El Monje

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Thich Nhat Han h

Thich Nhat Hanh


SELLO Zenith
COLECCIÓN Biblioteca Thich Nhat Hanh
OTROS TÍTULOS DE El maestro Thich Nhat Hanh nació en FORMATO 13,5 x 21 cm.
THICH NHAT HANH Hue (Vietnam) y es monje budista, poe- Rústica con solapas
ta, erudito y activista por los derechos hu-
Kinh Tam es una joven vietnamita cuyos padres la obligan SERVICIO
Sintiendo la paz manos. Es uno de los principales impul-
a aceptar un matrimonio pactado. Educada en los valores tradi-
sores del budismo zen en Occidente.

EL MONJE
El corazón de las enseñanzas de Buda cionales de una familia aristocrática, no se atreve a desobedecer PRUEBA DIGITAL
Fundador de universidades y organiza-
a sus progenitores e intenta adaptarse a su nueva vida de casada VÁLIDA COMO PRUEBA DE COLOR
ciones de servicios sociales, en la actua- EXCEPTO TINTAS DIRECTAS, STAMPINGS, ETC.
La esencia del amor con un hombre al que no ama.
lidad vive en Plum Village, una comuni-
Aplacar el miedo dad de meditación en el sur de Francia
Sin embargo, el destino de Kinh es otro y su gran vocación Una historia DISEÑO 10-12-2019 Marga

EL MONJE
a la que acuden anualmente cientos de
espiritual se acaba imponiendo. Un día, tras una fuerte pelea
El corazón del cosmos
con su familia, decide abandonar su hogar para ingresar en un de amor verdadero personas para escuchar las enseñanzas EDICIÓN
del maestro Thich y aprender sus senci-
El verdadero amor monasterio con una nueva identidad masculina. A partir de ese
llas técnicas de meditación.
momento ya no será una joven casada, sino «el monje». CARACTERÍSTICAS
La muerte es una ilusión
Propuesto para el premio Nobel de la IMPRESIÓN 4/0
Saborear Paz, Thich Nhat Hanh es uno de los
líderes espirituales más importantes de PAPEL
Enseñanzas sobre el amor nuestro tiempo.
La ira PLASTIFICADO Mate

Cita con la vida UVI

El poder de la plegaria RELIEVE

El milagro de mindfulness BAJORRELIEVE

Nada que hacer, ningún STAMPING


lugar adonde ir
FORRO TAPA

GUARDAS

INSTRUCCIONES ESPECIALES

PVP 15,00 € 10253494

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ZenithLibros Diseño de la cubierta: Planeta Arte & Diseño
zenithlibros.com Fotografía de la cubierta: © Martin Puddy - Corbis - Cordon

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THICH
NHAT
HANH
El monje

Una historia de
amor verdadero

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No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación
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Título original: The Novice


Publicado en inglés por HarperOn, un sello de HarperCollins
Publishers

Primera edición publicada por Ediciones Oniro en 2014


Primera edición en esta presentación: febrero de 2020

© 2011, Unified Buddhist Church, Inc.


Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede
reproducirse por ningún medio, electrónico o mecánico, ni por
ningún sistema de almacenamiento y recuperación de
información, sin permiso por escrito de la Unified Buddhist
Church, Inc.
© de la traducción, Antonio Francisco Rodríguez Esteban, 2014
© Editorial Planeta, S. A., 2020
Zenith es un sello editorial de Editorial Planeta, S.A.
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
www.zenitheditorial.com
www.planetadelibros.com

ISBN: 978-84-08-22241-5
Depósito legal: B. 1215 - 2020

Impreso en España – Printed in Spain

El papel utilizado para la impresión de este libro está calificado


como papel ecológico y procede de bosques gestionados de manera
sostenible.

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sumario

1. Niño abandonado 9
2. Humillación 21
3. Avanzando hacia la libertad 29
4. Delirio 39
5. Justicia insoportable 51
6. Afilando la espada 59
7. Corazón de diamante 71
8. El gran voto 83
9. Corazón amoroso 93

Una breve nota acerca de la leyenda de Quan Am Thi


Kinh 107

El legado de Thi Kinh, por la hermana Chan Khong 109

Practicar el amor, por Thich Nhat Hanh 129

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K inh Tam acababa de hacer repicar la última cam-
pana del canto de la tarde cuando el joven novicio oyó
el llanto de un bebé. Kinh Tam pensó: «¡Qué extraño!».
Tras soltar la campana, el novicio avanzó silenciosa-
mente hacia la puerta del campanario y observó la lade-
ra justo a tiempo para ver a Thi Mau vestida con un li-
gero y dorado nam than, la larga camisa que suelen
vestir las mujeres vietnamitas, con un recién nacido que
lloraba en sus brazos. La mujer alzó la vista en dirección
al novicio.
Un pensamiento alarmante surcó la mente de Kinh
Tam. «Thi Mau habrá dado a luz al niño y ahora viene
aquí a dejarlo a mi cuidado.»
En su interior brotaron raudas oleadas de sentimien-
tos turbulentos. El novicio Kinh Tam repasó la, para él,
difícil situación: «He tomado los votos monásticos del
novicio. Me han acusado de mantener una relación

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sexual con Thi Mau y dejarla embarazada, y no he confe­


sado la presunta ofensa». Los pensamientos se sucedie­
ron. «¿Quién podría comprender el apuro en que me en­
cuentro? ¿Acaso nadie percibe la enorme injusticia a la
que se me ha sometido? Aun cuando mi maestro, el abad
de este templo, me ama, aun cuando mis dos hermanos
en el Dharma se preocupan mucho por mí, ¿quién sabe si
tienen dudas sobre mi corazón? Y ahora el bebé está aquí.
Negándose obstinadamente a llevar al recién nacido a su
verdadero padre, Thi Mau lo ha traído al templo. Quie­
nes ya creían que soy el padre del niño sin duda malinter­
pretarán que me quede con él. Dirán que he admitido mi
culpa. ¿Qué pensará mi maestro? ¿Cómo reaccionarán
mis hermanos en el Dharma? ¿Y la gente del pueblo?».
El novicio Kinh Tam finalmente concluyó: «Tal vez
debería bajar y reunirme con Thi Mau para recomen­
darle que sea valiente, que confiese a sus padres el nom­
bre del verdadero padre y que le lleve el niño a él». Kinh
Tam salió del campanario mientras invocaba el nombre
de Buda en silencio. El novicio confiaba mucho en la
energía de la bondad encarnada en Buda. Sin duda, su
sabiduría podía ser una guía en ese momento difícil. El
novicio pretendía usar palabras amables y bondadosas
para aconsejar a Thi Mau, para ayudarla a considerar
una forma más adecuada de gestionar esta situación.
Pero cuando el novicio salió del campanario, Thi Mau
ya había huido, alejándose ladera abajo. Atravesó las

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puertas del templo como una flecha y desapareció en las


colinas pobladas de árboles de hoja perenne. En ese
momento, el recién nacido —envuelto en varias capas
de tejido de algodón blanco, y abandonado en la escale­
ra que conducía al campanario— estalló en un llanto
desgarrador.
Kinh Tam se apresuró a recoger al bebé. Desde lo
más profundo de su ser, el novicio sintió cómo brotaba
un nuevo amor. El instinto de protección surgió como
una poderosa fuente de energía. «Nadie se preocupa
por este niño y no hay nadie que lo cuide. Su padre no
lo reconoce y su madre acaba de abandonarlo. Sus
abuelos paternos ni siquiera saben de su existencia en la
Tierra. Si no me encargo de él, ¿quién lo hará? —pensó
el novicio—. Afirmo ser un monje, una persona que se
esfuerza en ser compasiva, así que ¿tengo acaso derecho
o corazón para abandonar a este niño?» El novicio sin­
tió afianzarse su firmeza. «¡Que murmuren, que sospe­
chen de mí, que me maldigan! El recién nacido necesita
a alguien que lo críe y se ocupe de él. Si no lo hago yo,
¿quién lo hará?»
Con las lágrimas aflorando a sus ojos, Kinh Tam
abrazó y acunó amorosamente al bebé. El corazón del
novicio se vio inundado por una gran tristeza y por el
dulce néctar de la compasión. Kinh Tam advirtió que
el bebé tenía hambre y pensó inmediatamente en el tío y
la tía Han («Rareza»), una pareja que vivía en el pueblo,

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más allá de la colina en la que se alzaba el templo. La tía


Han había dado a luz a un bebé hacía apenas dos sema­
nas. Ahora lo más importante era llevar al bebé al pue­
blo y pedir que lo amamantaran. El tío y la tía Han acu­
dían regularmente a los servicios del templo y mantenían
una relación amistosa con todos los novicios. Sin duda
la buena mujer aceptaría compartir su leche para ali­
mentar a este desafortunado niño.
Kinh Tam ciñó las capas de algodón para que el be­
bé se sintiera arropado. A continuación cruzó la puer­
ta con el bebé y bajó el sendero que llevaba al pueblo,
atento a cada paso y a cada respiración.
«Mañana por la mañana, mi maestro y mis dos her­
manos en el Dharma indudablemente me cuestionarán
por haber recogido al bebé —reflexionó el novicio en
silencio—. Y yo responderé: “Querido maestro, me has
enseñado que el mérito que puede obtenerse al cons­
truir un templo de nueve pisos de alto no puede com­
pararse con el de salvar la vida de una persona. Tomán­
dome en serio tu consejo, he decidido criar a este niño.
Querido maestro, queridos hermanos en el Dharma, os
pido que tengáis compasión. El niño ha sido desatendi­
do, y rechazado por todos. Thi Mau lo abandonó en los
escalones que conducen al campanario la tarde pasada
y se marchó sin pronunciar palabra. De no haberlo re­
cogido y cuidado, el niño habría muerto”.
»“Reverencia a Avalokiteshvara, el bodhisattva que

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Niño abandonado 15

brinda su ayuda en las crisis más desesperadas.” Todos


los que llegan al templo recitan estos versos con mucha
devoción. Todos necesitamos refugiarnos en el bodhi-
sattva de la gran compasión y la bondad. Sin embargo,
muy pocos de nosotros practicamos el cultivo y la
ofrenda de la gran compasión y la bondad en nuestras
vidas cotidianas —siguió reflexionando el novicio—.
Soy un discípulo de Buda y de los bodhisattvas; he de
practicar de acuerdo con sus recomendaciones. Debo
ser capaz de cultivar y encarnar las energías de la gran
compasión y la bondad que habitan en mi interior.»
En aquella época, aunque Kinh Tam sólo tenía
veinticuatro años, ya había sido víctima de una gran in­
justicia en dos ocasiones. Primero fue acusado de inten­
tar matar a otra persona. La segunda vez se dijo que ha­
bía transgredido los votos monásticos al dormir con
Mau, la hija de la familia más rica del pueblo, y dejarla
embarazada. Dos ejemplos de una enorme injusticia.
Pero Kinh Tam podía soportarlo, porque el novicio co­
nocía la práctica de la tolerancia (magnanimidad) y ha­
bía aprendido el modo de cultivar la bondad y la com­
pasión.
De hecho, el novicio no era un muchacho. En reali­
dad Kinh Tam era hija de la familia Ly («Ciruelo»), ori­
ginarios de otra provincia. Sus padres la habían llamado
Kinh («Reverencia»). Kinh se disfrazó de muchacho
para ser ordenado, tan intenso era su deseo de vivir la

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vida monástica. El budismo había llegado a Giao Chau,


el antiguo nombre de lo que ahora es Vietnam, unos
doscientos años antes, y los templos sólo recibían a
hombres para su ordenación.
Kinh había oído que, hace mucho tiempo, en India,
existieron numerosos templos en los que las mujeres
podían ser monjas budistas. A menudo se preguntaba:
«¿Hasta cuándo tendremos que esperar antes de dispo­
ner de un templo para monjas en este país?».
Fue al templo de la Nube del Dharma, uno de los
más bellos de su país, para ordenarse y vivir la vida mo­
nástica. El templo se encontraba en el distrito de Giao
Chi, a seis días de viaje desde su aldea natal en el distrito
de Cuu Chan. Kinh ocultó a sus padres que practicaba
en el templo de la Nube del Dharma. Era consciente de
que si llegaban a conocer su ordenación y paradero, in­
tervendrían y le suplicarían que regresara a casa.
El mero hecho de que el maestro descubriera que
era una chica disfrazada bastaría para expulsarla del
templo. Y si no le era posible continuar la vida monás­
tica, el sufrimiento sería demasiado insoportable.
Desde su más temprana infancia, Kinh había sido
un poco muchachote, y siempre había preferido los jue­
gos de los chicos. Sus padres la vestían con ropa de chi­
co. Cuando creció, recibieron permiso para que Kinh
asistiera a una escuela clásica china para muchachos di­
rigida por el profesor del pueblo, llamado Bai («Posi­

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ción del arco»). Kinh estudió mucho y obtuvo mejores


notas que muchos de sus compañeros de la clase.
Kinh era educada, serena y sociable, pero no era pu­
silánime. Se negaba a disculparse si consideraba que no
había cometido una falta, aun cuando se lo pidieran sus
padres o su profesor. Unía respetuosamente las manos
y razonaba: «No puedo disculparme porque no he he­
cho nada malo».
Algunos observaron que Kinh era obstinada. Tal
vez lo era, pero ¿qué podía hacer ella respecto a su ma­
nera de ser? Al mismo tiempo, Kinh era hija única, muy
querida y, sí, un tanto consentida por sus padres. Algo
que, no obstante, cambió cuando a los siete años su ma­
dre dio a luz a su hermanito, al que llamaron Chau
(«Joya»).
La extraordinaria belleza e inteligencia de Kinh
Tam resultaba evidente a ojos de todos los que la cono­
cían; tanto que, al cumplir dieciséis años, muchas fami­
lias ofrecieron a sus hijos en matrimonio. Sus padres los
rechazaron a todos, en parte porque esas familias no
disfrutaban de su mismo estatus social, pero también
porque no estaban preparados para dejar marchar a su
hija. Sin embargo, cuando llegó una oferta de los padres
de Thien Si («Gran sabio»), los padres de Kinh dejaron
de lado sus dudas y aceptaron que Thien Si era hijo de
la familia Dao. En aquel momento cursaba estudios en
la Universidad de Dai Tap y se le consideraba un estu­

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diante excelente. Los padres de Thien Si gozaban de un


gran prestigio en el distrito, y su linaje se remontaba
muchos siglos en el pasado.
Kinh tenía diecinueve años y creía que era demasia­
do joven para casarse. Se había graduado en la escuela
Tieu Tap y la habían aceptado en la Universidad de Dai
Tap, pero sus padres le prohibieron asistir. El papel de
una mujer consistía en casarse y formar una familia, y
los padres de Kinh no deseaban enviarla fuera a conti­
nuar sus estudios.
Sin muchas opciones, Kinh se resignó a seguir su
educación en casa, como autodidacta. Leyó los Cuatro
libros y los Cinco clásicos confucianos, y también tuvo
acceso a libros religiosos. La mayor fortuna de su vida
fue la oportunidad de leer los sutras de Buda. Leyó El
sutra de los cuarenta y dos capítulos, El Prajnaparamita
en ochocientas líneas, La colección de las seis Paramitas
del maestro zen Tang Hoi, y Disipar las dudas de Mouzi.
El profesor Bai estaba muy interesado en el budis­
mo, y fue él quien prestó esos libros y sutras a Kinh. En
una ocasión incluso le permitió visitar su casa y servir el
té a tres monjes budistas a los que había invitado para
ofrecerles la comida del mediodía, donaciones y otros
artículos básicos. En su primer encuentro con los mon­
jes, Kinh se quedó boquiabierta. Llevaban unas sencillas
túnicas de color dorado y sus cabezas estaban comple­
tamente afeitadas. Sus modales eran amables, serenos y

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Niño abandonado 19

relajados, y sus voces transmitían una gran compasión.


Kinh deseó profundamente poder llevar ese tipo de
vida. Pero sabía que no podría cumplir este sueño, por­
que en su país los templos para monjas simplemente no
existían.
Mientras leía el sutra de las seis perfecciones, a me­
nudo Kinh se conmovía hasta las lágrimas. Conoció la
vida de Buda y su práctica de las seis perfecciones: la
generosidad, el cultivo de la atención plena, la toleran­
cia (magnanimidad), el esfuerzo, la meditación y la sa­
biduría. La vida monástica le atraía mucho. Descubrió
que el corazón de un monje estaba inundado con la
abundante energía del amor, la compasión, la toleran­
cia y el esfuerzo. Lamentó no haber nacido chico y así
poder seguir ese hermoso camino vital.
Y ahora los padres de Kinh habían aceptado la pro­
puesta de matrimonio de los padres de Thien Si. Las
muchachas crecían y, por fin, tenían que casarse. Así eran
las cosas en aquellos tiempos. ¿Cómo podía enfrentarse
a una tradición tan arraigada? Esperaba que Thien Si fue­
ra de trato fácil y no se opusiera a su anhelo de conoci­
miento y su deseo de practicar el budismo.
Y así, en la siguiente primavera, una Kinh de veinte
años se casó y pasó a formar parte de la familia Dao.
Thien Si era un joven inteligente, amable y estudioso.
Pero también era un tanto hipersensible, tendía a darse
muchos caprichos y no era muy fuerte ni estable men­

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20 El monje

talmente. En no pocas ocasiones Kinh lo animaba con


amabilidad a levantarse, comer, dormir y estudiar con
más regularidad, pero a menudo él era incapaz de ha­
cerlo, por mucho que lo intentara, incluso para com­
placerla. Poco a poco sus suegros empezaron a observar
con recelo cómo Thien Si pasaba cada vez más tiempo
en un ocio abúlico en compañía de su esposa. Kinh hizo
cuanto pudo para ser la nuera ideal, como su madre le
había enseñado, esto es: la última en acostarse, la pri­
mera en levantarse, atendiendo a todos los quehaceres
domésticos, ofreciendo los cuidados más solícitos a los
padres de su marido. No había nada en absoluto por lo
que los padres de Thien Si pudieran criticarla, pero sen­
tían que ella les había robado el afecto de su único hijo,
y abrigaban unos amargos celos por esa razón. En cuan­
to a Thien Si, parecía vivir menos como una persona
autónoma que como la sombra de otro.

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