El Tesoro Perdido de Atahualpa v1
El Tesoro Perdido de Atahualpa v1
El Tesoro Perdido de Atahualpa v1
Mi nombre es ALEJANDRO XAVIER REALPE GALÁRRAGA, desde niño he soñado con escribir un
libro sobre nuestros antepasados. Nací en Quito, por lo tanto, soy heredero de la tribu Quitos,
que se ubicaron en los alrededores de la gran laguna de Iñaquito, hoy ya desaparecida
completamente.
En este hermoso territorio, llegaron los Incas, era el territorio de Atahualpa, en tierras
ecuatorianas seguramente vivió su niñez, su adolescencia y juventud. Como heredero de un
trono que debió compartirse, viajó hacia tierras que hoy son del Perú.
No se compartieron aquellas tierras y tuvo que someterse a una guerra de hermanos, en la cual
triunfó, pero esta guerra se desarrolla en medio de la conquista española.
Por lo tanto no gobernó mucho tiempo y más bien fueron los españoles que le capturaron y
acusaron de homicidio de su hermano Huascar, llevándolo hacia la muerte, no sin antes haber
ofrecido llenar un cuarto con oro puro para su rescate.
Al morir Atahualpa, inicia la leyenda de la existencia de un gran tesoro que los españoles nunca
pudieron encontrarla.
Este relato, es una ficción, no es una realidad, casi todas las imágenes que aparecen en este libro
han sido tomadas de la gran nube por medio del internet. Son algunas fotos, si reales del sector,
propias de los Llanganates, y otras de videos realizados por excursionistas que han ido en busca
de este gran tesoro.
Invito a todos ecuatorianos y extranjeros a recorrer estos paisajes, ¿Quién sabe, de pronto
alguien encuentre la puerta que abre el sitio del tesoro escondido?
INTRODUCCIÓN: LA LEYENDA
En tiempos ancestrales, cuando las estrellas aún susurraban secretos a la tierra, los indígenas de
este pueblo tejieron una leyenda que resonaría a través de los siglos. Susurros nocturnos
contaban que el valiente Rumiñahui, con corazón valeroso, llevó consigo el inmenso tesoro de
Atahualpa hacia una cueva en las faldas del volcán, donde la lava ardiente danzaba con los
suspiros del viento.
En las noches en que la luna se esconde tras un manto de nubes, la entrada de la cueva en las
faldas del volcán cobra vida. Los ancianos narran que, como un suspiro dorado del pasado, una
luz resplandece en la entrada de la gruta, pintando de amarillo las sombras de la montaña. Es el
reflejo del tesoro de Atahualpa, un destello fugaz que solo aquellos destinados a descubrir la
verdad podrán presenciar.
En mi búsqueda por desentrañar el misterio, me adentré en las faldas del volcán guiado por la
antigua leyenda. Bajo el cielo estrellado, la entrada de la cueva se reveló ante mí, y, como
profetizaba la leyenda, una luz dorada destelló en la oscuridad, dejando entrever los ecos de
una historia oculta. La búsqueda del tesoro perdido de Atahualpa me lleva a un viaje lleno de
secretos ancestrales y descubrimientos inesperados.
Con prudencia, dejé marcas y tomé notas, muchas fotos con mi celular, prometiendo regresar
equipado adecuadamente para explorar las profundidades de la cueva. El resplandor amarillo
quedó grabado en mi memoria, y la espera de unos meses se convirtió en la promesa de desvelar
los secretos ocultos que aguardan en el corazón de las sombras de esa montaña ancestral. La
aventura aguarda, entre susurros de leyendas y la promesa de tesoros olvidados.
En las noches de espera, la incertidumbre me envolvía como un manto oscuro. La pregunta sobre
por qué fuiste elegido resonaba en mis pensamientos, y las dudas se multiplicaban como
sombras en la caverna que aguardaba mi exploración. La búsqueda de compañeros adecuados
para esta aventura se convirtió en un desafío, tejiendo un enigma aún más complejo en mi viaje
hacia lo desconocido.
Con sabiduría, decidí unir fuerzas con aquel grupo de 7 obreros, portadores de la conexión con
la tierra y herederos de la leyenda. Juntos, formamos un vínculo entre el pasado y el presente,
compartiendo conocimientos ancestrales que serían la clave para desentrañar los secretos de la
cueva en las faldas del volcán. La alianza con los indígenas de la zona prometía ser la llave para
abrir la puerta a lo desconocido.
Con un equipo sólido y la lealtad de mis obreros, me preparaba para embarcarme hacia la cueva
con la certeza de que cada paso estaba respaldado por la sabiduría de la leyenda. Los apuntes y
fotos de mi primer viaje se convertían en preciadas guías, y la compañía de Teresa, mi confidente
fiel, y mi hija Belén, añadía un valor incalculable a la travesía. Juntos, desafiaríamos las sombras
de la montaña en busca de respuestas ancestrales y tesoros olvidados.
En la reunión previa a esta aventura, compartí la realidad cruda de la incertidumbre que rodeaba
la expedición. Expliqué la imprevisibilidad del viaje, lo desconocido que aguardaba en las
entrañas de la montaña. Al dejar claro los riesgos, también les proporcionaste una medida de
seguridad: un seguro de vida para cada uno, asegurando que, en caso de no regresar en dos
años, sus familias recibirían un respaldo financiero. En un acto de valentía colectiva, todos
aceptaron el desafío, forjando un pacto que trascendía las fronteras de lo conocido.
La aventura, estaba a punto de iniciar
Entre las sombras de la montaña, el grupo comenzó el viaje, cada mente cargada de propósitos
individuales. Los obreros anhelaban un cambio de vida, mi familia, buscando la verdad de la
leyenda, y los demás, con pensamientos propios tejidos entre la felicidad y la incertidumbre. En
esos rostros se reflejaba la amalgama de emociones que acompañaría la travesía hacia lo
desconocido.
CAPÍTULO I: EL ENTORNO Y LA PUERTA DE ENTRADA HACIA LA AVENTURA
El paisaje que rodea la cueva se teje con la historia de Píllaro, un pueblo arraigado en la tradición
de la construcción de túneles desde la época de Atahualpa. Las colinas ondulantes llevan la
huella de generaciones de tuneleros, y el eco de la leyenda de Rumiñahui resuena en cada piedra
tallada por manos expertas. En este terreno impregnado de historia, la expedición comienza a
desentrañar los secretos que la tierra guarda celosamente.
La leyenda cuenta que desde el momento en que Atahualpa fue declarado como el heredero del
trono inca, los habitantes de Píllaro se encomendaron a la tarea de construir el túnel que
resguardaría los tesoros. A medida que avanzaban en su labor, su función se extendía más allá
de la simple construcción, adentrándose en las entrañas de las montañas. Así, el pueblo se
convirtió en un linaje de tuneleros, sus historias entrelazadas con la tierra que excavaban para
esconder secretos ancestrales.
El sendero en la reserva de los Llanganates se revela con la presencia majestuosa de una cascada,
cuyas aguas son besadas por los rayos dorados del sol al amanecer, creando una ilusión de oro
líquido. Esta visión refuerza la certeza de que están en el camino correcto. En este momento
crucial, se unen a la expedición dos periodistas, Ramiro de Quevedo y Francisco de Zamora, listos
para inmortalizar la historia que se teje entre las montañas y las leyendas olvidadas.
La majestuosidad de la cascada nos invitó a una pausa. Maravillados por la caída de sus aguas,
nos deleitamos con la brisa cargada de gotas que empapaban nuestras vestimentas. Un poco
apartados del impacto directo, descubrimos una pequeña piscina formada por la tormentosa
cascada. La noche se acercaba, y la tentación de nadar y pasar la noche en este rincón mágico
se hizo irresistible. La naturaleza misma nos guiaba en nuestro viaje hacia lo desconocido.
Aprovechando la humedad del entorno, logramos obtener raíces de los gigantes árboles ya
desprendidas, casi secas o muertas, para encender una pequeña fogata. A media distancia, el
estruendo de la caída de agua sobre las rocas resonaba. Con más de dos decenas de aventureros
reunidos, algunos portando guitarras y otros instrumentos ancestrales, nos sumergimos en
canciones alegres y vivas al calor de la fogata, tejiendo así momentos de camaradería en medio
de la selva misteriosa.
La maravilla del cielo nocturno se desplegó ante nosotros cuando la nubosidad cedió su lugar.
Un cielo estrellado se manifestó, como si hubiera estado aguardando el momento perfecto para
revelarse. De repente, una hermosa Luna llena, blanca y resplandeciente, iluminó la noche como
una lámpara celestial. Este espectáculo celeste, inesperado y espléndido, nos envolvió en un
silencio reverente, como si la propia naturaleza celebrara nuestro paso por este rincón mágico
de la tierra.
El rugido, acompañado por los maullidos de los pequeños pumas, nos llenó de asombro y un
ligero temor mientras observábamos las sombras de la familia de pumas a lo lejos: el macho, la
hembra y sus dos crías. No estábamos seguros si estaban protegiendo el sector o buscando
alimento. Nuestra presencia y el bullicio seguramente los atrajeron, pero el fuego de la fogata
mantenía su distancia. Con un poco de aprensión en el aire, nuestro amigo topógrafo Julio tenía
la precaución de traer 6 sistemas de alarmas: detectores de movimiento con cámaras
alimentadas por energía solar. Colocamos estas alarmas en un círculo alrededor de nuestras
carpas, complementando la protección ofrecida por el fuego de la fogata. Con estas medidas de
seguridad en su lugar, pudimos descansar el resto de la noche con mayor tranquilidad.
El despertar nos recibió con un concierto de cantos y silbidos de aves, mientras el chorro del
agua de la cascada nos instaba a sumergirnos en la pequeña laguna que se formaba al pie de su
caudaloso manto de agua. Los primeros rayos de sol volvieron a iluminar la cascada, bañándola
en aquel resplandor dorado que habíamos admirado el día anterior. La luz se reflejaba en las
paredes de la cascada, teñidas de un color cobre, imposible de distinguir desde cerca debido a
la fuerza de la corriente.
Julio, nos sorprendió una vez más con su
tecnología al sacar un dron, que nos
permitió explorar la parte superior de la
cascada y tener una vista panorámica de
lo que nos aguardaba en nuestro
recorrido.
Antes de emprender la búsqueda del tesoro de Atahualpa, María, nuestra encantadora chef, nos
preparó un abundante desayuno a lo criollo. Disfrutamos de un café caliente, huevos revueltos,
panes tipo tortillas y un delicioso seco de pollo, todo acompañado por la compañía y el cariño
de su hija Karen. Además, nos prepararon una refrescante agua de panela con limón, que cada
uno llevaba consigo en su cantimplora de casi dos litros, sabiendo que nos sería de gran ayuda
más adelante.
Antes de partir, Roberto, nuestro médico, nos examinó a cada uno. Era el momento preciso para
detectar cualquier problema de salud que pudiera surgir durante la aventura. Afortunadamente,
estábamos todos en buen estado, aunque la preocupación por nuestros seres queridos que nos
esperaban en casa añadía un matiz de melancolía a la partida.
Tere, mi amada esposa, llamó a nuestros dos hijos, Alex y Xavier, para impartirles sus
bendiciones a ellos y a sus respectivas familias, sabiendo que estaban en los primeros pasos de
sus vidas juntos. Nuestros nietos, Luis y Bolívar, aún eran muy pequeños para comprender la
magnitud de nuestra aventura. Con la esperanza en nuestros corazones de que la naturaleza
estuviera de nuestro lado en los próximos días, deseábamos con ansias la posibilidad de
comunicarnos con ellos más adelante.
Casi todos los aventureros tomaron un momento para hacer llamadas y despedirse antes de
emprender esta emocionante aventura. Julio llamó a su esposa, Gaby, una mujer amorosa, pero
de carácter fuerte, quien se quedaba al cuidado de sus pequeños hijos, Vicky y Santiago, aún,
estudiando en el colegio. Mi amigo Fabián y su hija Emily hicieron lo mismo con su esposa,
Giselle, y su hermano, Dosting. Emily se había hecho gran amiga y compañera de mi hija, Belén,
durante nuestra preparación para esta expedición.
Con todos los equipos recogidos y las carpas desmontadas, repartimos la carga de alimentos
entre nosotros, colaborando como un equipo unido. Formamos un círculo y Carlitos, el gran
capataz de los obreros, nos enseñó un grito de guerra o de esperanza: "¿A dónde vamos?" y
todos respondimos con determinación, "¡Hacia nuestra esperanza!". Esta sería nuestra frase,
nuestra guía, en todos los siguientes días de nuestra maravillosa aventura. Con el eco de esas
palabras en nuestros corazones, nos adentramos en lo desconocido, listos para enfrentar
cualquier desafío que la naturaleza nos presentara.