durante un tiempo, pero cuando
despierte…
—Barclay y Benning están instalando algunos cerrojos en la puerta del Edificio
Cosmos —replicó Copper con voz grave— Connant está comportándose como un
caballero. Creo que quizás la forma en que los otros hombres le miran le hace preferir
un poco de privacidad. Dios sabe que hasta ahora todos nosotros individualmente
hemos rezado por un poco de privacidad.
Clark se rió amargamente.
—Ya no, gracias. Cuantos más seamos mejor.
—Blair —continuó Copper— también tendrá privacidad… y cerrojos. Seguro que
se despierta con un plan bastante definitivo en mente. ¿Alguna vez habéis oído la
vieja historia de cómo detener una infección de fiebre aftosa en el ganado?
»Si no hay especímenes con infección de fiebre aftosa, no habrá futura infección
aftosa —explicó Copper—. Hay que deshacerse de todos los animales que
manifiesten síntomas, y de todos los animales que han estado cerca del animal
infectado. Blair es biólogo, y conoce ese protocolo. Teme a esa cosa que hemos
liberado. La solución está probablemente bastante clara en su cabeza por ahora.
Matar a todo el mundo y todas las cosas del campamento antes de que una skúa o un
albatros errante venga con la primavera por estos parajes y… contraiga la infección.
Los labios de Clark se plegaron en una mueca torcida.

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—Suena lógico. Si las cosas se ponen muy mal… podemos dejar a Blair suelto.
Nos ahorrará el trago de tener que suicidarnos. También podríamos hacer todos un
juramento; si las cosas se ponen feas, nos encargamos de que eso ocurra.
Copper se rió ligeramente.
—El último hombre vivo en el Gran Imán… no sería un hombre —señaló—.
Alguien tiene que matar a esas criaturas, que no desean autoaniquilarse, ya sabéis. No
tenemos suficiente termita para hacerlo de una explosión, y la decanita no sirve de
mucho. Tengo la impresión de que incluso los fragmentos más pequeños de esos
seres son organismos autosuficientes.
—Si pueden modificar su protoplasma a voluntad —interrumpió Garry
pensativamente—, ¿no podrían transformarse simplemente en pájaros para poder
volar? Pueden aprender todo acerca de las aves, e imitar su estructura sin tan siquiera
entrar en contacto con ellas. O pueden imitar quizás pájaros de su planeta natal.
Copper negó con la cabeza, y ayudó a Clark a soltar al perro.
—El hombre ha estudiado a los pájaros durante siglos, intentando aprender cómo
fabricar una máquina para volar como ellos. Nunca lo consiguió; finalmente lo logró
cuando rompió con todo lo anterior y probó nuevos métodos. Conocer la idea general,
o conocer la estructura detallada del ala, los huesos y el tejido nervioso es algo muy,
muy diferente. Y en cuanto a lo de otros pájaros extraterrestres, quizás, de hecho muy
probablemente, las condiciones atmosféricas de aquí son tan completamente distintas
que sus pájaros no podrían volar aquí. Quizás, el ser procediera de un planeta como
Marte con una atmósfera tan fina que no permitiese la existencia de pájaros.

Barclay entró en el edificio arrastrando un trozo de cable del cuadro de mandos del
avión.
—Ya está acabado, doctor. El Edificio Cosmos no puede ser abierto desde el
interior. Y ahora, ¿dónde ponemos a Blair?
Copper miró a Garry.
—No hay ningún edificio de biología. No sé dónde podemos aislarle.
—¿Qué tal en el Almacén Este? —dijo Garry tras unos segundos de reflexión—.
¿Podrá Blair cuidar de sí mismo… o necesitará cuidados?
—Podrá apañárselas. Nosotros somos a los que hay que cuidar —le aseguró
Copper lúgubremente—. Lleva una estufa, un par de bolsas de carbón, los
suministros necesarios y unas cuantas herramientas para reparaciones. Nadie ha
estado allí desde el último otoño, ¿verdad?
Garry negó con la cabeza.
—Si mete mucho ruido… podría ser una buena idea.
Barclay levantó las herramientas que llevaba y miró a Garry.
—Si la perorata que está farfullando ahora nos indica algo, me parece que va a
pasar toda la noche canturreando. Y no creo que vaya a gustarle nada la canción.
—¿Qué dice? —preguntó Copper.

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Barclay negó con la cabeza.
No me fijé mucho en lo que decía. Tú puedes hacerlo si quieres. Pero, por lo que
pude entender, ese maldito idiota estaba teniendo los mismos sueños que tuvo
McReady, y unos cuantos más. Durmió junto a la criatura cuando nos detuvimos en el
camino al regresar del Magnético Secundario, recuerda. Soñó que la cosa estaba viva,
y soñó más detalles. Y, maldita sea su alma, sabía que no todo era sueño, o al menos
tenía motivos para saberlo. Sabía que tenía poderes telepáticos que vibraban
levemente, y que no sólo podía leer las mentes, sino también proyectar pensamientos.
No eran sueños, ¿comprendes? Eran pensamientos sueltos que esa cosa estaba
retransmitiendo, de la misma manera que Blair retransmite sus pensamientos ahora…
una especie de susurro telepático en sueños. Por eso él sabía tanto sobre sus poderes.
Supongo que tú y yo, doc, no fuimos tan sensibles… si es que quiere creer en la
telepatía.
—No me queda más remedio —suspiró Copper—. El doctor Rhine de la
Universidad Duke ha demostrado que existe, ha demostrado que algunas personas
son más sensibles que otras.
—Bueno, si quieres saber más sobre el tema, ve y escucha un rato el farfulleo de
Blair —apuntó Barclay—. Ya ha hecho huir a casi todos los chicos del Edificio de
Administración; por no hablar del jaleo de Kinner con las cacerolas y el carbón.
Cuando no puede golpear alguna cacerola, se dedica a atizar las brasas.
»Por cierto, comandante, ¿qué vamos a hacer esta primavera, ahora que los
aviones están inutilizados?
Garry dejó escapar un suspiro.
—Mucho me temo que nuestra expedición no habrá servido de nada. No podemos
dividir nuestras fuerzas ahora.
—Sí habrá servido de algo… si continuamos viviendo, y logramos salir de esta —
le prometió Copper—. El hallazgo que hemos realizado, si somos capaces de
controlarlo, es lo suficientemente importante. Los datos sobre los rayos cósmicos, los
análisis magnéticos y atmosféricos no sufrirán un retraso excesivo.
Garry rió con tristeza.
—Precisamente estaba pensando en las retransmisiones por radio —dijo—.
Tendremos que contarle a la mitad del mundo los maravillosos resultados de nuestros
vuelos de exploración y engañar a hombres como Byrd y Ellsworth convenciéndoles
de que estamos haciendo algo.
Copper asintió con gesto grave.
—Sabrán que algo falla. Pero hombres como esos tienen el suficiente juicio para
saber que no les engañaríamos sin una buena razón, y esperarán nuestro regreso antes
de juzgarnos. Creo que todo se resume en esto: los hombres que saben lo suficiente
para reconocer nuestro engaño esperarán nuestro regreso. Los hombres que no tienen
ni la suficiente discreción ni fe para esperar no tendrán la suficiente experiencia para

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detectar el fraude. Sabemos bastante sobre las condiciones de este lugar para poder
montar un buen farol.
—De manera que no envíen expediciones de «rescate» —dijo Garry—. Cuando…
Si alguna vez estamos listos para regresar, tendremos que avisar al capitán Forsythe
de que traiga una buena cantidad de magnetos cuando venga aquí. Pero… eso no
importa ahora.
—¿Quieres decir si no logramos salir? —preguntó Barclay—. Me pregunto si un
informe completo en directo de alguna erupción o terremoto por radio… usando
efectos especiales y demás con explosiones de decanita cerca del micrófono… podría
ser de ayuda. Por supuesto, nada mantendrá a la gente de allá totalmente apartada de
este lugar. Aunque tina de esas escenas tremendas y melodramáticas del tipo el-
último-hombre-vivo podría al menos hacerles ir con pies de plomo.
Garry sonrió con humor sincero.
¿Está todo el mundo en el campamento pensando eso también?
Copper se rió.
—¿Qué piensas tú, Garry? Nosotros confiamos en poder salir de esta. Aunque la
situación nos incomoda un tanto, supongo.
Clark levantó sonriente la vista del perro que estaba acariciando para calmarlo.
—¿Que si confiamos dice, doctor?

CAPÍTULO 8

Blair se movía inquieto en el pequeño almacén. Sus ojos saltaban de un lado a otro
con miradas vagas y huidizas observando a los cuatro hombres que estaban con él;
Barclay, de un metro ochenta y tres centímetros de alto y un peso de ochenta y seis
kilos; McReady, un gigante de bronce; el doctor Copper, bajito y fornido; y Bennings,
un metro setenta y siete centímetros de correosa fuerza.
Blair estaba hecho un ovillo contra la pared más alejada del Almacén Este, tenía
sus cosas apiladas en medio de la estancia junto a la estufa, formando una isla entre él
y los cuatro hombres. Retorcía sus manos huesudas que temblaban, aterradas. Sus
ojos claros titilaban inquietos mientras su calvo y pecoso cráneo temblequeaba con
un movimiento de pájaro.
—No quiero que nadie entre aquí. Me cocinaré mi propia comida —ladró con voz
nerviosa—. Kinner quizás sea aún humano, pero no lo creo. Voy a salir de aquí, pero
mientras tanto no voy a comer ninguna comida que me enviéis. Quiero comida
enlatada. Latas cerradas.
—De acuerdo, Blair, te las traeremos esta noche —prometió Barclay—. Tienes
carbón, y el fuego está encedido. Lo avivaré un poco —Barclay se adelantó.
Blair de inmediato retrocedió a rastras hasta la esquina más alejada.
—¡Fuera de aquí! ¡Aléjate de mí, monstruo! —gritó el diminuto biólogo,
intentando reptar por la pared del cubículo—. Alejaos de mí… alejaos… no seré

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absorbido… no lo seré…
Barclay se relajó y retrocedió. El doctor Copper sacudió la cabeza.
—Déjale solo, Bar. Es más fácil para él apañárselas solo. Tendremos que arreglar
la puerta, creo…
Los cuatro hombres salieron. Benning y Barclay se pusieron a trabajar con
rapidez. No había cerrojos en la Antártida; no había suficiente privacidad para que
fueran necesarios. Pero clavaron a cada lado del vano de la puerta unos tornillos
resistentes, y ataron rápidamente a cada lado el sobrante del cable de la caja de
mandos del avión, extremadamente fuerte al estar hecho de fibras de acero, y lo
tensaron. Barclay se marchó para coger una taladradora y una sierra de calar.
Finalmente consiguió hacer una trampilla en la puerta a través de la cual se podían
pasar víveres sin tener que desatar el cable para entrar. Con tres bisagras que cogió
del almacén de suministros, dos cerrojos y un par de clavos de siete centímetros y
medio logró que no se pudiera abrir desde el otro lado.
Blair se removía nervioso en el interior. Arrastraba algo hacia la puerta con jadeos
ahogados, murmullos y frenéticas maldiciones. Barclay abrió la portezuela y miró
adentro, mientras el doctor Copper echaba un vistazo por encima de su hombro. Blair
había trasladado la pesada litera contra la puerta. La puerta no podría abrirse ahora
sin su cooperación.
McReady suspiró.
—Si se escapa, ha jurado matarnos a todos lo más rápidamente posible, algo con
lo que no estamos de acuerdo… Pero tenemos entre nosotros algo que es peor que un
maniaco homicida. Si tenemos que elegir entre liberar a uno u otro, creo que vendré
aquí y abriré esa puerta.
Barclay sonrió.
—Avísame, y te diré cómo puedes abrirla más rápido. Regresemos.

El sol aún pintaba el cielo de múltiples colores, aunque ya llevaba dos horas bajo la
línea del horizonte. La cortina de ventisca se trasladaba hacia el norte, reluciendo
bajo los colores llameantes con un millón de gloriosos reflejos. Los montículos bajos
de nieve virgen que apuntaban hacia el norte dejaban entrever por encima de la
ventisca la cordillera del Gran Imán apenas cubierta de nieve. Pequeños remolinos de
nieve se escapaban de los esquís cuando los hombres partieron hacia el campamento
principal a un poco más de tres kilómetros de distancia. El delgado dedo de la antena
de transmisiones alzaba su negra aguja destacando contra el blanco del continente
Antártico. La nieve bajo los esquís era como arena fina, dura y chirriante.
—La primavera —dijo Benning con amargura ha llegado. ¡Y no veas qué fiesta
tenemos aquí montada! Me muero de ganas de salir de este condenado agujero de
hielo.
—Yo no lo intentaría ahora, si fuera tú —gruñó Barclay—. Los tipos que se
vayan de aquí en los próximos días van a ser tremendamente impopulares.

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¿Qué tal tu perro, Copper? —preguntó McReady—. ¿Algún resultado?
¿En treinta horas? Ojalá lo tuviera. Le administré una inyección de mi sangre hoy.
Pero imagino que se necesitan otros cinco días. No estoy seguro de que se pueda
lograr antes.
—Me he estado preguntando… si Connant hubiera… cambiado, ¿nos habría
avisado tan rápido de la huida del animal? ¿No tendría que haber esperado el tiempo
suficiente para que la criatura tuviera una verdadera oportunidad de sobrevivir? Hasta
que nos despertásemos, naturalmente —preguntó McReady pensativo.
—La criatura es egoísta por naturaleza. No habrás pensado al mirarla que poseía
un completo sistema de altos valores, ¿verdad? —señaló el doctor Copper—. Cada
parte de ella es toda ella, cada parte de ella es un todo en sí mismo, imagino. Si
Connant hubiera cambiado, para salvar el pellejo tendría que… pero los sentimientos
de Connant no han cambiado; o son réplicas perfectas o son los suyos verdaderos.
Naturalmente, la réplica, si imitase perfectamente los sentimientos de Connant, haría
exactamente lo que Connant haría.
—Veamos, ¿no podrían Norris o Van realizarle algún tipo de prueba? Si la
criatura es más inteligente que los hombres, podría tener mayores conocimientos de
física de los que Connant debiera, y ellos podrían detectarlo —sugirió Barclay.
Copper sacudió la cabeza con cansancio.
—No si lee las mentes. No puedes planear ninguna trampa contra ella. Van
sugirió eso aquella última noche. Esperaba que esa cosa pudiera responderle algunas
preguntas de física de las que le encantaría conocer la respuesta.
—Esta idea de una expedición de cuatro nos va a alegrar la vida —Bennings miró
a sus compañeros—. Cada uno de nosotros con un ojo puesto en los demás para
asegurarse de que no hace algo… extraño. Tío, ¡menudo grupo más bien avenido!
Todos vigilando a sus vecinos en la mayor de las demostraciones de fe y lealtad…
Estoy empezando a comprender qué quería decir Connant con lo de «ojalá pudierais
ver vuestras miradas». De vez en cuando todos lo hemos experimentado, supongo.
Uno mira a su alrededor con una expresión del tipo «me-pre-gunto-si-los-otros-tres-
son-humanos». A propósito, no me excluyo.
—Por lo que sabemos el animal está muerto y hay una pequeña duda con relación
a Connant. No se sospecha de nadie más —afirmó lentamente McReady—. La orden
de permanecer «siempre-cuatro» es simplemente una medida preventiva.
—Supongo que Garry no tardará en pasar a la orden de cuatro-en-una-litera —
suspiró Barclay—. Antes pensaba que no tenía privacidad alguna, pero desde esa
orden…

Nadie observaba el proceso con más tensión que Connant. Una pequeña probeta
esterilizada de cristal medio llena de un fluido de color pajizo. Una, dos, tres, cuatro,
cinco gotas de la solución transparente que el doctor Copper había preparado a partir
de la sangre de Connant. La probeta fue agitada cuidadosamente, luego colocada en

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un vaso de precipitación de agua transparente y templada. Se midió la temperatura de
la sangre con un termómetro, el pequeño termostato pitó y el hornillo eléctrico
comenzó a brillar mientras las luces parpadeaban ligeramente.
Entonces… comenzaron a formarse pequeños flecos blancos del precipitado,
manchando el fluido transparente color paja.
Dios mío —dijo Connant. Se desplomó pesadamente sobre una litera, llorando
como un bebé—. Seis días —gimoteó—, seis días ahí den tro… preguntándome si el
maldito test miente…
Garry se acercó en silencio y deslizó el brazo sobre los hombros del físico.
—No podría mentir —dijo el doctor Copper—. El perro era inmune a los
humanos… y el suero reaccionó.
—Enronces, ¿él está… bien? —jadeó Norris—. ¿Entonces… el animal está
muerto… muerto para siempre?
—Él es humano —habló Copper finalmente—, y el animal está muerto.
Kinner explotó con una risa histérica. McReady se giró hacia él y le abofeteó con
un movimiento metódico de uno-dos, uno dos. El cocinero se rió, tragó saliva, chilló
unos segundos para luego sumarse frotándose las mejillas y susurrando unas gracias.
—Me asusté. Dios, estaba asustado…
Norris se rió con voz ronca.
—¿Y crees que nosotros no, monigote? ¿Acaso crees que Connant no lo estaba?
El Edificio de Administración vibró con un repentino relajamiento. Se oyeron
risas, los hombres alrededor de Connant hablaban con voces innecesariamente altas,
agitadas, voces nerviosas pero de nuevo amigables.
Alguien hizo una sugerencia, y una docena de hombres salieron a por sus esquís.
Blair. Quizás Blair pudiera recuperarse.
El doctor Copper trasteaba con sus probetas con nervioso alivio, analizando
distintas soluciones. El grupo de avituallamiento del barracón de Blair se dirigió a la
salida entrechocando ruidosamente los esquís. Al otro extremo del pasillo los perros
iniciaron un rápido aullido intermitente cuando detectaron el aire del excitado relevo.

El doctor Copper trasteaba con sus tubos. McReady fue el primero en verle, sentado
al borde de la litera, con dos probetas de fluido color pajizo blanqueadas por la
precipitina, y el rostro más blanco que el líquido en las probetas, lágrimas silenciosas
caían de sus ojos desorbitados por el horror.
McReady sintió un gélido cuchillo de miedo atravesándole el corazón, que se
congeló en su pecho. El doctor Copper levantó la mirada.
—Garry —llamó con voz áspera—. Garry, por amor de Dios, ven aquí.
El comandante Garry se acercó a él raudo. El silencio se apoderó del Edificio de
Administración. Connant alzó la mirada y se levantó bruscamente de su asiento.
—Garry… el tejido del monstruo… también se precipita. No prueba nada. Nada
excepto que el perro también era inmune al monstruo. Uno de los dos que han

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contribuido con su sangre… uno de nosotros dos, tú y yo, Garry… uno de nosotros es
un monstruo.

CAPÍTULO 9

—Bar, llama a esos hombres para que vuelvan antes de que se lo digan a Blair —dijo
McReady en voz baja. Barclay se dirigió a la puerta; sus gritos llegaron débilmente a
los hombres que permanecían en la habitación en un silencio tenso. Luego regresó.
—Ya vienen —dijo él—. No les dije por qué. Tan sólo que el doctor Copper ha
pedido que no se marchen.
—McReady —suspiró Garry—, tú estás al mando ahora. Que Dios te ayude. Yo
no puedo.
El gigante de bronce asintió lentamente, con los ojos clavados en el comandante
Garry.
—Podría ser yo —añadió Garry—. Sé que no lo soy, pero no puedo probarlo ante
vosotros de ninguna manera. La prueba del doctor Copper lo ha dejado claro. El
hecho de que nos informase de su no validez, cuando al monstruo le hubiera
favorecido que se desconociese la inutilidad de la prueba, probaría que él es humano.
Copper se meció hacia atrás y hacia delante lentamente sobre la litera.
Yo sé que soy humano. Pero tampoco puedo probarlo. Uno de nosotros dos es un
mentiroso, ya que esa prueba no puede fallar, e indica que uno de nosotros lo es. Yo
desvelé que la prueba era incorrecta, lo cual parece probar que soy humano, y ahora
Garry ha aportado el argumento que prueba mi humanidad… lo cual, si fuera el
monstruo, no debiera haber hecho. Y así una y otra y otra y otra vez…
La cabeza del doctor Copper, y luego el cuello y sus hombros, comenzaron a
moverse lentamente en círculos al compás de sus palabras.
Súbitamente se desplomó hacia atrás sobre la litera, rugiendo a carcajadas.
—¡No tiene por qué probar que uno de nosotros es un monstruo! ¡No tiene por
qué probar eso en absoluto! ¡Ja, ja! ¡Si todos fuéramos monstruos funcionaría
igualmente! Todos somos monstruos… todos nosotros… Connant y Garry y yo… y
todos vosotros.
—McReady —dijo Van Wall, el Jefe de pilotos de barba rubia—, tú estabas
preparándote para estudiar medicina antes de optar por la meteorología, ¿no es así?
¿Podrías hacer algún tipo de análisis?
McReady se acercó despacio a Copper, le arrebató la aguja hipodérmica y la lavó
cuidadosamente con alcohol al noventa y cinco por ciento. Garry estaba sentado en el
borde de la litera con el rostro impasible, observando a Copper y a McReady
inexpresivamente.
—Lo que Copper ha dicho es posible —apuntó McReady—. Van, ¿me echas una
mano? Gracias.

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La aguja llena se clavó en el muslo de Copper. La risa del doctor no paró, pero
fue difuminándose lentamente en un lloriqueo, quedándose luego totalmente dormido
cuando la morfina hizo efecto.
McReady se giró de nuevo. Los hombres que iban al almacén donde estaba Blair
permanecían de pie en el extremo más alejado de la habitación, sus esquís chorreaban
nieve y sus rostros estaban tan blancos como sus esquís. Connant tenía un pitillo
encendido en cada mano; fumaba con aire ausente de uno de ellos, con los ojos fijos
en el suelo. El calor del cigarro en su mano izquierda le atrajo y lo miró, y también el
de la otra mano, con expresión estúpida, durante un instante. Tiró uno y lo aplastó
con el pie lentamente.
—El doctor Copper —repitió McReady— podría tener razón. Yo sé que soy
humano… pero por supuesto no puedo demostrarlo. Repetiré la prueba para mi
propia información. Cualquiera de vosotros que lo desee puede hacer lo mismo.

Dos minutos más tarde, McReady sostenía una probeta con precipitina blanca
separándose lentamente del suero color paja.
—Reacciona a la sangre humana también, así que ninguno de ellos es un
monstruo.
—No pensé que lo fueran —exclamó Van Wall—. Eso tampoco debe favorecer al
monstruo; podríamos haberles destruido si lo supiéramos. ¿Por qué suponéis que el
monstruo no nos ha destruido? Parece andar por ahí suelto.
McReady resopló. Luego sonrió.
—Elemental, querido Watson. El monstruo quiere disponer de formas de vida.
Aparentemente no debe poder reanimar cuerpos muertos. Simplemente espera…
espera a que lleguen mejores oportunidades. Está reservando a los que seguimos
siendo humanos.
Kinner se estremeció con un violento temblor.
—Eh, eh, Mac, si yo fuera un monstruo ¿lo sabría? ¿Sabría si el monstruo ya me
ha cazado? Oh, Dios mío, quizás sea ya un monstruo.
—Lo sabrías —respondió McReady.
—Pero nosotros no —Norris soltó una risa corta, medio histérica.
McReady miró el frasco con el suero que quedaba.
—Hay algo para lo que esta cosa puede servir —dijo pensativamente—. Clark,
¿podéis echarme una mano tú y Van? Los demás del grupo quedaos juntos aquí.
Vigilaos unos a otros —dijo amargamente—. Aseguraos de que ninguno de vosotros
se mete en líos, o algo parecido.
McReady salió por el túnel hacia Dogtown, con Clark y Van Wall tras él.
—¿Necesitas más suero? preguntó Clark.
McReady negó con un gesto.
—Pruebas. Hay cuatro vacas y un buey, y casi setenta perros allí. Esta sustancia
sólo reacciona con sangre humana y… monstruos.

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McReady regresó al Edificio de Administración, y se dirigió en silencio al
lavadero. Clark y Van Wall se le unieron unos segundos después. Los labios de Clark
habían adoptado un tic y se torcían en repentinas e inesperadas muecas.
—¿Qué habéis hecho? —explotó Connant súbitamente—. ¿Más inmunizaciones?
Clark dejó escapar una risilla, y paró con un hipido.
—Inmunizaciones. ¡Ja! Y tanto que los hemos inmunizado.
—Ese monstruo —dijo Van Wall con tono neutro— sigue cierta lógica. Nuestro
perro inmune estaba bastante bien, y extraímos un poco más de suero para las
pruebas. Pero ya no vamos a hacer más.
—¿No… no podéis utilizar la sangre de un hombre en otro perro…? —sugirió
Norris.
—Ya no quedan —dijo McReady en voz baja—… más perros. Ni ganado, debo
añadir.
—¿No hay más perros? —Benning se sentó lentamente.
—Se vuelven muy violentos cuando comienzan a transformarse —especificó Van
Wall—, pero también muy lentos. Esa vara de electrocutar que fabricaste, Barclay, es
muy rápida. Tan sólo queda un perro… nuestro ejemplar inmune. El monstruo nos
permitió quedarnos con ese, para que pudiéramos jugar con nuestra pequeña prueba.
El resto… —se encogió de hombros y se secó las manos.
—El ganado —dijo Kinner tragando saliva.
—También. Reaccionó muy bien. Tienen un aspecto muy extraño cuando
comienzan a derretirse. La bestia no puede huir cuando está atada con cadenas de
perro, o cabestros de ganado, no le quedó más remedio para poder replicarse.
Kinner se puso de pie lentamente. Sus ojos se movieron frenéticos por el cuarto
hasta que los clavó tembloroso en un cubo de metal en la cocina. Lentamente, paso a
paso, retrocedió hacia la puerta, abriendo y cerrando la boca silenciosamente, como
un pez fuera del agua.
—La leche… —jadeó—. Ordeñé las vacas hace una hora… —su voz se rompió
en un grito mientras se abalanzaba por la puerta. Salió al gélido exterior nevado sin
impermeable ni ropa de abrigo.
Van Wall lo miró pensativamente durante unos segundos mientras se alejaba.
—Probablemente haya enloquecido irreversiblemente —dijo—, pero también
podría tratarse de uno de esos monstruos escapando. No tiene esquís. Coge un soplete
por si acaso.

El esfuerzo físico de la persecución les vino bien; al menos era algo en lo que
mantenerse ocupado. Tres de los otros hombres vomitaban en silencio.
Norris estaba tumbado boca arriba, con el rostro verdoso, mirando fijamente la
parte inferior de la litera superior.
—Mac, ¿cuánto tiempo llevan las vacas… sin ser vacas?

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McReady se encogió de hombros desesperanzado. Se acercó al cubo de la leche, y
con su pequeña probeta de suero se puso a trabajar con ella. La leche enturbió el
suero, haciendo difícil el análisis. Finalmente dejó la probeta en su soporte y sacudió
la cabeza.
—Da negativo… Lo que significa que o bien aún eran vacas cuando las
ordeñaron, o que, siendo imitaciones perfectas, son igualmente capaces de dar leche
perfectamente buena.
Copper se movía inquieto en sueños y dejó escapar un gorgoteo que sonó entre un
ronquido y una risa. Ojos silenciosos se posaron en él.
—¿Puede la morfina afectar a un monstruo…? —alguien comenzó a preguntar.
—Sólo Dios lo sabe —McReady se encogió de hombros—. Al menos afecta a
todo animal terrestre que conozca.
Connant levantó la cabeza repentinamente.
—¡Mac! Los perros debieron tragarse trozos del monstruo, y esos trozos los
destruyeron. Era en los perros donde residía el monstruo. A mí me encerrasteis. ¿No
prueba eso…?
Van Wall negó con la cabeza.
—Lo siento. No prueba nada acerca de lo que eres, tan sólo prueba lo que no
hiciste.
—Ni siquiera prueba eso —suspiró McReady—. No tenemos nada que hacer,
porque no sabemos lo suficiente y estamos tan nerviosos que no somos capaces de
pensar correctamente. Te encerramos, sí, pero ¿nunca has visto cómo un glóbulo
blanco de la sangre atraviesa las paredes de un vaso sanguíneo? ¿No? Filtra un
pseudópodo y ya está al otro lado de la pared.
—Oh —replicó Van Wall apesadumbrado—. El ganado intentó licuarse.,
¿verdad? Podrían haberse derretido… podrían haberse convertido en tan sólo un
hilillo de esa materia y pasar por debajo de la puerta para volver a formarse al otro
lado. No, las cadenas no servirían de nada. No podrían vivir en un tanque sellado o…
—Si disparas directo al corazón y no muere —dijo McReady—, entonces es un
monstruo. Esa es la mejor prueba que se me ocurre así a bote pronto.
—Ya no hay ni perros —dijo Garry en voz baja—, ni ganado. Ahora tiene que
replicarse en los hombres. Y encerrarlo no sirve de nada. Tu prueba puede que
funcione, Mac, pero mucho me temo que resultará difícil realizada con los hombres.

CAPÍTULO 10

Clark levantó la vista del fogón cuando Van Wall, McReady, Barclay y Benning
entraron limpiándose la escarcha de la ropa. Los otros hombres en el Edificio de
Administración continuaron concentrados en sus actividades, jugando al ajedrez, al
póquer, leyendo. Ralsen reparaba un trineo sobre la mesa; Van y Norris mantenían

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sus cabezas juntas observando unos datos magnéticos, mientras Harvey leía en voz
baja unas tablas.
El doctor Copper roncaba plácidamente en la litera. Garry revisaba con Dutton
una gavilla de mensajes de radio cerca de la litera de Dutton, en un extremo de la
mesa de la radio. Connant ocupaba la mayor parte de la mesa con sus hojas de datos
sobre rayos cósmicos.
A través del pasillo, y con bastante claridad a pesar de las dos puertas cerradas,
podían oír la voz de Kinner. Clark golpeó el metal del hervidor de agua contra la
estufa y llamó con silencioso gesto a McReady. El meteorólogo se acercó a él.
—No me molesta cocinar —dijo Clark nervioso—, pero ¿no hay forma de que
alguien haga callar a ese pájaro? Todos estábamos de acuerdo en trasladarnos al
Edificio Cosmos.
—¿Kinner? —dijo McReady señalando con un gesto la puerta—. Me temo que
no. Le puedo sedar, supongo, pero no tenemos un suministro ilimitado de morfina, y
no corre peligro de enloquecer, tan sólo está histérico.
—Bueno, nosotros sí corremos peligro de enloquecer. Tú llevas fuera una hora y
media. Ese lleva así sin parar desde entonces, y ya hace dos horas que empezó. Todo
tiene un límite, ¿no crees?
Garry se acercó a ellos lentamente, como pidiendo disculpas. Durante unos
segundos McReady observó el brillo salvaje del miedo, del horror, en los ojos de
Clark, y supo en ese mismo instante que también brillaba en los de Garry. Garry…
Garry o Copper… uno de los dos era ciertamente un monstruo.
—Creo que lo mejor sería intentar acallar ese jaleo, Mac —susurró Garry—. Ya
hay suficientes tensiones en este cuarto. Estuvimos de acuerdo en que sería más
seguro para Kinner permanecer allí, ya que el resto nos vigilamos unos a otros
constantemente —Garry se estremeció levemente—. E intenta, intenta con todas tus
fuerzas encontrar alguna prueba que funcione.
—Vigilados o no, todos estamos tensos —dijo McReady con un suspiro—. Blair
ha bloqueado la trampilla, de manera que ya no podemos abrir la puerta de su
almacén. Dice que tiene suficiente comida, y se pasa el tiempo gritando «Marchaos,
marchaos… sois monstruos. No me absorberéis. No lo haréis. Se lo diré a los
hombres cuando vengan. Marchaos». Así que… nos marchamos.
—¿No existe otra prueba? —suplicó Garry
—Copper estaba en lo cierto —dijo McReady encogiéndose de hombros—. La
prueba de suero podría haber sido definitiva si no hubiera estado contaminada… Pero
ese es el único perro que queda, y está atado ahora.
—¿Y pruebas químicas?
—Nuestro equipo de química no es tan bueno —dijo McReady sacudiendo la
cabeza—. Lo intenté con el microscopio…
—Sí —confirmó Garry—; el perro-monstruo y el perro normal eran idénticos.
Pero… debes continuar intentándolo. ¿Qué vamos a hacer después de la cena?

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—Establecer turnos de dormir —dijo Van Wall, que se había unido a ellos en
silencio—. La mitad de la gente duerme y la otra mitad permanece despierta. Me
pregunto cuántos de nosotros somos monstruos. Todos los perros lo eran. Pensamos
que estábamos a salvo, pero de alguna manera se apoderó de Copper… o de ti —los
ojos de Van Wall centellearon inquietos—. Podría haberse metido en todos
vosotros… en todos menos en mí, vagando por aquí, mirando. No, no es posible. En
tal caso ya hubierais saltado sobre mí. No tendría salida. Los humanos debemos ser
mayoría de momento. Pero… —se quedó callado.
—Estás haciendo exactamente lo que Norris me acusaba de hacer a mí —dijo
McReady tras reír brevemente—. Dejas tu idea a la mitad. Acábala. «Si alguien más
cambia… quizá podría peligrar el equilibrio de poder». Esa cosa no lucha. No creo
que luche jamás. Debe de ser una criatura pacífica, a su peculiar manera. Nunca tuvo
que luchar, porque siempre logró sus objetivos.
Los labios de Van Wall se torcieron en una sonrisa forzada.
—Sugieres entonces —dijo— que quizás ya haya mayoría de monstruos, pero
que simplemente esperan… todos ellos esperan… todos vosotros, por lo que
sabemos, esperáis hasta que yo, el último humano, baje la guardia en mis sueños.
Mac, ¿te fijaste en sus ojos?, nos miraban todos ellos.
—Tú no eres el que ha estado aquí sentado durante cuatro horas seguidas —dijo
Garry tras resoplar—, mientras todos esos ojos sopesan silenciosamente cuál de
nosotros dos, Copper o yo, es sin duda un monstruo… quizás ambos.
Clark repitió su petición.
—¿Podrías hacer callar a ese pájaro? Me está volviendo loco. O por lo menos haz
que se calme un poco.
—¿Aún reza? —preguntó McReady.
—Aún reza —gruñó Clark—. No ha parado ni un segundo. No me importa que
rece si eso le calma, lo malo es que grita, canta himnos y salmos y grita plegarias.
Parece que piense que Dios no puede oírle bien desde aquí abajo.
—Quizás Él no pueda —gruñó Barclay—. O ya se habría encargado de esta
criatura procedente del infierno.
—Alguien va a terminar probando la prueba definitiva que sugeriste antes si no
haces que se calle —afirmó Clark con aire lúgubre—. Creo que un cuchillo clavado
en la cabeza sería una prueba tan válida como una bala en el corazón.
—Continúa con la comida. Veré lo que puedo hacer. Quizás haya algo en el
botiquín.
McReady se acercó con paso cansado al rincón que Copper utilizaba como
dispensario. Tres armarios altos de madera tosca, dos de ellos cerrados con llave,
servían de depósito del suministro médico del campamento. McReady se había
graduado doce años atrás, primero con prácticas médicas, pero luego desvió sus
estudios hacia la meteorología. Copper era un especialista de prestigio, un hombre
que conocía la profesión médica de manera profunda y avanzada. Más de la mitad de

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las medicinas disponibles eran desconocidas para McReady; y gran parte de las otras
ya las había olvidado. No había muchos libros de medicina en el campamento, ni
revistas médicas donde aprender los temas que no le parecieron que merecía la pena
incluir en la pequeña biblioteca con la que se había visto obligado a contentarse para
el viaje. Los libros son pesados, y cada kilo de suministro tiene que ser fletado por
avión.
McReady cogió lo que creía que era un barbitúrico. Barclay y Van Wall le
acompañaron. Ningún hombre iba solo a ningún sitio en el Gran Imán.
Cuando regresaron, Ralsen había apartado su trineo y los físicos habían despejado
la mesa tras detener el juego de póquer. Clark les servía la comida. El repiqueteo de
las cucharas y los ruidos sordos que hacían los hombres al comer eran los únicos
signos de vida en la habitación. No se escuchaba ni una sola palabra cuando
regresaron los tres; simplemente las miradas se clavaron en ellos interrogándoles,
mientras las mandíbulas seguían moviéndose metódicamente.
McReady se puso tenso de repente. Kinner estaba gritando un himno con voz
áspera y rota. McReady miró exhausto a Van Wall con una sonrisa torcida y sacudió
la cabeza.
—Uf —suspiró.
Van Wall maldijo amargamente y se sentó a la mesa. Y a continuación dijo:
—Simplemente tendremos que aguantarlo hasta que se le gaste la voz. No podrá
seguir berreando para siempre.
—Tiene una garganta de bronce y una laringe de hierro forjado —afirmó Norris
furioso—. Seamos optimistas, quizás sea uno de nuestros amigos, en tal caso podría
continuar renovando su garganta hasta el día del Juicio Final.
El silencio se apoderó de todos. Durante veinte minutos siguieron comiendo sin
pronunciar ni una sola palabra. Pero entonces Connant se levantó y habló con
incontenida vehemencia.
—Estáis ahí sentados más callados que estatuas. No decís ni una palabra, pero,
oh, Dios mío, vuestros ojos no paran de hablar. Van de un lado a otro como un
puñado de canicas de cristal derramadas sobre la mesa. Pestañean, se mueven y
miran… y se susurran cosas. Tíos, ¿podríais mirar hacia otro lado para variar, por
favor? Escucha, Mac, tú estás a cargo del lugar. ¿Por qué no vemos películas durante
la noche? Hemos estado ahorrando esas cintas para que durasen. ¿Durar para qué?
¿Quién va a ver esas últimas cintas, eh? Veámoslas mientras podamos, y así
dejaremos de mirarnos las caras los unos a los otros.
—Excelente idea, Connant. Yo al menos estoy a favor de mejorar la situación en
todo lo que pueda.
—Eso, y sube el volumen, Dutton. Quizás así podamos ahogar los himnos —
sugirió Clark.
—Pero —dijo Norris suavemente— no apagues las luces.

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—Las luces estarán apagadas —le corrigió McReady negando con la cabeza—
Pondremos todas las películas de dibujos que tenemos. No te importará ver viejos
dibujos, ¿verdad?
Claro, por supuesto… me muero de ganas.
McReady se dio la vuelta para mirar al que había hablado, un flaco y larguirucho
americano de Nueva Inglaterra llamado Caldwell. Caldwell rellenaba su pipa con
parsimonia, con un ojo agrio mirando de soslayo a McReady.
El gigante de bronce no tuvo más remedio que reír.
—De acuerdo, Bart, tú ganas. Quizás no estén las cosas para Popeye y patos
trileros, pero algo es algo.
—Juguemos a Clasificaciones —sugirió Caldwell lentamente—. O quizás aquí lo
llamáis Guggenheim. Se dibuja una tabla con columnas en un trozo de papel, y se
escriben clases de cosas, como animales, ya sabéis. Una columna para la «H», otra
para la «D», etcétera. Como «Humano» y «Desconocido» por ejemplo. Creo que eso
sería mucho más divertido que las películas. Quizás alguien tiene un lápiz para
dibujar las líneas y separar los animales del tipo «D» y los animales del tipo «H», por
ejemplo.
—McReady está intentando encontrar ese tipo de lápiz —respondió Van Wall
lentamente—, pero aquí tenemos tres tipos de animales, ¿sabes? Además de esos dos
hay uno que comienza por «L». De esos no queremos más.
—«Locos» quieres decir, ¿eh? Umm… Clark, te echaré una mano con esas
cacerolas para que podamos comenzar con nuestra sesión de cine —dijo Caldwell, y
a continuación se levantó con parsimonia.
Dutton, Barclay y Benning, a cargo del proyector y del equipo de sonido,
comenzaron con los preparativos en silencio, mientras el Edificio de Administración
era recogido y los platos y cacerolas guardados.
McReady se fue acercando lentamente hacia Van Wall, y se echó en la litera junto
a él.
—Me he estado preguntando, Van —dijo con una mueca—, si informar o no de
mi idea por adelantado. Me olvide de que los animales «D», como Caldwell los
llamó, podían leer las mentes. Tengo una vaga idea sobre algo que podría funcionar.
Pero es todo demasiado difuso aún para preocuparnos por ello. Que comience la
proyección, mientras tanto reflexionaré para intentar comprender la lógica de la
criatura. Me echaré en esta litera.
Van Wall miró hacia arriba y asintió. La pantalla estaba práctica mente en línea
con su litera, haciendo así más difícil el visionado de la película y permitiéndole a su
vez que la película le distrajera menos.
—Quizás debieras decirnos que tienes en mente —sugirió Van Wall—. De
momento, tan sólo los Desconocidos conocen tu plan. Podrías transformarte en un
desconocido antes de poder ponerlo en marcha.

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—No llevará mucho tiempo, si he realizado bien los cálculos. Pero no quiero más
de todo ese rollo de los monstruos y las pruebas con perros. Será mejor que movamos
a Copper a esta litera encima de la mía. Él tampoco va a mirar la pantalla.
McReady hizo una señal con la cabeza hacia el bulto de Copper, que roncaba
ligeramente. Garry les ayudó a levantar y trasladar al doctor.
McReady se echó en la litera y se hundió en un trance, o casi, de profunda
concentración, intentando calcular opciones, operaciones, métodos. Apenas fue
consciente cuando los otros se distribuyeron por la sala silenciosamente y la pantalla
se encendió. Sin ser del todo consciente, los gritos solocados de plegarias y el cántico
ronco de himnos le siguieron perturbando hasta que el sonido de la película comenzó.
Las luces se apagaron, pero la enorme superficie de luces de colores de la pantalla
reflejaba suficiente luz para leer. Hacía que los ojos de los hombres brillaran mientras
se movían nerviosamente. Kinner aún estaba rezando, gritando, su voz era un ronco
acompañamiento al sonido mecánico del proyector. Dutton subió el volumen.
Tanto tiempo había estado sonando la voz que McReady al principio apenas fue
consciente de que había cesado. Mientras estaba echado, justo en el otro extremo de
la estrecha habitación junto al pasillo que llevaba al Edificio Cosmos, la voz de
Kinner le había llegado bastante claramente, a pesar del sonido de las películas. De
pronto fue consciente de que había parado.
—Dutton, baja el sonido —ordenó McReady sentándose con un movimiento
rápido. El proyector chasqueó durante unos instantes, sin el sonido de la película y
extrañamente fútil en el repentino y profundo silencio. El viento arriba, en la
superficie, burbujeaba lágrimas melancólicas de sonido que llegaban a través de las
tuberías de la cocina.
—Kinner ha parado —dijo McReady en voz baja.
—Por todos los santos, subid el sonido entonces, quizás haya parado de gritar
para escuchar —dijo Norris secamente.
McReady se levantó y se dirigió al pasillo. Barclay y Van Wall abandonaron sus
posiciones al otro extremo de la habitación para seguirle. Los destellos de la película
se reflejaron y bailotearon en la parte de atrás de los calzones grises de Barclay
mientras este atravesaba el haz de luz del proyector aún en marcha. Dutton encendió
las luces y las imágenes se desvanecieron.
Norris permaneció en la puerta como le había ordenado McReady. Garry se sentó
en silencio en la litera más cercana a la puerta, forzando a Clark a que le hiciera sitio.
El resto de hombres permanecieron exactamente donde estaban.
Tan sólo Connant se paseaba lentamente de un lado a otro de la habitación, con
ritmo regular e invariable.
—Si vas a seguir haciendo eso, Connant —ladró Clark—, podemos prescindir de
ti totalmente, seas o no seas humano. ¿Podrías parar ese maldito ritmo?
—Lo siento —el físico se sentó en una litera, y clavó los ojos en los dedos de sus
pies, pensativamente. Transcurrieron casi cinco minutos, que parecieron cinco siglos

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escuchando tan sólo el viento, hasta que McReady volvió a aparecer en la puerta.
—Se ve —anunció— que no tenemos suficientes problemas aquí ya. Alguien ha
intentado ayudarnos. Kinner tiene un cuchillo en la garganta, lo cual probablemente
explica por qué paró de cantar. Tenemos Monstruos, Locos y Asesinos. ¿Se te ocurre
algún otro tipo más de animales, Cadwell? Si lo hay lo sabremos pronto.

CAPÍTULO 11

—¿Se ha escapado Blair? —preguntó alguien.


—Blair no se ha escapado. A menos que se haya colado volando. Si hay alguna
duda acerca de dónde vino nuestro amable ayudante asesino… esto podría aclararla
—Van Wall sostenía una hoja de cuchillo de treinta centímetros de largo envuelta en
un trapo. El mango de madera estaba medio quemado, ennegrecido con el
reconocible entramado de la parte superior de la estufa.
Clark la observó.
—Yo fui el que quemó el mango esta tarde. Me olvidé de esa maldita cosa y la
dejé encima de la estufa.
Van Wall asintió.
—Yo lo olí. si recuerdas. Sabia que el cuchillo procedía de la cocina.
—Me pregunto —dijo Benning mirando al grupo con recelo— cuántos monstruos
más tenemos. Si alguien pudo salir inadvertido de este lugar, pasar por detrás de la
pantalla hasta la cocina y luego irse al Edificio Cosmos y regresar… porque regresó,
¿no es así? Sí… todo el mundo está aquí. Bien, si uno del grupo pudo hacer eso…
—Quizás lo hizo un monstruo —sugirió Garry en voz baja—. Existe esa
posibilidad.
—Al monstruo, como tú mismo has señalado hoy, tan sólo le quedan hombres
para poder replicarse. ¿Mermaría él mismo su propio suministro de sujetos? —señaló
Van Wall—. No, simplemente tenemos entre nosotros a un ordinario y vulgar asesino
repugnante. Normalmente lo describiríamos como un «asesino inhumano» supongo,
pero dadas las circunstancias debemos ceñirnos al sentido estricto. Tenemos asesinos
inhumanos, y ahora tenemos asesinos humanos. O al menos uno.
—Hay un humano menos —dijo Norris suavemente—. Quizás el monstruo haya
conseguido equilibrar las fuerzas ahora.
—No importa —suspiró McReady, luego se giró hacia Barclay—. Bar, ¿podrías
traer tu artilugio eléctrico? Quiero asegurarme…
Barclay se fue por el pasillo para coger la lanza eléctrica, mientras McReady y
Van Wall regresaban al Edificio Cosmos. Barclay les siguió unos treinta segundos
más tarde.
El pasillo que llevaba hacia el Edificio Cosmos se torcía en ángulos, como ocurría
con casi todos los pasillos del Gran Imán, y Norris se quedó de nuevo guardando la

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entrada. Pero entonces oyeron, tenuemente amortiguado, el repentino grito de
McReady. Hubo un violento intercambio de golpes, sonidos sordos, zump, plaff.
—Bar… Bar…
Se oyó entonces un extraño y salvaje maullido, silenciado antes incluso de que
Norris llegase corriendo a la esquina del corredor.
Kinner, o lo que antes fue Kinner, yacía en el suelo, cortado en dos por el enorme
cuchillo que llevaba McReady. El meteorólogo estaba apoyado contra la pared, y el
cuchillo chorreaba encarnado en su mano. Van Wall se removía ligeramente en el
suelo, gimiendo medio inconsciente y frotándose la mandíbula con la mano. Barclay,
con un indescriptible brillo salvaje en los ojos, sostenía la lanza eléctrica y se
apoyaba metódicamente en ella, clavándola, clavándola, clavándola.
Los brazos de Kinner estaban cubiertos de una extraña piel escamosa, y los
músculos se habían retorcido. Los dedos eran más cortos y la mano se había
redondeado, las uñas se transformaron en cuernos de siete centímetros y medio de
largo de color rojo desvaído, convertidas en garras cortantes como cuchillas y duras
como el acero.
McReady levantó la vista, miró el cuchillo que sostenía en la mano y lo dejó caer.
—Bueno, quienquiera que lo hizo puede hablar ahora. Fue un asesino inhumano
en cierto sentido… en el sentido de que asesinó a un inhumano. Juro por lo más
sagrado que Kinner era un cadáver sin vida sobre el suelo cuando llegamos. Pero
cuando descubrió que íbamos a clavarle el punzón eléctrico… cambió.
—Oh, Dios mío, esas cosas son excelentes actores —dijo Norris agitado—. ¡Oh,
ciclos!… ¡Sentada aquí dentro durante horas, pronunciando oraciones a un Dios que
odia! Gritando himnos con voz rota… himnos de una Iglesia que jamás conoció.
Volviéndonos locos con sus continuos alaridos…
—Bien. Que hable el que lo hizo —repitió McReady—. No lo sabía, pero le ha
hecho un enorme favor a todo el campamento. Y quiero saber cómo demonios salió
de ese cuarto sin que nadie le viera. Podría ser útil para nuestra propia protección.
—Sus alaridos… sus gritos. Ni siquiera el sonido del proyector los ahogaba —
Clark tembló—. Era un monstruo.
—Oh —dijo Van Wall comprendiendo repentinamente—. Tú estabas sentado
justo al lado de la puerta, ¿verdad? Y ya casi detrás de la pantalla de proyección.
Clark asintió en silencio. Luego dijo:
—Él… ese bicho ya se ha callado. Está muerto… Mac, tu maldita prueba no es
buena. Estaba muerto, de todas formas, monstruo u hombre, estaba muerto.
McReady soltó tina risilla.
—Chicos, os presento a Clark, ¡el único que sabemos que es humano! Conozcan a
Clark, el que ha demostrado que es humano intentando cometer un asesinato… y
fallando. ¿Os importaría a todos los demás absteneros durante un tiempo de intentar
demostrar que sois humanos? Creo que podríamos encontrar otra manera de probarlo.

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—¡Otra prueba! —exclamó Connant jubiloso, luego su rostro volvió a hundirse
en la decepción—. Supongo que se tratará de otro método radical.
—No —dijo McReady con voz firme—. Mantente atento y ten cuidado. Ven al
Edificio de Administración. Barclay, trae tu máquina de electrocutar. Y alguien…
Dutton, quédate con Barclay para asegurarte de que lo hace. Vigilad a vuestro vecino,
porque os juro por el Infierno del que vinieron estos monstruos que tengo algo, y
ellos lo saben. ¡Se van a volver peligrosos!
La tensión creció repentinamente en el grupo de hombres. Una corriente de
amenaza inminente penetró en los cuerpos de todos ellos, y se miraron unos a otros
atentamente. Mucho más atentamente que antes… ¿es ese hombre que está a mi lado
un monstruo inhumano?
—¿Y qué es eso que tienes? —preguntó Garry cuando regresaron a la sala
principal—. ¿Cuánto tiempo tardará en llevarse a cabo?
—No lo sé exactamente —dijo McReady con la voz rota por una determinación
furiosa—. Pero sé que funcionará, y sin posibilidad de fallo. Se basa en una cualidad
básica de los monstruos, no nuestra. «Kinner» ha terminado de convencerme de ello.
Se quedó de pie inmóvil con su corpulento cuerpo de bronce, recuperada otra vez
la confianza en sí mismo.
—Esto —dijo Barclay, levantando el arma con mango de madera, coronada con
su dos puntiagudos conductores cargados— va a ser imprescindible, me lo llevo.
¿Está la planta del generador asegurada?
Dutton asintió con seguridad.
—La carbonera automática está llena. La planta del generador de gas está en
pausa. Van Wall y yo la enchufamos para ver las películas y… hemos estado
comprobando su funcionamiento con cuidado varias veces, ya sabes. Cualquier cosa
que toquen estos cables, muere —le aseguró lúgubremente—. De eso estoy seguro.

El doctor Copper se removió ligeramente en su litera y se frotó los ojos con manos
temblorosas. Se incorporó lentamente, pestañeó para quitarse la niebla de sueño y
drogas de los ojos, y luego los abrió desorbitadamente con indescriptible horror por
pesadillas narcotizadas.
—Garry —farfulló—, Garry… escucha. Egoísta… viene del infierno, y es
infernalmente egoísta… ¿Entiendes lo que quiero decir? —se volvió a hundir en su
litera y roncó suavemente.
McReady le miró pensativo.
—Al final lo sabremos —asintió lentamente—. Pero egoísta es la clave. ADN
egoísta es el término correcto. Debe serlo, ¿comprendéis? —se volvió hacia los
hombres un la cabina, hombres silenciosos que observaban con mirada lupina a sus
vecinos—. Egoísta, y como dijo el doctor Copper, cada parte es la totalidad. Cada
trozo es autosuficiente, un animal en sí mismo.

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»Eso, y otra cosa más, explica la situación. No hay nada misterioso en la sangre;
es simplemente un tejido corporal normal como un trozo de músculo, o un trozo de
hígado. Pero no contiene tanto tejido conectivo, aunque posee millones, miles de
millones de células vitales.
La larga barba de color bronce de McReady se agitó bajo una lúgubre sonrisa.
—Esta explicación es satisfactoria en cierto sentido. Estoy bastante seguro de que
los humanos aún os sobrepasamos… sobrepasamos a los otros. Otros que están de pie
aquí. Y nosotros tenemos lo que vosotros, vuestra raza de otro mundo, evidentemente
no tenéis. No es una capacidad de imitación, sino un instinto profundamente
arraigado, un impulso, un fuego inagotable que es genuino. Lucharemos, lucharemos
con una ferocidad que podéis intentar imitar, ¡pero nunca seréis iguales! Nosotros
somos humanos. Somos reales. Vosotros sois imitaciones, falsos hasta la médula de
cada una de vuestras células.
»De acuerdo. Ha llegado el momento del enfrentamiento. Ya lo sabéis. Vosotros,
con vuestros poderes para leer mentes. Me habéis robado la idea de mi cerebro, pero
no podéis hacer nada contra ello.
»La sangre es tejido. Tienen que sangrar; si no sangran cuando se les corta,
entonces, por todos los santos, ¡son imitaciones! ¡Imitaciones del infierno! Pero si
sangran, entonces esa sangre, una vez separada de su cuerpo, pasa a ser un ente
autónomo… un individuo recién formado por derecho propio, ¡al igual que ellos,
porciones de un original, son individuos! ¿Lo comprendes, Van? ¿Puedes ver la
respuesta, Bar?
—La sangre… —dijo Van Wall sonriendo—, la sangre no obedecerá al cuerpo del
que procede. Es un nuevo individuo, con el mismo instinto de autoconservación que
el original, la masa principal de donde se ha desgajado. La sangre vivirá… ¡e
intentará alejarse arrastrándose de, por ejemplo, una aguja caliente!
McReady cogió el escalpelo del centro de la mesa. Del armario sacó un soporte
de probetas, un quemador pequeño de alcohol y un trozo de alambre de platino liado
en una bobina de vidrio. Una sonrisa de sombría satisfacción se dibujó en sus labios.
Durante unos instantes levantó los ojos y miró a los que estaban a su alrededor.
Barclay y Dutton se acercaron a él lentamente, con el instrumento eléctrico a mano.
—Dutton —dijo McReady—, será mejor que te coloques junto al empalme
eléctrico donde conectaste eso. Sólo para asegurarnos de que nadie… o nada… lo
desconecta.
Dutton se alejó.
—Ahora, Van, supongo que deberías ser tú el primero.
Con el rostro pálido, Van Wall dio un paso adelante. Con delicada precisión,
McReady cortó una vena en la base del pulgar. Van Wall se estremeció ligeramente,
luego permaneció sereno mientras se derramaba un poco más de un centímetro de
sangre brillante dentro del tubo. McReady puso la probeta en el soporte, le dio a Van
Wall un poco de alumbre y le señaló el frasco de yodo.

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Van Wall permaneció inmóvil, observando. McReady calentó el cable de platino
sobre la llama del quemador de alcohol, luego lo introdujo en la probeta. El cable
siseó levemente. Repitió la prueba cinco veces.
—Yo diría que es humano.
McReady resopló y se enderezó.
—De momento mi teoría no ha sido realmente validada… pero tengo grandes
esperanzas. Tengo esperanzas. Por cierto, no os hagáis muchas ilusiones con todo
esto. Tenemos entre nosotros algunos indeseables, sin duda. Van, ¿podrías relevar a
Barclay sujetando tú ahora el electrocutor? Gracias. De acuerdo, te toca, Barclay, y
permíteme que diga que ojalá seas uno de los nuestros, eres un tipo formidable.
Barclay sonrió indeciso y se estremeció bajo la hoja afilada del escalpelo.
Después, con una amplia sonrisa, volvió a coger su arma de mango largo.
—Señor Samuel Dutt… ¡Bar! —exclamó McReady.
Y en ese mismo instante se liberó la tensión. Fuera cual fuese el infierno que ardía
en el interior de los monstruos, fue igualado por el de los humanos. Barclay no tuvo
tiempo siquiera de apartar su arma cuando una veintena de hombres se abalanzaron
sobre aquella cosa que se parecía a Dutton. Maulló, escupió y comenzaron a crecerle
los colmillos… pero antes de lograrlo fue descuartizada en cien trozos. Sin cuchillos,
ni otra arma más que la fuerza bruta de un pelotón de hombres iracundos, la criatura
fue aplastada y hecha papilla.
Lentamente se fueron poniendo en pie con los ojos aún centelleantes, aún
conmocionados. Una curiosa arruga en los labios delataba su nerviosismo.
Barclay se acercó con el arma eléctrica. La criatura humeaba y apestaba. El ácido
corrosivo que Van Wall derramó en cada gota de sangre derramada provocaba
vapores cosquilleantes que hacían toser.
McReady sonrió, sus ojos centelleaban de júbilo.
—Quizás —dijo en voz baja— infravaloré las capacidades del ser humano
cuando dije que nada humano podía mostrar la ferocidad que brillaba en los ojos de
aquella cosa que encontramos. Desearía que tuviéramos la oportunidad de dispensar
un tratamiento más apropiado a estas criaturas. Algo con aceite hirviendo, o plomo
derretido dentro, o quizás asarlos lentamente sobre el caldero. Cuando pienso en lo
buen hombre que fue Dutton…
»No importa. Mi teoría está confirmada por… ¿por alguien que lo sabía? Bueno,
Van Wall y Barclay están limpios. Creo, entonces, que intentaré demostraros lo que
ya sé. Que yo también soy humano.
McReady empapó el escalpelo en alcohol, lo quemó por la parte de la hoja y se
cortó en la base del pulgar con precisión.
Veinte segundos más tarde levantó la vista del escritorio para mirar a los hombres
expectantes. Ahora veía más sonrisas, sonrisas amistosas, pero se percibía algo más
en los ojos de todos ellos.

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—Connant tenía razón —McReady sonrió—. Los huskis que observaban a la
criatura desde el ángulo del pasillo no os contagiaron nada. Me pregunto por qué
pensamos que sólo la sangre de lobo tiene derecho a ser feroz. Quizás en cuanto a
violencia espontánea el lobo gane, pero tras estos siete días… ¡abandonad toda
esperanza, lobos que oséis entrar aquí!
»Quizás podamos ahorrar tiempo. Connant, acércate…
De nuevo Barclay reaccionó demasiado tarde.
En esta ocasión se produjeron más sonrisas, y la tensión se rebajó aún más cuando
Barclay y Van Wall remataron la faena.
—Connant era uno de los mejores hombres que teníamos aquí… —dijo Garry
con voz profunda y amarga—, y hace cinco minutos habría jurado que era un
hombre. Esas malditas cosas son más que una mera imitación.
Garry tembló estremecido y se sentó en su litera.
Y treinta segundos más tarde, la sangre de Garry se retrajo alejándose del cable
caliente de platino, y luchó por salir de la probeta, luchó tan frenéticamente como la
réplica de ojos rojos en la que se había transformado, disolviéndose; luchó por
esquivar el arma con lengua de doble filo que Barclay le acercaba, lívido y sudoroso.
El ser de la probeta chilló con una voz diminuta y metálica cuando McReady lo
dejó caer sobre las brasas encendidas de la estufa.

CAPÍTULO 12

—¿Es el último? —el doctor Copper miró desde arriba de su litera con ojos
enrojecidos y tristes—. Han sido catorce…
McReady asintió rápidamente.
—En cierto sentido… si hubiéramos podido prevenir permanentemente su
propagación… me gustaría que las imitaciones aún estuvieran vivas. El comandante
Garry… Connant… Dutton… Clark…
—¿Adónde llevan esas cosas? —Copper señaló con la cabeza la camilla que
Barclay y Norris transportaban.
—Afuera. Han colocado sobre el hielo quince cajas de madera rotas, media
tonelada de carbón y al final añadirán treinta y ocho litros de queroseno. Hemos
echado ácido en cada gota derramada, en cada fragmento arrancado. Vamos a
incinerarlos.
—No está mal el espectáculo —asintió Copper con cansancio—. Me pregunto, no
has dicho nada acerca de si Blair es…
McReady pegó un respingo.
—¡Nos habíamos olvidado de él! —exclamó—. ¡Teníamos tantas otras cosas en
la cabeza!… ¿Crees que podríamos curarle ahora?
—Si… —comenzó a decir el doctor Copper, e hizo una pausa significativa.

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—Incluso a un loco… —McReady retomó la palabra de nuevo—. La criatura
imitó a la perfección a Kinner y su histeria devota… —se volvió hacia Van Wall, que
estaba sentado junto a la mesa alargada—. Van, tenemos que hacer una expedición al
barracón de Blair.
Van levantó la mirada súbitamente, y el ceño de preocupación se transformó en
un instante en sobresaltado recuerdo. A continuación se incorporó y asintió.
—Será mejor que vaya Barclay —sugirió—. Él instaló esos cierres, y se le puede
ocurrir algo para entrar sin asustar demasiado a Blair.
Avanzaron a pie durante tres cuartos de hora, a través de un frío de -38°, mientras
el telón de la aurora se desplegaba encima de sus cabezas. El crepúsculo duraba casi
doce horas, ardiendo en el norte sobre nieve, que parecía arena blanca y cristalina,
como la que pisaban en esos momentos sus esquís. Un viento de unos ocho
kilómetros por hora la apilaba en líneas a la deriva que apuntaban hacia el noroeste.
Tres cuartos de hora tardaron en llegar al barracón cubierto de nieve. No salía
humo de la pequeña caseta, y los hombres se apresuraron.
—¡Blair! —rugió Barclay al viento cuando aún estaba a unos noventa metros de
la caseta—. ¡Blair!
—Calla —dijo McReady en voz baja—. Y date prisa. Puede que esté intentando
que le transponen a larga distancia. Y si tenemos que perseguirle… no disponemos de
aviones, y los tractores están inutilizados…
—¿Podría tener el monstruo la resistencia de un hombre?
—Una pierna rota no lo detendría ni un solo minuto —señaló McReady.
Barclay soltó un grito ahogado y señaló a lo lejos. Apenas perceptible en el cielo
de luz crepuscular, una criatura alada volaba en círculos de indescriptible gracia y
elegancia. Las enormes alas blancas se inclinaron suavemente, y el pájaro voló sobre
ellos con curiosidad silenciosa.
—Albatros… —dijo Barclay en voz baja—. Los primeros de la estación, y
bastante tierra adentro, por algún motivo. Si hay algún monstruo suelto…
Norris se arrodilló sobre el hielo y rebuscó a toda prisa entre su traje
impermeable. Se enderezó con el abrigo abierto ondeando al viento, con una
amenazante arma azul metalizado en la mano. En ese momento la hizo rugir retando
al blanco silencio de la Antártida.
La criatura en el aire dejó escapar un grito ronco. Sus enormes alas se movieron
frenéticamente mientras una docena de plumas de su cola salieron disparadas. Norris
volvió a disparar. El pájaro se movía ahora a toda velocidad, pero en línea recta de
retirada. Volvió a graznar, se desprendieron más plumas, y cayó en picado aleteando
tras un risco de hielo, perdiéndose de vista.
Norris corrió junto a los otros.
—No regresará —jadeó.
Barclay le hizo una señal para que guardase silencio, señalando al mismo tiempo
hacia el barracón. Una extraña y feroz luz azul se filtraba por las grietas de la puerta

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de la barraca. Un zumbido suave y muy bajo sonaba dentro, un zumbido suave y bajo
y un repiqueteo de herramientas, sonidos que comunicaban un mensaje de frenética
prisa.
El rostro de McReady palideció.
—Dios nos ayude si esa cosa ha…
Apretó el hombro de Barclay, e hizo movimientos de tijera con los dedos,
señalando al mismo tiempo los cables que mantenían la puerta cerrada.
Barclay sacó la tijera de su bolsillo y se arrodilló silenciosamente junto a la
puerta. El chasquido y el roce de los cables cortados sonaron insoportablemente
fuertes en el profundo silencio de la Antártida. Tan sólo lo interrumpía ese extraño y
suave zumbido en el interior de la cabaña, y el raro y apresurado chasquido y
manipulación de herramientas.
McReady echó un vistazo por la rendija de la puerta. Contuvo la respiración y sus
enormes dedos apretaron aún más fuerte el hombro de Barclay. El meteorólogo
retrocedió.
—No es… Blair —explicó con voz muy baja—. La criatura está arrodillada sobre
algo que está apoyado encima de la litera… algo que se eleva una y otra vez. Parece
una especie de mochila… pero se eleva.
—Todos a una —dijo Barclay gravemente—. No. Norris, ve atrás y coge tu
pistola. Esa cosa podría tener… armas.
Juntos, el poderoso cuerpo de Barclay y la gigantesca fuerza de McReady
derribaron la puerta. Dentro, la litera que bloqueaba la puerta chirrió y se deshizo en
astillas. La puerta se soltó de las bisagras y cayó al suelo, y la madera de las jambas
se reventó hacia dentro.
Como una pelota de goma azul, la Criatura saltó hacia arriba. Uno de sus cuatro
brazos con aspecto de tentáculos salió disparado como una serpiente al ataque. En
una mano con siete apéndices, un lápiz de quince centímetros de metal reluciente y
parpadeante brilló y la criatura se columpió hacia arriba para encararse a ellos. Sus
labios finos se abrieron y revelaron unos colmillos de serpiente en una mueca de
odio, bajo unos ojos rojos ardientes.
El revólver de Norris tronó en el interior del pequeño cubículo. El rostro
rebosante de odio de la criatura se contrajo en una mueca de agonía, y el tentáculo
retorcido se retrajo bruscamente. El objeto plateado que tenía en la mano quedó
hecho pedazos, la mano con siete tentáculos se convirtió en un amasijo de carne que
supuraba una sustancia viscosa y de color amarillo verdoso. El revólver retumbó tres
veces más. Tres negros agujeros atravesaron cada uno de los tres ojos, y entonces
Norris lanzó el arma sin munición contra su cara.
La Cosa gritó con odio furibundo, cimbreó un tentáculo sobre sus ojos ciegos.
Durante unos instantes se arrastró por el suelo, los tentáculos se agitaban
salvajemente y el cuerpo se retorcía. Luego volvió a erguirse, los ojos cegados se

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movían, hirviendo repulsivamente, y la carne a jirones se desprendía en trozos
chorreantes.
Barclay pegó un brinco y se lanzó hacia delante con un piolet. La parte plana del
pesado objeto colisionó contra el lateral de la cabeza de la bestia.
De nuevo el monstruo inmortal cayó al suelo. Los tentáculos salieron disparados
y de repente Barclay se desplomó agarrando una de las sogas vivas y blanquecinas.
La Cosa se disolvió mientras Barclay la sostenía de esa manera, como una sustancia
candente que le quemaba la piel de las manos como un fuego vivo.
Se despegó frenéticamente alejando la cosa de él, y mantuvo las manos donde no
pudieran ser alcanzadas. La Criatura ciega estiraba y rasgaba la dura y pesada ropa
impermeable, buscando carne… carne en la que poder transformarse…
El enorme soplete que había traído McReady esputó fuego. De repente la criatura
emitió su desaprobación con un sonido sordo. Luego dejó escapar una risa gutural y
lanzó una lengua de un metro de longitud y color blanco azulado. La Cosa aún en el
suelo chilló, se revolvió ciegamente con los tentáculos enroscándose y temblando
ante la borboteante furia del fuego. Se arrastraba y revolcaba por el suelo, chillaba y
renqueaba enloquecida, pero McReady mantuvo en todo momento el soplete sobre su
rostro, los ojos ciegos se quemaban y burbujeaban en vano. La Cosa se arrastró y
aulló frenéticamente.
En un tentáculo brotó una garra salvaje… que chisporroteó al tocar la llama.
McReady se movía con paso firme y según un plan trazado. Indefensa y
enloquecida, la Cosa retrocedía ante la rugiente llama, ante la lengua ardiente que le
acariciaba y lamía. Durante unos instantes se revolvió y berreó con odio inhumano al
notar la nieve gélida. Luego cayó hacia atrás ante el chamuscante aliento del soplete,
y el hedor de su carne inundó el aire.
Desesperada, la criatura se arrastró por la nieve antártica. El viento cortante
soplaba y la lengua de fuego del soplete se retorció en el aire; la cosa se arrastró en
vano dejando un rastro de humo aceitoso y maloliente que salía a borbotones de su
cuerpo…
McReady regresó a la caseta en silencio. Barclay se reunió con él en la puerta.
—¿Ya no hay más? —preguntó el meteorólogo lúgubremente.
Barclay negó con la cabeza.
—Ya no hay más. ¿Esa de allá no se dividió?
—Tenía otras cosas de las que preocuparse —le aseguró McReady—. Cuando la
he dejado, era una brasa en llamas. ¿Qué estaba haciendo cuando llegamos?
Norris soltó una corta risotada.
—¡Pero qué tipos tan listos somos…! Rompemos las magnetos para que los
aviones no funcionen, arrancamos los tubos de los radiadores de los tractores, y
dejamos a esta Cosa sola durante una semana en esta caseta. Sola y sin
interrupciones.

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McReady miró el interior de la cabaña con mayor atención. El aire, a pesar de la
puerta arrancada de cuajo, era cálido y húmedo.
Sobre una mesa en el extremo más alejado de la habitación había un artilugio con
cables enrollados y pequeños imanes, tubos de vidrio y válvulas de radio. En el
centro había un bloque de piedra. Desde el centro de ese bloque salía la luz que
inundaba el lugar, una luz ferozmente azul, más azul que el brillo de un arco
eléctrico, y de allí partía aquel zumbido suave. A un lado había otro artilugio de
cristal, soplado con increíble perfección y delicadeza, láminas de metal y una extraña
y brillante esfera etérea.
McReady se acercó.
—¿Qué es eso?
—Déjalo para que lo investiguen —gruñó Norris—. Pero puedo imaginármelo.
Eso es energía atómica. Ese objeto a la izquierda… es un pequeño artefacto perfecto
para hacer lo que los hombres han estado internando hacer con ciclotrones de cien
toneladas y cosas similares. Separa los neutrones del agua pesada, que obtenía del
hielo de alrededor.
—¿De dónde sacó todo eso?… Oh, claro. El monstruo no podía ser encerrado
dentro… o fuera. Ha estado revisando los almacenes de suministros —McReady
observó con atención el aparato—. Dios mío, qué mentes prodigiosas deben tener los
de esa raza…
—La esfera reluciente… creo que es una esfera de energía pura. Los neutrones
pueden pasar através de cualquier materia, y la Cosa necesitaba un generador de
neutrones. Tan sólo hace falta proyectar los neutrones contra sílice, calcio, berilio,
casi cualquier cosa, y la energía atómica se libera. Ese objeto es el generador
atómico.
McReady se sacó un termómetro del abrigo.
—Estamos a 48° aquí dentro, a pesar de que la puerta está abierta. Nuestras ropas
retienen el calor hasta cierto punto, pero ahora estoy sudando.
Norris asintió.
—La luz es fría. He averiguado eso. Pero desprende un calor que calienta el lugar
a través de esa bobina de cables. Tenía a su disposición toda la energía del mundo.
Podía mantener la caseta a una temperatura cálida y agradable, o al menos lo que su
raza consideraba cálido y agradable. ¿Os habéis fijado en la luz, el color que despide?
McReady asintió.
—La respuesta está más allá de las estrellas. Vinieron desde más allá de las
estrellas de un planeta más caliente que giraba alrededor de un sol más brillante y
más azulado.
McReady echó un vistazo afuera hacia el chamuscado rastro de humo que flotaba
y se alejaba en la ventisca.
—Ya no vendrán más, supongo. Fue pura casualidad que aterrizasen aquí, y eso
ocurrió hace veinte millones de años. ¿Para qué haría todo eso? —señaló el aparato.

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Barclay rió suavemente.
—¿Observasteis en lo que trabajaba cuando entramos? Mirad —señaló hacia el
techo de la cabaña.
El artilugio flotaba pegado al techo como una mochila hecha con latas de café
aplastadas, con tiras de tela y cinturones de cuero colgando. Un diminuto y brillante
corazón de luz sobrenatural relucía en su interior, ardía junto al techo de madera sin
quemarlo. Barclay se acercó al artilugio, asió dos de las cintas que colgaban y tiró de
ellas hacia abajo con fuerza. Se ató las cintas alrededor del cuerpo. Con un pequeño
salto se desplazó en un arco extrañamente lento atravesando toda la estancia.
—Antigravedad —dijo McReady en voz baja.
—Antigravedad —asintió Norris—. Sí, teníamos a esa criatura aquí atrapada, sin
aviones ni pájaros. Los pájaros no llegaban… pero tenía latas de café y accesorios de
radio, y cristal, y el taller de máquinas por la noche. Y una semana… una semana
entera… a solas. América en un solo salto… con la antigravedad propulsada por
energía atómica de la materia.
—Nosotros la detuvimos. Si hubiéramos tardado tan sólo media hora más y… la
criatura ya estaba ajustando estas cinchas en el mecanismo para poder colocárselo…
Entonces nos hubiéramos tenido que quedar para siempre en la Antártida y disparar a
cualquier cosa que viniera del resto del planeta.
—El albatros… —dijo McReady con un hilo de voz—. ¿Piensas que…?
—¿Con este artilugio casi acabado? ¿Con esa arma letal que sostenía en la mano?
No le habría hecho falta… Gracias a Dios, que evidentemente sí nos escucha incluso
en este agujero, y por un margen de media hora, hemos salvado nuestro mundo, y los
planetas del sistema solar también. La antigravedad, ya sabéis, y la energía atómica.
Y es que vinieron de otro sol, una estrella más allá de las estrellas. Vinieron de un
mundo con un sol más azul.

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A. E. Van Vogt

Entre los jóvenes lectores aficionados a la ciencia Ficción que se quedaron pasmados
con “¿Quién anda ahí?” se encontraba un tal Alfred Elton Van Vogt (1912-2000) que,
ni corto ni perezoso, se decidió a enviar a la revista Astounding Science Fiction un
relato cortado por el mismo patrón que el de Campbell, “Vault of the Beast”, con la
diferencia de ambientarse parcialmente en escenarios marcianos. El relato fue
rechazado, pero al mismo tiempo el editor animó a Van Vogt a que siguiera
escribiendo y enviándoles material. Fue así como en julio de 1939 Astounding
publicó finalmente el cuento “Oscuro destructor” (“Black Destroyer”), que narra el
enfrentamiento a vida o muerte entre la tripulación de una nave de exploración
espacial y una criatura monstruosa, parecida a un gato gigante, inteligente pero
estrictamente depredadora, que está a punto de terminar con los protagonistas, tal y
como su raza terminara antes con su propio planeta. Aunque el cuento tiraba de
algunos tópicos del Space Opera, tenía ritmo, suspense y un detalle que lo
diferenciaba esencialmente del seminal relato de Campbell: parte de la historia se
contaba desde el punto de vista del Coeurl, la peligrosa y ávida máquina de matar
alienígena que se colaba en la nave terrícola.
“Oscuro destructor” sería el primero de una serie de relatos acerca del mismo
navío espacial, cuatro en total, que convenientemente revisados se convertirían
después, siguiendo una costumbre muy común en la literatura popular
estadounidense, en la novela The Voyage of the Space Beagle, publicada en 1950 y
editada en nuestro país en la colección pionera Nebulae, de la editorial Edhasa, como
Los monstruos del espacio (1955). En ella, los viajeros de esta nueva Beagle
interestelar iban descubriendo, a imagen y semejanza del HMS Beagle que llevara a
Darwin hasta su teoría de la evolución, una serie de criaturas, generalmente agresivas,
predadoras e indestructibles, que debían ser vencidas por medio no sólo de la fuerza,
sino del ingenio y la inteligencia humanas. Por supuesto, salvando todas las
distancias y diferencias de rigor, la novela en general y el primer relato en particular,
que aquí ofrecemos en su versión original tal y como apareciera por vez primera en la
revista Astounding, poseen un esqueleto argumental y toda una serie de elementos
narrativos que inmediatamente recuerdan, una vez más, Alien. El octavo pasajero
(Alien, 1979) de Ridley Scott, desde la expedición que investiga las ruinas
abandonadas de la antigua civilización de un planeta extraño, hasta la naturaleza del
monstruo como auténtica máquina de matar ajena a cualquier emoción humana. Si el
lector recuerda el relato de Clark Ashton Smith aquí incluido, “las criptas de Yoh-
Vombis”, y une el par de episodios a los que ya hicimos referencia (el encuentro de la
momia alienígena y el ataque y naturaleza de las sanguijuelas marcianas) al
desarrollo del cuento de Van Vogt (una criatura extraterrestre perseguida por entre los

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compartimientos de una nave espacial, mientras va dando cuenta de todo astronauta
que encuentra a su paso), es evidente que el resultado es algo muy, pero que muy
parecido al filme escrito por Dan O’Bannon. Es cierto que existen también otras
muchas fuentes e influencias posibles, algunas estrictamente cinematográficas, como
Terror en el espacio (Terrore nello spazio. Mario Bava, 1965) o Planeta sangriento
(Queen of Blood. Curtis Harrington, 1966), pero al igual que ocurre con O’Bannon y
Giger, tanto Bava como Harringon, directores de estos dos títulos clásicos de la Serie
B con B de buena, eran genuinos conocedores y aficionados al género, por lo que
incluso se podría esperar que conocieran los relatos aquí incluidos o, al menos,
alguno de ellos.
Sea como fuere, y pese a que también hay notables diferencias entre “Oscuro
destructor” y Alien (en realidad, la criatura del filme posiblemente esté más próxima
al no menos mortífero Ixtl del relato “Discord in Scarlet”, que forma la tercera
sección de la novela), la cosa debió de ser suficientemente confusa y sospechosa
como para que Van Vogt interpusiera una demanda por plagio contra la 20th Century
Fox, que acabó (como casi todo en Hollywood) arreglándose fuera de los tribunales,
con el pago de una suma de 50.000 dólares al escritor, aunque se desconocen los
detalles exactos del acuerdo. Así, se puede decir que la película de Ridley Scott pagó
su deuda con la literatura de la Edad de Oro de la ciencia ficción… literalmente.
Tampoco es, por supuesto, la única influencia cinematográfica de Van Vogt y sus
relatos del Space Beagle. Por ejemplo, el concepto mismo de una nave que viaja por
el espacio en busca de vida extraterrestre, enfrentándose en cada historia a una crisis
diferente, es muy similar al de la serie Star Trek, y, de hecho, la tripulación del Space
Beagle incluye personajes con características parecidas a varios de los miembros de
la carismática Enterprise, incluyendo a un historiador, Korita, de nacionalidad
japonesa, en un momento en que todavía estaba muy caliente la enemistad entre
Estados Unidos y Japón. The Man Trap, el primer episodio de la serie original,
emitido el 6 de septiembre de 1966, dirigido por Marc Daniels y escrito por George
Clayton Johnson —coautor de la novela La fuga de Logan junto a William F. Nolan
— y Gene Koddenberry, seguía un argumentó notablemente similar al de “Oscuro
destructor”, con el Enterprise aterrizando en el misterioso planeta M-113 para
descubrir las ruinas de una antigua civilización y llevarse a bordo, sin saberlo, a una
criatura vampírica capaz de cambiar de forma, que necesita la sal de los seres
humanos para sobrevivir, combinando así elementos de “¿Quién está ahí?” y de
“Oscuro destructor”, donde el Coeurl requiere de fósforo para alimentarse,
asimilándolo de las criaturas a las que destruye.
Como curiosidad, recordemos también que al adaptar por entregas El viaje del
Space Beagle a cómic en 1983 para la publicación estadounidense de la editorial
Warren Eerie (que aquí se daría a conocer a través de la revista 1984 de Josep
Toutain), el dibujante Luis Bermejo y el guionista Rich Margopoulos convirtieron al
motísimo extraterrestre (o xenomorfo, que diríamos ahora para no herir la

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sensibilidad de los alienígenas) del tercer relato, el citado Ixtl, quien pretende utilizar
a los tripulantes de la nave como huéspedes vivos donde incubar su descendencia
(¿les suena?), en un clon del Alien tal y como lo concibiera Giger, devolviendo así
irónicamente la pelota a los creadores de la película, que tantos elementos habían
tomado a su vez de los cuentos del hoy un tanto injustamente olvidado A. E. Van
Vogt, si bien existe también una edición del año 2000 de El viaje del Beagle Espacial,
publicada por Plaza y Janés.

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OSCURO DESTRUCTOR[1]

¡Coeurl vagó y vagó! La negra noche sin luna y casi sin estrellas daba paso reticente
a un amanecer rojo oscuro que se alzaba a su izquierda. Era una luz tenue y sin brillo
que no daba sensación del calor que se avecinaba, ni reconfortaba, tan solo transmitía
una fría y difusa ligereza que revelaba morosamente un paisaje de pesadilla.
Roca negra y afilada y una llanura negra y muerta comenzaron a tomar forma a su
alrededor mientras el pálido sol rojo asomaba por fin por encima del grotesco
horizonte. Fue entonces cuando Coeurl reconoció de repente que estaba en terreno
conocido.
Se paró en seco. La tensión bullía en sus nervios. Los músculos se tensaban con
una súbita e incesante fuerza alrededor de sus huesos. Sus grandes patas delanteras
(dos veces más largas que sus patas traseras) se agitaron con un temblor que arqueó
cada una de sus pinzas afiladas como cuchillas. Los gruesos tentáculos que brotaban
de sus hombros dejaron de ondear y se tensaron en ansiosa alerta.
Profundamente horrorizado, movió su enorme cabeza de gato de un lado a otro
mientras los pequeños tentáculos como cabellos que formaban cada oído vibraban
frenéticamente, comprobando cada brizna errante, cada palpitación del éter.
Pero no hubo respuesta, ningún rápido cosquilleo por su intricado sistema
nervioso, ni la más vaga sugerencia en ningún lugar de la presencia del necesario id.
Desesperado, Coeurl se acurrucó, una enorme figura felina recortada contra el tenue
horizonte rojizo, corno un grabado distorsionado de un tigre negro descansando sobre
una roca negra en un mundo de sombras.
Sabía que llegaría ese día. Durante todos los siglos de incansable búsqueda, ese
día se había cernido cada vez, más cerca, más negro, más aterrador… esa hora
inevitable en la que debería regresar al punto donde inició su caza sistemática en un
mundo casi vacío de criaturas id.
La verdad le golpeó en oleadas como un dolor interminable y rítmico en la base
de su ego. Cuando empezó, por cada cien millas cuadradas encontraba unas cuantas
criaturas id que debía extirpar sin piedad. Demasiado bien sabía Coeurl en esta hora
definitiva que no se le había escapado ninguna. No quedaban criaturas id para
alimentarse. En todos los cientos de miles de millas cuadradas que había convertido
en suyas por derecho de conquista implacable, hasta que ningún coeurl vecino se
atrevió a cuestionar su soberanía, no había id para alimentar el motor inmortal que, en
todos los demás aspectos, era su cuerpo.
Pie cuadrado a pie cuadrado, había peinado todo el territorio. Y ahora reconoció
el afloramiento de roca justo delante y el puente de roca negra que formaba un
extraño y retorcido túnel a su derecha. Era en ese túnel donde había yacido durante
días, esperando a que la criatura id, de mente simple y aspecto de serpiente, saliera de

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su agujero en la roca para tumbarse al sol… su primera presa tras haber sido
consciente de la absoluta necesidad de un exterminio sistemático.
Se lamió los labios recordando satisfecho el momento en que sus mandíbulas
babeantes desgarraron a la víctima hasta convertirla en valiosos bocaditos. Pero el
oscuro miedo de un universo sin id barrió los dulces recuerdos de su consciencia,
dejando tan solo la certeza de la muerte.
Dejó escapar un gruñido audible, desafíame y diabólico que vibró en el aire,
resonó y volvió a resonar entre las rocas y retornó con un escalofrío a sus nervios…
una expresión instintiva e infernal de su deseo de vivir.
Y entonces… súbitamente… sucedió.

* * *

Lo vio emerger en la distancia en un declive del terreno, un diminuto punto brillante


que creció enormemente hasta convertirse en una bola metálica. El gran globo
reluciente siseó por encima de Coeurl, ralentizándose visiblemente con una rápida
desaceleración. Salió disparado sobre una hilera negra de colinas a la derecha, flotó
casi inmóvil durante un segundo y luego se hundió y se perdió de vista.
Coeurl estalló saliendo de su inmóvil estupor. Con la velocidad de un tigre, se
deslizó entre las rocas. Sus ojos negros y redondos ardían con el terrible deseo que
era una agonía en su interior. Los filamentos de sus oídos vibraron comunicando un
mensaje de id en tal cantidad que sintió el dolor en el cuerpo con las punzadas del
hambre extraordinaria que le atenazaba.
El pequeño sol rojo era una bola carmesí en los cielos negros amoratados cuando
asomó por detrás de una masa de rocas y observó desde sus sombras las
desmoronadas y gigantescas ruinas de la ciudad que se extendía abajo. El globo
plateado, a pesar de su enorme tamaño, pasaba extrañamente desapercibido en
aquella vasta extensión de ruinas de cuento fantástico. Sin embargo, en él había una
actividad contenida, una quietud dinámica que, tras un segundo, lo hizo destacar y
dominar el primer plano. Un objeto enorme de metal que rompía las rocas descansaba
sobre un lecho formado por su propio peso en la árida y resistente llanura que
comenzaba abruptamente en las afueras de la metrópolis muerta.
Coeurl observó a aquellas criaturas extrañas de dos piernas que se erguían en
pequeños grupos cerca de la abertura brillantemente iluminada que apareció en la
base de la nave. Se atragantó con la urgencia de su necesidad, y el cerebro se le
oscureció con ese primer impulso de lanzarse en una furiosa carga y aplastar a
aquellas débiles criaturas de aspecto desvalido cuyos cuerpos emitían vibraciones id.
Unos vagos recuerdos detuvieron aquel impulso demente cuando todavía manaba
tan solo electricidad a través de sus músculos. El recuerdo provocaba tenor en un
flujo ácido de debilidad, derramándose por sus nervios, envenenando las reservas de
fuerza. Tuvo tiempo de ver que las criaturas llevaban cosas sobre sus cuerpos reales,

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telas brillantes transparentes que relucían con destellos extraños y ardientes al reflejar
los rayos del sol.
Otros recuerdos acudieron de pronto a su mente. Recuerdos de días borrosos,
cuando la ciudad que se extendía allá abajo era el corazón vivo y palpitante de una
era de gloria que se disolvió en un solo siglo ante armas llameantes blandidas por
aquellos que solo sabían que para los supervivientes habría un suministro de id en
constante disminución.
Era el recuerdo de esas armas lo que le mantenía allí, estremeciéndose con una
oleada de terror que le nublaba la mente. Se vio a sí mismo aplastado por bolas de
metal y quemado por llamas abrasadoras.
Entonces se iluminó su mente… entendió la presencia de aquellas criaturas.
Aquello, razonó Coeurl por primera vez, era una expedición científica procedente de
otra estrella. En los viejos tiempos, los coeurls habían imaginado los viajes
espaciales, pero el desastre acaeció demasiado rápido para que pudiera ser algo más
que una idea.
Los científicos perseguían la investigación, no la destrucción. A su manera, los
científicos eran unos locos. Armado con sus conocimientos, salió al aire libre. Vio
que las criaturas percibían su presencia. Se volvieron y le miraron. Una, la más
pequeña del grupo, sacó una varilla metálica brillante de una funda y la sostuvo con
gesto despreocupado en la mano. Coeurl continuó su rápido avance, enervado por la
acción; pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

* * *

El comandante Hal Morton oyó reír al pequeño Gregory Kent, el químico, con el
medio gorjeo avergonzado con el que invariablemente anunciaba alguna duda
interior. Vio a Kent toqueteando el arma larga de meta lite.
—No me la jugaré con algo tan grande como eso —dijo Kent.
El comandante Morton dejó que su propia risa profunda resonara por los
comunicadores.
—Esa —gruñó finalmente— es una de las razones por las que estás en esta
expedición, Kent… porque nunca te la juegas ni dejas nada al azar.
Su risa se desvaneció hasta enmudecer. Instintivamente, mientras observaba cómo
se aproximaba el monstruo a ellos por aquella llanura de roca negra, avanzó un poco
hasta colocarse ligeramente por delante de los otros y su gran silueta rellenaba el traje
transparente de metalite. Los comentarios de los hombres tamborilearon a través del
radiocomunicador en sus oídos:
—No me gustaría en absoluto encontrarme con esa preciosidad de noche en un
callejón.
—No seas idiota. Obviamente, es una criatura inteligente. Probablemente un
miembro de la raza hegemónica.

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—Pues solo parece un gato grande, si te olvidas de esos tentáculos que le salen de
los hombros y se admiten esas patas delanteras monstruosas.
—Su desarrollo físico —dijo una voz que Morton reconoció como la de Siedel, el
psicólogo— presupone una adaptación animal a su entorno, no intelectual. Por otro
lado, el hecho de que venga hacia nosotros de esta manera no es el comportamiento
de un animal sino de una criatura con consciencia de nuestra posible identidad.
Advertirás que sus movimientos son rígidos, lo cual denota precaución, que a su vez
sugiere temor y consciencia clara de nuestras armas. Me gustaría observar
detenidamente el extremo de los tentáculos. Si están rematados en apéndices
parecidos a manos que pueden realmente sujetar objetos, entonces la conclusión
incuestionable es que es un descendiente de los habitantes de esta ciudad. Sería de
gran ayuda que pudiéramos establecer comunicación con él, aunque tiene toda la
apariencia de que ha degenerado a un estado primitivo y sin historia.
Coeurl paró cuando todavía estaba a diez pies de la criatura más adelantada. La
sensación de presencia de id era tan abrumadora que el cerebro divagaba al borde del
caos. Tenía la impresión de que sus miembros estaban empapados de materia fundida;
además su visión era borrosa, al tiempo que la sensualidad pura de su deseo
retumbaba con fuerza por todo su ser.
Los hombres (todos excepto el pequeño con la varilla metálica y brillante en la
mano) se acercaron. Coeurl vio que lo examinaban abierta y curiosamente. Movían
los labios y sus voces punteaban un ritmo monótono y carente de significado en los
filamentos de sus oídos. Al mismo tiempo, sintió ondas de una frecuencia muy
superior (su propio nivel de comunicación), pero era un chirrido metálico y maquinal
que le sacudía el cerebro. Realizando un esfuerzo patente por mostrarse amistoso,
emitió su nombre por los filamentos de sus oídos al tiempo que se señalaba curvando
uno de los tentáculos.
Gourlay, el jefe de comunicaciones, rezongó:
—Recibo una especie de electricidad estática en mi radio cuando menea esos
pelos, Morton. ¿Crees que…?
—Tiene toda la pinta. —El comandante remató la pregunta inacabada—. Eso
significa trabajo para ti, Gourlay. Si habla mediante ondas de radio, no debe de ser
imposible crear alguna clase de imagen de sus vibraciones o enseñarle el código
Morse.
—Ah —dijo Siedel—. Yo tenía razón. Los tentáculos acaban en siete fuertes
dedos. Si el sistema nervioso es lo suficientemente sofisticado, esos dedos, con
entrenamiento, podrían manipular cualquier tipo de maquinaria.

* * *

—Creo que será mejor que vayamos a comer algo —dijo Morton—. Después,
tendremos que afanarnos. Los encargados de materiales pueden montar sus máquinas

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y empezar a recolectar datos sobre las posibilidades del planeta de albergar metal, y
todo lo demás. Los demás pueden explorar la zona con cuidado. Me gustaría que
tomaran algunas anotaciones sobre la arquitectura y sobre el desarrollo científico de
esta raza y, en especial, qué ocurrió para que desapareciera su civilización. En la
Tierra las civilizaciones han ido derrumbándose una tras otra, pero siempre ha
brotado una nueva sobre las cenizas de la anterior. ¿Por qué no ocurrió aquí? ¿Alguna
pregunta?
—Sí, ¿qué pasa con el minino? Mira, quiere venirse con nosotros.
El comandante Morton frunció el ceño, un gesto que enfatizaba la palidez del
espacio interplanetario en su rostro.
—Ojalá hubiera una manera de poder llevárnoslo sin capturarlo a la fuerza. Kent,
¿qué opinas?
—Opino que primero deberíamos decidir si es una cosa o un ser consciente, y
tratarlo de una u otra manera. Yo estoy a favor de que es un ser consciente. En cuanto
a llevárnoslo… —El pequeño químico sacudió la cabeza con determinación—.
Imposible. Esta atmósfera contiene un veintiocho por ciento de cloro. Nuestro
oxígeno sería pura dinamita para sus pulmones.
El comandante se rio.
—Pues él no parece creerlo, por lo visto… —Observó al monstruo felino
mientras seguía a los dos primeros hombres y cruzaba tras ellos la gran puerta. Los
hombres se mantenían a una tensa distancia de él, luego miraron a Morton de manera
interrogante. Morton agitó la mano—. De acuerdo. Abrid la segunda cámara y dejad
que respire un poco de oxígeno. Eso le curará.
Unos segundos más tarde, dejó escapar una exclamación de asombro.
—¡Por Dios Bendito, ni tan siquiera ha notado la diferencia! Eso significa que no
tiene pulmones, o bien que estos no usan el cloro para funcionar. ¡Que entre!… ¡Y
tanto que puede entrar! Smith, ahí tienes todo un tesoro para un biólogo… parece
bastante inofensivo si tenemos cuidado. Seguro que podemos ocuparnos de él. ¡Pero
qué metabolismo!
Smith, un tipo alto, delgado y huesudo con un rostro largo y triste, dijo con una
voz extrañamente forzada:
—En todos nuestros viajes solo hemos encontrado dos formas superiores de vida.
Las que dependen del cloro y las que necesitan oxígeno… los dos elementos que
activan la combustión. Estoy dispuesto a jugarme mi reputación a que ningún
organismo complejo podría adaptarse a ambos gases de forma natural. En una
primera revisión, diría que lo de ahí es una forma de vida extremadamente avanzada.
Esta raza, hace ya mucho tiempo, descubrió los principios de la biología que nosotros
estamos ahora empezando a entrever. Morton, no debemos dejar que esta criatura se
escape si podemos evitarlo.
—Si su ansiedad por entrar sirve de criterio —se rio el comandante Morton—,
entonces lo difícil será lograr deshacernos de ella.

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Entró en la cámara intermedia con Coeurl y los dos hombres. La maquinaria
automática emitió un zumbido y en unos minutos estaban frente a una serie de
ascensores que conducían a las habitaciones.
—¿Eso va a subir? —dijo uno de los hombres señalando al monstruo con el
pulgar.
—Será mejor que suba solo, si quiere entrar.
Coeurl no planteó ninguna objeción, hasta que oyó la puerta cerrándose a sus
espaldas y la jaula cerrada salió disparada hacia arriba.
Se revolvió con un gruñido salvaje mientras su razón se nublaba en un torbellino.
Con un salto, golpeó la puerta. El metal se hundió con el golpe y el dolor desesperado
lo enloqueció. Ahora todo él era un animal atrapado. Golpeó el metal con las zarpas,
arrugándolo como si fuera hojalata. Arrancó algunos barrotes grandes con sus
gruesos tentáculos. La maquinaria chirrió, se oyeron unos horribles traqueteos
mientras el poder ilimitado tiraba de la jaula a pesar de los trozos metálicos que se
desprendían y que arañaban las paredes exteriores. Y entonces la jaula se detuvo,
arrancó el resto de la puerta y saltó al pasillo.
Esperó allí hasta que Morton y los hombres se acercaron con las armas
desenfundadas.
—Somos unos idiotas —dijo Morton—. Deberíamos haberle mostrado cómo
funciona. Pensó que le habíamos tendido una trampa.
Se acercó al monstruo y vio cómo se esfumaba el brillo salvaje de sus ojos negros
como el carbón cuando abrió y cerró la puerta con gestos exagerados para demostrar
el funcionamiento.
Coeurl terminó la lección trotando hasta la habitación grande de su derecha. Se
tendió sobre el suelo rugoso e intentó calmar la tensión eléctrica de sus nervios y
músculos. Un intenso estallido de ira contra sí mismo por aquel temor le consumía.
Su cerebro ardiente le dictaba que había perdido la oportunidad de aparecer como una
criatura gentil e inofensiva. Su fuerza debió de sorprender y asustar a aquellas
criaturas.
Implicaba un mayor peligro en la tarea que ahora sabía que debía llevar a cabo:
matar a todo ser vivo en la nave y llevar la máquina de regreso a su mundo en busca
de reservas ilimitadas de id.

* * *

Con los ojos bien abiertos, Coeurl permaneció tumbado y observando a aquellos dos
hombres mientras se llevaban la metralla suelta de la puerta de metal del enorme y
viejo edificio. Le dolía todo el cuerpo por el hambre de id de sus células. El ansia le
desgarraba los músculos palpitantes y latía en su mente como un ser vivo. Cada una
de sus terminaciones nerviosas temblaba ansiando seguir a los hombres que habían
entrado en la ciudad. Uno de ellos, lo sabía, se había ido… solo.

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Los lentos minutos volaron, pero continuó reprimiéndose, continuó observando
allí tumbado, consciente de que los hombres sabían que él observaba. Fletaron una
máquina metálica de la nave hasta la masa de roca que bloqueaba la gran puerta
medio abierta, en dirección a un tercer hombre. Ni un solo movimiento de sus dedos
escapaba a su fiera mirada y, lentamente, a medida que la simplicidad de la máquina
se hizo evidente, el desprecio creció en él.
Sabía lo que estaba por venir cuando la llama brilló con violencia incandescente y
corroyó con voracidad la dura roca debajo. Pero, a pesar de este conocimiento, saltó y
gruñó deliberadamente, como si sintiera temor cuando aquel calor blanco le llegó.
Los filamentos de sus oídos captaron la risa de los hombres y el curioso placer ante
su simulada consternación.
La puerta se abrió y Morton se aproximó y entró con el tercer hombre. Este
último sacudió la cabeza.
—Es un desasne. Se puede percibir el movimiento de la masa. Obviamente, usan
energía atómica, pero… pero en forma helicoidal. Es una evolución curiosa. En
nuestra ciencia, la energía atómica posibilitó la máquina no helicoidal. Es posible que
aquí hayan progresado hasta lograr un nuevo tipo de mecánica helicoidal, Espero que
sus bibliotecas estén mejor conservadas que esto, o jamás lo sabremos.
¿Qué pudo haberle sucedido a una civilización para que desapareciera de esta
manera?
Una tercera voz irrumpió por los comunicadores.
—Aquí Siedel. Escuché tu pregunta, Pennons. Psicológica y sociológicamente
hablando, la única razón por la que un territorio termina deshabitado es la falta de
alimentos.
—Pero si están tan avanzados científicamente, ¿por qué no desarrollaron los
viajes espaciales y se marcharon en busca de su alimento?
—Pregúntaselo a Gunlie Lester —intervino Morton—. Le he oído exponer alguna
teoría al respecto incluso antes de que aterrizáramos.
El astrónomo respondió a la primera llamada.
—Todavía tengo que verificar todos mis datos, pero este mundo desolado es el
único planeta que gira alrededor de ese miserable sol rojo. No hay nada más… Ni
luna, ni tan siquiera un planetoide. Y el sistema solar más cercano se encuentra a
novecientos años luz de distancia.
—Tan tremendo habría sido el problema de la raza dominante de este mundo que
en un salto no solo tendrían que haber resuelto el viaje interplanetario sino también el
interestelar. Cuando uno tiene en cuenta lo lenta que ha sido nuestra propia evolución
(primero la Luna, luego Venus), cada éxito conduciendo al siguiente… siglos hasta
las estrellas más cercanas, y finalmente hasta llegar a los antiaceleradores, que
permitieron el viaje galáctico… Teniendo en cuenta todo esto, afirmo que sería
imposible para ninguna raza crear tales máquinas sin una experiencia práctica. Y,

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estando la estrella más cercana tan lejos, no tenían ningún incentivo para las prácticas
espaciales que pudieran aportarles la experiencia.

* * *

Coeurl trotaba con brío hacia otro grupo. Pero ahora, impulsado por el acuciante
apetito que lo consumía y en el frenesí de su menosprecio, no prestó atención a lo que
hacían. Recuerdos de un conocimiento pasado chirriaron poniéndose en movimiento
a consecuencia de lo que había visto y fluyeron en su consciencia en una corriente
constante y más vivida.
Corrió de un grupo a otro, una dinamo de nervios… irascible y débil por el
hambre acuciante. Un pequeño vehículo se aproximó y se paró delante de él y una
cámara enorme emitió un zumbido al tiempo que le tomaba una fotografía. Sobre un
montículo de roca, un telescopio gigantesco estaba dirigido hacia el cielo. Cerca, una
máquina desintegradora horadaba con su abrasador fuego un agujero cada vez más
profundo, directo hacia abajo.
En la mente de Coeurl se entremezclaban borrosamente cosas que observaba sin
prestar toda la atención. Y el momento en el que sabía que no podría soportar más la
tortura del fingimiento era cada vez más inminente. El cerebro bullía con irresistible
impaciencia y el cuerpo ardía con la furia de su ansia por salir tras el hombre que se
había marchado solo a la ciudad.
No pudo soportarlo más tiempo. Una espuma verde que lo enloquecía le llenaba
la boca. Vio que, en ese mismo instante, nadie miraba.
Salió disparado como una bala. Se deslizó por el terreno a grandes saltos por el
aire, una sombra entre las sombras de las rocas. En un minuto, tanto la nave como los
seres de dos piernas quedaron ocultos tras el terreno accidentado.
Coeurl se olvidó de la nave, olvidó todo menos su objetivo, como si su cerebro
hubiera quedado limpio gracias a una escoba borrarrecuerdos mágica. Dio un amplio
rodeo, luego entró a toda velocidad en la ciudad, cruzó las calles desiertas tomando
atajos con la facilidad del que conoce bien el lugar, a través de agujeros abiertos en
muros vencidos por los siglos, a través de largos corredores entre edificios
desmoronados. Redujo la velocidad hasta avanzar agazapado y al trote, cuando los
filamentos de sus oídos captaron las vibraciones id.
De repente, se paró y echó un vistazo desde una pila de rocas caídas. El hombre
estaba de pie en lo que en otro tiempo debió de ser una ventana, lanzando los rayos
cegadores de su linterna hacia el oscuro interior. La luz de la linterna se apagó. El
hombre, de complexión fuerte y pesada, se alejó con pasos rápidos y cautos. A Coeurl
no le gustó esa precaución. Presagiaba problemas; significaba una reacción
relámpago ante el peligro.
Coeurl esperó hasta que el humano desapareció tras la esquina; luego se arrastró a
cielo abierto. Ahora corría, mucho más rápido que el paso de un hombre, porque su

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plan estaba claro en su cerebro. Como un fantasma, se deslizó hasta la siguiente calle
y pasó una larga manzana de edificios. Giró en la primera esquina a máxima
velocidad y, a continuación, arrastrando el estómago, reptó hasta la semioscuridad
entre el edificio y un montón de. escombros. La calle más adelante estaba obstruida
por una sólida barrera de escombros que la hacían parecer un valle rematado en un
estrecho cuello de botella. Dicho cuello estaba justamente bajo Coeurl.
Con los filamentos de los oídos captó las ondas de baja frecuencia de un silbido.
El sonido vibró atravesando su ser y, de repente, el terror clavó sus gélidos dedos en
su cerebro. El hombre tendría un arma. Y si lanzaba un chorro de energía atómica (un
solo chorro) antes de que sus propios músculos pudieran expandirse en una furia
asesina…
Pasó rodando una pequeña lluvia de rocas. Y entonces el hombre se colocó justo
debajo de él. Coeurl lanzó el brazo y golpeó una sola vez el casco brillante y
transparente del traje espacial. Se escuchó un sonido metálico de algo que se
desgarraba, seguido de un chorro de sangre. El hombre se dobló hacia delante, como
si una parte de su cuerpo se estirase. Durante unos segundos los huesos, piernas y
músculos se combinaron milagrosamente para mantenerlo en pie. Luego se derrumbó
con un repiqueteo metálico producido por su armadura espacial.
El miedo se evaporó del todo y Coeurl salió de un salto de su escondite. Con
ávida velocidad, golpeó el metal y el cuerpo en su interior hasta hacerlo trizas. Por el
suelo había grandes pedazos de metal arrancados del traje.
Los huesos se rompieron. La carne se aplastó.
Resultó sencillo sintonizar con las vibraciones del id y crear la desorganización
química que lo liberaba del hueso aplastado. El id se encontraba, como Coeurl
descubrió, principalmente en el hueso.
Se sintió revivir, casi como recién nacido. Allí había más comida de la que había
ingerido durante todo el año anterior.
En tres minutos todo había acabado, y Coeurl salió disparado como si huyera de
un peligro extremo. Con cautela, se aproximó al globo brillante desde el lado opuesto
por el que había salido. Los hombres estaban atareados. Deslizándose
silenciosamente, Coeurl avanzó sin ser advertido por un grupo de hombres.

* * *

Morton contempló la horrible visión de la carne desgarrada, el metal y la sangre sobre


la roca a sus pies y sintió un nudo en La garganta que le impidió hablar. Escuchó a
Kent decir:
—¡Tuvo que ir solo, maldita sea! —La voz del pequeño químico contuvo un
sollozo cautivo y Morton recordó que Kent y Jarvey habían sido amigos durante
años, de esa manera en que solo dos hombres pueden serlo.

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—Lo peor de todo —dijo uno de los hombres estremeciéndose— es que parece
un asesinato sin sentido. El cuerpo está descuartizado y desparramado como
pequeños grumos de gelatina aplastada, pero parece estar todo aquí. Casi me.
apostaría algo a que, si pesamos todo lo que hay aquí, seguiría habiendo ciento
setenta y cinco libras de acuerdo con la gravedad terráquea. Aquí son unas ciento
setenta libras.
Smith le interrumpió con su triste rostro marcado por la melancolía:
—El asesino atacó a Jarvey y luego descubrió que su carne era extraña…
incomestible. Exactamente como nuestro gato grande. No comía nada de lo que le
poníamos delante. —Sus palabras se apagaron en un repentino e inquietante silencio;
luego, añadió lentamente—: Oye, ¿y esa criatura? Es lo suficientemente grande y
fuerte para haber hecho esto con sus propias zarpas.
Morton frunció el ceño.
Podría ser, Después de todo, es el único ser vivo que hemos visto. Por supuesto,
no podemos sacrificarlo basándonos solo en meras sospechas…
—Además —dijo uno de los hombres—, no lo hemos perdido de vista nunca.
Antes de que Morton pudiera hablar, Siedel, el psicólogo, interrumpió:
—¿Estás seguro de eso?
El hombre vaciló.
—Quizás lo hemos tenido vigilado durante unos minutos. Se movía de un lado a
otro tanto, mirándolo todo.
—Exactamente —dijo Siedel con satisfacción y, a continuación, se volvió hacia
Morton—: ¿Lo ves, comandante? Yo también tenía la impresión de que estaba
siempre a nuestro alrededor y, sin embargo, si intento recordar tengo lapsus en
blanco. Hubo momentos, probablemente varios minutos, cuando se perdió totalmente
de vista.
El rostro de Morton se nubló pensativo al tiempo que Kent irrumpió airado:
—Yo voto que no nos arriesguemos. Matemos a la bestia bajo sospecha antes de
que haga más daño.
—Korita —dijo Morton lentamente—, tú has estado dando una vuelta con
Cranessy y Van Horne. ¿Creéis que el minino es un descendiente de la clase
dominante de este planeta?
El alto arqueólogo japonés miró al cielo como si quisiera ordenar sus
pensamientos.
—Comandante Morton —dijo respetuosamente—, esto es un misterio. Mirad
esto, todos, a este majestuoso horizonte. Advertid este paisaje gótico de la
arquitectura. A pesar de la megalópolis que crearon, estos individuos estaban en
contacto con la tierra. Los edificios no son estructuras simplemente ornamentadas.
Son ornamentos en sí mismos. Este es el equivalente de la columna dórica, de la
pirámide egipcia, la catedral gótica, brotando de la tierra, vivos y engrandecidos por

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el destino. Si este mundo solitario y desolado puede ser considerado una madre tierra,
entonces la tierra tenía un lugar cálido y espiritual en los corazones de esta raza.
»El efecto es enfatizado por las calles enrevesadas. Por sus máquinas sabemos
que eran matemáticos, pero ante todo artistas… no construyeron esas ciudades
geométricas de las metrópolis ultrasofisticadas del mundo. Aquí hay un abandono
genuinamente artístico, una profunda emoción de júbilo escrita en la curvatura y las
estructuras no matemáticas de las casas, los edificios y las avenidas; la sensación de
intensidades y creencia divina en una certeza interna. Esta no es una civilización
decadente desgastada por el tiempo, sino una cultura joven y vigorosa, segura y firme
en un propósito.
»Y entonces murió. Insospechadamente, como si en este punto la cultura hubiera
sufrido su batalla de Poitiers y hubiera comenzado a hundirse como la antigua
civilización mahometana. O como si en un solo salto hubiera abarcado siglos y
hubieran entrado en una era de guerras entre estados. En la civilización china ese
periodo tuvo lugar entre el 480 y el 230 antes de Cristo, al final del cual el estado de
Tsin presenció el inicio del Imperio chino. Esta fase Egipto la experimentó entre 1780
y 1580 antes de Cristo, un periodo cuyo último siglo fue la innombrable era de los
hicsos. Los clásicos los experimentaron a partir de la batalla de Queronea (338) y, en
el punto álgido del horror, a partir de los Gracos (133) hasta Actium (31 antes de
Cristo). Los norteamericanos procedentes de Europa occidental fueron devastados en
los siglos XIX y XX, y los historiadores modernos coinciden en que, teóricamente,
entramos en la misma base hace unos cincuenta años, aunque, por supuesto, hemos
resuelto el problema.
»Se preguntará, comandante, qué tiene todo esto que ver con su pregunta. Mi
respuesta es: no hay constancia aquí de una cultura que se enfrenta abruptamente a un
periodo de estados en contienda. Siempre hay un lento progreso, y el primer paso es
un despiadado cuestionamiento de todo lo que siempre se ha tenido por sagrado. Las
certezas interiores dejan de existir, se disuelven ante los despiadados sondeos de las
mentes científicas y analíticas. El escéptico se convierte así en el tipo de ser superior.
»Afirmo que esta cultura acabó de forma abrupta en su momento de mayor
esplendor. Los efectos sociológicos de tal catástrofe podrían ser un repentino
desvanecimiento de cualquier moral, una reversión a una criminalidad casi bestial,
carente de cualquier ideal y una encallecida indiferencia ante la muerte. Si este… este
minino es descendiente de tal raza, entonces será una criatura inteligente, un ladrón
en la noche, un asesino a sangre fría, que le rebanaría el cuello a su propio hermano
en su beneficio.

* * *

—¡Ya basta! —sonó ahora la voz entrecortada—. Comandante, estoy dispuesto a


actuar de verdugo.

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—Escucha, Morton —interrumpió Smith bruscamente—, todavía no vas a matar
a ese gato, aunque sea culpable. Es una mina de tesoros biológicos.
Kent y Smith se lanzaron miradas furibundas. Morton los miró pensativo con el
ceño fruncido y luego dijo:
—Korita, me inclino a aceptar tu teoría como hipótesis de trabajo. Pero tengo una
pregunta: ¿El minino procede de un periodo anterior al nuestro? Es decir, estamos
entrando en la fase más desarrollada de nuestra cultura, y a un mismo tiempo, de
repente, aquella criatura perdió toda su historia en el periodo más vigoroso de esta.
Pero ¿es posible que su cultura sea posterior en este planeta a la nuestra en un sistema
galáctico que nosotros hemos civilizado?
—Exactamente. La suya podría ser la edad media de la décima civilización de su
mundo, mientras que la nuestra es el final de la octava civilización de la Tierra, y
cada una de esas diez civilizaciones ha sido construida sobre las ruinas de la anterior.
—En ese caso, el minino no sabría nada del escepticismo que hizo posible que
nosotros averiguáramos con tanta certeza que es un criminal y asesino, ¿verdad?
—No, sería literalmente como magia para él.
Morton sonreía con tristeza.
—Entonces creo que tendrás lo que deseas, Smith. Dejaremos que el minino viva
y, si hay alguna otra baja, ahora que lo conocemos, será debido a una dejadez total.
Por supuesto, existe la posibilidad de que nos equivoquemos. Como Siedel, yo
también tengo la impresión de que siempre ha estado cerca de nosotros. Pero ahora…
no podemos dejar al pobre Jarvey aquí de esta manera. Lo meteremos en un ataúd y
lo enterraremos.
—¡No, no lo haremos! —rugió Kent. Se sonrojó—. Te pido disculpas,
comandante. No tuve intención de decirlo así. Sostengo que el minino quería algo de
ese cuerpo. Parece que está todo allí, pero debe de faltar algo. Voy a averiguar qué es
y relacionar este asesinato con él de manera que tengáis que creerlo más allá de
cualquier sombra de duda.

* * *

Ya era bien entrada la noche cuando Morton levantó la mirada de un libro y vio a
Kent entrar por la puerta que conducía a los laboratorios del piso inferior.
Kent llevaba un cuenco grande y poco profundo en las manos; dirigió sus ojos
cansados unos segundos hacia Morton y dijo con una voz agotada, pero dura:
—¡Ahora, mira esto!
Comenzó a aproximarse a Coeurl, que en esos momentos estaba tumbado sobre la
gran alfombra fingiendo estar dormido.
Morton le detuvo.
Espera un minuto, Kent. En cualquier otro momento no cuestionaría tus acciones,
pero pareces enfermo; estás alterado. ¿Qué tienes ahí?

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Kent se volvió y Morton vio que su primera impresión había sido tan solo un
fugaz atisbo de la verdad. Había ojeras bajo los ojos grises del pequeño químico…
unos ojos que miraban febriles sobre las mejillas hundidas en un rostro de asceta.
—He encontrado el elemento que nos faltaba —dijo Kent—. Es el fósforo. No
quedaba ni un milímetro cuadrado de fósforo en los huesos de Jarvey. Habían
absorbido hasta la última molécula… no sé por medio de qué tipo de superproceso
químico. Hay maneras de obtener fósforo del cuerpo humano. Por ejemplo, una
forma rápida es lo que le ocurrió al trabajador que ayudó a construir esta nave.
Acuérdate, cayó en quince toneladas de metalite fundido… al menos, eso afirmaban
sus familiares, pero la compañía no estaba dispuesta a pagar ninguna compensación
hasta que se encontrara en un análisis que el metalite contenía un alto porcentaje de
fósforo…
—¿Y qué me dices del cuenco de comida? —interrumpió alguien. Los hombres
dejaron a un lado las revistas y libros y miraron interesados.
—Tiene fósforo orgánico. Debe de detectarlo por el olfato, o lo que sea que use
en lugar del olfato…
—Creo que capta las vibraciones de las cosas —intervino Gourlay perezosamente
—. En ocasiones, cuando menea esos filamentos, detecto una clara estática en la
radio. Y luego, de nuevo, no hay reacción, como si se moviera en frecuencias más
altas o más bajas. Parece controlar las vibraciones a voluntad.
Kent esperó con obvia impaciencia hasta que Gourlay pronunció la última palabra
y luego continuó abruptamente:
—De acuerdo. Entonces, cuando recibe la vibración del fósforo y reacciona como
un animal, entonces… bueno, podremos decidir qué hemos logrado probar por su
reacción. ¿Puedo proceder, Morton?
—Hay tres cosas equivocadas en tu plan —dijo Morton—. En primer lugar,
pareces asumir que solo es un animal; parece que has olvidado que puede que no esté
hambriento después de haber consumido a Jarvey, parece que piensas que él no
sospechará. Pero coloca el cuenco. Su reacción podría indicarnos algo.
Coeurl miró sin pestañear con sus ojos negros al hombre que colocaba el cuenco
ante él. Los filamentos de sus oídos captaron inmediatamente las vibraciones id en el
interior del cuenco… y no le prestó ni la menor atención.
Reconoció a aquel ser de dos piernas; era el que le había apuntado con un arma
esa mañana. ¡Peligro! Con un gruñido, flotó hasta incorporarse. Cogió el cuenco con
los apéndices con aspecto de dedos al final de uno de sus tentáculos enrollados y
vació el contenido del cuenco en la cara de Kent, que retrocedió con un grito.
Con una explosión, Coeurl lanzó el cuenco a un lado y cerró uno de sus
tentáculos gruesos como mangueras alrededor de la muñeca del hombre. No se
preocupó por el arma que colgaba del cinturón de
Kent. Era solo una pistola vibratoria, lo podía sentir… funcionaba con energía
atómica pero no tenía un desintegrador atómico. Lanzó a Kent, que pataleaba en el

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aire, sobre el sillón más cercano y se dio cuenta con un siseo de consternación de que
debería haber desarmado al hombre.
No porque el arma fuera peligrosa… sino porque, mientras el hombre se limpiaba
furiosamente todas las babas de la cara con una mano, con la otra buscó su arma.
Coeurl se encogió hacia atrás cuando el cañón del arma se levantó lentamente y un
haz blanco de llamas impactó en su cabeza.
Los filamentos de sus oídos zumbaron para cancelar los efectos de la pistola
vibratoria. Entrecerró los ojos negros y redondos al percibir el movimiento de los
hombres que echaban mano ahora de sus pistolas de metalite. La voz de Morton
rompió el silencio.
—¡Deteneos!

* * *

Kent apagó su arma y Coeurl se agachó, tembloroso por la furia que sentía hacia el
hombre que le había forzado a revelar parte de su poder.
—Kent —dijo Morton con frialdad—, no eres de los que pierden la cabeza.
Intentaste matar al minino deliberadamente, sabiendo que la mayoría de nosotros está
a favor de mantenerlo con vida. Ya sabes cuál es nuestra regla: si alguien se opone a
mis decisiones, debe expresarlo en el momento. Si la mayoría se opone, mis
decisiones quedan anuladas. En este caso, tan solo tú te opones y, por lo tanto, el
hecho de que te hayas tomado la ley por tu cuenta es totalmente censurable y te
excluye automáticamente de las vocaciones durante un año.
Kent miró sombrío al círculo de rostros.
—Korira tenía razón cuando dijo que nuestra era es sumamente civilizada. Es
decadente. —La pasión tembló dura en su voz—. Dios mío, ¿es que no hay un solo
hombre aquí que se dé cuenta del horror de esta situación? Jarvey lleva muerto solo
unas pocas horas y esta criatura, que todos sabemos que es culpable, sigue ahí
tumbada y sin encadenar, planeando su siguiente asesinato, y la víctima está aquí
mismo, en este cuarto. ¿Qué clase de hombres somos (idiotas, cínicos, demonios), o
es que nuestra civilización está tan imbuida en la razón que intentamos mostrar
comprensión incluso por un asesino?
Clavó su mirada amenazadora en Coeurl.
—Tenías razón, Morton, no es un animal. Es un demonio del infierno más hondo
de este planeta olvidado que gira en su solitaria órbita alrededor de un sol moribundo.
—No te pongas melodramático con nosotros —dijo Morton—. Tu análisis está
equivocado, por lo que a mí respecta. No somos ni demonios ni cínicos; simplemente
somos científicos y vamos a examinar a este minino. Ahora que sospechamos de él,
dudamos que pueda atraparnos a ninguno. Me apuesto uno contra cien a que no tiene
ninguna posibilidad. —Miró a su alrededor—. ¿Hablo por todos nosotros?

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—¡No por mí, comandante! —Fue Smith el que tomó la palabra ahora y, mientras
Morton lo miraba asombrado, continuó—: Con la excitación y confusión del
momento, nadie parece haber advertido que cuando Kent disparó su pistola de
vibraciones, el rayo impactó directamente en la cabeza de gato de esta criatura… y no
le hizo ningún daño.
La mirada de asombro de Morton pasó de Smith a Coeurl y de nuevo a Smith.
—¿Estás seguro de que impactó en él? Como dices, pasó todo de forma tan
rápida… Cuando vi que el minino no había resultado herido simplemente asumí que
Kent había fallado.
—Le dio en la cara —dijo Smith con una expresión de total certeza—. Por
supuesto, una pistola de vibraciones ni tan siquiera puede matar a un hombre
directamente… pero puede dejarlo herido. No hay ni una sola marca de herida en el
minino, ni siquiera un pelo chamuscado.
—Quizás su piel sea un buen aislante contra el calor de cualquier tipo.
—Quizás. Pero, en vista de nuestras dudas, creo que deberíamos encerrarlo en la
jaula.
Mientras Morton permanecía sombríamente pensativo con el ceño fruncido, Kent
habló:
—Por fin, Smith, alguien dice algo que tiene sentido.
—Entonces, Kent —preguntó Morton—, ¿estarías satisfecho si lo metemos en la
jaula?
Kent reflexionó y dijo:
—Sí. Si cuatro milímetros de microacero no son capaces de sujetarlo, será mejor
que le entreguemos ya la nave.
Coeurl siguió a los hombres cuando cruzaron el pasillo. Trotó dócilmente cuando
Morton lo condujo con determinación por una puerta que no había visto hasta el
momento. Se encontró entonces en una habitación cuadrada compacta y de paredes
de metal. La puerta se cerró con un chasquido metálico a sus espaldas; sintió entonces
el flujo de poder cuando el cierre eléctrico se accionó.
Sus labios se entreabrieron en una mueca de odio al darse cuenta de la trampa,
pero no mostró ningún otro signo externo. Reparó entonces en que había logrado
mejorar mucho su situación desde la criatura hundida en un estado de primitivismo
que, tan solo unas horas antes, se había vuelto irracional por el miedo en un cajón de
ascensor. Ahora, mil recuerdos de sus poderes despertaron en su cerebro; diez mil
argucias, tras años de desuso, de nuevo formaron parte de su ser.
Durante unos segundos se quedó sentado, casi inmóvil, sobre las ancas cortas y
pesadas en las que se apoyaba su cuerpo, mientras los filamentos de los oídos
examinaban los alrededores. Finalmente, se tumbó con los ojos brillando con un
luego de desprecio. ¡Idiotas! ¡Pobres idiotas!
Una hora más tarde oyó al hombre (Smith) trasteando por encima de su cabeza.
Las vibraciones se derramaron sobre él, pero el susto apenas duró unos segundos. Se

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incorporó de un salto y enseguida se dio cuenta de que las vibraciones eran
vibraciones, no explosiones atómicas. Alguien estaba fotografiando el interior de su
cuerpo.
Volvió a agacharse, pero los filamentos de los oídos vibraban y pensó con desdén:
los muy idiotas van a llevarse una buena sorpresa si intentan revelar esas fotografías.
Un poco después, el hombre se alejó y durante un buen raro se escucharon ruidos
de hombres haciendo cosas a lo lejos. Pero también ese sonido se apagó lentamente.
Coeurl se quedó allí esperando mientras sentía cómo el silencio envolvía la nave.
En la antigüedad, antes del amanecer de la inmortalidad, los coeurls también habían
dormido de noche, y el recuerdo de esta costumbre revivió en su mente cuando vio a
algunos de los hombres dormitando. Por fin, la vibración de dos pares de pies,
andando, andando sin parar, fue la única frecuencia humana que vibró en los
filamentos de sus oídos.
Se tensó al escuchar a los dos vigilantes. El primero caminó lentamente por
delante de la jaula. Luego, unos treinta pasos detrás de él, le seguía el segundo.
Coeurl sintió el estado de alerta de aquellos hombres; sabía que jamás podría
sorprender a ninguno de ellos mientras continuaran andando separados. Significaba…
¡que debía ser doblemente cuidadoso!
Quince minutos, y de nuevo estaban allí. En cuanto hubieron pasado, cambió la
sensación de sus vibraciones ampliándolas a un rango mucho más alto. La violencia
palpitante de los motores atómicos tartamudeó suavemente su historia en el cerebro
de Coeurl. Las dinamos eléctricas susurraron su canción amortiguada de poder puro.
Sintió el susurro de esa corriente a través de los cables de las paredes de la jaula y del
cierre eléctrico de la puerta. Forzó su cuerpo tembloroso para que permaneciera en
tensa inmovilidad mientras buscaba con sus sentidos sintonizar con esa sibilante
tempestad de energía. De repente, los filamentos de sus oídos vibraron en armonía…
atrapó la carga creciente hasta la estridencia de aquella onda arrolladora de fuerza.
Se escuchó un penetrante chasquido de metal contra metal. Con un suave toque
de un tentáculo, Coeurl abrió la puerta y se deslizó al pasillo tenuemente iluminado.
Durante solo un segundo sintió desprecio, una sensación de superioridad, mientras
pensaba en las estúpidas criaturas que se habían atrevido a poner a prueba su ingenio
contra un Coeurl. Y en ese momento, de repente, pensó en otros coeurls. Un
sentimiento extraño y exultante de raza latía ahora en todo su ser; el odio impulsor de
siglos de fiera competición cedió de mala gana al orgullo de especie con los futuros
gobernantes de todo el espacio.

* * *

De repente, se sintió agobiado por sus propias limitaciones; la necesidad de otros


coeurls, su soledad… cien a una en una apuesta contra toda la eternidad; el mismo
universo estrellado ejercía su atracción sobre su rapaz y encastrada ambición. Si

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fallaba, jamás tendría una segunda oportunidad… ni tiempo para reanimar una
maquinaria oxidada desde hace mucho tiempo e intentar resolver el secreto del viaje
espacial.
Se arrastró por el suelo con las zarpas crispadas, cruzó el salón hasta el siguiente
pasillo y llegó al primer dormitorio. La puerta estaba medio abierta. Un rápido flujo
de músculos sincronizados, un rápido chasquido de tentáculo que atrapó la garganta
del hombre durmiente sin oponer ninguna resistencia, y la aplastó… la cabeza sin
vida rodó absurdamente mientras el cuerpo se convulsionaba.
Siete dormitorios; siete hombres muertos. Era el séptimo trago de muerte que
provocó un repentino retorno del ansia, de un deseo puro e ilimitado de matar, el
retorno de un hábito de mil años de destruir cualquier cosa que contuviera el preciado
id.
Mientras el decimosegundo hombre moría con convulsiones, Coeurl emergió
abruptamente del sensual gozo de la muerte al oír unos pasos.
No estaban cerca… eso fue lo que produjo una onda tras otra de miedo
atravesando el caos en el que se había convertido su cerebro.

* * *

Los vigilantes se aproximaban lentamente por el pasillo hacia la puerta de la jaula


donde había estado encerrado. En un segundo, el primer hombre vería la puerta
abierta y accionaría la alarma.
Coeurl se aferró a los últimos restos de razón que le quedaban. Con frenética
velocidad, y sin poner cuidado ahora por no hacer ruido, corrió por el pasillo de los
dormitorios, cruzó el salón y emergió un el siguiente pasillo, acobardándose al temer
que la llama atómica le impactara en el rostro.
Los dos hombres estaban juntos, de pie uno al lado del otro. Durante unos
segundos, Coeurl apenas dio crédito a su tremenda buena suerte. Como un idiota, el
segundo su aproximó a la carrera cuando vio que su compañero se paraba ante la
puerta abierta. Ambos alzaron la mirada, paralizados, al ver la pesadilla de garras y
tentáculos, la feroz cabeza felina y los ojos llenos de odio.
El primer hombre corrió a por su arma, pero el segundo, físicamente petrificado
ante el funesto destino que le esperaba, dejó escapar un alarido, un grito agudo de
horror que se propagó por los pasillos y terminó en un curioso gorgoteo cuando
Coeurl lanzó los dos cadáveres con una fuerza irresistible hasta el otro extremo del
pasillo. No quería que encontraran los cuerpos muertos cerca de la jaula. Esa era su
única esperanza.
Temblando con cada uno de sus nervios y músculos, consciente del terrible error
que había cometido e incapaz de pensar de forma coherente, se precipitó al interior de
la jaula. La puerta se cerró suavemente tras de él. La energía fluyó una vez más a
través del cierre eléctrico.

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Se acurrucó con el cuerpo tenso, simulando estar dormido, cuando escuchó las
pisadas apresuradas de numerosos pies y captó la vibración de las voces excitadas.
Percibió que alguien accionaba el audioscopio de la jaula y miraba dentro. Unos
segundos más y los otros cuerpos serían descubiertos.

* * *

—¡Siedel ha desaparecido! —dijo Morton, aturdido—. ¿Que vamos a hacer sin


Siedel? ¡Y Breckinridge! ¡Y Coulter y…! ¡Horrible!
Se tapó el rostro con las manos, pero solo unos segundos. Alzó la mirada con
expresión sombría, la pesada barbilla proyectada hacia fuera mientras observaba los
rostros severos que le rodeaban.
—Si alguien tiene aunque sea la más mínima sugerencia, que no se la guarde.
—¡Demencia espacial!
—He pensado en eso. Pero no se ha dado ningún caso de locura durante cincuenta
años. El doctor Eggert hará pruebas a todo el mundo, por supuesto, y ahora mismo
está examinando los cuerpos teniendo en cuenta esa posibilidad.
Cuando acabó, vio que el doctor entraba por la puerta. Los hombres se echaron a
un lado para dejarle paso.
—Te he oído, comandante —dijo el doctor Eggert—, y creo que puedo decir
ahora mismo que tenemos que descartar la teoría de la locura. Las gargantas de esos
hombres han quedado aplastadas como si fueran de gelatina. Ningún ser humano
hubiera podido ejercer una fuerza tan grande sin utilizar algún tipo de máquina.
Morton vio que el doctor no paraba de lanzar miradas por el pasillo, sacudió la
cabeza y gruñó:
—No sirve de nada que sospeche del minino, doctor. Está en la jaula, paseando de
un lado a otro. Obviamente oyó el escándalo y… ¡hombre! No puede sospechar de él.
Esa jaula fue construida para mantener encerrada cualquier cosa, cuatro pulgadas de
microacero y la puerta no tiene ni un solo rasguño. Kent, ni siquiera tú podrás decir
que hay que matarlo bajo sospecha, porque no hay ninguna sospecha a menos que
exista una nueva ciencia que está más allá de lo que podemos imaginar…
—Por el contrario —dijo Smith categóricamente—, tenemos todas las pruebas
que necesitamos. Usé el teleflúor en él, ya sabes, el dispositivo que tenemos en la
parte superior de la jaula, e intenté sacar algunas fotografías. Simplemente se velaron.
El minino saltó cuando el teleflúor se activó, como si sintiera las vibraciones.
—¿Sabéis lo que Gourlay dijo antes? Esta bestia aparentemente puede recibir y
enviar vibraciones de cualquier longitud. La manera en la que fue capaz de dominar
la potencia del arma de Kent es la prueba definitiva de su habilidad especial para
interferir con energía.
—En nombre de todos los infiernos, ¿qué demonios tenemos aquí…? —gruñó
uno de los hombres—. Caramba, si esa cosa puede controlar ese poder y enviarlo con

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cualquier vibración, no hay nada que le impida matarnos a todos.
—Lo cual prueba —dijo Morton con tono cortante— que no es invencible, o ya lo
habría hecho hace tiempo.
Muy pausadamente, se acercó al dispositivo que controlaba la jaula prisión.
—¡No vas a abrir la puerta! —gritó Kent, casi sin aliento y echando mano de su
arma.
No, pero si acciono este interruptor, la electricidad fluirá por la puerta y
electrocutará cualquier cosa que haya ahí dentro. No hemos tenido que usarlo antes,
tal vez por eso lo has olvidado.
Tiró con fuerza del interruptor. Unas chispas azules salieron despedidas del metal
y una caja de fusibles sobre su cabeza se fundió con un solo estallido.
Morton frunció el ceño.
—Qué curioso. ¡Esos fusibles no deberían haberse fundido! Bueno, ahora ni
siquiera podemos mirar dentro. El estallido también ha estropeado los audios.
—Si fue capaz de interferir la energía del cierre eléctrico, lo suficiente para abrir
la puerta, entonces probablemente haya sondeado cualquier posible peligro y estaba
preparado cuando accionaste ese interruptor.
—¡Al menos prueba que es vulnerable a nuestras energías! —dijo Morton con
una sonrisa sombría—. Porque logró anularlas. Lo importante es que lo tenemos tras
cuatro pulgadas del metal más duro. En el peor de los casos, podemos abrir la puerta
e irradiarlo hasta matarlo. Pero primero creo que intentaremos usar el cable de
energía teleflúor…
Una conmoción en el interior de la jaula interrumpió sus palabras. Un cuerpo
pesado chocó con una pared, seguido por un golpe sordo.
—¡Sabe lo que intentamos hacer! —gruñó Smith a Morton—. Y me apuesto lo
que sea a que hay un minino muy enfermo ahí dentro. ¡Ahora se está dando cuenta de
lo idiota que ha sido al meterse de nuevo en la jaula!
La tensión se relajaba; los hombres sonreían nerviosamente e incluso se produjo
una leve oleada de risas ásperas al oír a Smith hablar del malestar del monstruo.
—Lo que me gustaría saber —dijo Pennons, el ingeniero—, es por qué el dial
medidor del teleflúor saltó y se puso al máximo cuando el minino hizo ese ruido. Está
justo debajo de mis narices, aquí… ¡y el dial saltó como si la nave estuviera en
llamas!
Se hizo el silencio tanto dentro como fuera de la jaula y entonces Morton dijo:
—Podría significar que va a salir. Atrás, todo el mundo, y tened las armas listas.
El minino ha sido un idiota al pensar que podría vencer a cien hombres, pero sin duda
es con mucho la criatura más formidable del sistema galáctico. Puede que salga por
esa puerta en lugar de morir ahí dentro como una rata en una trampa. Y es lo
suficientemente fuerte para llevarse a varios de nosotros con él a la tumba… si no
tenemos cuidado.

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Los hombres retrocedieron lentamente en un grupo compacto; alguien dijo
entonces:
—Es curioso. Me pareció oír el ascensor.
—¡El ascensor! —repitió Morton—. ¿Estás seguro, amigo?
—¡Durante unos segundos me pareció que sí! —El hombre, un miembro de la
tripulación, ahora vaciló—. Todos estábamos arrastrando los pies…
—Llévate a alguien contigo y echad un vistazo. Traed a quienquiera que se haya
atrevido a huir de, aquí…
En ese momento se produjo una sacudida, un tirón horrible, cuando el gigantesco
cuerpo de la nave se escoró a sus pies. Morton cayó al suelo con tanta violencia que
quedó aturdido. Luchó por recobrar el sentido, consciente de los hombres que había
caídos a su alrededor.
—¿Quién demonios ha encendido esos motores? —gritó.
La agonizante aceleración continuó; arrastró los pies con un terrible esfuerzo
cuando manipuló torpemente el audioscopio más cercano y marcó el número de la
cámara del motor. La imagen que apareció en la pantalla provocó un profundo rugido
en sus labios:
—¡Es el minino! ¡Está en la cámara de motores… y nos dirigimos directamente
hacia el espacio!
La pantalla se fue a negro cuando aún estaba hablando y no pudo ver nada más.

* * *

Fue Morton el primero que atravesó el salón hacia el cuarto de suministros donde
guardaban los trajes espaciales. Después de colocarse torpemente y casi a ciegas su
propio traje, anuló el efecto de la aceleración que atormentaba su cuerpo y llevó trajes
a los hombres medio inconscientes que estaban en el suelo. Enseguida varios
hombres le secundaron y en unos pocos minutos todos los hombres se enfundaron sus
trajes de metalite, con los motores antiaceleración funcionando a medio gas.
Morton, tras mirar primero en el interior de la jaula, abrió la puerta y permaneció
can silencioso como el resto de los hombres que se apiñaron a su alrededor para
observar el enorme agujero en la pared del fondo. El agujero era una grieta aterradora
con bordes afilados y metal horriblemente retorcido, y se abría a otro pasillo.
—Por todos los demonios —susurró Pennons—, eso es imposible. Los martillos
automáticos de diez toneladas de los talleres no pudieron más que marcar levemente
cuatro pulgadas de micro con un golpe… y nosotros solo hemos escuchado uno. Un
desintegrador atómico tardaría al menos un minuto en hacer ese trabajo. Morton, se
trata de un superorganismo.
Morton vio que Smith examinaba los daños en la pared. El biólogo alzó la
mirada.

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—¡Si al menos Breckenridge no estuviera muerto! ¡Necesitamos un ingeniero
metalúrgico para explicar esto! ¡Mirad!
Tocó el borde roto del metal. Un trozo se deshizo entre los dedos y se desprendió
cayendo en una fina lluvia de polvo al suelo. Morton advirtió en ese momento que
había un pequeño montón de desechos metálicos y polvo.
—Has dado con ello —asintió Morton—. No ha habido ningún milagro de fuerza
aquí. El monstruo simplemente ha usado sus poderes especiales para interferir las
tensiones eléctricas que mantienen unidas las partículas de metal. Eso también
explicaría la fuga del cable de teleflúor que advirtió Pennons. La criatura usó la
energía con su cuerpo como medio transformador, atravesó de un golpe la pared,
corrió por el pasillo hasta el hueco del ascensor y por allí bajó hasta la sala de
motores.
—Y ahora, comandante —dijo Kent en voz baja—, nos enfrentamos a un
superorganismo que controla la nave, que domina totalmente la sala de motores y su
poder casi ilimitado, y que está en posesión de la mayoría de los talleres de máquinas.
Morton se quedó en silencio mientras los demás reflexionaban sobre las palabras
del químico. La ansiedad de los hombres era tan palpable que se reflejaba
profundamente en sus rostros; en sus expresiones se dibujaba una certeza cada vez
mayor de que aquel iba a ser el último trance de sus vidas; que sus existencias estaba
en juego y quizás mucho más. Morton expresó el pensamiento que ocupaba la mente
de todos:
—Supongamos que él gana. Es absolutamente despiadado y probablemente ve el
poder galáctico al alcance de la mano.
—Kent se equivoca —le espetó el jefe navegador—. La criatura no controla del
todo la sala de motores. Nosotros tenemos todavía la sala de mandos, y eso nos
proporciona el control principal de todas las máquinas. Quizás vosotros no conozcáis
el diseño mecánico que tenemos, pero, aunque él logre desconectarnos, de momento
podemos apagar todos los interruptores de la sala de motores. Comandante, ¿por qué
no desconectaste simplemente la corriente en lugar de ordenarnos que nos pusiéramos
los trajes espaciales? Al menos podría haber ajustado la nave a la aceleración.
—Por dos razones —respondió Morton—. Individualmente, estamos más seguros
dentro de los campos de fuerza de nuestros trajes espaciales. Y no podemos
prescindir de todas las ventajas a nuestra disposición tomando decisiones
precipitadas.
—¡Ventajas! ¿De qué otras ventajas disponemos?
—Sabemos cosas sobre él —contestó Morton—. Y ahora mismo lo vamos a
comprobar. Pennons, asigne cinco hombres a cada uno de los cuatro accesos a la sala
de motores. Llevad desintegradores atómicos para reventar las puertas grandes. He
visto que están todas cerradas. La cosa se ha encerrado dentro.
»Selenski, tú sube a la sala de mandos y desconecta todo excepto los motores de
propulsión. Vincúlalos al interruptor general y apágalos todos a la vez. Una cosa…

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deja la aceleración al máximo. No se debe aplicar ninguna antiaceleración a la nave.
¿Entiendes?
—¡Sí, señor! —dijo el piloto con un saludo.
—Y mantenme informado a través de los comunicado res si alguna de las
máquinas comienza a funcionar de nuevo. —Ahora se dirigió a los hombres—: Voy a
dirigir el acceso principal. Kent, tú ocúpate del número 2, Smith del número 3 y
Pennons del número 4. Vamos a descubrir ahora mismo si nos estamos enfrentando
con la ciencia ilimitada o con una criatura limitada como el resto de nosotros. Yo
apuesto por la segunda posibilidad.

* * *

Tal como iba, Morton tenía la vaga sensación de estar en constante movimiento, un
gigante con su armadura espacial transparente, junto al brillante tubo metálico que era
el pasillo principal de la planta de la sala de motores. La razón le dictaba que la
criatura ya había mostrado algún punto débil, pero aun así persistió la sensación de
que aquello era un ser invencible.
Habló en voz alta por el comunicador:
—No sirve de nada intentar escondernos de él. Probablemente pueda oír el sonido
de una aguja al caer. Así que distribuyan a sus unidades. No lleva en esa sala de
motores el suficiente tiempo para hacer nada.
—Como ya he dicho, esto es principalmente un ataque de prueba. En primer
lugar, jamás nos perdonaríamos si no intentáramos vencerlo ahora, antes de que haya
tenido tiempo de prepararse contra nosotros. Pero, aparte de la posibilidad de que
podamos destruirlo inmediatamente, tengo una teoría.
»La idea es la siguiente: esas puertas están diseñadas para soportar explosiones
atómicas accidentales y los desintegradores atómicos tardarán unos quince minutos
en romperlas. Durante ese periodo, el monstruo no dispondrá de energía. Cierto, el
propulsor continuará funcionando, pero eso es explosión atómica directa. Mi teoría es
que él no puede entrar en contacto con algo así y en pocos minutos comprenderéis a
qué me refiero… espero. —Su voz sonó ahora repentinamente cortante—: ¿Listo,
Selenski?
—Sí, listo.
—Entonces desconecta el interruptor general.
El pasillo (y toda la nave, como sabía Morton) quedó de repente sumergido en la
oscuridad. Morton encendió entonces la luz deslumbrante de su traje espacial; los
otros hombres hicieron lo mismo y sus rostros aparecieron pálidos y demacrados.
—¡Maldita sea! —ladró Morton por su comunicador.
Las unidades móviles vibraron y una llamarada puramente atómica salió y se
derramó sobre el duro metal de la puerta. La primera gota de metal fundido rodó
reticente, no hacia abajo, sino hacia arriba de la puerta. La segunda fue más normal.

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Siguió un curso descendente un tanto tembloroso. La tercera rodó hacia los lados…
porque aquello era pura fuerza no sujeta a la gravitación. Otras gotas continuaron
rodando hasta que una docena de hilillos fluyó lenta aunque irregularmente en todas
direcciones… ríos de fuego infernal y chispeante, brillantes como piedras preciosas
encantadas, vivos con la furia fulgurante de átomos repentinamente torturados,
corriendo a ciegas enloquecidos por el dolor.
Los minutos iban carcomiendo el tiempo como un ácido lento. Por fin, Morton
preguntó con voz ronca:
—¿Selenski?
—Nada todavía, comandante.
—Pero él debe de estar haciendo algo —dijo con un medio susurro—. No puede
estar simplemente esperando ahí dentro como una rata acorralada. ¿Selenski?
—Nada, comandante.
Siete minutos, ocho minutos, luego doce,
—¡Comandante! —La voz de Selenski sonó tensa—. Ha activado la dinamo
eléctrica.
Morton inspiró profundamente y oyó que uno de sus hombres decía:
—Qué extraño. No podemos perforar más. Jefe, echa un vistazo a esto.
Morton miró. Los pequeños hilos titilantes se habían congelado hasta quedar
rígidos. La ferocidad de los desintegradores azotaba en vano el metal, que de repeine
se había hecho invulnerable.
Morton suspiró.
—La prueba ha acabado. Dejad a dos hombres de guardia en cada pasillo. Los
demás venid a la sala de mandos.

* * *

Unos minutos más tarde se sentó ante la enorme mesa de mandos.


—Por lo que a mí respecta, la prueba ha sido un éxito. Sabemos que, de todas las
máquinas de la sala de motores, la más importante para el monstruo era la dinamo
eléctrica. Debió de hacerlo todo en un ataque de terror cuando estábamos junto a la
puerta.
—Por supuesto, es fácil ver lo que hizo —dijo Pennons—. Una vez que reunió la
potencia suficiente, aumentó las tensiones electrónicas de la puerta hasta el límite.
—Lo principal es esto —intervino Smith—: Él emplea las vibraciones solo en
cuanto a sus poderes especiales se refiere y la energía debe proceder de fuera de él
mismo. No puede manejar la energía atómica en su forma pura, no siendo vibración,
de forma muy distinta a como nosotros lo hacemos.
Kent dijo taciturno:
—Lo principal en mi opinión es que nos ha dejado plantados con un par de
narices. ¿De qué sirve que sepamos que lo hizo gracias a su control de las

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vibraciones? Si no podemos atravesar esas puertas con nuestros desintegradores
atómicos, estamos acabados.
Morton negó con la cabeza.
—No estaremos acabados… pero tendremos que planificar un poco. Para
empezar, encenderé estos motores. Será más difícil para él controlarlos cuando estén
en funcionamiento.
Movió el interruptor general tirando con fuerza y lo colocó de nuevo en su
posición. Se escuchó un zumbido cuando un montón de máquinas recobraron vida
abruptamente en la sala de máquinas cien pies por debajo de ellos. Los ruidos
disminuyeron hasta convertirse en una vibración regular de palpitante potencia.
Tres horas más tarde, Morton caminaba de un lado a otro ante los hombres
reunidos en el salón. Llevaba el cabello negro despeinado y la palidez espacial en su
fuerte rostro se enfatizaba más que disminuía por la agresiva proyección de su
mandíbula. Cuando habló, su voz profunda sonó tajante, hasta el punto de resultar
brusco:
—Para asegurarnos de que nuestros planes están coordinados, voy a pedir a cada
experto que describa por turnos su función en el objetivo último de derrotar a esta
criatura. ¡Pennons, tú primero!
Pennons se levantó enérgicamente. No era un hombre grande, pensó Morton, pero
parecía grande, quizás por sus aires de autoridad. Aquel hombre sabía de motores, y
de la historia de los motores. Morton le había visto rastrear la evolución de una
máquina desde que era un simple juguete hasta convertirse en el instrumento
moderno más sofisticado. Había estudiado el desarrollo de las máquinas en cien
planetas distintos y no había nada fundamental que no supiera sobre mecánica. Le
resultó casi extraño escuchar a Pennons, que podría haber hablado durante mil horas
y aun así no llegar a tocar el tema en cuestión, decir con incomprensible brevedad:
—Hemos instalado un relé en la sala de mandos para que active y detenga cada
motor a intervalos. La palanca de navegación se activará cien veces por segundo y el
efecto será crear vibraciones de todo tipo. Cabe la posibilidad de que una o más
máquinas exploten, siguiendo el principio de los soldados cruzando un puente
marcando el paso (sin duda, habrás oído esa vieja historia), pero en mi opinión no
existe un peligro real de rotura de ese duro metal. Simplemente, el objetivo principal
es interceptar la interferencia de la criatura mientras intentamos romper las puertas.
—¡Gourlay, ahora tú! —exclamó Morton.
Gourlay se puso de pie perezosamente. Parecía somnoliento, como si estuviera
aburrido de todos aquellos protocolos. Sin embargo, Morton sabía que a Gourlay le
encantaba que otros pensaran de él que era un vago, un perezoso inútil, que pasaba
los días durmiendo y las noches dando cabezadas. Su cargo era de ingeniero jefe de
comunicaciones, pero sus conocimientos abarcaban todos los campos de las
vibraciones y era, posiblemente, con la excepción de Kent, quien poseía la mente más
ágil y rápida de toda la nave. Habló arrastrando las palabras y, como Morton advirtió,

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su seguridad extremadamente parsimoniosa poseía un efecto tranquilizador en los
hombres; sus expresiones de ansiedad se relajaron, sus cuerpos se reclinaron hacia
atrás con menos tensión.
—Hemos instalado —dijo Gourlay— unas pantallas vibratorias de pura fuerza
que deberían interceptar casi todo lo que él intente controlar. Funcionan siguiendo el
principio de la reflectancia, de manera que todo lo que él envíe rebotará de nuevo
hacia él. Además, contamos con suficiente energía eléctrica que podemos aplicarle
mediante conductores móviles de cobre. Su capacidad de manejar energía con esos
nervios aislados que posee debe de tener un límite.
—¡Selenski! —dijo Morton.
El jefe de pilotos ya se había puesto de pie anticipando la llamada de Morton.
Aquel, reflexionó Morton, era el hombre. Tenía los nervios de acero, que es el
requisito fundamental para ejercer de controlador principal de los movimientos de
una gran nave; sin embargo, esa misma firmeza parecía descansar sobre dinamita a
punto de explotar a voluntad de su dueño. No era un hombre de grandes
conocimientos, pero «reaccionaba» a los estímulos tan rápido que siempre parecía
estar anticipándose a los acontecimientos.
—La impresión que he recibido del plan es que tiene que ser acumulativo. Justo
cuando la criatura piense que no puede soportar más, algo debe suceder rápidamente
para aumentar su turbación y confusión. Cuando el jaleo esté en su punto álgido, yo
debería accionar los antiaceleradores. El comandante piensa, al igual que Gunlie
Lester, que esas criaturas no saben nada sobre antiaceleración. Es un logro de la
ciencia pura aplicada al campo de los vuelos interestelares y no podría haber sido
desarrollada de ninguna otra manera. Creemos que cuando la criatura sienta los
primeros efectos de la antiaceleración (todos recordaréis el profundo malestar que
sentisteis durante el primer mes) no sabrá qué pensar o hacer.

* * *

—Korita, te toca.
—Solo puedo ofrecerte mi apoyo —dijo el arqueólogo—, basándonos en mi
teoría de que el monstruo posee todas las características de un animal depredador de
los inicios de cualquier civilización, complicadas por una aparente reversión a un
estadio primitivo. Smith ha sugerido que su conocimiento de la ciencia es asombroso,
y eso solo puede significar que nos enfrentamos a un verdadero habitante, no a un
descendiente de los habitantes de las ciudades muertas que visitamos. Esto supone la
inmortalidad de nuestro enemigo, una posibilidad que se ve confirmada por su
habilidad para respirar tanto oxígeno como cloro, o ninguno, pero incluso eso no
sirve de mucho. Procede de cierta era de su civilización y ha degenerado tanto que
sus ideas son principalmente recuerdos de aquella era.

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»A pesar de todos sus poderes, perdió la cabeza en el ascensor esa primera
mañana, hasta que recordó. Se situó a sí mismo en tal posición que se vio forzado a
revelar su poder especial contra las vibraciones. Los asesinatos en masa de hace unas
horas fueron una chapuza. De hecho, el registro que tenemos hasta ahora de él es el
del ingenio poco desarrollado de una mente egoísta y primitiva que posee poco o
ningún conocimiento de la vasta organización a la que se enfrenta.
»Es como el antiguo soldado germano que se sentía superior al viejo sabio
romano y, sin embargo, este último era parte de una poderosa civilización a la cual
los germanos de aquella época admiraban y temían.
»Podrías ahora objetar que el saqueo de Roma a mano de los germanos años más
tarde echa por tierra mi argumento; sin embargo, los historiadores modernos
sostienen que el “saqueo” fue un accidente histórico, y no historia en el verdadero
sentido de la palabra. La migración de los “Pueblos del mar” que se enfrentaron a la
civilización egipcia desde 1400 antes de Cristo solo tuvieron éxito en el reino de islas
de Creta… Sus poderosas expediciones contra las costas libias y fenicias,
acompañados por flotas vikingas, fracasaron, así como las de los hunos contra el
Imperio chino. Roma hubiera quedado abandonada en cualquier caso. La antigua y
gloriosa Samaría ya estaba desolada en el siglo X; Pataliputra, la gran capital de
Asoka, era un erial deshabitado cuando el viajero Hsinan-tang la visitó hacia el 635
después de Cristo.
»Por lo tanto, tenemos un primitivo, y ese primitivo está ahora lejos en el espacio,
fuera de su hábitat natural. Yo digo que entremos y ganemos.
Uno de los hombres se quejó cuando Korita acabó de hablar:
—Puedes decirnos que el saqueo de Roma fue un accidente y que esa cosa es un
ser primitivo, pero los hechos son los hechos. Tengo la impresión de que Roma está a
punto de caer de nuevo y que no será ningún primitivo el que lo haga. Esta cosa tiene
suficiente de lo que hace falta para ello.
Morton sonrió tristemente al hombre, un miembro de la tripulación.
—Nos ocuparemos de eso… ¡ahora mismo!

* * *

En el deslumbrante resplandor del gigantesco taller de máquinas, Coeurl trabajaba a


destajo. La nave espacial de cuarenta pies y forma de puro estaba casi acabada. Con
un gruñido de esfuerzo, completó la laboriosa instalación de los motores de
propulsión e hizo una pausa para examinar su obra.
Su interior, visible a través de una abertura en el casco exterior, era
lamentablemente reducido. No había literalmente espacio para nada más que los
motores… y un estrecho espacio para él mismo.
Volvió a lanzarse al trabajo en cuanto oyó los pasos de los hombres
aproximándose y el repentino cambio en el estruendo parecido al de una tempestad

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que producían los motores; un zumbido intermitente, más agudo, más nítido y más
enervante que el latido regular que lo precedía. De repente, se oyeron de nuevo los
desintegradores atómicos en las enormes puertas exteriores.
Luchó contra ellos, pero no se apartó de su tarea. Cada músculo poderoso de su
fuerte cuerpo se tensaba al máximo cuando llevaba grandes cargas de herramientas,
máquinas e instrumentos y los lanzaba al fondo de aquella nave improvisada. No
había tiempo para colocar cada cosa en su sitio, no quedaba tiempo para nada… no
quedaba tiempo… no quedaba tiempo.
Ese pensamiento martilleaba su mente. Se sintió extrañamente agotado por
primera vez en su larga y vigorosa existencia. Con un último y tortuoso impulso,
lanzó la gigantesca plancha de metal en la abertura de la nave y permaneció allí
durante un terrible minuto, intentando encajarla precariamente.
Sabía que las puertas cederían. Media docena de desintegradores concentrados en
un punto ya devoraban lenta pero inexorablemente las pulgadas restantes. Con un
grito ahogado, aparró su atención de las puertas y concentró cada gramo de su mente
en la puerta exterior de un metro de espesor, hacia la que apuntaba el morro
redondeado de su nave.
Notó que su cuerpo se encogía por la potencia creciente que fluía desde la dinamo
eléctrica a través de los filamentos de sus oídos y hacia aquella pared resistente.
Sentía que todo su interior ardía y supo que estaba peligrosamente cerca de conducir
su última carga de energía.
Y aun así aguantó allí, temblando por el terrible dolor, sujetando la plancha de
metal suelta con sus tentáculos en tensión. Su enorme cabeza apuntaba como en
espantoso trance hacia aquella pared implacablemente dura.
Oyó que una de las puertas de la sala de motores reventaba hacia dentro. Unos
hombres gritaron; los desintegradores rodaron hacia delante mientras escupían su
energía desenfrenada. Coeurl oyó que el suelo de la sala de motores siseaba su
protesta mientras aquellos rayos de energía atómica destrozaban todo lo que
encontraban por su camino. Las máquinas rodaron apiñándose aún más y unos pasos
cautos sonaron tras ellas. En un minuto estarían frente a las débiles puertas que
separaban la sala de motores del taller de máquinas.
De repente, Coeurl se sintió satisfecho. Con un gruñido de odio y un brillo de
venganza en sus ojos de depredador, se introdujo en su pequeña nave y colocó la
plancha metálica en su sitio a modo de escotilla.
Los filamentos de sus oídos zumbaron mientras reblandecía los bordes del metal.
En un segundo, la plancha había quedado perfectamente soldada… formaba parte de
su nave; una parte sin bordes ni ensambladuras a la vista de un todo que era de sólido
metal opaco, a excepción de dos zonas transparentes: una en la parte delantera y la
otra en la trasera.
Con un tentáculo abrazó la palanca de propulsión con una ternura casi sensual.
Sintió el impulso hacia delante de su frágil máquina directamente hacia la gran pared

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exterior de los talleres de máquinas. El morro de su nave de cuarenta pies tocó la
pared… y esta se disolvió en una brillante lluvia de polvo.
Coeurl sintió un mínimo movimiento de retardo y luego sacó el morro de la
máquina al frío espacial, la giró y puso rumbo en dirección opuesta a la que había
viajado la nave durante todas estas horas.
Vio hombres con armadura espacial asomados en el agujero irregular que se abría
en la parte baja del gran globo. Los hombres y la nave se fueron haciendo más
pequeños. Y entonces, los hombres desaparecieron y solo quedó la nave con el
resplandor emborronado de mil escotillas. El globo menguó increíblemente,
demasiado pequeño ahora para que las escotillas individuales fueran visibles.
Casi frente a él Coeurl vio una diminuta y tenue bola rojiza… y se dio cuenta de
que se trataba de su propio sol. Se dirigió allí a toda velocidad. Había cuevas donde
podía esconderse y construir secretamente con otros coeurls una nave en la que
pudieran alcanzar otros planetas con seguridad… ahora que sabía cómo hacerlo.
Le dolía el cuerpo por la agonía de la aceleración, pero no se atrevió a desacelerar
ni por un segundo. Echó la vista atrás medio aterrado. El globo brillante seguía allí,
un punto diminuto de luz en la inmensa negritud del espacio. Y, de repente, titiló una
vez y desapareció.
Durante unos instantes tuvo la vacua y aterrada impresión de que, justo antes de
desaparecer, se había movido. Pero no podía ver nada.
No podía dejar de pensar que habían apagado las luces y se acercaban sigilosos en
la oscuridad. Preocupado e inseguro, miró hacia adelante por la escotilla transparente.

* * *

Un temblor de consternación le recorrió el cuerpo. El pálido sol rojo hacia el que se


dirigía no aumentaba de tamaño. Por el contrario, se hacía más y más pequeño por
segundos y durante los siguientes cinco minutos se convirtió en un punto rojo pálido
en el firmamento… hasta desaparecer como la nave.
Entonces llegó el miedo, una oleada que recorrió todo su ser y lo dejó helado con
la sensación de lo desconocido. Durante unos minutos miró frenéticamente el espacio
que se abría frente a él en busca de algún punto de referencia. Pero allí solo brillaban
las estrellas remotas, puntos estáticos sobre un fondo de terciopelo de distancia
insondable.
¡Espera! Uno de los puntos parecía estar aumentando de tamaño. Todos los
músculos y nervios de Coeurl se tensaron mientras observaba cómo el punto se
convertía en un lunar, luego una bola de luz… luz roja. Más y más grandes cada vez.
De repente, la luz roja parpadeó y se convirtió en luz blanca… y allí, ante él, se
alzaba el gran globo de la nave con haces de luz saliendo de todas las escotillas, la
misma nave que hacía tan solo unos minutos había visto desaparecer a sus espaldas.

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Algo le pasó a Coeurl en ese momento. El cerebro le daba vueltas como un
volante de inercia, más y más rápido, y más incoherentemente. De repente, el volante
salió disparado en un millón de dolorosos fragmentos. Sus ojos casi se salieron de las
cuencas mientras, como un animal enloquecido, la ira le embargaba en su pequeño
cubículo.
Con los tentáculos agarraba valioso instrumental y lo lanzaba insensatamente; con
las zarpas golpeó con furia las paredes de la nave. Finalmente, en un breve lapso de
cordura, supo que no podía enfrentarse al inevitable fuego de los desintegradores
atómicos.
Era sencillo crear la violenta desorganización molecular que liberase hasta la
última gota de id de sus órganos vitales.

* * *

Lo encontraron tirado en el suelo, muerto, en un pequeño charco de fósforo.


—Pobre minino —dijo Morton—. Me pregunto qué pensó cuando nos vio
aparecer frente a él, después de que su propio sol desapareciera. Al no saber nada de
antiaceleradores, no era posible que supiera que podíamos parar en seco en el
espacio, mientras que él tardaría tres horas en desacelerar. Y, mientras tanto, iría
alejándose cada vez más de la ruta que descase tomar. No podía saber que, al parar, le
pasamos a millones de millas por segundo. Por supuesto, no tenía ninguna posibilidad
después de abandonar nuestra nave. Debe de haberle parecido que el universo entero
se había vuelto del revés.
—Déjate de ponerte en su piel —escuchó decir a Kent detrás de él—. Tenemos un
trabajo que hacer… matar a todos los gatos de este mundo miserable.
—No es una tarea complicada —dijo Korita en voz baja—. Son seres
primitivos… solo tenemos que sentarnos y ellos vendrán a nosotros, esperando
engañarnos ingeniosamente.
—¡Me ponéis enfermo! —les interrumpió bruscamente Smith—. El minino ha
sido el hueso más duro de roer al que nos hemos enfrentado. Tenía todo lo necesario
para vencernos…
Morton sonrió y Korita le interrumpió amigablemente:
—Exactamente, mi querido Smith, pero reaccionó según los impulsos biológicos
de su especie. Su derrota ya fue presagiada cuando de manera certera lo catalogamos
como un depredador de cierta era de su civilización.
»Fue la historia, honorable señor Smith, nuestro conocimiento de la historia lo
derrotó —afirmó el arqueólogo japonés regresando una vez más a la antiquísima
cortesía de su raza.

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Robert Bloch

Uno de los varios autores profesionales de terror, fantasía, suspense y ciencia ficción
que contribuyeron con sus guiones al sorprendente nivel de, precisamente, Star Trek,
fue también uno de los principales actores del cambio de paradigma del cine de terror
clásico al de horror moderno. Me refiero, por supuesto, a Robert Bloch (1917 1994),
uno de los grandes maestros del género macabro en todas sus posibles y algunas
imposibles variedades, quien a día de hoy sigue sin tener, quizás, el reconocimiento
que realmente se merece.
Bloch, que comenzó su andadura publicando prácticamente en la misma revista
que leía, adoraba y reverenciaba en su adolescencia, la fundamental Weird Tales, y
que llegó a ser admitido, pese a su corta edad, en el círculo de Lovecraft, escribiendo
varios notables relatos de los Mitos de Cthulhu y otros en vena más o menos
lovecraftiana y gótica, acabaría no sólo por convertirse en un reconocido escritor de
misterio, horror y fantasía por derecho propio, sino en una figura de transición, que,
sin dejar nunca de lado ninguna variedad literaria perteneciente al ámbito de la
imaginación, fue paulatinamente apartando los elementos más directamente
sobrenaturales o fantásticos, para centrarse en la maldad de origen humano, el humor
negro y la tendencia más asustante y terrorífica de la narrativa policíaca y de
suspense. Por supuesto, este cambio de rumbo tendría su mayor impacto en la
adaptación cinematográfica realizada por Hitchcock de su novela Psicosis (Psycho,
1960), como ya hemos comentado hasta la saciedad en estas páginas, marcando la
inclinación del género moderno hacia el crimen real, la psicopatología sexual y, en
definitiva, los miedos y horrores de la mente y el cuerpo más que del alma. Ya antes
de publicar las «hazañas» de Norman Bates en 1959, había escrito al menos cinco
novelas de suspense cuyo clima de tenor y miedo nada debía a lo sobrenatural,
además de un buen número de relatos donde lo fantástico se entrelazaba también con
elementos procedentes de personajes y hechos reales, como “Suyo afectísimo, Jack el
Destripador”, “La Máscara de Hierro”, “Lizzie Borden cogió un hacha…” o, por
supuesto, “La calavera del marqués de Sade”, publicado por vez primera en 1945, en
la propia Weird Tales.
Aunque se trata de un relato fantástico, lo cierto es que “La calavera del marqués
de Sade” es una buena muestra del interés permanente de su autor por las
personalidades criminales y las psicologías perversas, si bien en realidad el pobre
marqués de Sade distara mucho de parecerse al personaje siniestro y terrorífico que
presenta Bloch al lector, de forma totalmente consciente, abundando en la leyenda
negra y las mistificaciones que le rodean. Puede decirse que se trata de un buen
ejemplo de cómo este autor verdaderamente todoterreno que era Bloch fue capaz de
conciliar todas las corrientes, subgéneros o tendencias que pueden acogerse al amplio

Página 278
ámbito de la ficción de fantasía, misterio y horror, aunque dando cada vez más peso a
los argumentos y personajes en los que el componente humano y «realista» estaba por
encima de tópicos sobrenaturales y fantásticos como el vudú, la demonología, el
vampirismo y tantos otros que, al mismo tiempo, encontramos también a menudo en
una obra que se extiende a lo largo de casi seis décadas, si bien sujetos siempre a un
tratamiento contemporáneo, que presagia lo que hará a partir de los 80 una figura
como Stephen King, al llevar los mitos y ritos del gótico a la sociedad pop
estadounidense de finales del siglo XX.
Durante la larga carrera literaria de Bloch vemos cómo se materializa
definitivamente la transformación de los últimos vestigios de la tradición gótica en
sus nuevos avatares modernos y posmodernos, que él mismo contribuye a introducir
no sólo a través de la literatura, sino también del cine. Bloch es tanto hombre de
Hollywood y de la pantalla —grande y pequeña— como novelista y autor de relatos,
en algunos de los cuales, por cierto, combina ambos mundos, creando un singular
Hollywood Gothic tan memorable como personal. Su dedicación al trabajo de
guionista para cine y televisión, por no hablar de la radio y hasta del cómic, llegó a
ser casi tan profunda y copiosa como la que otorgaba a la literatura y, sobre todo tras
el éxito de Psicosis, conseguiría redondear al alza sus ganancias como escritor
profesional gracias a colaboraciones constantes con directores como William Castle,
series de televisión como la citada Star Trek pero también La hora de Alfred
Hitchcock, la producida por Hammer Viaje a lo desconocido, Alfred Hitchcock
presenta o Galería Nocturna entre otras, escribiendo un par de memorables telefilmes
dirigidos por Curtís Harrington, The Cat Creature (1973) y The Dead Don’t Die
(1975), estableciendo una larga y fructífera relación con la productora
angloamericana Amicus Films, para la que escribió thrillers como El psicópata (The
psychopath. Freddie Francis, 1966), y las películas de episodios, basadas en sus
propios relatos originales, Torture Garden (Freddie Francis, 1967), La mansión de los
crímenes (The House That Dripped Blood. Peter Duffell, 1971) y Refugio macabro
(Asylum. Roy Ward Baker, 1972). Curiosamente, La maldición de la calavera (The
Skull, 1965), el filme de Freddie Francis —recordemos: el mismo hombre que
correría con la dirección de fotografía de El hombre elefante (1980) de Lynch—,
producido también por Amicus, aunque basado en el relato de Bloch que ofrecemos
aquí, fue escrito por Milton J. Subotsky, uno de los factótums de la productora, quien
pergeñaría una versión esencialmente fiel al cuento, con los añadidos dramáticos de
rigor para que alcanzara la adecuada duración estándar.
La maldición de la calavera destaca no sólo como respetuosa adaptación del
relato de Bloch, sino también por la presencia de los ubicuos pero siempre admirables
Peter Cushing y Christopher Lee, si bien el segundo sólo en un pequeño papel, y muy
especialmente por la ingeniosa y arriesgada puesta en escena de Francis, quien
recurre a menudo al POV, o punto de vista subjetivo, de la propia calavera asesina,
creando una narrativa alucinada, con un imaginativo trabajo de cámara, además de

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prescindiendo a menudo de diálogos y música, para dejar que imágenes y silencios
atrapen al espectador en una atmósfera ocasionalmente perturbadora, onírica e
inquietante.
Robert Bloch fue el más prolífico de una nueva generación de autores de ficción
que influirían decisivamente en el horror moderno, no sólo a través de su obra
literaria, sino también con su trabajo como guionistas cinematográficos y televisivos,
como Frederic Brown, Fritz Leiber Jr. o los más jóvenes Richard Matheson, Harlan
Ellison y Ray Bradbury, y se nos aparece como puente natural entre la generación
pulp de Lovecraft, que resuena todavía con cierros ecos del terror gótico y
sobrenatural clásico, y la generación de Charlie Manson, que abunda ya en los
horrores del cuerpo y la psicología humanos. Como papá de Norman Bates, y experto
glosador de figuras como Jack el Destripador, Ed Gein (si bien lejanamente) o H. H.
Holmes, quien le inspirara su novela American Gothic de 1974, es el principal
culpable de la reificación del serial killer en monstruo por excelencia del terror
contemporáneo, pero al mismo tiempo supo tener siempre presentes el humor, la
fantasía y el Sentido de la Maravilla que suponen la mejor herencia de la edad dorada
de la pulp fiction. Verdadero Damon Runyon del cuento de terror, escritor de fantasía,
misterio y ciencia ficción dotado en sus mejores obras de un estilo hard boiled no
tiene nada que envidiar a Hammett, Chandler, Cain o Irish —y la referencia al noir
no es accidental: gran parte de sus novelas y relatos son también limítrofes con el
género, adelantándose así a escritores corno Thomas Harris o Ellroy—, ganador del
Premio Hugo de ciencia ficción, del Poe por Psicosis, del Ann Radcliffe, el World
Fantasy Award y el Stoker, todavía hoy no deja de sorprender que Bloch, figura
fundamental del género, no sea un autor mucho más conocido, reconocido y…
amado.

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LA CALAVERA DEL MARQUÉS DE SADE[1]

Christopher Maitland se recostó en el respaldo de su silla frente a la chimenea y


acarició las tapas de un libro viejo. Su rostro delgado, cincelado por la luz
parpadeante de la lumbre, mostraba la característica expresión de la preocupación
académica.
La curiosidad intelectual de Maitland estaba centrada en el volumen que sostenía
en las manos. En breve, se preguntaba si la piel humana que se había empleado para
la encuadernación de aquel libro procedía de un hombre, una mujer o un niño.
El librero le había asegurado que aquel tomo estaba encuadernado con una
porción de la piel de una mujer, pero Maitland, por mucho que deseaba creerle, era de
naturaleza escéptica. Los libreros que venden este tipo de objetos eróticos no son en
su mayoría gente de fiar y los años de trato de Christopher Maitland con tales
individuos habían hecho añicos cualquier atisbo de fe en su veracidad.
Sin embargo, tenía esperanzas de que la historia fuera cierta. Estaba muy bien
tener un libro encuadernado con la piel de una mujer. Estaba muy bien tener una crux
ansata tallada en un fémur, una colección de cabezas dayak, una marchita Mano de
Gloria robada de un cementerio de Mainz. Maitland poseía todos esos objetos y
muchos más. Porque era coleccionista de objetos extraños.
Maitland acercó el libro a la luz y examinó las tapas para localizar poros bajo la
superficie curtida de las tapas. Las mujeres tienen los poros más finos que los
hombres, ¿no es así?
—Disculpe, señor.
Maitland se volvió a Hume cuando éste entró en el cuarto.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Esa persona está aquí otra vez.
—¿Persona?
—El señor Marco.
¡Oh!
Maitland se levantó, ignorando la expresión de disgusto casi grotesca del
mayordomo. Reprimió una risilla. Al pobre Hume no le gustaba Marco, ni ninguno
de los caballeros disolutos que suministraban a Maitland los objetos de su colección.
Y la propia colección no le gustaba lo más mínimo, tampoco… Maitland recordó
vívidamente el temblor asqueado del viejo sirviente mientras desempolvaba la caja
que contenía la momia del sacerdote de Horus decapitado por brujería.
—Marco, ¿eh? Me pregunto que se traerá entre manos… —musitó Maitland—.
Bueno, será mejor que le haga pasar.

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Hume se dio media vuelta y salió con una más que patente falta de entusiasmo.
En cuanto a Maitland, su excitación fue en aumento. Acarició con la mano el dorso
de un tao-tieh de jade y se pasó la lengua por los labios con una expresión muy
similar a la esculpida en el rostro de la imagen china de la glotonería.
El viejo Marco estaba allí. Eso significaba que había alguna adquisición especial.
Tal vez Marco no fuera exactamente la clase de tipo que uno invitaría al club, pero
tenía su utilidad. Maitland no sabía de dónde sacaba algunas de las cosas que le
ofrecía, pero tampoco se preocupaba mucho. Eso era asunto de Marco. La rareza de
sus ofertas era lo que interesaba a Christopher Maitland. Si uno quería un libro
encuadernado con piel humana, el viejo Marco era justamente el tipo al que
dirigirse… aunque tuviera que hacer él mismo la faena de desollar y encuadernar.
¡Todo un personaje, el viejo Marco!
—El señor Marco, señor.
Hume se retiró, una sombra de formalidad, y Maitland hizo señas a su visitante
para que pasara.
El señor Marco se derramó por la habitación. El hombrecillo era gordo y
grasiento; la carne se amontonaba como cera coagulada alrededor del moribundo
tocón de una vela. Su palidez cérea acentuaba el símil. Lo único que parecía faltar era
una mecha brotando de la bola calva de grasa que hacía las veces de cabeza del señor
Marco.

El hombre gordo alzó la mirada hacia el rostro enjuto de Maitland con lo que
intentaba ser una sonrisa halagadora. La sonrisa también rezumaba y contribuía al
aura de suciedad que parecía rodear a Marco.
Pero Maitland no era consciente de tales cosas. Su atención estaba centrada en el
curioso paquete que Marco llevaba bajo un brazo… un gran paquete envuelto en un
prosaico papel de envolver de carnicero que, de alguna manera, contribuía a la
fascinación que provocaba en Maitland.
Marco cambió el paquete de brazo con cuidado mientras se quitaba su abrigo gris
de paño. No pidió permiso para despojarse del abrigo, ni tampoco esperó a que le
invitaran para sentarse.
El hombrecillo gordo simplemente se sentó cómodamente en uno de los sillones
frente a la chimenea, echó mano a la caja abierta de puros de Maitland, cogió un
cigarro y lo encendió. Mientras tanto, el gran paquete redondo saltaba arriba y abajo
sobre su regazo a cada convulsión de su rotunda barriga.
Maitland miraba al paquete. Marco miraba a Maitland. Maitland fue el primero en
hablar.
—¿Y bien? —preguntó.
La sonrisa zalamera se expandió. Marco inhaló rápidamente, luego abrió la boca
para dejar salir una voluta de humo y una respuesta.
—Siento haber venido sin avisar, señor Maitland. Espero no estar molestando.

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—No se preocupe —contestó Maitland secamente—. ¿Qué hay en el paquete,
Marco?
La sonrisa de Marco se ensanchó.
—Algo selecto —susurró—. Algo jugoso.
Maitland se inclinó sobre el sillón y su cabeza adelantada proyectaba una sombra
lupina en la pared.
—¿Qué hay en el paquete? —repitió.
—Usted es mi cliente favorito, señor Maitland. Sabe que jamás vengo a verle a
menos que tenga algo realmente inusual. Pues bien, lo tengo, señor. Lo tengo. Se
sorprenderá al ver lo que esconde este papel de envolver de carnicero, aunque es
bastante apropiado. ¡Sí, totalmente apropiado!
—¡Deje ya el parloteo, amigo! ¿Qué hay en ese paquete?
Marco levantó el bulto de su regazo. Lo giró cuidadosamente, pero con firmeza.
—No parece gran cosa —ronroneó—. Redondo. Lo suficientemente pesado. ¿Es
un balón medicinal, eh? O un panal. Vaya, incluso podría ser una col. Sí, se podría
confundir con una col común. Pero no lo es. Oh, no, no lo es. Qué intriga, ¿eh?
Si la intención del hombrecillo era provocar un ataque de apoplejía a Maitland,
casi lo logra.
—¡Ábralo ya, maldita sea! —gritó.
Marco se encogió de hombros, sonrió y comenzó a retirar el papel de envolver.
Christopher Maitland ya no era el caballero perfecto, el anfitrión perfecto. Ahora era
un coleccionista, despojado de toda pretensión… la encarnación del tembloroso
entusiasmo. Revoloteaba por encima del hombro de Marco mientras éste retiraba el
papel de envolver de carnicero con sus dedos regordetes.
—¡Ahora! —susurró Maitland.
El papel cayó al suelo. Apoyada sobre el regazo de Marco había una bola grande
y brillante de papel de plata.
Marco comenzó a retirar el papel de plata, rasgándolo en tiras plateadas. Maitland
se quedó sin aliento cuando vio lo que salió del envoltorio.
Era una calavera humana.
Maitland vio el horrendo hemisferio brillando como marfil blanco a la luz del
fuego… Entonces, mientras Marco lo giraba, observó las cuencas vacías y los
orificios nasales que jamás sentirían el aliento humano. Maitland advirtió la
estructura regular de los dientes, adheridos a una mandíbula bien formada. A pesar de
la repulsión instintiva que le provocaba, se mostró sorpresivamente atento.
Le parecía que la calavera era inusualmente pequeña y delicada;
sorprendentemente bien conservada a pesar de una leve pátina amarilla por el paso
del tiempo. Pero Christopher Maitland estaba impresionado por una peculiaridad
innegable. Esa calavera era diferente, sin duda alguna.
¡La calavera no sonreía!

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Debido a una peculiar formación o malformación del pómulo en yuxtaposición con
las mandíbulas, la calavera no simulaba una sonrisa. La clásica mueca de regocijo
atribuida a todas las calaveras estaba ausente aquí.
Aquella calavera tenía una expresión sobria, seria.
Maitland pestañeó y dejó escapar un carraspeo avergonzado. ¿Que estaba
haciendo, divagando en consideraciones estúpidas sobre una calavera? Era lo
suficientemente ordinaria. ¿Qué pretendía el viejo Marco al presentarle un objeto tan
tonto con tanto preámbulo?
Sí, ¿qué pretendía Marco?
El hombrecillo gordinflón levantó la calavera a la luz de la lumbre, girándola de
vez en cuando con una impresionante muestra de orgullo. Su sonrisilla de satisfacción
contrastaba extrañamente con la sobriedad indeleble de la huesuda faz de la calavera.
Maitland por fin expresó su perplejidad con palabras.
—¿Por qué tanta ceremonia? —preguntó—. ¿Es que me trae la calavera de una
mujer, o de una adolescente…?
La risotada de Marco interrumpió sus palabras.
—¡Exactamente lo mismo que dijo el frenólogo! —exclamó el hombrecillo
resollando.
¡Al infierno con el frenólogo, amigo! Hábleme de su calavera, si es que hay algo
que contar.
Marco le ignoró. Volvió a girar la calavera entre sus manos regordetas con una
sonrisa satisfecha que asqueó a Maitland.
—Puede que sea pequeña, pero es una belleza, ¿verdad? —reflexionó el
hombrecillo—. Una estructura tan delicada y mire… hay una mínima pátina en la
superficie.
—No soy paleontólogo —respondió Maitland en tono seco—. Ni tampoco un
profanador de tumbas. ¡Cualquiera pensaría que somos Burke y Hare! Sea razonable,
Marco… ¿para qué querría yo una calavera ordinaria?
—¡Por favor, señor Maitland! ¿Por quién me toma? ¿Cree que osaría insultar a su
inteligencia trayéndole una calavera ordinaria? ¿Cree que le pediría mil libras por la
calavera de un don nadie?
Maitland dio un paso atrás.
—¿Mil libras? —gritó—. ¿Mil libras por eso?
—Y le sale barato —le aseguró Marco—. Las pagará gustoso cuando conozca la
historia.
—No pagaría esa cantidad ni por la calavera de Napoleón —le aseguró Maitland
—. Ni por la de Shakespeare, ya puestos.
—Descubrirá que el propietario de esta calavera es más de su agrado —le aseguró
Marco.
—Ya está bien. ¡Suéltelo ya, amigo!

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Marco le miró de frente, y con un dedo índice regordete golpeó la frente ósea del
cráneo.
—Está viendo ahora mismo —murmuró— la calavera de Donatien Alphonse
Francis, el marqués de Sade.

II

Giles de Retz era un monstruo. Los inquisidores de Torquemada cometieron la


diabólica ingenuidad de los demonios que pretendían exorcizar. Pero fue el marqués
de Sade el que sirvió de ejemplo del deseo viviente por el dolor. Su nombre simboliza
la crueldad encarnada… el comportamiento salvaje que los hombres llaman
«sadismo».
Maitland conocía la extraña historia de Sade y la repasó mentalmente.
El conde, o marqués de Sade, nació en 1740, de distinguido linaje provenzal. Era
un joven atractivo cuando se enroló en su regimiento durante la Guerra de los Siete
Años… un hombre refinado, de tez pálida y ojos azules, cuya afectada timidez
escondía una perversidad maligna.
Cuando contaba 23 años de edad, el marqués fue encarcelado durante un año
como resultado de un crimen brutal. En efecto, pasó veintisiete años de su vida
posterior encarcelado por sus actos… actos que incluso hoy día tan sólo llegan a
vislumbrarse. Las flagelaciones, la administración de extravagantes drogas y las
torturas a mujeres han servido para convertir su nombre en sinónimo de infamia.
Pero Sade no era un libertino al uso con una pulsión primitiva por infligir
sufrimiento. Más bien, era el «filósofo del dolor»… un entusiasta estudioso, un
hombre de una cultura y gusto exquisitos. Era una persona extraordinariamente
instruida, un pensador disciplinado, un asombroso psicólogo… y un sádico.
¡Cómo se habría revuelto el marqués si hubiera podido prever las miserables
perversiones que hoy se asignan a su nombre! La tortura de animales por campesinos
ignorantes… las palizas a niños a manos de cuidadores histéricos en instituciones
públicas… las crueldades sin sentido infligidas por maniacos en otros y por otros en
maniacos… todos estos comportamientos son catalogados hoy día como «sádicos».
Y, sin embargo, ninguno de ellos es una manifestación de la filosofía antinatural de
Sade.
El concepto de Sade de la crueldad no tenía nada de ocultamiento o engaño.
Practicaba su credo abiertamente y escribió explícitamente sobre tales temas durante
los años que pasó en prisión. Porque él fue el Apóstol del Dolor y su palabra divina
fue revelada a todos los hombres en obras como Justine… Juliette… Aline y
Valcour… la extravagante La filosofía en el tocador, y la más que abominable Las
120 jornadas de Sodoma.
Y Sade ponía en práctica lo que predicaba. Era amante de muchas mujeres… un
amante celoso que tan sólo deseaba compartir los abrazos de sus amantes con un solo

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rival. Ese rival era la Muerte, y se cuenta que todas las mujeres que experimentaron
las caricias de Sade llegaron finalmente a preferir las de su rival.
Tal vez, las torturas de la Revolución Francesa se inspirasen de forma indirecta en
la filosofía del marqués… una filosofía que comenzó a circular en Francia tras la
publicación de sus famosos volúmenes.
Cuando se instalaron guillotinas en las plazas públicas, Sade emergió de su larga
serie de encarcelamientos y caminó por las calles entre hombres enloquecidos por la
visión de la sangre y el sufrimiento.
El era un pequeño fantasma gris y amable; bajito, calvo, de suaves maneras y
palabras. Sólo alzó la voz para salvar a sus parientes aristocráticos de pasar por la
cuchilla. Su vida pública fue ejemplar en esos últimos años.
Pero los hombres continuaron murmurando sobre su vida privada. Se rumoreaba
sobre su interés por la brujería. Se dice que para el marques de Sade el
derramamiento de sangre era un sacrificio. Y los sacrificios a ciertos seres reportan
oscuros beneficios. Los gritos de las mujeres enloquecidas por el dolor son como una
oración para las criaturas del Averno…
El marqués era astuto. Años de confinamiento por sus «ofensas contra la
sociedad» lo habían convertido en una persona recelosa. Se movía con suma cautela y
aprovechaba al máximo los momentos de aguas revueltas para llevar a cabo discretos
y poco notorios entierros siempre que terminaba con una amante.
Pero al final la precaución no fue suficiente. Una diatriba desafortunada contra
Napoleón sirvió de excusa a las autoridades. No hubo denuncia, ni tampoco se
perpetró una farsa de juicio.
Sade simplemente fue encerrado en Charenton como un loco común. Quienes
conocían sus crímenes quedaban demasiado conmocionados para hacerlos públicos…
y, sin embargo, había algo de satánica grandeza en el marqués que, de alguna manera,
impedía que lo destruyeran abiertamente. Uno no piensa en asesinar a Satán. Pero
Satán encadenado…
Satán, encadenado, languidecía. Convertido en un hombre enfermo, medio ciego,
que arrancaba los pétalos de las rosas en un último gesto de destructividad
demoniaca, el marqués pasó sus días de declive olvidado por todos. Prefirieron
olvidar, prefirieron creer que estaba loco.
En 1814, murió. Se prohibieron sus libros, se profanó su memoria y sus actos se
negaron. Pero su nombre siguió vivo, y sigue vivo como símbolo eterno del mal
innato…

Éste era Sade tal como Christopher Maitland lo conocía. Y como coleccionista de
objetos eróticos o curiosos, la idea de poseer la verdadera calavera del fabuloso
marqués le intrigaba. Tras dejar a un lado sus reflexiones, dirigió la mirada a la seria
calavera y a continuación al sonriente Marco.
—¿Mil libras, ha dicho?

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—Exactamente —asintió Marco—. Un precio de lo más razonable, teniendo en
cuenta las circunstancias.
—¿Qué circunstancias? —discrepó Maitland—. Me trae una calavera. Pero ¿qué
pruebas puede proporcionarme de su autenticidad? ¿Cómo ha llegado a sus manos
este memento mori tan inusual?
—Vamos, vamos, señor Maitland… ¡por favor! Sabe perfectamente que no debe
preguntarme sobre mis fuentes de suministros. Es lo que me gusta llamar un secreto
del negocio, ¿comprende?
Muy bien. Pero no me basta sólo con su palabra, Marco. Por lo que recuerdo,
Sade fue enterrado cuando murió en Charenton en 1814.
La sonrisa lechosa de Marco se abrió aún más.
—Bueno, puedo corregirle en ese punto —dijo—. ¿No tendrá un ejemplar do los
Estudios de Ellis sobre el tema? En la sección titulada Amor y dolor, hay una
información que podría interesarle.
Maitland se hizo con el ejemplar y Marco rebuscó por las páginas.
—¡Aquí! —exclamó triunfal—. Según Ellis, la calavera del marqués de Sade fue
exhumada y examinada por un frenólogo. La frenología era una pseudociencia
bastante popular en aquella época, ¿lo sabía? Aquel individuo quería comprobar si la
formación craneal indicaba que el marqués era realmente un loco.
»Afirma que descubrió que la calavera era pequeña y proporcionada, como la de
una mujer. ¡Exactamente lo mismo que ha dicho usted, como recordará!
»Pero lo verdaderamente, importante es esto. La calavera no fue enterrada de
nuevo.
»Cayó en las manos de un tal doctor Londe, pero hacia 1850 fue robada por otro
médico que se la llevó a Inglaterra. Eso es todo lo que Ellis sabe sobre el tema. El
resto lo he deducido por mí mismo… pero mejor no hablar más. Aquí tiene la
calavera del marqués de Sade, señor Maitland.
»¿Acepta entonces mi oferta?
—Mil libras —suspiró Maitland—. Es demasiado por una calavera mohosa y una
historia que se sostiene con pinzas.
—Bueno… digamos ochocientas libras. ¿Un trato rápido y sin rencores?
Maitland miró a Marco. Marco miró a Maitland. La calavera miró a ambos.
—Quinientos, entonces —ofreció Marco—. Pero ahora mismo.
—Debe de ser un timo —dijo Maitland—. Si no, no tendría tantas ansias por
cerrar la venta.
La sonrisa de Marco volvió a expandirse.
—Por el contrario, señor. Si estuviera intentando timarle no le quepa duda de que
no me movería del precio ofertado. Pero deseo deshacerme rápidamente de la
calavera.
—¿Por qué?

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Por vez primera durante la conversación, el pequeño y grueso Marco vaciló. Giró la
calavera en las manos y la colocó sobre la mesa. A Maitland le dio la impresión de
que Marco evitaba mirarla cuando respondió.
—No lo sé exactamente. Es sólo que no me apetece tener un objeto como éste.
Me dispara la imaginación. Una pena, ¿verdad?
—¿Le dispara la imaginación?
—Empiezo a imaginarme que me siguen. Por supuesto, no son más que tonterías,
pero…
—Empieza a imaginar que le sigue la policía, de eso no hay duda —le acusó
Maitland—. Porque ha robado la calavera. ¿No es así, Marco?
Marco ocultó la mirada.
—No —Farfulló—. No es eso. Pero no me gustan las calaveras… no es mi idea
de objeto decorativo, se lo aseguro. Soy un poco aprensivo.
»Además, usted vive en esta casa enorme. Está seguro. Yo ahora vivo en
Wapping. Estoy pasando una mala racha. Le vendo la calavera. Usted la guarda aquí
con el resto de su colección, puede mirarla cuando le plazca… y el resto del tiempo
se la quita de en medio para que no le moleste. Así yo no la tendré rodando por mi
humilde morada. De hecho, cuando la venda, pienso vaciar las habitaciones y
mudarme a un alojamiento decente. Por eso quiero deshacerme de ella en realidad.
Por quinientas libras, dinero en mano.
Maitland vaciló.
—Debo meditarlo —afirmó—. Deme su dirección. Si finalmente me decido a
comprar, iré mañana con el dinero. ¿Le parece justo?
—Muy bien —suspiró Marco.
A continuación, sacó un sucio trozo de lápiz y arrancó un nozo de papel de uno de
los envoltorios que habían caído al suelo.
—Aquí tiene la dirección —dijo.
Maitland se metió en el bolsillo la nota mientras Marco envolvía de nuevo la
calavera con papel de aluminio. Lo hizo con movimientos rápidos, como si deseara
ocultar cuanto antes los dientes brillantes y las oquedades de los ojos. Después
envolvió el papel de aluminio con el papel de carnicero, cogió su abrigo con una
mano y el bulto redondo con la otra.
—Le espero mañana —dijo—. Y, por cierto, tenga cuidado cuando abra la puerta.
Ahora tengo un perro guardián, una bestia salvaje. Podría hacerle pedazos a usted o a
cualquiera que intente llevarse la calavera del marqués de Sade.

III

Maitland tenía la impresión de que habían apretado demasiado sus ataduras. Sabía
que los hombres enmascarados estaban a punto de darle una paliza, pero no entendía

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por qué le habían amarrado las muñecas con cadenas de acero.
Sólo cuando sostuvieron los atizadores metálicos sobre el fuego comprendió la
razón… sólo cuando levantaron las barras candentes por encima de sus cabezas fue
consciente de por qué le habían encadenado.
Porque, al primer feroz beso del latigazo, Maitland no pestañeó… se convulsionó.
Su cuerpo, lacerado por el terrible golpe, describió un arco. Atado con correas habría
liberado las manos tras el estímulo del insoportable tormento. Pero las cadenas de
hierro aguantaron y Maitland apretó los dientes al tiempo que los dos hombres
vestidos de negro lo fustigaban con fuego vivo.
Los contornos de la mazmorra se emborronaron y el dolor de Maitland también se
emborronó. Se sumergió en una oscuridad que sólo fue rota por la consciencia del
ritmo… el ritmo del metal salvaje y candente que descendía sobre su espalda
desnuda.
Cuando recobró el sentido, Maitland supo que los golpes habían acabado. Los
hombres de negro, silenciosos y ocultos tras máscaras, se inclinaban ahora sobre él
para abrir los grilletes. Lo incorporaron con cuidado y lo condujeron lentamente por
la mazmorra hacia el gran cofre metálico.
¿Cofre? No era un cofre. Los cofres no suelen estar colocados en posición vertical
y abiertos. Los cofres no tienen en las tapas el relieve de los rasgos grabados del
rostro de una mujer.
Los cofres no tienen pinchos metálicos en su interior.
El reconocimiento llegó al mismo tiempo que el horror.
¡Esa era la Dama de Hierro!
Los hombres enmascarados eran fuertes. Lo arrastraron hacia delante y lo
empujaron a las profundidades de la gran matriz de metal para torturas. Le amarraron
las muñecas y los tobillos con grilletes. Maitland comprendió entonces lo que le
esperaba.
Cerrarían la tapa sobre él. Luego, girando una manivela, las paredes se
estrecharían… poco a poco, mientras los pinchos penetraban en su cuerpo. Porque el
interior de la Dama de Hierro estaba tachonado de crueles puntas, firmes y afiladas,
según el ingenio de los malditos.
Las puntas más largas serían las primeras en clavársele al descender la tapa. Esas
puntas estaban situadas de manera que atravesarían las muñecas y los tobillos. El
quedaría así crucificado mientras la tapa continuaba su inexorable descenso. Unas
puntas más cortas penetrarían a continuación los muslos, los hombros y los brazos.
Luego, mientras forcejeaba, en agonizante empalamiento, la tapa presionaría aún
más, hasta que las puntas más pequeñas se acercaran lo suficiente para penetrar los
ojos, la garganta y, misericordiosamente, el corazón y el cerebro.
Maitland gritó, pero el sonido apenas sirvió para reventarle los tímpanos al
tiempo que la tapa se cerraba. El metal oxidado chirrió y luego se escuchó un ruido

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más siniestro de maquinaria. Estaban girando la manivela, moviendo las hileras de
pinchos cada vez más cerca de su cuerpo atenazado…
Maitland tensó el cuerpo en la oscuridad a la espera del primer beso penetrante de
la Dama de Hierro.
Entonces, y sólo entonces, se dio cuenta de que no estaba solo allí en la
oscuridad.
¡No había puntas de hierro en la tapa! En su lugar, una figura se perfiló en la
superficie de hierro interior. A medida que la tapa descendía, simplemente la figura se
aproximaba al cuerpo de Maitland.
La figura no se movía, ni siquiera respiraba. Descansaba contra la superficie y,
cuando la tapa se movió hacia delante, Maitland sintió la presión de carne fría y
extraña contra la suya propia. Los brazos y piernas se unieron en un abrazo
inconsciente, pero aun así la tapa continuó avanzando y presionando aquella figura
sin vida contra él. Estaba a oscuras, pero ahora podía ver la cara que se cernía a
menos de dos centímetros de. sus ojos. El rostro era blanco fosforescente. Y el
rostro… ¡no era un rostro!
Y entonces, mientras aquel cuerpo se aferraba a su cuerpo en la oscuridad y
aquella cabeza tocaba su cabeza, y los labios de Maitland presionaban el espacio
donde deberían estar los otros labios, se enfrentó al terror definitivo.
El rostro no era un rostro, ¡era la calavera del marqués de Sade!
El peso del olor a podredumbre de matadero ahogó a Maitland, que volvió a caer
en la oscuridad mientras el obsceno recuerdo le perseguía hasta el olvido total.
Pero incluso el olvido tiene un final y Maitland volvió a despertarse. Los
enmascarados lo habían soltado y ahora estaban reanimándole. Estaba echado sobre
unos tablones y miró hacia las puertas abiertas de la Dama de Hierro. Sintió un
extraño alivio al ver que el interior estaba vacío. No había ninguna figura en el
interior de la tapa. Tal vez no había habido en realidad ninguna figura.
La tortura trastoca la mente humana. Pero ahora la necesitaba. Podía ver que la
extremada atención que mostraban los hombres de negro era fingida. Le habían
sometido a aquel trauma por extrañas razones y había salido de todo ello sin un
rasguño.
Le ungieron la espalda, le ayudaron a ponerse de pie y le sacaron de la mazmorra.
En el largo pasillo que había más allá, Maitland vio un espejo. Le guiaron hasta él.
¿Le había cambiado la tortura? Durante unos segundos, temió mirar en el espejo.
Pero le sujetaron frente al espejo y pudo contemplar su imagen reflejada…
Maitland observó su cuerpo tembloroso, ¡sobre el cual se posaba la funesta y seria
calavera del marqués de Sade!

IV

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Maitland no reveló a nadie su sueño, pero no perdió tiempo en comentar la visita y la
oferta de Marco.
Su confidente era un viejo amigo y compañero coleccionista, sir
Fitzhugh Kissroy. A la tarde siguiente, sentado en el cómodo estudio de sir
Fitzhugh, le relató rápidamente los detalles pertinentes.
El brillante Kissroy de barba pelirroja le escuchó en silencio.
—Naturalmente, quiero esa calavera —concluyó Maitland—, pero no puedo
entender por qué Marco está tan desesperado por deshacerse de ella cuanto antes.
Además, tengo muchas dudas sobre su autenticidad. Así que me preguntaba… ya que
eres un experto, Fitzhugh, ¿te gustaría ir a visitar a Marco conmigo y examinar la
calavera?
Sir Fitzhugh se rio y sacudió la cabeza.
—No hace falta examinarla —declaró—. Estoy seguro de que la calavera, tal
como la describes, es la del marqués de Sade. Parece completamente genuina.
Maitland lo miró con la boca abierta.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó.
Sir Fitzhugh sonrió complacido.
—Porque, mi querido amigo… ¡esa calavera me la robaron a mí!
—¿Qué?
—Así es. Hace unos diez días, un merodeador se metió en la biblioteca por los
ventanales que dan al jardín. Nadie del servicio se percató de ello y se largó de noche
con la calavera.
Maitland se levantó.
—Increíble —murmuró—. Pero, por supuesto, ahora tendrás que venir.
Identificaremos tu propiedad, haremos que Marco se enfrente a los hechos y
recobraremos la calavera de inmediato.
—Nada de eso —contestó sir Fitzhugh—. Estoy encantado de que hayan robado
la calavera. Y te aconsejo que te mantengas alejado de ella.
»No denuncie el robo a la policía y no tengo intención de hacerlo. Porque esa
calavera trae… mala suerte.
—¿Mala suerte? —Maitland miró a su huésped—. ¿Tú, con tu colección de
momias egipcias malditas, me dices eso? Nunca diste pábulo a toda esa palabrería
supersticiosa,
—Exactamente. Por lo tamo, cuando te digo que creo sinceramente que esa
calavera es peligrosa, debes tener fe en mis palabras.
Maitland reflexionó. Se preguntó si sir Fitzhugh habría experimentado los
mismos sueños que le atormentaron a él mismo después de ver la calavera. ¿Había
algún aura asociativa en aquella reliquia? Y, si era así, eso tan sólo aumentaba la
peculiar fascinación ejercida por la adusta calavera del marques de Sade.
No te entiendo en absoluto —declaró—. Habría jurado que no podrías esperar ni
un segundo en recuperar esa calavera.

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—Quizás no soy el único que no puede esperar —murmuró sir Fitzhugh.
—¿A qué te refieres?
—Ya conoces la historia de Sade. Conoces el poder de fascinación morbosa que
tales genios malignos ejercen en la imaginación de los hombres. Tú mismo sientes
esa fascinación; por eso quieres la calavera.
»Pero tú eres una persona normal, Maitland. Quieres comprar la calavera y
guardarla junto a ni colección de objetos eróticos. Una persona anormal tal vez no
piense en comprarla. Podría querer robarla… o incluso matar a su propietario para
poseerla. En concreto, si lo que desea hacer es algo más que poseerla, por ejemplo, si
quiere venerarla.
La voz de sir Fitzhugh bajó hasta convertirse en un susurro:
—No estoy intentando asustarte, amigo mío —prosiguió—. Pero conozco la
historia de esa calavera. Durante los últimos cien años ha pasado de mano en mano
por muchos hombres. Algunos eran coleccionistas y cuerdos. Otros eran miembros
pervertidos de cultos secretos, adoradores del dolor, devotos de la Magia Negra.
Algunos han muerto intentando conseguir esa espeluznante reliquia, y otros han
sido… sacrificados por ella.
»Por azar, llegó a mí hace unos seis meses. Un hombre como tu amigo Marco me
la ofreció. No por mil libras, ni quinientas. Me la regaló porque le causaba auténtico
terror.
»Por supuesto, me reí de tales ideas, al igual que tú ahora te estás riendo de las
mías. Pero durante los seis meses que he tenido la calavera en mi poder he sufrido.
»He padecido extraños sueños. Simplemente mirar el rictus grave y artificial es
suficiente para provocar pesadillas. ¿No has sentido que emanaba algo de esa cosa?
Dicen que Sade no estaba loco… y les creo. Era mucho peor; estaba poseído. Hay
algo inhumano en esa calavera. Algo que atrae a otros, hombres vivos cuyas
calaveras esconden una característica bestial que es también no-humana o inhumana.
»Y he tenido que enfrentarme con algo más que mis sueños. Me llegaron
llamadas de teléfono y cartas misteriosas. Algunos sirvientes han informado sobre
merodeadores nocturnos por los alrededores.
—Probablemente no sean más que ladrones normales, como Marco, en busca de
objetos valiosos —comentó Maitland.
—No —dijo sir Fitzhugh con un suspiro—. Esos desconocidos merodeadores
hicieron algo más que intentar robar la calavera. ¡Entraron en mi casa de noche y la
adoraron!
»¡Y estoy completamente convencido de este asunto, te lo aseguro! Guardé la
calavera en una vitrina de cristal en la biblioteca. Con frecuencia, cuando iba allí para
echarle un vistazo por las mañanas, descubría que había sido movida durante la
noche.
»Sí, movida. A veces la vitrina estaba hecha añicos y la calavera encima de la
mesa. En una ocasión la encontré en el suelo.

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»Por supuesto, interrogué a los sirvientes. Sus coartadas eran perfectas. Era obra
de alguien de fuera que probablemente temía poseer del todo la calavera, pero que
aun así necesitaba acceder a ella de vez en cuando para practicar algún rito
abominable y pervertido.
»¡Entraban en mi casa, te lo aseguro, y adoraban a esa repugnante calavera! Y
cuando la robaron, yo me sentí muy contento… muy, muy contento.
»Lo único que puedo decirte es que te mantengas alejado de todo esto. ¡No vayas
a ver al tal Marco y no te impliques más con esa maldita reliquia de cementerio!
Maitland asintió.
—Muy bien —dijo—. Te agradezco la advertencia.
Dejó a sir Fitzhugh poco después.
Media hora más tarde subía las escaleras del destartalado ático de Marco.

Subió las escaleras hasta la habitación de Marco… escaló los quejumbrosos escalones
del alojamiento desvencijado en el Soho y escuchó los latidos curiosamente
amortiguados de su propio corazón.
Pero no por mucho tiempo. Un repentino aullido resonó desde el descansillo
superior y Maitland subió los últimos peldaños con una urgencia demente.
La puerta de la habitación de Marco estaba cerrada con llave, pero los sonidos
que salían del interior llevaron a Maitland a tomar medidas desesperadas.
Las advertencias de sir Fitzhugh le habían convencido para llevar consigo su
revólver de reglamento en esta misión; ahora lo desenfundó y voló la cerradura de un
disparo.
Maitland abrió la puerta de par en par justo cuando los aullidos alcanzaron el
definitivo y demente crescendo. Irrumpió en el cuarto y luego se cubrió para
protegerse.
Algo salió despedido hacia él desde el suelo; algo se abalanzó a su garganta.
Maitland levantó el revólver y disparó a ciegas.
Durante unos segundos su visión se empañó y sus oídos ensordecieron. Cuando
se recuperó, estaba medio arrodillado en el suelo ante la entrada. Una silueta peluda y
grande yacía a sus pies. Maitland reconoció entonces el cadáver de un perro guardián
gigantesco.
De repente, recordó la referencia que hizo Marco al animal. ¡Así que eso lo
explicaba todo! El perro había aullado y le había atacado. Pero… ¿por qué?
Maitland se levantó y entró en el sórdido dormitorio. Todavía ascendía la voluta
de humo de los disparos. Volvió a posar la mirada en el animal y advirtió entonces los
brillantes colmillos amarillentos en el rictus sonriente incluso en la muerte. Luego,
echó un vistazo a su alrededor, al mobiliario barato, al escritorio desordenado, a la
cama deshecha…

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La cama deshecha en la que yacía Marco con la garganta desgarrada en un
rosario rojo de muerte.
Maitland observó el cuerpo del hombrecillo regordete y sintió un escalofrío.
Entonces vio la calavera. Estaba apoyada sobre la almohada junto a la cabeza de
Marco: un siniestro compañero de cama que parecía mirar curiosamente al cadáver
con una expresión de fantasmal camaradería. La sangre había salpicado los pómulos
vacíos, pero incluso bajo aquellas manchas sangrientas, Maitland pudo ver la peculiar
solemnidad del cráneo.
Por primera vez sintió en toda su extensión el aura de maldad que envolvía la
calavera de Sade. Se podía palpar en aquella habitación devastada; se podía palpar, al
igual que la presencia de la propia muerte. La calavera parecía brillar con una
fosforescencia real de casa de los horrores.
Maitland sabía ahora que su amigo le había dicho la verdad. Aquel terror óseo
poseía un terrible magnetismo inherente… un genuino Elixir de Muerte que
manipulaba y acosaba las mentes de los hombres… y los animales.
Debió de ocurrir de esa manera. El perro, enloquecido por un ansia asesina,
finalmente había atacado a Marco mientras dormía, y lo había destrozado. Luego,
intentó atacar a Maitland cuando entró. Y durante ese tiempo, la calavera había
estado observándolo todo; observando y regodeándose exactamente igual que Sade se
habría regodeado si sus ojos azules claros hubieran pestañeado en aquellas oscuras
cuencas.
Quizás, en algún lugar dentro de aquel cráneo, los restos marchitos de su cruel
cerebro todavía estaban sensibilizados ante el terror. La fuerza magnética que
concentraba ejercía una fuerte atracción en Maitland, a pesar de lo que ya sabía.
Por eso, Maitland, empujado por una compulsión que no era capaz de explicar, y
que tampoco pretendió justificar, se agachó y agarró la calavera. La sostuvo durante
un largo rato en la clásica pose de Hamlet.
Luego salió de aquella habitación, para siempre… portando el cráneo en sus
manos.

El miedo cabalgaba sobre los hombros de Maitland mientras se apresuraba por las
calles en penumbra. El miedo le susurraba extrañamente al oído, advirtiéndole de que
se diera prisa, no fueran a encontrar el cadáver de Marco y salieran tras él.
El miedo le llevó a entrar en su propia casa por una puerta lateral y dirigirse
directamente a sus aposentos para que nadie pudiera ver la calavera que escondía bajo
el abrigo.
El miedo fue el compañero de Maitland toda aquella noche. Se quedó allí sentado,
observando la calavera sobre la mesa y estremecido por la repulsión que le
provocaba.
Sir Fitzhugh tenía razón, lo sabía. De aquella calavera y el negro cerebro en su
interior manaba una influencia malsana. Había hecho que Maitland desoyera las

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prudentes advertencias de su amigo… también que Maitland robara la calavera a
aquel hombre muerto… y que ahora se escondiera en aquel cuarto solitario.
Debería llamar a las autoridades, lo sabía. Aún mejor, debería deshacerse de la
calavera. Donarla, tirarla a la basura y librar al mundo de aquello para siempre. Había
algo desconcertante en aquel maldito objeto… algo que no llegaba a comprender.
Porque, sabiendo todas estas verdades, todavía deseaba poseer la calavera del
marqués de Sade. Se producía un encantamiento maligno, la vileza durmiente en el
alma de los hombres despertaba y reaccionaba a la lujuria despreciable que manaba
en oleadas de la calavera.
Observó detenidamente la calavera, le recorrió un escalofrío… pero sabía que no
podría renunciar a ella. Y tampoco tenía fuerzas para destruirla. Tal vez poseerla le
llevara finalmente a la locura. La calavera incitaría a otros a cometer indescriptibles
excesos.
Maitland reflexionó y meditó en busca de una solución para aquel objeto
impasible que le miraba con la terquedad de la muerte.
Se hizo tarde. Maitland bebía vino y caminaba de un lado a otro de la estancia.
Estaba agotado. Tal vez por la mañana podría analizar la situación y llegar a una
conclusión lógica y sensata.
Sí, estaba alterado. Las extrañas insinuaciones de sir Fitzhugh le habían
trastornado, y los espantosos sucesos acaecidos a última hora de la tarde le habían
sacado de quicio.
No tenía sentido dar pábulo a estúpidas imaginaciones sobre la calavera del loco
marqués… lo mejor era descansar.
Se tumbó en la cama. Alargó el brazo para pulsar el interruptor y apagó la luz.
Los rayos de la luna se filtraron por la ventana y buscaron la calavera sobre la mesa,
envolviéndola con una luminosidad inquietante. Volvió a examinar las mandíbulas
que, aunque debieran, no sonreían.
Luego, cerró los ojos e hizo un esfuerzo por quedarse dormido. Por la mañana
llamaría a sir Fitzhugh, le confesaría todo y entregaría la calavera a las autoridades.
Su maligna carrera (real o imaginaria) llegaría a su fin. Pues que así fuera.
Maitland cayó en un profundo sueño. Antes de dormirse, intentó prestar atención
a algo… algo desconcertante… la misma impresión que tuvo al contemplar el cuerpo
del perro guardián en la habitación de Marco. La forma en la que brillaban sus
colmillos.
Sí. Eso era. No había visto sangre en el hocico del perro guardián. Extraño.
Porque el perro guardián había degollado a Marco. Nada de sangre… ¿cómo podía
ser?
Bueno, mejor sería dejar ese tema para la mañana, también…
Mientras dormía, Maitland tuvo la sensación de ser consciente de que soñaba. Y
que en su sueño abría los ojos y parpadeaba a la brillante luz de la luna. Dirigió la
mirada a la mesa y vio que la calavera ya no reposaba sobre la superficie.

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Eso también era curioso. Nadie había entrado en el cuarto, o él se habría
despertado.

Si no hubiera estado seguro de que estaba soñando, Maitland se habría sobresaltado


aterrorizado al ver el rayo de luna en el suelo… el rayo de luna que alumbraba la
calavera rodando.
Giraba una y otra vez, y su rostro huesudo permanecía más impasible que nunca.
Con cada vuelta se aproximaba más a la cama.
Maitland casi llegaba a oír el golpeteo de la calavera cuando rodó sobre el suelo
desnudo a los pies de la cama. Luego tuvo lugar la grotesca progresión tan típica de
las fantasías nocturnas. ¡La calavera ascendió por el lateral de la cama!
Con los dientes, se agarró a la esquina que colgaba de la sábana, y el cráneo,
literalmente, se impulsó hacia fuera y arriba, balanceando la sábana en un arco y
aterrizando en la cama a los pies de Maitland.
La escena era tan vívida que pudo sentir el golpe al impactar en el colchón. Las
sensaciones táctiles continuaron y Maitland sintió que la calavera rodaba por la
colcha. Subió hasta su cintura y luego se aproximó a su pecho.
Maitland vio entonces los rasgos óseos a la luz de la luna, apenas a unos quince
centímetros de su cuello. Sintió un peso frío sobre la garganta. Ahora la calavera
comenzó a moverse.
Entonces se dio cuenta de que estaba atrapado en la peor de las pesadillas y luchó
por despertarse antes de que el sueño continuara.
Un grito ascendió por su garganta… pero no llegó a brotar de ella. Porque la
garganta de Maitland fue cercenada por dientes que ya se aprestaban a masticar: unos
dientes que se hundieron en el cuello con toda la fuerza de una mandíbula humana en
movimiento.
La calavera cercenó la yugular de Maitland con cruel celeridad. Se escuchó un
gemido, un gorgoteo y, a continuación, ningún otro sonido.
Un rato más tarde la calavera se enderezó sobre el pecho de Maitland.
El pecho de Maitland ya no se movía y la calavera permaneció allí con una
curiosa apariencia de satisfecho reposo.
La luna iluminó el cráneo y reveló una circunstancia de lo más curiosa. Era un
detalle sin importancia, pero que de alguna manera parecía encajar… dada la
situación.
Reposando sobre el pecho del hombre al que había asesinado, la calavera del
marqués de Sade ya no tenía un rictus impasible. Sus rasgos ahora mostraban una
indiscutible e inequívoca sonrisa sádica.

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Richard Matheson

Un fenómeno concomitante con las transformaciones que dieron lugar a la aparición


y consolidación del horror moderno en las pantallas es el que representan ciertas
series de la televisión estadounidense, que a finales de los años 50 y sobre todo
durante la década siguiente metieron el terror, la ciencia ficción y el suspense en la
sala de estar familiar, a través de la pequeña y diabólica magia catódica del televisor.
De entre todas ellas, una destaca no tanto por su éxito como por su ingenio, estilo e
imaginación: The Twilight Zone, conocida en España primero como Dimensión
desconocida y posteriormente como En los límites de la realidad, creada por el
también escritor y genio televisivo Rod Serling, cada uno de cuyos episodios
constituía una breve e impactante historia de ciencia ficción, terror o fantasía, y a
veces todo al mismo tiempo. Aunque conocería al menos dos resurrecciones, la
primera a mediados de los años 80, consecuencia del éxito de su adaptación
cinematográfica en 1983, y la más reciente a comienzos de la década de 2000, cuando
se emitió por vez primera entre 1959 y 1964, su impacto popular y mediático fue
incalculable, ya que no se limitó a suscitar imitaciones incontables tanto en televisión
como en radio, influyendo incluso en la moda de los filmes de terror compuestos por
varios episodios, que abundaron entre los años 60 y 70, sino que dio un empuje
definitivo a la modernización de los temas, personajes y arquetipos del género,
introduciéndolos en el mundo contemporáneo, presentando protagonistas normales y
corrientes a quienes ocurrían sucesos terribles o fantásticos, pero dentro siempre de la
más desarmante realidad cotidiana. Aunque la mayoría de los episodios fueron
escritos por el propio Rod Serling, algunos adaptaban historias aparecidas antes en
los pulps clásicos de ciencia ficción y terror adorados por éste desde su infancia, y
otros fueron creados por escritores como Charles Beaumont o… Richard Matheson.
Richard Matheson (1926-2013) es otro de esos personajes indispensables para el
horror moderno, en cuya obra, tanto literaria como destinada a la pantalla, se
encuentra el germen y desarrollo de muchas de las tendencias y derivas
características del género en el fin de siglo. El propio George A. Romero reconoció a
menudo que parte de la idea de La noche de los muertos vivientes (Night of the Living
Dead, 1968) surgió de la novela Soy leyenda, el gran clásico de la ciencia ficción
vampírica y apocalíptica publicado originalmente en 1954, a su vez llevado a la
pantalla en al menos cuatro ocasiones, no siendo pocas las obras de Matheson
filmadas con mayor o menor fortuna, destacando El increíble hombre menguante
(The Incredible Shrinking Man. Jack Arnold, 1957), La leyenda de la mansión del
infierno (The Legend of Hell House. John Hough, 1973), los thrillers europeos Los
compañeros del diablo (De la part des copains. Terence Young, 1970) y Los senos de
hielo (Les seins de glace. Georges Lautner, 1974), o la más reciente El último escalón

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(Stir of Echoes. David Koepp, 1999), por citar algunas. Pero el caso de Matheson,
como el de su admirado Bloch, es el de alguien íntima mente asociado también a
Hollywood, como demuestra su trabajo en los años 60 para Roger Corman,
adaptando la obra de Edgar Allan Poe en una serie de míticos melodramas góticos de
horror que supusieron el último aliento del género clásico, teñido ya de erotismo,
tremendismo y color, a mayor gloria de estrellas como Vincent Price, Boris Karloff,
Peter Lorre o Basil Rathbone; guiones originales como el de la televisiva El diablo
sobre ruedas (Duel. Steven Spielberg, 1971) e infinitas colaboraciones con grandes y
pequeños estudios de cine y televisión, que cristalizarían en películas como Arde,
bruja, arde (Night of the Eagle. Sidney Hayers, 1962), con guion coescrito junto a su
colega Charles Beaumont y basado en la novela de Fritz Leiber Jr. Esposa hechicera,
o La novia del diablo (The Devil’s Ride Out. Terence Fisher, 1968), su adaptación de
la novela original de Dennis Wheatley para la británica Hammer Films, además de en
incontables episodios de series como Galería nocturna, Rumbo a lo desconocido
(The Outer Limits),
Cuentos asombrosos (Amazing Stories), Viaje a lo desconocido, Tensión
(Thriller), La hora de Alfred Hitchcock, Ghost Story, Crónicas marcianas, varios
telefilmes escritos para Dan Curtis e incluso la más moderna Masters of Horror, por
citar sólo aquellas dentro de nuestro genero. Y, por supuesto, su colaboración en The
Twilight Zone que incluye, precisamente, la historia que presentamos aquí.
“Pesadilla a 20.000 pies”, fue publicado por primera vez dentro de la antología de
Matheson Alone in the Night, en 1961, y tan solo dos años después su adaptación
televisiva dentro de la serie de Rod Serling, emitida el 11 de octubre de 1963, se
convirtió de inmediato en uno de los episodios favoritos de todos sus seguidores, y
fue también elegida para formar parte de la esperada versión cinematográfica que
rendiría homenaje a la serie, estrenada en nuestro país como En los límites de la
realidad (Twilight Zone: The Movie, 1983). Sin entrar en la crónica negra del rodaje
de esta película tan memorable como maldita —para más detalles remito al lector a
las páginas que le dedico en mi libro Hollywood Maldito (Valdemar, 2015)—, sí
resulta pertinente añadir que el fragmento que adapta nuevamente el relato de
Matheson, firmado por el australiano George Miller y protagonizado por un
estupendo John Lithgow, es posiblemente el mejor del largometraje, lo que no es
decir poco si pensamos que el resto de episodios fueron dirigidos por John Landis,
Joe Dante y Spielberg. No es extraño en absoluto que tanto el original como su
remake gocen todavía hoy de inmensa popularidad y constituyan un grato recuerdo
para todos los aficionados, ya que el cuento mismo de Matheson es un ejemplo
impecable de las virtudes tanto de su autor como de la serie de Serling, y responde a
esas características que describimos más arriba, gracias a las cuales los temas e
incluso los monstruos o personajes sobrenaturales del género clásico entraron en la
modernidad de la mano del sentido del humor, la ironía y, sobre todo, de una
aplastante contemporaneidad en su tratamiento literario, que los inscribe, como aquí a

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ese siniestro y malévolo gremlin aéreo de pesadilla, en la más estricta normalidad, lo
que King llevará, con posterioridad, hasta sus últimas consecuencias.
Matheson, fallecido todavía no hace mucho, fue uno de los grandes maestros del
terror, quien cultivó además la práctica totalidad del espectro de la literatura de
imaginación, del thriller y la serie negra a la fantasía romántica y la ciencia ficción,
siendo su papel en el genero y en su irreversible proceso de modernización
fundamental y nunca suficientemente bien ponderado. Como curiosidad final, reseñar
que la novelización de En los límites de la realidad, que incluye por supuesto su
propio remake del relato de Matheson, corrió a cargo de… Robert Bloch.

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PESADILLA A 20.000 PIES[1]

—Los cinturones, por favor —dijo animadamente la azafata al pasar a su lado.


Casi al mismo tiempo que lo dijo, el rótulo sobre el arco de la entrada que
comunicaba con el compartimento delantero se iluminó —ABRÓCHENSE LOS
CINTURONES— con su correspondiente advertencia inferior: NO FUMAR. Wilson
tomó una bocanada profunda y la exhaló a borbotones, y luego espachurró el
cigarrillo sobre el cenicero del reposabrazos con un gesto irritado, como si estuviera
dando puñaladas.
Fuera, uno de los motores tosió monstruosamente, vomitando una nube de
vapores que se fragmentó en la atmósfera nocturna. El fuselaje empezó a temblar y
Wilson, echando un vistazo por la ventana, vio la emisión de llamas surgiendo de la
barquilla del motor. El segundo motor tosió, luego rugió, su turbina convertida
instantáneamente en un borrón de revoluciones. Con tensa docilidad, Wilson se
abrochó el cinturón sobre el regazo.
Ya estaban funcionando todos los motores, y la cabeza de Wilson palpitaba al
unísono con el fuselaje. Permaneció muy rígido, mirando el asiento que tenía delante,
mientras el DC-7 rodaba sobre la plataforma de estacionamiento, calentando la noche
con el atronador estallido de sus escapes.
Se detuvo al borde de la pista de despegue. Wilson observó a través de la ventana
el inmenso resplandor de la terminal. Pensó que a última hora de la mañana, duchado
y vestido con ropa limpia, estaría sentado en el despacho de otro contacto,
discutiendo otro negocio dudoso, cuyo resultado neto no añadiría ni una pizca de
sentido a la historia de la humanidad. Era todo tan condenadamente…
Wilson tragó saliva cuando los motores empezaron su carrera de calentamiento
previa al despegue. El sonido, que ya era fuerte, se volvió ensordecedor; oleadas de
sonido que chocaban contra los oídos de Wilson como bastonazos. Abrió la boca
como para dejar que se derramaran. Sus ojos se vidriaron como los de un hombre
enfermo, sus manos se apretaron un garras tensas.
Dio un respingo, retrayendo las piernas, al sentir que le tocaban el brazo.
Apartando la cabeza de golpe, vio a la azafata que le había recibido en la puerta. Le
estaba sonriendo.
—¿Se encuentra bien? apenas consiguió distinguir sus palabras.
Wilson apretó los labios y agitó la mano ante ella como si quisiera espantarla. Su
sonrisa centelleó con un resplandor excesivo, y luego se extinguió cuando se dio la
vuelta y se alejó.
El avión empezó a moverse. Al principio de forma letárgica, como un coloso que
se esforzara por levantar la carga de su propio peso. Luego con más velocidad,
sacudiéndose la resistencia de la fricción. Wilson, volviéndose a la ventanilla, vio la

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pista oscura corriendo a su lado cada vez más rápido. Se produjo un gemido
mecánico en el extremo del ala cuando bajaron los alerones. Entonces, de forma
imperceptible, las ruedas gigantescas comenzaron a perder contacto con el suelo, y la
tierra empezó a quedarse atrás. Debajo, centellearon los árboles, los edificios, las
flechas de mercurio de los faros de los coches. El DC-7 se escoró lentamente a la
derecha, elevándose hacia el resplandor gélido de las estrellas.
Por fin se enderezó, y los motores parecieron detenerse hasta que el oído de
Wilson, al ajustarse, captó el murmullo de su velocidad de crucero. Un momento de
alivio liberó sus músculos, transmitiéndole cierta sensación de bienestar. Luego pasó.
Wilson permaneció sentado e inmóvil, mirando el cartel de PROHIBIDO FUMAR
hasta que se apagó con un parpadeo, y entonces encendió un cigarrillo rápidamente.
Rebuscó en la bolsa trasera del asiento que tenía delante y sacó su periódico.
Como de costumbre, el mundo se encontraba en un estado similar al suyo.
Fricciones en círculos diplomáticos, terremotos y tiroteos, asesinatos, violaciones,
tornados y colisiones, conflictos económicos, crimen organizado. Dios está en el
Cielo y todo está en paz en la Tierra, pensó Arthur Jeffrey Wilson.
Quince minutos después, abandonó el periódico. Tenía el estómago fatal. Echó un
vistazo al cartel de los dos lavabos. Ambos, iluminados, decían OCUPADO. Sacó su
tercer cigarrillo desde el despegue y, apagando la luz de arriba, miró a través de la
ventanilla.
A lo largo de toda la cabina, la gente ya estaba apagando las luces y reclinando
los asientos para dormir. Wilson miró su reloj. Las once y veinte. Resopló
cansinamente. Como se temía, las píldoras que había tomado antes de embarcar no le
habían hecho el menor bien.
Se levantó bruscamente cuando la mujer salió del lavabo. Agarró su bolsa y
avanzó por el pasillo.
Como era de esperar, su organismo no estaba cooperando. Wilson se levantó con
un gemido de cansancio y se ajustó las ropas. Tras lavarse las manos y la cara, sacó el
juego de aseo de la bolsa y exprimió un hilo de pasta sobre su cepillo de dientes.
Mientras se cepillaba, con una mano agarrada a la mampara para sujetarse, echó
un vistazo a través de la portilla. A unos metros de distancia estaba el azul pálido de
la hélice interior. Wilson visualizó lo que ocurriría si se soltara y, como un cuchillo de
carnicero de tres hojas, viniera dando vueltas hacia él.
Se produjo un encogimiento repentino en su estómago. Wilson tragó
instintivamente, y un poco de saliva con sabor a dentífrico bajó por su garganta.
Boqueando, se volvió y escupió en la pila, y luego, apresuradamente, se lavó la boca
y bebió un trago. Santo Ciclo, ojalá hubiera podido ir en tren. Tendría su propio
compartimento, daría un paseo ocasional hasta el vagón cafetería, se sentaría en un
sillón con una bebida y una revista. Pero en este mundo no disponía de tanto tiempo
ni de tanta fortuna.

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Estaba a punto de recoger el juego de aseo cuando su mirada se detuvo en el
paquete de hule que llevaba en la bolsa. Vaciló; luego, dejando el pequeño maletín
sobre la pila, sacó el paquete y lo abrió sobre su regazo.
Se quedó sentado, mirando la engrasada simetría de la pistola. Ya hacía casi un
año que la llevaba encima. Al principio, cuando se le ocurrió, fue por el dinero que
transportaba, para protegerse de un atraco, para estar a salvo de las pandillas juveniles
de las ciudades que tenía que visitar. Pero, en el fondo, siempre había sabido que sólo
había una razón válida. Una razón en la que pensaba todos los días. Qué sencillo
sería… aquí, ahora…
Wilson cerró los ojos y tragó saliva rápidamente. Todavía podía saborear la pasta
dentífrica en la boca, un leve picor de menta en flor. Se quedó sentado sobre el frío
palpitante del inodoro, con el aceitoso revólver en las manos. Hasta que, de pronto,
empezó a estremecerse de forma incontrolable. ¡Dios, déjame!, gritó su mente con
brusquedad.
—Déjame, déjame —apenas reconoció el lloriqueo en sus oídos.
Bruscamente, Wilson se irguió en el asiento. Con los labios apretados, envolvió
otra vez la pistola y la arrojó a la bolsa, puso la cartera encima y cerró la cremallera
de la bolsa. Se levantó, abrió la puerta y salió al exterior, volvió apresuradamente a su
plaza y se sentó, deslizando el bolso de viaje hasta su sitio exacto. Ajustó el regulador
del reposabrazos y se reclinó hacia atrás. Era un hombre de negocios y tenía negocios
que hacer por la mañana. Así de sencillo. Su cuerpo necesitaba sueño, y él le daría
sueño.
Veinte minutos después, Wilson se inclinó lentamente y apretó el botón,
enderezando el asiento, su cara una máscara de derrota. ¿Por qué combatirlo?, pensó.
Era obvio que iba a permanecer despierto. No había más que hablar.
Había terminado más de la mitad del crucigrama cuando dejó que el papel cayera
sobre sus piernas. Sus ojos estaban demasiado cansados. Irguiéndose, giró los
hombros, estirando los músculos de la espalda. ¿Ahora qué?, pensó. No quería leer,
no podía dormir. Y todavía faltaban —comprobó su reloj— entre siete y ocho horas
para llegar a Los Angeles. ¿Cómo iba a pasarlas? Echó un vistazo a la cabina y vio
que, excepto un único pasajero en el compartimento delantero, todos estaban
dormidos.
Una furia repentina y abrumadora le invadió. Quería chillar, tirar algo, golpear a
alguien. Apretó los clientes con tanta rabia que le dolieron las mandíbulas, corrió las
cortinillas con mano temblorosa y lanzó una mirada asesina a través de la ventana.
Fuera, vio las luces de las alas que parpadeaban encendiéndose y apagándose, y
los relámpagos chillones del escape de las cubiertas de los motores. Ahí era donde
estaba, pensó; a veinte mil pies sobre la tierra, atrapado en un cascarón aullante y
mortal, atravesando la noche polar hacia…
Wilson dio una sacudida cuando un relámpago blanqueó el cielo, derramando su
falso día sobre el ala. Tragó saliva. ¿Es que iba a haber tormenta? La idea de la lluvia

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y los fuertes vientos, del avión como una astilla en el mar del cielo, no era agradable.
Wilson era mal pasajero de avión. El exceso de movimiento siempre le ponía malo.
Tal vez debería haberse tomado otro par de dramaminas para asegurarse. Y, por
supuesto, su asiento estaba al lado de la puerta de emergencia. Imaginó que se abría
accidentalmente; imaginó que era absorbido fuera del avión y que caía, chillando.
Wilson pestañeó y agitó la cabeza. Sintió un leve cosquilleo en la nuca al pegarse
a la ventanilla y mirar al exterior. Se quedó inmóvil, bizqueando. Podría haber
jurado…
De pronto, los músculos de su estómago se sacudieron violentamente y forzó la
vista. Había algo arrastrándose sobre el ala.
Wilson sintió un temblor repentino y nauseabundo en el estómago. Santo Cielo,
¿es que algún perro o algún gato se había subido al avión antes del despegue y había
conseguido agarrarse de alguna forma? Era una idea escalofriante. El pobre animal
estaría enloquecido por el terror. Sin embargo, ¿cómo habría podido encontrar algún
asidero en la superficie bruñida y barrida por el viento? Tenía que ser imposible.
Puede que en realidad se tratara de un pájaro o…
El relámpago centelleó y Wilson vio que era un hombre.
No pudo reaccionar. Estupefacto, observó la figura negra arrastrándose sobre el
ala. Imposible. En algún lugar, envuelta en capas de aturdimiento, una voz se lo
decía, pero Wilson no la escuchó. De lo único que era consciente era del palpitar
titánico y casi desgarrador de su corazón… y del hombre que había fuera.
De pronto, como si le hubieran arrojado agua helada encima, se produjo una
reacción; su mente saltó en busca del refugio de una explicación. Debido a algún
descuido increíble, un mecánico había despegado con el avión y había conseguido
aferrarse a él, aunque el viento le había arrancado las ropas, aunque el aire era escaso
y casi gélido.
Wilson no se dio tiempo para contradecirse. Poniéndose en pie de un salto, gritó;
—¡Azafata! ¡Azafata!
Su voz fue un sonido hueco y repiqueteante en la cabina. Clavó el dedo en el
timbre para llamarla.
—¡Azafata!
Llegó corriendo por el pasillo, su rostro tenso por la alarma. Cuando vio su
mirada, se quedó paralizada.
—¡Hay un hombre ahí fuera! ¡Un hombre! —gritó Wilson.
—¿Qué? —La piel se estiró en sus mejillas, alrededor de sus ojos.
—¡Mire, mire! —con mano temblorosa, Wilson se dejó caer de nuevo sobre su
asiento y señaló la ventanilla—: Está arrastrándose hacia…
Las palabras terminaron con un gorgoreo ahogado en su garganta. No había nada
en el ala.
Wilson se quedó sentado, temblando. Durante un rato, antes de volverse,
contempló el reflejo de la azafata en la ventanilla. Tenía una expresión vacía en el

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rostro.
Por fin, se volvió y la miró. Vio sus labios rojos separarse como si quisiera hablar,
pero no dijo nada, sólo volvió a unir los labios y a tragar. Un intento de sonrisa
distendió brevemente sus rasgos.
—Lo siento —dijo Wilson—. Debe de haber sido una…
Se detuvo como si hubiera terminado la frase. Al otro lado del pasillo una
adolescente le miraba con la boca entreabierta, presa de una curiosidad soñolienta.
La azafata se aclaró la garganta.
—¿Necesita algo? —preguntó.
—Un vaso de agua —dijo Wilson.
La azafata se dio la vuelta y volvió por el pasillo.
Wilson tomó una honda bocanada de aire y se apartó del escrutinio de la
jovencita. Se sentía como si no hubiera pasado nada. Eso era lo que más le
desconcertaba. ¿Dónde estaban las visiones, los gritos, el golpear de puños sobre las
sienes, el arrancarse los pelos?
Cerró bruscamente los ojos. Había un hombre, pensó. Había un hombre, de
verdad. Por eso se sentía igual. Y sin embargo, no podía haberlo habido. Lo sabía con
toda claridad.
Wilson permaneció sentado con los ojos cerrados, preguntándose que estaría
haciendo en aquellos momentos Jacqueline si estuviera en el asiento de al lado.
¿Estaría en silencio, atónita, sin habla? ¿O estaría, de una manera más comprensiva,
haciendo todo tipo de aspavientos, sonriendo, charlando, fingiendo que no lo había
visto? ¿Qué pensarían sus hijos? Wilson sintió que un sollozo seco amenazaba con
estallar en su pecho. Oh, Dios…
—Su agua, señor.
Con una sacudida, Wilson abrió los ojos.
—¿Quiere una manta? —preguntó la azafata.
—No —agitó la cabeza—. Gracias —añadió, preguntándose por qué estaba
siendo tan educado.
—Si necesita cualquier cosa, sólo tiene que llamar —dijo.
Wilson asintió.
Detrás de él, mientras permanecía sentado con el vaso de agua sin tocar en la
mano, oyó las voces ahogadas de la azafata y de uno de los pasajeros. Dolido, Wilson
se puso tenso. Se inclinó bruscamente y, teniendo cuidado de no derramar el agua,
sacó la bolsa de viaje. La abrió, extrajo la caja de somníferos y se tragó dos. Estrujó
el vaso vacío, lo introdujo en el bolsillo del asiento que tenía delante, y luego, sin
mirar, corrió las cortinillas. Ya está… se acabó. Una alucinación no significaba que
estuviera loco.
Wilson se giró sobre el costado derecho e intentó mantenerse firme contra el
movimiento entrecortado de la nave. Tenía que olvidarlo, eso era lo más importante.
No podía seguir dándole vueltas. Inesperadamente, descubrió que una sonrisa irónica

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se formaba en sus labios. Bueno, por Dios, al menos nadie podría acusarle de tener
alucinaciones vulgares. Cuando se ponía, lo hacía a lo grande. Un hombre desnudo
arrastrándose sobre el ala de un DC-7 a veinte mil pies… era una fantasía digna del
más noble de los lunáticos.
Su humor se esfumó rápidamente. Wilson sintió un escalofrío. Había sido tan
clara, vivida. ¿Cómo habían podido ver sus ojos algo que no existía? ¿Cómo había
podido lo que estaba en su mente hacer que el acto físico de ver sirviera a sus
propósitos de una forma tan completa? No se sentía aturdido, ni mareado, ni había
sido una visión amorfa y vaporosa. Había sido claramente tridimensional, había
formado por completo parte de las cosas que veía y que sabía que eran reales. Eso era
lo que le asustaba. No había tenido la menor cualidad onírica. Había mirado el ala
y…
Con un impulso, Wilson retiró la cortinilla.
En el primer instante, no supo si sobreviviría. Parecía que todo el contenido de su
pecho y de su estómago se estuviera hinchando horriblemente, el sobrante subiéndole
por la garganta y la cabeza, ahogándole la respiración, apretándole los ojos.
Prisionero en aquella masa hinchada, su corazón palpitó acongojado, amenazando
con reventar su envoltorio mientras Wilson permanecía sentado, paralizado.
Apenas a un palmo, separado de él por el grosor de un trozo de cristal, el hombre
le estaba mirando.
Era un rostro repugnantemente maligno, no era un rostro humano. Su piel era
mugrienta, de una aspereza de anchos poros; la nariz era un bulto achatado y
descolorido; los labios estaban deformes, agrietados, separados por dientes de un
tamaño grotesco y forma retorcida; los ojos estaban hundidos y eran pequeños… y no
parpadeaban. El conjunto estaba enmarcado por un pelo revuelto y sucio que brotaba
también en tupidos mechones de los oídos y la nariz del hombre, como si fuera un
pájaro, y que bajaba por sus mejillas.
Wilson se quedó clavado a su asiento, incapaz de dar respuesta. El tiempo se
detuvo y perdió su significado. Todas las funciones y análisis cesaron. Todo se quedó
paralizado en el hielo del estupor. Sólo continuó el latido del corazón, como un saltar
frenético en la oscuridad. Wilson no era capaz ni de parpadear. Con los ojos abiertos,
sin aliento, devolvía la mirada de la criatura.
Entonces, bruscamente, cerró los ojos y su mente, libre de la visión, se
recompuso. No está ahí, pensó. Apretó los dientes, el aliento temblando en sus
narices. No está ahí, sencillamente no está ahí.
Aferrando los reposabrazos con dedos que se volvían pálidos en los nudillos,
Wilson fortaleció su ánimo. Ahí fuera no hay ningún hombre, se repitió. Era
imposible que hubiera un hombre ahí fuera, agazapado en el ala, mirándole.
Abrió los ojos…
… y se encogió sobre el asiento con una bocanada de aire jadeante. El hombre no
sólo seguía allí, sino que estaba sonriendo. Wilson cerró los dedos y se clavó las uñas

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en las palmas hasta que el dolor fue intenso. Siguió así hasta que no quedó duda
alguna en su mente de que estaba completamente despierto.
Entonces, poco a poco, con el brazo tembloroso y entumecido, Wilson se estiró
hacia el timbre para llamar a la azafata. No volvería a cometer el mismo error: gritar,
levantarse de un salto, alarmar a la criatura para que huyera. Empezó a levantar
lentamente el brazo, con un temblor horrorizado en los músculos porque el hombre le
estaba observando, los ojuelos siguiendo el movimiento de su brazo.
Apretó el botón cautelosamente una, dos veces. Venga ahora, pensó. Venga ahora
con sus ojos objetivos y vea lo que yo veo… Pero dese prisa.
Oyó cómo se retiraba una cortina en la parte posterior de la cabina y, de pronto,
su cuerpo se puso rígido. El hombre había girado su monstruosa cabeza en aquella
dirección. Paralizado, Wilson le miró. Aprisa, pensó. ¡Por amor de Dios, dese prisa!
Se acabó en un segundo. Los ojos del hombre volvieron a mirar a Wilson, en sus
labios una sonrisa de astucia monstruosa. Luego, con un salto, desapareció.
—¿Qué desea?
Por un instante, Wilson sintió la angustia absoluta de la locura. Su mirada no
dejaba de saltar del sitio donde había estado el hombre a la cara inquisitiva de la
azafata, y así una y otra vez. De vuelta a la azafata, y otra vez al ala, y de nuevo a la
azafata, el aliento contenido, los ojos desquiciados por el pavor.
—¿Qué ocurre? —preguntó la azafata.
Fue la mirada en su rostro la que lo provocó. Wilson suprimió sus emociones.
Nunca le creería. Lo comprendió en un instante.
—Lo… lo siento —balbució. Tragó tan secamente que produjo un sonido
gorgoteante en su garganta—. No es nada… Discúlpeme.
Resultaba obvio que la azafata no sabia qué decir. Seguía inclinándose contra el
movimiento de mecedora de la nave, con una mano agarrada al respaldo del asiento
que había al lado del de Wilson, y la otra moviéndose blandamente por la costura de
la falda. Sus labios estaban levemente separados, como si quisiera hablar pero no
pudiera encontrar las palabras.
—Bueno —dijo por último, y se aclaró la garganta—. Si… necesita algo.
—Sí, sí. Gracias. ¿Vamos a… meternos en una tormenta?
La azafata sonrió apresuradamente.
—Una pequeñita —dijo—. Nada de lo que preocuparse.
Wilson asintió con breves sacudidas. Luego, mientras la azafata se alejaba, tomó
aliento violentamente y notó cómo le ardían las narices. Estaba seguro de que ya le
tomaba por loco, pero no sabía qué hacer porque en sus cursillos de preparación no le
habían dado instrucciones sobre cómo ocuparse de los pasajeros que creyeran ver
hombrecillos agazapados en el ala.
¿Que creyeran?
Wilson giró la cabeza bruscamente y miró al exterior. Miró la silueta oscura del
ala, la llamarada de los escapes, las luces parpadeantes. Había visto al hombre, eso

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podía jurarlo. ¿Cómo podía ser plenamente consciente de todo lo que le rodeaba,
como podía estar cuerdo en todos los sentidos, y al mismo tiempo imaginar algo así?
¿Era lógico que la mente, al desmoronarse, en lugar de distorsionar toda la realidad,
insertara una visión extraña en el conjunto todavía intacto de los detalles?
No, no era lógico en absoluto.
De pronto, Wilson pensó en la guerra, en las noticias de los periódicos que
hablaban de la existencia de supuestas criaturas en el cielo que habían hostigado a los
pilotos aliados durante sus misiones. Recordaba que les llamaban gremlins. ¿Existían
realmente unos seres así? ¿Existían realmente en las alturas, sin caer nunca,
cabalgando en el viento, en apariencia dotados de masa y peso, y sin embargo
inmunes a la gravedad?
Estaba pensando en eso cuando el hombre volvió a aparecer.
El ala estaba vacía. Y de pronto, descendiendo en arco, el hombre cayó de un
salto sobre ella. No pareció que produjera ningún impacto. Aterrizó de forma
insegura, con sus brazos cortos y peludos estirados como para mantenerse en
equilibrio. Wilson se puso tenso. Sí, había inteligencia en su mirada. El hombre —
¿podía pensar en él como un hombre?—, de alguna forma comprendía que había
engañado a Wilson para que llamase a la azafata en vano. Wilson sintió que temblaba,
alarmado. ¿Cómo podía demostrar a los demás la existencia del hombre? Miró a su
alrededor con desesperación. La muchacha del otro lado del pasillo. Si le hablaba
suavemente y la despertaba, ella podría…
No, el hombre se alejaría de un salto antes de que pudiera verle. Probablemente a
lo alto del fuselaje, donde nadie podría verle, ni siquiera los pilotos desde su carlinga.
Wilson sintió un repentino estallido de autorreproche por no haber comprado aquella
cámara que Walter había pedido. Santo Cielo, pensó, si pudiera sacar una foto de
aquel hombre.
Se inclinó hacia la ventanilla. ¿Qué estaba haciendo?
Bruscamente, la oscuridad pareció aparrarse de un salto. El relámpago pintó de
blanco el ala y Wilson lo vio. Como un niño curioso, el hombre estaba agachado
sobre el borde oscilante del ala, estirando su mano derecha hacia una de las turbinas
giratorias.
Mientras Wilson lo observaba, fascinadamente horrorizado, la mano del hombre
se acercó cada vez más a la turbina borrosa hasta que, de pronto, se apartó de golpe y
los labios del hombre se fruncieron en un grito sin sonido. ¡Había perdido un dedo!,
pensó Wilson, asqueado. Pero, de inmediato, el hombre volvió a estirar la mano, su
nudoso dedo extendido, la imagen de un niño monstruoso intentando detener el giro
de la paleta de un ventilador.
Si no hubiera estado tan admirablemente fuera de. lugar, habría sido divertido,
pues, visto de forma objetiva, el hombre, en aquel momento, era una imagen cómica:
un duende de. cuento de hadas que había cobrado vida, con el viento azorándole la
cabeza y el cuerpo, toda su atención concentrada en el giro de la hélice. ¿Cómo podía

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inventarse aquella locura?, pensó repentinamente Wilson. ¿Qué podía revelarle sobre
sí mismo aquel pequeño horror burlesco?
Una y otra vez, con Wilson observándole, el hombre estiró la mano. Una y otra
vez retiró los dedos, a veces incluso metiéndoselos en la boca como para enfriarlos. Y
siempre echaba un vistazo por encima del hombro y miraba a Wilson, según parecía
para cerciorarse de que seguía allí. Lo sabe, pensó Wilson. Sabe que esto es un juego
entre los dos. Si consigo que alguien le vea, pierde. Si yo soy el único testigo, gana.
La leve sensación de diversión desapareció. Wilson apretó los dientes. ¿Por qué
demonios no le veían los pilotos?
El hombre, ya sin interés por la turbina, se estaba sentando sobre la cubierta del
motor como si fuera a horcajadas de un caballo. Wilson se quedó mirándole.
Bruscamente, un escalofrío se deslizó por su espalda. El hombrecillo estaba tirando
de las planchas que envolvían el motor, intentando meter las uñas debajo de ellas.
Impulsivamente, Wilson estiró la mano y apretó el botón que llamaba a la azafata.
La oyó venir desde el fondo de la cabina y, durante un segundo, pensó que había
engañado al hombre, que parecía absorto en sus esfuerzos. En el último momento, sin
embargo, justo antes de que llegara la azafata, el hombre lanzó una mirada a Wilson.
Entonces, como una marioneta a la que retiraran del escenario tirando de sus cables,
volvió a salir volando por los aires.
—¿Sí? —le miró temerosamente.
—¿Podría… hacerme el favor de sentarse? —preguntó él.
Ella vaciló.
—Bueno, yo…
—Por favor.
Se sentó cautelosamente en el asiento de al lado.
—¿Qué le ocurre, señor Wilson? —preguntó.
Él reunió valor.
—El hombre sigue fuera —dijo.
La azafata le miró.
—La razón por la que le cuento esto —siguió apresuradamente Wilson— es que
ha empezado a manipular uno de los motores.
Ella volvió los ojos instintivamente hacia la ventanilla.
—No, no, no mire —le dijo—. Ahora no está —se aclaró la garganta
vistosamente—. Se… aleja cada vez que viene usted.
Una náusea repentina se apoderó de él al comprender lo que ella debía de estar
pensando. Al comprender lo que él mismo estaría pensando si alguien le contara una
historia semejante, una oleada de aturdimiento pareció recorrerle y pensó: ¡Me estoy
volviendo loco!
—La cuestión es —dijo, resistiéndose al pensamiento—, que si no me lo estoy
imaginando, la nave está en peligro.
—Sí —dijo ella.

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—Lo sé —dijo él—. Cree que he perdido la cabeza.
—Por supuesto que no —dijo.
—Lo único que pido es lo siguiente —dijo, luchando contra la marea de la ira—.
Dígale a los pilotos lo que le he dicho. Pídales que echen un vistazo a las alas. Si no
ven nada… muy bien. Pero si lo ven…
La azafata se quedó sentada en silencio, mirándole. Las manos de Wilson se
cerraron en puños que temblaban en su regazo.
—¿Y bien? —preguntó.
Ella se puso en pie.
—Se lo diré —dijo.
Se dio la vuelta y continuó por el pasillo con un movimiento que a Wilson le
pareció poco natural, demasiado rápido para ser normal, pero claramente reprimido,
como si quisiera asegurarle que no estaba huyendo. Sintió que su estómago se
retorcía al volver a mirar por el ala.
Bruscamente, el hombre volvió a aparecer, aterrizando en el ala como un grotesco
bailarín de ballet. Wilson observó cómo reanudaba su trabajo, montándose sobre el
motor con sus piernas gruesas y desnudas y tirando de las planchas.
Bueno, ¿por qué se preocupaba tanto?, pensó Wilson. Aquella miserable criatura
no podría arrancar los clavos con las uñas. En realidad, no importaba que los pilotos
le vieran o no, al menos en lo referente a la seguridad del avión. En cuanto a sus
propias razones personales…
Justo en ese momento, el hombre levantó el borde de una plancha.
Wilson tragó saliva.
—¡Aquí, rápido! —gritó, observando que la azafata y el piloto salían por la puerta
de la carlinga.
Los ojos del piloto se movieron hacia Wilson, y de pronto, bruscamente, empujó a
la azafata y avanzó dando tumbos por el pasillo.
—¡Aprisa! —gritó Wilson. Miró por la ventana a tiempo de ver cómo el hombre
saltaba hacia arriba. Ya no importaba. Había pruebas.
—¿Qué está pasando? —preguntó el piloto, deteniéndose sin aliento a su lado.
—¡Ha arrancado una de las planchas de los motores! —dijo Wilson con voz
temblorosa.
—¿Que ha hecho qué?
—¡El hombre de fuera! —dijo Wilson—. ¡Le digo que ha…!
—¡Señor Wilson, baje la voz! —ordenó el piloto. Wilson dejó caer la mandíbula.
—No sé qué está pasando aquí —dijo el piloto—, pero…
—¡¿Quiere hacer el favor de mirar?! —gritó Wilson.
—Señor Wilson, se lo advierto.
—¡Por el amor de Dios! —Wilson tragó saliva rápidamente, intentando reprimir
la rabia cegadora que sentía. Bruscamente, se recostó sobre el asiento y señaló la

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ventana con la mano paralizada—. ¿Quiere hacer el favor de mirar, por el amor de
Dios?
Tomando aliento nerviosamente, el piloto se inclinó. Al momento, su mirada
volvió con frialdad a la de Wilson.
—¿Y bien? —preguntó.
Wilson volvió la cabeza. Las planchas estaban en su posición normal…
—Oh, no, espere —dijo antes de que llegara el pavor—. Le vi levantar esa
plancha.
—Señor Wilson, si no…
—Le digo que le he visto levantarla —dijo Wilson.
El piloto se quedó mirándole con la misma expresión horrorizada que había
mostrado la azafata. Wilson se estremeció violentamente.
—¡Oiga, le he visto! —gritó. El chasquido repentino de su voz le espantó.
Al momento, el piloto estuvo sentado a su lado.
—Señor Wilson, por favor —dijo—. Vale, le ha visto. Pero recuerde que hay más
personas a bordo. No debe alarmarlas.
Al principio, Wilson estaba demasiado perturbado para entenderlo.
—¿Quiere decir… quiere decir que usted lo ha visto? —preguntó.
—Por supuesto —dijo el piloto—, pero no queremos asustar a los pasajeros.
Compréndalo.
—Por supuesto, por supuesto, yo no quiero…
Wilson sintió un espasmo enroscándosele en la ingle y el bajo vientre. De pronto,
apretó los labios y miró al piloto con ojos malévolos.
—Lo comprendo —dijo.
—Lo que tenemos que recordar… —empezó el piloto.
—Es suficiente —dijo Wilson.
—¿Señor?
Wilson se estremeció.
—Váyase de aquí —dijo.
—Señor Wilson, ¿qué…?
—¿Quiere hacer el favor de dejarlo ya?
Con la cara pálida, Wilson se apartó del piloto y miró el ala, con los ojos como
piedras.
De pronto, volvió a mirarle.
—¡Esté tranquilo, no volveré a decir otra palabra! —exclamó.
—Señor Wilson, intente comprender nuestra…
Wilson se giró y miró enfurecido el motor. Por el rabillo del ojo, vio a dos
pasajeros de pie en el pasillo, mirándole. ¡Idiotas!, estalló su cerebro. Sintió que sus
manos empezaban a temblar y, durante unos segundos, tuvo miedo de vomitar. Es el
movimiento, se repitió. El avión saltaba en el aire como tina barca maltratada por un
vendaval.

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Se dio cuenta de que el piloto seguía hablándole y, estrechando los ojos, miró el
reflejo del hombre en la ventanilla. A su lado, sombríamente muda, la azafata
permanecía en pie. Wilson pensó que los dos eran unos idiotas ciegos. No dio
muestras de haber notado su partida.
Reflejados en la ventanilla, vio que se dirigían hacia la parte trasera de la cabina.
Ahora estarán hablando de mí, pensó. Haciendo planes por si me pongo violento.
Deseó que el hombre reapareciese, que arrancase la plancha de la cubierta y que
estropease el motor. Le producía un placer rencoroso saber que sólo él se interponía
entre la catástrofe y las más de treinta personas que iban a bordo. Si lo deseaba, podía
permitir que se produjera una catástrofe. Wilson sonrió sin humor. Menudo suicidio
sería ése, pensó.
El hombrecillo volvió a dejarse caer y Wilson vio que lo que había pensado era
correcto: el hombre había vuelto a colocar la plancha en su sitio antes de alejarse de
un salto. Pues ahora volvía a tirar de ella y la levantaba con facilidad, pelándola como
si fuera una piel extirpada por un cirujano grotesco. El movimiento del ala era muy
irregular, pero el hombre parecía no tener ninguna dificultad en permanecer
equilibrado.
Wilson volvió a sentir el pánico. ¿Qué podía hacer? Nadie le creía. Si seguía
intentando convencerlos, probablemente le reducirían por la fuerza. Si pedía a la
azafata que se sentara a su lado, obtendría, en el mejor de los casos, un respiro
momentáneo. En el momento en que se fuera o, si no lo hacía, en el momento en que
se quedara dormida, el hombre regresaría. Aunque permaneciera despierta a su lado,
¿qué impediría que el hombre manipulase los motores de la otra ala? Wilson se
estremeció, con la frialdad del pánico enroscándosele en los huesos.
Santo Cielo, no podía hacer nada.
Dio una sacudida cuando, al otro lado de la ventanilla por la cual observaba al
hombrecillo, pasó el reflejo del piloto. La locura de aquel momento casi le hizo
desmoronarse; el hombre y el piloto a un palmo el uno del otro, ambos vistos por él
pero sin ser conscientes de su mutua presencia. No, no era cierto. El hombrecillo
había echado un vistazo sobre su hombro cuando pasó el piloto. Como si supiera que
ya no había necesidad de seguir saltando, que la capacidad de Wilson para interferir
había llegado a su fin. De pronto, Wilson tembló con una furia cegadora. ¡Te matare!,
pensó, ¡te mataré, sucio animal!
Fuera, el motor vaciló.
Duró sólo un segundo, pero, en ese segundo, a Wilson le pareció que su corazón
también se había detenido. Se apoyó contra la ventanilla, mirando. El hombre había
doblado la plancha de la cubierta y ahora estaba arrodillado, metiendo una mano
curiosa dentro del motor.
—No —Wilson oyó el sollozo de su propia voz suplicante—. No…
Una vez más, el motor falló. Wilson miró alrededor, horrorizado. ¿Es que estaban
todos sordos? Levantó la mano para apretar el botón de la azafata, y al momento la

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retiró. No, le encerrarían, le contendrían de alguna forma. Y él era el único que sabía
lo que estaba ocurriendo, el único que podía ayudar.
—Dios… —Wilson se mordió el labio inferior hasta que el dolor le hizo lanzar un
gemido. Volvió a darse la vuelta y se sacudió. La azafata corría por el pasillo
oscilante. ¡Lo había oído! La observó fijamente y vio que le miraba al pasar junto a
su asiento.
Se detuvo tres asientos más allá. ¡Alguien más lo había oído! Wilson observó
cómo la azafata se indinaba, hablando con el pasajero invisible. Fuera, el motor
volvió a toser. Wilson giró la cabeza y miró afuera con los ojos inyectados de horror.
—¡Maldito seas! —gimió.
Se volvió de nuevo y vio a la azafata acercarse por el pasillo. No parecía
alarmada. Wilson la miró con ojos incrédulos. No era posible. Se dio la vuelta para
seguir su movimiento oscilante y la vio entrar en la cocina.
No Wilson ya se agitaba tanto que no podía dominarse. Nadie lo había oído.
Nadie lo sabía.
De pronto, Wilson se inclinó y sacó la bolsa de viaje de debajo del asiento. La
desabrochó, sacó su maletín y lo arrojó sobre la moqueta. Luego, volviendo a meter
la mano, agarró el paquete de hule y lo estiró. Por el rabillo del ojo, vio volver a la
azafata y empujó la bolsa debajo del asiento con los zapatos, colocando el paquete de
hule a su lado. Se quedó sentado rígidamente, jadeante, mientras ella pasaba.
Luego se puso el paquete sobre el regazo y lo desenvolvió. Sus movimientos eran
tan febriles que la pistola casi se le cayó. La cogió por el cañón, luego apretó la culata
con dedos de nudillos blancos y quitó el seguro. Echó un vistazo al exterior y notó
que le invadía el frío.
El hombre le estaba mirando.
Wilson apretó sus temblorosos labios. Era imposible que el hombre supiera lo que
pretendía hacer, tragó saliva e intentó recuperar el aliento. Deslizó la mirada hacia
donde la azafata estaba ofreciendo unas pastillas al pasajero de más adelante, y luego
volvió a mirar el ala. El hombre volvía a dedicarse al motor, metiendo la mano.
Wilson apretó la pistola con más fuerza. Empezó a levantarla.
De pronto, la bajó. La ventana era demasiado gruesa. La bala podría rebotar y
matar a uno de los pasajeros. Se estremeció y miró al hombrecillo. El motor volvió a
fallar y Wilson vio cómo una erupción de chispas proyectaba su luz sobre los rasgos
bestiales del hombre. Reunió valor. Sólo había una respuesta
Bajó la mirada hacia la manecilla de la puerta de emergencia. Tenía una tapa
transparente. Wilson la soltó y la dejó caer. Miró al exterior. El hombre seguía allí,
agazapado y toqueteando el motor con la mano. Wilson tomó aliento, tembloroso.
Apoyó el pie izquierdo sobre la manecilla de la puerta y la probó. Hacia abajo no se
movía. Hacia arriba sí daba juego.
Bruscamente, Wilson dejó la pistola sobre su regazo. No había tiempo para
discusiones, se dijo a sí mismo. Con manos temblorosas, se abrochó el cinturón sobre

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los muslos. Cuando se abriera la puerta, se produciría una corriente de aire
irresistible. Por la seguridad de la nave, no debía dejarse arrastrar con ella.
Ahora. Wilson volvió a coger la pistola, con el corazón dándole saltos. Tendría
que atacar por sorpresa y con mucha precisión. Si fallaba, el hombre podría saltar al
otro ala, o aún peor, al fuselaje de la cola, donde podría cortar cables, deformar
alerones y alterar el equilibrio de la nave sin que nadie le perturbara. No, ésta era la
única manera. Dispararía bajo e intentaría alcanzar al hombre en el pecho o el
estómago. Wilson se llenó los pulmones de aire. Ahora, pensó. Ahora.
La azafata se acercó por el pasillo mientras Wilson empezaba a tirar de la
manecilla. Durante un momento, paralizada, no pudo hablar. Una mirada de horror
estupefacto deformó sus rasgos mientras levantaba una mano como si le estuviese
implorando. Entonces, repentinamente, su voz chilló por encima del ruido de los
motores.
—¡Señor Wilson, no!
—¡Atrás! —gritó Wilson, y levantó la manecilla.
Fue como si la puerta desapareciera. Primero la tenía al lado, entre las manos. Al
momento siguiente, con un rugido siseante, había desaparecido.
En el mismo instante, Wilson se sintió envuelto por una succión monstruosa que
intentó arrancarle de su asiento. La cabeza y los hombros salieron de la cabina y, de
pronto, se encontró respirando un aire tenue y gélido. Durante un instante, los
tímpanos casi estallando por el estruendo de los motores, los ojos cegados por los
vientos árticos, se olvidó del hombre. Le pareció oír un leve chillido en el torbellino
que le rodeaba, un grito lejano.
Entonces vio al hombre.
Estaba caminando por el ala, una figura retorcida que se inclinaba hacia delante,
con manos en forma de garras que se estiraban impacientes. Wilson levantó el brazo
y disparó. La explosión fue como el descorchar de una botella en medio del violento
rugido del aire. El hombre su tambaleó, dio unos manotazos y Wilson sintió un rayo
de dolor atravesándole la cabeza. Volvió a disparar a bocajarro y vio que el hombre se
tambaleaba hacia atrás. Luego, repentinamente, desapareció como si no fuera más
sólido que un muñeco de papel arrastrado por un venda val. Wilson sintió un
entumecimiento creciente en el cerebro. Sintió que la pistola caía de sus dedos
débiles.
Luego se perdió en la oscuridad invernal.

* * *

Se agitó y murmuró algo. Cierra calidez gorgoteaba en sus venas, sus miembros
parecían de madera. En la oscuridad, oyó un sonido de pies arrastrándose, un
delicado remolino de voces. Estaba tumbado, boca arriba, encima de algo que se

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movía, que se sacudía. Un viento frío le rociaba la cara y sentía la superficie
inclinarse debajo de él.
Suspiró. El avión había aterrizado y le estaban transportando en camilla.
Probablemente tenía una herida en la cabeza, además de que le habían dado una
inyección para calmarle.
—La forma más extraña de cometer suicidio de la que haya oído hablar jamás —
dijo una voz en algún sitio.
Wilson sintió el placer de la diversión. Quienquiera que hubiera hablado se
equivocaba, por supuesto. Como pronto quedaría demostrado, cuando revisaran el
motor y examinaran su herida más atentamente. Entonces comprenderían que les
había salvado a todos.
Wilson durmió sin sueños.

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Daphne du Maurier

Que tus obras, o al menos algunas de las más importantes, sean llevadas al cine por
un maestro como Alfred Hitchcock no siempre resulta tan positivo como pueda
parecer en un principio. Desde el punto de vista de muchos críticos, tanto literarios
como cinematográficos, los escritores adaptados por el Mago del Suspense han
arrastrado desde siempre el sambenito inicuo de ser autores «menores», de los que el
director británico se servía para crear sus obras maestras pero que no merecían mayor
atención. De hecho, la conclusión que se seguía de este extendido supuesto es que
Hitchcock buscaba a propósito libros de éxito popular pero de escaso valor literario,
para no sentirse de este modo condicionado a la hora de reconvertirlos en guiones y
películas de no menos éxito, pero a menudo de fidelidad regular respecto a sus
originales. Tamaña estupidez ha afectado durante décadas al reconocimiento no sólo
de nuestro buen amigo Robert Bloch, sino también de escritores de género de la ralla
de Francis lles (seudónimo de Anthony Berkeley Cox), John Buchan, Robert
Hitchens, Jack Trevor Story, Boileau y Narcejac o Arthur LaBern, todos excelentes
novelistas de crimen y misterio, y sólo más recientemente otros como Patricia
Highsmith han recibido verdadera consideración, generalmente por motivos que poco
o nada tienen que ver con su mérito literario real. Este tópico resulta particularmente
injusto y venenoso cuando nos referimos, por lo demás, a Daphne du Maurier (1907-
1989), a quien Hitchcock adaptó al cine en tres ocasiones,
Perteneciente a una familia de profunda raigambre artística e intelectual, que
incluye a su famoso abuelo, el escritor e ilustrador George du Maurier, autor de
Trilby, célebre novela romántica sobre la bohemia parisina del siglo XIX con toque
fantástico y sobrenatural —llevada también a menudo a la pantalla y, de hecho, más
conocida por el título de sus adaptaciones cinematográficas: Svengali, nombre de su
icónico e hipnótico villano—, a Daphne de Maurier se la ha tenido durante
demasiado tiempo por una suerte de «novelista romántica», epíteto que le
desagradaba profundamente, cuando, por supuesto, se trata ante todo y sobre todo de
una refinada y excelente narradora, con particular inclinación y gusto por lo
misterioso, gótico y macabro. De hecho, uno de sus grandes logros como escritora
fue llevar los elementos estructurales básicos de la novela gótica tradicional de los
siglos XVIII y XIX al XX, situando a menudo sus argumentos en el romántico y agreste
paisaje de su Cornualles natal e incluso en épocas pretéritas, pero consiguiendo que
sus personajes y situaciones adquieran la verosimilitud, profundidad y sensibilidad
moderna necesarias para resultar tan cautivadores en nuestro tiempo como lo fueran
las obras de Ann Radcliffe, Matthew Lewis, Mary Shelley o Walter Scott en el suyo,
si bien su tono y atmósfera están, por supuesto, más próximos a las grandes obras de
las hermanas Brontë o a los melodramas de crimen y misterio de Wilkie Collins y

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Dickens. El éxito de novelas como La posada Jamaica (1936), Rebeca (1938) y Mi
prima Rachel (1951), las dos primeras adaptadas por Hitchcock y la tercera llevada al
cine en al menos dos ocasiones y también a la televisión británica, instauró un nuevo
modelo de novela gótica contemporánea, catalogada a menudo como «novela de
suspense romántico», seguido e imitado con distinta fortuna por escritoras como
Mary Stewart, Joan Aiken, Victoria Holt, Dorothy Edén o Phyllis Whitney (amén de
por varios escritores que optaron por firmar sus novelas con seudónimo femenino,
para asegurarse así el éxito dentro de ese género habitualmente dirigido a las lectoras
y conocido hasta hace no demasiado tiempo como women’s own, término hoy
tácitamente prohibido por la nueva censura feminista).
Si bien es evidente que Daphne du Maurier pertenece en parte a este, por llamarlo
de algún modo, universo neogótico sentimental, también lo es que su hacer narrativo,
exquisito, imaginativo y sensual, está muy por encima de lo que ciertos historiadores
y críticos literarios podrían imaginar (algo que por fortuna empieza ya a cambiar).
Pero es que además Daphne du Maurier, señora de armas tomar, probablemente
bisexual y con un carácter de cuidado, no contenta con sus novelas, obras teatrales y
ensayos históricos o autobiográficos, escribió una notable cantidad de relatos
fundamentalmente oscuros, siniestros y macabros, que no sólo se cuentan entre lo
mejor de la ficción fantástica y de horror del siglo pasado, sino que resultan las más
de las veces sorprendentemente atrevidos, modernos y extraños. Cuentos como “Las
lentes azules”, “El manzano”, “No después de medianoche”, “La coartada” o “El
estanque”, por citar algunos de los más conocidos, destacan por su atmósfera de
extrañamiento, elegancia formal y personajes incómodos, así como por situaciones
donde lo fantástico se instala en la ambigüedad y los intersticios de la realidad, en
una suerte de surrealismo personal en el que lo cotidiano se desliza sutilmente hacia
lo absurdo y terrorífico. Su humor negro de tintes típicamente británicos, profunda
percepción de las psicologías criminales y perversas, y elegancia natural a la hora de
construir sus narraciones, hicieron que varias de ellas fueran cambien frecuente
objeto de versiones televisivas en series corno Suspense, Danger o Mystery!, entre
otras, y dos, por supuesto, conocieron sendas adaptaciones cinematográficas que
constituyen destacados hitos en el sendero hacia el cine de horror moderno. De Los
pájaros (The Birds, 1963), poco puede decirse ya que no se haya dicho antes, salvo
quizás que el relató es muy distinto a la película de Hitchcock, quien llevó la historia
a su propio terreno familiar de la comedia romántica psicosexual, aquí con
resonancias ecológicas y hasta bíblicas, si se quiere, pero sin salirse de su mundo
privado de rubias empoderadas y a la vez reprimidas y psicóticas, mientras que el
cuento original de Du Maurier —quien detestaba la película— resulta ahora
singularmente moderno por su tono y desarrollo de puro survival apocalíptico, más
próximo a La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Decad. George A.
Romero, 1968) o El incidente (The Happening. M. Night Shyamalan, 2008), que al
filme del Mago del Suspense. De “No mires atrás”, publicado en su colección de

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historias Not After Midnight de 1971 y que ofrecemos aquí, es mejor no decir
demasiado, pues cualquier cosa puede privar al lector de las muchas sorpresas que le
reserva.
Por supuesto, esas sorpresas dependen también de que no haya visto la película
Amenaza en tu sombra (Don’t Look Now, 1973), donde el Siempre imprevisible y
fascinante Nicolás Roeg adaptaba el relato con notable fidelidad, al tiempo que
construía una nueva entrega de su cine paranoico, metafísico, psicodélico y elegante,
oscilando sin prejuicios entre lo autoral y el puro género, como ocurriera a menudo
durante los últimos y ácidos —en varios sentidos— años 60 y primeros 70, cuando
como hemos visto se asentaron las bases fundamentales del cine de horror moderno.
De hecho, este singular thriller paranormal, protagonizado por unos excelentes
Donald Sutherland y Julie Christie, posee tanto el aroma británico de ciertas
producciones de la época como un esteticismo colorista y una atmósfera perversa,
indefinida y ambigua que, quizá debido también al escenario veneciano en el que se
desarrolla la trama, están muy próximos al universo del giallo, esa excéntrica y
sangrienta variante italiana del horror moderno, con un pie en el whodunit y otro en el
fantástico. En cualquier caso, No mires atrás es una película de horror esencial dentro
del cine moderno, donde se dan cita tanto los restos arqueológicos de sus orígenes
góticos y sobrenaturales, como su reinterpretación a través del thriller, los fenómenos
paranormales, el drama psicológico y cierto nihilismo en forma y fondo que deja al
espectador —y al lector— con una incómoda sensación existencial de fatalismo y
sinsentido, específicamente moderna y propia de finales del siglo XX.
Los cuentos de Daphne du Maurier, al margen de sus excelentes novelas de
suspense romántico, sitúan a su autora a la altura de Somerset Maugham, W. E
Harvey, Ambrose Bierce, M. R. James o cualesquiera maestros de la narrativa breve
anglosajona que queramos o podamos citar, y dice mucho de su propia sensibilidad y
talla intelectual que de entre las distintas versiones cinematográficas que de sus obras
se hicieran, que incluyen también curiosos thrillers como Donde el circulo termina
(The Scapegoat. Robert Hamer, 1959), sus favoritas fueran Rebeca (Rebecca. Alfred
Hitchcock, 1940), pese al cambio de final introducido por la presión del infame
Código Hays, y, por supuesto, Amenaza en la sombra, del excéntrico e inquietante
Nicolás Roeg.

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NO MIRES AHORA[1]

—No mires ahora —dijo John a su mujer—, pero hay un par de ancianas dos mesas
más allá que están intentando hipnotizarme.
Laura, rápida en reaccionar, fingió ostentosamente un bostezo y luego ladeó la
cabeza como si buscara en el cielo un avión inexistente.
—Justo detrás de ti —añadió—. Por eso no puedes volverte ahora… sería
demasiado descarado.
Laura recurrió entonces el truco más antiguo del mundo y dejó caer la servilleta.
A continuación, se inclinó para buscarla bajo sus pies, lanzando una mirada rápida
por encima del hombro izquierdo mientras se enderezaba. Hundió los carrillos, el
primer indicio de una euforia histérica reprimida, y bajó la cabeza.
—No son ancianas, ni mucho menos —dijo—. Son dos gemelos disfrazados de
mujer.
La voz se le quebró inquietantemente, el preludio de una risa descontrolada, y
John se apresuró a servir un poco más de chianti en su copa.
—Finge que te atragantas —dijo—, así no lo notarán. Ya sabes… son
delincuentes dándose una vuelta por Europa, cambiando de sexo en cada parada.
Hermanas gemelas aquí en Torcello. Hermanos gemelos mañana en Venecia, o
incluso esta noche, marchando cogidos del brazo por la plaza de San Marcos. Es solo
cuestión de cambiarse la ropa y las pelucas.
—¿Ladrones de joyas o asesinos? —preguntó Laura.
—Oh, asesinos, definitivamente. Pero, caramba, me pregunto por qué la han
tomado conmigo.
El camarero les interrumpió cuando les sirvió el café y retiró la fruta, lo cual le
dio tiempo a Laura para anular la risa histérica y recobrar la compostura.
—No se me ocurre —dijo ella— cómo es que no los vimos cuando llegamos.
Destacan demasiado. Es imposible equivocarse.
—Ese grupo de norteamericanos los tapaba —dijo John—, y el hombre con barba
y monóculo que parecía un espía. Hasta que se fueron todos no vi a los gemelos. Oh,
Dios, el que tiene un mechón de pelo blanco vuelve a mirarme.
Laura sacó la polvera del bolso y la sostuvo delante de la cara para observar el
reflejo en el espejo.
—Creo que es a mí a quien miran, no a ti —dijo ella—. Gracias a Dios dejé las
perlas al cuidado del director del hotel. —Hizo una pausa mientras se empolvaba las
aletas de la nariz—. La cuestión es que —dijo unos segundos más tarde— nos hemos
equivocado con ellos. No son ni asesinos ni ladrones. Son una pareja de patéticas y
viejas maestras de escuela retiradas de vacaciones que han ahorrado toda la vida para

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visitar Venecia. Vienen de algún lugar con un nombre como Walabanga en Australia.
Y se llaman Tilly y Tiny.
Por primera vez desde que llegaron, la voz de Laura adoptó esa efervescencia que
a él tanto le gustaba, y el ceño de preocupación entre las cejas había desaparecido.
Por fin, pensó él, por fin empieza a superarlo. Si logro que siga así, si logramos
recuperar el familiar ritual de bromas compartidas de vacaciones y en casa, las
ridículas fantasías sobre la gente en otras mesas, o si nos quedamos en el hotel, o
visitamos galerías de arte e iglesias, entonces todo volverá a la normalidad, la vida
volverá a ser como antes, la herida se curará y lo olvidará.
—¿Sabes una cosa? —dijo Laura—. Ha sido un almuerzo muy bueno. Lo he
disfrutado mucho.
Gracias a Dios, pensó él, gracias a Dios… Luego, se inclinó hacia delante y habló
en voz baja con un susurro conspirativo.
—Uno se dirige al váter —dijo— ¿Crees que él, o ella, se va a cambiar la peluca?
—No digas nada —murmuró Laura—. La seguiré y lo averiguaré. Puede que
tenga escondida por allí alguna maleta y ahora vaya a cambiarse de ropa.
Laura se puso a canturrear para sus adentros, una señal por la cual su esposo
detectaba que estaba contenta. El fantasma quedó temporalmente apartado, y todo
gracias al familiar juego de vacaciones, abandonado hacía tiempo, y ahora, por pura
casualidad, afortunadamente recuperado.
—¿Va de camino? —preguntó Laura.
—Está a punto de pasar por nuestra mesa —informó él.
Por sí misma, la mujer no resultaba tan llamativa. Alta, de rasgos angulosos y
aquilinos, con el pelo corto al estilo garçon, que estuvo tan de moda en tiempos de su
madre, tenía el sello característico de aquella generación. Debía de tener unos sesenta
y cinco años, supuso, la camisa masculina con cuello alzado y corbata, chaqueta
deportiva, falda de tweed gris hasta la mitad de la pantorrilla, medias grises y zapatos
negros de cordones. Había visto ese tipo de mujer en los campos de golf y en las
exhibiciones de perros (siempre con carlinos, nunca con perros de caza), y si uno se
las encontraba en la fiesta de la casa de alguien eran más rápidas desenfundando el
mechero que él mismo, un simple hombre con cerillas de bolsillo. La creencia
generalizada de que convivían con una compañera más femenina y regordeta no
siempre era cierta. Frecuentemente se pavoneaban con un marido golfista, al cual
adoraban. No, lo más sorprendente de esta mujer en concreto es que había dos
iguales. Gemelas idénticas formadas en el mismo molde. La única diferencia era que
la otra tenía el pelo más blanco.
—¿Y —murmuró Laura—… si cuando me encuentre junto a ella en el baño
comienza a desnudarse?
—Depende de lo que te revele —respondió John—. Si es hermafrodita, sal
pitando. Podría tener una jeringuilla escondida y dejarte inconsciente antes de que
llegaras a la puerta.

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Laura hundió los carrillos una vez más y comenzó a sacudirse. Luego, se.
compuso y se levantó.
—Simplemente, no debo reírme —dijo—, y pase lo que pase, no me mires
cuando regrese, sobre todo si volvemos juntas.
Recogió el bolso y se alejó tímidamente de la mesa en busca de su presa.
John su sirvió los restos del chianti en su copa y encendió un cigarrillo.

El sol caía a plomo sobre el pequeño jardín del restaurante. Los norteamericanos ya
se habían marchado, al igual que el hombre del monóculo y la familia del fondo.
Todo estaba en calma. La gemela idéntica estaba reclinada en su asiento con los ojos
cerrados. En cualquier caso, pensó, gracias a Dios por estos momentos, cuando era
posible relajarse y Laura se había entregado a su tonto e inofensivo juego. Las
vacaciones todavía podían convertirse en la cura que ella necesitaba, haciéndole
olvidar, aunque solo fuera temporalmente, la entumecida desesperación que la había
embargado desde que murió la niña.
«Lo superará —dijo el médico—. Todo el mundo lo supera con el paso del
tiempo. Y aún tienen a su hijo».
«Lo sé —dijo John—, pero la niña lo era todo para ella. Siempre fue así, desde el
principio, no sé por qué. Supongo que era la diferencia de edad. Un chico de edad
escolar, y además fuerte y maduro, es una persona hecha y derecha. Pero no una niña
de cinco años. Laura literalmente la adoraba, Johnnie y yo estábamos de más».
«Dele tiempo —repitió el médico—, dele tiempo. Y, de todas formas, ustedes son
todavía jóvenes, Habrá más. Otra hija».
Es tan fácil hablar… ¿Cómo reemplazar con un sueño la vida de un hijo amado
perdido? Conocía a Laura demasiado bien. Otro hijo, otra hija, tendría sus propias
cualidades, identidades distintas, e incluso este mismo hecho podría provocar
hostilidad en ella. Un usurpador en la cuna, en la camita, que había pertenecido a
Christine. Una réplica regordeta y rubia de Johnnie, y no la pequeña hada de piel
cérea y cabello negro que se había ido.
Alzó la mirada por encima de la copa de vino y la mujer volvía a mirarle
fijamente. No era la mirada despreocupada y ociosa de alguien que está a una mesa
cercana esperando a que regrese su compañera, sino que había en ella algo más
profundo, más insistente; los llamativos ojos de color azul claro resultaban
extrañamente penetrantes, produciéndole una repentina sensación de malestar.
¡Maldita mujer! De acuerdo, mira todo lo que quieras. Los dos podemos jugar a ese
juego. Dejó escapar una nube de humo de cigarrillo en el aire y le sonrió de una
manera que esperaba que resultara ofensiva. Pero la mujer no pareció detectarlo.
Los ojos azules siguieron mirándole fijamente, de manera que se vio obligado a
apartar la mirada, apagar el cigarrillo, echar un vistazo sobre el hombro en busca del
camarero y pedir la cuenta. Una vez que hubo pagado, y mientras rebuscaba una
propina en el bolsillo con unos cuantos comentarios casuales sobre la excelente

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comida, recobró cierta compostura, pero seguía notando un cosquilleo en el cuero
cabelludo y una extraña sensación de incomodidad. Entonces, tan repentinamente
como había llegado, aquella sensación desapareció, y cuando echó una mirada fugaz
a la otra mesa vio que los ojos de la mujer estaban otra vez cerrados y que dormía, o
dormitaba, como había estado haciendo antes. El camarero se fue. Todo quedó en
silencio.
Laura… pensó al tiempo que miraba el reloj, ha pasado mucho tiempo. Al menos
diez minutos. Bueno, algo con lo que pincharla luego. Y se puso a idear la forma que
tomaría la broma. La dulce abuelita se había quedado en ropa interior sugiriendo a
Laura que hiciera lo mismo. Y luego, el dueño del restaurante irrumpía allí
exclamando horrorizado cuánto daño habían hecho a la reputación de su restaurante,
insinuando cuáles podrían ser las desagradables consecuencias a menos que… todo se
tratara de una trampa, un intento de chantaje. Las gemelas, Laura y él serían
recogidos entonces por una lancha de la policía para llevarlos a Venecia e
interrogarlos. Un cuarto de hora… Oh, vamos, vamos…
Se oyó un crujido de pies sobre gravilla. La gemela que había estado con Laura
pasó a su lado caminando despacio, sola. Se aproximó a su mesa y se quedó allí de
pie unos segundos. Su figura alta y angulosa se interponía entre John y la otra
gemela. Le decía algo, pero no pudo escuchar las palabras. Pero ¿que acento era ese?
¿Escocés? Luego la mujer se inclinó al tiempo que ofrecía un brazo a la gemela
sentada y se alejaron por el jardín hasta la abertura del seto. La gemela que había
estado observando a John se apoyaba en el brazo de su hermana. Y de nuevo, otra
diferencia. No era tan alta y se veía más encorvada… tal vez sufriera artritis. Se
alejaron hasta perderse de vista y John, impaciente, se levantó. Estaba a punto de
regresar al hotel cuando Laura apareció.
—Caramba, te has tomado tu tiempo en volver —comenzó a decir, pero se paró
en seco al advenir la expresión en el rostro de Laura—. ¿Qué ocurre? ¿Qué ha
pasado? —preguntó.
Supo de inmediato que algo no iba bien. Parecía casi en estado de shock. Se
aproximó a trompicones a la mesa que él acababa de dejar y se sentó. John arrimó
una silla, se sentó a su lado y le cogió la mano.
—Querida, ¿qué ocurre? Dime… ¿estás enferma?
Ella negó con la cabeza y luego se volvió y le miró. La expresión aturdida que
había advertido al principio había dado paso a otra de creciente confianza, casi
exaltación.
—Es maravilloso —dijo lentamente—, la cosa más maravillosa que podría
suceder. ¿Comprendes? Ella no está muerta, está todavía con nosotros. Por eso no
paraban de mirarnos, aquellas dos hermanas. Podían ver a Christine.
Oh, Dios, pensó John. Lo que me estaba temiendo. Ha perdido la cabeza. ¿Qué
hago ahora? ¿Cómo enfrentarme a esto?

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Laura, querida —comenzó a decir con una sonrisa forzada—, mira, ¿nos vamos?
Ya he pagado la cuenta, podemos ir a ver la catedral y dar una vuelta, y aún quedará
tiempo para volver a Venecia en una lancha.
Ella no le escuchaba, o por lo menos las palabras no le llegaban.
—John, amor —dijo—, tengo que contarte lo que ha pasado. La seguí al baño
como habíamos planeado. Ella se estaba peinando y yo me metí en el retrete; luego
salí y me lavé las manos en el lavabo. Ella se estaba lavando las suyas en el lavabo de
al lado. De repente, se volvió hacia mí y me dijo con un fuerte acento escocés: «Deje
de estar triste. Mi hermana ha visto a su pequeña. Estaba sentada entre usted y su
marido, riéndose». Cariño, pensé que iba a desmayarme. Casi lo hice. Por suerte,
había una silla y me senté, y la mujer se acercó a mí y me acarició la cabeza. No
estoy segura de las palabras exactas; dijo algo sobre el momento de la verdad y de
que la alegría era más afilada que una espada, y que no tuviera miedo, que todo
estaba bien, pero la visión de la hermana había sido tan fuerte que las dos sabían que
debían decírmelo y que eso era lo que quería Christine. Oh, John, no me mires de esa
manera. Te juro que no me lo estoy inventando, eso es lo que me dijo, todo es cierto.
El tono de desesperada urgencia de su voz hizo que el corazón de John se
encogiera. Debía seguirle el juego, mostrar su acuerdo, apaciguarla, hacer cualquier
cosa para darle alguna sensación de calma.
—Laura, querida, por supuesto que te creo —dijo—, solo es una especie de
conmoción, y estoy alterado porque tú estás alterada…
—Pero yo no estoy alterada —le interrumpió—. Estoy feliz, tan feliz que soy
incapaz de expresarlo con palabras. Ya sabes cómo han sido estas últimas semanas,
en casa y en todas partes adonde hemos ido de vacaciones, aunque intenté ocultártelo.
Ahora todo eso ha pasado, porque sé, sencillamente sé, que esa mujer dice la verdad.
Oh, Dios mío, qué desconsiderado de mi parte, he olvidado su nombre… ella me lo
dijo. Mira, la cosa es que es medico y está jubilada; vienen de Edimburgo y la que vio
a Christine se quedó ciega hace ya años… Aunque ha estudiado las ciencias ocultas
durante toda su vida y siempre ha tenido ciertas capacidades paranormales, solo
desde que se quedó ciega ha empezado a ver cosas, como una médium. Han tenido
experiencias maravillosas. Pero que describiera a Christine como lo hizo la ciega a su
hermana, incluso hasta el pequeño vestido azul y blanco con las mangas de farol que
llevaba en la fiesta de su cumpleaños y que dijera que sonreía feliz… Oh, querido, me
ha hecho tan feliz que creo que voy a llorar.
Ni un atisbo de histeria. Nada de drama. Sacó un pañuelo del bolso y se sonó la
nariz mientras le sonreía.
—Estoy bien, ¿lo ves? No tienes por qué preocuparte. No tenemos que
preocuparnos por nada nunca más. Dame un cigarrillo.
John sacó uno de la cajetilla y se lo encendió. Sonaba normal, como si fuera ella
misma de nuevo. Ya no temblaba. Y si esta repentina creencia iba a hacer que
continuara feliz no iba a ponerle pegas. Pero… pero… aun así, deseaba que nada de

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aquello hubiera sucedido. Había algo asombroso en leer la mente, en la telepatía. Los
científicos no habían podido llegar a una explicación, nadie podía, y eso era lo que
debía de haber pasado ahora entre Laura y las hermanas. De manera que la que había
estado mirándole a él era ciega. Eso explicaría aquella mirada fija. Que, de alguna
manera, resultaba desagradable por sí misma, siniestra. Diablos, pensó, ojalá no
hubiéramos venido aquí a comer. El azar, una moneda al aire entre ese lugar,
Torcello, o conducir a Padua, y tuvimos que elegir Torcello.
—No has vuelto a quedar con ellas ni nada parecido, ¿verdad? —preguntó
intentando sonar despreocupado.
—No, cariño, ¿para qué? —respondió Laura—. Es decir, ya no tenían nada más
que contarme. La hermana tuvo esa maravillosa visión, y eso fue todo. De todas
formas, van a marcharse. Es gracioso, pero se parece bastante a nuestro juego del
principio. Están dando la vuelta al mundo antes de regresar a Escocia. Aunque yo
había mencionado Australia, ¿verdad? Pobrecillas… nada que ver con asesinos o
ladrones de joyas. —Parecía recuperada del todo. Se levantó y miró a su alrededor—.
Vamos —dijo—, ya que estamos en Torcello, debemos ver la catedral.
Salieron del restaurante y cruzaron la plaza abierta, donde había puestos de
pañuelos, souvenirs y postales, y de allí siguieron hasta la catedral. Uno de los ferris
acababa de descargar una multitud de turistas, muchos de los cuales ya habían
encontrado el camino hasta Santa Maria Assunta. Laura, impertérrita, le pidió a su
esposo la guía y, como había sido su costumbre en tiempos más felices, comenzó a
caminar lentamente por la catedral, examinando los mosaicos, las columnas, los
relieves a derecha e izquierda, mientras John, menos interesado debido a la
preocupación que aún sentía por lo ocurrido, la seguía de cerca, manteniéndose ojo
avizor en busca de las gemelas. No había rastro de ellas. Tal vez hubieran entrado en
la iglesia de Santa Fosca, cerca de allí. Un encuentro repentino resultaría embarazoso,
aparte del efecto que podría provocar en Laura. Pero los turistas anónimos y evasivos,
atentos a la cultura, no podían hacerle daño, aunque desde el punto de vista de John
hacían que la apreciación artística fuera imposible. No podía concentrarse, la fría y
nítida belleza de lo que veía le dejaba frío, y cuando Laura le tocó la manga al tiempo
que señalaba el mosaico de la Virgen con el Niño Jesús flotando por encima del friso
de los Apóstoles, asintió mostrando su acuerdo, pero no vio nada, el largo y triste
rostro de la Virgen le parecía muy distante. Obedeciendo un repentino impulso, se
volvió y miró por encima de las cabezas de los turistas, en dirección a la entrada,
donde los frescos de los bendecidos y los condenados se exponían para ser
admirados.
Las gemelas estaban allí; la ciega todavía apoyada en el brazo de su hermana y
con los ojos ciegos fijos en él. John se sintió atado, incapaz de moverse, y le invadió
una sensación de perdición y tragedia inminentes. Todo su ser se hundió en la apatía
y pensó: «Esto es el fin, no hay escape, no hay futuro». Entonces, las hermanas se
volvieron y salieron de la catedral, y aquella sensación se desvaneció, dejando en su

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lugar indignación y una ira creciente. ¿Cómo se atrevían aquellas dos viejas chifladas
a practicar esos trucos de médium con él? Era fraudulento y malsano; probablemente
esa era la manera en la que vivían, viajando por todo el mundo y haciendo sentir
incómoda a la gente. Si hubieran tenido la más mínima posibilidad, le habrían quitado
a Laura el dinero… o cualquier otra cosa.
Sintió entonces que su mujer volvía a tirarle de la manga.
—¿No es hermosa? Tan feliz, tan serena.
—¿Quién? ¿Qué? —preguntó él.
—La Virgen —respondió ella—. Posee unas cualidades mágicas. Te recorre rodo
el cuerpo. ¿No lo sientes tú?
—Supongo que sí. No sé. Hay demasiada gente alrededor.
Ella le miró atónita.
—¿Y qué tiene que ver? Qué raro eres. Bueno, de acuerdo, apartémonos de ellos.
De todas formas, quiero comprar unas postales.
Laura sintió su falta de interés y se abrió paso decepcionada entre la multitud de
turistas hasta la entrada.
—Vamos —dijo él de repente cuando estuvieron fuera—, tenemos mucho tiempo
para comprar postales, vamos a explorar un poco.
Y echó a andar alejándose del camino que los habría llevado de regreso al centro,
donde estaban las casitas, los puestos de souvenirs y el flujo de la muchedumbre, y se
dirigió hacia un sendero estrecho entre terrenos sin cultivar, al final del cual se veía
una especie de corte o canal. La visión del agua, cristalina, pálida, contrastaba
apaciblemente con el fiero sol que brillaba sobre sus cabezas.
—No creo que esto lleve a ninguna parte —dijo Laura—. Está embarrado y no
podemos sentarnos. Además, hay otras cosas que mencionan en la guía y que
deberíamos ver.
—Oh, olvídate de la guía —dijo él impacientemente, tirando de ella para que se
sentara a su lado en el ribazo por encima del canal y la rodeó con un brazo—. No es
la mejor hora del día para hacer turismo. Mira, hay una rata nadando allí en la otra
orilla.
Cogió una piedra, la lanzó al agua y el animal se sumergió o desapareció de
alguna manera, y no quedó nada más que burbujas.
—No —dijo Laura—. Es cruel, pobre animalillo… —De repente, posó la mano
en la rodilla de él—. ¿Crees que Christine está ahora sentada junto a nosotros?
John no respondió de inmediato. ¿Qué podía decir? ¿Iban a ser las cosas así a
partir de ahora?
—Supongo que sí —dijo lentamente—, si eso es lo que sientes.
Entonces, recordando cómo era Christine antes de la meningitis, imaginó cómo
habría corrido excitada por la orilla, quitándose los zapatos de una parada con
intención de chapotear en el agua, provocando un ataque de aprensión en Laura.
«Cariño, ten cuidado, vuelve aquí…»

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—La mujer dijo que parecía tan feliz, sentada a nuestro lado, sonriendo… —dijo
Laura. Entonces, se levantó sacudiéndose el vestido, y su estado de ánimo cambió
reflejando cierta inquietud—. Venga, regresemos.
John la siguió con el corazón en un puño. Sabía que en realidad ella no quería
comprar postales o ver lo que quedaba por ver; quería buscar a las mujeres otra vez,
no necesariamente para hablar con ellas, solo para estar cerca. Cuando llegaron a la
plaza donde estaban los puestos, advirtió que la multitud de turistas se había
reducido, solo quedaban unos cuantos rezagados y las hermanas no estaban entre
ellos. Debieron de unirse al grupo principal que llegó a Torcello en el ferri. Le
invadió una oleada de alivio.
—Mira, hay un montón de postales en el segundo puesto —dijo rápidamente—, y
algunos pañuelos llamativos. Deja que te compre uno.
—Querido, ¡tengo tantos! —protestó ella—. No malgastes las liras.
—No las malgasto. Me apetece comprar. ¿Qué tal una cesta? Ya sabes, nunca
tenemos suficientes cestas. O unos encajes. ¿Qué te parecen los encajes?
Laura, riendo, permitió que la llevara hasta el puesto. Mientras rebuscaba entre la
mercancía expuesta ante ellos y hablaba con la risueña mujer que la vendía, la cual
sonreía aún más al escuchar el terrible italiano de John, este sabía que daría más
tiempo a los turistas para que llegaran al embarcadero y subieran al ferri, así las
gemelas se perderían de vista y saldrían de sus vidas.
—Nunca —dijo Laura unos veinte minutos más tarde— había visto tantas cosas
inútiles en una cesta tan pequeña.
La burbujeante sonrisa de Laura le confirmó que todo iba bien y que no debía
preocuparse más, que la hora maldita había pasado. La lancha del hotel Cipriani que
los había llevado desde Venecia les esperaba en el embarcadero. Los pasajeros que
habían llegado con ellos, los norteamericanos y el hombre del monóculo, ya estaban
reunidos. Antes de salir pensaba que el precio por la comida y el transporte de ida y
vuelta era indiscutiblemente excesivo. Ahora eso no le importaba lo más mínimo,
pero estaba convencido de que la salida a Torcello había sido uno de los mayores
errores de estas vacaciones en Venecia. Montaron en la lancha y se hicieron sitio en la
parte abierta. La barca avanzó traqueteando por el canal hacia la laguna. El ferri
regular había pasado antes, humeando hacia Murano, mientras que su embarcación
pasó de largo San Francesco del Deserto y regresó directamente a Venecia.
John pasó el brazo por los hombros de Laura una vez más y la estrechó contra su
cuerpo, y en esta ocasión ella reaccionó sonriéndole., al tiempo que levantaba la
mirada hacia él con la cabeza apoyada en su hombro.
—Ha sido un día maravilloso —dijo—. Jamás lo olvidaré, nunca. ¿Sabes,
querido? Ahora, por fin, puedo empezar a disfrutar nuestras vacaciones.
John sintió ganas de gritar, aliviado. Todo irá bien, concluyó, que crea lo que
quiera, da igual, si le hace feliz. La belleza de Venecia se alzó ante ellos, mudamente
recortada sobre el brillante cielo. Quedaba todavía mucho por ver, podrían pasear

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juntos por las calles, y ahora, gracias al cambio de estado de ánimo de Laura, una vez
disipada la sombra, todo sería perfecto. En voz alta, comenzó a hablar sobre la velada
que iban a pasar, adonde irían a cenar… no al restaurante al que iban normalmente,
cerca del teatro La Fenice, sino a algún lugar distinto, nuevo.
—Sí, pero tiene que ser barato —dijo ella, contagiándose del buen humor de su
marido—, porque ya hemos gastado mucho hoy.
Su hotel, cerca del Gran Canal, tenía un aire agradable y acogedor. El
recepcionista les sonrió cuando les entregó la llave. El dormitorio les resultaba
familiar, como estar en casa, con las cosas de Laura colocadas con orden sobre el
tocador, pero estaba rodeado de esa ligera atmósfera festiva de lo extraño, de la
excitación que provocan los dormitorios de vacaciones. Esto es nuestro de momento,
pero nada más. Mientras estamos en ellos, les damos vida. Cuando nos vamos deja de
existir y se difumina en el anonimato. Abrió los dos grifos de la bañera y el agua cayó
a chorros mientras ascendía el vapor. «Ahora», pensó, «ahora es el momento de hacer
el amor, por fin», y regresó al dormitorio. Ella lo entendió, le abrió los brazos y
sonrió. Qué bendito alivio después de tantas semanas de contención.
—La cuestión es —dijo ella después, mientras se colocaba los pendientes frente
al espejo— que no tengo mucha hambre. ¿Qué tal si simplemente nos relajamos y
tomamos algo en el comedor aquí?
—¡Dios, no! —exclamó él—. ¿Con todas esas parejas horribles en las otras
mesas? Me muero de hambre. Y además estoy bastante alegre. Quiero
emborracharme.
—Nada de luces brillantes y música, ¿verdad?
—No, no… algún antro pequeño, oscuro e íntimo, algo siniestro, lleno de
amantes con las mujeres de otros.
—Hum —dijo Laura, inhalando aire—, ya sabemos lo que eso significa. Tú
detectarás a alguna encantadora italiana de dieciséis años y te pasarás echándole
sonrisitas durante toda la cena, mientras que yo tendré que pasar el rato
contemplando la ancha espalda de algún tipo horroroso.
Salieron riendo a la cálida y suave noche y encontraron magia a su alrededor por
todas partes.
—Paseemos —dijo él—. Paseemos, y así hacemos hambre para nuestra
pantagruélica cena.
Como era de esperar, acabaron en el Molo, donde las góndolas chapoteaban y
bailaban sobre el agua y las luces se fundían con la oscuridad por todas partes. Había
otras parejas paseando con el mismo ánimo de puro disfrute, de un lado a otro, sin
rumbo, además de los inevitables grupos de marineros, ruidosos y gesticulantes, y las
jóvenes de cabello negro que hablaban en susurros al tiempo que sus tacones
repiqueteaban sobre el suelo.
—El problema —dijo Laura— es que, una vez que empiezas, caminar por
Venecia se vuelve algo compulsivo. Solo hasta el siguiente puente, dices, y luego te

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animas hasta el siguiente. Estoy segura de que no hay restaurantes por aquí, casi
hemos llegado a los jardines públicos donde se celebra la Biennale. Demos la vuelta.
Sé que hay un restaurante cerca de San Zaccaria, hay un callejón que conduce hasta
allí.
—Te diré lo que haremos —di jo John—: si bajamos aquí por el Arsenal,
cruzamos ese puente al final y giramos a la izquierda, llegaremos a San Zaccaria por
el otro lado. Lo hicimos la otra mañana.
Sí, pero entonces era de día. Podríamos perdernos, no está bien iluminado.
—No re preocupes. Tengo un instinto especial para estas cosas.
Bajaron por Fondamenta dell’Arsenale y cruzaron el pequeño puente cerca del
propio Arsenal, y a continuación dejaron atrás la iglesia de San Martino. Frente a
ellos había dos canales, uno a la derecha y otro a la izquierda, con estrechas calles
junto a ellos. John dudó. ¿Por cuál de los dos canales habían paseado el día anterior?
—¿Lo ves? —protestó Laura—, te dije que nos perderíamos.
—Tonterías —respondió John con determinación—. Es el de la izquierda,
recuerdo el pequeño puente.
El canal era estrecho, las casas a ambos lados parecían cernirse sobre él. De día,
con los reflejos del sol en el agua y las ventanas de las casas abiertas, las colchas
sobre los balcones y un canario cantando un una jaula, habían dado una sensación de
refugio cálido y apartado. Ahora, casi en total oscuridad, con las ventanas de las casas
cerradas y el agua fría y sucia, la escena parecía del rodo diferente, abandonada y
pobre, y las barcas largas y estrechas amarradas a los escalones resbaladizos de las
entradas a los sótanos parecían ataúdes.
—Te juro que no recuerdo este puente —dijo Laura, deteniéndose y apoyándose
en la barandilla—, y no me gusta nada la pinta de ese callejón del otro lado.
—Hay una farola a medio camino —le dijo John—. Sé exactamente dónde
estamos, no muy lejos del barrio griego.
Cruzaron el puente y cuando estaban a punto de adentrarse por el callejón
escucharon un grito. Sin duda, procedía de una de las casas de la otra orilla, pero era
imposible saber de cuál de ellas. Con las contraventanas cerradas, todas parecían
vacías. Se volvieron y miraron en la dirección de donde había llegado el sonido.
—¿Qué ha sido eso? —susurró Laura.
—Algún borracho —dijo John rápidamente—. Vamos.
Más que un borracho, parecía el sonido de alguien a quien están estrangulando, y
el grito ahogado sucumbió al mantener el verdugo la mano firme.
—Deberíamos llamar a la policía —dijo Laura.
—Oh, por todos los santos —dijo John. ¿Dónde creía que estaban? ¿En
Piccadilly?
—Bueno, yo me voy, este lugar es siniestro —replicó ella, y empezó a alejarse a
toda prisa por el sinuoso callejón.

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John vaciló y en ese momento captó fugazmente una pequeña figura que salió
arrastrándose de repente de un sótano situado bajo una de las casas en la orilla
opuesta y que luego saltó a una de las estrechas barcazas abajo en el canal. Era una
niña, una niña pequeña que no debía de tener más de cinco o seis años, que llevaba un
abrigo corto sobre una diminuta falda y una caperuza sobre la cabeza. Había cuatro
barcas amarradas, una al lado de la otra, y la niña saltó de una a otra con sorprendente
agilidad, intentando, al parecer, escapar. En uno de los saltos se resbaló y John
contuvo el aliento, porque se quedó a tan solo unos centímetros del agua al perder el
equilibrio. Una vez recuperada, saltó una vez más a la última barca. A continuación
se inclinó y tiró de la soga consiguiendo así que la parte trasera de la barca se
deslizara por el canal, casi tocando la orilla opuesta y la entrada de otro sótano, a
unos diez metros del lugar donde John la observaba. Entonces la niña volvió a saltar
y aterrizó en los escalones del sótano y desapareció en el interior de la casa mientras
la barca se deslizaba hasta la mitad del canal a su espalda. La maniobra no debió de
durar más de cuatro minutos. En ese momento John escuchó el repiqueteo de unos
pasos. Laura había regresado. No había visto nada de aquella escena, por lo cual se
sintió indescriptiblemente agradecido. La visión de una niña, una niña pequeña, ante
lo que debía de ser una situación peligrosa, el temor a que la escena que John acababa
de presenciar pudiera estar conectada con el alarmante grito, podría haber tenido un
efecto desastroso en sus ya alterados nervios.
—¿Qué haces? —preguntó ella—. No me atrevo a seguir sin ti. El maldito
callejón se divide en dos direcciones distintas.
—Lo siento —respondió él—. Ya voy.
La cogió del brazo y caminaron a paso vivo por el callejón, mientras John
adoptaba una aparente confianza que en realidad no tenía.
—No se han escuchado más gritos, ¿verdad? —preguntó ella.
—No, no —dijo él—, nada. Ya te he dicho que debía de ser algún borracho.
El callejón conducía a un terreno vacío detrás de una iglesia que John no
reconoció, y a continuación tomó otra calle y cruzaron otro puente.
—Espera un momento —dijo él—. Creo que tomamos este giro a la derecha. Nos
lleva hasta el barrio griego… la iglesia de San Georgio está en algún lugar por esa
dirección.
Laura no respondió. Estaba empezando a perder toda esperanza. Aquel lugar era
como un laberinto. Podían estar caminando en círculos toda la eternidad para acabar
encontrándose de nuevo cerca del puente donde habían oído el grito. Él la guio
tenazmente y, entonces, para su sorpresa y alivio, vio a gente paseando en la calle
iluminada que se abría frente a ellos, apareció la aguja de una iglesia y el entorno se
le hizo familiar.
—Te lo dije —dijo—. Eso es San Zacearía, lo hemos encontrado. Tu restaurante
no debe de estar muy lejos.

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Y, de todas formas, habría otros restaurantes, algún sitio en que cenar. Al menos,
allí tenían el alentador brillo de las luces, del movimiento, canales junto a los que
paseaba la gente, la atmósfera de un lugar turístico. Las letras «Ristorante» en luces
azules brillaban como un faro en el callejón de la izquierda.
—¿Es ese tu restaurante? —preguntó él.
—¡Quién sabe! —dijo ella—. ¿Y qué más da? Comamos allí de todas formas.
Así pues, se adentraron en la oleada de aire caliente y murmullo de voces, el olor
a pasta, a vino, los camareros, los clientes apiñados, las risas.
—¿Para dos? Síganme, por favor.
Caramba, pensó John, ¿es que la nacionalidad británica resulta siempre tan
evidente? Una mesa pequeña y un menú enorme garabateado con un indescifrable
galimatías en tinta azul, mientras el camarero revoloteaba esperando el pedido.
—Dos camparis muy grandes con soda —dijo John—. Luego, miraremos el
menú.
No iba a permitir que le metieran prisa. Le pasó el menú a Laura y miró a su
alrededor. La mayoría eran italianos… eso significaba que la comida sería buena. Y
entonces las vio. En el extremo opuesto del local. Las gemelas. Debieron de entrar
casi al mismo tiempo que ellos, porque aún se estaban sentando, dejando los abrigos
a un lado, mientras el camarero revoloteaba alrededor de su mesa. A John le asaltó la
idea irracional de que aquello no era una coincidencia. Las hermanas les habían visto
a ambos fuera, en la calle, y los habían seguido dentro. ¿Por qué, por todos los
demonios, habían elegido este lugar en concreto entre todos los locales de Venecia, a
menos… a menos que la propia Laura, en Torcello, les hubiera propuesto otro
encuentro, o la hermana lo hubiera sugerido? Un pequeño restaurante cerca de la
iglesia de San Zacearía, vamos allí a veces a cenar. Fue Laura, antes de iniciar el
paseo, quien mencionó San Zaccaria…
Ella seguía atenta al menú, no había visto a las hermanas, pero en cuanto
decidiera lo que quería comer levantaría la cabeza y miraría a su alrededor. Si al
menos llegaran las bebidas. Si al menos el camarero trajera las bebidas, eso distraería
la atención de Laura.
—¿Sabes? Estaba pensando —dijo rápidamente— que deberíamos ir al taller
mañana, coger el coche y hacer esa excursión a Padua. Podríamos almorzar en Padua,
visitar la catedral, tocar la tumba de San Antonio, ver los frescos de Giotto y regresar
cruzando esos pueblos que hay a orillas del Brema y que menciona la guía.
Pero no sirvió de nada. Laura había levantado ya la mirada hacia el restaurante y
dejó escapar un gemido de sorpresa. Sonó verdadero. John habría jurado que era
verdadero.
—¡Mira! —dijo ella—. ¡Qué extraordinario! ¡Es realmente asombroso!
—¿Que? —preguntó él secamente.
—Están allí. Mis maravillosas y ancianas gemelas. Y además nos han visto. Están
mirando hacia aquí.

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Laura agitó la mano, radiante y encantada. La hermana con la que había hablado
en Torcello saludó bajando la cabeza y sonrió. Falsa y vieja zorra, pensó. Sé que nos
han seguido.
—Oh, querido, tengo que ir a hablar con ellas —dijo impulsivamente—, solo para
decirles lo feliz que me he sentido todo el día gracias a ellas.
—¡Oh, por todos los santos! —dijo él—. Mira, las bebidas ya están aquí. Y
todavía no hemos pedido la comida. Seguro que puedes esperar hasta más tarde, una
vez que hayamos terminado de cenar.
—No tardare ni un segundo —replicó ella— y, de todos formas, yo quiero
scampi, y nada de primero. Ya te he dicho que no tengo hambre.
Se levantó y, rozando al pasar al camarero que llegaba ya con las bebidas, cruzó
el local. Parecía que estuviera saludando a unas queridas amigas de muchos años. Vio
cómo se inclinaba por encima de la mesa y estrechaba la mano a ambas, después
desplazó hacia atrás una silla que había vacía y se sentó, hablando y sonriendo.
Tampoco las hermanas parecían sorprendidas, al menos no la que ella conocía, que
asentía y le contestaba, mientras que la hermana ciega permanecía impasible.
De acuerdo, pensó John a la desesperada, entonces seré yo el que se emborrache,
y procedió a apurar el campari con soda y pedir otro, mientras señalaba algo
ininteligible en el menú para él, pero entonces se acordó de los scampi para Laura.
—Y una botella de Soave —añadió—, con hielo.
De todas formas, la velada ya estaba arruinada. Lo que iba a ser una celebración
íntima y feliz sería ahora una sesión cargada de visiones espiritistas, la pobre
Christine muerta y compartiendo mesa con ellos, lo cual era una total estupidez
cuando en la vida terrena la niña habría estado arropada en su cama hacía ya horas.
El regusto amargo del campari acompañaba bien a su estado de ánimo de
repentina autocompasión, y durante todo el tiempo se dedicó a observar al grupo de la
mesa en el rincón opuesto; Laura escuchaba aparentemente mientras la hermana más
activa hablaba largo y tendido y la ciega permanecía en silencio, con los terribles ojos
de mirada vacía dirigidos hacia él.
Es una farsante, pensó, no está ciega en absoluto. Ambas son unas farsantes y,
después de todo, podrían ser hombres vestidos de mujer, tal como imaginamos en
Torcello, y van tras Laura.
Comenzó a sorber su segundo campari con soda. Las dos copas, con el estómago
vacío, tuvieron un efecto inmediato. La visión se le nubló. Y Laura continuó sentada
en la otra mesa, aportando una pregunta de vez en cuando, mientras la hermana activa
hablaba. El camarero apareció con los scampi y con un compañero a su lado para
servir el plato que había elegido John, que era algo del todo irreconocible, coronado
con una salsa morada.
—¿La signora no viene? —preguntó el primer camarero, y John negó moviendo
la cabeza con expresión seria, mientras señalaba con un dedo tembloroso hacia el otro
extremo del local.

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—Dígale a la signora —dijo cuidadosamente— que sus scampi se van a enfriar.
Miró el plato colocado ante él y lo pinchó delicadamente con un tenedor. La
pálida salsa se disolvió revelando dos enormes tajadas redondas de lo que parecía ser
cerdo cocido adobado con ajo. Pinchó un trozo con el tenedor, se lo llevó a la boca y
masticó, y sí, era cerdo, humeante, grasiento, con un sabor dulzón por efecto de la
salsa picante. Dejó a un lado el tenedor, apartó el plato y advirtió que Laura cruzaba
ahora la sala y se sentaba junto a él. Ella no dijo nada, lo cual le pareció a John
estupendo, porque estaba demasiado cerca de la náusea para responder. No era solo la
bebida, sino una reacción a todo el día de pesadilla. Laura empezó a comerse sus
scampi, todavía en silencio. No pareció darse cuenta de que él no comía. El camarero,
revoloteando junto a su hombro, nervioso, pareció reparar en que John había
cometido un error en su elección y retiró discretamente el plato.
—Tráigame una ensalada verde —murmuró John, e incluso así Laura no pareció
sorprendida, ni, como hubiera hecho en circunstancias normales, le recriminó por
haber bebido demasiado. Finalmente, cuando hubo acabado sus scampi y tomaba un
sorbo de vino, que John había rechazado para mordisquear su ensalada en pequeños
bocados como un conejo enfermo, se decidió a hablar.
—Querido —le dijo—, sé que no vas a creerme y de alguna manera resulta
aterrador, pero después de que dejaran el restaurante de Torcello las hermanas fueron
a la catedral, como nosotros, aunque no las vimos entre la multitud, y la ciega tuvo
otra visión. Dijo que Christine estaba intentando decirle algo sobre nosotros, que
estaríamos en peligro si nos quedábamos en Venecia. Christine quería que nos
fuéramos de aquí lo antes posible.
Así que se trata de eso, pensó. Creen que pueden decidir sobre nuestras vidas.
Este va a ser nuestro problema a partir de ahora. ¿Comemos? ¿Nos levantamos? ¿Nos
vamos a la cama? Debemos contactar con las hermanas gemelas. Ellas nos dirán qué
hacer.
—Bien —dijo ella—, ¿por qué no dices nada?
—Porque —respondió— tienes toda la razón, no lo creo. Honestamente, tus dos
ancianas hermanas me parecen un par de locas, como mínimo. Sin duda, son unas
desequilibradas y siento si esto te hiere, pero la verdad es que han dado con una
ingenua al encontrarte.
—No estás siendo justo —dijo Laura—. Son auténticas, lo sé. Simplemente, lo sé.
Son completamente sinceras en lo que dicen.
—De acuerdo. Lo acepto. Son sinceras. Pero eso no las hace mentalmente
equilibradas. En serio, querida, conoces a esa anciana durante diez minutos en el
baño, te dice que ve a Christine sentada junto a nosotros… Bueno, cualquiera con
ciertas dotes telepáticas podría leer tu inconsciente en un segundo… y, entonces,
complacida por el acierto, como lo estaría cualquier viejo experto psíquico, se saca de
la manga otro trance de éxtasis y nos quieren echar lucra de Venecia. Bueno, lo
siento, pero al diablo con todo esto.

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La habitación había dejado de dar vueltas. La ira le había devuelto a su estado de
sobriedad. Si no fuera porque avergonzaría a Laura, en ese instante se levantaría,
cruzaría la sala hasta su mesa e sugeriría a las dos viejas locas que se marcharan.
—Sabía que te lo tomarías así —dijo Laura, apenada—. Les dije que pasaría.
Dijeron que no me preocupara. Que siempre que dejáramos Venecia mañana, todo
iría bien.
—Oh, por amor de Dios —dijo John.
Cambió de idea y se sirvió una copa de vino.
—Después de todo —continuó Laura—, ya hemos visto lo mejor de Venecia. No
me importa ir a algún otro lugar. Y si nos quedáramos… sé que suena estúpido, pero
seguro que me corroería por dentro y no dejaría de pensar en nuestra querida
Christine, tan infeliz, intentando decirnos que nos vayamos.
—De acuerdo —dijo John con una calma inquietante—, pues ya está decidido.
Nos iremos. Sugiero que vayamos al hotel directamente e informemos en la recepción
de que nos marchamos por la mañana. ¿Ya has comido suficiente?
—Oh, querido —suspiró Laura—, no te lo tomes de esa manera. Mira, ¿por qué
no vienes conmigo y las conoces, y así pueden explicarte la visión? Quizás así te lo
tomes en serio. Especialmente porque es a ti a quien más concierne. Christine está
más preocupada por ti que por mí. Y lo más extraordinario es que la hermana ciega
dice que tú tienes capacidades psíquicas, y que no lo sabes. Estás en conexión con el
más allá, y yo no.
—Bueno, esto es lo que faltaba —dijo John—. Yo tengo poderes psíquicos, ¿no?
Estupendo. Mi intuición psíquica me dice que salgamos de este restaurante ahora
mismo y decidamos qué hacer sobre lo de irnos de Venecia cuando regresemos al
hotel.
Hizo una señal al camarero pidiéndole la cuenta y esperaron a que la trajera, sin
hablarse; Laura apenada, trasteando en su bolso, mientras que John echaba miradas
furtivas a la mesa de las gemelas y observaba que comían de platos con una montaña
de espaguetis de una manera muy poco psíquica. Una vez pagada la cuenta, John
echó hacia atrás su asiento.
—De acuerdo. ¿Estás lista? —preguntó.
—Voy a despedirme de ellas primero —dijo Laura con un rictus de malhumor en
los labios, que le recordó al instante, con una punzada, a su pobre niña muerta.
—Como prefieras —replicó él, y se adelantó a ella para salir del restaurante sin
echar la vista atrás.
La suave humedad de la noche, que resultaba tan agradable antes para pasear, se
había transformado en lluvia. Los turistas se habían esfumado. Una o dos personas
corrían bajo paraguas. Esto es lo que ven los habitantes de este lugar, pensó. Esta es
la vida de verdad. Calles vacías por la noche, la oscura quietud del canal estancado
bajo las casas cerradas. El resto es una brillante fachada para mostrar al visitante,
reluciente a la luz del sol.

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Laura se unió a el y se alejaron de allí juntos en silencio, y tras salir por un lateral
del palacio ducal, llegaron a la plaza de San Marcos. Ahora llovía copiosamente, así
que buscaron un refugio junto a los pocos rezagados bajo los soportales. Las
orquestas ya habían acabado su turno de noche. Las mesas estaban vacías. Las sillas
habían sido colocadas boca abajo.
Los expertos tienen razón, pensó John, Venecia se hunde. Toda la ciudad agoniza
lentamente. Algún día los turistas viajarán aquí en barco para mirar bajo las aguas y
verán los pilares, las columnas y los mármoles lejos a sus pies, un inframundo de
piedra perdido y revelado unos breves instantes bajo el fango y el barro. Sus tacones
repiqueteaban sobre el pavimento y la lluvia les salpicaba desde los canalones de los
tejados. Un bonito final para una velada que había comenzado con una esperanzada
felicidad e inocencia.
Cuando llegaron al hotel, Laura fue directamente al ascensor y John se dirigió al
mostrador para pedir la llave al portero de noche. El hombre le entregó al mismo
tiempo un telegrama y John lo examinó unos segundos. Laura ya estaba en el
ascensor. Abrió el sobre y leyó el mensaje. Era del director del colegio privado de
Johnnie.

JOHNNIE ESTA EN OBSERVACIÓN POR POSIBLE APENDICITIS EN El HOSPITAL


DE LA CIUDAD. NO HAY MOTIVO DE ALARMA, PERO EL MÉDICO CREE
CONVENIENTE AVISARLES.

CHARLES HILL

Leyó el mensaje dos veces y luego se dirigió despacio al ascensor, donde Laura lo
esperaba. Le dio el telegrama.
—Ha llegado esto cuando estábamos fuera —dijo—. No son noticias buenas.
Presionó el botón del ascensor mientras ella leía el telegrama. El ascensor se
detuvo en la segunda planta y salieron.
—Bueno, pues ya está decidido, ¿no? —dijo ella—. Aquí está la prueba. Tenemos
que dejar Venecia porque regresamos a casa. Es Johnnie quien está en peligro, no
nosotros. Esto es lo que Christine estaba intentando decir a las gemelas.

Lo primero que hizo John por la mañana fue solicitar comunicación telefónica con el
director del colegio privado. Luego avisó de su partida al jefe de recepción e hicieron
las maletas mientras esperaban la llamada. Ninguno de ellos se refirió a los
acontecimientos del día anterior, no era necesario. John sabía que la llegada del
telegrama y la admonición de peligro de las hermanas eran una coincidencia, nada
más, pero era inútil empezar una discusión sobre ello. Laura estaba convencida de lo
contrario, pero sabía de forma intuitiva que era mejor callar sus sentimientos al
respecto. Durante el desayuno hablaron de la forma y el medio de transporte para

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regresar a casa. Podían embarcar ellos y el coche en un tren de pasajeros especial
desde Milán hasta Calais, porque aún estaban a principios de temporada. En cualquier
caso, el director había dicho que no había urgencia.
La llamada de Inglaterra llegó cuando John estaba en el baño. Laura respondió.
John entró en el dormitorio unos minutos más tarde. Ella seguía hablando, pero por la
expresión de los ojos de Laura supo que estaba nerviosa.
—Es la señora Hill —dijo—. El señor Hill está en clase. Dice que han informado
del hospital que Johnnie ha pasado una noche agitada y que el médico quizás tenga
que operar, pero no quiere hacerlo a menos que sea absolutamente necesario. Le han
hecho una radiografía y el apéndice se encuentra en una posición complicada, no va a
ser sencillo.
—Pásame la llamada —dijo él.
La voz tranquilizadora pero ligeramente cauta de la esposa del director sonó en el
auricular.
—Lamento tanto que esto pueda estropear sus planes —dijo—, pero tanto Charles
como yo pensamos que debíamos informarles y que podrían sentirse un poco más
tranquilos si están presentes. Johnnie es un chico muy valiente, pero, por supuesto,
tiene algo de fiebre. El médico dice que es normal teniendo en cuenta las
circunstancias. Por lo visto, en ocasiones el apéndice puede desplazarse y esto lo
complica todo. Va a decidir si operar o no esta noche.
—Sí, por supuesto, lo entendemos perfectamente —dijo John.
—Por favor, dígale a su esposa que no se preocupe demasiado —continuó—. El
hospital es excelente, el personal es muy agradable y confiamos plenamente en el
cirujano.
—Sí —dijo John—, sí.
Hizo una pausa porque Laura estaba gesticulando junto a él.
—Si no podemos embarcar el coche en el tren, puedo coger un vuelo —dijo ella
—. Estoy segura de que podrán encontrarme asiento en algún avión. Así, al menos
uno de nosotros estará allí esta noche.
El asintió mostrando su acuerdo.
—Muchas gracias, señora Hill —dijo—, nos las arreglaremos para regresar sin
problemas. Sí, estoy seguro de que Johnnie está en buenas manos. Agradézcaselo a su
esposo de nuestra parte. Adiós.
Colgó el teléfono y miró a su alrededor… las camas deshechas, las maletas en el
suelo, pañuelos de papel esparcidos. Canastas, mapas, libros, abrigos, todo lo que
llevaban en el coche.
—Oh, Dios mío —dijo—, qué desastre, todos estos trastos.
El teléfono volvió a sonar. Era el recepcionista del vestíbulo para informarles de
que había logrado reservar un coche cama para ambos en el tren y espacio para el
coche la noche siguiente.

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—Escuche —dijo Laura, que había descolgado el teléfono—, ¿podría reservar
una plaza en el avión de mediodía a Londres para mí, por favor? Es necesario que
uno de los dos llegue a casa esta noche. Mi marido puede salir con el coche mañana.
—Un momento, espera —interrumpió John—. No es necesario que nos dejemos
llevar por el pánico. Seguro que veinticuatro horas no importan demasiado.
La ansiedad había empalidecido el rostro de Laura. Se volvió hacia él, alterada.
—Puede que a ti no te importe, pero a mí sí que me importa —dijo ella—. Ya he
perdido un hijo y no voy a perder otro.
—De acuerdo, querida, de acuerdo…
Extendió la mano hacia ella, pero la apartó con un gesto impaciente y continuó
dando instrucciones al recepcionista. John volvió con las maletas. De nada servía
hablar. Mejor hacer lo que ella quería. Por supuesto, ambos podían ir en avión y
luego, cuando todo volviera a la normalidad y Johnnie mejorara, él podía volver,
recoger el coche y regresar por Francia tal como habían llegado. Pero eso sería muy
fatigoso y un gasto tremendo. Ya era bastante malo que Laura tuviera que volar y él ir
con el coche en el tren desde Milán.
—Podemos ir los dos en avión, si quieres —dijo en tono dubitativo, intentando
explicar la idea que acababa de ocurrírsele, pero Laura no quiso ni oír hablar de ello.
—Sería absurdo —dijo con impaciencia—. Lo único que importa es que yo esté
allí esta noche y que tú vengas luego en tren. Además, necesitaremos el coche para ir
y venir del hospital. Y nuestro equipaje. No podemos marcharnos y dejar todo esto
aquí.
No, John sabía que tenía razón. Era una idea estúpida. Solo que… bueno, estaba
preocupado por Johnnie al igual que ella, aunque no iba a decírselo.
—Voy a bajar para presionar al recepcionista —dijo Laura—. Siempre se
esfuerzan más si estás presente. Todo lo que necesito para el viaje está en la maleta.
Me basta con el bolso de mano. Tú puedes traer el resto en el coche.
Laura no llevaba fuera del dormitorio ni cinco minutos cuando el teléfono sonó.
Era Laura:
—Cariño —dijo—, no podría haber ido mejor. El recepcionista me ha conseguido
un vuelo chárter que sale de Venecia en menos de una hora. Una lancha a motor
especial lleva al grupo directamente desde San Marcos en unos diez minutos. Un
pasajero del vuelo chárter canceló su billete. Estaré en Gatwick en menos de cuatro
horas.
—Bajaré ahora mismo —dijo él.
Se unió a ella en el mostrador de recepción. Ya no se la veía ansiosa ni
demacrada, sino llena de determinación. Se había puesto en marcha. John deseaba ir
con ella. No podría soportar quedarse en Venecia cuando ella se hubiera ido, pero la
idea de conducir a Milán, pasar allí la noche solo en un inhóspito hotel, el
interminable y pesado día que seguiría y las muchas horas un tren de la noche
siguiente, le producían una intolerable depresión, aparte del nerviosismo que ya

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sentía por Johnnie. Caminaron hasta el embarcadero de San Marcos, el Molo
resplandecía después de la lluvia, soplaba una suave brisa, que hacía ondear las
postales, los pañuelos y los souvenirs de los tenderetes, y los propios turistas
paseaban satisfechos ante el feliz día que les esperaba.
Tu llamaré esta noche desde Milán —dijo—. Los Hill te proporcionarán una
cama, supongo. Y si estás en el hospital, podrán informarme de cómo evoluciona
todo. Ese debe de ser el grupo de tu chárter. ¡Ve con ellos!
Los pasajeros que descendían ahora desde el embarcadero a la lancha llevaban
equipaje de mano con etiquetas de la Unión Jack. La mayoría eran de mediana edad,
y dos ministros metodistas parecían estar al cargo. Uno de ellos se acercó a Laura
ofreciéndole la mano y mostrándole una brillante hilera de dientes al sonreír.
Usted debe de ser la dama que va a unirse a nosotros en el vuelo a casa —dijo—.
Bienvenida a bordo, y a la Unión de la Hermandad. Estamos complacidos de
conocerla. Lamentamos que no quedara una plaza libre para su maridito.
Laura se volvió rápidamente y le dio un beso a John, al tiempo que un temblor en
la comisura de la boca delataba la risa contenida.
—¿Crees que se pondrán a cantar himnos? —susurró—. Cuídate, maridito.
Llámame esta noche.
El piloto hizo sonar la bocina y un segundo más tarde Laura había montado en la
lancha y estaba de pie entre el grupo de pasajeros, agitando la mano y con el abrigo
escarlata convertido en un borrón de color entre los trajes más sobrios de sus
compañeros. El piloto hizo sonar de nuevo la bocina y la lancha se separó del
embarcadero, mientras John permanecía allí mirándola con una sensación de inmensa
pérdida en el corazón. Luego se dio media vuelta y se dirigió al hotel, desolado, ajeno
al radiante día que le rodeaba.
Mientras echaba un vistazo al dormitorio del hotel, pensó que no había nada que
produjera tanta melancolía como una habitación desocupada, especialmente cuando
las señales recientes de ocupación seguían aún visibles a su alrededor. Las maletas de
Laura estaban encima de la cama, y un segundo abrigo que se había dejado. Rastros
de colorete en el tocador. Un pañuelo de papel con una mancha de carmín dentro de
la papelera. Incluso un viejo tubo de dentífrico apretado y seco en el estante de cristal
sobre el lavabo. Los sonidos del tráfico desordenado en el Gran Canal penetraban
como siempre por la ventana abierta, pero Laura ya no estaba allí para escucharlo, ni
para contemplarlo desde el pequeño balcón. El placer había desaparecido. Y los
sentimientos también.
John terminó de hacer el equipaje, lo dejó preparado para que lo recogieran y bajó
a pagar la cuenta. El recepcionista estaba recibiendo nuevos huéspedes. Había gente
sentada en la terraza con vistas al Gran Canal leyendo el periódico, todo el día por
delante aún para hacer planes.
John decidió comer pronto, allí en la terraza, en terreno conocido, para que luego
el botones llevara el equipaje a uno de los ferris que navegaban entre San Marcos y

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Porta Roma, donde estaba aparcado el coche. La frustrada cena de la noche anterior
le había dejado vacío y estaba preparado para devorar el carrito de aperitivos que le
ofrecieron hacia el mediodía. Pero incluso en esto había un cambio. El maître, su
amigo especial, libraba ese día y la mesa donde solían sentarse estaba ocupada por
nuevos huéspedes, una pareja de luna de miel, se dijo a sí mismo con amargura al
observar la felicidad y las sonrisas, mientras le conducían a una pequeña mesa de una
plaza junto a un búcaro de flores.
Ya estará volando, pensó John, ya está en camino, e intentó imaginarse a Laura
sentada entre los ministros metodistas, hablándoles sin duda acerca de Johnnie y su
ingreso en el hospital, y solo Dios sabe qué más. Bueno, de todas formas, las
hermanas gemelas podían descansar en paz con sus percepciones psíquicas. Sus
deseos se habían cumplido.
Terminado el almuerzo, no tenía sentido demorarse tomando un café en la terraza.
Deseaba marcharse lo antes posible, recoger el coche y partir hacia Milán. Se
despidió en el mostrador de recepción y, escoltado por el botones que había
amontonado el equipaje en un carrito de maletas, echó a andar de nuevo hacia el
embarcadero de San Marcos, Cuando embarcó en el ferri con el equipaje apilado
junto a él, una multitud de gente se empujaba haciéndose sitio a su alrededor y sintió
una momentánea punzada de melancolía por dejar Venecia. ¿Cuándo regresarían, si
es que regresaban alguna vez? El año próximo… dentro de tres años… La vio por
primera vez durante la luna de miel, hacía ya diez años, y luego una segunda visita,
en passant, antes de un crucero, y ahora estos últimos diez días frustrados, que habían
acabado tan abruptamente.
El agua centelleaba a la luz del sol, los edificios brillaban, los turistas con gafas
de sol marchaban arriba y abajo del Molo que se alejaba rápidamente, la terraza del
hotel ya se había perdido de vista mientras el ferri avanzaba tambaleante por el Gran
Canal. Tantas imágenes que captar y guardar, las familiares y amadas fachadas., los
balcones, las ventanas, el agua golpeando contra los escalones de los sótanos de los
palacios decadentes, la pequeña casa roja donde vivió D’Annunzio, con su jardín;
nuestra casa, como Laura la llamaba fingiendo que era de ellos… Pronto el ferri
viraría a la izquierda, para ir directo a Piazzale Roma, perdiéndose así lo mejor del
Canal, el Rialto, los palacios situados más allá.
Otro ferri se cruzó con ellos en dirección opuesta, lleno de pasajeros, y durante un
breve y absurdo instante deseó poder cambiar de lugar, estar entre los felices turistas
que iban en dirección a Venecia y todo lo que acababa de dejar atrás. Entonces la vio.
Laura, con su abrigo color escarlata y las dos gemelas a su lado, la hermana activa
con la mano posada en el brazo de Laura, hablando con ella gravemente, y la propia
Laura, con el cabello ondeando al viento, gesticulando, y en su rostro una expresión
de angustia. John la observó, atónito, demasiado asombrado para gritar o agitar la
mano y, de todas formas, no habrían podido verle u oírle, pues su ferri ya había
pasado y se alejaba en dirección opuesta.

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¿Qué demonios había pasado? Debió de haber algún tipo de problema con el
vuelo y no llegó a despegar, pero, en ese caso, ¿por qué Laura no le había telefoneado
al hotel? ¿Y qué hacían esas malditas hermanas? ¿Se las había encontrado en el
aeropuerto? ¿Era una coincidencia? ¿Y por que parecía tan angustiada? No se le
ocurría ninguna explicación. Tal vez habían cancelado el vuelo. Por supuesto, Laura
iría directamente al hotel, esperando encontrarle allí, intentando, sin duda, regresar
con él en coche a Milán y tomar el tren la noche siguiente. Qué maldita confusión. Lo
único que podía hacer era llamar al hotel en cuanto su ferri llegara a Piazzale Roma y
decirle que le esperara… que regresaría a recogerla. En cuanto a las malditas y
entrometidas hermanas, bien podían irse a cardar lana.
Cuando el ferri llegó al embarcadero se produjo la típica estampida de pasajeros.
Tuvo que encontrar un mozo de estación para recoger su equipaje y luego esperar
hasta encontrar un teléfono. Tener que rebuscar monedas y el número del hotel
hicieron que se demorara aún más. Por fin, logró que le pasaran la llamada y,
afortunadamente, el recepcionista del hotel que conocía seguía todavía allí.
—Mire, ha habido una terrible confusión —empezó, y le explicó que Laura
estaba en esos momentos de regreso al hotel… la había visto con dos amigas en uno
de los ferris. ¿Podría el recepcionista explicárselo a ella y decirle que esperara? El
estaría de vuelta en el siguiente ferri disponible para recogerla—. En cualquier caso,
reténgala —dijo—. Iré allí tan rápido como pueda.
El recepcionista le entendió perfectamente y John colgó.
Gracias a Dios Laura no había aparecido antes de que él hiciera la llamada, o le
habrían informado de que estaba de camino a Milán. El portamaletas seguía
esperando con su equipaje y parecía más sencillo ir con él hasta el garaje, dejar las
maletas a cargo de la oficina que había allí y pedirles que las guardaran durante una
hora, cuando él regresaría con su mujer para recoger el coche. Luego volvió al
embarcadero para esperar al siguiente ferri a Venecia. Los minutos pasaban
lentamente y no dejaba de preguntarse qué contratiempo habría surgido en el
aeropuerto y por qué demonios Laura no le había telefoneado. No servía de nada
perder el tiempo con conjeturas. Ella le contaría rodo en el hotel. Pero algo era
seguro: no iba a permitir que Laura y él cargaran con las hermanas, ni que se vieran
arrastrados en sus asuntos. Podía imaginarse a Laura diciendo que ellas también
habían perdido su vuelo y que si podían llevarlas a Milán.
Finalmente, el ferri llegó al embarcadero y subió a bordo. ¡Qué momento más
anticlimático, pasar de nuevo ante las conocidas vistas de las que acababa de
despedirse con tanta nostalgia hacía solo un rato! Ni siquiera miró a su alrededor en
esta ocasión, tantas ansias tenía de llegar a su destino. En San Marcos había más
gente que nunca, la multitud de la tarde avanzaba apiñada y todos ellos parecían
empeñados en disfrutar.
Llegó al hotel y empujó la puerta giratoria esperando ver a Laura y posiblemente
a las hermanas aguardándole en el salón, a la izquierda de la entrada. No estaba allí.

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Se acercó al mostrador de recepción. El recepcionista con el que había hablado estaba
allí, conversando con el director.
—¿Ha llegado mi mujer? —preguntó John.
—No, señor, todavía no.
—Qué extraño. ¿Está seguro?
Completamente seguro, señor. Llevo aquí desde que telefoneó usted a las dos
menos cuarto. No he abandonado el mostrador.
—No lo entiendo. Iba en uno de los vaporetti por delante de la Accademia. Debió
de desembarcar en San Marcos unos cinco minutos más tarde y venir aquí.
El recepcionista parecía desconcertado.
—No sé qué responderle… ¿Y dice que la signara estaba con unas amigas?
—Sí, bueno, conocidas. Dos damas a las que. conocimos en Torcello ayer. Me
sorprendió verla con ellas en el vaporetto y, por supuesto, supuse que el vuelo había
sido cancelado y que de alguna manera coincidieron en el aeropuerto y decidió
regresar con ellas aquí, para encontrarse conmigo antes de que me fuera.
Oh, demonios, ¿qué estaba haciendo Laura? Eran más de las tres. Era cuestión de
minutos llegar desde el embarcadero de San Marcos hasta el hotel.
—Tal vez la signara se marchó al hotel de sus amigas. ¿Sabe dónde se hospedan?
—No —respondió John—, no tengo ni la más mínima idea. Lo que es más, ni
siquiera sé los nombres de las dos damas. Eran hermanas gemelas, de hecho, parecían
iguales. Pero, de todas formas, ¿por qué ir a su hotel y no aquí?
La puerta giratoria se abrió, pero no era Laura. Dos huéspedes del hotel.
El director intervino entonces en la conversación.
—Le diré lo que haremos —dijo—. Telefonearé al aeropuerto y comprobaré el
vuelo. Así al menos llegaremos a algún sitio.
Sonrió como pidiendo disculpas. No era normal que los planes salieran tan mal.
—Sí, hágalo —dijo John—. Será mejor que sepamos lo que ha pasado allí.
Encendió un cigarrillo y se puso a andar de un lado a otro del vestíbulo. Qué
maldito lío. Y qué impropio de Laura, que sabía que él saldría hacia Milán después
del almuerzo… de hecho, por lo que ella sabía, podría haberse ido antes. Pero, en ese
caso, a la llegada del aeropuerto ella le habría telefoneado enseguida si el vuelo
hubiera sido cancelado. El director tardó un siglo en hacer la llamada, tuvieron que
conectarlo con otra línea y su italiano era demasiado rápido para que John pudiera
seguir la conversación. Finalmente, colgó el auricular.
—Resulta de lo más misterioso, señor —dijo—. El vuelo chárter no se retrasó,
despegó a la hora con todos los pasajeros. Por lo que pudieron decirme, no hubo
ningún contratiempo. La signora simplemente debió de cambiar de idea —y le sonrió
con una expresión más marcada de disculpas en su rostro.
—Cambió de idea… —repitió John—. Pero ¿por qué diablos haría algo así?
Estaba ansiosa por llegar a casa esta noche.
El director se encogió de hombros,

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—Ya sabe cómo pueden llegar a ser las mujeres, señor —dijo—. Su esposa tal
vez pensó que, después de todo, prefería tomar el tren en Milán con usted. Pero le
aseguro que la compañía del chárter es de lo más responsable y era un avión
Caravelle, totalmente seguro.
—Sí, sí —replicó John con impaciencia—. No critico la gestión de ustedes en
absoluto. Es solo que no llego a comprender qué le ha hecho cambiar de idea, a
menos que esa idea fuera encontrarse con estas dos damas.
El director permaneció en silencio. No se le ocurría qué más podía decir. El
recepcionista parecía igualmente preocupado.
—¿Sería posible —sugirió—, que cometiera un error y no fuera la signora a
quien vio en el vaporetto?
—Oh, no —contestó John—, era mi esposa, se lo aseguro. Llevaba el abrigo rojo,
sin sombrero, tal como iba cuando su marchó de aquí. La vi tan claramente como
puedo verle a usted ahora. Lo juraría ante un tribunal.
—Es una pena —dijo el director— que no sepamos el nombre de las dos damas, o
el hotel donde están alojadas. ¿Y dice que conocieron a estas dos damas en Torcello
ayer?
—Sí… pero solo durante un rato. Ellas no iban a quedarse allí. Al menos, estoy
seguro de que no lo hicieron. Las vimos a la hora de la cena en Venecia, más tarde.
—Discúlpeme…
Unos huéspedes llegaban con el equipaje para alojarse en el hotel y el
recepcionista se vio obligado a atenderles. John se volvió desesperado al director.
—¿Cree usted que serviría de algo telefonear al hotel de Torcello por si supieran
el nombre de las damas o el lugar donde se alojaban en Venecia?
—Podemos intentarlo —respondió el director—. Hay pocas esperanzas, pero
podemos intentarlo.
John reanudó sus nerviosos paseos de un lado a otro, sin apartar la mirada de la
puerta giratoria, esperando, rogando por divisar el abrigo rojo y ver entrar a Laura.
De nuevo, siguió lo que le pareció una conversación telefónica interminable entre el
director y alguien en el hotel de Torcello.
—Háblele de las dos hermanas —dijo John—, dos damas ancianas vestidas de
gris, ambas exactamente iguales. Una de ellas es ciega —añadió.
El director asintió. Obviamente estaba haciendo una descripción detallada. Sin
embargo, cuando colgó el teléfono, negó con la cabeza.
—El director de Torcello dice que recuerda a las dos damas muy bien —dijo a
John—, pero solo estuvieron allí para comer. No dejaron sus nombres.
—Bueno, pues ya está. No podemos hacer nada más que esperar.
John encendió su tercer cigarrillo y salió a la terraza para proseguir con sus
nerviosos paseos allí. Miró hacia la otra orilla del canal, escrutando las cabezas de las
personas que pasaban en barcos de vapor, en lanchas motoras e incluso en las
deslizantes góndolas. Los minutos iban pasando en su reloj y ni rastro de Laura. Le

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invadió un presentimiento terrible de que, de alguna manera, todo aquello había sido
premeditado, que Laura jamás tuvo intención de tomar ese avión, que la noche
anterior en el restaurante lo organizó todo con las hermanas. Oh, Dios mío, pensó,
eso es imposible, me estoy volviendo paranoico… Y, sin embargo, ¿por qué? ¿Por
qué? No, lo más probable es que el encuentro en el aeropuerto fuera fortuito y por
alguna razón increíble habían convencido a Laura de que no embarcara en el avión, e
incluso impidieron que lo tomara, sacándose de la manga alguna de sus visiones
psíquicas, que el avión iba a colisionar, que debía regresar con ellas a Venecia. Y
Laura, en su estado sensible, sintió que tenían razón y se lo tragó todo sin cuestionar
nada.
Pero, admitiendo estas posibilidades, ¿por qué no había acudido al hotel? ¿Qué
estaba haciendo? Las cuatro, las cuatro y media, el sol ya no se reflejaba en el agua.
Regresó al mostrador de recepción.
—No puedo quedarme aquí esperando —dijo— Aunque aparezca finalmente, no
llegaremos a tiempo a Milán esta noche. Puede que la vea paseando con estas damas
en la plaza de San Marcos, o en otro sitio. Si llega mientras estoy fuera, ¿podrían
explicárselo?
El recepcionista estaba muy afectado.
—Por supuesto, señor —dijo—. Es una gran preocupación para usted, señor.
¿Sería aconsejable tal vez que le reservemos habitación aquí esta noche?
John hizo un gesto de desesperación.
—Tal vez, sí, no lo sé. Quizás…
Salió por la puerta giratoria y echó a caminar hacia la plaza de San Marcos. Miró
todos los escaparates de los soportales, cruzó la plaza una docena de veces, se abrió
paso entre las mesas delante del Florian, delante del Quadri, sabiendo que el abrigo
rojo de Laura y la singular apariencia de las hermanas gemelas eran fáciles de
detectar, incluso entre aquel gentío en movimiento, pero no había rastro de ellas. Se
unió a la muchedumbre de compradores de la Mercerie, codo con codo con los
haraganes, rateros, mirones de escaparates, sabiendo instintivamente que era inútil,
que ellas no iban a estar allí. ¿Por que Laura habría perdido a propósito su vuelo para
regresar a Venecia con semejante fin? E incluso si lo hubiera hecho, por alguna razón
que no era capaz de imaginar, sin duda habría ido primero al hotel para encontrarse
con él.
Lo único que le quedaba por hacer era intentar localizar a las hermanas. Su hotel
debía de estar entre los cientos de hoteles y pensiones desperdigados por Venecia, o
incluso en la otra orilla, en las Zattere, o más allá, en la Giudecca. Aunque estas
últimas posibilidades parecían un tanto remotas. Lo más probable es que estuvieran
alojadas en algún hotel pequeño o pensión en algún lugar cerca de San Zaccaria, no
lejos del restaurante donde cenaron la noche anterior. La ciega sin duda no podía
alejarse mucho por las noches. Había sido un idiota al no haber pensado en ello antes,
así que dio media vuelta y se alejó rápidamente del iluminado distrito comercial, en

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dirección al barrio de calles más estrechas y casas más apiñadas en el que habían
cenado la noche anterior. Encontró el restaurante sin mucha dificultad, pero todavía
no habían abierto para las cenas y el camarero que estaba preparando las mesas no era
el mismo que les había atendido. John le pidió ver al padrone y el camarero
desapareció en las profundidades del local. Regresó un par de minutos más tarde con
el propietario, un tanto desaliñado en mangas de camisa, pillado en un momento
relajado y vestido de manera informal.
—Cené aquí anoche —explicó John—. Había dos damas sentadas a una mesa del
rincón.
Señaló el lugar.
—¿Desea reservar mesa para esta noche? —preguntó el propietario.
—No —dijo John—. No, había dos damas allí anoche, dos hermanas, due sorelle,
gemelas, gemelle. —¿Cuál era la palabra para gemelas?—. ¿Se acuerda? Dos damas,
sorelle vecchie.
—Ah —dijo el hombre—, si, si, signare, la povera signorina —se llevó las
manos a los ojos para fingir ceguera—. Sí, recuerdo.
—¿Conoce sus nombres? —preguntó John—. ¿Dónde se hospedaban? Tengo
necesidad de encontrarlas.
El propietario abrió las manos en un gesto de pesar.
—Lo siento mucho, signore, no conozco los nombres de las signorine, han estado
aquí una o dos veces, quizás para la cena, no dicen dónde están alojadas. Si vuelve
usted esta noche, tal vez podrían estar aquí. ¿Le gustaría reservar una mesa?
Señaló a su alrededor, sugiriendo que eligiera la mesa que le apeteciera para una
futura cena, pero John negó con la cabeza.
—Gracias, no. Puede que cene en otro lugar. Lamento haberle molestado. Si las
signarme vinieran… —hizo una pausa—, puede que regrese más tarde —añadió—.
No estoy seguro.
El propietario se inclinó respetuosamente y caminó con él a la entrada.
—En Venecia todo el mundo se conoce —dijo sonriendo—. Es posible que el
signare encuentre a sus amigas esta noche. Arrivederci, signore.
¿Amigas? John salió a la calle. Más bien secuestradoras… El nerviosismo su
había convertido en miedo, y el miedo en pánico. Algo había salido terriblemente
mal. Esas mujeres tenían a Laura, se habían aprovechado de su propensión actual a la
sugestión, la habían inducido a que fuera con ellas, o bien a su hotel o a otro lugar.
¿Debería acudir al consulado? ¿Dónde estaba? ¿Qué iba a decir cuando llegara allí?
Echó a caminal sin rumbo, y se encontró, como la noche anterior, en calles que no
conocía y, de repente, llegó a un edificio en cuya parte superior figuraba la palabra
Questura. Ya está bien, pensó. Me da igual, algo ha ocurrido. Voy a entrar. Había un
grupo de policías uniformados entrando y saliendo; un cualquier caso, el lugar se veía
lleno de actividad; se dirigió a uno de ellos que se encontraba al otro lado de un
cristal de seguridad y preguntó si alguien hablaba inglés. El hombre señaló un tramo

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de escaleras y John subió, entró por una puerta a su derecha y allí vio que otra pareja
estaba sentada, esperando, y con alivio los reconoció como compatriotas, turistas,
obviamente marido y mujer, metidos en algún tipo de problema.
—Pase y siéntese —dijo el hombre—. Llevamos media hora esperando, pero ya
no pueden tardar mucho más. ¡Menudo país! No nos dejarían así tirados en casa.
John tomó el cigarrillo que le ofrecía y encomió una silla junto a ellos.
—¿Cuál es su problema? —preguntó.
—A mi esposa le han robado el bolso en una de las tiendas de la Mercerie —dijo
el hombre—. Lo dejó apoyado tan solo un momento para mirar algo y, no se lo va a
creer, un segundo más tarde había desaparecido. Yo creo que era un carterista, pero
ella insiste en que fue la chica del mostrador. Pero ¿quién lo sabe? Estos espaguetis
son todos iguales. De todas formas, estoy seguro de que nunca lo recuperaremos.
¿Qué ha perdido usted?
—Una maleta robada —mintió John rápidamente—. Tenía algunos documentos
importantes dentro.
¿Cómo iba a decir que había perdido a su mujer? No sabría ni cómo empezar…
El hombre asintió comprensivo.
—Como le he dicho, estos espaguetis son todos iguales. El viejo Musso sabía
cómo manejarlos. Hay demasiados comunistas por aquí últimamente. El problema es
que no se van a tomar muchas molestias con nuestros problemas, no mientras ese
asesino ande suelto. Están todos ahí fuera buscándolo.
—¿Asesino? ¿Qué asesino? —preguntó John.
—No me diga que no se ha enterado. —El hombre le miró sorprendido—. No se
habla de otra cosa en Venecia. Ha salido publicado en todos los periódicos, en la
radio, e incluso en la prensa inglesa. Un asunto de lo más turbio. Encontraron a una
mujer degollada la semana pasada… una turista… y esta mañana ha aparecido un
viejo con el mismo tipo de herida de arma blanca. Por lo visto creen que es un loco,
porque no parece que haya ningún móvil. Mala cosa que ocurra esto en Venecia en
plena temporada turística.
—Mi mujer y yo jamás leemos la prensa cuando estamos de vacaciones —dijo
John—. Ni tampoco somos muy dados al cotilleo en el hotel.
—Muy inteligente —se rio el hombre—. Podría echar a perder sus vacaciones,
especialmente si su esposa es una mujer nerviosa… Bueno, de todas formas, nosotros
nos marchamos mañana. Y no podemos decir que nos importe mucho, ¿verdad,
querida? —Se volvió a su esposa—. Venecia ha perdido mucho desde la última vez
que estuvimos. Y ahora, el robo del bolso es realmente el colmo.
La puerta de la oficina interior se abrió y un inspector de policía de cierta edad
pidió al acompañante de John y a su mujer que pasaran.
—Seguro que no sacaremos nada en claro —murmuró el turista al tiempo que
lanzaba un guiño a John, y él y su mujer entraron en la oficina.

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La puerta se cerró a sus espaldas. John apagó el cigarrillo y se encendió otro. Le
poseía una extraña sensación de irrealidad. Se preguntó qué hacía allí, ¿de qué servía?
Laura ya no estaba en Venecia, sino que había desaparecido, tal vez para siempre, con
aquellas hermanas diabólicas. Jamás podría localizarla. Y entonces, tal como lo
habían inventado en aquella historia fantástica sobre las gemelas, cuando las vieron
por primera vez en Torcello, siguiendo la lógica de una pesadilla, la ficción podría
haber tenido una base de realidad; las ancianas eran de hecho maleantes disfrazados,
hombres con intenciones criminales que arrastraban a personas inocentes a muertes
terribles. Incluso podrían ser los asesinos que buscaba la policía. ¿Quién sospecharía
de dos mujeres ancianas de apariencia respetable, que vivían tranquilamente en
alguna pensión u hotel de segunda categoría? Apagó el cigarrillo sin acabárselo.
Esto, pensó, es el inicio de una paranoia. Así es como la gente pierde la cabeza.
Echó una mirada a su reloj. Eran las seis y media. Lo mejor sería olvidarse de esta
búsqueda inútil en la comisaría e intentar conservar el único hilo de cordura que le
quedaba. Regresaría al hotel, pediría una llamada al colegio privado en Inglaterra y
preguntaría sobre el estado de Johnnie. No había pensado en el pobre Johnnie desde
que vio a Laura en el vaporetto.
Pero ya era demasiado tarde. La puerta de la oficina se abrió y la pareja salió del
interior.
—Las típicas tonterías —dijo el marido en voz baja a John—. Harán lo que
puedan. Supongo que no mucho. Hay tantos turistas en Venecia… ¡Todos ladrones!
Los lugareños son irreprochables. No les saldría a cuenta que robasen a sus clientes.
Bueno, le deseo mejor suerte.
El hombre asintió, la mujer sonrió e inclinó la cabeza y luego desaparecieron.
John siguió al inspector de policía al interior de la oficina.
Se iniciaron los formalismos. Nombre, dirección, pasaporte. Duración de la
estancia en Venecia, etcétera, etcétera. Luego las preguntas, y John, que ya tenía la
frente llena de sudor, se lanzó a contar su interminable historia, La primera vez que
vieron a las hermanas, el encuentro en el restaurante, el estado tendente a la sugestión
de Laura por la muerte de su hija, el telegrama sobre Johnnie, la decisión de que
tomara un vuelo chárter, la partida de Laura y su inexplicable y repentino regreso.
Cuando hubo acabado se sentía tan agotado como si hubiera estado conduciendo
trescientas millas sin parar tras una fuerte gripe. Su interrogador hablaba un inglés
excelente con un fuerte acento italiano.
—Dice usted —comenzó— que su esposa sufría los efectos posteriores al
shock… ¿Ha advertido alguno de los síntomas durante su estancia en Venecia?
—Bueno, sí —contestó John—, había estado realmente enferma. Las vacaciones
no parecían estar sentándole bien. Solo después de conocer a estas dos mujeres en
Torcello ayer, su estado de ánimo cambió. La angustia parecía haberse esfumado.
Supongo que estaba dispuesta a agarrarse a un clavo ardiendo, y esta creencia de que

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nuestra pequeña la observaba de alguna manera la trajo de vuelta a una aparente
normalidad.
—Sería natural —dijo el policía—, teniendo en cuenta las circunstancias. Pero sin
duda el telegrama de ayer noche debió de ser un mazazo para ambos.
—Sí, en efecto. Esa fue la razón de que decidiéramos regresar a casa.
—¿No hubo ninguna discusión entre ustedes? ¿Ninguna discrepancia de opinión?
—Ninguna. Estábamos totalmente de acuerdo. Lo único que lamentaba era no
poder ir con mi mujer en ese vuelo chárter.
El policía asintió.
—Podría ser que su esposa hubiera sufrido un repentino ataque de amnesia y el
encontrarse con las dos damas le sirvió de nexo, así que se quedó con ellas para
protegerse. Usted las ha descrito con bastante detalle y creo que no será difícil
localizarlas. Mientras tanto, le sugiero que regrese al hotel y nosotros nos pondremos
en contacto con usted en cuanto tengamos alguna información.
Al menos, pensó John, habían creído su historia. No le tomaron por un chiflado
que se había inventado todo y simplemente les estaba haciendo perder el tiempo.
—Debe comprender —dijo John— que estoy tremendamente preocupado. Esas
mujeres podrían tener intenciones criminales contra mi esposa. No sería la primera
vez que tales cosas…
El policía le sonrió por fin.
—Por favor, no se preocupe —dijo—. Estoy seguro de que habrá una explicación
convincente.
Perfecto, pensó John, pero, en nombre del Cielo, ¿cuál?
—Siento haberle hecho perder tanto tiempo —dijo—. Especialmente ahora que la
policía tiene a todos sus efectivos en busca de un asesino que todavía anda suelto.
Lo dijo a propósito. ¿Qué problema había si permitía que el tipo supiera que, por
lo que sabían hasta ahora, podría existir una conexión entre la desaparición de Laura
y el resto de los casos por resolver?
—Ah, eso —respondió el policía al tiempo que se ponía de pie—. Esperamos
tener pronto al asesino entre rejas.
Su tono de confianza resultaba tranquilizador. Asesinos, mujeres desaparecidas,
bolsos perdidos, todo estaba bajo control. Se estrecharon las manos y John fue
conducido fuera de la oficina y a continuación al piso de abajo. Tal vez, pensó
mientras caminaba de regreso al hotel, el policía tenía razón. Laura había sufrido un
repentino ataque de amnesia y las hermanas estaban casualmente en el aeropuerto y la
habían llevado de regreso a Venecia, al hotel donde ellas se hospedaban, porque
Laura no podía recordar dónde habían estado alojados John y ella. Quizás en esos
mismos momentos estaban intentando localizar su hotel. De todas formas, John no
podía hacer nada más. Ahora estaba en manos de la policía y, con la ayuda de Dios,
darían con la solución. Lo único que quería hacer en esos momentos era derrumbarse

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en una cama con un whisky y luego hacer una llamada telefónica al colegio de
Johnnie.
El botones le condujo por el ascensor a una habitación modesta en la cuarta planta
de la parte trasera del hotel. Una habitación desnuda, impersonal, las contraventanas
cerradas y un tufo a cocina que se colaba por el patio de luces.
—Que me traigan un whisky doble, por favor —dijo al chico—. Y un ginger-ale.
Cuando estuvo a solas, metió la cabeza bajo el chorro de agua fría del lavabo,
aliviado al descubrir que la diminuta porción del jabón de cortesía le reconfortaba
levemente. Se quitó los zapatos con dos patadas, colgó el abrigo sobre el respaldo de
una silla y se tumbó en la cama. En la radio de alguna habitación sonaba a todo
volumen una canción popular, ya varias estaciones pasada de moda, que había sido la
favorita de Laura hacía un par de años. «Te quiero, baby…» Cogió el teléfono y pidió
que transfirieran la llamada a Inglaterra. Luego cerró los ojos y durante todo el
tiempo una voz insistente persistía: «Te quiero, baby… no puedo sacarte de mi
mente».
Por fin, se escucharon unos golpes en la puerta. Era el camarero con su bebida.
Demasiado poco hielo, un alivio tan escaso, pero una necesidad tan desesperada. Se
lo bebió de un trago sin el ginger-ale y en pocos segundos el insistente dolor se
calmó, se entumeció, provocándole, aunque tan solo momentáneamente, una
sensación de calma. El teléfono sonó, y ahora, pensó preparándose para el desastre
definitivo, la conmoción final, Johnnie probablemente estará muriéndose o ya
muerto. En cuyo caso, ya nada importaría. Bien podía entonces hundirse Venecia.
La telefonista le comunicó que la llamada había sido realizada y en unos
segundos escuchó la voz de la señora Hill al otro lado de la línea. Debieron de
advertirle que la llamada era desde Venecia, porque supo de inmediato con quién
estaba hablando.
—¿Hola? —dijo ella—. Oh, estoy tan contenta de que haya llamado. Todo va
bien. Johnnie ha sido operado, el cirujano se decidió a operar a mediodía en lugar de
esperar y ha sido todo un éxito. Johnnie se pondrá bien. Así que ya no tienen que
preocuparse más y disfruten de una noche tranquila.
—Gracias a Dios —respondió él.
—Lo sé —dijo ella—, estamos tan aliviados… Ahora le pasaré el teléfono a su
esposa para que puedan hablar.
John se quedó sentado en la cama, aturdido. ¿Qué demonios quería decir?
Entonces escuchó la voz de Laura, fría y nítida.
—¿Cariño? ¿Cariño, estás ahí?
No podía responder. Sintió que la mano que sujetaba el auricular estaba fría y
sudorosa.
—Estoy aquí —susurró.
—No se escucha muy bien —dijo Laura—, pero da igual. Como ya te ha
comentado la señora Hill, todo está bien. El cirujano es un hombre de lo más

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agradable y la hermana de la sala de Johnnie es un encanto, estoy tan feliz, de que
todo haya salido bien… Vine directamente aquí después de aterrizar en Gatwick. El
vuelo fue bien, por cierto, que grupo más extraño de gente, te vas a partir de risa
cuando te lo cuente. Luego fui al hospital y Johnnie ya estaba despertando. Muy
drogado, por supuesto, pero feliz de verme. Y los Hill están siendo maravillosos, me
han alojado en su habitación de invitados y el trayecto hasta la ciudad y el hospital es
bastante corto en taxi. Voy a acostarme en cuanto terminemos de cenar, porque estoy
hecha trizas después del vuelo y los nervios. ¿Qué tal fue el viaje a Milán? ¿Dónde
vas a dormir?
John no reconoció como suya la voz con la que le respondió. Era la respuesta
automática de algún tipo de computadora.
—No estoy un Milán —dijo—. Sigo en Venecia.
—¿Todavía en Venecia? ¿Por qué demonios estás ahí? ¿Es que no arrancaba el
coche?
—No te lo puedo explicar —dijo él—. Hubo una estúpida confusión…
De repente, John se sintió tan agotado que estuvo a punto de dejar caer el
auricular y, avergonzado, pudo sentir que las lágrimas se desbordaban en sus ojos.
—¿Qué clase de confusión? —La voz de ella sonaba suspicaz, casi hostil—. No
habrás tenido un accidente.
—No… no… nada de eso.
Un segundo de silencio y, a continuación, ella dijo:
—No hablas claro. No me digas que te has emborrachado.
Oh, Dios… ¡Si ella supiera! Probablemente fuera a desmayarse en cualquier
momento, pero no por culpa del whisky.
—Creí —dijo lentamente—, creí que te había visto, en un vaporetto, con esas dos
hermanas.
¿Para qué seguir? Resultaba inútil intentar explicarse.
—¿Cómo podrías haberme visto con las hermanas? —dijo ella—. Sabías que me
había ido al aeropuerto. En serio, querido, eres idiota. Pareces haberte obsesionado
con esas dos pobres ancianitas. Espero que no le hayas dicho nada a la señora Hill
ahora.
—No.
—Bueno, ¿qué vas a hacer? ¿Tomarás el tren en Milán mañana, no?
—Sí, por supuesto —dijo.
—Todavía no entiendo qué te ha retenido en Venecia —dijo ella—. Me suena
todo un poco extraño. Pero, bueno…, gracias a Dios, Johnnie va a ponerse bien y yo
estoy aquí.
—Sí —respondió él—, sí.
Podía oír el distante retumbar de un gong en el vestíbulo del director de escuela.
—Será mejor que te vayas —dijo él—. Saluda a los Hill de mi parte, y todo mi
amor a Johnnie.

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—Bueno, cuídate, querido, y por lo que más quieras, no pierdas el tren mañana, y
conduce con cuidado.
La línea se cortó y la voz de Laura se desvaneció. John se sirvió el resto del
whisky en el vaso vacío y, tras rebajarlo con ginger-ale, se lo bebió de un trago. Se
levantó, cruzó la habitación, abrió los postigos y se asomó por la ventana.
Se sentía mareado. Su sensación de alivio, enorme, abrumadora, quedaba de
alguna manera atenuada por una curiosa sensación de irrealidad, casi como si la voz
que le había hablado desde Inglaterra no fuera la de Laura, sino una farsa, y ella
siguiera en Venecia, escondida en alguna pensión de mala muerte con las dos
hermanas.
La cuestión era que él había visto a las tres en el vaporetto. No era otra mujer con
abrigo rojo. Las dos mujeres habían estado allí, con Laura. Así que, ¿cuál era la
explicación? ¿Qué le pasaba en la cabeza? ¿O era algo más siniestro? Las hermanas,
que poseían poderes psíquicos de extraordinaria fuerza, le habían visto cuando se
cruzaron los dos ferris y de alguna manera inexplicable le habían hecho creer que
Laura estaba con ellas. Pero ¿por qué? ¿Con qué fin? No, no tenía sentido. La única
explicación era que se hubiera equivocado, que todo aquel episodio hubiera sido una
alucinación. En cuyo caso necesitaba un psicoanálisis, al igual que Johnnie había
necesitado un cirujano.
¿Y qué haría ahora? ¿Bajar e informar al director de que todo este embrollo había
sido por su culpa y que acababa de hablar con su mujer, que llegó a Inglaterra sana y
salva en su vuelo chárter? Se puso los zapatos y se mesó el pelo con los dedos. Miró
el reloj. Eran las ocho menos diez. Si pasaba por el bar y tomaba una copa rápida
sería más sencillo enfrentarse al director y admitir lo que había pasado.
Luego, tal vez, contactaran con la policía. Profusas disculpas a diestro y siniestro
por las enormes molestias causadas a todos.
Se dirigió a la planta baja y fue directamente al bar, sintiéndose avergonzado, un
hombre marcado, imaginando que todos lo mirarían y pensarían: «Ahí va el tipo que
ha perdido a su esposa». Por fortuna, el bar estaba lleno y no había ningún rostro
conocido.
Incluso el camarero de la barra era un subalterno que no le había servido antes.
Apuró el whisky y echó un vistazo por encima del hombro hacia la recepción. El
mostrador estaba vacío. Podía ver la espalda del director enmarcada en el vano de la
puerta de un cuarto interior, hablando con alguien. Siguiendo un impulso, y de
manera cobarde, cruzó el vestíbulo, atravesó la puerta giratoria y salió a la calle.
Cenaré algo, decidió, luego volveré y daré la cara. Me sentiré con más fuerzas
con algo de comida en el estómago.
Fue al restaurante cercano donde Laura y él habían cenado una o dos veces. Ya
nada importaba, porque ella estaba a salvo. La pesadilla había quedado atrás. Podría
disfrutar su cena a pesar de la ausencia de Laura e imaginársela sentada con los Hill
en una aburrida y tranquila velada; luego, a acostarse temprano, y la mañana

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siguiente de camino al hospital para sentarse junto a su hijo. Johnnie también estaba a
salvo.
Ya no había más preocupaciones, solo las molestas explicaciones y disculpas al
director del hotel.
Tenía una agradable sensación de anonimato sentado allí en un rincón, a solas en
el pequeño restaurante, pidiendo un vitello alla Marsala y media botella de Merlot.
Se tomó su tiempo, disfrutando de la comida, pero aún envuelto en una especie de
bruma y esa invasora sensación de irrealidad mientras la conversación de sus vecinos
ejercía el mismo efecto calmante que la música de fondo.
Cuando se levantó para marcharse, vio en el reloj de la pared que eran casi las
nueve y media. No servía de nada seguir retrasando las cosas más tiempo. Se bebió el
café, encendió un cigarrillo y pagó la cuenta. Después de todo, pensó mientras
regresaba al hotel, el director se sentiría muy aliviado al saber que todo estaba bien.
Cuando empujó la puerta giratoria, lo primero que advirtió fue a un hombre con
uniforme de policía de pie junto al director en el mostrador. El recepcionista también
estaba allí. Se dieron la vuelta cuando John se acercó a ellos y el rostro del director se
iluminó aliviado.
—Eccola! —exclamó—. Estaba seguro de que el signore no andaría lejos. Las
cosas progresan, signore. Han localizado a las dos damas y se han mostrado
amablemente de acuerdo en acompañar a la policía a la Questura. Si acude allí de
inmediato, este agente di polizia le escoltará.
John se ruborizó.
—He causado muchos problemas a todo el mundo —dijo—. Tenía intención de
decírselo antes de salir a cenar, pero no se encontraba en la recepción. El hecho es
que he contactado con mi mujer. Resulta que después de todo sí que tomó el vuelo a
Londres, y hablé con ella por teléfono. Todo ha sido un gran error.
El director le miró desconcertado.
—¿La signora está en Londres? —repitió. Entonces intercambió una
conversación rápida en italiano con el policía—. Al parecer, las damas sostienen que
no han salido en todo el día, excepto para hacer unas compras por la mañana —dijo
volviéndose a John—. Entonces, ¿quién era la mujer que el signore había visto en el
vaporetto?
John sacudió la cabeza.
—Un error tremendo por mi parte que todavía no llego a entender —dijo—.
Obviamente, no vi ni a mi mujer ni a las dos damas. De verdad que lo siento mucho.
Más conversación rápida en italiano. John advirtió que el recepcionista le miraba
con una expresión de curiosidad en los ojos. El director se disculpaba en nombre de
John con el policía, quien parecía enfadado y no se callaba, aumentando la voz de
volumen para mayor preocupación del director. Era indudable que este asunto estaba
causando complicaciones a mucha gente, por no mencionar a las dos desafortunadas
hermanas.

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—Mire —dijo John interrumpiendo la cascada de palabras—, ¿podría decirle al
agente que iré con él a comisaría y pediré disculpas en persona tanto al inspector de
policía como a las damas?
El director pareció aliviado.
—Si el signore se tomara la molestia —dijo—. Naturalmente, las damas parecían
bastante alteradas cuando el policía las interrogó en su hotel, y se ofrecieron a
acompañarle a la Questura solo porque estaban muy preocupadas por la signara.
John se sentía cada vez más incómodo. Nada de esto debía llegar a oídos de
Laura. Se pondría furiosa. Se preguntó si existía alguna clase de multa por
proporcional información falsa a la policía con relación a terceros, Además,
retrospectivamente, su error había comenzado a adoptar tintes delictivos.
Cruzó la plaza de San Marcos, ahora abarrotada de paseantes que acababan de
cenar y de espectadores en las cafeterías, mientras las tres orquestas ejecutaban las
piezas musicales a toda marcha en armoniosa rivalidad. Su acompañante se mantenía
a dos discretos pasos de distancia a su izquierda y no pronunció una sola palabra.
Llegaron a la comisaría y subieron las escaleras hasta la misma oficina donde
había estado antes. Vio inmediatamente que no era el inspector que ya conocía sino
otro el que se sentaba al escritorio; un tipo demacrado con expresión agria, mientras
que las dos hermanas, obviamente alteradas, sobre todo la activa, estaban sentadas en
unas sillas cercanas con un subalterno de pie junto a ellas. El escolta de John se
dirigió al agente de policía, hablándole en un rápido italiano, mientras el propio John,
tras unos segundos de duda, avanzó hacia las hermanas.
—Ha habido un terrible error —dijo—. No sé cómo disculparme ante ustedes. Yo
soy el único responsable de todo, la policía no tiene culpa alguna.
La hermana activa hizo un amago de levantarse torciendo la boca nerviosamente,
pero él la detuvo.
—No entendemos —dijo con un fuerte acento escocés—. Nos despedimos de su
mujer ayer por la noche durante la cena y no la hemos visto desde entonces. La
policía llegó a nuestra pensión hace más de una hora y nos dijo que su mujer había
desaparecido y que usted había presentado una denuncia contra nosotras. Mi hermana
no es una mujer fuerte. Esto le ha supuesto un gran trastorno.
—Un error. Un terrible error —repitió él.
Se volvió hacia el escritorio. El agente de policía le estaba hablando y su inglés
era menos fluido que el del anterior interrogador. Tenía la declaración anterior de
John sobre el escritorio y le dio unos golpecitos con un lápiz.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Este documento todo mentira? ¿No hablar la verdad?
—Creía que era la verdad cuando lo conté —dijo John—. Podría haber jurado
ante un juez que vi a mi mujer con esas dos damas en un vaporetto en el Gran Canal
esta tarde. Ahora es cuando me he dado cuenta de mi error.
—No hemos estado cerca del Gran Canal en todo el día —protestó la hermana—,
ni siquiera a pie. Hicimos algunas compras en la Mercerie esta mañana y hemos

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permanecido en la pensión toda la tarde. Mi hermana no se sentía muy bien. Le he
dicho al inspector esto una docena de veces y la gente de la pensión puede corroborar
la historia. Pero se niega a escucharme.
—¿Y la signora? —rezongó el policía enfadado—. ¿Qué pasó con signora?
—La signora, mi esposa, está a salvo en Inglaterra —explicó John pacientemente
—. Hablé con ella por teléfono justo después de las siete.
Sí, tomó el vuelo chárter en el aeropuerto y ahora está alojada con unos amigos.
—Entonces ¿a quién vio en vaporetto con abrigo rojo? —preguntó el agente
furioso—. Y si no estas signorine aquí, entonces, ¿qué signorine?
—Me engañó la vista —dijo John, consciente de que su inglés se estaba
enrevesando—. Creo que veo a mi esposa y estas damas, pero no, no fue así. Mi
esposa en avión, estas damas en pensión todo el tiempo.
Era como hablar chino de teatrillo. De un momento a otro se pondría a hacer
reverencias y meter las manos por las mangas.
El policía levantó la mirada al cielo y golpeó la mesa.
—Así que todo este trabajo para nada —dijo—. Hoteles y pensiones registrados
por signorine y signora inglesa desaparecida, cuando aquí tenemos muchas, muchas
cosas que hacer. Ha cometido error. Quizás tomar mucho vino en mezzo giorno y ver
cien signore con abrigos rojos en cien vaporetto… —Se puso en pie arrugando los
papeles que estaban sobre la mesa—. Y ustedes, signorine —dijo—, ¿desean
presentar queja contra esta persona? —Se estaba dirigiendo a la hermana activa.
—Oh, no —dijo—, claro que no. Puedo comprender que todo ha sido un error.
Nuestro único deseo es regresar de inmediato a nuestra pensión.
El policía gruñó. Luego señaló a John.
—Es hombre afortunado —dijo—. Estas signorine podrían presentar denuncia
contra usted… algo muy serio.
—Estoy seguro —comenzó John—, haré todo lo que esté en mis manos…
—Por favor, no le dé más vueltas —exclamó la hermana, horrorizada—. Jamás
permitiríamos algo así. —Y ahora le tocó el turno de disculparse con el policía—.
Espero que no tengamos que quitarle más de su valioso tiempo —dijo.
El agente hizo un gesto de despedida con la mano y habló en italiano con el
subalterno.
—Este hombre irá con ustedes a la pensión —dijo—. Buona sera, signorine.
E ignorando a John, se sentó de nuevo tras el escritorio.
—Iré con ustedes —dijo John—. Quiero explicarles exactamente lo que ha
ocurrido.
Marcharon escaleras abajo y salieron del edificio; la hermana ciega se apoyaba en
el brazo de su gemela y cuando estuvieron fuera volvió sus ojos ciegos a John.
—Usted nos vio —dijo ella—, y también a su esposa. Pero no hoy. Nos vio en el
futuro.

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Su voz era más suave que la de su hermana, más pausada, y parecía tener alguna
especie de impedimento en el habla.
—No la entiendo —replicó John, perplejo.
Se volvió a la hermana activa y esta sacudió la cabeza frunciendo el ceño y se
puso un dedo en los labios.
—Ven, cielo —dijo a su gemela—. Ya sabes que estás muy cansada y quiero que
regresemos a casa —y luego, en voz baja a John—: Ella tiene poderes psíquicos. Su
esposa se lo dijo, creo, pero no quiero que se ponga en trance aquí en medio de la
calle.
Dios no lo quiera, pensó John, y la pequeña procesión comenzó a moverse
lentamente por la calle, alejándose de la comisaria por un canal a la izquierda de
ellos. El avance era lento a causa de la hermana ciega, y cruzaron dos puentes. John
estaba perdido tras doblar la primera calle, pero no podría haberle importado menos.
El escolta de la policía estaba con ellos y, de todas formas, las hermanas conocían el
camino.
—Les debo una explicación —dijo John con voz suave—. Mi mujer jamás me
perdonaría si no lo hiciera.
Y, mientras caminaban, les relató de nuevo la inexplicable historia, comenzando
por el telegrama recibido la noche anterior y la conversación con la señora Hill, la
decisión de regresar a Inglaterra al día siguiente, Laura en avión y él en coche y tren.
Ya no sonaba tan dramático como cuando declaró ante el inspector, cuando,
posiblemente debido a la convicción de que había algo misterioso, la descripción de
los dos vaporetti cruzándose en medio del Gran Canal poseía un aire siniestro que
sugería algún tipo de secuestro por parte de las hermanas, que mantenían cautiva a
una Laura desconcertada. Ahora que aquellas mujeres no representaban ninguna
amenaza para él, les habló con mayor naturalidad, y con gran sinceridad, sintiendo
por primera vez que ambas sentían simpatía hacia él y le entenderían.
—Ya ven —explicó, en un intento final de redimirse por haber acudido a la
policía en primer lugar—, realmente creí que las había visto con Laura y pensé… —
vaciló unos segundos, porque esa había sido una sugerencia del inspector de policía,
no suya—, y pensé que, tal vez, Laura había sufrido una repentina pérdida de
memoria, que se había encontrado con ustedes en el aeropuerto y ustedes la habían
traído de regreso a Venecia, a la pensión donde se alojaban.
Habían cruzado una plaza amplia y se acercaban ahora a una casa situada en uno
de los extremos, con un cartel que anunciaba Pensione encima de la puerta. El escolta
se detuvo a la entrada.
—¿Es aquí? —preguntó John.
—Sí —dijo la hermana—. Sé que no es gran cosa desde el exterior, pero es una
pensión limpia y cómoda y nos la recomendaron unos amigos. —Se volvió hacia el
escolta—: Grazie, grazie tanto.

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El hombre inclinó levemente la cabeza, les deseó buona notte y desapareció por
la plaza.
—¿Por que no entra? —le invitó la hermana—. Estoy segura de que habrá algo de
café, ¿o quizás prefiere té?
—No, gracias —dijo John—, debo regresar al hotel. Mañana por la mañana tengo
intención de salir temprano. Solo quiero asegurarme de que ustedes comprendan lo
que ha sucedido y me perdonen.
—No hay nada que perdonar —respondió la anciana—. Este es uno más de los
muchos ejemplos de clarividencia que mi hermana y yo hemos experimentado una y
otra vez, y me gustaría dejarlo documentado en nuestros archivos, si me lo permite.
—Bueno, en cuanto a eso, por supuesto que sí —dijo él—, pero me cuesta
entenderlo. Nunca me había pasado algo así.
—Tal vez no conscientemente —dijo ella—, pero hay tantas cosas de las que no
somos conscientes… Mi hermana percibió que tenía usted capacidades psíquicas. Se
lo dijo a su mujer. También le dijo a su mujer la noche pasada en el restaurante que
iban a tener algún problema, que les acechaba algún tipo de peligro, y que debían irse
de Venecia. Bueno, ¿no cree que el telegrama fue suficiente prueba de ello? Su hijo
estaba enfermo, gravemente enfermo tal vez, y por ello era necesario que ustedes
regresaran a casa cuanto antes. Gracias al Cielo que su esposa tomó el avión para
estar a su lado.
—Sí, por supuesto —dijo John—, pero ¿por que la vi en el vaporetto con usted y
su hermana cuando en realidad estaba de camino a Inglaterra?
—Transferencia de pensamiento, quizá —respondió ella—. Puede que su mujer
estuviera pensando en nosotras. Le dimos nuestra dirección en caso de que usted
deseara ponerse en contacto con nosotras. Estaremos aquí otros diez días más. Y ella
sabe que le transmitiríamos cualquier mensaje que mi hermana pudiera recibir de su
pequeña desde el mundo de los espíritus.
—Sí —dijo John un tanto incómodo—, sí, comprendo. Es muy amable de su
parte. —Le vino a la cabeza entonces la imagen de las dos hermanas con auriculares
en su dormitorio, escuchando mensajes codificados de la pobre Christine—. Miren,
esta es nuestra dirección en Londres —dijo—. Sé que Laura agradecerá tener noticias
de ustedes.
Garabateó la dirección en una hoja de papel arrancada de su agenda de bolsillo,
añadiendo incluso de propina el número de teléfono, y se lo pasó. Podía imaginarse el
resultado. Laura saldría una noche con que las «queridas ancianas» pasarían por
Londres de camino a Escocia y lo menos que podían hacer era ofrecerles
hospitalidad, incluso la habitación de invitados para pasar la noche. Luego una sesión
espiritista en el salón y panderetas apareciendo de la nada.
—Bueno, debo irme ya —dijo—. Buenas noches, y mis disculpas una vez más
por todo lo ocurrido esta noche. —Estrechó la mano de la primera hermana, luego se
volvió hacia la gemela ciega y dijo—: Espero que no esté demasiado cansada.

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Aquellos ojos ciegos resultaban desconcertantes. La mujer sujetó la mano de John
con fuerza y la retuvo.
—La niña —dijo, hablando con una extraña voz grave—, la niña… puedo ver a la
niña…
Y, a continuación, para consternación de John, un hilillo de espuma apareció en la
comisura de la boca de la anciana, que echó la cabeza atrás violentamente y cayó
medio desmayada en los brazos de su hermana.
—Debemos meterla dentro —dijo la hermana con urgencia—. No pasa nada, no
está enferma, está empezando a entrar en trance.
Entre los dos llevaron a la gemela, que se había puesto rígida, al interior de la
casa y la sentaron en la silla más cercana mientras la hermana la sujetaba. Una mujer
apareció corriendo desde alguna habitación interior. Llegaba un fuerte olor a
espaguetis de la parte trasera del edificio.
—No se preocupe —dijo la hermana—, la signorina y yo podemos apañarnos
solas. Será mejor que. se marche. A veces se pone enferma después de estos ataques.
—Lo lamento muchísimo… —comenzó a decir John, pero la hermana ya le había
dado la espalda y junto a la signorina se inclinaba sobre la gemela, la cual emitía
unos extraños jadeos ahogados.
Era evidente que sobraba allí y, tras un gesto final de cortesía: «¿Puedo ayudar en
algo?», que no recibió respuesta, giró sobre sus talones y se dispuso a atravesar la
plaza. Miró una vez hacia atrás y vio que habían cerrado la puerta.
¡Menudo final de velada! Y todo por su culpa. Pobres ancianas, primero
arrastradas hasta la comisaría y sometidas a un interrogatorio y luego, por si fuera
poco, un ataque psíquico. Lo más probable es que se tratara de epilepsia. Qué vida
para la otra hermana, pero parecía llevarlo bien. Un peligro adicional si ocurría en un
restaurante o en la calle. Y desde luego nada agradable bajo su techo y el de Laura, si
es que alguna vez las hermanas se encontraban bajo este, lo cual rogaba que no
ocurriera jamás.
Pero ahora, ¿dónde demonios estaba? La plaza, con la inevitable iglesia en uno de
los lados, estaba casi desierta. No recordaba por dónde habían llegado desde la
comisaría, le había parecido que doblaban demasiadas esquinas.
Espera un momento, aquella iglesia le resultaba familiar. Se acercó un busca del
nombre que a veces figuraba en los letreros de la entrada.
San Giovanni in Bragora, le sonaba. Laura y él habían entrado una mañana para
ver un cuadro de Cima da Conegliano. Seguro que se encontraba a tiro de piedra de
Riva degli Schiavoni y las aguas abiertas de la laguna de San Marcos, con todas las
luces brillantes de la civilización y los turistas. Recordó entonces que giraron desde
Schiavoni y llegaron a la iglesia. ¿No era aquel el callejón? Se adentró por él, pero a
medio camino vaciló. No le pareció el camino correcto, aunque le resultaba familiar
por alguna razón desconocida.

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Entonces se dio cuenta de que no era el callejón al que habían llegado la mañana
que visitaron la iglesia, sino el que atravesaron la noche anterior, pero en aquella
ocasión se adentraron por el extremo opuesto. Sí, era este, en cuyo caso sería más
rápido continuar por él y cruzar el estrecho canal por el pequeño puente; allí
encontraría el Arsenal a su izquierda y la calle que conducía a Riva degli Schiavoni a
su derecha. Más sencillo que volver sobre sus pasos y perderse de nuevo en el
laberinto de callejuelas.
Casi había llegado al final del callejón y tenía ya el puente a la vista, cuando vio a
la niña. Era la misma niña con la caperuza que había visto saltar sobre las barcas
amarradas la noche anterior y que luego había desaparecido tras subir los escalones
del sótano de una de las casas. En esta ocasión corría desde la iglesia del otro lado, en
dirección al puente. Corría como si su vida dependiera de ello, y en un segundo vio
por qué. Un hombre la perseguía, el cual, cuando ella echó la mirada atrás unos
segundos, todavía corriendo, se pegó a la pared creyendo así pasar inadvertido. La
niña continuó su huida, correteando por el puente y John, temiendo alarmarla aún
más, se escondió en el interior de una entrada abierta que conducía a un pequeño
patio.
Recordó entonces el grito ebrio de la noche anterior, que había salido de una de
las casas donde el hombre se escondía ahora. Eso es, pensó, el tipo vuelve a
perseguirla, y con un relámpago de intuición relacionó ambos sucesos, el terror de la
niña entonces y ahora, y los asesinatos de los que informaban los periódicos,
supuestamente obra de algún loco.
Podría tratarse de una coincidencia, una niña huyendo de un familiar borracho y,
sin embargo, sin embargo… El corazón le latía con fuerza en el pecho y el instinto le
aconsejó huir ahora, de inmediato, de regreso al callejón por donde había llegado…
pero ¿y la niña? ¿Qué iba a pasarle a la niña?
En ese momento oyó unos pasos a la carrera. La niña irrumpió por la entrada
abierta en el patio en el que él se encontraba, sin verle, y se dirigió a la parte trasera
de la casa que lo flanqueaba, donde unos escalones conducían a una entrada trasera.
Sollozaba mientras corría, no el lloro habitual de una niña asustada, sino los hipidos
de pánico de un ser desvalido y desesperado. ¿Había unos padres en la casa que la
protegieran, a quienes poder avisar? Vaciló unos segundos, luego la siguió por los
escalones y por la puerta del fondo, que se había abierto al contacto de las manos de
la niña, que se había lanzado contra ella.
—No pasa nada —exclamó—. No dejaré que te haga daño, no pasa nada…
Maldijo su ignorancia del italiano, aunque tal vez una voz inglesa pudiera
infundirle mayor seguridad. Pero no sirvió de nada… subió corriendo y sollozando
otro tramo de escaleras, que se elevaban en espiral y llevaban al piso superior, y ya
era demasiado tarde para batirse en retirada. Podía oír al perseguidor en el patio que
había dejado atrás, alguien gritando en italiano, y un perro ladrando. Ya está, pensó,

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estamos juntos en esto, la niña y yo. A menos que podamos cerrar con cerrojo alguna
puerta de dentro, nos atrapará a los dos.
Subió corriendo las escaleras tras la niña, que había salido disparada y se había
metido en una habitación que daba a un pequeño descansillo. John la siguió al interior
y cerró de un portazo, y, gracias a Dios, había un cerrojo que deslizó y ancló. La niña
estaba acurrucada junto a la ventana abierta. Si gritaba pidiendo ayuda, sin duda
alguien le oiría, sin duda alguien llegaría allí antes de que el hombre se lanzara contra
la puerta y esta cediera, porque no había nadie más que ellos, ni tampoco los padres;
la habitación estaba vacía, a excepción de un colchón sobre un viejo somier y una
pila de trapos en un rincón.
—No pasa nada —jadeó él—, no pasa nada —y le ofreció una mano mientras
intentaba sonreír.
La niña se incorporó con esfuerzo y permaneció de pie frente a él. La caperuza
cayó de su cabeza al suelo. John la miró y la incredulidad se convirtió en miedo y el
miedo en terror. No era una niña, en absoluto, sino una enana rechoncha, de poco
menos de un metro de altura, con una enorme cabeza cuadrada de adulta, demasiado
grande para su cuerpo, de grises cabellos que le llegaban hasta los hombros, y ya no
sollozaba. Ahora le sonreía y asentía moviendo la cabeza arriba y abajo.
Escuchó unos pasos fuera en el descansillo, golpes en la puerta, y el perro que no
cesaba de ladrar, y no solo una voz, sino varias voces, que gritaban: «¡Abran!
¡Policía!»
La criatura hurgó en su manga y sacó un cuchillo, y cuando ella lo hundió en su
cuello con tremenda fuerza, degollándolo, John se tambaleó y cayó con las manos
con las que intentaba protegerse cubiertas de pegajosa sangre.
Y vio el vaporetto con Laura y las dos hermanas bajando por el Gran Canal, no
hoy, ni mañana, sino el día siguiente, y comprendió por qué estaban juntas y qué
triste motivo las había llevado allí. La criatura farfullaba en un rincón. Los golpes y
las voces y los ladridos del perro fueron haciéndose más débiles… y «Oh, Dios mío»,
pensó, «qué forma tan malditamente estúpida de morir…».

Página 356
Clive Barker

Cerramos esta antología como la abrimos: con canibalismo, como si al fin y al cabo
el terror moderno sintiera alguna oscura necesidad de devorarse a sí mismo, lo que
quizá haya ocurrido ya de hecho. Una cosa sí es indudable: con Clive Barker, nacido
en Liverpool en 1952, se cierra en cierro modo un ciclo. Hasta aquí, el cine de terror
moderno parecía haberse emancipado notablemente con respecto a la literatura en su
impacto gráfico y su descripción de la violencia, el erotismo y el horror, inspirándose,
como hemos visto, en numerosos a precedentes literarios, pero en cierto modo
superándolos y, sobre rodo, penetrando osadamente entre tinieblas mucho más
espesas y peligrosas que la mayoría de los autores del genero que escribían y
publicaban al mismo tiempo que se estrenaban títulos, tantas veces citados en estas
páginas, como La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead. George
A. Romero, 1968), La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre. Tobe
Hooper, 1974), Vinieron de dentro de… (Shivers. David Cronenberg, 1975) o La
noche de Halloween (Halloween. John Carpenter, 1978), por recordar algunos. Si
bien amores como Robert Bloch, Richard Matheson e incluso Daphne du Maurier,
habían contribuido enormemente a la modernización de lo gótico y terrorífico, no
sólo a través de su obra escrita, sino también de sus colaboraciones cinematográficas
y televisivas, su formación era todavía demasiado clásica y tradicional como para
permitirles, salvo notables excepciones, llegar a los extremos y excesos propios del
cine splatter, tanto visuales como incluso conceptuales. Pero este joven británico, que
se movía en las aguas del teatro independiente y la cultura underground, ilustrador y
cinéfago de videoclub, apasionado tanto por los escritores clásicos del género como
por las películas de horror gore, el slasher y las manifestaciones más gráficas y
físicas del terror, iba a llevar por fin sin prejuicios ni temores, en plenos años 80, el
carácter brutal, materialista, nihilista y carnal del nuevo horror a su literatura,
pasando también ocasionalmente a la dirección de cine, con algunos títulos
significativos para el género.
Descontento con las primeras adaptaciones cinematográficas de sus relatos, como
Mundo subterráneo (Underworld, 1985) y RawHead (Rawhead Rex, 1986), ambas
dirigidas por George Pavlou, Barker se estrenaría tras las cámaras con un clásico de
la década, Hellraiser: Los que traen el infierno (Hellraiser, 1987), basado en una de
sus novelas breves, que se convertiría de inmediato en obra de culto, iniciando una
irregular franquicia que ha llegado hasta los 2000, y creando un nuevo icono del
terror moderno: los cenobitas y, muy especialmente, su representante más popular,
Pinhead. En Hellraiser se ponía ya en evidencia la facilidad con que Barker aunaba la
herencia del terror fantástico, decadente y sobrenatural anglosajón, con sombras del
Oscar Wilde de El retrato de Dorian Gray, de los filmes de la Hammer y hasta de los

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conceptos cósmicos y esotéricos de Lovecraft, con las tendencias más radicales del
fin de siglo, como la Nueva Carne, el body horror y el slasher. Porque salido del
armario, con actitud post-punk, vestido de cuero y armado de S&M hasta los dientes,
Clive Barker, con un pie en la vanguardia posmoderna británica y otro en la pulp
fiction más demente, antes de convertirse en director ocasional de cine de horror
moderno había llevado éste a la literatura, insuflando la prosa brutal de sus seminales
Libros de sangre (1984-1985), que reunían sus relatos de terror carnal y descarnado,
con la saña, el sexo velado y desvelado, la violencia física y moral —a veces incluso
moralista, como lo es siempre todo pornógrafo de corazón—, y las más gráficas
especulaciones sobre la mutabilidad del cuerpo, su rebeldía y transformaciones, sus
enfermedades, vicios y virtudes, que hasta entonces sólo habíamos visto en el cine de
David Cronenberg, George A. Romero, Wes Craven o Tobe Hooper. Clive Barker y
sus Libros de sangre, recientemente reeditados en esta misma editorial,
revolucionaron una literatura que desde la llegada, una década atrás, de Stephen
King, se había acomodado demasiado y necesitaba ponerse urgentemente a la altura
del cine de horror. Como bien sabía el propio Rey, si King era algo así como Los
Beatles del terror, Barker, nacido precisamente en Liverpool, era, más que los Rolling
Stones, los Sex Pistols… o, quizás, los Talking Heads.
Una buena muestra de lo dicho la encontramos en el relato “El Tren de Carne de
Medianoche”, incluido en el primer volumen de los Libros de Sangre, de 1984, que se
nutre antes de referentes cinematográficos que literarios, remitiendo a títulos de culto
como Sub-Humanos (Death Line. Gary Sherman, 1972), a personajes como el
psychokiller, y a la antropofagia en la vena yugular de La matanza de Texas,
trasladada ahora al infierno urbano de Nueva York… Sin embargo, la habilidad de
Barker, su visionaria capacidad para renovar el género en el límite mismo de su
agotamiento, reside también aquí en su manera de refundir y refundar este terror
moderno, físico, sangriento y visceral, con su reflejo metafísico, conspiranoico y casi
cósmico, nihilista y existencial, al introducir un giro final hacia lo ominoso y
ancestral, herencia de Lovecraft y Poe, que no carece de cierta grandeza abisal ni de
algunos ribetes de crítica social. Este relato resume con vigor y energía muchas de las
mejores virtudes del Clive Barker de los años 80, que llevó el cine de horror moderno
a la literatura, rompiendo al fin con muchos de los tabúes que habían impedido hasta
entonces este abyecto matrimonio. Eficazmente adaptado a la pantalla por el japonés
Ryûhei Kitamura en la producción estadounidense El vagón de la muerte (The
Midnight Meat Train, 2008), lo que nuevamente nos obliga a recordar los extraños
lazos de sangre que unen tradiciones tan distantes pero no tan distintas como las del
eroguro japonés y el splatter anglosajón, esta historia de mitos modernos y ritos
antiguos, que combina la brutalidad del slasher con el terror existencialista
lovecraftiano, es perfecto colofón para nuestro viaje por los orígenes literarios del
cine de horror moderno o, mejor dicho, por las extrañas relaciones de cama entre
ambos mundos.

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Después de parir dolorosa y sanguinolentamente sus Libros de sangre, muchos de
cuyos relatos han sido también adaptados al cine con distinta fortuna; de dirigir un
par de interesantes películas más como Razas de noche (Nightbreed, 1990), puesta al
día de viejas historias pulp como Más oscuro de lo que pensáis (1940) de Jack
Williamson, con un pequeño papel para el mismísimo David Cronenberg, o El señor
de las ilusiones (Lord of Illusions, 1995), hard boiled sobrenatural y alucinado con
influencias italianas, Barker se apartó del horror puro y la Nueva Carne y prefirió
cultivar la fantasía más o menos oscura, viviendo tranquilamente con su novio de las
rentas de Pinhead y compañía en la cálida y soleada California, a seguir penetrando
en el Lado Oscuro. Desde entonces, muchas cosas han cambiado en un cine y una
literatura de horror contemporáneos que ya difícilmente pueden ser calificados de
modernos o de posmodernos siquiera. Especialmente en un cine de terror al que
cabría, siguiendo a Lipovetsky y Serroy, definir quizá como hipermoderno, que ha
olvidado casi cualquier conexión con la literatura, perdiéndose voluntariamente en el
laberinto vacío de lo digital, lo virtual y lo impostado. Pero ésa, si la hay, ya es otra
historia.

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EL TREN DE CARNE DE MEDIANOCHE[1]

Leon Kaufman no era nuevo en la ciudad. El Palacio de los Placeres, como siempre la
había llamado en sus años de inocencia. Pero eso era cuando vivía en Atlanta y
Nueva York todavía era una especie de tierra prometida donde todo y nada era
posible.
Ahora Kaufman llevaba viviendo tres meses y medio en la ciudad de sus sueños y
el Palacio de los Placeres parecía muy poco placentero.
¿Tan solo había transcurrido una estación desde que puso el pie en la terminal de
autobuses de la Port Authority y echó la vista por la calle 42 hacia el cruce con
Broadway? ¡En qué poco tiempo había perdido tantas ilusiones atesoradas!
Ahora se avergonzaba al pensar en su ingenuidad. Se estremecía al recordar el día
que se levantó y exclamó: «Nueva York, te amo».
¿Amor? Jamás.
Como mucho fue un capricho pasajero.
Y ahora, después de tres meses viviendo con su objeto de adoración, pasando los
días y las noches en su presencia, la ciudad había perdido su aura de perfección.
Nueva York solo era una ciudad.
La había visto despertarse por la mañana como una puta y sacarse con un palillo
hombres asesinados de entre los dientes y suicidas de la maraña de su pelo. La había
visto a altas horas de la noche, mientras sus sucias calles cortejaban descaradamente
la depravación. La había observado en las calurosas tardes, perezosa y fea, indiferente
a las atrocidades que se cometían a todas horas en sus callejones sofocados.
No era ningún Palacio de los Placeres.
Engendraba muerte, no placer.
Todas las personas que había conocido habían tenido algún roce con la violencia;
era una realidad de la vida. Casi resultaba cool haber conocido a alguien que hubiera
muerto de forma violenta. Era una prueba concluyente de vivir en la ciudad.
Pero Kaufman había amado Nueva York desde lejos durante casi veinte años.
Había planeado su relación amorosa a lo largo de la mayor parte de su vida adulta.
Por lo tanto, no resultaba fácil sacudirse esa pasión, fingir que nunca la había sentido.
Había momentos de calma, muy temprano, antes de que comenzaran a sonar las
sirenas de la policía, o durante el crepúsculo, cuando Manhattan todavía era un
milagro.
Por esos momentos, y por sus sueños, todavía otorgaba a la ciudad el beneficio de
la duda, incluso cuando su comportamiento no era en absoluto el de una señorita.

La ciudad, sin embargo, no hacía fácil que le concedieran esa indulgencia. En los
pocos meses que Kaufman había vivido en Nueva York sus calles se habían inundado

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de sangre derramada.
De hecho, no eran tanto las calles, sino los túneles bajo esas calles.
«La matanza del metro» era la muletilla del mes. Tan solo una semana antes se
había informado de otros tres asesinatos. Los cuerpos fueron descubiertos en uno de
los vagones del metro en la AVENUE OF THE AMERICAS, abiertos en canal y con
las entrañas parcialmente vaciadas, como si un eficiente operario de matadero se
hubiera visto obligado a interrumpir su trabajo. Los asesinatos eran tan profesionales
que la policía estaba interrogando a todo hombre que figurara en sus ficheros que
tuviera alguna conexión pasada con el negocio de la carnicería. Se estaban vigilando
especialmente todas las plantas de empaquetado de carne de los muelles y registrando
los mataderos en busca de pistas. Se prometió un rápido arresto, pero todavía no se
había llevado a cabo ninguno.
Este trío reciente de cadáveres no eran los primeros en ser descubiertos en tal
estado; el mismo día que Kaufman llegó a la ciudad salió a la luz una noticia en The
Times que continuaba siendo el tema de conversación de las secretarias morbosas de
la oficina.
La noticia informaba de que un turista alemán, perdido en la red del metro por la
noche, había encontrado un cadáver en uno de los vagones. La víctima era una mujer
atractiva, con buen físico, de treinta años de edad, de Brooklyn. Estaba totalmente
desnuda. Le habían quitado cada pieza de ropa, cada artículo de joyería. Incluso los
aretes de las orejas.
Y más extraño que el hecho de aparecer desnuda era la manera impecable y
sistemática en la que la ropa había sido doblada y colocada en bolsas de plástico
individuales en el asiento junto al cadáver.
No parecía tratarse de un asesino irracional. Aquí había involucrada una mente
muy bien organizada: un lunático con un fuerte sentido de la pulcritud.
Además, y aún más extraño que la cuidada desnudez del cadáver, eran las
atrocidades que habían perpetrado en su cuerpo. En los informes se afirmaba, aunque
el Departamento de Policía no llegó a confirmarlo, que el cuerpo había sido
meticulosamente afeitado. Cada cabello había sido eliminado: de la cabeza, de la
entrepierna, de las axilas; todo cortado y chamuscado hasta las raíces. Incluso las
cejas y las pestañas habían sido arrancadas.
Finalmente, aquel trozo de carne demasiado desnudo fue colgado por los pies de
uno de los asideros colgantes del techo, y había un cubo de plástico negro forrado con
una bolsa de plástico negra debajo del cadáver para recoger el reguero regular de
sangre que caía de las heridas.
En ese estado, desnudo, afeitado, suspendido y prácticamente desangrado, fue
hallado el cuerpo de Loretta Dyer.
Era nauseabundo, era meticuloso, y profundamente desconcertante.
No se había producido violación, ni ninguna señal de tortura. La mujer había sido
despachada rápidamente y de manera eficiente, corno si fuera un trozo de carne. Y el

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carnicero aún andaba suelto.
Los Padres de la Ciudad, en su sabiduría, ordenaron la retirada de los informes de
prensa sobre aquella carnicería. Se dijo entonces que el hombre que había encontrado
el cuerpo se hallaba en detención preventiva en Nueva Jersey, escondido de los
inquisitivos periodistas. Pero la maniobra de encubrimiento había fracasado. Un
policía codicioso había filtrado los detalles más relevantes a un reportero del The
Times. Todo el mundo en Nueva York conocía ahora la terrible historia de los
destripamientos. Era tema de conversación en todas las cafeterías y bares, y, por
supuesto, en el metro.
Pero Loretta Dyer solo fue la primera.
Ahora se habían encontrado tres cuerpos más en idénticas circunstancias, aunque
el trabajo se había visto interrumpido en esta ocasión. No todos los cuerpos habían
sido rasurados, ni les habían cortado la yugular para desangrarlos. Había otra
diferencia más significativa en el descubrimiento: en este caso no fue un turista quien
se tropezó con la escena, fue un periodista del The New York Times.
Kaufman hojeó la noticia que ocupaba toda la primera plana del periódico. No
tenía ningún interés morboso en la historia, a diferencia de su compañero de barra en
el mostrador de la cafetería. Lo único que sentía era una ligera repugnancia que hizo
que apartara el plato de huevos demasiado hechos a un lado. Era simplemente una
prueba más de la decadencia de la ciudad. Y él no era capaz de disfrutar con su
enfermedad.
Sin embargo, siendo humano, no pudo ignorar del todo los detalles sangrientos de
la página que tenía frente a él. El artículo estaba escrito sin sensacionalismo, pero la
simple claridad del estilo hacía el tema aún más atroz. Además, no pudo evitar
preguntarse sobre el hombre que estaba detrás de aquellas atrocidades. ¿Se había
escapado un psicópata, o varios, y todos ellos inspirados en el asesino original?
Quizás este solo fuera el principio del horror. Quizás se produjeran más asesinatos,
hasta que al final el asesino, por exceso de euforia o cansancio, se descuidara y fuera
cazado. Hasta entonces la ciudad, la adorada ciudad de Kaufman, viviría en un estado
entre la histeria y el éxtasis.
Pegado a su codo, un hombre con barba derramó el café de Kaufman.
—¡Mierda! —dijo.
Kaufman se apartó girando sobre el taburete para evitar el reguero de café que
caía del mostrador.
—Mierda —dijo de nuevo el hombre.
—No ha pasado nada —dijo Kaufman.
Miró al hombre con una expresión ligeramente desdeñosa en el rostro. El muy
torpe estaba intentando recoger el café con una servilleta, que se estaba convirtiendo
en pulpa al empaparse.
Kaufman se sorprendió preguntándose si aquel zoquete, con sus mejillas floridas
y su barba descuidada, sería capaz de asesinar. ¿Se veía alguna señal en aquel rostro

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sobrealimentado, alguna pista en la forma de su cabeza o el contorno de sus pequeños
ojos que revelara su verdadera naturaleza?
El hombre habló.
—¿Quiere otro?
Kaufman negó con la cabeza.
—Café. Normal. Solo —dijo el zoquete a la chica que estaba detrás del
mostrador. Ella levantó la mirada de la parrilla que estaba limpiando.
—¿Qué?
—Café. ¿Estás sorda?
El hombre sonrió a Kaufman.
Sorda dijo.
Kaufman advirtió que le faltaban tres dientes de la mandíbula inferior.
—Pinta mal, ¿verdad? dijo.
¿A qué se refería? ¿Al cafe? ¿A su falta de dientes?
—Tres personas liquidadas así. Trinchadas.
Kaufman asintió.
—Le da a uno qué pensar —dijo.
—Claro.
—Me refiero a que debe ser una maniobra de ocultación, ¿no cree? Saben quién
lo hizo.
Esta conversación es ridícula, pensó Kaufman. Se quitó las gafas y las guardó en
el bolsillo: el rostro barbudo ya no estaba enfocado. Al menos, algo había mejorado.
—Cabrones —dijo—. Puros cabrones, todos ellos. Me juego lo que sea a que es
una tapadera.
—¿De qué?
—Ellos tienen las pruebas, pero nos mantienen en la puta ignorancia. Hay algo
ahí fuera que no es humano.
Kaufman lo entendió. Lo que el zoquete estaba balbuceando era una teoría
conspirativa, Las había oído en tantas ocasiones… una panacea.
—Mira, esos tipos hacen todo eso de las clonaciones y se les puede ir la mano.
Podrían estar criando putos monstruos sin que nos enteráramos. Hay algo ahí abajo
de lo que no nos quieren decir nada. Una maniobra de encubrimiento, como he dicho.
Me juego lo que sea.
A Kaufman le resultó interesante la certeza de aquel hombre. Monstruos al
acecho. De seis cabezas y una docena de ojos. ¿Por qué no?
Él sabía por qué no. Porque eso excusaba a su ciudad; eso la dejaba salir del
atolladero. Y Kaufman estaba convencido de que los monstruos que encontrarían en
los túneles serían totalmente humanos.
El hombre de la barba tiro el dinero en el mostrador y se levantó deslizando su
gordo trasero por el sucio taburete de plástico.

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—Probablemente sea un puto poli —dijo a modo de despedida—. Intentando
hacerse el héroe, en realidad creó un puto monstruo —sonrió grotescamente—. Me
juego lo que sea —continuó y salió avanzando pesadamente sin mediar otra palabra.
Kaufman dejó escapar el aire por la nariz, despacio, sintiendo que amainaba la
tensión de su cuerpo.
Detestaba ese tipo de confrontación, le hacía sentirse cohibido e inútil. En
realidad, detestaba a esa clase de hombres: el bruto aferrado a sus opiniones que tan
bien se le daba criar a Nueva York.

Ya eran casi las seis cuando Mahogany se despertó. La lluvia de la mañana se había
convertido en una fina llovizna al atardecer. El aire olía todo lo fresco que podía oler
el aire en Manhattan. Se estiró en la cama, apartó la manta mugrienta y se levantó
para ir a trabajar.
En el cuarto de baño la lluvia goteaba sobre la caja del aire acondicionado,
llenando el apartamento de un rítmico chapoteo. Mahogany encendió el televisor para
ocultar el ruido, sin interés por lo que pudiera ofrecerle.
Se acercó a la ventana. La calle, seis pisos más abajo, estaba abarrotada de tráfico
y gente.
Tras un duro día de trabajo, Nueva York regresaba a casa: para jugar, para hacer
el amor. La gente salía en riadas de las oficinas y se metían en sus coches. Algunos de
mal genio tras un día de sudoroso trabajo en una oficina mal ventilada; otros, mansos
como ovejas, deambulaban hacia sus casas por las Avenidas, empujados por una
incesante riada de cuerpos. Y otros todavía estarían apiñados en el metro, ciegos a las
pintadas de las paredes, sordos al parloteo de sus propias voces y al gélido estruendo
de los túneles.
A Mahogany le agradaba pensar en eso. Después de todo, él no era uno más del
rebaño. Podía mirar por la ventana, ver allá abajo miles de cabezas y saber que él era
un elegido.
Tenía plazos que cumplir, por supuesto, como la gente de la calle. Pero su trabajo
no era como las absurdas tareas de los otros, era más bien un deber sagrado.
Necesitaba vivir, y dormir, y defecar como todos los demás, también. Pero no era
la necesidad económica lo que le empujaba, sino las exigencias de la historia.
Formaba parle de una gran tradición que se extendía en el tiempo más allá de
América. Era un acosador nocturno: corno Jack el destripador, como Gilíes de Rais,
la reencarnación viva de la muerte, un espectro con rostro humano. Era un invasor de
sueños y un propiciador de terrores.
Las personas que ahora deambulaban a sus pies no podían conocer su rostro; ni
tampoco se molestarían en mirarle dos veces. Pero su mirada las captaba, y las
calibraba, y seleccionaba lo más sabroso del desfile, de viandantes, eligiendo solo a
los sanos y jóvenes para ser sacrificados por su cuchillo consagrado.

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A veces Mahogany sentía deseos de desvelar su identidad al mundo, pero tenía
responsabilidades que atender y pesaban en él considerablemente. No podía aspirar a
la fama. La suya era una vida secreta y era solo SU orgullo lo que ansiaba
reconocimiento.
Después de todo, pensó, ¿saluda el ternero al carnicero mientras se desploma
sobre sus rodillas?
En general, estaba satisfecho. Formar parte de esa gran tradición era suficiente,
tendría que ser suficiente para siempre.
Sin embargo, recientemente se habían producido algunos descubrimientos, No
eran culpa suya, por supuesto. Nadie podía culparle. Pero era un mal momento. La
vida no resultaba tan fácil como lo había sido unos diez años atrás. El era más viejo,
por supuesto, y eso hacía que el trabajo fuera más agotador; y cada vez pesaban sobre
sus hombros más obligaciones. Era un elegido, y ese era un privilegio con el que
resultaba difícil vivir.
En ocasiones se preguntaba si no iba siendo ya hora de entrenar a un hombre más
joven para desempeñar sus tareas. Debería realizar algunas consultas con los Padres,
pero más pronto o más tarde tendrían que encontrar un sustituto, y pensaba que sería
un total desperdicio de su experiencia no tomar a su cargo a un aprendiz.
Tenía tantas y tan buenas enseñanzas que transmitir. Los trucos de su
extraordinario oficio. La mejor manera de acechar, de cortar, de desnudar, de
desangrar. La mejor carne para el trabajo. La forma más sencilla de deshacerse de los
restos. Tantos detalles, tanta experiencia acumulada.
Mahogany entró en el baño y abrió el grifo de la ducha. Cuando se metió en ella
bajó la mirada a su cuerpo. La pequeña panza, el pelo canoso del pecho hundido, las
cicatrices y los granos por toda su pálida piel. Se estaba haciendo viejo. Pero, esa
noche, como cualquier otra noche, tenía un trabajo que cumplir…

Kaufman regresó corriendo al vestíbulo con su sándwich, se bajó el cuello del abrigo
y se sacudió la lluvia del pelo. El reloj situado sobre el ascensor marcaba las siete y
dieciséis. Trabajaría de seguido hasta las diez, no más tarde.
El ascensor lo transportó hasta la planta doce, a las oficinas de Pappas. Avanzó
tristemente por el laberinto de escritorios vacíos y máquinas cubiertas con fundas
hasta su pequeño territorio, que todavía estaba iluminado. Las mujeres que limpiaban
las oficinas charlaban en el pasillo: era la única vida que había allí.
Se quitó el abrigo, se sacudió la lluvia lo mejor que pudo y lo colgó.
Luego se sentó delante de una pila de pedidos con los que había estado peleando
casi tres días y se puso a trabajar. La parte más complicada del trabajo le llevaría solo
una noche más de dedicación, estaba seguro, y le resultaba más fácil concentrarse sin
el incesante tecleo de las mecanógrafas y las máquinas de escribir por todas partes.
Desenvolvió el sándwich de jamón con pan de cereales y extra de mayonesa y se
preparó para la noche.

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Ya eran las nueve.
Mahogany estaba vestido para el turno de noche. Llevaba puesto su habitual traje
sobrio, con la corbata marrón atada con un pulcro nudo, los gemelos de plata (regalo
de su primera mujer) ajustados en las mangas de su camisa inmaculadamente
planchada, su cabello ralo reluciente de brillantina, las uñas cortadas y limpias y el
rostro refrescado con colonia.
Tenía la bolsa lista. Las toallas, los instrumentos, el delantal de cota de malla.
Comprobó su aspecto un el espejo. Pensó que todavía podía hacerse pasar por un
hombre de cuarenta y cinco, cincuenta como mucho.
Mientras examinaba su rostro se recordó a sí mismo el deber que debía cumplir.
Sobre todo, debía ser cuidadoso. Habría ojos puestos en él a cada paso que diera un el
camino, observando su actuación esta noche, y juzgándola. Debía salir de allí como
inocente, sin levantar ninguna sospecha.
Si supieran la verdad, pensó. La gente que paseaba, corría y brincaba a su lado en
las calles; que chocaban con él sin disculparse; que cruzaban miradas de desdén con
él; que sonreían al ver su mole incómoda en un traje que no le quedaba bien. Si
supieran lo que hacía, lo que era y lo que llevaba.
Precaución, se dijo, y apagó la luz. El apartamento estaba a oscuras. Se dirigió a
la puerta y la abrió, acostumbrado como estaba a andar a oscuras. Feliz por ello.
Las nubes de lluvia habían desaparecido por completo. Mahogany avanzó por
Amsterdam hacia el metro de la calle 145, Esa noche tomaría otra vez la línea de la
AVENUE OF THE AMERICAS, su línea favorita, y a menudo la más productiva.
Bajó las escaleras del metro con el billete en la mano. Cruzó las puertas
automáticas. El olor de los túneles ahora inundaba sus fosas nasales. No el olor de los
túneles profundos, por supuesto. Esos tenían un aroma propio. Pero se sentía ya
reconfortado incluso en el estancado aire eléctrico de aquella línea poco profunda. El
aliento regurgitado de un millón de viajeros circulaba por esa madriguera,
mezclándose con el aliento de criaturas mucho mas viejas; criaturas con voces suaves
como la arcilla, de apetitos abominables. Cómo le gustaba. El olor, la oscuridad, el
estruendo.
Se quedó de pie en el andén y examinó concienzudamente a sus compañeros
viajeros. Había uno o dos cuerpos que pensó en seguir, pero había demasiada escoria
entre ellos, muy pocos que merecieran el esfuerzo. Los agotados físicamente, los
obesos, los enfermos, los cuerpos exhaustos destrozados por los excesos y la
indiferencia. Como profesional, le ponía enfermo, aunque entendía la debilidad que
echaba a perder a los mejores hombres.
Permaneció en la estación durante más de una hora, deambulando entre andenes
mientras los trenes iban y venían una y otra vez, y la gente con ellos. Había tan poca
calidad a su alrededor que resultaba descorazonador. Tenía la impresión de que cada
día debía esperar más tiempo para encontrar carne que valiera la pena utilizar.

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Ya eran casi las diez y media y no había visto ni a una sola criatura que resultara
idónea para la matanza.
Da igual, se dijo, todavía quedaba tiempo. Muy pronto aparecería el público del
teatro. Siempre incluía uno o dos cuerpos robustos. Intelectuales bien alimentados
con sus entradas en la mano y opinando sobre las distracciones del arte… oh, sí, algo
habría allí.
De lo contrario, y había noches que tenía la impresión de que jamás encontraría
algo apropiado, se vería obligado a ir al centro de la ciudad y acorralar a un par de
amantes trasnochadores, o encontrar a un atleta o dos, carnes de gimnasio. Estos
siempre garantizaban un buen material, aunque con tales especímenes sanos siempre
existía el riesgo de que se resistieran demasiado.
Recordó la ocasión en la que cazó a dos negratas, hacía un año o más, con unos
cuarenta años de diferencia, padre e hijo, tal vez. Se resistieron con cuchillos y tuvo
que permanecer hospitalizado durante seis semanas. Fue una lucha igualada, que le
hizo dudar de sus habilidades. Peor aún, le hizo preguntarse qué habrían hecho sus
amos con él si hubiera sufrido una herida mortal. ¿Le habrían trasladado con su
familia a Nueva Jersey y le habrían dado un entierro cristiano decente? ¿O habrían
tirado sus huesos a la oscuridad, para uso propio?
El titular del ejemplar del New York Post abandonado en el asiento frente al de
Mahogany atrajo su atención: «La policía intensifica la búsqueda del asesino». No
pudo evitar sonreír. Los pensamientos de fracaso, debilidad y muerte se
desvanecieron. Después de todo, él era ese hombre, ese asesino, y esa noche la idea
de que fueran a capturarlo le resultaba risible. Después de todo, ¿no habían bendecido
las autoridades de mayor nivel su actividad? Ningún policía podía retenerlo, ningún
tribunal podía juzgarlo. Las mismísimas fuerzas de la ley y el orden que montaban
todo el espectáculo de su persecución servían a sus amos al igual que él; casi deseaba
que algún poli insignificante le atrapara y le llevara triunfal ante el juez, solo por ver
sus caras cuando les llegara desde la oscuridad la consigna de que Mahogany era un
hombre protegido, por encima de cualquier ley del código penal.
Ya eran las diez y media pasadas. La riada de gente que salía del teatro había
comenzado, pero de momento no había nadie que sirviera a sus propósitos. De todas
formas, quería dejar que pasara el desfile de gente y seguir solo a una o dos presas
escogidas hasta el final de la línea. Aguardaba el momento oportuno, como cualquier
cazador experimentado.

A las once Kaufman no había acabado aún el trabajo, una hora más tarde de lo que se
había prometido. Pero la exasperación y el hastío hacían más difícil concentrarse y
las hojas de cálculo comenzaban a aparecer borrosas ante sus ojos. A las once y diez
dejó a un lado la pluma y admitió la derrota. Se frotó los ojos ardientes con las
palmas de las manos hasta que la cabeza se le llenó de colores.
—Joder —dijo.

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Nunca soltaba tacos en público. Pero de vez en cuando decir joder para sus
adentros resultaba un enorme consuelo. Se dirigió a la salida de la oficina con el
abrigo mojado sobre el brazo y avanzó hacia el ascensor. Sentía las extremidades
aletargadas y apenas podía mantener los ojos abiertos.
Fuera hacía más frío de lo que había esperado y el aire le sacudió un poco del
letargo. Avanzó hacia el metro de la calle 34. Cogería un expreso hacia bar
Rockaway. Estaría en casa en una hora.

Ni Kaufman ni Mahogany lo sabían, pero en la 96 con Broadway la policía había


arrestado al que suponían que era el Asesino del Metro, tras atraparlo en uno de los
trenes que se dirigían hacia el norte de la ciudad. Un hombrecillo de origen europeo,
que empuñaba un martillo y una sierra, había acorralado a una joven en el segundo
vagón y amenazado con cortarla en dos en nombre de Jehová.
Era bastante dudoso que pudiera cumplir su amenaza. De hecho, no tuvo la
oportunidad de demostrarlo. Mientras que el resto de los pasajeros (incluyendo a dos
marines) miraban, la supuesta víctima propinó una patada al hombre en los testículos.
Este dejó caer el martillo. La joven lo recogió y le rompió la mandíbula con él antes
de que los marines intervinieran.
Cuando el tren se paró en la 96, la policía esperaba arrestar al Carnicero del
Metro. Entraron en tropel al vagón, gritando como banshees y cagados de miedo. El
Carnicero yacía en un rincón con la cara destrozada. Lo sacaron en camilla,
triunfantes. La mujer, después de ser interrogada, se fue a casa con los marines.
Iba a resultar un giro en los acontecimientos de lo más rentable, aunque
Mahogany no podía saberlo en esos momentos. A la policía le llevó la mayor parte de
la noche determinar la identidad de su prisionero, principalmente porque lo único que
podía hacer aquel hombrecillo era babear por su mandíbula destrozada. No fue hasta
las tres y media de la mañana cuando un tal capitán Davis, que tomaba el relevo en el
servicio, identificó al hombre como un vendedor de flores retirado del Bronx llamado
Hank Vasarely. Hank, por lo visto, había sido arrestado anteriormente por amenazas y
exhibicionismo, todo ello en nombre de Jehová. Las apariencias les habían engañado:
era tan peligroso como un conejito de Pascua. Ese no era el Matarife del Metro. Pero
cuando los polis llegaron a esa conclusión, Mahogany ya había cumplido con su tarea
desde hacía un buen rato.

Eran las once y quince cuando Kaufman subió en el expreso hasta Mott Avenue.
Compartía el coche con otros dos viajeros. Uno era una mujer negra de mediana edad
con un abrigo morado, el otro un adolescente pálido y granujiento que observaba la
pintada de «Besa mi culo blanco» en el techo con expresión de ir colocado.
Kaufman estaba en el primer vagón, Tenía por delante un viaje de treinta y cinco
minutos. Dejó que sus ojos se cerraran, reconfortado por el balanceo rítmico del tren.

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Era un viaje tedioso y estaba cansado. No vio las luces parpadeantes de los faros del
segundo vagón. Tampoco vio el rustro de Mahogany cuando miraba por la puerta que
separaba ambos vagones, comprobando si había algo más de carne.
En la calle 14 la mujer negra bajó. Nadie subió.
Kaufman abrió brevemente los ojos, contemplando el andén vacío de la 14, y
luego los volvió a cerrar. Se escuchó el siseo de las puertas al cerrarse. Flotaba en ese
cálido asiento, entre la consciencia y el sueño, y en su cabeza ya revoloteaban sueños
incipientes. Era una sensación agradable. El tren volvió a partir, traqueteando hacia
los túneles.
Quizás, en lo más hondo de su mente amodorrada, Kaufman registró a medias que
las puertas entre el primer vagón y el segundo se habían abierto. Quizás olió el
repentino borbotón de aire de los túneles y percibió que el ruido de las ruedas sonaba
más fuerte durante unos segundos. Pero decidió ignorarlo.
Quizás incluso escuchó la refriega mientras Mahogany sometía al joven de la
mirada drogada. Pero el sonido era muy distante y la promesa de un buen sueño
resultaba tentadora. Continuó dormitando.
Por algún motivo soñó con la cocina de su madre. Ella cortaba nabos y sonreía
dulcemente mientras lo hacía. Él era sólo un niño en su sueño y miraba el rostro
radiante de su madre mientras trabajaba. Corta. Corta. Corta.
Abrió los ojos súbitamente. Su madre se desvaneció. El vagón estaba desierto y el
joven había desaparecido.
¿Cuánto tiempo llevaba dormitando? No recordaba la parada del tren en la Calle 4
Oeste. Se levantó con la cabeza aturdida por el sueño y a punto estuvo de caer cuando
el tren dio una sacudida violenta. Parecía haber ganado bastante velocidad. Quizás el
conductor deseaba llegar pronto a casa y arroparse en la cama con su señora. Iban a
toda mecha; de hecho, resultaba malditamente aterrador.
Vio una persiana bajada en el cristal entre los dos vagones y que, según creía
recordar, antes no lo estaba. Una leve inquietud empezó a abrirse camino en la sobria
cabeza de Kaufman. Supuso que llevaba dormido mucho tiempo y que el vigilante no
le había visto en el vagón. Quizás ya habían pasado Far Rockaway y el tren ahora se
apresuraba a dondequiera que lo guardaran de noche.
—Joder —dijo en voz alta.
¿Debería ir hacia delante y preguntar al conductor? Era una pregunta bastante
estúpida; ¿dónde estoy? A esas horas de la noche probablemente no iba a recibir más
que un chorro de improperios por toda respuesta.
Entonces el tren comenzó a frenar.
Una estación. Sí, una estación.
El tren emergió del túnel y avanzó bajo la sucia luz de la estación en la Calle 4
Oeste. No había perdido ninguna parada.
Entonces, ¿adónde había ido el joven?

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O bien había ignorado la prohibición de cambiarse de coche con el tren en
movimiento, o bien se había dirigido a la cabina del conductor al frente del convoy.
Probablemente estuviera entre las piernas del conductor en ese mismo instante, pensó
Kaufman con una mueca de asco.
No sería la primera vez. Después de todo, esto era el Palacio de los Placeres y
todos tenían derecho a recibir un poco de amor en la oscuridad.
Kaufman se encogió de hombros. ¿Que más le daba adonde había ido el chico?
Las puertas se cerraron. Nadie subió al tren. Este salió disparado de la estación y
las luces parpadearon como solían hacer al consumir más energía para volver a coger
velocidad.
Kaufman sintió de nuevo que le invadía el sueño, pero el repentino temor a estar
perdido había introducido adrenalina en su organismo y sentía que sus extremidades
bullían con una energía nerviosa.
Sus sentidos también se aguzaron.
A pesar del rechinar y traqueteo de las ruedas sobre los raíles, oyó el sonido de
ropa rasgándose en el coche contiguo. ¿Había alguien arrancándose la camisa?
Se levantó y agarró uno de los asideros colgantes para mantener el equilibrio.
La persiana entre ambos coches estaba bajada, pero él la miró fijamente, con el
ceño fruncido, como si de repente fuera a descubrir la visión de rayos X. El coche se
balanceaba y se sacudía. De nuevo viajaba a bastante velocidad.
Otro sonido de ropa rasgada.
¿Sería una violación?
Movido por un mero instinto de voyeur, avanzó por el coche hacia la puerta
intermedia, esperando que hubiera una rendija en la persiana. Seguía con la mirada
clavada en el cristal y no vio las salpicaduras de sangre que pisaba.
Hasta que…
… su le resbaló el talón. Miró hacia abajo. Su estómago vio la sangre casi antes
que su cerebro y el jamón con pan de cereales subió por el gaznate y se le atascó en la
parte de atrás de la garganta. Sangre. Aspiró varias bocanadas de aire rancio y apartó
la mirada dirigiéndola de nuevo al cristal.
Su cabeza decía: sangre. Nada habría conseguido borrar esa palabra. Ahora no
había más que un metro o dos entre él y la puerta. Tenía que mirar. Tenía sangre en el
zapato y corría un fino reguero hasta el coche contiguo, pero aun así debía mirar.
Debía hacerlo.
Dio dos pasos más hacia la puerta y examinó la persiana en busca de algún roto;
un hilo suelto un el tejido bastaría. Había un diminuto agujero. Pegó el ojo allí.
Su mente se negó a aceptar lo que sus ojos captaban al otro lado de la puerta.
Rechazaba el espectáculo por absurdo, como una visión de un sueño. La razón le
dictaba que no podía ser real, pero su carne sabía que lo era. Su cuerpo se tensó
aterrado. Sus ojos, impasibles, no lograban borrar aquella escena atroz tras la
persiana. Permaneció junto a la puerta mientras el tren seguía avanzando, mientras la

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sangre se retiraba de sus extremidades y el cerebro le daba vueltas por falta de
oxígeno. Puntos brillantes de luz parpadearon en su campo de visión, ocultando por
fin la atrocidad.
Después se desmayó.

Estaba inconsciente cuando el tren llegó a Jay Street, No escuchó el anuncio del
conductor que informaba de que todos los pasajeros que fueran más allá de esa
estación debían cambiar de tren. Si lo hubiera oído, habría cuestionado el motivo de
ello. Ningún tren vaciaba a todos sus pasajeros en Jay Street; la línea iba hasta Mott
Avenue, vía el Hipódromo del Acueducto, y pasando el Aeropuerto JFK. Se habría
preguntado qué clase de tren podría ser. Pero ahora ya lo sabía. La verdad estaba
colgada en el vagón de al lado. Sonreía satisfecha desde detrás de un ensangrentado
delantal de cora de malla.
Este era el Tren de Carne de Medianoche.

No hay forma de calcular el tiempo después de un desmayo. Podrían haber pasado


segundos u horas antes de que los ojos de Kaufman volvieran a abrirse temblorosos y
su mente se adaptara a la nueva situación.
Estaba rumbado bajo uno de los asientos, pegado a la vibrante pared del vagón,
oculto a la vista. Hasta el momento, el Destino había estado de su parte, pensó; por
algún motivo, el balanceo del vagón debió de desplazar su cuerpo inconsciente hasta
allí.
Pensó en el horror que había visto en el segundo vagón, y de nuevo se tragó el
vómito. Estaba solo. Dondequiera que estuviera el vigilante (tal vez muerto), no tenía
manera de gritar pidiendo ayuda. ¿Y el conductor? ¿Estaba muerto a los mandos?
¿Estaría ahora el tren lanzándose a través de un túnel desconocido, un túnel sin una
sola estación que lo identificara, hacia su destrucción?
Y si no se produjera una colisión mortal, aún quedaba el Carnicero, que seguía
despedazando carne a tan solo una puerta de distancia de donde yacía escondido
Kaufman.
Mirara donde mirara, el nombre de la puerta de salida era Muerte.
El ruido era ensordecedor, especialmente al estar tumbado en el suelo. Los dientes
de Kaufman castañeteaban en las encías y sentía el rostro adormecido por la
vibración; incluso el cráneo le dolía.
Poco a poco sintió que recobraba la fuerza en sus miembros exhaustos. Con
precaución, estiró los dedos y cerró los puños para hacer que la sangre fluyera de
nuevo.
Y a medida que fue recuperando el tacto, también recuperó la náusea. No dejaba
de atormentarle la truculenta brutalidad del vagón contiguo. Había visto antes
fotografías de víctimas de asesinato, por supuesto, pero estos no eran asesinatos

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normales. Estaba en el mismo tren que el Carnicero del Metro, el monstruo que
colgaba a sus víctimas por los pies, afeitadas y desnudas, de los asideros del techo.
¿Cuánto tiempo tardaría el asesino en cruzar esa puerta e ir a por él? Estaba
seguro de que si el matarife no acababa con él, lo haría la tensión.
Escuchó unos movimientos al otro lado de la puerca.
Kaufman se dejó llevar por el instinto y se apretó aún más bajo el asiento,
enrollándose en un pequeño ovillo, con el rostro lívido pegado a la pared. Luego se
cubrió la cabeza con las manos y cerró los ojos con tanta fuerza como un niño
aterrorizado por el hombre del saco.
La puerta se abrió deslizándose. Clic. Ssshh. Una bocanada de aire procedente de
los raíles. El olor era el más extraño que Kaufman hubiera olido jamás, y más frío.
Era aire primigenio entrando en sus fosas nasales, aire hostil e insondable. Le hizo
estremecerse.
La puerta se cerró. Clic.
El Carnicero estaba cerca, Kaufman lo sabía. Tal vez estuviera a Unos pocos
centímetros de donde él se encontraba.
¿Miraba ahora incluso la espalda de Kaufman? ¿Se inclinaba incluso con un
cuchillo en la mano para arrastrar a Kaufman fuera de su escondrijo como si sacara a
un caracol de su concha con un gancho?
No ocurrió nada. No sintió aliento en el cogote. Y no le rebanó la columna
vertebral.
Tan solo se escucharon las pisadas cerca de la cabeza de Kaufman y luego ese
mismo sonido alejándose.
La respiración de Kaufman, retenida en sus pulmones hasta que empezó a dolerle,
fue exhalada con un siseo entre dientes.
Mahogany se sintió casi decepcionado al ver que el hombre dormido se había
bajado en la Calle 4 Oeste. Le habría gustado realizar otro trabajo esa noche y así
mantenerse ocupado mientras descendían. Pero no: el hombre había desaparecido. De
todas formas, la víctima potencial tampoco le había parecido demasiado sana, pensó,
probablemente fuera un contable judío anémico. La carne no habría sido de calidad.
Mahogany recorrió la distancia del coche hasta la cabina del conductor.
Probablemente pasaría el resto del viaje allí.
Dios mío, pensó Kaufman, va a matar al conductor.
Oyó la puerta de la cabina al abrirse. Luego la voz del Carnicero, grave y ronca.
—Hola.
—Hola.
Se conocían.
—¿Ya está?
—Ya está.
Kaufman se quedó impresionado por el tono trivial del intercambio. ¿Ya está?
¿Qué significaba lo de «ya está»?

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No pudo escuchar las siguientes palabras porque el tren atravesó una sección del
trazado especialmente ruidosa.
Kaufman ya no pudo resistirlo más. Con precaución, se estiró y miró por encima
del hombro hacia el otro extremo del coche. Lo único que podía ver eran las piernas
del Carnicero y la parte inferior de la puerta abierra de la cabina. Maldita sea. Quería
ver otra vez el rostro del monstruo.
Entonces se escuchó una risa.
Kaufman calculó los riesgos de la situación: las matemáticas del pánico. Si se
quedaba donde estaba, más pronto o más tarde el Carnicero echaría la mirada hacia
abajo y lo vería, y entonces sería picadillo de carne. Por otro lado, si se movía de su
escondite, su arriesgaba a ser visto y perseguido. ¿Qué era peor: parálisis y encontrar
la muerte en un agujero, o salir corriendo y encontrar a su Hacedor en medio del
coche?
Kaufman se sorprendió a sí mismo por su entereza: se movería.
Avanzando milímetro a milímetro, se arrastró de debajo del asiento al tiempo que
observaba la espalda del Carnicero en todo momento. En cuanto salió, se puso a
gatear hacia la puerta. Cada paso que daba era un tormento, pero el Carnicero parecía
estar demasiado enfrascado en la conversación para darse la vuelta.
Kaufman llegó a la puerta. Comenzó a levantarse, intentando estar preparado para
la visión que le esperaba en el segundo vagón. Agarró el pomo y abrió la puerta.
El ruido de los raíles aumentó y una ráfaga de aire frío y húmedo, que no olía a
nada que existiera en este mundo, le dio de lleno. Sin duda, el Carnicero lo había
oído, u olido. Sin duda, se daría la vuelta…
Pero no. Kaufman se coló por la rendija abierta y penetró en la cámara sangrienta
al otro lado.
El alivio lo volvió descuidado. Se olvidó de cerrar bien la puerta al salir y esta
comenzó a abrirse con el impulso del tren.
Mahogany sacó la cabeza de la cabina y miró al otro lado del coche, en dirección
a la puerta.
—¿Qué cojones es eso? —dijo el conductor.
—No cerré bien la puerta. Nada más.
Kaufman oyó los pasos del Carnicero dirigiéndose hacia allí. Su acurrucó
haciéndose un ovillo de consternación tras la pared intermedia, súbitamente
consciente de lo lleno que tenía el vientre. La puerta se cerró por el otro lado y los
pasos se alejaron otra vez.
A salvo, al menos para respirar una vez más.
Kaufman abrió los ojos y templó los nervios para enfrentarse a la masacre que
tenía ante él.
No le quedaba más remedio.
Todos sus sentidos se vieron invadidos: el olor de las entrañas al aire, la visión de
los cuerpos, el tacto del líquido en el suelo bajo sus dedos, el crujido de los asideros

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colgantes con el peso de los cadáveres oscilando, incluso el aire tenía el sabor salobre
de la sangre. Estaba absolutamente rodeado de muerte en aquel cubículo que se
precipitaba a través de las tinieblas.
Pero ya no había náusea. Ya no quedaban sensaciones, solo una leve repulsión.
Incluso se sorprendió a sí mismo observando los cuerpos con cierra curiosidad.
El cadáver más cercano era el del joven granujiento que había visto en el primer
vagón. El cuerpo colgaba boca abajo y oscilaba al ritmo del tren, al unísono con sus
tres compañeros; una obscena danza macabra. Los brazos colgaban lacios de las
articulaciones de los hombros, en las que su veían dos cortes de unos tres o cinco
centímetros de profundidad para que los cuerpos colgaran más ordenados.
Todas las partes de la anatomía inerte del chico se balanceaban hipnóticamente.
La lengua, que colgaba de la boca abierta. La cabeza, que pendía del cuello rebanado.
Incluso el pene del joven se sacudía de un lado a otro sobre su entrepierna depilada.
La herida de la cabeza y la yugular abierta todavía bombeaban sangre en un cubo
negro. Había cierta elegancia en aquella escena; la marca de un trabajo bien hecho.
Más allá de ese cuerpo estaban colgados los cadáveres de dos mujeres jóvenes
blancas y un hombre de piel más oscura. Kaufman giró la cabeza hacia un lado para
mirar sus rostros. Carecían de toda expresión. Una de las chicas era una belleza.
Concluyó que el hombre era portorriqueño. Todos llevaban la cabeza y el cuerpo
totalmente rasurados. De hecho, el aire apestaba con el olor del esquileo. Kaufman se
deslizó por la pared y se enderezó, y al hacerlo uno de los cuerpos de las mujeres giró
y mostró una vista dorsal.
No estaba preparado para ese último horror.
La carne de la espalda de la mujer estaba abierta desde el cuello hasta el trasero y
habían pelado el músculo para dejar expuestas las brillantes vértebras. Era el triunfo
final del oficio del Carnicero. Allí colgaban esos trozos de humanidad rasurados,
desangrados y trinchados, abiertos como un pescado y listos para ser devorados…
Kaufman estuvo a punto de sonreír al observar la perfección de aquel horror.
Sintió un atisbo de locura cosquilleándole en la base del cráneo, tentándole hacia el
olvido, prometiéndole una indiferencia total hacia el mundo.
Rompió a temblar de forma incontrolada. Sintió que las cuerdas vocales
intentaban formar un grito. Era intolerable y, sin embargo, gritar significaría
convertirse en breve en algo similar a las criaturas que tenía delante.
Joder dijo, más fuerte de lo que había pretendido, y luego se obligó a sí mismo a
avanzar por el vagón entre los cadáveres oscilantes, observando las pulcras pilas de
ropa y pertenencias colocadas en los asientos junto a sus dueños. Bajo sus pies, el
piso estaba pegajoso por la bilis reseca que lo cubría. Incluso con los ojos
entrecerrados podía ver demasiado claramente la sangre en los cubos; era espesa y
embriagadora y salpicada de cuajarones.
Ya había pasado junto al joven y podía ver la puerta que conducía al tercer vagón.
Lo único que tenía que hacer ahora era resistir el acoso de aquellas atrocidades. Se

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apresuró e intentó ignorar los horrores que le rodeaban concentrandose en la puerta
que le llevaría de regreso a la cordura.
Pasó junto a la primera mujer. Unos metros más, se dijo, diez pasos más como
mucho, menos si avanzaba con confianza.
Entonces las luces se apagaron.
—Dios santo —dijo.
El tren dio un bandazo y Kaufman perdió el equilibrio.
En medio de la oscuridad, buscó a tiernas un apoyo y, sacudiendo los brazos, se
agarró al cuerpo más cercano. Antes de poder evitarlo, sintió que sus manos se
hundían en la carne tibia mientras se aferraba con los dedos al músculo expuesto en la
espalda de la mujer muerta y tocaba con los dedos las vértebras. Aterrizó con la
mejilla en la carne viva del muslo.
Gritó, y mientras lo hacía las luces volvieron a encenderse.
Y cuando estas parpadearon de nuevo y su grito se extinguió, escuchó el ruido de
los pies del Carnicero que recorrían el primer vagón hacia la puerta medianera.
Soltó el cuerpo al que estaba abrazado. Tenía el rostro cubierto de la sangre de la
pierna. Podía sentido en la mejilla, como pinturas de guerra.
De algún modo, el grito le despejó la cabeza a Kaufman y de repente se sintió
imbuido de una especie de fuerza. No habría persecución por el tren, lo sabía: no
habría cobardía, ahora no. Iba a ser una confrontación primitiva, dos seres humanos
cara a cara. Y no había ningún truco —ninguno— que no pudiera usar para derrotar a
su enemigo. Era una cuestión de supervivencia, pura y dura.
El tirador de la puerta repiqueteó.
Kaufman miró a su alrededor en busca de algún arma, con mirada decidida y
calculadora. Entonces reparó en la pila de ropa junto al cuerpo del portorriqueño.
Había allí una navaja, junto a los anillos de strass y las cadenas de imitación de oro.
Un arma de hoja larga e inmaculadamente limpia, probablemente el orgullo y alegría
de aquel hombre. Alargando el brazo junto al cuerpo bien musculado, Kaufman cogió
la navaja de la pila de ropa. Le gustaba sujetarla en la mano; de hecho, resultaba
agradablemente excitante.
La puerta se estaba abriendo y el rostro del matarife apareció.
Kaufman miró a través del matadero a Mahogany. No es que fuera terriblemente
aterrador, solo otro hombre medio calvo y con sobrepeso de unos cincuenta años. Su
rostro era pesado y sus ojos estaban hundidos. La boca era bastante pequeña y de
labios delicados. De hecho, tenía boca de mujer.
Mahogany no podía entender de dónde había salido aquel intruso, pero era
consciente de que se trataba de otro descuido, otra señal de su creciente
incompetencia. Debía despachar a aquella criatura harapienta de inmediato. Después
de todo, no podían estar a más de dos kilómetros o tres del final de la línea. Debía
rebanar a aquel hombrecillo y colgarlo por los talones antes de llegar a destino.
Avanzó por el segundo vagón.

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—Estabas dormido —dijo tras reconocer a Kaufman—. Te vi.
Kaufman no dijo nada.
—Deberías haber bajado del tren. ¿Qué intentabas hacer? ¿Esconderte de mí?
Kaufman siguió en silencio.
Mahogany agarró el mango del cuchillo de carnicero que colgaba de su
desgastado cinturón de cuero. Estaba manchado de sangre, al igual que el delantal de
cota de malla, el martillo y la sierra.
—Tal como están las cosas —dijo—, tendré que acabar contigo.
Kaufman levantó la navaja. Parecía una nimiedad en comparación a la
parafernalia que portaba el Carnicero.
—Joder —dijo.
Mahogany sonrió ante las pretensiones de defensa del hombrecillo.
—No deberías haber visto esto: no es algo para los de tu clase —dijo, dando otro
paso hacia Kaufman—. Es secreto.
Oh, así que este es del tipo de los inspirados por la divinidad, ¿verdad?, pensó
Kaufman. Eso explicaría algunas cosas.
—Joder —repitió.
El Carnicero frunció el ceño. No le gustaba la indiferencia que mostraba el
hombrecillo por su trabajo, por su reputación.
—Algún día, todos nosotros tendremos que morir —dijo—. Deberías estar más
que complacido: no vas a ser quemado como la mayoría de ellos; puedo usarte. Para
alimentar a los padres.
La única respuesta de Kaufman fue una mueca. Había soportado lo suficiente para
que no le aterrorizara aquella mole con sobrepeso que arrastraba los pies.
El Carnicero desenganchó el cuchillo del cinturón y lo empuñó.
—Un sucio y pequeño judío como tú —dijo— deberías estar agradecido de servir
para algo: ser carne es lo máximo a lo que puedes aspirar.
Sin previo aviso, el Carnicero lanzó el brazo. La cuchilla dividió el aire a bastante
velocidad, pero Kaufman dio un paso atrás. La hoja le cortó la manga del abrigo y se
hundió en la espinilla del portorriqueño. El impacto casi amputó la pierna y el peso
del cuerpo abrió el tajo aún más. La carne expuesta del muslo parecía carne de
primera calidad, suculenta y apetitosa.
Mientras el Carnicero tiraba del cuchillo para sacarlo de la herida, Kaufman
aprovechó para saltar. La navaja se dirigía hacia el ojo de Mahogany, pero por un
error de cálculo la enterró en el cuello. Traspasó la columna vertebral y apareció por
el otro lado con una pequeña gota de sangre. Hasta el fondo. De un solo golpe. Hasta
el fondo.
Mahogany sintió la hoja de la navaja en el cuello con un carraspeo ahogado, casi
como si se hubiera atragantado con un hueso de pollo. Emitió una tos desganada y
ridícula. La sangre brotó de los labios y los coloreó, como el carmín en los labios de
una mujer. El cuchillo de carnicero repiqueteó contra el suelo.

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Kaufman tiró de la navaja y la sacó. De las dos heridas manaron unos pequeños
arcos de sangre.
Mahogany se derrumbó sobre las rodillas con la mirada clavada en la navaja que
lo había matado. El hombrecillo lo observaba con bastante pasividad. Decía algo,
pero los oídos de Mahogany estaban sordos a cualquier comentario, como si estuviera
bajo el agua.
Mahogany de repente se quedó ciego. Sintió cierta nostalgia por sus sentidos y
fue consciente de que no volvería a ver ni oír nunca más. Esto era la muerte: se le
había echado encima, no cabía duda.
Sin embargo, todavía podía sentir con las manos el tejido de los pantalones y las
manchas calientes en la piel. Su vida parecía alejarse de puntillas mientras se aferraba
con los dedos a una última sensación… Luego su cuerpo se derrumbó, y sus manos, y
su vida, y su deber sagrado se desplomaron bajo el peso de su carne gris.
El Carnicero estaba muerto.
Kaufman arrastró bocanadas de aire estancado hacia sus pulmones y se agarró de
uno de los asideros colgantes para estabilizar su cuerpo tambaleante. Las lágrimas
emborronaban el caos que le rodeaba. Pasó un tiempo, no sabía cuánto; estaba
perdido en un éxtasis de victoria.
Entonces el tren aminoró la velocidad. Sintió y escuchó la acción de los frenos.
Los cuerpos que colgaban se balancearon con fuerza hacia delante mientras el tren
frenaba a toda velocidad y las ruedas rechinaban en raíles que exudaban cieno.
La curiosidad invadió a Kaufman.
¿Cambiaría el tren de vía para dirigirse al matadero subterráneo del Carnicero,
decorado con la carne que había ido reuniendo a lo largo de su carrera? Y el risueño
conductor, tan indiferente a la masacre, ¿qué haría en cuanto el tren se detuviera?
Pasara lo que pasara, ahora todo era pura teoría. Podía ocurrir cualquier cosa;
observen y vean.
El sistema de megafonía crujió. Sonó la voz del conductor:
—Ya hemos llegado. Será mejor que te coloques en tu sitio, ¿eh?
¿Que se coloque en su sitio? ¿Qué. quería decir?
El tren avanzaba ahora a paso de tortuga. Al otro lado de las ventanas reinaba una
oscuridad absoluta. Las luces del vagón parpadearon y luego su apagaron. En esta
ocasión no volvieron a encenderse.
Kaufman quedó completamente a oscuras.
—Saldremos en media hora —informó el altavoz, igual que cualquier otro
anuncio de estación.
El tren paró por completo. El sonido de las ruedas sobre los raíles, el estruendo de
su paso, al que Kaufman ya se había acostumbrado, cesó de repente. Lo único que oía
era el zumbido del sistema de megafonía. Seguía sin poder ver nada.
Luego escuchó un siseo. Las puertas se estaban abriendo. El olor penetró en el
coche, un olor tan cáustico que Kaufman se cubrió la cara con la mano para no

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inhalarlo.
Permaneció en silencio, con la mano en la boca, durante lo que le pareció toda
una vida.
No ver. No oír. No hablar.
Entonces, vio un destello de luz fuera de la ventana. Esta dibujó la silueta de la
puerta y poco a poco se hizo más intensa. Pronto hubo suficiente luz en el vagón para
que Kaufman pudiera ver el cuerpo desplomado del Carnicero a sus pies, y los
costados cetrinos de carne colgando a ambos lados de este.
También se oyó un susurro procedente del oscuro exterior del tren, diminutos
ruidos en aumento como voces de escarabajos, En el túnel, arrastrándose hacia el
tren, había seres humanos. Kaufman podía ver ahora las siluetas. Algunos de ellos
llevaban antorchas que ardían con una mortecina luz pardusca. El ruido quizás lo
producían los pies sobre la tierra húmeda, o quizás sus lenguas al chasquear, o ambos.
Kaufman ya no era tan ingenuo como hacía una hora. ¿Podía haber alguna duda
en cuanto a la intención que tenían aquellas criaturas que salían de la oscuridad y
avanzaban hacia el tren? El Carnicero había descuartizado a hombres y mujeres para
proporcionar carne a esos caníbales; los cuales se acercaban, como comensales
acudiendo al gong que anunciaba la cena, para comer en aquel vagón restaurante.
Kaufman se inclinó y recogió el cuchillo que el Carnicero había tirado. El ruido
de las criaturas que se acercaban se hacía más fuerte a cada segundo. Retrocedió
alejándose de las puertas abiertas del vagón, pero entonces descubrió que las puertas
a sus espaldas también estaban abiertas, y también le llegó el susurro de las criaturas
que se acercaban desde allí.
Se hundió en uno de los asientos, y estaba a punto de refugiarse bajo ellos cuando
una mano, delgada y frágil hasta el punto de la transparencia, apareció en el vano de
la puerta.
No pudo apartar la mirada. No fue el terror lo que lo dejó petrifica do como
ocurrió con la ventana medianera. Simplemente quería mirar.
La criatura entró en el coche. Las antorchas a sus espaldas ocultaron el rostro tras
las sombras, pero podía ver claramente el contorno.
No había nada que resultara demasiado sorprendente en su apariencia.
Tenía dos brazos y dos piernas como él; la cabeza no presentaba ninguna
deformidad. El cuerpo era pequeño y el esfuerzo de subir al tren hizo que su
respiración se tornara ronca. Parecía más un caso de geriátrico que de manicomio;
generaciones de devoradores de hombres de ficción no habían preparado a Kaufman
para tal grado de angustiante vulnerabilidad.
Detrás de esta, criaturas similares emergían de la oscuridad y se arrastraban al
interior del tren. De hecho, entraban por todas las puertas.
Kaufman estaba atrapado. Sopesó el cuchillo en las manos, calculando su peso y
dispuesto para la batalla contra aquellos monstruos vetustos. Metieron una antorcha
en el vagón que iluminó los rostros de los líderes.

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Eran completamente calvos. La carne ajada de sus rostros estaba tensa sobre los
huesos de sus calaveras y brillaba por la tirantez. Había manchas de putrefacción e
infecciones en la piel, y zonas en las que a través del músculo que se había
marchitado convirtiéndose en pus negro se veía el hueso de la mejilla o la sien.
Algunos iban desnudos como bebés y sus cuerpos pastosos y sifilíticos apenas
mostraban rasgos sexuales. Lo que en otro tiempo fueron pechos, ahora eran bolsas
correosas que colgaban del torso y los genitales habían menguado hasta desaparecer.
Pero peor visión que la de los cuerpos desnudos era la de aquellos que llevaban
un velo de ropajes. Pronto Kaufman descubrió que la tela raída que colgaba de sus
hombros, o anudaban en sus cinturas, estaba hecha de piel humana. No solo una, sino
una docena o más de pieles se apilaban caprichosamente una encima de otra como
patéticos trofeos.
Los líderes de esta grotesca cola de comida ya habían llegado a los cuerpos y las
manos delicadas se posaron sobre los trozos de carne y recorrían de arriba abajo la
piel afeitada de una manera que sugería cierto placer sensual. Lenguas bailoteaban
fuera de sus bocas mientras gotas de saliva aterrizaban sobre la carne. Los ojos de los
monstruos parpadeaban mirando a un lado y a otro hambrientos y excitados.
Finalmente uno de ellos vio a Kaufman.
Los ojos de la criatura parpadearon unos segundos y luego se clavaron en él. Una
mirada interrogante se dibujó un su rostro, transformándolo en una parodia de
asombro.
—Tú —dijo; la voz sonó tan exhausta como los labios de donde había brotado.
Kaufman levantó unos centímetros el cuchillo, calculando sus posibilidades. Tal
vez hubiera treinta de ellos dentro del coche y muchos más fuera. Pero parecían muy
débiles, y no llevaban armas, solo sus pellejos y huesos.
El monstruo volvió a hablar y su voz sonó bastante bien modulada, cuando fue
capaz de recobrarla; era el trino de un hombre en otro tiempo cultivado y elegante.
—Viniste detrás del otro, ¿verdad?
La criatura bajó la mirada hacia el cuerpo de Mahogany. Sin duda, había captado
la situación muy rápido.
—Era viejo, de todas formas —dijo, y sus ojos acuosos regresaron a Kaufman y
lo examinaron con atención.
—Que te jodan —dijo Kaufman.
La criatura intentó una sonrisa sardónica, pero casi había olvidado la técnica y el
resultado fue una mueca que dejaba expuesta la boca llena de dientes que habían sido
concienzudamente afilados en punta.
—Ahora debes hacer esto por nosotros —dijo a través de aquella mueca bestial
—. No podernos sobrevivir sin comida.
La criatura dio unas palmaditas a la cadera de carne humana. Kaufman no
encontró respuesta a esa afirmación. Simplemente miró asqueado mientras las uñas se
deslizaban por la raja entre las nalgas, palpando la turgencia de delicado músculo.

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—Nos repugna tanto como a ti —dijo la criatura—. Pero estamos condenados a
elegir entre comer esta carne o morir. Sabe Dios que no tengo ningún apetito de ella.
Sin embargo, la criatura no dejaba de babear,
Kaufman entonces logró recobrar la voz. Sonó bajita, más por una confusión de
sentimientos que por miedo.
—¿Qué sois? —preguntó, y recordó en ese momento al hombre con barba de la
cafetería—. ¿Sois algún tipo de accidente del azar?
—Somos los Padres de la Ciudad —dijo la criatura—. Y madres, hijas e hijos.
Los constructores, los legisladores. Nosotros creamos esta ciudad.
—¿Nueva York? —preguntó Kaufman. ¿El Palacio de los Placeres?
—Antes de que nacieras, antes de que ninguno de los que ahora viven hubiera
nacido.
Mientras hablaba, la criatura deslizaba las uñas por debajo de la piel del cuerpo
rajado y retiraba la fina capa clástica del suculento músculo. Detrás de Kaufman, las
otras criaturas habían empezado a desenganchar los cuerpos de los asideros
colgantes, palpando con ese mismo deleite los suaves pechos y costillares de carne.
También habían empezado a desollar los cuerpos.
—Tú nos traerás más —dijo el padre—. Más carne para nosotros. El otro era
débil.
Kaufman le miró incrédulo.
—¿Yo? —dijo—. ¿Alimentaros? ¿Quién crees que soy?
—Debes hacerlo por nosotros, y por aquellos mayores que nosotros. Por aquellos
nacidos antes de que se imaginara la ciudad, cuando América era bosque y desierto.
La frágil mano señaló fuera del tren.
La mirada de Kaufman siguió el dedo hacia la oscuridad. Había algo más fuera
del tren que no había visto antes; mucho más grande que cualquier humano.
El grupo de criaturas abrió paso a Kaufman para que pudiera inspeccionar de
cerca aquella cosa que se erguía allí fuera, pero sus pies no se movieron.
—Adelante —dijo el padre.
Kaufman pensó en la ciudad que había amado. ¿Eran estos realmente sus antiguos
habitantes, sus filósofos, sus creadores? Tenía que creerlo. Quizás había gente sobre
la superficie (burócratas, políticos, autoridades de todo tipo, que conocían este
horrible secreto y cuyas vidas estaban dedicadas a preservar aquellas abominaciones,
alimentándolas, como salvajes sacrificando corderos para sus dioses). Sintió una
terrible familiaridad con todo aquel ritual. Le sonaba demasiado… no en la mente
consciente de Kaufman, sino en su yo más profundo y primitivo.
Sus pies, que ya no obedecían a su mente sino a su instinto de rendir culto, se
movieron. Recorrió los pasillos de cuerpos y salió del tren.
La luz de las antorchas apenas iluminaba la infinita oscuridad de allá fuera. El
aire parecía algo sólido, tan denso era el olor a tierra antigua. Pero Kaufman no olió
nada. Inclinó la cabeza, fue lo único que pudo hacer para evitar desmayarse otra vez.

Página 380
Allí estaba; el precursor del hombre. El Americano original, y su patria era esta
antes de que lo fuera de los passamaquoddy o de los cheyenes. Sus ojos, si es que
tenía ojos, estaban clavados en él.
El cuerpo de Kaufman se estremeció. Le castañetearon los dientes.
Pudo escuchar el ruido de la anatomía de aquello: tictacs, crujidos, sollozos.
Se movió ligeramente en la oscuridad.
El sonido de su movimiento fue formidable. Como una montaña enderezándose.
Kaufman alzó el rostro hacia él y, sin pensar qué estaba haciendo o por qué, se
arrodilló en la porquería que había delante del Padre de los Padres.
Cada día de su vida le había conducido a ese día, cada segundo le empujaba a ese
momento inenarrable de terror sagrado.
Si hubiera habido suficiente luz en aquel pozo para ver la totalidad, tal vez, su
tibio corazón habría reventado. Así las cosas, lo sintió palpitar con fuerza en su pecho
al ver lo que vio.
Era un gigante. Sin cabeza ni extremidades. Sin un solo rasgo que fuera humano,
sin un órgano que tuviera sentido, ni sentidos. Si pudiera compararse con algo, sería
con un banco de peces. Mil hocicos moviéndose al unísono, brotando, alcanzando su
plenitud y marchitándose rítmicamente. Era iridiscente, como de madreperla, pero en
ocasiones era de una tonalidad más profunda que cualquier color que Kaufman
conociera, o supiera identificar.
Eso era todo lo que Kaufman podía ver, y era más de lo que deseaba ver. Había
mucho más en esa oscuridad, palpitando y agitándose.
Pero no pudo mirar más tiempo. Se giró, y al hacerlo una pelota de fútbol salió
volando del tren y rodó hasta detenerse frente al Padre.
Al menos, Kaufman creyó que era una pelota de fútbol, hasta que la observó más
atentamente y descubrió que se trataba de una cabeza humana: la cabeza del
Carnicero. La piel de la cara había sido pelada a tiras. Brillaba cubierta de sangre
delante de su Señor.
Kaufman apartó la mirada y regresó al tren. Todas las partes de su cuerpo
parecían estar llorando, todas menos los ojos. Le ardían demasiado por la visión a sus
espaldas y el calor evaporó sus lágrimas.
Dentro, las criaturas ya habían empezado a cenar. Kaufman vio que una de ellas
arrancaba de su cuenca el dulce bocado azul del ojo de una mujer. Otro tenía la mano
en su boca. A los pies de Kaufman yacía el cadáver decapitado del Carnicero, todavía
sangrando profusamente por donde el cuello había sido devorado.
El pequeño padre que había hablado antes se irguió delante de Kaufman.
—¿Nos servirás? —preguntó suavemente, como si estuviera pidiendo a una vaca
que le siguiera.
Kaufman tenía los ojos clavados en el cuchillo, símbolo de la profesión del
Carnicero. Las criaturas ahora abandonaban el vagón, arrastrando los cuerpos medio

Página 381
devorados tras ellos. A medida que las antorchas salían del vagón, la oscuridad fue
regresando.
Pero antes de que las luces hubieran desaparecido del todo, el padre alargó la
mano, sujetó la cara de Kaufman y la giró para que se mirara a sí mismo en el sucio
cristal de la ventana del vagón.
Era un reflejo débil, pero Kaufman pudo ver bastante bien lo cambiado que
estaba. Más blanco que ningún otro hombre vivo, y cubierto de sangre y mugre.
La mano del padre todavía sujetaba la cara de Kaufman, e introdujo el dedo en la
boca y en el gaznate hasta tocar con la uña la parte más profunda de la garganta.
Kaufman sintió arcadas, pero no le quedaba voluntad para repeler el ataque.
—Sírvenos —dijo la criatura—. En silencio.
Kaufman se dio cuenta demasiado tarde de la intención de los dedos…
De repente notó que le sujetaba con fuerza la lengua y la retorcía por la raíz.
Kaufman, horrorizado, dejó caer el cuchillo. Intentó gritar, pero no salió ningún
sonido de su boca. Tenía sangre en la garganta y escuchó su propia carne
desgajándose, y unos dolores agónicos le hicieron convulsionarse.
Luego la criatura sacó la mano de la boca y colocó los dedos escarlata y cubiertos
de saliva delante de su rostro, mientras sostenía la lengua entre el pulgar y el índice.
Kaufman su quedó mudo.
—Sírvenos —dijo el padre, y se metió la lengua en su propia boca y la masticó
con evidente satisfacción. Kaufman cayó de rodillas y vomitó el sándwich.
El padre ya se alejaba arrastrando los pies hacia la oscuridad; el resto de los
antiguos ya se había cobijado en su madriguera una noche más.
El altavoz chirrió.
—A casa —dijo el conductor.
Las puertas se cerraron con un silbido y el zumbido eléctrico atravesó el tren. Las
luces se encendieron, luego se volvieron a apagar, y por fin se encendieron.
El tren comenzó a moverse.
Kaufman estaba tirado en el suelo, le caían lágrimas por el rostro, lágrimas de
turbación y de resignación. Se desangraría hasta morir, decidió, allí donde yacía
ahora. No importaba si moría. De todas formas, era un mundo de mierda.

El conductor le despertó. Kaufman abrió los ojos. El rostro que lo observaba desde
arriba era negro, y no parecía poco amistoso. Le sonrió. Kaufman intentó decir algo,
pero tenía la boca sellada con sangre seca. Retorció la cabeza de un lado a otro como
un demente babeante intentando escupir una palabra. Tan solo salieron gruñidos.
No estaba muerto. No se había desangrado.
El conductor le incorporó sobre las rodillas y le habló como si fuera un niño de
tres años.
—Tienes un trabajo que hacer, amigo: están muy satisfechos contigo.

Página 382
El conductor se había lamido los dedos y estaba frotándole los labios hinchados,
intentando separarlos.
—Tienes mucho que aprender antes de mañana noche…
Mucho que aprender. Mucho que aprender.
Sacó a Kaufman del tren. Estaban en una estación que no había visto nunca. Era
absolutamente prístina y con baldosas blancas; el Nirvana de un encargado de
estación. Ninguna pintada desfiguraba las paredes. Ninguna taquilla, pero tampoco
había puertas de entrada ni pasajeros. Aquella era una línea que solo proporcionaba
un servicio: El Tren de Carne.
El turno de limpiadores de la mañana ya andaba atareado lavando la sangre de los
asientos y del suelo del tren. Alguien desnudaba el cuerpo del Carnicero para ser
despachado a Nueva Jersey. Por todas partes alrededor de Kaufman había gente
trabajando.
Una lluvia de luz del amanecer se colaba por una rejilla en el techo de la estación.
Se veían motas de polvo suspendidas en los haces de luz, girando una y otra y otra
vez. Kaufman las observó, embelesado. No había visto algo tan bello desde que era
niño. Polvo maravilloso. Girando una y otra y otra vez.
El conductor había logrado separar los labios de Kaufman. Tenía la boca
demasiado dolorida para moverla, pero al menos pudo respirar sin dificultad. Y el
dolor ya estaba empezando a remitir.
El conductor le sonrió y a continuación se giró hacia el resto de trabajadores de la
estación.
—Me gustaría presentaros al sustituto de Mahogany. Nuestro nuevo carnicero —
anunció.
Los trabajadores miraron a Kaufman. Se dibujó cierta deferencia en sus rostros al
mirarle y la sensación le resultó placentera.
Kaufman alzó la mirada hacia la luz solar, que ahora se derramaba a su alrededor.
Hizo una seña con la cabeza hacia arriba, con la que intentaba indicar que quería
subir y salir a cielo abierto. El conductor asintió y le condujo por un tramo de
escalones y a través de un callejón hasta salir a la calle.
Era un día hermoso. El brillante cielo sobre Nueva York estaba veteado con finos
filamentos de nubes de color rosa claro, y el aire olía a mañana.
Las calles y avenidas estaban prácticamente vacías. A cierta distancia un taxi
cruzó una intersección y su motor sonó como un susurro; un corredor pasó sudando
por la otra acera de la calle.
Muy pronto estas mismas aceras desiertas se llenarían de gente. La ciudad
seguiría con sus cosas, ignorante; sin saber jamás sobre lo que estaba fundada, o a
quién le debía su existencia. Sin vacilar, Kaufman se arrodilló y besó el sucio asfalto
con sus labios sangrientos, y juró silenciosamente lealtad eterna a su continuidad.
El Palacio de los Placeres recibió la adoración sin comentario alguno.

Página 383
FIN

Página 384
NOTAS

Página 385
[1] SAWNEY BEAN. Traducido por Marta Lila Murillo. <<

Página 386
[1] THE BLACK CAT. Traducido por por Mauro Armiño. <<

Página 387
[1] THE MONKEY’S PAW. Traducido por Manuel Ortuño. <<

Página 388
[1] HERBERT WEST, REANIMATOR. Traducido por José María Nebreda. <<

Página 389
[2]
Distinguised Service Order (Orden del Servicio Distinguido), condecoración
militar establecida por la reina Victoria en 1886. (N. del T.) <<

Página 390
[1] THE ELEPHANT MAN. Traducido por Marta Lila Murillo. <<

Página 391
[2] British Medical Journal, diciembre de 1886 y abril de 1890. (N. del A.) <<

Página 392
[3] Expresión del idioma francés que se empleó durante la Revolución Francesa para

desigual a los antiguos nobles que habían perdido su condición aristocrática y su


título. Equivale en español a ex, anterior o antiguo. (N. de la T.) <<

Página 393
[1] THE ISLINGTON MYSTERY. Traducido por Juan Antonio Molina Foix. <<

Página 394
[2] Se refiere al poema de Milton “Lycidas” (1637), elegía en forma de pastoral a la

muerte de Edward King, un compañero de estudios del poeta en el Christ’s College


de Cambridge. Véase “Johnson versus Milton” en The Student: A Magazine of
Theology, Literature and Science, Vol. I, James Gilbert, Londres, 1844, págs. 348-
349. (Notas del traductor). <<

Página 395
[3] Canción inglesa, conocida también como “Sailor’s Epitaph”, compuesta por
Thomas Dibdin (1740-1814) a la muerte en alta mar de su hermano mayor, que era
capitán de un mercante dedicado al comercio en la India. Escrita en 1789, formaba
parte de la serie de canciones propuestas por el gobierno británico para «mantener
vivos los sentimientos patrióticos contra los franceses», que se consideraron
responsables del alistamiento de miles de marineros. <<

Página 396
[4] Novela histórica de George Eliot (Mary Ann Cross, 1819-1880), publicada por

entregas en la Cornhill Magazine en 1863, que describe la vida en Florencia a finales


del siglo XV. <<

Página 397
[5] Novela de Charles Reade (1814-1884), publicada en 1861, que narra la vida de los

padres de Erasmo de Rotterdam y está considerada la más importante novela histórica


inglesa del siglo XIX. <<

Página 398
[6] Proceso que apasionó a la Inglaterra victoriana en 1857. Madeleine Smith, hija

mayor de una familia acomodada de Glasgow, que mantenía una relación clandestina
con un ambicioso empleado de comercio francés, fue acusada de haberlo envenenado
con arsénico para eliminar cualquier rastro de la misma y evitar un incipiente
chantaje. La defensa adujo que el francés se habría envenenado a sí mismo para
culparla de su muerte por venganza. Madeleine fue absuelta por falta de pruebas y
poco después emigró a Estados Unidos. En 1950 David Lean realizó una adaptación
cinematográfica titulada Madeleine, protagonizada por Ann Todd e Ivan Desny. <<

Página 399
[7] Novela de Mary Augusta Ward (1851-1920), publicada en 1888, que ahogaba por

revitalizar el cristianismo acentuando su misión social y renunciando a su ingrediente


milagroso. <<

Página 400
[8] Danza ritual nocturna de los aborígenes de Australia para celebrar victorias
tribales o acontecimientos similares. <<

Página 401
[9] Joseph Grimaldi (1778-1837) fue un actor y bailarín londinense muy popular

durante la Regencia [entre 1811 y 1820, cuando el Príncipe de Gales, futuro Jorge IV,
gobernaba Gran Bretaña por inhabilitación permanente de su padre Jorge III], que
fusionó el bufón y la comedia del arte en su personaje del clown, con el rostro pintado
de blanco, aditamento que todavía se utiliza en todo el mundo así corno en su país se
le sigue llamando por su apodo “Joey”. La anécdota la cuenta el propio Machen en
“The Man with the Silver Staff”, incluido en Dreads and Drolls (Martin Secker,
Londres, 1926). <<

Página 402
[10] Perpendicular es una fase del gótico inglés, desde mediados del siglo XIV al XVI,

que se caracteriza por el predominio absoluto del vano, concebido lineal y


perpendicularmente.
La ojiva de tercio punto es un arco apuntado en el que los centros de las porciones de
circunferencia que lo forman se encuentran en los arranques. <<

Página 403
[11] Técnica popular de taracea de los siglos XVII y XVIII, aunque en Italia ya se hacía

en el siglo X. El nómbrele viene por el ebanista francés André Charles Boulle (1642-
1732), cuyos muebles combinaban piezas de bronce dorado y burilado con piezas de
tortuga e incluso materiales preciosos como el marfil, las piedras preciosas, la
madreperla y los bronces de exquisita factura. <<

Página 404
[12] Machen se refiere a la poco agraciada noble alemana Carolina de Brunswick,

Duquesa de Brunswick-Wolfenbüttel (1768-1821), cuyo matrimonio con el príncipe


de Gales, futuro rey Jorge IV, fue un desastre desde el principio, pese a la enorme
popularidad y simpatía que ella despertó entre el pueblo británico. Su azarosa vida
sentimental le granjeó el vacío de la alta sociedad británica, que la forzó a abandonar
la isla. Cuando estaban a punto de divorciarse, murió el rey Jorge III y le sucedió su
hijo Jorge IV, pero Carolina, que había regresado a Londres para su coronación, no
pudo asistir porque le negaron la entrada a la Abadía de Westminster. Diecinueve días
después falleció y fue enterrada en su ciudad natal. En su lápida se puede leer:
“Carolina, la agraviada reina de Inglaterra”. <<

Página 405
[13] Al ebanista y diseñador inglés Thomas Sheraton (1751-1806) se le atribuye un

estilo propio de carácter neoclásico, muy importante para la evolución del llamado
estilo Regency. Sencillo y sobrio, prescinde de los adornos, introduce el mimbre y
permite una fabricación más racional de los muebles. <<

Página 406
[14] Joseph Butler (1692-1752), teólogo anglicano que fue obispo de Bristol y después

de Durham. Autor de Analogy of Religion, Natural and Revealed, to the Constitution


and Course of Nature (1736), en la que defiende al cristianismo contra los ataques de
los deístas. <<

Página 407
[1] THE PLAGUE OF THE LIVING DEAD. Traducido por Marta Lila Murillo. <<

Página 408
[1] IMOMUSHI. Traducido por Daniel Aguilar. Traducción cedida por editorial Satori.

<<

Página 409
[2] En japonés, aodaisho («general azul»). La Elaphe climacophora, serpiente
cazadora de la familia de los colúbridos, es bastante grande aunque no venenosa. (N.
del T.) <<

Página 410
[3] El tokonoma es una parte de la habitación compuesta por una tabla de madera

elevada unos centímetros sobre el suelo y dispuesta paralelamente a uno de los lados
de la pared. Sobre ella pende una sección de pared, de manera que parece una
diminuta habitación separada del resto. Sobre la tabla de madera suelen colocarse
adornos florales o piezas decorativas. (N. del T.) <<

Página 411
[4] El texto no lo deja claro, pero posiblemente se refiera a las necesidades
fisiológicas. (N. del T.) <<

Página 412
[5] La expresión japonesa naichi («el interior») se aplicaba a las islas centrales del

Japón (Honshu, Shikoku y Kyushu), en contraposición a lo que podían considerarse


nuevos territorios, como Hokkaido, Okinawa, Taiwán y las posesiones en China o
Manchuria. Todavía hoy es posible encontrar personas que utilizan este término. (N.
del T) <<

Página 413
[6] Alguna de las ediciones que he manejado me ha dado la impresión de que
originalmente había aquí algunas líneas más que pueden haber sido censuradas. (N.
del T.) <<

Página 414
[1] THE VAULTS OF YOH-VOMBIS. Traducido por Marta Lila Murillo. <<

Página 415
[1] FROM BEYOND. Traducido por José María Nebreda. <<

Página 416
[1] WHO GOES THERE? Traducido por Marta Lila Murillo. <<

Página 417
[1] BLACK DESTROYER. Traducido por Marta Lila Murillo. <<

Página 418
[1] THE SKULL OF MARQUIS DE SADE. Traducido por Marta Lila Murillo. <<

Página 419
[1] NIGTMARE, AT 20.0000 FEET. Traducido por Santiago García. <<

Página 420
[1] DON’T LOOK NOW. Traducido por Marta Lila Murillo. <<

Página 421
[1] MIDNIGHT MEAT TRAIN. Traducido por Marta Lila Murillo. <<

Página 422

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